¡Aguas!

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¿Nueva crisis mundial en puerta?

La formación de una nueva burbuja económica global es el fantasma que recorre hoy los despachos oficiales y los análisis económicos. Los Nobel de Economía Paul Krugman y Joseph Stigliz la temen, el analista estrella de la firma RGE Nouriel Roubin opina que es un riesgo palpable y los gobiernos se persignan en silencio para que no vuelva a ocurrir.” Así afirma la cadena BBC en un análisis desde Londres publicado ayer, al dar cuenta que “los mercados financieros están otra vez de fiesta”, por lo que se teme una nueva crisis cuyo estallido “puede ser peor que en 2008”.

Desde marzo, “los mercados de valores y acciones no han dejado de subir, el precio del oro está en su zenit, el del petróleo se ha reubicado en unos 80 dólares mientras se multiplica el intercambio de derivados y otros instrumentos de alto riesgo. Hasta el mercado de la vivienda, cuna de la crisis de 2008, muestra una clara mejoría”.

La BBC cita también a Gillian Tett —una de las pocas periodistas que alertó sobre la pasada burbuja financiera—, del Financial Times: “Según un veterano del mundo financiero, la actividad especulativa se extiende a todo el frente financiero: bonos, mercados emergentes, commodities, propiedades. Este veterano se preguntaba si no era posible que la crisis de 2008 fuera un simple globo de ensayo de la que se viene ahora”.

“¿Pájaros de mal agüero o experimentados observadores que han visto demasiadas veces el mismo espectáculo?”, añade la BBC, que se abre a varios escenarios.

El optimista: la euforia puede indicar que el mundo ha salido de la parálisis que siguió al derrumbe de Lehman Brothers.

Pesimista o realista: el escenario actual tiene los ingredientes de toda burbuja. El crack del 29 es un ejemplo de los peligros enceguecedores del optimismo. Un año después de la brutal caída de las acciones en octubre de 1929, la euforia volvió a los mercados, que recuperaron 80% de los valores bursátiles. Poco después el valor de las acciones volvió a caer y en 1932 ocurrió el derrumbe. Los inversores perdieron hasta la ropa y la economía se hundió en un pantano. “Y lo único que salió de ese segundo capítulo de la crisis fue la II Guerra Mundial”, recordó la BBC.

Articulo de Irene selser/mileniodiario

Perder la inocencia

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Hoy esto va de confesiones, en el penúltimo lunes de noviembre. Yo perdí la inocencia el día en que un tío y padrino mío, intentando satisfacer mis infantiles ansias musicales, me regaló una guitarra, y comprobé que no tocaba sola. Había pensado que todos los españoles con diez dedos en las manos eran Andrés Segovia o Regino Sáinz de la Maza, y que las seis cuerdas obedecían más a la decisión que a la sabiduría. Me ocurrió más tarde con un piano: aquel féretro oscuro era perfectamente dominable con su teclado de dominó, y era fácil invocar a Mozart o decirle a Beethoven que se diese una vuelta por allí. Pasados los años, también perdí la inocencia con un violín, con un clarinete, con un pentagrama y con los coros del Ejército Ruso. Admiróse un portugués de que todos los niños en Francia sabían hablar francés, y todos los españoles tenemos, al menos en ciertos momentos, lo que ahora se ha dado en llamar «complejo de Adán», como si el séptimo día de la creación, aquél en que Dios descansó, coincidiese con el día y la hora de nuestra llegada al mundo.
Me temo que al Gobierno le esté pasando lo que a mí me ocurrió. A este Gobierno y a los anteriores. Resultan elegidos, componen el gabinete y se reparten los instrumentos sin haber ido al conservatorio. Para ti, la flauta; para ti, el violín; para ti, el clarinete; y para ti, el clavicordio. Y que Dios reparta suerte. La improvisación es el derecho constitucional de los españoles, y así nos va. Un montañero que se cayó por un precipicio y tuvo la fortuna de salvar la vida agarrándose a un árbol salvaje que había crecido en la quebrada escuchó, desde las alturas, que su compañero de aventura exclamada: «¡Gracias a Dios», a lo que replicó: «No, gracias al árbol, que a Dios ya le vi yo las intenciones».
No estoy escribiendo del «Alakrana», que ya aburre a las ovejas, ni de la crisis económica, que otro tanto. Pero tengo la impresión de que la larga noche de piedra del franquismo ha legitimado muchas insensateces, toneladas de audacia, pesadísimos fardos de irresponsabilidad, y que el maestro Ciruela da clases y nunca fue a la escuela. Yo apuesto, ya que no fui el burro flautista, por una España de la excelencia y en la que los mediocres dejen paso a los mejores. Lo aprendí de una guitarra.

Articulo de Faustino F. Alvarez/larazon.es

Un futuro para Mexico

nexos

III. Nuestro lugar en el mundo

¿América Latina o América del Norte?
Las últimas décadas muestran que sin el exterior —mercados, inversiones, turistas, remesas, tecnología— no crecemos ni podemos remontar nuestras crisis. Piénsese en el rescate de 1995 o en los 77 mil millones de dólares —30 mil millones de la Reserva Federal, 47 mil millones del FMI— que la comunidad internacional colocó a nuestro alcance en 2009. No podemos crecer sólo gracias al exterior, pero tampoco es posible crecer sin una inserción cabal en el mundo. Esto implica escoger “nuestro exterior” y tomar las decisiones conducentes.

En el mundo globalizado de hoy, sólo dos países grandes tienen, en teoría, el privilegio de seleccionar más o menos voluntariamente la región a la que desean pertenecer. Esos países son México y Turquía, ambos bisagras geográficas y culturales entre dos mundos. Turquía es una nación de más de 80 millones de habitantes, miembro de la OTAN y de la OCDE, con una población de mayoría aplastante musulmana, un ingreso per cápita un poco menor que el de México y un índice de desarrollo humano muy inferior. El secularismo militar de Atatürk en los años veinte mitigó el peso del Islam, particularmente en la vida pública, pero Turquía sigue siendo un país geográficamente asiático, religiosamente islámico, con un partido de gobierno islamista, aunque moderado. Pero entre ser asiático, islámico y replegado sobre sí mismo, y ser europeo, secular, democrático y globalizado, eligió lo segundo.

México jugó ya una opción semejante. Desde finales de los años ochenta del siglo pasado tuvo un gobierno audaz e ilustrado pero autoritario, que sin mayor consulta ni debate le impuso a una sociedad de matriz nacionalista y antiestadunidense una integración comercial profunda con América del Norte, a través del Tratado de Libre Comercio (TLCAN). Ni la sociedad ni sus elites terminaron de convencerse de la medida ni de sus consecuencias. 15 años después el dilema se plantea de nuevo, como si asistiéramos a una versión azteca del freudiano “retorno de lo reprimido”. Es la hora de elegir de nuevo: hacia América del Norte o hacia América Latina. La sociedad mexicana y sus elites no saben lo que quieren. Por ello parece indispensable iniciar un debate sobre lo que podríamos resumir bajo la odiosa pero útil formulación del código postal. A cuál queremos pertenecer: al universo de Zelaya y su sombrero, de Chávez y su boina, de Raúl y su senectud, de Brasil que no nos quiere en el vecindario, o al de América del Norte.

En realidad, no hay mucho margen para decidir. México tiene su corazón en América Latina, pero tiene su cartera, su cabeza y la undécima parte de su población en América del Norte. La afinidad latinoamericana es del corazón, de la cultura y del idioma, no de los intereses económicos ni de la densidad humana de la relación. El destino de México se ha jugado desde el siglo XIX y se juega hoy más que nunca en América del Norte. De ahí la necesidad no sólo de una agenda de política exterior sino de una decisión estratégica de pertenencia a esa región, desprovista del doble discurso de siempre o del engaño. Se trata de una definición nacional, necesariamente consciente y transparente. La relación con Estados Unidos es un asunto de política interna mexicana, como la relación con México es cada vez más un asunto interno, electoral incluso, para Estados Unidos.

La agenda debe volver sobre la reforma migratoria integral. Pero no puede agotarse ahí. Debe incluir al menos dos elementos más que entrañan un elevado costo político en México. El primero es un planteamiento ambicioso y visionario: construir una unión económica de América del Norte. El segundo es más delicado. ¿Queremos ayuda de fondo para la guerra contra el narco, o nos contentamos con los mínimos de la Iniciativa Mérida, que evitan compromisos y requisitos incómodos? No tiene sentido declararle la guerra al narco si no se cuenta con el ejército, la policía y el servicio de inteligencia necesarios. La única manera de poseerlos es con ayuda externa. En nuestro caso, sólo puede venir de Estados Unidos.

Podemos escoger: buscar un trato especial, siempre decepcionante, pero mejor al que le destinan a otros (ser recibido primero, ser primer destino de viaje, contar con apoyo económico, figurar en la agenda) y aceptar con resignación o entusiasmo nuestra pertenencia a América del Norte; o definir nuestra ubicación en el mundo por nuestros lazos culturales de la región menos relevante para Washington, a saber América Latina, y por la “Doctrina Gloria Estefan” de las relaciones internacionales: hablamos un mismo idioma. Es una u otra.

La realidad marca el paso y muestra el rumbo en todos los órdenes. Desde 1895, Estados Unidos ha sido el primer socio comercial de México, desplazando a Francia y a Inglaterra. Durante la Primera Guerra Mundial, el comercio exterior de México se concentró en su totalidad con Estados Unidos. Se estabiliza luego en alrededor de 70% después de la Segunda Guerra hasta finales de los años ochenta, cuando se incorporan a las estadísticas las maquiladoras, que elevan el porcentaje a casi 90%. El TLCAN consolida esa cifra: un siglo entero de concentración extraordinaria del comercio exterior con un solo país. Esa evolución externa se complementó con una transformación interna: a partir de los años ochenta, el comercio internacional de México pasa de representar el 12% del PIB al 70% en 2009.

Algo semejante sucede con la inversión extranjera y el turismo. Ya en 1910 más del 65% de la inversión extranjera en México era de origen estadunidense. Hoy la inversión extranjera en México representa un porcentaje del PIB superior al que imperaba en años anteriores. Pasó de menos de 1.5% del PIB en los años sesenta y setenta del siglo XX, a casi 3% a finales del mismo, para disminuir ligeramente en el lustro recién transcurrido. Desde el año 2000 la concentración con Estados Unidos es superior al 70%: un siglo de concentración, estabilidad y crecimiento.

De igual manera, el turismo es uno de los sectores de mayor porvenir, mayor competitividad y mayor empleo para México. Es la primera industria que da trabajo en país, con casi dos millones y medio de empleos directos e indirectos. El 90% del turismo que llega a México proviene de Estados Unidos. Y crece un tipo de turismo permanente que viene también del norte. Los baby boomers estadunidenses y canadienses empiezan a cumplir 65 años, y a jubilarse en condiciones inéditas: de buena salud, con pensiones y ahorros elevados, con una mirada abierta al mundo, y muchos años de vida activa por delante. Ya no les atraen Florida o Arizona tanto como a sus predecesores. Prefieren vivir seis meses al año en México: en el norte de Sonora, en San Miguel Allende, en Yucatán o en las costas de Oaxaca. Un millón de norteamericanos pasan por lo menos la mitad del año en México. La tendencia podría duplicarse en los próximos años, reforzando los vínculos mexicanos con el norte, no con el sur. Así, no sólo las principales relaciones económicas internacionales del país se han concentrado de modo abrumador con Estados Unidos, desde hace más de un siglo, sino que la trascendencia de esas relaciones en la actividad económica también ha aumentado de manera sobresaliente.

La variable fundamental, sin embargo, por la cual la política hacia América del Norte es parte de la política interna, no de la internacional de México, es la variable demográfica, la densidad humana de la integración. En 1920 el 3.4% de la población nacida en territorio mexicano vivía fuera del país, fundamentalmente en Estados Unidos. En 1930 la cifra alcanzó un pico histórico de 3.8%. En 1940 bajó a 1.9%; en 1950 a 1.7% y en 1960, en vísperas del cierre del Acuerdo Bracero, cayó hasta 1.6%, el punto más bajo del siglo XX. Pero en 1980 la tendencia se duplicó, llegando a 3.2%, en 1990 se disparó hasta el 5.3%, en el año 2000 rebasó el 9%, y hoy supera el 11% del total de la población: entre 11 y 12 millones de ciudadanos mexicanos que habitan fuera de su país.

En 1996 el presidente norteamericano Bill Clinton reforzó la vigilancia fronteriza y rompió lo que los expertos llamaban la “circularidad” de la migración mexicana hacia Estados Unidos. La gente iba y venía regularmente, a la pizca del tomate, de la fresa, del durazno. Migraba de cultivo en cultivo, de región en región, temporada tras temporada. La construcción de barreras en la frontera dificultó el cruce y los migrantes dejaron de circular. Aumentó dramáticamente el número de mexicanos instalados en Estados Unidos, y se produjo un crecimiento espectacular de las remesas, la segunda fuente de ingresos en divisas del país (25 mil millones de dólares).

De modo que México tiene con Estados Unidos 90% de su comercio internacional, 90% de su turismo, 70% de la inversión extranjera, un millón de norteamericanos residentes en México y 12 millones de mexicanos trabajando en Estados Unidos. Dos de cada cuatro mexicanos poseen parientes en Estados Unidos, tres de cada 10 dicen que se irían a vivir y trabajar allá si pudieran. Y sin embargo ni la clase política ni los medios ni la clase empresarial ni las organizaciones sociales o no gubernamentales pueden plantearse con claridad las ventajas, la necesidad incluso, de una integración ordenada con América del Norte.

Más allá del libre comercio
La integración crece en los hechos pero permanece negada en los sentimientos, en los valores, en el discurso público tanto como en el público de los estadios de futbol que durante los juegos de México y Estados Unidos, lo mismo si son en Monterrey que en Houston o New Jersey, da rienda suelta a las expresiones del más arcaico y primitivo nacionalismo antigringo de otras épocas.

Abundan las encuestas que muestran que el TLCAN goza de un alto nivel de aprobación en México, pero también que la mayoría de los mexicanos considera que le ha traído muchos más beneficios a Estados Unidos que a México: una sombra del viejo victimismo, porque la realidad es exactamente la inversa. México ha sido el más beneficiado con la vigencia del tratado, aunque sin duda menos de lo que se esperaba.

El gobierno mexicano abrazó el TLCAN, pero no explicó a la sociedad sus implicaciones para la posición de México en el mundo y para las tradiciones nacionales. Tampoco obtuvo la anuencia colectiva para ello a través de un referendo, como el que determinó la permanencia de España en la OTAN, primer paso estratégico en el camino de Madrid a la Comunidad Europea. EL TLCAN ató la economía y el futuro del país con América del Norte, pero la sociedad siguió viviendo en el mundo mítico anterior, el mundo del desarrollo estabilizador de los años 1940-1970, del modelo de la industrialización vía la sustitución de importaciones, de México como parte del Tercer Mundo (a pesar de que gracias al TLCAN el país ingresó a la OCDE, el único país de América Latina hasta la fecha en hacerlo), del México baluarte de los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, el México de la simulación y la retórica.

La agenda estadunidense con México es conocida. La seguridad y el narcotráfico constituyen hoy el primer tema; la migración, el segundo; la revisión (o no) del TLCAN, el tercero; el estado de la economía mexicana, el cuarto. En el horizonte se dibuja un quinto: el obstáculo monopólico al crecimiento mexicano como tema bilateral. Los empresarios norteamericanos quieren entrar a los buenos negocios mexicanos. Estos asuntos han dominado la agenda desde la presidencia de Carlos Salinas en 1988 hasta la de Felipe Calderón en 2006. Durante el mandato del primero, el TLC fue lo esencial; durante el de Ernesto Zedillo (1994-2000), la economía y el narco fueron preeminentes; con Vicente Fox (2000-2006) fueron la migración y la seguridad; con Calderón todos ocupan un lugar central para Washington.

Lo que ha quedado menos claro es la naturaleza de la agenda mexicana con Estados Unidos. México se encuentra sin brújula a propósito de su lugar en el mundo. Los énfasis de cada sexenio en esta materia han generado una inmensa confusión. Repetir la consigna “más México en el mundo, y más mundo en México” no es una respuesta, es una muletilla. Urge una definición nacional al respecto. Estados Unidos nos brinda un trato distinto al que les extiende a las “hermanas repúblicas” latinoamericanas porque somos distintos; lo somos porque estamos al lado de Estados Unidos. Desgracia o privilegio: cada quien puede opinar. Curiosamente, nuestro único verdadero atractivo para América Latina estriba en nuestra “relación especial” con Estados Unidos: un término arrebatado a los ingleses, rechazado por internacionalistas mexicanos en el pasado, pero validado justamente por los propios latinoamericanos, que nos reprochan nuestra relación especial con Estados Unidos.

Es la hora de reconocer las tendencias históricas y dar un paso ambicioso más allá, hacia la construcción de una unión económica de América del Norte, que incluya lo que excluyó el TLCAN: migración, energía, infraestructura, instituciones supranacionales, fondos de cohesión social, convergencia económica —y en el lejano horizonte la moneda única— y el tema obligado de estos años: la seguridad regional. Ha llegado el momento de buscar convergencias con Estados Unidos y Canadá en asuntos multilaterales como los derechos humanos y la democracia, el cambio climático, las crisis latinoamericanas y mundiales. Es hora de tirar las máscaras, armonizar nuestras políticas antinarco hacia la despenalización y, simultáneamente, hacia una cooperación ambiciosa en el combate contra las drogas y en el blindaje de nuestras fronteras contra el crimen, la ilegalidad, el tráfico humano y los riesgos globales del terrorismo. La sola propuesta de un mercado común norteamericano, hecha formalmente por México, bastaría para desatar una dinámica política de extraordinaria resonancia en nuestro hemisferio.

(continuara)

Se busca una mujer

sebuscamujer

Ultimo capitulo

Harry no tenía en realidad mucho que decir. Estaba allí sentado con su bote de cerveza.
—¿Cómo está Laura? —preguntó.
—Oh —dijo Robert— ya no hay nada entre Laura y yo.
—¿Qué pasó?
—El eterno toque de vampiresa, siempre en escena. Era inexorable. Buscando tíos donde fuese… En el supermercado, en la calle, en los cafés, en cualquier sitio y con cualquiera. Ninfomanía. No importaba lo que fuese con tal de que fuese un hombre. Hasta con un tío que marcó un número equivocado. No pude aguantarlo más.
—¿Y ahora estás solo?
—No, ahora estoy con otra. Brenda, ya la conoces.
—Ah, sí. Brenda. Está muy bien.
Harry estaba allí sentado bebiendo cerveza. Harry nunca había tenido una mujer, pero siempre estaba hablando de ellas. Había algo enfermizo en Harry. Robert no puso mucho interés en la conversación y Harry se fue pronto. Robert se dirigió hacia el armario y sacó a Stella.
—¡Tú, condenaba puta! —dijo—, me has estado engañando ¿eh?
Stella no contestó. Estaba allí, mirándole fría y tranquilamente. Le pegó una buena bofetada. Se podía caer el sol antes de que una mujer fuese por ahí engañando a Bob Wilkenson. Le pegó otra buena bofetada.
—¡Eres un maldito coño! Te follarías a un niño de cuatro años si le pudieses poner la pililla dura ¿eh?
La abofeteó de nuevo, entonces la agarró y la besó. La besó una y otra vez. Entonces le metió las manos por debajo del vestido. Estaba bien formada, muy bien formada. Stella le recordaba a una profesora de álgebra que había tenido en bachillerato. Stella no llevaba bragas.
—Grandísima puta —le dijo—. ¿Quién se llevó tus bragas?
Su pené estaba en erección, apretado fuertemente contra el vientre de ella. Le subió el vestido por encima de los muslos. No había ninguna abertura. Pero Robert estaba terriblemente excitado. Metió el pené entre los muslos de Stella. Eran suaves y duros. Entonces eyaculó. Por un momento se sintió extremadamente ridículo, su excitación había desaparecido, pero empezó a besarla por el cuello y entonces le mordió un pecho sonriendo.
La lavó con la toalla de los platos, la llevó hasta el armario y la puso detrás de un abrigo, cerró la puerta y todavía tuvo tiempo de ver en la televisión el cuarto tiempo del encuentro entre los Detroit Lions y los L. A. Rams.

***

A medida que pasaba el tiempo, a Robert le iba agradando más. Hizo unas cuantas mejoras. Le compró a Stella muchos pares de bragas, unas ligas, medias oscuras y camisones.
También le compró pendientes, y fue un choque terrible para el comprobar que su amor no tenía orejas. Le puso de todos modos los pendientes pegándolos con cinta adhesiva. No tenía orejas pero tenía muchas ventajas: no tenía que sacarla a cenar, llevarla a fiestas, a películas estúpidas; todas esas cosas que significan tanto para las mujeres de carne y hueso. Y tenían discusiones. Siempre había discusiones, incluso con un maniquí. Ella no podía hablar, pero él estaba seguro de que una vez le había dicho:
—Eres el mejor amante de todos. Ese viejo judío era un amante estúpido. Tú eres un amante inspirado, Robert.
Sí, tenía ventajas. No era como todas las otras mujeres que había conocido. Ella no tenía necesidad de hacer el amor en momentos inconvenientes. El podía elegir con tranquilidad el momento de hacerlo. Y no tenía períodos. Era una magnífica amante. Robert le cortó un poco de pelo de la cabeza y se lo pegó entre los muslos.
El asunto había comenzado siendo puramente sexual, pero gradualmente se estaba enamorando de ella, podía sentir cómo ocurría. Pensó en acudir a un psiquiatra, pero decidió no hacerlo. Después de todo ¿por qué era necesario amar a un ser humano? Nunca duraba mucho. Había demasiadas diferencias entre cada individuo, y lo que empezaba siendo amor acababa casi siempre en guerra despiadada.
Tampoco tenía que acostarse en la cama con Stella y escucharle hablar de todos sus antiguos amantes. De cómo Karl la tenía así de grande, pero no sabía hacerlo. Y lo bien que bailaba Louie, que podía convertir en ballet una venta de seguros. Y cómo Marty sí que sabía besar de verdad, su manera de mover la lengua. Una y otra vez, siempre así. Qué mierda. Claro que también Stella había mencionado al viejo judío, pero sólo una vez.
Robert llevaba con Stella cerca de dos semanas cuando llamó Brenda.
—¿Sí, Brenda? —contestó él.
—Robert, no me has llamado.
—He estado terriblemente ocupado, Brenda. He sido ascendido a jefe de distrito y he tenido que arreglar cosas en la oficina.
—¿Es por eso?
—Sí.
—Robert, algo anda mal…
—¿Qué quieres decir?
—Lo noto en tu voz. Pasa algo. ¿Qué demonios pasa, Robert? ¿Hay otra mujer?
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir con «no exactamente»?
—¡Oh, Cristo!
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Robert, algo anda mal. Voy a ir a verte.
—No pasa nada, Brenda.
—¡Tú, hijo de mala puta, cabronazo, me estás ocultando algo! Algo se está tramando. ¡Voy a ir a verte! ¡Ahora!
Brenda colgó y Robert se fue a por Stella, la cogió y la metió en el armario, bien apoyada en una esquina. Cogió el abrigo de la percha y cubrió a Stella con él. Entonces volvió a la sala y se sentó a esperar.
Brenda abrió la puerta e irrumpió dentro.
—Está bien. ¿Qué coño pasa? ¿Qué es lo que anda mal?
—Mira, chica -—dijo él—, todo va bien. Cálmate.
Brenda estaba bien formada. Las tetas un poco caídas, pero tenía piernas bonitas y un buen culo. En sus ojos había siempre un aire perdido y frenético. Algunas veces, después de hacer el amor, una calma temporal podía llenarlos, pero nunca duraba.
—¡Todavía no me has besado!
Robert se levantó de su silla y besó a Brenda.
—¿Cristo, qué clase de beso es ése? ¿Qué pasa? A ver, dime, ¿qué es lo que anda mal?
—No es nada, nada de…
—¡Si no me lo dices, voy a gritar!
—Te digo que no es nada.
Brenda gritó. Se fue hasta la ventana y se puso a gritar. Se la pudo oír en todo el vecindario. Entonces paró.
—¡Por Dios, Brenda, no vuelvas a hacer eso! ¡Por favor, por favor!
—¡Lo haré otra vez! ¡Lo haré otra vez! ¡Dime qué es lo que pasa, Robert, o lo haré otra vez!
—De acuerdo —dijo él—, espera.
Robert se fue hasta el armario, lo abrió, le quitó el abrigo a Stella y la sacó fuera.
—¿Qué es eso? —preguntó Brenda—. ¿Qué es eso?
—Un maniquí.
—¿Un maniquí? ¿Quieres decir…?
—Quiero decir que estoy enamorado de ella.
—¡Dios mío! ¿Quieres decir que? ¿Esa cosa?
—Sí.
—¿Amas a esa cosa más que a mí? ¿Esa pasta de celuloide o de la mierda que esté hecha? ¿Quieres decir que amas a esa cosa más que a mí?
—Sí.
—¿Y es de suponer que te la llevas a la cama? ¿He de suponer que haces cosas a… con esa cosa?
—Sí.
—¡Oh…!

Entonces Brenda gritó de verdad. Se paró allí y se puso a gritar. Robert pensó que ese grito nunca iba a cesar. Entonces ella saltó hacia el maniquí y empezó a arañarlo y golpearlo. El maniquí se rompió y cayó contra la pared. Brenda se fue enfurecida, bajó a la calle, subió a su coche y arrancó salvajemente. Chocó contra el lateral de un coche aparcado, dio marcha atrás y salió otra vez a toda velocidad.
Robert se acercó a Stella. La cabeza se había caído y había ido rodando hasta debajo de la silla. Había restos de material de relleno por el suelo. Un brazo colgaba perdido, roto, dos alambres sobresalían. Robert se sentó en una silla. Solamente pudo sentarse. Entonces se levantó y se fue al baño, se quedó allí de pie un minuto, atontado, salió otra vez. Se paró en medio de la sala y pudo ver la cabeza debajo de la silla. Empezó a sollozar. Era terrible, no sabía qué hacer. Recordaba cómo había enterrado a su padre y a su madre. Pero esto era diferente. Esto era diferente. Simplemente se quedó allí, de pie, en medio de la salita, sollozando y esperando. Los ojos de Stella estaban abiertos, bellos y fríos, desde debajo de la silla. Le miraban fijamente.

Politicos seriales

Politicos y Asesinos seriales: psicológicamente igualitos.

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¿Qué tienen en común personajes como George Bush y el sanguinario James Manson? ¿Y Bill Clinton y el estrangulador de Boston? Pues mucho más de lo que a simple vista podríamos intuir. Al menos eso es lo que se desprende de un estudio elaborado por la Asociación de Jefes de Policía de Estados Unidos (Nacop), que asegura que políticos y asesinos en serie comparten numerosos rasgos psicológicos y de personalidad.

Los criminales psicópatas son vanidosos, superficiales, mienten, no tienen remordimientos y no dudan en manipular sin miramientos a quienes les rodean para conseguir sus objetivos, “irónicamente, los mismos comportamientos que vemos cada día en los hombres y mujeres que ocupan los principales puestos de responsabilidad del país”, asegura Jim Kouri, vicepresidente de la Nacop y autor del informe.

Para llegar a esta conclusión, que muchos ya sospechaban, Kouri se ha pasado años buceando en los archivos de análisis del comportamiento de la Oficina Federal de Investigación (FBI), buscando los denominadores comunes que definían la personalidad de los asesinos múltiples y comparándola con la forma de actuar de los políticos.

Según Kouri, los representantes públicos, al igual que los criminales más violentos y metódicos, son capaces de poner en práctica cualquier estrategia, por poco ética que sea, para conseguir ver complacidas sus ansias de poder, sin tener en cuenta las consecuencias sociales, morales o incluso legales. Aunque, según afirma, sin llegar al asesinato, al menos de momento.

Impulsividad, irresponsabilidad o comportamiento parasitario

Entre los comportamientos habituales que Kouri ha podido observar entre la clase política destacan la impulsividad, la irresponsabilidad, un comportamiento parasitario y una carencia absoluta de objetivos vitales realistas.

“Este comportamiento les permite hacer lo que desean y cuando desean”, asegura Kouri en su informe, a la vez que asegura que “aunque muchos líderes políticos renegarán de la comparación con un asesino en serie, la mayor parte de los representantes electos comparten con ellos numerosas trazas de personalidad. Más de las que les gustaría”.

Las reacciones no se han hecho esperar. Miles de estadounidenses han aprovechado los foros de Internet para comentar la noticia y tomarle la revancha a su clase política, en la que los escándalos de todo tipo -sexuales, económicos, de tráfico de influencias- llegan a la prensa casi a diario.

“No me considero un genio, pero lo sabía desde hace años. Desde la primera vez que vi a Bill Clinton me pareció un sociópata y, aún así, todavía hay gente que no se ha dado cuenta. Ver el congreso de EE UU es como ver la escena del bar lleno de cazarrecompensas en La Guerra de las Galaxias”, escribía Bill Law, residente en Carolina del Sur, en el foro de la radio MyNorthwest.com.

Otro comentario anónimo iba aún más allá al decir que “nuestros políticos son simplemente asesinos en serie con gran habilidad para las relaciones públicas y un buen jefe de prensa”.

fuente:trinityeyes.wordexpress.com


Apocalipsis

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Cuando un jugador estornuda en el Nou Camp suben las apuestas. Hoy no sabemos quién será el peor rival del Barça durante la semana. Por mar llega el Inter, por tierra Real Madrid y por aire la Gripe A. El “Puerto del Triplete” enfrenta los próximos 7 días una invasión de magnitudes bíblicas. Mañana se juega las joyas de la corona europea vs Mourinho, que pasea por la ciudad con gabardina de Jack El Destripador. Una estampa dantesca, lleva puesto un traje para matar. Guardiola con un equipo maltratado por la brusquedad del Bilbao, espera el partido con el Tamiflu en la mano. Por primera vez desde que dirige al Barça, ganar es una cuestión de supervivencia. Al mismo tiempo, el mejor entrenador del mundo tiene la oportunidad para demostrar que su estilo es innegociable. Lo fácil sería dividir la pelota frente a Inter y al líder Real Madrid. Lo difícil y en estos casos una audacia, es jugar al futbol durante una semana apocalíptica como quiere hacerlo el Barcelona: recreándose ante la adversidad

articulo de jose ramon fernandez de quevedo;mileniodiario

La Revolucion si triunfo, por desgracia

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No, no es que la Revolución haya fracasado: nos va mal porque triunfó, se implantaron postulados que desde 1917 lastran al país, obstruyen vías de desarrollo y han adoctrinado generaciones de mexicanos en valores que son productores de pobreza y autocomplacencia. Se nos arrebató a los habitantes de carne y hueso la posesión del suelo y el subsuelo, y se entregaron a una entelequia, La Nación, en ninguna parte definida, pero en la práctica representada por el gobierno, o más claramente: por los políticos de turno en el poder. Un Estado corporativo, un régimen asistencial y una escolarización de raíz profundamente retrógrada, de fogosa oratoria revolucionaria, nos han tenido atados a un modelo mexicano reproductor de pobreza de generación en generación.

El sistema ejidal, como todas las colectivizaciones forzadas de la tierra, produjo hambre como en la URSS y en China. Allá murieron, aquí los campesinos tuvieron la bendición de una frontera de 3 mil kilómetros con Estados Unidos y escaparon.

El petróleo nos dio un sindicato de jeques árabes con diamantes en la nariz y un gobierno comodino incapaz de recaudar y administrar impuestos. El petróleo jamás ha sido de los mexicanos, es de los políticos de turno y de los charros sindicales.

De verdad, no se ve qué celebramos: la revolución de marras hizo pobres a los ricos sin enriquecer a los pobres, nos dio una camada de políticos que, a diferencia del empresario, no hicieron su capital invirtiendo y arriesgando en industrias que dieran empleos e incrementaran el producto nacional, sino robando dinero público; peor aún, nos construyeron esta ideología que mamamos en la escuela según la cual los ricos lo son porque roban al pueblo bueno, son, además, petulantes y sangrones; los pobres, en cambio, tienen por paradigma al Pedro Infante simpático, guapo y claridoso.

La Revolución nos dio un país de buenos y de malos. Pobres, indios y jóvenes son siempre buenos. Las maestras de un kínder tapatío sacan a los niños para bloquear una avenida en protesta por X, ya nadie recuerda qué, y tan frescas; los abusos no lo son cuando los cometen los buenos.

La ideología mamada de la Revolución desde la escuela primaria nos ha desvanecido la frontera entre el uso y el abuso. En la prensa hemos participado alegremente de ese deterioro en la convivencia civilizada. Los diputados creen que su fuero les permite mearse en la tribuna de la Cámara y pasarse los altos sin ser multados, y hay prensa que los defiende; los manifestantes se otorgan el derecho a bloquear avenidas y carreteras en protesta por los resultados de la guerra de Troya, los dueños de auto los suben a las banquetas, que no son para eso; publicamos que tanto peca el auto que gasta el pavimento (que fue hecho para rodar encima), como el chavo que rompe con su patineta una jardinera recién inaugurada (que no fue hecha para patinar) o le rompe el cráneo a un niño que se creía seguro.

Los electricistas que revendían electricidad arrojan sus autos contra policías que intentan liberar el flujo de una carretera y salen libres en dos días: nadie se escandaliza, no hay marchas ni discursos contra la impunidad. Como dijo un ex líder estudiantil a propósito de unos policías muertos por un grupo armado: “No nos hagamos, no eran más que chotas”.

¿Qué hacer con la Revolución? Sin lugar a dudas, emplearnos a fondo en sepultarla, derogar sus llamadas conquistas. Algunos puntos por mencionar en lo laboral:

1. Prohibir la cláusula de exclusión en los sindicatos, infamia por la que la charrería sindical puede exigir a la empresa el despido de un trabajador, casi siempre un opositor.

2. Prohibir el descuento automático de las cuotas sindicales por la empresa y su entrega a la dirección del sindicato. Las cuotas deben ser voluntarias.

3. Dejar en claro, una vez más, que podrá haber tantos sindicatos en una empresa como iniciativas tengan los empleados.

4. Eliminar las excepciones a la norma anti monopolio: los monopolios todos, públicos o privados, deben quedar prohibidos.

El Congreso tiene por tratar: recaudación fiscal eficiente, régimen de partidos insaciables, redefinir funciones del IFE, producción de energías, infantilismo de los estados frente a la federación… uf: tarea de legisladores romanos y tenemos ignorantes (e ignorantas, dice Fox asomando el pescuezo), retozo, alboroto, regocijo, picada de ojos entre niños y tirones a las trenzas de las niñas: eso nos gobierna.

fuente:mileniodiario

Pasarelas al cielo

_anorexiaALTAS, bellas, inaprensibles, las supermodelos viven la doble vida de las diosas de goma. Custodiadas por flashes de fotógrafo, pasan de puntillas por el cielo de las pasarelas, camino de taquillas adolescentes y portadas de revistas, para regresar paso a paso al vacío de sus vidas solitarias. Caminan sobre una gloria de papel, de palabras y pastillas, hasta un lecho de noches en blanco, prozac, vómitos y anorexia. Todo para acabar colgadas en un calendario, en la pared grasienta de un taller mecánico. O, como Lucy Gordon y Daul Kim, ahorcadas de una viga en un apartamento de lujo en París, girando sobre una nota de suicidio.

Igual que ellas, muchas otras acaban masticadas en la maquinaria feminicida de la moda, ese altar pagano al que entregan la salud, la sonrisa, el amor y la vida. Es el precio por alimentar un mundo de sueños y vanidad, al capricho de unos tipos cuyo ideal de belleza femenina está a mitad de camino entre una jirafa y Leonardo Di Caprio. Tipos a quienes ni siquiera les gustan las mujeres y que se complacen en exprimir las curvas de sus cuerpos hasta dejarlos transparentes y exhaustos, monstruos perfectos, perchas en dos patas, lánguidos esqueletos de uno ochenta y cuarenta kilos.

Hace poco, en un concurso de misses, descalificaron a una modelo colombiana, una auténtica hermosura, por exceso de culo. En realidad son los jueces que dictan semejantes normas quienes deberían revisar su sexualidad, salir del armario y dedicarse al diseño de langostinos o a la cría de gacelas. Forjar una mujer de cabellos celestiales, sin pechos y sin nalgas, sostenida por tobillos como hilos es una tarea de dioses, no de simples costureros con ínfulas de genio.

Siempre ha habido sacrificios humanos, criaturas que eran arrojadas al cráter de un volcán o a las que se les arrancaba el corazón vivas, pero nunca por un motivo tan burdo y tan trivial: una religión hecha de trapos. Como los patos cuidadosamente cebados hasta que les revienta el hígado, estas muchachas adelgazan hasta la tristeza, hasta que se les ve el alma a través de las costillas. En su carta de despedida, Daul Kim decía que uno de los días más felices de su vida fue uno en que logró dormir diez horas seguidas, sin sueños ni recuerdos.

El último desfile de Daul Kim y de Lucy Gordon tuvo lugar en soledad, en la intimidad más absoluta, en una pasarela que constaba de una silla, una cuerda y una viga en el techo. Bailarinas del más allá, se balancearon lejos de las cámaras y los aplausos, los brazos rectos, los pies desnudos, quizá para que no olvidáramos nunca esa ley gravitatoria de la moda que dice que lo más bello del cuerpo de una mujer son sus zapatos.

articulo de David Torres/elmundo.es