Arco 2010

Arco 2010

ESTAMOS en un momento -¿o es sólo otro momento?- en que la idea del arte no es ya poliédrica sino nebulosa o quizá inexistente. O menos aún, una antigualla innecesaria. Quizá es arte sólo lo que se paga como tal: lo mismo un mal Picasso que otro bueno, un Giacometti mínimo que otro desmesurado en sí mismo y en su precio, una performance que un Matisse, un retrete que un Veermer, un meticuloso gargajo que La Virgen de las rocas. Tiempo atrás creímos que arte es lo que emociona o envuelve o define a través de una idea de la belleza. Eso ya es Altamira. Arte es todo lo que alguien llama así porque alguien lo paga como tal. No se necesita otra objetividad que la de un ser, más o menos humano, que llama arte a algo. Y como tal se expone. Y como tal se compra; si no se compra, hay que dudar. Ser creador es fácil: alguien se abandona, sugiere, aporrea con brocha gorda o fina en una superficie o un teclado, de cualquier máquina o instrumento, y lo que surja de ahí, a los oídos o a los ojos, será una forma de arte. Todo ser humano, y hasta homínido, puede ser creador. Es creador. Y, si no, cualquier producto es válido. Pasen, señoras y señores. Aquí verán la prueba. Aquí hay gente pa to.

Antonio Gala

Raso verde

Raso verde

Odette Arzú cumplió ante-anoche 88 años y, después de echar un discurso, bailó al son de los mariachis «estas son las mañanitas que cantaba el rey David». Odette es un personaje homérico, se enamoró de Pepe Dominguín y le puso una plaza de toros, aunque se olvidó de los cosiles y de que en Guatemala no están autorizadas las corridas. Era Odette, hace 25 años, presidenta de la Cruz Roja en Guatemala y cuando se incendió la embajada de España, sacó en brazos al embajador Máximo Cajal. Desde entonces, por ésta y otras hazañas vive amenazada de muerte.

Pero yo no vengo a hablar de sus hazañas sino de su vestido, que causó escándalo la otra noche, tanto o más que su baile a los 88 años. Cuando le preguntaban las otras damas que de dónde venía el majestuoso traje de raso y esmeralda, ella contestó: «Ochenta euros en Miami. Todo se hunde, todo lo regalan, sigamos bailando».

Carlos Marx necesitó ocho años para acabar los tres tomos de El capital y anunciar el fin del capitalismo. Tardó más en acertar que en escribir y tantos años después, a pesar de que dicen que vivimos en la sociedad del conocimiento, no ha surgido nada nuevo. Los economistas nos dicen cada tarde en la radio del maravilloso Carlos Alsina, escuela de modestia y alegría, que esto se hunde, pero nadie tiene la imaginación para buscar salida al capitalismo al que tanto queríamos.

Por lo menos lo amaba Michael Moore, ese gordo que viaja en limusina y que en su última película (Una historia de amor) nos informa de que el sueño americano era sólo una pesadilla y el capitalismo, que tanto amaba, únicamente una patraña de financieros hampones. Aquel modelo que consistía en que un limpiabotas podía llegar a ser millonario se ha invertido; ahora los millonarios están a punto de ser limpiabotas, mientras las millonarias compran los vestidos de raso por 80 euros.

El capitalismo, aquel sistema que convirtió el mundo en unos grandes almacenes con señales luminosas tapando las estrellas, el que hizo posible que Ronaldo dando patadas a una pelota ganara más que 100 premios Nobel, está en liquidación, como ya descubrió Camba en el 29: se les fue la mano a los de Wall Street, ganaban y compraban más acciones, y las acciones volvían a subir, y las gentes volvían a ganar, y el globo se iba dilatando, y cuanto más se dilataba el globo, ascendía aún mucho más alto, y nadie pensaba en el reventón.

El capitalismo, a sus 360 años, según Michael Moore, no vive una crisis cíclica, sino un pasmo agónico. Hasta el fetichismo del striptease de brazos de Rita Hayworth está en las rebajas. Todo se hunde, todo lo regalan, dijo Odette.

Raul del Pozo/elmundo.es

El Rey

El Rey

La verdad –y eso lo tiene que reconocer hasta Federico Jiménez Losantos–, que ser Rey de España no es fácil. Si no hace, porque no hace, si lo hace, porque lo hace, si calla, porque calla, si habla porque habla, si recomienda por recomendar, y si no recomienda, por faltar a su deber. El Rey, y en el caso de Don Juan Carlos conseguida a pulso, tiene la «auctoritas» pero no la «potestas». Ahora pide un gran pacto de Estado entre los partidos para ayudar a España a salir de la crisis. Se le critica la oportunidad. Que si lo hace por ayudar al Gobierno de Zapatero, que si lo ha hecho excesivamente tarde, que ya era hora de que lo hiciera, o que carece de responsabilidad para hacerlo. El Rey no ha hecho otra cosa que dar voz e intención a lo que piensan y desean millones de españoles. En el PSOE, Zapatero se niega al pacto por razones ideológicas –es un doctrinario del carajo de la vela–, y María Teresa Fernández de la Vega le dedica una regañina al Rey recordándole que la búsqueda de acuerdos es función gubernativa y no soberana. En el PP, se respeta algo más la recomendación del Rey, pero se duda de su beneficio.

Por su parte, el Rey ya se ha reunido con los representantes sindicales y la ministra de Economía. Piensa hacerlo con otros agentes sociales, pero me temo que las primeras reacciones de partidos y analistas políticos pueden hacer mella en su entusiasmo. Muchos comentaristas, analistas y columnistas coinciden en afirmar que los políticos hacen y deshacen a espaldas de la ciudadanía, a la que sólo respetan en los períodos electorales. Me atrevo a decir que también son muchos los comentaristas, analistas y columnistas que viven fuera de la realidad. Una crítica positiva es menos rentable –incluso en publicidad–, que una valoración negativa. Arrearle al Rey es facilísimo. Mucho más fácil que a Isidoro Álvarez, Emilio Botín, Juan Abelló o José Manuel Entrecanales. La del Rey es una autoridad sin defensa, y su papel de moderador siempre levanta ampollas o resquemores. Lo que ahora pide es unión, pero el egoísmo y los intereses de los partidos no van por ahí. Después vienen las encuestas populares y la Corona está en lo más alto de la consideración social y los partidos políticos suspenden. Pero no les importa. Zapatero, el doctrinario bobo, el que parece cada vez que acude a una reunión de dirigentes europeos que se cuela en el guateque, no puede pactar con el Partido Popular por diferencias ideológicas. Cicatero empecinamiento en pos de la ruina de España. Y el Partido Popular no quiere pactar con Zapatero porque Zapatero no puede hacerlo con los populares, y además, porque no quieren intervenir en un proceso de destrucción de empleo y de rigor que nada convendría a sus razonables expectativas electorales. Los populares sospechan que el Rey les está echando una mano a los socialistas, y los socialistas insinúan que el Rey se está entrometiendo en responsabilidades que no le corresponden. Pescadilla que se muerde la cola, que es la pescadilla nacional. No sólo que se muerde la cola, sino que se la muerde y se la come, porque el español es un depredador de sí  mismo, un zapatero más, dominado por la doctrina, el dogma y en muchos casos, por el resentimiento.

Para mí, que el Rey ha hecho lo que debía y en su momento oportuno. No por mejorar la imagen de la Corona, ayudar al nefasto Gobierno que padecemos o incordiar al Partido Popular. Lo ha hecho para, desde su autoridad moral, detener la caída en picado de este saco vacío de inteligencia y sensatez que responde al nombre de España.

Alfonso Usia/larazon.es

La cancion del otro yo

La cancion del otro yo

El reloj suena, salto de la cama,
me quito el pijama y hago una flexión.
Abro las ventanas, saludo al canario,
me lavo los dientes canto una canción
y por dentro tengo unas ganas tremendas
y por dentro tengo unas ganas tremendas
de darle dos ostias al despertador.
Salgo a la calle, saludo al vecino,
con gesto muy fino que es todo un señor.
Sale su señora con la escoba en mano
con una sonrisa le dejo un adiós,
tan de su casa rulo y redecilla
que pienso por dentro al verla tan sencilla
ya está la cotilla al pié del cañón.
Me meto en el metro loco de contento,
hay un solo asiento pero somos dos.
Sube una viejita toda arrugadita,
le doy el asiento, le tengo el bastón.
Y por dentro pienso al verla tan graciosa,
tenía que subir la vieja hincha pelotas,
tenía que subir justo en este vagón.
Pasa una muchacha, la noche en el pelo,
los ojos de cielo, la miel en la voz.
Me dice: – permiso – y siento el hechizo
de tanta tersura de tanto candor.
Y siento que el alma se me va y me viene,
que pienso por dentro, que culo que tiene.
Me importan un pito, la miel y el candor.
Llego a la oficina, algo adelantado,
para un buen empleado es la obligación.
Por eso es que el jefe me ha puesto a su lado,
como a un buen ejemplo de nuestra sección
y a mis compañeros bien que se les nota,
que piensan por dentro que soy un pelota,
que piensan por dentro que soy un pelota,
y tienen razón.
A la salida, tomo una copita
que es algo que incita, tras de la jornada,
con alguna tía seudo-liberada
en un Púb. de esos con la luz bajita
y mientras le hablo de mi alma enferma,
de la soledad, de la vida moderna,
la tía se pone comprensiva y tierna,
y le toco… le toco… las piernitas
y cuando tengo todo decidido,
me dice al oído,
son diez mil y la cama.
Y ya estando a solas le digo:
– la carne no supera nunca los goces del alma.
Ella no contesta, ¿estará avergonzada?,
no, está buscando las lentillas en la cama.
Le doy las diez mil y me voy para casa.
Ya llego a casa, tomo un bocadillo,
algo bien sencillo para dormir bien,
pongo el reloj en hora, me tiendo en el lecho
siempre satisfecho como en un edén.
Y por dentro pienso en algo que me aterra,
que estamos viviendo una vida de mierda.
Y quiero dormirme… sin pensar por qué.

RAFAEL AMOR®

Orgullos y verguenzas

Orgullos y verguenzas

De nada me sirvió señalar: “No deberíamos sentir orgullo de lo que no logramos, ni vergüenza de lo que no somos responsables”. Algunos lectores me acusan de avergonzarme de ser mexicano y me envían a Suecia o me ofrecen listados de personajes admirables, algunos con la medianía del músico Bernal Jiménez, yo habría dicho Manuel M. Ponce, Carlos Chávez o Revueltas. Pero sin duda tenemos a Sor Juana y a Juan Ruiz de Alarcón, a la altura de su época de oro; a la generación completa de la Reforma, que intentó traer a México la Ilustración y el liberalismo. Luego, en el siglo XX, un buen ramillete en las artes, literatura, pintura, música y arquitectura.

No supera lo que otra veintena de países podría oponer; pero, sobre todo, no son logros míos y, no pocas veces, ni de México, sino a pesar de México. Falso que tengamos un Nobel de Química: fue para Estados Unidos.

Cambiemos la propaganda sobre el “orgullo de ser mexicano” y pongámosla en alemán. El mundo clamaría al cielo ante una campaña pública sobre “el orgullo de ser alemán”. Y eso que resulta imposible mejorarles su listado de músicos, científicos, matemáticos, escritores, filósofos, o su cultura urbana. Si la muy excelsa Universidad de Heidelberg ostentara el lema “Por mi raza hablará el espíritu”, aplaudiríamos al que le arrojara pintura; diríamos, con razón, que es racista. El tema, sin duda, llegaría a la ONU y sería motivo de condena internacional a Alemania. ¿Por qué hacemos a otros lo que no queremos que nos hagan?

Así pues enlisto algunos motivos de orgullo y vergüenza de los que sí me siento responsable.

Mi trabajo en divulgación de la ciencia podría ser mejor. “Sólo traduce artículos de gringos”, dice un lector. ¿Qué se puede responder? No, no trabajo en conseguir fusión de hidrógeno, como debería estar haciendo, pero además de encontrar la nota (y Science me cuesta mucho dinero) y traducirla, explico: por ejemplo que la implosión ocurre también en las supernovas y deja una estrella de neutrones. Eso no estaba. Como tampoco qué son el deuterio y el tritio, qué un neutrón y un isótopo: los científicos escriben para sus iguales y no explican lo sabido, lo hago yo. Sé, con satisfacción, que hay al menos un físico que estudió esa carrera luego de leer mi historia de la cuántica (libro agotado).

Me avergüenza recordar, como buen obsesivo, que al recibir mi premio de periodismo por divulgación de ciencia, dejé a un miembro del jurado con la mano tendida, como me señaló mi amigo al sentarme: iba muy nervioso porque soy antisocial y el premio lo entregaba Cuauhtémoc Cárdenas, cuyo gobierno en el DF era una decepción.

Me avergüenza haber sido fundador y copropietario de La Jornada, que es ahora lo que es. Me avergüenza el sindicato de la UNAM que con tantos amigos ayudé a fundar. Me avergüenza el PRD, cuyos ancestros contaron con mi participación. Me avergüenza mi defensa, juvenil e ignorante, del monstruoso régimen castrista y del ignominioso Muro de Berlín; pero al menos ésta ya la pagué, y con lágrimas, y le arranqué a golpe de marro y cincel un pedacito que aún guardo.

Me da orgullo haber sido de los pocos que no dudamos ante el Chávez de Tabasco y haberle quitado algunos votos de los muy pocos con que perdió.

Me avergüenza mi incapacidad para hacer política y tener sólo opiniones y no riendas para hacer de México un país con un sistema de justicia eficaz, una hacienda con buena recaudación y un sistema de investigación científica sólido que nos inserte en el mundo; no ser el equivalente, salvo mi apellido González, del estadista que hizo de España un país moderno. Me avergüenzan errores y descuidos evitables al escribir. Agradezco a Juan José Doñán el informe sobre iconografía de Hidalgo anterior al óleo encomendado por Maximiliano. Perdón.

Tampoco entiendo las marchas por el “orgullo gay”, ni me avergüenza mi orientación sexual. Creo que hago más con una novela como la reciente El sol de la tarde, mi versión del desencanto en mi generación, con su historia de amor entre dos militantes de izquierda, que con marchas y grititos: no me siento para nada identificado con las lentejuelas. Creo que más adolescentes se han sentido confirmados en su orientación al leerme que al ver pasar desfiguros que, la mera verdad, sí me dan vergüenza. He evitado más suicidios de indecisos con ensayos como La orientación sexual y novelas como Cielo de Invierno que marchando con tetas falsas y botas de tacón aguja. (mileniodiario)

www.luisgonzalezdealba.com

Las culpas de Juarez

Las culpas de Juarez

Con asombro leí las notas de la visita del Presidente y el secretario de Gobernación a Ciudad Juárez para recibir reclamos airados, incluso violentos, a causa de los muchachos recientemente asesinados en un barrio de la ciudad. Al segundo le gritaron asesino y le dieron un zape; al primero lo juzgaron responsable de las muertes.

El Presidente recibió reclamos justos por su imprudente y apresurada calificación del hecho como un pleito de pandilleros. Ambos funcionarios fueron justamente zarandeados por la inseguridad que la ciudad padece y por la falla de la estrategia federal desplegada en ella. Hubo además gritos y mantas, pero ninguna de ellas, ninguna, contra los asesinos.

He ahí otra forma de la impunidad para los asesinos: que la gente se vuelva a reclamar sus crímenes a la autoridad y no a ellos; que los matones no sean estigmatizados a la par que se reclama a las autoridades; que ni los medios, ni las víctimas, ni la sociedad adolorida voltee sus iras contra los asesinos, además de sus exigencias contra la autoridad.

Nos horrorizan las matanzas pero premiamos los corridos que cuentan las hazañas de quienes las ordenan. Es una ambigüedad no privativa de México. Una de las grandes épicas del siglo XX es la construida por el cine y los medios en torno a las hazañas sanguinarias de la mafia.

Cada pueblo tiene consagradas en su historia las hazañas de sus grandes guerras y guerreros, al punto de que, como recordó Freud en algún texto, la enseñanza de la historia universal es por su mayor parte la consagración de matanzas que deberían avergonzarnos más que enorgullecernos.

Teorías aparte, va siendo hora de tomar nota, en defensa propia, de que quienes amenazan nuestra seguridad son los asesinos, no las autoridades. Estas últimas faltan a su deber de garantizar la seguridad, y su falta es razón suficiente para increparlas, exigirles y echarlas del gobierno.

Pero gritar asesino al secretario de Gobernación y dar al Presidente trato de responsable de los muchachos asesinados, es simplemente equivocar la mira y, en el fondo, ayudar a los asesinos. Dejar de señalárseles como el verdadero mal a erradicar destruye moralmente la única alianza que puede castigar ese crimen: la alianza de los ciudadanos con la autoridad y la fuerza pública.

Lo que sucede en Juárez y en nuestra cabeza es lo contrario: debilitamos, mellamos, cortamos la alianza de los ciudadanos con la fuerza pública enderezando contra ella los agravios, mientras olvidamos quebrar una lanza siquiera contra los criminales.

En defensa de nuestra propia seguridad los criminales deberían ser criminalizados, puestos fuera de toda consideración y de toda tolerancia por la sociedad y por los medios. Los criminales son nuestros enemigos. La autoridad es simplemente nuestra falla en la lucha contra nuestros enemigos.

Hector Aguilar Camin/mileniodiario

Elogio a la mala leche

Elogio a la mala leche

Llegó a asustarnos la terapia de control de la ira a la que Cristiano Ronaldo fue sometido por el Real Madrid para sacarlo del cartel de Wanted, que tiene convertidos a los árbitros en aspirantes a ser el hombre que expulsó a Liberty Valance. No sabíamos si le aplicarían agua bendita, como a la niña de El exorcista. O si le reprogramarían con papel celo en los párpados, como a Álex en La naranja mecánica. Pero, en todo caso, temíamos que acabaran extirpándole aquello que en el portugués es combustible del alma: la mala leche, la perpetua temperatura de motín de un hombre que siempre juega como vengándose de algo. No fue así. En Jerez, evitó enredarse en las riñas periféricas en las que a menudo se extravía como un borracho atraído por un neón. Pero conservó tensión competitiva como para rematar, en la trocha abierta por Arbeloa, a un Xerez que durante un rato largo apelmazó un partido de espacios ahogados que a punto estuvo de causar al Madrí un profundo daño psicológico.

Llevábamos tiempo valorando que el Real Madrid ya disponía de una buena osamenta táctica y de una determinación en defensa forjadas por Pellegrini, incluso contra la impaciencia de sus críticos. Pero que aún le faltaba ese pellizco de grandeza que debían aportar los fichajes de postín, de continuo encasquillados. Los dos goles fabricados en sociedad por Kaká y Cristiano -es verdad que cuando el Xerez ya aculaba en tablas- permiten albergar en Chamartín la esperanza de que la fórmula terminará de cuajar justo al entrar en el tramo decisivo de la temporada y en el regreso de la Champions. Cuando más falta hace. Jerez fue el ensayo de todos los partidos importantes que están obligados a ganar para el Madrí jugadores de semejante calibre.

Y así, con el Real Madrid a dos puntos del Barcelona, encarábamos el domingo un nuevo episodio del clásico más febril de la Liga. Cuando le visita el Barsa, el mismo Atleti que juega apocado contra el Real Madrid se convierte en una emboscada en movimiento, en la tostadora que te electrocuta en la bañera. Le sale lo mejor que tiene. El Barsa recuerda, al cruzar el Manzanares, a las manadas de ñus del Serengueti que apenas mojan el hocico por temor al cocodrilo. Recibió dos goles muy pronto, al tiempo que ofrecía una imagen impropia por poco vibrante y la defensa, entre perezosa y descolocada, se dejaba ganar la espalda, con pases profundos como los de Reyes, que esbozaban la posibilidad de una goleada.

No es frecuente contemplar al Barsa tan entregado a una suerte adversa, y ayer lo estuvo, al menos hasta que Ibra cazó un cochinillo que también le sirvió a él para empezar a aliviarse la morriña de goleador en boxes. La segunda parte propició un Atleti clásico: el agazapado que sale a la contra, el que defiende y luego deja en manos de Agüero la lumbre del incendio. Suficiente para perforarle el himen de invicto al Barcelona y para confirmar que, en la segunda vuelta, tendrá visitas más complicadas que las del Real Madrid que apretarán el campeonato. El Madrí-Barsa tendrá valor de final.

Hoy no es posible cerrar sin comentar la última ventosidad oral de Maradona. La que acusa a Valdano de traición a la patria por una supuesta animadversión a los argentinos en el Real Madrid. Da pereza explicar al gremlin que Valdano tan sólo se debe a la sociedad que le paga y que, por tanto, ni el pasaporte argentino es un salvoconducto, ni el Madrid es una extensión de la AFA controlada por Maradona. Pero es que además Heinze no daba ya la talla, como no la da para su selección, donde permanece como pretoriano del técnico. Y Gago fue el que pidió irse cuando criterios técnicos le tienen relegado. En cuanto a Higuaín, es grotesco que salga a defenderle el mismo que se empeñó en sabotearle hasta que no pudo seguir ninguneando la proyección de estrella que ha logrado.

David Gistau