Terror en Times Square

Terror en Times Square

Times Square es como la Puerta del Sol de Madrid a la americana. En el centro mismo del distrito de teatros, cines, restaurantes, bares, hoteles, etc. Un hervidero de neoyorquinos y turistas. Pasada la media tarde del sábado 1 fueron evacuadas doce manzanas de su entorno. Por la concentración humana que en la plaza se produce, es un objetivo goloso para un atentado, y varias alarmas se han producido ya en los últimos años.
La del día 1 parece ser una bomba de aficionado, que se detectó porque el mecanismo detonador se había iniciado y empezó a emitir humo sin que llegase a estallar.
De haberlo hecho habría provocado un incendio más que una explosión. Un día después la Policía no tenía pistas ni reivindicaciones. Bomba chapucera, pero criminal escurridizo.
De Al Qaida se espera, en principio, mayor competencia artificiera, pero por un lado cuenta con espontáneos que actúan por su inspiración e incluso en su nombre, pero no bajo su dirección inmediata. Por otra parte, desde tiempo atrás, los terroristas de su cuerda han usado, como en esta ocasión, propano y gas comprimido para potenciar la fuerza de los explosivos. Así que nada se puede descartar.
Y menos que nada la pervivencia de la amenaza bajo la que vivimos. Desde el 11-S, las policías, mucho más alerta, han desbaratado docenas de intentos a ambos lados del Atlántico y otras latitudes. Son no-sucesos, llenos de significación pero muy fáciles de olvidar o incluso desconocer.
Dos enigmas se plantean de manera recurrente. No será por falta de ganas por lo que Al Qaida y afines no han llegado a alcanzar y superar el listón que tan alto pusieron aquel 11-S. ¿O sí? Quizás no quieran arriesgarse a ver repetida la formidable reacción americana de aquel momento y prefieren dejar de vez en cuando recordatorios de su existencia más modestos. Por otro lado ¿existe una Al Qaida central potente, activa, planificadora y controladora o es una franquicia ideológica que vive de su prestigio pasado y de las acciones de sus entusiasta espontáneos? Hasta el mismo Ben Laden es un enigma. La cosa más fácil del mundo sería dar pruebas irrefutables de su existencia. Pero nunca lo ha hecho. Sólo indicios.

Manuel Coma/larazon.es

Utopia

La ciudad se fundó de nueva planta, sobre un terreno llano, saneado, y su propio trazado refleja la idea de progreso, de racionalismo humanista al servicio de la comunidad, que inspiró su creación. Las calles trazan una cuadrícula perfecta, a excepción de dos diagonales que se cruzan en el centro, para asegurar la ventilación y prevenir epidemias. Todas son rectas y de idénticas dimensiones, excepto en el eje principal, donde grandes avenidas acogen los edificios públicos, auténticas catedrales laicas que compiten en solemnidad monumental con el principal, y no menos grandioso, templo de la ciudad. Las dotaciones y servicios de cada barrio siguen el mismo riguroso esquema.

 Utopia

Las plazas, amplias, ajardinadas, pensadas también para los niños, están distribuidas equitativamente por todo el trazado. En el centro, un gran parque acoge instalaciones más ambiciosas: estadios deportivos, un lago, un zoológico, un observatorio astronómico y varios museos, gestionados por la institución más importante y prestigiosa de la ciudad, que es, por supuesto, la universidad. Pero hasta esta universidad es especial, porque todos los centros educativos de la ciudad dependen de ella. El impulso racionalista llegó hasta el punto de que la educación, como empeño más importante del bien común, se confió a la autoridad universitaria, que es la responsable del buen funcionamiento y elevado nivel académico de guarderías, colegios e institutos de secundaria.

Aunque parezca mentira, esta ciudad existe. Se llama La Plata, y fue fundada hace 120 años, a 60 kilómetros de Buenos Aires, como modelo de una nueva concepción de vida urbana, una ciudad para el progreso. Que aquella idea admirable fracasara sin remedio, como han fracasado tantas otras, no afecta a la emoción cálida, casi balsámica, que se respira hoy al pasear por sus calles.

Almudena Grandes/elpais.es

Valiente humanidad…

Valiente humanidad...

Humanidad que diseña los males y,
el método para curarlos,
crea artificialmente la necesidad,
de consumir bienes en exceso,
reduce la creatividad a vanos estereotipos,
recicla las ideas geniales con fines lucrativos,
defiende a capa y espada una libertad ficticia,
vende la felicidad como si de un bien perecedero se tratara,
predica la igualdad y la justicia,
cuando en la calle la impunidad cabalguea campante,
una sociedad que se precia del “progreso”,
cuyas leyes son “progresistas”, “renovadoras”, “vanguardistas” y “modernas”;
y se condenan los valores tradicionales como retrógrados y anticuados,
se legitiman todas las aberraciones posibles,
en nombre de la igualdad y la protección de las minorías,
todo es bueno, todo es permitido,
nos preocupan más los derechos de los criminales,
que aquellos de las víctimas,
y la Ley es la soberana, de una tierra sin Justicia…

Valiente humanidad…

Culpemos a Arizona…

Culpemos a Arizona…

Como si fuera una epidemia, se propagan todo tipo de acusaciones —la inmensa mayoría con razón y fundamento— contra la gobernadora y el congreso del estado de Arizona por haber aprobado una ley que autoriza, a las policías estatal y de los condados, a detener a todo sospechoso de ser indocumentado. Estas detenciones se realizarían incluso sin que exista “causa probable” ni pruebas ni evidencia ni orden de arresto.

Esta Ley viola: el supuesto de “causa probable” y el “proceso debido”, pues se arroga el derecho de detener a quienes los patrulleros o policías, en funciones de jueces, decidan deportar, con lo que contraviene la tesis de la Suprema Corte de ese país que impide que los estados asuman la aplicación de leyes que competen al gobierno federal.

La gobernadora y el congreso local de Arizona han destapado la metafórica lata de gusanos que amenaza con atacarlos. Todo indica que dicha ley no tiene futuro y será derogada. Queda claro, sin embargo, la valoración de los migrantes como simples monedas de cambio en complejos juegos de la economía o el poder.

Se soslaya que los migrantes sostuvieron durante cerca de diez años el boom de la industria de la construcción que hizo de Arizona un destino privilegiado, tanto de fuertes inversiones como de personas que trataron de aprovechar las posibilidades que ofrecían las leyes de EU para comprar un segundo hogar, y evitar o diferir así el pago de impuestos.

Arizona atrajo miles de trabajadores de México quienes contribuyeron —con su trabajo, con el sudor de su frente— a este boom de nuevas casas, muchas de las cuales seguirán desocupadas por un buen rato hasta que las cosas mejoren en EU, pues muchos trabajadores perdieron su empleo.

Más que culpar al gobierno de Arizona por su ley, los políticos mexicanos necesitan reconocer sus errores al hacer casi inevitable la emigración masiva de mexicanos a Arizona que, sin papeles, corren ahora el riesgo de ser deportados y perder el patrimonio que habían logrado acumular.

Condenemos, critiquemos y denunciemos a Arizona; pero no olvidemos que los mexicanos somos responsables de la sangría migratoria por no crear suficientes empleos remunerados en México, ni leyes que simplifiquen trámites para abrir una microempresa o promover el autoempleo. El mismo Congreso que hoy aprueba rápidamente puntos de resolución para condenar a las autoridades de Arizona y apoyar boicots, es el mismo que no logró aprobar las reformas necesarias para promover el empleo en México y, dicho sea de paso, tampoco logró avanzar en la regulación de los medios de comunicación.

Cuando el Congreso, los políticos y las instituciones mexicanas fracasan, empujan a millones de mexicanos a migrar, sin importar qué tanto nos odien en Arizona y otros estados de EU y prefieren lidiar con ese odio y esa discriminación; porque, como dicen los toreros, “más cornadas da el hambre”.

Está bien que nos duela la discriminación a nuestros compatriotas y que nos indigne que se violen sus derechos, pero también debería dolernos que no encuentren en su patria oportunidades para mejorar sus condiciones de vida. ¡Qué bueno que actuemos unidos en esto! ¡qué mal que no exijamos a nuestras autoridades que hagan su tarea para que tantos mexicanos no tengan que salir de su país! Presionemos para que el gobierno no siga gastando tanto y tan mal en lugar de reactivar la economía y promover las reformas que urgen.

Manuel Gomez Granados/exonline.com.mx

Culpemos a Arizona…

El ángel exterminador

El ángel exterminador

En 1992 hubo un plebiscito en Amsterdam. Los habitantes de la ciudad holandesa resolvieron reducir a la mitad el espacio, ya muy limitado, que ocupan los automóviles. Tres años después, se prohibió el tránsito de autos privados en todo el centro de la ciudad italiana de Florencia, prohibición que se extenderá a la ciudad entera a medida que se multipliquen los tranvías, las líneas del metro, las vías peatonales y los autobuses. También las ciclovías: pronto se podrá atravesar toda la ciudad sin riesgos, por cualquier parte, pedaleando en un medio de transporte que cuesta poco, no gasta nada, no invade el espacio humano ni envenena el aire, y que fue inventado, hace cinco siglos, por un vecino de Florencia llamado Leonardo de Vinci.

Mientras tanto, un informe oficial confirmaba que los automóviles ocupan un espacio bastante mayor que las personas en la ciudad norteamericana de Los Angeles, pero allí a nadie se le ocurrió cometer el sacrilegio de expulsar a los invasores.

¿A quién pertenecen las ciudades?

Amsterdam y Florencia son excepciones a la regla universal de la usurpación. El mundo se ha motorizado aceleradamente, a medida que han ido creciendo las ciudades y las distancias, y los medios públicos de transporte han cedido paso al automóvil privado. El presidente francés Georges Pompidou lo celebraba diciendo que “es la ciudad la que debe adaptarse a los automóviles, y no al revés”, pero sus palabras cobraron sentido trágico cuando se reveló que habían aumentado brutalmente los muertos por contaminación en la ciudad de París, durante las huelgas de fines del año pasado: la paralización del metro había multiplicado los viajes en automóvil y había agotado las existencias de mascarillas anti-smog.

En Alemania, en 1950, los trenes, autobuses, metros y tranvías realizaban las tres cuartas partes del transporte de personas; actualmente suman menos de una quinta parte. El promedio europeo ha caído al 25 por ciento, lo que es todavía mucho si se compara con Estados Unidos, donde el transporte público, virtualmente exterminado en la mayoría de las ciudades, sólo llega a cuatro por ciento del total.

Henry Ford y Harvey Firestone eran íntimos amigos, y ambos se llevaban de lo más bien con la familia Rockefeller. Ese cariño recíproco desembocó en una alianza de influencias que mucho tuvieron que ver con el desmantelamiento de los ferrocarriles y la creación de una vasta telaraña de carreteras, luego convertidas en autopistas, en todo el territorio norteamericano. Con el paso de los años se ha hecho cada vez más apabullante, en Estados Unidos y en el mundo entero, el poder de los fabricantes de automóviles, los fabricantes de neumáticos y los industriales del petróleo. De las 60 mayores empresas del mundo, la mitad pertenece a esta santa alianza o está de alguna manera ligada a la dictadura de las cuatro ruedas.

Datos para un prontuario

Los derechos humanos se detienen al pie de los derechos de las máquinas. Los automóviles emiten impunemente un coctel de muchas sustancias asesinas. La intoxicación del aire es espectacularmente visible en las ciudades latinoamericanas, pero se nota mucho menos en alguna ciudades del norte del mundo. La diferencia se explica, en gran medida, por el uso obligatorio de los convertidores catalíticos y de la gasolina sin plomo, que han reducido la contaminación más notoria de cada vehículo en los países de mayor desarrollo. Sin embargo, la cantidad tiende a anular la calidad, y estos progresos tecnológicos van reduciendo su impacto positivo ante la proliferación vertiginosa del parque automotor, que se reproduce como si estuviera formado por conejos.

Visibles o disimuladas, reducidas o no, las emisiones venenosas forman una larga lista criminal. Por poner tan sólo tres ejemplos, los técnicos de Greenpeace han denunciado que proviene de los automóviles no menos de la mitad del total del monóxido de carbono, del óxido de nitrógeno y de los hidrocarburos que tan eficazmente están contribuyendo a la demolición del planeta y de la salud humana.

“La salud no es negociable. Basta de medias tintas”, declaró el responsable de transportes de Florencia, a principios de este año, mientras anunciaba que ésa será “la primera ciudad europea libre de automóviles”. Pero en casi todo el resto del mundo se parte de la base de que es inevitable que el divino motor sea el eje de la vida humana, en la era urbana.

Copiamos lo peor

El ruido de los motores no deja oír las voces que denuncian el artificio de una civilización que te roba la libertad para después vendértela, y que te corta las piernas para obligarte a comprar automóviles y aparatos de gimnasia. Se impone en el mundo, como único modelo posible de vida, la pesadilla de ciudades donde los autos mandan, devoran las zonas verdes y se apoderan del espacio humano. Respiramos el poco aire que ellos nos dejan; y quien no muere atropellado, sufre gastritis por los embotellamientos.

Las ciudades latinoamericanas no quieren parecerse a Amsterdam o a Florencia, sino a Los Angeles, y están consiguiendo convertirse en la horrorosa caricatura de aquel vértigo. Llevamos cinco siglos de entrenamiento para copiar en lugar de crear. Ya que estamos condenados a la copianditis, podríamos elegir nuestros modelos con un poco más de cuidado. Anestesiados como estamos por la televisión, la publicidad y la cultura de consumo, nos hemos creído el cuento de la llamada modernización, como si ese chiste de mal gusto y humor negro fuera el abracadabra de la felicidad.

Eduardo Galeano

Sujetavidas

Sujetavidas

Una noche de juerga un amigo te presenta a un conocido completamente desequilibrado. Estáis en la discoteca un rato y al salir alguien comenta de ir a no sé qué pueblo porque por lo visto hay una fiesta molona. Aceptas, entráis en un coche y el que conduce resulta ser el loco. Minutos antes le has visto tragarse los cubatas doblaos y ahora cometiendo todas las infracciones imaginables mientras conduce: móvil, exceso de velocidad, mamada… Todo. No hace nada legal.

Sabes que no vas a salir vivo de ahí. De hecho, ves cómo el artista coge una curva muy cerrada a 180 km/h, haciendo que el coche invada un paso a nivel en el momento en el que un tren está a 50 metros de vosotros. El choque es inminente y lo primero que haces es aferrarte con mucha fuerza al asa, como si por el hecho de transmitir toda tu energía a ese mango te fueses a salvar.

Confiar ciegamente en ese trozo de plástico, en definitiva.

Perico Romero

Locura

Locura

Es inenarrable la cantidad de cosas que se ha puesto la gente en la cabeza desde el inicio de la historia. El rito de la coronación comenzó hace un millón de años. Probablemente alguna hembra primate, apenas aprendió a caminar a dos patas en el valle del Ritt, en Kenia, se colocó una piña tropical en alto del cráneo como Carmen Miranda, empezó a mover las caderas y se sintió feliz, mientras su pareja, que era el macho más bragado de la tribu, se coronó a sí mismo con cuernos de búfalo o de venado para significar su poder, un vestigio que todavía está presente en la mitra de Benedicto XVI. Algo muy extraño debe de esconder el cerebro cuando existe el instinto de cubrirlo o de prolongarlo con toda clase de prendas y cachivaches, cada uno con un significado: el velo, la mantilla, la gorra de plato, el solideo, el kipá, la tiara, la toca, el sombrero borsalino de Al Capone, el casco, el gorro de cocinero, el bonete, el turbante, la corona imperial o la boina capona.

Locura

 Los artesonados de oro y las cúpulas llenas de ángeles que rematan el trono del rey son también una superestructura de su cerebro. Las mujeres de raza negra realizan una obra de arte con la tapa de los sesos. Trenzan sobre ella lazos con telas de colores, a los que añaden frutas, flores y pájaros que trasmiten una sensación de imaginación y libertad, pese a que viven sojuzgadas. Soy partidario de que cada uno lleve en la cabeza lo que le dé la gana, incluso un pollo frito si lo prefiere, siempre que no moleste a nadie. En la cultura anglosajona, donde la libertad es la única diosa, los sentimientos estéticos o religiosos se los guarda uno para casa. Por supuesto entre un burka y la piña tropical de Carmen Miranda prefiero la piña, pero aun a riesgo de parecer un frívolo, debo confesar que el burka, aparte del rechazo por la repugnante esclavitud que supone para la mujer, me produce mucho vértigo porque uno nunca sabe con la sorpresa que podría encontrarse dentro de ese catafalco humano, tal vez con una hurí o con un terrorista armado o con la señora de toda la vida o con un vecino bigotón que te esperaba tras la rejilla. Velo musulmán o pamela de gran dama en la carrera de caballos en Ascot, cualquier clase de gorro parte del primate con la misma locura.

Manuel Vicent