Los primeros años

Los primeros años

La separación de la Nueva España, o la Independencia de México, ocurre, como sabemos, a fines de 1821

Un arreglo entre los restos de la rebelión, dirigidos por Vicente Guerrero, y el ejército novohispano, bajo control de Agustín de Iturbide, y la coincidencia de que el nuevo virrey, Juan O’Donojú, había salido de España justo cuando se promovía la creación de tres reinos en América, permitió que México se independizara sin disparar un tiro. Claro, después de los que se habían disparado sin mayor fortuna durante once años.

Una vez independientes, empezamos a discutir la mejor forma de gobierno para la nueva nación. Había dos opciones: la primera, más natural, consistía en crear un reino, pero eso implicaba conseguir un monarca; la segunda, más experimental, era tratar de replicar lo que los vecinos del norte habían inventado: la república moderna. En resolver este conflicto nos llevamos casi cincuenta años.

Iturbide, después de un breve intento republicano, optó por convertirse él mismo en monarca, dado que no se conseguía un rey que viniese del viejo continente. Los restos de la rebelión original, es decir Vicente Guerrero, ahora acompañado de varios otros, incluido Antonio López de Santa Anna, terminaron rápidamente con los sueños dinásticos de don Agustín. En 1824 se crea la primera república, con la primera Constitución propiamente hablando. El primer presidente de México será Félix Fernández, más conocido como Guadalupe Victoria. Tuvo don Guadalupe la fortuna de que Inglaterra nos otorgó un par de préstamos, que le permitirán a ese primer gobierno tener algo de recursos. Asimismo, puesto que don Guadalupe no representaba mayor peligro, ya que no estaba en control de todas sus facultades, no hay levantamientos relevantes en sus cuatro años en la presidencia.

Sin embargo, la situación económica del país continúa el deterioro que inició en algún momento de fines del siglo anterior, pero que ahora se acelera puesto que el principal producto de exportación, la plata, no se puede producir como antes. No es que las minas se hubiesen terminado, sino que no se cuenta en México con mercurio, metal indispensable para el beneficio que entonces se utilizaba. Se podía producir mineral en las minas, pero no se podía transformarlo en plata comerciable. El mercurio provenía de España, y ese país no reconocía todavía la independencia de México, ni tenía interés alguno en seguir enviando mercurio.

Al deterioro de la economía se sumará en 1828 la primera elección fallida de nuestro país. Para suceder a don Guadalupe se anotaron Manuel Gómez Pedraza, Anastasio Bustamante y Vicente Guerrero. Guerrero terminó en tercer lugar, acusó fraude y promovió un motín popular en la ciudad de México (conocido como el “motín de la Acordada”). Guerrero logró quedarse con la presidencia, y será asesinado poco más de un año después. De ahí en adelante, no habrá un presidente que logre cumplir con su período (entonces de cuatro años) sino hasta Benito Juárez.

Desde 1821 hasta 1867 (cuando termina la Intervención Francesa), México no tiene un Estado en forma. No hay un gobierno estable, que pueda cobrar impuestos y a cambio proveer bienes públicos elementales, como la seguridad, pública o nacional, y en consecuencia no hay forma de que la economía nacional pueda funcionar en términos razonablemente normales. No debe sorprender que en esos casi cincuenta años no haya crecimiento poblacional, ni mucho menos crecimiento económico.

Para poder imaginar mejor de lo que estamos hablando, es importante recordar que el México de ese entonces se concentraba en el centro del país. El norte apenas si estaba poblado (para ser más claros, ni siquiera se conocía), mientras que buena parte del sur (Chiapas, la mitad sur de Veracruz, Tabasco y la península de Yucatán entera) se mantenía al margen de lo que pasaba en el centro del país, con algunos enclaves europeos en una tierra mayormente indígena y también seriamente despoblada.

La Independencia, las luchas entre centralistas y federalistas, e incluso la guerra de Reforma son un asunto del centro del país. No había entonces ferrocarril, ni telégrafo, de forma que las noticias tardaban un par de semanas para llegar desde la ciudad de México a lugares como San Cristóbal de Las Casas (entonces Ciudad Real) en Chiapas, o Ures (entonces capital de Sonora), o a Mérida, adonde tenían que llegar por barco. Mover tropas a esos lugares exigía, con suerte, un par de meses.

Controlar un país de ese tamaño parecía imposible, y efectivamente lo fue. En buena medida, eso explica por qué no se pudo mantener la totalidad del territorio de la última Nueva España (desde Oregon, en Estados Unidos, hasta Panamá). A duras penas se podía controlar una región central que se alcanzaba en una semana desde la ciudad de México: Tampico, Guadalajara, Veracruz, Oaxaca, y lo que estuviera en medio. Lo demás funcionó como pudo.

Durante esos casi cincuenta años, la producción nacional se dirige casi por completo al mercado interno, a pesar de que las haciendas novohispanas se van derrumbando en todo el centro del país, dando lugar a una nueva forma de tenencia de la tierra que es preferible denominar “rancho” en lugar de hacienda. Esto es particularmente claro en la zona norte del centro, desde Hidalgo hasta el Bajío y los Altos de Jalisco. Hacia el sur de la ciudad de México, las plantaciones todavía pueden subsistir, proveyendo algo de lo exportable: azúcar, café, cacao, henequén.

Sin embargo, la situación de los gobiernos durante todo ese tiempo es terrible: una crisis fiscal permanente que hace imposible gobernar, o incluso mantenerse por más de unos meses en el poder. México parecía condenado a desaparecer envuelto en ese desorden. Pero no fue así. Sobrevivió, aunque reducido en territorio y muy golpeado económicamente.

La separación de la Nueva España, o la Independencia de México, ocurre, como sabemos, a fines de 1821

Un arreglo entre los restos de la rebelión, dirigidos por Vicente Guerrero, y el ejército novohispano, bajo control de Agustín de Iturbide, y la coincidencia de que el nuevo virrey, Juan O’Donojú, había salido de España justo cuando se promovía la creación de tres reinos en América, permitió que México se independizara sin disparar un tiro. Claro, después de los que se habían disparado sin mayor fortuna durante once años.

Una vez independientes, empezamos a discutir la mejor forma de gobierno para la nueva nación. Había dos opciones: la primera, más natural, consistía en crear un reino, pero eso implicaba conseguir un monarca; la segunda, más experimental, era tratar de replicar lo que los vecinos del norte habían inventado: la república moderna. En resolver este conflicto nos llevamos casi cincuenta años.

Iturbide, después de un breve intento republicano, optó por convertirse él mismo en monarca, dado que no se conseguía un rey que viniese del viejo continente. Los restos de la rebelión original, es decir Vicente Guerrero, ahora acompañado de varios otros, incluido Antonio López de Santa Anna, terminaron rápidamente con los sueños dinásticos de don Agustín. En 1824 se crea la primera república, con la primera Constitución propiamente hablando. El primer presidente de México será Félix Fernández, más conocido como Guadalupe Victoria. Tuvo don Guadalupe la fortuna de que Inglaterra nos otorgó un par de préstamos, que le permitirán a ese primer gobierno tener algo de recursos. Asimismo, puesto que don Guadalupe no representaba mayor peligro, ya que no estaba en control de todas sus facultades, no hay levantamientos relevantes en sus cuatro años en la presidencia.

Sin embargo, la situación económica del país continúa el deterioro que inició en algún momento de fines del siglo anterior, pero que ahora se acelera puesto que el principal producto de exportación, la plata, no se puede producir como antes. No es que las minas se hubiesen terminado, sino que no se cuenta en México con mercurio, metal indispensable para el beneficio que entonces se utilizaba. Se podía producir mineral en las minas, pero no se podía transformarlo en plata comerciable. El mercurio provenía de España, y ese país no reconocía todavía la independencia de México, ni tenía interés alguno en seguir enviando mercurio.

Al deterioro de la economía se sumará en 1828 la primera elección fallida de nuestro país. Para suceder a don Guadalupe se anotaron Manuel Gómez Pedraza, Anastasio Bustamante y Vicente Guerrero. Guerrero terminó en tercer lugar, acusó fraude y promovió un motín popular en la ciudad de México (conocido como el “motín de la Acordada”). Guerrero logró quedarse con la presidencia, y será asesinado poco más de un año después. De ahí en adelante, no habrá un presidente que logre cumplir con su período (entonces de cuatro años) sino hasta Benito Juárez.

Desde 1821 hasta 1867 (cuando termina la Intervención Francesa), México no tiene un Estado en forma. No hay un gobierno estable, que pueda cobrar impuestos y a cambio proveer bienes públicos elementales, como la seguridad, pública o nacional, y en consecuencia no hay forma de que la economía nacional pueda funcionar en términos razonablemente normales. No debe sorprender que en esos casi cincuenta años no haya crecimiento poblacional, ni mucho menos crecimiento económico.

Para poder imaginar mejor de lo que estamos hablando, es importante recordar que el México de ese entonces se concentraba en el centro del país. El norte apenas si estaba poblado (para ser más claros, ni siquiera se conocía), mientras que buena parte del sur (Chiapas, la mitad sur de Veracruz, Tabasco y la península de Yucatán entera) se mantenía al margen de lo que pasaba en el centro del país, con algunos enclaves europeos en una tierra mayormente indígena y también seriamente despoblada.

La Independencia, las luchas entre centralistas y federalistas, e incluso la guerra de Reforma son un asunto del centro del país. No había entonces ferrocarril, ni telégrafo, de forma que las noticias tardaban un par de semanas para llegar desde la ciudad de México a lugares como San Cristóbal de Las Casas (entonces Ciudad Real) en Chiapas, o Ures (entonces capital de Sonora), o a Mérida, adonde tenían que llegar por barco. Mover tropas a esos lugares exigía, con suerte, un par de meses.

Controlar un país de ese tamaño parecía imposible, y efectivamente lo fue. En buena medida, eso explica por qué no se pudo mantener la totalidad del territorio de la última Nueva España (desde Oregon, en Estados Unidos, hasta Panamá). A duras penas se podía controlar una región central que se alcanzaba en una semana desde la ciudad de México: Tampico, Guadalajara, Veracruz, Oaxaca, y lo que estuviera en medio. Lo demás funcionó como pudo.

Durante esos casi cincuenta años, la producción nacional se dirige casi por completo al mercado interno, a pesar de que las haciendas novohispanas se van derrumbando en todo el centro del país, dando lugar a una nueva forma de tenencia de la tierra que es preferible denominar “rancho” en lugar de hacienda. Esto es particularmente claro en la zona norte del centro, desde Hidalgo hasta el Bajío y los Altos de Jalisco. Hacia el sur de la ciudad de México, las plantaciones todavía pueden subsistir, proveyendo algo de lo exportable: azúcar, café, cacao, henequén.

Sin embargo, la situación de los gobiernos durante todo ese tiempo es terrible: una crisis fiscal permanente que hace imposible gobernar, o incluso mantenerse por más de unos meses en el poder. México parecía condenado a desaparecer envuelto en ese desorden. Pero no fue así. Sobrevivió, aunque reducido en territorio y muy golpeado económicamente.

Macario Schettino/eluniversal

Arabes y judios

Arabes y judios

Mi primer recuerdo de violencia se grabó en mi memoria con tres o cuatro años. Paseaba con mi madre por la calle de Velázquez, se oyó el estrépito de un choque y los conductores de los coches se liaron a trompazos. Uno de ellos, el más fuerte y certero con los puños, llamó a su contrincante «perro judío». Le pregunté a mi madre qué significaba «perro judío», y no obtuve una respuesta satisfactoria. «No son cosas de niños».

En la década de los cincuenta del pasado siglo, y en el bando social de los vencedores de la Guerra Civil, se odiaba a los judíos. Rescoldos de las simpatías hacia los derrotados «nazis». Simultáneamente, Franco era custodiado por su vistosa Guardia Mora. La inteligencia del ser humano es progresiva, y su espacio para el análisis, limitado. Pero, incomprensiblemente, aquel incidente violento me ayudó a establecer comparaciones en mi reducida claridad. Me identifiqué con los «perros judíos» y mantuve mi distancia anímica con la Guardia Mora, que se disolvió poco después, con motivo de la guerra en Ifni.

No creo en las connotaciones racistas de los antisemitas y antiárabes españoles. Todo viene de siglos. Sucede que los judíos viven en el XXI y una importante proporción de musulmanes no se han movido todavía del siglo XI. De ahí que dentro de la opinión negativa que los españoles mantienen de judíos y árabes, los primeros hayan descendido en el rechazo y los segundos permanezcan en la animadversión mayoritaria. El Ministerio de Asuntos Exteriores ha hecho públicos los resultados de su encuesta al respecto. El 34,6% de los españoles se manifiesta antisemita, y el 53,6 por ciento, rechaza a los árabes. Preocupantes porcentajes. En mi humilde opinión, y aunque se haya registrado una mejora respecto a los judíos, se me antoja más grave el 34 por ciento de antisemitas que el 53 por ciento de enemigos del Islam, por cuanto el Estado de Israel es una democracia, una nación libre y su sociedad está inmersa plenamente en los valores y principios de Occidente.

La síntesis del pensamiento del pueblo llano, a través de los siglos, la encontramos en el refranero. Está plagado de bobadas y de aciertos. Los refranes peyorativos contra los judíos pertenecen al pasado. En el «Martínez Kleiser» se recogen unos ciento treinta refranes antisemitas. Ninguno está vigente. En cambio, los dichos de advertencia contra los árabes –en España, por proximidad, «los moros»–, aún se usan. «No hay moros en la costa» es expresión que anuncia tranquilidad y sosiego, incluso cuando la referencia se adapta a la figura del jefe de la oficina, la suegra o el cónyuge. Y un sentido tiene, fuera de racismos y xenofobias. El español sabe que ningún peligro le puede venir de Israel. Estamos en el mismo barco, a pesar de Moratinos. Pero como todos los europeos, la amenaza nos llega del fundamentalismo islámico. Marruecos no es el enemigo, aunque se lleve los palos del refranero. El enemigo es Al Qaeda, el Islam del siglo XI, la barbarie camuflada en la figura de Alá. De ahí el mantenimiento del recelo, más por inseguridad que por perversos motivos de raza.

Alfonso Ussia/larazon.es

Se alquilan jugadores

Se alquilan jugadores

Dónde anda el “templario” del balompié… ese entrecomilladísimo hidalgo de mesa redonda y pacto sagrado. No escucho su versículo, no veo paja en su ojo, cristalino, impoluto. Dónde está el masón de blazer cruzado, mostacho recortado y zapato de ante que seduce gobernadores y construye castillos al futbol en estados miserables. Hipócrita sectario. Le molesta una prensa dura, juzga periodistas, veta medios, señala con el dedo. Pero no se atreve a limpiar su casa, vive de la facha, una escenografía mal montada de instalaciones faraónicas y relaciones públicas e impúdicas. La Selección Mexicana ha caído en lo mas bajo de su historia, es reflejo exacto de una gestión cómplice, perversa. Nunca mejor dicho, está prostituida. El orgullo peor vendido del Bicentanario es un equipo nacional de table dance. El futbolista mas hormonal que neuronal, apenas es culpable, malvive de su instinto o sobrevive gracias a él.

Cómo vamos a cuestionarlo y prenderle una hoguera. Si alguien hizo de este cuadro un manual de golfería son los fariseos de saco y corbata. Los dueños del congal. No son jugadores los que necesitamos, son directivos honorables los que hacen falta. Al lado suyo, el jugador en su peor versión nocturna, es un santo. Si crees que el seleccionado mexicano es mentiroso y vividor, te equivocas. A ellos solo les pagan por jugar, son excelentes profesionales de un medio mercenario. Se visten, montan un show de carpa por diferentes ciudades y cobran. Lo que hagan después no es bronca nuestra. Así los educó el poderoso directivo mexicano; a vender su amor por México, que merece un futbol pobre, pero honrado. Me va cayendo el veinte, cuántas noches caben dentro de un cajón.

José Ramón Fernandez Gutierrez de Quevedo

Justicia

Justicia

Hace muy poco, en el 2001, Argentina era un país desahuciado. Si en Europa hoy hablamos de crisis, lo que vivió ese país fue una joda total. Millones de familias perdieron los ahorros. Los viejos que entregaron sus pensiones a fondos privados, animados por los loros del neoliberalismo mágico, se encontraron de repente en la indigencia. La pasta de los más ricos, avisados, emigró como las golondrinas. Los barrios del Gran Buenos Aires se autoorganizaron para dar de comer en ollas populares. Hoy Argentina levanta algo más que la cabeza, pese al mangoneo de una oligarquía prepotente, bendecida por una curia pendiente de exorcismo. Trazos cavernícolas que se prestan, sí, a un paralelismo con la España del Último Día. Sería recomendable que unos y otros viesen Tatuaje, donde se lleva a la escena la vida de Miguel de Molina, el cantor torturado por esbirros de Franco y que encontró refugio en América, con la ayuda de Evita. Por cierto, pocos países en el mundo tienen el pulso cultural que hoy tiene Argentina, donde también se está escribiendo el mejor periodismo literario. Agarren, si pueden, Frutos extraños, de Leila Guerriero, y Si me querés, quereme transa, el último de Cristian Alarcón. En el renacer después de la ruina, algo habrá tenido que ver la presidenta Cristina Fernández, denostada por la derecha como una bruja. Pocos países en el mundo de hoy han avanzado tanto en el campo de los derechos humanos. No he llegado a esta conclusión por birlibirloque. Lo pienso al salir de un juzgado en Comodoro Py, donde he podido asistir, como un ciudadano cualquiera, al juicio a la plana mayor de la ESMA, el centro de la Armada que la dictadura convirtió en un matadero. Y me ratifico al leer la resolución de la Cámara Federal, que se dispone a investigar el genocidio franquista si no lo hace la Justicia española. Gracias, Argentina.

Manuel Rivas/elpais.es

Fumando un cigarrillo

 Fumando un cigarrillo

Fumando un cigarrillo con tu ausencia
con el vacio que dejaste en la cama,
el humo forma tu silueta
y me seduce con tu misma magia
Y cada bocanada es un suspiro
un recuerdo vivido, una imagen tuya
conforme se consume el cigarro
me inundan los recuerdos
El humo se disipa frente a mis ojos
y una lágrima surge de ellos…
¿fue el humo? ó ¿fue el recuerdo?
me he quedado sin aliento
Me he quedado en silencio
fumando un cigarro con tu recuerdo
bocanadas de pasión
bocanadas de amor
El cigarro se consume
demostrando que no todo es eterno
el humo se disipa llevándose tu recuerdo
y yo….
prendo otro cigarro a ver si te veo.
Cesar Garibay