Tarde o temprano

José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco ama el cambio perpetuo y trata de variar segundo a segundo para que la vida no sea una piedra. Está dispuesto, además, a morir por 10 lugares, varias personas y tres o cuatro ríos de México. Ganó ayer el Premio Cervantes porque ha narrado esas pasiones y la crónica de medio siglo en un español puro, de resonancia universal, con un sillón en la academia y otro en el medio de la calle.

Su obra, unas 800 páginas recogidas por el Fondo de Cultura Económica, incluye novelas, cuentos, ensayos, traducciones, periodismo, trabajos de edición y poesía.

Este último José Emilio, el poeta, fue el primero en aparecer en Hispanoamérica, en los años 50. Hoy, en una revista, mañana, en un suplemento literario, integrado en una misma banda de jóvenes inéditos que se llamaban Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Sergio Galindo, Eduardo Elizalde, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero y Juan García Ponce.

Ese fue el que, ya en en la década de los 60, tenía que estar en todas las antologías de México y del continente, aunque él anduviera por Estados Unidos, Inglaterra y España en el planeta disperso de las universidades en un proceso que resultó decisivo para su formación como hombre de letras.

En Buenos Aires y Lima, en Bogotá y en La Habana, en Santiago y Montevideo, se hablaba de la poesía de José Emilio Pacheco. Se conocían sus versos y se admiraban porque estaban hechos con el dominio de las formas clásicas y modernas, permitían que se tocara la emoción, y la lucidez y la inteligencia del autor se quedaban detrás del poema sin estropear la ilusión o el sueño.

Nadie quiere secuestrar a Pacheco como representante exclusivo de la sociedad internacional de poetas, versificadores y sus anexos. El mexicano, a mi modo de ver, sin quitarse del todo el traje de poeta, tiene una obra importante en otros dominios. En la franja de las novelas y los cuentos, un hombre como Fernando del Paso, opina que Pacheco es «un gran prosista que representa la mexicanidad».

Es un experto en Jorge Luis Borges, traductor de Oscar Wilde y de Tennessee Williams, especialista en literatura mexicana del siglo XIX y autor de una columna periodística legendaria que se llama Inventario. Tiene abierto en la tierra un expediente de persona buena y humilde, pero eso no valoran los jurados.

En las carpetas de quienes examinaron las candidaturas, donde estaban también Ricardo Piglia y Nicanor Parra, tiene que haber tenido una fuerza particular la revisión de los poemas reflexivos, amargos, irónicos, a veces tristes, que aparecen en libros como Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Los trabajos del mar y Siglo pasado.

El Cervantes, ya lo dijo Juan Gelman, ayuda pero no escribe por uno. Pacheco, su vecino en el Distrito Federal, lo sabe bien. Anunció que tiene en una gaveta una novela sobre la Revolución Mexicana, pero que no la terminará ahora porque viene el centenario y lo acusarían de oportunismo.

Guarda otras historias que sacará poco a poco. No se va a dejar vencer por los premios y los homenajes un hombre que vivió y registró en su literatura asuntos muy graves de su país y del mundo, y lo hizo siempre -sobre todo en la poesía- entregado a la fiesta sobrecogedora de la creación.

Estoy seguro que en México y en otros puntos de América se celebra este premio como en la casa de José Emilio. No importa que sea verdad que haya cumplido 70 años y que le den ahora el premio Cervantes. Allá se le va a querer siempre como el jovenazo afable y prometedor, de lentes, que iba a todas partes con unas chamarretas rústicas y azules.

El poeta que escribiría: «A mí sólo me importa/ el testimonio/ del momento que pasa/ las palabras/ que dicta en su fluir/ el tiempo en vuelo».

Articulo de Raul Rivero/elmundo.es

Mentirosos

Los_mentirosos

El otro día, viendo en un teatro madrileño el estupendo espectáculo del mago Anthony Blake, me puse a pensar en la naturaleza de la mentira. El mago, como el escritor, engaña con la complicidad del engañado; todos estamos dispuestos a ser momentáneamente embaucados para sentir emoción, para crear belleza. Estoy hablando de la mentira artística, y en ella hay más veracidad que en muchas verdades. Pero hay otro tipo de falsedades que pesan como el plomo y que no tienen nada que ver con la ficción poética.

Basta con asomarse a la televisión y asistir al áspero rifirrafe de la vida política para tener la desalentadora sensación de que en la España de hoy nadie dice la verdad ni aunque lo maten. Lamento criticar de nuevo a los políticos, porque meterse con ellos se está convirtiendo en un lugar común, en algo tan fácil como pegar a un niño; pero lo cierto es que, salvo excepciones, la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar, pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente, era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable. Y así, al contrario de lo que sucede en otros países, aquí a los embusteros no se les piden cuentas: el panorama político está lleno de individuos que han sido pillados con la trola en la boca y que siguen sus carreras tan campantes. O sea, que también en este caso somos engañados con nuestra complicidad, pero no para crear belleza, sino por aburrimiento y desidia cívica.
Articulo de Rosa Montero/elpais.es

Poetas del infierno

poetas

Puede que exista el infierno, ¿eh? Si es así, yo estaré allí, y ¿sabes una cosa? Todos los poetas estarán allí, leyendo sus obras y yo tendré que escuchar. Me ahogaré entre sus pavoneos de vanidad, su desbordante autoestima. Si existe el infierno, ese será el mío: un poeta detrás de otro, leyendo sin parar…”.
Bukowski/inmaculada decepcion.blogspot.com

Casos de la vida real

risas

Una pareja fue entrevistada en un programa de televisión porque estaban
casados desde hacía 50 años y nunca se habían peleado. El periodista, lleno de curiosidad, pregunta a la mujer:
– Pero, ustedes, nunca han discutido?
– No – responde la mujer
– Y como es eso?
– Bien, cuando nos casamos mi marido tenía una yegua que apreciaba muchísimo. Era la criatura que él más quería en la vida. El día de nuestra boda fuimos de luna de miel en nuestro carro tirado por la yegua. Andamos algunos metros y la yegua tropezó. Mi marido le dijo con voz firme a la yegua:
– Uno.
Pero unos metros más adelante la yegua tropezó de nuevo. Mi marido miró a la yegua y dijo:
– Dos.
La tercera vez que se tropezó, sacó su pistola y le pegó cinco tiros a la criaturita. Yo totalmente sorprendida le recriminé:
– Pero por qué has hecho semejante cosa, hombre?
Mi marido me miró y dijo:
– Uno.

La muerte en el telefono

telefono mesa-2El teléfono es un arma.

Bien, de acuerdo, no posee los caracteres para matar pero puede, sin embargo, efectivamente hacerlo. Los teléfonos fueron antes negros como también los coches, los trenes, las máquinas de escribir y las baterías de cocina. Todos ellos llegaban, en cuanto signos de progreso, envueltos en un aura misteriosa  y tan interesante como la muerte. Con el tiempo las baterías de cocina primero, a través del aluminio inoxidable, y los ordenadores y trenes después, con la brillante pintura metalizada, trataron de deslizarse en nuestras vidas en cuanto nuevas balas de velocidad peligrosa y estimuladora.

Las máquinas de escribir, como ahora los ordenadores, aceptaron al cabo casi cualquier color en señal de que la escritura dejaba de ser un asunto serio  para pasar al mundo del entretenimiento, el experimento y la diversión.

En general, de una idea trascendente de la vida se ha ido pasando a la preocupación por amenizar la existencia como un cine.

Por su parte, el teléfono se hace móvil en vez de fijo porque como la misma vida carece de un fijado fin en donde se apoyaba el juicio final y actuaba cimentado y con la máxima firmeza.

El juicio final como la misma Justicia del sistema  ha derivado en un móvil. Un juego movido por el poder, un móvil empujado por uno u otro interesado móvil. Quizá siempre fue aproximadamente así pero nunca resultó tan patente y asumido.

En los principios, la justicia fue incluso arbitraria pero en coherencia con el caprichoso arbitrio del poder absoluto. Era arbitraria como los árbitros en el campo de juego. Ahora, no obstante, es extensivamente  un juego del juego del poder, descarada en su volubilidad, su vaivén y cualquier otra peripecia propia de los juegos.

Finalmente, el teléfono, fijo o móvil, en unas u otras circunstancias, ha guardado en el interior de su sonido o su politono el carácter de un arma letal. Suena el teléfono y es, con frecuencia, un asunto intrascendente pero suena el teléfono y en la misma música puede hallarse la noticia funeral.  Jugar con los teléfonos es jugar con la muerte inscrita en su llamada, tratar con la muerte por escondida o enmascarada que parezca. Lo decisivo es que jamás abandona ese lugar. El timbre anida la muerte, mata, destroza, deshace la vida, la vuelve del revés. Ni siquiera el tren, tan gigantesco, es tan vilmente asesino.

Articulo de Vicente Verdu

No a los de mayoria

distritos_plurinominales
Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales…

Desde hace meses se discute públicamente la posibilidad, para algunos la necesidad, de reducir el número de curules en ambas cámaras legislativas. La idea de quienes sostienen tal iniciativa es la de ahorrar dinero en el gasto público.

Digamos de entrada que tal propuesta es del todo cándida. Aun suprimiendo todas las curules, el ahorro logrado sería insignificante frente a la magnitud del déficit público. Son escalas diferentes. Mientras que el primero se mide en cientos de millones de pesos, el segundo es del orden de cientos de miles de millones.

En nombre de tan altruista plan de ahorro nacional hay quienes se inclinan por suprimir a las diputaciones plurinominales, es decir, en la Cámara de Diputados, 200 curules. Valiente ahorro. Ya me dirá usted. Pero las cosas son bastante más graves y atañen la médula misma del ejercicio y de la estructura democráticos.

“No a los plurinominales”: he ahí una consigna que se va abriendo camino y que nuestro periódico alberga, a través de Pedro Ferriz de Con, de manera destacada. Yo sostengo exactamente lo contrario: sí a los plurinominales y únicamente a los plurinominales. No a los diputados de mayoría. Tan clarito como eso.

Ya dije mi conclusión. Ahora, en reversa, me toca explicarla. La introducción relativamente reciente de las diputaciones plurinominales tuvo la intención de corregir un vicio flagrante en el sistema hasta entonces imperante, según el cual, si un candidato ganaba su distrito con 51% de los votos y su oponente obtenía 49%, ése 49 iba directamente a la basura y sus votantes no obtenían ningún tipo de representación parlamentaria.

Póngase pilas y piénselo así: suponga que hay tres distritos, A, B y C, cada uno con 100 electores, y que hay dos partidos: el RIP y el NAP. El distrito A lo gana el RIP 51 a 49 votos, en el B también gana el RIP, 51 a 49. En cambio el C lo gana el NAP 99 a 1. De esta manera, según el antiguo sistema de representación mayoritaria única, y al que no pocos quieren regresar hoy, el RIP obtiene dos diputados y el NAP uno solo. Pero resulta que el RIP obtuvo en total 51+51+1=103 votos, mientras que el NAP, con la mitad de diputados, obtuvo 49+49+99=197 votos, ¡Casi el doble que el partido “ganador”!

Es contra esta aberración de la aritmética democrática que se instauraron las diputaciones plurinominales. La idea es que la composición de las cámaras refleje de manera más fiel y justa la distribución de la opinión popular. Lo que pasa es que se hizo mal. Se quiso mantener, a toda costa, la figura del diputado por “mayoría relativa” y se conservó la circunscripción, por encima de los distritos y de los estados. Un galimatías inextricable.

Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales, sobre todo en los primeros lugares. Y era común que el diputado por mayoría perdiera la elección, pero uno o más de sus correligionarios ingresaran a la cámara como plurinominales.

Para la asignación de estos últimos se ideó un esquema absolutamente incomprensible para el ciudadano de a pie: que si los restos mayores y los restos menores, que si las cuotas asignadas permitían el número de plurinominales realmente obtenido o había que reducirlo debido al número “excesivo” de diputados de mayoría conquistados. Total, un berenjenal del que era imposible salir bien librado. Sólo apto para “técnicos” hiperespecializados. El resto de los mortales no tenemos más remedio que leer y acatar los resultados que nos son dictados.

La supresión de los plurinominales ciertamente suprime de tajo todo este merequetengue, y el misterio de la asignación se difumina, pero se cae en la paradoja inaceptable de hace rato, la de los tres distritos. Además, al haber una sola curul en juego por distrito, la lucha dentro de cada formación por obtenerla se convertiría en una auténtica carnicería, y los cambios de camiseta se darían al por mayor. Si de por sí.

La única solución razonable es, entonces, la de suprimir los diputados de mayoría. A cada sección electoral, sean distritos, estados o circunscripciones, se le asigna un cierto número de curules, proporcional al número de habitantes, y de tal manera que la suma de todas sea el número ideal de diputados. En cada una de estas secciones, cada uno de los partidos presenta una lista, una planilla, por la que votarán los electores.

Serán diputados los primeros de la lista, en número proporcional a los votos obtenidos. Tan sencillo como eso. Se acabaron los misterios y los enredos. Queda por determinar cómo evaluar los porcentajes. Cómo pasar de los números fraccionarios de éstos a los enteros de los candidatos. Es sencillo, por ejemplo, mediante la regla de Hont. Pero tendré que explicársela la próxima semana.

De momento, de manera contundente: Sí a los plurinominales.

Articulo de Marcelino Perello/exonline.com

¡AAAAAAAA!

letra-aLa madre del monstruo estaba ahí, con la cuchilla contra el pescuezo de su hijo, tratando de pensar con claridad. Lo había maniatado tomándolo por sorpresa mientras dormía, y no sabia si matarlo a prolongar su miserable y nociva existencia por unos años más, hasta que las tensiones musculares originadas en su propia deformidad acabaran por despedazarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó, como para despejar su mente de disquisiciones superfluas.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó también el monstruo, aterrorizado ante la presión de la hoja de acero contra su garganta.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, tratando de ahuyentar el impulso de cortar ese cuello sin más demora. La tentación era fuerte, pero no podía ceder ante ella así como así, sin estar completamente segura de que estaría haciendo lo correcto.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el monstruo, para atemorizar a su agresora.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, mostrándole que no era fácil de intimidar.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, agobiado por la impotencia. Cuatro vueltas de alambre de púa mantenía sus piernas y sus brazos fijos las unas contra los otros.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó la madre, queriendo infundirse ánimos para asestar la puñalada fatal.

-¡AAAAAAAAAA! – grito el monstruo, tratando de impostar la voz y de imprimirle vibrato, como para apelar a la sensibilidad musical de la mamá.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó esta, queriendo acallarlo.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, sumido en la desesperación de no saber ya que hacer.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, para ver si repitiendo lo que decía su hijo podía entenderlo mejor.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, pensando que si hasta ahora el gritar así lo había mantenido a salvo del avance de la cuchilla, lo mejor que podía hacer era seguir gritando.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó ella, sin razón aparente, y quizá solo porque era su turno.

-¡AAAAAAAAAA! – gritó el, y este grito sonó como una amenaza de que la próxima vez gritaría mas fuerte.

Bien niños, eso es todo por hoy. Mañana estudiaremos la letra “b”.

Elogio a la fabada

fabada
Es evidente que, como ya señalaban Néstor Luján y Juan Perucho, hoy no es posible relación alguna de la cocina asturiana sin empezar por la fabada, pero no es menos cierta la constatación de una cierta horizontalidad bretona y normanda que apunta Dionisio Pérez, Post Thebussem, y la definitiva universalidad que el plato ha logrado en el camino del pasado siglo. Sin embargo, y por extraño que pueda parecer, la fabada carece de historia más allá de ese límite. En todo caso, la fabada es lo más apropiado para el febrero loco y sus días crudos de invierno, de niebla y frío de la tierra; comida muy de hogar, para tomarla cerca del fuego de la chimenea
En los albores del siglo XX la fabada era aún gran desconocida y ausente de los recetarios naciones y aún asturianos. Prueba de ello son la nula mención en sus escritos del muy ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos y la no presencia en la larga obra novelística del mayor escritor asturiano, Leopoldo Alas, Clarín. Aún en un recetario anónimo y escrito a mano, que su autora mandó encuadernar en 1874, y que felizmente fue recuperado por la Biblioteca asturiana del Padre Patac, la fabada brilla por su ausencia. Parece que la primera referencia escrita es un anuncio publicado en el diario El Comercio, de Gijón, en 1884. Con motivo de la romería de Granda, una tal Justa la Bartola ofrece genuina fabada para que: “… los deseos del público tengan cumplida satisfacción”. Claro que una cosa es un nombre y otra quizá bien distinta una receta que se corresponda con el plato, y tal cosa no ocurrió hasta que la Condesa de Pardo Bazán dio a la imprenta su libro La cocina antigua, en el año de 1913.
La fabada, aunque tiene fundamentos canónicos, se percibe de diferentes formas. Para Néstor Luján es: “…uno de los grandes platos del Occidente cristiano”; para el novelista asturiano Armando Palacio Valdés no es ni tan siquiera comida; y según el periodista también astur Antón Rubín: “… consiste en un cerdo lanzado –así, con todo el poder que supone el hecho de lanzar- sobre unas fabes”. Del grado de cocción de éstas solo pude juzgar la guisandera que la atiende, pero quede constancia aquí del criterio de doña Emilia Pardo Bazán: “Más vale que las fabes de deshagan que encontrarlas duras”.
Si no tanto como sobre el huevo y la gallina, mucho se ha especulado respecto a si fue antes la fabada o el cassoulet. Respecto a este último, potaje también de judías secas y compaña de cerdo o pato, aunque también en versiones de perdiz y cordero, tres ciudades francesas se disputan su invención: Toulouse, Carcassonne y Castelnaudary. Aunque el gran Julio Camba, en La Casa de Lúculo, llegara a admitir una posible etimología a favor del famoso pot-au-feu, sus convicciones se derrumbaron cuando el político Melquiades Álvarez le invitó a una gloriosa fabada en su pueblo asturiano de Somió. El festín fue de tal envergadura, que Camba, tan políticamente díscolo y ambiguo, confiesa que estuvo a punto de afiliarse al Partido Reformista que aquel había fundado en 1912, y en el que dejaron rastro de militancia políticos y personajes de la talla de Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Sin ambages, Paco Ignacio Taibo, en su Breviario de la fabada, viene a poner ambas cosas y potajes en su sitio: “El cassoulet es una fiesta de fuegos artificiales. La fabada es una profesión de fe. El cassoulet es un alarde. La fabada es una verdad contenida en sí misma. El cassoulet es un invento francés. La fabada es un invento asturiano. El cassoulet es un invento pompier. La fabada es un bisonte pintado en una roca. El cassoulet es una fabada que se perdió el respeto”.

Fuente: un tal Miguel Angel en facebook

Eres mas…….

GatodeRisas

Das más vueltas que un hijo puta buscando el acta de nacimiento.

Eres más agarrado que el pasamanos de un convento.

Eres más inútil que el cenicero de una moto.

Eres más inútil que la picha del Papa.

Eres más lento que el caballo del malo.

Estas más clavaó que el Cristo de los gitanos.

Estás más perdido que un hijo de puta en el día del padre.

Estás más perdido que un pulpo en un garaje.

Estorbas más que un muerto en un pasillo.

Eres más feo que Porfirio Muñoz Ledo chupando limones.

Eres más peligroso que un mono con pistola.

Eres más pesado que los zapatos de Frankestein.

Estas más flaco que el tobillo de un canario.

Estas más salido que  el capullo de un preso.

Estorbas más que un muerto en un pasillo.

Te estiras menos que el portero de un futbolíto.

Tienes el culo más picado que un bebedero de patos.

Tienes más cuernos que un saco de caracoles.

Tienes más dudas que una canción de Los Panchos.

Tienes más frente que Alemania en la segunda Guerra Mundial.

Tiene más babas que la cama de Alíen.

Tienes más peligro que una piraña en un bidé.

.Tienes menos futuro que un espía sordo.

Tienes menos luces que el castillo de Drácula.

Ves menos que un muerto boca abajo.

Al vino

Vino y tierra
Vino y tierra

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
conjunción de los astros, en qué secreto día
que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
y singular idea de inventar la alegría?

Con otoños de oro la inventaron. El vino
fluye rojo a lo largo de las generaciones
como el río del tiempo y en el arduo camino
nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

En la noche del júbilo o en la jornada adversa
exalta la alegría o mitiga el espanto
y el ditirambo nuevo que este día le canto

otrora lo cantaron el árabe y el persa.
Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

Jorge Luis Borges