Cima o sima

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No soy admirador de Roberto Carlos, el conocido y perenne cantautor brasileño. Es demasiado comercial y facilote. Y para colmo de su desgracia después de él apareció el formidable movimiento del bossa nova, “la nueva onda”, integrada, ella sí, por una panoplia de cantantes y autores absolutamente extraordinarios: Dorival Caymi, Vinicius de Morâes, Tom Jobim, Gilberto Gil, Joâo Gilberto, Elis Regina, y sobre todo, Maria Betanha, Caetano, y, sobre todo del sobre todo, Chico Buarque de Holanda, Chico Buarque, Chico.

Fue un movimiento enorme e inimaginable; una vorágine, por la calidad y la cantidad de sus componentes. Pero sobre todo por la importancia y trascendencia del conjunto, que es muy superior a la suma de la importancia y trascendencia de cada uno de sus integrantes. Gestalt. Estructuralismo puro.

Incluso me atrevería a decir -y si me atreviese me atrevo- que su jerarquía es superior a la de la nueva trova cubana. Que ya es decir. El duelo entre los dos líderes, Chico y Silvio, ‘ta cabrón. Muy cabrón. No hay a quién irle. Pero me temo que en conjunto, como movimiento, los brasileños ven a los cubanos en el retrovisor. “Los objetos están más cercanos de lo que aparecen”.

El caso es que Roberto Carlos quedó sepultado por la avalancha del bossa nova, y nunca pudo salir de su mediocridad. Sin embargo hay una canción suya, una perla en la carbonera, realmente notable, musical y temáticamente. Uma beleza. Se trata de “Yo quisiera ser civilizado como los animales”. El título lo dice todo. Pone el dedo en la llaga, nunca mejor dicho. “Un error no se corrige con otros errores” dice en un parte de la letra. Eso es. Y la cima de Copenhague fue, en plan benevolente, un error. Un enorme error.

Yo no dudo que los grandes industriales y bussinesmen del mundo hayan quedado harto satisfechos. Sus intereses, es decir su dinero, quedaron a salvo. No parece haber habido ningún error. Mala fe tal vez. Pero si hemos de hacer caso a los científicos, a los meteorólogos y ambientalistas, esos mismos industriales se tendrán que jalar los pocos pelos que les queden, dentro de muy pocos años. La hecatombe se avecina. Sólo se salvarán aquellos que hoy sean ya muy viejitos y a los que la muerte les ahorre el terror.

La semana pasada empecé a hablar de la Cumbre. Y mencioné la “generosa” oferta del presidente gringo al destinar diez mil millones de dólares anuales al combate contra el calentamiento global. Así en seco, suena bien, suena mucho. No podemos ni concebirlo. Pero esa es la trampa de los números. Basta pensar que el presupuesto anual destinado a la “defensa” en Estados Unidos es de 700 mil millones de dólares. Es decir setenta veces más destinados a la muerte de los que se destinan a la vida.

La prepotencia y el descaro de los organizadores sólo son comparables a los de Barack Obama. Estuvo en la capital danesa doce horas, no escuchó, en una muestra de soberbia y desprecio insoportables, a ninguno de los otros jefes de estado. Alguien podrá decir que leerá después lo dicho. Lo dudo mucho. Que no es más que una manera elegante de decir que sé a ciencia cierta que no lo hará. Además, no es lo mismo leer que escuchar y ver decir. El pathos, los rasgos suprasegmentales de los que hablan los lingüistas, la emoción, no pasan. Se pierden.

El mulato al que se le subieron los humos, no escuchó, por ejemplo, al primer ministro del Reino Unido, Gordon Brown, proferir: “Si no llegamos a un acuerdo (…) no debemos tener duda alguna de que, una vez que el crecimiento no controlado de las emisiones haya provocado daños, ningún acuerdo global retrospectivo en algún momento del futuro podrá deshacer tales efectos. Para ese entonces será irremisiblemente demasiado tarde”.

Y no olvidemos que Estados Unidos, que representan 5% de la población mundial, emite 25% de los gases contaminantes en el mundo. En particular del temido bi o dióxido de carbono, CO2, y de sus perversos portadores principales, los CFC, clorofluorcarbonos.

James Hansen, del Instituto Goddard de la NASA, afirma que hasta 350 partes de CO2 en un millón de partes de aire son tolerables. Más no. Hoy la cifra promedio es de 390 y se incrementa en dos unidades cada año. De manera que si sus cálculos son correctos, en 2015 habremos llegado a las 400 partes por millón.

El resultado, según Hansen y multitud de compinches, es el famoso calentamiento global, pues el CO2 forma una capa impermeable al calor alrededor del globo, constituyendo lo que usted conoce bien, concernido lector, el llamado efecto invernadero. Es decir, una especie de capa hermética. Es como si usted se paseara por las playas de Aruba enfundado en un afelpado abrigo de lana escocesa. El resultado será necesariamente dramático.

Las dos últimas décadas han sido las más calurosas de las que se tienen registro. El CO2 aumentó 80 partes por millón en el último siglo y medio, es decir desde el inicio de la era industrial.

Yo me sigo aferrando a la idea de que todo esto no son más que fábulas catastrofistas en una sociedad paranoica. Todo es mentira. Pero cada vez tengo menos clavos a los que asirme. Estamos jugando con fuego. Precisamente. Y todo parece indicar que la ciudad de la Sirenita albergó no una cima sino una sima.

Marcelino Perello/excelsior.com

Quetzal

Miguel de la Quadra Salcedo
Miguel de la Quadra Salcedo

SEÑOR: acabo de llegar a puerto en el litoral de Chile y allí, esperándonos, plantado en el muelle y melena al viento, está Miguel de la Quadra. Parece el león de la Metro. Sus rugidos son ronroneos de saludo, por más que atruenen el aire, y nos anuncian que la aventura no ha terminado. Somos su tropa, sus quetzales, sus Trescientos. Él es Leónidas, pero sin adversarios, porque no los tiene, ni armas, porque no las quiere. Venimos de la isla de Juan Fernández, en la que el bucanero Selkirk naufragó en 1704 para que en 1719 su compatriota Daniel De Foe pudiese escribir la primera novela de la historia de la literatura inglesa. Punto final es ése -para mí, porque los quetzales siguen- de la vigésimo primera edición de una Ruta que, de año en año y de decenio en decenio, sin pausa y sin prisa, como las estrellas de Goethe y los pájaros que oyó pasar la tripulación de las carabelas, ha paseado por el Nuevo Mundo y por la vieja España a ocho mil cachorros de las dos orillas y, educándolos sin domarlos, los ha convertido en hombres. Es mucho, Señor, es tanto, aunque por fortuna incruento, como en otros siglos hicieron las gentes que ganaron para la Corona que Vos representáis más reinos de los que jamás haya gobernado monarca alguno. Por ello, como quetzal de a pie, como cronista de Indias y de la Ruta, como Bernal raso, os pido, Señor, desde la tierra de Arauco, que reconozcáis los méritos de este león marino, de este Leónidas desarmado, de este Alonso de Ercilla, de este Caupolicán, de este Bartolomé De las Casas, de este misionero del mestizaje, de igual modo que uno de vuestros antecesores lo hizo con los descendientes de Colón al otorgarles el ducado de Veragua. Rey Juan Carlos: no apelo sólo a la generosidad, sino también al sentido de la justicia, porque, siendo ambas virtud de reyes, justo y generoso es que confiráis a Miguel de la Quadra el título de duque de Quetzal. Adelantado de Indias y Grande de España ya lo es, aunque nunca lleve calcetines y muy rara vez corbata, por derecho propio y de usufructo. Perdonad, Señor, mi atrevimiento y no lo atribuyáis a hipérbole, sino a gratitud. La mía, la de todos. Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un español tan noble como éste. Que Dios, si atendéis mi propuesta, os lo premie, y que, si la rechazáis, os lo demande. ¡Ojalá campee pronto un quetzal con cola de serpiente de plumas en el escudo del nuevo Duque! En vuestras manos está, Señor. Decidme algo.

«Tardará mucho en nacer, si es que nace, un español tan noble como Miguel de la Quadra»

Fernando Sanchez Drago

Cipres de Silos

cipres

He visto otra vez el ciprés de Silos y vuelvo nuevamente flipado, tocado, mientras los pájaros se quedan en las ramas aprendiendo canto monódico. Quien quiera renacer que se sumerja en la bacanal del románico, entre arpías jodiendo y dragones con cabezas de león. Silos es nuestra piedra negra. Nos saludan, desde arquitrabes, las sombras de los monjes de San Benito, los que inventaron Europa, que rezan desde los visigodos. Nos dejamos llevar por la liturgia de las horas, los capiteles fantasmagóricos cincelados por canteros que ideaban la masonería y la Ilustración.

¿Cómo van antes a Nueva York y al Caribe que a la maternidad donde las primeras sopas que nos dieron? Ese lugar sagrado donde monjes copistas escribieron las glosas en román paladino mientras criaban el vino y la palabra, espera con la puerta abierta. Los que llevaron la semilla del ciprés y del habla a todos los confines les esperan cantando. En esta ciudadela, de abadía a abadía, Berceo resolló en castellano: «Quiero fer prosa en román paladino, /en qual suele el pueblo fablar con so vezino». Te hipnotizan las serpientes ápteras. En Santiago de Compostela está la estatua del maestro Mateo, y dice la leyenda que si te das un coscorrón aumenta la inteligencia. Prefiero Silos. He vuelto con Aquiles y Vicente. Volveremos cada año hasta que Aquiles, el último Cabeza de Vaca de la utopía española, lleve el gregoriano a San Patricio, a la ONU y a la Zona Cero, como lo llevó al Teatro Real en 1972. En cada peregrinación están los monjes un poco más convencidos, dispuestos a embarcarse en la aventura de unir con gregoriano popular las civilizaciones.

Era el cumpleaños del abad Clemente, un florentino que nació en Castilla. Nos obsequiaron con una hemina de buen vino. Volví a entender la conexión entre hipnosis y religión. Si Dios ha muerto, su espectro permanece en este romance de piedra, santuario del silencio. Umberto Eco se inspiró en esta botica para escribir El nombre de la rosa. Lorca levitó cuando llegó en diligencia. Alberti se derrumbó: «Déjame bajar, que quiero, Madre, ser tu jardinero».

Otro prodigio es el abad Clemente Serna, al que consultan presidentes y sabios como Valentín Fuster. Sube por el ciprés gateando con el fin de podar las ramas enfermas. Para demostrar que no es un milagro asoma la cabeza de trecho en trecho. Un hombre que es capaz de subir como un mono por el ciprés tiene capacidad para ser pontífice.

Le recuerdo que hubo papas benedictinos. Me dice que lo ideal sería un negro o un indio. Me pregunto por qué piensan en un golfo cardenal italiano y no en un monje como Clemente, que habla de Dios sin hablar, en el monte de los enebros, a la sombra del ciprés más cantado por los poetas, en el manantial del bautismo de España.

Raul del Pozo/elmundo.es

Montadito de pimiento

piquillo
– 4 pimientos de piquillo
– 1/2 cebolla
– 4 tostadas de pan
– Sobrasada
– 4 lonchas de panceta (bacón)

Poner el pimiento en la plancha.

Cortar las cebollas y ponerlas a pochar.

Freír la panceta.

Untar la sobrasada en el pan y dar una vuelta en la sartén.

Rellenar el pimiento con la cebolla pochada.

Enrollar la panceta alrededor del pimiento.

Poner todo encima de la rebanada de pan.