El ‘clickbait’, un cebo eficaz para pescar su atención

MARTA REDONDO

Grupo de Investigación Nuevas Tendencias en Comunicación (NUTECO), Universidad de Valladolid

PILAR SÁNCHEZ GARCÍA

Profesora e investigadora Grupo Nuevas Tendencias en Comunicación (NUTECO), Universidad de Valladolid

Opiniones de expertos y periodistas sobre el clickbait

El paseo hasta el quiosco para comprar la prensa es una costumbre moribunda. Los medios de comunicación se financian, fundamentalmente, a través de las visitas a sus páginas web que determinan el volumen y el coste de la publicidad que insertan. Por eso, atraer lectores para incrementar el tráfico resulta trascendental para la subsistencia de cualquier medio de comunicación.

Junto a ello, las herramientas de software analítico permiten a las empresas periodísticas rastrear las preferencias de su audiencia. Se miden las noticias, los titulares, las imágenes o los protagonistas que resultan más atractivos. Es la dictadura de la página vista que mejora la posición de las noticias a medida que son más compartidas. Conocidas esas preferencias, los medios digitales, tal y como indican Túñez, Sixto-García y Guevara “no pueden obviar los intereses de la ciudadanía y lo que los usuarios valorizan acaba por convertirse en noticia”.

En este contexto surge el fenómeno conocido como clickbait o “ciberanzuelo”, es decir, el diseño de contenidos gancho que buscan atraer la atención de los lectores y animarlos a hacer clic en el vínculo de una página.

El objetivo es el señalado por Salaverría, “hacer un periodismo que se inocule con la facilidad de un virus”. Un objetivo cada vez más difícil de lograr en un mercado saturado de estímulos informativos y donde los medios luchan para que su contenido resulte llamativo y urgente.

Las herramientas de software analítico permiten a las empresas periodísticas rastrear las preferencias de su audiencia

Y, aunque pudiera parecer que es una estrategia exclusiva de los medios más populares, la prensa de calidad también se ha subido al carro de utilizar estos anzuelos para pescar lectores.

Una investigación desarrollada en la Universidad de Valladolid analiza los recursos más utilizados por el clickbait para conseguir su propósito. Además, comprueba su presencia en las noticias difundidas por los diarios El País y El Mundo en sus redes sociales.

El clickbait recurre a la psicología para estimular el deseo de acceder a un link. Los métodos más utilizados son los siguientes: Ofrecer una información incompleta: “El objetivo es despertar la curiosidad del lector hurtándole una parte fundamental de la información”.

Según analizó Loewenstein, ante una carencia informativa (lo que denominó brecha de conocimiento) se produce una sensación de inquietud y malestar que solo se alivia obteniendo los datos para suplir esa privación. Eso funcionaría como un imperativo de acción en el lector. Así, se comprueba cómo los titulares del clickbait a menudo omiten el dato principal de la información.

El titular: “Este es el actor español que está conquistando Hollywood” ocultaría el nombre del personaje y obligaría a acceder al vínculo para averiguarlo. Dentro de este recurso, se dan otras fórmulas como la utilización de interrogantes incontestados para cuya resolución es preciso acceder a la página.

También la curiosidad se excita mediante el uso de listados, (las listicles abordadas por Viguen) del tipo: “Los cuatro políticos más odiados” o  “Las 5 cosas que haces mal al conducir”.

La falta de claridad o precisión en la redacción del titular destinada a sembrar dudas en el lector actúa también como espuela para estimular su curiosidad. A menudo esa ambigüedad esconde lo que es solo un rumor, una noticia sin confirmar o la pura especulación del periodista.

La falta de claridad o precisión en la redacción del titular siembra dudas en el lector

Junto a estos recursos, el clickbait utiliza las claves que ha empleado el sensacionalismo informativo desde su origen en el siglo XIX. Contenidos llamativos: “La batalla del policía que descubrió a los 47 años que es negro”. O curiosidades: “Fue a comprar un reloj y la trataron como a una ‘pordiosera’. Tras conocer quién era, Chanel se disculpa”.

También los hechos protagonizados por celebrities. Sus nombres, actúan como señuelo y los medios los introducen en sus páginas para favorecer el tráfico a su web: “A fuerza de asados y mate, las parejas de Messi y Suárez se hicieron amigas. Y abren tienda de zapatos en Barcelona”.

“A fuerza de asados y mate, las parejas de Messi y Suárez se hicieron amigas. Y abren tienda de zapatos en Barcelona”

Las informaciones de sucesos se incardinan igualmente en esta estrategia. Con una condición: cuanto más morbosos resulten, mejor: “La octogenaria supuestamente mató a su marido, enfermo de cáncer, propinándole 14 golpes con una muleta”

Pero, el clickbait no es inocuo. Perjudica la calidad de la información recibida porque satura de noticias banales, exageradas y de recursos expresivos que sirven de gancho la información difundida por los medios de comunicación en redes sociales.

Por eso, cuándo consuma información, sea consciente de los recursos aquí descritos, algunos evidentes, otros algo más sutiles. Están diseñados como cebo y usted es el pececillo a punto de morder el anzuelo.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

https://blogs.publico.es/otrasmiradas

El arte de fracasar

El arte de fracasar
Faulkner sentía que fracasaba en cada novela que escribía. Especial

“Fracasar y luego volver a intentarlo. Eso es el éxito para mí”. Esta frase que soltó William Faulkner en una entrevista, en 1955, recuerda la famosa línea de Samuel Beckett: “inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Hablar del fracaso en el siglo XXI es anticlimático; las redes sociales, la auto exposición al alcance de cualquiera, crea el espejismo de que todos somos unos triunfadores. No se necesita ser muy espabilado para conseguir un minuto de gloria en Tik Tok, esa red ideada para que nadie sea un don nadie.

Las palabras “perdedor” y “fracasado” son un estigma que hoy nadie quiere llevar. Pero la realidad es que perdemos y fracasamos todo el tiempo, y que el éxito sólo llega, si es que lo hace, muy de vez en cuando.

William Faulkner, ese extraordinario escritor cuyo éxito lo llevó hasta las alturas del premio Nobel, sentía que fracasaba en cada novela que escribía: “uno nunca consigue contar la verdad según la ve. Lo intenta, y fracasa cada vez. Así que vuelve a intentarlo. Sabe que la siguiente vez tampoco será la buena, pero vuelve a probar…”

En esa misma entrevista, que está publicada en el libro León en el Jardín (Reino de Redonda, 2021), Faulkner declara: “Mi fracaso más espléndido fue El ruido y la furia, y ese libro es para mí el de más éxito, porque fue el mejor fracaso”.

El ruido y la furia, ese fracaso espléndido, es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura.

Gracias a su apego por el fracaso Faulkner nos dejó novelas monumentales. Y si se hubiera considerado un triunfador ¿qué nos habría dejado? Probablemente una obra menos contundente, porque su motor era la sensación de estar siempre fracasando.

Lo que Faulkner nos enseña es que el fracaso es más importante que el éxito, porque el éxito se agota en sí mismo y dentro del fracaso está siempre latente la posibilidad de triunfar. El fracaso está lleno de futuro y lo que hay más allá del éxito es el vacío. El vacío que la gente sensata vuelve a llenar de fracasos esplendorosos.

Jordi Soler

https://www.milenio.com/opinion/jordi-soler/melancolia-de-la-resistencia/

Confesiones inconfesables

Confesiones inconfesables

Algunas de las últimas series documentales centradas en el análisis de crímenes reales han cambiado la perspectiva del asesino hacia la víctima, de tal manera que apenas se percibe esa fascinación malsana por los depredadores humanos que elevaron a Jack el Destripador, Ed Gein o Charles Manson a la categoría de iconos culturales a los que se dedicaron libros, canciones y películas. En los últimos capítulos de Ted Bundy: Falling For a Killer, aparece la típica figura de la joven enamorada de un monstruo homicida, un tópico repetido desde aquellos lejanos años treinta en los que Peter Kürten, el Vampiro de Düsseldorf, recibía diariamente en su celda, en espera de la ejecución, docenas de cartas de mujeres pidiéndole matrimonio.

En la ficción, esa fascinación llegó al límite con el personaje de Hannibal Lecter, el despiadado caníbal de El silencio de los corderos, tan elegante y refinado que muchos espectadores confesaron que les hubiera encantado invitarlo a cenar sin comprender que ellos iban a ser el primer plato. Justo en el extremo opuesto de la balanza se encuentra la pareja homicida de Henry, retrato de un asesino, la brutal película de John McNaughton, que refleja las andanzas sanguinarias de Henry Lee Lucas y Ottis Toole por las carreteras desoladas de Estados Unidos. Con su incultura general, su falta de atractivo, sus pintas de paleto, su cociente intelectual por debajo de la media y sus dos dientes colgando, Henry era algo así como la antimateria de Ted Bundy, el atractivo, inteligente y bestial asesino que fue el principal modelo para Lecter. Y sin embargo, gracias a los periódicos, a los noticiarios y a la película de McNaughton, Henry Lee Lucas fue considerado durante mucho tiempo el asesino serial más prolífico de la historia de los Estados Unidos.

The Confession Killer, la modélica serie documental de Netflix, desmantela el mito de Henry Lee Lucas de una vez por todas con una colección de entrevistas y un caudal de información tan apabullante que se hace difícil pensar como alguna vez la justicia pudo creer que este hombre había cometido cientos y cientos de asesinatos. De hecho, es la justicia estadounidense la que sale retratada de esta historia como un auténtico circo de tres pistas que estuvo funcionando durante décadas, con un desprecio olímpico hacia las pruebas forenses, las declaraciones de testigos y los procedimientos más elementales de investigación policial.

Desde el momento en que, en mitad de un juicio por un doble asesinato, Henry Lee Lucas preguntó por los otros cientos de mujeres que había matado, el sheriff Jim Boutwell pensó que le había tocado la lotería y organizó una especie de tómbola nacional de crímenes sin resolver en la que cualquier comisario de cualquier rincón del país podía venir con un caso de homicidio pendiente y cargarlo a la cuenta de Henry, quien parecía encantado de añadir una nueva víctima a la lista y de que le invitaran a otro batido de fresa. Con el tiempo se organizó un cuadrante de fechas y lugares tan eficaz que un sheriff llamaba desde Wisconsin o Alabama o Maine y preguntaba si tal día de tal año estaba libre. Gracias a la vaguería, la corrupción o la imbecilidad de los agentes de la ley, Henry se convirtió en un auténtico estajanovista de la muerte, un proletario del asesinato capaz de recorrer mil o dos mil kilómetros en doce horas de una escena del crimen a la siguiente.

Henry confesaba porque era un mentiroso compulsivo y porque, mientras siguiera hablando, evitaba la pena de muerte, pero también porque le hacían caso por primera vez en su vida y lo trataban como a una celebridad. Lo verdaderamente imperdonable es la desfachatez de los policías que se prestaron al juego y que, por negligencia o por mala fe, le echaban una mano en los detalles, aunque hubieran pasado cinco, diez o doce años desde la fecha del crimen. Varios familiares objetaron la veracidad de sus confesiones, pero el espectáculo debía continuar y Boutwell y sus hombres no tardaron en echar tierra sobre el asunto. Diversos investigadores demostraron que, en muchos de los lugares en los que había confesado un asesinato, Henry estaba en el otro extremo del país, pagando una multa o detenido por algún otro delito. Una detective que llevaba tiempo sospechando de la farsa, se inventó un caso de homicidio, fue a ver a Henry y obtuvo una confesión completa. Más grave aún fue la intervención de un fiscal que cuestionó toda la investigación y cuya intromisión le costó la carrera.

La incertidumbre sobre la culpabilidad de Henry era tan manifiesta que en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, suspendió su condena a muerte por el célebre crimen de “Orange Socks” en Williamson County. Con el tiempo, gracias al desarrollo de las pruebas de ADN, fueron capturados unos veinte criminales exculpados por las confesiones de Henry Lee Lucas que habían escapado durante años a la justicia, aunque a día de hoy ni siquiera es posible evaluar la cantidad de asesinos impunes que quedaron en libertad gracias a la incompetencia manifiesta de las autoridades. Todo porque un sheriff de los Rangers, un montón de policías y un ejército de periodistas cayeron presos del embrujo del mal, embelesados por la atracción de un agujero negro inconcebible que resultó ser una trola con dos dientes colgando.

https://blogs.publico.es/davidtorres

La vacuna es un bien público mundial

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo
Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo

Hay un cierto consenso en torno a que la pandemia actual permanecerá con nosotros durante mucho tiempo. Vamos a entrar en un periodo de pandemia intermitente cuyas características precisas todavía están por definirse. El juego entre nuestro sistema inmunitario y las mutaciones del virus no tiene reglas muy claras. Tendremos que vivir con la inseguridad, por espectaculares que sean los avances de las ciencias biomédicas contemporáneas. Sabemos pocas cosas con seguridad.

Sabemos que la recurrencia de pandemias está relacionada con el modelo de desarrollo y de consumo dominante, con los cambios climáticos asociados a este, con la contaminación de los mares y los ríos y con la deforestación de los bosques. Sabemos que la fase aguda de esta pandemia (posibilidad de contaminación grave) solo terminará cuando entre el 60% y el 70% de la población mundial esté inmunizada. Sabemos que esta tarea se ve obstaculizada por el agravamiento de las desigualdades sociales dentro de cada país y entre los distintos países, combinado con el hecho de que la gran industria farmacéutica (Big Pharma) no quiere renunciar a los derechos de patente sobre las vacunas. Las vacunas ya se consideran el nuevo oro líquido, sucediendo al oro líquido del siglo XX, el petróleo.

Sabemos que las políticas de Estado, la cohesión política en torno a la pandemia y el comportamiento de la ciudadanía son decisivos. El mayor o menor éxito depende de la combinación entre vigilancia epidemiológica, reducción del contagio a través de confinamientos, eficacia de la retaguardia hospitalaria, mejor conocimiento público sobre la pandemia y atención a vulnerabilidades especiales. Los errores, las negligencias e incluso los propósitos necrófilos por parte de algunos líderes políticos han dado lugar a formas de políticas de muerte por vía sanitaria que llamamos darwinismo social: la eliminación de grupos sociales desechables porque son viejos, porque son pobres o porque son discriminados por razones étnico-raciales o religiosas.

Por último, sabemos que el mundo europeo (y norteamericano) mostró en esta pandemia la misma arrogancia con la que ha tratado al mundo no europeo durante los últimos cinco siglos. Como cree que el mejor conocimiento técnico-científico proviene del mundo occidental, no ha querido aprender de la forma en que otros países del Sur Global han lidiado con epidemias y, específicamente, con este virus. Mucho antes de que los europeos se dieran cuenta de la importancia de la mascarilla, los chinos ya la consideraban de uso obligatorio. Por otro lado, debido a una mezcla tóxica de prejuicios y presiones de los lobbies al servicio de las grandes compañías farmacéuticas occidentales, la Unión Europea (UE), Estados Unidos y Canadá han recurrido exclusivamente a las vacunas producidas por estas empresas, con consecuencias por ahora impredecibles.

Además de todo esto, sabemos que existe una guerra geoestratégica vacunal muy mal disfrazada por llamamientos vacíos al bienestar y a la salud de la población mundial. Según la revista Nature del pasado 30 de marzo, el mundo necesita once mil millones de dosis de vacunas (sobre la base de dos dosis por persona) para lograr la inmunidad de grupo a escala mundial. Hasta finales de febrero, se confirmaron pedidos de unos 8.600 millones de dosis, de los cuales 6.000 millones estaban destinadas a los países ricos del Norte Global. Esto significa que los países empobrecidos, que representan el 80% de la población mundial, tendrán acceso a menos de una tercera parte de las vacunas disponibles. Esta injusticia vacunal es particularmente perversa porque, dada la comunicación global que caracteriza nuestro tiempo, nadie estará verdaderamente protegido hasta que el mundo entero esté protegido.

Además, cuanto más se tarde en lograr la inmunidad de grupo a escala global, mayor será la probabilidad de que las mutaciones del virus se vuelvan más peligrosas para la salud y más resistentes a las vacunas disponibles. Un estudio reciente, que reunió a 77 científicos de varios países del mundo, concluyó que dentro de un año o menos, las mutaciones del virus harán que la primera generación de vacunas sea ineficaz. Esto será tanto más probable cuanto más tiempo se tarde en vacunar a la población mundial. Ahora, según los cálculos de la People’s Vaccine Alliance, al ritmo actual, solo el 10% de la población de los países más pobres se vacunará a finales del próximo año. Más retrasos se traducirán en una mayor proliferación de noticias falsas, la infodemia, como la llama la OMS, que ha sido particularmente destructiva en África.

Existe consenso hoy en que una de las medidas más eficaces será la suspensión temporal de los derechos de propiedad intelectual sobre las patentes de vacunas contra la covid por parte de las grandes empresas farmacéuticas. Esta suspensión haría que la producción de vacunas fuese más global, más rápida y más barata. Y así, más rápidamente, se lograría la inmunidad de grupo global. Además de la justicia sanitaria que permitiría esta suspensión, existen otras buenas razones para defenderla. Por un lado, los derechos de patente se crearon para estimular la competencia en tiempos normales. Los tiempos de pandemia son tiempos excepcionales que, en lugar de competencia y rivalidad, requieren convergencia y solidaridad.

Por otro lado, las empresas farmacéuticas ya se han embolsado miles de millones de euros de dinero público a título de financiamiento para fomentar la investigación y el desarrollo más rápido de vacunas. Además, existen precedentes de suspensión de patentes, no solo en el caso de retrovirales para el control del VIH/sida, sino también en el caso de la penicilina durante la Segunda Guerra Mundial. Si estuviéramos en una guerra convencional, la producción y distribución de armas ciertamente no quedarían bajo el control de las empresas privadas que las producen. El Estado, desde luego, intervendría. No estamos en una guerra convencional, pero los daños que la pandemia hace a la vida y al bienestar de las poblaciones pueden resultar similares (casi tres millones de muertos hasta la fecha).

No es de extrañar, por tanto, que ahora exista una vasta coalición mundial de organizaciones no gubernamentales, Estados y agencias de la ONU a favor del reconocimiento de la vacuna (y de la salud en general) como un bien público y no como un negocio, y la consecuente suspensión temporal de los derechos de patente. Mucho más allá de las vacunas, este movimiento global incide en la lucha por el acceso de todos a la salud y por la transparencia y el control público de los fondos públicos involucrados en la producción de medicamentos y de vacunas.

A su vez, unos cien países, encabezados por la India y Sudáfrica, ya han solicitado a la Organización Mundial del Comercio que suspenda los derechos de patente relacionados con las vacunas. Entre estos países no se encuentran los países del Norte global. Por ello, la iniciativa de la Organización Mundial de la Salud de garantizar el acceso global a la vacuna (COVAX) está destinada al fracaso.

No olvidemos que, según datos del Corporate Europe Observatory, la Big Pharma gasta entre 15 y 17 millones de euros al año para presionar las decisiones de la Unión Europea, y que la industria farmacéutica en su conjunto cuenta con 175 grupos de presión en Bruselas trabajando para el mismo propósito. La escandalosa falta de transparencia en los contratos de vacunas es el resultado de esta presión. Si Portugal quisiera dar distinción y verdadera solidaridad cosmopolita a la actual presidencia del Consejo de la Unión Europea, tendría aquí un buen tema de protagonismo. Tanto más si otro portugués, el secretario general de la ONU, acaba de hacer un llamamiento a fin de considerar la salud como un bien público mundial.

Todo apunta a que, tanto en este ámbito como en otros, la UE seguirá renunciando a cualquier responsabilidad global. Con la intención de mantenerse pegada a las políticas globales de Estados Unidos, en este caso puede ser superada por los propios EE.UU. La administración Biden está considerando suspender la patente de una tecnología relevante para las vacunas desarrollada en 2016 por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.

https://blogs.publico.es/espejos-extranos/