Un sistema para generar hologramas como los de «Star Wars» que además son táctiles

Estos equipos pueden tener aplicaciones en campos de fabricación biomédica y computacional

Ejemplo de holograma del sistema
Ejemplo de holograma del sistema – Eimontas Jankauskis

Una de las secuencias míticas de la saga «Star Wars» es el momento en el que el robot R2D2 muestra a Luke Skywalker y a Obi-Wan Kenobi un holograma de la Princesa Leia pidiendo su ayuda. El humanoide es capaz de generar una imagen en 3D y con sonido que sirve a modo de comunicación soñada por muchos. Por eso, desde el estreno de la película, muchos investigadores e ingenieros han intentado emular este sistema, llegando en muchos casos a quedarse muy cerca. Esta semana, la revista «Nature» recoge un nuevo estudio de un equipo que puede no solo generar imágenes 3D con sonido, sino también sensibles al tacto.

El equipo visual y sonoro es capaz además de generar una respuesta táctil cuando se «toca», y todo ello sin la necesidad de gafas o instrumentos adicionales. El prototipo puede tener aplicaciones en campos de fabricación biomédica y computacional, afirman sus creadores.

Ryuji Hirayama y sus colegas de la Universidad de Sussex han creado una pantalla de trampa acústica multimodal (MATD): una pantalla volumétrica levitante que puede generar simultáneamente contenido visual, auditivo y táctil, utilizando la acústoforesis levitación acústicacomo principio operativo único.

«Nuestro sistema atrapa acústicamente una partícula y la ilumina con luz roja, verde y azul para controlar su color mientras escanea rápidamente el volumen de la pantalla. Usando multiplexación de tiempo con una trampa secundaria, modulación de amplitud y minimización de fase, el MATD ofrece contenido auditivo y táctil simultáneo», escriben los autores en su estudio. Basado en los principios de las pinzas acústicas (donde la posición y el movimiento de objetos muy pequeños se pueden manipular usando ondas de sonido), el sistema usa ondas de sonido para atrapar una partícula e iluminarla con luz roja, verde y azul para controlar su

Holograma del globo terráqueo creado por el sistema
Holograma del globo terráqueo creado por el sistema – Eimontas Jankauskis

color mientras se mueve por la pantalla. El sistema demuestra velocidades de partículas de hasta 8,75 metros por segundo y 3,75 metros por segundo en las direcciones vertical y horizontal, respectivamente, «ofreciendo capacidades de manipulación de partículas superiores a las de otros enfoques ópticos o acústicos demostrados hasta ahora», afirman.

Los autores demuestran su sistema produciendo imágenes en 3D tales como un nudo toroidal -que se asemeja a una especie de mariposa-, una pirámide y un globo terráqueo, que pueden ser vistos desde cualquier punto alrededor de la pantalla. Al usar campos acústicos para crear las imágenes, esto también significa que también pueden producir sonido proveniente del contenido mostrado, así como retroalimentación táctil, que se activa al acercar la mano.

https://www.abc.es/ciencia

¿Por qué ya no contamos chistes?

Miguel Ángel Furones

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El chiste es el humor prêt-à-porter. La ocurrencia prestada que pasa de una persona a otra sin que ninguna de ellas la haya creado.

Es la gracia de los sosos. El ingenio de los aburridos. El motivo por el que esa gente sin imaginación cuenta chistes.

Solo existe una excusa para contar un buen chiste: que venga a cuento. Es decir, que se integre en una conversación y la realce haciéndola más divertida y memorable.

Pero lo cierto es que durante mucho tiempo el chiste jugó un buen papel. En especial, como mecanismo de escape en sociedades muy reprimidas. En Alemania se contaban chistes sobre Hitler; en Rusia sobre Stalin; en España sobre Franco.

También había chistes atrevidospicantesverdes o guarros (según el nivel) para contrarrestar la represión sexual dominante.

Con el declive de las grandes dictaduras y la llegada de la libertad sexual los chistes perdieron su razón de ser (ahora no se cuentan chistes sobre Iglesias, Torra o Casado). Daba la sensación de que el humor prestado había concluido y que el ingenio regresaría a su lugar de origen. Es decir, a la pluma de los comediantes.

No es casualidad que los Monty Python, en su famoso vídeo El chiste más gracioso del mundo, terminasen con la imagen de un monolito en la que se encuentra enterrado el último chiste que te mataba de risa.

Pero entonces, a modo de salvavidas, aparecieron los memes.

No me refiero a los memes que acuñara Richard Dawkins en su libro El gen egoísta sino a esos otros, mucho más prosaicos, que compartimos todos los días en las redes sociales.

Como en tantos otros temas, internet mata o resucita. En este caso, ha resucitado los chistes reencarnándolos en forma de vídeos, cómics, audios, textos y toda clase de imágenes caracterizados, fundamentalmente, por el hecho de ironizar con algún asunto reciente.

Pongamos un ejemplo: la exhumación de Franco de su tumba en el Valle de los Caídos. Si todavía viviéramos en la época de los chistes, estos jamás hubieran alcanzado la cantidad, inmediatez y difusión que hemos visto en las redes sociales. Unas redes que han regresado a la estructura tradicional de los chistes (pocos los crean, muchos los difunden), pero con unas magnitudes hasta ahora inimaginables.

La diferencia está en que los memes no se cuentan, tan solo se reenvían. Es decir, nuestra aportación consiste tan solo en presionar una tecla del smartphone.

Gracias a la enorme capacidad de transmisión de la tecnología digital, hemos pasado de la palabra objeto (el chiste) al objeto palabra (el meme). Pero pagando un precio por ello: ya no somos los actores del humor prestado.

Las redes sociales se han adueñado de muchas palabras cotidianas desnaturalizando con ello su significado anterior: amigos, seguir, gustar, compartir…

Veamos el caso de esta última: en las redes sociales no compartimos sino que repartimos un material que nos llega desde el cielo y al cielo regresa sin apenas afectarnos.

El chiste, con todas sus limitaciones de humor prestado, al menos sí se compartía, puesto que la única forma de transmitirlos era contándolos.

Pero el chiste ha muerto. Y con él una forma de humor popular (y muchas veces populachero) que nos servía de conexión, divertimento, medicina y terapia.

Que el último chiste, el que jamás quisieron contarnos los Monty Python, descanse en paz bajo las verdes praderas del monolito de Berkshire.

https://www.yorokobu.es/chiste-meme/

Veinte años del estreno de ‘Los Soprano’, la serie que cambió las reglas de la televisión

Ha habido muchos después, y puede que quizá alguno antes, pero ninguno como Tony Soprano, ese personaje lleno de aristas y brutal al que David Chase nos enseñó a querer como personaje durante seis temporadas.

Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO
Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO

MARÍA JOSÉ ARIAS

Han pasado 20 años desde que la doctora Melfi abriese la puerta de su consulta y dijese aquello de “¿Mr. Soprano?”, dirigiéndose al tipo de semblante adusto y complexión fuerte que estaba sentado en su sala de espera. Con ese gesto de adelante no solo le invitó a entrar en su consulta, sino a la casa de millones de espectadores que a partir de ese momento y semana tras semana se sentaron en sus sofás, como él en el diván, para conocer un poco más a ese mafioso que acudía a terapia y todo su mundo. [ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO CONTIENE ‘SPOILERS’]

Dos décadas después de aquello, cuando se lanza al aire la pregunta de cuál es la mejor serie de la historia de la televisión, Los Soprano sigue siendo la respuesta de muchos y se disputa el título con otras grandes como The Wire y El ala oeste de la Casa Blanca, que también celebra este año su veinte aniversario. En una época, la actual, en la que cada temporada se estrenan series memorables y sobresalientes, seguir figurando en los rankings siempre en las primeras posiciones es un mérito del que pocas pueden presumir. En el caso de la creada por David Chase eso se debe a infinidad de razones.

Producciones televisivas buenas siempre ha habido en todas las épocas, pero Los Soprano es única porque supuso un cambio en las reglas del juego, marcó un punto de inflexión. Nos descubrió que el protagonista no tenía por qué ser un tipo sin nada al que reprochar, que podía ser alguien trastornado en muchos sentidos, violento hasta ser capaz de matar con sus manos a alguien de su propia sangre al mismo tiempo que se presentaba como lo que él entendía como un buen padre y esposo y, pese a todo eso, conquistar al espectador. Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. Él fue quien despejó el camino a los que vinieron después: Jimmy McNulty, Walter White, Don Draper… Seres humanos despreciables en muchos aspectos y grandes personajes.

Los Soprano fue importante, entre otras muchas cosas, por su planteamiento. Colocar a un mafioso en una posición tan vulnerable como la consulta de una psiquiatra nada más arrancar se vio como todo un atrevimiento por parte de Chase, pero también toda una declaración de intenciones. La que presentó aquel 10 de enero de 1999 no tenía intención alguna de ser una serie al uso, algo que se hubiese visto antes. Ni en el género mafioso ni en el del drama familiar, que de eso también hay mucho en Los Soprano. Lo prometió entonces con aquella primera escena tras unos títulos de crédito que son historia de la televisión y lo cumplió a lo largo de las seis temporadas en las que se desarrollo toda su psicología, su biografía familiar, vital y criminal y la de una nube de personajes que crecieron junto a él.

Tony Soprano es uno de los grandes antihéroes y protagonistas que han existido y existirán en la televisión, y el mérito hay que repartirlo entre quien le dio la vida en el papel y quien lo hizo delante de la cámara, James Gandolfini. Cuando hace seis años el actor fallecía a los 51 años en Roma, quedó patente que su nombre siempre viviría ligado al de su personaje. Interpretó a otros muchos más, todos ellos con ese talento que le caracterizaba, pero su muerte temprana le impidió dejar atrás la sombra de Tony Soprano. Se hicieron grandes mutuamente. Esa mirada algo triste de párpados perezosos, esa voz que se imponía al resto, ese magnetismo que desprendía y ese gesticular con las manos fueron parte del viaje que este mafioso de Nueva Jersey que decía dedicarse a la gestión de residuos hizo desde la consulta de una psiquiatra a un fundido a negro que no contentó a todos.

Porque Los Soprano también fue una de esas series en las que el final no satisfizo de manera unánime. Por suerte para Chase, el equipo de guionistas y todos los demás implicados, entonces Twitter era solo una aplicación en pañales sin los millones de usuarios que hoy en día acuden a poner el grito en el cielo cuando un desenlace no les gusta dando por hecho que ellos lo habrían escrito mejor. Que se lo digan a J. J. Abrams, Damon Lindelof, David Benioff, D. B. Weiss y tantos otros que han tenido que sufrir la ira de los tuiteros. Pero por mucho que no haya unanimidad, hay que reconocerle a su responsable que esa escena final fue tan valiente como lo fue la primera, coherente, memorable y mítica.

Más allá de Tony Soprano

Uno de los aspectos que más se le ha aplaudido siempre a esta serie es que no se lo jugase todo a la carta de un personaje principal tremendamente poderoso y potente, sino que arriesgó con las subtramas y dotó de vida y personalidad propia a todo el cartel de secundarios. Cada seguidor de Los Soprano tendrá el suyo propio, pero es más que probable que muchos de ellos coincidan en dos que contribuyeron a hacer más grande a Tony y que gozaron de líneas de texto y escenas gloriosas.

Uno de ellos fue Paulie Gualtieri (Tony Sirico). El otro, Chris Moltisanti (Michael Imperioli). Los dos queridos, respetados por el patriarca y con un final muy distinto pero igualmente épico. Desde la neblina de haber visto la serie hace mucho, Paulie surge como ese mafioso en chándal cuya fidelidad era indiscutible. El otro, como el sobrino que quiso volar y con el que Tony mostró su lado más humano, pero también esa bestia que llevaba dentro. Los dos juntos en la pantalla eran dinamita. Podrían haber tenido su propia serie y la habríamos visto.

Luego estaban esos personajes femeninos, cuidados y bien construidos que tanto importan para entender quién es Tony Soprano. Empezando por su madre y acabando por su psiquiatra. Livia Soprano (Nancy Marchand) era, como suele decirse, para echarla de comer a parte. Principal culpable de que su hijo fuese así, resultó ser una mujer cruel y desagradable que poco sabía del instinto maternal. Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) se desveló como mucho más que una doctora, como alguien capaz de hacer frente a alguien tan poderoso como quien se sentaba en su diván y, aunque a veces con miedo, llevar las riendas de su relación profesional/personal. Y entre medias de ambas, Carmela Soprano (Edie Falco), alejada del estereotipo de mujer del jefe que solo está ahí para ver, oír y callar. Carmela tenía mucho que decir, y lo dijo.

Ellas y ellos eran de la famiglia. Algunos por su relación de consanguinidad, otros por los lazos que unen el camino de dos personas cuando sus vidas se cruzan. Pero todos importantes en esa familia más grande que iba más allá de la mansión con piscina de la que cada mañana un tipo con una bata abierta, a pecho descubierto y medalla al cuello emergía para recoger el periódico. De escenas como esa está llena Los Soprano, una serie que además de sus personajes, sus tramas, su visión de la mafia de hoy en día, de la familia, de la lealtad, la traición y hasta la religión es recordada también por sus puros, sus atuendos chandaleros, sus joyas siempre a la vista, sus patos y sus platos. Porque en una serie con personajes de raíces italianas, la comida debía estar muy presente. Los mafiosos también comen y los de la serie de Chase lo hacían a menudo y abundantemente. Aunque a veces cometiesen el pecado de congelar y recalentar la pasta. Ni siquiera Los Soprano, en toda su grandeza, era perfecta al 100%. Nadie ni nada lo es.

El 10 de junio de 2007 se emitía el último capítulo, Made in America. La serie se iba a negro y comenzaba la leyenda, que pronto se verá acrecentada con el estreno en 2020 de The Many Saints of Newark, precuela cinematográfica en la que se verá a un joven Tony Soprano interpretado por el hijo de Gandolfini, Michael. En la primera imagen vista de esta nueva historia, además del parecido con su padre, en lo que todo el mundo se fijó al ser publicada es en que llevaba la medalla que acompañó a Tony durante las seis temporadas.

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