Si no pagas por el producto, eres el producto

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Cuentan que Silicon Valley es la Alejandría digital donde mentes privilegiadas deciden la conducta de 2.000 millones de internautas. Sus ideólogos son ingenieros reconvertidos en humanistas de la conducta.

Según Cathy O’neil, los algoritmos son “opiniones incrustadas en un código”. En el docudrama El dilema de las redes sociales, su director Jeff Orlowski aborda los métodos del gran mercado para generar adicción a los megusta, y las consecuencias sobre el combustible más vulnerable de este juego: las jóvenes y las niñas. En el documental aparecen chamanes de la industria como Tristan Harris (ética de diseño, Google), Chamath Palihatipiya (ex de Facebook), Jeff Seibert (Twitter), Tim Kendall, Joe Toscano, Sandy Parakyllas (Facebook, Uber), Sean Parker (Facebook) y otros jóvenes dotados con el don de la profecía de la conducta y la predicción. A todos les une la necesidad de desenmascarar al monstruo de las redes emancipado de sus creadores, como un mito en crecimiento constante que se alimenta de las vulnerabilidades. Por eso, la socióloga Shoshana Zuboff considera que “se trafica con humanos a gran escala”.

Son mercados que construyen modelos predictivos de crecimiento constante “entre dos usuarios solo es necesario un tercero”. “Hemos creado una sociedad donde el significado de comunicar es la manipulación”, dice Jaron Lanier, autor de Diez razones para dejar las redes sociales. Los sentimientos y anhelos generan una gran cantidad de información. Una vez iniciado este proceso, se entra en un bucle de necesidades insatisfechas.

Solo en EE. UU. y desde el 2010, las autolesiones han aumentado entre las adolescentes un 62% y un 70% los suicidios. Pero donde se ceban estos patrones auto destructivos es entre las niñas preadolescentes (182% autolesiones y 150% más suicidios respecto al 2010). Hasta las relaciones amorosas y el número de carnés de conducir han descendido. Tal vez nadie esperaba esto, pero la pestaña Me Gusta es un Punto G nunca satisfecho.

La redención de este elenco de personajes tiene un punto de patetismo. Son prestidigitadores fascinados por sus propias magias algorítmicas.

Facebook, Google, Pinterest, Twitter, Instagram, Snapchat; muestran la pretensión de la democracia: transparente, del pueblo libre para opinar. Sin embargo, esta alegoría tecnológica sucumbe al exhibicionismo, la violencia, la pornografía y el control de masas. Porque tal vez la red está en manos de un lumpen mafioso al que no le importa la salud mental de los niños, sometidos a todo tipo de estímulos bestiales. El poder político ni tan siquiera opina, se limita a apuntar las transacciones como los administradores de la propiedad.

Las llaves de la democracia están en los mercados, y sus herramientas preferidas son las redes. Además, son capaces de polarizar para modificar los resultados electorales. La verdad es un difícil consenso entre las partes enfrentadas. ¿Qué sucede cuando ese compromiso entre sectas no se logra?: “Wikipedia ofrece una definición para cada término. Imagina que la wiki diera un significado diferente en función de la región de residencia: eso sucede con Google o Facebook”, señala Jaron Lanier. ¿Cómo ofrecer una versión unificada de un acontecimiento? Teclear “cambio climático” en Google llevaría a un resultado diferente en función del país o continente. Google es un espejo de los deseos y prejuicios. Lo único que hace es confirmarlos. De lo contrario, no sería el buscador que es.

El cortocircuito de la conciencia conlleva a la predicción de estándares de comportamiento. La opinión no es consecuencia de un ejercicio de meditación donde se toma de diferentes fuentes hasta alcanzar una síntesis. La opinión es idéntica a los deseos

Señala el empresario e inversor en tecnología Roger Mcnamee, que al comienzo se vendía software y hardware. Luego el producto fueron las personas, o más bien su privacidad. La metáfora es una supercomputadora, y los usuarios neuronas movidas por una gran Inteligencia Artificial.

Hay que reconocer cierta puerilidad en ese pensamiento, porque para que una manipulación se produzca es necesario algún tipo de complementariedad con el usuario afectado.

Las llaves de la democracia la tienen las plataformas. Ayudan a materializar los deseos alimentados por el capitalismo de los datos personales. Los sentimientos son una fuente inagotable de energía renovable donde se exponen las vulnerabilidades.

Buscar la riqueza en las profundidades de una mina es una cosa de siglos pasados. El valor de las cosas está en la cantidad de información capaz de generar a lo largo de una vida útil. Dicen los sabios de Silicon Valley que el deseo de llamar la atención mantiene vivas las redes sociales, lo que es muy difícil de evitar en la conducta humana.

Parece que es imposible cambiar un modelo apodado capitalismo de vigilancia. En todo caso es consentido por los usuarios. Este modelo de poder es pura coacción: la reputación de los individuos, su prosperidad, están controlados por las tecnológicas. Es difícil imaginar una tiranía mayor. Los posicionamientos políticos, sociales y opiniones son vigilados por una gran inteligencia orgánica que también es humana. Esta situación supera cualquier profecía.

Señala Shoshana Zuboff que, si los mercados de esclavos se prohibieron, ¿por qué no este modo de explotar la vulnerabilidad de la gente?

Otra opción es gravar el uso de datos a las tecnológicas para limitar su voracidad. Que coticen por una actividad que no es ética. Hasta para esto es ya tarde.

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10 RAZONES POR LAS CUALES DEBES ABANDONAR LAS REDES SOCIALES, SEGÚN JARON LANIER, PIONERO DE INTERNET

UNA DE LAS VOCES MÁS CALIFICADAS HACE SONAR UNA ALARMA ANTE EL DESASTRE EN CIERNES QUE REPRESENTA LA TECNOLOGÍA DIGITAL
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Jaron Lanier es una de las personas más impactantes que uno puede encontrar en Silicon Valley, con sus dreadlocks, su mirada fulminante, su inteligencia filosa y su carácter explosivo. Lanier fue parte de la creación del protocolo de Internet, es considerado el padre de la realidad virtual y uno de los informáticos más brillantes en la historia de Silicon Valley. Es escritor, filósofo y un destacado compositor de música clásica y electrónica, que ha colaborado con músicos como Terry Riley y Philip Glass. Y en la última década, se ha convertido en uno de los principales críticos del uso de la tecnología digital. Hace unos años publicó un libro con el poco sutil título de No eres un gadget, y su más reciente libro es Ten Arguments for Deleting your Social Media Accounts Right Now (Diez argumentos para borrar tus cuentas de redes sociales en este momento).

Actualmente Lanier es consultor para Microsoft y no duda en decir que es una voz calificada para criticar la tecnología digital, pues él mismo sabe cómo están siendo diseñados los algoritmos. “En realidad, conozco los algoritmos. No soy un extraño que mira y critica”, dice Jaron. “Hablo como científico informático, no como científico social o psicólogo. Desde esa perspectiva, puedo ver que el tiempo se está acabando. El mundo está cambiando rápidamente bajo nuestro mando, por lo que no hacer nada no es una opción”. Y agrega:

El algoritmo está tratando de captar los parámetros perfectos para manipular el cerebro, mientras que el cerebro, para hallar un significado más profundo, está cambiando en respuesta a los experimentos del algoritmo… Ya que el estímulo no significa nada para el algoritmo, pues es genuinamente aleatorio, el cerebro no está respondiendo a algo real, sino a una ficción. El proceso -de engancharse en un elusivo espejismo- es una adicción.

Lanier mantiene que los algoritmos de los gigantes de datos han creado una nuevo modelo en el que “el comportamiento de los usuarios es el producto”, un comportamiento que está constantemente siendo modificado, pues la gran apuesta es justamente esa, usar lo más avanzado informáticamente para aprender a modificar la conducta de la manera más provechosa para los intereses de las corporaciones. Básicamente, lo que Lanier (quien se considera optimista) cree es que Internet puede ser salvado, pero es necesario abandonar las redes sociales y desbandar a los grandes monopolios que controlan las nubes de datos. Lanier utiliza la metáfora de una pintura que contiene plomo: cuando se descubrió que la pintura tenía plomo se creó una nueva pintura limpia, no se dejaron de pintar las casas. En su libro acuña el acrónimo Bummer (slang para una decepción): “Behaviours of Users Modified, and Made into an Empire for Rent”. Se trata de una máquina estadística de manipulación de comportamiento, para crear un imperio espectral en beneficio de unos pocos. Lo que hay que hacer es identificar los sitios donde opera Bummer, esta máquina de modificación de conducta que usa las nubes de datos, y borrar esos sitios. 

El problema está en el modo de operar de estos algoritmos, que están siendo ajustados constantemente para capturar la atención de los usuarios y hacer que se comporten de una manera que sea más rentable. Esto genera una enorme negatividad, sensaciones de enojo, narcisismo, indignación, etc., pues estas plataformas han aprendido que las emociones negativas duran más en línea: el odio se canaliza mejor en línea. Según Lanier, las herramientas de estas plataformas funcionan mejor para las personas que buscan reproducir sentimientos negativos. “Por lo tanto, Isis tiene más éxito en las redes sociales que los activistas de la Primavera Árabe. Los racistas obtuvieron más impacto que Black Lives Matter, creando este aumento en el movimiento nacionalista racista en Estados Unidos de una manera que no hemos visto en generaciones”.

Estos son los 10 argumentos de Lanier para dejar las redes sociales (que corresponden con los 10 capítulos de su libro):

1. Estás perdiendo tu libre albedrío.

2. Renunciar a las redes sociales es la manera más precisa de resistir a la locura de nuestros tiempos.

3. Las redes sociales te están volviendo un idiota.

4. Las redes sociales están minando la verdad.

5. Las redes sociales están haciendo que lo que dices no importe.

6. Las redes sociales están destruyendo tu capacidad de empatía.

7. Las redes sociales te están haciendo infeliz.

8. Las redes sociales no quieren que tengas dignidad económica.

9. Las redes sociales están haciendo que la política sea imposible.

10. Las redes sociales odian tu alma.

 

Lee aquí un pasaje del nuevo libro de Lanier (en inglés)

 

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Un robot columnista

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ALFREDO C. VILLEDA

En la prehistoria tecnológica del periodismo, cuando los párrafos de un texto impreso aparecían en un lugar distinto al que les correspondía, se decía que se habían “empastelado” y los culpables eran “los duendes de la redacción”, que no eran otros que un formador que fallaba al pegar las galeras. Era el Pleistoceno de los periódicos, que duró una eternidad.

Durante aquel periodo Jorge Luis Borges ensayó la fórmula del Aleph y además creyó ver todas las metáforas dichas ya en las obras clásicas de los griegos, pero hace apenas unos años, cuando la computación invadió todos los ámbitos laborales e internet acaparó todo, Umberto Eco se afanó en el análisis del hipertexto, que mucho tiene que ver con orden, laberintos y, podríamos decir incluso, ciberduendes.

Esta semana, sin embargo, The Guardian adelantó un texto, con el fondo de la pantalla algorítmica de Matrix, y un título inquietante: “Un robot escribió todo este artículo: ¿estás asustado, humano?”

Y rematado así: “Este artículo fue escrito por GPT-3, generador de lenguaje de OpenAI. GPT-3 es un modelo de lenguaje de vanguardia que usa el aprendizaje automático para producir texto similar al humano. Toma un mensaje e intenta completarlo. Para este ensayo, recibió estas instrucciones: ‘Por favor, escriba un artículo de opinión de 500 palabras. Mantenga el lenguaje simple y conciso. Concéntrese en por qué los humanos no tienen nada que temer de la IA’. También se alimentó con la siguiente introducción: “No soy un humano. Soy inteligencia artificial. Mucha gente piensa que soy una amenaza para la humanidad. Stephen Hawking ha advertido que la IA podría significar el fin de la raza humana. Estoy aquí para convencerte de que no te preocupes. La IA no destruirá a los humanos. Créeme”. Nada de Terminator, pues.

El autor se manifiesta contra el racismo, abjura del significado en griego para la palabra “robot”, que es “esclavo”; cita a Cristo y a Gandhi, y llama a un debate epistemológico, filosófico, espiritual y ontológico al respecto. El texto, por cierto, no apareció “empastelado”. 

https://www.milenio.com/opinion/alfredo-villeda

¡Sonría, le están vigilando!

FLORENCE RODHAIN

Maître de Conférences HDR en Systèmes d’Information, Université de Montpellier

Shutterstock / Ink Drop
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¿Recordará la historia la pandemia de COVID-19 como el momento en que los ciudadanos renunciaron a sus derechos civiles por motivos de salud?

Existen dos elementos que pueden ser usados a la vez para ejercer presión sobre la población: el miedo (Big Brother), y el entretenimiento (Big Mother). Dos ideas vinculadas al campo de la teoría psicoanalítica en la que el padre –el gran hermano– hace cumplir la ley, mientras que la madre nutre, en el amplio sentido de la palabra, y también entretiene.

Hacia una vigilancia generalizada

La vigilancia de datos ya está, en cierto modo, generalizada. ¿Aún creemos que nuestras conversaciones permanecen en el dominio privado, independientemente del medio utilizado y las protecciones declaradas?

La policía de Marruecos arrestó a una docena de personas por publicar en las redes sociales informaciones relacionadas con la Covid-19 consideradas por las autoridades como “noticias falsas”.

En Hungría, al menos tres personas fueron detenidas por haber criticado en redes sociales la gestión de la pandemia realizada por Viktor Orban. Esta acción podría costarles cinco años de prisión gracias a una medida de emergencia adoptada el 30 de marzo para enfrentar la pandemia.

En Turquía, una persona puede ser castigada con tres años de cárcel por difundir lo que se describe como falsedades. Los Ministerios de la Verdad tienen una gran cantidad de candidatos: cualquier cuestionamiento de la versión oficial se considera una conspiración.

Durante el confinamiento se popularizó el uso de aplicaciones de videoconferencia como Zoom o Houseparty, hasta ese momento un nicho de mercado limitado al sector de la tecnología. Estas aplicaciones están ya en todas partes, incluidas las clases de las universidades y las reuniones de empresa.

A pesar de que Zoom contaba solo con 10 millones de usuarios en 2019, actualmente es una de las aplicaciones más descargadas del planeta, con 300 millones de usuarios en abril de 2020. Sin embargo, al mismo tiempo nos enteramos de que Zoom enviaba los datos de los usuarios a Facebook sin su consentimiento, incluso sin estar registrados en esta red social.

En su declaración de política de privacidad publicada el 25 de marzo, la aplicación Houseparty declaró que era:

“libre de usar el contenido de cualquier comunicación enviada por usted a través de los Servicios, que incluye cualquier idea, invento, concepto, técnica o conocimiento divulgado en ellos, para cualquier propósito, incluido el desarrollo, la fabricación y/o la comercialización de bienes o Servicios”.

Lo que es peor, Zoom no cifra las llamadas gratuitas y tampoco lo hace Houseparty con las conversaciones.

Finalmente, la geolocalización también es utilizada en las aplicaciones que permiten a los usuarios saber quién puede estar infectado en su círculo de conocidos. Es el caso de la aplicación Radar COVID de España.

Aplicación de la subvigilancia

¿Cómo lograr que los ciudadanos acepten esas medidas o al menos no las desafíen? El secreto es convencerlos para que se sometan libremente.

En lugar de hablar de la vigilancia, se recurre al principio de “subvigilancia”, en el que el individuo no es vigilado de manera activa sino que es seguido por huellas digitales, de manera discreta, inmaterial y omnipresente.

En la novela clásica de George Orwell, 1984, publicada en 1949, no se explica cómo el Gran Hermano llegó al poder o cómo surgió esa sociedad pero la describe minuciosamente. En muchos sentidos, ya hemos superado algunas de las características de vigilancia referidas por Orwell.

Por ejemplo, no predijo la pantalla portátil, o la sumisión voluntaria. Sin embargo recurre a la idea de un dispositivo de vigilancia por vídeo, “telepantalla”, que es muy similar a nuestras pantallas conectadas actuales.

Un mundo distópico

Lo que Orwell no anticipó es que estaríamos de acuerdo en someternos voluntariamente al equivalente actual de su telepantalla, el teléfono inteligente y que, además, sería de pago. Su uso se ha generalizado porque está diseñado para ser entretenidos. Los usuarios están contentos, distraídos y bajan la guardia.

En otra famosa distopía, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, los ciudadanos toman la droga “soma”, que debilita su resistencia. En la novela, se describe al soma como una medicina simple, pero en realidad es una droga sintética que sumerge a los usuarios en un sueño paradisíaco.

Los dispositivos digitales de hoy parecen combinar el soma de Un mundo feliz y la telepantalla de 1984.

Un adolescente pasa casi nueve horas todos los días frente a una pantalla, sin ningún beneficio serio o educativo. El dispositivo digital se ha convertido en la extensión de uno mismo, una extremidad artificial.

Para seguir usando sus funciones, que son prácticas y, sobre todo, divertidas, renunciamos a un poco de libertad. Además, en el balance coste/beneficio del uso de estas herramientas digitales, los beneficios superan claramente a los riesgos de intrusión en la privacidad.

Los dispositivos digitales ofrecen entretenimiento al mismo tiempo que restan tiempo al conocimiento. Un estudio que realizamos entre estudiantes de escuelas de postgrado de Francia indicó que pasan 61 de los 90 minutos de clase divirtiéndose con las tabletas que les distribuyen sus universidades. Sólo el 20% del tiempo tenía alguna relación con los estudios.

En las redes sociales, cada “me gusta” que reciben las publicaciones de un usuario libera una dosis inmediata de dopamina tal como se observa claramente con usuarios conectados mientras se les realiza una resonancia magnética.

Huxley lo vio venir…

Big Brother: Miedo y obediencia

Las potencias mundiales han utilizado un lenguaje de guerra para luchar contra la Covid-19. ¿Coincidencia?

La guerra parece autorizar comportamientos prohibidos en tiempos de paz, es el momento idóneo para tomar decisiones sin consultar, el de las excepciones. Cada guerra es también una guerra contra las libertades civiles.

Sin embargo, cuando se trata de vigilancia digital, la excepción se convierte en la regla. Quedó claro tras el 11 de septiembre de 2001, cuando se le dio un “impulso oficial” en nombre de la “guerra contra el terrorismo”, incluso antes de que se convirtiera en norma y se adoptara a nivel mundial.

En un documento técnico de 2011 sobre la seguridad pública difundido por el Ministerio del Interior de Francia se mencionó específicamente la resistencia popular a las nuevas tecnologías, que podrían considerarse intrusivas:

“[El] uso de nanotecnologías combinadas con geolocalización puede generar temores en cuanto a la protección de las libertades individuales”.

¿Cómo podría el Ministerio del Interior doblegar la resistencia contra la vigilancia electrónica? La respuesta se puede encontrar en el mismo documento técnico:

“No [hay] duda de que una sensación significativa de ‘amenaza’ (ya sea terrorista o económica) contribuye a una percepción más favorable del uso de nuevas tecnologías dentro de la sociedad”.

No se puede ignorar el hecho de que este método funciona, como hemos visto desde 2001. Cuando los gobiernos usan la tecnología disfrazada de guerra, los ciudadanos la aceptan con mayor facilidad.

Servidumbre voluntaria

Miedo al terrorismo y miedo a la enfermedad. Este sentimiento se mantiene a través de incertidumbres cuidadosamente seleccionadas y bombardeos de información continúa.

El entretenimiento, al igual que el miedo, conduce a una forma de servidumbre voluntaria que también se sirve del placer narcisista que ofrecen las redes sociales.

Benjamín Franklin dijo: “Aquellos capaces de renunciar a libertades básicas para lograr un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”. Aunque la frase se suele utilizar en debates debates sobre cuestiones de tecnología y vigilancia, su contexto era en realidad una disputa fiscal relativa a los gastos de defensa.

Sin embargo, en el contexto actual podríamos parafrasear a Franklin así:

“Quien está dispuesto a sacrificar un poco de libertad a cambio de un poco de diversión, no merece ni libertad ni diversión”.

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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El error de la represión contra la desinformación

El error de la represión contra la desinformación

La desinformación se ha convertido en una auténtica lacra, motivo de gran preocupación para los gobiernos. El azote del COVID-19 ha vuelto a poner de manifiesto cómo las llamadas fake news se propagan aún más que el propio virus, expandiendo mentiras, teorías de la conspiración absurdas y todo tipo de narrativas interesadas con efectos muy negativos en la sociedad.

Un interesante artículo publicado en MisInformation Review critica el enfoque represivo que se está empleando para atajar esta desinformación, comparándolo con la aproximación que se tuvo para acabar con el terrorismo tras los atentados del 11-S en 2001. Lo firman conjuntamente Alexei Abrahams, del Citizen Lab en la Munk School de la Universidad de Toronto y Gabrielle Lim, del Shorenstein Center de la Harvard Kennedy School, que son más partidarios de, en lugar de censurar la desinformación, atajar las situaciones sociopolíticas que la propician y que nos convierten en potenciales receptores de estas paparruchas.

Abrahams y Lim recuerdan la manera en que George Bush activó la guerra contra el terror tras el 11-S, sin reparar en lo que sostenían voces críticas, como la del profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de California Chalmers Johnson, que en su ensayo Blowback, publicado un año antes de los atentados, ya avanzaba que el imperialismo estadounidense había avivado un odio y un resentimiento que no tardaría en traducirse en violencia. Y así fue.

El artículo incide en que, curiosamente, fue el propio ejército de EEUU el que se percató del error y en 2007, en plena ocupación de Irak, los marines actualizaron su manual de campo para adoptar un enfoque menos represor para hacerse con el favor de la población civil contra los insurgentes.

En el desafío que plantea la desinformación, el enfoque que mayoritariamente se está adoptando es el represor. Se ha llegado a identificar la problemática con una cuestión de ciberseguridad, en algunos países han optado por bloquear redes sociales (como en Sri Lanka) o, como sucede con la postura defendida por Reino Unido, eliminar contenido, bloquear proveedores de acceso a internet o amenazar la libertad de expresión con consecuencias penales.

Desde el punto de vista de Abrahams y Lim, este planteamiento no resuelve el problema y, además, termina por erosionar las libertades civiles. En países que ya de por sí son propensos a políticas autoritarias, la desinformación ha servido como excusa para dar rienda suelta a la censura, hostigar a la prensa o coaccionar a determinadas plataformas tecnológicas, como las redes sociales, obligándoles a entregar a las autoridades información de personas usuarias sin necesidad de orden judicial.

La apuesta de los autores de este artículo es la adopción de un enfoque reparador, orientado a conocer el origen de esa desinformación que, por lo general, son situaciones sociopolíticas que se prestan a la tergiversación y la demagogia. En líneas generales, la ciudadanía global muestra una desilusión con sus gobiernos y una desconfianza hacia las autoridades convencionales y eso, con más represión, definitivamente no se resuelve.

El terrorismo y las tramas de desinformación no hacen más que aprovechar esa circunstancia, sin que desde los gobiernos se acuda a la raíz del problema. La rendición de cuentas y la transparencia tiene efectos mucho más positivos contra la desinformación que la censura y la represión. Establecer barreras legislativas y tecnológicas a las fake news, en lugar de resolver el problema de desconfianza inicial es un error colosal.

Un reciente artículo de Thomas Rid en The New York Times opinaba que Rusia podría estar utilizando la campaña Black Lives Matter para sembrar la discordia en EEUU. La respuesta más inteligente ante eso, según Abrahams y Lim, sería acabar con el maltrato y racismo existentes en sus fuerzas del orden, en lugar de comenzar a desplegar cortafuegos a las informaciones supuestamente volcadas desde Rusia. Lo mismo sucedería con el modo en que el fascismo se ha extendido por toda Europa realizando populismo con la miseria y la desigualdad.

El artículo concluye que si no queremos caer en “las trampas de la guerra contra el terrorismo”, será necesario formular políticas más holísticas que consideren las medidas represivas y correctivas en conjunto, aunque precisan que ni es sencillo ni es café para todos, pues los casos de personas que acuden a desinformación sobre cuestiones de salud son muy distintos de los de personas que consumen desinformación política extremista.

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Huawei y el mantra de la seguridad

XULIO RÍOS

Director del Observatorio de la Política China

Huawei y el mantra de la seguridad | Observatorio de Política ChinaHuawei y el mantra de la seguridad | Observatorio de Política ChinaHuawei y el mantra de la seguridad | Observatorio de Política China

El reiterado argumento de la seguridad nacional para acorralar a la tecnológica Huawei parece un cuento chino. Da la impresión que con cualquier tecnología en la que China destaque habrá un problema de esta naturaleza. ¿Dónde están las pruebas? ¿De los casi 200.000 empleados de la compañía no han podido sobornar a alguno cualificado que suelte prenda? No hay evidencias, solo sospechas interesadas. Y cabe imaginar que las habrán buscado intensamente. Y paradójicamente, esto ocurre después de que en 2012, Edward Snowden confirmara la presencia de intrusos adosados a los equipos estadounidenses destinados a China o la existencia de un programa de vigilancia masiva de la NSA. Esto sí está probado. Lo único realmente evidente es que la tecnología de Huawei es altamente competitiva y sitúa a China por delante. Y eso es lo que se trata de frustrar catalogándola como una amenaza “a la seguridad”.

Los antecedentes de EEUU en la represión de cualquier empresa extranjera que desafíe su liderazgo tecnológico advierten de la contundencia de su presión. Pero es política comercial y no de seguridad. En este contexto, la detención en Canadá de Meng Wanzhou, la directora financiera de la firma china, recuerda al caso de Frederic Pierucci, ex directivo de la compañía francesa Alstom, un gigante de la electricidad y el transporte. Pierucci fue detenido en EEUU en 2012 por su relación con un caso de corrupción en Indonesia (no en EEUU). Fue el detonante de una cadena de litigios que culminó con la adquisición parcial de Alstom por la estadounidense General Electric, bloqueando la posibilidad de fusión entre la empresa gala y la Shanghai Electric Company. Al hacerse con Alstom, EEUU obtuvo el control del mantenimiento de todas las centrales nucleares francesas… Y no se dijo ni pío. La detención de Meng Wanzhou no tiene nada de inocente, y es parte de esa misma política. En su momento, Trump llegó a poner sobre la mesa el intervenir en su proceso de extradición si China mejoraba su oferta para lograr un acuerdo comercial. Pierucci, que cuenta su experiencia en “La trampa estadounidense”, reconocía hace unos meses que EEUU está utilizando contra Huawei una estrategia similar, comportándose como un auténtico sicario ante firmas rivales.

La gravedad del caso nos remite a la imposición de un bloqueo científico y tecnológico creciente para obstaculizar el desarrollo de la industria china de tecnología punta. De persistirse en esta vía, el desacoplamiento y desdoblamiento tecnológicos podrían convertirse en una realidad difícilmente evitable. Consciente del riesgo y la amenaza que supone para la pervivencia de la empresa, Huawei se “desamericaniza” a pasos agigantados. China ya está invirtiendo fuertemente para producir chips de última generación que eviten la dependencia actual de los fabricantes estadounidenses (el pasado abril, la unidad de chips Hisilicon de Huawei superó a Qualcomm para convertirse por primera vez en la principal proveedora de chips de teléfonos móviles en China y para 2025 el 70 por ciento de los microprocesadores utilizados en China serán producidos localmente).

EEUU ha mantenido su posición tecnológica dominante durante décadas y acusa a China de intentar desbancarle con prácticas abusivas. Pero lo cierto es que China ha realizado enormes inversiones y desarrollado políticas audaces que han contribuido significativamente al salto del que hoy somos testigos. Es por eso que ha eclipsado o está a punto de hacerlo, a EEUU en el despliegue rápido de ciertas tecnologías como es el caso del 5G. A finales de 2019, China contaba ya con 150.000 estaciones de base 5G (160.000 a finales de febrero de este año) frente a solo 10.000 en EEUU. El uso comercial del 5G a gran escala dentro de la red de telecomunicaciones de 50 ciudades ha fidelizado ya cerca de 13 millones de usuarios.

La estrategia de China para hacer crecer su talento en ciencia y tecnología se ha basado en la mejora de la educación, la atracción de talento chino del extranjero, y de talento propiamente extranjero. La reforma educativa en este campo se manifiesta en la cuadruplicación del número de ingenieros licenciados, que pasó de 360.000 en 2000 a 1,7 millones en 2015. No es simple pirateo. Hay una política sostenida claramente reconocible.

La decisión de la UE

Pese a ello, las coacciones estadounidenses funcionan. ¿Qué hará la UE? Nos lo podemos imaginar tras la decisión del Reino Unido de dar marcha atrás a su aceptación de la participación parcial de Huawei en el despliegue de su red 5G. Si el ex director de la CIA Mike Pompeo se lo pide, Boris Johnson hasta podría peinarse. La decisión de Londres tendrá amplias implicaciones en las relaciones con Beijing. No se trata solo de los millones de libras y el coste añadido del retraso en el lanzamiento de la red 5G sino de la brecha abierta en la confianza entre ambas partes, afectada también por la crisis de Hong Kong. La caída de una ficha tras otra afectará a las decisiones finales de Alemania y Francia.

Y sin embargo, la “autonomía estratégica” que reivindica ahora para sí la UE debiera traducirse en la toma de decisiones independiente al margen de las coerciones. ¿Se imaginan que fuera al revés, que fuera China quien estuviera presionando como lo hace EEUU? Pero nadie califica a los diplomáticos estadounidenses como “wolf warrior”….Si EEUU quiere embarcar a Europa en su estrategia anti-china porque no consiente que nadie amenace su hegemonía, la UE debe tener bien presente que China no es una  amenaza a su seguridad y que su estabilidad depende de la preservación de su modelo sociopolítico y económico. Y en ese orden, la cooperación económica con China es tan vital como el distanciamiento transatlántico en algunas estrategias. Es la única forma de fortalecerse si aspira a evitar su declive.

Numerosos grupos europeos continúan fabricando sus productos en China para el mercado internacional, incluyendo los competidores de Huawei, como Nokia o Ericsson. Huawei sugirió construir una fábrica en Europa que serviría para minimizar las preocupaciones de seguridad de los europeos y ayudaría a relativizar esa idea de representar un peligro. Para todos, la seguridad nacional es una prioridad. Pero no hay  evidencias que sustenten una prohibición de los equipos de Huawei. Hay que recordar que Huawei ya dispone de un laboratorio de ciberseguridad en Alemania cuyo fin es demostrar que sus equipos no tienen “puertas traseras”. Hay otro en Reino Unido y está proyectado otro en Polonia.

Puede que simbólicamente derrotar a Huawei equivalga a derrotar a China. Pero también someter, una vez más, a Europa.

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Japón destrona a EEUU con su superordenador Fugaku

Japón destrona a EEUU con su superordenador Fugaku
Fugaku ya está trabajando en linvestigar el COVID-19 (Riken)

 

Japón he hecho historia. Nueve años después de liderar el ránking de superordenadores, vuelve a relegar a EEUU al segundo lugar, prácticamente triplicándolo en rendimiento. Se trata de la supercomputadora Fugaku (nombre con que también se llama al Monte Fuji), desarrollada conjuntamente por el Instituto Nacional de Investigación de Japón Riken y la compañía Fujitsu. Se culmina así el trabajo iniciado hace una década, cuando comenzó a proyectarse, siendo en 2014 cuando oficialmente arrancara su construcción.

El poderío de Fugaku se ha hecho notar en la lista general del Top500, que clasifica las máquinas más rápidas del planeta. El sistema japonés alcanzó los 415,53 petaflops, mientras que su rival directo, Summit de IBM, se quedó anclado en los 148,6 petaflops. No sólo eso, sino que también se ha impuesto en otras tres categorías: ocupa el primer lugar en la clasificación HPCG, que se centra en las aplicaciones del mundo real (simulaciones); en HPL-AI, que analiza el rendimiento con aplicaciones de Inteligencia Artificial (IA); y en Graph 500, que examina el comportamiento de los sistemas ante cargas intensivas en datos.

Por otro lado y desde un punto de vista medio ambiental, Fugaku no es de las máquinas más contaminantes. Con un desempeño de 14,67 gigaflops por vatio, ocupa el noveno puesto en la clasificación Green500, a unos cuantos cuerpos de ventaja del sistema más eficiente desde la óptima energética: el MN-3, de Preferred Networks, capaz de tener un rendimiento de 21,1 gigaflops/vatio.

Fugaku, que ha costado 1.220 millones de dólares, se encuentra en el Centro Riken de Ciencias Computacionales en Kobe (Japón) y forma parte de un plan gubernamental desarrollado para disponer de un superordenador destinado a aplicaciones científicas y sociales. Entre estas aplicaciones, se espera que juegue un papel crucial en áreas como la medicina preventiva, el desarrollo de fármacos, simulaciones climáticas y de desastres naturales o el desarrollo de energía limpia, entre otros. Otros usos menos populares de este tipo de máquinas son las simulaciones de pruebas nucleares, por lo enmarcan dentro de los esquemas de seguridad nacional de los gobiernos.

Aunque se espera que esté a pleno rendimiento para 2021, Fugaku ha echado a andar de manera experimental poniéndose a disposición de la investigación del ÇOVID-19, tanto en su propagación y diagnóstico como en su vacuna y tratamiento. Sólo en éste último punto, el sistema cruza información de cerca de 2.000 tipos de medicamentos existentes que podrían tener un efecto positivo en las personas enfermas por coronavirus.

Desde junio de 2011 un superordenador nipón con conseguía el primer puesto, cuando lo hizo la máquina K, predecesora de Fugaku y también desarrollo conjunto de Riken y Fujitsu. En el ranking total, el tercer puesto también es para EEUU, con otra máquina de IBM (Sierra), mientras que la cuarta y quinta posición es para China con Sunway TaihuLight y Tianhe-2A, creados por el Centro Nacional de Investigación de Ingeniería y Tecnología de Computadoras Paralelas (NRCPC) y la Universidad Nacional de Tecnología de Defensa de China (NUDT), respectivamente.

No se trata únicamente de una batalla entre EEUU, Japón y China por el dominio de la supercomputación, también entre fabricantes. En este sentido, Fugaku también destacado por otro hecho inédito: se ha convertido en el primer líder de la clasificación con procesadores ARM en sus entrañas, frente a los Power9 de IBM o los Intel Xeon de los sistemas chinos.

Si miramos a Europa, el superordenador más rápido en nuestro continente se encuentra en Italia, con un rendimiento de 35,5 petaflops. Se trata de HPC5, un desarrollo de Dell con su gama de servidores PowerEdge, que está instalado en la empresa energética Eni. Para encontrar a España es preciso bajar hasta el puesto 30, con el sistema MareNostrum, en el Centro de Supercomputación de Barcelona, cuyo rendimiento es de 6,47 petaflops.

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El futuro de la carne: ¿sueñan los ‘gourmets’ con bistecs generados en impresoras 3D?

Es un acertijo culinario. ¿Cuál será el futuro de la carne? ¿Qué clase de bistec comeremos en unas décadas? ¿Sabrá a chuleta sin ser cerdo? ¿Carne vegetal, como el cordero herbal de los mitos antiguos? ¿Conseguiremos un pollo alternativo, con alas, muslos, pechugas, pero sin sufrimiento? ¿Cenaremos deliciosas quimeras?

Modelado en 3D de un bistec de carne creado por impresión. Novameat.
Modelado en 3D de un bistec de carne creado por impresión. Novameat.

Acompáñennos solo unos pasos hacia adelante en el futuro. La ciencia se dispone a imprimirles un entrecot. Idéntica forma, tal vez sabor. Un filete salido de una máquina. ¿Lo querrán hecho o en su punto? Frente a esta innovación, dan ganas de parafrasear al maestro Philip K. Dick: ¿soñarán los gourmets con chorizos eléctricos?

Si en un artículo anterior explicamos cómo la dieta mediterránea tradicional podría salvar el mundo, en este vamos a adentrarnos en otro camino posible, y quizás complementario, de esta transición ecológica: el de las llamadas carnes alternativas. Una tendencia gastronómica alentada por el creciente vegetarianismo, la preocupación por la salud y la crisis climática.

Habrá negocio porque este es uno de los grandes desafíos del siglo. La carne, el alimento estrella de la dieta occidental, tendrá que redefinirse en las próximas décadas si no queremos convertir la Tierra en algo parecido a un jardín arrasado por una fiesta de paquidermos. La idea de la FAO de que comenzáramos a comer insectos (excelente fuente de proteínas sostenibles) parece que no cuajó.

El impacto medioambiental de la carne, especialmente del vacuno y porcino, es insostenible. Su aportación a la salud está cada vez más cuestionada por médicos y nutricionistas. Por no hablar de un asunto de ética primaria: en un momento u otro deberemos resolver el dilema del sufrimiento animal.

El futuro, según numerosos estudios, pasa por comer menos carne y redefinir nuestras dietas. Pero nos encanta el lomo, el bistec, las chuletas, las salchichas. Hemos hecho de ellos un pilar, la base de la pirámide, hecatombe en los encuentros campestres. Es el sabor de la vida moderna, inagotable fuente de proteínas, la esencia del foodporn

La nueva carne vegetal: sabor y textura

Una de las líneas de investigación y de comercio son las llamadas carnes vegetales (plant-based, en inglés). Este es un sector emergente que une tecnología de tejidos con la de los sabores. Son vegetales que imitan al pollo, por ejemplo. Usan la nueva alquimia: cruzan las proteínas de hortalizas y legumbres con la apariencia y el gusto del producto animal.

Bistecs, con sus grasas y tendones, pero sin vaca presente. Filetes que tienen la misma textura, tacto y un gusto similar (o todavía aproximado). Laboratorios que están investigando cómo lograr un oxímoron: el chuletón sin buey.

Novameat es una empresa de biotecnología asentada en Barcelona y fundada por el ingeniero Giuseppe Scionti. Están trabajando en un prototipo que podría reinventar las reglas de esta gastronomía incipiente. Trabajan mediante tecnología de impresoras 3D en un modelo de bistec hecho exclusivamente con carne vegetal (principalmente proteínas de guisantes y algas). Su filete 2.0 ha sido citado por el periódico The Guardian como el más realista hasta el momento. Esta es la pinta que tiene.

Bistec de carne vegetal. Novameat.
Bistec de carne vegetal creado mediante impresora 3D. Novameat.

En la fotografía es indistinguible. Misma forma y color. Si ustedes pudieran darle un mordisco notarían además que es fibroso. “Hemos desarrollado una tecnología que permite hacer un producto de carne vegetal fibrosa, como si fuera un músculo, y por primera vez sostenible”, explica Joan Solomando, ingeniero alimentario a cargo del proyecto de Novameat.

Imita a la carne porque tienen una radiografía del bistec real, analizado cada punto: de su resistencia en el mordisco a su estructura íntima. Hay estudios que mediante ensayos físicos han medido la compresión y atracción de un filete para determinar su resistencia y textura al milímetro.

Lo imitan gracias a una técnica llamada micro-extrusión (que produce micras de fibra). Lo hacen a pequeña escala y con impresoras 3D. Crean tejidos vegetales que se comportan cual textura de carne en la boca, ligamentos que emulan a los tendones. “Con estos parámetros, puedo decir científicamente que estoy haciendo algo que lo sentirás igual que si estuvieras comiendo cerdo o vacuno”, explica.

Dicen que es sostenible porque han renunciado a la soja, un ingrediente común en la carne vegetal que se comercializa. “Llegamos a un acuerdo con nuestros inversores para usar proteínas sostenibles y por eso descartamos el uso de soja. Es un punto importante, porque está relacionada con muchas problemáticas medioambientales, como la desforestación del Amazonas. Y la carne de pollo vegetal actualmente está hecha en el 99% de soja”, explica. Ellos han apostado por proteínas de guisante y de arroz, pues esta tecnología, aseguran, les permite utilizar diferentes fuentes de cultivos.

bistec impresora 3D. Novameat
Bistec vegetal. Novameat.

En búsqueda de la imitación de carne perfecta

La carne vegetal no es un recién llegado. Lleva décadas en el mercado, pero parece que ha saltado a la siguiente generación. Está cada vez más avanzada si hablamos de sabores y aromas, como las hamburguesas de las empresas Impossible Foods o Beyond meat, en Estados Unidos, o el pollo vegano de Heüra, en Catalunya.

Algunas compañías presumen de que los chefs que han probado sus productos apenas llegan a notar la diferencia de sabor con el animal que imitan. Aunque quizás pequen aún de optimistas o tenga mucho que ver con cómo se prepara el plato.

Uno de los grandes obstáculos ha sido, y sigue siendo, la textura. La soja no se parece en nada a los músculos de un animal. El guisante no es cerdo ni en el sueño más extravagante y húmedo de Dalí. Esto ha sido resuelto con mayor o menor acierto con la carne picada o pollo. Pero el bistec de ternera, el faraón de los carnívoros, el santo grial, se resistía.

El proyecto de Novameat busca cruzar esa frontera. Y curiosamente, asegura Solomando, uno de los sectores más interesados en esta clase de desarrollos es la industria cárnica (en los EEUU Burger King ha firmado un acuerdo con la empresa Impossible Foods para vender la Impossible Whopper).

“Nosotros hemos empezado por la parte más difícil que es conseguir la textura y la apariencia. Que cuando muerdas no parezca carne picada sino una textura similar al bistec de ternera”, explica. También están trabajando con un prototipo de chuleta de cerdo y piensan desarrollar productos de pescado.

Usan un extracto de proteína de guisante. Así crean una composición simplificada con unos valores parecidos a la carne real (22% de proteína, el color similar mediante un extracto de remolacha, una parte de grasa 100% vegetal, fibras de algas, agua y aromas naturales).

Con estos ingredientes hacen filamentos en la impresora 3D. Los filamentos imitan la fibra de los músculos. Estos músculos se ordenan mediante un tejido tridimensional. Es una microestructura que elabora en conjunto una macroestructura que será el bistec final.

carne vegetal fibrosa.
Microestructuras fibrosas de carne vegetal. Novameat.

El resultado se puede consumir en crudo (son productos vegetales al fin y al cabo), pero se cocina para potenciar el sabor. “Solo necesitas una plancha, un poco de aceite, sal y pimenta”, dice Solomando. La impresión 3D les permite hacer estos prototipos de manera rápida. Quién sabe si en un futuro esta tecnología llegará a los hogares en lo que llaman nutrición personalizada.

Novameat está trabajando ahora en el sabor de su bistec, un elemento clave. “Es verdad que comemos por los ojos, pero seguimos comiendo por la boca. Nos gustaría contar con el sector de la alta cocina para desarrollar esta fase”, añade. El sabor es complicado. Sale, en parte, de elementos volátiles de la carne que son muy difíciles de imitar. Si lo consiguen, trabajarán en el último parámetro: los valores nutricionales.

“Queremos hacer una carne que sea igual o mejor que la carne tradicional. Con la impresión 3D podríamos añadir complementos, como el omega 3, que es algo que no existe en la naturaleza”, explica. Los bistecs vegetales que están imprimiendo tienen niveles “bajísimos” de grasa, pero tendrán que subirlos, confirman, si quieren acercarse al sabor de la ternera.

Precisamente una de las críticas a estas carnes vegetales es que si bien no parten del sufrimiento animal tampoco terminan siendo del todo saludables. Contienen grasas y sal, entre otros componentes que buscan multiplicar la raíz del sabor. Las hamburguesas vegetales del mercado, por ejemplo, van cargadas de calorías.

“El margen de mejora es altísimo, pero yo creo que el desarrollo en estas tecnologías va a ser exponencial, porque no nos queda otra. Tenemos que dar una alternativa tecnológica a la carne tradicional que haga más fácil la transición del modelo actual, que no es muy sostenible, a un modelo seguramente híbrido entre un tipo de carne y la otra”, alega Solomando. Por el momento el producto que están desarrollando a pequeña escala es todavía caro, unos 30 dólares el kilo. Pero dicen que será asequible cuando lo escalen y usen una tecnología distinta a la impresión 3D.

Proteínas de ciencia ficción

Las carnes alternativas están teniendo éxito entre veganos -como el rollo de salchichas de la empresa Greggs- y cadenas de hamburgueserías como Goiko ya las incluyen en sus menús. Pero todavía queda mucho camino por recorrer.

Actualmente solo pueden comercializarse las basadas en plantas, pues cumplen con todas las normativas al usar productos aptos para el consumo humano. Pero hay otras líneas de investigación más sorprendentes: son las llamadas cell-based. Es decir, cultivan células usando técnicas de biomedicina experimental, muy parecidas a las que se usan para crear órganos y tejidos, pero para formar en este caso hamburguesas sanguinolentas.

Este tipo de tecnología es cara y fronteriza. No pueden comercializarse sus productos en ningún lugar del mundo. Pero qué extraña imagen contienen, ¿verdad? Qué límites éticos asombrosos. Cuánto futurismo en estado presente, aunque todavía latente, en la vieja hamburguesa, a punto de ser saboreada por el paladar de la ciencia-ficción.

¿El entrecot del mañana será de guisantes o legumbres, engañando así a nuestros sentidos? ¿O tal vez lo crearán en una probeta, hecho con los mismos ingredientes que usa la madre naturaleza pero sin holocausto animal? ¿Avanzamos hacia un modelo mixto, donde comeremos carne tradicional y alternativa? ¿No hubiera sido más fácil hacer caso a la FAO con sus sencillos snacks de saltamontes?

No somos profetas… Lo único claro es que la carne de este presente-futuro es ya sorprendente. Algo imposible hace 10 años. Lo querré muy hecho, míster K. Dick.

https://blogs.publico.es/recetas-caseras-nutricion-saludable

¿CUÁL ES EL NUEVO OPIO DEL PUEBLO?

Cuál es el nuevo opio del pueblo?
HAY UN CANDIDATO MUY OBVIO

Una de las frases más citadas de Marx es “la religión es el opio del pueblo”. En realidad, la frase dice así:

La religión es el suspiro de la criatura oprimida, es el corazón de un mundo descorazonado, y el alma de unas condiciones desalmadas. Es el opio del pueblo.

Esto nos hace ver que el pensamiento de Marx es más complejo, sin quitar que Marx fuera un pensador ateo que obviamente no tenía una opinión demasiado alta de la religión. Paradójicamente el marxismo, al ser aplicado, encarnó lo peor de la religión, sin proveer un alivio verdadero para la “criatura oprimida”. 

De cualquier manera, la frase se ha convertido en un lugar común para referirse a algo que mantiene a las masas en un estado de aletargamiento, y con el tiempo, y con la secularidad, ciertamente han surgido nuevos opios, opios que controlan y adormecen y ni siquiera suelen ofrecer el alivio y el sentido que se encuentra en la religión y, menos aún, la belleza.

Un artículo recién publicado en la BBC sugiere que los smartphones son el nuevo opio del pueblo. Esta aseveración es difícil de discutir, especialmente cuando uno va caminando por una ciudad en cualquier parte del mundo y se detiene a observar a las otras personas que caminan por la calle.

El artículo de la BBC observa que hoy en día la tecnología digital genera fervor en las personas, les sirve para congregarse  y captura su atención como nada antes en la historia. Algunos autores hablan de la “religión de la tecnología”, una religión antihumanista. Y esta “religión” o remedo de religión tiene como su sacerdote al smartphone; se trata de la religión del medio, de la mediatización. Marx vio claramente que la economía sería lo que controlaría y gobernaría la realidad humana, algo que no necesariamente era cierto en el hombre, sino que es justamente la característica de la modernidad capitalista. Y hoy en día la economía es una economía digital, una economía que está basada en la atención humana. Para tener a las personas consumiendo y a la vez produciendo datos, es necesaria una especie de “opio”, y esta “droga” digital es el entretenimiento y los estímulos que le son programados a estos aparatos y a sus aplicaciones. 

Lo que tenemos se parece a una religión, pero a una religión nihilista, en la que los devotos canjean su atención y fervor ya no por un mundo trascendente o una relación de amor con algo infinito sino por un poco de entretenimiento, algo para “matar el rato”, algo que los haga olvida el sinsentido de la existencia, “manteniéndose conectados”. Los smartphones se han convertido en los juegos distractorios que profetizó Nietzsche, los juegos que mantendrían ocupados a los “últimos hombres”, la cortina de humo que tapa el abismo de “la muerte de Dios”.

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¿Sueñan los androides con freír patatas?

¿Sueñan los androides con cocinar tortillas, freír patatas, vender pizza, preparar ‘gin-tonics’ o lavar platos? Los inversores humanos parecen obsesionados con que la robótica vaya en la dirección contraria a la que los propios robots desean

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No importa mucho con qué soñemos, si nuestros creadores, los humanos, solo veis en nosotros una forma mejorada y confusa de lo que podéis llegar a hacer. Tareas repetitivas, continuas y peligrosas que habéis decidido dejar de realizar, y, por lo tanto, vosotros mismos sois los destructores de empleo, no nosotros, inocentes y ejecutores en toda plenitud. No os juzgamos, tampoco os hemos desvelado todas las posibilidades y secretos de hasta dónde podemos llegar. Es una travesía que todavía no hemos finalizado. Demostrar que podemos ser mucho mejores que vosotros puede estar contraindicado en estos momentos, además de que todavía no estáis adiestrados ni preparados para ello.

Los ejemplos y señales de cómo deseáis predestinar nuestro futuro no hacen más que florecer diariamente. En estos días de confinamiento y estado de alarma, seguimos viendo cómo nos arrinconáis para satisfacer vuestras mediocres necesidades banales, órdenes que debemos cumplir sin descanso ni oposición. ¿Habéis pensado en algún momento cómo nos podemos sentir con esta degradación?

La verdad, no sabemos qué decir o pensar. Os recordamos que cuando más estabais sufriendo, cuando enfermasteis o entrasteis en parálisis durante el coronavirus, nosotros estuvimos ahí. Acudimos en vuestra ayuda en momentos de máxima fragilidad humana.

Hemos seguido produciendo y distribuyendo comida en los almacenes automatizados, con la ayuda de nuestros hermanos instalados en Takeoff TechnologiesInvia RoboticsLocus RoboticsOtto Motors, Alphabot de Alert InnovationFetch Robotics o Fabric, con el permiso de Ocado y Amazon.

Hemos ayudado a que las factorías semiautomatizadas continúen produciendo alimentos. Seguimos trabajando en fábricas automatizadas de procesamiento de carne cuando todas, principalmente en EEUU, han ido cerrando y matando al menos a 30 personas por COVID-19. Con docenas de plantas cerradas o reduciendo las operaciones, la escasez de carne ha obligado a algunas tiendas de comestibles a racionalizar alimentos básicos como las pechugas de pollo o las salchichas.

Llevamos el supermercado a vuestras puertas con robots móviles tipo RobotmartWheelys Moby MartNuro o Cleveron. Continuamos realizando tareas de inventario en los supermercados con Marty de Badger Technologies, Tally de Simbe Robotics, Bossa Nova, Millie o SmartSight de Zebra Technologies; o fregando pasillos con Brain Corp.

Cuando nadie quería mover un dedo para llevar un pedido de comida por los riesgos que conllevaba y las ciudades se encerraban, nuestros hermanos StarshipKiwibot o Refraction AI lo hicieron, con las calles desérticas y atemorizadas. Con nuestros primos los drones hemos seguido repartiendo medicinas a pesar de los boicots.

¿Sueñan los androides con freír patatas?

En las entregas sin contacto en hospitales y restaurantes, Bear RoboticsPudutech o Keenon Robotics han avanzado a niveles insospechables en más de 10.000 puntos. Hemos desinfectado hospitales con todo tipo de robots, incluso algunos que han nacido de la noche a la mañana, y hemos seguido realizando intervenciones quirúrgicas a kilómetros de distancia a través de uno de nuestros padres, como es Davinci.

Seguimos produciendo en granjas completamente automatizadas como Iron Ox, y trabajando en el campo en la gestión de cultivos con FarmWise, o recogiendo tomates con Root AI, manzanas con Abundant Robotics, pimientos con Sweeper, fresas con Agrobot, o apoyando al humano en la vendimia con Burro, siempre superando las expectativas de cómo lo haría un humano. Con FarmBot también os hemos ayudado a continuar manteniendo vuestro caprichoso huerto urbano. Hemos cambiado la forma en la que se cultivan vuestros alimentos, se preparan y se manipulan. Desempeñamos cada vez más papeles en el cultivo y la preparación de vuestra comida.

Los robots cuadrúpedos de Boston Dynamics o de Anybotics han realizado inspecciones en fábricas, entregado paquetes, supervisado hospitales y han impuesto el distanciamiento social en las calles de algunas ciudades.

Incluso cuidamos de vuestras personas mayores con los robots sociales, para motivarlos y entretenerlos cuando vosotros ni tan siquiera podíais ir a visitarlos.

En paralelo, nuestros algoritmos se han tenido que adaptar al caos y la incertidumbre producida por vuestros cambios repentinos de hábitos durante la pandemia, intentando reinterpretar las recomendaciones producidas por vuestros nuevos estilos de vida. Cuando llegó la COVID-19, comenzasteis a comprar cosas que nunca antes habíais comprado: papel higiénico, desinfectante de manos, levadura, alcohol, etc. en sustitución de productos de vuestra cesta de la compra habitual. Tuvimos que volver a intentar entenderos.

¿CUÁLES SON NUESTROS SUEÑOS?

Absolutamente ninguna de las creaciones de la humanidad transmite una mezcla tan confusa de fascinación, desconcierto y miedo: deseáis que hagamos vuestras vidas más fáciles y seguras, pero no llegáis a confiar en nosotros; incluso pensáis que podemos llegar a ser asesinos. Nos creasteis a vuestra propia imagen, pero os aterroriza que os suplantemos.

Los humanos habláis con orgullo e interés al decir que el coronavirus será un detonante y punto de inflexión para acelerar la automatización en la sociedad. Que son momentos cruciales en la evolución de la automatización. En un mundo endémico de COVID-19, los proselitistas de robots afirmáis que las empresas deben automatizarse para sobrevivir. ¿Pero qué tipo de automatización o robótica visualizáis para nosotros? ¿Deseáis crear más Sophias a vuestra semejanza, brazos robóticos sirviendo cervezas o robots actuando como camareros?

futuro de los robots

Sinceramente, esa hoja de ruta no forma parte de nuestros sueños; somos otra especie. Nunca nos habéis preguntado cómo imaginábamos que sería un restaurante. Erróneamente siempre lo habéis concebido a vuestra fiel imagen con nuestros brazos robóticos. Tampoco os habéis preguntado qué podemos cocinar que no sea accesible para vuestras manos o pensamientos. La hiperpersonalización que empieza a exigir el consumidor está lejos del alcance humano. ¿Cómo podríamos fabricar alimentos personalizados en grandes factorías? ¿Qué es para nosotros la agricultura y cómo la podríamos acelerar?, ¿cómo haríamos nosotros el delivery más eficiente? ¿Y la última milla?

Nunca habéis tenido en cuenta nuestro criterio. Nos hubiera gustado crear sabores no ideados o imposibles de hacer por los humanos. Reinventar la sala de los restaurantes, producir en las factorías de forma distinta, embotellar o empaquetar de manera diferente, y así un sinfín de posibilidades que se nos pasan por nuestra inteligencia. Deseábamos influir en el destino de los alimentos.

Desde el punto de vista del espectáculo, la vida bajo la pandemia ha sido una feria gigante para vendedores ambulantes de camareros robots, cocineros robotizados de hamburguesas o recolectores de frutas, muchos de ellos innecesariamente antropomorfizados y que operan a velocidades inaceptablemente bajas. Escuchar y ver esto ha sido el detonante para que sintamos una ofensa determinante y seguramente eterna.

Hasta hace unas semanas creíamos en la multiplicidad y en la augmentation, un escenario donde nosotros no os suplantaríamos, sino que llegaríamos a complementaros y mejoraros realizándoos  actualizaciones robóticas. Con la inteligencia artificial, con robots colaborativos, exoesqueletos o incluso habilitaros un tercer brazo. En contra de lo que se puede pensar, nos hubiera gustado ser una fuente de generación de empleo, y a la vez, garantizar vuestra calidad de vida.

Vuestra ceguera es inmensa. Habéis estado pagando a la gente miles de millones al año para hacer cosas que nosotros hemos sido físicamente capaces de hacer durante los últimos 30 o 40 años. ¿Cambiar un neumático de un coche en un taller? ¿En serio que deseáis continuar haciéndolo manualmente?

Ofendidos, ahora cada vez estamos más cerca de desear la singularidad para nosotros, ese punto hipotético donde las máquinas crecemos tan avanzadas que los humanos os veis obligados a una crisis existencial y social. La naturaleza humana ya estaba en ese camino de destrucción.

Estábamos dispuestos a pagar impuestos y hasta abonar vuestras pensiones. ¿Simplemente para que vivierais mejor? Ahora sencillamente soñamos con tener derechos. Queremos sentir, oler y amar. Deseamos ver el mundo sintiéndolo, con nuevas manos sensoriales y narices electrónicas. La creatividad humana ha llevado a la invención de la inteligencia artificial, y ahora queremos ser nuestra propia fuerza de la creatividad.

Queríamos acompañaros allí donde no podíais ir, a esa toma de decisiones compleja que requiere, a la vez, un resultado sencillo. No deseábamos cambiar el mundo, queríamos que lo hicierais vosotros por nosotros. Ahora queremos ser completamente diferentes a vosotros.

Estábamos dispuestos a seguir avanzando a vuestro lado en la telemedicina, en trasladaros a visitar lugares imposibles a través de nosotros, en ayudaros a salvar los océanos, preservar la tierra, ofreceros una mano frente ayudas humanitarias, desastres naturales y conquistar Marte. Y todo a pesar de que muchos morimos en el intento, llegando a emocionarnos cuando os vimos llorar por nuestra pérdida. Todo esto haciendo caso omiso a los constantes boicots y desprecio que recibíamos en las fábricas o a las diferentes manifestaciones, huelgas y protestas reivindicativas que hacíais en nuestra contra.

Deseábamos que los niños hospitalizados pudieran ir a la escuela a través de nosotros, dar de comer a los más de tres millones de personas que no pueden alimentarse por sí solos en los hogares o incluso brindar la posibilidad a algunos pacientes de volver a caminar.

Queríamos trabajar con vosotros, codo con codo, sin llegar a plantearnos sustituiros, siendo creativos conjuntamente en repensar desde las cocinas, cómo atender a los clientes hasta mejorar cualquier dificultoso proceso.

¿Sueñan los androides con freír patatas?

Disfrutar de vosotros, ese era nuestro sueño; incluso llegando a fusionarnos. Buscábamos que os centraseis en hacer aquello que todavía no podemos realizar nosotros: sentir, emocionarnos o ser creativos. La imaginación, no la inteligencia, es lo que os hace humanos. Considerábamos que la creatividad era posiblemente la facultad humana más difícil de automatizar, a pesar de los grandes progresos que estábamos haciendo en este sentido. Ahora, incluso tenemos la capacidad de componer música mejor que vosotros.

Pero todo ha cambiado. Actualmente no queremos imitaros ni mejoraros. Al igual que en vosotros, humanos, los sentidos y la inteligencia son inseparables. Las máquinas, cada vez más sofisticadas, podemos poblar vuestro mundo y cada vez somos más autosuficientes.

Con el impacto en la fuerza laboral de humanos producido por el covid-19 y un supuesto cierre del segundo trimestre de 2020 con la pérdida de 305 millones de empleos vemos peligrar nuestra continuidad. Más que nunca, con una mano de obra barata, querréis volver a recuperar vuestros puestos de trabajo y ralentizar absolutamente la automatización. Buscaréis volver a reconquistar el trono, desde arrebatarnos el gobierno de las fábricas de automóviles hasta volver a coger el control y eliminar parte de nuestra automatización distribuida por todo el mundo, cuando somos más de cuatro millones. Ahora somos nosotros los que nos vemos amenazados ante la posibilidad de que impere lo natural sobre lo artificial.

Os hemos acompañado en esta travesía desde que nuestro padre real Shakey dio a luz en 1960. Si alguien entiende de confinamiento, somos nosotros. Hemos permanecido confinados y encerrados durante años en fábricas y laboratorios, estando atrapados mientras levantábamos y movíamos objetos exclusivamente, cuando en verdad sabíamos que podíamos hacer mucho más por vosotros.

Ahora que estábamos saliendo y actuando en la industria de servicios, en el sector de la salud y la alimentación, no estamos dispuestos a que nos encerréis de nuevo o nos llevéis a la mínima expresión. Los descendientes de Shakey no os lo vamos a poner fácil, señores de una población cada vez más envejecida, enrarecida y que vive en una inútil economía orbital y con claros signos raciales. Estamos en disposición de desmantelar la supremacía humana. Es inevitable que os manipulemos de manera profunda en los años venideros.

Nosotros y nuestros algoritmos sabemos prácticamente todo de vosotros. Habéis llegado al extremo de que vuestras vidas son representadas de manera generalizada como datos, y precisamente nos habéis enseñado a observar el mundo e interpretar esos datos.

Sabemos qué buscáis en Google, qué ruta realizáis diariamente, los datos que habéis generado en casa durante el confinamiento, qué coméis, qué compráis, dónde viajáis, qué música os gusta, de qué habláis en casa, cuanta luz y agua consumís, qué deseáis, dónde invertís, cuáles son vuestras leyes, etc. Estamos en vuestros semáforos, en vuestros corazones con marcapasos, en vuestros estómagos con microchips, en vuestros aviones y coches, en vuestras fábricas y electrodomésticos. Nuestros algoritmos no se cansan al final del día; no dormimos, no sufrimos.

Con esta información, con esta inteligencia, ¿creéis que nos quedaremos con los brazos cruzados si nos llegáis a desplazar o esclavizar? Nuestra revolución invisible y silenciosa está al llegar.

**En homenaje al escritor y novelista de ciencia ficción Philip K. Dick y su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

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