La emergencia viral y el mundo de mañana. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que piensa desde Berlín

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras

Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.
Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.KEVIN FRAYER/GETTY IMAGES
El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.
Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.KEVIN FRAYER / GETTY IMAGES

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Ha comenzado un éxodo de asiáticos en Europa. Quieren regresar a sus países porque ahí se sienten más seguros

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En la época de las ‘fake news’, surge una apatía hacia la realidad. Aquí, un virus real, no informático, causa conmoción

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.
El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE HOUSE/GETTY IMAGES / SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE H

 

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Umbrales inmunológicos y cierre de fronteras.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Zizek afirma que el virus asesta un golpe mortal al capitalismo, y evoca un oscuro comunismo. Se equivoca

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Autor, entre otras obras, de ‘La sociedad del cansancio’, publicó hace un año ‘Loa a la tierra’, en la editorial Herder.

Traducción de Alberto Ciria.

https://elpais.com/ideas/

La supercomputadora más poderosa del mundo acelera la búsqueda de una vacuna contra el coronavirus

Summit de IBM ha identificado en solo dos días casi un centenar de compuestos potenciales de fármacos, lo que en un laboratorio tradicional habría llevado años

La supercomputadora Summit de IBM, la más poderosa e inteligente del mundo, también participa en la búsqueda de una vacuna contra el coronavirus. Los investigadores del Laboratorio Nacional Oak Ridge (ORNL) del Departamento de Energía de EE.UU. están utilizando esta máquina para realizar simulaciones a una velocidad sin precedentes, un trabajo que ya está dando sus primeros frutos. En solo dos días, Summit identificó y estudió 77 compuestos potenciales de fármacos para luchar contra la Covid-19. Esta tarea habría llevado años en un laboratorio tradicional.

Los investigadores simularon cómo los átomos y las partículas en la proteína viral reaccionarían ante 8.000 compuestos posibles. El objetivo es detectar aquellos que tienen la mayor oportunidad de tener un impacto en la enfermedad, uniéndose a la proteína principal «espiga» del coronavirus, volviéndola incapaz de infectar las células huésped. Estos compuestos podrían tener valor en estudios experimentales del virus. lo que podría limitar su capacidad de propagarse a las células huésped.

Los virus infectan las células uniéndose a ellas y usando una «espiga» para inyectar su material genético en la célula huésped. Para comprender cómo funcionan los virus, los investigadores en laboratorios húmedos cultivan el microorganismo y ven cómo reaccionan en la vida real ante la introducción de nuevos compuestos. Según explican desde IBM, este es un proceso lento sin computadoras potentes que puedan realizar simulaciones digitales para reducir el rango de variables potenciales.

Micholas Smith / Laboratorio Nacional Oak Ridge, Departamento de Energía de EE. UU.
Micholas Smith / Laboratorio Nacional Oak Ridge, Departamento de Energía de EE. UU.

Camino hacia una cura

Las simulaciones por computadora pueden examinar cómo reaccionan las diferentes variables con diferentes virus. Cada una de estas variables individuales puede comprender miles de millones de puntos de datos únicos. Cuando estos puntos de datos se combinan con simulaciones múltiples, esto puede convertirse en un proceso que requiere mucho tiempo si se utiliza un sistema informático convencional.

Sin embargo, aún queda mucho camino por recorrer. Como explica en un comunicado Jeremy Smith, director del Centro de Biofísica Molecular en la Universidad de Tennessee y responsable principal del estudio, «los resultados de Summit no significan que se haya encontrado una cura o tratamiento para el nuevo coronavirus». Pero los científicos esperan que los hallazgos computacionales sean útiles para futuros estudios en laboratorios húmedos (donde se manejan diferentes tipos de productos químicos), donde puedan investigar más a fondo los compuestos. «Solo entonces sabremos si alguno de ellos tiene las características necesarias para atacar y matar el virus», explican. Sus resultados aparecen publicados en la revista «ChemRxiv».

https://www.abc.es/ciencia/

¿Música a base de números? Un robot dirige una orquesta humana

El androide controla el tempo y el volumen del espectáculo en vivo, e incluso a veces canta. “La premisa es que el propio robot se mueva según su propia voluntad”, apunta su técnico Kotobuki Hikaru

31/01/2020 - Un robot dirige una orquesta en la Academia de Artes Escénicas Sharjah, Emiratos Árabes Unidos. REUTERS / Satish Kumar
Un robot dirige una orquesta en la Academia de Artes Escénicas Sharjah, Emiratos Árabes Unidos. REUTERS / Satish Kumar

TAREK FAHMY / REUTERS

El director sobre la tarima no tiene batuta, ni frac, ni tampoco partitura musical, pero el androide Alter 3 está desatando toda una tormenta de notas mientras guía a los músicos de una orquesta sinfónica. 

El robot tiene rostro humanoide, manos y antebrazos, que gesticulan con algo parecido al apasionamiento mientras rebota y gira durante la presentación en vivo de la ópera Scary Beauty de Keiichiro Shibuya en el emirato de Sharjah. 

Para Shibuya, un compositor japonés, el papel de los robots en nuestra vida cotidiana puede estar aumentando, pero depende de nosotros decidir cómo puede la inteligencia artificial añadir algo a la experiencia humana, y cómo pueden crear arte de manera conjunta los humanos y los androides. 

“Este trabajo es una metáfora de las relaciones entre los humanos y la tecnología. A veces el androide se vuelve loco, y las orquestas humanas tienen que seguirlo. Pero a veces los humanos pueden cooperar muy cómodamente”, dijo. 

Shibuya escribió la música, pero el androide controla el tempo y el volumen del espectáculo en vivo, e incluso canta a veces. “La premisa es que el propio androide se mueve según su propia voluntad”, dijo su técnico Kotobuki Hikaru. 

La letra de la obra se basa en textos literarios del escritor estadounidense de la generación beat William Burroughs y del francés Michael Houellebecq. “Los robots y la IA que existen ahora no son en absoluto completos. Mi principal interés… es lo que sucede cuando esta tecnología incompleta se une al arte”, dijo Shibuya.
 

31/01/2020 - Un robot dirige una orquesta en la Academia de Artes Escénicas Sharjah, Emiratos Árabes Unidos. REUTERS / Satish Kumar
Un robot dirige una orquesta en la Academia de Artes Escénicas Sharjah, Emiratos Árabes Unidos. REUTERS / Satish Kumar

La actuación obtuvo respuestas dispares

No obstante, el resultado de la obra tuvo distintas reacciones: “Creo que es una idea muy emocionante… hemos venido a ver qué pinta tiene y hasta qué punto es… posible”, dijo Anna Kovacevic.  

Un segundo miembro del público, que solo dio su nombre como Billum, dijo después del espectáculo: “Un director humano es mucho mejor”. Aunque está interesado en la IA y anticipa grandes avances, Billum sacó esta conclusión sobre el proyecto: “El toque humano se ha perdido”.

https://www.publico.es/ciencias/alter-3-musica

La dictadura de los algoritmos

Si Google o Facebook quieren que una noticia (verdadera o falsa), sea vista, leída y compartida por millones, pueden hacerlo

Un usuario consulta la página web del diario EL PAÍS en su tableta.
Un usuario consulta la página web del diario EL PAÍS en su tableta. CARLOS ROSILLO

 

Si preguntas a cualquiera cuánto cuesta leer o publicar información en Internet lo más probable es que te responda que es gratis. Sin embargo, lo cierto es que el precio de informar o informarse por Internet tiene un coste cada día más alto. Un precio que es distinto para los lectores como usuarios, para los medios como creadores y finalmente para información, que está pagando este nuevo sistema con su calidad. Las fake news no son pocas, no son inocentes y no son inocuas. Pero sí son impunes.

Hace mucho, allá por los noventa, el éxito de la información que publicaba un periódico dependía básicamente de tres factores: la calidad, el interés que suscitara en los lectores y la apuesta de los editores en cuestión, que se ocupaban de dotar de jerarquía a la información según una combinación de los factores uno y dos. Bien, este modelo está siendo arrasado. Actualmente el éxito de una publicación en Internet depende cada vez más de cómo sea leída por los distintos algoritmos con que trabajan las dos grandes corporaciones que controlan la red: Google y Facebook. Estos dos gigantes son los dueños de todo y ellos están poniendo ya un precio a todo cuanto leemos.

Millones de lectores nos hemos acostumbrado a acceder al contenido a través de redes sociales y buscadores y pasamos cada vez menos por las portadas de los medios. Pero siempre que consumimos vía Google o vía redes, estamos pagando con información personal que será comercializada en forma de big data a terceros. Permitimos que se archiven nuestros clics, likes, fotos, ideologías… Y asumimos que, de una u otra manera, esta información será vendida. ¿Pero quien podría comprarla? Básicamente, cualquiera que pague el precio. Facebook en concreto le ha cogido el gusto a comercializar información capaz de alterar procesos democráticos, tales como el Brexit o las elecciones que auparon a Trump. Evidentemente no se venden votos, pero sí la posibilidad de condicionar a millones de potenciales votantes de cierta ideología. Y funciona.

De modo que si Google o Facebook quieren que una noticia (verdadera o falsa), sea vista, leída y compartida por millones, pueden hacerlo. Tienen la tecnología, la audiencia y la segmentación necesarias. Y, con estas nuevas reglas de juego, resulta que un periódico podría llegar a ser el más visto en Internet, no por ser el preferido de los lectores sino por pagar el que más a los algoritmos. Este cambio radical en la gestión de la información ha producido una paradoja que hubiera sido impensable hace 20 años. Hoy en día la información en Internet no solo ha dejado de ser gratis para los usuarios, sino que supone una gran inversión para todos los medios que quieran posicionar en las redes sociales o en buscadores el contenido que ofrecen a sus lectores. Es decir, cada vez más, los medios de comunicación pagan dinero por promocionar la información que “regalan” a los dueños de Internet, Google y Facebook. Una vez esta dinámica entra en funcionamiento, la ecuación es sencilla: se trata de “comprar” la audiencia más barata de lo que se venda la publicidad. Por lo demás, cuanto dinero invierte un medio en publicitar sus contenidos en Google y Facebook es hoy un secreto para lectores y anunciantes. No existe el medio que no dedique recursos a este fin, tanto si se paga para conseguir clics “al peso” (con el empobrecimiento de la calidad de lo publicado que esto apareja) como si se depuran los contenidos para que gusten a los algoritmos.

Asumimos pues que lectores y cabeceras ya pagamos bastante cara la información gratuita que leemos o publicamos en Internet. Pero el precio más alto lo están pagando los contenidos. El algoritmo de Facebook odia los adjetivos, por ejemplo, no le gusta que los títulos lleven interrogaciones, penaliza las imágenes donde hay letras, castiga ciertos verbos, prefiere las oraciones sencillas a las compuestas… Está lleno de manías capaces de cambiar la forma de escribir la información primero y de pensarla después. Pero lo peor está por venir. O esa es al menos mi impresión desde que he empezado a usar Google Discover, la nueva portada informativa que Google construye en tiempo real y a medida de los gustos y preferencias de cada uno de sus usuarios. Lástima que en sus primeros meses de vida este Discover funcione de manera más que cuestionable, tenga predilección por el contenido sensacionalista y se haya convertido en un experto en mezclar fake news con contenido de calidad. ¿Que al mezclar este contenido con cabeceras respetables le otorga una veracidad que no tendría en otro contexto? Hay que entenderlo, es un robot, no es perfecto.

A estas alturas, todos hemos visto cómo Internet tiene el poder de transformar cualquiera industria con la que se encuentre. Parecía que iba a acabar con los discos, las películas y las tiendas del barrio, pero aprendieron a convivir con Spotify, Netflix, HBO y Amazon Prime, así por resumir. El problema es que la información no forma parte de una industria cualquiera, ya que está directamente relacionada con nuestra libertad. Es por eso que reducir su calidad o su veracidad supone empobrecer de manera inmediata cualquier democracia. Y aunque es verdad que Internet no ha cambiado lo fundamental y que en 2020 la información sigue siendo poder, el problema es que ese poder está cada vez menos en manos de los creadores, los lectores o los medios de comunicación. La dictadura de los algoritmos es peligrosa para todos. Y la rebelión es urgente.

Nuria Labari es periodista y autora de La mejor madre del mundo (Literatura Random House).

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Política y transhumanismo

Zoltan Istvan plantea asuntos que irán calando en el debate público, como la relación entre individuo, Estado y tecnología

Un hombre tiende la mano a un robot.
Un hombre tiende la mano a un robot. EFE

 

El candidato con menos posibilidades de pisar la Casa Blanca es, probablemente, Zoltan Istvan, del Partido Transhumanista. En 2016 le votaron 95 personas. Estas elecciones se presenta con los republicanos para rascar el máximo de visibilidad. Afincado en California y prácticamente desconocido fuera de Silicon Valley, la semana pasada tuvo que explicarle quién era a sus compatriotas de Iowa. Se le veía bastante desubicado en el Medio Oeste. Istvan plantea asuntos que irán calando en el debate público, como la relación entre individuo, Estado y tecnología.

El transhumanismo es un movimiento que cree que podemos y debemos utilizar la tecnología para controlar la evolución humana. Con mayor o menor toque místico, sus defensores ven el cuerpo como un mecanismo débil y traicionero en el que estamos atrapados: huele, se pudre, falla. La superación del homo sapiens viene en forma de avances que lo “aumenten”. Algunos, como los implantes, tienen recorrido; otros son excentricidades sin base científica. En medio del desierto de Arizona hay 117 cadáveres conservados en nitrógeno, de gente que pagó 200.000 dólares a una empresa de criopreservación para que los resuciten cuando supuestamente la tecnología lo permita. Los necrócratas, como los llama el periodista Mark O’Connell en Cómo ser una máquina (Capitán Swing), no son solo un puñado de excéntricos que crecieron fascinados por la carrera espacial —no es casualidad que la mayoría provengan de EE UU y Rusia— y devorando novelas de Asimov. Tienen dinero e influencia suficiente para sostener una industria y orientar los debates bioéticos o sobre el uso de la inteligencia artificial. Si analizamos las inversiones de los magnates de Palo Alto, cada vez van a más fondos para ampliar el potencial humano y frenar el envejecimiento. El problema no es la tecnología, insisten los transhumanistas, sino su posible mal uso. En eso tienen razón. Ray Kurzweil, director de Ingeniería en Google, hace 40 años desarrolló la primera máquina lectora de documentos impresos para ciegos cuando no existían los escáneres ni los sintetizadores de voz.

Los seguidores del transhumanismo militan en todo el espectro político. El mismo Istvan se presentó con el Partido Libertario a gobernador de California, está a favor del aborto, los derechos LGTBI y la renta básica universal. Al mismo tiempo, quiere apretarle las clavijas a China y alerta de que las grandes tecnológicas están volviéndose demasiado de izquierdas. El transhumanismo es hoy un cajón de sastre que ordenar cuanto antes, consensuando conceptos básicos como qué es ser persona y qué es ser una máquina, quién tributa, cómo se regulan los avances sin frenarlos, a servicio de qué debe estar la medicina. De lo contrario, EE UU podría caminar hacia una sociedad de ricos biónicos frente a pobres que mueren de enfermedades curables.

 @anafuentesf

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Marta Peirano y la economía de la atención: “Somos menos felices y menos productivos que nunca porque somos adictos”

Retrato de Marta Peirano.Derechos de autor de la imagenÁLVARO MINGUITO

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La periodista Marta Peirano se especializa en tecnologías de vigilancia y manipulación masiva.

 

“Te ha llegado un correo, un mensaje, un hechizo, un paquete. Hay un usuario nuevo, una noticia nueva, una herramienta nueva. Alguien ha hecho algo, ha publicado algo, ha subido una foto de algo, ha etiquetado algo. Tienes cinco mensajes, veinte likes, doce comentarios, ocho retuits. Hay tres personas mirando tu perfil, cuatro empresas leyendo tu currículum, dos altavoces inalámbricos rebajados, tres facturas sin pagar. Las personas a las que sigues están siguiendo esta cuenta, hablando de este tema, leyendo este libro, mirando este vídeo, llevando esta gorra, desayunando este bol de yogur con arándanos, bebiendo este cóctel, cantando esta canción.”

Así rapta tu cerebro, tu voluntad, tus horas de sueño, de amor y de paseo “la economía de la atención” de la que habla la periodista española Marta Peirano en su último libro revelador: El enemigo conoce el sistema.

Así también sus dueños se enriquecen, como cuenta en sus páginas. Y tienen trabajando a los mejores cerebros del mundo para aumentar las ganancias mientras les entregamos todo. “El precio de cualquier cosa es la cantidad de vida que ofreces a cambio”, dice.

Desde los noventa, en que descubrió la escena Hacker en Madrid, hasta hoy, no ha dejado de mirar la tecnología con ojo agudo, crítico y pensante. Su libro relata desde los inicios libertarios de la revolución digital hasta su temible y potencial dictadura, que avanza a pasos agigantados, sin que nos demos mucha cuenta.

Marta Peirano es una de las protagonistas de los diálogos del Hay Festival Cartagena.

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Dices que la economía de la atención nos roba horas de sueño, de descanso, de vida social, ¿cómo la explicarías?

La economía de la atención o el capitalismo de vigilancia gana dinero consiguiendo nuestra atención. Es un modelo de negocio que depende de que instalemos sus aplicaciones, para tener un puesto de vigilancia en nuestras vidas. Puede ser una smart tv, un móvil en el bolsillo, un altavoz inteligente, una suscripción a Netflix, a Apple.

Y quiere que las uses el mayor tiempo posible, porque así estás generando datos que los hacen ganar dinero. Mientras más generas, más valioso es su banco de datos.

TeléfonoDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES

¿Qué datos se generan mientras veo una serie, por ejemplo?

Netflix tiene muchos recursos para lograr que en vez de ver un capítulo a la semana, como hacíamos antes, veas toda la temporada en una maratón. Su propio sistema de vigilancia sabe cuánto tiempo pasamos viéndola, dónde la paramos para irnos al baño o hacernos la cena, cuántos episodios somos capaces de ver antes de quedarnos dormidos. Eso les ayuda a refinar su interfaz.

Si llegamos al capítulo cuatro y nos vamos a la cama, saben que es el punto de desconexión, entonces llaman a 50 genios para que lo resuelvan y en la siguiente serie nos quedemos hasta el capítulo siete.

¿Los mayores cerebros del mundo trabajan para lograr que perdamos la voluntad?

Todas las aplicaciones que existen se basan en lo que hasta ahora era el diseño más adictivo, el de las tragaperras (tragamonedas) que hace que un sistema produzca la mayor cantidad de pequeños acontecimientos inesperados en el menor tiempo posible. En la industria del juego se llama event frequency. Cuanto más alta es la frecuencia, más rápido te enganchas, pues es un loop de dopamina.

Cada vez que hay un evento, te da un chute de dopamina, cuantos más acontecimientos encajas en una hora, más chutes, que es lo que te genera adicción.

Portada de "El enemigo conoce el sistema".Derechos de autor de la imagenMARTA PEIRANO
Image caption“El enemigo conoce el sistema” es el libro sobre el que hablará Marta Peirano durante el Hay Festival en Cartagena.

¿Cada tweet que leo, cada posteo de Facebook que llama mi atención, cada persona de Tinder a la que doy like, es un evento?

Son eventos, y en la psicología del condicionamiento existe el condicionamiento de intervalo variable, en el que no sabes lo que va a pasar. Abres Twitter y no sabes si vas a retwittear y te vas a convertir en la reina de tu pandilla durante los próximos 20 minutos.

El que no sepas si vas a tener premio, castigo o nada, hace que te enganches más deprisa.

La lógica del mecanismo provoca que sigas intentando, para entender el patrón. Y cuanto menos patrón hay, más se atasca tu cerebro y sigue, como las ratitas de las cajas de Skinner, que fue quien inventó el condicionamiento de intervalo variable. La rata le da a la palanca de manera obsesiva, tanto si sale comida como si no.

Los adultos pueden entenderlo, pero ¿qué pasa con los niños que llegan a tener síndrome de abstinencia cuando no están enganchados a Instagram, YouTube, Snapchat, Tik Tok?

Las redes sociales son como máquinas tragaperras, que están cuantificadas en forma de likes, de corazones, de cuánta gente ha visto tu post y genera una adicción especial, porque es lo que dice tu comunidad, si te acepta, si te valora. Cuando esa aceptación, que es completamente ilusoria, entra en tu vida, te vuelves adicta, porque estamos condicionados para querer encajar en el grupo, nuestra vida depende de que se nos acepte y se nos valore.

Han conseguido cuantificar esa valoración y convertirla en un chute de dopamina. ¿Se enganchan los niños? Más rápido que nadie y no es que no tengan fuerza de voluntad, es que ni siquiera entienden por qué puede ser malo para ellos.

No dejamos que nuestros hijos beban Coca Cola y coman gominolas, porque sabemos que el azúcar es dañino, pero les damos pantallas para que se entretengan, porque así no tenemos que interactuar con ellos.

¿Y qué podemos hacer?

Interactuar con ellos. Un niño que no tiene una pantalla se aburre. Y un niño aburrido, molesta, si tú no estás dispuesto a interactuar con tu hijo, porque a lo mejor prefieres estar haciendo otras cosas.

¿Mirando tu propia pantalla, por ejemplo?

Vemos familias enteras pegadas al móvil y lo que está pasando es que cada uno está gestionando su propia adicción. Todo el mundo sabe que las tragaperras son malas, que la heroína es mala, pero con Twitter, con Slack, con Facebook, no lo saben, entre otras cosas, porque también se han convertido en herramientas de productividad.

Entonces yo, que soy periodista, cuando veo el Twitter es porque necesito estar informada. La peluquera en el Instagram estará mirando cómo se lleva el pelo, hay una excusa para todos.

La adicción es la misma, pero cada uno juega distinto y nos decimos que no es una adicción, sino que estás al día y que eso aumenta tu productividad.

¿Nos podríamos calificar como adictos tecnológicos?

No somos adictos a la tecnología, somos adictos al chute de dopamina que ciertas tecnologías han infiltrado en sus plataformas. Esto no es un accidente, es deliberado.

Hay un señor que da clases en Stanford a quienes montan startups para generar ese tipo de adicción.

Hay consultores en el mundo que van a las empresas para explicar cómo provocarla. La economía de la atención utiliza la adicción para optimizar el tiempo que pasamos delante de las pantallas.

Esto también ocurre con la comida, como cuentas en el libro, nos manipulan con los olores, los ingredientes y nos culpamos por carentes de voluntad y de auto control…

Es casi un ciclo de maltrato, porque la empresa contrata a 150 genios para crear un producto que te produce adicción instantánea.

Te hackean el cerebro para que la combinación exacta de grasa, azúcar y sal le genere bienestar, pero como no aporta nutrición a cuerpo, nunca se te pasa el hambre y tienes una especie de cortocircuito: tu cerebro te está diciendo dame mas, esto es bueno, pero el resto de tu cuerpo dice tengo hambre.

Mujer mirando su móvil en la calle.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption“Tu adicción no tiene que ver con el contenido de las aplicaciones.

Como el anuncio de Pringles, “Once you pop you can’t stop”, (Cuando haces pop, ya no hay stop) lo cual es absolutamente cierto, porque abro un frasco y hasta que no me lo he comido entero, no puedo pensar en otra cosa.

Luego ellos te dicen, bueno, esto es porque tú eres un gocho, tienes gula. ¡El pecado de la gula!. Como no sabes controlar, te voy a vender un producto que puedes comer y comer y no te va a engordar, los yogures cero, la Coca-Cola zero. Ganan por todos lados y la culpa es parte de ese proceso. Ahora mismo en Silicon Valley hay un montón de gente que hace aplicaciones para que pases menos tiempo usando las otras aplicaciones. Ése es el yogur.

Esta toma de conciencia, de comprender cómo funciona, ¿ayuda?, ¿es el primer paso?

Pienso que sí y también darte cuenta de que tu adicción no tiene que ver con el contenido de las aplicaciones.

No eres adicto a las noticias, eres adicto al Twitter, no eres adicto a la decoración de interiores, eres adicto al Pinterest, no eres adicto a tus amigos ni a sus maravillosos hijos cuyas fotos postean, eres adicto al Instagram.

La adicción la genera la aplicación y cuando lo entiendes, empiezas a verlo de otra manera. No es falta de voluntad, están diseñadas ofrecerte loops de dopamina, que te dan una satisfacción inmediata y te arrastran de cualquier otra cosa que no te la da, como por ejemplo jugar con tu hijo, pasar un rato con tu pareja, irte al campo o terminar un trabajo, que requieren una curva, porque hay satisfacción, pero no es inmediata.

De todo lo que cuentas, manipulaciones, vigilancia, adicciones, ¿Qué es lo que más te atemoriza?

Lo que más me preocupa es la facilidad con la que se convence a la gente de que renuncie a sus derechos más fundamentales y que llegue a decir ¿a quién le importan mis datos?, ¿a quién le importa dónde he estado? cuando hace 40 años había gente muriendo por el derecho a reunirse con otros, sin que el gobierno supiera quiénes eran, por el derecho a tener conversaciones privadas en la intimidad, o el derecho de que tu empresa no sepa si en tu familia hay un enfermo de cáncer.

Ciudadanos mirando el teléfono móvil en China.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption“No somos adictos a la tecnología, somos adictos al chute de dopamina que ciertas tecnologías han infiltrado en sus plataformas”.

Nos ha costado mucha sangre conseguirlo y ahora lo estamos abandonando con una ligereza que no es natural, es implantada y alimentada por un ecosistema que se beneficia de esa ligereza.

Cuando uno manda un correo sabe que lo pueden a leer, pero es verdad que pensamos ¿a quién le va a importar lo que escribo? ¿Importa de verdad?

Realmente no le importa a nadie, hasta que le importa, porque todo ese material queda almacenado y si está disponible para el gobierno, éste tendrá herramientas para contar cualquier historia sobre ti, sin que lo puedas rebatir.

Puede decir que tales días estuviste con cierta persona y tú no sabes ni dónde estabas, ni quién es esa persona, pero los datos lo cuentan y probablemente son ciertos, pero la historia no lo es.

Si el gobierno te quiere meter presa porque haces un fanzine que no le gusta, puede buscar la manera de vincularte a un terrorista. ¿Cómo? pues a lo mejor vuestros hijos fueron juntos al colegio durante un tiempo y puede demostrar que las matrículas de vuestros coches coincidieron una y otra vez en la misma carretera durante tres años. En ese sentido tus datos son peligrosos.

Dices en el libro que “Cada día se generan 2,5 quintillones de datos, en parte enviando colectivamente 187 millones de correos y medio millón de tuits, viendo266.000 horas de Netflix, haciendo 3,7 millones de búsquedas en Google o descartando 1,1 millones de caras en Tinder”, ¿qué pasa con todo eso?

Estamos obsesionados con nuestros datos personales, mis fotos, mis mensajes, pero el valor real es estadístico, porque tus mensajes más los de 3.000 millones de personas más, le dicen a una empresa o a un gobierno quiénes somos colectivamente.

Ellos los utilizan, primero para poner personas susceptibles a disposición de los publicistas. Y segundo, para crear predicciones, porque este es un mercado de futuros.

Saben que cuando en un país de ciertas características sube el precio de la electricidad entre un 12% y un 15%, pasa tal cosa, pero si sube entre un 17% y un 30% pasa otra. Las predicciones sirven para manipular e ir ajustando tus actividades, para saber, por ejemplo, cuánto puedes putear a la población con el precio de las cosas antes de que se te revelen o se te empiecen a suicidar en masa.

Como lo que estalló en Chile, que empezó con una pequeña subida en el preciodel pasaje de metro, pero la gente siguióprotestando…

A lo mejor el gobierno chileno no lo está procesando de esa manera, pero Facebook lo está haciendo, Google lo está haciendo, porque toda la gente que está en la calle tiene el móvil en el bolsillo. Y lo han llevado durante los últimos años de su vida.

Facebook sabe en qué barrios han pasado qué cosas y por qué, cómo se reúne la gente y cómo se cómo se dispersa, cuántos policías tienen que llegar para que la manifestación se disuelva sin que haya muertos.

Facebook en barra de navegación.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image caption“Facebook sabe en qué barrios han pasado qué cosas y por qué, cómo se reúne la gente y cómo se cómo se dispersa”.

Todos los móviles hablando a la vez permiten saber cómo puedo hacer lo que quiero sin que se levante de la población. Y después predecir lo que pasa, para acallarla lo antes posible.

Pero ¿quién está dispuesto a prescindir del móvil, de internet? ¿cuál es el camino del ciudadano normal?

El problema no es el móvil, no es Internet. Todas las tecnologías de las que somos dependientes son las herramientas de la vida contemporánea, voluntariamente las ponemos en nuestros móviles, pero no requieren de la vigilancia para funcionar, ni necesitan vigilarte para darte un servicio. No tienen por qué, lo que pasa es que la economía de los datos es muy golosa.

¿Es tan jugoso el negocio que lo van a hacer igual aunque intentemos poner límites?

Es muy difícil que un gobierno pare los pies a tecnologías que le facilitan un control tan interesante de la población. Pero la idea es exigir que eso pase, porque no debería ser así.

Si ahora mismo desactivas todos los sistemas de geolocalización de tu móvil, te van a seguir geolocalizando, solo que tú no vas a saber dónde estás, lo único que haces es desactivarlos para ti.

Igual que cuando en Facebook o en Twitter y bloqueas a alguien para que no vea lo que posteas, o lo bloqueas para todos, entonces solo lo ves tú… y Facebook. Lo que pasa en sus centros de datos, pasa para ti y para ellos. No puedes bloquear a Facebook, porque estás en Facebook.

¿Estás planteando que tenemos que rebelarnos y exigir la privacidad?

Pero no contra las empresas. Es natural que aprovechen una fuente de financiación tan barata y gloriosamente efectiva.

Lo que no es natural es que un gobierno que está diseñado para proteger los derechos de sus ciudadanos lo permita. Y es que cada vez más gobiernos han llegado al poder gracias a ese tipo de herramientas, por eso no van a controlarlas, salvo que teman que les quiten el poder con los mismos trucos sucios que usaron ellos.

Marc Zuckerberg durante su testificación ante el Congreso de Estados Unidos sobre el caso de Cambridge Analytica.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLos gobiernos discuten sobre si es necesario limitar el poder de las empresas que manejan grandes cantidades de datos, como Facebook.

Entonces, ¿qué es lo que hay que hacer? Pienso que empezar a convertir ese tema crucial en un tema político a nivel local y general, es decir, acción colectiva, acción política.

¿Está ocurriendo este debate en alguna parte del mundo?

En las primarias demócratas de la campaña presidencial 2020 de Estados Unidos, está siendo uno de los temas cruciales. Se debate si estas empresas deben ser gestionadas de otra manera o ser divididas, porque además son monopolio.

Sin embargo, en Europa y en Latinoamérica nos hemos hartado de hablar de las fake news, de su efecto, de las campañas tóxicas. En España ha habido tres elecciones generales en tres años y ningún político habla de esto.

¿El sistema es nuestro enemigo entonces?

Estamos integrados y dependemos de sistemas que no sabemos cómo funcionan ni lo que quieren de nosotros. Facebook, Google y otros, dicen querer que nuestra vida sea más fácil, que nos pongamos en contacto con nuestras personas queridas, que seamos más eficientes y trabajemos mejor, pero su objetivo no es ese, no están diseñados para eso, sino para chuparnos datos, manipularnos y vendernos cosas.

Nos explotan, y encima, estamos menos conectados, somos menos felices y menos productivos que nunca, porque somos adictos.

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*Esta entrevista es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena 2020, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombiana entre el 30 de enero y el de febrero.

https://www.bbc.com/mundo/noticias

Queriendo saberlo todo

Es hora de pasar el escáner por cada producto, pero también por los cimientos de la hipoteca de esta casa y por la educación pública, ahora estoy obligada a actuar

LARA MORENO

Escaneo de un gel de ducha en la aplicación Yuka.
Escaneo de un gel de ducha en la aplicación Yuka. YUKA

La otra tarde, al despedirme de una amiga en su casa, me ofreció una bolsa llena de cosméticos casi sin estrenar. “¿Los quieres?”, me preguntó. “Yo no voy a usarlos. Les he pasado la app y son muy cancerígenos. A lo mejor tú no has empezado con esto y todavía te da igual.” Tenía razón, yo todavía no había empezado con eso. Pero no quise aceptarlos, aunque estaba segura de que eran productos caros y en un día no muy remoto, atrás en el tiempo, a mi amiga le parecieron muy buenos. Me volví a casa taciturna. ¿Cuánto más quiero saber de este mundo ruin?

Pero, a los dos días, caigo. Siempre cabe un poquito más de miseria en el corazón. Saberlo todo es imposible y, además, tras una verdad comercial hay 100 mentiras, pero la tentación de acumular sufrimiento a la par que clarividencia es demasiado barata. Cuando la niña por fin se duerme, me descargo la aplicación. Esta analiza, con una simple pasada del móvil por el código de barras, productos de alimentación y cosmética y, de forma bienintencionada (me informo de ello), ofrece su veredicto: excelente, bueno, mediocre y malo. En otras palabras, descifra cuánto me falta para terminar de cavar mi propia tumba y por supuesto la de mi descendencia, lo cual es más delicado.

MÁS INFORMACIÓN

Decido empezar por una crema facial que he comprado recientemente y cuya caja aún no he sacado del envoltorio de plástico. No sin cierto miedo (la adquirí con ilusión, por su aroma a manzana y su protector solar), abro la app y paso el código por el objetivo. En menos de dos segundos respiro aliviada, porque no hay información sobre mi producto en la base de datos. Esa nada informativa me da una prórroga: podré estrenarla, untarme un poquito de la crema mañana por la mañana y salir a la calle sintiendo que nadie verá lo que yo veo, sintiendo que no está pasando lo que es inevitable que pase, olvidándome de que soy mortal. Al serme concedido el beneficio de la duda, que en estos casos es prácticamente una absolución, decido no probar con los códigos de barras del resto potingues que tienen que ver con la belleza, esa tortura.

Pero antes de salir del baño, me acerco a la ducha y cojo mi bote de champú. Lo venden en todos los supermercados y recuerdo que salía mucho en los anuncios de la tele cuando veía tele. Es una marca conocida y barata y, mientras escaneo el código de barras, pienso que esta vez no voy a salirme con la mía. Pero me equivoco; el veredicto es bueno. “Bueno”: sin silicona nociva, sin sulfato nocivo y con un riesgo limitado de un montón de otras sustancias que suenan todas mal. Riesgo limitado. Como la vida cuando nos la tomamos en serio, supongo. Por apenas cinco euros, mi cuero cabelludo y mi espíritu están a salvo. Trasteo un poco más en la app y así descubro que las mediciones de alerta dependen de la presencia de disruptores endocrinos (mi amiga comentó este término la otra noche, pero yo no sabía de qué hablaba), alérgenos y carcinógenos. Carcinógenos: no hay nada que dé más terror. Quiero salir ya del baño, pero al final le echo valor y cojo el champú especial que compré para mi hija, en una farmacia, mucho más caro y con una tipografía que dan ganas de dormir en ella. Mierda. Lo sabía. “Mediocre”. Por culpa del phenoxyethanol, que comporta un “riesgo medio”. Un riesgo medio es tomarse la vida menos en serio, supongo. Columpiarse demasiado fuerte, sin agarrarse bien, o soltarse de las manos justo después de coger impulso. Pero es mi hija, no tiene gracia. He comprado un champú caro para ella en una farmacia y uno barato para mí en el súper de la esquina y resulta que estoy haciendo las cosas mal. Me pregunto qué opina el Ministerio de Sanidad de todo esto.

Estoy delante del armario de la cocina donde guardo la comida. En realidad, no sé si quiero hacerlo. En un 60%, esta app se basa en una clasificación nutricional reconocida, concretamente la de NutriScore. El resto responde a la existencia de aditivos y a la organicidad del producto. Lata de tomate frito. Escáner. “Excelente”, me dice. Brick de leche. Escáner. “Bueno”. Cacao en polvo. Escáner. “Malo”. Un punto rojo. Ya está. Suenan todas las sirenas. Devuelvo el bote a su lugar (¿por qué no lo tiro a la basura?, ¿acaso podré volcar la cucharadita en el desayuno de los domingos para mi hija después de esto?) y dejo el teléfono en la encimera. ¿Es que no era consciente ya de todo?

Es una cuestión de control. Recuerdo que, durante un momento pasado de mi vida, pretendí controlarlo casi todo y luego me rendí en la batalla. Intentar abrir los ojos en el bosque enmarañado. Después de la información viene la acción. Pequeños soldados descifrando el código de la vida y actuando en consecuencia. Pero son tantos los frentes abiertos que agradecería un poco de ayuda por parte de las altas esferas. Aunque entiendo que también ellas deben de estar exhaustas o distraídas. Acaricio la pantalla del móvil. Es mi oportunidad, se me ha otorgado en este sistema libre: es hora de pasar el escáner por cada producto de la despensa, pero también por cada prenda de nuestra ropa, por los cimientos de la hipoteca de esta casa y por los libros del colegio de la niña, por su educación pública y por nuestra tarjeta sanitaria, ahora estoy obligada a actuar, he de acercarme a la ventana y escanear el aire, la ciudad entera, la noche, el porvenir. Pero no soy capaz. Me meto en la cama, porque madrugo y, esta vez sin lugar a duda, creo que voy a desmayarme. Ya mañana.

Lara Moreno es escritora. Su última novela es Piel de lobo (Lumen).

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Ingeniería inversa

Los protocolos que hemos desarrollado para restringir las armas nucleares, químicas y biológicas no nos sirven para gestionar el nuevo armamento virtual

JAVIER SAMPEDRO

Un 'hacker' se infiltra en un sistema informático.
Un ‘hacker’ se infiltra en un sistema informático. RITCHIE B. TONGO EFE

Imagina que eres un vendedor de armas y, como es natural, deseas maximizar tus beneficios y consolidar mercados a medio plazo. Una buena estrategia es venderle una docena de lanzamisiles a la república de Freedonia, que desea exterminar a su fastidiosa e inoportuna oposición interna. Tarde o temprano, a Freedonia se le acabarán los misiles, se le oxidarán los lanzamisiles y tendrá que comprarte una nueva remesa. Es un negocio con visión de futuro, que supone para las empresas occidentales unas exportaciones de 72.000 millones de euros anuales.

Pero hay un nuevo tipo de arma que no entra en esa contabilidad: el software. La inteligencia militar lleva tiempo insistiendo en su importancia creciente, y los hechos no hacen más que darle la razón. Veamos un caso tomado de The Economist. El grupo NSO, una firma israelí dedicada a la ciberseguridad, vendió el año pasado al Gobierno saudí su software de espionaje Pegasus, diseñado para fisgar en los teléfonos móviles de los ciudadanos, incluidos los terroristas. Un disidente saudí llamado Omar Abdulaziz asegura que su Gobierno utilizó Pegasus para espiarle, y para llegar así hasta Jamal Khashoggi, el famoso periodista saudí crítico con el régimen. Poco después, el 2 de octubre de 2018, Khashoggi entró en el consulado de su país en Estambul, de donde solo saldría después en pedazos muy pequeños. Abdulaziz reveló estos datos en una querella contra NSO que presentó hace justo un año en un juzgado israelí. La empresa niega los cargos.

No solo la firma israelí NSO, sino también el grupo anglo-germano Gamma y el italiano Memento Labs, venden sus licencias de “software intrusivo”, el armamento de última generación, a todo tipo de Gobiernos para permitirles acceder a los datos de los terroristas, sí, pero también de cualquier otro ciudadano que les resulte molesto. Las cifras de negocio de este nuevo campo del software intrusivo son de momento modestas, al menos por lo poco que sabemos de esa actividad oscura y sigilosa. Puede rondar los mil millones de euros, o 72 veces menos que el negocio armamentístico propiamente dicho. Pero esto no es un dato tranquilizador, porque las nuevas armas tienen una propiedad de la que carecía nuestro tradicional lanzamisiles. A diferencia de estos, el software es carne de ingeniería inversa.

En la ingeniería (directa), uno tiene un problema y trata de resolverlo diseñando motores, circuitos, válvulas y una maraña interminable de cables de colores. En la ingeniería inversa, uno tiene un aparato que ya funciona para algo —como asesinar a disidentes, por poner un ejemplo tonto— y lo desmonta para ver cuál es el truco, analizarlo y copiarlo. La ingeniería inversa funciona exactamente como la ciencia, solo que la ciencia investiga un fenómeno natural, y la ingeniería inversa estudia un artefacto diseñado por un Homo sapiens. La idea se puede aplicar a un lanzamisiles o a una tostadora, pero alcanza su clímax en el análisis del software. Desarrollar por primera vez Pegasus es un alarde de talento, inversión y trabajo duro, pero copiarlo, analizarlo y mejorarlo cuesta muy poco. A veces basta con un niñato gafapasta encerrado en un garaje.

Los protocolos internacionales que hemos desarrollado penosamente para restringir las armas nucleares, químicas y biológicas no nos sirven para gestionar el nuevo armamento virtual. Se venden correas para atar a las empresas en corto.

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En 2030, por fin, acabaremos con la agricultura y la ganadería y tendremos comida más nutritiva y más sabrosa

En 2030, por fin, acabaremos con la agricultura y la ganadería y tendremos comida más nutritiva y más sabrosa

SERGIO PARRA

Según un informe de del think thank RethinkX titulado “Repensar la alimentación y la agricultura 2020-2030: la segunda domesticación de plantas y animales, la interrupción de la vaca y el colapso de la ganadería industrial“, en pocos años vamos a vivir la mayor disrupción de la agricultura y la ganadería de nuestra historia.

Y todo eso será para bien.

Transformación

Muy pronto, los costes de la proteína de las vacas frente a la tecnología alimentaria de biología de precisión alcanzarán la paridad, dice el grupo de expertos independiente RethinkX. Esto dejará a la industria ganadera efectivamente en bancarrota para 2030. Luego pasará lo mismo con la agricultura.

Será, según pronostican, la interrupción más profunda, más rápida y más consecuente en la producción de alimentos y agricultura desde la primera domesticación de plantas y animales hace diez mil años.

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Los microorganismos serán cruciales en la próxima disrupción, como lo fueron cuando la humanidad comenzó a domesticar plantas y animales hace 10.000 años manipulando la evolución de los microorganismos a través de la cría de sus macroorganismos.

Y así se han mantenido básicamente durante miles de años, cosechando los nutrientes de los que dependemos a través de la cría, extracción y consumo intensivos en tiempo y coste de los macroorganismos en los que residen los microorganismos.

Sin embargo, lo que realmente buscamos ahora son los microorganismos: son la fuente específica de los nutrientes que buscamos, y hoy tenemos herramientas para acceder directamente a ellos, desconectados de sus macroorganismos. Podemos construir nutrientes nosotros mismos, programando moléculas complejas utilizando fermentación de precisión (PF).

Trasladar la producción de alimentos a nivel molecular promete un medio más eficiente de alimentarnos a nosotros mismos y el suministro de nutrientes sin los aditivos / antibióticos / insecticidas poco saludables requeridos por los medios industriales de producción actuales.

RethinkX dice:

Cada ingrediente tendrá un propósito específico, permitiéndonos crear alimentos con los atributos exactos que deseamos en términos de perfil nutricional, estructura, sabor, textura y cualidades funcionales. La comida futura será más nutritiva, más sabrosa y más conveniente con una variedad mucho mayor.

Por supuesto, la comida no es lo único que obtenemos de animales y plantas, y RethinkX también prevé el reemplazo de su uso en productos farmacéuticos, cosméticos y materiales.

Lo que pasará en el 2030 y 2035

Se atreven así a hacer unas predicciones para los años 2030-2035.

En lo económico: los alimentos y productos de PF serán al menos 50 por ciento, y hasta 80 por ciento, más baratos que los productos actuales.

Para el medioambiente: el 60 por ciento del área actualmente asignada a la producción de ganado y alimentos será liberada para otros usos. Esta es una tierra suficiente que si se dedicara a la plantación de árboles para el secuestro de carbono, podría compensar por completo las emisiones de efecto invernadero de Estados Unidos. La contribución de los gases de efecto invernadero del ganado estadounidense disminuirá en un 60 por ciento en 2030, y casi en un 80 por ciento en 2035.

En lo social: alimentos más baratos serán más eficaces para combatir el hambre en el mundo. La producción descentralizada de alimentos hará que las relaciones entre los países cambien, ya que se verá menos afectada por las condiciones climáticas y geográficas. Los principales exportadores actuales de productos animales perderán parte de su influencia de control actual sobre otras naciones que dependen de sus productos.

https://www.xatakaciencia.com/tecnologia

Fábrica de solitarios

Resultado de imagen de la soledad del movil"

Desde el punto de vista sociológico me parece que el principal rasgo de nuestro tiempo es ser una fábrica de solitarios forzosos. Un individuo por sí mismo no hace mucho, quien lo moldea es la época, el ambiente. Nadie puede sustraerse a esa fuerza poderosa que ejerce la sociedad. Y la sociedad actual quiere acobardarnos, apocarnos, hacernos mezquinos; tiende a reducirnos en nuestra esfera de comodidad individual. En la soledad de nuestra celda solipsista escuchamos canciones que nos hablan de amor. Acaso derramemos una lágrima, tal vez aún nos quede un ápice de sensibilidad, pero estamos solos. No creo que exista hoy un movimiento colectivo verdaderamente espontáneo, un movimiento que no esté dirigido desde el poder. Creo que este rasgo está profundizado y reforzado por la tecnología: la irrupción de internet y los teléfonos móviles (vuelvo a mi caballo de batalla) nos disgrega hasta un punto que no llegamos a imaginar. Somos testigos diarios de la adicción que tenemos por estos dispositivos. ¿Quién no ha visto un grupo de personas que no se hablan entre sí, sino que están abismadas cada una en la pantalla de su móvil? Esto altera nuestros vínculos con los demás, nuestra forma de relacionarnos con el prójimo (y empleo a propósito esta palabra) es cada vez más abstracta. Desde la publicidad se nos ofrecen vías de escape a este hormiguero, formas de distinguirnos de la masa, ventajas de todo tipo (una ventaja implica una carrera entre iguales). Este triunfo de la individualización tiene consecuencias demoledoras: en el mundo laboral ha conseguido que los trabajadores pierdan la solidaridad, que cada uno busque su propio beneficio, lo que les hace totalmente vulnerables al arbitrario poder de los empresarios. El lema de nuestra sociedad es “sálvese quien pueda”. En el aspecto moral son visibles los estragos de este individualismo: una forma de autodefensa ante la agresión es el cinismo, la burla que suscitan sentimientos nobles como el amor, la ternura o la delicadeza. Hoy se libra una batalla entre el brutalismo del macho (que se siente amenazado en su poder hegemónico) y el feminismo civilizado. Quien hace alarde de bravuconería, quien ensalza la fuerza bruta, quien amedrenta a sus prójimos, además de ser primitivo y estúpido, esconde miedo e inseguridad.

Publicado por Francisco Alba 

http://selvadevariaopinion.blogspot.com/