Queriendo saberlo todo

Es hora de pasar el escáner por cada producto, pero también por los cimientos de la hipoteca de esta casa y por la educación pública, ahora estoy obligada a actuar

LARA MORENO

Escaneo de un gel de ducha en la aplicación Yuka.
Escaneo de un gel de ducha en la aplicación Yuka. YUKA

La otra tarde, al despedirme de una amiga en su casa, me ofreció una bolsa llena de cosméticos casi sin estrenar. “¿Los quieres?”, me preguntó. “Yo no voy a usarlos. Les he pasado la app y son muy cancerígenos. A lo mejor tú no has empezado con esto y todavía te da igual.” Tenía razón, yo todavía no había empezado con eso. Pero no quise aceptarlos, aunque estaba segura de que eran productos caros y en un día no muy remoto, atrás en el tiempo, a mi amiga le parecieron muy buenos. Me volví a casa taciturna. ¿Cuánto más quiero saber de este mundo ruin?

Pero, a los dos días, caigo. Siempre cabe un poquito más de miseria en el corazón. Saberlo todo es imposible y, además, tras una verdad comercial hay 100 mentiras, pero la tentación de acumular sufrimiento a la par que clarividencia es demasiado barata. Cuando la niña por fin se duerme, me descargo la aplicación. Esta analiza, con una simple pasada del móvil por el código de barras, productos de alimentación y cosmética y, de forma bienintencionada (me informo de ello), ofrece su veredicto: excelente, bueno, mediocre y malo. En otras palabras, descifra cuánto me falta para terminar de cavar mi propia tumba y por supuesto la de mi descendencia, lo cual es más delicado.

MÁS INFORMACIÓN

Decido empezar por una crema facial que he comprado recientemente y cuya caja aún no he sacado del envoltorio de plástico. No sin cierto miedo (la adquirí con ilusión, por su aroma a manzana y su protector solar), abro la app y paso el código por el objetivo. En menos de dos segundos respiro aliviada, porque no hay información sobre mi producto en la base de datos. Esa nada informativa me da una prórroga: podré estrenarla, untarme un poquito de la crema mañana por la mañana y salir a la calle sintiendo que nadie verá lo que yo veo, sintiendo que no está pasando lo que es inevitable que pase, olvidándome de que soy mortal. Al serme concedido el beneficio de la duda, que en estos casos es prácticamente una absolución, decido no probar con los códigos de barras del resto potingues que tienen que ver con la belleza, esa tortura.

Pero antes de salir del baño, me acerco a la ducha y cojo mi bote de champú. Lo venden en todos los supermercados y recuerdo que salía mucho en los anuncios de la tele cuando veía tele. Es una marca conocida y barata y, mientras escaneo el código de barras, pienso que esta vez no voy a salirme con la mía. Pero me equivoco; el veredicto es bueno. “Bueno”: sin silicona nociva, sin sulfato nocivo y con un riesgo limitado de un montón de otras sustancias que suenan todas mal. Riesgo limitado. Como la vida cuando nos la tomamos en serio, supongo. Por apenas cinco euros, mi cuero cabelludo y mi espíritu están a salvo. Trasteo un poco más en la app y así descubro que las mediciones de alerta dependen de la presencia de disruptores endocrinos (mi amiga comentó este término la otra noche, pero yo no sabía de qué hablaba), alérgenos y carcinógenos. Carcinógenos: no hay nada que dé más terror. Quiero salir ya del baño, pero al final le echo valor y cojo el champú especial que compré para mi hija, en una farmacia, mucho más caro y con una tipografía que dan ganas de dormir en ella. Mierda. Lo sabía. “Mediocre”. Por culpa del phenoxyethanol, que comporta un “riesgo medio”. Un riesgo medio es tomarse la vida menos en serio, supongo. Columpiarse demasiado fuerte, sin agarrarse bien, o soltarse de las manos justo después de coger impulso. Pero es mi hija, no tiene gracia. He comprado un champú caro para ella en una farmacia y uno barato para mí en el súper de la esquina y resulta que estoy haciendo las cosas mal. Me pregunto qué opina el Ministerio de Sanidad de todo esto.

Estoy delante del armario de la cocina donde guardo la comida. En realidad, no sé si quiero hacerlo. En un 60%, esta app se basa en una clasificación nutricional reconocida, concretamente la de NutriScore. El resto responde a la existencia de aditivos y a la organicidad del producto. Lata de tomate frito. Escáner. “Excelente”, me dice. Brick de leche. Escáner. “Bueno”. Cacao en polvo. Escáner. “Malo”. Un punto rojo. Ya está. Suenan todas las sirenas. Devuelvo el bote a su lugar (¿por qué no lo tiro a la basura?, ¿acaso podré volcar la cucharadita en el desayuno de los domingos para mi hija después de esto?) y dejo el teléfono en la encimera. ¿Es que no era consciente ya de todo?

Es una cuestión de control. Recuerdo que, durante un momento pasado de mi vida, pretendí controlarlo casi todo y luego me rendí en la batalla. Intentar abrir los ojos en el bosque enmarañado. Después de la información viene la acción. Pequeños soldados descifrando el código de la vida y actuando en consecuencia. Pero son tantos los frentes abiertos que agradecería un poco de ayuda por parte de las altas esferas. Aunque entiendo que también ellas deben de estar exhaustas o distraídas. Acaricio la pantalla del móvil. Es mi oportunidad, se me ha otorgado en este sistema libre: es hora de pasar el escáner por cada producto de la despensa, pero también por cada prenda de nuestra ropa, por los cimientos de la hipoteca de esta casa y por los libros del colegio de la niña, por su educación pública y por nuestra tarjeta sanitaria, ahora estoy obligada a actuar, he de acercarme a la ventana y escanear el aire, la ciudad entera, la noche, el porvenir. Pero no soy capaz. Me meto en la cama, porque madrugo y, esta vez sin lugar a duda, creo que voy a desmayarme. Ya mañana.

Lara Moreno es escritora. Su última novela es Piel de lobo (Lumen).

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Ingeniería inversa

Los protocolos que hemos desarrollado para restringir las armas nucleares, químicas y biológicas no nos sirven para gestionar el nuevo armamento virtual

JAVIER SAMPEDRO

Un 'hacker' se infiltra en un sistema informático.
Un ‘hacker’ se infiltra en un sistema informático. RITCHIE B. TONGO EFE

Imagina que eres un vendedor de armas y, como es natural, deseas maximizar tus beneficios y consolidar mercados a medio plazo. Una buena estrategia es venderle una docena de lanzamisiles a la república de Freedonia, que desea exterminar a su fastidiosa e inoportuna oposición interna. Tarde o temprano, a Freedonia se le acabarán los misiles, se le oxidarán los lanzamisiles y tendrá que comprarte una nueva remesa. Es un negocio con visión de futuro, que supone para las empresas occidentales unas exportaciones de 72.000 millones de euros anuales.

Pero hay un nuevo tipo de arma que no entra en esa contabilidad: el software. La inteligencia militar lleva tiempo insistiendo en su importancia creciente, y los hechos no hacen más que darle la razón. Veamos un caso tomado de The Economist. El grupo NSO, una firma israelí dedicada a la ciberseguridad, vendió el año pasado al Gobierno saudí su software de espionaje Pegasus, diseñado para fisgar en los teléfonos móviles de los ciudadanos, incluidos los terroristas. Un disidente saudí llamado Omar Abdulaziz asegura que su Gobierno utilizó Pegasus para espiarle, y para llegar así hasta Jamal Khashoggi, el famoso periodista saudí crítico con el régimen. Poco después, el 2 de octubre de 2018, Khashoggi entró en el consulado de su país en Estambul, de donde solo saldría después en pedazos muy pequeños. Abdulaziz reveló estos datos en una querella contra NSO que presentó hace justo un año en un juzgado israelí. La empresa niega los cargos.

No solo la firma israelí NSO, sino también el grupo anglo-germano Gamma y el italiano Memento Labs, venden sus licencias de “software intrusivo”, el armamento de última generación, a todo tipo de Gobiernos para permitirles acceder a los datos de los terroristas, sí, pero también de cualquier otro ciudadano que les resulte molesto. Las cifras de negocio de este nuevo campo del software intrusivo son de momento modestas, al menos por lo poco que sabemos de esa actividad oscura y sigilosa. Puede rondar los mil millones de euros, o 72 veces menos que el negocio armamentístico propiamente dicho. Pero esto no es un dato tranquilizador, porque las nuevas armas tienen una propiedad de la que carecía nuestro tradicional lanzamisiles. A diferencia de estos, el software es carne de ingeniería inversa.

En la ingeniería (directa), uno tiene un problema y trata de resolverlo diseñando motores, circuitos, válvulas y una maraña interminable de cables de colores. En la ingeniería inversa, uno tiene un aparato que ya funciona para algo —como asesinar a disidentes, por poner un ejemplo tonto— y lo desmonta para ver cuál es el truco, analizarlo y copiarlo. La ingeniería inversa funciona exactamente como la ciencia, solo que la ciencia investiga un fenómeno natural, y la ingeniería inversa estudia un artefacto diseñado por un Homo sapiens. La idea se puede aplicar a un lanzamisiles o a una tostadora, pero alcanza su clímax en el análisis del software. Desarrollar por primera vez Pegasus es un alarde de talento, inversión y trabajo duro, pero copiarlo, analizarlo y mejorarlo cuesta muy poco. A veces basta con un niñato gafapasta encerrado en un garaje.

Los protocolos internacionales que hemos desarrollado penosamente para restringir las armas nucleares, químicas y biológicas no nos sirven para gestionar el nuevo armamento virtual. Se venden correas para atar a las empresas en corto.

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En 2030, por fin, acabaremos con la agricultura y la ganadería y tendremos comida más nutritiva y más sabrosa

En 2030, por fin, acabaremos con la agricultura y la ganadería y tendremos comida más nutritiva y más sabrosa

SERGIO PARRA

Según un informe de del think thank RethinkX titulado “Repensar la alimentación y la agricultura 2020-2030: la segunda domesticación de plantas y animales, la interrupción de la vaca y el colapso de la ganadería industrial“, en pocos años vamos a vivir la mayor disrupción de la agricultura y la ganadería de nuestra historia.

Y todo eso será para bien.

Transformación

Muy pronto, los costes de la proteína de las vacas frente a la tecnología alimentaria de biología de precisión alcanzarán la paridad, dice el grupo de expertos independiente RethinkX. Esto dejará a la industria ganadera efectivamente en bancarrota para 2030. Luego pasará lo mismo con la agricultura.

Será, según pronostican, la interrupción más profunda, más rápida y más consecuente en la producción de alimentos y agricultura desde la primera domesticación de plantas y animales hace diez mil años.

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Los microorganismos serán cruciales en la próxima disrupción, como lo fueron cuando la humanidad comenzó a domesticar plantas y animales hace 10.000 años manipulando la evolución de los microorganismos a través de la cría de sus macroorganismos.

Y así se han mantenido básicamente durante miles de años, cosechando los nutrientes de los que dependemos a través de la cría, extracción y consumo intensivos en tiempo y coste de los macroorganismos en los que residen los microorganismos.

Sin embargo, lo que realmente buscamos ahora son los microorganismos: son la fuente específica de los nutrientes que buscamos, y hoy tenemos herramientas para acceder directamente a ellos, desconectados de sus macroorganismos. Podemos construir nutrientes nosotros mismos, programando moléculas complejas utilizando fermentación de precisión (PF).

Trasladar la producción de alimentos a nivel molecular promete un medio más eficiente de alimentarnos a nosotros mismos y el suministro de nutrientes sin los aditivos / antibióticos / insecticidas poco saludables requeridos por los medios industriales de producción actuales.

RethinkX dice:

Cada ingrediente tendrá un propósito específico, permitiéndonos crear alimentos con los atributos exactos que deseamos en términos de perfil nutricional, estructura, sabor, textura y cualidades funcionales. La comida futura será más nutritiva, más sabrosa y más conveniente con una variedad mucho mayor.

Por supuesto, la comida no es lo único que obtenemos de animales y plantas, y RethinkX también prevé el reemplazo de su uso en productos farmacéuticos, cosméticos y materiales.

Lo que pasará en el 2030 y 2035

Se atreven así a hacer unas predicciones para los años 2030-2035.

En lo económico: los alimentos y productos de PF serán al menos 50 por ciento, y hasta 80 por ciento, más baratos que los productos actuales.

Para el medioambiente: el 60 por ciento del área actualmente asignada a la producción de ganado y alimentos será liberada para otros usos. Esta es una tierra suficiente que si se dedicara a la plantación de árboles para el secuestro de carbono, podría compensar por completo las emisiones de efecto invernadero de Estados Unidos. La contribución de los gases de efecto invernadero del ganado estadounidense disminuirá en un 60 por ciento en 2030, y casi en un 80 por ciento en 2035.

En lo social: alimentos más baratos serán más eficaces para combatir el hambre en el mundo. La producción descentralizada de alimentos hará que las relaciones entre los países cambien, ya que se verá menos afectada por las condiciones climáticas y geográficas. Los principales exportadores actuales de productos animales perderán parte de su influencia de control actual sobre otras naciones que dependen de sus productos.

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Fábrica de solitarios

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Desde el punto de vista sociológico me parece que el principal rasgo de nuestro tiempo es ser una fábrica de solitarios forzosos. Un individuo por sí mismo no hace mucho, quien lo moldea es la época, el ambiente. Nadie puede sustraerse a esa fuerza poderosa que ejerce la sociedad. Y la sociedad actual quiere acobardarnos, apocarnos, hacernos mezquinos; tiende a reducirnos en nuestra esfera de comodidad individual. En la soledad de nuestra celda solipsista escuchamos canciones que nos hablan de amor. Acaso derramemos una lágrima, tal vez aún nos quede un ápice de sensibilidad, pero estamos solos. No creo que exista hoy un movimiento colectivo verdaderamente espontáneo, un movimiento que no esté dirigido desde el poder. Creo que este rasgo está profundizado y reforzado por la tecnología: la irrupción de internet y los teléfonos móviles (vuelvo a mi caballo de batalla) nos disgrega hasta un punto que no llegamos a imaginar. Somos testigos diarios de la adicción que tenemos por estos dispositivos. ¿Quién no ha visto un grupo de personas que no se hablan entre sí, sino que están abismadas cada una en la pantalla de su móvil? Esto altera nuestros vínculos con los demás, nuestra forma de relacionarnos con el prójimo (y empleo a propósito esta palabra) es cada vez más abstracta. Desde la publicidad se nos ofrecen vías de escape a este hormiguero, formas de distinguirnos de la masa, ventajas de todo tipo (una ventaja implica una carrera entre iguales). Este triunfo de la individualización tiene consecuencias demoledoras: en el mundo laboral ha conseguido que los trabajadores pierdan la solidaridad, que cada uno busque su propio beneficio, lo que les hace totalmente vulnerables al arbitrario poder de los empresarios. El lema de nuestra sociedad es “sálvese quien pueda”. En el aspecto moral son visibles los estragos de este individualismo: una forma de autodefensa ante la agresión es el cinismo, la burla que suscitan sentimientos nobles como el amor, la ternura o la delicadeza. Hoy se libra una batalla entre el brutalismo del macho (que se siente amenazado en su poder hegemónico) y el feminismo civilizado. Quien hace alarde de bravuconería, quien ensalza la fuerza bruta, quien amedrenta a sus prójimos, además de ser primitivo y estúpido, esconde miedo e inseguridad.

Publicado por Francisco Alba 

http://selvadevariaopinion.blogspot.com/

El español detrás de la supremacía cuántica de Google: «Es el principio de una revolución»

El informático, matemático y filósofo leonés, actual jefe científico de teoría de la computación del gigante de Mountain View, ha jugado un papel clave en uno de los hitos históricos de la computación

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Patricia Biosca

El 4 de octubre de 1957 la Unión Soviética lanzó al espacio el Sputnik 1, el primer satélite artificial. No tenía más función que demostrar que éramos capaces de poner un artefacto controlado en órbita, pero aún hoy debemos dar las gracias a aquella esfera con una suerte de «bigotes» que emitía un simple «bip bip»: se convirtió en la base de todas las telecomunicaciones actuales, desde internet al GPS. Sesenta y dos años después de aquella proeza, Google hacía oficial el 25 de octubre que había conseguido la supremacía cuántica con un sistema que lo «único» que hace es generar patrones en una serie de números aleatorios siguiendo una fórmula predeterminada. Puede parecer que esto no tiene ninguna aplicación práctica -si bien ya se han demostrado algunos usos en ciberseguridad-, aunque lo más sorprendente es que este equipo tarda apenas 200 segundos en realizar esta tarea, cuando el más potente de los superordenadores clásicos emplearía 10.000 años. Y esto, que hoy puede sonar tan ruso como el nombre del primer satélite, es la base de toda una revolución tecnológica. La de la computación cuántica.

Detrás de ella se encuentra el nombre de Sergio Boixo. «Hoy sigue siendo una ciencia experimental, pero será una revolución computacional en diez o veinte años», explica a ABC por teléfono desde Mountain View (California), la sede de Google en la que trabaja. Allí, este leonés ocupa el cargo de jefe científico de teoría de la computación cuántica del gigante tecnológico y él fue quien ideó la demostración práctica de que la promesa de esta tecnología disruptiva no era solo teoría. «Hace unos cuatro años que planteé la idea al equipo y fue aceptada. En enero de este año empezaron a llegar los primeros datos experimentales y vimos que todo cuadraba con la teoría. En mayo o junio por fin la teníamos lista. Pero ha sido un experimento muy complejo que ha llevado mucho tiempo y trabajo de colegas, tanto dentro como fuera de Google».

De bits y qubits

Pero según cuenta Boixo, en realidad para él todo empezó cuando escuchó siendo universitario acerca de un campo en ciernes llamado computación cuántica. «Era la teoría que contradecía a la tesis extendida de Church-Turing, algo que me parecía casi una locura y que no llegaría a ver nunca». La teoría de Church-Turing es la base con la que funcionan todos los ordenadores, cuyo lenguaje son los conocidos «bits»: unos y ceros que, dispuestos en complejos órdenes, dan las instrucciones precisas para que nuestra computadora o móvil pueda hacer desde simples operaciones matemáticas a mostrar vídeos de gatitos online. Sin embargo, la computación cuántica propone un método totalmente novedoso al copiar la forma en la que la naturaleza opera a escalas microscópicas, en el mundo de los átomos, donde las partículas pueden tener varios estados a la vez.

«En aquel momento, un profesor me pasó los primeros estudios», explica Boixo. Allí estaban por primera vez los ahora famosos «qubits», el lenguaje de la computación cuántica. Al contrario que los bits, los qubits pueden ser unos y ceros de forma simultánea, como las partículas cuánticas, por lo que el procesamiento de los datos aumenta exponencialmente. Esto hace posible que, en efecto, problemas que los ordenadores clásicos tardan 10.000 años en resolver, se clarifiquen en algo más de tres minutos. Pero en los noventa esto solo era una teoría sobre el papel.

«No dormía mucho»

Pasaron los años y Boixo siguió formándose en un camino casi predestinado hacia aquel ámbito «recién nacido»: estudió ingeniería informática en la Universidad ComplutenseMatemáticas y Filosofía a distancia por la UNED. Simultaneaba carreras y trabajo. «No dormía mucho», asegura mientras se adivina una sonrisa en su cara. La relación de la informática y las matemáticas son evidentes, pero el de la filosofía puede costar algo más. Cuando se le pregunta, explica: «Nuestra física y química son cuánticas, pero en nuestro día a día ocurren cosas que no observamos según esta lógica». Se trata del viejo postulado del gato de Schrödinger, que está vivo y muerto a la vez dentro de una caja pero que solo se define cuando miramos dentro. «Ahí ocurre una transición que siempre ha sido objeto de estudio también desde la filosofía. La pregunta es cuál es el papel del observador, si lo que ve es real o una construcción para entender la realidad».

Pero también existen otros debates mucho más asequibles y a corto plazo en los la filosofía está presente, como en las implicaciones éticas de la revolución cuántica. En la era del Big Data y de la Inteligencia Artificial, en la que empresas privadas como Google mueven miles de millones de datos, tal poder de procesamiento ¿podría suponer un peligro en malas manos? «Hoy por hoy es una tecnología experimental que no tiene mucho que ver con el Big Data», tranquiliza Boixo. «Es mejor pensar acerca de qué van a significar los primeros procesadores cuánticos igual que lo que supusieron las primeras tarjetas gráficas: al principio sirvieron para vídeos y videojuegos, pero luego se vio que tienen muchas otras aplicaciones, como en la ciencia». Aún así, desde Google se han aplicado los mismos principios éticos que la multinacional ha utilizado para desarrollar otras tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial. «La premisa es solo crear aplicaciones beneficiosas para el ser humano».

La polémica con IBM

Google no es la única empresa privada que ha invertido en un campo experimental como el de la computación cuántica. IBMMicrosoft Intel también han participado en la carrera por conseguir la supremacía cuántica. Incluso hay quien la ha negado. Es el caso de IBM, que fue muy crítica con Google antes incluso de que la revista «Nature» publicase el estudio final. El rival directo de los de Mountain View aseguraba que no se había logrado el hito de la supremacía cuántica ya que su superordenador clásico, Summit, era capaz de hacer el mismo cálculo en dos días y medio -con margen para hacerlo incluso más rápido- y que haría públicas las conclusiones en una revista de forma inminente, cuestión que, un mes después, aún no ha ocurrido. «Es bueno que todos hagamos propuestas, pero quiero recalcar que es importante realizar el experimento computacional y no solo hacer una propuesta en papel. Nosotros hemos hecho ambas cosas», se muestra tajante Boixo.

De momento, el equipo de Google está muy orgulloso no solo del logro, sino de su acogida en la sociedad. «Nos ha sorprendido que la gente ha entendido realmente cuál es el valor de este experimento. En los últimos dos o tres años yo tenía la duda de si se iba a comprender, pero creo que sí y de ahí su repercusión». A partir de aquí, solo queda mirar hacia delante. «El futuro es hacer una tecnología escalable, hacerlos más potentes y con menos errores. La meta es crear un ordenador cuántico universal tolerante a fallos, un sistema que tenga un millón de qubits -el de Google tiene 53- y una tasa de error cinco veces menor que la actual -que se sitúa actualmente en un 0,6%, pero se dispara al introducir nuevos qubits-. En realidad esto es un principio, no un fin». El principio de la era cuántica.

Inventan el váter que se limpia solo

Investigadores desarrollan un revestimiento para el inodoro que repele las heces y reduce el consumo de agua a la mitad

El método reduce la cantidad de agua necesaria para descargar un inodoro convencional
El método reduce la cantidad de agua necesaria para descargar un inodoro convencional – LABORATORIO WONG PARA INGENIERÍA INSPIRADA EN LA NATURALEZA

Qué mejor noticia este 19 de marzo, día mundial del retrete, por si no lo tenían en mente. Investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania (EE.UU.) han desarrollado algo que podría acabar de una vez con las desagradables escobillas del váter: un inodoro que ¡se limpia solo! No solo nos libraría de mucho trabajo en casa, sino que nos convertiría las visitas a los lavabos públicos en experiencias menos terribles. La clave está un revestimiento bioinspirado que repele bacterias, líquidos, lodos y todo tipo de desperdicios biológicos. Además, y este punto es igualmente importante, reduce a la mitad la cantidad de agua necesaria para descargar la cisterna, que generalmente requiere seis litros.

Todos los días, se usan más de 141.000 millones de litros de agua únicamente para descargar los inodoros. Con millones de ciudadanos del mundo experimentando escasez de agua, ¿qué pasaría si esa cantidad pudiera reducirse a la mitad? Esta es la pregunta que se hicieron los autores del nuevo estudio publicado en la revista «Nature Sustainability».

La respuesta la han encontrado en un recubrimiento de superficie lisa (bautizado como LESS), un aerosol de dos pasos que, entre otras aplicaciones, se puede aplicar a la taza de cerámica del váter. El primer aerosol, creado a partir de polímeros injertados molecularmente, es el paso inicial para construir una base extremadamente suave y repelente de líquidos.

«Cuando se seca, el primer aerosol produce moléculas que parecen pelitos, con un diámetro de aproximadamente un millón de veces más delgado que el de un humano», afirma Jing Wang, uno de los autores del estudio. Si bien esta primera aplicación crea una superficie extremadamente lisa, la segunda aplicación infunde una fina capa de lubricante alrededor de esos «pelos» nanoscópicos para crear una superficie súper resbaladiza. «Cuando colocamos ese revestimiento en un inodoro en el laboratorio y le echamos materia fecal sintética simplemente se desliza hacia abajo y nada se adhiere (al inodoro)», asegura Wang.

Adiós a las bacterias

Con esta novedosa superficie resbaladiza, los inodoros pueden limpiar eficazmente los residuos del interior de la taza y eliminar los desechos con solo una fracción del agua que se necesitaba previamente. Los investigadores predicen que el recubrimiento podría durar alrededor de 500 descargas en un inodoro convencional antes de que sea necesaria una nueva aplicación de la capa de lubricante.

Los experimentos también encontraron que la superficie repele eficazmente las bacterias, particularmente aquellas que propagan enfermedades infecciosas y olores desagradables.

Si se adoptara ampliamente en los Estados Unidos, dicen los investigadores, podría dirigir recursos críticos hacia otras actividades importantes, hacia áreas afectadas por la sequía o hacia regiones que experimentan escasez crónica de agua.

Impulsados por estas soluciones humanitarias, los investigadores también esperan que su trabajo pueda tener un impacto en el mundo en desarrollo. La tecnología podría usarse dentro de inodoros sin agua, que se usan ampliamente en todo el mundo. «Defecar en el inodoro no solo es desagradable para los usuarios, sino que también presenta serios problemas de salud», aseguran.

Sin embargo, si un inodoro o urinario sin agua usara este revestimiento, el equipo predice que este tipo de accesorios serían más atractivos y más seguros para un uso generalizado.

Los investigadores ya han introducido el recubrimiento LESS en el mercado. «Nuestro objetivo es llevar tecnología impactante al mercado para que todos puedan beneficiarse», afirma Wong. «Para maximizar el impacto de nuestra tecnología de recubrimiento, necesitamos sacarla del laboratorio». Mirando hacia el futuro, el equipo espera que estos materiales desempeñen un papel en el mantenimiento de los recursos hídricos del mundo y continúen expandiendo el alcance de su tecnología.

https://www.abc.es/ciencia

Ver para no creer

Cuando la realidad es indistinguible de la ficción, ¿cómo validamos lo que es real?

ANA FUENTES

Un 'deepfake' de Jim Carrey como Jack Nicholson en 'El resplandor'.
Un ‘deepfake’ de Jim Carrey como Jack Nicholson en ‘El resplandor’.

Donald Trump anunció la erradicación del sida en el mundo hace un par de semanas. En realidad no fue él, sino un deepfake, un vídeo falseado con herramientas de inteligencia artificial. Una ONG francesa manipuló la imagen y la voz del presidente estadounidense para transmitir un mensaje que jamás salió de su boca. Al final del vídeo, un rótulo indicaba que se trataba de un montaje. A sus responsables les llovieron críticas por haber basado su campaña en un fraude, pero consiguieron millones de visitas en Internet.

Los deepfake, falsedades ultrarrealistas, nacieron apenas hace dos años. Se basan en la tecnología GAN (Generative Adversarial Networks, en inglés) o redes generativas antagónicas: en una explicación de brocha gorda, hay dos agentes que compiten entre sí. Uno genera contenido e intenta engañar al otro para que piense que es real; el otro discrimina lo que no le resulta creíble. Y así el sistema se va perfeccionando, aprende a crear contenido cada vez más realista.

No se sabe cómo van a evolucionar estas redes de creación y suplantación. No existen estándares, no hay reglas sobre qué se puede simular y qué no. Unas GAN son buenísimas generando rasgos de personalidad en vídeo, otras imitando inflexiones de voz… En medicina, por ejemplo, se están usando para generar radiografías sintéticas casi indistinguibles de las reales con las que investigar.

El gran negocio con el uso de GAN, por ahora, es la pornografía. Miles de actrices y cantantes americanas, coreanas y británicas se han visto protagonizando vídeos sexuales falsos en Internet. Aterroriza pensar en cómo esta tecnología pueda ser usada por abusones de instituto para humillar a compañeras.

También empiezan a hacerse públicos timos financieros. En marzo, el responsable de una empresa energética en el Reino Unido recibió una llamada de su jefe en la que le pedía que hiciese una transferencia de 200.000 euros a un proveedor húngaro. En realidad la voz que ordenó el trámite había sido generada por ordenador, pero imitaba perfectamente el acento y la cadencia del jefe real. No existía el proveedor húngaro, era un ladrón, según informó The Wall Street Journal.

El Estado de California ha prohibido crear y distribuir vídeos deepfake 60 días antes de unas elecciones. Argumentan que bastante desafección existe ya en el electorado como para que proliferen mensajes falsos. Pero puede quedar en un parche inútil si no se educa a los ciudadanos para que tengan claro de quién se fían y por qué. Como tantos avances tecnológicos, este nos pone en un aprieto filosófico: cuando la realidad es indistinguible de la ficción, ¿cómo validamos lo que es real? Nuestros sentidos pronto nos engañarán, y nos veremos obligados a reflexionar antes de compartir, a contrastar antes de opinar. Tendremos que aprender a verificar lo que nos parecía evidente. @anafuentesf

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“MEZZANINE” DE MASSIVE ATTACK SE CONVIERTE EN EL PRIMER DISCO EN SER ALMACENADO EN ADN

LOS CIENTÍFICOS HAN LOGRADO ALMACENAR ESTE DISCO EN INALTERABLE ADN

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A los genetistas les gusta Massive Attack y han elegido su disco más famoso, Mezzanine, el cual cumple 20 años por estas fechas como el mejor de 1998. 

Tal vez como una forma de llamar la atención a su trabajo o simplemente como una demostración de su apreciación por el trip hop de Massive Attack, los científicos han logrado almacenar este disco en inalterable ADN.

Mientras que el código guardado en silicio se va degradando con el tiempo, la información almacenada en ADN no se degrada durante miles de años y se puede guardar más información. Así que el ADN es realmente un medio superior, pues 1gr de ADN puede “hospedar” a mil millones de terabytes.

Los científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich lograron almacenar el disco en 5 mil pequeñas cuentas de vidrio, esparcidas a lo largo de cerca de 1 millón de codones de ADN. Para hacer esto, primero trasladaron el código binario (0s y 1s) a las bases de los cuatros nucleótidos del ADN (A, T, G, C). Luego sintetizaron moléculas de ADN -lo más complejo de la labor- para que las secuencias pudieran ser grabadas allí.

Así que posiblemente las futuras generaciones, miles de años más adelante en el futuro, podrán seguir disfrutando de esta música.

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El factor Huawei

No podemos permitir que la sobrecarga informativa nos lleve a pasar por alto un asunto urgente: quién va a controlar el 5G en Europa y con qué consecuencias.

ANA FUENTES

Un hombre maneja un móvil en una feria tecnológica en China.
Un hombre maneja un móvil en una feria tecnológica en China. REUTERS

Cómo se manejará el Brexit, qué hacer si Trump impone aranceles, por qué las economías crecen tan poco… Hay demasiados frentes a los que atender. Pero no podemos permitir que la sobrecarga informativa nos lleve a pasar por alto un asunto urgente: quién va a controlar el 5G en Europa y con qué consecuencias. Esta tecnología multiplica la velocidad de intercambio de datos y eso va a cambiar radicalmente la producción, el trabajo y las relaciones humanas. Se puede aplicar tanto a operaciones a corazón abierto a miles de kilómetros de distancia como a la conducción de coches. Hoy, el actor mejor posicionado para competir por las licencias es la china Huawei. Con casi el 30% de la cuota de mercado, es más barata que sus competidores. Pero tiene al Gobierno chino detrás, y las autoridades europeas no acaban de fiarse de ella.

Hace unos días, la Comisión y la Agencia Europea de Seguridad plantearon que ciertos proveedores de telecomunicaciones “de países externos a la UE” y dependientes de un Estado podrían comprometer la seguridad de la Unión. A la hora de subastar las licencias de 5G, los Estados no solamente deberían tener en cuenta los aspectos técnicos, sino también políticos y estratégicos. Sin mencionar a Huawei, hablaban de la empresa china indirectamente. Sabiendo que ninguna red es del todo segura, para qué correr el riesgo de que una compañía con un Estado autoritario detrás sepa exactamente por dónde pasa la información sensible.

Nadie ha podido probar que Huawei esté detrás del espionaje industrial que le atribuye Estados Unidos. Pero en caso de conflicto, Huawei se debe al Partido Comunista. La Ley de Seguridad Nacional china de 2015 obliga a todos los ciudadanos y empresas a cooperar con los organismos del Estado en asuntos de seguridad nacional, sin matizar cuáles.

Es imposible separar lo comercial de lo político. Encabezando la liga anti Huawei —y presionando al resto— está EE UU, que lleva meses en un tira y afloja con Pekín porque ve comprometido su liderazgo mundial. Washington se ha puesto proteccionista y China invoca el libre mercado. “Los primeros juegan a meter miedo y los segundos a dar pena”, dice un responsable de ciberseguridad europeo. Japón y Australia también han vetado a Huawei. En Francia la entrada al 5G queda a merced del primer ministro. Sin embargo, Alemania acaba de abrirle la puerta. Merkel reconoce que no pueden permitirse dañar las relaciones comerciales con China. Han sido meses de tensión entre Exteriores e Inteligencia, por un lado, y Comercio y las empresas, por otro. Se ha impuesto la lógica comercial en un momento de mucho miedo al futuro y a otra crisis económica.

Antes de Navidad la Unión Europea publicará sus recomendaciones sobre ciberseguridad, pero para entonces muchos países habrán subastado sus frecuencias 5G. Como siempre, tendremos un documento de mínimos consensuado y muchos intereses dispares. Europa necesita autonomía estratégica, pero solo tiene margen para parir marcos ideales.

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Blob, el organismo “sin cerebro y 720 sexos” del Zoo de París es más interesante de lo que parece: es un ordenador biológico

Blob, el organismo "sin cerebro y 720 sexos" del Zoo de París es más interesante de lo que parece: es un ordenador biológico

JAVIER JIMÉNEZ

Se llama ‘Blob’, es amarillento y, aunque parece un hongo, se comporta como un animal. Ah, y tiene el nombre de una película de ciencia ficción y terror de 1958 en la que The Blob, una forma de vida extraterrestre, consume todo a su paso en una pequeña ciudad de Pennsylvania. Como era de esperarestá dando la vuelta a todo el mundo.

Pero tranquilos porque ese apelativo cariñoso que le han puesto en el Zoo de París no es, en absoluto, un spoiler. Es marketing. En realidad, el Physarum polycephalum es un moho del fango. Ya os hemos hablado de ellos (y de su sorprendente inteligencia): se trata de unas curiosas masas de protoplasma con numerosos núcleos capaces de deslizarse por el suelo para buscar alimento y que, más allá de eso, pueden resolver problemas.

¿Un ordenador biológico?

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Y eso, su sorprendente capacidad de resolver problemas sin tener una base biológica clara que se lo permita es lo que lleva intrigando a los científicos durante años. En el año 2000, un equipo de investigadores japoneses y húngaros demostraron que los mohos del fango eran capaces de resolver el “problema del camino más corto”. Cultivado en un laberinto con solo dos puntos de alimento, el plasmodio era capaz de retirarse de todas las zonas del laberinto excepto del camino más corto entre los dos puntos.

Más aún, en 2010, un equipo japonés desarrolló un problema en el que se simulaba la situación geográfica de Tokio y otras 36 ciudades. Se colocaron copos de avena en cada una de ellas y el resultado final fue muy parecido a la estructura real del transporte metropolitano de esa zona de Japón. De hecho, además de ser capaz de resolver problemas computacionales, las colonias tienen memoria.

El P. polycephalum lleva dos décadas sorprendiendo a los investigadores porque muestra comportamientos muy complejos para lo que estamos acostumbrados. De hecho, algunos especialistas han llegado a proponer el estudio de este plasmodio como modelo para la construcción de dispositivos de biocomputación.

El Zoo de Paris ha creado una zona para exhibirlo y está haciendo una campaña de marketing muy agresiva con declaraciones como “el Blob es una de las cosas más extraordinarias del mundo de hoy” o frases engañosas como los 720 sexos. Sin embargo, más allá de esa hype inflado, es un recordatorio claro de que la naturaleza sigue teniendo mucho que enseñarnos.

https://www.xataka.com/ecologia-y-naturaleza/