Kate Winslet tiene mi edad

La actriz Kate Winslet en la serie 'Mare of Easttown'.
La actriz Kate Winslet en la serie ‘Mare of Easttown’.

Kate Winslet tiene mi edad, bueno va a tenerla. Yo ya tengo 46 años. Esta semana ella (no yo) ha sido noticia porque ha contado en una entrevista al New York Times que tuvo que enfrentarse con el director de la miniserie exitosa de HBO Mare of Easttown, Craig Zobel, para que no eliminara un plano en el que a la actriz se le veía “un trozo de barriga abultada” durante una escena de sexo entre su personaje y el del actor Guy Pearce. En esa misma entrevista también contó que tuvo que devolver dos veces los pósters promocionales de la serie porque habían retocado su imagen. “Yo les dije”, declaró, “chicos, sé cuántas arrugas tengo al lado del ojo, por favor devuélvanlas”.

El caso es que Kate, que seguro que me permite la confianza por tocaya de quinta, tenía razón y la primera temporada ha sido un exitazo. La productora estaba acojonada porque los signos de su edad no atrajeran al público, porque no le perdonaran tener casi 50 tacos, porque su barriga o sus patas de gallo no interesaran al respetable, porque su empeño en vestir al personaje con prendas poco favorecedoras (como cuenta también en esa sabrosa entrevista) restaran audiencia a pesar de sumar credibilidad, verdad y realismo.  Tenían y tienen, como tantos y tantas, el prejuicio de que la belleza femenina solo puede ser o al menos parecer joven y producida. Como si la belleza femenina (igual que la masculina) no manara de la confianza y del amor propio, de la correspondencia entre nuestras ideas y nuestros hechos; como si lo único que admirásemos fuera imagen estática, sólo colores y tersuras, puro cuadro; como si la belleza no fuera lo que se nos ve por fuera del espíritu que nos construimos, del alma atea (por ponerle un nombre envase que entendamos todos). Eso es lo que en realidad nos hace más hermosos y atractivos a los ojos propios y ajenos.

Es como si a los hombres se les animara a tener esa congruencia y cultivarla, cuidarla y admirarla a través de los años, mientras que a nosotras se nos empuja a remedar la que tuvimos al principio. Es como si se hubiera impuesto la idea de que solo la tenemos mientras nuestras carnes están prietas y nuestras pieles tersas y estiradas. ¿Como amarse cuando una solo aspira a ser la que fue, condenada permanente al fracaso?

Y así todas o muchísimas se parecen, adoptan las mismas formas y volúmenes artificiales, aunque armoniosos. Esos labios abultados, esos pómulos hinchados, esos bigotes inflados, esas expresiones petrificadas, convirtiéndose en cromos en el álbum de algún esteticista, de algún cirujano plástico, pasando a formar parte del club de las que se dejan robar las peculiaridades con las que nacieron y las que la vida (a cada una la suya) les fue dibujando. El club de las que pasaron por la cadena de montaje.

Mi propósito a día de hoy, junio de 2021, después de enterarme de la batalla de Kate en esta serie y con grandes corporaciones de cosmética con las que tuvo contratos millonarios en el pasado, es no operarme, no pincharme, ni siquiera teñirme las canas, por mí y por las que nos siguen. Me propongo seguir amándome de dentro a fuera y no al revés, como hice tantas veces durante tanto tiempo en que solo vi defectos ante modelos imposibles. Ahora veo imperfecciones que amo, a las que no puedo renunciar sin renunciar un poco a mí misma.  Ahora con mis defectos o sin ellos me niego a vivir pendiente de eso, dependiente de mi aspecto como viví mucha de mi juventud. En resumen:  ahora me siento mucho más guapa. Me gusto mucho más, me quiero y me perdono, me conozco tanto. Sé vivir mucho mejor. Soy mejor de lo que fui y lo que me queda por mejorar. Me propongo ser una vieja estilosa y guapísima cómo las que cada vez más veo por nuestras calles.

Ojalá se vaya imponiendo la lección de mi amiga Kate. La belleza madura de verdad empieza a ganar al sucedáneo. Su hazaña puede marcar el camino para que dejemos de ver a grandes mujeres autodestruirse para intentar seguir pareciendo lo que fueron sin poder lograrlo. Ojalá cada vez haya más modelos de mujeres persiguiendo su alma atea en vez de solo su cuerpo, aspirando a bellezas más grandes que las que hasta ahora han imperado. Cumplir años está de nuestro lado. No solo nos hace más viejas, también nos puede hacer más felices y más grandes.

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El método Kominski: ¿llanto o risa?

El método Kominsky: Michael Douglas en una historia que apela al llanto y a la  risa | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante

Alan Arkin es uno de mis actores favoritos de todos los tiempos, así que cuando supe que su personaje moría en el primer capitulo de la tercera temporada de El método Kominski, sentí que acababa una era. Pero bien, solo por nostalgia me puse a ver qué hacían en una serie que trataba con la amistad de dos hombres mayores en Hollywood, sin uno de ellos y, wow, qué magnífica sorpresa.

Los que hemos vivido siempre con la increíble presencia de Michael Douglas en el cine, teatro y ahora esta serie de Chuck Lorre (Two and a Half Men) sabemos de sus increíbles ratos al lado de la actriz Kathleen Turner en cintas como Romancing the Stone y La guerra de los Roses. En ambas interpretaban a un par que, a pesar de las hostilidades a su alrededor, lograba ser profundamente efectivo en su química. Entre más pleito, más ganas de verlos juntos.

Pues eso se cumple ahora con esta tercera temporada, en la que Arkin hace falta, pero está muy presente, y las relaciones, sueños y sobre todo arrepentimientos de Sandy Kominski (Douglas) hacen un eco profundamente divertido, y a la vez doloroso, de muchos de los mismos actores que vemos en la pantalla. Aquí encontramos algo que para muchos es muy representativo del fin de la pandemia en la mira: un tercer acto que nos puede sorprender en nuestras vidas. A nosotros, sobre nosotros mismos. 

Y claro, es Michael Douglas, dirán, él lo puede todo, pero saber que tanto él como Kathleen sobrevivieron enfermedades devastadoras y están aquí para darle otra vuelta a su relación en pantalla es esperanzador y conmovedor. Se vale llorar entre las risas.  

 

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Autoritario, infiel y muy machista: un adiós alternativo a Antonio Alcántara, el «padre de España»

Con motivo de la “muerte provisional” del padre de familia, los guionistas de ‘Cuéntame’ reflexionan sobre cómo la serie ha evolucionado en su forma de reflejar la violencia de género.

Autoritario, infiel y muy machista: un adiós alternativo a Antonio Alcántara, el «padre de España»

Antonio y Merche.

Antonio Alcántara: como empresario, un desastre; como jefe, un poco déspota: como padre, inflexible, pero como marido es todas esas cosas y además algo iracundo, bastante manipulador, muy controlador y encima infiel. Marta Fernández, una fiel seguidora de la serie, que ha visto sus 380 episodios distribuidos en 21 temporadas, explica: “Cuando su esposa quiso sacarse el carnet de conducir, a él le dio rabia. Cuando ella se propuso sacarse el examen de acceso a la universidad, él le decía que ‘ya estaba con sus cosas’. Cuando Mercedes montó su propia empresa, se resistió a apoyarla. Siempre que aparecía una chica que llamase su atención coqueteaba con ella sin importarle si su pareja estaba presente, y tanto fue el cántaro a la fuente que, claro, al final se rompió. Antonio le puso los cuernos a Merche en sus viajes de negocios con varias mujeres más refinadas que ella, reproche que a menudo le hacía, pues la consideraba muy ‘de pueblo”. Y a pesar de todo, este hombre, que representa un arquetipo puramente español, ha sido uno de los personajes más queridos de las series de ficción española contemporánea. La crítica de televisión Mariola Cubells, razona: “Quizá porque refleja al padre de todas nosotras y en España se nos ha enseñado que a los padres hay que quererlos”. Y continúa: “Representa a una generación de hombres que no son lo que nosotras entendemos ahora por un compañero de vida: hombres muy apegados a las normas, a la disciplina, a lo que ellos llamaban el sentido común, que se sentían obligados a llevar el pan a la mesa de la casa y que tenían un sentido del deber muy acentuado. Que consideraban que lo importante era trabajar, que funcionase la logística…”.

Antonio Alcántara, el padre de España, falleció hace ya una semana. Murió plácidamente, por causas naturales, en 2021 con 95 años y todos los honores audiovisuales, en el mismo pueblo que lo vio nacer. No sabemos si su esposa Mercedes, que como tantas viudas de esa generación le sobrevive, le echará de menos, o si también, como tantas viudas de su generación, se sentirá (de manera inconfesable) algo aliviada de estar al fin sola. No conoceremos nunca su sentir, pues la ficción que protagonizan desde hace 20 años, Cuéntame, en la próxima temporada volverá al año 93, donde estaba antes de esta licencia temporal que se han permitido para reflejar la pandemia. Sí sabemos que al final de sus días Mercedes le perdona todo a su marido. Al fin y al cabo eran los dos producto de la España de una moral nacionalcatólica que no permitía a las mujeres abrirse una cuenta bancaria propia y que consideraba que su hábitat natural era la cocina.

El decano de los guionistas de la serie, Jacobo Delgado, explicó en la web de RTVE el día después de la muerte de Alcántara: “Antonio ha sido jornalero, ordenanza, oficial de imprenta, empresario de artes gráficas, editor, dueño de una agencia de viajes, viticultor y hasta político. Antonio ha estado en todas y el final de su vida ha estado a la altura”. Delgado matiza a S Moda que, además, Alcántara era “una persona autoritaria a la que le gustaba decidir por los demás y que miraba a la gente desde arriba». «Estaba muy lleno de aristas y eso para un guionista es muy rico, pero la verdad es que yo no sería su amigo…”, bromea. “Cuando creamos al personaje, no había una intención de crear a alguien eminentemente machista, pero debía tener esos dejes. Esta es una serie de época que cuenta cómo era la época y eso consiste en contar tramas que incluyan la cosmovisión de unos personajes”, explica.

En nuestra sociedad, empieza a ser normal etiquetar como “maltrato psicológico” las conductas abusivas sutiles, que no llegan a la agresión física, tan características de la forma de ser de Antonio Alcántara, gracias a que el movimiento feminista se esfuerza por hacer pedagogía en torno a ello (el caso de Rocío Carrasco y la divulgación de términos como “luz de gas” ha sido paradigmático en los últimos tiempos). Las primeras en atreverse a señalar esta mala conducta por parte de un personaje “entrañable” fueron las chicas de la revista feminista vasca Píkaraque en 2017 publicaron un artículo firmado por Lucía Ferreiro Prado titulado Desmontando a Antonio Alcántara, en el que analizaban un capítulo titulado Amores Perros. En ese episodio, el padre de familia humilla a Mercedes y, en opinión de la autora, cruza todas las líneas rojas: “A pesar de su carácter agrio, sus malos modos o el machismo que le caracteriza, Antonio Alcántara es el padre y marido más querido de las series de ficción española contemporánea […] Las actitudes que encarna Imanol Arias en la ficción van más allá del prototipo de gruñón, pero “bueno en el fondo”; alguien de difícil carácter, pero amante padre y esposo. El personaje se sirve en las interacciones con su mujer e hijos de conductas de control. Conductas que constituyen la base de una relación de abuso emocional”.

El coordinador de guionistas de la serie y también director de cine Joaquín Oristrell explica que comprende este punto de vista, pero que el hecho de reflejar una ficción no significa en absoluto respaldarla. En la sociedad en la que se ambienta Cuéntame, todas estas conductas abusivas no solo eran perfectamente normales, sino que pasaban desapercibidas: “Antonio es una persona de su tiempo, nació en 1926. Ha sido muy querido pero también muy odiado porque está lleno de contradicciones. No nos podemos olvidar de que en el primer capítulo le pegaba una hostia a un nieto. Para él era lo normal, los niños tenían que aprender con una torta”.

El periodo histórico que cubre Cuéntame llega hasta los años noventa (sin contar la elipsis de 2021) y aunque en todo ese tiempo Antonio tiene que plantearse cosas, pues su esposa es una mujer capaz de emprender sus propias iniciativas y con una actitud feminista muy avanzada para su época (“tanto que a veces entra en el territorio de lo fantástico”, dice Oristrell), él, en lo esencial, no se propone cambiar hasta que ella le pide el divorcio. Un divorcio que las chicas de Píkara reclamaban en 2017 con argumentos sólidos en aquel encendido artículo: “La pareja Antonio-Mercedes tiene una especial relevancia por el impacto que tiene en el número de espectadores que se sientan cada jueves a ver Cuéntame. En concreto, 3.428,000 personas en el último capítulo de la temporada este pasado mes de mayo. Supuso un share del 20, 2%. Representa un modelo de matrimonio en pleno siglo XXI que retradicionaliza las relaciones hombre-mujer. Cuéntame habla del pasado, pero lo hace en el presente y la España de 2017 no ha superado el estereotipo de Antonio Alcántara. Si así fuera, no se contarían asesinatos machistas, cada mes, cada año. Una televisión que trabajara por los derechos de las mujeres podría, por ejemplo, dar un giro al guión haciendo que Mercedes tomara conciencia de su situación, y se divorciara de Antonio. En 1986 ya es posible. Quedarse con Antonio no es la única opción, sino que hay otras salidas. No hacerlo implica apostar por retratar un anacronismo. Los espectadores de 2017 estarían profundamente agradecidos por ello”. Mariola Cubells destaca, por otro lado, que a pesar de que la serie mostraba esta dura realidad de la pareja, «también su equipo de guionistas ha hecho un enorme esfuerzo por reflejar las inquietudes de muy diferentes tipos de mujeres pertenecientes a diferentes generaciones. Ese ha sido un esfuerzo loable. Cuéntame es al fin y al cabo una serie que va dirigida a un público muy amplio y que tiene que plantear los conflictos que existen en las familias de una forma hasta cierto punto amable». Es decir, no se puede pedir a esta serie que refleje la masculinidad tóxica con la precisión y cinismo con la que lo hacía, por ejemplo, Mad Men. Este es otro tipo de producto. Y aún así, ha evolucionado muchísimo: el proceso de liberación de Mercedes a lo largo de los años y la aparición de su punto de vista es más que notable.

El divorcio llegó, aunque dos años más tarde. Jacobo Delgado admite que leyeron con atención aquel reportaje de Píkara y que les hizo reflexionar, pero fue una decisión muy difícil de tomar: “Al principio de cada temporada nos reunimos para decidir el arco dramático de cada personaje. Llevábamos varios años, muchos, preguntándonos qué hacía una mujer como Mercedes, que había evolucionado tanto, con un hombre como Antonio que, en lo esencial, seguía anclado al pasado. En este sentido los guionistas fuimos con el personaje. Las mismas dudas que teníamos nosotros las tenía Mercedes”. Desde el punto de vista narrativo, acabar con un matrimonio tan querido por la audiencia podía suponer un suicidio comercial. Valga el caso de Luz de Luna, la irónica serie protagonizada por Cybill Shepherd y Bruce Willis, que se fue al garete cuando los escritores de la serie decidieron acabar con la tensión sexual entre ellos haciendo que se acostaran. A los televidentes dejaron de interesarles los capítulos que vinieron después. “En el caso de los Alcántara fue al contrario, la crisis del matrimonio, que empezó hace varias temporadas, revitalizó la serie después de la marcha de los personajes de Carlos y Karina, que durante años fueron la gran historia de amor de la serie. De alguna manera, llenó ese hueco”.

Como señala la periodista especializada en industrias culturales (y también guionista) Paloma Rando, Cuéntame es un tipo de serie muy excepcional dado que se extiende tanto en el tiempo que sus personajes evolucionan, pero también lo hacen los valores de los telespectadores. “Hay series mucho más longevas, como por ejemplo la británica Coronation Street, que se lleva emitiendo desde los años sesenta, que podrían dar margen a una evolución de los personajes pegada a la evolución social, pero sus dinámicas son muy diferentes”. Cuéntame es excepcional en cuanto que tiene que reflejar el pasado sin obviar los valores de presente.

Pero las dudas sobre el devenir de la vida del matrimonio no tenían solo que ver con la tensión dramática. El bestial cambio de paradigma de los últimos años con respecto al tratamiento que se le da a la violencia de género y el terremoto global que supuso el movimiento #MeToo también hizo cambiar la sala de guión, explica Jacobo Delgado: “Se ha aplicado perspectiva de género de una manera natural, creciente e inevitable. Los creadores vivimos nuestro tiempo y también nosotros hemos ido aprendido mucho en estos años. Ni la sociedad, ni nosotros, ni la serie somos los mismos que hace 20 años.También la sala de guión ha cambiado. Cuando yo llegué había sólo una mujer y cinco hombres. En la temporada 21 ha habido tres mujeres y cuatro hombres. Hay una intención deliberada por alcanzar la igualdad desde donde se piensa la serie”.  Una de esas mujeres que ahora es guionista de la serie, Laura León Varea, reflexiona y dice que aunque pueda parecer que el machismo que refleja Cuéntame es algo que pertenece a un pasado muy lejano, no  hace falta remontarse tan atrás: “Cuando empezamos la serie recuerdo que había conductas machistas que ahora nos parecerían demenciales y que entonces tolerábamos. Por ejemplo, eso de que en un centro de trabajo te hiciesen comentarios de mal gusto sobre tus atributos físicos o tu ropa era de lo más habitual”.

La nueva temporada se estrenará en 2022 y volverá a los años noventa, donde Antonio seguirá vivo y haciendo de las suyas. Quién sabe cuántas conductas machistas que aún persisten y que seguimos tolerando nos parecerán intolerables dentro de cinco años y cuántos de los movimientos sociales que bullen ahora mismo en todo el planeta seguirán influyendo en la forma de actuar de Mercedes, pero sobre todo de Antonio, que ha muerto, pero la próxima temporada seguirá vivo.

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Confesiones inconfesables

Confesiones inconfesables

Algunas de las últimas series documentales centradas en el análisis de crímenes reales han cambiado la perspectiva del asesino hacia la víctima, de tal manera que apenas se percibe esa fascinación malsana por los depredadores humanos que elevaron a Jack el Destripador, Ed Gein o Charles Manson a la categoría de iconos culturales a los que se dedicaron libros, canciones y películas. En los últimos capítulos de Ted Bundy: Falling For a Killer, aparece la típica figura de la joven enamorada de un monstruo homicida, un tópico repetido desde aquellos lejanos años treinta en los que Peter Kürten, el Vampiro de Düsseldorf, recibía diariamente en su celda, en espera de la ejecución, docenas de cartas de mujeres pidiéndole matrimonio.

En la ficción, esa fascinación llegó al límite con el personaje de Hannibal Lecter, el despiadado caníbal de El silencio de los corderos, tan elegante y refinado que muchos espectadores confesaron que les hubiera encantado invitarlo a cenar sin comprender que ellos iban a ser el primer plato. Justo en el extremo opuesto de la balanza se encuentra la pareja homicida de Henry, retrato de un asesino, la brutal película de John McNaughton, que refleja las andanzas sanguinarias de Henry Lee Lucas y Ottis Toole por las carreteras desoladas de Estados Unidos. Con su incultura general, su falta de atractivo, sus pintas de paleto, su cociente intelectual por debajo de la media y sus dos dientes colgando, Henry era algo así como la antimateria de Ted Bundy, el atractivo, inteligente y bestial asesino que fue el principal modelo para Lecter. Y sin embargo, gracias a los periódicos, a los noticiarios y a la película de McNaughton, Henry Lee Lucas fue considerado durante mucho tiempo el asesino serial más prolífico de la historia de los Estados Unidos.

The Confession Killer, la modélica serie documental de Netflix, desmantela el mito de Henry Lee Lucas de una vez por todas con una colección de entrevistas y un caudal de información tan apabullante que se hace difícil pensar como alguna vez la justicia pudo creer que este hombre había cometido cientos y cientos de asesinatos. De hecho, es la justicia estadounidense la que sale retratada de esta historia como un auténtico circo de tres pistas que estuvo funcionando durante décadas, con un desprecio olímpico hacia las pruebas forenses, las declaraciones de testigos y los procedimientos más elementales de investigación policial.

Desde el momento en que, en mitad de un juicio por un doble asesinato, Henry Lee Lucas preguntó por los otros cientos de mujeres que había matado, el sheriff Jim Boutwell pensó que le había tocado la lotería y organizó una especie de tómbola nacional de crímenes sin resolver en la que cualquier comisario de cualquier rincón del país podía venir con un caso de homicidio pendiente y cargarlo a la cuenta de Henry, quien parecía encantado de añadir una nueva víctima a la lista y de que le invitaran a otro batido de fresa. Con el tiempo se organizó un cuadrante de fechas y lugares tan eficaz que un sheriff llamaba desde Wisconsin o Alabama o Maine y preguntaba si tal día de tal año estaba libre. Gracias a la vaguería, la corrupción o la imbecilidad de los agentes de la ley, Henry se convirtió en un auténtico estajanovista de la muerte, un proletario del asesinato capaz de recorrer mil o dos mil kilómetros en doce horas de una escena del crimen a la siguiente.

Henry confesaba porque era un mentiroso compulsivo y porque, mientras siguiera hablando, evitaba la pena de muerte, pero también porque le hacían caso por primera vez en su vida y lo trataban como a una celebridad. Lo verdaderamente imperdonable es la desfachatez de los policías que se prestaron al juego y que, por negligencia o por mala fe, le echaban una mano en los detalles, aunque hubieran pasado cinco, diez o doce años desde la fecha del crimen. Varios familiares objetaron la veracidad de sus confesiones, pero el espectáculo debía continuar y Boutwell y sus hombres no tardaron en echar tierra sobre el asunto. Diversos investigadores demostraron que, en muchos de los lugares en los que había confesado un asesinato, Henry estaba en el otro extremo del país, pagando una multa o detenido por algún otro delito. Una detective que llevaba tiempo sospechando de la farsa, se inventó un caso de homicidio, fue a ver a Henry y obtuvo una confesión completa. Más grave aún fue la intervención de un fiscal que cuestionó toda la investigación y cuya intromisión le costó la carrera.

La incertidumbre sobre la culpabilidad de Henry era tan manifiesta que en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, suspendió su condena a muerte por el célebre crimen de “Orange Socks” en Williamson County. Con el tiempo, gracias al desarrollo de las pruebas de ADN, fueron capturados unos veinte criminales exculpados por las confesiones de Henry Lee Lucas que habían escapado durante años a la justicia, aunque a día de hoy ni siquiera es posible evaluar la cantidad de asesinos impunes que quedaron en libertad gracias a la incompetencia manifiesta de las autoridades. Todo porque un sheriff de los Rangers, un montón de policías y un ejército de periodistas cayeron presos del embrujo del mal, embelesados por la atracción de un agujero negro inconcebible que resultó ser una trola con dos dientes colgando.

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‘Exterminad a todos los salvajes’: viaje al corazón de las tinieblas de la colonización

Raoul Peck narra en la serie ‘Exterminad a todos los salvajes’ la crueldad del imperialismo europeo y estadounidense

‘Exterminad a todos los salvajes’: viaje al corazón de las tinieblas de la colonización
Josh Hartnett y Raoul Peck (derecha) durante el rodaje de ‘Exterminad a todos los salvajes’. Vídeo: tráiler de la serie.
Exterminad a todos los salvajes, la serie de Raoul Peck que la plataforma HBO estrena este jueves, representa un viaje al corazón de las tinieblas de la colonización. La frase que da título a esta serie de cuatro capítulos, que es un documental y a la vez una película de ficción, está precisamente tomada del clásico de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas sobre la genocida conquista del Congo por el rey Leopoldo II de Bélgica. Otro personaje del gran escritor polaco expresa en un cuento, Una avanzadilla en el progreso, la misma idea de forma todavía más brutal: “Exterminad a todos los negros para que este país sea habitable”. Peck trata precisamente de dar la vuelta a la forma de narrar la historia de Occidente, poniendo en primer plano aquello que se ignora y que Conrad muestra en su obra: la implacable crueldad de la colonización y la esclavitud.

De origen haitiano y residente en Francia, el anterior filme de Raoul PeckI am not your negrotuvo un enorme impacto porque trataba sin ambages el racismo en Estados Unidos a través de la figura del escritor afroamericano James Baldwin. Se estrenó en 2017, cuando el movimiento Black Lives Matter (las vidas negras importan) se extendía por Estados Unidos, que acababa de nombrar presidente a Donald Trump, un racista indisimulado. Su nueva serie llega a HBO cuando Trump ya no está en la Casa Blanca, pero coincide con el juicio por la muerte de George Floyd, el hombre negro asfixiado por un agente durante su detención en mayo de 2020 en Minneapolis. El caso despertó protestas contra la brutalidad policial en todo el país.

La forma de tratar el pasado esclavista y colonial de Estados Unidos y Europa se mantiene como un tema complejo y politizado, como demuestran las primeras repercusiones que ha tenido la serie de Peck, con algunas críticas positivas y otras negativas, pero que indudablemente ha logrado remover conciencias. “Europa está todavía en fase de negación”, explica Peck (Puerto Príncipe, Haití, 67 años) en una entrevista por videoconferencia desde Francia. “No metería a todos los países europeos en el mismo saco, pero, cuando vemos la televisión o cuando leemos los periódicos, tengo la clara impresión de que una gran parte de Europa está en fase de negación”, añade. “Cuando nos permitimos criticar una parte de este pasado, se hace siempre con ciertos matices. Reconocemos que sí, que es verdad, que lo hicimos, pero nos vemos obligados a explicarlo. Y pensamos que eso no da derecho a hacer esto o a quemar los guetos. Así que no hay un verdadero análisis profundo de la colonización”.

La serie está dividida en cuatro episodios –los dos primeros se estrenan el jueves y los dos siguientes el viernes– que mezclan imágenes documentales con fotografías, pero también con películas familiares y recuerdos del propio director, que pone la voz en off, y con collages de otros filmes. Todo ello aderezado con reconstrucciones cinematográficas, protagonizadas por Josh Hartnett, que recrean diferentes momentos de la colonización, desde el tráfico de esclavos a través del Atlántico hasta la conquista de América o el exterminio de los indios en Estados Unidos. La presencia del mismo actor en diferentes escenarios del imperialismo occidental trata de subrayar el hecho de que se trata de una misma historia de brutalidad que se prolonga a lo largo de los siglos y de los países.

Raoul Peck y Eddie Arnold durante el rodaje de 'Exterminad a todos los salvajes'.
Raoul Peck y Eddie Arnold durante el rodaje de ‘Exterminad a todos los salvajes’.HBO

Una de las tesis que sostiene la serie es que el nazismo y el exterminio de los judíos europeos por el Tercer Reich forman parte de un marco de pensamiento que decreta la superioridad de los blancos sobre el resto de las razas —la idea de raza es además un concepto inventado y contrario a la ciencia—, que justifica cualquier crueldad contra seres considerados inferiores y no del todo humanos. De hecho, Hitler nunca ocultó su admiración por el exterminio de los indios en EE UU y las leyes racistas en el sur de ese país, que inspiraron las normas de Núremberg.

“El Holocausto está en la línea directa del genocidio del esclavismo; forma parte del mismo pensamiento europeo”, opina Peck. “Es la misma idea, la existencia de una raza superior que se arroga el derecho de eliminar a una supuesta raza inferior. Forma parte de la historia de la Europa conquistadora y de la Europa que va a subyugar, que va a considerarse el centro del mundo”, incide.

Los filmes de Peck casi siempre están marcados por un fuerte contenido político: El joven Karl Marx es una biografía del autor del Manifiesto comunistaA veces en abril está ambientado en el genocidio de Ruanda; Lumumba relata la vida del líder congolés asesinado o el citado I am not your negro, sobre el racismo en EE UU, que fue candidato al Oscar al mejor largometraje documental. También tiene una carrera como activista y llegó a ser ministro de Cultura de Haití entre 1996 y 1997. Exterminad a todos los salvajes resume todas sus facetas, como creador y como político. “Refleja mi historia”, señala. “Es lo que he hecho en mi vida adulta, documentales y ficciones, y esta serie refleja los dos, aunque todo lo que reconstruyo en forma de película es absolutamente real”. Una frase de James Baldwin que cita en No soy tu negro refleja también el impacto que pretende lograr con esta serie: “La historia no es el pasado, es el presente”.

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El miedo que te ciega

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A las puertas de lo que sin duda va a ser una nueva gran crisis económica las personas tienen miedo: un miedo legítimo y alimentado desde hace 20 años por discursos sutiles y securitarios globales.

Está pegando fuerte estos días la mini serie de la BBC, Black Earth Rising , del guionista, director y productor Hugo Blick sobre le genocidio de Ruanda de 1994. Aparte de la importancia de conocer este espantoso capítulo de nuestra historia contemporánea, dibujado en este trabajo con muy pocas concesiones para todas las partes, incluida la desastrosa comunidad internacional, Black Earth Rising es un indispensable retrato de como la desinformación y el odio actúan en una sociedad. El vector del odio es siempre el miedo, que ciega a las personas que se contaminan haciéndoles pensar que esa rabia que les embarga es lo que les permite actuar contra algo que les asusta. El odio crece, la rabia crece y desborda y se convierte en acciones que las personas contaminadas no miden hasta que es demasiado tarde. 

“El genocio del 94 no tiene comparación. Al menos 800.000 tutsis fueron asesinados en 100 días. Es la mayor matanza étnica de la historia moderna. Se coordinó por un grupo desesperado del gobierno hutu que llevó a su país y a ellos mismos a la locura con su propia propaganda. Propaganda que se esparció como un virus, un virus del miedo. Tan malo que los que se contagiaban dejaban de ver a los seres humanos como personas y veían insectos que había que erradicar sistemáticamente” (extraído de Black Earth Rising).

Esta historia no es única por desgracia. Obviamente con sus singularidades, las grandes lacras de nuestra historia contemporánea tienen características comunes: se dan en momentos de crisis económica, se abordan desde conflictos no resueltos, se estructuran a través del odio vehiculizado por propaganda basada en mentiras y desinformación y cuando estallan son imparables hasta que se agotan por sí mismas.

El odio es un carburante finito: cuando has acabado con el objeto primigenio del odio, necesitas crear otro objetivo odiable para seguir funcionando. En su libro Bajo el signo de la esvástica, Manuel Chavez Nogales explicaba desde la Alemania de 1933 que el primer objeto de odio de la propaganda nazi fueron las personas negras que tenían su origen en las colonias francesas. Francia había ganado la primera Guerra Mundial y era la responsable de la enorme crisis social y económica que sufría la población alemana, empobrecida, dividida por los pactos, devolviendo la deuda de toda Europa con su trabajo. A las personas negras se sumaron las personas de etnia gitana, un incomprensible objetivo histórico, un pueblo que ha pagado siempre muy caro su independencia y su proteccionismo cultural. Los judíos llegaron después, y no todos de golpe, sino por capas. Primero los usureros, y fueron agregando gremios hasta llegar a los banqueros. Primero adultos, luego niños. Ningún genocidio empieza definiéndose a sí mismo. 

En este tipo de conflictos no hay ganadores y aunque se acaban porque se extinguen, porque el nivel de deshumanización es insostenible, en realidad nunca terminan. El dolor generado se mantiene dentro de las personas directamente implicadas en ellos, en los verdugos y en las víctimas, que en todos los casos se encuentra en ambos bandos. Por eso es tan importante aclarar la historia y mirarla de cara, porque, aunque sea irreparable, mientras se recuerde el pasado con paz se puede evitar que el horror se repita en el futuro.

En España tenemos mucha historia de dolor y horror que en muchos casos no sabemos gestionar de la forma adecuada. A las puertas de lo que sin duda va a ser una nueva gran crisis económica las personas tienen miedo. Un miedo legítimo y también alimentado desde hace 20 años por discursos sutiles y securitarios globales. Y en este escenario hace tiempo que el odio, todavía un poco indeterminado, se está apoderando de nuestra sociedad. Los recientes incidentes vividos en Canarias, donde se han empezado a dar agresiones a inmigrantes, deben ser entendidos como avisos. Ya empezamos a pasar de la palabra a la acción ante la pasividad de una sociedad atenazada y divida en esta época tan distópica. 

¿Cómo podemos luchar contra este odio? Lo más importante es reconocerlo y eliminarlo de nuestra vida diaria. Los micro odios son muy peligrosos porque establecen un modelo de comportamiento que escala. Y como el odio es finito siempre debe ir a más. 

Luego es indispensable entender que el malestar colectivo necesita de soluciones colectivas. Los seres humanos somos, por naturaleza, gregarios. De modo que tenemos que crear tejidos comunitarios. Estas comunidades solo serán sostenibles si están unidas por aspiraciones de creación. El objetivo es construir todas juntas y se opone al de estar unidas por un afán de destrucción. Para conseguir comunidades constructivas necesitamos narrativas del amor, entendido este en su sentido más completo y fraterno. Necesitamos volver dar relevancia en nuestros espacios de debate y reflexión al amor y a la cocreación, al respeto y a la utopía. Y tenemos que dejar de lado, ni aunque sea para expresar nuestro desacuerdo, todo lo que tiene que ver con el odio. Enterrar el odio bajo una capa de enorme indiferencia, silenciar a los voceros, dejar de ver o escuchar programas que lo vehiculicen. Reconquistar el espacio propio y público. Esto es mucho más fácil si lo hacemos desde espacios cercanos como los entornos locales donde podemos encontrar muchos puntos de unión con las personas que nos rodean y podemos volver a soñar con un mundo mejor. 

Tenemos un enorme reto por delante para superar lo que viene sin repetir errores pasados de nuestra historia nacional, europea y global. Tenemos una enorme responsabilidad. Pero ya hemos demostrado muchas veces que sí se puede. Solo tenemos que recordar que el odio no da nada, no construye nunca y lo quita todo. Reivindiquemos el amor, todo el rato, a todas horas. 

Lucila Rodríguez-Alarcón

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Anuncian la última temporada de los Peaky Blinders

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La serie Peaky Blinders retoma la producción para su sexta temporada, pero anuncian que será la última en la que veremos a los Shelby juntos.
Para los fanáticos de la serie los Peaky Blinders tenemos una buena y mala noticia. La primera y buena noticia es que han retomado la producción de sus nuevos capítulos y la mala es que BBC ha anunciado que esta sexta temporada será la última.

Algo que nos ha puesto un poco tristes, pues hace tiempo Steven Knight nos contaba que iba a tener aún más. A pesar de que no han explicado porque ese cambio de planes, sabemos que los retrasos debidos a la pandemia por coronavirus han afectado el futuro de varias series. 

Peaky blinders: la sexta temporada será la última de la serie

Según Variety, Knight dijo: «Después del retraso obligatorio relacionado a la pandemia por Covid, descubrimos que la familia está en peligro y los riesgos nunca habían sido tan altos. Creemos que esta será la mejor serie de todas y nuestros fans la amarán. Mientras la serie llega a su fin, la historia seguirá de otra manera».

Pero antes de tirarnos al llanto por pensar que no volveremos a ver las aventuras criminales de Tommy Shelby, recordemos que el creador había asegurado que buscaría otra forma de continuar la historia, por lo que aún nos queda en la expectativa de sí será una película o un spin-off


La productora ejecutiva, Caryn Mandabach, explicó que la seguridad del elenco y el equipo de producción siempre ha sido prioridad, y que tanto la BBC como Netflix han apoyado cada una de las decisiones que se tomaron respecto a Peaky Blinders en los últimos meses. «Los guiones de Steve son increíbles y marcan el fin de una historia épica que ha acompañado a las audiencias desde que inició en 2013».

¿Qué pasará en la sexta temporada?

La retrasada temporada 6 viene a ser una continuación directísima de la anterior, que terminó en un gran cliffhanger. Por lo que  Anthony Byrne volverá a repetirse como directos. Algo que no había sucedido e inédito, ya que siempre se había cambiado de realizador entre temporadas.

Junto a Cillian Murphy, protagonista, la sexta temporada estarán Helen McCrory (Polly), Paul Anderson (Arthur), Sophie Rundle (Ada), Finn Cole (Michael), Sam Clafin (Mosley), Natasha O’Keeffe (Lizzie), Harry Kirton (Finn), Anya Taylor-Joy (Gina) y Brian Gleeson (McCavern).

Entre las novedades de está nueva temporada estará la aparición de un nuevo personaje femenino bastante oscuro y «casi tan buena como Tommy (…) le desafía de forma diferente».

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ESTAS SON LAS SERIES DE CIENCIA FICCIÓN, DRAMA, TERROR Y FANTASÍA MÁS ESPERADAS DE 2021

UNA ADAPTACIÓN DE “FUNDACIÓN” DE ASIMOV, LA SERIE SOBRE LA SEGUNDA EDAD DE LA TIERRA MEDIA Y EL LIVE-ACTION DE “COWBOY BEBOP” SE ENCUENTRAN ENTRE LAS SERIES QUE MÁS EXPECTACIÓN HAN DESPERTADO PARA ESTE 2021
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El 2020 prometía ser un gran año para el cine, pero también para la televisión y los servicios de streaming. La pandemia interrumpió, canceló o pospuso muchos rodajes y estrenos en salas de cine convencional. Aquellas series que no se cancelaron, tuvieron que ser pospuestas ya que además de los rodajes, los trabajos de postproducción tuvieron que ser reagendados.

Sin embargo, como muchos sectores, el del entretenimiento tuvo que adaptarse a nuevas formas de trabajar y gracias a ello, este 2021 estará lleno de estrenos.

Te compartimos las que más esperamos.

Shadow and Bone (Netflix)

La adaptación de los libros de Leigh Bardugo llega a Netflix este abril. La serie combina las líneas del tiempo entre los sucesos de la trilogía de Shadow and Bone y los dos libros de la serie Six of Crows.

 

The Underground Railroad (Amazon)

Esta prometedora serie relata la historia de los esclavos afroamericanos y las rutas secretas que usaban para escapar a los estados libres o a Canadá. Está dirigida por Barry Jenkins, el mismo director de Moonlight (2016). Aún no hay fecha de estreno.

 

Foundation (Apple)

La serie está basada en la serie homónima de libros del autor de ciencia ficción Isaac Asimov. Por lo que se sabe, la serie es una adaptación del tercer ciclo de la serie de Asimov. Aún no hay fecha de estreno

 

Midnight Mass (Netflix)

Una comunidad comienza a experimentar sucesos sobrenaturales con la llegada de un nuevo sacerdote. Esta serie forma parte de la gran apuesta de Netflix por el género de suspenso y terror.

Aún no hay corto oficial, ni fecha de estreno.

Midnight Mass (Netflix)

 

Scenes from a Marriage (HBO)

Esta serie es una adaptación de la serie sueca con el mismo nombre, dirigida por Ingmar Bergman en 1973. 

Scenes from a Marriage (HBO)

 

The Lord of the Rings (Amazon)

Una de las producciones más esperadas. Sabemos que la primera temporada contará con 20 episodios y que ésta ya se terminó de rodar, por lo que ha comenzado la etapa de posproducción. Cabe mencionar que la serie, desarrollada por J.D. Payne y Patrick McKay, sigue los sucesos narrativos correspondientes a la Segunda Edad de la Tierra Media, anterior a las historias de El Hobbit y la trilogía de El Señor de los Anillos, mucho más conocidas tanto por los libros de Tolkien como por las adaptaciones al cine de éstos que realizó Peter Jackson hace unos años. En la Tierra Media de Tolkien, la Segunda Edad está caracterizada por una presencia todavía importante de la raza élfica, el ascenso de la raza humana (lidereada por el reino de Númenor), la forja de los Anillos de Poder y la primera aparición de Sauron.

 

Cowboy Bebop (Netflix)

Netflix apostó por la adaptación en acción real (live action) de este clásico de la animación japonesa, uno de los más celebrados tanto por su calidad gráfica y narrativa como por la incorporación de otras artes y discursos en su factura.

 

The Last of Us (HBO)

The Last of Us ha sido uno de los videojuegos más aclamados de los últimos años, el desarrollo de la historia y sus personajes complejos lo han hecho más parecido a una excelente película. Sólo HBO podía embarcarse a hacer una adaptación para la televisión.

 

In Treatment (HBO)

HBO decidió continuar con una cuarta temporada. Esta vez, renovando al reparto, sabemos que Uzo Aduba será la  protagonista, en el papel de la Dra. Brooke Lawrence. 

 

Station Eleven (HBO)

Esta serie de ciencia ficción es una adaptación del libro homónimo de Emily St. John Mandel. Trata sobre los sucesos posteriores a una pandemia que acabó con gran parte de la humanidad. 

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Gambito de dama

Gambito de damaHay dos misterios, podríamos decir también dos utopías, que vertebran Gambito de dama, la teleserie de Netflix basada en la novela de Walter Tevis. El primer misterio es que una mujer gane un torneo internacional de ajedrez de máximo nivel; el segundo es que en su camino encuentre los mismos obstáculos que encontraría un hombre y prácticamente ninguno de los que encontraría una mujer. El ajedrez es, desde hace muchos años, el único deporte en donde las mujeres pueden competir en igualdad de condiciones contra sus rivales varones; de hecho, no existen torneos exclusivamente masculinos sino mixtos y femeninos: cualquier jugadora puede competir en un torneo mixto siempre y cuando acredite el nivel ELO requerido. Ahora bien, todavía no se sabe a ciencia cierta por qué las mujeres juegan peor que los hombres al deporte de las 64 casillas. Se han intentado diversas explicaciones, psicológicas, hormonales, y aunque haya factores sociológicos y educativos decisivos, sigue siendo un enigma por qué hoy en día únicamente hay una mujer, la Gran Maestro china Hou Yifan, situada entre los cien mejores jugadores del mundo.

Beth Harmon, la protagonista de Gambito de dama, nunca existió pero bien podía haber existido: si Judit Polgar (la gran jugadora húngara que llegó a clasificarse entre los diez primeros jugadores del mundo en 1996 y que derrotó al mismísimo Kasparov, a Kamski y a Anand) hubiera nacido medio siglo antes; si Bobby Fischer hubiese nacido mujer y además se hubiese comportado siempre con elegancia y corrección; y si Alexander Alekhine, el formidable campeón ruso que derrotó contra todo pronóstico al cubano José Raúl Capablanca en Buenos Aires en 1927, hubiese contado con el talento innato del cubano en la comprensión del juego. En lo que al ajedrez se refiere, Harmon parece una mezcla de los cuatro (Polgar en el sexo; Fischer en la nacionalidad, el ímpetu de su ascenso meteórico y la agresividad sobre el tablero; Capablanca en cuanto a dotes naturales y a la reticencia por la preparación teórica; Alekhine en el alcoholismo, la brillantez táctica y el estilo de juego), probablemente de varios jugadores más, pero si el personaje resulta inolvidable es gracias a los detalles de su ficticia biografía y a la magnífica interpretación de Anya Taylor-Joy.

Tevis confesó en su día que la infancia de Harmon está basada en parte en sus propias experiencias, cuando por culpa de una enfermedad reumática del corazón le administraron dosis de tranquilizantes a las que se volvió adicto. Gracias al efecto sedante de las píldoras, al tumbarse en la cama, todas las noches, la pequeña Harmon ve aparecer en el techo del dormitorio, invertidas bocabajo, las abismales posiciones del tablero. Es un ámbito que puede controlar, un mundo geométrico y estricto cuyas leyes no tienen nada que ver con el caos del mundo real al que su madre la arrojó después de suicidarse en un accidente de automóvil: el brutal sacrificio de peón en la apertura de su vida. Dentro del hospicio para huérfanos donde recala, Harmon descubrirá las maravillas del ajedrez en el sótano, bajo el magisterio del hosco y silencioso señor Shaibel, el bedel del orfanato.

La dependencia de los barbitúricos y el alcohol es uno de los pocos tópicos en que cae Beth Harmon, aunque también es verdad que la adicción, la extravagancia y la locura han sido emblemas del ajedrez incluso en las más grandes novelas escritas sobre el tema (las de Zweig, Nabokov y Arrabal). También hay grandes ajedrecistas que perdieron la razón: el genio estadounidense Paul Morphy, quien poco antes de morir paseaba por la calle disputando partidas a rivales imaginarios, o el austriaco Wilhelm Steinitz, primer campeón mundial, quien en su vejez se jactaba de haber jugado contra Dios y haberle dado jaque mate. Por culpa de diversos trastornos mentales, el polaco Akiba Rubinstein y el mexicano Carlos Torre vieron truncadas sus brillantes carreras. El nombre de Morphy aparece de refilón, cuando uno de sus amigos avisa a Harmon del peligro de obcecarse demasiado en el vértigo demencial del tablero.

No obstante, lo verdaderamente asombroso de Gambito de dama es que muestra un mundo reticulado donde el machismo no existe, donde no sólo prácticamente nadie desprecia o ridiculiza a una mujer por su talento (quienes se ríen de ella en el instituto son sus compañeras y lo hacen por su ropa y sus zapatos) sino que los rivales tanto femeninos como masculinos a los que vapulea muestran un comportamiento caballeroso y deportivo. Esto último tampoco es muy extraño en el mundo del ajedrez: el gesto de Borgov, el campeón mundial, al levantarse y aplaudir la obra maestra de Harmon, recuerda el emotivo aplauso de Boris Spassky en Reikiaviv, quien se unió a la ovación del público tras la tremenda exhibición de Fischer en la sexta partida del match por el campeonato mundial.

En realidad, por detrás de los brillos de la epopeya deportiva o del empoderamiento femenino, el centro tonal de la historia es la lucha de Beth Harmon por domeñar los demonios de su pasado y lograr acceder a una vida plena, algo que jamás consiguió el mítico Bobby Fischer después de derrotar a Spassky y poner fin a más de medio siglo de hegemonía soviética en el tablero. Cuando le preguntaron a quién temía enfrentarse en un torneo, Fischer respondió: “A nadie”. El Gran Maestro danés, Bent Larsen, dio una respuesta mucho más precisa y sincera cuando le hicieron la misma pregunta: “A Larsen”. Más allá de los rivales a quienes se enfrenta, Harmon lucha contra sí misma una interminable partida a vida o muerte, a orfandad o familia, a vodka o agua, a soledad o compañía, a pasado o futuro, una partida en que las negras y las blancas van formando en su cabeza combinaciones insondables, terribles sacrificios y metamorfosis inesperadas. Por eso Harmon avanza despacio, pero siempre hacia adelante, como un peón en busca de la octava fila; por eso la mariposa con el abrigo blanco que se pasea por un parque de Moscú y acepta una partida contra un anciano, simplemente por el placer de jugar, ya lleva una corona de dama.

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