Veinte años del estreno de ‘Los Soprano’, la serie que cambió las reglas de la televisión

Ha habido muchos después, y puede que quizá alguno antes, pero ninguno como Tony Soprano, ese personaje lleno de aristas y brutal al que David Chase nos enseñó a querer como personaje durante seis temporadas.

Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO
Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO

MARÍA JOSÉ ARIAS

Han pasado 20 años desde que la doctora Melfi abriese la puerta de su consulta y dijese aquello de “¿Mr. Soprano?”, dirigiéndose al tipo de semblante adusto y complexión fuerte que estaba sentado en su sala de espera. Con ese gesto de adelante no solo le invitó a entrar en su consulta, sino a la casa de millones de espectadores que a partir de ese momento y semana tras semana se sentaron en sus sofás, como él en el diván, para conocer un poco más a ese mafioso que acudía a terapia y todo su mundo. [ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO CONTIENE ‘SPOILERS’]

Dos décadas después de aquello, cuando se lanza al aire la pregunta de cuál es la mejor serie de la historia de la televisión, Los Soprano sigue siendo la respuesta de muchos y se disputa el título con otras grandes como The Wire y El ala oeste de la Casa Blanca, que también celebra este año su veinte aniversario. En una época, la actual, en la que cada temporada se estrenan series memorables y sobresalientes, seguir figurando en los rankings siempre en las primeras posiciones es un mérito del que pocas pueden presumir. En el caso de la creada por David Chase eso se debe a infinidad de razones.

Producciones televisivas buenas siempre ha habido en todas las épocas, pero Los Soprano es única porque supuso un cambio en las reglas del juego, marcó un punto de inflexión. Nos descubrió que el protagonista no tenía por qué ser un tipo sin nada al que reprochar, que podía ser alguien trastornado en muchos sentidos, violento hasta ser capaz de matar con sus manos a alguien de su propia sangre al mismo tiempo que se presentaba como lo que él entendía como un buen padre y esposo y, pese a todo eso, conquistar al espectador. Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. Él fue quien despejó el camino a los que vinieron después: Jimmy McNulty, Walter White, Don Draper… Seres humanos despreciables en muchos aspectos y grandes personajes.

Los Soprano fue importante, entre otras muchas cosas, por su planteamiento. Colocar a un mafioso en una posición tan vulnerable como la consulta de una psiquiatra nada más arrancar se vio como todo un atrevimiento por parte de Chase, pero también toda una declaración de intenciones. La que presentó aquel 10 de enero de 1999 no tenía intención alguna de ser una serie al uso, algo que se hubiese visto antes. Ni en el género mafioso ni en el del drama familiar, que de eso también hay mucho en Los Soprano. Lo prometió entonces con aquella primera escena tras unos títulos de crédito que son historia de la televisión y lo cumplió a lo largo de las seis temporadas en las que se desarrollo toda su psicología, su biografía familiar, vital y criminal y la de una nube de personajes que crecieron junto a él.

Tony Soprano es uno de los grandes antihéroes y protagonistas que han existido y existirán en la televisión, y el mérito hay que repartirlo entre quien le dio la vida en el papel y quien lo hizo delante de la cámara, James Gandolfini. Cuando hace seis años el actor fallecía a los 51 años en Roma, quedó patente que su nombre siempre viviría ligado al de su personaje. Interpretó a otros muchos más, todos ellos con ese talento que le caracterizaba, pero su muerte temprana le impidió dejar atrás la sombra de Tony Soprano. Se hicieron grandes mutuamente. Esa mirada algo triste de párpados perezosos, esa voz que se imponía al resto, ese magnetismo que desprendía y ese gesticular con las manos fueron parte del viaje que este mafioso de Nueva Jersey que decía dedicarse a la gestión de residuos hizo desde la consulta de una psiquiatra a un fundido a negro que no contentó a todos.

Porque Los Soprano también fue una de esas series en las que el final no satisfizo de manera unánime. Por suerte para Chase, el equipo de guionistas y todos los demás implicados, entonces Twitter era solo una aplicación en pañales sin los millones de usuarios que hoy en día acuden a poner el grito en el cielo cuando un desenlace no les gusta dando por hecho que ellos lo habrían escrito mejor. Que se lo digan a J. J. Abrams, Damon Lindelof, David Benioff, D. B. Weiss y tantos otros que han tenido que sufrir la ira de los tuiteros. Pero por mucho que no haya unanimidad, hay que reconocerle a su responsable que esa escena final fue tan valiente como lo fue la primera, coherente, memorable y mítica.

Más allá de Tony Soprano

Uno de los aspectos que más se le ha aplaudido siempre a esta serie es que no se lo jugase todo a la carta de un personaje principal tremendamente poderoso y potente, sino que arriesgó con las subtramas y dotó de vida y personalidad propia a todo el cartel de secundarios. Cada seguidor de Los Soprano tendrá el suyo propio, pero es más que probable que muchos de ellos coincidan en dos que contribuyeron a hacer más grande a Tony y que gozaron de líneas de texto y escenas gloriosas.

Uno de ellos fue Paulie Gualtieri (Tony Sirico). El otro, Chris Moltisanti (Michael Imperioli). Los dos queridos, respetados por el patriarca y con un final muy distinto pero igualmente épico. Desde la neblina de haber visto la serie hace mucho, Paulie surge como ese mafioso en chándal cuya fidelidad era indiscutible. El otro, como el sobrino que quiso volar y con el que Tony mostró su lado más humano, pero también esa bestia que llevaba dentro. Los dos juntos en la pantalla eran dinamita. Podrían haber tenido su propia serie y la habríamos visto.

Luego estaban esos personajes femeninos, cuidados y bien construidos que tanto importan para entender quién es Tony Soprano. Empezando por su madre y acabando por su psiquiatra. Livia Soprano (Nancy Marchand) era, como suele decirse, para echarla de comer a parte. Principal culpable de que su hijo fuese así, resultó ser una mujer cruel y desagradable que poco sabía del instinto maternal. Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) se desveló como mucho más que una doctora, como alguien capaz de hacer frente a alguien tan poderoso como quien se sentaba en su diván y, aunque a veces con miedo, llevar las riendas de su relación profesional/personal. Y entre medias de ambas, Carmela Soprano (Edie Falco), alejada del estereotipo de mujer del jefe que solo está ahí para ver, oír y callar. Carmela tenía mucho que decir, y lo dijo.

Ellas y ellos eran de la famiglia. Algunos por su relación de consanguinidad, otros por los lazos que unen el camino de dos personas cuando sus vidas se cruzan. Pero todos importantes en esa familia más grande que iba más allá de la mansión con piscina de la que cada mañana un tipo con una bata abierta, a pecho descubierto y medalla al cuello emergía para recoger el periódico. De escenas como esa está llena Los Soprano, una serie que además de sus personajes, sus tramas, su visión de la mafia de hoy en día, de la familia, de la lealtad, la traición y hasta la religión es recordada también por sus puros, sus atuendos chandaleros, sus joyas siempre a la vista, sus patos y sus platos. Porque en una serie con personajes de raíces italianas, la comida debía estar muy presente. Los mafiosos también comen y los de la serie de Chase lo hacían a menudo y abundantemente. Aunque a veces cometiesen el pecado de congelar y recalentar la pasta. Ni siquiera Los Soprano, en toda su grandeza, era perfecta al 100%. Nadie ni nada lo es.

El 10 de junio de 2007 se emitía el último capítulo, Made in America. La serie se iba a negro y comenzaba la leyenda, que pronto se verá acrecentada con el estreno en 2020 de The Many Saints of Newark, precuela cinematográfica en la que se verá a un joven Tony Soprano interpretado por el hijo de Gandolfini, Michael. En la primera imagen vista de esta nueva historia, además del parecido con su padre, en lo que todo el mundo se fijó al ser publicada es en que llevaba la medalla que acompañó a Tony durante las seis temporadas.

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Sin interpelar

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Javier Marías

¿Tan difícil es escribir dos líneas como es debido? El uso de nuestra maltratada lengua es un puro disparate

ME OCUPÉ HACE no mucho del deterioro de nuestros informativos de televisión, medio por el cual, pese a todos los móviles habidos, muchísima gente sigue la actualidad. Por conveniencia de horarios alterno sobre todo los de TVE y la Sexta. Y es en esta última cadena donde asisto a un fenómeno que hace unos años habría resultado insólito e inadmisible, a saber: la mayoría de los locutores y (principalmente) locutoras no se limitan a dar las noticias con desapasionamiento y neutralidad, dejando al espectador que extraiga sus conclusiones, como solía suceder y es obligado en el buen periodismo, sino que con su tono y sus gestos nos dicen lo que opinan ellos y por tanto lo que debemos opinar. Es como si hubieran incorporado a sus rostros y voces los emoticonos, emojis o como se llamen. Así, informan de que tal político ha hecho una declaración determinada, y al hacerlo ponen cara de estupor, o de reprobación, o de asco, o utilizan el sarcasmo tonal. Es como si añadieran: “Puaff”. Hay ocasiones en las que sólo les falta apuntar con el pulgar hacia abajo. Es decir, lejos de contar lo que sucede, lo comentan, lo descalifican, lo condenan, rara vez lo aplauden, con muecas y entonaciones de censura o de condescendencia. Algo en verdad llamativo y contrario a la más elemental profesionalidad. Los presentadores de esta cadena no son los únicos en “dirigir” la reacción del espectador, desde luego. Hasta en TVE he visto atisbos de emoticonos faciales.

En este canal, que debería cuidar al máximo el lenguaje, casi no hay cartel que no esté mal escrito o contenga erratas. ¿Tan difícil es escribir dos líneas como es debido? El uso de nuestra maltratada lengua es un puro disparate. Hace poco oí esto: “… durante el minuto de silencio para condenar la última víctima de la violencia de género”. A esa pobre víctima, así pues, no sólo la habían matado, sino que además se la condenaba en todas partes con un mudo minuto de desaprobación. Una presentadora de la Sexta afirmó que un político había dedicado “palabras gruesas” a otro, como “arrogancia y desprecio”. Ignoraba yo que, en la exageración tremendista de nuestros medios, dichos vocablos hubieran pasado a ser palabrotas o tacos, porque no otra cosa significa “palabras gruesas”.

Tampoco las televisiones escogen bien a sus “expertos” y entrevistados. Un cineasta al que preguntaban por su nueva película soltó la siguiente “explicación”: “Hay muchas cosas que las puedes sentir de alguna forma, ¿no?” Pues sí, nadie le contradiría: hay en efecto “muchas cosas”, y si uno las siente, será “de alguna forma”, una gran verdad. Un comentarista deportivo me dejó boquiabierto: “Con este cabezazo de cabeza se adelantó el Madrid”. Menos mal que precisó que el cabezazo era de cabeza, porque, si no, cualquiera podría haber entendido que era “de empeine” o “de tacón”. Otro retransmisor se descolgó con esta maravilla en Movistar: “No ha ganado el Barça todavía fuera de casa… Pero cada partido es un mundo, y cada partido está rodeado de unas circunstancias determinadas en el contexto del juego y también en el contexto de la competición. Por lo tanto, teniendo en cuenta todo esto…” (¿todo el qué, santo cielo?). Pero lo mejor que he oído en los últimos meses lo aseveró una “autoridad pedagógica” especializada en el aprendizaje de los críos según su proveniencia económica y social: “Está probado” (cito de memoria, pues su deslumbrante intervención fue en junio o julio) “que los niños de familias con más poder adquisitivo conocen y manejan tres millones más de palabras que los de clases desfavorecidas”. Considerando que la lengua española consta de unos 90.000 vocablos (y les puedo jurar que nadie se los sabe todos), los niños ricos de ese pedagogo han de ser por fuerza extraterrestres de una civilización muy inventiva y muy superior, para haber “descubierto” tres millones más que los humildes y 2.910.000 más que el mayor memorizador del Diccionario. Si ya es inaudito que llevaran a semejante sabio al telediario, más asombroso es que tenga un empleo de responsabilidad.

No crean que la prensa escrita está mucho mejor. Leo en un artículo de alguien muy elogiado que “la democracia española adolece de madurez”. Es decir que a la autora eso le parece un defecto, ya que “adolecer” significa eso, estar aquejado de un vicio, una enfermedad o un defecto. Después están las expresiones misteriosas de moda. He oído y leído varias veces el neoadjetivo “aspiracional”, en contextos como este: “Esa película ni siquiera es aspiracional”. Confieso mi ignorancia, no tengo ni idea de lo que eso quiere decir, si es que algo dice. Hoy no me cabe más, pero terminaré con un ruego estrictamente personal: procuren, cuantos escriben, dejar de decir a todas horas que un libro, una película, una pintura, “interpelan” al lector o espectador. Si miran en el Diccionario la primera y principal acepción de ese verbo, comprenderán por qué esa expresión me parece una de las más pretenciosas, huecas y cursis jamás oídas o leídas. Al menos por quien esto firma, a quien nunca ha “interpelado” ninguna cosa inanimada, la verdad. Por artística que fuera. 

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Plaza Sésamo habla con los niños sobre las adicciones de sus padres

Alrededor de 5,7 millones de niños menores de 11 años viven en hogares afectados por el consumo de sustancias en Estados Unidos

barrio sesamo
La marioneta Karli (izda) y Elmo (dcha) hablan en una escena de Plaza Sésamo. Youtube

ALMUDENA BARRAGÁN 

La fuerte crisis por el consumo de opioides que vive Estados Unidos dejó en 2018 más de 68.000 muertes por sobredosis de drogas, según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud. De ellas, en torno a la mitad, estuvieron relacionadas con el consumo de opioides sintéticos como el fentanilo y el tramadol.

Pendientes del desarrollo de la infancia, el programa educativo Sesame Street(conocida como Plaza Sésamo en México y Barrio Sésamo en España) hablaron de ello en uno de sus shows y diseñaron un contenido especial en el que una de sus marionetas, Karli, habla con una niña de 10 años, Salia Woodbury, sobre la situación de adicción que viven sus padres en casa.

“Hola, soy yo, Karli. Estoy aquí con mi amiga Salia. Nuestros padres han tenido el mismo problema: la adicción”, dice Karli mientras mira a cámara.

“Mamá y mi papá me dijeron que la adicción es una enfermedad”, responde Salia. “Una enfermedad que hace que las personas sientan que deben deben consumir drogas o beber alcohol para sentirse bien”, explica Karli.

“Mi madre estaba teniendo dificultades con la adicción y sentí que mi familia era la única que estaba pasando por eso, pero ahora conocí a muchos otros niños como nosotras y me hace sentir que no estamos solas”, dice la marioneta junto a la niña que responde, “y está bien compartirles a otras personas lo que sentimos”.

Según Sesame Workshop, que elabora este tipo de contenido especial sobre temas que tratar con los más pequeños, alrededor de 5.7 millones de niños y niñas en Estados Unidos menores de 11 años viven en hogares con un padre con adicción a alguna sustancia.

Según la doctora Clara Fleiz, investigadora del Instituto Nacional de Psiquiatría en México, este tipo de campaña de sensibilización es muy necesario ya que los problemas de adicción en la familia suelen gestionarse desde la negación y el estigma social.

Los niños que son testigos y conviven con la adicción de sus padres, pueden tener después “ansiedad, depresión, irritabilidad, estrés postraumático y sufrir bullying en el colegio”, explica la doctora Fleiz, quien considera fundamental hablar de las adicciones desde la infancia. “Hay que hablar del problema con toda la sociedad y bajarlo a los ojos de los niños”, señala.

Por ello, considera acertada la conversación de Plaza Sésamo. “A partir de la empatía entre la niña y el personaje, generas un mensaje para los niños de apoyo y se construyen lazos de solidaridad al decirle al público: Estoy pasando lo mismo que tú“, añade la doctora Fleiz, quien dice que hay que trabajar y desmontar los estigmas hacia la mujer que consume cualquier droga, más si son madres. Tal y como hace el video de Plaza Sésamo.

La conversación de Karli y Salia se complementa con otros dos videos en los que aparece el padre de Elmo, explicando que la adicción es una enfermedad y una charla entre Karli, Elmo y Chris donde la marioneta de color verde cuenta que su madre asiste a una reunión especial para adultos y que ella va a otra con niños para contar cómo se siente.

Este ejemplo se suma al argumento de otras series en la televisión estadounidense que trata las adicciones como Euphoria (HBO) o The Connors(ABC).

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El fin de la tele

ALBERTO BARRERA TYSZKA 

El fin de la tele
CreditE+/Getty Images

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CIUDAD DE MÉXICO — Hace dos semanas, a través de un comunicado, la empresa Univisión confirmó lo que ya era un sonoro rumor: la posibilidad de su venta. Se trata de la cadena pionera de la televisión en español en Estados Unidos y, junto a Telemundo, una de las dos pantallas que se disputan el público hispano en ese país. Más allá de los elementos puntuales, entre los que destaca una deuda millonaria, la gran pregunta es si realmente existe alguien interesado en comprar hoy en día un canal de televisión abierta. ¿Para qué?

Desde hace años, la aparición de internet, los cambios en las plataformas comunicacionales y las consecuentes variaciones en los hábitos de consumo de las nuevas generaciones han terminado produciendo una revolución involuntaria: es una transformación radical y casi inesperada, sin dirección política, sin otro sujeto protagonista que la tecnología. De pronto, el poder pasó de la pantalla a los usuarios. El control sobre lo que puede o no se puede ver cambió de manos. La “dictadura” de la TV abierta —como la llamó Carlos Monsiváis— finalmente ha sido derrotada.

No es aventurado afirmar que en el futuro, la palabra “televisión” dejará de existir. Se quedará sin referencias. Tan sola e inútil como la palabra “betamax” o la palabra “casete”. Un cambio tecnológico ha producido una crisis en una de las industrias aparentemente más sólidas y bien cimentadas. Y se trata de una alteración que escapa a la moralidad con la que frecuentemente se enjuicia a la televisión. No se trata de dilucidar si el cambio es bueno o malo. Simplemente es inevitable. Su propia dinámica le ha dado más libertad a los contenidos, ha redimensionado las posibilidades de la narrativa audiovisual. No está en crisis el relato. Todo lo contrario. Lo que está en crisis es su forma de producción, distribución y consumo. El televisor y la industria que respira tras él de repente comenzaron a convertirse en una antigüedad.

El día a día, con su urgencia de llenar veinticuatro horas de programación, tal vez no permite mostrar tan nítidamente lo radical que en el fondo está siendo el cambio. La tele abierta tenía un poder casi absoluto. La única defensa posible ante ella consistía en apagarla. No había más opciones. Desde su trono emisor, administraba y distribuía no solo la sentimentalidad y la moral sino que, incluso, también organizaba los tiempos del gusto y de la angustia, los horarios para reír o para informarse. Era el centro de la casa. Y muchas veces lo era de manera literal, física.

Ahora somos los usuarios quienes podemos elegir y decidir qué, cómo y cuándo consumir los contenidos audiovisuales. Ya hace dos años, una encuesta mostraba cómo en España el 72 por ciento de los jóvenes ven más YouTube que televisión. La migración de la audiencia hacia las plataformas de transmisión en línea ha producido un cambio vertiginoso e irreversible. No solo se trata de un asunto de ratings y de ventas. El propio contenido que definía la ficción audiovisual también ha cambiado. También la palabra “teleculebra” se está quedando huérfana.

El fin de la tele
En una televisión, en el interior de una habitación en Nueva York, se transmite una telenovela en el año 2003.CreditNancy Siesel/The New York Times

La telenovela fue el género emblemático de la televisión abierta latinoamericana. Está ligada genéticamente a ella, tiene que ver con su origen, con su naturaleza. Ese folletín cotidiano e interminable —que empezó versionando algunos clásicos de la literatura del siglo XIX y que se desarrolló canibalizando el relato sentimental de la mujer pobre que se enamora de un hombre rico— fue durante años el producto estrella de nuestra tele. Su garantía de origen, su marca. Hoy en día los culebrones son animales en vías de extensión. No me refiero al melodrama sino a esa forma específica del melodrama, a ese formato de largo aliento, asentado sobre estereotipos y desarrollado narrativamente bajo la premisa de la reiteración y del falso suspenso. Ninguna de las plataformas (Netflix, Amazon Prime, etc.) que definen hoy el mercado está buscando una María la del Barrio de 150 horas.

Las llamadas plataformas de transmisión libre (OTT) han impuesto un modelo y un ritmo de ficción mucho más diverso, que se desperdiga abriendo cada vez más segmentos de la audiencia, ampliando sus límites. Lo que define a las nuevas plataformas no son sus productos sino su infinita posibilidad de tener más productos. Siempre. De cualquier tipo. Por eso una de sus condiciones esenciales es la velocidad. Cada vez son más frecuentes los formatos seriados, con un máximo de ocho o diez capítulos. No es azaroso que Televisa, la productora de telenovelas más importante del mundo, apueste ahora por transformar su grandes clásicos de siempre en series modernas e innovadoras de veinticinco capítulos.

No solo es un tema de contenidos. También, como objeto, la televisión está muriendo. Cada vez más, los jóvenes consumen el contenido audiovisual a través de sus teléfonos. El futuro está en esa pantalla que también es una extensión de la mano. Es una nueva TV, tan personal que te la llevas al baño o te la guardas en el bolsillo. Su relación con el cuerpo crea incluso una intimidad y un poder que antes no existía. De pronto, incluso las pantallas planas, de última generación, comienzan a parecer dinosaurios lejanos e inútiles.

El fin de la tele
Los logos de Netflix y YouTube y otros servicios de transmisión en línea CreditChris Mcgrath/Getty Images

Por supuesto que en los contextos latinoamericanos, donde la pobreza y la desigualdad sigue definiendo drásticamente la realidad, este proceso avanza con más lentitud y dificultades. Pero, en general, la vida de la tele abierta parece tener sus días contados. Su margen de acción se va estrechando, se va concentrando cada vez más en territorios claramente delimitados: los concursos en vivo, los deportes, las noticias. El populismo mediático se alimenta de esta crisis, vive su mejor momento. Quizás pronto llegue el día en que la política sea la única ficción que se transmita por la televisión abierta.

Cada vez son más frecuentes los rumores sobre la venta, o posible venta, de canales de televisión tradicionales. Sin embargo, en general, nunca se concretan. Nadie parece ahora estar interesado en un comprar un canal. Su única posibilidad de sobrevivir es cambiar. Necesitan reinventarse como productores de contenidos, al servicio de las nuevas plataformas. Su reino se acabó. Otra señal de los tiempos: ningún poder es eterno.

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La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha

JORGE CARRIÓN 

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
Emma Thompson como la lideresa Vivienne Rook en “Years and Years” CreditBBC

Jason Stanley nos recuerda en su ensayo Facha que Adolf Hitler, en Mi lucha, insiste en que “el objetivo de la propaganda es remplazar los argumentos razonados en la esfera pública por los miedos y las pasiones irracionales”. Y, a renglón seguido, cita una entrevista a Steve Bannon en que este confiesa que el triunfo de Donald Trump se produjo por la rabia, pues “la rabia y el miedo hacen que la gente salga a votar”.

Desde la primera línea de su libro, Stanley crea un puente aéreo entre los años de la expansión del fascismo por Europa y los nuestros: “Como en los años treinta, el mundo está reaccionando negativamente contra la globalización”. Y al frente de esa reacción hubo, y vuelve a haber, un grupo de dirigentes que no buscan soluciones que alivien la inquietud, sino que en cambio la espolean, “porque la política fascista solo puede sobrevivir y prosperar en un estado de ansiedad y miedo constante”.

No solo entre Adolf Hitler y Steve Bannon: entre Gabriele d’Annunzio y Donald Trump también puede existir una genealogía. O viceversa. Porque las genealogías —como nos enseñó Borges— solamente son válidas si son reversibles. Y porque en los nuevos discursos de la extrema derecha global hay ecos y reformulaciones que remiten tanto a los líderes políticos como a los ideólogos literarios del fascismo italiano. Este año es el centenario, de hecho, de la aventura militar y experimento artístico del Estado Libre de Fiume, donde D’Annunzio sentó el primer precedente de la viabilidad práctica de la teoría fascista.

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
CreditBlackie Books

De esa historia parte Reinaldo Laddaga en su nueva —y mejor— novela, Los hombres de Rusia, que recurre al mecanismo del manuscrito encontrado (precisamente en un foro de votantes de Trump) para narrar en clave antropológica y simbólica cómo un joven es abducido por una secta guerrillera, cómo alguien cambia de bando e ingresa en las filas del extremismo. El proceso en que uno de los nuestros se vuelve uno de los otros.

Cuando Laddaga desplaza la atención de la ultraderecha estadounidense a la rusa, cita a Eduard Limónov, una de las voces más incómodas de la literatura contemporánea. Acaba de publicarse en español El libro de las aguas, tal vez su obra más poderosa, como consecuencia directa del gran éxito de Limónov, de Emmanuel Carrère.

No es casual que las obras más leídas y premiadas tanto de Carrère como de Javier Cercas hayan enfocado, durante los últimos veinte años, a terroristas de la convivencia, del orden social y de la democracia: El adversarioSoldados de SalaminaLimónov o El impostor comparten la fascinación por figuras oscuras, violentas, totalitarias, manipuladoras. Reales e infames. Ambos autores se adelantaron a una tendencia global que ha catalizado el auge de la extrema derecha: la de dar voz a nuestros enemigos.

Después de que algunos de los grandes cronistas mexicanos contaran en sus libros el drama de las víctimas de la guerra contra el narco y la épica, la picaresca y sobre todo la crueldad de los principales narcotraficantes del país, justamente este año Pablo Ferri y Daniela Rea han publicado los resultados de su investigación modélica en el tercer vértice del triángulo. El Ejército. Los otros victimarios.

En La Tropa: Por qué mata un soldado los periodistas consiguen entrar en la cárcel para entrevistar a soldados de rango menor, para escucharlos y para tratar de entenderlos. Comparten la miseria de sus orígenes, la ilógica del sistema militar, la necesidad de justificar lo injustificable.

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
Russell Crowe como Roger Ailes en “The Loudest Voice” CreditShowtime

Un ejemplo elocuente, entre los muchos que ofrecen Ferri y Rea, podría ser este: “‘Luz verde significa que te dan la libertad de hacer lo que tú quieras, sin pedir permiso o autorización’, explicaba el soldado Ramiro una mañana, bajo un árbol frondoso, junto al campo de fútbol de pasto natural de Lomas de Sotelo. ‘Por ejemplo, por reglamento las camionetas de los soldados (cuando van en convoy) no se pueden separar. Con luz verde, se pueden separar; si ves a un sospechoso se puede revisar y disparar antes de que ellos disparen porque un hombre armado es un peligro para el soldado’”.

“La historia no se repite, pero las genealogías son importantes para entender el presente”, leemos en Del fascismo al populismo en la historia, de Federico Finchelstein, una lectura global de cómo el populismo nació como respuesta al fascismo en los años cuarenta y se fue convirtiendo en un posfascismo que ha llegado hasta los Estados Unidos. “A partir de 2017, el populismo norteamericano se ha convertido en el posfascismo más relevante del nuevo siglo”, afirma el escritor argentino y profesor de la New School for Social Research. Pero no el único: Venezuela, Brasil, Nicaragua, Rusia y diferentes Estados europeos también se encuentran en esa tensión entre populismo y posfascismo.

En el siglo XXI las tendencias se contagian y se agrandan, simultáneamente, en diversos lenguajes narrativos. Por eso no es de extrañar que no solo los libros, sino también las series de televisión, estén generando genealogías que nos permitan entender mejor la polarización radical de las sociedades actuales (en una paradoja muy propia de nuestra época: el interés y la atención hacia una realidad inquietante la convierten en un mercado y, enseguida, en una realidad mayor).

¿Cómo entender el brexit? ¿Cómo interpretar la llegada a la presidencia de Bolsonaro o de Trump? ¿Cómo comprender la vigencia de la posverdad? A través de narrativas sobre el pasado reciente que nos den claves, que transformen la masa inabarcable de hechos y datos (el Big Data) de la realidad histórica en una trama familiar, en un complot definido, en una biografía factual, en un relato seductor (en storytelling).

La voz del enemigo: los libros y las series indagan en la ultraderecha
CreditEditorial Aguilar

Porque, como dice el consultor de medios, empresario televisivo y depredador sexual Roger Ailes en La voz más alta —la serie que rebobina ante nuestros ojos cómo fue la fundación de Fox News a finales de los años noventa y sigue su peligrosa evolución hasta nuestros días— la mayoría de la gente “no quiere estar informada, sino sentirse informada”.

La búsqueda de genealogías políticas es global. Después de la serie italiana 1992, que contó el auge en esos mismos años de la Liga Norte y el proceso que llevó a Silvio Berlusconi a fundar Forza Italia en 1994, HBO España acaba de estrenar la serie documental El Pionero. La protagoniza Jesús Gil y Gil, quien además de llevar a cabo innumerables negocios inmobiliarios y de ingresar tres veces en prisión, fue presidente del Club Atlético de Madrid, alcalde de Marbella y al mismo tiempo columnista del berlusconiano programa de Tele5 Las noches de tal y tal, donde aparecía en una piscina rodeado de mujeres en biquini.

Paralelamente, en México se han estrenado Los días de Ayotzinapa, sobre esa herida que sigue abierta en pleno mandato de Andrés López Obrador; Un extraño enemigo, que narra el clima político y underground de 1968 a través de Fernando Barrientos, el turbio jefe de la dirección de seguridad nacional de la policía de México; y 1994, la docuserie de Diego Enrique Osorno sobre ese otro año clave de la historia reciente del país, el del asesinato de Luis Donaldo Colosio (candidato del PRI), el fin del gobierno de Carlos Salinas de Gortari, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio y el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas.

La centralidad del procedimiento de la genealogía en las narrativas actuales responde a la urgencia de encontrar explicaciones a nuestras angustias sobre todo políticas, pero también científicas, tecnológicas, culturales o ambientales. De generar (difíciles) sentidos. Muchos relatos documentales sobre el cambio climático o la inteligencia artificial, por ejemplo, también se articulan a través de líneas temporales que convierten fenómenos de una enorme complejidad en una secuencia comprensible de causas y efectos.

No es de extrañar que no solo los libros, sino también las series, estén generando genealogías que nos permitan entender mejor la polarización radical.

Por eso una de las series más relevantes de 2019 es Years and Years, que ha invertido esa lógica y ha creado una interesantísima genealogía inversa. En vez de usar los recursos habituales para reconstruir los motivos por los que nos encontramos en un futuro distópico —la investigación detectivesca, la arqueología, el flashback— Russell T. Davies nos cuenta la historia de la familia Lyons (y de Gran Bretaña y de Europa y del mundo) desde 2019 hasta 2034 acelerando hacia adelante.

En lugar de abordar la prehistoria del brexit, fabula sus consecuencias. Entre ellas, la central, es el ascenso de Vivienne Rook (Emma Thompson), una política populista que simula carecer de discurso para llegar al poder (e implantar un muy argumentado plan de genocidio).

Porque si la ciencia ficción es el nuevo realismo nos puede ayudar a identificar los Adolf Hitler, Gabriele D’Annunzio, Jesús Gil y Gil, Edvard Limónov, Silvio Berlusconi, Donald Trump o Jair Bolsonaro del inminente futuro.

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Mirar Netflix es mucho más contaminante de lo que piensas

Mirar Netflix es mucho más contaminante de lo que piensas

SERGIO PARRA

El 1 por ciento de las emisiones globales de C02 son generadas por ver vídeos online. Ver Netflix, pues, tiene un efecto significativo en el planeta. También leer (aunque leer libros en papel, en promedio, parece menos contaminante que leer online o en ebooks).

La transmisión y visualización de videos en línea genera 300 millones de toneladas de dióxido de carbono al año. Un tercio de esta cifra corresponde a vídeo bajo demanda tipo Netflix o HBO. El otro tercio, a pornografía. Esto significa que la visualización de videos pornográficos genera tanto CO2 por año como el que emiten países como Bélgica, Bangladesh y Nigeria.

Contaminación online

Son datos de un think tank francés llamado The Shift Project. A principios de este año, estimó que las tecnologías digitales producen un 4% de las emisiones de gases de efecto invernadero y que esta cifra podría elevarse al 8% para 2025. La definición de tecnología digital del informe incluye los centros de datos que almacenan y suministran contenido de Internet, junto con el equipo necesario para acceder a él, desde teléfonos hasta enrutadores de Wi-Fi. No incluye equipos digitales en automóviles y fábricas.

Volviendo solo a los vídeos online, los autores del informe utilizaron los datos de 2018 de las empresas Cisco y Sandvinepara calcular el tráfico global. Luego, estimaron la cantidad de electricidad que se usaba para transportar estos datos de video y verlos en diferentes dispositivos, desde teléfonos hasta televisores. Finalmente, estimaron las emisiones globales utilizando cifras promedio globales para las emisiones de carbono de la generación de electricidad.

La definición de “video online” del informe no incluye la transmisión de video en vivo como las videollamadas de Skype, “camgirls” o telemedicina, que representan otro 20 por ciento de los flujos de datos globales.

El cambio a videos de mayor calidad, como la resolución 8K, contribuirá a aumentar las emisiones. Lo mismo podría ocurrir con el lanzamiento de servicios de transmisión de juegos.

Una simple búsqueda en el buscador genera unos 7 gramos de dióxido de carbono. Para que os hagáis una idea de la cifra, hervir una tetera produce unos 15 gramos. Así que controlad vuestra curiosidad. O bebed menos té.

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Censura anticonstitucional a Otegi

Censura anticonstitucional a Otegi

Ayer España vivió uno de los momentos más negros en la historia de la democracia. No me refiero a la entrevista a Arnaldo Otegi en el Canal 24 horas de TVE, sino a los intentos anticonstitucionales de censura por parte de los llamados partidos constitucionalistas. Ayer, en pleno siglo XXI, la derecha española representada por PP, Cs y Vox intentaron hurtar a la ciudadanía el derecho recogido en el artículo 20 de la Carta Magna, que determina que todas las personas tienen derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, al tiempo que indica que esto no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa.

Resulta lamentable que la derecha, cada vez más ultra en todas sus ramificaciones, impida escuchar el testimonio del líder de un partido político democrático, EHBildu, que se ha constituido en Euskadi como una de las formaciones que más ayuntamientos gobierna. Amordazar a un representante político de un partido como EHBildu, que va cobrando más peso año a año y que, para el pesar de esa España intransigente, ha jugado un papel esencial en el cese del terrorismo de ETA, es una barbaridad. Porque si las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, así como la sociedad española en general y la vasca en particular han sido protagonistas en la desaparición de ETA, el espacio político abierto por EHBildu no puede menospreciarse como hace una parte de la población.

La entrevista que tuvo lugar anoche, esa de la que tantas personas se atreven a opinar hoy sin siquiera haberla escuchado, fue la primera vez en mucho tiempo en que se pudo oír la voz de Otegi, que ha cumplido la pena impuesta por la justicia, a pesar de que el mismo Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo sentenció que no había tenido un juicio justo. La ciudadanía tiene derecho a formar su propia opinión sobre él y sobre EHBildu escuchándolo en primera persona, no en base a lo que los exaltados de Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal dicen.

Las víctimas mortales de ETA desde 1968 se cifran en 864. Una auténtica tragedia; una barbaridad que jamás debió ocurrir porque aquella violencia jamás estuvo justificada. Las mujeres asesinadas por la violencia de género, sólo desde 2003, superan las 1.000 víctimas… y siguen sumando. Ojalá que todas esas personas a las que les importa más escuchar de boca de Otegi una condena a ETA en lugar de verle realizar movimientos políticos encaminados hacia la paz, fueran tan contundentes en la condena de la violencia de género, en lugar de aliarse con quienes la banalizan o, incluso, que la fomentan promoviendo la prostitución.

La realidad es una: EHBildu y Otegi rechazan el terrorismo, reconocen su responsabilidad en el dolor causado -incluso diciendo barbaridades como apostillar “más daño del necesario”– y están comprometidos con la construcción de la paz. Totalmente de acuerdo en que hay muchos hechos que se le pueden reprochar, pero ¿avanzamos en esa construcción de la paz centrándonos en esos reproches en lugar de dar voz a quien elección tras elección cuenta con más apoyo de la ciudadanía? Porque si de reproches hablamos, no podemos obviar que el terrorismo de Estado de los GAL, entre 1983 y 1987, asesinó a más de 25 personas en sus atentados, así como que más del 60% de los crímenes de la guerra sucia contra ETA siguen impunes. Si queremos centrarnos en las condenas de crímenes atroces, comencemos por lo anterior, porque esta derecha rancia, heredera de un modo un otro del franquismo, condene esa Dictadura que tanto daño hizo y sigue haciendo a España. Ni lo han hecho ni lo harán, pero quienes queremos avanzar en una democracia real que no llega, no nos quedamos anclad@s en eso… como Otegi no se cogerá un mes de baja por las barbaridades que ayer la derecha y ultra-derecha dijeron de él.

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Pasar de la radio a la tele es como pasar de la idea a la realidad, del mundo infantil al adulto, del orden lógico al ontológico

JUAN JOSÉ MILLÁS

Control de un estudio de radio de Onda Cero.
Control de un estudio de radio de Onda Cero. ATRESMEDIA

En la radio se habla con frecuencia de la televisión, pero en la televisión jamás se habla de la radio. Consideramos que la televisión es la realidad y la realidad se limita a suceder. Los crímenes suceden; los asaltos suceden; los exámenes de selectividad suceden; los accidentes de circulación suceden; las broncas parlamentarias suceden, y nosotros, desde la radio o los periódicos, efectuamos la crítica de lo que sucede. La radio valora lo que hace la tele, pero a la tele le importa un rábano lo que hace la radio. La tele proyecta realidad, escupe realidad, la tele lo configura todo. Por eso en la radio se habla de ella mientras que en ella jamás se habla de la radio.

La radio practica un discurso extramuros. Se asoma al mundo y cuenta lo que ocurre en él. Lo cuenta con asombro, con rabia, con pena, como dolor, con alegría, con tristeza o euforia. Pero la radio habla sabiendo que ella no forma parte del tinglado. También los periódicos tienen secciones dedicadas al análisis de los contenidos de la tele. Solo de forma excepcional se escribe en ellos de lo que sucede en la radio porque la radio es metafísica allá donde solo interesa la física. Cuando una estrella de la radio da el salto a la tele, se considera que progresa adecuadamente. Cuando sucede al revés, la estrella ha comenzado su declive. Pasar de la radio a la tele es como pasar de la idea a la realidad, del mundo infantil al adulto, del orden lógico al ontológico.

Cuando vas por la calle tras haber salido en la tele, la gente te dice: “Te vi en la tele”. No comentan lo que hiciste o dijiste porque el único sentido de salir en la tele es el de salir en la tele. Salir en la radio constituye, en cambio, un modo de entrar, aunque ignoramos dónde.

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Qué se puede esperar del regreso de ‘Black Mirror’

Netflix estrena el próximo miércoles 5 de junio la quinta temporada de ‘Black Mirror’, compuesta de tres capítulos tan inquietantes como cabía esperar y cada uno enmarcado dentro de un género distinto.

El actor Andrew Scott, en un capítulo de Black Mirror. Netflix.
El actor Andrew Scott, en un capítulo de Black Mirror. Netflix.

MARÍA JOSÉ ARIAS

Black Mirror es una marca tan potente que no es raro escuchar o leer la muletilla “parece un capítulo de Black Mirror” cuando se comentan algunas noticias del mundo real. Su crítica a cómo el ser humano utiliza de forma negligente y abusiva la tecnología no es que invite a reflexionar, es que obliga a hacerlo merced a un manera de contar las cosas muy particular, muy suya.

La serie de Charlie Brooker no plantea –en la mayoría de los casos– un futuro por llegar con coches voladores y robots por doquier, sino un futuro que en realidad es o podría ser presente en el que una aplicación de citas controla el tempo de las relaciones y un videojuego puede suplantar la vida real.

En su regreso a la que es su nueva casa desde la tercera temporada, la quinta tanda de episodios que llega hoy a Netflix se compone de tres entregas con un tema claro desde el principio que quieren abordar. Diferentes en tono, narrativa y estética, cada una aporta una muesca más a una serie que de por sí siempre da de qué hablar. Para esta ocasión han apostado por una historia de adolescentes, otra de secuestros y otra de videojuegos y realidad virtual. Esto es, sin spoilers, lo que se puede esperar de los nuevos episodios de Black Mirror. No hay orden, así que pueden verse cómo se quiera sin importar cuál va primero o después.

‘Añicos’ (70 minutos)

La sinopsis oficial resume de qué trata este episodio como “un taxista con un plan secreto se convierte en el centro de atención en un día en el que todo se descontrola”. El conductor en cuestión al que se refiere está interpretado por un Andrew Scott que se mete en la piel de un hombre atormentado por un suceso trágico que lo cambió todo y que hace que se obsesione hasta el punto de secuestrar al trabajador de una empresa (Damson Idris) para conseguir lo que quiere, hablar con el dueño de la misma (Topher Grace).

Descubrir el porqué tiene tanto interés Chris es hablar con quien se ha hecho multimillonario gracias a la creación de una red social es parte del interés de un capítulo cargado de tensión emocional. El sentimiento de culpa y la adicción a las notificaciones que suelen llegar en forma de favoritos o me gusta se aborda desde la perspectiva de un drama personal muy profundo que sirve para el lucimiento de Scott. Smithereens se carga de una tensión contenida y liberada que mantiene con el corazón en un puño hasta el final como toda buena historia con rehenes.

‘Rachel, Jack y Ashley Too’ (67 minutos)

En su línea de facilitar sinopsis lo más crípticas posibles para no desvelar demasiado en una serie donde los spoilers pueden realmente arruinar el placer de su visionado, la publicada por Netflix para Rachel, Jack y Ashley Too es que “una adolescente solitaria sueña con conectar con su estrella pop favorita, una artista cuya existencia no es tan bonita como parece…”. Bajo esa premisa y con Miley Cyrus como gancho, este capítulo está escrito como una de género adolescente sobre la imagen que se proyecta a los demás y cómo se es realmente.

Lo que se puede esperar de él es esa búsqueda de identidad de cada uno de los personajes, a su manera, con sus tiempos y con un artilugio tecnológico resultando clave para la relación que establece el personaje de Cyrus con las dos hermanas interpretadas por Angourie Rice y Madison Davenport, tan diferentes en su forma de vestir como en su manera de afrontar la muerte de su madre. Resulta inevitable ver Rachel, Jack y Ashley Too y no acordarse de cuando Cyrus era Hannah Montana. El paralelismo es evidente.

‘Striking Vipers’ (61 minutos)

“Dos antiguos amigos de la universidad se reencuentran y viven una serie de acontecimientos que podría alterar sus vidas para siempre”. Sin desvelar cuáles son esos sucesos que cambiarán el curso de su existencia (o no), sí se puede decir sin miedo a revelar demasiado que Striking Vipers es un videojuego de realidad virtual con estética retro que resulta de suma importancia en el desarrollo de los hechos que se narran.

Anthony Mackie, Yahya Abdul-Mateen II, Nicole Beharie, Pom Klementieff,y Ludi Lin dan vida a los principales protagonistas de un capítulo con un poco menos de drama que los otros dos, pero con sus dosis de diversión, crisis personal, acción y sexo virtual. Todo muy Black Mirror para poner sobre la pantalla la discusión de dónde acaba la persona y dónde empieza su avatar y cuál de los dos es más real, el de carne y hueso o el hecho de píxeles. Dónde se es uno mismo es la gran pregunta que se aborda aquí.

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Los Siete Reinos cruzan al otro lado del espejo

El final de ‘Juego de tronos’ crea un vacío que va más allá del ocio y la ficción (este artículo no contiene ‘spoilers’)

GUILLERMO ALTARES

Maisie Williams como Ayra Stark en 'Juego de tronos'.
Maisie Williams como Ayra Stark en ‘Juego de tronos’. EL PAÍS

Al principio de La orgía perpetua, su ensayo sobre Flaubert, Mario Vargas Llosa resume la influencia que la ficción puede tener sobre la realidad a través de una frase sobre un personaje de Balzac que se atribuye a Oscar Wilde: “La muerte de Lucien de Rubempré es el mayor drama de mi vida”. Se trata de una sentencia que difícilmente se puede aplicar a Juego de tronos, porque demostró desde su primera temporada que no era prudente tomarle demasiado cariño a un personaje porque podía ser decapitado, torturado o apuñalado en el capítulo siguiente. Sin embargo, la frase con la que prosigue el escritor peruano su texto sí tiene todo el sentido: “Un puñado de personajes literarios han marcado mi vida de manera más durable que buena parte de los seres de carne y hueso que he conocido”.

Después de ocho años, la serie basada en las novelas de George R. R. Martin llega a su fin, e incluso aquellos espectadores que tienden a confundir a la mayoría de los personajes —ocurre algo parecido en una reunión de antiguos alumnos: te suenan las caras, pero eres incapaz de ponerles un nombre— sentirán algún tipo de vacío que va mucho más allá de su ocio. Juego de tronos ha irrumpido de forma tan rotunda en la realidad que algunos lectores amenazaron a Martin para que terminase sus novelas de una vez, mientras que una petición popular para que los guionistas cambien la última temporada ha alcanzado el millón de firmas.

Los lectores americanos de Charles Dickens esperaban en los puertos a que llegasen los barcos de Inglaterra para poder leer las nuevas entregas de sus grandes novelas. Las cosas no han cambiado mucho: semana tras semana se esperan los nuevos capítulos, un vacío que se convierte en meses o años entre una temporada y otra. Unas generaciones han crecido con una parte de su imaginación capturada por una galaxia muy lejana, otras, por dos pisos de amigos en Manhattan o por los barrios bajos de Baltimore. Ahora que los Siete Reinos se han desvanecido y sus personajes continúan su existencia al otro lado del espejo, lejos de nuestra mirada, seguiremos yendo al puerto a esperar a que aparezca en el horizonte un buque capaz de cumplir con las exigencias de nuestra imaginación, que son también las de la vida

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