Vísteme despacio

Si en enero de este año alguien te cuenta que ha visto una película donde una pandemia mundial colapsa al mundo entero, donde de repente muere muchísima gente y la economía entra en recesión, no te lo crees. Pero además, y mientras todo se para, en la película el virus ataca de forma muy rápida y más de 200 laboratorios empiezan una carrera por llegar cuanto antes a una vacuna que salve al mundo entero. Un guión de película mala de superhéroes. Eso es lo que estamos viviendo. Un momento histórico con un mal guión. Pero eso no debería de ser malo. Si ocurre como en los guiones previsibles, que cuando algo sale mal en el desarrollo de esa vacuna, paralizan su proceso para estudiar bien lo que está ocurriendo y seguir con la máxima seguridad posible. Pues eso: Vísteme despacio (podría ser el título de la peli).
Mi colaboración de esta semana para Uppers

Vísteme despacio

¿Es la ketamina la nueva oxicodona?

¿Es la ketamina la nueva oxicodona?Durante muchos años, la ketamina se ha empleado ilegalmente como una droga recreativa que procuraba unos ‘viajes’ psicodélicos. Su uso clínico se remonta a la década de los años 70, cuando ya comenzó a utilizarse como anestésico, incluso, en la práctica veterinaria, con los caballos como sus mayores receptores. Su uso clínico en personas fue perdiendo peso debido a sus efectos secundarios pero ahora podría estar viviendo una segunda juventud, aplicándose para tratar la depresión.

Hace ya catorce años, algunos estudios barajaron la posibilidad de que pudiera tener efectos beneficiosos a la hora de tratar este tipo de trastornos. A diferencia de los antidepresivos tradicionales, con los que se tarda meses en percibir mejoría, la ketamina actúa en cuestión de horas, prologándose en el tiempo. En cuatro o cinco horas ya se perciben resultados sorprendentes.

El punto de inflexión llegaría en 2019, cuando tanto en EEUU como en Reino Unido apareciera una versión en formato aerosol nasal, llamado esketamina, aprobándose su uso para tratar la depresión. Sobre el papel, la aplicación de esta sustancia estaría restringida para los casos más graves o en aquellos en los que los antidepresivos habituales no tienen efecto –algunos estudios disparan hasta el 40% el número de casos en los que sucede esto.

Mientras que cuando se aborda en clínicas se inyecta por vía intravenosa –que es mucho más barato- cuando se prescribe para uso particular la ketamina llega en formato de aerosol nasal. Este mismo año o ya en 2021 podría a comercializarse éste último aquí en España. Tanto en uno como en otro caso, los anuncios promocionales por parte de clínicas privadas han encendido todas las alarmas en EEUU y Reino Unido.

Redes sociales como Instagram comienzan a difundir anuncios prometiendo el remedio de los remedios. Detrás de muchas de estas publicidades se encuentran las falsas promesas alrededor de la ketamina, erigiéndola al estatus de panacea de salud, de solución para todo tipo de situaciones, desde problemas para relacionarse con los demás a depresión, pasando por baja confianza en un@ mism@. Este tipo de tratamientos no son especialmente baratos, rondando los 1.000 dólares por cuatro sesiones.

¿Es la ketamina la nueva oxicodona?
Anuncio de Mindbloom Medical Group en Instagram.

¿Qué temen algunos expertos? Que la popularización de la sustancia se vaya de las manos. Ha sucedido en EEUU, tal y como relata el periodista Sam Quinones en ‘Tierra de Sueños’ (Capitán Swing), cuando una legislación laxa, la mala praxis de la industria farmacéutica y un abuso en las prescripciones ha derivado en una epidemia de adicción a la oxicodona (opiáceos), abriendo incluso la puerta al narcotráfico de la heroína. Reino Unido también vivió algo parecido con el Xanax,  cuyo consumo se disparó entre adolescentes que se autodiagnosticaban y automedicaban su ansiedad, terminando muchos de ellos adictos a la droga.

Ese es el gran riesgo, la automedicación que en el campo de los medicamentos genéricos ha desembocado a una resistencia a los fármacos y en el caso de la ketamina podría terminar en otra pandemia de adicción al estilo de la oxicodona en EEUU. Detrás, dos factores pueden promover este desenlace fatal, por un lado, el negocio millonario detrás de estos productos. Por otro, las ansias de las personas por acabar con el sufrimiento. Si detrás de la adicción a los opiáceos se encontraba el deseo de acabar con el dolor físico, tras la ketamina sucedería lo mismo con el mental. Además, y esa algo a tener muy presente, la pandemia del coronavirus amplifica aún más los riesgos, puesto que los casos de ansiedad y depresión se han disparado, tendiendo la alfombra roja a esta automedicación que podría desembocar en efectos indeseados.

 

 

 

 

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Negacionistas, la internacional del odio

JORGE FONSECA

Profesor de Economía Internacional en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Científico de ATTAC

Concentración de negacionistas de la covid-19 en la plaza de Colón de Madrid. EFE
Concentración de negacionistas de la covid-19 en la plaza de Colón de Madrid. EFE

Las manifestaciones en España y Argentina de negacionistas de la pandemia que se oponen a la cuarentena, al uso de mascarillas y demás medidas de prevención del contagio de covid19, forman parte de la estrategia basada en el odio para deslegitimar y acosar a gobiernos progresistas, manipulando a parte de la población, que enfrenta una dura situación sanitaria, económica y anímica.

El rechazo a la cuarentena y la acusación de que es una medida autoritaria de los gobiernos progresistas de España y Argentina, tiene antecedentes en el manifiesto de abril del batallón  de agitprop internacional de ultraderecha neoliberal encabezado por Vargas Llosa, (“el hechichero de la tribu”  que reconoce que le encanta “escribir mentiras que parezcan verdades”, como le caracterizó Atilio Borón), además de los expresidentes Mauricio Macri y José Mª Aznar, junto a  Patricia Bulrich, Álvarez de Toledo, Esperanza Aguirre y el imputado por terrorismo de Estado en Colombia, Álvaro Uribe.

No es casualidad que con un día de diferencia en Madrid y Buenos Aires (además de otras ciudades argentinas) hace unos días se convocaran manifestaciones  con las mismas consignas: el virus es una farsa, es como una gripe, la cuarentena es privación de libertad, no a las vacunas, sí al dióxido de cloro (en Argentina se investiga si pudo causar la muerte de un niño), y no a las mascarillas. En Madrid pocos de los dos millares de manifestantes las usaron;  ya hay uno de ellos hospitalizado con covid19.Tampoco es casualidad que el 27 de julio, se realizara en Madrid una reunión de negacionistas de la pandemia, bajo la denominación de “médicos por la verdad”, con discursos políticos de extrema derecha y muy poco de medicina, con argumentos falsos sobre el virus, su tratamiento o el uso de mascarillas. Tres de los ponentes eran argentinos: Ramiro Salazar afirmó que “estamos frente a un plan global para someter los pueblos del mundo”, mientras que Cornu, en línea con  Trump y Abascal señaló a China como origen y  manipulador de la epidemia. Chinda Brandolin, (participante en algún foro filonazi) aseguró que “el último fin de la falsa pandemia es imponer por la fuerza un régimen comunista…como ya estamos viendo en España o Argentina…” y anunció que en Argentina habían “concertado con corporaciones médicas muy numerosas para parar el país”. Además afirmó que esta “maniobra política generalizada… trata de quebrar las economías nacionales” y defendió la vía del contagio  para conseguir la denominada “inmunidad de rebaño”.

La masacre para inmunizar “al rebaño”

Una semana antes Salazar había encabezado la lista de firmantes (que incluía a Cornu) del comunicado  dirigido al presidente  argentino Alberto Fernández en el que se criticaba la cuarentena y se defendía la “inmunidad innata” y “natural celular… de anticuerpos por vía del contagio”, o “inmunidad de rebaño”, que es una lógica que prioriza los beneficios privados a costa de la población y que subyace en las estrategias de Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil y Johnson en el Reino Unido, países que en conjunto suman casi diez millones de contagiados y más de 330 mil muertos por covid19. La “inmunidad de rebaño” está cuestionada por los numerosos casos de recaídas de muchos contagiados,  y evitar o reducir la cuarentena para conseguirla no impide la recesión, como se vio en Reino Unido, donde hubo una elevada mortalidad y la quiebra económica (20,4% de caída del PIB en el 2º trimestre) fue peor que en España. En cualquier caso es un despropósito, pues para conseguir que los sobrevivientes adquieran una supuesta inmunidad, habría que dejar que se contagie al menos 60% de la población. Esto en España implicaría 28 millones de personas contagiadas y más de 2 millones de muertos  y  en Argentina más de 27 millones contagiadas y más de medio millón de muertos, considerando sus porcentajes de letalidad (es decir de contagiados confirmados  que han muerto). Estaríamos ante un genocidio

La negación de la evidencia que la cuarentena evitó una descomunal mortalidad

En la reunión en Madrid, la española Natalia Prego afirmó que la epidemia es una farsa y que, si en España la hubo, había llegado a su fin en abril considerando los datos de contagios y muertos en esa fecha. Esta conclusión oculta el hecho decisivo que la reducción en ambas variables se debió al efecto de la cuarentena iniciada en marzo y las demás medidas de prevención adoptadas, y que ellos rechazan,  como uso de mascarillas y distancia social. Sin ellas se hubiese multiplicado exponencialmente el número de contagios y muertos, como se infiere de los datos: las muertes por los contagios producidos antes del periodo de confinamiento se concentraron en torno a la última semana de marzo y la primera de abril, rozando los mil por día (1342, si nos basamos en el “exceso de muertes”) el 31 de marzo; luego fueron decreciendo por efecto de la cuarentena, hasta  menos de 100 diarios en junio. De marzo a junio hubo elevado “exceso de muertes” respecto a lo normal en muchos países: en España el exceso fue de 56%, en Reino Unido 45%,  en Italia 44% y en EEUU 23%%. Pero el exceso fue mucho mayor en las regiones más afectadas de cada país (en Madrid fue de 157% y  en Nueva York 208%). Si no hubiese habido cuarentena, las muertes, que en España a fines de marzo se duplicaban en una semana,  hubieran seguido creciendo exponencialmente y en pocos meses hubiesen sumado cientos de miles, además de provocar un descomunal colapso sanitario, económico y social. Aún suponiendo –ilógicamente-  que sin cuarentena el número de contagios en España no hubiera crecido exponencialmente y que las muertes se hubieran mantenido en torno a 1000/1300 diarios como el 31de marzo, al mes hubieran sumado entre 30 mil y 40 mil, cifras que en proyección anual equivalen a 360 mil/480 mil fallecidos solo por covid19, equivalente al 0,8% de la población.

Que las muertes no estropeen los beneficios de los superricos

Sería aventurado extrapolar ese 0,8% a nivel planetario (equivaldría a 64 millones de fallecidos en un año), pero de los datos se puede deducir que sin cuarentena hubiésemos tenido muchos millones de muertos por covid19 en el mundo. Una situación que ya anticipaba el informe de la OMS de septiembre de 2019, A World At Riskque hablaba de 50 a 80 millones de muertos por una posible pandemia:

“Si bien la enfermedad siempre ha formado parte de la experiencia humana, una combinación de tendencias mundiales, que incluye la inseguridad y fenómenos meteorológicos extremos, ha incrementado el riesgo… y … el espectro de una emergencia sanitaria mundial se vislumbra peligrosamente en el horizonte.(…) nos enfrentamos a la amenaza muy real de una pandemia fulminante, sumamente mortífera, provocada por un patógeno respiratorio que podría matar de 50 a 80 millones de personas y liquidar casi el 5% de la economía mundial. Una pandemia mundial de esa escala sería una catástrofe y desencadenaría caos, inestabilidad e inseguridad generalizada. El mundo no está preparado. (…).El mundo necesita establecer de forma proactiva los sistemas y compromiso necesarios para detectar y controlar posibles brotes epidemiológicos. … Ha llegado el momento de actuar… El mundo está en peligro, pero colectivamente tenemos las herramientas para salvar a las poblaciones y las economías. Lo que necesitamos es liderazgo y la voluntad de actuar con firmeza y eficacia.”

No hubo ni liderazgo ni voluntad ni preparación. Sí intereses.  En un mundo dominado por las grandes potencias, donde EEUU es país hegemónico y  el G7  virtual Consejo de Administración Global, era de esperar que fueran ellos quienes convocaran a organizar los sistemas de prevención ante la previsible pandemia. Pero el gobierno de Trump, estaba adscrito a la teoría conspirativa de QAnon, el grupo ultraderechista surgido cuando Steve Bannon era su asesor y le diseñó la estrategia que le llevó a la presidencia. Esta estrategia combina neoliberalismo (reducción de salarios y derechos) con chauvinismo corporativo (apoyo a las transnacionales “locales”)  e incluye el uso sistemático de fake news y lawfare. También  una teoría conspirativa que sitúa a Bill Gates y George Soros como parte de una red que pretende dominar el mundo, ahora también con el virus. Como si estos millonarios, y otros como Bezos o Zuckerberg, sus empresas Microsoft, Google, Apple, Facebook, Amazon o BlackRock, no tuviesen   ya un inmenso poder de dominación global, lo que les permite usar la pandemia –incluyendo la competencia por la vacuna- y el miedo que provoca para acrecentar fortunas y poder.

Generar odio y utilizarlo

Las políticas antiderechos practicadas por Trump y emuladores generan rabia y odio en los perjudicados. Bannon ha defendido abiertamente la idea que “el odio y la ira son motivadores”, es cuestión de saber aprovecharlos, y con esa filosofía asesoró a líderes ultraderechistas de Europa, (Salvini de Italia, Le Pen de Francia, Orbán de Hungría, ideólogos de VOX de España), y de América Latina (Bolsonaro y otros), construyendo una auténtica “internacional del odio”, que intenta desestabilizar gobiernos democráticos progresistas, con campañas de acoso –incluyendo asedio personal y familiar a sus miembros como está ocurriendo en España-, tratando de impedir políticas sociales y de imponer un orden social global que combina el neoliberalismo con elementos clásicos del fascismo. Sus “imanes” discursivos también atacan a movimientos igualitarios que unen a la humanidad en todo el mundo en contra del odio: al feminismo no solo porque defiende la igualdad de género sino porque sitúa los cuidados, la igualdad y los derechos humanos en el centro de la vida y de la economía, articulando al movimiento social que defiende servicios públicos, las pensiones o la renta ciudadana; el neoliberalfascismo ataca también al ecologismo, porque une globalmente a quienes luchan por un futuro para la humanidad y la naturaleza, lo que perjudica los intereses de las grandes corporaciones extractivistas; ataca a los movimientos antirracistas porque jaquean la pretensión supremacista de países hegemónicos con predominio de fenotipo “caucásico”; ataca la cultura, porque representa el goce, el pensamiento y la memoria, lo opuesto a su orden basado en la opresión y el miedo.

La “internacional del odio”  ha convertido la pandemia  en un arma neoliberal de destrucción, pues la negación de ella no solo justifica el mantenimiento normal de las actividades que son la fuente de sus beneficios, sino también la vulneración de la salud y los derechos de los trabajadores expuestos al virus; también la eliminación de parte de la población “improductiva”, los mayores, con lo que se reduciría el gasto público en pensiones y sanidad, permitiendo la rebaja de impuestos a las rentas del capital. Mientras recrudece la pandemia, y nos hacen discutir sobre las mascarillas, el odio cotiza en los mercados y aumenta beneficios de los más ricos.

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Mascarita sagrada

BÁRBARA ANDERSON

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Un cubrebocas descartable cuesta 10 pesos. ¿Cuánto puede afectar este objeto en el PIB? Bastante. Así lo analizaron los economistas de Goldman Sachs (GS), quienes publicaron un estudio (Face Masks and GDP) donde revelan el impacto en la economía de EU del uso del cubrebocas.

Hasta fines de marzo, la OMS advertía que no había evidencia que sugiera que el uso masivo de cubrebocas tuviera algún beneficio potencial. Eso llevó al confinamiento mundial más impresionante jamás planeado, que redujo el PIB global en un 10% en la primera mitad del año. Pero, a medida que avanzaron las evidencias científicas que revelaban que bloquear nariz y boca sí reduce el riesgo de contagio, pasó a convertirse en estratégico para protección social.

Según Goldman Sachs, un aumento de 15 puntos porcentuales (pp) en la proporción de población estadunidense que use cubrebocas reduciría en un punto porcentual el crecimiento diario de casos, lo que evitaría la necesidad de recurrir a confinamientos, mismos que equivalen a 5% del PIB de ese país. The Economist con este mismo análisis calculó que si un solo estadunidense usa cubrebocas, estará ayudando a evitar una caída del PIB de 56.14 dólares por día.

“El PIB mexicano es aproximadamente 1/20 del de EU, por lo que nuestra contribución sería modesta, de 2.8 dólares al día”, dice Manuel Molano, economista del Imco; “sin embargo, el valor estadístico de la vida de un mexicano está entre 200 y 800 mil dólares, es el valor de lo que dejamos de agregar al PIB durante el resto de nuestras vidas. Pero en realidad cuando muere alguien se pierde un valor incalculable”.

Si hacemos el triste cálculo de multiplicar los 60 mil muertos por covid-19 por estos valores, esta pandemia está costando a México en vidas entre 12 mil y 48 mil mdd.

El impacto de usar cubrebocas sería incluso mayor aquí, porque el porcentaje de la población que puede hacer home office es menor al de EU, así como la cantidad de personas que viven de micronegocios (38% de los empleos) que tienen que salir para sobrevivir. Y otro factor es que el confinamiento afecta más a una economía análoga que a una digitalizada.

¿Sirve realmente el cubrebocas? Con información en tiempo real (qué envidia), GS pudo comparar que en los estados donde comenzó a ser obligatorio usar cubrebocas se reducía la tasa de crecimiento de la infección en 1.3 pp en los 11-15 días posteriores al anuncio. Además, las defunciones en estos estados decrecieron 2.4 pp en los 11-15 días posteriores al anuncio y 3.7 pp hasta 29 días más tarde. Luego compararon estas gráficas con otros países que comenzaron a obligar el uso de cubrebocas (sobre todo en Asia y Europa): los casos acumulados semanales pasaron de 17.3 a 7.3% y las muertes acumuladas bajaron de 29 a 16% en ese lapso.

“Usaré cubrebocas cuando ya no haya corrupción”, dijo días atrás el presidente López Obrador. Tal vez evitarnos con ello una caída del PIB puede ser una razón tan loable como la subjetiva interpretación sobre qué es y qué no es corrupción.

barbara.anderson@milenio.com

Negacionistas de la inteligencia

Negacionistas de la inteligencia
Negacionistas ayer en Colón / EFE/ Fernando Alvarado

He de admitir que, tras ver las imágenes de la manifestación negando la pandemia del COVID-19 que tuvo lugar ayer en la Plaza de Colón, he de hacer esfuerzos por contener mi lenguaje. Intento ponerme en los zapatos de un/a profesional sanitari@ y no consigo terminar de hacerme una idea de la ira, la impotencia y la frustración que esos miles de personas les habrán provocado. Quizás en esta segunda oleada tenemos que dejarnos de los paternalismos del Gobierno y la candidez mediática y comenzar a publicar las imágenes y los testimonios de ese personal sanitario al que seguimos olvidando a día de hoy después de todo lo que han hecho por nosotr@s.

Más de 21,6 millones de casos positivos y unas 775.000 personas muertas en todo el mundo tiran por tierra los argumentos de quienes ayer se concentraron en Colón. Es cierto que esta pandemia trae consigo un puñado de contradicciones, de palos de ciego, de falta de transparencia… Sin embargo, de ahí a negar los efectos del coronavirus, minimizar el riesgo sanitario y saltarse todas las medidas de protección hay un buen trecho.

Por citar un ejemplo, no parece lógico que limitemos las reuniones sociales a diez personas y a escasos veinte días de la vuelta al cole mantengamos unas ratios de 25 alumn@s por clase. Es una de las muchas contradicciones que nos ha traído la gestión de esta crisis sanitaria. Hay más, como el veto a la cultura mientras se ha tenido manga ancha con los transportes o la hostelería. Si las negáramos nos convertiríamos en negacionistas también porque, esto del negacionismo es contagioso.

Tan negacionistas de la inteligencia son l@s apelotonad@s sin mascarilla ni distancia de seguridad ayer en Colón como quienes no se cuestionan la narrativa contradictoria y opaca que nos llega de esta pandemia. Ojalá no tuviéramos una segunda oportunidad para resolver ambos tipos de negacionismo, pero la tenemos. La cifra de contagios crece en todo el mundo, se acelera y, a las puertas del otoño, hace temer lo peor. En esta segunda ola del COVID-19, ese que decían que con la llega del calor nos daría tregua, hemos de abandonar los mensajes edulcorados, los paternalismos gubernamentales. Menos aplausos y más imágenes de enfermos intubados boca abajo; menos discursos diarios pasando la mano por el lomo a una ciudadanía confinada y más realismo con las cifras de personas que han muerto y que van a morir.

Y, para otro artículo, dejamos el análisis de dónde estaba ayer en Colón la policía que vemos en un desahucio o en una concentración estudiantil… Leer que ahora se investigará lo sucedido en Madrid es más propio de un guión cómico que de una Administración seria.

https://blogs.publico.es/david-bollero

“En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país controle la pandemia”

El matemático especializado en análisis de brotes infecciosos publicó a comienzos de año Las reglas del contagio. Este libro, casi profético, explica cómo se transmiten las enfermedades, pero también las ideas, el pánico, la violencia, los memes, los bulos y hasta los cuentos de hadas. Hablamos con él aprovechando que el libro acaba de ser publicado en español.

“En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país controle la pandemia”
Pexels – Julio Perez

Autor: Sergio Ferrer.

Adam Kucharski (Reino Unido, 1986) perdió la capacidad de andar con tres años. El diagnóstico: síndrome de Guillain-Barré. Quizá por eso, aunque estudió matemáticas y fue becario en bancos londinenses, acabó por centrar su carrera en el análisis matemático de los brotes infecciosos.

En 2015 volvió a encontrarse con la enfermedad rara que había amenazado su vida de pequeño, esta vez en forma de brote en varias islas del Pacífico. El responsable era el —por entonces poco conocido— virus del zika, que acabaría por causar una epidemia en América. Kucharski se dedicó entonces a investigar la evolución de esta enfermedad y, posteriormente, la del ébola.

En Las reglas del contagio (Capitán Swing, 2020) Kucharski explica cómo se transmiten y extienden las enfermedades, pero asegura que estas normas van más allá de virus y bacterias. Violencia, crisis económicas, ideas, suicidio, felicidad, obesidad, pánico, bulos e incluso cuentos de hadas son susceptibles de seguir estos patrones.

El libro se publicó en inglés el 13 de febrero, justo el día en que Valencia registró la primera muerte por coronavirus en España aunque, por aquel entonces, nadie lo supiera. Hablamos con Kucharski sobre cómo se transmite la COVID-19… y cómo evitarlo conforme los países intenten volver a la normalidad.

¿Entendemos las reglas del contagio de la COVID-19?

Entendemos ciertos patrones en su crecimiento, sobre todo conforme los países relajan sus medidas y vemos rápidos estallidos. Aun así, quedan interrogantes sobre la transmisión, por ejemplo el papel de los niños y de la gente sin síntomas claros.

“Hemos visto países que han bajado hasta los diez casos diarios y ahora cuentan miles al día. Incluso si tienes al virus bajo control, enseguida puedes enfrentarte a una situación que requiera distanciamiento o confinamientos”

La regla del contagio más importante ahora mismo es lo rápido que podemos perder el control sobre los brotes. Hemos visto países que han bajado hasta los diez casos diarios y ahora cuentan miles al día. Incluso si tienes al virus bajo control, enseguida puedes enfrentarte a una situación que requiera distanciamiento o confinamientos.

Es crucial que encontremos formas de detener lo que está pasando y para ello vamos a necesitar innovar con mejores datos y respuestas. El gran cambio a partir de ahora será movernos desde reglas y tasas de crecimiento a escala poblacional a medidas de control mucho más locales.

Habla de la transmisión que “no podemos ver”. En ese sentido, ¿se parece la COVID-19 a una enfermedad de transmisión sexual que se extiende de manera silenciosa entre la población?

Desde un punto de vista teórico esa es, en gran parte, la razón por la que ha sido tan difícil de controlar. Con el SARS y la viruela la gente tenía síntomas claros cuando eran contagiosos, así que contener el brote era más directo si tenías recursos.

Como el coronavirus tiene transmisión antes de los síntomas, para cuando alguien aparece en el hospital la infección ya ha pasado a otras personas que pueden estar a punto de infectar a otras. En ese sentido comparte características con enfermedades como el sida, en las que puedes tener una gran transmisión sin detectar antes de darte cuenta de que hay un brote.

¿Cómo podemos saber la efectividad de las medidas de control?

Es muy difícil saber exactamente qué está teniendo qué efecto, pero podemos mirar lugares que han aplicado medidas en secuencias diferentes. Por ejemplo, en Alemania las mascarillas se introdujeron en distinto orden en algunas áreas y eso hizo posible estimar el efecto de que la gente las lleve. Lo mismo con los colegios, que están abriendo de distintas maneras en cada lugar. Será muy importante intentar aprender tanto como podamos de la variación que veamos entre países.

En otras palabras, estamos inmersos en un experimento global queramos o no.

Esencialmente, sí. Es un juego global de ensayo y error. Tenemos que entender las causas por las que algunos países relajaron las medidas demasiado pronto e intentar aprender lo más rápidamente posible cómo mejorar.

En su libro asegura que “en los análisis de los brotes, los momentos más importantes no suelen ser aquellos en los que tenemos razón. Son esas ocasiones en las que nos damos cuenta de que estábamos equivocados”. ¿Cuándo nos dimos cuenta de que estábamos equivocados con la COVID-19?

“Existe la idea de que los modelos matemáticos son bolas de cristal que pueden darnos todas las respuestas, cuando los investigadores los usamos para mirar un conjunto de posibilidades muy específico”

Hubo dos momentos muy importantes que cambiaron nuestra visión de un brote pequeño a un problema mucho mayor. Uno, al principio. Los números reportados en China eran bajos, pero por cómo se habían exportado a Tailandia y Japón supimos que estábamos frente a algo inusual. Otro, ese par de días de febrero en los que Italia reportó brotes a gran escala. Hasta entonces habían estado muy centrados en Asia, pero que la transmisión hubiera ocurrido tan ampliamente sin haber sido detectada sugirió que estábamos ante un problema muy grande.

Los investigadores que han intentado modelizar y predecir la evolución de la pandemia han sido muy criticados. ¿Cree que los medios y el público han sido justos?

Vemos titulares que dicen que los modelos están equivocados o son correctos, y esa no es la cuestión. Los modelos contestan preguntas muy concretas. Existe la idea de que son bolas de cristal que pueden darnos todas las respuestas, cuando los investigadores los usamos para mirar un conjunto de posibilidades muy específico, como qué pasa si no se toman medidas de control o cuál será la tasa de crecimiento en las siguientes semanas.

En su libro menciona la paradoja de los modelos en contextos como el efecto 2000 y la gripe de 2009. Si aciertan y son escuchados, la gente cree que han fallado y que son alarmistas.

Sí, se ven los modelos como una predicción meteorológica. Si eres pesimista sobre el tiempo eso no cambia el tiempo, pero si muestras las consecuencias de no hacer nada durante un brote y eso hace que la gente reaccione, entonces tu predicción original no será correcta. En muchos países de Europa poca gente se ha infectado, lo que indica que las medidas de control tuvieron un impacto, pero aun así hemos visto muchas muertes y grandes daños. Eso es consistente con el modelo que predice que, si no hubieras introducido medidas y hubieras permitido más infecciones, habríamos visto un número de fallecimientos mucho más alto.

Parte de ese momento en el que descubrimos que estábamos equivocados tuvo que ver con la falta de datos. ¿Qué pasó con los modelos para que al principio se pensara que esperar a la inmunidad de grupo era una opción?

La gran limitación inicial fue la falta de datos disponibles. En Europa muchos países no tenían ni idea de su número de casos. Cuando miramos los datos genéticos disponibles ahora, está claro que había transmisión sin detectar entre países a finales de febrero en Europa.

Aun así todavía no sabemos cuál es la estrategia apropiada. Entonces estaba muy claro que si los países se sentaban y no hacían nada sería un desastre. Si pones en marcha intervenciones muy fuertes, como los confinamientos, necesitas un plan para después, pero no está claro cuál es la solución a largo plazo para muchos países.

¿Todavía no tenemos una imagen completa?

Sí, muchos países no tienen una estrategia de salida y han relajado sus medidas para luego tener que reintroducirlas. Como todavía son susceptibles [no hay inmunidad de grupo], vamos a acabar en un ciclo en el que estas medidas son implantadas y relajadas repetidamente, quizás hasta que tengamos una vacuna.

“Necesitamos innovación para no repetir confinamientos de manera cíclica durante el próximo año”

¿Debe preocuparnos esta posibilidad?

Es preocupante cuando miramos lo rápido que ocurren estos estallidos. Si la vacuna no está disponible hasta dentro de uno o dos años, es demasiado tiempo adoptando medidas de control drásticas. Necesitamos innovación para no repetir confinamientos de manera cíclica durante el próximo año.

Si solo te centras en las infecciones, es muy fácil confinarse durante un año y acabar con la epidemia, o hacer un rastreo de contactos muy riguroso que identifique todos los casos. Pero existe una realidad en la que hay que implementar las estrategias teniendo en cuenta los efectos sociales y sanitarios de la restricción de movimientos. Si las medidas no son sostenibles, como ya estamos estamos viendo en varias partes del mundo, habrá un efecto dominó en el brote.

Pensaba preguntarle por la plaga de modelizadores aficionados que, sin experiencia en estos campos, ha intentado predecir la evolución de la pandemia. Sin embargo, en Las reglas del contagio menciona el caso de George Sugihara, un ecólogo de peces que aplicó con éxito su conocimiento al mundo de las finanzas. ¿Cuándo son útiles estos enfoques?

Siempre es bueno acercarse con ojos nuevos a un problema difícil. Si tienes una pregunta compleja puede ser muy útil tener gente que haya trabajado en problemas similares, aunque no sean especialistas en ese campo. El problema es cuando se tiene mucha seguridad sin haber leído lo básico. En este brote he visto a gente llegar con mucha confianza y caer en errores que se cometían hace 40 años y que no deberíamos repetir.

En su libro explica que el contagio es un proceso social y que en Italia la gente interactúa más que en Hong Kong. ¿Ha jugado esto un papel en la propagación del coronavirus?

“En este brote he visto a modelizadores llegar con mucha confianza y caer en errores que se cometían hace 40 años y que no deberíamos repetir”

Italia fue una de las áreas que antes se vieron afectadas en Europa y hemos pensado mucho en si hay diferencias sutiles en el comportamiento que hayan contribuido. Las interacciones sociales de Hong Kong son similares a las de Londres, pero aquí hemos visto brotes porque también es importante cómo la gente responde al brote. Por ejemplo, cuántos intentan reducir su riesgo de infección con mascarillas. Todo eso influye.

Asegura que las ideas también se rigen por estas reglas del contagio, pero que se extienden con gran lentitud. ¿Es esto un problema para la ciencia?

Algunas ideas en ciencia tienen problemas para difundirse tan rápido como deberían, en parte por razones políticas. También porque, como decía el físico Max Planck, “la ciencia avanza de funeral en funeral” y si alguien domina un campo puede ser difícil que emerjan nuevas ideas. Es un riesgo grande, sobre todo si tratas con una nueva amenaza como una pandemia en la que habrá pocas certezas.

¿Está la ciencia preparada para la urgencia que implica una pandemia?

Estamos mucho mejor que hace unos años, pero quedan retos porque la ciencia está diseñada para escribir un paper, publicarlo y progresar en tu carrera, no para responder y juntar evidencias con rapidez.

¿Deberíamos obsesionarnos menos con los datos brutos que ofrecen los medios?

Tenemos que ser cuidadosos a la hora de sobreinterpretar los datos porque no todos son recogidos y agregados de la misma forma conforme avanza la semana. Se puede montar un drama por un cambio de un día para otro, cuando puede que no refleje el brote subyacente.

También necesitamos centrarnos en qué datos son importantes para cada analizar cada situación. El número de reproducción es muy útil cuando tienes un brote grande con muchos casos porque te dice cómo está creciendo. Cuando son números pequeños a nivel local es mucho más importante saber dónde está ocurriendo la transmisión, cuánto estamos detectando y quién está en riesgo.

Comentaba antes que los datos llegan con cierto retraso, ¿cómo trabajar con ellos?

Los datos más fiables tardan más en llegar. Cuando tienes una epidemia en crecimiento, el número de casos puede no reflejar la transmisión real porque no recoge el número total y, en cualquier caso, son de infecciones que tuvieron lugar semanas antes. Lo más fiable son las hospitalizaciones y muertes, pero también reflejan eventos pasados y si intentas reaccionar basándote en eso estás muy por detrás de la situación.

“Tenemos que ser cuidadosos a la hora de sobreinterpretar los datos y centrarnos en los que son importantes para cada analizar cada situación”

Las reglas del contagio no va solo de enfermedades, sino también de cómo estas normas se aplican a la difusión de ideas, pánico, crisis económicas, violencia… En estos meses hemos visto otros ejemplos de contagio, por ejemplo de desinformación y bulos. ¿Podemos parar esa otra pandemia?

La pandemia va a prolongarse y tenemos que atacar la desinformación tanto como la propia enfermedad. Será importante controlar la información sobre qué deberíamos o no hacer, dónde estamos y qué pasa. No podemos deshacernos de cada mala información como no podemos identificar cada infección en el mundo. En su lugar tenemos que reducir cuánta gente está expuesta a esa información.

WhatsApp ha limitado el número de personas con las que se pueden compartir mensajes, lo que reduce la velocidad de transmisión: es muy similar a lo que estamos haciendo con el distanciamiento social porque si la gente no interacciona tan ampliamente es muy difícil que algo se extienda tan rápido.

También hemos visto plataformas que dan información fiable al buscar sobre coronavirus. Sabemos por las vacunas que es una forma muy poderosa de intervenir: si reduces la susceptibilidad la gente no estará expuesta, ya sea a un virus real o a desinformación, y no necesitas interrumpir sus interacciones.

¿Cómo cambiará la privacidad en el mundo poscoronavirus?

El balance entre privacidad y salud pública es muy importante. Si queremos controlar la infección tenemos que saber dónde está sucediendo y eso significa recoger buenos datos, más personales, porque el virus da poco tiempo para responder. Debemos conseguir la confianza de la población para asegurar que estas medidas son posibles.

Necesitamos muchos datos, pero ¿aceptarían los europeos medidas como las de Corea del Sur, donde recogen datos sin necesidad de autorización previa?

Es un equilibrio realmente difícil. Algunos países han hecho rastreos estrictos de móviles y tenemos la impresión de que eso no podría pasar en Europa, pero debemos elegir entre tener una colección de datos más detallada o tener confinamientos repetidos. Eso es lo que hay en juego.

Algunos tienen la sensación de que podemos volver a la normalidad, pero gran parte del éxito de los países asiáticos ha venido por los datos y por asegurarse de que la gente permanece en cuarentena. Si queremos eso, entonces tenemos que explicar lo que implica.

“El balance entre privacidad y salud pública es muy importante. Para controlar la infección tenemos que saber dónde está sucediendo y eso significa recoger datos más personales, porque el virus da poco tiempo para responder”

Ha insistido varias veces en la importancia de contar con buenos datos. ¿Han sido los gobiernos suficientemente transparentes en este sentido?

En cada brote hay grandes problemas con los datos, es parte de la vida del epidemiólogo. Hay muchos motivos por los que pueden ser malos. Si es una decisión de alguien, debe cambiarse. Si no se recolectaron, ya sea por error o motivos de organización, debemos hacerlo mejor en el futuro, pero también ser conscientes de que siempre vamos a tener una imagen incompleta con la que tomar decisiones.

Las reglas del contagio comienza hablando de la crisis financiera de 2008. La siguiente pandemia, ¿será económica?

Veremos contagio económico porque el mundo está muy interconectado. Necesitamos pensar en el efecto dominó que habrá si en seis meses el coronavirus está controlado en algunos países pero no en otros, cómo va a afectar a la capacidad de los países para seguir funcionando. Es un problema internacional. El nivel de infección de uno va a influir en lo que pase en la sociedad y la economía en más lugares.

La gran pregunta: ¿qué va a pasar en el futuro?

Es muy difícil decir cuántos casos o muertes veremos en los siguientes meses. Creo que algunos países no lograrán el control y puede que la acumulación de inmunidad sea la que termine el brote, con un gran impacto en la salud. Otros, con restricciones fronterizas y cierres muy estrictos mantendrán la infección muy baja. En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país esté controlando la pandemia.

“La polio y el sarampión tienen vacuna y han sido difíciles de erradicar. Creo que el coronavirus será una amenaza global para el futuro próximo”

Incluso cuando llegue la vacuna, ¿cuánto tiempo conviviremos con la pandemia?

Lo que suceda a continuación dependerá de lo buena que sea la vacuna. Lo ideal sería que fuera muy efectiva, pueda mantener la transmisión bajo control y podamos dársela a mucha gente en todo el mundo. En ese caso podríamos volver a la normalidad con bastante rapidez. Pero pienso que lo más probable es que necesitemos aplicar otras medidas. Puede que no sea posible dársela a todos los países y gente. La polio y el sarampión tienen vacuna y han sido difíciles de erradicar. Mi esperanza es que consigamos una vacuna que nos ayude a volver a la normalidad, pero creo que el coronavirus será una amenaza global para el futuro próximo.

Entonces, ¿la pandemia de COVID-19 cambiará el mundo para siempre?

Creo que dejará un impacto muy profundo en el mundo. Lo que pase el próximo año en cuanto a brotes y respuestas nacionales tendrá un efecto durante décadas.

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Un nuevo experimento revela la eficacia de las mascarillas sanitarias y de tela

Científicos de la Universidad de Duke han creado un dispositivo láser de bajo coste con el que realizaron un experimento comparando 14 tipos diferentes de máscaras y cubiertas faciales

El mayor experto chino en coronavirus avisa del «gran error» de ...

Las mascarillas se han convertido en un indispensable en los últimos meses: está comprobada su eficacia contra la dispersión del nuevo coronavirus, el Covid-19, sobre todo para proteger a los demás en el caso de que nosotros seamos un foco de infección. Sin embargo, hay muchas opciones y crecen los interrogantes en torno a su eficacia, sobre todo con las de tela.

Ahora, una nueva investigación de la Universidad de Duke (EE. UU.) muestra que a través de un sencillo dispositivo láser es posible comparar lo buenas que son en su cometido 14 mascarillas de diferentes tipos, desde las sanitarias y quirúrgicas hasta la eficacia de taparnos con una simple bufanda de lana. Y los resultados son sorprendentes.

Tipos de mascarillas analizadas
Tipos de mascarillas analizadas – Fischer et al., Science Advances, 2020

«La pregunta fundamental es, ¿cómo de bien nos protegen cada tipo de mascarillas de la propagación del virus a través de las gotas?», afirma el investigador principal del estudio, cuyos resultados se publican en «Science Advances» y especialista en imágenes moleculares Martin Fischer.

Si bien el consenso general de los expertos es que todos los tipos de máscaras deberían ayudar a reducir la transmisión de Covid-19, la mayoría de las pruebas de máscaras se han realizado con mascarillas quirúrgicas y tipo N95 ajustadas, pero hay pocas investigaciones en torno a las máscaras de tela y otras cubiertas faciales, como simples pañuelos. «El personal médico suele usar mascarillas quirúrgicas y se han sometido a una gran cantidad de pruebas en entornos clínicos -asegura Fischer. Pero hasta donde sabemos, no había una forma rápida, fácil y rentable de demostrar la eficacia de una variedad tan amplia de otros tipos de mascarillas».

Para llenar ese vacío, Fischer y su equipo idearon un experimento láser bastante económico y fácil de llevar a cabo, en el que se puede comprobar la eficacia de las máscaras, incluso registrando las gotas que se dispersan cuando habla una persona. Así, el dispositivo es una lente que convierte un láser óptico en una hoja de luz. Esta hoja de luz, que brilla a través de un recinto oscuro (formado por hojas de cartón y cinta adhesiva), revela cuando las gotas pasan a través de ella. Los resultados son filmados por la cámara de un teléfono móvil.

En los experimentos, los participantes hablaban hacia la hoja de luz, diciendo la frase «Manténgase a salvo, gente», mientras usaban cada uno de los 14 tipos diferentes de mascarillas y cubiertas.

«Confirmamos que cuando la gente habla, se expulsan pequeñas gotas, por lo que la enfermedad se puede transmitir al hablar, sin toser ni estornudar», dice Fischer. «También pudimos ver que algunos revestimientos faciales funcionaron mucho mejor que otros en el bloqueo de partículas expulsadas».

Resultados del recuento de gotas para cada máscara. Como se puede apreciar, la cubierta de lana fue contraproducente y esparció aún más las gotas que sin ningún tipo de cobertura
Resultados del recuento de gotas para cada máscara. Como se puede apreciar, la cubierta de lana fue contraproducente y esparció aún más las gotas que sin ningún tipo de cobertura – Fischer et al., Science Advances, 2020

Los resultados mostraron que las máscaras N95 bloquearon la mayor cantidad de gotitas liberadas por la persona que habla, seguidas de las máscaras quirúrgicas y luego las máscaras hechas con polipropileno. Y no solo ellas: las de algodón y punto también mostraron una capacidad de barrera, si bien más baja.

Sin embargo, la versión de máscara N95 que posee una válvula que se puede abrir y cerrar puntuó más bajo en el caso de que la «compuerta» estuviera abierta. «Estas válvulas están cerradas al inhalar, pero pueden abrirse al hablar, por lo que dejan salir aire sin filtrar. En otras palabras, hacen un gran trabajo protegiendo al usuario del entorno exterior, pero un mal trabajo protegiendo a los demás del usuario, y el segundo papel es el importante para reducir la propagación de Covid-19», dice Fischer.

Las bufandas, un peligro

Pero aún hubo más sorpresas. En términos de bloquear las gotas, los pañuelos se encuentran entre los menos efectivos, aunque el último de la lista, aunque pueda parecer extraño, fue la bufanda de lana, que según los investigadores es en realidad es peor que no usar ningún tipo de cubierta facial. A pesar de que suene contradictorio a nuestra intuición, los investigadores creen que este tipo de tejido hace que se propaguen aún más las gotas.

«Observamos que el número de gotas aumentó cuando el hablante se colocó la bufanda. Creemos que el material descompone las gotas grandes emitidas durante el habla en varias más pequeñas. Esto podría hacer que el uso de una máscara de este tipo sea contraproducente, ya que las gotas más pequeñas les resulta más fácil dejarse llevar por las corrientes de aire y poner en peligro a las personas cercanas».

Los investigadores quieren enfatizar que habría que realizar más pruebas para estar totalmente seguros de los resultados, pero que pueden mostrar un punto de partida para analizar la eficacia de las mascarillas.

 

El sistema inmunitario, el maravilloso escudo que ganará la guerra contra el coronavirus

Las defensas se acabarán imponiendo, pero los investigadores todavía desconocen muchos de los aspectos fundamentales de esta lucha invisible. Varios expertos explican cuáles son

El sistema inmunitario, el maravilloso escudo que ganará la guerra ...

La pandemia de Covid-19 es toda una prueba para naciones, sistemas sanitarios y hasta sociedades. Pero a nivel individual, se puede decir que también es una guerra entre dos ejércitos: una horda de minúsculos y escurridizos virus, de nombre SARS-CoV-2, y una sublime legión de células y moléculas especializadas en acabar con los intrusos: nuestro sistema inmunitario.

Esta guerra decidirá cuánto durará la pandemia o si una persona infectada se tendrá que debatir entre la vida y la muerte o pasar una enfermedad leve. Lo único seguro es que «el sistema inmunitario acabará ganando», tal como ha dicho Margarita del Val, viróloga e inmunóloga del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO-CSIC), en Madrid. Se impondrá en la población y pondrá final a la pandemia, pero lo cierto es que todavía faltan por conocer muchos de sus secretos, como cuánto dura la inmunidad o si los virus del catarro pueden ser de ayuda, tal como un estudio sugirió esta misma semana. Por eso, varios expertos han explicado a ABC cuáles son las claves que decidirán esta batalla. Comprenderlo, además, puede ayudar a encontrar los tratamientos y las vacunas que apoyarán al sistema inmunitario, la primera línea de defensa: «Ahora mismo es lo único que nos protege frente al virus», ha añadido Del Val.

1. Un refinado ejército de células «asesinas»

Una célula del sistema inmune, en amarillo, engloba (fagocita) a varias bacterias (en naranja)
Una célula del sistema inmune, en amarillo, engloba (fagocita) a varias bacterias (en naranja)

Todavía hay mucho que no se sabe sobre la guerra desencadenada entre el SARS-CoV-2 y nuestras defensas porque el sistema inmunitario está lejos de ser sencillo: «Es una red muy compleja de células de distintos tipos que están interconectadas entre sí», ha explicado Alfredo Corell, Catedrático de Inmunología de la Universidad de Valladolid y vicerrector de Innovación Docente y Transformación Digital de la misma institución. Por ejemplo, está formado por algunas células que atacan a los patógenos y otras que funcionan como directores de orquesta, guiando a sus compañeras. Además, todas ellas liberan una gran variedad de sustancias que interfieren con los agresores, que piden refuerzos o que activan la inflamación.

Por tierra, mar y aire

El sistema es tan refinado, que «puede hacer frente a todas las formas posibles de patógenos, incluso si nunca los ha visto», ha dicho Margarita del Val. En cuanto un agresor se presenta, el sistema inmunitario lanza todas sus armas, «por tierra, mar y aire»: «Primero intervienen las tropas de vanguardia, que están en primera línea de fuego, y después las tropas de élite», según ha detallado.

En concreto, primero se produce la respuesta inmunitaria innata, que depende de células que reaccionan muy rápido ante cualquier amenaza, como policías en alerta permanente, y con el tiempo se activa la respuesta adaptativa, que depende de especialistas dirigidos a un patógeno concreto, como pueden ser los grupos antiterroristas. Esta respuesta es más implacable pero tarda más en activarse. Por ejemplo, los anticuerpos forman parte de ésta.

2. La gran pregunta: ¿Cuánto dura la inmunidad?

Imagen de un linfocito. Algunos de ellos «aprenden» a reconocer a los patógenosy permiten desencadenar una respuesta más potente en siguientes infecciones
Imagen de un linfocito. Algunos de ellos «aprenden» a reconocer a los patógenosy permiten desencadenar una respuesta más potente en siguientes infecciones

En alrededor del 80% de los infectados de Covid-19 no aparecen síntomas o éstos son muy leves, en parte porque la respuesta inmunitaria innata, genérica y rápida, es suficiente para contener al virus. Pero a veces no es así: aparecen síntomas y poco a poco entra en juego la respuesta adaptativa, que depende de los especialistas. Quizás lo más interesante es que esta segunda línea de defensa «aprende» a reconocer al SARS-CoV-2, lo que a su vez permite que las «tropas de élite» actúen muy rápidamente si hay una segunda infección. Al menos en teoría.

«La pregunta más importante que queda por resolver es qué grado de protección queda en las personas que estuvieron en contacto con el virus y por cuánto tiempo», ha explicado a este periódico África González, presidenta de la Sociedad Española de Inmunología y Catedrática de Inmunología en la Universidad de Vigo.

De ello depende que una persona ya infectada vuelva a ser vulnerable o no al virus o a partir de qué momento ocurrirá. También es fundamental para desarrollar una vacuna duradera. Por el momento, se trabaja en contestar a estas preguntas con ensayos clínicos, con la finalidad de «analizar si esas personas se infectan o no de forma natural», según González.

La caída de los anticuerpos

Hasta ahora, algunos estudios han ido mostrando que los niveles de anticuerpos producidos en respuesta al SARS-CoV-2 disminuyen en pocos meses: «En España, la mitad de la gente que ha pasado la enfermedad ya no tendrá anticuerpos en invierno», según Margarita del Val. Pero la investigadora ha destacado que eso no quiere decir que la inmunidad vaya a durar poco: «No hay que asustarse, todo el resto de la inmunidad está activada». Aparte de los anticuerpos, en la respuesta adaptativa también hay células que han «aprendido» a reconocer al virus para contener su avance.

«En España, la mitad de la gente que ha pasado la enfermedad ya no tendrá anticuerpos en invierno»

Esta podría ser la causa de que las segundas infecciones de SARS-CoV-2 parezcan ser más moderadas, aunque todavía hay pocos datos. Según Del Val, en una reciente conferencia, el director médico del Hospital Clinic, en Barcelona, explicó que no se han registrado casos con complicaciones entre sanitarios expuestos a una reinfección.

En opinión de Carlota Dobaño, investigadora e inmunóloga en el Instituto de Salud Global de Barcelona, «todavía hay una gran indertidumbre sobre la duración de la inmunidad: los niveles de anticuerpos parecen disminuir, tal como muestran algunos estudios, pero quizás la memoria de los linfocitos sea más larga». Y es ahí donde el catarro podría tener un papel.

3. El posible efecto protector del catarro

El sistema inmunitario, el maravilloso escudo que ganará la guerra contra el coronavirus

Los catarros son infecciones muy llevaderas porque el sistema inmunitario adaptativo ya ha aprendido previamente a reconocer a los virus que los causan: entre ellos, hay cuatro tipos de coronavirus, que son, por así decirlo, primos inofensivos del SARS-CoV-2.

El parecido entre estos coronavirus y el causante del Covid-19 puede ser ventajoso. O no. Esta semana, científicos del Instituto de Inmunología de La Jolla, en California (EE.UU.) concluyeron que los linfocitos T de memoria que se producen en respuesta al catarro también reconocen al SARS-CoV-2, en lo que es un ejemplo de «protección cruzada». Sus conclusiones se han publicado en la revista « Science» y son relevantes porque incluyen muchos detalles sobre las zonas específicas del patógeno que son reconocidas por el sistema inmunitario.

Esto podría sugerir que el catarro tuviera un cierto papel protector, lo que a su vez «podría explicar por qué algunas personas muestran síntomas más moderados -al infectarse de Covid-19- mientras que otros se ponen severamente enfermos», dijo en un comunicado Daniela Weiskopf, codirectora de la investigación.

«Podría explicar por qué algunas personas muestran síntomas más moderados -al infectarse de Covid-19- mientras que otros se ponen severamente enfermos»

Según sus datos, recogidos entre la población de Holanda, Alemania, Reino Unido y Singapur, entre el 40 y el 60 por ciento de las personas que nunca se han infectado de SARS-CoV-2 tiene linfocitos T de memoria que responden a este virus, y que forman parte de la potente respuesta adaptativa.

¿Una buena noticia?

En opinión de Margarita del Val, esto no es necesariamente una buena noticia, porque «tan solo describe la situación que ya teníamos» y no ayuda a ponerle coto a la pandemia. Además, ha destacado que el nivel de reacción cruzada que han observado estos investigadores es bajo, por lo que es de esperar que los posibles beneficios sean débiles.

Según África González, el mayor problema de esta investigación es que todavía «no se ha demostrado que estas personas, con linfocitos T de memoria, estén protegidas actualmente frente al SARS-CoV-2», cosa para la que sería necesario hacer ensayos clínicos. Entre los aspectos positivos, ha destacado que el estudio puede ayudar a «diseñar vacunas universales, que no solo se centrasen en un único virus». Para Carlota Dobaño, solo un estudio «más profundo» permitiría demostrar si el catarro ejerce ese efecto protector, aunque considera que es plausible.

4. ¿Por qué unas personas son más susceptibles que otras?

Un médico controla el goteo de un paciente en la UCI del Hospital Zhongnan (Wuhan)
Un médico controla el goteo de un paciente en la UCI del Hospital Zhongnan (Wuhan) – EFE

El 80% de las personas que contren el Covid-19 o bien no se entera o bien experimenta síntomas leves. Sin embargo, la enfermedad puede ser mucho más severa para personas mayores, en gran medida por la presencia de otras enfermedades. Pero aparte de esto, hay muchos casos que todavía no tienen explicación. Por ejemplo, los niños parecen ser especialmente inmunes, algunas personas necesitan pasar varios meses la UCI y hay jóvenes sanos que sufren síntomas muy serios a causa del Covid-19. ¿Por qué ocurre todo esto?

Los científicos están rastreando el genoma en busca de variantes de genes que hagan más susceptibles a algunas personas, y hasta se está investigando el papel de los grupos sanguíneos. Hasta ahora, sin embargo, la influencia detectada es pequeña.

Con una excepción: «El mayor marcador genético de susceptibilidad al Covid-19 es el cromosoma Y», ha dicho Margarita del Val, quien ha comentado que la susceptiblidad es dos veces mayor en hombres. Entre las causas, puede estar la mayor tendencia que tienen los varones a experimentar respuestas inflamatorias exacerbadas. Esto favorecería las «tormentas de citoquinas», en las que el SARS-CoV-2 dispara una respuesta inmune dañina para el cuerpo y que puede ser letal.

«El mayor marcador genético de susceptibilidad al Covid-19 es el cromosoma Y»

La información sobre susceptibilidad es todavía muy escasa, por deficiencias de las propias bases de datos o porque, a veces, hay pocas personas afectadas, como ocurre con los jóvenes sanos que sufren un Covid-19 muy grave. Con todas las cautelas, se baraja que en los niños su potente sistema inmunitario innato tenga un papel protector, o bien que los receptores ACE2, a través de los cuales el virus entra en las células, sean inmaduros. También se sospecha que la cantidad inicial de virus, al contraer el Covid, decide la evolución de la enfermedad.

La importancia de dormir y comer bien

«Dormir bien, no estar estresado, tener una dieta variada, realizar un ejercicio moderado y tener relaciones sociales mantienen a punto al sistema inmunitario», ha dicho Del Val. Alfredo Corell, ha explicado por qué: «Una situación de euforia, como hacer deporte o tener sexo, tiene un papel de inmunoestimulación», mientras que la ansiedad libera un inmunosupresor natural: el cortisol. Por ello, conviene controlar los hábitos y contrarrestar los efectos del confinamiento y la pandemia.

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Más allá de conspiranoias: la desconfianza hacia la vacuna contra la COVID-19 preocupa a los científicos

El desarrollo exprés de los sueros ha levantado escepticismo más allá de los habituales grupos antivacunas: “Información clara y transparencia total” es la fórmula para desarmarlo, apuntan los expertos

Entrevista — “Ninguna vacuna contra la COVID que no sea segura se va a distribuir nunca, aunque pueda tener mayor o menor efectividad”

Más allá de conspiranoias: la desconfianza hacia la vacuna contra la COVID-19 preocupa a los científicosManifestante porta una pancarta contra las vacunas y el confinamiento en una manifestación el pasado 20 de abril para pedir el fin de las restricciones por el coronavirus en Carolina del Norte (EEUU) Mehmet Demirci /ZUMA Wire/dpa/Europa Press

Los avances de cinco vacunas contra el virus SARS-Cov-2 son lo suficientemente optimistas como para que, paralelamente, hayan empezado a brotar sus opositores. Aunque sean minoritarios, estos movimientos ponen en riesgo la solución de la pandemia, según ha advertido la OMS en las últimas semanas. Los escépticos campan por la esfera pública, como el rapero Kanye West, que se postula a presidente de EEUU mientras califica la vacuna contra el coronavirus como “la marca de la bestia”, el cantante Miguel Bosé o el tenista Djokovic, pero también lo hacen cada vez más por la privada.

La desconfianza hacia la rapidez del desarrollo de los sueros y las dudas entorno a su eficacia han hecho mella en algunas personas que no se englobarían a sí mismas dentro del movimiento antivacuna. Una encuesta de YouGov, la plataforma global de investigación y análisis de datos infirió que uno de cada seis británicos, país donde se desarrolla una de las más efectivas hasta el momento -la de Oxford-, no se la inyectaría si estuviera disponible. En esa misma línea, un estudio en Francia identificó que un 26% de los encuestados era reticente u opuesto a aceptar esa vacunación.

El psicólogo Manuel Armanyones, investigador en diseño del comportamiento de salud en la UOC (Universidad Oberta de Catalunya), entiende que debemos ponerlo “en un contexto que ha afectado psicológicamente a un tercio de la población”. Aunque comparte la preocupación hacia esta corriente, cree que la clave está en descifrar su destreza a la hora de crear nuevos adeptos. “Mientras que la ciencia se basa en la duda y en la hipótesis, los grupos antivacunas predican con certezas, aunque sean falsas, y por lo tanto son mucho más persuasivos”, explica.

“Ni los investigadores tienen una evidencia absoluta acerca de la vacuna y, en cambio, los tertulianos aficionados a la epidemiología rebaten sus beneficios con total seguridad. Es así de fácil”, lamenta Armanyones. Por eso, su única receta para combatir los bulos es la “información clara y la transparencia total”. En su opinión, las autoridades deben mostrarse comprensivas ante el miedo y la desconfianza de la población, pero a la vez contrastarlo “con hechos y un mensaje de solidaridad ciudadana”.

En la pandemia de COVID-19, la simple prescripción de lo que las personas “deben hacer”, según el experto, no tiene un efecto directo en gran parte de la población. Son necesarias estrategias basadas en el diseño del comportamiento. Es decir, inoculando esos cambios -ya sea usar la mascarilla, lavarse las manos o vacunarse- inoculando la motivación adecuada y dejando claro su beneficio social. “Casi nadie hace daño al de al lado de forma consciente, así que tenemos que ser muy insistentes en lo nocivo de no hacerlo”, abunda el experto.

Más allá de conspiranoias: la desconfianza hacia la vacuna contra la COVID-19 preocupa a los científicosMiguel Bosé arremete ahora contra las vacunas para la Covid-19

Según los epidemiólogos, más del 70% de la población necesita desarrollar inmunidad a la COVID-19 para erradicar la transmisión comunitaria. Acerca de la rapidez de la vacuna, los investigadores que trabajan en ellas no hacen más que emitir mensajes de calma como que “la dedicación y la inversión de dinero en un único objetivo nunca habían sido tan grandes como ahora”. Lo desveló la doctora Isabel Sola a este periódico hace unas semanas: “Cualquier vacuna que salga al mercado tendrá que cumplir unos requerimientos irrenunciables de eficacia y seguridad”.

“El tiempo más corto en el que se ha desarrollado una vacuna es de 3 o 4 años. Desde luego, no los tiempos de los que se está hablando ahora”, admitió la investigadora. “Pero tampoco nunca tantos científicos habían trabajado a la vez en algo, esta es una situación extraordinaria de dimensiones hasta ahora desconocidas”, aseveró.

En ese sentido, Manuel Armanyones cree que los mecanismos de comunicación del Gobierno y los medios tienen la labor de “explicar los avances y los criterios de prioridad de forma muy pedagógica”: “La gente necesita saber que la vacuna va a ser de fácil acceso, que no va a estar reservada para la élite y que se va a suministrar de forma ordenada. Es decir, que las imágenes mentales de colas interminables y del colapso en los centros de salud no ayudan en nada”, asegura. También se requiere que haya transparencia absoluta sobre “los conflictos de interés político entre los políticos y entre farmacéuticas” para evitar la sensación de “carrera espacial con algo que afecta a la salud pública”.

De hecho, uno de los argumentos más usados es que la urgencia de la situación actual hace que se aceleren los procesos burocráticos que normalmente retrasan la salida al mercado de medicamentos y vacunas. “La lentitud de los plazos puede deberse a que están probando su seguridad y eficacia, o a que se acumulan los papeles en el escritorio, y muchas veces es por esta última razón”, explica Milagros García Barbero, exdirectiva de la OMS y experta en Salud Pública. Ahora, en su opinión, la urgencia “va a reducir la burocracia inútil”.

Más allá de conspiranoias: la desconfianza hacia la vacuna contra la COVID-19 preocupa a los científicosLa vacuna contra el coronavirus que desarrolla la universidad de Oxford genera anticuerpos y es “segura”

En cuanto a los movimientos antivacuna, la doctora piensa que a la larga puede tratarse de un problema de salud pública puesto que “no va a poder vacunarse toda la población de riesgo de golpe” y durante ese tiempo pueden someterles a un “peligro voluntario”. “Cada cual que haga lo que quiera mientras que no exponga a los demás, pero este caso es más delicado”, opina Barbero.

Aún así, cree que “esta moda es muy reciente” y que la población de riesgo (por encima de los 55 años o con patologías previas), que deberían ser los primeros en acceder a la vacuna, tienen culturalmente una actitud más abierta ante estos sueros. “Los jóvenes y adolescentes que se nieguen en realidad son unos inconscientes, puesto que pueden seguir enfermando y, lo que es peor, contagiando a los más débiles que aún no se hayan inmunizado”, se lamenta Barbero. También le preocupan los niños a quienes sus padres decidan no vacunar y que les enfrenta a futuras patologías más graves, lo que ya está siendo un rompecabezas en el caso de la polio o la malaria. “Es un movimiento absolutamente irracional e irresponsable. Se llaman naturalistas, pero se olvidan de que los mayores venenos del mundo son productos naturales”, concluye.

Manuel Armanyones recoge esta percepción, pero teme la facilidad de este movimiento para expandirse en redes sociales, llegar a los jóvenes y conseguir que su mensaje cale por encima del de los científicos. “Hay que ser muy comprensivos y pacientes, estamos todos muy blanditos, pero también hay que empezar a lanzar campañas en positivo que neutralicen esos bulos”, propone el psicólogo.

El escepticismo vacunal preocupa a nivel institucional y a la OMS, que el año pasado la incluyó entre sus diez prioridades sanitarias. Sin embargo, en el caso de la vacuna contra el SARS-Cov-2 aún hay que resolver otros asuntos médicos y políticos para que la mayoría de la población, que sí está dispuesta a inyectársela, pueda acceder a ella lo antes posible. “Va a haber bofetadas”, pronostica la exdirectiva de la OMS. En opinión de los expertos, los recelosos no impedirán que las listas para vacunarse contra la COVID-19, a nivel general, “sea enorme”.

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Perros adiestrados para «oler» el coronavirus

Una iniciativa francesa, replicada ya en varios países, arroja un porcentaje de éxito del 100 por 100

Perros adiestrados para «oler» el coronavirus

¿Podría un perro detectar el coronavirus? Al parecer, la respuesta es un rotundo sí. Y desde hace ya unos meses, ocho perros están siendo cuidadosamente adiestrados en la isla de Córcega, en una nueva iniciativa de las autoridades francesas para luchar contra la pandemia de Covid-19. Los resultados, por ahora, son extraordinariamente positivos.

La iniciativa, en la que participa un equipo internacional de investigadores bajo la dirección de Dominique Grandjean, de la Escuela Nacional de Veterinaria de Alfort, en Francia, consiste en entrenar a los perros con muestras de sudor de personas infectadas. Varios hospitales de Córcega facilitaron a los investigadores hisopos previamente colocados bajo las axilas de pacientes infectados y dados después a oler a los animales.

El paso siguiente fue mezclar los hisopos «positivos» con otros libres del coronavirus. Los perros, como si de un juego se tratara, debían marcar los casos positivos, ejercicio que repetían hasta 50 veces por día. En caso de éxito, el perro era recompensado con su juguete favorito. En una fase posterior, los perros se enfrentaron a pruebas reales.

Según explican en «The Conversation» Suzan Hazel y Anne-Lise Chaber, dos investigadoras de la universidad australiana de Adelaida que ahora quieren aplicar el método en su país, los perros entrenados han demostrado ser capaces de detectar un positivo en medio una hilera de muestras negativas con una precisión del 100 por 100. Pruebas similares se han realizado ya en países como Emiratos Árabes, Chile, Argentina, Brasil y Bélgica.

¿Qué huelen exactamente los perros?

Las investigadoras afirman no estar seguras de qué es exactamente lo que olfatean los perros para detectar el SARS-Cov-2, ya que los elementos volátiles de las muestras de sudor constituyen una «mezcla compleja». Es posible incluso que los perros estén detectando un perfil particular en lugar de compuestos individuales. Los investigadores decidieron utilizar el sudor para las pruebas, ya que no se considera una fuente de infección y presenta menos riesgos a la hora de ser manipulado.

Hazel y Chaber creen que estos perros podrían ser de gran utilidad en muchos escenarios, desde aeropuertos y fronteras a hospitales o centros de atención de día para ancianos, que no tendrían así que repetir las pruebas cada pocos días.

La duración del proceso de adiestramiento varía entre las 6 y 8 semanas que necesitan los animales que ya han sido entrenados para detectar otros olores y los entre 3 y 6 meses que son necesarios para los perros que nunca han recibido entrenamiento de ningún tipo.

Durante el adiestramiento, y a pesar de que solo existen un par de casos en todo el mundo de perros contagiados, el dispositivo utilizado no permite el contacto directo entre la nariz del perro y las muestras de sudor. El hocico, de hecho, entra en un cono de acero inoxidable, con la muestra de sudor colocada en un recipiente situado detrás del cono, lo que permite el acceso a los componentes volátiles sin necesidad de contacto físico. Como medida de precaución adicional, todos los perros se someten periódicamente a varios tipos de test para identificar la posible presencia de anticuerpos. Hasta el momento, explican las investigadoras, «ninguno de los perros detectores ha resultado infectado».

El esfuerzo de los científicos se centra ahora en averiguar qué compuestos olfativos son específicos de la infección por COVID-19, lo cual ayudará a perfeccionar la técnica y adaptarla también a otras enfermedades.

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