“Arreglen el techo antes de que llueva”

Electores tendrán que escoger entre delincuentes: Alfredo Campos ...

INAMOVIBLE EN CUANTO A QUE LA EXISTENCIA DE UN CREADOR NO PUEDE SER PROBADA CIENTÍFICAMENTE, BERTRAND RUSSEL SOSTENÍA QUE EL FUTURO SOLO ES POSIBLE DESDE ESA PERSPECTIVA, LA CIENTÍFICA, QUE EMPERO PROYECTA UNA SOCIEDAD ATERRADORA SI SIGUE ESTANDO AL SERVICIO DEL PODER. PEOR AÚN: LA SITUACIÓN SE TORNA CATASTRÓFICA CUANDO ESOS POLOS DE DECISIÓN POLÍTICA IGNORAN LA VOZ DE LOS CIENTÍFICOS.

EN UN DOCUMENTO FECHADO EN SEPTIEMBRE PASADO, EXPERTOS DE LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD ALERTARON DE LA AMENAZA REAL DE EXPANSIÓN MUNDIAL DE UNA ENFERMEDAD SIMILAR A LA GRIPE EN SOLO 36 HORAS CON UN CÁLCULO DE 80 MILLONES DE MUERTOS, DEVASTACIÓN NO VISTA DESDE LA PANDEMIA DE INFLUENZA ESPAÑOLA QUE MATÓ EN 1918 A 50 MILLONES. LA JUNTA DE MONITOREO DE PREPARACIÓN GLOBAL DE LA OMS, CON GRO HARLEM BRUNDTLAND Y ELHADJ AS SY A LA CABEZA, ADVIRTIÓ QUE UN PATÓGENO DE RÁPIDO MOVIMIENTO TIENE EL POTENCIAL DE MATAR A DECENAS DE MILLONES, DESESTABILIZAR LAS ECONOMÍAS Y AMENAZAR LA SEGURIDAD NACIONAL.

UNA PANDEMIA GLOBAL COMO SOBRE LA QUE ADVIERTE, PRECISA EN EL DOCUMENTO, SERÁ CATASTRÓFICA, CREANDO ESTRAGOS E INSEGURIDAD, PARA LO QUE EL MUNDO NO ESTÁ PREPARADO. MUCHOS SISTEMAS DE SALUD, SOBRE TODO DE PAÍSES POBRES, COLAPSARÁN.

TEDROS ADHANOM GHEBREYESUS, DIRECTOR GENERAL DE LA OMS, LO RESUMIÓ CON UNA PINCELADA COLOQUIAL: “ARREGLEN EL TECHO ANTES DE QUE LLUEVA”. NADIE ESCUCHÓ, NADIE EN LAS ESFERAS DE PODER DE NINGÚN PAÍS, NADIE EN ESTADOS UNIDOS ENFRASCADOS EN LA PRÓXIMA ELECCIÓN, NADIE EN FRANCIA PELEANDO CON LOS CHALECOS AMARILLOS, NADIE EN GRAN BRETAÑA LIDIANDO CON EL BREXIT, NADIE EN CHINA CON SUS LUCHAS COMERCIALES, NADIE EN ITALIA DETENIENDO BARCAZAS DE MIGRANTES Y NADIE EN ESPAÑA REPARTIÉNDOSE EL PASTEL DE LA GOBERNANZA. NADIE EN BRASIL, POLARIZADO EN LA FIGURA DE JAIR BOLSONARO, Y NADIE EN MÉXICO, DIVIDIDO ENTRE LOS REPROCHES Y LOS ELOGIOS A LÓPEZ OBRADOR.

PARA DECIRLO CON BERTRAND RUSSELL, EL PODER ES COMO EL HOMBRE QUE GENERALIZA CON ESO DE QUE LOS CUERPOS SIN APOYO EN EL ESPACIO CAEN, SIN TOMAR EN CUENTA LOS GLOBOS Y LAS MARIPOSAS, MIENTRAS QUE EL CIENTÍFICO QUE CONOCE LA TEORÍA SABE POR QUÉ CIERTOS CUERPOS EXCEPCIONALMENTE NO CAEN. EL PROBLEMA ES QUE LOS PRIMEROS NO ESCUCHAN A LOS SEGUNDOS Y POR ESO HOY NOS ASOMAMOS AL ABISMO.

 

HTTPS://WWW.MILENIO.COM/OPINION/ALFREDO-VILLEDA/FUSILERIAS/ARREGLEN-EL-TECHO-ANTES-DE-QUE-LLUEVA

El coste de la negación

En la actual crisis epidemiológica encontramos un anticipo de lo que nos espera si no nos tomamos en serio el cambio climático

Pabellón de la feria de Madrid habilitado como hospital para enfermos con coronavirus.
Pabellón de la feria de Madrid habilitado como hospital para enfermos con coronavirus. COMUNIDAD DE MADRID

 

Frente a lo que se ha venido afirmado acerca de la imprevisibilidad de esta pandemia, una especie de mala suerte que nos habría tocado vivir, conviene recordar que esta es una crisis anunciada hace años, desde el momento en que los casos de epidemias se incluyeron en los programas de estudios estratégicos de las principales universidades. Vaticinada en octubre pasado, cuando investigadores del Center for Strategic and International Studies informaron de que el coronavirus sería el protagonista de la próxima epidemia global. Se sabía el qué pero no el cuándo. Hasta el pasado enero. En el instante en que las autoridades chinas pusieron en cuarentena la provincia de Hubei y el virus se fue aproximando a la Unión Europea. Caló vigorosamente en Irán y llegó a Italia, siguiendo una trayectoria dominó que gradualmente recorrerá el planeta. No obstante, y a pesar de la evidencia e información disponible, el riesgo fue negado hasta el último momento. Negado en este país por los que irresponsablemente permitieron y alentaron manifestaciones multitudinarias. Tampoco se libran los dignatarios extranjeros. Boris Johnson inicialmente afirmó que bastaba con lavarse las manos al canto de happy birthday para protegerse del virus, y a Trump poco le faltó para enterarse por la prensa de la gravedad de los hechos. Finalmente, en un sentido más generalizado, la gravedad fue también negada por aquellos que en un primer momento desaprobaban gestualmente los amagos de evitar besos y apretones de manos, pese a que Angela Merkel lo había dejado claro.

Este comportamiento propio del síndrome de Casandra, personaje de la mitología griega cuyas advertencias sobre peligros inminentes eran desoídas y ridiculizadas, pone de relieve la distancia entre lo que sabemos y lo que queremos creer. Una forma de actuar, más bien de inacción, que en parte obedece al intento de evitar los costes económicos y políticos derivados de hacerlo. Ahora bien, como estamos viendo, movilizarse a destiempo resulta más oneroso, en ambos sentidos, que pasar por alto las señales de alarma.

En la actual crisis epidemiológica encontramos un anticipo de lo que nos espera si no nos tomamos en serio el cambio climático. Los dos fenómenos comparten, además del negacionismo, otras particularidades; un modus operandis —una amenaza abstracta y difusa que en un giro sorpresivo adquiere una tangibilidad íntima y material brutal—; o la aproximación al coste de modular los efectos.

Aún reconociendo el papel que pueda jugar la fortuna, esta, decía Maquiavelo, se asemeja a un río enfurecido que arrasa con todo a su paso pero cuya capacidad destructiva se puede mitigar si previamente se ha tomado la precaución de construir diques y defensas. El carácter disruptivo de la naturaleza es ya un signo de nuestro tiempo. Podemos elegir entre seguir actuando conforme al negacionismo de ayer o anticiparnos y prepararnos para el futuro que se aproxima. Ahorraremos vidas y dinero. @evabor3

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La emergencia viral y el mundo de mañana. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que piensa desde Berlín

Los países asiáticos están gestionando mejor esta crisis que Occidente. Mientras allí se trabaja con datos y mascarillas, aquí se llega tarde y se levantan fronteras

Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.
Un oficial de policía vigila ante un cartel el pasado 23 de enero en Pekín.KEVIN FRAYER/GETTY IMAGES
El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada. Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.

Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes. Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia

En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.

Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.
Varios ciudadanos, todos ellos con mascarilla, hacen cola para coger el autobús el pasado 20 de marzo en Pekín.KEVIN FRAYER / GETTY IMAGES

La conciencia crítica ante la vigilancia digital es en Asia prácticamente inexistente. Apenas se habla ya de protección de datos, incluso en Estados liberales como Japón y Corea. Nadie se enoja por el frenesí de las autoridades para recopilar datos. Entre tanto China ha introducido un sistema de crédito social inimaginable para los europeos, que permite una valoración o una evaluación exhaustiva de los ciudadanos. Cada ciudadano debe ser evaluado consecuentemente en su conducta social. En China no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación. Se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Entonces la vida puede llegar a ser muy peligrosa. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo. En China es posible esta vigilancia social porque se produce un irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet y de telefonía móvil y las autoridades. Prácticamente no existe la protección de datos. En el vocabulario de los chinos no aparece el término “esfera privada”.

En China hay 200 millones de cámaras de vigilancia, muchas de ellas provistas de una técnica muy eficiente de reconocimiento facial. Captan incluso los lunares en el rostro. No es posible escapar de la cámara de vigilancia. Estas cámaras dotadas de inteligencia artificial pueden observar y evaluar a todo ciudadano en los espacios públicos, en las tiendas, en las calles, en las estaciones y en los aeropuertos.

Toda la infraestructura para la vigilancia digital ha resultado ser ahora sumamente eficaz para contener la epidemia. Cuando alguien sale de la estación de Pekín es captado automáticamente por una cámara que mide su temperatura corporal. Si la temperatura es preocupante todas las personas que iban sentadas en el mismo vagón reciben una notificación en sus teléfonos móviles. No en vano el sistema sabe quién iba sentado dónde en el tren. Las redes sociales cuentan que incluso se están usando drones para controlar las cuarentenas. Si uno rompe clandestinamente la cuarentena un dron se dirige volando a él y le ordena regresar a su vivienda. Quizá incluso le imprima una multa y se la deje caer volando, quién sabe. Una situación que para los europeos sería distópica, pero a la que, por lo visto, no se ofrece resistencia en China.

Los Estados asiáticos tienen una mentalidad autoritaria. Y los ciudadanos son más obedientes

Ni en China ni en otros Estados asiáticos como Corea del Sur, Hong Kong, Singapur, Taiwán o Japón existe una conciencia crítica ante la vigilancia digital o el big data. La digitalización directamente los embriaga. Eso obedece también a un motivo cultural. En Asia impera el colectivismo. No hay un individualismo acentuado. No es lo mismo el individualismo que el egoísmo, que por supuesto también está muy propagado en Asia.

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa. Sin embargo, a causa de la protección de datos no es posible en Europa un combate digital del virus comparable al asiático. Los proveedores chinos de telefonía móvil y de Internet comparten los datos sensibles de sus clientes con los servicios de seguridad y con los ministerios de salud. El Estado sabe por tanto dónde estoy, con quién me encuentro, qué hago, qué busco, en qué pienso, qué como, qué compro, adónde me dirijo. Es posible que en el futuro el Estado controle también la temperatura corporal, el peso, el nivel de azúcar en la sangre, etc. Una biopolítica digital que acompaña a la psicopolítica digital que controla activamente a las personas.

En Wuhan se han formado miles de equipos de investigación digitales que buscan posibles infectados basándose solo en datos técnicos. Basándose únicamente en análisis de macrodatos averiguan quiénes son potenciales infectados, quiénes tienen que seguir siendo observados y eventualmente ser aislados en cuarentena. También por cuanto respecta a la pandemia el futuro está en la digitalización. A la vista de la epidemia quizá deberíamos redefinir incluso la soberanía. Es soberano quien dispone de datos. Cuando Europa proclama el estado de alarma o cierra fronteras sigue aferrada a viejos modelos de soberanía.

La lección de la epidemia debería devolver la fabricación de ciertos productos médicos y farmacéuticos a Europa

No solo en China, sino también en otros países asiáticos la vigilancia digital se emplea a fondo para contener la epidemia. En Taiwán el Estado envía simultáneamente a todos los ciudadanos un SMS para localizar a las personas que han tenido contacto con infectados o para informar acerca de los lugares y edificios donde ha habido personas contagiadas. Ya en una fase muy temprana, Taiwán empleó una conexión de diversos datos para localizar a posibles infectados en función de los viajes que hubieran hecho. Quien se aproxima en Corea a un edificio en el que ha estado un infectado recibe a través de la “Corona-app” una señal de alarma. Todos los lugares donde ha habido infectados están registrados en la aplicación. No se tiene muy en cuenta la protección de datos ni la esfera privada. En todos los edificios de Corea hay instaladas cámaras de vigilancia en cada piso, en cada oficina o en cada tienda. Es prácticamente imposible moverse en espacios públicos sin ser filmado por una cámara de vídeo. Con los datos del teléfono móvil y del material filmado por vídeo se puede crear el perfil de movimiento completo de un infectado. Se publican los movimientos de todos los infectados. Puede suceder que se destapen amoríos secretos. En las oficinas del ministerio de salud coreano hay unas personas llamadas “tracker” que día y noche no hacen otra cosa que mirar el material filmado por vídeo para completar el perfil del movimiento de los infectados y localizar a las personas que han tenido contacto con ellos.

Ha comenzado un éxodo de asiáticos en Europa. Quieren regresar a sus países porque ahí se sienten más seguros

Una diferencia llamativa entre Asia y Europa son sobre todo las mascarillas protectoras. En Corea no hay prácticamente nadie que vaya por ahí sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire de virus. No son las habituales mascarillas quirúrgicas, sino unas mascarillas protectoras especiales con filtros, que también llevan los médicos que tratan a los infectados. Durante las últimas semanas, el tema prioritario en Corea era el suministro de mascarillas para la población. Delante de las farmacias se formaban colas enormes. Los políticos eran valorados en función de la rapidez con la que las suministraban a toda la población. Se construyeron a toda prisa nuevas máquinas para su fabricación. De momento parece que el suministro funciona bien. Hay incluso una aplicación que informa de en qué farmacia cercana se pueden conseguir aún mascarillas. Creo que las mascarillas protectoras, de las que se ha suministrado en Asia a toda la población, han contribuido de forma decisiva a contener la epidemia.

Los coreanos llevan mascarillas protectoras antivirus incluso en los puestos de trabajo. Hasta los políticos hacen sus apariciones públicas solo con mascarillas protectoras. También el presidente coreano la lleva para dar ejemplo, incluso en las conferencias de prensa. En Corea lo ponen verde a uno si no lleva mascarilla. Por el contrario, en Europa se dice a menudo que no sirven de mucho, lo cual es un disparate. ¿Por qué llevan entonces los médicos las mascarillas protectoras? Pero hay que cambiarse de mascarilla con suficiente frecuencia, porque cuando se humedecen pierden su función filtrante. No obstante, los coreanos ya han desarrollado una “mascarilla para el coronavirus” hecha de nano-filtros que incluso se puede lavar. Se dice que puede proteger a las personas del virus durante un mes. En realidad es muy buena solución mientras no haya vacunas ni medicamentos. En Europa, por el contrario, incluso los médicos tienen que viajar a Rusia para conseguirlas. Macron ha mandado confiscar mascarillas para distribuirlas entre el personal sanitario. Pero lo que recibieron luego fueron mascarillas normales sin filtro con la indicación de que bastarían para proteger del coronavirus, lo cual es una mentira. Europa está fracasando. ¿De qué sirve cerrar tiendas y restaurantes si las personas se siguen aglomerando en el metro o en el autobús durante las horas punta? ¿Cómo guardar ahí la distancia necesaria? Hasta en los supermercados resulta casi imposible. En una situación así, las mascarillas protectoras salvarían realmente vidas humanas. Está surgiendo una sociedad de dos clases. Quien tiene coche propio se expone a menos riesgo. Incluso las mascarillas normales servirían de mucho si las llevaran los infectados, porque entonces no lanzarían los virus afuera.

En la época de las ‘fake news’, surge una apatía hacia la realidad. Aquí, un virus real, no informático, causa conmoción

En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran.

En el pasado, la fabricación de mascarillas, igual que la de tantos otros productos, se externalizó a China. Por eso ahora en Europa no se consiguen mascarillas. Los Estados asiáticos están tratando de proveer a toda la población de mascarillas protectoras. En China, cuando también ahí empezaron a ser escasas, incluso reequiparon fábricas para producir mascarillas. En Europa ni siquiera el personal sanitario las consigue. Mientras las personas se sigan aglomerando en los autobuses o en los metros para ir al trabajo sin mascarillas protectoras, la prohibición de salir de casa lógicamente no servirá de mucho. ¿Cómo se puede guardar la distancia necesaria en los autobuses o en el metro en las horas punta? Y una enseñanza que deberíamos sacar de la pandemia debería ser la conveniencia de volver a traer a Europa la producción de determinados productos, como mascarillas protectoras o productos medicinales y farmacéuticos.

El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.
El presidente de Corea del sur, el tercero por la izquierda, el pasado 25 de febrero en el Ayuntamiento de Daegu.SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE HOUSE/GETTY IMAGES / SOUTH KOREAN PRESIDENTIAL BLUE H

 

A pesar de todo el riesgo, que no se debe minimizar, el pánico que ha desatado la pandemia de coronavirus es desproporcionado. Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía. ¿A qué se debe en realidad esto? ¿Por qué el mundo reacciona con un pánico tan desmesurado a un virus? Emmanuel Macron habla incluso de guerra y del enemigo invisible que tenemos que derrotar. ¿Nos hallamos ante un regreso del enemigo? La “gripe española” se desencadenó en plena Primera Guerra Mundial. En aquel momento todo el mundo estaba rodeado de enemigos. Nadie habría asociado la epidemia con una guerra o con un enemigo. Pero hoy vivimos en una sociedad totalmente distinta.

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas. Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo. Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital. La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo. Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva. La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Umbrales inmunológicos y cierre de fronteras.

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

La reacción pánica de los mercados financieros a la epidemia es además la expresión de aquel pánico que ya es inherente a ellos. Las convulsiones extremas en la economía mundial hacen que esta sea muy vulnerable. A pesar de la curva constantemente creciente del índice bursátil, la arriesgada política monetaria de los bancos emisores ha generado en los últimos años un pánico reprimido que estaba aguardando al estallido. Probablemente el virus no sea más que la pequeña gota que ha colmado el vaso. Lo que se refleja en el pánico del mercado financiero no es tanto el miedo al virus cuanto el miedo a sí mismo. El crash se podría haber producido también sin el virus. Quizá el virus solo sea el preludio de un crash mucho mayor.

Zizek afirma que el virus asesta un golpe mortal al capitalismo, y evoca un oscuro comunismo. Se equivoca

Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá. China podrá vender ahora su Estado policial digital como un modelo de éxito contra la pandemia. China exhibirá la superioridad de su sistema aún con más orgullo. Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza. Y los turistas seguirán pisoteando el planeta. El virus no puede reemplazar a la razón. Es posible que incluso nos llegue además a Occidente el Estado policial digital al estilo chino. Como ya ha dicho Naomi Klein, la conmoción es un momento propicio que permite establecer un nuevo sistema de gobierno. También la instauración del neoliberalismo vino precedida a menudo de crisis que causaron conmociones. Es lo que sucedió en Corea o en Grecia. Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal. Entonces el virus habría logrado lo que ni siquiera el terrorismo islámico consiguió del todo.

El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

Byung-Chul Han es un filósofo y ensayista surcoreano que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín. Autor, entre otras obras, de ‘La sociedad del cansancio’, publicó hace un año ‘Loa a la tierra’, en la editorial Herder.

Traducción de Alberto Ciria.

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Una visión alternativa de la pandemia: “El error fue meter miedo a la población”

El decano del Colegio de Biólogos de Canarias pone en contexto la alarma por coronavirus: “El Covid-19 es una enfermedad leve que pasa asintomática en el 85% de los afectados”

Foto: Efectivos del Ejército desplegados en Zaragoza para desinfectar instalaciones públicas. (EFE)
Efectivos del Ejército desplegados en Zaragoza para desinfectar instalaciones públicas. (EFE)

El uso de mascarillas y guantes “no es efectivo para evitar el contagio por coronavirus”. “No está demostrado” que las aglomeraciones de personas potencien la transmisión, ya que se propaga por “contacto directo y continuado”. Por lo tanto, “tocar una moneda o un billete que ha pasado por las manos de un infectado no contagia el coronavirus”, pues ese virus “no vive mucho tiempo en una superficie a menos que se encuentre a 37 grados contínuamente”. Es más, “una persona infectada sin síntomas muchas veces no contagia a los demás porque tiene una carga vírica muy baja”. Estas son algunas de las afirmaciones del Colegio Oficial de Biólogos de Canarias (Cobcan) para tratar de rebajar la histeria social por la propagación del Covid-19. El Cobcan pone así patas arriba la percepción general sobre esta amenaza.

De hecho, en los días previos a la declaración del estado de alarma, el Cobcan emitió un comunicado muy contundente contra las restricciones que estaban imponiendo las comunidades autónomas. El colegio criticaba la suspensión de actos públicos, el cierre de fronteras, el establecimiento de zonas de riesgo y, en general, la “alarma desmedida y el miedo injustificado”.

Matías Fonte-Padilla, decano del Cobcan, admite que “la situación se ha agravado en pocos días y la opinión del colegio ha variado”, pero sostiene la base de esas afirmaciones que se desmarcan de la línea general. Fonte-Padilla respalda las restricciones draconianas del Gobierno como “medida de prevención necesaria”, pero subraya que “no hay evidencias científicas” que sostengan las restricciones de movimiento y reunión que impone el estado de alarma. “Los estudios revelan que para que se produzca un contagio, el contacto ha de ser prolongado y directo. Ninguna publicación concluye que te puedas contagiar más en un concierto o una manifestación. Obviamente, las simulaciones matemáticas dicen que cuanto menos contacto directo haya entre personas, mejor”.

Una estación de Cercanías vacía debido al estado de alarma. (EFE)
Una estación de Cercanías vacía debido al estado de alarma. (EFE)

El decano sitúa el origen de la catástrofe en lo mal que gestionó España el primer estadio de propagación de la epidemia. “Cometimos el error de inicio de meter miedo a la población y eso hizo que los hospitales se saturasen de personas con cuadros leves, multiplicando el contagio entre la población más vulnerable. Por desgracia ahora sí estamos en un estado propagación masiva en el que debemos tratar de que la tasa de infectados no se dispare”.

El Covid-19 es una enfermedad leve. Miles de personas ya la habrán pasado y ni se han enterado

“Según los criterios técnicos, el Covid-19 es una enfermedad leve que pasa asintomática en el 85% de los afectados. Miles de personas ya la habrán pasado y ni se han enterado, quizá un día tuvieron dolor de cabeza o unas décimas y se les pasó”, subraya Fonte-Padilla. “Solo un 10% presenta síntomas claros y un 5% situaciones graves. De estos, el pequeño porcentaje que fallece lo hace con coronavirus, no por coronavirus. Es decir, que el virus actuá como agravante de patologías respiratorias ya existentes. Una persona sana no presentará más que febrícula y fatiga, a veces ni eso. El Covid-19 solo es especial porque es un virus nuevo para el que nadie tiene memoria inmunológica, y eso expone de golpe a toda nuestra población vulnerable, principalmente la población mayor con múltiples patologías. El confinamiento se justifica para evitar la saturación de los hospitales, debemos proteger a la población de riesgo, y en ese sentido apoyamos las medidas del Gobierno, pero como enfermedad no presenta razones para la alarma social”.

El virus reconoce una proteína que está en las células envejecidas o dañadas de los pulmones, por eso no afecta a los niños

“Una cosa que ya conocemos bien es la vía de entrada”, prosigue. “Según los últimos estudios, el virus reconoce una proteína que está en las células envejecidas o dañadas de los pulmones, por eso no afecta a los niños, que no presentan síntomas aunque sí pueden transmitir la enfermedad. También por eso muchas personas sanas ni se enteran o se pasan unos días con fiebre y malestar general sin alcanzar un cuadro grave. El coronavirus afecta en los casos más graves igual que una neumonía bipulmonar, daña los dos pulmones a la vez, y esa proteína que es la que reconoce el virus en células dañadas de los pulmones también puede ser reconocida en el hígado e intestino delgado. Las personas sanas o que ya lo superaron pueden tener reservorios del virus en esos órganos, y cuando están bajos de defensas pueden ser transmisores de la enfermedad, por eso debemos extremar las precauciones”.

El coronavirus está causando estragos en las residencias de ancianos. (EFE)
El coronavirus está causando estragos en las residencias de ancianos. (EFE)

No tiene sentido usar mascarilla

El decano del Colegio de Biólogos de Canarias asegura que el uso de mascarillas y guantes en personas no infectadas “no es efectivo”. La Organización Mundial de la Salud se ha pronunciado recientemente en el mismo sentido. “Una mascarilla quirúrgica no te va a proteger del contagio, para eso necesitarías una mascarilla de carbón activado para agentes químicos. La mascarilla común es útil solo para que un contagiado no infecte a los demás con sus partículas de saliva. El personal sanitario no usa mascarillas para protegerse, sino para no contaminar ellos a los pacientes. Los guantes sí son más recomendables, pero de nuevo hay que insistir en que tocar un momento una superficie donde ha habido virus no es contagio inmediato. Para eso hay que tocar continuamente una superficie y luego tocarse repetidamente boca y ojos. Desde que un infectado suelta la moneda o billete empiezan a morir a cientos de miles cada milisegundo, eso les pasa a todos virus y bacterias. Además sabemos que el coronavirus es muy sensible a los cambios de temperatura”.

“El SARS que causó estragos hace unos años tenía una tasa de mortalidad mucho mayor que el Covid-19, pero desapareció de golpe. En cambio la gripe A, mucho menos peligrosa, se ha quedado entre nosotros y la gente se sigue infectando sin mayores consecuencias. No sabemos aún si el Covid-19 pasará a ser una enfermedad leve más de las que ya tratamos o si desaparecerá para siempre cuando lleguen los cambios estacionales y deje de estar activo esta temporada”, explica Fonte-Padilla.

No sabemos aún si el Covid-19 pasará a ser una enfermedad leve más de las que tenemos o desaparecerá.

Finalmente, el decano lanza una reflexión para pinchar la burbuja de pánico social del coronavirus: “La gente se preocupa por el Covid-19 pero no se preocupa por dejar de fumar, que es un factor de riesgo muy importante para esta enfermedad. Tenemos problemas más graves a nivel sanitario que este coronavirus, por ejemplo ese, el tabaco, y la gente sigue fumando como siempre”.

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Preparados para una explosión de casos

Si el peor escenario llega a cumplirse, el 60% o el 70% de la población española acabará infectada por el coronavirus. Pero hay formas de evitar ese escenario, o al menos de distribuirlo en el tiempo

Coronavirus
Una mujer sale del Hospital La Paz, en Madrid. PABLO BLAZQUEZ GETTY IMAGES

 

Sí, debemos estarlo. El cálculo de infectados por el coronavirus que venimos conociendo, y que el jefe de emergencias sanitarias, Fernando Simón, nos actualiza cada día con loable precisión aritmética, es una estimación a la baja de manual, y seguramente muy abultada. La razón es que no estamos haciendo las pruebas a las personas con síntomas leves o sin ninguno. No hay recursos para hacérselas a todo el mundo, y se reservan para los casos graves o las personas demostradamente expuestas a un foco. En los próximos días se ampliarán las pruebas a los casos leves, y eso aumentará la cifra total de casos comprobados. Y la aumentará mucho, por todo lo que sabemos.

Acabamos de conocer que hace dos meses, justo cuando el Gobierno chino aisló la ciudad de Wuhan, que fue el foco de la pandemia, el 86% de las personas contagiadas habían pasado inadvertidas. Nosotros acabamos de empezar el confinamiento, y ayer teníamos 14.000 casos confirmados. Si la experiencia china fuera extrapolable a la nuestra, nuestro número real de infectados sería de 100.000 ahora mismo. Las pruebas a las personas con síntomas leves acercarán el número de casos oficial al número real, pero no lo alcanzarán del todo mientras no se hagan pruebas a la población asintomática, lo que no va a ocurrir de momento. Con todo, debemos prepararnos para una explosión de casos. Llamadlo artefacto estadístico, pero la verdad es que el verdadero artefacto estadístico son los datos actuales.

La buena noticia es que la mortalidad aparente bajará hasta unos niveles más realistas. La tasa de muerte por el coronavirus ha estado fluctuando en España entre el 2% y el 5% la última semana. Los datos de ayer implican una mortalidad del 4%, que es más alta de la que observamos en otros países en una fase parecida de la pandemia. Se trata de otro artefacto estadístico, o del mismo que antes. Los muertos quedan todos registrados en la contabilidad. Para calcular la tasa de mortalidad, hay que dividirlos por el total de la población infectada. Pero ese es un número que estamos infravalorando gravemente, puesto que solo hacemos pruebas a los que presentan síntomas graves. Por eso la mortalidad parece del 4%. La tasa real estará seguramente más cerca del 0,7% que han detectado otros países menos afectados.

Sé que resulta brutal hablar de cifras cuando uno tiene una víctima que le toca de cerca. Pero la casuística individual no nos va a ayudar a resolver esta crisis. La única guía para gestionarla es analizar los grandes números, las razones que hay detrás de ellos y las estrategias que pueden doblarlos hasta un punto de inflexión que les haga descender. Seguir obsesivamente la evolución diaria de las cifras no sirve para nada si no entiendes lo que significan. Los responsables sanitarios y los medios tenemos que hacer un mayor esfuerzo no ya para informar a la población, sino para ayudarla a entender la situación. Esa es la parte difícil de la comunicación de las crisis. Lo demás es contabilidad de manguito y visera.

Si el peor escenario llega a cumplirse, el 60% o el 70% de la población española acabará infectada por el coronavirus. Pero hay formas de evitar ese escenario, o al menos de distribuirlo en el tiempo (aplanar la curva) para que los médicos puedan gestionarlo. Olvida los decimales y céntrate en lo esencial.

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Hacer gel desinfectante de manos casero puede ser peligroso

Las redes se han llenado de tutoriales para crear tu propio desinfectante, incluso usando la Thermomix. Hablamos con expertos que lo desaconsejan por las posibles irritaciones y la ineficacia del producto casero frente a los virus

Desinfectante manos coronavirus

El gel desinfectante casero puede tener efectos no deseados. FOTO: GETTY

 

Ante la escasez de geles hidroalcohólicos en las estanterías de los supermercados y en las farmacias y su constante subida de precio (en Amazon ha aumentado el coste de algunos hasta un 660%) por el miedo al coronavirus, la red se ha llenado de tutoriales para fabricarlos en casa. No solo lo comparten blogueros y youtubers. Algunos medios de información profesionales se hacen eco de estas recetas, la mayoría sin advertir de los riesgos que pueden suponer.

Pero igual que ante los gigantescos avances de la ciencia se dice que el hombre no puede jugar a ser Dios, tampoco debería jugar a ser químico. «La formulación de estos productos sanitarios no solo es compleja. Deben demostrar mediante el ensayo de eficacia correspondiente de acuerdo con las normas UNE-EN que poseen cualidades biocidas (mata o detiene el desarrollo de organismos vivos) como bactericida, fungicida, virucida, etcétera», sentencia Laura Bey, química orgánica.

Llamaba la atención sobre este tema recientemente la también química y divulgadora científica Déborah García Bello, más conocida en redes como Deborahciencia. «Es una irresponsabilidad compartir recetas para fabricar gel desinfectante», avisaba en Twitter.

Una de las recetas más compartidas es la que publica en su página la Organización Mundial de la Salud (OMS). Rocío Escalante, titular de Arbosana Farmacia y cofundadora de Laghum Cosmetics, aclara a quién va destinada. «Está dirigida a profesionales, o bien químicos formuladores o bien farmacéuticos. No es una receta casera. Yo, que me dedico a la venta de este tipo de productos, pero no dispongo de laboratorio, no me atrevería a hacerla».

El farmacéutico Sergio Matos, del grupo Marta Masi, se refiere a algunos de sus ingredientes, imposibles de comprar en el canal comercial. «El agua oxigenada que menciona la OMS está al 3%. La que se vende en farmacia suele estar al 5%, habría que rebajarla. Pasar las medidas de un laboratorio al terreno casero, con cucharadas en lugar de probetas, no funciona».

Después, el profesional sigue con los riesgos del resto del listado. «En un laboratorio, tienes que apuntar el lote, el origen, para poder seguir la trazabilidad y si hay un problema saber de dónde ha venido. Con el producto que has adquirido en la calle, no sucede así». También destaca la posible erosión de estos ingredientes una vez se abren. «La glicerina líquida, si no lleva conservantes, se puede contaminar una vez abierta, y ya no resulta útil».

Algunas recetas, para lograr una textura de gel, añaden a la fórmula aloe vera. Tampoco parece una buena idea. «Si se extrae directamente de la hoja, sirve para aliviar quemaduras y como hidratante. Una vez fuera, su estado comienza a deteriorarse», explica Matos. Deborahciencia, en su artículo sobre el tema para La Sexta, señala además que pueden crecer microbios no deseados. «Sin las condiciones de higiene de un laboratorio, es un nido de bacterias», escribe.

Tanto Escalante como Matos y Bey coinciden en la relevancia de los utensilios necesarios para realizar la fórmula. «Los químicos y farmacéuticos disponen de pipetas, probetas y balanzas de precisión. Estas herramientas dan medidas muy exactas de los compuestos. La Thermomix pesa, sí, pero cuentan con un margen de error que no permite la rigurosidad de porcentajes que exigen las fórmulas», explica la primera. Sobre esto, Bey destaca: «Si bien añadir ciertas materias primas en exceso puede ser contraproducente, hacerlo en defecto puede dar como resultado una mezcla incierta de reactivos sin propiedades biocidas alguna». Es decir, no tendría ningún efecto adverso, pero tampoco utilidad alguna.

Matos se refiere también al material de los recipientes. «Si se mezclan los ingredientes en un artilugio de acero inoxidable o de vidrio, se puede alterar el producto en contacto con la superficie. También importa que estén esterilizados, cosa que no sucede en el terreno doméstico». Escalante insiste: «Por muy limpio e higiénico que seas, no están desinfectados». Lo mismo ocurre con los cubiertos y otras herramientas que se pueden usar para las medidas. Y resume: «No contamos con las condiciones antisépticas que se necesitan para hacer la fórmula».

Agua y jabón, consejo profesional

Las consecuencias en la piel de estos geles caseros pueden revestir gravedad. Elia Róo, dermatóloga de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) y con clínica propia, advierte de algunas. «Puede desembocar en una dermatitis irritante o un eccema. Incluso, si se altera de manera exagerada, lo mismo no coges coronavirus, pero sí otras infecciones».

Javier Pedraz, dermatólogo del Hospital Universitario Quirónsalud en Madrid, lo explica. «Si compras alcohol para desinfectar heridas, está destinado a ese uso y no a tratar la piel. Suele ser muy secante, y disminuir la barrera protectora que da lugar a la entrada de patógenos».

La recomendación de la OMS para evitar la propagación del virus es, ante todo, lavarse las manos con agua y jabón. El proceso debe durar no menos de 20 segundos y seguir las pautas marcadas por la institución. A saber: frotar palma contra palma, palma de una mano contra el dorso de la otra, entrelazar dedos, hacer especial hincapié en los pulgares y friccionar las yemas contra los pulgares.

«Estos dos productos nunca van a faltar en casa», tranquiliza la doctora Róo. Llevar siempre encima el gel desinfectante sirve, según consejo profesional, para aquellas ocasiones en las que no se disponga de agua limpia y jabón. Como la doctora bromea: «Muchas personas nunca se han lavado las manos después de ir al baño y ahora quieren desinfectarlas constantemente. Lo que deben establecer es la rutina de abrir el grifo y limpiarse».

A la hora de decantarse por cuál comprar, los expertos avisan: mejor uno específico. «Los geles que encontramos en los supermercados tienen un nivel más bien cosmético, pero no matan virus ni bacterias, solo higienizan», apunta Escalante. El doctor Pedraz apuesta por los geles desinfectantes para manos, que debe estar indicado en el bote. «Previenen contra determinadas infecciones. No específicamente contra el coronavirus, pero se entiende que, si acaba con otros microbios, protegerá contra el coronavirus».

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Epidemiología del altruismo

Si le dices a la gente que se ponga mascarilla porque les protege (lo que no es cierto), se las pondrán. Si les dices que es para proteger a los demás (lo que sí es verdad), no lo harán

Viandantes de origen chino se protegen con mascarillas en el distrito madrileño de Usera.
Viandantes de origen chino se protegen con mascarillas en el distrito madrileño de Usera. KIKE PARA

 

Ayer me cerraron el chino de abajo. Se veía venir. Me llevo muy bien con la pareja que lo lleva, que seguramente son las únicas personas a las que veo a diario. Hará una semana que la mujer me pidió mirar la pantalla de su teléfono. Me acerqué y vi una sopa de ideogramas, y ella me vio tan confuso que me indicó con el dedo adónde tenía que mirar. La única palabra en alfabeto griego que había allí era “Covid-19”, pero eso me bastó para entender la inquietud de mi amiga. “Muchos en Madrid, muchos en Madrid”, dijo. Yo respondí que tampoco eran tantos, pero no me creyó. “Muchos, muchos en Madrid”. Al día siguiente la vi con guantes, al otro su marido llevaba una mascarilla y ayer echaron los dos la chapa, como también hicieron los establecimientos de Usera, el barrio chino de Madrid, por todo lo que sé.

Es cierto que los chinos están hipersensibilizados sobre estas cuestiones. La mayoría de los virus emergentes y de las crisis pandémicas de este siglo se han originado en mercados de animales vivos de ese país, donde las aves y los mamíferos que se venden, y las personas que los compran, tienen la oportunidad de intercambiar, mezclar y recombinar sus virus hasta generar, de manera ocasional e impredecible, un nuevo agente infeccioso que acabará propagándose por todo el planeta. También es cierto que el Gobierno chino tiene la capacidad de propagar un mensaje entre todos sus emigrantes, y causar por ejemplo el cierre de todos los chinos de Madrid. Que lo intente Giuseppe Conte con las pizzerías de Nueva York. El caso es que los chinos, que empezaron estigmatizados como focos infecciosos, han acabado cerrando las tiendas para protegerse de nosotros, que somos el nuevo epicentro. Qué mal lo estará pasando algún racista.

El lector sabe que, si el médico le receta un antibiótico, tiene que tomárselo los días que le diga el doctor, aun si su malestar desapareció en unas pocas horas. Hasta ahí llegamos todos. La mayoría de la gente, sin embargo, cree que hacer eso es por su propio bien, no le vayan a crecer resistencias en su sagrado cuerpo. No es así. Si uno se toma un par de pastillas y se le quita la cistitis, es porque el antibiótico ha matado a la mayoría de las bacterias que infectaban su tracto urinario: justo a las más débiles. Las que echará después fuera de su cuerpo serán, por tanto, las más resistentes al antibiótico, que son exactamente las que pretendemos evitar en el entorno y contaminando al resto de la gente. Si te tienes que tomar los antibióticos cinco días no es por tu bien, sino por el de la sociedad que te rodea. Pero ¿sería sensato transmitir ese mensaje racional a la población? ¿Y si dejan de tomarse las pastillas y lo ponen todo perdido de superbichos?

Lo mismo ocurre con las mascarillas. Si le dices a la gente que se las ponga porque les protege de los coronavirus que flotan por el aire (lo que no es cierto), se las pondrán. Si les dices que es para proteger a los demás (lo que sí es verdad), no lo harán. Los humanos no somos el epítome de la generosidad. Además de las medidas adecuadas, la autoridad sanitaria debe promover una epidemia de altruismo. Y eso no lo saben hacer ni los chinos.

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Los microbios delatan nuestra verdadera edad

Tommaso Lizzul / Shutterstock

Tommaso Lizzul / Shutterstock

 

MAITE MUNIESA PÉREZ

Profesora de Microbiología, Universitat de Barcelona

LORENA RODRIGUEZ RUBIO

Investigadora postdoctoral, Universitat de Barcelona

Cada uno de nosotros somos un hervidero de vida microscópica. Refugio permanente para un complejo ecosistema de microbios que contribuyen a nuestra salud, bienestar y equilibrio. Pero ojo, porque esa microbiota (formada por billones de bacterias, virus y levaduras de distintos tipos y especies) no es siempre igual. Su población cambia en función de nuestros hábitos, sexo, medio ambiente, tipo de alimentación, condiciones genéticas, estado de salud e incluso hora del día. Sin olvidarnos, por supuesto, de la edad.

Interacción y equilibrio

Para entender el concepto lo primero que hay que saber es que los microorganismos de la microbiota interaccionan entre ellos mediante sistemas de competencia, depredación, parasitismo, cooperación o beneficio mutuo. De este modo las poblaciones se regulan y definen, manteniendo, como en todo ecosistema, un equilibrio. Claro que, igual que interaccionan entre ellos, los microbios también interactúan con el ser humano que los lleva. Es decir, con nosotros.

Llegados a este punto, se puede plantear la duda de si somos nosotros quienes definimos cómo es nuestra microbiota. O si, por el contrario, es la microbiota la que define cómo somos. Una bonita analogía de la hipótesis Gaia del “superorganismo”.

Sea como fuere, cómo se distribuyen estos grupos de microorganismos que, a su vez, generan competencias y sinergias, es importante. Entre otras cosas porque puede impedir o favorecer la colonización por otros microbios. En un afán por definir el papel exacto de la microbiota en la salud humana, los investigadores han estado buscando patrones de poblaciones microbianas que permitan diferenciar un individuo sano de otro enfermo.

En busca de la microbiota sana

Aunque la diversidad es tal que cuesta identificar esos patrones, hay que admitir que la idea es, en sí misma, interesante. Porque si conocemos la composición exacta de la microbiota de un individuo sano, en teoría podríamos actuar sobre la microbiota de toda la población y mejorar la salud global.

Paralelamente, si identificamos qué diferencia la microbiota de un individuo que padece, por ejemplo, una enfermedad inflamatoria intestinal, o alzhéimer, podemos llegar a discernir si las variaciones de la microbiota son la causa de las enfermedades o su consecuencia.

Esto nos llevaría a plantearnos el estudio de la microbiota como una estrategia de diagnóstico. Que en el futuro podría derivar hacia tácticas terapéuticas. Eso sí, siempre y cuando consigamos una microbiota determinada (de individuo “sano”) que, tras ser transferida a un individuo enfermo, pueda revertir su patología. Como ya ocurre en el caso del trasplante fecal y la colitis pseudomembranosa.

Ni tan joven ni tan viejo

Visto lo visto, tampoco parece descabellado pensar que, en distintos estadios de nuestra vida, a medida que varían las condiciones fisiológicas, también se producen cambios de microorganismos. Incluso soñar con que, si analizamos la microbiota de un número suficiente de individuos con un rango amplio de edades, podríamos generar patrones de la microbiota típica de un individuo de 10, de 20 o de 70 años.

Eso es justo lo que ha hecho hace poco un equipo de investigadores de la Universidad de California en San Diego (EE UU) y de IBM. Usando inteligencia artificial han desarrollado una herramienta que predice la edad cronológica a partir del estudio genético de la microbiota de la piel, la boca o las heces.

La herramienta permite calcular el desfase entre la edad real de un individuo y la que marca su microbiota. ¿Y cuál es el interés de este dato? Pongamos, por ejemplo, que una persona de 40 años debería tener, según nuestros modelos, una determinada composición de microorganismos en su tracto digestivo. Sin embargo, al analizar la composición de su microbiota intestinal resulta que el porcentaje coincide con el de nuestro modelo de 60 años, y no al de 40. Es decir, que esta persona tiene una microbiota veinte años más vieja de lo que corresponde a su edad.

Lo siguiente sería intentar identificar algún síntoma externo de esta disfunción. ¿Tiene esta persona otros síntomas frecuentes en personas de edad más avanzada? ¿Quizás colesterol elevado, baja absorción de nutrientes, pérdidas de memoria o falta de coordinación? En otras palabras, ¿la falta de coherencia entre su edad y su microbiota se correlaciona con la presencia de alguna enfermedad relacionada con la vejez?

Si a esta última cuestión respondemos afirmativamente, lo siguiente es plantearse si esta situación es corregible. O lo que es lo mismo, si restaurando la microbiota propia de los 40 años podemos devolverle la calidad de vida que, por edad, le corresponde.

Si logramos dar este paso significa que podremos –al menos en teoría– corregir, minimizar, o incluso revertir algunos de los síntomas de la edad, ya sea reconstruyendo o favoreciendo la microbiota correspondiente a una persona más lozana.

Quizás en los microbios que llevamos a cuestas se esconda la fuente de la eterna juventud.

https://blogs.publico.es/otrasmiradas

La verdad sobre el microbioma

No hagas caso a los chamanes. Lo peor no es que quieran robarte la cartera. Lo peor es que no tienen ni idea de lo que hablan

La verdad sobre el microbioma
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Busco microbioma en Bing y me salen vídeos italianos, por alguna razón. Philippe Langella nos ilustra sobre el microbioma intestinal de los “sujetos ancianos”, mientras Luca Masucci diserta acerca de la seguridad de los trasplantes de heces. “Microbioma y medicina veterinaria”, añade Antonio Gasbarrini sin reparar en que Franco Vicariotto ya había dado un pelotazo histórico con su vídeo “microbioma y la mujer”. La búsqueda en Google mejora un poco las cosas, pero no demasiado. Otras webs de Muy interesante, Efe Salud y el Instituto Roche nos terminan de sembrar en el hipocampo el virus cerebral (meme, en la nomenclatura de Richard Dawkins) de que el microbioma, la colección de mil especies de bacterias, virus y hongos que llevamos en el intestino y otras partes blandas, es la causa de todos los males y por tanto la solución a todos ellos. La presión de la industria alimentaria es fuerte y los sabiondos proliferan como setas de cardo en nuestra sociedad crédula e intoxicada por las redes. Mal asunto.

Y mira que la investigación del microbioma es bien activa e interesante. Los científicos dedicados a ello aspiran a descubrir si existe un microbioma saludable y cómo estimular su composición de bacterias en las personas que no tienen la suerte de llevarlo puesto de nacimiento en las tripas. Gracias a eso sabemos que el cáncer, el autismo y las enfermedades autoinmunes, que van desde la esclerosis múltiple hasta la artritis reumatoide, tienen relación con el microbioma. ¿No sería fantástico que pudiéramos tratar esas afecciones sin más que modificar la dieta? Sin duda. Sería fantástico, pero en sentido literal, porque no estamos aún en condiciones de recomendar una dieta que estimule un microbioma saludable. No hagas caso a los chamanes. Lo peor no es que quieran robarte la cartera. Lo peor es que no tienen ni idea de lo que hablan.

Peter Turnbaugh, microbiólogo de la Universidad de California en San Francisco, es uno de los responsables de la mala fama que han adquirido las carnes rojas y procesadas. Los resultados de su laboratorio indican que, en ratones, comer carne reduce las bacterias que metabolizan la fibra y promueve la enfermedad inflamatoria intestinal. Pero él mismo reconoce que sus estudios son insuficientes y extremos en las dosis de carne que consumen los animales. “¿Refleja eso lo que ocurre en la gente que sigue unas dietas más típicas?”, se pregunta. La respuesta es que no lo sabemos. Turnbaugh piensa que estos datos son valiosos para los científicos y que algún día pueden conducir a un remedio farmacológico. Pero no estamos ni de lejos en condiciones de recomendar ninguna dieta que mejore el microbioma de la población.

Hay otro asunto que merece la pena comentar. El mes pasado, Nature publicó una colección de artículos sobre el microbioma y sus efectos en la salud humana. El trabajo fue financiado por Danone y, de hecho, Patrick Veiga, Silvia Miret y Liliana Jiménez, de Danone Nutricia Research en Palaiseau, Francia, colaron en el paquete un artículo titulado “Danone: el microbioma y la probiótica, 100 años de historia compartida”. Los editores de Nature se han visto compelidos a aclarar: “Nos complace reconocer el apoyo financiero de Danone; como siempre, Nature es la única responsable de todo el contenido editorial”. Como siempre.

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