La vacuna es un bien público mundial

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo
Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo

Hay un cierto consenso en torno a que la pandemia actual permanecerá con nosotros durante mucho tiempo. Vamos a entrar en un periodo de pandemia intermitente cuyas características precisas todavía están por definirse. El juego entre nuestro sistema inmunitario y las mutaciones del virus no tiene reglas muy claras. Tendremos que vivir con la inseguridad, por espectaculares que sean los avances de las ciencias biomédicas contemporáneas. Sabemos pocas cosas con seguridad.

Sabemos que la recurrencia de pandemias está relacionada con el modelo de desarrollo y de consumo dominante, con los cambios climáticos asociados a este, con la contaminación de los mares y los ríos y con la deforestación de los bosques. Sabemos que la fase aguda de esta pandemia (posibilidad de contaminación grave) solo terminará cuando entre el 60% y el 70% de la población mundial esté inmunizada. Sabemos que esta tarea se ve obstaculizada por el agravamiento de las desigualdades sociales dentro de cada país y entre los distintos países, combinado con el hecho de que la gran industria farmacéutica (Big Pharma) no quiere renunciar a los derechos de patente sobre las vacunas. Las vacunas ya se consideran el nuevo oro líquido, sucediendo al oro líquido del siglo XX, el petróleo.

Sabemos que las políticas de Estado, la cohesión política en torno a la pandemia y el comportamiento de la ciudadanía son decisivos. El mayor o menor éxito depende de la combinación entre vigilancia epidemiológica, reducción del contagio a través de confinamientos, eficacia de la retaguardia hospitalaria, mejor conocimiento público sobre la pandemia y atención a vulnerabilidades especiales. Los errores, las negligencias e incluso los propósitos necrófilos por parte de algunos líderes políticos han dado lugar a formas de políticas de muerte por vía sanitaria que llamamos darwinismo social: la eliminación de grupos sociales desechables porque son viejos, porque son pobres o porque son discriminados por razones étnico-raciales o religiosas.

Por último, sabemos que el mundo europeo (y norteamericano) mostró en esta pandemia la misma arrogancia con la que ha tratado al mundo no europeo durante los últimos cinco siglos. Como cree que el mejor conocimiento técnico-científico proviene del mundo occidental, no ha querido aprender de la forma en que otros países del Sur Global han lidiado con epidemias y, específicamente, con este virus. Mucho antes de que los europeos se dieran cuenta de la importancia de la mascarilla, los chinos ya la consideraban de uso obligatorio. Por otro lado, debido a una mezcla tóxica de prejuicios y presiones de los lobbies al servicio de las grandes compañías farmacéuticas occidentales, la Unión Europea (UE), Estados Unidos y Canadá han recurrido exclusivamente a las vacunas producidas por estas empresas, con consecuencias por ahora impredecibles.

Además de todo esto, sabemos que existe una guerra geoestratégica vacunal muy mal disfrazada por llamamientos vacíos al bienestar y a la salud de la población mundial. Según la revista Nature del pasado 30 de marzo, el mundo necesita once mil millones de dosis de vacunas (sobre la base de dos dosis por persona) para lograr la inmunidad de grupo a escala mundial. Hasta finales de febrero, se confirmaron pedidos de unos 8.600 millones de dosis, de los cuales 6.000 millones estaban destinadas a los países ricos del Norte Global. Esto significa que los países empobrecidos, que representan el 80% de la población mundial, tendrán acceso a menos de una tercera parte de las vacunas disponibles. Esta injusticia vacunal es particularmente perversa porque, dada la comunicación global que caracteriza nuestro tiempo, nadie estará verdaderamente protegido hasta que el mundo entero esté protegido.

Además, cuanto más se tarde en lograr la inmunidad de grupo a escala global, mayor será la probabilidad de que las mutaciones del virus se vuelvan más peligrosas para la salud y más resistentes a las vacunas disponibles. Un estudio reciente, que reunió a 77 científicos de varios países del mundo, concluyó que dentro de un año o menos, las mutaciones del virus harán que la primera generación de vacunas sea ineficaz. Esto será tanto más probable cuanto más tiempo se tarde en vacunar a la población mundial. Ahora, según los cálculos de la People’s Vaccine Alliance, al ritmo actual, solo el 10% de la población de los países más pobres se vacunará a finales del próximo año. Más retrasos se traducirán en una mayor proliferación de noticias falsas, la infodemia, como la llama la OMS, que ha sido particularmente destructiva en África.

Existe consenso hoy en que una de las medidas más eficaces será la suspensión temporal de los derechos de propiedad intelectual sobre las patentes de vacunas contra la covid por parte de las grandes empresas farmacéuticas. Esta suspensión haría que la producción de vacunas fuese más global, más rápida y más barata. Y así, más rápidamente, se lograría la inmunidad de grupo global. Además de la justicia sanitaria que permitiría esta suspensión, existen otras buenas razones para defenderla. Por un lado, los derechos de patente se crearon para estimular la competencia en tiempos normales. Los tiempos de pandemia son tiempos excepcionales que, en lugar de competencia y rivalidad, requieren convergencia y solidaridad.

Por otro lado, las empresas farmacéuticas ya se han embolsado miles de millones de euros de dinero público a título de financiamiento para fomentar la investigación y el desarrollo más rápido de vacunas. Además, existen precedentes de suspensión de patentes, no solo en el caso de retrovirales para el control del VIH/sida, sino también en el caso de la penicilina durante la Segunda Guerra Mundial. Si estuviéramos en una guerra convencional, la producción y distribución de armas ciertamente no quedarían bajo el control de las empresas privadas que las producen. El Estado, desde luego, intervendría. No estamos en una guerra convencional, pero los daños que la pandemia hace a la vida y al bienestar de las poblaciones pueden resultar similares (casi tres millones de muertos hasta la fecha).

No es de extrañar, por tanto, que ahora exista una vasta coalición mundial de organizaciones no gubernamentales, Estados y agencias de la ONU a favor del reconocimiento de la vacuna (y de la salud en general) como un bien público y no como un negocio, y la consecuente suspensión temporal de los derechos de patente. Mucho más allá de las vacunas, este movimiento global incide en la lucha por el acceso de todos a la salud y por la transparencia y el control público de los fondos públicos involucrados en la producción de medicamentos y de vacunas.

A su vez, unos cien países, encabezados por la India y Sudáfrica, ya han solicitado a la Organización Mundial del Comercio que suspenda los derechos de patente relacionados con las vacunas. Entre estos países no se encuentran los países del Norte global. Por ello, la iniciativa de la Organización Mundial de la Salud de garantizar el acceso global a la vacuna (COVAX) está destinada al fracaso.

No olvidemos que, según datos del Corporate Europe Observatory, la Big Pharma gasta entre 15 y 17 millones de euros al año para presionar las decisiones de la Unión Europea, y que la industria farmacéutica en su conjunto cuenta con 175 grupos de presión en Bruselas trabajando para el mismo propósito. La escandalosa falta de transparencia en los contratos de vacunas es el resultado de esta presión. Si Portugal quisiera dar distinción y verdadera solidaridad cosmopolita a la actual presidencia del Consejo de la Unión Europea, tendría aquí un buen tema de protagonismo. Tanto más si otro portugués, el secretario general de la ONU, acaba de hacer un llamamiento a fin de considerar la salud como un bien público mundial.

Todo apunta a que, tanto en este ámbito como en otros, la UE seguirá renunciando a cualquier responsabilidad global. Con la intención de mantenerse pegada a las políticas globales de Estados Unidos, en este caso puede ser superada por los propios EE.UU. La administración Biden está considerando suspender la patente de una tecnología relevante para las vacunas desarrollada en 2016 por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.

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Una pandemia como excusa

Un guardia de seguridad toma la temperatura a un pasajero de bus en Quito (Ecuador).- Rodrigo BUENDIA / AFP
Un guardia de seguridad toma la temperatura a un pasajero de bus en Quito (Ecuador).- Rodrigo BUENDIA / AFP

 

Un año de pandemia. Un año de muertes, ambulancias y mascarillas. Un año de nuevas normas y costumbres, de preocupaciones que antes no estaban al alcance de la mayoría de nosotros y nosotras. Y, sin embargo, un año en el que se ha asentado un legado que no es nuevo, solo más extremo después de esta emergencia sanitaria. Un legado de políticas divisivas y destructivas que ha puesto al descubierto grandes desigualdades, discriminaciones y opresiones, especialmente para las minorías étnicas, las personas refugiadas, las de edad avanzada o las mujeres. Y que ha dejado desamparadas a quienes luchaban contra la pandemia desde más “cerca” y con menos “armas”, el personal sanitario; y ha desatendido a quienes más lo necesitaban, los y las trabajadoras migrantes o las personas empleadas en el sector informal.

Un año de héroes y heroínas que se niegan a llamarse así a pesar de haber luchado contra un virus sin la protección adecuada; y de villanos que se escudan en la emergencia sanitaria pero que muestran, sin quererlo, su verdadero rostro: el de líderes más interesados en seguir reprimiendo la disidencia o la protesta, y afianzar su poder, que en proteger a su población. Olvidando, además, que los intereses nacionales no deben prevalecer sobre la cooperación internacional, especialmente en momentos de necesidad global extrema.

Ahora mismo el debate está en quién tiene acceso a la vacuna contra la Covid-19, cuándo y a qué precio son algunas de las cuestiones más importantes y controvertidas que resolver. Pero las respuestas vienen determinadas por los intereses de los Estados  poderosos y grandes empresas. Los países ricos han comprado más de la mitad del suministro de vacunas del mundo, aunque representan sólo el 16% de la población mundial.

Los mismos países han administrado hasta ahora más del 75% de las dosis del mundo, mientras que decenas de países no han vacunado todavía a ni a una sola persona. Se ha gastado el dinero de miles de millones de contribuyentes en ayudas a empresas como AstraZeneca, Moderna y Pfizer BioNTech para que desarrollen y produzcan vacunas, pero estas empresas —y otras— se niegan a compartir sus investigaciones, conocimientos y tecnologías. Esto significa que otras empresas farmacéuticas no pueden hacer uso de estos avances científicos para aumentar su propia producción de vacunas, lo cual incrementaría a su vez el suministro y las haría accesibles a países con menos presupuesto.

Este escenario que describimos en el informe anual no es una enumeración teórica de sucesos, son historias cotidianas que afectan a las personas.

Las mujeres, como siempre

Nuestro informe subraya cómo se ha producido un aumento de la violencia de género en todas sus formas, en un contexto en el que muchas mujeres y niñas tuvieron que afrontar mayores obstáculos para recibir protección y apoyo debido a las restricciones de la libertad de circulación, la falta de mecanismos confidenciales que permitieran a las víctimas denunciar la violencia mientras estaban aisladas en sus casas conviviendo con sus maltratadores, y debido a la capacidad reducida o en suspensión de algunos servicios.

México fue uno de los países más afectados: en 2020 se habían registrado 3.752 homicidios de mujeres, de los cuales 969 se investigaron como feminicidios. Se preveía que las denuncias de incidentes de violencia contra las mujeres en el país superarían durante el año las 197.693 documentadas en 2019. En Brasil, en el primer semestre del año se denunciaron casi 120.000 casos de violencia física de género en el ámbito familiar. La tasa de feminicidio aumentó en 14 de los 26 estados —algunos de los cuales presentaron incrementos de entre el 100% y el 400%— entre marzo y mayo.

En Venezuela, las autoridades actuaron con falta de transparencia en relación con las pruebas diagnósticas, las tasas de contagio y el número de muertes debidas a la COVID-19. Asimismo, según la información recibida, a las mujeres embarazadas sospechosas de haber contraído la COVID-19 se les negaba la atención adecuada en los servicios públicos de salud.

Durante la pandemia, las mujeres también eran mayoritarias entre el personal esencial, es decir, doctoras, enfermeras, trabajadoras de saneamiento y otras funciones. En Pakistán, cuando la violencia contra el personal sanitario estalló en mayo, varias profesionales de la salud tuvieron que encerrarse en una habitación para protegerse de una muchedumbre furiosa de familiares de pacientes que arrasó el hospital donde trabajaban.

En los países del Golfo, las trabajadoras domésticas migrantes, procedentes en su inmensa mayoría de la región de Asia y Oceanía, perdieron su trabajo y se vieron obligadas a volver a su lugar de origen al principio de la pandemia. En la mayoría de los paquetes de incentivo económico de los países de la región no se incluyó ninguna disposición especial para atender las necesidades de estas mujeres, incluida su protección social.

La violación y otras formas de violencia sexual y de género también continuaron en las situaciones de conflicto. En República Centroafricana, la ONU registró entre junio y octubre 60 casos de violencia sexual relacionada con el conflicto, como violación, matrimonio forzado y esclavitud sexual. En República Democrática del Congo se registró un aumento de la violencia sexual contra las mujeres y las niñas en el contexto del conflicto en el este del país.

El colectivo LGBTI, señalado

Algunos gobiernos también aprovecharon para discriminar aún más al colectivo LGBTI. Amnistía Internacional registró denuncias de personas LGBTI que fueron detenidas o privadas de libertad en 2020 debido a su orientación sexual o identidad de género en 24 de los 149 países a los que sometió a seguimiento. Varios gobiernos locales de Polonia declararon sus municipios “zonas sin LGBTI”, y el presidente Andrzej Duda hizo apología del odio contra este colectivo durante su campaña para la reelección. Al final del año, el gobierno húngaro presentó una serie de propuestas legislativas que restringían los derechos LGBTI. Por su parte, el Parlamento rumano aprobó una ley que prohibía impartir educación sobre género, aunque al final del año estaba impugnada ante el Tribunal Constitucional.

Las personas refugiadas, olvidadas

Hemos visto cómo este año la COVID-19 empeoraba la ya complicada situación de algunas personas, como las personas refugiadas, migrantes y solicitantes de asilo, atrapadas como consecuencia del virus en miserables campos de acogida. Es el caso de Uganda, el país que acoge al mayor número de personas refugiadas en África, 1,4 millones, y que cerró inmediatamente sus fronteras al inicio de la pandemia, dejando a más de 10.000 personas bloqueadas a lo largo de su frontera con la República Democrática del Congo, en construcciones improvisadas  sin acceso a alimentos, vivienda adecuada, atención médica ni agua potable.

La crisis económica y climática, en segundo plano

La pandemia ha tenido graves consecuencias sobre la situación económica mundial que ha agravado las desigualdades estructurales ya existentes, a las que los Estados se han enfrentado, en ocasiones, con míseras medidas, como la decisión del G-20 de suspender los pagos de deuda a 77 países en 2020 para reclamarlos posteriormente con intereses, con posibles consecuencias graves para los derechos económicos y sociales de millones de personas.

Mientras, el peligro climático continúa, sin adoptarse la “vacuna” adecuada: en 2020, millones de personas sufrieron los efectos catastróficos de fenómenos meteorológicos extremos. Desde la prolongada sequía en África subsahariana e India hasta las devastadoras tormentas tropicales que barrieron el sureste asiático, el Caribe, África Austral y el Pacífico, o los trágicos incendios que arrasaron California y Australia, las catástrofes (agravadas por el calentamiento global y la inestabilidad climática) afectaron gravemente a la capacidad de millones de personas para disfrutar de sus derechos a la vida, la salud, la alimentación, el agua, la vivienda y el saneamiento, entre otros.

¿Y en España, qué?         .

Hemos denunciado cómo hemos afrontado una pandemia sin la preparación adecuada, debido a la falta de inversión en atención primaria de los últimos años que ha dejado a muchas personas y enfermedades desatendidas y al personal sanitario devastado ante unos horarios de trabajo excesivos por culpa de la falta de personal, y con una grave ausencia de equipos de protección adecuados, sobre todo al inicio de la crisis. También hemos denunciado la situación en los centros de personas mayores, abandonadas a su suerte durante los meses más duros del confinamiento.

Y cómo el estado de alarma decretado por el Gobierno, y en concreto el confinamiento, entre marzo y junio, acrecentó la tendencia ya mostrada con la entrada en vigor de la “ley mordaza” hace seis años de otorgar más poder a las fuerzas de seguridad.

Y también, que a pesar de las declaraciones constantes del Gobierno de no dejar a nadie atrás, las personas migrantes y posibles refugiadas, especialmente en Canarias y en Ceuta y Melilla, no han sentido que formaban parte de ese conjunto de población protegida.

Algunos logros en 2020

No todo han sido noticias negativas en este año. Nuestro informe también describe numerosas victorias conseguidas gracias al activismo y a las nuevas y creativas formas de protesta, como las huelgas virtuales. Por ejemplo, en Corea del Sur, Kuwait y Sudán se aprobó legislación para combatir la violencia contra mujeres y niñas, y en Argentina, Corea del Sur e Irlanda del Norte se despenalizó el aborto.

O las grandes muestras de apoyo en todo el mundo a los movimientos #EndSARS en Nigeria y al Black Lives Matter de Estados Unidos, así como a protestas públicas contra la represión y la desigualdad en lugares de todo el mundo, como Chile, Hong Kong, Irak y Polonia.

Al fin y al cabo, no es un inicio desde cero lo que necesitamos, sino que un virus tan peligroso como el que nos ha atacado, sirva al menos para contagiarnos también la idea de que sin derechos humanos para todas las personas, no hay derechos para ninguna. Nuestro informe anual ofrece algunas soluciones que los y las líderes del mundo conocen perfectamente, y está en sus manos adoptarlas. No vale ya ninguna pandemia como excusa.

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La izquierda a por uvas

La izquierda a por uvas
Vista de un recipiente de la vacuna de los laboratorios Pfizer/BioNTech contra la covid-19. EFE/Thais Llorca

 

¿Dónde está la izquierda cuando hablamos de Covid, es decir, casi todo el tiempo? ¿En qué coño o carajo están pensando? Hablo de la zurda europea y de la española y de la del mundo entero. ¿Por qué no se ocupan de lo obvio? ¿Por qué no hay un clamor? Es que no lo entiendo. ¿Dónde quedó lo de mejorar el mundo? ¿Cómo están perdiendo esta oportunidad enorme?

Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, una líder de un partido de centro –por decir algo–,  como es el partido Demócrata norteamericano, es quien está tirando del carro para que se liberen momentáneamente las patentes de las vacunas y de los tratamientos contra la Covid. El mes pasado escribió una carta que está haciendo a su país reconsiderarlo, aunque solo sea por pura geopolítica.

En la OMC, en la Organización Mundial del Comercio, Sudáfrica e India llevan meses rogándolo y juntando firmas. Ya son más de 100 países, ninguno europeo, los que lo solicitan con una lógica tan global como indiscutible. El mercado no está produciendo las cantidades de vacunas que necesitamos. Hay que producir más y más rápido para salvar vidas y economías. Además, si solo vacunamos en algunos países, el virus seguirá mutando en el resto y convertirá las vacunas en inservibles.

Estados Unidos, gracias a Pelosi y al cambio de gobierno y a sus ganas de volver a competir por la influencia en el mundo con China, estudia cambiar su postura sobre el asunto. Europa a por uvas. España más de lo mismo.

¿Dónde está la izquierda útil? ¿Dónde los líderes que distinguen lo importante de lo superfluo? ¿Dónde está la sociedad civil que empuje? ¿Se nos va la fuerza en cuatro clicks y nos olvidamos? ¿Qué nos pasa que los grandes objetivos se nos deshacen al pronunciarlos, se nos convierten en cantinelas que cantamos sin convicción? ¿Se nos pierden en las redes y en el cerebro?

Este jueves santo Ximo Puig, el presidente socialista de la Generalitat valenciana, sacó el tema en una entrevista en la SER, hablando también de indemnizar a las farmacéuticas afectadas. Llegó a decir “no quiero proponer nada que esté fuera de la lógica de mercado”. En Europa, en España, en Estados Unidos y apuesto a que en más de medio mundo hay leyes que dicen que, en caso de emergencia sanitaria, la salud es lo primero pero no se aplican ni en este caso. Es decir: tenemos mecanismos con los que de verdad poner la salud por delante sin romper el juego, pero nadie lo hace.

Y las preguntas surgen en tromba: ¿por qué no hay líderes que lideren esta batalla tan importante como obvia, tan factible como crucial? ¿De verdad tiene que venir Ximo Puig a decir en prime time lo que no le he oído a Pablo Iglesias o a Alberto Garzón, ni a Íñigo Errejón, ni a Ada Colau, ni a Mónica Oltra?

Es cierto que Unidas Podemos firmó la petición de Right2cure, la primera iniciativa ciudadana europea en Salud que exige transparencia y que nadie se lucre con la pandemia. Necesitan un millón de firmas de europeos para que la comisión se lo plantee. Su cuenta en twitter en España tiene en este instante 272 seguidores. La recogida de firmas empezó el 30 de noviembre pasado. Llevan 130.350 recopiladas y se han dado de plazo para conseguir el millón hasta el 1 de mayo de 2022. Mayo de 2022. ¿Se puede dar más por perdida una batalla?

Así que, repito:  no lo entiendo. ¿Por qué la izquierda no está en esta lucha sin parar? ¿Por qué no imponen la cuestión en la agenda informativa a todas horas? Los pocos que lo intentamos en las tertulias somos mirados con condescendencia. Pareciera que hablamos de conseguir la paz mundial o de terminar con el hambre. Esas luchas se convirtieron en melancólicas después de decenas de años de batalla. Ésta, sin embargo, es de ahora y para ahora y puede cambiar cosas para siempre.

Me preocupa, como a tantos, el coctel molotov de los fascistas murcianos. Pero me preocupa y duele más ver cómo la izquierda se pierde en marcar los bandos y en hablar de su ombligo. No necesitamos que nos digan quién es el enemigo;  sí, que inventen maneras de vencerlo.

Y a la sociedad civil también le pregunto:  ¿qué mierda nos pasa? ¿Se nos va la fuerza por el click? Pareciera que consumimos grandes objetivos, como consumimos lo demás: intensamente y rápido, de usar y tirar. Mucho lema y poco compromiso. ¿Así conseguiremos algo? ¿Se nos olvidó cómo se consiguieron las conquistas sociales?  ¿Estamos también perdidos? Centrémonos, aunque suene paradójico,  para seguir siendo de izquierdas y no solo de un bando. Si perdemos las oportunidades de cambiar cosas dejaremos de tener sentido.

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Por qué reducir el tamaño de la vida es sinónimo de bienestar

Hemos recopilado algunos consejos médicos, estéticos y filosóficos que subrayan los beneficios de mantener las cosas simples.

Uno de los grandes malentendidos respecto a la espiritualidad moderna es que para lograrla se requieren muchas cosas: lecturas, alimentación, ejercicio, viajes, grupos y técnicas. Pero quizás debería sugerirse que uno no crece hacia lo espiritual, sino que se encoge en él. En otras palabras, lo espiritual siempre está ahí y despojarse de la matriz revela su brillo. Esto lo ha dicho Angelus Silesius de la manera más circunspecta: “La rosa, sin explicación, florece porque florece”.

Pero quizás la forma más sencilla de entenderlo sea en términos médicos. Los médicos, como ha afirmado John Schumann, no pueden explicar la mayoría de los síntomas, al menos no con el nivel de detalle que a todos nos gustaría. “A pesar de toda la ciencia y la tecnología en medicina, lo que hacemos los médicos es más hacer conjeturas fundamentadas … Pero la prevención es diferente”.

La prevención de enfermedades, y vale la pena repetir el cliché de que el cuerpo no es una entidad separada del espíritu , es algo de lo que la medicina sabe mucho. Existe una enorme cantidad de investigaciones epidemiológicas que afirman que, para estar sano, simplemente es necesario seguir una serie de pasos. Schumann se atreve a enumerar lo siguiente:

  • Dormir lo suficiente.
  • Mueve tu cuerpo a lo largo del día.
  • Coma bien: una variedad de alimentos saludables. Sobre todo plantas, y no demasiadas. (Una idea popularizada por el autor Michael Pollan).
  • Interactuar socialmente. El aislamiento no es bueno para el cuerpo ni para la mente.
  • Tómate un tiempo para reflexionar sobre aquello por lo que estás agradecido.

No hace falta demasiado esfuerzo para notar que lo que recomienda Schumann en su papel de médico es lo mismo que nos han estado diciendo las mentes más grandes de todos los tiempos , así como las filosofías orientales e incluso la neurociencia . Por otro lado, sin embargo, se necesita mucho para lograr la simplicidad. La complejidad es más fácil de vender. También tenemos el hábito intelectual de pensar que la sofisticación radica en el grado de complejidad de las cosas. Pero en la cosmovisión japonesa, por ejemplo, que no carece de nada en lo que respecta a la sencillez y la elegancia, se cree que la sencillez acentúa el interior de las cosas : lo refinado es la sencillez; la sencillez es una comunión con la naturaleza.

Cuadro de Warwick Goble de una niña y un pavo real

Así, el tejido del que se elabora el gran consejo de los sabios es simplemente la ley primitiva de la vida. Saber escuchar a un árbol sin querer ser el árbol, saber que mirar por una ventana es un acto fundamental para el espíritu, saber que llamar al pan pan y que sobre el mantel aparece el pan de cada día . Ante cualquier dilema mental, emocional o médico basta con encoger el alcance de nuestra vida. Basta con dormir, beber, caminar, bailar y dar gracias al final del día.

https://www.faena.com/aleph/why-shrinking-the-size-of-life-is-synonymous-of-well-being

Convivir con el covid para siempre

Después de contagiado, cómo convivir con el Covid-19 | CONtexto ganadero |  Noticias principales sobre ganadería y agricultura en Colombia

Es un tema incómodo, no se le menciona como si eso lo hiciera desaparecer, pero no deja de ser un hecho ineludible: el covid se quedará entre nosotros durante años o para siempre. Ajena a la discusión pública, sin embargo, la preocupación por el futuro a largo plazo de la pandemia emerge entre algunos expertos.

El director ejecutivo de Johnson & Johnson, Alex Gorsky, dice que quizá necesitaremos vacunarnos contra el covid una vez al año, tal y como pasa con la influenza estacional, durante un periodo incierto. Aún no hay consenso sobre el tiempo en que los anticuerpos protegerán a quienes estén vacunados, mientras que hasta ahora todas las formas de evitarlo —la sana distancia, las vacunas, cubrebocas, ventilación, etcétera— son insuficientes para exterminar un virus que tiene la capacidad de mutar y adaptarse.

Las imágenes de esta Semana Santa (playas saturadas, hoteles al tope, autopistas y casetas saturadas, parques y plazas llenos) anticipan un rebrote de la pandemia que puede incluso combinarse con el repunte que viven los países europeos. La inmunidad colectiva está aún muy lejos de conseguirse y el monopolio de las vacunas por parte de los países productores la hará aún más difícil de conseguir.

Los epidemiólogos estiman que se requiere un porcentaje de entre 70 y 85 por ciento de la población para alcanzarla, pero veamos qué dicen los expertos de www.timetoherd.com para México: El modelo de inteligencia artificial diseñado por Peter Griggs, Time to Herd, con información de Coronavirus (covid-19) Vaccinations, Statistics and Research, Our World in Data, prevé que México consiga la inmunidad colectiva en 940 días, es decir, 2.5 años para lograr una vacunación de 70 por ciento de la población. Para conseguir un 85 por ciento de los mexicanos vacunados se requiere aún más tiempo: mil 149 días, es decir, poco más de tres años, pero no olvidemos que esa proyección está ligada a la velocidad de vacunación, la que se modifica conforme aumenta la llegada de las vacunas

. La estimación es que ese ritmo se acelere en las próximas semanas, incluso puede duplicarse o triplicarse respecto del actual promedio, que ronda las 180 mil personas diarias, abatiendo las fechas estimadas por los expertos en aprendizaje automático de máquina (machine learning). Mientras tanto, habrá que convivir con el covid sin bajar la guardia. Insistir en las medidas de seguridad básicas como el uso del cubrebocas —hasta dos es la recomendación actual—, la sana distancia, la ventilación y, sobre todo, una serie de acciones para mejorar la salud de la población.

Alimentación sana, ejercicio cotidiano, atención médica oportuna, aumento de la capacidad hospitalaria y un rediseño de las ciudades que nos lleve a vidas más activas: espacios públicos amables, parques urbanos, programas de activación física, educación física desde temprana edad y metas tan obvias como desatendidas: ciclovías y banquetas caminables, libres de obstáculos, con ancho suficiente y adecuado para el nivel de tráfico peatonal. Hay mucho por hacer para “convivir” con el covid. Hagámoslo.

Héctor Zamarrón

https://www.milenio.com/opinion/hector-zamarron/afinidades-selectivas/convivir-con-el-covid-para-siempre

Lo que los medios españoles no nos dicen sobre la pandemia

Profesor de Health & Public Policy en The School of Public Health y en The Johns Hopkins University. También es Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, por la Universitat Pompeu Fabra. 

Una consecuencia de haber vivido un largo exilio en varios países (Suecia, Reino Unido y EEUU) es que tengo por costumbre leer (en este orden) prensa sueca, británica, estadounidense y española cada mañana. Y me preocupan los graves déficits de cobertura informativa que existen en nuestro país. Ni que decir tiene que hay programas interesantes en algunas cadenas de televisión y que algunos periodistas son profesionales de gran valía. Pero, además de que la mayoría de los grandes medios tienen un sesgo conservador, su cobertura informativa es limitada, al menos en términos comparativos con la prensa de otros países que conozco y cuyos medios escritos leo cada mañana. Soy consciente de que esta declaración puede contribuir a que continúe estando vetado en los principales medios españoles, ya que no es la primera vez que hago estos comentarios. Pero hay que explicar por qué las encuestas confirman que los medios de información españoles están entre los que cuentan con menor confianza y apoyo popular en la Europa Occidental. Según el Digital News Report 2020 de Reuters Institute, que pregunta a los ciudadanos de numerosos países sobre si pueden “confiar en la mayoría de noticias la mayoría de las veces”, España queda por debajo de la media de los países que conformaban la UE-15 (a excepción de Luxemburgo, que no presenta datos).

El gran silencio mediático sobre las consecuencias de mantener las patentes de las vacunas anti COVID-19 durante la pandemia

Hago esta observación a raíz de la cobertura informativa de la pandemia y el retraso existente en la provisión de vacunas hoy en la Unión Europea, retraso que es incluso mucho más acentuado en buena parte de los países en vías de desarrollo a nivel mundial. Hay actualmente un gran debate en los principales medios de información del continente europeo sobre por qué hoy uno de los mayores problemas existentes en el control de la pandemia de COVID-19 es la escasez de vacunas contra tal enfermedad. Y, paradójicamente, este gran debate es de los temas más silenciados por los medios españoles. Una de las razones de este silencio ensordecedor parece ser que tal déficit de vacunas muestra claramente la incompatibilidad del modus operandi económico y empresarial actualmente dominante en el mundo occidental con la urgente y necesaria vacunación de la población mundial. Veamos los datos.

Hoy, el dominio a nivel global de los sectores farmacéuticos privados responsables de la producción y distribución de estas vacunas anti COVID-19 (cuyo objetivo principal es la optimización de sus beneficios empresariales, que están alcanzando dimensiones sin precedentes) y su lucha para defender las patentes de sus fórmulas para producirlas (que han sido altamente subsidiadas con fondos públicos) son responsables de que no haya vacunas suficientes para todo el mundo. De ahí se deriva la propuesta hecha por gran número de asociaciones científicas de profesionales de salud pública, de suspender las patentes mientras dure la pandemia permitiendo a muchísimos países fabricarlas y no tener que estar esperando durante años (aproximadamente hasta 2024) a que les lleguen las vacunas monopolizadas por tales empresas farmacéuticas, tal y como se prevé que ocurra de mantenerse las patentes.

Debería terminarse con el monopolio de producción de vacunas que está enlenteciendo la producción y distribución de vacunas

Ni que decir tiene que las empresas productoras de las principales vacunas señalan que son las únicas capaces de producirlas y distribuirlas, alegando que son ellas las que tienen el conocimiento, las materias primas y los medios de transporte necesarios. Ahora bien, cada uno de tales argumentos ha sido respondido con evidencia y claridad por instituciones y asociaciones, demostrando su falsedad. En realidad, la mayoría del conocimiento científico básico sobre el cual tales vacunas se han desarrollado ha sido financiado con dinero público como he señalado y mostrado en artículos anteriores (“Por qué la Unión Europea tiene un grave problema de falta de vacunas“, Público, 10.03.21; “Sabemos cómo controlar la pandemia, pero los dogmas neoliberales dificultan hacerlo“, Público, 25.02.21; “Cómo los dogmas neoliberales están obstaculizando la resolución de la pandemia“, Público, 03.02.21).

Esto ha sido reconocido incluso por el director general de la International Federation of Pharmaceutical Manufacturers and Associations, Thomas Cueni, que escribió en un reciente artículo publicado en The New York Times el 10.12.20, “Es cierto que sin los fondos públicos de agencias como la US Biomedical Advanced Research and Development Authority o el Ministerio de Educación e Investigación del gobierno federal alemán, las multinacionales farmacéuticas podrían no haber desarrollado las vacunas contra el COVID-19 tal como lo han hecho”. Es más, han sido los gobiernos los que, como compradores de las vacunas, eliminaron cualquier riesgo de falta de demanda del producto, habiéndose alcanzado, con el COVID-19, el mayor número de infecciones que jamás haya habido en un año por cualquier otra enfermedad infecciosa: 121.319.246 personas.

Otro argumento utilizado es la escasez de materias primas, que limita las posibilidades de expansión de su producción. Médicos Sin Fronteras ha documentado la falta de credibilidad de este argumento, siendo prueba de ello el propio comportamiento de los tres productores más importantes de las vacunas COVID-19, que han aumentado espectacularmente su producción en respuesta al crecimiento tan notable de la demanda. Y un tanto igual en cuanto a la ausencia del equipamiento de transporte que, incluso Pfizer, ha admitido que puede reducirse y simplificarse significativamente, habiéndose desarrollado un sistema de mantenimiento y refrigeración mucho más sencillo.

El control de la pandemia en los países desarrollados requiere, para ser eficaz, que se controle también a nivel mundial. La aparición constante de variantes del coronavirus muestra la gran urgencia de la solidaridad internacional, permitiendo a los países que tengan la capacidad y recursos para fabricar tales vacunas (y otros elementos necesarios) que lo hagan. Los costos de las vacunas en tiempos de pandemia no deberían estar condicionadas por las leyes del mercado ni por los intereses particulares de lucro. Dar el poder a corporaciones privadas de determinar los destinos de las poblaciones, secuestra a la humanidad a los designios particulares de tales empresas. En una guerra mundial contra el virus (que está ganando este último), no se puede dejar la producción y distribución del armamento (vacunas y otro material),  en manos del afán de lucro y de las leyes del mercado.

El ignorado debate en el Parlamento Europeo

Este debate ha llegado ya al Parlamento Europeo, sin que los medios españoles hayan prácticamente informado sobre ello. 115 eurodiputados y eurodiputadas han propuesto a la Comisión Europea y a los Estados miembros del ADPIC (el Acuerdo sobre los aspectos de los Derechos de la Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio) que en la reunión del Consejo General de la Organización Mundial del Comercio apoyen la medida que permita a todos los países producir vacunas mediante su propia industria farmacéutica, acabando con la actual monopolización de su producción por parte de un número reducido de empresas farmacéuticas (establecidas en el mundo occidental, en general, y en EEUU y la Unión Europea, en particular) que se sirven de la propiedad privada de los medios de producción de tales vacunas para impedir su difusión. Sin lugar a duda, la suspensión de estas patentes no reduciría la producción de vacunas en EEUU y en la UE, sino que la aumentaría tanto en esta parte del mundo como en el resto, sin ningún perjuicio para las poblaciones en los países desarrollados (que también tienen, por cierto, gran escasez de vacunas).

Esta suspensión del copyright durante la duración de la pandemia permitiría que muchas empresas manufactureras, tanto en EEUU como en la UE, así como en otros países desarrollaos y en vías de desarrollo pudieran producir y distribuir estas vacunas. Esta propuesta ha sido liderada por de los partidos que integran la Izquierda Europea (GUE/NGL) y apoyada por los partidos verdes (The Greens/EFA) y un amplio abanico de parlamentarios progresistas de otras sensibilidades políticas, incluyendo partidos socialistas. No apoyando tal medida encontramos, ya sea absteniéndose o votando en contra, a partidos de centroderecha (liberales), derecha (conservadores) y ultraderecha que anteponen la defensa de los beneficios empresariales a la vida de las clases populares de sus propios países y de los países en vías de desarrollo. Este debate, que debería estar en la primera página de los rotativos, no aparece ni en la última. Una excepción (a aplaudir) fue el programa del 14 de marzo último de Jordi Évole en la Sexta.

El debate de Évole en La Sexta

La importancia de este debate sobre las patentes apareció indirectamente en el reciente programa de Jordi Évole, emitido el domingo 14 de marzo, en el que entrevistó a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias y la persona del Ministerio de Sanidad responsable de informar a la población sobre la situación de la pandemia y las medidas adoptadas por el gobierno español. Antes de comentar lo ocurrido durante el programa, siento la necesidad de hacer algunas observaciones personales. Una es que me gustan los programas de Évole (ya antes de que me entrevistara a raíz de mi activa participación en el 15M, y al que considero una de las pocas voces críticas en el panorama mediático español). También me gustó que intentara tocar este tema, invitando a una enfermera que trabaja en Mozambique como coordinadora de Médicos del Mundo, Neus Peracaula, la cual indicó la necesidad precisamente de anular las patentes. Quiero aclarar también que valoro positivamente la labor realizada por el Sr. Simón en el Ministerio de Sanidad, pero no me satisfizo su ambivalencia frente a la propuesta de la Sra. Peracaula. Un experto en salud pública de tan merecido prestigio como el Sr. Simón debería apoyar sin ninguna reserva la medida propuesta por una enfermera que estaba viendo morir a su gente por todas partes en un país muy pobre. Y, por cierto, añado también que las mascarillas han sido siempre útiles y han protegido también al que las utiliza, y no solo a los demás. Évole estaba en lo cierto cuando acusó tanto a la OMS como al Ministerio de Sanidad del gobierno español de haber infravalorado la utilidad de las mascarillas para, posiblemente, calmar a la población al no haber suficientes al inicio de la pandemia. La versión vertida por la OMS, por el Ministerio de Sanidad y por Fernando Simón al inicio de la pandemia (que las mascarillas tenían escaso valor para la población), fue un error, y así se debería reconocer. La evidencia científica en este sentido no deja lugar a dudas, y muchas instituciones, incluyendo The Johns Hopkins University, ya indicaron que el principal medio de transmisión del coronavirus era el aéreo, y que las mascarillas protegían tanto a las personas que las utilizaban como a las demás. Celebro que el Ministerio y el Sr. Simón hayan cambiado de opinión y que, en general, hayan tomado las medidas que se requerían en respuesta a la pandemia. El gran problema fue el fin del estado de alarma, cuando se disparó en Madrid y en Catalunya, cuyos gobiernos no fueron suficientemente sensibles o competentes, responsables del enorme incremento de las infecciones. De nuevo, la crispación política, alentada por los medios, demonizó al gobierno de coalición de izquierdas, contribuyendo al empeoramiento de la situación. Se debería analizar los medios no solo por sus silencios ensordecedores, sino también por sus estridencias y ánimo de crispar la vida política del país, convirtiendo la política en un espectáculo, como hacen muchas cadenas de televisión, empobreciendo así la democracia española. En realidad, tengo plena fe en la población española y estoy seguro de que la gran mayoría favorecerían el anteponer el bien común (facilitando una producción masiva de vacunas anti COVID-19, eliminando provisionalmente el monopolio que garantizan las patentes durante la pandemia) a costa de disminuir los enormes beneficios empresariales de un número reducido de empresas farmacéuticas productoras de tales vacunas que además se han beneficiado de abundantes fondos públicos, es decir, de fondos obtenidos por los autoridades públicas de la mayoría de la ciudadanía.

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Los colores de la vida: ¿qué propiedades nos desvelan de verduras y frutas?

Verduras coloridas.
Sabrina Ripke en Pixabay.

 

Es sabido que el color ocupa un lugar importante en la alimentación: opera como un código de comunicación, es como un médium, nos insinúa propiedades, juega un papel en la aceptación de un comestible puesto en cuestión. Según varios estudios, los humanos tendemos a comer precisamente por apetito cromático, seducidos y atraídos cual pájaros a la fruta por los tonos cálidos, bellos y sugerentes.

Una gran experiencia sensual ha sido y será siempre por esta razón entrar en el mercado, lugar donde la persona sensible puede sufrir el síndrome de Stendhal: al pasar entre los puestos bien provistos de frutas y verduras variadas, rodeada de rojos magnéticos, amarillos fantásticos, morados apetitosos, blancos níveos, naranjas radiantes… le puede ocurrir como al escritor en Florencia, sentir una sobredosis de belleza y empezar a percibir que le flojean las piernas.

Pero hoy sabemos que el color es mucho más que belleza: influye, junto al olfato, en el sabor y el apetito, facilita el lienzo sensorial que se crea cuando nos llevamos un alimento a la boca. El color es un asunto hedonista y a la vez un vigía. Tiene un vínculo cultural y seguramente instintivo con las propiedades y los nutrientes de los alimentos.

Nos indica, por ejemplo, la cualidad de la comida. Nadie es su sano juicio se comería unas fresas marrones cubiertas por manchas fúngicas de color blanco-azulado, por muy bien que estas olieran (la excepción a dicha regla está en nuestro apetito por el queso cabrales). El color nos confirma si el plato está suficientemente cocinado, y lo asociamos, gracias a la ciencia, con determinados nutrientes: el blanco, por ejemplo, es territorio de carbohidratos (patatas, pan, arroz…).

Debido a que es un sistema muy intuitivo, muchos nutricionistas hablan del color como un guía o lazarillo para alcanzar la dieta equilibrada. Si nos recomiendan una ensalada, suelen apelar a él. La “ensalada multicolor” es una forma sencilla de asegurarse una mayor variedad de nutrientes. Y una dieta equilibrada es aquella que cuenta con todos los que son necesarios para la vida en armonía y sin descompensaciones (abusar de un único alimento saludable puede ser igualmente perjudicial).

Las carnes serán rojas o blancas, los pescados azules, pero el reino vegetal es sin lugar a dudas la estrella del ‘Pantone nutricional’. Frutas y verduras contienen pigmentos indicativos. Sustancias naturales o fitoquímicos que la madre naturaleza, en su milenaria evolución en el prueba y error, seguramente ha desarrollado para que nos parezcan más apetecibles o sugerentes.

Reconociendo los colores de los productos frescos podemos deducir cuáles son los nutrientes presentes en el mercado. Cuanto mayor sea la variedad de colores en nuestros platos más nos acercaremos probablemente a ese ideal del que hablan los nutricionistas. No es que los colores indiquen su composición exacta o que una alimentación saludable deba basarse exclusivamente en este primitivo criterio, pero sirven para hacerse una idea de qué componentes pueden ser los mayoritarios y son un indicador intuitivo de nuestros déficits.

Un único color en la dieta hablará casi siempre de carencia, como un monocultivo o un desierto. Una explosión de tonalidades será lo contrario: la abundancia, la firma del pintor natural. La gama cromática de verduras y frutas, por su obscenidad intrínseca, es de las más interesantes, pero esto no significa que debamos olvidar otros alimentos menos agraciados en la paleta: como, por ejemplo, las legumbres marrones y las poco relucientes setas.

Desde hace décadas se estudia la relación de los nutrientes con la pigmentación y el papel de sus propiedades. Las frutas y verduras se han convertido en un cruzada mundial precisamente por los efectos antioxidantes que tienen en el organismo, por ser protectoras de la salud y por su riqueza en fibra (que se encuentra en gran cantidad en las pieles), de la que acusamos déficits. Son necesarias para prevenir enfermedades y mantenernos en forma, aunque más de la mitad de los países europeos muestra todavía un consumo inferior al recomendado (un mínimo de 400 gramos de frutas y verduras al día, excluyendo las patatas, según la OMS).

Hoy los colores de los vegetales se asocian a determinados compuestos beneficiosos. Si bien se sigue estudiando qué papel cumplen en el organismo y hasta dónde llegan en realidad estos efectos protectores en algunas enfermedades como el cáncer.

Siempre será mejor tomar una gran variedad de frutas y verduras, ya que se complementan unas con otras y los colores no determinan la exclusividad de sus propiedades. No debemos olvidar, para empezar, que la palabra verdura deriva precisamente del color…

Verde:

El color suele indicar aquí la riqueza en clorofila, luteína y otros compuestos como el folato, filoquinona (vitamina K), o carotenoides… Las verduras de hoja verde son ricas en agua y antioxidantes. Se dice que algunas, como las coles de Bruselas, tienen propiedades anticancerígenas para determinados tumores. Contienen normalmente altas cantidades de magnesio, ácido fólico, potasio, fibra, o hierro (como las espinacas). Son buena fuente de vitaminas (como la E en el brócoli), y a veces de calcio. Algunos estudios indican que podrían frenar el deterioro cognitivo y protegernos, si se toma una ración al día, de la perdida de memoria. Las verdes deben formar parte de la dieta, pero para multiplicar sus beneficios los vegetales deben ser variados, ya que, como ocurre con sus congéneres de otros colores, algunas verduras tendrán más compuestos o propiedades distintas que otras. Verde sí, pero con múltiples tonos como en el bosque. Acelgas, lechugas, guisantes, coles, perejil, pimientos verdes, rúcula, calabacines, alcachofas, pepinos, guisantes… entran dentro de esta familia.

Naranja y amarillo:

Es la familia de unos pigmentos muy especiales como los betacarotenos y un indicador de vitaminas como la A o la C. Las que tienen tonalidad naranja nos seducen con el betacaroteno, un precursor de la vitamina A que está también presente en vegetales de otro color (como acelgas, grelos o pimientos rojos). Este compuesto ha sido relacionado en algunos estudios como elemento protector frente a enfermedades oculares -no iban mal encaminados los antiguos al decir que la zanahoria cuida la vista-, las enfermedades cardiovasculares, digestivas, la piel, y algunos tipos de cáncer (estómago, pulmón, próstata). Como otras verduras, contienen ácido fólico, fibra, y minerales como el magnesio y el potasio. La vitamina A y C son fundamentales para nuestro organismo, previenen el envejecimiento, facilitan procesos metabólicos (como la síntesis del colágeno o la absorción de minerales) y son buenos antioxidantes. En esta familia estarían los cítricos y otras frutas (limones, naranjas, mandarinas, nectarinas, piña..) y los anaranjados carotenoides de las calabazas, boniatos y zanahorias. El exceso de betacarotenos, no obstante, puede llevar a la carotenemia: nuestra piel se empieza a teñir como si fuera la de una zanahoria.

Rojo y morado:

El rojo es el territorio de otro compuesto, el licopeno, un tipo de carotenoide que destaca también por sus propiedades antioxidantes. Nos protege contra los efectos nocivos de los radicales libres. Tiene efectos beneficiosos para el organismo (principalmente para el corazón) y se apunta a que podría ayudar en la prevención de algunos tipos de cáncer (como el de colon y recto). Los vegetales rojos son normalmente buena fuente de vitamina C. El licopeno conserva sus propiedades antioxidantes incluso después de haber sido procesado. El tomate es su rey, ya que lo contiene en grandes cantidades. Es además un alimento bajo en calorías y grasas y tiene fibra, proteínas, vitaminas E, A, C, y potasio. En esta familia rojiza, aunque no todas llevan licopeno, también encontramos fresas, cerezas, sandías, pimientos rojos, papayas… Los alimentos morados y azules contienen otras sustancias, las antocianinas, que también destacan por sus efectos antioxidantes. Se ha apuntado que pueden ser protectoras frente a enfermedades cardiovasculares al reducir la hipertensión y que tienen propiedades antiinflamatorias. Allí están la remolacha, la piel de la berenjena (por eso se recomienda consumirla), arándanos, moras o ciruelas.

Blanco:

Hay verduras blancas o en las que predomina este color. Las cebollas y ajos, indispensables en la dieta saludable, son sus estandartes. Pero también el puerro, el rábano, o la col blanca. Contienen sustancias que ayudan a la salud cardiovascular y la circulación, como alcinas, quercetinas, y flavonoides, además de minerales, vitaminas y fibra. Ayudan a mantener una correcta presión arterial y benefician al sistema inmunológico. En esta familia encontraremos, además de los citados alimentos, los plátanos (muy ricos en potasio), las peras, o la coliflor.

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¿Es mejor que los bebés duerman solos o acompañados?

PEPITA GIMÉNEZ BONAFÉ

Profesora Agregada, Unitat Fisiologia, Departamento Ciències Fisiològiques, Facultat Medicina i Ciències de la Salut, Campus de Bellvitge, Universitat de Barcelona, Universitat de Barcelona

Shutterstock / Prostock-studio
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El colecho es la circunstancia en la que el bebé duerme en la misma superficie que la madre, lo que favorece la lactancia materna. El copecho, por otro lado, se refiere a amamantar durante el colecho.

Hoy en día existe mucha controversia sobre los peligros que conlleva dormir con el bebé. Entre ellos, una posible asfixia, aplastamiento o muerte súbita.

Sin embargo, la lactancia materna protege de la muerte súbita del lactante. Y no solo eso, sino que el riesgo de que esta suceda se relaciona con que duerma solo los primeros meses de vida y no al contrario.

El colecho, hace años, habría sido un debate impensable

Si nos remontamos a la prehistoria, este no sería tema de debate ni controversia. Es más, en toda la historia de la humanidad, desde hace cinco millones de años, ha existido el colecho. ¿Alguien se puede imaginar a un bebé recién nacido o de pocos meses durmiendo solo, en una cueva distinta a la de sus padres? Los lobos u otros depredadores habrían acabado con él.

Los bebés de aquella época dormían arropados junto a la madre, protegidos por ella y por su padre. Así, permanecían calientes y tomaban el pecho cuando ellos lo necesitaban.

De hecho, hoy en día el colecho es algo indiscutible en países africanos y asiáticos como la India (72%). En Europa, sin embargo, es menos común (inferior al 10%).

No se trata de una recomendación universal

Es cierto que existen circunstancias en las que no se recomienda dormir junto al bebé. Por ejemplo, cuando se hace en el sillón, por el riesgo de caída o aplastamiento debido a la falta de espacio. Tampoco en caso de padres fumadores o que ingieran sedantes, drogas o alcohol. Por último, no es apropiado hacerlo con niños prematuros o de bajo peso.

Beneficios de dormir junto al bebé

Cuando se practica colecho, el bebé duerme con la madre. Esta lo mantiene caliente, muy importante en recién nacidos, a quienes les cuesta regular la temperatura corporal.

En esta situación, si el bebé pide pecho, se le da. La madre, a veces, es consciente de ello. Otras no lo es. Lo mismo ocurre con el bebé, que consigue mamar al mismo tiempo que dormir.

Los bebés que hacen colecho se despiertan menos. Si lo hacen, se acoplan al pecho y apenas despiertan a la madre. Esto beneficia el descanso de ambos. Además, para ella es mejor dar el pecho estirada que tener que incorporarse, por el peligro de dormirse y perder el control del bebé en brazos.

Hablando en primera persona, tras la experiencia de haber criado tres niñas, he de decir que el colecho fue crucial para establecer y mantener la lactancia materna durante años.

El hecho de compartir la cama fue doblemente beneficioso: mientras el bebé mama, se entra en un estado de seminconsciencia. Durante este, tu sexto sentido te mantiene alerta evitando que puedas aplastar al bebé, al mismo tiempo que te permite “descansar”.

El pequeño, al olerte y saber que estás cerca de él, está tranquilo, sosegado. Esto facilita que, si se despierta, se vuelva a dormir; o que si tiene sed o hambre, mame cuando le apetezca.

Además, confía en que la madre está, en que no se irá. Por lo tanto, permanecerá tranquilo cuando comience a dormir en su propia cuna. Porque sí: llegará el momento en que ambos necesiten su propio espacio. ¡Ningún bebé cumple 10 años durmiendo en la cama de los padres!

Todo a su tiempo. Hay que disfrutar cada minuto del vínculo afectivo que ofrece el colecho.

Los bebés necesitan contacto físico para su desarrollo emocional, psicológico y cognitivo. Si esto se considera y acepta durante horas diurnas, ¿por qué se cuestiona durante las nocturnas?

Tanto el sistema nervioso como el sensorial evolucionan con el colecho y copecho (la leche materna participa en el desarrollo del sistema nervioso central).

El colecho es una experiencia rica en sensaciones. Existe una estimulación del cuerpo del bebé, al cambiar de posición a menudo para alimentarse. Este es arropado, movido para cambiarle el pañal en la misma cama o acariciado hasta caer los dos en las manos de Morfeo.

Se ha visto que el hecho de que haya un contacto físico entre el bebé y la madre facilita que se sincronicen sus frecuencias respiratorias y temperaturas corporales. Incluso las fases del sueño profundo.

Shutterstock / Oksana Shufrych
Shutterstock / Oksana Shufrych

Beneficios para la madre

Además de para el bebé, el colecho también tiene beneficios para la madre.

El hecho de estar en contacto físico continuo hace que ella (o el padre), monitorice el estado físico del bebé más a menudo que si lo tuviera durmiendo en una cuna aparte. Mientras que la madre se despierta once veces de media en colecho, lo hace solo cuatro separados. Así, se cambia el pañal más a menudo al pequeño y se le coloca la ropa más frecuentemente.

Hay estudios que demuestran que el colecho incluso ha llegado a salvar la vida del bebé. Al estar físicamente más cerca, se ha podido detectar un posible riesgo de asfixia, reacción alérgica, episodio de asma, apnea, atragantamiento, etc. Situaciones que, si se dan en el bebé que duerme aparte, pueden no ser tratadas a tiempo.

La pregunta que debemos hacernos no es si el colecho es peligroso, sino qué ventajas tiene que el bebé duerma separado. Si nuestros antecesores lo hubieran hecho, quizás ahora no lo estaríamos contando.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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¿Cuál es la mejor dieta para regular el colesterol?

¿Cuál es la mejor dieta para regular el colesterol?
Frutas, verduras y hortalizas son perfectas para mantener a raya el colesterol. PublicDomainPictures en Pixabay.

Detrás de la palabra colesterol puede haber un conjunto de traumas y muertes. Se calcula que un 20% de la población mayor de 18 años presenta en España un nivel de colesterol superior a 250 mg/dl (excesivo), según un estudio de la Sociedad Española de Cardiología (SEC). Otros estudios aumentan esta cifra al 50%, ya que muchos de los casos podrían no estar diagnosticados.

El colesterol está presente en nuestro organismo (se produce de manera natural en el hígado) y también en algunos de los alimentos que consumimos de origen animal. Todavía se investiga el papel que juega en la salud cardíaca el colesterol que está presente en estos comestibles -el llamado colesterol dietético-, así como el rol que tienen determinadas grasas y otros factores desencadenantes.

Se trata de un terreno en el que la ciencia sigue investigando y aportando nuevos datos, pero el colesterol dietético tiene incidencia en el colesterol en sangre, que se acumula en las arterias y puede multiplicar el riesgo cardiovascular. La dieta tiene un papel claro en esta dolencia, aunque a veces también puede estar causada por enfermedades hepáticas, ciertos medicamentos, patologías endocrinas y renales, o por predisposición genética (tiene una alta incidencia hereditaria). Envejecer y tener sobrepeso son otros de los factores determinantes, según la Asociación Americana del Corazón. Nuestra forma de alimentarnos, junto a la falta de ejercicio físico, puede elevar en muchos casos los índices y propulsar la patología que se denomina hipercolesterolemia (colesterol alto en sangre).

Pueden imaginarse a los sospechosos habituales de este desastre, del que se calcula que llega a causar una cuarta parte de las muertes por patología cardiovascular en España: alcohol, dietas excesivamente ricas en grasas saturadas y de origen animal, formas de alimentación auspiciadas por la rapidez, el precocinado, la falta de conciencia, o los excesos del día a día.

No es baladí. Los niveles no controlados de colesterol en sangre aumentan exponencialmente la posibilidad de sufrir infartos o ictus. Casi nunca la salud cardiovascular es el resultado del azar o del destino. Siempre se parece un poco al karma, un conjunto de acciones y reacciones. Sin un estilo de vida saludable, donde el tándem de una dieta equilibrada y el ejercicio físico son fundamentales, puede haber graves problemas, especialmente si se junta con otros factores como la edad, la genética, la diabetes o el sobrepeso.

Se sabe que las lesiones en las arterias que provocan los infartos o ictus se producen muchas veces por depósitos excesivos de colesterol. Las concentraciones de colesterol en sangre pueden obstruir las arterias y por ello deben ser controladas, especialmente a partir de los 40 y tras la menopausia en las mujeres (ya que es a partir de entonces cuando tiende a aumentar).

El colesterol está formado por una clase de grasas que se llaman lipoproteínas y que son fundamentales para el funcionamiento del organismo. Existen dos tipos de colesteroles, el LDL, llamado el “malo”, y el HDL, el “bueno”, porque lo transporta al hígado. En general, los valores óptimos se encuentran en menos de 200 mg/dl de colesterol total. Cuando hay un desequilibrio es cuando pueden surgir los problemas o muerte prematura, especialmente con el malo, que transporta las lipoproteínas de baja densidad a los tejidos y si se halla en exceso puede desembocar en cardiopatías.

Aquí es donde aparece la dieta como una parte del origen del mal y a la vez la cura. Hay alimentos que deben ser evitados o reducirse su consumo; otros es mejor propiciarlos en nuestras comidas diarias si queremos mantener el colesterol a raya y mejorar el perfil de grasas de nuestras arterias.

Los más benéficos son frutas, verduras y hortalizas (cinco raciones al día), las legumbres (tres raciones a la semana), el pescado azul (atún, sardina, boquerón, salmón… aunque se debe tener en cuenta la carga de metales pesados que a veces llevan) y frutos secos. Si usamos grasas, mejor que sean de origen vegetal y de calidad, como el aceite de oliva virgen extra.

Estos alimentos son cardiosaludables, ayudan a controlar el colesterol malo en sangre y permiten incrementar el denominado colesterol bueno, ya que contienen ácidos grasos monoinsaturados, ácidos grasos omega-3, antioxidantes, o esteroles vegetales.

Se recomienda a su vez aumentar la ingesta de fibra con frutas, verduras, hortalizas, legumbres, cereales integrales… Algunos vegetales ricos en vitamina C, como los pimientos rojos, tomates, naranjas, kiwis o fresas, pueden ser muy beneficiosos para nuestra salud cardiovascular. Puede ser interesante también el consumo de vegetales con ácidos grasos omega 3, como las semillas de chía o el aguacate.

En el lado contrario encontramos los alimentos y hábitos que deberían evitarse. Es necesario dejar de fumar, reducir al mínimo la ingesta de alcohol, y reconducir el peso a la media corporal saludable. Se debe además controlar aquellos alimentos que contienen demasiadas grasas, según la Fundación Española del Corazón.

Una de las recomendaciones que proponen es sustituir las grasas nocivas por otras más saludables o por alimentos que contengan menor presencia de ellas. Si se toma leche, por ejemplo, mejor desnatada que entera; siempre será mejor el aceite de oliva virgen que la mantequilla, y las carnes magras y sin piel que las que contienen demasiada grasa (como un chuletón). Se recomienda a la hora de cocinar priorizar las formas que menos grasa incluyan, como a la plancha o al vapor. Las saturadas no deberían superar el 10% de nuestra dieta.

Embutidos, ultraprocesados, fritos, galletas, snacks, y bollería industrial tendrían que excluirse en la media de lo posible de una dieta sana. También se recomienda no consumir las yemas de los huevos. Es necesario igualmente minimizar el consumo de bebidas y alimentos con azúcar añadido.

Todos los productos refinados, con demasiados azúcares, hidratos de carbono simples y grasas hidrogenadas, deberían también ser vigilados en aras de regular el colesterol. En realidad la mayoría de nutricionistas apuestan por descartar los alimentos nocivos, más que incluir los benéficos como una medida de compensación en los niveles. Todos destacan que el ejercicio físico es la mejor manera de mantenerlo a raya.

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Nutri-Score: un semáforo nutricional para la discordia

Logo del nutriscore con la nota A.
Logo del nutriscore con la nota A.

Ha sido una semana de mucha polémica. Del verde al rojo, pasando por el amarillo. Productos detenidos en el callejón de supermercado. “Stop”. Guardias que no tienen claras las señales de tráfico. “Pasen las grasas, pero solo las nacionales…” Alimentos, como los toros buenos, indultados. Metáforas para mostrar mucha disconformidad. Presiones de una industria en pie de guerra.

Nadie le está dando una letra A al semáforo de la discordia nutricional. El Gobierno calcula que el sistema de etiquetaje Nutri-Score -herramienta de etiquetado frontal que a modo de semáforo quiere alertarnos de la calidad de determinados productos alimentarios-, debería ser obligatorio en este trimestre. Sin embargo, de momento voluntaria, la herramienta nace con críticas. Primero dejamos la alimentación en manos de la industria y ahora parece que nos decantamos por los algoritmos.

El ámbito de la nutrición es además a veces pantanoso, todavía se discute sobre el papel de ciertas grasas en nuestra salud (hoy las dividimos en buenas, malas y regulares) y los nutricionistas cada vez rechazan más la idea de las calorías como medida total, o la igual dieta para los desiguales, aunque está muy claro, por ejemplo, que los excesos de azúcar, grasas saturadas y sal matan a miles de personas al año.

España necesita por ello un buen sistema de etiquetado para ayudar a los consumidores a saber si es sano lo que comen. O por lo menos, si es malsano. O quizás solo para advertirlos como con el tabaco (porque algo ya sospecharán con la supernaturalmente sabrosa salchicha de Frankfurt…). El mundo de los ultraprocesados es un territorio lleno de escorpiones con poderes de camaleón.

Cuando pase la pandemia nos daremos cuenta además de que el resto de epidemias siguen allí, y que algunas incluso habrán aumentado, como la obesidad o la diabetes (la combinación de falta de ejercicio, mala alimentación y ansiedad ha podido hacer estragos). Ya lo explicamos en un anterior artículo titulado precisamente Por qué el derecho no nos protege de los alimentos insanos.

Algunos expertos, como Francisco José Ojuelos en ese artículo, jurista del ámbito del derecho alimentario, defienden sistemas de etiquetado más simples, que identifiquen los nutrientes críticos y malsanos, como el chileno. Allí se informa claramente si hay mucho sodio o azúcar o grasas saturadas. Un sistema que no facilite que se pueda combinar la valoración individual de los ingredientes para mejorar el color nutricional del total, como se critica que puede suceder con el Nutri-Score.

Sin un etiquetado fiable e intuitivo, para el consumidor es muy difícil detectar los excesos de sal y los múltiples camuflajes del azúcar, los anuncios engañosos del light (uno de los grandes timos del siglo) o de los suplementos añadidos y supuestamente saludables (fibra, omega 3, etc.); es complicado determinar qué grasas son más beneficiosas para el organismo y cuáles son un camino directo hacia el hospital. Saber, por ejemplo, que unos cereales del desayuno pueden contener más sal que unos cacahuetes fritos.

El sistema del Nutri-Score previsto por el Gobierno, etiquetado que determinará, de la A a la E, del verde al rojo, la idoneidad de los alimentos que compramos en el supermercado (se excluyen los productos frescos, algunas bombas calóricas como snacks pequeños, y el rojísimo alcohol, entre otros), está naciendo con polémica.

Ni la industria ni los nutricionistas parecen avalarlo del todo, aunque con intereses diversos. Asociaciones de consumidores como la OCU, en cambio, lo apoyan, así como una parte de la comunidad científica.

El sistema valora en conjunto y otorga un valor global al producto que se compra. Coge grasas, vitaminas, proteínas, azúcares, etc., y llega a una media. Lo que puede provocar, según sus detractores, que malas cualidades puedan compensarse con buenas, y que sea además utilizado como un reclamo de salud.

La directora general de Consumo, Bibiana Medialdea, ha afirmado que se trata a fin de cuentas de una “simplificación y siempre se pierde información”, aunque las excepciones que se incluyan en la herramienta se basan en criterios científicos.

Una parte de la industria agroalimentaria española ha puesto el grito en el cielo, mientras que otra, curiosamente presente en el mundo de las chocolatinas y ultraprocesados, parece más conforme.

Se ha armado el belén en el supermercado porque aseguran que castiga a dos de nuestros productos estrella, emblemas nacionales y mediterráneos, con mayor cohesión que la bandera estatal: el aceite de oliva y el jamón ibérico. Y porque a su vez, efectos del algoritmo, aparentemente puede beneficiar a productos que no parece lógico que lleven el color verde, como la salsa de kétchup.

Esto se debe a su forma de evaluar: en el algoritmo se suman puntos si se incluyen determinados elementos como frutas, verduras, proteínas, vitaminas, minerales, fibras, y se restan si aparecen grasas saturadas, azúcar, sal, calorías… Otro de los problemas es que Nutri-Score puntúa por grupo, misma categoría, o ramas de los alimentos: las patatas fritas con los snacks, por ejemplo, o el aceite de oliva con otros tipos de grasas.

Sin discutir la mala o buena intención del sistema (ya implementado en países como Francia o Alemania), la herramienta, denuncian algunos nutricionistas y expertos, puede dar muchas pistas a la industria del procesado para añadir determinados elementos en sus productos: un poquito de fibra por ahí, algo de frutita más allá, y así compensar la cantidad de azúcar o de sal en el total y que puntúen mejor.

De momento, ya han aparecido cereales para el desayuno con sello B (casi bueno), con grandes reclamos, luminosas letras de “bio” en su centro, pizzas procesadas con idéntica calificación, y hasta coca-colas.

Se penaliza además más a los alimentos que tengan un único ingrediente, como los huevos o el aceite, pues no pueden jugar con la balanza de lo sano y malsano. Puede ser, sin embargo, a juicio de la OCU, un sistema efectivo para alertar de aquellos procesados que integren muchos ingredientes y de la misma naturaleza.

El espinoso asunto del aceite y el jamón

Pero el sistema clasifica muy mal el aceite y el jamón. Y eso es como decirle a un egipcio que las Pirámides están llenas de polución. Tiene muy en cuenta las grasas y calorías, y en el caso del cerdo suponemos que también la sal. Lo hace con brocha gorda, sin diferenciar que hay grasas más saludables, según confirmó Medialdea.

El jamón ibérico (no hablamos aquí del serrano salido de un cerdo que casi nunca habrá visto la luz del sol), es buena fuente de proteínas, minerales y algunas vitaminas, contiene grasas saludables impregnadas de las bellotas de las que se alimenta, con ácido oléico que ayuda a regular el colesterol.

Claro que no todo lo que se vende bajo esta etiqueta es 100×100 ibérico (algunos se alimentan de pienso o cereales, como en el caso de cebo). Como en todo curado, contiene de todos modos mucho sodio (supera más de 2.300 miligramos por cien gramos), por lo que, aunque en parte beneficioso, más saludable que el kétchup común desde luego, no se debería nunca abusar de él pues la sal está detrás de enfermedades tan graves como la hipertensión.

Por cuestiones similares el aceite de oliva ha sido indultado (del jamón todavía no ha habido pronunciamiento). No aparecerá en el etiquetado. Es la base de la Dieta Mediterránea y el que más ampollas ha levantado.Seguramente, su clasificación no era del todo justa, aunque, claro está, hay aceites y aceites (incluso dentro del de oliva). Según la puntuación inicial, podría haber tenido una D o C, tocando el límite rojísimo de la E, con idéntico resultado que el aceite de colza, y escuchando las risas de los cereales “con fibra” unos metros más allá de la estantería del súper.

Es evidente que hay aceites más procesados o de primera prensa. Más caros y baratos. El de oliva virgen extra está considerado con mediterránea unanimidad como una de las grasas vegetales más saludables que existen, una bendición caída del cielo de Júpiter en territorio greco-romano que explica en parte nuestra longevidad frente a países que usan otras grasas más dañinas, como las procedentes del animal, tipo la mantequilla; un auténtico tesoro, siempre que no se fría mucho y que se consuma -sí también- con cierta moderación. Contiene muchas calorías por gramo. Otra vez, el equilibrio.

Donde coinciden defensores y detractores es que el Nutri-Score es un sistema que debe mejorarse y adaptarse a la Dieta Mediterránea, ya que el modelo surgió en Francia (donde también han reculado con algunos productos).

Muchos nutricionistas han denunciado además que es difícil que tenga un impacto real en el consumidor, y en la reducción de azúcares, grasas nocivas, sal y calorías. Con semáforo o sin él, los productos seguirán circulando por la vía del supermercado. El mejor algoritmo siempre estará en el sentido común del consumidor. Por encima de señales o advertencias, una cosa parece clara si se quieren evitar accidentes en la autopista de la alimentación: la dieta equilibrada, basada principalmente en productos frescos, mejor carnes blancas que rojas, buen pescado, con frutas y verduras como protagonistas, y moderada en carbohidratos, es el color verde 100×100 ibérico.

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