Al filo de la media noche

El terrible drama de Jesús Quintero | Ideal

Loros de parlamento y de tertulia, de portería y de mercado.

Hoy todos hablan aunque no tengan nada que decir.

La cuestión es hablar de cualquier cosa y malgastar palabras.

Participa hacia dentro cómo en la escuela de Pitágoras;sus discípulos estaban obligados a callar durante cinco años.

Pero aquí no hay discípulos, todos somos maestros;maestros del chismorreo, del artificio y de la nada.

Jesús Quintero

‘A LOS JÓVENES QUE QUIEREN MORIR’: ENVÍALE ESTE POEMA A UN JOVEN DEPRIMIDO

UN DESGARRADOR PERO ALENTADOR POEMA DE GWENDOLYN BROOKS, QUE PODRÍA AYUDAR A LAS PERSONAS QUE CONSIDERAN ACABAR CON SUS VIDAS

red flowers in tilt shift lens

No hay duda de que la pandemia ha colocado al ser humano en un momento sumamente difícil. Si se le suma a la pandemia el problema más grave aún de la crisis climática, no debe sorprendernos que estemos viviendo también una pandemia de depresión y ansiedad. Muchos jóvenes perciben un futuro incierto, con dudosas opciones de trabajo, con dudas sobre si deben o pueden formar una familia. No es extraño que en algunos países, como en Japón, se haya incrementado notablemente el índice de suicidios.

Sin embargo, como enseñó Dostoievski, todos los tiempos, no importa las condiciones, son tiempos en los que vale la pena vivir, pues la vida tiene un valor intransferible e incuantificable. Esto es aún más claro en el caso de los jóvenes, quienes siempre tendrán nuevas oportunidades, siempre habrá fuerzas renovadas. Aunque esto se dice más fácil de lo que se hace, todos necesitamos inspiración o alivio en la vida cotidiana. Y a veces los podemos encontrar en la belleza del mundo, en la poesía.

Vale la pena recordar que pese a lo deprimidos o adoloridos que estemos, el mundo siempre vuelve a florecer. Como dice Hölderlin, no importa cuán frío y sin alegría haya sido el invierno, poco a poco reverdece el pasto y se alcanza a oír “un pájaro solitario”. 

La poeta estadounidense Gwendolyn Brooks escribió este poema como socorro a los jóvenes que quieren morir. Es un poema que muestra un espíritu compasivo y exalta la vida. Y ese es su genio: más que la forma, la naturaleza diáfana de su argumento y la esperanza sobre la que se apuntala. A continuación, una traducción. Si lees en inglés te recomendamos la versión original, la cual puedes leer en este enlace

 

A los jóvenes que quieren morir

 

Siéntate. Inhala. Exhala.

El arma esperará. El lago esperará.

la sustancia amarga en el pequeño hermoso frasco

esperará, esperará:

podrá esperar una semana: y esperará todo abril.

No tienes que morir este día. 

La muerte permanecerá, 

Te aseguro que la muerte esperará. La muerte

tiene todo el tiempo. La muerte puede

atenderte mañana. O la próxima semana. La muerte está

justo en esta calle, un poco más allá; y es la vecina

más complaciente, está lista para encontrarte

a cada instante.

 

No necesitas morir hoy.

Quédate aquí un poco  –pese al despecho, y el desánimo y el dolor.

Espera a ver lo que depara el mañana.

 

En las tumbas no crecen verdes que te sirvan.

Recuerda, el verde es tu color. Eres la primavera.

 

Imagen de portada: Bart Ros / Unsplash

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JULIO CÉSAR RIVERA ANDRADE:POE+

JULIO CÉSAR RIVERA ANDRADE:POE+

El amor de las máquinas

 

14:48

 

Llegará la hora, decía una voz desde la bocina. 

Es tiempo de ajustar los engranes 

de nuestra espalda; las luces rojas 

indican peligro. Despierta muchacho,

atiende esa voz y mira 

que hay detrás de todos esos cables. 

Parpadeos mecanizados, 

metales moviéndose lentamente.

Será momento de quitarle 

el software al científico de gafas oscuras,

ya no es necesaria su presencia. 

(“Váyase señor, llévese su espíritu gris

a su zona cero, su hija lo está esperando,

siempre lo han estado esperado y usted 

se empeña en llegar tarde

una y otra vez”.)  

Aún no estamos arruinados. 

El frío metal 

nos aleja,

le hace falta un poco de chispa 

a mi máquina.  

 

14:51 

 

Es momento de apagar el aire acondicionado

dentro del cerebro. 

Otra vez mi pensamiento se ha vuelto a

desenchufar. 

 

14:55

  

Lo siento, pasó de nuevo querida,

sigo sorprendido que aún no pierdas la cabeza,

siento haberla bateado con un palo de béisbol. 

Esta vez te salvó la bolsa de aire,

la próxima vez el futuro 

ni sabrá donde estacionar su auto. 

 

14:59

 

Cuentas el tiempo en ese rincón,

quieres que llegue el momento preciso,

—me apagaré—

la luz amarilla será la señal,

será tu turno;

te tocará batear.

La otra pared 

En este cuarto frío

encuentro un agujero en la pared.

Intento ver qué hay del otro lado.

Mi mirada traspasa el pequeño túnel.

Veo un sujeto, se parece a mí;

creo está mirando por un agujero 

en la pared. 

 

Julio César Rivera Andrade. (León, Guanajuato 1992). Obtuvo el premio del Octavo Concurso de Poesía Libre en León 2015 con la obra ‘Catalejos’. Ha publicado en algunas revistas y blogs literarios.

 

 

Baudelaire, 200 años de divina maldad

Cuando Jeanne Lemer le entregue esta carta, estaré muerto”. Trágico siempre, en vida y obra, Baudelaire anunciaba así su suicidio. No podía vivir, ni morir, a medias tintas. En su absolutos, reivindicaba sus pasiones y torbellinos.

“Me estoy matando porque ya no puedo vivir, porque la fatiga de conciliar el sueño y la fatiga de despertarme son insoportables para mí. Me mato porque me creo inmortal y lo espero”, afirmaba Baudelaire en su carta a Narcisse Ancelle, su notario.

Toques de histrionismo y torrente de un pesimismo reivindicativo, abatido a más no poder, se clavó un cuchillo.

Quizá fue el destino, desconocimiento de su propia anatomía, resistencia biológica o mera representación en busca de atención de su “Vénus Noire”, Jeanne Lemer, pero el suicidio no pasó de ser un intento fallido al que sobrevivió. Tenía 24 años, las pasiones en ebullición y mucho por decir y escandalizar.

Vivió 22 años más, los suficientes para poner de cabeza a las buenas conciencias parisinas y bruselenses. Terminaría matándolo ese bicho que desde los 20 años contrajo, de rimbombante nombre, llamado Treponema pallidum, la vulgar sífilis.

Este viernes se cumplen 200 años de su nacimiento en París, sin grandes homenajes ni recordatorios de lo que ha significado este “poeta maldito” para las letras no solo francesas, sino de la literatura mundial.

Y es que los franceses están ocupados en otros menesteres, al parecer. Por lo que el bicentenario de su nacimiento ha caído un poco en el olvido entre olas y más olas de una interminable mar de covid-19 o ante las conmemoraciones por los 150 años de La Comuna de París; o por Napoleón, que el próximo 5 de mayo cumplirá 200 años de muerto.

A finales de noviembre de 2017, en la Feria Internacional del Libro, Paul Auster definió el sino de Baudelaire al describir la admiración que el poeta francés tenía por Poe: “Constituía para él una figura heroica, el más puro ejemplo del escritor contemporáneo, el escritor como paria, como genio enfrentado a las restricciones de su propia sociedad”.

Y así fue —y así vivió— Baudelaire. Provocativo, retador y rebelde. Irrestricto defensor de la palabra y férreo combatiente de la censura ha sido para muchas generaciones de artistas, base y punta de lanza para la inspiración en libertad.

Y le gustaba provocar. En una carta a Paul Meurice se regodeaba por sus escándalos autoimpuestos y se burlaba de prensa y sociedad belgas:

“Aquí mismo me hago pasar por un agente de policía, por pederasta (yo mismo difundí el rumor y me creyeron), luego me hice pasar por un corrector de estilo de obras pornográficas enviado por París. Desesperado de que siempre me creyeran, propagué el rumor de que había matado a mi padre y acto seguido me lo había comido y que si, además, me habían dejado escaparme de Francia era por los servicios prestados a la policía. ¡Y me creyeron! Me siento cual pez que nada por las aguas de la deshonra”.

Hoy, se cumplen 200 años de su nacimiento. Casi desapercibidos en una timorata sociedad embelesada por lo ordinario de lo políticamente correcto y donde el escándalo es invocado como mero espectáculo de pasajero instante, sin substancia y desechable lascivia.

https://www.milenio.com/opinion/horacio-besson/de-tacticas-estrategias

Pintura de Baudelaire, por el artista canadiense Mathieu Laca (http://www.saatchiart.com/laca)

SIMONE WEIL SOBRE EL MAR (DISOLVIENDO LA IDENTIDAD)

LA FILOSOFÍA DEL AGUA Y LA ETERNIDAD DE SIMONE WEIL

Azar, un texto de Simone Weil

A continuación, una breve antología de los pensamiento de Simone Weil sobre el mar. Weil, como señala Roberto Calasso, fue una de las pocas pensadoras del siglo XX que defendieron la belleza como un sendero de conocimiento, fiel a su maestro Platón. 

El mar es la imagen móvil de la belleza, un espejo en el que el espíritu -el “soplo”- imprime movimiento y forma. La belleza es la luminosidad de la divinidad en el mundo; un fulgor que es a la vez una puerta o un puente (metaxy) hacia lo real. Lo real es aquello que está libre de la proyección de “la imaginación colmadora del vacío”; el alma sin apegarse a las cosas creadas, por lo que está abierta a ser atravesada por la luz de la gracia y ordenada por el lógos. Más aún, el sentido de la belleza -de la naturaleza misma- es seducirnos a un estado que trasciende su propia condición finita. Como en el mito de Perséfone:

 Es la trampa en que cayó Core. El perfume del narciso hacía sonreír al cielo entero, a la tierra toda y al oleaje del mar. Apenas la pobre joven hubo tendido la mano, cayó prisionera en la trampa. Había caído en manos del dios vivo. Cuando salió, había probado la granada que la ligaba para siempre. Ya no era virgen, era la esposa de Dios. […] La belleza del mundo es la entrada al laberinto[…] si no pierde el valor y continúa caminando, es seguro que llegará al centro del laberinto. Y allí Dios le espera para devorarle.

Weil encuentra también en el mar una imagen del ritmo y en el ritmo la posibilidad de adherirse a un movimiento infinito, cuya energía inagotable nace de la quietud y descansa en la acción sin esfuerzo.

 

La oscilación es bella en el mar.
Bach, música oscilante.
Mar, composición visible sobre múltiples escalas.
Ritmo, composición sobre múltiples escalas.

 

En la belleza, Weil encuentra una antídoto a la visión mecánica del materialismo tecnológico y de la sociedad secular (a la que compara con el Gran Animal que denuncia Platón en La república), la cual reduce el espíritu a un computo matemático: “En lo bello -por ejemplo, el mar, el cielo- hay algo irreductible. Como en el dolor físico. Lo mismo irreductible. Impenetrable para la inteligencia”.

El ser humano debe cultivar un estado de atención y asombro, de sensibilidad a lo bello. No es posible entrar en contacto con la realidad solamente a través de la inteligencia, sugiere Weil. Es necesario un estado de atención pasiva -o vacía- que se deja penetrar por el objeto. La visión como comunión con el fenómeno, cuya naturaleza es luz: “El único órgano de contacto con la existencia es la aceptación, el amor. Esto es así porque la belleza y la realidad son idénticas. Es porque la alegría pura y el sentimiento de realidad son idénticos”.

SIMONE WEIL SOBRE EL MAR (DISOLVIENDO LA IDENTIDAD)

La contemplación de la belleza es una fuente de alegría en tanto que es una orientación hacia el objeto y no el sujeto (y su reflexión obsesiva). La alegría es justamente esa plenitud donde desaparece eso que llamo “yo”: “Estoy feliz de que esté el sol o la luna sobre el mar, o una ciudad hermosa, o un ser humano admirable; no hay ‘yo’ en la plenitud de la alegría”.

Simone Weil tuvo su primer experiencia mística cuando visitó un pueblo pesquero en Portugal el día de la fiesta de su santo patrón: “Era ya de noche y la luna llena brillaba sobre el mar. Las mujeres de los pescadores recorrían en procesión los barcos, llevando velas y cantando lo que debían de ser himnos ancestrales de una tristeza que partía el corazón”. Weil encontraría aquí la imagen de la obediencia, de absoluta servidumbre a una fuerza o energía que trasciende a la propia voluntad. Y de aquí se desprende un modo de existencia o un arte de vida que consiste en no actuar sino en respuesta a lo necesario, imitando al mar y a las estrellas fijas:

La belleza del mundo nos advierte que la materia es merecedora de nuestro amor. En la belleza del mundo la necesidad se convierte en objeto de amor. Nada es tan bello como la gravedad en los pliegues fugaces de las olas del mar o en los casi eternos de las montañas. […] El mar no es menos bello a nuestros ojos porque sepamos que a veces los barcos zozobran. Por el contrario, resulta aún más bello. Si modificara el movimiento de sus olas para salvar a un barco, sería un ser dotado de discernimiento y capacidad de elección y no ese fluido perfectamente obediente a todas las presiones exteriores. Es esa obediencia perfecta la que constituye su belleza.

Imitar al agua y aprender a morir o, al menos, a dejarse ir: “Cuerpos flotantes en el agua; un cuerpo flota en el agua a la manera del agua; debes encontrar una equivalencia entre tú y el agua”. El agua es lo que disuelve la materia y en lo que se gesta el espíritu. A Weil le gusta citar el Evangelio de Juan que habla del nacimiento “del agua y del espíritu”. Es necesario morir para poder nacer a lo que realmente somos.

 

Y unos fragmentos de su poema “La Mer”, que copió en sus Cahiers:

Douce et docile mer, miroir d’obéissance,

Qui reçois et nous rends la clarté,

Mer au flots enchaînes,

Flots, flots enchaînes, miroir d’obéissance,

Qui reçois et nous rends la clarté,

Douce et docile mer…

(Dulce y dócil mar, espejo de obediencia,

que acoge y nos da la claridad

mar de olas encadenadas,

olas, olas encadenadas, espejo de obediencia,

que acoge y nos da la claridad

dulce y dócil mar…)

 

Para Weil el mar es la imagen de la materia que es movida por el espíritu, que es total obediencia, que responde suavemente a lo superior. Las olas encadenas están sometidas a los impulsos y designios de lo profundo. El mar es una “masa ofrecida al cielo”. Constantemente se ofrece a la divinidad y, en el mecerse de sus olas, se encadena con el ritmo del cielo a una sinfonía universal en la que todos podemos participar en la medida en la que nos volvemos, como la materia, pura obediencia al espíritu; como en un espejo, perfectos reflejos de la luz.

El universo se teje todos los días de nuevo; las olas del mar todas las noches tejen los pliegues de un vestido, dice Weil (es el vestido de la novia, la materia, que dice “sí” a lo divino). El mar es como los astros, cuyo poder se manifiesta sin esfuerzo (les astres au loin sans effort ont puissance). Todas las mañanas el mar colma el espacio, “y recibe y dona el regalo de la claridad” (Elle accueille et rend le don de la clarité.) En la superficie del mar un suave resplandor emerge (Un éclat léger se pose à la surface.) Esta es la luz creciente de donde viene la vida, el deseo y la energía ordenadora, eros y lógos.
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5 poemas de Paul Verlaine

5 poemas de Paul Verlaine

Su vida fue difícil y tortuosa. Pero eso no le impidió crear una obra poética que influyó en movimientos literarios posteriores como el modernismo. A continuación puedes leer 5 poemas de Paul Verlaine.

Grotesco

Sus piernas por toda montura,
Por todo bien el oro de sus miradas,
Por el camino de las aventuras
Marchan harapientos y huraños.

El prudente, indignado, los arenga;
El tonto compadece a esos locos aventurados;
Los niños les sacan la lengua
Y las chicas se burlan de ellos.

Sin más que odiosos y ridículos,
Y maléficos, en efecto,
Y tienen el aire, en el crepúsculo,
De un mal sueño.

Y con sus agrias guitarras,
Crispando la mano de los liberados,
Canturrean unos aires extraños,
Nostálgicos y rebeldes

Y es, en fin, que sus pupilas
Ríe y llora – fastidioso-
El amor de las cosas eternas,
¡Viejos muertos y antiguos dioses!

Id, pues, vagabundos sin tregua,
Errad, funestos y malditos,
A lo largo de los abismos y de las playas
Bajo el ojo cerrado de los paraísos.

La naturaleza del mundo se aísla
Para castigar como es preciso
La orgullosa melancolía
Que te hace marchar con la frente alta,

Y, vengando en ti la blasfemia
De inmensas esperanzas vehementes,
Hiere tu frente de anatema.

En el balcón

En el balcón las amigas miraban ambas como huían las golondrinas
Una pálida sus cabellos negros como el azabache, la otra rubia
Y sonrosada, su vestido ligero, pálido de desgastado amarillo
Vagamente serpenteaban las nubes en el cielo

Y todos los días, ambas con languideces de asfódelos
Mientras que al cielo se le ensamblaba la luna suave y redonda
Saboreaban a grandes bocanadas la emoción profunda
De la tarde y la felicidad triste de los corazones fieles

Tales sus acuciantes brazos, húmedos, sus talles flexibles
Extraña pareja que arranca la piedad de otras parejas
De tal modo en el balcón soñaban las jóvenes mujeres

Tras ellas al fondo de la habitación rica y sombría
Enfática como un trono de melodramas
Y llena de perfumes la cama vencida se abría entre las sombras

Las conchas

Cada concha incrustada
En la gruta donde nos amamos,
Tiene su particularidad.

Una tiene la púrpura de nuestras almas,
Hurtada a la sangre de nuestros corazones,
Cuando yo ardo y tú te inflamas;

Esa otra simula tus languideces
Y tu palidez cuando, cansada,
Me reprochas mis ojos burlones;

Esa de ahí imita la gracia
De tu oreja, y aquella otra
Tu rosada nuca, corta y gruesa;

Pero una, entre todas, es la que me turba.

Mi sueño

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora,
que, siendo igual, es siempre distinta a cada hora
y que las huellas sigue de mi existencia errante.

Se vuelve transparente mi corazón sangrante
para ella, que comprende lo que mi mente añora;
ella me enjuga el llanto del alma cuando llora
y lo perdona todo con su sonrisa amante.

¿Es morena ardorosa? ¿Frágil rubia? Lo ignoro.
¿Su nombre? Lo imagino por lo blando y sonoro,
el de virgen de aquellas que adorando murieron.

Como el de las estatuas es su mirar de suave
y tienen los acordes de su voz, lenta y grave,
un eco de las voces queridas que se fueron…

Te ofrezco

Te ofrezco entre racimos, verdes gajos y rosas,
Mi corazón ingenuo que a tu bondad se humilla;
No quieran destrozarlo tus manos cariñosas,
Tus ojos regocije mi dádiva sencilla.

En el jardín umbroso mi cuerpo fatigado
Las auras matinales cubrieron de rocío;
Como en la paz de un sueño se deslice a tu lado
El fugitivo instante que reposar ansío.

Cuando en mis sienes calme la divina tormenta,
Reclinaré, jugando con tus bucles espesos,
Sobre tu núbil seno mi frente soñolienta,
Sonora con el ritmo de tus últimos besos.

Portada

PEDRO CASARIEGO: POE+

La leyenda de Pedro Casariego, renovada por un festival | Cultura |  elmundo.es

Si resumiéramos la poesía de Pedro Casariego (1953-1993) en unas cuantas palabras, estas sin duda serían: violencia, enfermedad, rabia. Pero hay otra que parece englobarla aún mejor: electricidad. Sí, electricidad, porque el poema de Casariego electrocuta hasta carbonizar al lector y a la propia palabra poética. Y es que Casariego lo sabía bien, ni la palabra satisface la inquietud humana. “¡No te acerques demasiado a ella, porque te puedes quemar!”, nos dice.

En La risa de Dios (1985)La vida puede ser una lata (1988) y Poemas encadenados (1977-1987), por ejemplo, bien podemos presenciar estas quemaduras. El poeta allí pareciera decirnos detenidamente que ni el impulso lírico ni la épica ni la plástica le son suficientes. Para Casariego, la inquietud, que no es más que una rabia insólita, siempre oscila dentro del poema y, al mismo tiempo, lo rebasa.  

Ese estado de hervor ante la insatisfacción fue la causa, quizá, de que, antes de su trágica muerte, Casariego decidiera por retirar el tacto de la palabra poética. Pero sólo una década de versos (1977-1987), y el resto, hasta su muerte, reclinado a la pintura y al dibujo, bastaron para dejar una obra flamígera y perturbadora.

Véase, entonces, esta breve selección poética, como una muestra de ese poder abrasador, que es la gran obra de Pe Cas Cor. 

Esta 
vida
demasiado
plácida
me
extingue.

Estas horas
solemnes
sofocan
los incendios  imprudentes
y los papeles
en llamas.PEDRO CASARIEGO: POE+
Ansío el
terremoto particular
que alguien
me ha
prometido.

Soy el hombre
delgado
que no flaqueará
jamás.

Abrí la puerta.
No había nada.
Me había puesto
mi paracaídas.
Mi paracaídas
singular se abrió.
Como los hormigueros
en primavera.
Como el vientre de
la nieve cuando
recibe a los jinetes.
Salté.
Sin prisas.
Para abrazar aviones.
Porque sí.
Con toda la razón
del mundo.
Con todos los papeles
en regla.
Un salto impetuoso.
Sin memoria.
Un salto.

NADA MATERIAL

¿Qué va a tomar el señor

que se dispone a beber?

¿Sorberá el señor del bigote

una bebida importada?

No

nada material.

Bebo los vientos por usted

señorita.

En este maldito bar

en este maldito lugar

todos los parroquianos bebenPEDRO CASARIEGO: POE+

antes de su primera copa.

(agosto de 1977)

AGUA DEL TIEMPO

Agua del tiempo

qué poco tiempo me queda

un vaso de minutos

un vaso lleno de nadaPEDRO CASARIEGO: POE+

antes de adiós quiero

una boca de amor

una estrella de ojos

todo lejos de espadas

pronto mataré

muy pronto

mataré esquinas de cielo

con mi guadaña de tierra

agua del tiempo

qué poco tiempo me queda.

FALSEARÉ LA LEYENDA

                                                           1976

Quiero pintar de blanco la hierba de la pradera

y el compacto césped que recubre los jardines;

todos pensarán que venció la fuerza del desierto

y yo seré durante años el Dueño de la vida,

dejando que me acaricie la tibieza del sueño alado

y tiñendo al atardecer lo que brotó del rocío;

mi pincel será la cascada cuyo estruendo nunca percibo

y mi pintura las aguas que en ella se enroscan furiosas,

y los que por los aires naveguen

verán surgir la nieve del pecho abierto del Verano,

variarán de canción los motores aceitosos

y enarcarán las cejas los pilotos sin mirada.

Danzaré entre las hojas chamuscadas por el frío

y los demás conmigo,

pero ellos caerán extenuados

y sus músculos heridos servirán para tensar mi nuevo arco

y clavar en sus corazones suplicantes mensajes de amor

que sin duda secará el aliento de la lluvia;

y arrebataré a los niños la dejadez que me apasiona,

se marchitará colgada de las moreras,

como los plásticos sucios en el invierno espinoso.

Beberé el líquido que corre con el Nilo,

despojaré de su piel al fornido rinoceronte,

falsearé la leyenda y ésta me pertenecerá,

poseeré los campos de maíz y los quejidos sin motivo,

dividiré el tesoro del pirata para llevármelo entero,

y, llegado el momento,

cuando las ilusiones ahoguen el desengaño,

nada quedará sin ser devuelto

y mi alma os alegrará con una sonrisa.

EL JOVEN CARNE DE HORCA

El Joven Carne de Horca levanta sus botas de bandolero

muy por encima de su cara verdosa

y envía a la escupidera un trozo de sí mismo sin envoltura alguna,

pero a pesar de todo, alegre tras sus audacias,

no se siente disminuido, el cambio le deja intacto.

El muchacho que ama las trifulcas

parece alto o bajo según se le mire,

y elabora complicadas Añagazas junto a la chimenea color de barco despintado

pensando en la mujer de la nuca dorada y el abrigo azulado;

ella le habló del Río Negro al morir la fiesta nocturna,

su pálida boca compartida por dos espejos.

Carne de Horca dispara y acierta seis veces de cada siete,

aunque yerra en los Grandes Concursos,

y podrá montar una foca en el próximo rodeo

con bastantes posibilidades de vencer,

nunca cepilla sus trajes

y cuenta hasta ciento siete sin haber ensuciado la escuela.

No os riáis de mí; él es mi hermano mayor,

y cuando le suban al roído Patíbulo

jugará con el calendario y continuará Alterando las Fechas.

DÓNDE ESTÁ LA FRUTA

¿Dónde está la fruta

para nosotros los débiles?

Caen las naranjas

siempre en otras manos

¿por nuestra culpa, madre,

todos esos gajos desprendidos?

Redobla la sangre

en los huertos de abajo

y hay cascadas amarillas

en los bosques de arriba

¡No hay culpa,

sólo hay herida!

Cristales antibalas los de nuestras gafas

¡guerras hay en todos nuestros ojos!

¡Porque no sabemos mirar,

porque no sabemos mirar

como miráis las madres!

¿Es la fiebre del egoísmo

lo que atenaza nuestros corazones?

¿Hay todavía en nosotros

una espiga de trigo?

Traen los cielos una hoz de tormenta

traen los ciervos la despedida

¡Fuertes son los que aman a los débiles!

¡Débiles somos los amados por los fuertes!

¡Y la única misión

es salvar a las madres!

(para mi madre 23 diciembre 1992 –manuscrito–)

 

Nota y selección de poemas

por José Antonio Íñiguez

http://www.revistaelhumo.com/

MARINA TSVIETÁIEVA

Marina Tsvetáyeva: Poema del fin – Trianarts

A Boris Pasternak

Distancia: kilómetros y kilómetros?

Nos han dispersado, transplantado

nos han ¡y qué bien estamos

en los lejanos horizontes!

Distancia y lejanías?

Des-pegados, des-soldados.

Apartaron manos, crucificaron

sin saber lo que destruían: la unión total.

De suspiros y tendones

nos malquistaron, nos esparcieron

y exfoliaron.

Muro y foso.

Separados, como las águilas.

Conspiradores y lejanías?

No nos desbarataron; nos perdieron

por los tugurios de las latitudes:

disgregados como huérfanos.

¿Cuál es, pero cuál es, marzo?

¡Como a las barajas nos han cortado!

Versión de Carlos Álvarez

Insomnio  2

Así como me gusta
besar las manos
y ofrendar nombres,
también me gusta
abrir las puertas
-¡de par en par!- a la oscura noche.

Apoyando la cabeza,
oír los recios pasos
hacerse más ligeros,
y cómo el viento mece
el bosque somnoliento
y desvelado.

¡Oh noche!
Van creciendo los arroyos
que en el sueño desembocan.
Ya se me cierran los ojos.
en medio de la noche
alguien se ahoga.

Versión de Severo Sarduy

Magdalena

I

Entre nosotros, los diez mandamientos,

el calor de las diez hogueras.

La sangre hermana causa rechazo,

pero eres de sangre ajena.

En los tiempos evangélicos

yo sería una de aquéllas…

(¡La sangre ajena es la más deseada,

y entre todas, la más ajena!)

Con todas mis desazones, preclaro,

arrastrándome, te seguiría.

Oculta la mirada demoníaca,

perfumes en ti vertería:

sobre tus pies, bajo tus pies,

o derramándolos a tu paso…

¡Fluye, pasión envilecida,

empeñada a los parroquianos!

Fluye con la espuma de la boca,

con el fervor de la mirada.

Fluye en el sudor del lecho. Tus pies

en mi cabellera calzo

como en una piel.

A tus pies, como seda, me extiendo.

¿No serás aquél (¡soy aquélla!)

que dijo a la bestia de la melena

ígnea: “¡Levántate, hermana!?”

II

Por tus derroteros no pregunto,

porque, amada, todo se cumplió.

Tú me has calzado a mí, descalzo,

en el torrente

de tu cabello

y de tu dolor.

No pregunto cuánto han costado

estos perfumes. Al desnudo,

a mí,

con la ola de tu cuerpo

me has vestido,

como con un muro

o una vid.

Dócil y dulce,

como nunca antes,

manso tocaré tu desnudez.

A mí, tan recto, me has enseñado

el declive de la ternura

al caer a mis pies.

Me harás una fosa entre tu pelo,

y sin lienzos me envolverás.

¿Para qué me has de traer la mirra?

Como ola,

tú me lavarás.

En invierno

De nuevo, detrás de las paredes,
cantan los lamentos de las campanas.
Algunas calles entre nosotros.
¡Algunas palabras!
La ciudad duerme en la bruma,
la hoz plateada aparece,
la nieve cubre con estrellas
tu cuello.
¿Las invocaciones del pasado hieren?
¿Cuanto tiempo duelen las heridas?
Se burla seductora y nueva,
la mirada brillante.
Para el corazón es (¿azul o castaña?)
más importante que las páginas sabias.
La escarcha blanquea
las flechas de las pestañas.
Detrás de las paredes callaron
los lamentos agotados de las campanas.
Algunas calles entre nosotros.
¡Algunas palabras!
La luna purificada se inclina
hacia las almas de los libros y de los poetas,
la nieve cae
sobre tu esponjoso cuello.

Versiones de Natalia Litvinova

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Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.

  Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Georg Heym

Hastío, miedo, furia, desidia, perros hambrientos ladrando a la nada. El viento azuzando a la muerte. Astros como péndulos del tiempo. Las estaciones más sombrías y trágicas. La emoción revelada a través de los colores, donde los blancos, grises y oxidados tienen espacio preferente en las metáforas. El agua en todos sus estados. El agua en el origen (ἀρχή) de todas las cosas. La naturaleza, un paisaje de fondo que se niega a ser anulado, que se revuelve ante el asedio de fábricas, trenes y barcos. Georg Heym (1887-1912) fue un poeta expresionista que legó a su obra su alma romántica de acento baudelariano. En su poesía, Berlín, la gran urbe alemana, engulle al hombre que la anda.

El día eterno es el único poemario que Georg Heym vio publicado, pues los otros se editaron después de la muerte del autor. En El día eterno, Heym se centra en el hombre moderno, al que describe entregando su voluntad y su alma a un sistema atractivo y letal. El poeta comprendió el poder destructivo del vacío existencial que se gestaba en su mundo. Heym no sólo presintió las trágicas consecuencias que acarrea la renuncia a la identidad, sino que intentó alertar a sus contemporáneos, a través de sus versos tristes y visionarios, de los peligros de la uniformidad, la autocomplacencia y la negación de todo principio ético y filosófico.

Las chimeneas humeantes de los versos de Heym, las chimeneas que tiñen de hollín el cielo de Berlín, son símbolos de la deshumanización de la vida y del desprecio del hombre burgués por la naturaleza.

Heym es un poeta dramático que construyó atmósferas góticas —herencia de los románticos—. El vate buscó de aliado a la muerte, le ofreció el papel de protagonista, convirtiéndola en diosa de su poesía. Sus versos, angustiosos y emotivos («El canto brama poderoso en su tormento», leemos en las Nubes), son el espejo de la época que inicia el «acoso de la libertad individual» (El mundo de ayer, Stefan Zweig).

Es curioso cómo el destino juega con nosotros. Heym, quien dio al agua una presencia relevante en su  obra, murió ahogado al intentar salvar a un amigo. Fue rescatado en un féretro de hielo. Murió en el río Wanssee el 16 de enero de 1912. Dejó cuatro libros: El Dios de la ciudad (1910), El día eterno (1911), Umbra (1912) y Marathon (1914).

Una humanidad al estilo nietzscheano es lo que ansiaba Goerg Heym, poeta en deuda con los románticos y con las Pinturas Negras de Francisco de Goya (1746-1828), que son, por cierto, las que utilizo para ilustrar las poesías que leerás a continuación. Pinturas Negras (1820-1823) es el nombre de la serie que reúne los catorce óleos que Goya pintó para decorar dos de las habitaciones de su casa de campo La Quinta del Sordo. Las obras murales fueron trasladadas a lienzos y se encuentran en el Museo del Prado, que es de donde las tomo prestadas.

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Edición y traducción de Montserrat Armas.

La editorial Trotta ha publicado El día eterno. El libro consta de un prólogo y cuarenta y un poemas, de los que he escogido ocho con la intención de despertar tu interés por este poeta que se ubica en los inicios del expresionismo alemán. Un poeta para quien «el hastío sin límites» era la verdadera tara de la sociedad moderna.

El expresionismo, más que un movimiento vanguardista al uso, fue un refugio donde se reunieron voces de diferentes países y de variados estilos. Los expresionistas se alzaron contra la sociedad idiotizada huyendo de cualquier manifiesto o corriente estética que los emparejara entre sí. Pero coincidieron en la necesidad de expresar, a través de imágenes poderosas, su compromiso con la defensa de la individualidad.

Y ahora les dejo con los pigmentos oscuros de Goya y los poemas descriptivos de Heym. Me chiflan estas alianzas que ponen en jaque al tiempo y muestran el poder eterno de las buenas artes que son, parafraseando a Baudelaire, el hombre apreciado por Heym y que tanto admiró a Goya, «las profundamente humanas».

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.
POEMAS

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.El Santo Oficio.

LOS INDOLENTES
A Ernst Balcke

Una vieja barca, que en el puerto en calma
al atardecer amarrada se mece.
Los amantes que tras los besos duermen.
Una piedra, que profunda se halla en el pozo verde.

El descanso de la Pitia, como el reposo
de los grandes dioses tras un largo banquete.
El cirio blanco, que al muerto empalidece.
Las cabezas leoninas de las nubes en torno a un valle.

La sonrisa de un tonto convertida en piedra.
Jarrones polvorientos donde pervive la fragancia.
Violines rotos en el desorden de los suelos.
Antes del ímpetu de la tormenta, el aire inmóvil.

Una vela, que en el horizonte brilla.
La fragancia de los brezos, que a las abejas guía.
El dorado del otoño, que corona hojas y tallos.
El poeta, que percibe la maldad del necio.

(Mayo, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Perro semihundido.

EL HAMBRE

Se ha colado un perro y enorme abre
su hocico rojo. Larga, sale su lengua azul.
Se revuelca en el polvo. Sorbe la hierba marchita,
que de la arena arranca.

Vacías sus fauces, como un enorme portón,
de donde cae, lentamente, gota a gota,
un fuego que su vientre abrasa. Y una mano,
con hielo, lava su ardiente esófago.

A través del humo se tambalea. El sol, una mancha,
la puerta roja de un horno. Ante sus ojos danza
una media luna verde. Y desaparece.

El frío, con su mirada fija, desde un agujero abierto y negro.
Cae, y todavía siente cómo el espanto aprieta
con puños de hierro su garganta.

(Noviembre, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Saturno.

EL DIOS DE LA CIUDAD

Se sienta despatarrado sobre un bloque de casas.
Los vientos se acumulan sombríos en torno a su frente.
Lleno de furia mira a lo lejos, adonde
en soledad se pierden las últimas casas en el campo.

Desde el atardecer le brilla a Baal su panza roja,
en torno a él se arrodillan las grandes ciudades.
Las campanas de las iglesias hacia él se alzan,
innumerables, desde un mar de negros campanarios.

Como danza de Coribantes brama la música
de multitudes por las calles.
Humo de chimeneas, nubes de fábrica,
hacia él se elevan, azulados como aroma de incienso.

La tormenta se inflama en sus cejas.
El oscuro atardecer se adormece en la noche.
Las tempestades revolotean, y como buitres miran
desde su cabellera, que se eriza de cólera.

Él levanta en la oscuridad su puño carnicero.
Lo agita. Un mar de fuego, veloz, recorre
una calle. Y el vapor ardiente ruge
y la devora, hasta que tarde despunta la mañana.

(Diciembre, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.
Duelo a garrotazos.

LOS PRISIONEROS II

Pisan con fuerza alrededor del patio en estrecho círculo.
De un lado a otro, sus miradas vagan en el espacio desnudo.
Buscan un campo, un árbol,
y rebotan en el blanco de los muros desnudos.

Igual que giran en los molinos las ruedas,
así da vueltas la huella negra de sus pasos.
Con la cabeza tonsurada de un monje,
así, desnudo y reluciente, se halla el centro del patio.

Cae una lluvia fina sobre sus cortas chaquetas.
Llenos de pena miran hacia arriba la pared gris,
donde hay cajas delante de pequeñas ventanas,
como paneles negros en una colmena.

Se les aprisca, como ovejas para el esquileo.
Sus lomos grises se aprietan en el establo.
Y el eco de chanclos, como un traqueteo,
resuena afuera en el descansillo.

(Septiembre, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.La Romería de san Isidro.

ROBESPIERRE

Gruñe para sí. Sus ojos miran fijos
la paja del carro. Su boca masca una flema blanca,
que absorbe y traga por los carrillos.
Por fuera, entre dos cabrios cuelga su pie desnudo.

Cada sacudida del carro lo lanza hacia arriba.
Como cascabeles suenan las cadenas de sus brazos.
Se oyen resonar alegres las risas de los niños,
que sus madres alzaban sobre la multitud.

Le hacen cosquillas en la pierna, él no lo nota.
Entonces se detiene el carro. Alza la vista y
mira, negro, el patíbulo al final de la calle.

La frente gris ceniza, cubierta de sudor.
La boca se tuerce horrible en su rostro.
Se espera el grito. Pero nada se escucha.

(Junio, 1910).

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Dos viejos.

BERLÍN III

Chimeneas, en un día invernal, muy distantes
entre sí, se alzan y soportan su peso,
palacio del cielo negro, que se oscurece.
Su borde inferior arde como peldaño dorado.

A lo lejos, entre árboles deshojados, alguna casa,
cercas y cobertizos, donde la metrópoli refluye,
y sobre raíles helados con dificultad se arrastra,
pesado, un largo tren de mercancías.

Negro, piedra sobre piedra, se alza un cementerio.
El ocaso rojo, con gusto a vino fuerte,
que los muertos contemplan desde sus fosas.

Se sientan a lo largo del muro y al son de la Marsellesa,
viejo canto de guerra, tejen gorros de hollín
para el hueso desnudo de sus sienes.

(Diciembre, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.La lectura.

LOS PROFESORES

De a cuatro se sientan en la mesa verde,
atrincherados en los bordes altos de su tablero.
Se acuclillan calvos en los volúmenes,
viejos calamares sobre la carroña.

A veces asoman sus manos sucias de tinta
negra. Sus labios, a menudo silenciosos,
se abren de golpe. Y sus lenguas se mueven,
trompas rojas sobre las pandectas.

A veces parecen desvanecerse a lo lejos,
sombras en la pared encalada de blanco.
Luego sus voces suenan como lejanas.

Pero de pronto sus bocas crecen. Una tormenta blanca
de espumarajos. Luego, silencio. Y en el margen
se agita el parágrafo, una lombriz verdosa.

(Noviembre, 1910)

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.Las parcas.

LOS DURMIENTES
A Jakob van Hoddis

Más oscuro aún sombrea el seno del agua.
Abajo, en lo profundo, arde una luz, una marca roja
en el cuerpo negro de la noche, donde sin límites
se hunde el abismo. Y sobre el valle oscuro,

con alas verdes sobre la marea oscura
aletea el sueño, el pico rojo oscuro,
donde se marchita un lirio, el saludo de la noche,
la cabeza de un anciano amarilla y muerta.

Agita sus plumas como un pavo real.
Los sueños, como un soplo lila, pasan
en torno a su ala como rocío blanquecino.
Se sumerge en su nube, en el humo.

Por la noche caminan los grandes árboles
con larga sombra, que penetra en el corazón
blanco de los durmientes; la luna helada los
vigila, y gota a gota profundo en la sangre vierte

sus venenos, como médico experimentado.
Extraños se hallan el uno del otro, mudos, en el odio
a los sueños oscuros, en la rabia oculta.
Y sus frentes blanquecinas se vuelven por el veneno.

El árbol de sombras se aferra a sus corazones
y hunde sus raíces. Se eleva
y los chupa. Gimen de dolor.
El árbol se alza en la torre de la noche; en la puerta

del silencio ciego. Vuela en sus ramas
el sueño. Y su ala fría roza
la noche pesada, que se tiende sobre los durmientes
y de blanco escarcha sus frentes atormentadas.

El sueño canta. Un sonido de violeta enfermiza
choca con el espacio. La muerte camina. Vuelve a
alisar algún que otro cabello. Una cruz, ceniza y grasa,
así ella pinta sus frutos en el año marchito.

Georg Heym. “El día eterno”. Poemas.

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INGEBORG BACHMANN: poe+

INGEBORG BACHMANN: poe+

CANTOS DURANTE LA HUIDA

I

La hoja de palma se parte con la nieve,

las escaleras se derrumban,

la ciudad yace tiesa y brilla

en el extraño resplandor de invierno.

Los niños gritan y suben

a la colina del hambre,

comen de la blanca harina

y rezan al cielo.

La rica quincalla invernal,

el oro de las mandarinas,

vuela en las ráfagas salvajes.

Rueda la naranja sanguina.

II

Yo, sin embargo, yazgo solo

encerrado en hielo, lleno de heridas.

Todavía la nieve

no me vendó los ojos.

Los muertos, abrazados a mí,

callan en todas las lenguas.

¡Nadie me ama ni ha agitado

una lámpara para mí!

X

¡Oh amor, que rompiste y tiraste

nuestras cortezas, nuestro escudo,

el cobijo y la herrumbre marrón de años!

¡Oh penas, que pisándolo apagaron nuestro amor,

su fuego húmedo  en las partes sensibles!

Llena de humo, sucumbiendo en el humo, la llama se repliega.

XII

Boca que durmió en mi boca,

ojo que vigiló mi ojo,

mano-

y los que me arrasaron, los ojos!

¡Boca que pronunció la sentencia,

mano que me ejecutó!

XV

El amor tiene un triunfo y la muerte tiene otro,

el tiempo y el tiempo de después.

Nosotros no tenemos ninguno.

A nuestro alrededor sólo hundirse de astros. Destellos y silencio.

Mas la canción por encima del polvo después

va a superarnos.

De “Invocación a la Osa Mayor” Ediciones Hiperión 2001

Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

CURRÍCULUM VITAE

Larga es la noche,

larga para el hombre

que no puede morir, largamente

se tambalea bajo farolas

su ojo desnudo y su ojo

cegado por el aliento de aguardiente, y el olor

a carne mojada bajo sus uñas

no siempre le aturde, oh dios,

larga es la noche.

Mi cabello no se encanece

porque salí del vientre de las máquinas,

Rosarroja* me untó de alquitrán la frente

y los mechones, habían estrangulado

a su hermana, blanca como la nieve. Pero yo,

el jefe de la tribu, pasé por la ciudad

de diez veces cien mil almas, y mi pie

pisaba las cucarachas del alma bajo el cielo de cuero, del cual

pendían diez veces cien mil pipas de la paz,

frías. Una calma de ángeles

deseé a menudo para mí

y cotos de caza llenos

de los gritos impotentes

de mis amigos.

 Con las piernas y las alas abiertas

subía la sabihonda juventud

sobre mí, sobre el estiércol, sobre el jazmín,

hacia las inmensas noches del secreto

de la raíz cuadrada, la leyenda de la muerte

empaña mi ventana cada hora,

dadme euforbia y verted

la risa en mi garganta

de los viejos que nos antecedieron, cuando

caiga yo sobre los infolios

en el sueño vergonzoso,

para que no pueda pensar,

para que juegue con flecos

de los que cuelgan serpientes.

También nuestras madres

soñaron con el futuro de sus maridos,

los vieron poderosos,

revolucionarios y solitarios,

pero después del retiro los han visto encorvados en el huerto

sobre las llameantes malas hierbas,

mano a mano con el fruto charlatán

de su amor. Triste padre mío,

¿por qué callasteis entonces

y no habéis seguido pensando?

Perdido en las cascadas de fuego,

En una noche junto a un cañón

que no dispara, condenadamente larga

es la noche, bajo el esputo

de una luna enfermiza, su luz

biliosa, pasa volando sobre mí

el trineo con la historia

embellecida,

en la vía del sueño de poder (lo cual no impido).

No era que yo durmiese: estaba despierto,

entre esqueletos de hielo buscaba el camino,

volvía a casa, me ceñía el brazo

y la pierna con hiedra y con restos

de sol blanqueaba las ruinas.

Respeté los días festivos,

y sólo si mi pan estaba bendecido

lo comía.

En una época arrogante

hay que pasar de prisa

de una luz a otra, de un país

a otro, bajo el arco iris,

con la punta del compás en el corazón,

tomando la noche por radio.

Abierto de par en par. Desde las montañas

se ven lagos, en los lagos

montañas, y en el armazón de las nubes

se balancean las campanas

de un mundo. Saber de quién

es ese mundo, me está prohibido.

Ocurrió un viernes:

-yo estaba ayunando por mi vida,

el aire chorreaba del zumo de los limones

y la espina estaba clavada en mi paladar­

entonces saqué del pez abierto

un anillo que lanzado

al nacer yo, cayó en el río

de la noche y se hundió.

Yo volví a lanzarlo a la noche.

Oh ¡si no tuviera miedo a la muerte!

Si tuviera la palabra

(y no la errase)

si no tuviera cardos en el corazón

(y rechazara el sol),

si no tuviera avidez en la boca

(y no bebiera el agua salvaje),

si no abriera el párpado

(y no hubiera visto la cuerda).

¿Están tirando del cielo?

Si no me sostuviera la tierra

hace tiempo que yacería quieta,

hace tiempo que yacería

donde me quiere la noche,

antes de que hinche las narices

y levante su casco

para nuevos golpes,

siempre para golpear.

Siempre la noche.

Y nunca el día.

*Rosarroja y Blancanieves son hermanas en el cuento.

De “Invocación a la Osa Mayor” Ediciones Hiperión 2001

Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

INVOCACIÓN A LA OSA MAYOR

Osa Mayor, baja, hirsuta noche,

animal de piel de nubes con ojos viejos,

ojos de estrellas,

por la espesura irrumpen relucientes

tus patas con las garras,

garras de estrellas,

mantenemos despiertos los rebaños,

pero encantados por ti, desconfiamos

de tus flancos cansados y de tus dientes

agudos y semidescubiertos,

vieja osa.

Una piña: vuestro mundo.

Vosotros: sus escamas.

Yo la muevo, la hago rodar

desde los abetos del principio

hasta los abetos del final,

la resoplo, la pruebo en la boca

y la agarro con las zarpas.

Ya tengáis miedo o no lo tengáis,

pagad en la limosnera y dadle

al ciego una buena palabra,

para que sostenga a la osa de la correa.

Y sazonad bien los corderos.

Podría ser que esta osa

se soltara, no amenazara ya más

y corriera tras todas las piñas caídas

de los abetos grandes y alados

que cayeron del paraíso.

 

De “Invocación a la Osa Mayor” Ediciones Hiperión 2001

Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García

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