Tomarse el buque

Tomarse el buque
yoya sanlehi

Vámonos…

Vámonos que ya es la una…
Vamos. Nos vamos. Ya nos estamos yendo.
Levantemos el culo de esta silla.
Apuremos el trago. Si es necesario
paguemos la cuenta y,
mutis por el foro,
trepemos por los techos.
¿Qué hacemos aquí sentados todavía…?
Afuera está el mundo,
la vida no es ésto, o es ésto y no espera.
La muerte nos pisa los talones,
la muerte hace footing y jadea a nuestro lado.
Tomemos envión y en el impulso
saquemos fuerza del desánimo.
¡Rajemos muchachos, salgamos corriendo!,
la facha fatal contra el viento
y una loca razón trotando en el pecho.
Vámonos,
vámonos de una buena vez
y para siempre.
Dejemos que atrás el pasado se vuelva
un recuerdo presente.
No importa el futuro
si quiere venir, ya vendrá,
lo importante es andar
con el horizonte teñido en la frente.
Vámonos, vámonos ya…
Que es tarde,
muy lejos
y urgente.

posteado por titi para poemas simiescos/lacoctelera

La moda del maldito recluido

LA INTIMIDAD con Holden Caulfield nos avisó de que la vejez huele a Vicks Vaporub y de que no hay mayor certeza que el dolor de ser. En una ciudad que no aclaraba adónde iban los patos de Central Park en invierno y en la que el arcoiris era una mancha de gasolina en un charco, Salinger degradó a patología adolescente la búsqueda de sentido del romanticismo en aquella Europa a la que los enciclopedistas habían vuelto demasiado científica y descreída: un vacío del alma comparable al que sucedió a las bombas atómicas y el horror de los campos de exterminio y que permitió a Mailer etiquetar el agónico existencialismo hipster. Sólo que, con El guardián, Salinger limitó a una edad poco interesante y a un ambiente típicamente neoyorquino y burgués eso que Chateaubriand llamó el Mal del Siglo, reconocible en el suicidio de Werther, otro que no sabía cómo evitar la expulsión del campo de centeno.

La moda del maldito recluido

Recordando la moda de suicidios que inspiró el Werther, el propio Chateaubriand advirtió de la cantidad de hombres jóvenes que podían echarse a perder por la creencia de que ser escritor consistía en imitar una pose maldita. Un cortarse la oreja en vez de trabajar. En ese sentido, Julio Camba decía que la literatura, mal entendida, se convertía en una «profesionalización de la tara psicológica». Mucho de esto hay, en la hora de su muerte, en el elogio de la reclusión excéntrica de Salinger, como si eso, y no lo escrito, contuviera mérito literario. Leer a Salinger es recomendable. Pero resulta imprescindible hacerlo después de haber desbrozado los misterios anecdóticos que rodeaban la personalidad de un tipo probablemente insufrible que apenas se diferenciaba de Unabomber en que armaba textos en lugar de bombas. De lo contrario, cuajaría la idea equivocada de que ser escritor consiste necesariamente en encerrarse en una mansión más lúgubre que la cripta de Drácula, en beberse uno la propia orina, en tener una escopeta a mano para repeler a las visitas, y en ejercer una modalidad obsesiva del yoísmo basada en la misantropía y la renuncia a intervenir en los sucesos de su tiempo. Acepta eso, y el joven aspirante a escritor termina creyendo que traiciona un voto literario si no sufre mucho, todo el día, para procurarse la vanidad del inadaptado. Qué bobo prestigio, el de los adustos solitarios, el de los bordes de cabaña y cortina corrida. Uno siempre preferirá a los escritores vitales que salen al encuentro del mundo y que jamás dejan de saberse menos importantes que cuanto acontece.

David Gistau/elmundo.es

La timba

La timba

El día en que te vayan muy mal las cosas podrás contar con los dedos de la mano los que se queden a tu lado, me dijo un negro viejo en un baile, un negro que se las daba de psicólogo. El viejo me dio otro consejo que había aprendido en el burdel del barrio: “En esta vida primero tú, después tú y luego tú”. No es nada fácil aprender esta lección, añadió. Hay que ser un tipo duro, pero los de tu alrededor tendrán una ventaja, puesto que sólo siendo uno feliz se puede hacer feliz a los demás. Ignoro si estas cosas rudimentarias de la vida se enseñan también en Harvard. No estoy seguro si la psicología ha subido desde el burdel a la cátedra o, por el contrario, de la cátedra ha bajado al burdel y al mercado donde la gente manifiesta en los ojos todas las pasiones primarias acariciando con los dedos el dinero sudado antes de cambiarlo por el placer. Los despachos y gabinetes de algunas facultades anglosajonas huelen a un silencio de libros noblemente encuadernados y el suelo de madera cruje bajo los pies. Los profesores de psicología suelen tener un aire elegantemente devastado. En ese ambiente de estudio todo está preparado para que los alumnos privilegiados reciban las teorías más avanzadas sobre el comportamiento del alma humana, pero no es raro que esos profesores no sean tan coherentes como el negro que bailaba swing con una negra en aquella timba. Algunos profesores de psicología llevan una doble vida entre Erich Fromm y el alcohol y suelen tener escenas a cuchillo con su mujer en la cocina en el tedio de la tarde del domingo e incluso el emérito que el día anterior mandó un trabajo en clase acerca del conductista John Watson aparece por la mañana desnudo, erecto y asfixiado con la cabeza metida en una bolsa de plástico. Contando con que la vida, según Samuel Beckett, es un caos entre dos silencios, todo vale en la mota de polvo, que es este planeta perdido en el universo donde se celebra una fiesta de monos. Nadie sabe si la aurora extendía sus dedos de rosa sobre el mar antes de que llegara Homero o si ese color sólo era sangre y el poeta la convirtió en versos inmortales porque estaba ciego. En la timba la pareja de negros bailaba como si estuvieran unidos al fuego del fondo de la tierra. Sólo así se pueden dar consejos.

Manuel Vicent/elpais.es

Diez ideas para ubicarse en la vida

Diez ideas para ubicarse en la vida

Las miradas sociales pueden resultar reveladoras pero son también extremadamente limitadas a la hora de comprender lo fundamental del mundo humano. La vida se vive desde adentro, es siempre la aventura de alguien, y solemos descuidar esa perspectiva con frecuencia. Para pensar la historia es necesario tener la mirada amplia. Pero para hacer la vida propia -y para hacer bien la historia-, es necesario aplicar una mirada más concreta y realista, individual. Esto es necesario incluso para que la historia, que alguna vez será narrada, tenga algo evolutivo que contar.

La hipótesis: si las personas fueran más sabias y plenas también serían más útiles en la producción de felicidad colectiva. La plenitud del individuo genera belleza social. Y más riqueza. Y más bienestar general. El resentimiento y la ideología (plagada de ignorancias) reproducen la amargura social. ¿Acaso todavía no quedó claro?

No nos equivoquemos, buscar el bienestar personal no es un camino para hacerle bien al país. Uno, la persona, el individuo, no es un medio. El intento es el de demostrar precisamente que considerarse un medio no tiene sentido, que es improductivo, que produce desastres. La mayor apuesta es la felicidad personal, y la consecuente sensualidad social de desarrollo y creatividad.

A continuación una serie de premisas orientadoras para ese individuo frecuentemente aplastado por el peso de una visión social inadecuada:

1. No es cierto que quien más sabe, más sufre. El conocimiento y la inteligencia muestran su valor en la realidad que producen. La realidad no es en su fondo la desgracia que gustamos creer. Al tomar contacto con sus verdades profundas lo que se genera no es dolor. Se genera de todo: dolor, placer, deseos, movimientos, experiencias. Sobre todo: acción, batalla por el sentido, ganas de hacer y de logro.

2. No hace falta estar preocupado todo el tiempo. La sensación de preocupación constante es un problema personal, una mala manera de tratar con las ansiedades propias. Es nuestra responsabilidad aclarar la situación y salir de esa emoción: y tomar las acciones que sean necesarias. Se puede pedir ayuda. Se puede ayudar. La preocupación no es sintonía con la realidad, es incapacidad de tratar con ella.

3. Aprender a vivir es aprender a soportar lo indefinido. A vivir se aprende: la vida va enseñando, si uno presta atención. Lo indefinido es lo que se padece, lo que resulta incómodo, aquello que todavía no se entiende o no se puede. Hay que tolerar grandes cantidades de indefinición, de caos, de procesos que suceden según su propio ritmo y no según el ritmo de nuestras necesidades o deseos.

4. Lo problemático es parte de lo real, y no algo que no debiera existir. Tal vez el error central de nuestro pensamiento standard sea la idea de que una existencia como debe ser no tendría que contener problemas o injusticias. Como si la existencia fuera un fenómeno racional y no uno natural. No lo es: los problemas ocupan y ocuparán siempre su legítimo lugar. El tema es qué hacemos nosotros frente a ellos.

5. El despelote de nuestras sociedades no es un defecto. Lo propio de una sociedad, en todas partes del mundo y en todas las épocas de la historia, es ser un núcleo indomable de tensiones cruzadas. Las sociedades no pueden no ser problemáticas y en parte caóticas. La capacidad de una comunidad está en lo que logra hacer con su despelote fundamental. Basta de creer que todo está mal todo el tiempo. Bastante bien funcionan las sociedades teniendo en cuenta que somos tantos viviendo juntos en un espacio acotado.

6. Dos planes vitales básicos, sobrevivir o crecer. Una cosa es hacer pie en lo que uno quiere, y aceptar los desafíos de ir plasmando ese crecimiento, y otra tratar de eludir las dificultades planteadas por nuestros deseos y tratar de sobrellevar la vida como una situación que, bueno, ya va a pasar. Sobrevivir: no hacer olas, evitar despelotes, conformarse. Crecer: ir a por más, desplegarse, tomarse en serio la propia sensibilidad.

7. De las confusiones se sale diciendo qué se quiere. El caos se ordena con el eje del deseo. Ese vector instaura un orden, organiza la experiencia con algún sentido, muestra dónde va cada cosa. No se trata tanto de buscar el camino correcto, hay que buscar el camino propio.

8. La diferencia debe ser expresada, más que respetada. Nos quedamos en la tibieza moralista cuando decimos que las diferencias hay que protegerlas, adoptamos un enfoque temeroso y defensivo. La diferencia es la forma particular de ser uno, y más que respeto pide fuerza y desarrollo.

9. Identidad es deseo. La identidad no es el contexto social, la memoria, ni la historia. Todas esas cosas borran nuestra identidad real y la suplantan por una identidad simbólica, inexistente. Somos lo que queremos. Cada uno está definido por su deseo, por su línea de acción. En esa aparente superficialidad de la piel está ya inscripta la historia, no hay que ir a buscarla otra vez. Está sin ser vista, donde tiene que estar. Y nosotros tenemos nuestra vida a cargo: ¿qué queremos? Soy lo que quiero, lo que me gusta, lo que hago en consecuencia.

10. Entusiasmo es felicidad cotidiana. Todas estas ideas no trazan en lo más mínimo un horizonte pesimista o escéptico, todo lo contrario. El entusiasmo, la posición vital más lograda y plena, feliz y activa, aparece cuando uno instala en su experiencia cotidiana ese eje del querer y del deseo personal. Es lo que nos hace bien a nosotros y es lo que el país necesita que hagamos.

Final: la objeción, desde el punto de vista colectivista, sería que si cada uno hace lo que quiere queda justificado el delito, que todas las barbaridades se legitiman. No es así: no es esta posición un apoyo a las barbaridades kirchneristas, por ejemplo. Es más bien un llamado a poner en marcha otras fuerzas para limitarlas. Y por otra parte: ¿acaso no está lleno de gente que quiere el bien de los demás? ¿No es en el deseo de estos muchos de donde cabe esperar un crecimiento nacional? Soy de esos: buscaremos nuestra felicidad y al hacerlo estaremos participando de la creación de un país mejor. La producción y la riqueza nacen siempre de las ganas de vivir.

El autor es escritor y filósofo. Autor del blog 100Volando.net

Aventuras en el pais de la Psicopatia

Aventuras en el pais de la Psicopatia

Despertares

Y ella sigue dormida, abrazada a mí, aunque ya es de día. La luz de la mañana pasa a través de los cristales empañados e ilumina el desorden de la habitación. Es bonito estar vivo hoy, pienso. En este momento detenido.
Y respiro con cuidado, para no despertarla.

Años

No hay aniversarios para nosotros, pequeña, que coincidimos un instante en la vida y nada más.

La otra vida

De vuelta con la médium Madame Retourner. Un hombre se pone en contacto con su difunto padre.
—Papá, ¿cómo es la muerte? ¿Te tratan bien?
—Estoy enterrado.
—Sí, eso ya lo sé.
—Me pudro inexorablemente en mi ataúd.
—¿Pero eso es la otra vida? ¿Eso es lo que hay después de la muerte?
—Hay gusanos. Y tinieblas.
—¿Y qué pasa con Dios?
—Aquí dentro no cabe nadie más.

Búsquedas inciertas

—Agencia de detectives Flanagan. Dígame.
—Buenos días, me gustaría que me encontraran.
—¿Qué ha dicho que le encontremos?
—Que me encuentren a mí. No sé dónde estoy.
—¿No? ¿Dónde está ahora?
—Eso me gustaría saber.
—¿Pero desde dónde llama? ¿Qué hay a su alrededor?
—Bueno, estoy en una cabina.
—Descríbame la calle.
—Hay aceras. Y asfalto.
—¿No hay alguna placa con el nombre de la calle?
—Sí. Calle Mayor.
—Vale, en todas las ciudades hay una calle llamada así, podría estar en cualquier sitio. ¿Por qué no le pregunta a alguien en qué ciudad está?
—Me da miedo la gente.
—Vaya.
—Hace calor, ¿eso ayuda?
—No mucho.
—Llevo un sombrero.
—¿De qué color?
—Verde.
—Vale, es algo con lo que trabajar. Se lo diré a nuestros detectives.
—Gracias. ¿Cree que tardarán mucho?
—Usted no se mueva de la cabina.

caramelitos.blogspot.com

Mexico, pais de gordos

Mexico, pais de gordos

La buena noticia es que con el Acuerdo Nacional de Salud Alimentaria, dado a conocer este lunes, el gobierno mexicano por fin está abriendo los ojos al enorme problema de la gordura en nuestro país. La mala es que este primer esfuerzo se queda muy corto.

Vale la pena dimensionar el tamaño del problema para entender la magnitud de respuesta que se requiere. La gordura se ha convertido en una epidemia nacional. Siete de cada diez mexicanos padece un problema de sobrepeso. Si en el caso de los adultos mexicanos la situación es alarmante (nuestro país ocupa el segundo lugar a nivel mundial en obesidad adulta) en el de los niños mexicanos es crítica (aquí ostentamos el nada honroso primer lugar). En los últimos siete años, el índice de obesidad en niños de cinco a 11 años aumentó en un inquietante 77 por ciento.

Más allá de su impacto en la salud y productividad de la gente, el sobrepeso ejerce un costo brutal en el sistema de salud pública. Entre 50 mil y 60 mil millones de pesos se destinan anualmente a tratar padecimientos derivados de la obesidad, consumiendo 9 por ciento del gasto total en salud. De continuar la tendencia actual, la carga financiera puede llegar a los 100 mil millones de pesos, poniendo en riesgo la sustentabilidad del sector salud en su conjunto.

De que se requiere actuar y de que se tiene que actuar ya es evidente. En este sentido, hay que darle crédito al gobierno por estar aceptando públicamente que existe un problema al anunciar el Acuerdo. También hay que reconocer que el Acuerdo, el cual propone 10 acciones específicas para combatir la obesidad, contiene buenas ideas. Responsabilizar a los padres de familia del peso de sus hijos es una de ellas.

Mi problema principal con el Acuerdo es que le faltan dientes. Todo lo que tiene que ver con las empresas que producen los alimentos más engordativos —la llamada comida chatarra— se maneja más con base en recomendaciones que en obligaciones.

Debo admitir que entiendo el porqué de la tibieza del gobierno: las empresas alimenticias son sumamente poderosas. Pero si el gobierno quiere enfrentar de lleno la epidemia de la gordura va a tener que actuar con mayor firmeza, sobre todo con lo que se refiere al sobrepeso de los niños. Dos medidas claras que deben ejecutarse son prohibir la publicidad de comida chatarra dirigida a los niños y restringir el acceso de este tipo de alimentos a las escuelas.

Me queda claro que el involucramiento del gobierno en la reducción de la obesidad y el sobrepeso de la población apenas comienza. No me sorprendería nada que la gordura siguiera los pasos del tabaquismo, con una creciente intervención del sector público en la manera que se venden y consumen los productos que más engordan.

Julio Serrano