Indiferencia

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Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia. Alguien es espectador de la lucha de otro individuo por su vida, le arrastra la corriente de un río, huye de sus enemigos. Es la tercera vez que ve esa escena (en el cine, naturalmente) y se sorprende a sí mismo: se da cuenta de que no se emociona como la primera vez. Asiste a esa lucha agónica sin inmutarse, y no es que mire sus zapatos en lugar de la pantalla. Y se siente deshumanizado. 
Acaso alguien tiemble de amor por una persona y, sin embargo, esa persona no le corresponde: es un muro, una piedra. Amor ch’a nullo amato amar perdona… decía Dante. El verso es admirable, pero no es cierto. 
Parece, piensa entonces el espectador generalizando su apatía, que muy pocas personas a lo largo de nuestra vida pueden alcanzar nuestro corazón. Los pocos seres que de verdad quisiste, dijo un poeta. Se nos ofrecen todos los días sucesos, catástrofes, tragedias, víctimas. Pero seguimos comiendo. No puede ser de otra forma, de lo contrario la vida sería insoportable. Estadísticas, nada más. Algo abstracto. La falta de imaginación es responsable de muchos padecimientos. No sabemos lo que es hasta que nos toca. Como decía una canción de The Smiths: I’ve seen this happen in other people’s lives and now it’s happening in mine. 
La vida no se detiene, como ese reloj que quedó parado en la estación rusa a la hora en que murió Tolstoi. La muerte de Ivan Illich rebosa de asco hacia la mendacidad que nos domina. Así la muerte de un semejante se convierte en farsa. 
Los poetas hablan de estas cosas. Szymborska, “Entierro”:

“Tan de repente, quién lo hubiera dicho”
“los nervios y el tabaco, yo se lo advertí”
“más o menos, gracias”
“desenvuelve estas flores”
“su hermano también murió del corazón, seguramente es de familia”
“con esa barba nunca le hubiera reconocido a usted”
“él tiene la culpa, siempre andaba metido en líos”
“he de hablarle pero no lo veo”
“Casimiro está en Varsovia, Tadeo en el extranjero”
“tú sí que eres lista, yo no pensé para nada en el paraguas”
“qué importa que fuera el mejor de ellos”
“es un cuarto de paso, Bárbara no estará de acuerdo”
“es cierto, tenía razón, pero eso no es motivo”
“barnizar la puerta, adivina por cuánto”
“dos yemas, una cucharada de azúcar”
“no era asunto suyo, por qué se metió”
“todos azules y sólo números pequeños”
“cinco veces, y nunca contestó nadie”
“vale, quizá yo haya podido, pero tú también podías”
“menos mal que ella tenía ese empleo”
“no lo sé, tal vez sean parientes”
“el cura, un verdadero Belmondo”
“no había estado nunca en esta parte del cementerio”
“soñé con él hace una semana, fue como un presentimiento”
“mira qué guapa la niña”
“no somos nadie”
“denle a la viuda de mi parte… tengo que llegar a”
“y sin embargo en latín sonaba más solemne”
“se acabó ”
“hasta la vista, señora”
“¿qué tal una cerveza?”
“llámame y hablamos”
“con el tranvía cuatro o con el doce”
“yo voy por aquí”
“nosotros por allá”
http://selvadevariaopinion.blogspot.com/

Salvador Dalí, el gran científico que nunca recibió clases

Fotografía de un grafiti callejero que retrata a Salvador Dalí en Vitebsk, Bielorrusia. kavzov / shutterstock
Fotografía de un grafiti callejero que retrata a Salvador Dalí en Vitebsk, Bielorrusia. kavzov / shutterstock

 

Recordar a Salvador Dalí (1904-1989) es dar un paso más en la necesaria relación existente entre arte y ciencia. Desde su juventud, Dalí muestra interés en la ciencia y prueba de ello son los ejemplares de libros y revistas científicas que se encontraron en su biblioteca.

A pesar de ello, no tuvo una especial formación científica, aunque este interés sí que le permitió reconocer la importancia de la ciencia en la sociedad del siglo XX.

Sin más que observar algunos de los títulos de sus obras encontramos inmediatamente algunas referencias a la física: Idilio atómico y uránico melancólico (1945), Leda Atómica (1949) y también a la bioquímica, como en Paisaje de mariposas (El gran masturbador en un paisaje surrealista con ADN ) (1957), Galacidalacidesoxiribunucleicacid (Homenaje a Crick y Watson) (1963) o La estructura del ADN. Obra estereoscópica(1973). En otros casos, la relación con la ciencia no se encuentra únicamente en el título, sino que debemos ver la obra en sí.

La proporción áurea

Las matemáticas no quedan fuera de la obra de Salvador Dalí. De hecho, Leda Atómica contiene una composición basada en la proporción áurea, como también lo hace Taza gigante volando, con apéndice incomprensible de cinco metros de largo (1944).

Puede que detrás de este uso de las matemáticas y la razón áurea en la obra de Salvador Dalí estuviera su relación con Matila Ghyka, prolífico autor bastante obsesionado con el número áureo y que publicó varios libros sobre él. En cualquier caso, las matemáticas existentes en la obra de Dalí no se restringen a la composición.

Cubos y estructuras cúbicas

Dalí fue un apasionado de los cubos y la estructura cúbica. Lo demuestra en varios de sus cuadros: quizás el más importante y conocido es Crucifixion (Corpus Hypercubus) (1954), en el que representa a Jesús crucificado en un hipercubo. Nosotros vivimos en un espacio tridimensional y ese es el espacio donde nos movemos todos los días y donde “habitan” los cubos. Si bajásemos una dimensión en vez de estar en un espacio 3D estaríamos en un plano y todos podemos intuir que lo análogo al cubo tridimensional en el caso del plano (que es bidimensional) sería el cuadrado.

El hipercubo (o Teseracto) vuelve a ser un análogo, pero esta vez en un espacio con cuatro dimensiones. La figura que aparece en el cuadro sería el desarrollo tridimensional del hipercubo de dimensión 4. De este modo, Dalí representa a Jesús en una dimensión mayor. Sin embargo, María está llorando abajo, en la Tierra, donde se ve la sombra (bidimensional y representada en color granate en el cuadro) del hipercubo que forma la cruz. La comprensión de la cuarta dimensión llevó a Salvador Dalí a entablar una amistad y colaboración con el matemático Tomas Banchoff.

Un cuadro muy poco conocido

La marcada relación de Salvador Dalí con los cubos también se pone de manifiesto en el cuadro A propósito del «Discurso sobre la forma cúbica» de Juan de Herrera (1960). Juan de Herrera fue el arquitecto del monasterio de San Lorenzo del Escorial y fundador y primer director de la Academia de Matemáticas y Delineación, que más tarde se transformaría en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Este cuadro, bastante desconocido, tiene, además, una curiosidad combinatoria: en las caras del cubo descrito aparece representado en muchas direcciones el texto “Silo princeps fecit”, del mismo modo como aparece en la piedra laberíntica del Rey Silo de Santianes de Pravia, en Asturias.

¿Querría Dalí hacer una representación tridimensional de este acróstico? Quizás es esta la respuesta, pero también podría ser que quisiera dar un paso más allá y llevarlo al espacio de cuatro dimensiones, puesto que la forma en la que aparece “el cubo”, cuando se consideran las cadenas que están representadas en el cuadro, vemos que también es la representación de un hipercubo: no su desarrollo, sino su proyección, lo que en matemáticas conocemos como diagrama de Schlegel.

El logotipo de Chupa-Chups

Logo de Chupa Chups. Wikimedia Commons, CC BY-SA
Logo de Chupa Chups. Wikimedia Commons, CC BY-SA

Quizás una de las facetas más desconocidas de Salvador Dalí es la de diseñador del logotipo de la marca Chupa-Chups. En 1969, la compañía le pidió a Dalí que se encargara de mejorar la imagen de la marca y así lo hizo. El trabajo fue bueno, puesto que 50 años después sigue utilizándose el diseño que realizó, que está basado en la gráfica de la curva r=sen(4θ/3) en coordenadas polares. Si recordamos la imagen de la marca y vemos esta figura se puede entender mejor esta relación:

Hablar de Dalí y matemáticas nos lleva necesariamente a las ilusiones ópticas. Aunque todas ellas no sean estrictamente matemáticas, sí que podemos tener en cuenta las anamorfosis, que son deformaciones de imágenes que aparentemente son difíciles de interpretar pero que desde un punto de vista determinado cobran sentido.

Los que hayan visitado el Teatro-Museo de Dalí en Figueras recordarán Gala desnuda mirando el mar que a 18 metros aparece el presidente Lincoln (1975) o Rostro de Mae West utilizado como apartamento (1974). A estos podrían seguir algunas litografías diseñadas para verse reflejadas en un espejo cilíndrico, y que parece que se encuentran a la venta y pueden verse en esta página.

Como estas cosas cambian es mejor dar una referencia estable: pueden verse en el libro Masters of Deception, de Al Seckel (prologado por el matemático Douglas Hofstadter). Tampoco podemos olvidar, y es una referencia imprescindible, la colaboración que Salvador Dalí mantuvo con Walt Disney creando Destino, un corto iniciado en 1946, que no vio la luz hasta 2003 y que está repleto de ilusiones ópticas.

Otra referencia fundamental en la relación de Salvador Dalí con las matemáticas es el hecho de que conociese a Martin Gardner, la persona que durante más de 25 años publicó la columna de juegos matemáticos en la revista Scientific American. Cuenta Gardner que varias veces quedaron en Nueva York y que Dalí era lector de sus escritos y hablaban sobre ciencia y, en concreto, sobre ilusiones ópticas.

Del conejopato al cisnelefante

Hay una conocida ilusión, el conejopato, que según lo mires ves un conejo o un pato. Se puede encontrar haciendo una simple búsqueda en internet. Lo que no es tan simple es encontrar el cisnelefante, que fue creado por Dalí en Cisnes reflejando elefantes (1937). Según cuenta Gardner en su autobiografía, en una ocasión que iba a comer con Dalí llevaba un modelo en porcelana del conejopato y se lo regaló, con lo que le dio una idea para diseñar un cenicero cisnelefante que sirvió como regalo para los clientes de Air India en 1967.

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech, marqués de Dalí de Púbol, un personaje poliédrico o politópico (un politopo es el análogo al poliedro pero en dimensiones mayores que 3) del que nos queda mucho por hablar.

FERNANDO BLASCO

https://blogs.publico.es/otrasmiradas

Naipes, autógrafos e invitaciones etílicas: mensajes del pasado escondidos en obras de arte

Los expertos en conservación de arte en ocasiones se topan con misivas de otra época. Pequeños hallazgos escondidos en esculturas y tallas de un tiempo pretérito capaces de rescatar unas migajas de ese vacío que es el paso del tiempo. 

Fragmento de una de las cartas halladas en 2008
Fragmento de una de las cartas halladas en 2008.- MUSEO DEL PRADO

JUAN LOSA

La obra de arte, más allá del puro deleite, es también un surtidor de anécdotas y sorpresas de otro tiempo. El espontáneo, ajeno por lo general a este tipo de revelaciones, se ha de conformar –que no es poco– con el gozo de la contemplación, paso previo a ese ligero escalofrío que produce la belleza. Pero hay otros placeres que, lamentablemente, están vetados al gran público.

Nos referimos, por ejemplo, a ese instante en el que varios conservadores del Museo Nacional del Prado movieron el pedestal que sustenta la escultura Carlos V dominando al el Furor (1551-1555), a cargo de Pompeo Leoni, y descubrieron en una cavidad del mismo unas cartas manuscritas ocultas durante casi un siglo.

Dos misivas que, a modo de gamberrada, varios porteros del Prado tuvieron a bien depositar, allá por el año 1923, bajo la imponente figura en bronce del Emperador. El hallazgo, que se produjo en 2008, pasó desapercibido en su día hasta que ahora la pinacoteca ha decidido rescatar estas curiosas epístolas y subirlas a su página web. Unas pocas líneas procedentes del pasado en las que un tal José Ramos Moreira se presenta y, con mucha sorna, nos indica qué hace con su vida y desde dónde nos escribe: «Ramos / portero en la actualidad. / Condenado. / Desde el infierno».

Como lo oyen, el bueno de Ramos, custodio de una de las puertas del museo en los años 20 tuvo a bien echarse unas risas con sus compañeros de fatigas aprovechando alguna operación de conservación o redistribución en el museo. En la carta, manuscrita a tinta, Ramos interpela al futuro consciente de que va camino del purgatorio y, de paso, desliza una suerte de lamento por su precariedad laboral: «Tres años de servicio cobrando 25 duritos al mes». Una situación de escasez que le ha obligado a dejar, muy a su pesar, el tabaco y los «mediochicos» de vino, afición esta última que evidencia conocer bien, pues nos ofrece un amplio listado de tabernas y tugurios donde honrar al dios Baco en las inmediaciones del museo y en las calles de Jesús y Moratín.

Ramos, del que se podría inferir que era lo que viene siendo un borrachín, concluye sus confesiones encomendando a sus interlocutores del futuro a la protección de Carlos V, junto a cuyos pinreles bronceados debió empalabrar las líneas que nos ocupan: «Que Carlos I y V os defienda de todo mal. Amén». La segunda nota, fechada como la anterior el 12 de diciembre de 1923, comparte con la de Ramos el tono de guasa y viene firmada por varios compañeros del susodicho, quienes no dudan en invitarnos (para ello no dudan en incluir junto a las cartas una perra gorda, acuñada en 1870 y todavía de curso legal en 1923) a «mediochicos de vino en la más próxima tasca, si así se denomina en vuestros días, por haber derrocado al mas grande que tubo [sic.] España y el que la ha hecho mas pequeña».

El cachondeo espacio-temporal de Ramos y sus compinches nos habla de un pasado más o menos remoto. Curiosamente, lo que aparentemente no deja de ser un pasatiempo inofensivo a cargo de unos subalternos que luchaban contra el tedio, consigue, un siglo después, arrancar unas migajas a ese vacío que se excava continuamente llamado tiempo, un modo de dejar algún surco, alguna huella, algún rastro. No es algo frecuente, pero estos hallazgos nos vinculan con lo que fuimos, con los anhelos de otro tiempo y nos ofrecen un espejo en el que mirarnos para comprender que no fuimos tan diferentes.

Entre las nalgas de Cristo

A lo largo de la historia del arte ha habido descubrimientos de todo tipo. Desde naipes, como los que se encontraron en el interior de El joven de Magdalensberg, del Kunsthistorisches Museum de Viena; hasta barajas enteras, como la que se extrajo tras el vaciado del Hércules Farnesio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con todo, lo más habitual es encontrarse con información de la época o con rúbricas camufladas por parte del autor. Es el caso, por ejemplo, del escueto «Fco Buiza 1971» que tuvo a bien ocultar el escultor Francisco Buiza Fernández en un pliegue del Cristo de la Misericordia de la parroquia de San José Obrero de San Juan de Aznalfarache (Sevilla).

Pero quizá fue en 2017 cuando se encontró la cápsula del tiempo más impúdica de la historia. Quién podría sospechar que el pandero de un Cristo –en concreto el de Sotillo de la Ribera (Burgos)– escondería durante dos siglos y medio un par de pergaminos de piel de bovino escritos a mano por el capellán del Burgo de Osma, Joaquín Mínguez. En ellos, el religioso detalla a sus lectores del futuro una breve crónica de la época, llegando a enumerar sus juegos, modo de vida, tipo de caza y hasta las enfermedades más recurrentes.

También un tanto sacrílego es el hallazgo en la talla del Cristo de la Expiración de Cádiz de un pequeño manuscrito que venía a corroborar la autoría de José de Cirartegui, escultor tolosano nacido en 1755. Localizaciones insospechadas con las que los autores de la época –cuya individualidad ganaba enteros– reivindicaban su trabajo de cara a la posteridad.

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