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Los numerosos ejemplos que existen en la historia de artistas autodidactas sugieren interrogantes en torno a mucho de lo que damos por hecho dentro del universo del arte. Tal es el caso de figuras como Moondog, el genio ciego de las calles de Nueva York, o Vincent van Gogh, por nombrar sólo un par de ejemplos. La obra de muchos de estos creadores, esos que han trabajado en la periferia del mundo del arte —como los autores de esta colección de piezas, diagnosticados con enfermedades mentales—, fue nombrada outsider art (arte marginal en español, art brut en francés) por el académico Roger Cardinal, en 1972. ¿Acaso es el entrenamiento formal suficiente, o incluso necesario, para que una sensibilidad se exprese de una forma estética o “artística”? Madge Gill (1882-1961) es otro notable ejemplo de esta comunidad de artistas rebeldes y es, también, uno de los más enigmáticos y fascinantes.

Gill nunca aspiró a la fama, ni recibió entrenamiento alguno. Su obra incluye algunas piezas de arte textil a gran escala, y una buena cantidad de pequeños dibujos hechos con tinta que le fueron “dictados” por su espíritu guía, llamado Myrninerest —a quien Gill siempre consideró el verdadero autor de su obra (muchos de sus dibujos están firmados por él).

Maude Ethel Eades nació en el East End de Londres y fue dejada por su madre en un orfanato a los nueve años. Años después sería introducida  al espiritismo por su tía Kate. Tras casarse con su primo, y durante los años de su desafortunado matrimonio, perdió dos hijos y un ojo, que reemplazó con uno hecho de vidrio.

A los 38 años, y envuelta en un presente trágico, Maude Gill tuvo su primer contacto con Myrninerest, que la acompañaría por el resto de su vida. Las sesiones espiritistas de Gill tenían como resultado  dibujos con tinta, que hacía bajo la escasa luz de las velas. Algunos testimonios de sus hijos narran que Gill tenía trances en los que, además de dibujar, escribía, tejía, hacía crochet y tocaba el piano. Tras enviudar, en 1932, Madge participó en su primera exhibición a los 50 años.

A partir de entonces, ganó fama como médium en su vecindario: organizaba sesiones espiritistas, leía horóscopos y hacía predicciones espontáneas. No se sabe cuánto duraron las sesiones grupales, pero en el algún momento dejó de hacerlas y, poco a poco, fue perdiendo contacto con el mundo exterior; lo que sí se sabe es que nunca dejó de hacer sus dibujos sobre postales, hojas de papel, cartón y rollos de tela —dictados siempre por su espíritu guía. A lo largo de su vida expuso varias veces más y, se dice que, cuando en algún momento una galería la contactó para vender su obra, ella rechazó la invitación diciendo que esa obra no pertenecía a ella, sino a Myrninerest.

Tras su muerte en 1961, los dibujos y telas de Madge fueron encontrados bajo su cama y dentro de algunas alacenas de su casa. La gran mayoría fueron donados por su hijo al Newham Council en Londres, y una pequeña parte entró, con discreción, al mercado del arte. Los dibujos de Gill reflejan  su muy  particular historia, su extraña mente, su sensibilidad y su espiritualidad: esos rostros femeninos que miran con sorpresa (¿o con tristeza?), rodeados de patrones a cuadros y enmarcados por espacios extraños, son capaces de contar historias y secretos a través de mágicos trazos.

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Imágenes: madgehill.com / instagram.com/madge.gill

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