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No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez

Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.
Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.PEPE ZAMORA – POOL/GETTY IMAGES / GETTY IMAGES

 

Dicen que para la mayoría el año pasado ha sido el peor de sus vidas. Les envidio la existencia feliz que han debido llevar hasta 2020. No dudo que muchos de los afectados por el virus lo han pasado mal, incluso muy mal. Pero que los demás no hayan padecido nunca nada más grave que el confinamiento, las limitaciones de movilidad o el alejamiento temporal de sus seres queridos… vaya, me parece una gran suerte. Yo cambiaría gustoso esos razonables incordios, que sólo me han fastidiado y aburrido, por lo sufrido en mis épocas realmente malas. Y eso que hasta hace poco creí haber sido afortunado…

Lo más interesante que hice en 2020 fueron ejercicios en busca del tiempo perdido. No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez. Es una de las pocas ventajas de la vejez, porque los jóvenes apenas tienen nada que recuperar. Por ejemplo, cuando la nonagenaria recibió la primera vacuna dijo que se encontraba bien “gracias a Dios”. Si tuviera siete décadas menos o fuese una valkiria del Ministerio de Igualdad, habría asegurado “jo, tía, mola que te cagas”. Ya sé que ambas fórmulas expresan gratitud y esperanza, pero cuanto más oigo la segunda más me gusta la primera. Me he pasado estos días volviendo a ver películas de los años cincuenta y sesenta: me encantan porque en ellas todo el mundo fuma y nadie dice tacos. En Nochevieja vi Los primeros hombres en la luna de Nathan Juran, estrenada cinco años antes de que se desembarcara en el satélite. Una delicia. Los protagonistas, liderados por Lionel Jeffries, viajan en una victoriana esfera con puntas, muy semejante al coronavirus…

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El ángel exterminador: la cuarentena y la fragilidad humana

La vida es misteriosa, incierta, fascinante, en ocasiones incoherente y expuesta a infinidad de interpretaciones y situaciones que se nos salen de las manos, Luis Buñuel partió de esta premisa, para la realización de una de sus películas más inquietantes y que describen de una manera precisa lo que ha sido el 2020 para la especie humana, El ángel exterminador.

Por Sandra P Medina

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Fotograma de de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Lejos de adentrarse en los convencionalismos, la imaginación en extremo delirante de Buñuel, nos permite explorar las consecuencias de un enclaustramiento que va sacando a flote, lo más degradante y salvaje del ser humano, desde la perspectiva burguesa.

Rodada en México en blanco y negro se estrenó en 1962, durante el exilio de Buñuel en dicho país, a causa de la Guerra Civil española; el cineasta aragonés junto con Luis Alcoriza, escribieron un guion, que en un principio rotularon, Los náufragos de la calle Providencia, pero Buñuel recordó que su amigo José Bergamín, le había comentado sobre una obra teatro que quería titular, El ángel exterminador, nombre que Buñuel encontró extraordinario, así que le escribió a Bergamín para preguntarle sobre su obra, y éste le respondió que no había llevado a cabo el proyecto, además el título lo había sacado del Apocalipsis, y podía utilizarlo sin problema.

La película inicia con el primer plano de un letrero que dice “Calle de la Providencia” un barrio de la alta sociedad en México, luego ingresamos a una acogedora mansión donde la servidumbre esta atareada con los preparativos de una comida que se está por realizar, en cuanto terminan sus labores, les entra una necesidad inexplicable de abandonar la casa dejando solo a Julio (Claudio Brook) un rígido mayordomo, educado por los Jesuitas.

Paralelo a ello, entran en la casa sus dueños, el matrimonio Edmundo (Enrique Rambal) y Lucía Nobile (Lucy Gallardo) con un grupo de amigos con los que estaban disfrutando de una sesión de ópera de Donizzetti.

El preámbulo para ingresar en ese misterio que se empieza a apoderar del lugar, es cuando se repiten una serie de diálogos y situaciones.

Después de la cena, Los Nobile y sus invitados, entran al salón de estar para tomar unos tragos y escuchar una sonata de Paradisi, tocada en el piano por Blanca (Patricia Morelos). En el momento de partir a sus respectivos hogares, los visitantes se sienten impotentes para salir del salón (como esos ataques de pánico que se transforman en agorafobia y lo inhiben a uno para enfrentarse al mundo exterior) sin razón alguna, el sueño y el cansancio se apoderan de ellos y deciden quedarse a dormir en la mansión.

Al día siguiente, el mayordomo les lleva el desayuno, y también queda atrapado en el lugar. La situación se prolonga durante los días posteriores, y develará un interrogante con respecto a la convivencia y sus delgados hilos que se quiebran ante la desesperación. La vida en una mansión, se convierte en un “campamento de gitanos” como despectivamente lo dice uno de sus elitistas personajes.

En el exterior de la casa “declarada en cuarentena como si fuera una epidemia” se agolpa un grupo de personas y la policía, que intentan fallidamente entrar al aposento para liberar a los recluidos.Esa imposibilidad de satisfacer un deseo tan sencillo como salir del salón, ocurre a menudo en las películas de Buñuel, es el caso de La edad de oro (una pareja que quiere unirse pero no lo logra) y en Ese oscuro objeto del deseo (un hombre entrado en años que quiere satisfacer sus necesidades sexuales pero no puede) un pensamiento insignia en la obra de Buñuel, donde el encierro y la frustración, manifiestan su convicción de que la libertad es una quimera que se ve oprimida por las jerarquías sociales, la religión, la política y por qué no, el imponente subconsciente muy a fin con el surrealismo, que se encarga de estudiar las aterradoras capas de la mente, que se abren a través del mundo onírico, y en ocasiones nos limitan y aprisionan.

Las largas secuencias de El ángel exterminador así lo determinan, en un escenario claustrofóbico, cargado de claroscuros como en los sueños, que Gabriel Figueroa logró capturar con habilidad, dejando en evidencia el deterioro de una clase social, que por primera vez se ve privada para saciar sus necesidades más básicas.

 

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Cartel original de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Un juego kármico que Buñuel registró desde su crítica visión hacia la burguesía, la condición humana y la religión, tanto afuera como adentro, el desastre es inminente porque no tenemos autonomía de pensamiento, somos como “corderos” en fila cegados por las tendencias, la repetición de las masas, la inmediatez de leer solo el título de un artículo y no su contenido, y el temor de vernos rechazados por no lograr encajar en la frivolidad que reina en la deteriorada humanidad.

Buñuel, el visionario que debe estar desde algún lugar de La Vía Láctea tomándose un Dry Martini, mientras nos observa bajo su lente siendo partícipes de su propia creación, El ángel exterminador.

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“Mank”: Ser guionista en Hollywood

Ver las imágenes de origen

Escribir un texto sobre una película como Mank de David Fincher es un reto. El filme arma un universo prismático complejo, con tantas piezas, personajes, acciones, tiempo, espacios y temas que da pena reducirlo a una sinopsis, la descripción de un relato y tema central y la interpretación de un mensaje. Así que me limitaré a señalar algunos aspectos que preparan al espectador a disfrutar de una experiencia fílmica original, un homenaje actual al cine de antaño y una reflexión profunda acerca del origen y la esencia de un proceso creativo y técnico que resulta en una película.

El filme Mank es “cine sobre cine”, una película en el contexto de los estudios de Hollywood en los años 30 del siglo pasado con una trama que describe el proceso de escritura del guión del genial filme de Orson Welles El ciudadano Kane (1941). Welles, el enfant terrible del teatro y la radio tenía 24 años y libertad absoluta para realizar películas cuando contrató a Herman J. Mankievicz, uno de los escritores y crítico de teatro más brillante, para escribir el guión. Como hijo de judíos alemanes Mankievicz, conocido – admirado y odiado – como Mank, había colaborado con los Hermanos Marx y coescrito guiones como El Mago de Oz, en cuyos créditos no fue incluido.

El filme Mank narra cómo Mankievicz (Gary Oldman), con una pierna enyesada después de un accidente de carro, se retira en una casa de campo para escribir el guión del filme de Orson Welles. Apoyado por una secretaria y una enfermera, el angustiado y alcohólico Mank trata de cumplir con el encargo de Orson Welles nutriendo el relato con sus recuerdos – en forma de extensos flash backs – del ambiente de los estudios de Hollywood, la competencia y la corrupción, la lucha política entre republicanos y demócratas por la gubernatura de California, la prohibición de sus filmes en la Alemania nazi y el poder del magnate de los medios William Randolph Hearst. Los personajes del cine y la política de los años treinta que dan vida a El ciudadano Kane, ponen a trabajar la memoria del espectador. La luminosidad de la imagen en blanco y negro, la exquisitez del diseño de arte y la calidad actoral profundizan la tragedia de Mank como guionista apreciado pero utilizado y menospreciado como una especie de “bufón de la corte” que puede decir la verdad pero termina humillado. Fincher termina el filme con la pelea entre Mank y Welles por el crédito de guionista. En 1942 los dos creadores fueron distinguidos con el premio Oscar a mejor guión original.

Más que un biopic o un filme sobre el Ciudadano Kane y la relación entre guionista y director, Mank es una película acerca del Hollywood de los años treinta, el cine como creación colectiva, el dinero y la política como poderes detrás del cine y la creación como proceso sanador.

 

Columna de opinión por: Annemarie Meier en Grupo Milenio

Alguien voló sobre el nido del cuco: una escalofriante radiografía de las instituciones mentales

Resulta fascinante descubrir el proceso investigativo de un periodista, y escritor para dar vida a una historia que gira en torno a la locura, es el caso de Ken Kesey, cuyo nombre adquirió fama, gracias a su primer libro publicado en 1962, Alguien voló sobre el nido del cuco.

Por Sandra P Medina

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Cartel de lanzamiento de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). Miloš Forman, 1975

En 1959, mientras escribía la novela, Kesey se encontraba estudiando periodismo en Oregón; a sus escasos 24 años, el curioso y osado aspirante a periodista se ofreció como voluntario para experimentar con drogas psicodélicas (LSD, Peyote) que los psiquiatras empleaban en California, para usos terapéuticos.

De esta manera, Ken Kesey empezó a esbozar las líneas de su manuscrito y fue complementándolas, con apuntes autobiográficos, a raíz de su experiencia laboral en un manicomio, donde descubrió: la represión, el control del poder social y político que ejerce el sistema sobre el individuo, coartando su capacidad pensante y libertad.

El libro fue un éxito inmediato y en 1963, Kirk Douglas compró sus derechos y lo llevó al teatro en Broadway, su buen recibimiento por parte del público, lo motivaron para convertirlo en película.

Sin embargo, por aquella época, los estudios rechazaron la propuesta porque consideraron el tema, en extremo puntilloso y contundente, lo cual podría generar cierto malestar en el público.

 

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Fotogramas de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). Miloš Forman, 1975

El bondadoso Kirk transfirió los derechos del libro a su hijo Michael Douglas (quien se estaba empezando a labrar una carrera en Hollywood) y éste dejó en remojo el proyecto, a la espera de encontrar el equipo adecuado para la realización y producción (cargo que desempeñó en la película).

Cuando el director checo, Milos Forman, leyó Alguien voló sobre el nido del cuco, que Michael le envío, el cineasta pensó que era el mejor argumento cinematográfico que había encontrado para realizar en Estados Unidos.

Ken Kesey participó en las primeras versiones del guion, pero abandonó el proyecto porque él insistía en que el narrador debía ser, Chief Bromden, como en la novela, pero Forman quería darle más relevancia al personaje de Randle Patrick McMurphy, lo cual generó un fuerte resentimiento por parte del obstinado Kesey y quien aseguró jamás haber visto la película.

Finalmente se estrenó en 1975 y Forman se esforzó en realizar tomas de cada personaje y profundizar en su carácter. De esta manera, nos recluimos en un mundo claustrofóbico, inclemente, con una acertada gama tonal, que denota lo lúgubre, gélido y sórdido de los hospitales psiquiátricos.

La cinta inicia con el plano general de un bellísimo paisaje en Oregón que se difumina con la introducción a un asilo para dementes, sus corredores, pacientes, enfermeros y la llegada de Randle Patrick McMurphy ( Jack Nicholson) un indómito hombre que para evadir la prisión, finge estar loco, pero él no sabe el cruel desenlace que le espera, en medio del convulso universo donde las pepas, los electroshocks y el carácter despiadado de la Jefe de enfermeras, Ratched (Louise Fletcher) lo llevarán a un declive mental, cargado de angustia y dolor.

 

One Flew Over The Cuckoo’s Nest | Milos Forman, 1975 | Trailer oficial

 

Forman partió de una narrativa objetiva, y nos interna junto a los personajes (un reparto de lujo: Nicholson, Fletcher, Danny De Vito, Brad Dourif, Will Sampson y Christopher Loyd) en esos grises mortecinos del plantel donde transcurren hechos inhumanos y escalofriantes a los que McMurphy se enfrenta, realizando actos impulsivos que lo perjudicarán enormemente y a quien Chief Bromdem (Will Sampson) protegerá sin dudarlo, pues entre ellos nace una profunda complicidad.

A pesar del enfado de Kesey hacia la película, considero que Forman, de cierta manera, fue fiel al libro, y a los personajes porque abordó una amplia visión de carácter social, filosófico y político; un desenfreno de furias contenidas, con un dramatismo feroz y un final sobrecogedor.

 

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De izquierda a derecha: el productor Michael Douglas, Miloš Forman, los actores Louise Fletcher y Jack Nicholson y el productor Saul Zaentz celebran sus premios Oscar por la mítica película ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ en 1976, en la 48a entrega anual de los premios Oscar en Hollywood. (Foto de Alan Band / Keystone / Getty Images)

La espera de Michael Douglas valió la pena y supo elegir al director, compositor musical (Jack Nitzche, quien usó como instrumentos vasos de agua combinados con música y sonidos de la sierra) y reparto adecuado, para la realización de una de las mejores películas del cine norteamericano.

Por Sandra P Medina

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No podemos seguir así

‘Nuevo Orden’ no pretende moralizar ni dar respuestas fáciles. Muestra un México desgarrado, partido por la desigualdad y la pobreza, con un diagnóstico claro: el sistema capitalista moderno es insostenible

MICHEL FRANCO
Fotograma  de la película 'Nuevo Orden'.
Fotograma de la película ‘Nuevo Orden’.

 

La primera escena de Nuevo Orden ocurre en una boda de clase alta mexicana. A partir de ahí, se desenlazan una serie de sucesos que rompen el statu quo social. La película comienza ahí, pero la historia no. Cualquier mexicano sabrá reconocer que detrás de esa boda está la historia de corrupción, racismo, clasismo y abuso general construida por las elites mexicanas. Ese es el trasfondo de la película. La boda y sus personajes son la revelación tácita de la desigualdad en México que se ha construido bajo el amparo de la corrupción y del poder. Nuevo Orden parte de ahí, de la premisa de que esa desigualdad es insostenible, que el statu quo es inviable e indeseable. No podemos seguir así.

A partir de ese diagnóstico, la película explora en los terrenos de la imaginación. Nuevo Orden no es un intento de prospectiva social sino un ejercicio cinematográfico que busca llevar la narrativa a sus límites. Mi visión cinematográfica fue imaginar una historia distópica y ficticia a partir de elementos que existen en la realidad. Estos elementos no solo existen en México sino en todo el mundo: la profunda desigualdad social que se sigue acrecentando; el racismo y la discriminación sistémica de los sistemas políticos, la instauración de un régimen plutocrático a escala mundial; el uso de la fuerza pública para reprimir; el poder acaparando más poder. Todo ello me preocupa y fue el punto de partida para crear una obra de ficción.

Nuevo Orden es una visión que no pretende moralizar ni dar respuestas fáciles. No tiene que ver con el deber ser, sino con el ser; el ser de un México desgarrado, partido por la desigualdad y la pobreza. Hay un diagnóstico claro: el sistema capitalista moderno es insostenible, pero a partir de ahí, Nuevo Orden busca explorar sus propias vías narrativas, desde la imaginación. Mi visión no es la única ni lo pretende ser, pero me gustaría pensar que puede aportar a generar una discusión sobre temas que nos aquejan como sociedad. Con ese objetivo, he puesto la película a la disposición de organizaciones no gubernamentales, universidades y colectivos de expertos que llevan combatiendo la desigualdad, el racismo y el clasismo por muchos años. Son ellos, junto a la sociedad en general, quienes pueden realmente enriquecer una discusión pública sobre estos temas y encontrar los cauces por los cuales podemos ir transformando nuestro entorno de manera positiva.

Abordar los temas que ocupan a Nuevo Orden siempre resulta complejo, sobre todo cuando se habla, como en mi caso, desde el privilegio. Sin embargo, me era muy importante plasmar las profundas injusticias históricas que el sistema capitalista ha sido incapaz de resolver. A estas injusticias se agrega mi preocupación por el uso de la violencia desde el poder. Los sucesos que llevaron al movimiento Black Lives Matter son una muestra de la creciente violencia del Estado, y a la vez son la revelación de que en casi todas las sociedades del mundo persiste un racismo y un clasismo sistémico indignante.

La idea de escribir Nuevo Orden me surgió en 2013, inspirada por acontecimientos sociales y políticos que sucedían en todo el mundo. Acontecimientos como el avance político de los grupos radicales de derecha en Europa, el creciente autoritarismo del Estado y la represión constante a las minorías y los grupos vulnerables. El guión de Nuevo Orden lo terminé en 2017 preocupado por la enorme desigualdad en México y el desinterés de las élites en transformar el modelo insostenible de país. Durante mi carrera siempre he preferido filmar en mi país, y por eso decidí utilizar a México como el escenario para plantear muchos de estos temas, que también son los temas que aquejan al mundo. Celebro que la película nos esté haciendo discutir y reflexionar temas sociales profundos, y espero, que independientemente de las diferentes opiniones sobre la película, podamos aprovechar esta oportunidad para hablar de cómo construir un nuevo orden más justo, más plural y más incluyente.

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Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?

  Por           

 

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Idiocracia (2006) es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota? 

Las televisiones de Idiocracia
En la búsqueda de información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web de Edge.org cuyo lema es:
 «Para llegar a la frontera del  conocimiento del mundo, busca las mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que se pregunten unas a otras las cuestiones que se plantean a sí mismas».

Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150 personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel, investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.

En 2013 la pregunta de Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.

Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que está en azul o lo que está en negro.

En Idiocracia, los idiotas tienen más hijos que los inteligentes

Árbol de los idiotas
Idiocracia comienza exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco inteligentes, el número de estúpidos crece.

Un matrimonio de personas con alto coeficiente de inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres adolescentes.

Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:

«En estos días, las personas con buena formación intelectual tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen hijos».

Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país. Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.

Se llega a la Idiocracia cuando se desprecia la ciencia

El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?

Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».

Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.

En Idiocracia no hay noción del tiempo

En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.

Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el tiempo del «ya».

El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de  250 milisegundos en abrirse. El parpadeo de un ojo.
 

«Las tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».

La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez—  que crea la tecnología:

«Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente. Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».

¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:
 «Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más grande!».  ¿No es esto un pensamiento idiota?

La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la ciencia.

Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia (otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.

«Desde entonces millones de personas han fallecido de cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados en ella».

Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:

«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la ciencia […], que la investigación es una búsqueda sin fin».

Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».

Los ciudadanos de Idiocracia no se paran a observar las cosas

En Idiocracia uno de los mayores problemas es la falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua en lugar del refresco es tomado a burla.

Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación. «Hubo un tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».

Martin considera que Google puede ofrecer imágenes y datos de una planta de una manera nunca antes posible, pero que ninguna imagen puede tener la precisión de Darwin. Ella apuesta por entrenar la atención en las pequeñas cosas.

 En Idiocracia no hay conocimiento de la historia

Chaplin Hitler
En el Washington de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.

Para la historiadora de ideas Noga Arikha la indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso de internet:

«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet […]. Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos en una pantalla […]. Todo se iguala».

Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido. Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco». Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.

Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como casas.

Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en «meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».

En Idiocracia, la lectura y la escritura se han degradado

En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones». En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática que los autodenominados «nazis de la gramática» implosionarían corrigiéndolas. Por otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora. 

David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.

Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque «apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.
Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de 1960.

Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás. Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre 3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario tiene una licenciatura.

Roger Schank también considera que el lenguaje se está degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes, pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».
Gavin Schmidt, climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en la calle a menudo degenera en mero tribalismo».

En Idiocracia hay una alta dependencia de las máquinas

Idiocracia cuenta  con una tecnología sofistica manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnostica perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los que las usan lo hacen por mímica.

La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al de Idiocracia, lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un dedo con apenas razonamiento:

«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión, juegos, información y comunicaciones».

Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres […] y no podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».
Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500 euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es ponerle el tono del eructo bajo el agua».

Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es fiesta?».

Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas: enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería, cocina, agricultura…

En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos

El presidente en Idiocracia
El presidente de los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que han comprado al Gobierno.

El productor de música y artista Brian Eno responde a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco no quieren tener nada que ver con la política».

Eno considera que la actual política (estadounidense) está hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán, que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.

«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan […]. La responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos que otros las hagan por nosotros».

Roger Schank también considera que la política está llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un argumento razonado».

En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras que los otros responden con pataletas y silbidos.

Presidente Camacho
Para el oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos inmersos no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para ser elegidos:

«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote por ellos […]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión, el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».

Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva cultura de internet.

En Idiocracia, los medios embrutecen a las personas

La película más vista en Idiocracia se llama CULO. Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito). 

El programa más visto en Idiocracia es Oh, mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena patadas y accidentes en los testículos.

 

Un espectáculo que tiene un espejo en America’s Got Talent

https://youtu.be/1XvEZ8O6m8E

No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez […], programas que dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».

Schank considera que las grandes corporaciones están tras la glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre cómo funciona el medicamento […]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa […]. La gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».

Larry Sanger, cofundador de Wikipedia Citizendium, también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en concreto a los medios online:

«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son el Huffington Post de la izquierda y National Review Online a la derecha».
Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos políticos significativos.

Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los idiotas, los villanos son los otros.

Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente digeribles […]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones, porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».

Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».
Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera de sus propios microcosmos de internet».

En Idiocracia no existe la individualidad

Idiocracia moda
En Idiocracia los medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante, Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.

En Idiocracia no hay más interés que el placer inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder la vida.
En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.

Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino Unido), Acapulco Shore (México) o Warsaw Shore (Polonia). Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.

Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de arte Serpentine de Londres, se queja de que las ciudades de la mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.  

Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».

O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del progreso pasa de una región a otra del  mundo. Pero ahora, por primera vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».

Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:

Presidente No Sé de Idiocracia

JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época se repetirá de nuevo.

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?

Incitador al odio, la película

Hater”: la nueva película de Netflix sobre cómo la ultraderecha te ...

Ciertos libros superan el obstáculo del tiempo y sus autores se las arreglan para ser contemporáneos siempre, desde aquel eco en algún punto del tiempo en que crearon una obra hasta nuestros días. Sobre estrategia, por ejemplo, de la que se habló ayer aquí, el opúsculo de Maquiavelo pervive para la política tanto como los aforismos de Sun Tzu para la guerra. Y no solo entendidas esas máximas chinas en términos bélicos, por cierto. En The Hater, largometraje polaco dirigido por Jan Komasa (2020, disponible en Netflix), un joven estudiante de derecho sin ribetes sociales pero mucha ambición, astucia y maldad acaba en una oscura agencia de relaciones públicas después de ser expulsado de una exclusiva universidad por plagiar un ensayo, con lo que al tiempo el chico queda mal con sus opulentos benefactores. Cínico, rápido, insolente, Tomek (Maciej Musialowski) exhibe atributos altamente recompensables en empresas como esta, dedicada a acabar con reputaciones e incitar odios mediante una herramienta básica, Facebook, y con un manual que no es otro más que El arte de la guerra en presentación audiolibro. El coctel de esa personalidad, esas recetas y esa aplicación convierten al personaje en arma letal. El hater polaco (que prefiero traducir como “incitador al odio” antes que “odiador”, palabra existente mas en desuso hoy en día) es una versión del francés Bel Ami de Guy de Maupassant o el príncipe italiano Ugo Conti de Luis Spota, es decir, un muchacho osado de origen humilde que se cuela en la élite con estratagemas y con la convicción de llegar a las últimas consecuencias para salirse con la suya. Si bien la trama, pues, no es la más original, sí su puesta al día con las campañas políticas y sociales desde los subsuelos del marketing con la apuesta por compra de cuentas (en este caso de India) y su lanzamiento al ciberespacio como si del coronavirus tratárase, con la consecuente epidemia de odio que arrasa, como el covid-19 ahora, con todo lo que encuentra a su paso. Un tema oportuno para la reflexión. 

ALFREDO C. VILLEDA

https://www.milenio.com/opinion/alfredo-villeda/fusilerias/incitador-al-odio-la-pelicula

‘The old guard’, el final explicado y ¿qué sigue?

'The old guard', el final explicado y ¿qué sigue?

Sin duda, una de las mejores películas de acción del momento en Netflix y no solo lo decimos nosotros, si no la cantidad de streamings. ¿O será que todos morían por ver a Charlize Theron luchando contra el mal?

La película de acción protagonizada por Charlize Theron llegó a Netflix el pasado 10 de julio y hoy se sigue encontrando en la lista de contenidos más vistos en la plataforma.

Si ya la viste, sabes que la historia no tiene el final que todos esperábamos y se sabe que habrá una continuación. 

 La vieja guardia es una película dirigida por Gina Prince-Bythewood y además de Charlize, también la protagonizan Kiki Layne, Marwan Kenzari y Luca Marinelli, entre otros. La cinta está inspirada en los cómics de Greg Rucka y el ilustrador Leandro Fernández. 

El filme se trata sobre un grupo de “inmortales” que ha luchado por cientos de años para combatir contra el mal. Andromache (Andy)  es la líder de la banda y por supuesto, se trata de Charlize Theron. 

Andy y su familia han cambiado muchos hechos históricos con la ayuda de la recién llegada, Nile. Todo parecía ir a la perfección a no ser por el final..

Todo en la película parecía ir por el camino correcto, incluyendo ya el arrepentimiento de Booker, a quien sentenciaron con 100 años de soleada o a la conversión de Andromache en mortal para llevarlos de vuelta a la acción con un sentido decidido de propósito. 

Lee aquí para saber y entender qué  ocurre en el final de The Old Guard. Recordaremos que Copley atrapa a Joe y a Nicky y se los entrega a Merrick y esto recae en Andy, Booker y Nile para salvarlos recuperando así, el juego. 

The old guard, el final explicado y ¿qué sigue? 1

Luego, Booker rastrea a Copley y antes de entrara a las instalaciones, Nile se enfría. Termina diciéndole a Andromache que todavía tenía tiempo con su familia y que no quería desperdiciarlo. Andy acepta y ella y Booker se preparan para atacar. 

Cuando iban de regreso, Nile se da cuenta de que Andy le había dado un arma descargada antes de entrar a territorio enemigo. Es aquí cuando Booker renuncia a todos sus amigos y todo se vuelve más real. La justificación de Booker es que lo hizo para que Merrick pudiera encontrar su inmortalidad, a pesar de que Andy había perdido la suya. 

Acto seguido, Nile regresa acompañada de Copley para salvar a todos. Copley acababa de descubrir que los motivos de Merrick no iban por el camino de querer salvar al mundo. 

The old guard, el final explicado y ¿qué sigue? 2

Se lleva a cabo un tiroteo en donde Andy comienza a debilitarse cada vez más y más. 

Al final, los inmortales logran matar a todos los hombres de Merrick. Por otro lado, Booker, Nicky y Joe lo persiguen al huir del edificio, pero en realidad solo se escondía dentro y se enfrenta a Andy y Nile. 

Merrick amenaza con matar a Andromache, pero ella utiliza el truco de hacerse la muerta y luego, Merrick es asesinado. Todos huyen rápidamente del edificio. 

Como castigo de la traición, aquí es cuando destierran a Booker por 100 años. 

Meses después, aparece en escena Booker en su departamento en Francia. Parece haber un intruso y se trata de Quyhn, el quinto inmortal, quien había sido arrojado por las brujas al mar, dentro de una caja. 

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¿Qué pasa aquí?

Se entiende que en esta película, cuando un inmortal pierde sus poderes, el otro se ve beneficiado. Como en el ejemplo de Nile, que se recupera cuando los poderes de Andy se desvanecen ¿o no? 

Andy se deshace de lo que se había querido deshacer desde hace mucho tiempo. Ahora, con la aparición de Quynch, sabemos que Andy tiene otro objetivo que cumplir pues había jurado encontrarla, aunque duró mucho tiempo buscándola y tuvo que seguir adelante. ¿Querrá ahora Quycnh vengarse de Andy? Lo más seguro es que sí. 

Antes de que Netflix nos arroje una posible segunda parte, tendrá que analizar la respuesta que esta primera tuvo con el público. Por estos pocos días, se podría juzgar que todo va muy bien. 

https://culturacolectiva.com/cine

Netflix estrena la primera película sobre la pandemia

Netflix Unveils Coronavirus Short Film Collection 'Homemade' – Variety

MAXIMILIANO TORRES

La primera película relacionada con la pandemia del covid-19 se estrenó el pasado 30 de junio en Netflix. ¿No es extraño ver una película sobre un suceso que todavía estamos viviendo? El cine requiere tiempo para tomar perspectiva de los eventos históricos, aunque no es una regla. Las películas sobre la Segunda Guerra Mundial comenzaron a producirse a la par del conflicto bélico; aquellas sobre la guerra de Vietnam llegaron dos años después del término de dicha guerra, la primera cinta que habló de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, se estrenó en 2002. Quizá lo extraño de esta experiencia radica en que nos toca ver una cinta sobre algo que, por primera vez, afecta directa y simultáneamente a todas las generaciones que habitamos el planeta. 

Homemade es una colección de cortometrajes de seis minutos hechos bajo las reglas sanitarias del confinamiento por directores de cine de renombre. La idea fue del siempre interesante Pablo Larraín; eso ya es ganancia. Son 17 historias breves que narran lo que para muchos puede ser ser nuestra historia: horas interminables en el encierro doméstico que transcurren entre ansiedad, aburrimiento y reflexión. Para quienes no hemos dejado de trabajar en la cuarentena y hacemos home office , lo siento: aquí no hay cortos que traten esa realidad, ya que los cineastas están contándonos acerca de sus vidas y ellos son bohemios, creativos, espíritus libres. Existe el riesgo de que la temática del aislamiento sea repetitiva o fatigante para una audiencia ciclada de las videollamadas, de estar a diario en los mismos espacios de su casa, de convivir con las mismas personas. Un vistazo al top ten de lo más visto en Netflix nos dirá que su audiencia busca escapismo puro y duro. ¿Por qué ver a gente que está en la misma situación que nosotros cuando podemos perdernos en la líneas de tiempo de Dark o en las pasarelas de RuPaul’s Drag Race ? También es posible de que Homemade apele al espectador que quiera identificarse. Siete de los 17 cortos documentan el encierro sin capas de imaginación. Siendo este un experimento en el que todos los directores se sometieron a las mismas reglas, no deja de ser interesante ver cómo cada realizador imprime su mirada al distanciamiento social. Otros cinco cortos son protagonizados por los hijos de los cineastas, dándonos la mirada de las generaciones para las que la pandemia es la normalidad, ni vieja, ni nueva. De entre todos, los sobresalientes son: Espacios , de la mexicana Natalia Beristáin, en el que la directora de Los adioses imagina a su hija valiéndose por sí misma en casa, sin compañía de adultos. Last call , de Pablo Larraín, en el que un anciano en un asilo amenazado por los contagios hace una videollamada al amor de su vida. Y The lucky ones , de Rachel Morrison, una reflexiva carta de amor a sus hijos pequeños. Homemade es el París te amo de Netflix en tiempos de pandemia. Para los estándares del servicio de streaming que introdujo a nuestra vida el binge watching puede ser tediosa. Pero como en todas las cintas episódicas, vale la pena verlas porque siempre salen una o dos joyitas.

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40 años de ‘Apocalypse Now’: así fue el rodaje más salvaje de la historia

Todo lo que podía salir mal salió peor. Nos adentramos en la brumosa, esquizofrénica y peligrosa historia de una gestación cinematográfica nunca igualada

40 años de ‘Apocalypse Now’: así fue el rodaje más salvaje de la historia
Martin Sheen y Francis Ford Coppola en el rodaje de ‘Apocalypse Now’. El director adelgazó 50 kilos durante el pedregoso proceso de la película. El actor tuvo un infarto y estuvo seis semanas de baja. En vídeo, el trailer de la película. Getty

¿Cómo puede un rodaje planificado para 16 semanas acabar durando 15 meses? En el caso de Apocalypse Now la hazaña es que consiguiesen terminar (casi) todos vivos. Su director, Francis Ford Coppola, acabó acompañando a su protagonista, el capitán Willard, en su descenso a la locura: si la misión del soldado era cazar al coronel Kurtz, la de Coppola era terminar una película que había empezado a rodar sin guion y sin final. Él mismo reconocería haber contemplado el suicidio en tres ocasiones distintas a lo largo de los cuatro años de producción, en los que todo lo que podía salir mal salió mal. Y todo lo que nadie se había siquiera planteado que pudiera ocurrir salió aún peor.

Coppola, el director, reconoció haber contemplado el suicidio en tres ocasiones distintas a lo largo de los cuatro años de producción, en los que todo lo que podía salir mal salió mal

Apocalypse Now (que se estrenó el verano de 1979, hace justo 40 años) era, según el director de fotografía Vittorio Storaro, “un fresco de la imposición de una cultura sobre otra y de la ilusión que tienen los americanos por convertirlo todo en un espectáculo”: si los soldados reales ponían rock & roll para bombardear poblados vietnamitas, los de la película escuchaban La cabalgata de las valquirias de Wagner. Si el ejército arrasó Vietnam con explosiones de napalm, Coppola rodaría una de las mayores explosiones jamás producida fuera de una guerra. Con 11 millones de dólares de presupuesto (el mismo que La guerra de las galaxias), Apocalypse Now sería el primer blockbuster de arte y ensayo.

Steve McQueen rechazó el papel protagonista, al igual que Al Pacino, Robert Redford y Jack Nicholson. La frustración llevó a Coppola a arrojar sus cinco Oscars por la ventana y, tras volver a colocarlos en su estantería, fichó a Harvey Keitel. Pero a las tres semanas de rodaje se dio cuenta de que su estilo de interpretación no encajaba en un personaje que debía funcionar como espectador pasivo de un viaje al fin del mundo y al alma humana. El sustituto fue Martin Sheen, quien aterrizó en Filipinas en medio de su propia batalla con sus demonios: bebía sin parar, fumaba tres paquetes de tabaco al día y, en una de sus primeras escenas, se derrumbó gritando entre lágrimas. Cuando se miró al espejo y le dio un puñetazo a su reflejo, su brazo se llenó de sangre, pero Coppola indicó que siguieran rodando mientras el actor se desplomaba. Apocalypse Now acababa de empezar. El horror todavía no había llegado.

Dennis Hopper exigió 25 gramos de cocaína para construir su personaje. Se los dieron. En la imagen, el actor en el rodaje.
Dennis Hopper exigió 25 gramos de cocaína para construir su personaje. Se los dieron. En la imagen, el actor en el rodaje. Foto: Getty

“Me encanta el olor a napalm por la mañana” (teniente coronel Kilgore)

En vez de trabajar sobre un guion, Coppola llevaba a todas partes un ejemplar de El corazón de las tinieblas (la novela de Joseph Conrad inadaptable en la que se basa la película) subrayado por él y escribía cada escena durante la noche anterior. La producción tuvo lugar en Filipinas porque su presidente, el dictador Ferdinand Marcos, puso todas las facilidades: a cambio de miles de dólares diarios, podrían utilizar los helicópteros y los pilotos del ejército filipino y bombardear con napalm tantas hectáreas de selva como necesitasen. Pero en varias ocasiones los helicópteros, aún con las cámaras rodando, abandonaban la escena porque tenían que irse a combatir a la guerrilla rebelde filipina.

A Coppola y a sus 900 trabajadores no les quedaba más remedio que esperar de brazos cruzados a que los pilotos aniquilasen a su enemigo y tuviesen a bien regresar al set. A menudo los pilotos que participaban en los ensayos no eran los mismos que después acudían al rodaje, así que había que empezar desde cero cada mañana. Como la propia guerra de Vietnam, este rodaje era la imposición de una cultura sobre otra (los decorados estaban construidos por nativos, explotados por un dólar al día, y uno de ellos falleció sepultado por un bloque) y, como también ocurrió con los charlies, la invasión no resultó tan fácil como los americanos creían.

Cuando Martin Sheen se miró al espejo y le dio un puñetazo a su reflejo, su brazo se llenó de sangre, pero Coppola indicó que siguieran rodando mientras el actor se desplomaba. ‘Apocalypse Now’ acababa de empezar. El horror todavía no había llegado

El tifón Olga asoló Filipinas en mayo de 1976. Aunque Coppola trató de incorporar la lluvia a la película (varios monzones arrasaron Vietnam durante la guerra), este plan resultó impracticable cuando el temporal destrozó varios decorados. Al enterarse, el director reaccionó poniéndose a cocinar pasta mientras escuchaba La bohème, de Puccini. Después de cenar tomó la decisión de paralizar el rodaje durante dos meses. Cuando lo retomó se topó con otra fuerza de la naturaleza: Marlon Brando.

“El horror tiene rostro” (coronel Kurtz)

Brando apareció con 130 kilos (a pesar de que el guion describía a Kurtz como una criatura mitológica, esbelta y atlética), sin haberse aprendido el guion y sin ninguna intención de compartir escena con Dennis Hopper (quien, para construir su personaje, había pedido 25 gramos de cocaína que salieron del presupuesto de producción). Pero Brando tenía toda la intención de cobrar su sueldo de tres millones de dólares por tres semanas.

Coppola tuvo que posponer el rodaje otra semana más para leerle en voz alta los diálogos a Brando y preparar juntos las escenas. El director dejó que la estrella improvisase reflexiones filosóficas, bélicas y filántropas en un monólogo de 18 minutos rodado entre sombras a petición del actor, que no quería que su envergadura física distrajese a los espectadores. Y llegó a ponerle a Brando un pinganillo en la oreja para ir recitándole sus frases. Un día, Brando le indicó a Coppola que ya le había utilizado lo suficiente y que si quería más escenas que contratase a otro. Se levantó de su silla, se marchó y no volvió a aparecer por el rodaje.

“Olía a muerte lenta” (capitán Willard)

Mientras esperaba a que Brando estuviera listo, el productor Gray Frederickson empezó a oler a podrido en los decorados del santuario de Kurtz. “Tenéis que deshaceros de las ratas muertas”, le indicó al diseñador de decorados Dean Tavoularis, quien le explicó que estaban ahí a propósito para crear atmósfera. De repente, un atrezzista que pasaba por ahí exclamó “pues ya verás cuando descubras los cadáveres humanos”. Ante la estupefacción del productor le llevaron a una tienda llena de muertos, almacenados a la espera de que Coppola quisiese rodar la llegada de Willard al santuario (donde habría cadáveres colgados de los árboles y esparcidos por el suelo). “Es que va a quedar muy auténtico”, le prometió el diseñador.

Parte del gran decorado que se tuvo que construir en Filipinas para rodar 'Apocalypse Now'.
Parte del gran decorado que se tuvo que construir en Filipinas para rodar ‘Apocalypse Now’. Foto: Getty

Resulta que el tipo que les proporcionó los cadáveres no trabajaba en un centro de autopsias como había prometido sino que los había robado de sus tumbas, así que la policía paralizó la producción varios días para interrogar a cada uno de sus trabajadores y comprobar que no eran asesinos. Ante la imposibilidad de devolver los cuerpos no identificados a sus tumbas (y la negativa de United Artists a costear sus entierros), nadie sabe o nadie ha querido contar qué hicieron con ellos.

“Todo hombre tiene un punto de ruptura” (general Corman)

El 5 de marzo de 1977, cuatro días después de que se cumpliese un año de rodaje, Martin Sheen se despertó a las dos de la madrugada con dolores insoportables en el pecho. El actor salió de su tienda y se arrastró por la carretera agonizando un kilómetro hasta encontrar ayuda. Le estaba dando un infarto. Cuando Coppola se enteró sufrió un ataque epiléptico, pero intentó ocultarle el incidente a United Artists: “Incluso si Martin se muere, no estará muerto hasta que yo lo diga”, advirtió el director. Coppola acumuló una deuda de 30 millones de euros que dejaría a su esposa Eleanor y a sus tres hijos (Gio, de 12 años; Roman, de 10, y Sofia, de 4) en la mendicidad. El suicidio ni siquiera era una opción ya.

El rodaje fue en Filipinas porque su presidente, el dictador Ferdinand Marcos, puso todas las facilidades: a cambio de miles de dólares diarios, podrían utilizar los helicópteros y los pilotos del ejército filipino y bombardear con napalm tantas hectáreas de selva como necesitasen

Apocalypse Now, con un presupuesto que hoy sería equiparable al de Venom o San Andreas, había superado a Cleopatra como la película más cara de la historia hasta aquel momento. Durante las seis semanas en las que Sheen estuvo de baja, Coppola rodó planos recurso, le envió un telegrama a su amigo (y director original del proyecto) George Lucas para felicitarle por el éxito de La guerra de las galaxias y de paso pedirle dinero y siguió dándole vueltas al final de la película. Como ocurre con la guerra, Coppola sabía cuándo y cómo empezarla (aunque nunca por qué), pero no tenía ni idea de cómo ni cuándo la terminaría. Y por mucho que lo alargase, el final estaría ahí esperándole.

“La posibilidad de perderlo todo provoca una euforia poderosa” (Eleanor Coppola)

La última etapa del rodaje estuvo liderada por un Francis Ford Coppola, que pesaba 50 kilos menos que al empezar, en una huida hacia adelante: los trabajadores enfermaban de disentería a diario, el actor que interpretaba a Lance el surfista (Sam Bottoms) aparecía siempre colocado de speed, marihuana o LSD porque todo el equipo se había dado a las juergas nocturnas, los animales salvajes acechaban las tiendas de campaña durante la noche, las asociaciones animalistas denunciaron el sacrificio de un búfalo de agua para el rodaje de la escena final y United Artists pretendía rebajar el seguro de vida de Coppola. Su vida ya no valía tanto como cuando se metió en la empresa Apocalypse Now, pero tenía que terminarla aunque fuese (literalmente) lo último que hiciese. Solo así la inversión quedaría justificada ante sus acreedores. A estar alturas, Coppola ya estaba convencido de que la película sería espantosa.

Cuando la presentó en el festival de Cannes, donde a pesar de no estar completada acabaría ganando la Palma de Oro, Coppola señaló los paralelismos entre el rodaje y la guerra que retrataba: “Éramos tipos con acceso a demasiado dinero y a demasiados materiales, y poco a poco nos fuimos volviendo locos. Mi película no es sobre Vietnam. Mi película es Vietnam”.

Marlon Brando se presentó con 130 kilos y sin saberse el guion. Cobró tres millones de dólares por tres semanas de rodaje.
Marlon Brando se presentó con 130 kilos y sin saberse el guion. Cobró tres millones de dólares por tres semanas de rodaje. Foto: Cordon

Apocalypse Now acabó recaudando cinco veces su presupuesto, lo cual salvó a Coppola de la bancarrota aunque se arruinaría definitivamente con Corazonada en 1981. Hoy asegura que todo el dinero que tiene es gracias a su viñedo de Napa, California. “La película ya no es tan rara vista hoy”, reflexiona en 2019 el director, “le ha ocurrido lo que a esas pinturas vanguardistas que con el paso de los años se convierten en estampados para el papel de las paredes”.

Marlon Brando, hasta su último día de vida (murió en 2004), reclamó que Coppola era “un gordo cabrón” que le debía dos millones de euros.

Apocalypse Now tardó tanto en rodarse que, en 1978, El cazador le arrebató el honor de ser la primera película de Hollywood sobre Vietnam. Antes de entregarle el Oscar al director de El cazador, Michael Cimino (quien arruinaría su carrera dos años después, causando además el cierre de United Artists, con La puerta del cielo), Coppola aprovechó para hacer una advertencia sobre Hollywood que fue recibida con sorna: la prensa lo ridiculizó concluyendo que se había vuelto definitivamente loco por culpa del rodaje de Apocalypse Now. ¿Cuál fue la aberración que Coppola se atrevió a profetizar? “Preparaos, porque la tecnología digital está a punto de cambiar el cine para siempre”.

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