‘Joker’ o las máscaras del descontento

Joaquin Phoenix como el Joker. Warner Bros
Joaquin Phoenix como el Joker. Warner Bros

Joker, la película galardonada con el León de Oro en Venecia y que fue la Perla sorpresa del Zinemaldia de 2019, ha resultado ser una cinta muy polémica por poner encima de la mesa temas muy complejos. El filme plantea problemas de gran calado, que desafortunadamente son muy actuales, como por ejemplo la soledad y el engaño, los trastornos mentales y la confusión del mundo real con el imaginario, las noticias falsas y el fingimiento continuo, el desprecio hacia lo diferente y los estallidos de violencia social.

Durante dos horas nos hace meternos en la piel del personaje y experimentar su inquietante desazón, acompañados de una excelente banda sonora. Repasemos algunas de las cuestiones que sugiere.

Precariedad y malestar social

Una subida en el precio del combustible o en el billete de metro pueden ser las gotas que desbordan los vasos del descontento, provocando repentinas revueltas, como testimonian lo sucedido en Francia con el movimiento de los chalecos amarillos o en ese Chile que merced al golpe de Pinochet sirvió como laboratorio a la economía ultra-neoliberal expandida luego por doquier.

Corren malos tiempos para las expectativas de los más jóvenes, condenados en general a vivir peor que sus padres y a sufrir las imposiciones de un mercado laboral cuya inherente precariedad les hurta hacer planes vitales como el emanciparse o tener hijos.

Todo ello hace que la tasa de natalidad merme, mientras que los avances médicos propician un progresivo envejecimiento de la población. Una bomba de relojería que la más insignificante chispa puede activar en cualquier momento.

La confusión de la realidad con el mundo virtual

En Joker, un antihéroe inspirado en los cómics de Batman, sin habérselo propuesto para nada, se convierte en el detonante de una violenta insurrección social y cosecha emuladores que le idolatran, al salir en televisión cometiendo un asesinato ante las cámaras.

La urbe donde vive tal personaje se parece mucho al Nueva York de Taxi Driver y por desgracia también a cualquiera de las grandes ciudades europeas, pobladas por gentes que desconfían de cuanto no sea homogéneo y con una empatía que brilla por su ausencia. Entre otras cosas porque se tiende a confundir la realidad con el mundo digital.

Resulta llamativo que, al presenciar una u otra desgracia, algunas veces en lugar de auxiliar a las víctimas, la reacción instintiva sea sacar el móvil para grabarlo y subirlo a las redes, por no mencionar que a veces dicha grabación es la motivación misma del incidente.

El éxito de los antihéroes

Pensemos en el éxito cosechado por La casa de papel, una serie donde los ladrones echan un pulso al sistema y se ven aclamados por la multitud, en la estela del mito de Robin Hood, cuando distribuyen entre los transeúntes una parte del dinero robado con gran ingenio y audacia.

Fotograma de la serie La Casa de Papel. Netflix
Fotograma de la serie La Casa de Papel. Netflix

Los integrantes de la banda del Profesor utilizan unas máscaras dalinianas que nos recuerdan a las adoptadas por el movimiento Anonymous y, por lo tanto, a la máscara utilizada en la película V de Vendetta. El descontento social se deja seducir fácilmente por quienes pueden hacer frente al poder establecido. Especialmente, cuando en principio rehúyen causar daño, como sería el caso real de aquellos piratas informáticos que aciertan a desvalijar grandes consorcios empresariales tocando unas cuantas teclas.

Los caudillos desde la óptica de Cassirer

Lo malo es que tales personajes de ficción no suelen tener sus correlatos entre la gente real y ese descontento social se ve capitalizado por los demagogos, tal como Ernst Cassirer nos hace ver de modo magistral en El mito del Estado, a propósito del ascenso de Hitler al poder.

Obviamente, su diagnóstico no conoce fronteras geográficas ni barreras temporales, porque los caudillos no dejan de proliferar cuando se degradan las condiciones económicas y los derechos más elementales hacen mutis por el foro junto al bienestar social.

Cuando el anhelo de caudillaje alcanza una fuerza imparable y se desvanece toda esperanza de cumplir los anhelos colectivos por una vía ordinaria –señala Cassirer–, ese deseo se personifica bajo una forma concreta, política e individual. Los vínculos anteriores de la sociedad –tales como la ley, la justicia o la constitución— se invalidan y sólo resta el poder místico del caudillo, cuya autoridad se impone como la suprema ley.

La demagogia de toda supremacía

Quienes apuntalan ese tipo de liderazgos devienen taumaturgos que administran ese credo como maestros de la propaganda política y saben acuñar nuevas palabras o trastocar el significado de las antiguas para emplearlas como palabras mágicas destinadas a estimular determinadas emociones.

El hábil empleo de tales palabras mágicas acaba desfigurando la realidad y sus mentiras o bulos terminan imponiéndose a la más palmaria evidencia de los hechos.

Por supuesto se buscan unos cuantos chivos expiatorios para endosarles el origen de todos los males. En un momento dado pueden ser los judíos y en otro los masones, los rojos, los homosexuales, los foráneos o cuanto sea diverso en uno u otro aspecto, colectivos a los que se despoja por completo de su humanidad para cosificarlos desde una perspectiva supremacista, tras la cual se oculta normalmente algún complejo de inferioridad individual o colectivo.

El pensar por cuenta propia preconizado por Kant

Desde luego, la mejor vacuna contra el virus del totalitarismo practicado por los partidarios de una u otra supremacía es lo que propone Kant en ¿Qué es la Ilustración?: aprender a pensar por cuenta propia, sin ceder nunca esa responsabilidad a los tutores que muy voluntariamente se propongan hacer tal cosa por nosotros, puesto que la libertad no es un don, sino la más ardua tarea que nos podemos proponer.

En medio de las grandes crisis político-sociales, “da la impresión”, advierte Kant en El conflicto de las facultades, “de que la gente anhelara encontrar una suerte de adivino, un hechicero familiarizado con lo sobrenatural. Si alguien es lo bastante osado como para hacerse pasar por taumaturgo, este puede acabar conquistando a la masa y hacerle abandonar con desprecio el bando de la filosofía, la cual debe oponerse públicamente a tales taumaturgos para desmentir esa fuerza mágica que se les atribuye de un modo supersticioso y rebatir las observancias ligadas a ella”.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

ROBERTO R. ARAMAYO

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Profecías de Blade Runner


El futuro se nos va acabando: como a los replicantes de Blade Runner, se aproxima nuestra fecha de caducidad. Da angustia y un poco de nostalgia saber que la fecha con la que se abre la obra maestra de Ridley Scott ya estará siempre por detrás y no por delante de nosotros. «Los Angeles, Noviembre, 2019» parecía increíblemente lejana cuando la vi por primera vez estampada en un cine de Madrid, allá por 1982, brillando en el cielo de una urbe nocturna flambeado de altos hornos y de pirámides mayas. Más angustia aun pensar que este año, el de la temible profecía, se ha llevado por delante a Rutger Hauer, el gran actor holandés que interpretaba a Roy Batty, el replicante obsesionado por su mortalidad y herido por el tiempo, quien moría sentado en una terraza, acariciado por la lluvia, con la mano atravesada por un clavo -nuevo Cristo de la era cibernética- y soltando una paloma que era también su alma ascendiendo a los cielos.

Profecías de Blade Runner

En el prodigioso diseño de producción de la película hay diversos augurios tecnológicos que se han ido cumpliendo a lo largo de las décadas y a cuya presencia milagrosa nos hemos ido acostumbrado, tales como la videollamadas, los asistentes virtuales o las casas inteligentes. Otros nos resultan amenazadoramente familiares, como los efectos de la contaminación industrial que han provocado las tinieblas perpetuas que envuelven la ciudad de Los Angeles. Pero ningún invento, ningún artilugio -ni siquiera uno de ficción- ha alcanzado la perfección del método de rastreo con el que Deckard se introduce a través de una fotografía siguiendo un juego de espejos para encontrar la huella de un objeto que está fuera de la fotografía.

Hay otro avance tecnológico que, por suerte o por desgracia, aún parece muy remoto: la posibilidad de crear androides perfectos, similares a los seres humanos hasta en los más mínimos detalles, con el fin de utilizarlos como esclavos en las colonias exteriores. De momento, como la tecnología no alcanza para tanto, ni hay visos ni siquiera cercanos de colonizar otros planetas, nos conformamos con los esclavos de toda la vida, capaces de realizar las diversas funciones de minero, agricultor, prostituta y soldado, aunque en este último apartado los drones ya están a punto de sustituir a la milicia.

Sin embargo, existe al menos un punto inquietante donde el tenebroso oráculo de Blade Runner parece haberse cumplido. Para rastrearlo, debemos indagar no tanto en la película sino en la novela, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, en cuyos orígenes Philip K. Dick señaló que se encontraba la lectura de los diarios de un guardián nazi en un campo de exterminio, en una de cuyas páginas se quejaba de que el llanto de un niño hambriento no le dejaba dormir. Había ahí -decía Dick- algo aterrador, la presencia de algo que parecía humano, que imitaba a la perfección el aspecto y la figura de un ser humano, pero que no lo era. ¿No es tentador cuestionar la psicopatía esencial de esos dirigentes que se preguntan cuál es el efecto de las cuchillas sobre la piel de las personas? ¿O por la indiferencia de los líderes mundiales, y de tantos de sus seguidores, ante la desgracia de miles de refugiados muriéndose de hambre, cruzando un desierto a pie, ahogados en el Mediterráneo?

Tal vez no nos sorprende porque los replicantes han estado ahí desde siempre, dentro de nosotros, camuflados bajo los ropajes de la empatía y la compasión, esperando asomar tras una catástrofe, una hambruna, una guerra. En la Crónica del gueto de Varsovia, de Emmanuel Ringelblum, hay un pasaje casi insoportable que profetiza la novela de Dick y el triunfo de los replicantes, cuando una familia judía recibe la visita de un oficial que avisa que van a quitarles todas sus pertenencias. La madre le suplica, llorando, y el oficial responde que no se llevarán nada si adivina cuál de sus dos ojos es artificial. «El izquierdo» dice la mujer sin dudarlo. Cuando el oficial, asombrado, le pregunta cómo lo adivinó, ella replica: «Porque parece humano».

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DIECISIETE’: LA TERAPIA CINEMATOGRÁFICA Y VITAL DE DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO

Daniel Sánchez Arévalo (“Primos” o “Azul oscuro casi negro”) es ese artesano del fotograma que sabe llenar de vida el cine y llenar nuestra vida de cine porque ¿acaso son cosas diferentes? Este experto contador de historias y “dibujante” de personajes inolvidables, vuelve con ‘Diecisiete’.

A veces, la vida nos sorprende con gratas sorpresas que dan lugar a experiencias emocionantes y periplos que nos marcan; nosotros hemos tenido la inmensa suerte de haber vivido un viaje gratificante y emocionante, el que Daniel nos cuenta en su nueva película y el de haber podido conocerle a él.

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Cartel oficial de Diecisiete, de Daniel Sánchez Arévalo

Con motivo del estreno de ‘Diecisiete‘ en Netflix el 18 de octubre, el equipo de Cultura Inquieta tuvimos el privilegio de organizar dos pases extraordinarios de la película en los cines Verdi de Barcelona, el 17 de octubre, y Madrid, el 17 de octubre, para dos nutridos grupos de espectadores privilegiados invitados de Cultura Inqieta, quienes pudieron disfrutar de lo lindo de la tierna, emotiva y muy humana película que ha supuesto el regreso de uno de los directores y admirados más queridos del país.

En “Diecisiete“, película producida por NetflixSánchez Arévalo relata el viaje físico y emocional que emprenden dos hermanos separados por una vida que les ha sido hostil y que tienen una serie de problemas reconciliables que van a ir resolviendo a medida que vayan asumiendo que no hay lección más importante que la de aprender a fracasar.

Los casi debutantes Biel Montoro y Nacho Sánchez, encarnan a Héctor e Isma, dos hermanos que protagonizan una road movie llena de luces y sombras que nos ha conmovido por su frescura, por su naturalidad, por su verdad y por unos personajes con los que se empatiza desde el minuto uno por ese talento y ese don que Daniel tiene para narrar.

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Bego Hernández entrevistó al feliz público en Barcelona

pat lajara cultura inquieta

Patricia Lajara charló con los espectadotres de Madrid

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El pase especial de Diecesiete organizado por Cultura Inqueta se llevó a cabo en uno de nuestros cines fetiche: los Verdi, en Barcelona y Madrid

Diecisiete” nos habla de cosas que todos conocemos.

La familia, el amor por los animales, la vejez, la necesidad por sentirnos integrados, los miedos a crecer y los amores que existen por encima de todo, hacen de esta “coming of age” un regalo lleno de grandeza bajo esa apariencia de historia sencilla y cercana.

Tuvimos la oportunidad de conversar y entrevistar largo y tendido a Daniel Sánchez Arévalo. Daniel es puro ingenio, talento y amabilidad. Nos contó con detalle sobre Diecisiete, sobre su relación con la literatura, con el ecologismo, con el arte y la vida.

Después, Daniel Sánchez Arévalo, en el coloquio que hicimos tras el visionado y en el que se invitó a los espectadores a compartir sus impresiones con el director, dijo que a él, realizar cine, le sirvió como terapia para dejar de ir al psicólogo tras 16 años y, ciertamente, sus películas tienen algo de terapeútico porque nos ayudan a reconciliarnos con nosotros mismos.

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Daniel Sánchez Arévalo, entrevistado por Juan Yuste, de Cultura Inquieta

Añadió que, en algunas de las escenas de “Diecisiete” dejó que la vida sucediera delante de la cámara para luego trasladarla al espectador, y es algo que se nota y que transmiteron los emocionados espectadores tras el pase.

Pero, siempre, hemos pensado que la clave del cine de Daniel está en su galería de perdedores adorables, esos que él mismo confiesa poner en tesituras vitales complicadas y extremas para poder rescatarlos con mimo, curarles sus heridas y ser, nosotros, testigos cómplices de ello al otro lado de la pantalla.

“La familia, el amor por los animales, la vejez, la familia, la necesidad por sentirnos integrados, los miedos a crecer y los amores que existen por encima de todo, hacen de esta “coming of age” un regalo lleno de grandeza bajo esa apariencia de historia sencilla y cercana”

Os invitamos y os recomendamos encarecidamente que veáis “Diecisiete”, que disfrutéis de vuestros hermanos, que hagáis mil viajes vitales y que os dejéis rescatar por el cine, por la vida o por alguien, Daniel Sánchez Arévalo lo hizo en su momento, y ahora está aquí para escribirlo, filmarlo, contarlo y, lo más importante, vivirlo.

Esto es lo que vivimos:

¡Ya podemos disfrutar Diecisiete en Netflix!

https://culturainquieta.com/es/cine/item/16064

‘El Camino’, el Chevrolet que da nombre a la película de ‘Breaking Bad’

La película cuenta lo que sucede con Jesse Pinkman después de la serie

Skinny Pete, Badger, Jesse Pinkman y el famoso coche El Camino
Skinny Pete, Badger, Jesse Pinkman y el famoso coche El Camino. Netflix

ALMUDENA BARRAGÁN 

El Camino: una película de Breaking Bad arranca un momento después del final de una de las series más exitosas de las últimas décadas, creadas ambas por Vincent Gilligan. En ella vemos a Jesse Pinkman (Aaron Paul), coprotagonista de Breaking Bad, luchando por seguir adelante después de la muerte de Walter White.

El Camino podría llamarse así por la búsqueda que emprende el personaje hacia una vida nueva en Alaska después de todo lo que le sucede en la serie, sin embargo, el nombre tiene que ver con el coche en el que Jesse consigue escapar de sus captores. Un Chevrolet El Camino de finales de 1970, color negro, con dos rayas rojas, propiedad del siniestro Todd Alquist.

‘El Camino’, el Chevrolet que da nombre a la película de ‘Breaking Bad’
Todd Alquist manejando el Chevrolet. Netflix

[Aviso: este artículo contiene algunos espóilers]

En la huida, Jesse llega a casa de sus amigos Badger (Matt L. Jones) y Skinny Pete (Charles Baker) que le ayudan a deshacerse del coche para despistar a la policía a cambio de un Pontiac Fiero de los 80. “Siempre quise tener un El Camino, es la pura verdad”, dice Skinny Pete.

El Chevrolet tan codiciado es una pequeña pick up compacta con una caja larga en la parte trasera que fabricó General Motors entre 1959 y 1987. Este concretamente es un modelo de la quinta generación de la marca, del que salieron la versión Classic y el conocido como Black Knight.

Heredero del modelo ranchera Brookwood de finales de los años 50, el nuevo El Camino competía con el Ford El Ranchero que dos años antes había lanzado al mercado una camioneta parecida con cabina simple. “El Camino era un poco más chica, más tipo sport”, dice Luis Silva, presidente de la Federación Mexicana de Autos Antiguos y de Colección.

‘El Camino’, el Chevrolet que da nombre a la película de ‘Breaking Bad’
El Chevrolet que Jesse le deja a Skinny Pete. Netflix

“En México no tuvo mucho éxito. Las que se importaron de Estados Unidos fue por particulares, nunca la trajeron las agencias. Se clasificó como pick up pero era demasiado elegante para trabajar y no tenía suficiente capacidad de carga, apenas soportaba los 300 kilos”, agrega el experto en entrevista telefónica con Verne.

Se trata de un auto considerado una rareza que según Silva no ha llamado la atención de los coleccionistas en México, no al menos como otros modelos de Chevrolet como el famoso Impala, de una gama más lujosa.

Entre 1960 y 1964, Chevrolet dejó de fabricar El Camino para relanzar el modelo inspirado en las líneas de su elegante Chevelle cuatro años después. “El Chevelle era más utilitario tenía un motor de 6 cilindros, mientras que El Camino usaba motor de 8 cilindros. Iba dirigido a un público con objetivos sociales distintos “, explica Luis Silva.

Según el portal especializado TN Autos, El Camino vendió en su primer año en el mercado 22.000 unidades y fue el primer modelo de Chevrolet en tener la caja de acero.

‘El Camino’, el Chevrolet que da nombre a la película de ‘Breaking Bad’
Jesse Pinkman a bordo de El Camino buscando su propio camino. Netflix

Desde el comienzo, Breaking Bad fue una serie que se caracterizó por utilizar coches icónicos. Imposible olvidar el Pontiac Aztek de 2004 que manejaba Walter White, el Chevrolet Monte Carlo rojo de Pinkman o la caravana Fleetwood Bounder de 1986 donde los protagonistas instalan su primer laboratorio para cocinar metanfetamina. El modelo El Camino, se suma a la larga lista.

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Kubrick y la violencia de género

Falta menos de un mes para que se estrene Doctor Sueño (Redrum), la secuela de El resplandor (1980), la cinta de Stanley Kubrick que es una de las cumbres del cine de terror, y por los resúmenes y aperitivos, parece que, casi cuarenta años después, Stephen King sigue sin enterarse de qué iba su propia novela. En su día criticó al cineasta por lo que él consideraba una película fallida que no respetaba las convenciones del género, sin entender que Kubrick había ido mucho más lejos que él al penetrar en las abrumadoras tinieblas de la mente de Jack Torrance. Dijo que El resplandor, la película, era «una tragedia doméstica con leves matices sobrenaturales», un reproche que en realidad cifra una definición casi perfecta.

Kubrick y la violencia de género

Lo cuenta, entre otras muchas anécdotas e intimidades, Vicente Molina Foix en su libro Kubrick en casa (Anagrama, 2019), un delicioso compendio de la relación que mantuvo con el genial cineasta estadounidense desde que éste lo contratara como traductor por mediación de Carlos Saura. Molina Foix, por cierto, será el principal anfitrión de la próxima convocatoria de Diodati Se Mueve del 1 al 3 noviembre en el balneario de Alhama de Aragón, el cual se transformará, por obra y gracia de la palabra (y del visionado de la película) en un inquietante homenaje al siniestro hotel Overlook de El resplandor.

Lo que le interesaba a King, fundamentalmente, eran los elementos sobrenaturales, la telepatía, la casa encantada, los fantasmas incrustados en la desidia y el rencor, mientras que para Kubrick todo eso no era más que el decorado del verdadero horror: un padre alcohólico y perturbado que anula a gritos a su mujer y que acaba persiguiendo a su familia con un hacha. En cierto modo, como señala el escritor Fernando Marías (director del proyecto Diodati Se Mueve junto a Rosa Masip), Kubrick filmó sobre la gran pantalla la primera denuncia explícita contra la violencia de género y probablemente la mayor realizada hasta la fecha: tan sutil y tan efectiva que la seguimos contemplando como si sólo fuese una película de terror.

El pasado jueves, gracias a la afortunada casualidad de que se me estropeó el deuvedé, di con el montaje original de El resplandor que incluye nada menos que 29 minutos adicionales, lo que se conoce como el montaje americano de la película que después Kubrick recortó para el mercado europeo y que con los años él mismo acabaría considerando la versión canónica de la película. Muchas maravillas cayeron bajo la tijeras, desde un largo viaje en avión hasta un salón plagado de esqueletos polvorientos, pero hay una secuencia prodigiosa, obra de la guionista Diane Johnson y del propio Kubrick, en la que se apunta en qué consiste realmente el don del «resplandor».

Sucede a la primera aparición de Danny frente al espejo, cuando habla con su alter ego, Tony, materializado a través de su dedo índice y una voz chirriante. Tras contemplar la tempestad de sangre que rebosa del ascensor y la imagen aterradora de las gemelas en el pasillo, Danny cae en coma y una doctora que viene a verlo pregunta a su madre, Wendy, cuándo se manifestó por primera vez Tony, «el niño que habla dentro de mi boca». Wendy explica que su padre lo zarandeó con demasiada fuerza (un eufemismo para disfrazar los abusos) y que desde entonces Danny sufre visiones y tiene un amigo imaginario. También se comenta que desde entonces Jack, el padre, dejó la bebida. No es casualidad (con Kubrick nada lo es) que la primera copa que le sirve un camarero espectral en la barra del salón dorado sea un Jack Daniels.

Los actores y técnicos afirman que Kubrick protegió a Danny Lloyd, el pequeño actor que interpreta al niño de la película, hasta el punto de que no llegó a ser consciente de que participaba en una película de terror. Sin embargo hubo, al menos, una víctima de maltrato durante el rodaje: la actriz Shelley Duvall, quien sufrió durante meses el afán perfeccionista, la obsesiva repetición de tomas y los ultrajes verbales del director, una pequeña parte de los cuales pueden vislumbrarse en el documental que rodó Vivian, la hija de Kubrick. Es muy posible que todos esos abusos formasen parte del tradicional método del palo y la zanahoria con que tantos cineastas manipulan a sus actores para extraer de ellos la mejor interpretación posible; si esto es así, puede decirse que Kubrick logró una obra maestra al reducir a su actriz principal a una masa temblorosa y lloriqueante que, en el cenit de la secuencia de las escaleras, aparece aterrorizada hasta las lágrimas. Duvall dijo que no volvería a pasar por ello, aunque había aprendido más en el rodaje de El resplandor que en todas sus películas anteriores juntas. «Aun así» confesó, «no cambiaría la experiencia por nada del mundo. ¿Sabes por qué? Por Stanley».

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JOKER: EL RETRATO PERFECTO DE UNA SOCIEDAD ENFERMA

Joker: el retrato perfecto de una sociedad enferma

La película dirigida por Todd Phillips, quien también escribió su guión de la mano de Scott Silver, no es una película más de superhéroes y villanos. Se trata de un filme que sumerge al espectador en el infravalorado territorio de la salud mental, con un sentido profundamente social. 


Por Laura Ilarraza

Joker narra los orígenes de uno de los personajes más entrañables de Batman: ese villano que solo sabe reír. De manera magistral, muestra el lado más humano de una persona “with a condition”: con un desorden de personalidad que lo lleva a expresar sus emociones a través de una risa incontenible. 

Pero no solo es eso. No es únicamente una historia que refleja a todos los individuos “de abajo”, a ese entramado de seres humanos que logra insertarse a medias en el sistema y medio salir adelante. Comiendo a medias, viviendo a medias. Es también una historia de rebelión y hartazgo social, de desprotegidos pidiendo justicia; de desigualdad, de tener muy poco a costa de que unos cuantos millonarios gobiernen, manden, decidan. 

En medio de una sociedad enferma, discriminatoria e insensible, que golpea y violenta literal y metafóricamente, emerge un “héroe” disfrazado de villano. Con una maldad que no es más que una lucha interna contra la injusticia y que se convierte en su paulatina liberación.

Es el retrato de un “olvidado” que transita de la desprotección a la furia, convirtiendo violencia en violencia, sin que esta deba tomarse como una apología, sino como la urgencia de voltear a ver qué estamos haciendo mal como sociedad. 

Joker retrata una simbiosis entre lo individual y lo social de ese “basta” a la opresión. Es una convergencia entre la discriminación y la incomprensión de la salud mental; entre los desórdenes de personalidad y el hartazgo ante un sistema que mantiene a millones vulnerables a costa del ciego privilegio de unos cuantos. 

Alberto Moreiras, filósofo español, afirma que «se trata de una película directamente sobre la producción de hegemonía, no tanto en el sentido de Ernesto Laclau sino en lo que yo considero la variante de Jorge Alemán: busca una salida (violenta, no es el caso de Jorge, pero este es uno de los disfraces) al discurso capitalista y sus consecuencias en la vida cotidiana, y esa salida se presenta como emancipatoria radical y colectivamente, a través de una catexis general con el significante vacío, el Joker, literalmente, el comodín, el lugar de la soledad común, subsiguiente a la identificación del enemigo».

Así, Arthur Fleck, ese payaso con piel de ser humano que vive pegado a un cigarrillo y subsiste al maltrato, a la pobreza, a la falta de oportunidades, al abandono, ha logrado admirar a millones de personas al ser interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix. Pero también hace pensar en el entorno inmediato, en la realidad. 

En México existen únicamente 33 hospitales psiquiátricos, y de acuerdo con el Informe de Salud Mental en México publicado en 2011, la Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica señala que son pocas las personas que reciben atención a la salud mental: «solo una de cada cinco personas con algún trastorno afectivo recibieron atención y solo una de cada diez con algún trastorno de ansiedad lo obtuvieron».

Asimismo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, dos de cada diez niños en el mundo tienen algún trastorno o problema mental y, según cifras del Inegi, 33.38 millones de mexicanos mayores de siete años han presentado estados de depresión.

Aunado a ello, el doctor Juan Ramón de la Fuente sintetiza de manera extraordinaria la reflexión que Joker regala y que no se debe olvidar:

«El malestar ciudadano viene de la inconformidad, del hartazgo de la gente en respuesta a la injusticia derivada de un modelo de desarrollo global que, sin dejar de tener algunas ventajas, al menos potenciales, ha abierto más la brecha entre los que tienen y los que no, entre aquellas pocas vidas que los gobiernos han decidido proteger en relación a aquellas que han decidido abandonar».

La película de Phillips, Silver y Phoenix no es una película más de súperhéroes y villanos. Es necesario entenderla desde sus múltiples aristas; para comprender y apreciar a ese personaje, a ese humano con cara y sonrisa de payaso, desde la propia realidad.

http://mexicosocial.org

Destructores de mundos

El pesimismo sobre el futuro del planeta es una opción real; la probabilidad de la catástrofe planetaria ya fue adelantada por físicos, astrofísicos, neurólogos y escritores de sci-fi

OtrosGuardarEnviar por correoImprimirJESÚS MOTA26 SEP 2019 – 17:00 CDT

James Gray da instrucciones a Brad Pitt en el rodaje de 'Ad Astra'
James Gray da instrucciones a Brad Pitt en el rodaje de ‘Ad Astra’

Aunque son diferentes, un tono oscuro, marcado por un diapasón común, une marginalmente a Ad Astra con Interstellar. El cine, comunicación popular a la postre, empieza a predicar un profundo pesimismo antropológico para explicar la destrucción potencial del planeta. “Somos destructores de mundos”, proclama un personaje de Ad Astra; somos una especie depredadora, colonizadora, se dice explícitamente en Interstellar. Este pesimismo antropológico es simple y aterrador: la especie humana ha nacido para esquilmar un planeta y saltar a otro donde pueda proseguir fríamente con la misma operación. La verosimilitud de este diagnóstico tiene dos fundamentos al menos tan probables como el optimismo voluntarista dominante. Uno, el capitalismo es incompatible (o poco compatible, elíjase lo que proceda) con una explotación moderada de los recursos de la nave espacial Tierra (Kenneth Boulding); dos, el individuo, solo o en colectividad, es reacio a prescindir de satisfacciones presentes para garantizar beneficios futuros.

La probabilidad de la catástrofe fue adelantada por físicos, astrofísicos, neurólogos y escritores de sci-fi. Percibieron las sombras del apocalipsis diferido en los años noventa y precisaron detalles inquietantes en la primera década del siglo XXI. Sabían que el pesimismo era una opción real, porque está en la naturaleza del escorpión matar aquello sobre lo que vive. Sin remisión.

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CÓMO SALIR DE LA MATRIX, SEGÚN PHILIP K. DICK

ESTA ES LA RECETA PARA ESCAPAR DE LA MATRIX Y CONSEGUIR EL ESTADO DE UN CRISTO O UN BUDA, SEGÚN PHILIP K. DICK

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Philip K. Dick dijo en una conferencia en 1977: “Vivimos en una realidad programada computacionalmente y la única pista que tenemos es cuando una variable es cambiada y una alteración en nuestra realidad ocurre”. Sus ideas prefiguran indudablemente la noción desarrollada en la trilogía The Matrix. Una serie que, como ha notado el profesor Robert Thurman, tiene notables influencias budistas  (la Matrix del budismo se llama samsara) y que ha producido la gran metáfora de nuestro tiempo para referirse a una sensación milenaria: la sospecha de que el mundo que experimentamos convencionalmente es una ilusión. En su laberíntica y obsesiva reflexión en torno a una serie de visiones místicas que ocurrieron el 2/3/1974, plasmadas en The Exegesis, curiosamente Dick, un gnóstico cristiano, da como posible escapatoria a este dédalo ilusorio que hoy llamamos La Matrix el camino del bodhisattva. Dick cuenta sobre el protagonista de un texto que pensaba titular The Owl:

Sólo escapa verdaderamente del laberinto cuando decide regresar voluntariamente (volverse a someter al poder del laberinto) para beneficiar a aquellos que siguen atrapados dentro de él. Esto es, nunca puedes irte tu sólo, para salir debes de elegir llevar a los demás… ésta es la paradoja última del laberinto, la ingenuidad quintaesencial de su construcción, que la única vía de salida es una vía de regreso voluntaria (al interior de su poder), que es lo que constituye el sendero del bodhisattva.

Dick refuerza esta misma idea: “Si existe la felicidad, debe de surgir de voluntariamente entregar el propio ser en intercambio por participar conscientemente en el destino de la unidad total”. En otras palabras, el héroe de la Matrix, el bodhisattva, el hacker, es aquel que descubre que la realidad más allá de la ilusión del programa o simulacro es una completa interdependencia entre todos los seres, lo cual es la semilla indestructible de la compasión. La motivación de la compasión, de la renuncia y la entrega en favor de los demás es la sabiduría de que los otros son parte de mí; si el universo entero es la experiencia de un sólo cuerpo o mandala, entonces la compasión surge de manera tan espontánea como cuando uno quita los dedos del fuego (ese fuego es el samsara, es la Matrix). En el budismo tántrico, la compasión constituye el insuperable método (upaya) para alcanzar la iluminación y despertar del sueño del samsara. 

Este intersticio o glitch divino en la arquitectura de la Matrix o del laberinto (este hilo de Ariadna), que Dick descubre como la compasión, es justamente lo que unen al budismo y al cristianismo. También en The Exegesis, Dick escribe: “Cristo es Buda homologado como bodhisattava”. El acto crístico es un acto de compasión pura: sacrificar su vida para salvar a los demás; coincide con el juramento del bodhisattva: dedicar incontables vidas a liberar a todos los seres, permanecer dentro del samsara hasta que todos los seres alcancen la liberación. Siguiendo con esta incursión gnóstica en el budismo mahayana, Dick escribe que “la cualidad más alta de la compasión es el único poder capaz de resolver el laberinto… La verdadera medida del hombre no es su inteligencia o su éxito en este sistema demente. No, la verdadera medida del hombre es esta: qué tan rápido puede responder a la necesidad de los demás y qué tanto de sí mismo puede dar”. Aquí hay un claro eco bíblico, sólo quien es capaz de dar su vida (esta vida mundana, este polvo) podrá obtener la vida eterna, pero no será ya alguien, un individuo, sino será la divinidad misma: Cristo, Buda… La muerte de nuestra personalidad separada, de nuestro ego, es la semilla de la vida del espíritu. Pero esa vida del espíritu más que una fase nueva es la condición original que siempre ha existido, innata y por lo tanto inmortal. Con esto llegamos también a otro de los conceptos esenciales de la teología de Philip K. Dick, el escritor de ciencia ficción que era en realidad uno de los grandes místicos del siglo XX. Tomando de Platón pero en comunión también con del camino tántrico del budismo vajrayana, Dick mantiene que el remedio para sanar esta condición de estar perdidos en el laberinto (en el samsara) es la anamnesis, la pérdida de la amnesia que nos caracteriza. “Recordaste tus orígenes, y eran de más allá de las estrellas”. En el budismo tántrico se asume la condición original, la noción de la pureza primordial, la naturaleza búdica inherente (o tathagatagarbha), como la realidad presente, así la base del sendero se vuelve indivisible del fruto (el proyecto de volverse budas se nutre de la visión de que ya somos budas). En otras palabras, se trae a mente, se recuerda (mindfulnesssati) la propia naturaleza búdica, la luz del origen (allende las estrellas y allende lo humano). Asimismo, el hecho de que la salida del laberinto constituya precisamente permanecer en él desde la perspectiva de la compasión intuye ya una noción que no está del todo desarrollada en la visión de Dick (y que quizás entre en conflicto con el dualismo del gnosticismo cristiano), esto es, la no-dualidad. En el sentido más profundo, cuando se ha realizado el cambio de perspectiva de la compasión y la integración de la totalidad en uno, el laberinto ya no es un laberinto (es un espacio sin límites), no hay separación entre afuera y adentro, el samsara es nirvana, pero, nos dicen las tradiciones místicas, es sólo entendido y experimentado por alguien que ha alcanzado un estado como el de un cristo, un bodhisattva, un tzadikim, etc.

En la películaThe Matrix: Revolutions, el clímax de la saga se produce con un enfrentamiento entre el Agente Smith y Neo. Neo logra conquistar el último obstáculo, así reconociendo completamente su propia naturaleza búdica como “The One”, convirtiéndose antes en su enemigo, absorbiéndolo en él mismo a Smith. Al lograr esto, la Matrix estalla en la vacuidad que siempre fue, sólo vacío radiante. Para el budismo mahayana la vacuidad necesariamente implica la compasión y viceversa (este extenderse de Neo en Smith es un reconocer la vacuidad de la identidad y una compasión, un sentir-con). Las cosas están vacías ya que no tienen existencia inherente, no existen desde su propio lado sino solamente en interdependencia con todas las otras cosas; la compasión surge espontáneamente de reconocer esta interdependencia, incluso podríamos decir que la compasión es esa misma interdependencia:el acto reflejo que surge espontáneamente de saber que en cada cosa se reflejan todas las otras cosas (como en el caso del mítico collar de perlas de Indra, una de las más hermosas metáforas de la naturaleza del universo).

Dice Dick: “Somos cosmocrators olvidadizos, atrapados en el universo de nuestra propia hechura”. Es la ignorancia de que este mundo es generado por nuestra propia mente la que perpetúa el estado de sufrimiento, la que sigue reproduciendo un sueño. Sufrimos y sentimos dolor porque creemos que el sueño es real y que estamos separados de los otros, pero ese mismo sufrimiento es lo que nos motiva a actuar, descubrir la verdad y despertar. “En un sentido muy real, el dolor que sentimos como criaturas vivientes es el dolor de despertar… la presión de este dolor nos motiva a buscar respuestas o, lo que es lo mismo, nos motiva a una mayor conciencia”. Este es exactamente el entendimiento de la primera noble verdad del Buda.

Twitter del autor: @alepholo

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20 AÑOS DE ‘THE MATRIX’, LA GRAN PELÍCULA GNÓSTICA DE NUESTRA ÉPOCA

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Se cumplieron 20 años del estreno de The Matrix, la película de los entonces llamados Larry y Andy Wachowski (1999), directores que han vivido en el transcurso un cambio de sexo y de nombre.

En su época, The Matrix fue un hito, pues de algún modo dio expresión a una pregunta que ha recorrido la mente humana desde tiempos remotos y que, en la época de la digitalización creciente y el desarrollo de la tecnología de lo virtual, se hizo nuevamente relevante.

Probablemente, lo que hizo tan atractiva a The Matrix fue simplemente adaptar viejas ideas que tenían que ver con la duda de lo real -la vieja idea de que el mundo es un sueño o de que existe un mundo real que no percibimos con los sentidos y del cual el mundo convencional es una sombra- a un nuevo lenguaje y a un nuevo modelo que estaba surgiendo: la computación, la simulación computacional y la noción de la inteligencia artificial. Este lenguaje digital permitió actualizar metafóricamente ideas como el maya del hinduismo, la alegoría de la cueva de Platón, la noción del falso demiurgo gnóstico o las tesis de Jean Baudrillard. En su saga, The Matrix incorporó otras ideas como el concepto del bodhisattva del budismo mahayana, como ha notado el profesor Robert Thurman, padre de la actriz Uma, amigo del Dalái Lama y traductor de textos tibetanos. Neo, el elegido, simboliza la conciencia búdica del bodhisattva que debe despertar y regresar al mundo ilusorio para salvar a los demás de la ignorancia de la realidad que perpetúa el sufrimiento.

20 AÑOS DE 'THE MATRIX', LA GRAN PELÍCULA GNÓSTICA DE NUESTRA ÉPOCA

Otra de las herencias de The Matrix, menos filosófica y menos provechosa estética y éticamente, fue crear un estilo y una serie de referencias para películas de acción, siendo una especie de matriz sobre la cual se erigieron numerosos otros blockbusters, la mayoría de los cuales carecieron de una propuesta de contenido interesante y simplemente vendieron los efectos especiales, las persecuciones y un estilo hiperreal en los combates.

Más allá de esto, es indudable que The Matrix fue emblemática para una generación y, para algunos, un momento definitivo en sus vidas: un detonador casi psicodélico, que hizo cuestionar la naturaleza de la realidad. Es en este sentido que se debe entender sobre todo como una película gnóstica, de la misma manera que las novelas de Philip K. Dick son gnósticas (aunque, en su caso, la influencia es reconocida por él mismo). Pues fueron los gnósticos los que más enérgicamente postularon la noción de que vivimos en un mundo falso, el cual no es solamente resultado de nuestra incapacidad de percibir lo real sino de una acción maligna original, de una especie de hechizo o embrujo ontológico, obra de un dios impostor. Esta es también la madre de todas las herejías y de todas las teorías de la conspiración.

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El paraíso según Woody Allen

Muchos admiradores de Woody Allen, entre los que me cuento, no le perdonamos que siga haciendo películas. Mejor dicho, no le perdonamos que cada año no nos entregue una nueva obra maestra. Somos insaciables, le exigimos siempre el máximo, el no va más, el triple salto mortal. Le pedimos Zelig y nos da Si la cosa funciona. Le pedimos Hannah y sus hermanas y nos da Conocerás al hombre de tus sueños. Le pedimos Delitos y faltas y nos da Match Point. Le pedimos Annie Hall y nos da Medianoche en París. Lo necesitamos permanentemente en la cúspide de su genio, sin comprender que un cineasta tan prolífico y original también tiene derecho a tropezarse, a repetirse, a equivocarse. Olvidamos que, salvo un par de excepciones, no hay ningún otro director en la historia del séptimo arte que fuese a la vez autor exclusivo de sus propios guiones, que incluso Wilder, Huston, Fellini, Buñuel o De Sica echaban mano de colaboradores a la hora de sentarse a escribir. El par de excepciones, por cierto, son Charlie Chaplin e Ingmar Bergman.

El paraíso según Woody Allen

De vez en cuando, sin embargo, Woody Allen apunta con cuidado, aprieta los dientes y nos entrega una obra como Blue Jasmine, una película ácida, amarga y devastadora que es al mismo tiempo un vapuleo inmisericorde de las clases altas, un retrato al natural de los tiburones financieros y una radiografía de la miseria humana. Allen dice que vive por y para el cine, que probablemente la muerte le sorprenda en la sala de montaje o en un plató, rodando, de pie, un privilegio que hasta ahora sólo ha podido cumplir John Huston en Dublineses, su inolvidable testamento cinematográfico. Cuando le preguntaron hace poco, en una rueda de prensa, sobre la muerte, esa guadaña terrible que campea sobre tantas de sus películas y que anima tantos de sus diálogos, Allen respondió: «Tengo la misma opinión de siempre, estoy completamente en contra». Lucha contra la parca a base de humor, de comedias hilarantes, de música maravillosa, danzando como Boris Grushenko después de su fusilamiento: «Sólo el arte es controlable. El arte y la masturbación: dos campos en los que soy un experto».

Últimamente, además, tiene que enfrentarse a una histérica caza de brujas, una sórdida trifulca familiar jaleada por su ex, Mia Farrow, acusación de la que fue exonerado tras una ardua investigación y sobre la que ya he escrito más de una vez. La picota pública le ha valido el honor de que un montón de intérpretes miopes e hipócritas (Natalie Portman, Mira Sorvino, Rebecca Hall o Colin Firth) hayan proclamado públicamente que jamás volverán a trabajar con él. Y el honor, aún más alto, de que Bildu, cuyos representantes pierden el culo a la hora de homenajear a asesinos etarras, se negara a recibirlo en el Ayuntamiento de Donostia. Su amor por la ciudad se remonta, al menos, a 2004, cuando decidió presentar Melinda y Melinda en el Festival Internacional de San Sebastián en lugar de hacerlo en la Mostra di Venezia. Qué gran alegría verlo en la escalinata al lado de Roures, accionista de Mediapro, que financia su nuevo proyecto, y flanqueado por Sergi López, Gina Gershon, Elena Anaya y Wallace Shawn, principales figuras de un elenco que incluye también a Chistophe Waltz.

Es muy difícil que Allen logre retratar la Parte Vieja, el Peine de los Vientos o el paseo de La Concha con la deslumbrante energía con que eternizó el puente de Brooklyn en Manhattan, bajo el fulgurante arabesco de la Rapshody in blue. Aun así, el intento merecerá la pena, más aun cuando acaba de confesar que está enamorado de la ciudad, que quiere dar al mundo una visión de San Sebastián como el paraíso en la Tierra, al igual que hizo con Nueva York. Yo intentaré colarme en el rodaje aunque sea de refilón, entre pintxo y pintxo, para ver cómo Woody Allen le hace otro corte de mangas a la muerte, ese fundido a negro del que dijo que no hay que verlo tanto como un fin sino como la manera más efectiva de reducir gastos.

DAVID TORRES

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