De “rojo de mierda” a “espagnol de merde”: el exilio francés de Josep Bartolí

‘Josep’, la película de animación dirigida por el dibujante francés Aurel, indaga en la vida del exiliado republicano Josep Bartolí, también dibujante, que vivió de primera mano los abusos de las autoridades francesas tras la contienda.

Josep Bartolí
Fotograma de la película de animación ‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Sucede que la Historia, a veces, atraviesa de lleno una biografía. Son vidas marcadas por un tiempo convulso que, con suerte, encuentran su particular redención en el arte. La vida del dibujante comunista Josep Bartolí es una de tantas vidas sacudidas por su tiempo, pero su obra la hizo única. Un testimonio del horror a carboncillo, una muestra más de la iniquidad de la que es capaz el ser humano. 

Exiliado español del franquismo que luchó contra el régimen desde Francia y cuyos pasos le llevaron a conocer a la mismísima Frida Kahlo, la vida de Josep Bartolí quedó plasmada en cientos de bosquejos. Su talento para el dibujo y su obsesión por retratar el drama de lo cotidiano, le convierten en testigo de excepción de un tiempo que ya no es, pero que tristemente aún reverbera en muchos discursos políticos.

Pero vayamos por partes. Febrero de 1939. La retirada. Más de 450.000 personas huyen de los embates franquistas por Catalunya y atraviesan los Pirineos a pie. Caminos inundados de hombres, mujeres y niños arrastrando ajuares bajo la lotería de una aviación y una marina al acecho. Anhelaban un refugio en el país vecino y se toparon con alambres de púas. Ni rastro de liberté, de egalité o de fraternité, campos de concentración y mandobles. Aquellos exiliados venían de ser “rojos de mierda” y se convertieron, una vez traspasada la frontera, en “espagnols de merde”.

Ahora un largometraje de animación dirigido por el dibujante de prensa Aurélien Froment ‘Aurel’ (Ardèche, 1980) y con guion de Jean-Louis Milesi, recupera aquella afrenta histórica, lo hace a través de la figura de Josep Bartolí (Barcelona, 1910 – Nueva York, 1995) y de su relación con el personaje de Serge, gendarme con el que traba amistad y que viene a representar esa otra Francia que sí prestó ayuda a los que huían del fascismo, conscientes quizá de que pronto serían ellos los que tendrían que plantarle cara.

El periplo de Bartolí tiene tintes épicos. Tras pasar por numerosos campos de concentración −Lamanère, Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Rivesaltes y Barcarès…−, consigue escapar a París ayudado por un capitán de la armada francesa. Sin embargo, la ocupación alemana le hará huir de nuevo hasta que es detenido por la Gestapo en Vichy. Finalmente, cuando iba a ser deportado al campo de concentración de Dachau, en manos nazis, escapa de nuevo arrojándose del tren en el que iba y, después de pasar por Marsella, Túnez y Casablanca consigue poner rumbo a México en 1943.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

El largometraje Josep (disponible en Filmin) indaga, a través de los bosquejos que dejó Bartolí y que sabiamente ha reinterpretado Aurel, en el trato inhumano que recibieron los exiliados españoles por las autoridades francesas. Una supuesta ‘acogida’ que en realidad consistió en encierros masivos, humillación, hambre, sed y frío. Campos de concentración que nunca fueron de refugiados y que consistían en hacinar a aquellos “extranjeros indeseables” en barracones inmundos. 

Un tableau vivant hecho de miseria y desesperación que Bartolí supo captar a través de sus dibujos. En ellos, reflejó el desprecio y el recelo con el que fueron recibidos por las autoridades del país vecino, no así por parte de los ciudadanos de a pie que, a través de campañas solidarias, se volcaron en brindar a los refugiados los víveres necesarios. 

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Llegado a México, Bartolí entra en contacto con Diego Rivera y Frida Kahlo, con quien mantendrá un romance que se alargó en el tiempo. Seguirá pintando, lo hará sin descanso, el arte como escapatoria pero también como testimonio de la ignominia de la que somos capaces los seres humanos. En el DF publicará sus dibujos bajo el título Campos de concentración (1939 – 194…), donde recopila algunos de sus dibujos en aquel infierno francés.

En el 46 emigrará a Nueva York donde comienza a trabajar dibujando decorados e ilustrando publicaciones de la época. Allí desarrolló buena parte de su carrera como pintor, una trayectoria ya inseparable de aquellos días a la intemperie, cuando el fascismo corría a sus anchas por toda Europa y había que tomarle las medidas, aunque apenas se dispusiera de un lapiz y una cuartilla.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN
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Tumbarse en la arena

El filme japonés “La mujer de la arena” y su relación estética con la  historieta "Mafalda" - Cine y Literatura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La playa se va llenando de gente, todos huidos de la ciudad. El mar cambia de color. No hay una nube en todo el cielo. Detrás de las dunas sólo se oye el oleaje. Se tumba en la arena sin quitarse el abrigo negro, con la cabeza mirando al mar. Parece un mendigo. La mochila le hace sombra. Es tan grato soñar con la libertad, sobre todo en estos tiempos de peste. La arena es limpia y además hay que aprender a ser sucio. Pretender ser inmaculado en este universo loco es una pedantería moral. ¿O no es así? Una playa del Cantábrico, una playa del Pacífico o del mar de China. Son las mismas dunas de la película “La mujer de la arena” (1964) de Hiroshi Teshigahara. Las obras maestras, como esta película, tocan símbolos universales y no se pueden explicar por la razón. 

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El evangelio según Brian

El evangelio según Brian

Han pasado más de treinta años de La vida de Brian, la obra maestra de los Monty Python, y la película sigue tan fresca, hilarante e irreverente como el día de su estreno, cuando provocó un terremoto de manifestaciones, protestas, críticas y debates a lo largo y lo ancho del mundo. John Cleese dijo que estaba muy orgulloso de haber puesto de acuerdo a cristianos, judíos y musulmanes por primera y única vez en la historia, y la película llegó a ser prohibida en algunos países, lo que dio pie a una de las mejores campañas de promoción del cine: “¡Tan divertida que la han prohibido en Noruega!” A estas alturas del siglo XXI todo este escándalo sería un disparate mayúsculo si no fuese porque, a día de hoy, con el integrismo religioso por un lado, la corrección política por otro y la libertad artística en peligro de extinción, una comedia como La vida de Brian es absolutamente impensable.

De hecho, el proyecto estuvo muchas veces a punto de malograrse y su realización, conseguida a base de una serie de carambolas alucinantes, bien puede considerarse un milagro. En principio todo estaba dispuesto para que el equipo se trasladase a Túnez cuando la productora de la película suspendió la financiación porque a Bernie Delfont, empresario teatral y jefe de la división de ocio de la EMI, le dio por leer el guión. Asustado por las posibles implicaciones religiosas del argumento retiró los fondos justo una semana antes de empezar el rodaje. Los Monty Python pidieron dinero en todas partes, sin mucho éxito, hasta que Eric Idle, el impulsor de la idea inicial, contactó con George Harrison, quien lo financió personalmente sólo por el gusto de verla algún día. “La entrada de cine más cara del mundo” dijo Idle.  Tenía gracia que un ex-Beatle, la banda que se había proclamado “más grande que Jesucristo”, sacase adelante la mayor parodia jamás vista sobre la vida de Jesucristo, pero ahí no acabó la buena suerte. Por pura casualidad, el equipo pudo hacerse con los decorados de la serie de televisión Jesús de Nazaret, de Zeffirelli, lo que dio un impresionante acabado a la película. El gran Anthony Burgess, uno de los guionistas, confesó en sus Memorias: “No me importaría nada haber firmado el guión”.

El guión, en efecto, es una obra maestra de la astucia en la que los Monty Python sortearon los riesgos de la blasfemia mediante el procedimiento de usar directamente no a Jesucristo, sino a un pobre hombre llamado Brian Cohen, a quien en diversos momentos de su vida, desde su nacimiento el mismo día que Jesucristo a unos metros del portal de Belén, confunden con el Mesías. Es el mismo truco que utilizó Chaplin en El gran dictador pero con resultados completamente distintos. Al igual que en Ben-Hur, la gran epopeya bíblica de William Wyler, Jesucristo no aparece más que al fondo de la pantalla en ciertos momentos puntuales, cuando los tres Reyes Magos, indignados por el equívoco, vuelven a recoger los regalos, o cuando se lo ve a lo lejos, pronunciando el Sermón de la Montaña y uno de los espectadores pregunta: “¿Qué ha dicho?” “Ha dicho: bienaventurados los queseros”. “¿Por qué los queseros?” “Es una metáfora: se refiere a todos los fabricantes de productos lácteos”.

Los malentendidos son el motor de propulsión de La vida de Brian, la historia de un judío contemporáneo de Jesucristo a quien toman por el Mesías sin que él pueda hacer nada por evitarlo. La descacharrante secuencia en que Brian decide no comprar una calabaza y luego pierde una sandalia, mientras poco a poco una turba de exaltados se dividen entre los seguidores de la calabaza y los de la sandalia, resume, como apuntó John Cleese, “la historia entera de la religión en dos minutos y medio”. La incesante sucesión de memorables diálogos cómicos no deja títere con cabeza: el nacionalismo, el colonialismo, la mendicidad, el Espartaco de Kubrick, los profesores de latín, y también los defectos de pronunciación, el lenguaje inclusivo e incluso ciertas reivindicaciones feministas y transgénero que hoy, tal vez, les habrían costado un linchamiento virtual. Sin embargo, en toda la película no hay una sola burla contra Jesucristo, contra el cristianismo o contra la fe, aunque las autoridades religiosas, los hipócritas y fariseos de cualquier credo, hicieron bien en sentirse ofendidos, porque si hay una diana principal para la mofa y la sátira en La vida de Brian es justamente el negocio de la religión oficial, la religión entendida como negocio. Una cruz por persona.

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El final de la obra maestra

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ARTURO PÉREZ-REVERTE

La vejez es que todo lo interesante que recuerdas haya ocurrido al menos hace veinte años, e incluso cuarenta. Pero, al menos, lo recuerdas. Pensaba en eso ayer, viendo de nuevo La dolce vita de Federico Fellini, que tuvo un enorme impacto entre la gente de mi generación; pero que, cuando la mencionas fuera de círculos cinéfilos o razonablemente cultos, suscita extrañeza o estupor. ¿La Dolchequé?, preguntan. Entonces dices que se trata de una obra maestra, y en las caras próximas comprendes que por la expresión obra maestra se entiende ahora otra cosa, efímera y con fecha de caducidad. Ocurre, sobre todo, con el cine y la literatura. Hoy se llama obra maestra a algo que llega, deslumbra, es comentadísimo en las redes sociales, y al poco tiempo, meses e incluso semanas, se hunde en el olvido. Se diluye con rapidez y queda como referente para unos pocos. Sin ser maestro de casi nadie.

Hay, naturalmente, novelas y películas que llegan en el momento adecuado pero envejecen mal, y es lógico que se queden a la deriva. Pero con otras cuyo valor sigue intacto ocurre lo mismo, pues se les niega la oportunidad de seguir vivas. Las obras maestras del cine y la televisión actuales las exigimos de usar y tirar, sin tiempo para que sedimenten y fragüen en nuestra inteligencia. Todo va tan rápido como el mundo dislocado en que vivimos. Si un espectador o un lector no están al día, si se mantienen ajenos a los cauces por donde todo circula a enorme velocidad, las grandes obras pierden el compás, desaparecen de su vista. Y si pasado su momento alguien llega a conocerlas y se entusiasma con ellas, puede ocurrir que ya no tenga a nadie con quien compartirlas.

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Es así, volviendo a La dolce vita, como lo que en el cine y la televisión llamamos clásico se aleja de nuestras vidas. Vivimos inmersos en una ultramodernidad acelerada y patológica, sometida al mínimo esfuerzo; y eso reduce nuestra memoria y nos dificulta interpretar el futuro. Reduce la facultad de reconocer y disfrutar muchas obras maestras que están por llegar, o las hace imposibles. Si la cultura reposada y sólida sirve para interpretar y generar más cultura, es evidente que la desmemoria o la ignorancia limitan esa facultad. Achatan y empobrecen.

Vemos así cómo las obras maestras del pasado se olvidan o desconocen, y las actuales pasan veloces, sin que las estudiemos lo suficiente para que nos nutran. Debido a la actual facilidad de acceso, pasamos de unas a otras a toda prisa, sin espacio para analizarlas y reflexionar; eso queda para aficionados y especialistas que poco tienen que ver con el gran público. Consideren, por ejemplo, cuánto tiempo se mantuvieron El Padrino, El señor de los anillos, E.T. o Tiburón con la consideración de obras maestras, y comparen con lo que el impacto de una buena historia audiovisual permanece ahora. Y no hablo de quien menciona o recuerda Twin Peaks, Los Soprano, Lost, Master & Commander o Mad Men, sino de obras de casi hoy mismo. A poco que se descuide, un espectador corre el riesgo de descubrir Juego de tronos, Día de lluvia en Nueva York, True detective, Justified o Sherlock, entusiasmarse con ellos, mirar alrededor y no encontrar a nadie con quién comentarlo.

Es éste un siglo que en memoria audiovisual da pocas oportunidades. El paso del tiempo y la moda, el bombardeo de nuevos productos, incluye continuas sentencias al olvido. Y combatirlo no es fácil. Sentar a un adolescente ante una pantalla para que conozca una obra maestra clásica parece empresa de titanes; pero a veces el resultado es sorprendente, y películas como Blade Runner, El gran azul o Los duelistas, series televisivas como The Wire, Deadwood o Hermanos de sangre, son acogidas con entusiasmo por cualquier chico medianamente culto a los diez minutos de visionado. Sin embargo, pocas veces damos a un joven esa oportunidad. Sobre todo, porque padres y educadores pertenecen, también ellos, a esas generaciones por la que todo pasa ya sin tiempo a asentarse, camino de ser rancio pasado. Del mismo modo que muchos museos tienen ya más carteles, videos y colorines que piezas expuestas, a fin de facilitar recorridos superficiales y rápidos, hasta Netflix y YouTube permiten ahora al espectador acelerar la velocidad de visionado para que se consuma con más prisa y pasemos a lo siguiente. No son ya las películas ni la televisión, sino el mundo donde deseamos estar; viviendo, mirando, consumiendo con enloquecida rapidez. Nos hemos vuelto tan superficiales y voraces que las obras maestras apenas generan discípulos, porque no les damos tiempo de tenerlos. Las olvidamos apenas empiezan a vivir. 

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Retro

No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez

Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.
Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.PEPE ZAMORA – POOL/GETTY IMAGES / GETTY IMAGES

 

Dicen que para la mayoría el año pasado ha sido el peor de sus vidas. Les envidio la existencia feliz que han debido llevar hasta 2020. No dudo que muchos de los afectados por el virus lo han pasado mal, incluso muy mal. Pero que los demás no hayan padecido nunca nada más grave que el confinamiento, las limitaciones de movilidad o el alejamiento temporal de sus seres queridos… vaya, me parece una gran suerte. Yo cambiaría gustoso esos razonables incordios, que sólo me han fastidiado y aburrido, por lo sufrido en mis épocas realmente malas. Y eso que hasta hace poco creí haber sido afortunado…

Lo más interesante que hice en 2020 fueron ejercicios en busca del tiempo perdido. No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez. Es una de las pocas ventajas de la vejez, porque los jóvenes apenas tienen nada que recuperar. Por ejemplo, cuando la nonagenaria recibió la primera vacuna dijo que se encontraba bien “gracias a Dios”. Si tuviera siete décadas menos o fuese una valkiria del Ministerio de Igualdad, habría asegurado “jo, tía, mola que te cagas”. Ya sé que ambas fórmulas expresan gratitud y esperanza, pero cuanto más oigo la segunda más me gusta la primera. Me he pasado estos días volviendo a ver películas de los años cincuenta y sesenta: me encantan porque en ellas todo el mundo fuma y nadie dice tacos. En Nochevieja vi Los primeros hombres en la luna de Nathan Juran, estrenada cinco años antes de que se desembarcara en el satélite. Una delicia. Los protagonistas, liderados por Lionel Jeffries, viajan en una victoriana esfera con puntas, muy semejante al coronavirus…

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El ángel exterminador: la cuarentena y la fragilidad humana

La vida es misteriosa, incierta, fascinante, en ocasiones incoherente y expuesta a infinidad de interpretaciones y situaciones que se nos salen de las manos, Luis Buñuel partió de esta premisa, para la realización de una de sus películas más inquietantes y que describen de una manera precisa lo que ha sido el 2020 para la especie humana, El ángel exterminador.

Por Sandra P Medina

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Fotograma de de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Lejos de adentrarse en los convencionalismos, la imaginación en extremo delirante de Buñuel, nos permite explorar las consecuencias de un enclaustramiento que va sacando a flote, lo más degradante y salvaje del ser humano, desde la perspectiva burguesa.

Rodada en México en blanco y negro se estrenó en 1962, durante el exilio de Buñuel en dicho país, a causa de la Guerra Civil española; el cineasta aragonés junto con Luis Alcoriza, escribieron un guion, que en un principio rotularon, Los náufragos de la calle Providencia, pero Buñuel recordó que su amigo José Bergamín, le había comentado sobre una obra teatro que quería titular, El ángel exterminador, nombre que Buñuel encontró extraordinario, así que le escribió a Bergamín para preguntarle sobre su obra, y éste le respondió que no había llevado a cabo el proyecto, además el título lo había sacado del Apocalipsis, y podía utilizarlo sin problema.

La película inicia con el primer plano de un letrero que dice “Calle de la Providencia” un barrio de la alta sociedad en México, luego ingresamos a una acogedora mansión donde la servidumbre esta atareada con los preparativos de una comida que se está por realizar, en cuanto terminan sus labores, les entra una necesidad inexplicable de abandonar la casa dejando solo a Julio (Claudio Brook) un rígido mayordomo, educado por los Jesuitas.

Paralelo a ello, entran en la casa sus dueños, el matrimonio Edmundo (Enrique Rambal) y Lucía Nobile (Lucy Gallardo) con un grupo de amigos con los que estaban disfrutando de una sesión de ópera de Donizzetti.

El preámbulo para ingresar en ese misterio que se empieza a apoderar del lugar, es cuando se repiten una serie de diálogos y situaciones.

Después de la cena, Los Nobile y sus invitados, entran al salón de estar para tomar unos tragos y escuchar una sonata de Paradisi, tocada en el piano por Blanca (Patricia Morelos). En el momento de partir a sus respectivos hogares, los visitantes se sienten impotentes para salir del salón (como esos ataques de pánico que se transforman en agorafobia y lo inhiben a uno para enfrentarse al mundo exterior) sin razón alguna, el sueño y el cansancio se apoderan de ellos y deciden quedarse a dormir en la mansión.

Al día siguiente, el mayordomo les lleva el desayuno, y también queda atrapado en el lugar. La situación se prolonga durante los días posteriores, y develará un interrogante con respecto a la convivencia y sus delgados hilos que se quiebran ante la desesperación. La vida en una mansión, se convierte en un “campamento de gitanos” como despectivamente lo dice uno de sus elitistas personajes.

En el exterior de la casa “declarada en cuarentena como si fuera una epidemia” se agolpa un grupo de personas y la policía, que intentan fallidamente entrar al aposento para liberar a los recluidos.Esa imposibilidad de satisfacer un deseo tan sencillo como salir del salón, ocurre a menudo en las películas de Buñuel, es el caso de La edad de oro (una pareja que quiere unirse pero no lo logra) y en Ese oscuro objeto del deseo (un hombre entrado en años que quiere satisfacer sus necesidades sexuales pero no puede) un pensamiento insignia en la obra de Buñuel, donde el encierro y la frustración, manifiestan su convicción de que la libertad es una quimera que se ve oprimida por las jerarquías sociales, la religión, la política y por qué no, el imponente subconsciente muy a fin con el surrealismo, que se encarga de estudiar las aterradoras capas de la mente, que se abren a través del mundo onírico, y en ocasiones nos limitan y aprisionan.

Las largas secuencias de El ángel exterminador así lo determinan, en un escenario claustrofóbico, cargado de claroscuros como en los sueños, que Gabriel Figueroa logró capturar con habilidad, dejando en evidencia el deterioro de una clase social, que por primera vez se ve privada para saciar sus necesidades más básicas.

 

el angel exterminador
Cartel original de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Un juego kármico que Buñuel registró desde su crítica visión hacia la burguesía, la condición humana y la religión, tanto afuera como adentro, el desastre es inminente porque no tenemos autonomía de pensamiento, somos como “corderos” en fila cegados por las tendencias, la repetición de las masas, la inmediatez de leer solo el título de un artículo y no su contenido, y el temor de vernos rechazados por no lograr encajar en la frivolidad que reina en la deteriorada humanidad.

Buñuel, el visionario que debe estar desde algún lugar de La Vía Láctea tomándose un Dry Martini, mientras nos observa bajo su lente siendo partícipes de su propia creación, El ángel exterminador.

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“Mank”: Ser guionista en Hollywood

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Escribir un texto sobre una película como Mank de David Fincher es un reto. El filme arma un universo prismático complejo, con tantas piezas, personajes, acciones, tiempo, espacios y temas que da pena reducirlo a una sinopsis, la descripción de un relato y tema central y la interpretación de un mensaje. Así que me limitaré a señalar algunos aspectos que preparan al espectador a disfrutar de una experiencia fílmica original, un homenaje actual al cine de antaño y una reflexión profunda acerca del origen y la esencia de un proceso creativo y técnico que resulta en una película.

El filme Mank es “cine sobre cine”, una película en el contexto de los estudios de Hollywood en los años 30 del siglo pasado con una trama que describe el proceso de escritura del guión del genial filme de Orson Welles El ciudadano Kane (1941). Welles, el enfant terrible del teatro y la radio tenía 24 años y libertad absoluta para realizar películas cuando contrató a Herman J. Mankievicz, uno de los escritores y crítico de teatro más brillante, para escribir el guión. Como hijo de judíos alemanes Mankievicz, conocido – admirado y odiado – como Mank, había colaborado con los Hermanos Marx y coescrito guiones como El Mago de Oz, en cuyos créditos no fue incluido.

El filme Mank narra cómo Mankievicz (Gary Oldman), con una pierna enyesada después de un accidente de carro, se retira en una casa de campo para escribir el guión del filme de Orson Welles. Apoyado por una secretaria y una enfermera, el angustiado y alcohólico Mank trata de cumplir con el encargo de Orson Welles nutriendo el relato con sus recuerdos – en forma de extensos flash backs – del ambiente de los estudios de Hollywood, la competencia y la corrupción, la lucha política entre republicanos y demócratas por la gubernatura de California, la prohibición de sus filmes en la Alemania nazi y el poder del magnate de los medios William Randolph Hearst. Los personajes del cine y la política de los años treinta que dan vida a El ciudadano Kane, ponen a trabajar la memoria del espectador. La luminosidad de la imagen en blanco y negro, la exquisitez del diseño de arte y la calidad actoral profundizan la tragedia de Mank como guionista apreciado pero utilizado y menospreciado como una especie de “bufón de la corte” que puede decir la verdad pero termina humillado. Fincher termina el filme con la pelea entre Mank y Welles por el crédito de guionista. En 1942 los dos creadores fueron distinguidos con el premio Oscar a mejor guión original.

Más que un biopic o un filme sobre el Ciudadano Kane y la relación entre guionista y director, Mank es una película acerca del Hollywood de los años treinta, el cine como creación colectiva, el dinero y la política como poderes detrás del cine y la creación como proceso sanador.

 

Columna de opinión por: Annemarie Meier en Grupo Milenio

Alguien voló sobre el nido del cuco: una escalofriante radiografía de las instituciones mentales

Resulta fascinante descubrir el proceso investigativo de un periodista, y escritor para dar vida a una historia que gira en torno a la locura, es el caso de Ken Kesey, cuyo nombre adquirió fama, gracias a su primer libro publicado en 1962, Alguien voló sobre el nido del cuco.

Por Sandra P Medina

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Cartel de lanzamiento de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). Miloš Forman, 1975

En 1959, mientras escribía la novela, Kesey se encontraba estudiando periodismo en Oregón; a sus escasos 24 años, el curioso y osado aspirante a periodista se ofreció como voluntario para experimentar con drogas psicodélicas (LSD, Peyote) que los psiquiatras empleaban en California, para usos terapéuticos.

De esta manera, Ken Kesey empezó a esbozar las líneas de su manuscrito y fue complementándolas, con apuntes autobiográficos, a raíz de su experiencia laboral en un manicomio, donde descubrió: la represión, el control del poder social y político que ejerce el sistema sobre el individuo, coartando su capacidad pensante y libertad.

El libro fue un éxito inmediato y en 1963, Kirk Douglas compró sus derechos y lo llevó al teatro en Broadway, su buen recibimiento por parte del público, lo motivaron para convertirlo en película.

Sin embargo, por aquella época, los estudios rechazaron la propuesta porque consideraron el tema, en extremo puntilloso y contundente, lo cual podría generar cierto malestar en el público.

 

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Fotogramas de Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest). Miloš Forman, 1975

El bondadoso Kirk transfirió los derechos del libro a su hijo Michael Douglas (quien se estaba empezando a labrar una carrera en Hollywood) y éste dejó en remojo el proyecto, a la espera de encontrar el equipo adecuado para la realización y producción (cargo que desempeñó en la película).

Cuando el director checo, Milos Forman, leyó Alguien voló sobre el nido del cuco, que Michael le envío, el cineasta pensó que era el mejor argumento cinematográfico que había encontrado para realizar en Estados Unidos.

Ken Kesey participó en las primeras versiones del guion, pero abandonó el proyecto porque él insistía en que el narrador debía ser, Chief Bromden, como en la novela, pero Forman quería darle más relevancia al personaje de Randle Patrick McMurphy, lo cual generó un fuerte resentimiento por parte del obstinado Kesey y quien aseguró jamás haber visto la película.

Finalmente se estrenó en 1975 y Forman se esforzó en realizar tomas de cada personaje y profundizar en su carácter. De esta manera, nos recluimos en un mundo claustrofóbico, inclemente, con una acertada gama tonal, que denota lo lúgubre, gélido y sórdido de los hospitales psiquiátricos.

La cinta inicia con el plano general de un bellísimo paisaje en Oregón que se difumina con la introducción a un asilo para dementes, sus corredores, pacientes, enfermeros y la llegada de Randle Patrick McMurphy ( Jack Nicholson) un indómito hombre que para evadir la prisión, finge estar loco, pero él no sabe el cruel desenlace que le espera, en medio del convulso universo donde las pepas, los electroshocks y el carácter despiadado de la Jefe de enfermeras, Ratched (Louise Fletcher) lo llevarán a un declive mental, cargado de angustia y dolor.

 

One Flew Over The Cuckoo’s Nest | Milos Forman, 1975 | Trailer oficial

 

Forman partió de una narrativa objetiva, y nos interna junto a los personajes (un reparto de lujo: Nicholson, Fletcher, Danny De Vito, Brad Dourif, Will Sampson y Christopher Loyd) en esos grises mortecinos del plantel donde transcurren hechos inhumanos y escalofriantes a los que McMurphy se enfrenta, realizando actos impulsivos que lo perjudicarán enormemente y a quien Chief Bromdem (Will Sampson) protegerá sin dudarlo, pues entre ellos nace una profunda complicidad.

A pesar del enfado de Kesey hacia la película, considero que Forman, de cierta manera, fue fiel al libro, y a los personajes porque abordó una amplia visión de carácter social, filosófico y político; un desenfreno de furias contenidas, con un dramatismo feroz y un final sobrecogedor.

 

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De izquierda a derecha: el productor Michael Douglas, Miloš Forman, los actores Louise Fletcher y Jack Nicholson y el productor Saul Zaentz celebran sus premios Oscar por la mítica película ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ en 1976, en la 48a entrega anual de los premios Oscar en Hollywood. (Foto de Alan Band / Keystone / Getty Images)

La espera de Michael Douglas valió la pena y supo elegir al director, compositor musical (Jack Nitzche, quien usó como instrumentos vasos de agua combinados con música y sonidos de la sierra) y reparto adecuado, para la realización de una de las mejores películas del cine norteamericano.

Por Sandra P Medina

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No podemos seguir así

‘Nuevo Orden’ no pretende moralizar ni dar respuestas fáciles. Muestra un México desgarrado, partido por la desigualdad y la pobreza, con un diagnóstico claro: el sistema capitalista moderno es insostenible

MICHEL FRANCO
Fotograma  de la película 'Nuevo Orden'.
Fotograma de la película ‘Nuevo Orden’.

 

La primera escena de Nuevo Orden ocurre en una boda de clase alta mexicana. A partir de ahí, se desenlazan una serie de sucesos que rompen el statu quo social. La película comienza ahí, pero la historia no. Cualquier mexicano sabrá reconocer que detrás de esa boda está la historia de corrupción, racismo, clasismo y abuso general construida por las elites mexicanas. Ese es el trasfondo de la película. La boda y sus personajes son la revelación tácita de la desigualdad en México que se ha construido bajo el amparo de la corrupción y del poder. Nuevo Orden parte de ahí, de la premisa de que esa desigualdad es insostenible, que el statu quo es inviable e indeseable. No podemos seguir así.

A partir de ese diagnóstico, la película explora en los terrenos de la imaginación. Nuevo Orden no es un intento de prospectiva social sino un ejercicio cinematográfico que busca llevar la narrativa a sus límites. Mi visión cinematográfica fue imaginar una historia distópica y ficticia a partir de elementos que existen en la realidad. Estos elementos no solo existen en México sino en todo el mundo: la profunda desigualdad social que se sigue acrecentando; el racismo y la discriminación sistémica de los sistemas políticos, la instauración de un régimen plutocrático a escala mundial; el uso de la fuerza pública para reprimir; el poder acaparando más poder. Todo ello me preocupa y fue el punto de partida para crear una obra de ficción.

Nuevo Orden es una visión que no pretende moralizar ni dar respuestas fáciles. No tiene que ver con el deber ser, sino con el ser; el ser de un México desgarrado, partido por la desigualdad y la pobreza. Hay un diagnóstico claro: el sistema capitalista moderno es insostenible, pero a partir de ahí, Nuevo Orden busca explorar sus propias vías narrativas, desde la imaginación. Mi visión no es la única ni lo pretende ser, pero me gustaría pensar que puede aportar a generar una discusión sobre temas que nos aquejan como sociedad. Con ese objetivo, he puesto la película a la disposición de organizaciones no gubernamentales, universidades y colectivos de expertos que llevan combatiendo la desigualdad, el racismo y el clasismo por muchos años. Son ellos, junto a la sociedad en general, quienes pueden realmente enriquecer una discusión pública sobre estos temas y encontrar los cauces por los cuales podemos ir transformando nuestro entorno de manera positiva.

Abordar los temas que ocupan a Nuevo Orden siempre resulta complejo, sobre todo cuando se habla, como en mi caso, desde el privilegio. Sin embargo, me era muy importante plasmar las profundas injusticias históricas que el sistema capitalista ha sido incapaz de resolver. A estas injusticias se agrega mi preocupación por el uso de la violencia desde el poder. Los sucesos que llevaron al movimiento Black Lives Matter son una muestra de la creciente violencia del Estado, y a la vez son la revelación de que en casi todas las sociedades del mundo persiste un racismo y un clasismo sistémico indignante.

La idea de escribir Nuevo Orden me surgió en 2013, inspirada por acontecimientos sociales y políticos que sucedían en todo el mundo. Acontecimientos como el avance político de los grupos radicales de derecha en Europa, el creciente autoritarismo del Estado y la represión constante a las minorías y los grupos vulnerables. El guión de Nuevo Orden lo terminé en 2017 preocupado por la enorme desigualdad en México y el desinterés de las élites en transformar el modelo insostenible de país. Durante mi carrera siempre he preferido filmar en mi país, y por eso decidí utilizar a México como el escenario para plantear muchos de estos temas, que también son los temas que aquejan al mundo. Celebro que la película nos esté haciendo discutir y reflexionar temas sociales profundos, y espero, que independientemente de las diferentes opiniones sobre la película, podamos aprovechar esta oportunidad para hablar de cómo construir un nuevo orden más justo, más plural y más incluyente.

https://elpais.com/mexico/opinion

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?

  Por           

 

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Idiocracia (2006) es una película que muestra un futuro dominado —es un decir— por idiotas dependientes de máquinas desgastadas. La escribe y dirige Mike Judge, creador de las series Silicon Valley, Beavis y Butt-Head y El rey de la colina. Una producción que pasa desapercibida por los cines y que tras las risas deja una duda: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota? 

Las televisiones de Idiocracia
En la búsqueda de información de futuros posibles, encuentro algunas respuestas en la página web de Edge.org cuyo lema es:
 «Para llegar a la frontera del  conocimiento del mundo, busca las mentes más complejas y sofisticadas, ponlas juntas en una habitación y haz que se pregunten unas a otras las cuestiones que se plantean a sí mismas».

Siguiendo el lema, Edge plantea cada año una cuestión a 150 personas brillantes en sus campos. Entre los consultados, un premio Nobel, investigadores de prestigiosas universidades, directores de publicaciones científicas, periodistas, tecnólogos, artistas y escritores.

En 2013 la pregunta de Edge es: «¿Qué nos debería preocupar?». 36 de los consultados temen el aumento de la estupidez y con ello la superstición y la dependencia de la tecnología. Veamos qué profetiza Idiocracia, qué temen las personas consultadas por Edge y qué tiene que ver con nosotros, la gente corriente.

Aquí conviene explicar que el texto está en azul y negro para diferenciar los comentarios particulares de los comentarios de las personalidades consultadas por Edge.org. El lector puede leer, si lo prefiere, solo lo que está en azul o lo que está en negro.

En Idiocracia, los idiotas tienen más hijos que los inteligentes

Árbol de los idiotas
Idiocracia comienza exponiendo que en los tiempos actuales «la evolución no premia necesariamente a la inteligencia» y, dado que las personas inteligentes son menos que las poco inteligentes, el número de estúpidos crece.

Un matrimonio de personas con alto coeficiente de inteligencia expone que tener hijos es una responsabilidad y los tiempos son difíciles. Frente a esta pareja, Clevon, un tipo poco inteligente, no para de tener hijos con su mujer y dos vecinas; hijos que se convierten en padres adolescentes.

Douglas T. Kenrick, profesor de psicología de la Universidad de Arizona, autor de libros y artículos académicos sobre la conducta y el pensamiento humano, considera que el planteamiento de Idiocracia es posible:

«En estos días, las personas con buena formación intelectual tienen familias más pequeñas, y como las mujeres con educación superior esperan más para tener hijos, pierden muchas veces su periodo fértil, y no tienen hijos».

Kenrick comenta estudios que sugieren que el aumento de la estupidez está relacionado con el decrecimiento de la riqueza de un país. Pobreza y estupidez que lleva a los ciudadanos a votar políticas conservadoras que justamente son las que no favorecen la educación y la investigación científica.

Se llega a la Idiocracia cuando se desprecia la ciencia

El narrador de Idiocracia comenta que «las mentes más brillantes y los recursos se concentraron en la lucha contra la caída del pelo y en prolongar las erecciones». ¿Podría ocurrir?

Frank Wilczek, físico de MIT, considera que «la humanidad está perdiendo la oportunidad de que la ciencia avance porque el esfuerzo intelectual se está desviando de la innovación a la explotación».

Lisa Randall, física de Harvard, coincide en lo que respecta a los Estados Unidos: se queja de que la financiación estatal se destina a proyectos científicos que generan resultados inmediatos. Esto es incompatible con buscar cómo demostrar o explorar teorías complejas. Para Randall, aunque la ciencia puede comenzar con un lápiz y papel sin experimentos o la esperanza de experimentos, la ciencia teórica no puede avanzar.

En Idiocracia no hay noción del tiempo

En Idiocracia, el presidente Dwayne Elizondo Camacho anuncia cantando al país que «el hombre más inteligente del mundo solucionará todos los problemas en una semana». Problemas como la sequía, la desertización y la falta de alimentos entre otros. Transcurrida una semana sin resultados, los ciudadanos atacan la Casa Blanca.

Es un ejemplo entre otros de cómo en Idiocracia las personas no son conscientes de que hay procesos que necesitan tiempo. Es el tiempo del «ya».

El escritor y conferenciante sobre tecnologías de la información Nicholas G. Carr considera que internet está acabando con nuestra paciencia. Comenta que en 2006 la mayoría de los usuarios abandonan una web si tarda más de 4 segundos. En 2013 estudios de Google y Microsoft demuestran que los usuarios se impacientan si una página web tarda más de  250 milisegundos en abrirse. El parpadeo de un ojo.
 

«Las tecnologías digitales nos vuelven más hostiles hacia retrasos en todos los ámbitos», afirma Carr. «Una impaciencia que tiene consecuencias en la creación y la apreciación del arte, la ciencia, la política».

La impaciencia nos domina desde que nos levantamos. La mayoría de las cosas nos parecen lentas: el ascensor; la puerta del garaje; el semáforo… M., administrativa (a través de una subcontrata) en unos servicios municipales conoce cada día ejemplos de la impaciencia —y estupidez—  que crea la tecnología:

«Desde hace unos años la gente se ha vuelto más impaciente. Lo quiere todo ¡ya! No quieren esperar ni una semana ni tres días ni un día. Me dicen: “¿Pero no tienes ahí internet para hacerlo ya?”».

¿Quién no recuerda en «los tiempos analógicos» haber cogido tres autobuses para una gestión municipal o sacar dinero de un cajero? Parece que solo hay paciencia para acampar dos o tres días antes de un concierto o una final de Copa del Rey. Aquí la televisión suele mostrar a un tipo que dice:
 «Estoy en paro, pero por [aquí, un equipo] hago lo que sea; ¡es lo más grande!».  ¿No es esto un pensamiento idiota?

La impaciencia alcanza a todos los ámbitos, incluso a la ciencia.

Stuart Firestein, profesor de Biología en la Universidad de Columbia, afirma que el ciudadano está volviéndose impaciente con la ciencia (otra consecuencia del presentismo). Pone como ejemplo «la declaración de guerra» de Nixon contra el cáncer en 1971.

«Desde entonces millones de personas han fallecido de cáncer», escribe Firestein. «Suena mal, pero hemos curado muchos cánceres previamente fatales e impedido un número desconocido de casos». Firestein señala que por el camino ha mejorado la fabricación de medicamentos, la comprensión del sistema inmunológico y cómo se produce el envejecimiento. «Sin embargo, esta guerra contra el cáncer es más conocida por los dólares gastados en ella».

Leo M. Chalupa cuenta una anécdota:

«Un abogado me preguntó si todavía investigaba cómo funciona el cerebro. Cuando dije que todavía lo investigaba se sorprendió. Pensaba que después de diez años de esfuerzo lo habría descubierto. En ese momento, se me ocurrió que este hombre muy culto no tenía conocimiento de cómo funciona la ciencia […], que la investigación es una búsqueda sin fin».

Tim O’Reilly, editor de libros sobre tecnología y considerado un visionario tecnológico, teme que «si la ciencia no ofrece soluciones rápidas, el mundo caerá en la apatía, la falta de fe en la ciencia y el progreso, y después caerá en la melancolía y una nueva edad oscura».

Los ciudadanos de Idiocracia no se paran a observar las cosas

En Idiocracia uno de los mayores problemas es la falta de alimentos porque los campos son regados con el refresco patrocinado por el gobierno. Cuando el hombre más inteligente del mundo propone usar agua en lugar del refresco es tomado a burla.

Ursula Martin, profesora de Computación en la Universidad de Oxford, teme que internet esté menguando la capacidad de observación. «Hubo un tiempo en el que la descripción y la ilustración eran el pan y la mantequilla de científicos profesionales y aficionados», escribe Martin. «Los libros y cartas de Darwin están llenos de descripciones cuidadosas».

Martin considera que Google puede ofrecer imágenes y datos de una planta de una manera nunca antes posible, pero que ninguna imagen puede tener la precisión de Darwin. Ella apuesta por entrenar la atención en las pequeñas cosas.

 En Idiocracia no hay conocimiento de la historia

Chaplin Hitler
En el Washington de Idiocracia un parque temático muestra una versión de la Historia tergiversada. Y no por intereses políticos —como ocurre en cada país y en cada autonomía española—, sino por puro desinterés por el pasado.

Para la historiadora de ideas Noga Arikha la indiferencia por la historia es fruto del «presentismo»: considerar que no hay más realidad que el presente, que el pasado es irreal. Arikha culpa al mal uso de internet:

«El conocimiento de un tema más allá de la fecha actual parece disminuir entre las personas que crecieron con la era de internet […]. Cualquier cosa más allá de 1945 es un paisaje sucio y remoto; los siglos se funden uno con otro en un magma insignificante. Nombres famosos son parpadeos en una pantalla […]. Todo se iguala».

Arikha certifica una experiencia que muchos hemos vivido. Viene siendo habitual que en una conversación casual con una persona menor de treinta años, una persona que consideramos instruida, mencionemos un personaje icónico y el interlocutor se encoge de hombros: «¿Quién es?» o «no lo conozco». Incluso en muchas listas triviales del tipo «las mejores series de televisión de la Historia» hay una muestra de la ignorancia y el desinterés de quien redacta, que no hace referencia a material anterior a su adolescencia.

Según Arikha, para muchas personas «internet que se ha convertido en su biblioteca de referencia, pero los estudiantes lo utilizan como única investigación». Estudiantes que son incapaces de «medir la pertinencia, la jerarquía, la precisión y las referencias cruzadas». A uno no le extraña que estos estudiantes se traguen bulos grandes como casas.

Para Nicholas Humphrey, profesor de la Escuela de Economía de Londres, más que desinterés, el peligro de internet es que nos convierte en «meros turistas del conocimiento, saltando de atracción en atracción sin pisar la tierra. Para la mayoría lo importante es la llegada y no el viaje».

En Idiocracia, la lectura y la escritura se han degradado

En Idiocracia, leer y escribir es «cosa de maricones». En la película, los periódicos y revistas y los carteles de establecimientos populares contienen escandalosas faltas de ortografía y gramática que los autodenominados «nazis de la gramática» implosionarían corrigiéndolas. Por otro lado, los ciudadanos tienen problemas de comprensión lectora. 

David Gelernter visualiza un futuro igualmente nefasto para la palabra escrita y señala internet como culpable. La paradoja es que Gelernter trabaja en crear y desarrollar tecnologías de vanguardia para internet. En los 80 sienta las bases de los motores de búsqueda y más tarde en las herramientas basadas en flujos con las que operan las redes sociales.

Para Gelernter, internet degrada la palabra escrita porque «apenas hay tiempo entre la escritura y la publicación. El escritor publica rápido —muchas veces los primeros borradores— para lectores que leen rápido y apenas prestan atención». Esta falta de atención obliga al redactor a una escritura deslucida cuyo único fin es el consumo rápido.
Gelernter comenta que algunos estudios revelan que los estudiantes estadounidenses de hoy escriben con menos competencia que los estudiantes de 1960.

Hoy también se escribe en España peor que décadas atrás. Cuando encontramos titulares simples mal redactados (no un par de erratas entre 3.000 palabras) decimos: «Ha sido el becario». Pero recordemos que ese becario tiene una licenciatura.

Roger Schank también considera que el lenguaje se está degradando y que un motivo es que «los alumnos memorizan para pasar exámenes, pero son incapaces de razonar y exponer por escrito sus pensamientos».
Gavin Schmidt, climatólogo de la NASA, señala que cada vez es mayor la separación entre las noticias y lo que entiende el público. El desinterés por profundizar en las noticias trae consecuencias. «No es ninguna sorpresa que las discusiones en la calle a menudo degenera en mero tribalismo».

En Idiocracia hay una alta dependencia de las máquinas

Idiocracia cuenta  con una tecnología sofistica manejada por imbéciles. Por ejemplo, hay una máquina que diagnostica perfectamente enfermedades. Sin embargo, nadie sabe cómo funcionan y tienen un lamentable mantenimiento. Parece que fueron creadas hace mucho tiempo y que los que las usan lo hacen por mímica.

La psicóloga Susan Blackmore vislumbra un futuro similar al de Idiocracia, lleno de máquinas y tecnología que se manejan con un dedo con apenas razonamiento:

«Un mundo en el que los seres humanos gestionan los recursos para alimentar a un número creciente de máquinas a cambio de más diversión, juegos, información y comunicaciones».

Para Blackmore, el problema es: «¿Y si todo el sistema se derrumba? Ya sea por un cambio climático, pandemias u otros desastres […] y no podemos usar nuestros teléfonos, satélites y servidores de internet. ¿Podríamos deslizar nuestros dedos por una pantalla para alimentarnos?».
Esto se explica mejor con un monólogo de Eva Hache: «Los hay que se gastan 500 euros en un teléfono de última generación y lo primero que hacen es ponerle el tono del eructo bajo el agua».

Cada vez es más frecuente encontrar a personas jóvenes con teléfonos sofisticados con inmensas posibilidades que dicen: «Yo solo lo tengo para el Whatsapp y hacer fotos». Preguntan: «¿lloverá mañana?» o «¿el lunes es fiesta?».

Blackmore cree que las escuelas deben volverse analógicas: enseñar a los niños a razonar y usar las manos en actividades como carpintería, cocina, agricultura…

En Idiocracia gobiernan los tontos que son famosos

El presidente en Idiocracia
El presidente de los Estados Unidos —realmente del mundo— es Dwayne Elizondo Camacho, cinco veces campeón de lucha libre profesional y «superestrella» pornográfica. Es inevitable que la fama lo aupe a la presidencia aun careciendo de preparación y contando con unos asesores imbéciles que repiten eslóganes de las empresas que han comprado al Gobierno.

El productor de música y artista Brian Eno responde a Edge que su temor es que «la mayoría de las personas inteligentes que conozco no quieren tener nada que ver con la política».

Eno considera que la actual política (estadounidense) está hecha por idiotas que han conducido al país a las guerras de Irak y Afganistán, que sangra a naciones más pobres por las deudas de sus exdictadores y que permite que los intereses particulares y los bancos gobiernen el país.

«Pero no hacemos política —se queja—. Esperamos que otras personas lo hagan por nosotros y nos quejamos cuando se equivocan […]. La responsabilidad no se detiene en las urnas. Dejamos de hacer cosas y permitimos que otros las hagan por nosotros».

Roger Schank también considera que la política está llena de idiotas. Schank es uno de los principales investigadores del mundo en Inteligencia Artificial, Teoría del Aprendizaje y en la construcción de entornos virtuales de enseñanza. Para él, una prueba de la estupidez de los políticos se ve cuando debaten un problema en el Congreso (de los Estados Unidos): «Parece que nuestros representantes son incapaces de hacer un argumento razonado».

En Idiocracia se habla a gritos y el presidente necesita de una ametralladora para hacerse oír. Los parlamentarios españoles no esgrimen mejores razonamientos en sus intervenciones. Nos hemos acostumbrado a su pantomima: unos sueltan exabruptos para recibir aplausos de los suyos mientras que los otros responden con pataletas y silbidos.

Presidente Camacho
Para el oceanógrafo Bruce Parker, la cultura de la imagen en la que estamos inmersos no obliga a los políticos a tener méritos o logros verificables para ser elegidos:

«Simplemente necesitan convencer a la gente para que vote por ellos […]. Usan la manipulación emocional con llamamientos a la religión, el patriotismo, las diferencias de clase, prejuicios étnicos, etc. Documentos sonoros superficiales y anuncios de campaña que parecen trailers de películas».

Para Bruce Parker, los partidos eligen a candidatos desinformados e incluso estúpidos, pero que ofrecen buena imagen a la nueva cultura de internet.

En Idiocracia, los medios embrutecen a las personas

La película más vista en Idiocracia se llama CULO. Una hora y media con un culo en primer plano. (A la cabeza me viene Jene Selter, señorita carente de méritos, pero con casi 8 millones de seguidores en Instagram gracias a su culo. Un culo no es un mérito). 

El programa más visto en Idiocracia es Oh, mis huevos, que haría las delicias de Homer Simpson: un tipo corriente encadena patadas y accidentes en los testículos.

 

Un espectáculo que tiene un espejo en America’s Got Talent

https://youtu.be/1XvEZ8O6m8E

No extraña que a Roger Schank le preocupe la televisión:
«La televisión fomenta la glorificación de la estupidez […], programas que dejan claro que actuando mal te harás rico y famoso. Programas en los que hablan sin necesidad de respaldar lo que dicen con pruebas».

Schank considera que las grandes corporaciones están tras la glorificación de la estupidez si no se benefician de ellas. El psicólogo escribe:
«Quienes venden medicamentos no quieren que la gente pida información sobre cómo funciona el medicamento […]. Quienes hacen recortes de gastos no quieren que la gente pregunte por qué nunca se habla de recortes en defensa […]. La gente que dirige las organizaciones de noticias tienen una agenda y no crean pensadores que entiendan qué está pasando en el mundo».

Larry Sanger, cofundador de Wikipedia Citizendium, también acusa a los medios de comunicación de la estupidez creciente, en concreto a los medios online:

«Los sitios online nos vuelven estúpidos y hostiles hacia los demás», escribe Sanger. «Las comunidades de noticias, de información, de opinión y de debate están dominadas por un solo punto de vista. Ejemplos son el Huffington Post de la izquierda y National Review Online a la derecha».
Sanger considera que el auge de internet parece traer una hostilidad entre los partidos políticos que hace que cada vez sea más difícil alcanzar compromisos políticos significativos.

Todos recordamos cómo los seguidores de los partidos defienden lo indefendible a través de las redes sociales: los corruptos, los idiotas, los villanos son los otros.

Sanger afirma que «los sitios online son atractivos porque refuerzan nuestros supuestos básicos, y nos dan puntos de conversación fácilmente digeribles […]. Nos hacen demasiado confiados y acríticos. Nos alienan a unos de otros, incluso de amigos y familiares que no comparten nuestras opiniones, porque es muy fácil y divertido demonizar a la oposición desde una página web».

Bruce Parker considera que el entretenimiento que ofrece internet ha creado una nueva cultura: «Es una cultura de abajo hacia arriba con un efecto de embrutecimiento que es probable que tenga repercusiones».
Para Parker, «a medida que más y más población llena más y más horas del día con el entretenimiento [online], cuenta con menos horas para actividades que promueven la inteligencia, la compasión y para interesarse por lo que cae fuera de sus propios microcosmos de internet».

En Idiocracia no existe la individualidad

Idiocracia moda
En Idiocracia los medios de comunicación homogenizan las modas, los gustos y los intereses. Por otro lado, hay un puñado de corporaciones que monopolizan la industria. Todas las cafeterías son Starbucks, una bebida energética como sabor predominante, Costco es el único sitio para las compras… La ropa contiene logos de distintas marcas. Como resultado, el pensamiento de los ciudadanos es similar.

En Idiocracia no hay más interés que el placer inmediato. Las cuestiones urgentes se aparcan por un polvo rápido. No importa qué hay en juego. Incluso el sexo está por encima de la posibilidad de perder la vida.
En Idiocracia el presentismo mencionado por Noga Arikha impide mirarse a uno mismo, estar atento a los propios gustos, intereses y necesidades. Todo el mundo va donde todo el mundo va, y todo el mundo hace lo que todo el mundo hace. Todo el mundo parece la misma persona.

Inquieta que los protagonistas de Gandía Shore no sean muy distintos de los de Jersey Shore (USA), Geordie Shore (Reino Unido), Acapulco Shore (México) o Warsaw Shore (Polonia). Basta visualizar unos minutos de vídeos en Youtube de unos y otros para percatarse de ello. Una prueba de la homogeneización cultural.

Precisamente Hans Ulrich Obrist, codirector de la galería de arte Serpentine de Londres, se queja de que las ciudades de la mayoría de los países se parecen, que sus ciudadanos tienen los mismos gustos e intereses y que la individualidad de los artistas es aplastada. Para Obrist la homogeneización está en los principios de la destrucción de una civilización.  

Nicholas Humphrey teme que si todo el mundo hace las mismas cosas, ve los mismos espectáculos y va a los mismos sitios, se pierda la creatividad: «Debemos preocuparnos de que las experiencias individuales están desapareciendo; son las que conducen a la unión de las ideas».

O’Reilly recuerda que «en el pasado, la antorcha del progreso pasa de una región a otra del  mundo. Pero ahora, por primera vez, tenemos una única civilización global. Si falla, todos fracasamos juntos».

Muchas de las predicciones son catastróficas. Hay algunas soluciones. Una de ellas es no seguir a la manada. La solución quizá está en el discurso final del protagonista de Idiocracia, un tipo corriente del presente que es congelado y despierta en un futuro estúpido:

Presidente No Sé de Idiocracia

JOE: ¿Saben? Hubo una época en la historia de este país cuando la gente lista era considerada gente guay, pero la gente lista hacía cosas… como construir barcos y pirámides, e incluso fueron a la luna. Y hubo una época en la historia de este país, hace mucho tiempo, cuando leer no era cosa solo de maricones y escribir tampoco. La gente escribía libros y películas, películas que contaban historias. Y te importaba de quién era el culo que veías y por qué se tiraba pedos… y estoy convencido de que esa época se repetirá de nuevo.

Idiocracia: ¿estamos en los comienzos de un apocalipsis idiota?