THOMAS VINTERBERG: ATREVERSE A PERDER EL PISO

|miércoles, 19 de mayo de 2021

Fotograma de ‘Una ronda más’ (2020), de Thomas Vinterberg

Es posible que la historia del arte le deba más favores al opio, al vino y al hachís que a la inspiración de las musas. Registros hay, casi siempre hiperbólicos: las Confesiones de un inglés comedor de opio de De Quincey, los poemas dionisíacos o el “Kubla Khan” de Coleridge –confesamente escrito a través del láudano– están siempre a la vista. Otra cosa son los relatos sobre la ingesta de sustancias por personas comunes, grises y anónimas que las usan no para invocar al gran arte, sino para algo tan vano como aligerar la carga diaria de existir y tener que dar, otra vez, los buenos días.

Martin (Mads Mikkelsen), el personaje central de Una ronda más (Druk, 2020) de Thomas Vinterberg, es eso que Onetti describió como “un hombre hecho, es decir deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios”. Es, además, esposo y padre en una familia que lo saluda por costumbre y profesor de un grupo de bachilleres que lo soporta por compromiso, lástima o ambas. Ha vivido más años de los que, estadísticamente, le quedan por vivir, pero su termómetro vital está tan anestesiado que no le alcanza para una crisis de mediana edad. 

Junto a tres profesores más y a partir de un estudio que indica que un nivel de 0.05 grados de alcohol proporciona un estado mental más deseable que la sobriedad, emprende una praxis diaria de dicha teoría. Los resultados son benéficos en inicio, aunque pronto detonan aspectos subyacentes en la vida interior de cada uno: lagunas emocionales que ya estaban ahí, a la sombra, con o sin cocteles. En la teoría el alcohol funciona como placebo: da igual si el estudio hubiera indicado en su lugar la ingesta de cilantro o galletas, las grietas que afloran ya estaban ahí. En un juego narrativo hábil e inteligente, esto pone a Una ronda más a salvo de ser leída como una apología del alcoholismo, pero un mérito más alto es que también evita condenarlo. La ya célebre secuencia final pone en cámara un conocido aforismo de Søren Kierkegaard: “Atreverse es perder el piso por un momento; no atreverse es perderse para siempre”.

Una ronda más Thomas Vinterberg

Fotograma de Una ronda más (2020), de Thomas Vinterberg

Si me referí antes al canon de los consumidores literarios es en parte porque otro aforismo de Kierkegaard –un referente habitual para Vinterberg– le sirve como epígrafe a la cinta. Está extraído de Estética y ética en la formación de la personalidad (1843), un tabique existencialista que, mediante el diálogo entre dos personajes, explora las dicotomías entre el placer –encarnado por un joven– y la ética –defendida por un hombre mayor. Si el mismo diálogo ocurriera entre el Thomas Vinterberg iconoclasta y respondón que firmó el manifiesto Dogma y dirigió Festen (1998) antes de cumplir treinta y el cineasta maduro de exploraciones morales como La caza (2012), La comuna (2016) o Submarino (2010), el resultado sería Una ronda más, parábola luminosa sobre el hastío vital que alcanza una nota infrecuente en cualquier arte: abraza a la vitalidad juvenil y al goce maduro con la misma dignidad. En palabras de Blake, un canto –o baile– de inocencia y experiencia.

En la filmografía de Vinterberg Una ronda más se siente como un puerto de llegada y partida para él y sus camaradas de rodaje. Aunque sea resultado de una trágica pérdida personal para el director, el guion coescrito junto al habitual Tobias Lindholm es tan cálido y lumínico como puede serlo el de una película filmada como catarsis, duelo y expiación. Quizás en ese balance imposible está la clave de su secuencia final, una coda de baile que sigue a un funeral. En ella Mikkelsen –bailarín profesional por varios años antes de actuar– libera una energía que, antes que en una borrachera amarga, hace pensar en un ritual pagano de tradiciones funerarias, pero también de liberación, celebración o apareamiento. Con el cuerpo entero y cerveza en mano, Mikkelsen resume el viaje y parafrasea lo escrito por Kierkegaard dos horas atrás.

Por si fuera necesario aclararlo, Una ronda más no es una película sobre el alcohol y sus efectos. Sobre eso hay muchas otras, algunas notables aunque pedagógicas como Días sin huella (1945) o Días de vino y rosas (1962), magníficas como El fuego fatuo (1963) o mediocres como Adiós a Las Vegas (1995). La de Vinterberg es un bromance melancólico sobre el cansancio vital, sobre la fatiga de las fatigas y sobre la posibilidad de volver a empezar. En medio de eso, los tragos, con todo y su teoría de los 0.05 grados etílicos, están ahí como McGuffin y detonante para explorar la psicología de hombres maduros en la clase media de un país cuyos índices de bienestar social no sólo son altos, sino más altos que en casi cualquier otro lugar de Europa y, por extensión, del planeta. Si hay algo que en Una ronda más asemeja una lección, es ésa: que el Estado de bienestar no es la sobriedad perpetua, sino la posibilidad de intoxicarse libremente para volver a sonreír. Salud.

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El sonido de la mente

Sound of metal”: el sonido pesado del silencio y la esperanza de seguir  adelante

La teoría del “doble vínculo” de Gregory Bateson postula que no existe mayor realidad que aquella percibida por la mente, por lo que la psique está determinada por relaciones y mensajes con los objetos y personas que pueblan el mundo exterior: “Los psicólogos comúnmente hablan como si las abstracciones de las relaciones (‘dependencia’, ‘hostilidad’, ‘amor’, etc.) fueran cosas reales que se describen o ‘expresan’ mediante mensajes.

Lo anterior es epistemología al revés: en realidad, los mensajes constituyen la relación, y palabras como ‘dependencia’ son descripciones verbalmente codificadas de patrones inmanentes a la combinación de mensajes intercambiados”. Entonces, el “doble vínculo” se produce cuando la mente procesa mensajes contradictorios que ponen en riesgo su estabilidad, que en su vertiente más aguda conducen al quiebre psíquico y la esquizofrenia. Creo que la multipremiada película Sound of Metal, de Darius Marder, ofrece un inmejorable ejemplo de dicho conflicto, y quizá por eso se vuelve tan poderosa la tragedia del protagonista, Ruben, un baterista de metal que al comienzo de la historia pierde casi completamente la audición.

Dado que Blackgammon, el dúo de metal que conforma con su novia Lou, es literalmente su vida tanto musical como amorosa, evidentemente le supone un inmenso problema. Pero me parece que el tratamiento de la película aborda cuestiones muy profundas, que prácticamente desplazan lo que comienza como un problema fisiológico al terreno de lo mental. Y ello también en buena medida gracias al equipo de ingenieros de audio en el que se encuentran los mexicanos ganadores del Oscar, Jaime Baksht, Michelle Couttolenc y Carlos Cortés, quienes lograron transmitir genialmente a los espectadores lo que sería la angustiante experiencia auditiva de Ruben, en contraste con el sonido “normal” que perciben los demás personajes de la película.

En una de las consultas médicas en que Ruben se halla desesperado por recuperar mediante un procedimiento su audición, la doctora le dice que debe renunciar a la idea de lo que alguna vez entendió por sonido, para entender que ese término en su caso ahora representa algo distinto.

Se produce así el “doble vínculo” entre la realidad de los mensajes auditivos que ahora recibe y la idea contra la que los contrasta, que lo sumen en un estado de profundo abatimiento. Y existe otra escena genial donde en una charla con Bob, el director de la comunidad para sordos que lo aloja, ante la explicación de Ruben de que se propone recuperar el oído y su vida anterior, le dice que lo que expresa es propio de un adicto, con lo cual yo entiendo que se refiere de nuevo a la imposibilidad de renunciar a un tipo de patrón mental, aunque los mensajes de su nueva realidad apuntan en otra dirección.

Lo mismo con su relación de pareja y casi cada aspecto de su vida: frente al trauma, la mente de Ruben se aferra como feroz defensa al recuerdo de los mensajes que definieran su mundo, y queda como interrogante si será capaz de la heroica tarea consistente en aprender a escuchar y adaptar su percepción a otros del todo nuevos.

Eduardo Rabasa

https://www.milenio.com/opinion

 

 

DEL TEXTO A LA PANTALLA: 10 PELÍCULAS Y SERIES BASADAS EN NOVELAS, CUENTOS Y UNA COLUMNA DE PERIÓDICO

DESDE SHAKESPEARE HASTA LAS PÁGINAS DEL NEW YORK TIMES, LA ESCRITURA CREATIVA ES UNO DE LOS GRANDES REFERENTES PARA LAS PRODUCCIONES DEL CINE Y EL STREAMING

Entre otros frutos, los libros han sido desde el origen del cine uno de los principales referentes de inspiración y material para la llamada pantalla grande. Antes, porque ahí se encontraban las historias que habían conmovido al público en general y cuyo éxito ya estaba comprobado. Ahora, porque con cierta frecuencia surgen autores capaces de observar y relatar un fenómeno de manera única y original, arriesgada a veces, con recursos singulares, y el cine, ávido de historias que contar, abreva naturalmente de esa fuente.

El listado a continuación está compuesto de cintas basada en libros, relatos de ficción la mayoría de ellos, pero no solamente.

Cabe mencionar que no se trata de una selección exhaustiva ni jerárquica, sino sólo basada en un criterio de asombro y calidad para las recomendaciones ofrecidas. Veamos.

Los adioses (Natalia Beristáin, 2018)

Los adioses está basada parcialmente en la vida de la escritora mexicana Rosario Castellanos, tomando periodos de su vida que van de su juventud en su natal Chiapas a sus años como estudiante en la Ciudad de México y su etapa adulta. La cinta destaca por su atención puesta al machismo que sufrió la escritora, tanto en su vida personal y de pareja como en su faceta profesional.

 

Detrás de sus ojos (Steve Lightfoot, 2017)

Esta serie de Netflix (en seis capítulos) es una adaptación de la novela homónima (Behind Her Eyes, en su original en inglés) de la escritora Sarah Pinborough.

Detrás de sus ojos cuenta la historia de la relación entre tres personajes: Adele Ferguson, el psiquiatra David Ferguson (quienes son pareja) y Louise Barnsley, quien conoce azarosamente a David en Londres. El relato es una exploración sumamente atractiva de temas como la enfermedad mental, el encierro (en varios sentidos: psiquiátrico, psicológico y subjetivo), los sueños, la relación de pareja y más.

 

Amor moderno (John Carney, 2019-)

Esta serie tipo antología (es decir, cuyos episodios son independientes uno de otro, pero conservan todos una cierta unidad temática o de estilo) está basada en una columna del mismo nombre (Modern Love) que se ha publicado desde 2004 cada domingo en el periódico The New York Times

Como su título anuncia, las historias giran en torno al amor y, más específicamente, pretenden dar cuenta de las maneras en que este se expresa en la época contemporánea. Por lo demás, se trata de un buen ejemplo de cómo una adaptación de la literatura al cine no proviene únicamente de obras de ficción (novela, teatro, cuento, etc.), pues un buen ensayo o una crónica también pueden encontrar lugar en la pantalla.

 

El lugar sin límitesLas razones del corazónAsí es la vida (Arturo Ripstein; 1978, 2000, 2011)

Si bien no se trata de una trilogía en sentido estricto, agrupamos en este punto estas películas del director mexicano Arturo Ripstein porque las tres están basadas en obras de la literatura que, llegado el caso, podrían consultarse como referencia o con fines de comparación.

El lugar sin límites es una adaptación de la novela homónima de José Donoso y, a grandes rasgos, cuenta la historia de un prostíbulo situado en un pueblo remoto y regenteado por un homosexual travesti y su hija.

Por otro lado, Las razones del corazón está inspirada en Madame Bovary, la novela más famosa de Gustave Flaubert, en la que se cuenta la desazón de una mujer aburrida de su vida burguesa.

Finalmente, Así es la vida sigue la historia de Medea, quien en su dolor debido al desprecio de Jasón, su esposo, termina por asesinar a sus propios hijos. La tragedia fue escrita originalmente por Eurípides pero también ha conocido varias otras versiones a lo largo de la historia, desde Séneca el Joven en el siglo I antes de nuestra era hasta Darío Fo en el siglo XX.

 

Gambito de dama (Scott Frank, 2020)

Una de las series más exitosas de los últimos meses, Gambito de dama cuenta la historia de Elizabeth “Beth” Harmon, una niña huérfana que descubre por azar el ajedrez en el orfanato adonde es llevada luego del fallecimiento de su madre en un accidente automovilístico.

Curiosamente, la serie está basada en una novela que no es reciente y que por mucho tiempo había sido intentada llevar a las pantallas. El libro lleva el mismo título, fue escrito por Walter Tevis y fue publicado en Estados Unidos en 1983.

 

Dune (Denis Villeneuve, 2021)

Si bien no ha sido estrenada, incluimos esta cinta en el listado por tratarse, por un lado, de una adaptación de una de las novelas más emblemáticas de la ciencia ficción y, por el otro, porque durante mucho tiempo el proyecto de su adaptación al cine parecía titánico e imposible. O al menos así se creía en vista de la empresa que acometió Alejandro Jodorowsky a mediados de la década de 1970.

Esta versión correrá a cargo de Denis Villeneuve, quien ya se ha hecho de cierto renombre en el género luego de haber filmado dos cintas que fueron bien recibidas por los espectadores y la critica: Arrival (2016) y Blade Runner 2049 (2017), esta última una secuela de otro de los grandes referentes del cine de ciencia ficción, la mítica Blade Runner de Ridley Scott (1982), basada a su vez en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick. Por cierto, Arrival tiene como fuente un cuento de uno de los autores de ciencia ficción más celebrados de nuestra época: Ted Chiang.

Dune, por su parte, fue escrita por Frank Herbert y publicada en 1966. Su historia versa en torno al príncipe de un imperio intergaláctico que se ve envuelto en intrigas que buscan arrebatarle el poder a su familia.

 

Watership Down (Noam Murro, 2018)

Watership Down, novela de Richard Adams, cuenta la historia de una colonia de conejos silvestres que vive en aparente paz hasta que uno de ellos, que posee ciertos dones de clarividencia, presiente que se acerca un peligro mortal para la madriguera. El conflicto inicia cuando este conejo, junto con otros amigos, quiere convencer al resto de los conejos del desastre inminente.

Esta es la adaptación más recientes de varias que se han hecho del libro. En este caso se trata de una miniserie de cuatro episodios producida conjuntamente por la BBC y Netflix.

En español existe una traducción de la novela con el título La colina de Watership.

 

Lupin (George Kay y François Uzan, 2021-)

Si bien esta serie no es la adaptación de un libro en específico, su personaje principal, su trama y su atmósfera están basados y tienen como referencia al personaje legendario de la literatura francesa de misterio Arsène Lupin, gentleman cambrioleur, creado por Maurice Leblanc.

Además de ser un referente emblemático de la literatura francesa, en términos históricos Lupin representa ciertos aspectos de la vida tal y como se desarrolló en Europa en la década de 1920, los años posteriores a la Primera Guerra Mundial que al menos en Francia y en España se conocieron como “los locos años veinte” (o la Belle époque, en el caso particular de Francia). 

En la serie, el personaje de Lupin es la inspiración de Assane Diop (interpretado por Omar Sy), quien haciendo gala de mucho ingenio es capaz de cometer los robos más inimaginables.

 

Entre los muros (Laurent Cantet, 2008)

Ganadora de la Palma de Oro en Cannes el año de su estreno, Entre los muros es la adaptación de la novela homónima escrita por François Bégaudeau, la cual sigue la historia de una escuela de educación secundaria situada en el XXe arrondissement de París. 

Buena parte de la tensión en la historia radica en el hecho de que los jóvenes alumnos tienen orígenes étnicos, nacionalidades y creencias diversos.

El filme es un documento de interés en torno a las dificultades de la convivencia y la posibilidad siempre latente de conflicto en toda comunidad humana.

 

Trono de sangreLos malos duermen bienRan (Akira Kurosawa; 1957, 1960, 1985)

De nuevo agrupamos tres cintas de un mismo director no porque constituyan una serie en sí, sino porque tienen el denominador común de estar basadas en obras escritas. 

En este caso, se trata de las tres cintas que el gran Akira Kurosawa filmó a partir de sendas tragedias de Shakespeare: Trono de sangre basada en MacbethLos malos duermen bien en Hamlet y Ran siguiendo la tragedia de El rey Lear

Como vemos, Kurosawa se enfrentó además a tres historias particularmente complejas y emblemáticas dentro del canon de la literatura occidental. Con todo, el resultado ha sido ampliamente celebrado por la critica especializada en los tres casos.

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De “rojo de mierda” a “espagnol de merde”: el exilio francés de Josep Bartolí

‘Josep’, la película de animación dirigida por el dibujante francés Aurel, indaga en la vida del exiliado republicano Josep Bartolí, también dibujante, que vivió de primera mano los abusos de las autoridades francesas tras la contienda.

Josep Bartolí
Fotograma de la película de animación ‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Sucede que la Historia, a veces, atraviesa de lleno una biografía. Son vidas marcadas por un tiempo convulso que, con suerte, encuentran su particular redención en el arte. La vida del dibujante comunista Josep Bartolí es una de tantas vidas sacudidas por su tiempo, pero su obra la hizo única. Un testimonio del horror a carboncillo, una muestra más de la iniquidad de la que es capaz el ser humano. 

Exiliado español del franquismo que luchó contra el régimen desde Francia y cuyos pasos le llevaron a conocer a la mismísima Frida Kahlo, la vida de Josep Bartolí quedó plasmada en cientos de bosquejos. Su talento para el dibujo y su obsesión por retratar el drama de lo cotidiano, le convierten en testigo de excepción de un tiempo que ya no es, pero que tristemente aún reverbera en muchos discursos políticos.

Pero vayamos por partes. Febrero de 1939. La retirada. Más de 450.000 personas huyen de los embates franquistas por Catalunya y atraviesan los Pirineos a pie. Caminos inundados de hombres, mujeres y niños arrastrando ajuares bajo la lotería de una aviación y una marina al acecho. Anhelaban un refugio en el país vecino y se toparon con alambres de púas. Ni rastro de liberté, de egalité o de fraternité, campos de concentración y mandobles. Aquellos exiliados venían de ser “rojos de mierda” y se convertieron, una vez traspasada la frontera, en “espagnols de merde”.

Ahora un largometraje de animación dirigido por el dibujante de prensa Aurélien Froment ‘Aurel’ (Ardèche, 1980) y con guion de Jean-Louis Milesi, recupera aquella afrenta histórica, lo hace a través de la figura de Josep Bartolí (Barcelona, 1910 – Nueva York, 1995) y de su relación con el personaje de Serge, gendarme con el que traba amistad y que viene a representar esa otra Francia que sí prestó ayuda a los que huían del fascismo, conscientes quizá de que pronto serían ellos los que tendrían que plantarle cara.

El periplo de Bartolí tiene tintes épicos. Tras pasar por numerosos campos de concentración −Lamanère, Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Rivesaltes y Barcarès…−, consigue escapar a París ayudado por un capitán de la armada francesa. Sin embargo, la ocupación alemana le hará huir de nuevo hasta que es detenido por la Gestapo en Vichy. Finalmente, cuando iba a ser deportado al campo de concentración de Dachau, en manos nazis, escapa de nuevo arrojándose del tren en el que iba y, después de pasar por Marsella, Túnez y Casablanca consigue poner rumbo a México en 1943.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

El largometraje Josep (disponible en Filmin) indaga, a través de los bosquejos que dejó Bartolí y que sabiamente ha reinterpretado Aurel, en el trato inhumano que recibieron los exiliados españoles por las autoridades francesas. Una supuesta ‘acogida’ que en realidad consistió en encierros masivos, humillación, hambre, sed y frío. Campos de concentración que nunca fueron de refugiados y que consistían en hacinar a aquellos “extranjeros indeseables” en barracones inmundos. 

Un tableau vivant hecho de miseria y desesperación que Bartolí supo captar a través de sus dibujos. En ellos, reflejó el desprecio y el recelo con el que fueron recibidos por las autoridades del país vecino, no así por parte de los ciudadanos de a pie que, a través de campañas solidarias, se volcaron en brindar a los refugiados los víveres necesarios. 

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Llegado a México, Bartolí entra en contacto con Diego Rivera y Frida Kahlo, con quien mantendrá un romance que se alargó en el tiempo. Seguirá pintando, lo hará sin descanso, el arte como escapatoria pero también como testimonio de la ignominia de la que somos capaces los seres humanos. En el DF publicará sus dibujos bajo el título Campos de concentración (1939 – 194…), donde recopila algunos de sus dibujos en aquel infierno francés.

En el 46 emigrará a Nueva York donde comienza a trabajar dibujando decorados e ilustrando publicaciones de la época. Allí desarrolló buena parte de su carrera como pintor, una trayectoria ya inseparable de aquellos días a la intemperie, cuando el fascismo corría a sus anchas por toda Europa y había que tomarle las medidas, aunque apenas se dispusiera de un lapiz y una cuartilla.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN
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Tumbarse en la arena

El filme japonés “La mujer de la arena” y su relación estética con la  historieta "Mafalda" - Cine y Literatura

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La playa se va llenando de gente, todos huidos de la ciudad. El mar cambia de color. No hay una nube en todo el cielo. Detrás de las dunas sólo se oye el oleaje. Se tumba en la arena sin quitarse el abrigo negro, con la cabeza mirando al mar. Parece un mendigo. La mochila le hace sombra. Es tan grato soñar con la libertad, sobre todo en estos tiempos de peste. La arena es limpia y además hay que aprender a ser sucio. Pretender ser inmaculado en este universo loco es una pedantería moral. ¿O no es así? Una playa del Cantábrico, una playa del Pacífico o del mar de China. Son las mismas dunas de la película “La mujer de la arena” (1964) de Hiroshi Teshigahara. Las obras maestras, como esta película, tocan símbolos universales y no se pueden explicar por la razón. 

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El evangelio según Brian

El evangelio según Brian

Han pasado más de treinta años de La vida de Brian, la obra maestra de los Monty Python, y la película sigue tan fresca, hilarante e irreverente como el día de su estreno, cuando provocó un terremoto de manifestaciones, protestas, críticas y debates a lo largo y lo ancho del mundo. John Cleese dijo que estaba muy orgulloso de haber puesto de acuerdo a cristianos, judíos y musulmanes por primera y única vez en la historia, y la película llegó a ser prohibida en algunos países, lo que dio pie a una de las mejores campañas de promoción del cine: “¡Tan divertida que la han prohibido en Noruega!” A estas alturas del siglo XXI todo este escándalo sería un disparate mayúsculo si no fuese porque, a día de hoy, con el integrismo religioso por un lado, la corrección política por otro y la libertad artística en peligro de extinción, una comedia como La vida de Brian es absolutamente impensable.

De hecho, el proyecto estuvo muchas veces a punto de malograrse y su realización, conseguida a base de una serie de carambolas alucinantes, bien puede considerarse un milagro. En principio todo estaba dispuesto para que el equipo se trasladase a Túnez cuando la productora de la película suspendió la financiación porque a Bernie Delfont, empresario teatral y jefe de la división de ocio de la EMI, le dio por leer el guión. Asustado por las posibles implicaciones religiosas del argumento retiró los fondos justo una semana antes de empezar el rodaje. Los Monty Python pidieron dinero en todas partes, sin mucho éxito, hasta que Eric Idle, el impulsor de la idea inicial, contactó con George Harrison, quien lo financió personalmente sólo por el gusto de verla algún día. “La entrada de cine más cara del mundo” dijo Idle.  Tenía gracia que un ex-Beatle, la banda que se había proclamado “más grande que Jesucristo”, sacase adelante la mayor parodia jamás vista sobre la vida de Jesucristo, pero ahí no acabó la buena suerte. Por pura casualidad, el equipo pudo hacerse con los decorados de la serie de televisión Jesús de Nazaret, de Zeffirelli, lo que dio un impresionante acabado a la película. El gran Anthony Burgess, uno de los guionistas, confesó en sus Memorias: “No me importaría nada haber firmado el guión”.

El guión, en efecto, es una obra maestra de la astucia en la que los Monty Python sortearon los riesgos de la blasfemia mediante el procedimiento de usar directamente no a Jesucristo, sino a un pobre hombre llamado Brian Cohen, a quien en diversos momentos de su vida, desde su nacimiento el mismo día que Jesucristo a unos metros del portal de Belén, confunden con el Mesías. Es el mismo truco que utilizó Chaplin en El gran dictador pero con resultados completamente distintos. Al igual que en Ben-Hur, la gran epopeya bíblica de William Wyler, Jesucristo no aparece más que al fondo de la pantalla en ciertos momentos puntuales, cuando los tres Reyes Magos, indignados por el equívoco, vuelven a recoger los regalos, o cuando se lo ve a lo lejos, pronunciando el Sermón de la Montaña y uno de los espectadores pregunta: “¿Qué ha dicho?” “Ha dicho: bienaventurados los queseros”. “¿Por qué los queseros?” “Es una metáfora: se refiere a todos los fabricantes de productos lácteos”.

Los malentendidos son el motor de propulsión de La vida de Brian, la historia de un judío contemporáneo de Jesucristo a quien toman por el Mesías sin que él pueda hacer nada por evitarlo. La descacharrante secuencia en que Brian decide no comprar una calabaza y luego pierde una sandalia, mientras poco a poco una turba de exaltados se dividen entre los seguidores de la calabaza y los de la sandalia, resume, como apuntó John Cleese, “la historia entera de la religión en dos minutos y medio”. La incesante sucesión de memorables diálogos cómicos no deja títere con cabeza: el nacionalismo, el colonialismo, la mendicidad, el Espartaco de Kubrick, los profesores de latín, y también los defectos de pronunciación, el lenguaje inclusivo e incluso ciertas reivindicaciones feministas y transgénero que hoy, tal vez, les habrían costado un linchamiento virtual. Sin embargo, en toda la película no hay una sola burla contra Jesucristo, contra el cristianismo o contra la fe, aunque las autoridades religiosas, los hipócritas y fariseos de cualquier credo, hicieron bien en sentirse ofendidos, porque si hay una diana principal para la mofa y la sátira en La vida de Brian es justamente el negocio de la religión oficial, la religión entendida como negocio. Una cruz por persona.

https://blogs.publico.es/davidtorres

El final de la obra maestra

imagen pluma firmas

ARTURO PÉREZ-REVERTE

La vejez es que todo lo interesante que recuerdas haya ocurrido al menos hace veinte años, e incluso cuarenta. Pero, al menos, lo recuerdas. Pensaba en eso ayer, viendo de nuevo La dolce vita de Federico Fellini, que tuvo un enorme impacto entre la gente de mi generación; pero que, cuando la mencionas fuera de círculos cinéfilos o razonablemente cultos, suscita extrañeza o estupor. ¿La Dolchequé?, preguntan. Entonces dices que se trata de una obra maestra, y en las caras próximas comprendes que por la expresión obra maestra se entiende ahora otra cosa, efímera y con fecha de caducidad. Ocurre, sobre todo, con el cine y la literatura. Hoy se llama obra maestra a algo que llega, deslumbra, es comentadísimo en las redes sociales, y al poco tiempo, meses e incluso semanas, se hunde en el olvido. Se diluye con rapidez y queda como referente para unos pocos. Sin ser maestro de casi nadie.

Hay, naturalmente, novelas y películas que llegan en el momento adecuado pero envejecen mal, y es lógico que se queden a la deriva. Pero con otras cuyo valor sigue intacto ocurre lo mismo, pues se les niega la oportunidad de seguir vivas. Las obras maestras del cine y la televisión actuales las exigimos de usar y tirar, sin tiempo para que sedimenten y fragüen en nuestra inteligencia. Todo va tan rápido como el mundo dislocado en que vivimos. Si un espectador o un lector no están al día, si se mantienen ajenos a los cauces por donde todo circula a enorme velocidad, las grandes obras pierden el compás, desaparecen de su vista. Y si pasado su momento alguien llega a conocerlas y se entusiasma con ellas, puede ocurrir que ya no tenga a nadie con quien compartirlas.

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Es así, volviendo a La dolce vita, como lo que en el cine y la televisión llamamos clásico se aleja de nuestras vidas. Vivimos inmersos en una ultramodernidad acelerada y patológica, sometida al mínimo esfuerzo; y eso reduce nuestra memoria y nos dificulta interpretar el futuro. Reduce la facultad de reconocer y disfrutar muchas obras maestras que están por llegar, o las hace imposibles. Si la cultura reposada y sólida sirve para interpretar y generar más cultura, es evidente que la desmemoria o la ignorancia limitan esa facultad. Achatan y empobrecen.

Vemos así cómo las obras maestras del pasado se olvidan o desconocen, y las actuales pasan veloces, sin que las estudiemos lo suficiente para que nos nutran. Debido a la actual facilidad de acceso, pasamos de unas a otras a toda prisa, sin espacio para analizarlas y reflexionar; eso queda para aficionados y especialistas que poco tienen que ver con el gran público. Consideren, por ejemplo, cuánto tiempo se mantuvieron El Padrino, El señor de los anillos, E.T. o Tiburón con la consideración de obras maestras, y comparen con lo que el impacto de una buena historia audiovisual permanece ahora. Y no hablo de quien menciona o recuerda Twin Peaks, Los Soprano, Lost, Master & Commander o Mad Men, sino de obras de casi hoy mismo. A poco que se descuide, un espectador corre el riesgo de descubrir Juego de tronos, Día de lluvia en Nueva York, True detective, Justified o Sherlock, entusiasmarse con ellos, mirar alrededor y no encontrar a nadie con quién comentarlo.

Es éste un siglo que en memoria audiovisual da pocas oportunidades. El paso del tiempo y la moda, el bombardeo de nuevos productos, incluye continuas sentencias al olvido. Y combatirlo no es fácil. Sentar a un adolescente ante una pantalla para que conozca una obra maestra clásica parece empresa de titanes; pero a veces el resultado es sorprendente, y películas como Blade Runner, El gran azul o Los duelistas, series televisivas como The Wire, Deadwood o Hermanos de sangre, son acogidas con entusiasmo por cualquier chico medianamente culto a los diez minutos de visionado. Sin embargo, pocas veces damos a un joven esa oportunidad. Sobre todo, porque padres y educadores pertenecen, también ellos, a esas generaciones por la que todo pasa ya sin tiempo a asentarse, camino de ser rancio pasado. Del mismo modo que muchos museos tienen ya más carteles, videos y colorines que piezas expuestas, a fin de facilitar recorridos superficiales y rápidos, hasta Netflix y YouTube permiten ahora al espectador acelerar la velocidad de visionado para que se consuma con más prisa y pasemos a lo siguiente. No son ya las películas ni la televisión, sino el mundo donde deseamos estar; viviendo, mirando, consumiendo con enloquecida rapidez. Nos hemos vuelto tan superficiales y voraces que las obras maestras apenas generan discípulos, porque no les damos tiempo de tenerlos. Las olvidamos apenas empiezan a vivir. 

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Retro

No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez

Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.
Araceli Hidalgo, de 96 años, primera vacunada de España contra la covid-19.PEPE ZAMORA – POOL/GETTY IMAGES / GETTY IMAGES

 

Dicen que para la mayoría el año pasado ha sido el peor de sus vidas. Les envidio la existencia feliz que han debido llevar hasta 2020. No dudo que muchos de los afectados por el virus lo han pasado mal, incluso muy mal. Pero que los demás no hayan padecido nunca nada más grave que el confinamiento, las limitaciones de movilidad o el alejamiento temporal de sus seres queridos… vaya, me parece una gran suerte. Yo cambiaría gustoso esos razonables incordios, que sólo me han fastidiado y aburrido, por lo sufrido en mis épocas realmente malas. Y eso que hasta hace poco creí haber sido afortunado…

Lo más interesante que hice en 2020 fueron ejercicios en busca del tiempo perdido. No supongo que el pasado siempre haya sido mejor, lejos de ello, pero sé que tuvo cosas que merece la pena volver a paladear aunque sea por última vez. Es una de las pocas ventajas de la vejez, porque los jóvenes apenas tienen nada que recuperar. Por ejemplo, cuando la nonagenaria recibió la primera vacuna dijo que se encontraba bien “gracias a Dios”. Si tuviera siete décadas menos o fuese una valkiria del Ministerio de Igualdad, habría asegurado “jo, tía, mola que te cagas”. Ya sé que ambas fórmulas expresan gratitud y esperanza, pero cuanto más oigo la segunda más me gusta la primera. Me he pasado estos días volviendo a ver películas de los años cincuenta y sesenta: me encantan porque en ellas todo el mundo fuma y nadie dice tacos. En Nochevieja vi Los primeros hombres en la luna de Nathan Juran, estrenada cinco años antes de que se desembarcara en el satélite. Una delicia. Los protagonistas, liderados por Lionel Jeffries, viajan en una victoriana esfera con puntas, muy semejante al coronavirus…

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El ángel exterminador: la cuarentena y la fragilidad humana

La vida es misteriosa, incierta, fascinante, en ocasiones incoherente y expuesta a infinidad de interpretaciones y situaciones que se nos salen de las manos, Luis Buñuel partió de esta premisa, para la realización de una de sus películas más inquietantes y que describen de una manera precisa lo que ha sido el 2020 para la especie humana, El ángel exterminador.

Por Sandra P Medina

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Fotograma de de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Lejos de adentrarse en los convencionalismos, la imaginación en extremo delirante de Buñuel, nos permite explorar las consecuencias de un enclaustramiento que va sacando a flote, lo más degradante y salvaje del ser humano, desde la perspectiva burguesa.

Rodada en México en blanco y negro se estrenó en 1962, durante el exilio de Buñuel en dicho país, a causa de la Guerra Civil española; el cineasta aragonés junto con Luis Alcoriza, escribieron un guion, que en un principio rotularon, Los náufragos de la calle Providencia, pero Buñuel recordó que su amigo José Bergamín, le había comentado sobre una obra teatro que quería titular, El ángel exterminador, nombre que Buñuel encontró extraordinario, así que le escribió a Bergamín para preguntarle sobre su obra, y éste le respondió que no había llevado a cabo el proyecto, además el título lo había sacado del Apocalipsis, y podía utilizarlo sin problema.

La película inicia con el primer plano de un letrero que dice “Calle de la Providencia” un barrio de la alta sociedad en México, luego ingresamos a una acogedora mansión donde la servidumbre esta atareada con los preparativos de una comida que se está por realizar, en cuanto terminan sus labores, les entra una necesidad inexplicable de abandonar la casa dejando solo a Julio (Claudio Brook) un rígido mayordomo, educado por los Jesuitas.

Paralelo a ello, entran en la casa sus dueños, el matrimonio Edmundo (Enrique Rambal) y Lucía Nobile (Lucy Gallardo) con un grupo de amigos con los que estaban disfrutando de una sesión de ópera de Donizzetti.

El preámbulo para ingresar en ese misterio que se empieza a apoderar del lugar, es cuando se repiten una serie de diálogos y situaciones.

Después de la cena, Los Nobile y sus invitados, entran al salón de estar para tomar unos tragos y escuchar una sonata de Paradisi, tocada en el piano por Blanca (Patricia Morelos). En el momento de partir a sus respectivos hogares, los visitantes se sienten impotentes para salir del salón (como esos ataques de pánico que se transforman en agorafobia y lo inhiben a uno para enfrentarse al mundo exterior) sin razón alguna, el sueño y el cansancio se apoderan de ellos y deciden quedarse a dormir en la mansión.

Al día siguiente, el mayordomo les lleva el desayuno, y también queda atrapado en el lugar. La situación se prolonga durante los días posteriores, y develará un interrogante con respecto a la convivencia y sus delgados hilos que se quiebran ante la desesperación. La vida en una mansión, se convierte en un “campamento de gitanos” como despectivamente lo dice uno de sus elitistas personajes.

En el exterior de la casa “declarada en cuarentena como si fuera una epidemia” se agolpa un grupo de personas y la policía, que intentan fallidamente entrar al aposento para liberar a los recluidos.Esa imposibilidad de satisfacer un deseo tan sencillo como salir del salón, ocurre a menudo en las películas de Buñuel, es el caso de La edad de oro (una pareja que quiere unirse pero no lo logra) y en Ese oscuro objeto del deseo (un hombre entrado en años que quiere satisfacer sus necesidades sexuales pero no puede) un pensamiento insignia en la obra de Buñuel, donde el encierro y la frustración, manifiestan su convicción de que la libertad es una quimera que se ve oprimida por las jerarquías sociales, la religión, la política y por qué no, el imponente subconsciente muy a fin con el surrealismo, que se encarga de estudiar las aterradoras capas de la mente, que se abren a través del mundo onírico, y en ocasiones nos limitan y aprisionan.

Las largas secuencias de El ángel exterminador así lo determinan, en un escenario claustrofóbico, cargado de claroscuros como en los sueños, que Gabriel Figueroa logró capturar con habilidad, dejando en evidencia el deterioro de una clase social, que por primera vez se ve privada para saciar sus necesidades más básicas.

 

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Cartel original de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Un juego kármico que Buñuel registró desde su crítica visión hacia la burguesía, la condición humana y la religión, tanto afuera como adentro, el desastre es inminente porque no tenemos autonomía de pensamiento, somos como “corderos” en fila cegados por las tendencias, la repetición de las masas, la inmediatez de leer solo el título de un artículo y no su contenido, y el temor de vernos rechazados por no lograr encajar en la frivolidad que reina en la deteriorada humanidad.

Buñuel, el visionario que debe estar desde algún lugar de La Vía Láctea tomándose un Dry Martini, mientras nos observa bajo su lente siendo partícipes de su propia creación, El ángel exterminador.

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