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La triste razón de porqué las ballenas de Bryde abren la boca para atrapar peces

En reddit se hizo viral el video de una ballena abriendo su boca como una trampa para capturar peces. Muchos nos sorprendimos de la inteligencia…

Planeta Curioso – Las Curiosidades del mundo increíbles, raras y extrañas

Un viaje por el fascinante cementerio de árboles en el desierto de Namibia

Por su aspecto surrealista es conocido como el lugar “muerto” más bello de la Tierra.

El Dead Vlei en el desierto de Namibia, es uno de los lugares más misteriosos del planeta y más hermosos a la vez. Por mucho tiempo fue un misterio ver árboles muertos permanecer intactos en el desierto de Namibia. Ahora, es un paraíso para los fotógrafos que aman los contrastes y colores.

Ghost dance by Jirawat Plekhongthu on 500px.com

El Dead Vlei, suele traducirse como “valle de la muerte”. Pero muchos aseguran que Vlei (en el idioma afrikáans), significa “lago o pantano”, por lo que en realidad se traduciría “pantano o lago de la muerte”.

Se encuentra situado entre las dunas más altas del mundo, algunas de las cuales superan el Empire State Building (381m) y miden alrededor de 1.312 pies (400 metros) de altura.

Shadows by Catalin Mitrache on 500px.com
Namibia – Deadvlei by Fabrizio Fenoglio on 500px.com
Petrified Trees of Deadvlei by Luke Whitman on 500px.com
Dead Vlei III by Hans Gasser on 500px.com
Dalì by Francesco Riccardo Iacomino on 500px.com

El Dead Vlei es ahora una tierra seca y desértica que una vez contuvo un río y albergó muchos árboles y plantas en medio del desierto. Pero hace unos 900 años que el clima cambió y las dunas imponentes bloquearon el acceso del agua al lago.

Sin agua los árboles (kameeldoringboom) murieron, pero el clima extremo les impidió desintegrarse normalmente. Por eso, permanecen perfectamente conservados los esqueletos de aquellos árboles que atestiguan que hace mucho tiempo ese lugar estuvo rebosante de agua y vida.

Por su aspecto surrealista es conocido como el lugar “muerto” más bello de la Tierra.

Deadvlei by Mark Holdefehr on 500px.com
Un viaje por el fascinante cementerio de árboles en el desierto de Namibia
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Este artículo se publicó originalmente en planetacurioso.com el 21 de noviembre de 2018. Actualizado el 4 de enero de 2021.

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¿Es verdad que las plantas “ven” y “hablan” entre ellas?

En un vídeo viral, el investigador Stefano Mancuso explica que las plantas pueden “ver sin ojos” y detectar la presencia de otras plantas. Analizamos el contenido del vídeo con dos especialistas

¿Es verdad que las plantas “ven” y “hablan” entre ellas?

¿Es verdad que las plantas “ven” y “hablan” entre ellas? Pixabay

En las imágenes vemos el crecimiento de una planta de la judía hacia arriba y en busca de un soporte al que aferrarse. En la secuencia, que muestra en pocos segundos un proceso de varios días, la planta parece tener clarísimo hacia dónde se tiene que dirigir. “Esta planta sabe exactamente dónde está el soporte e intenta hacer todo lo posible para alcanzarlo”, explica el científico Stefano Mancuso, que es el autor del experimento. “Casi puedes sentir el esfuerzo”. A continuación pone otra grabación en la que vemos el crecimiento de dos plantas que parecen “competir” por aferrarse a un poste central. “Cuando hay una ganadora, la otra cambia de dirección”, dice Mancuso. “La segunda planta no solo es consciente del soporte, sino de que hay otro organismo”.

El vídeo pertenece a una charla ofrecida por el investigador italiano en 2016 en Madrid, durante el evento TEDxGranVíaSalon, pero ha cobrado actualidad después de que un fragmento de la presentación se hiciera viral en redes sociales. En la charla completa, Mancuso aborda un tema que es su principal línea de investigación: ¿son las plantas inteligentes? ¿Hasta qué punto podemos decir también que son “conscientes”? “Las plantas son capaces de ver sin ojos, de oír sin orejas, de saborear, de oler y de respirar, sin órganos”, asegura. “lncluso de memorizar y hacer cálculos sin cerebro”. Todo esto que afirma Mancuso es un campo de investigación abierto y sus afirmaciones se mueven en un terreno resbaladizo, no por lo que dicen, sino por lo que sugieren: que las plantas tienen una especie de consciencia similar a la nuestra. Para analizar hasta qué punto es cierto lo que dice y lo que muestran los vídeos, en Vozpópuli hemos hablado con los de los mayores expertos españoles en plantas.

La investigadora y especialista en plantas Rosa Porcel (@Bioamara en redes) cree que el contenido del vídeo viral “hay que cogerlo con pinzas”. “Pero no porque Mancuso se invente nada, porque es un buen investigador, sino porque es muy fantasioso a la hora vender sus ideas”. En general sí es cierto que hay comunicación entre las plantas, que “oyen”, que emiten sonidos y que incluso llegan a tener memoria, explica a Vozpópuli. “Es verdad que las plantas tienen comportamientos alucinantes, pero el que una planta tenga conciencia de dónde está y de lo que tiene alrededor no está demostrado, y nos puede conducir a una conclusión errónea porque tendemos a atribuir cualidades humanas a los comportamientos vegetales”.

“Tendemos a atribuir cualidades humanas a los comportamientos vegetales”

El catedrático de la Universidad Jaume I de Castellón, Aurelio Gómez-Cadenas, es de la misma opinión. “El vídeo está muy bien, pero no sé cómo lo han hecho”, asegura. El especialista en plantas señala que la luz que se ve en el fondo no es uniforme y que ese pequeño gradiente de luz hacia la derecha podría estar haciendo que se incline hacia la zona del poste, de forma un poco forzada. “En realidad la planta lo que está haciendo en las fases iniciales es fototropismo, es buscar la luz, y lo hace explorando con un gran abanico de movimientos de izquierda a derecha”, señala. “Y cuando hace contacto con un obstáculo, se aferra a él”. Para Rosa Porcel, hay otro elemento en la primera grabación – a falta de tener los detalles del experimento completo – que le induce a pensar que la tiene un pequeño “truco”. Cuando empieza la secuencia, la planta ya está inclinada a la derecha, de modo que tal vez colocaron el soporte después, una vez iniciada la tendencia, haciendo más sencillo el resultado. “Desconocemos la frecuencia de la luz, el fotoperiodo, longitud de onda, y ese podría ser un factor clave”, señala. “Todos estos pequeños detalles determinan el crecimiento y el movimiento de la planta, como si hay algún tipo de corriente de aire, el periodo de oscuridad de cada día… Son parámetros que se escapan y que son importantísimos”.

Un brote creciendo hacia la luz

Un brote creciendo hacia la luz Pixabay

Para Porcel, todo lo que sucede en el vídeo de la planta de la judía tiene una explicación más sencilla, mediante procesos físico-químicos bien estudiados, que no requieren esta interpretación antropomórfica de su compartimiento. En su libro recién publicado, “Eso no estaba en mi libro de Botánica” (Almuzara, 2020), Porcel dedica todo un capítulo a este tema cuyo título es suficientemente elocuente: “Las plantas no tienen cerebro, ni falta que les hace”. Es sabido, por ejemplo, que las plantas pueden detectar la presencia de otras plantas mediante señales químicas, por lo que, si en el vídeo de Mancuso en vez de un soporte artificial la planta se hubiera aferrado al tronco de un árbol, se podría afirmar con más rigor que está detectando la presencia de otra planta. “Las plantas no hablan, pero tienen su propio lenguaje”, asegura Porcel. El olor del césped recién cortado, por ejemplo, no es más que la emisión de compuestos volátiles que las plantas están emitiendo al ser “agredidas” y en ocasiones esta señal puede comunicar el estrés a otras plantas a mucha distancia. Hace más de 30 años, la muerte de cientos de antílopes en un parque de Sudáfrica, llevó a los científicos a descubrir que las acacias no solo habían respondido a la sobrepoblación de estos animales generando toxinas que los envenenaban, sino que en zonas a muchos kilómetros, donde los antílopes no habían llegado, las acacias estaban reaccionando igual. Les había llegado por el aire el aviso químico de las primeras.

“No hace falta pensar que las plantas tienen una especie de conciencia para explicar el vídeo”

Estas señales químicas podrían explicar perfectamente por qué en el segundo de los vídeos de Mancuso la planta que llega tarde al soporte parece detectar la presencia de la otra. Esto es de lo más natural, aunque Gómez-Cadenas cree que lo que sucede al final es que la segunda planta se aferra al palo y crecerá trepando desde más abajo, y no lo que sugiere el científico italiano cuando dice que desiste de aferrarse (es muy frecuente que dos trepadoras crezcan en el mismo soporte). De cualquier manera, este “respeto” de la distancia entre las propias plantas se puede ver en cualquier parque o cualquier bosque, donde el follaje entre dos árboles genera una frontera visible entre sus hojas que se conoce con el bonito nombre de “timidez”. “Porque la planta no solo detecta las señales químicas de otras plantas, sino también tiene receptores de luz, llamados fitocromos”, explica Gómez Cadenas. “De hecho tiene receptores de tres tipos, para la luz azul, la roja y la infrarroja, de tal manera que interpolando la forma en que se excitan, la planta se da cuenta de que la intensidad de luz ha cambiado porque hay algo entre el sol y ella y percibe a otros vecinos”.

Fenómeno de fisuras de timidez

Fenómeno de fisuras de timidez Wikimedia Commons

Esto se ve muy claramente en muchos experimentos de laboratorio y en un comportamiento de las plantas conocido como “síndrome de escape de la sombra”, que consiste en hacer crecer su tallo de manera espectacular en pocos días cuando detectan la presencia de una sombra, para poder garantizarse el acceso a la luz solar. “El mecanismo que siguen las judías trepadoras es muy similar, pero opuesto”, apunta el experto. “En este caso buscan una sombra, buscan una zona opaca porque la interferencia con la luz les dice que allí hay algo donde sujetarse y crecer. Es así como pueden detectar el soporte”. Es decir, que no hace falta pensar que las plantas tienen una especie de conciencia sobre lo que les rodea, sino que están usando la información química y lumínica mediante mecanismos que han evolucionado durante millones de años y que les ayudan a ahorrarse disputas inútiles por la luz. “Siempre interpretamos los movimientos con una visión antropocéntrica”, asegura Gómez-Cadenas, “pero lo hace a su manera, interpretando los estímulos que le interesan para sobrevivir”.

“Oyen” y “ven”, pero no piensan

En los últimos años hay un aluvión de descubrimientos sobre las plantas que pueden dar lugar a titulares equívocos e interpretaciones erróneas. Las raíces tienen lo que se denomina “hidrotropismo positivo”, es decir, que crecen en la dirección en la que van detectando una presencia un poco mayor de agua. “La forma sensacionalista de decir esto mismo es ‘las plantas guían sus raíces hacia las fuentes de agua escuchando las vibraciones de las tuberías’”, describe la investigadora. Hay otros muchos estudios impactantes sobre cómo las plantas pueden reaccionar ante estímulos que pensamos que solo podemos captar los animales, como los sonidos. En un estudio con Arabidopsis thaliana, investigadores de la Universidad de Missouri comprobaron que las plantas se estresaban con el sonido de orugas comiendo hojas y no con otros sonidos de control, como el de otros insectos o el viento. “Por tanto, no solo “oyen” sino que son capaces de diferenciar los tipos de sonidos seleccionando y reaccionando entre los que suponen una amenaza y los que son inofensivos para ellas”, escribe Porcel en su libro.

Una de las fuentes más frecuentes de error está en un campo que se ha bautizado como “Neurobiología de las plantas”, y en el que Mancuso es especialista. El término ya parte de un malentendido, puesto que las plantas no tienen neuronas ni sistema nervioso, pero como organismo vivo responden a los estímulos externos mediante un complejo mecanismo de señales químicas que evolutivamente les ha servido para defenderse a pesar de no poder escapar del peligro desplazándose de un sitio a otro. El descubrimiento de que en este sistema intervienen algunas moléculas como el glutamato, que en los animales funciona como neurotransmisor, o que las plantas pueden “memorizar” procesos, no ha hecho más que aumentar la confusión.

“La perspectiva de Mancuso difiere de la de muchos otros científicos que también investigamos con plantas”

Esto ha llevado a algunos científicos a asimilar la frenética actividad metabólica de las plantas con la que tiene que lugar entre las neuronas de los animales, pero esta analogía no está justificada. “Mancuso es un científico de reconocido prestigio, pero cuya perspectiva difiere de la de muchos otros científicos que también investigamos con plantas”, señala Porcel. “Si la pregunta es si las plantas son inteligentes”, concluye, “y entendemos inteligencia como la capacidad de procesar información y actuar en consecuencia, no hay duda de que las plantas lo hacen”. “Ahora bien”, sentencia, “si lo que se quiere decir es que tienen consciencia, eso está por demostrar “. Sacar esa conclusión a partir de estos vídeos es, por tanto, un salto demasiado grande.

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¿Se pueden “enamorar” un pulpo y una persona?

“Lo que el pulpo me enseñó” (Netflix) narra la peculiar relación entre el protagonista y un cefalópodo. Exploramos qué hay de real y hasta qué punto dos especies tan diferentes pueden relacionarse.

¿Se pueden “enamorar” un pulpo y una persona?

¿Se pueden “enamorar” un pulpo y una persona? My Octopus Teacher | Netflix

En el año 2017, mientras grababa escenas submarinas en un bosque de kelp en Ciudad del Cabo para la BBC, el veterano documentalista Craig Foster se encontró con un pulpo que tenía un comportamiento muy especial. Aquel animal se camuflaba en el entorno fabricando una armadura improvisada con conchas y piedras mientras esperaba a que los tiburones pasaran de largo. A partir de aquel momento, Foster empezó a seguir al pulpo cada día hasta ganarse su confianza y se dio cuenta de que aquella relación era una historia en sí misma. Esa historia es la que cuenta la película documental “My octopus teacher” (traducido en España como “Lo que el pulpo me enseñó“), un trabajo que se ha colocado entre los mayores éxitos de la plataforma Netflix a pesar de ser un documental sobre naturaleza.

La pregunta que se hace el espectador nada más terminar de ver el documental es hasta qué punto lo que acaba de ver es real o ha sido hábilmente reconstruido por los autores. Ellos mismos explican que todas las escenas clave en las que aparece el pulpo son el material original filmado por Craig Foster y su equipo durante el año en que documentaron la vida submarina en este bosque de algas. Al principio el propio ecosistema iba a ser el protagonista de la película, pero pronto la relación de amistad/amor que empezaron a vivir el documentalista y la hembra de pulpo común (Octopus vulgaris) se impuso sobre todo lo demás. “El encuentro con el pulpo es real. ¿Cuánta fue la implicación emocional? No lo sé, pero posiblemente la hubo”, explica Jennifer Mather, investigadora de la Universidad de Lethbridge, en Canadá, y la mayor especialista mundial en la psicología de los pulpos. Mather está segura de que el pulpo que aparece en las escenas es siempre el mismo, porque es verdaderamente extraordinario que uno de estos animales tenga la confianza suficiente como para interaccionar con un humano. “No hay manera de que tuvieran diez pulpos que se acercaran a Craig,”, explica a Vozpópuli. “Eso no sucede”.

“No hay manera de que tuvieran diez pulpos que se acercaran a Craig. Eso no sucede”.

La implicación de Mather en el documental comenzó de forma indirecta, cuando la BBC le contactó para asegurarse de que la escena del pulpo camuflándose con un traje improvisado de conchas, que incluirían en la serie “Blue Planet II”, era real. “Me escribieron un correo electrónico y me pidieron que les ayudara para estar seguros de que aquello era auténtico”, recuerda. Y no solo era real, sino que era bastante único. “Nadie había visto aquello antes, incluyéndome a mí, y lo encontré fascinante”, asegura. Se trata de una extensión de una habilidad general de los cefalópodos para camuflarse. En concreto, apunta Mather, los pulpos se esconden en grietas en las rocas y colocan conchas en frente para protegerse: es habitual que las cojan y tapen su refugio con ellas. “Hay un pulpo muy conocido que usa cáscaras de coco en Australia”, afirma. “Pero no había visto nada como aquello y pensé que era fabuloso”.

A partir de aquel primer contacto, el equipo de Pippa Ehrlich, la directora del documental de Netflix, le pidió asesoramiento a Mather para interpretar las escenas y respaldar científicamente la película. Y aquí es donde entra la parte más interesante. ¿Hasta qué punto es posible que un pulpo y una persona establezcan una relación, del tipo que sea, teniendo en cuenta que se trata de criaturas tan diferentes? En la película, la pulpo protagonista se acerca a Craig con curiosidad y se sube a su mano y a su pecho, e incluso le acompaña sin miedo hasta la superficie, en una relación de confianza que se prolonga en el tiempo y que a Craig le afecta muchísimo emocionalmente, hasta el punto de que admite que “se ha enamorado” del cefalópodo.

¿Una barrera entre especies?

“Los pulpos tienen una personalidad muy fuerte, la mayoría de ellos no te dejarán acercarte nunca”, explica Mather. “Ocasionalmente un pulpo puede venir a investigarte. En toda mi carrera creo que solo ha sucedido una vez”. Para la investigadora, la confianza que adquieren ambos protagonistas es “fascinante”. “He observado a los pulpos en la naturaleza durante muchos años y nunca he visto ese tipo de confianza”, asegura. A su juicio, no se puede decir que la relación entre pulpo y humano fuera como las que tienen algunos naturalistas con lobos o primates, dadas las diferencias evolutivas entre ambos. “No hay el apego emocional que uno ve en las fotos de Jane Goodall con los chimpancés. Los pulpos no tienen eso. Pero sí creo que pueden adquirir confianza”, sostiene Mother. Para un pulpo la confianza es difícil, pero posible”.

“Para empezar, el pulpo es un animal que vive en el fondo marino, lo que hace todo mucho más difícil”, observa Ángel González, investigador del Instituto de Investigaciones Marinas del CSIC y especialista en el estudio de los pulpos. “Puedes estudiar una manada de elefantes, pero todo lo que vive en el fondo marino es mucho más incontrolable”. Las interacciones de Craig, que bucea sin botella, son ocasionales, así que quizá para el pulpo el humano no es más que una presencia que va y viene cada dos minutos. Además, el pulpo es un animal salvaje, recuerda el científico, y su objetivo es desarrollarse rápido y poner muchos huevos, una estrategia muy distinta en un perro o un vertebrado. “Al principio el pulpo escapa, pero si ve todos los días al buceador es capaz de aprender que hay algo ahí que es grande pero no se lo quiere comer, que en el día a día no le ataca, y eso forma parte de la capacidad de aprendizaje del pulpo, efectivamente”.

“Las motivaciones del pulpo son la curiosidad y el miedo. Todo lo que le rodea se lo quiere comer”

“El pulpo es un animal solitario y sus motivaciones son la curiosidad y el miedo”, subraya Mather. “Su problema es que todo lo que le rodea se lo quiere comer. Pero al mismo tiempo el pulpo es capaz de hacer planes para el futuro y eso hace que tenga una gran curiosidad”. Ángel González trabaja con pulpos en cautividad y sabe que su extraordinaria inteligencia les permite recordar y planificar. “Efectivamente, si están en un acuario y les das de comer, parece que te están esperando”, asegura. “Para ellos hay una mano que viene todos los días, te reconocen y saben, pero de ahí a que haya una amistad hay un gran trecho”. Lo que sí es seguro es que están deseando escapar y diseñan todo tipo de estrategias para salir del acuario por cualquier rendija. “A veces te los encuentras pegados a una pared o encima de una puerta”, asegura el investigador. “Ellos intentan curiosear y escapar, no son como el resto de animales”.

La doctora Mather sabe que los pulpos son capaces de reconocer a personas concretas, de hecho ella participó en los experimentos que lo demostraban. Hay muchos testimonios de pulpos en cautividad que reconocen a un cuidador en concreto y le lanzan un chorro de agua cada vez que lo ven cerca. “Te voy a contar una anécdota”, anuncia divertida durante nuestra videoconferencia desde Canadá. “En el acuario de Seattle tienen un pulpo gigante del Pacífico y sobre él luce una luz toda la noche. Y creo que no le gusta mucho, porque disparó un chorro de agua a la bombilla y causó un cortocircuito que apagó la luz”, se ríe. En su trabajo Mather también está intentando desentrañar cómo es el mundo perceptivo de los pulpos, su unwelt o manera de integrar la realidad. Sabemos que a pesar de que sus cromatóforos reproducen vivos colores, estos animales son ciegos al color y su visión se basa principalmente en la percepción de la luz polarizada. Y diversos experimentos demuestran que la percepción de cada ojo es procesada individualmente, como si tuvieran una “consciencia” dual de la realidad. Su universo es, además, más táctil que visual, y mucha de la información se procesa individualmente en cada uno de sus ocho tentáculos. Su motivación es sobre todo el miedo a ser comidos, incluso por sus propios congéneres, porque practican con frecuencia el canibalismo. En este contexto, pensar que un pulpo va a vincularse emocionalmente a un ser humano, parece algo más que una licencia.

Una relación “asimétrica”

“Si tuviese que predecir qué puede sentir un pulpo en una relación con un humano, tacharía de la lista cualquier cosa que el humano pudiera describir como una relación social, porque los pulpos no son sociales, no interactúan con sus crías, no tienen por qué experimentar nada que sea parecido a lo que experimenta un ser humano, más allá de curiosidad, sensación quizá de protección…”, asegura el biólogo Antonio José Osuna Mascaró, que lleva años investigando la inteligencia y procesos cognitivos en animales. La conclusión que sacó del documental es que no tiene trampa, porque “no habla de las cosas como son, sino de cómo las interpreta el protagonista”. “Hay que tener en cuenta que el tipo está hablando de su propia experiencia, y asumir en algún momento que esa experiencia es simétrica sería un error”, argumenta Osuna. “Porque la forma en que un pulpo experimenta las relaciones sociales es absolutamente diferente a lo que el hombre pueda experimentar. Que se pueda habituar a la presencia del humano, que sea capaz de reconocer y decir “con este tipo no tengo miedo” y puedo expresar mi curiosidad y puedo acercarme y explorarlo, eso sí”, concluye. “Pero asumir que es una relación simétrica sería un error terrible”.

“Asumir en algún momento que esa experiencia es simétrica sería un error”

“Una persona se puede enamorar de un pulpo, como le pasa al protagonista en el documental”, admite Ángel González. “Enamorado en el plano anímico y de proximidad, en el sentido de que el pulpo le cautivó y le marcó. Pero respecto al apego de un pulpo a una persona, ellos no tienen tanto tiempo como para establecer un vínculo. La prueba es que con cualquier mínimo susto o percance el pulpo desaparece y el protagonista se pasa buscándolo varios días. El pulpo no acude a avisarle de dónde está para retomar sus contactos. Solo quiere sobrevivir y escapar de las amenazas”. Por otro lado, está claro que Craig idealiza la relación y obtiene como recompensa la satisfacción de ver la evolución de este animal en su entorno. Pero, ¿obtiene el pulpo algo a cambio que le haga mantener esa relación de confianza? “No creo que ella obtenga mucha protección, porque sigue habiendo tiburones y otras amenazas a su alrededor”, explica la doctora Mather. “Creo que ella aprende que Craig no le va a hacer daño, pero no obtiene nada más a cambio”.

Una imagen del documental

Una imagen del documental My Octopus Teacher | Netflix

En su libro “Otras mentes”, el filósofo Peter Godfrey-Smith se plantea muchas de estas cuestiones, sobre cómo es la inteligencia de los pulpos y cómo ellos perciben el mundo. ¿Cómo integran otros seres sus experiencias sensoriales? ¿Cómo sería percibir el mundo como ellos? A este respecto, Mather adelanta que ella y otros investigadores están trabajando en el diseño de experimentos que permitan a los cefalópodos controlar su entorno y comunicarse, pero queda un larguísimo camino por delante. Aun así, desde esta perspectiva, la pregunta más trascendente que nos plantea la película “Lo que el pulpo me enseñó” ya no es tanto si un cefalópodo y un Homo sapiens se pueden tomar aprecio, sino ¿cómo sería este mismo documental si lo filmáramos desde el punto de vista del pulpo?

¿Cómo sería el documental si lo filmáramos desde el punto de vista del pulpo?

Teniendo en cuenta que su visión se basa en la polarización de la luz, que acceden a buena parte de su realidad con los tentáculos, que tienen una especie de conciencia dual y que su único vínculo con otras criaturas es para huir de ellas o intentar comérselas, lo más probable es que nuestra Julieta de ocho patas no reparara demasiado en la presencia de este Romeo. De lo único que estamos seguros, advierte el biólogo Antonio José Osuna, es de que, si la historia de esta “relación” la contara el pulpo, “no entenderíamos absolutamente nada”.

Sí, el agua de la lluvia puede mover montañas

Pueden «succionar» las rocas y hacer que las formaciones montañosas se eleven, según un estudio de la Universidad de Bristol

El Ta Dzong con vistas al valle de Paro, en el oeste de Bhután

El Ta Dzong con vistas al valle de Paro, en el oeste de Bhután – Byron A. Adams

 

Desde pequeños nos han enseñado que los ríos erosionan el paisaje, creando valles, desfiladeros y cañones. Pero los científicos llevan años pensando que quizá el agua de la lluvia también perfila la silueta de la naturaleza, moldeando a voluntad las montañas y elevándolas aún más. Ahora, un nuevo estudio de la Universidad de Bristol (Inglaterra) publicado en « Science Advances» ha hallado evidencias para respaldar esta teoría, calculando de forma precisa el impacto de las gotas en las grandes formaciones rocosas.

Tomando como referencia las cadenas montañosas del Himalaya, los investigadores han comparado la geología de la zona con el histórico de precipitaciones. Además, a partir de estos datos, se pueden crear modelos para llevar a cabo pronósticos del posible impacto del cambio climático en los paisajes o su relación con la actividad volcánica.

«Puede parecer intuitivo que la lluvia pueda dar forma a las montañas al hacer que la crecida de los ríos tenga más fuerza para erosionar las rocas. Pero los científicos también han creído que la lluvia misma puede erosionar un paisaje lo suficientemente rápido como para “succionar” las rocas de la Tierra, lo que, efectivamente, levanta montañas muy rápidamente», explica Byron Adams, miembro de la Royal Society Dorothy Hodgkin Fellow en el Instituto Cabot para el Medio Ambiente de la universidad, y principal autor del estudio. «Ambas teorías se han debatido durante décadas porque las mediciones necesarias para probarlas son muy complicadas. Eso es lo que hace que este descubrimiento sea un avance tan emocionante, ya que apoya firmemente la teoría de que los procesos atmosféricos y terrestres sólidos están íntimamente conectados».

Utilizando relojes cósmicos

El estudio se basó en el Himalaya central y oriental de Bután y Nepal, ya que esta región se ha convertido en uno de los paisajes más muestreados. Adams, junto con colaboradores de la Universidad Estatal de Arizona (ASU) y la Universidad Estatal de Louisiana, utilizó relojes cósmicos dentro de granos de arena para medir la velocidad a la que los ríos erosionan las rocas bajo de ellos.

«Cuando una partícula cósmica del espacio exterior llega a la Tierra, es probable que golpee granos de arena en las laderas mientras se transportan hacia los ríos. Cuando esto sucede, algunos átomos dentro de cada grano de arena pueden transformarse en un elemento raro. Contando cuántos átomos de este elemento están presentes en una bolsa de arena, podemos calcular cuánto tiempo ha estado allí y, por tanto, lo rápido que se ha erosionado el paisaje», aclara Adams.

Un modelo único con múltiples aplicaciones

Una vez que se tienen las tasas de erosión de toda la cordillera, se pueden comparar con las variaciones en la pendiente del río y las precipitaciones. Sin embargo, cruzar los datos es una ardua tarea. Para salvar este escollo, el equipo combinó técnicas de regresión lineal junto con modelos matemáticos. «A pesar de que probamos con muchos modelos, solo uno pudo predecir con precisión las tasas de erosión reales -afirma Adams-. Este nos permitió por primera vez cuantificar cómo las lluvias afectan las tasas de erosión en terrenos accidentado».

Kelin Whipple, profesor de geología en ASU, y colaborador en el estudio, apostilla: «Nuestros hallazgos muestran lo importante que es tener en cuenta la lluvia cuando se evalúan patrones de actividad tectónica utilizando la topografía, y también brindan un paso esencial para abordar la tasa de deslizamiento en las fallas tectónicas pueden ser controladas por la erosión en la superficie impulsada por el clima». Además, este estudio tiene implicaciones importantes para la gestión del uso de la tierra, el mantenimiento de la infraestructura y los peligros en el Himalaya.

Los descubrimientos también sugieren que una mayor cantidad de lluvia puede socavar las laderas, aumentando el riesgo de flujos de escombros o deslizamientos de tierra, algunos de los cuales pueden ser lo suficientemente grandes como para represar el río y crear un nuevo peligro: las inundaciones repentinas. Por otro lado, esta metodología puede servir para arrojar luz sobre los procesos volcánicos. «Con nuestras técnicas para medir las tasas de erosión y las propiedades de las rocas, podremos comprender mejor cómo los ríos y los volcanes se han influenciado mutuamente en el pasado», señala Adams.

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Los animales entienden la muerte más de lo que se pensaba

ANTONIO JOSÉ OSUNA MASCARÓ

PhD Biologist and PhD student, University of Veterinary Medicine, Vienna

SUSANA MONSÓ

Investigadora postdoctoral en ética animal y filosofía de la mente animal, University of Veterinary Medicine, Vienna

Unsplash/Tandem X Visuals
Unsplash/Tandem X Visuals

Dorothy había tenido una vida durísima, una que no desearíamos a nadie. Mataron a su madre cuando ella era muy joven, y a ella se la llevaron para venderla a un parque de atracciones en Camerún. Pasó 25 años de su vida entre cadenas, burlas, alcohol y tabaco. Finalmente fue rescatada y llevada al centro de rescate Sanaga-Yong, y allí pudo hacer las paces con el mundo. Por fin ocho años de calma, se había acabado el sufrimiento. Estos años le sirvieron para reconstruirse, entablar fuertes amistades y acabar por convertirse en una figura respetada y amada por su nueva comunidad de chimpancés.

Dorothy, una chimpancé que se aproximaba a los 50 años de edad, murió de un paro cardiaco el 23 de Septiembre de 2008, pero falleció entre sus seres queridos. Monica Szczupider, una voluntaria del centro de rescate, inmortalizó aquel momento con una fotografía que en 2009 daría la vuelta al mundo gracias a National Geographic.

Los chimpancés de aquella comunidad se amontonaban tras una verja de metal, cada uno de ellos protagonista de una historia terrible con final agridulce. Contemplaban emocionados, manos sobre los hombros de sus compañeros, cómo los cuidadores del centro se llevaban para siempre el cuerpo sin vida de Dorothy.

El éxito de aquella fotografía era quizás predecible. Era muy fácil conectar con la escena. Un individuo querido y respetado era retirado para siempre, ante la impotencia de una sociedad que observaba con las emociones a flor de piel.

Cuidado con el antropocentrismo

El estudio de las reacciones de otras especies ante la muerte es una especialidad a la que llamamos “tanatología comparada”, y tiene una historia muy reciente. Desde las detalladas y conmovedoras descripciones de Jane Goodall, hasta rocambolescas propuestas experimentales actuales con las que se pretenden estudiar las reacciones de los animales ante situaciones extrañas e inesperadas, como altavoces que emiten la voz de elefantes muertos y cabezas animatrónicas.

La tanatología comparada es un campo muy centrado en los primates, y lo es por varios motivos que pueden resumirse en uno: nosotros somos primates.

La muerte tiene una importancia enorme para nosotros y, si vamos a estudiar la forma en la que otras especies reaccionan ante ella, es esperable que nos centremos en aquellas que están lo más cerca posible. Esto obedece a cierta parsimonia evolutiva, pero también a un sesgo que empapa profundamente nuestro pensamiento: el antropocentrismo, una suerte de egocentrismo extendido a todo lo que nos recuerda a nosotros.

En nuestro reciente artículo defendemos que existen dos formas de antropocentrismo que se han interpuesto en el desarrollo de la tanatología comparada. Nos hemos estado equivocando por el efecto distorsionador de dos prismas a través de los cuales observamos el mundo natural: un antropocentrismo intelectual y otro emocional.

La muerte es de una importancia máxima para cada uno de nosotros. El dolor que acompaña la pérdida de un ser querido solo es comparable al terror que despierta el silencio absoluto que nos espera a todos. El miedo resultante ha dado lugar a toda clase de creencias para sofocarlo, con las que nos sentimos fuertemente identificados. Algo tan cargado de emociones, tan humano, es fácilmente sobreestimable. La tanatología comparada no ha quedado exenta de este sesgo.

Tendemos a intelectualizar en exceso la muerte. Ese es probablemente el motivo por el que muchos autores consideran este concepto como algo inalcanzable para otras especies: o la entienden como nosotros, o no lo hacen en absoluto.

A esto se une la forma en la que la muerte encaja en nuestra peculiar cultura WEIRD (acrónimo anglosajón para sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas), en la que los muertos son personas que se desvanecen de nuestra vida y nuestros planes. Esto ha llevado a propuestas teóricas absolutamente faltas de perspectiva.

Algunos de los requerimientos teóricos que se han propuesto como necesarios para entender la muerte son altísimos. Desorbitados. Por ejemplo, la necesidad de una teoría de la mente (la capacidad de crear modelos mentales que representan la mente de otros individuos) o de un concepto de ausencia. Pero la muerte en la naturaleza es mucho más sencilla y mucho más común de lo que es para nosotros. En nuestro mundo urbanita corremos el riesgo de olvidar que los muertos son esencialmente cuerpos rotos sin arreglo.

Esto es algo que Susana Monsó defendió al proponer el concepto mínimo de la muerte. Si liberamos nuestra elaboradísima concepción de la muerte de toda la carga innecesaria, nos queda lo esencial para entenderla: cuerpos que dejan de comportarse como solían y pierden sus funciones para siempre. Entender esto no requiere de mentes privilegiadas, y probablemente muchas especies puedan alcanzarlo, aunque haya diferencias en su manera de concebirla.

Como ya hemos comentado, la muerte no solo es importante para los humanos, también suele ser una tragedia. Si cometemos el error de esperar que otras especies reaccionen como nosotros ante ella, caemos en un antropocentrismo emocional. Este es uno de los motivos por los cuales la tanatología comparada se ha centrado tanto en los primates, pues nos recuerdan a nosotros no solo en el aspecto físico e intelectual, sino también en sus relaciones.

Las reacciones ante la muerte pueden ser muy distintas a la pena o al duelo (aunque hay buenas evidencias de ambos en la naturaleza). El concepto de la muerte es compatible con una infinidad de reacciones emocionales, y el duelo es solo una de ellas.

Pensemos en los depredadores y su relación con la muerte. Imaginemos el leopardo que, tras años abatiendo antílopes, ha aprendido a distinguir el momento exacto en que, tras aplicar el mordisco letal, su presa pierde las funciones vitales. En los cadáveres no solo se desvanecen para siempre las funciones típicas de la vida, también aparecen otras nuevas. Un cadáver es diferente a todos los sentidos. Esto favorece el aprendizaje en animales a los que les puede ir la vida en ello.

No siempre es fácil ser un depredador (los leones solo tienen un 26 % de probabilidades de atrapar a una gacela), y sabemos que el éxito o el fracaso dependen en gran medida de ese aprendizaje. Por ello, los depredadores prestan especial atención a cualquier pista que las presas les puedan proporcionar. Esta atención no solo es evidencia de la capacidad de atender a la funcionalidad, también puede ser el origen de lo que podría ser una evidencia ignorada de la existencia del concepto de la muerte en los depredadores.

¡Hazte el muerto!

Entre los biólogos evolutivos se suele repetir la sugestiva idea de que los machos de pavo real están moldeados por la mente de las hembras. Las preferencias de las hembras han dado forma, con el paso de las generaciones, a las ostentosas colas de los machos. Conociendo la forma y el comportamiento de los machos podemos conocer la mente de esas hembras de pavo real.

Con los depredadores y algunas de sus presas podríamos tener un caso similar.

Nos estamos refiriendo a un fenómeno relativamente extendido en el reino animal: la llamada “tanatosis”. Muchos animales, cuando se ven en peligro, pueden quedar completamente paralizados (desde arañas a tiburones, pasando por gallinas y seres humanos). Esto, en ocasiones, les salva la vida.

En algunos casos, como ocurre con la muerte, no solo desaparece el movimiento, también se añaden funciones nuevas, propias de los cadáveres. Es esa similitud con la muerte a la que la tanatosis debe su nombre. En algunas especies, el mimetismo con la muerte es absolutamente fantástico: adoptan una expresión facial propia de un cadáver y bajan su temperatura corporal. Algunas incluso expulsan sangre por la boca.

Las especies mejor adaptadas a la tanatosis no tienen nada que envidiar al mimetismo de un insecto con forma de hoja y, como dicho insecto, no tienen por qué tener conocimiento alguno de estar imitando algo. Las formas más elaboradas se desencadenan probablemente de forma automática.

La importancia de la tanatosis surge cuando nos preguntamos por la evolución de la misma, pues es la mente de los depredadores la que ha dado forma a dicha imitación de la muerte. Como la cola del pavo real, esta estrategia defensiva nos abre una ventana a la mente de los depredadores, su capacidad para entender la muerte y lo que esperan de ella.

La tanatología comparada es una rama muy reciente de la ciencia, y probablemente nos guarde aún muchas sorpresas. El verdadero interés científico en esta rama de la ciencia comenzó en 2010, justo después de la publicación de aquella fotografía en la que los chimpancés del centro de rescate Sanaga-Yong se despedían de Dorothy.

Aquella fotografía supuso un revulsivo enorme para la sociedad y para la comunidad científica. Tenía todo lo necesario para encajar con nuestro antropocentrismo intelectual y emocional. Ahora es momento de que la tanatología comparada se libere de esas limitaciones y explore por sí misma un mundo mucho más rico y complejo de lo que cualquiera habría esperado. La muerte es común en la naturaleza, y el concepto de la muerte también parece serlo.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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Ante ustedes un cuervo, un ser con consciencia

Estas aves tienen experiencias subjetivas, lo que constituye una forma de consciencia primaria o sensorial. Hasta ahora, esta cualidad solo se había identificado en primates

¿Qué es la inteligencia? ¿Es lo que miden los tests de coeficiente intelectual? ¿O es más bien una suma de cualidades muy diversas que contribuyen a la flexibilidad y la adaptabilidad del individuo? Si es más bien lo segundo, los cuervos son más listos que el hambreplanifican el futuro a partir de su experiencia, son tan buenos como los chimpancés a la hora de evitar ciertos impulsos, usan herramientas, guardan alimentos para la estación siguiente, usan comida para pescar y han demostrado su capacidad de reconocer rostros humanos.

Pero no solo eso. Un estudio publicado recientemente en « Science» ha concluido que los cuervos poseen consciencia primaria o sensorial. En concreto, tienen experiencias subjetivas, una capacidad que hasta ahora solo se había demostrado en primates, y nunca en el pequeño cerebro de las aves. Por eso, este descubrimiento lleva a los investigadores a replantearse en origen de la consciencia.

«Los resultados de nuestro estudio inauguran una nueva forma de estudiar la evolución de la consciencia y sus constricciones neurobiológicas —es decir, qué tipo de estructuras cerebrales son necesarias para que exista—», ha explicado en un comunicado Andreas Nieder, director del estudio e investigador en la Universidad de Tubinga (Alemania).

La capacidad de percibirse a uno mismo

Resulta difícil dar una definición única y aceptada por todos, pero en general la consciencia es la capacidad de percibirse a uno mismo y de percibir al mundo de alrededor. La consciencia humana permite saber qué se sabe y pensar en el conocimiento, que es lo que se conoce como consciencia auto-reflexiva y metacognición, y está muy vinculada con el pensamiento abstracto, el lenguaje y la volición. Además, también se asocia con la capacidad de acceder a una historia pasada y a unos planes futuros. Para el biólogo Gerald Edelman, todo esto constituye la consciencia secundaria.

Según Edelman también existe una consciencia primaria: una forma básica de autopercepción relacionada con la capacidad de experimentar sensaciones subjetivas, que son aquellas que difieren ante la presencia de varios estímulos iguales y de la misma intensidad. Por eso, esta consciencia secundaria también se conoce como consciencia sensorial. En teoría, esta consciencia sensorial es exclusiva de primates, que cuentan con un cerebro altamente especializado y organizado en diversas capas.

Pero ahora, según las conclusiones obtenidas por el equipo de Andreas Nieder, los cuervos también han de estar en el selecto grupo de los primates, porque también tienen sensaciones subjetivas.

Cornejas entrenadas

Estos investigadores entrenaron a dos cornejas negras (Corvus corone) para poder examinar si sus sensaciones están influidas por alguna subjetividad. Para ello, enseñaron a las aves a señalizar con un movimiento de cabeza si percibían un estímulo visual en una pantalla, sobre ellas: cuando veían una luz, tenían que mover la cabeza para decir que sí, que habían visto algo; cuando no había tal luz, no movían la cabeza. En total, cada cuervo respondió a 20.000 señales a lo largo de docenas de sesiones.

Una corneja negra
Una corneja negra – BS Thurner Hof

 

Mientras las aves hacían estas pruebas, los científicos registraban su actividad cerebral con electrodos. En concreto, se fijaron en el momento transcurrido entre la percepción de la luz y su respuesta (mover o no mover la cabeza). De esta forma, observaron que cuando las aves decían que sí, la actividad de algunas neuronas se iniciaba, pero cuando decían que no, no había tal activación. De hecho este fenómeno era tan estable que la actividad de las neuronas les permitió predecir la respuesta del cuervo en cada ocasión.

La mayoría de las luces de las pantallas fueron fáciles de ver y los cuervos aprendieron a ser muy precisos. Sin embargo, los investigadores introdujeron estímulos cercanos a su umbral de percepción, o muy breves o muy tenues, para ponerlos a prueba.

Subjetividad sin una corteza compleja

Si no hubiera experiencia subjetiva, los cuervos responderían igual ante estos estímulos dudosos de intensidad constante. Pero no fue así. A veces decían que sí ante una misma luz y otras veces decían que no. Por eso, Andreas Nieder ha propuesto que las neuronas de los cuervos están «influidas por la experiencia subjetiva». O, tal como ha puntualizado, sería más conveniente decir que las propias neuronas «producen experiencias subjetivas». Es decir, el funcionamiento del cerebro de estos cuervos permite que la respuesta ante un mismo estímulo difiera.

Esto confirma que las experiencias subjetivas no son exclusivas del cerebro de los primates y que no están asociadas a una corteza cerebral como la suya, organizada en capas. Las aves, con una corteza lisa y más sencilla, también exhiben esta característica.

Nieder cree que hay dos posibles explicaciones. Por una parte, es posible que la consciencia sensorial haya aparecido en especies tan distantes como cuervos y primates de forma independiente, por un mecanismo que en biología se conoce como evolución convergente (y que explica que insectos y aves tengan alas, de distinto origen, para una misma función).

Por otra parte, es posible que cuervos y mamíferos, animales cuyo último ancestro común —la última especie de la que descendieron tanto las especies que dieron lugar a los cuervos como las que dieron lugar a los mamíferos actuales— existió hace 320 millones de años, compartan algún tipo de mecanismo que explique esta capacidad. Es decir, no estaría asociada con la corteza de los primates sino con algún mecanismo hasta ahora desconocido y común a todos estos animales.

Tal como ha explicado en « Sciencealert.com» Martin Stacho, biopsicólogo de la Universidad del Ruhr en Bochum, Alemania, la arquitectura cerebral de palomas, búhos y mamíferos es sorprendentemente similar, en el nivel de pequeños circuitos cerebrales.

Esto podría ser la explicación de cómo un animal con un cerebro tan pequeño y distante de primates tiene una capacidad como la consciencia sensorial o primaria (que permite que hayan experiencias subjetivas). Además, implicaría que esta consciencia es mucho más común entre mamíferos y aves de lo que se pensaba hasta ahora. Quedaría por resolver la pregunta de si algún animal, además del hombre, tiene consciencia secundaria y es consciente de que es consciente.

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Por qué los mosquitos nos eligieron cómo víctimas

MANUEL PEINADO LORCA

Catedrático de Universidad. Departamento de Ciencias de la Vida e Investigador del Instituto Franklin de Estudios Norteamericanos, Universidad de Alcalá

Aedes aegypti. Muhammad Mahdi Karim , CC BY-NC
Aedes aegypti. Muhammad Mahdi Karim , CC BY-NC

Los mosquitos transmiten enfermedades a aproximadamente cien millones de personas cada año y sus picaduras han condicionado la historia de la humanidad. Hay aproximadamente 3 500 especies de mosquitos en todo el mundo. La inmensa mayoría son generalistas que pican a cualquier vertebrado que encuentran a su paso.

Las enfermedades humanas transmitidas por mosquitos las provocan apenas media docena de especies de tres géneros (Aedes, Anopheles y Culex), que han evolucionado para seleccionarnos específicamente gracias al dióxido de carbono que emitimos y a nuestros efluvios corporales.

¿Por qué algunos mosquitos se han especializado en picar a los humanos?

La mayoría de los investigadores piensa que especializarse en las personas no habría supuesto ninguna ventaja particular para los mosquitos antes del desarrollo de las culturas sedentarias hace aproximadamente 10 000 años. Una vez asentadas, las poblaciones humanas podrían haber proporcionado un recurso fácil, seguro y siempre disponible, a diferencia del de otros grupos de animales migratorios que solo garantizan sangre estacionalmente.

Los datos genómicos son consistentes con la hipótesis de que los grupos de mosquitos especializados en humanos evolucionaron dentro de ese periodo cultural. Sin embargo, la cuestión es qué compensaciones fisiológicas, anatómicas, morfológicas y conductuales indujeron a que algunos mosquitos eligieran picar a los humanos y a no hacerlo en los animales domésticos que nos acompañan desde mucho antes de convertirnos en sedentarios.

Los mosquitos especializados en humanos no se limitan tan solo a picar a las personas, sino que también tienden a reproducirse en hábitats modificados por el hombre. Depositan sus huevos en el agua y los humanos somos los únicos animales que manipulamos el agua para extraerla, canalizarla y acumularla para consumo doméstico. Por eso, no han faltado especulaciones acerca de que la dependencia reproductiva de los mosquitos a las fuentes humanas de agua, particularmente en regiones áridas, también podría haber desempeñado un papel clave en la especialización de esos dípteros.

El mosquito de la fiebre amarilla Aedes aegypti se reconoce muy bien gracias a la marca en en forma de lira sobre el dorso del tórax. James Gathany
El mosquito de la fiebre amarilla Aedes aegypti se reconoce muy bien gracias a la marca en en forma de lira sobre el dorso del tórax. James Gathany

¿Por qué algunos mosquitos nos encuentran irresistibles, mientras que otros no nos prestan atención?

Para responder a esa pregunta, un equipo de investigadores de la Universidad de Princeton (EE. UU.) desarrolló en el África subsahariana un proyecto basado en la recogida de puestas de Aedes aegypti. Fue una buena elección porque, además de ser uno de los mosquitos especializados en humanos más temibles como responsables del zika, de la fiebre amarilla y del dengue, sus poblaciones se dividen en dos subespecies.

La subespecie aegypti prospera en los hábitats urbanos tropicales de América y Asia, donde se ha especializado en picar a los humanos hasta el punto de que el 95 % del alimento de las hembras, que son fuertemente atraídas por nuestro olor corporal, procede de sangre humana.

En cambio, las hembras de las poblaciones generalistas de la subespecie formosus tienden a preferir el olor de otros vertebrados no humanos de cuya sangre se nutren. Se piensa que el especialista antrópico evolucionó de antepasados generalistas africanos hace entre 5 000 y 10 000 años, posiblemente en el norte de Senegal o de Angola.

Como todos los mosquitos, ambas subespecies depositan sus huevos en el agua, por lo que los investigadores comenzaron colocando miles de ovitrampas, unas pequeñas tazas llenas de agua y hojas sucias que simulan los remansos de agua encharcada que constituyen el hábitat ideal de puesta.

Para obtener muestras significativas de los diferentes ambientes en los que se reproducen los mosquitos, las ovitrampas se colocaron cerca de grandes núcleos de población (en ciudades de hasta más de 2 000 personas por km²) y en áreas despobladas cubiertas de vegetación natural en las que los mosquitos rara vez tropiezan con personas. También abarcaron una amplia gama de climas, desde hábitats semiáridos con lluvias estacionales hasta ecosistemas forestales con lluvias durante todo el año.

En total, se recolectaron huevos de mosquitos en 27 localidades diferentes. Una vez secos, los huevos se comportan como semillas: pueden permanecer en estado de latencia durante seis meses o un año antes de eclosionar. Esto permitió su traslado a Princeton con el objetivo de criar nuevas poblaciones en condiciones de laboratorio.

Esquema del olfatómetro empleado en la investigación.
Esquema del olfatómetro empleado en la investigación.

Obtenidas estas, los investigadores tentaron a los insectos con olores procedentes de humanos y de conejillos de indias. El experimento consistió en construir lo que podríamos llamar un olfatómetro: una gran caja de plástico llena de mosquitos, con dos tubos extraíbles. Mientras que en uno se colocaba un conejillo de indias, uno de los investigadores introducía su brazo durante varias horas en el otro. Uno y otro cebo olfativo estaban protegidos de las picaduras directas por unos filtros que impedían el paso de los insectos.

Pocos minutos después de colocar los tubos con sus respectivos cebos, los mosquitos entraban por uno u otro tubo. Transcurrido un tiempo, se retiraban los tubos para contar cuántos habían elegido uno u otro. Los resultados revelaron que a los mosquitos procedentes de áreas muy pobladas les gustaban más los efluvios humanos. El resultado más revelador estaba relacionado con el clima: los mosquitos que procedían de lugares que presentaban una estación lluviosa seguida de una estación de sequía, larga y calurosa, preferían a los humanos.

(A) La preferencia por los humanos se incrementa significativamente con el aumento de la densidad de población y en hábitats con lluvias altamente estacionales (B), mientras que disminuye en hábitats con más lluvia en la época más cálida del año (C). Las variables climáticas en (B) y (C) se pueden combinar en un índice de intensidad total de la estación seca (D). El color y el tamaño del punto corresponden a la estacionalidad de precipitación (escala en C) y a la densidad de la población humana (proporcional a la escala en A), respectivamente. Modificado y traducido a partir de la publicación original.
(A) La preferencia por los humanos se incrementa significativamente con el aumento de la densidad de población y en hábitats con lluvias altamente estacionales (B), mientras que disminuye en hábitats con más lluvia en la época más cálida del año (C). Las variables climáticas en (B) y (C) se pueden combinar en un índice de intensidad total de la estación seca (D). El color y el tamaño del punto corresponden a la estacionalidad de precipitación (escala en C) y a la densidad de la población humana (proporcional a la escala en A), respectivamente. Modificado y traducido a partir de la publicación original.

El porqué de esa respuesta puede estar relacionado con el ciclo de vida de los mosquitos. Aedes aegypti pone sus huevos justo por encima de la superficie del agua en agujeros de árboles, oquedades y fisuras de rocas o en recipientes artificiales. Si los huevos se mantienen húmedos, pueden eclosionar de inmediato. Sin embargo, los huevos depositados al final de las lluvias en áreas silvestres deben entrar en latencia para sobrevivir durante la estación seca hasta que vuelva la lluvia, un desafío particularmente difícil cuando la sequía es prolongada y calurosa.

El agua estancada, el factor crítico para las larvas, es difícil de encontrar en esos ambientes extremadamente áridos, pero abunda alrededor de las poblaciones humanas que acopian agua para subsistir, lo que durante todo el año proporciona a los mosquitos una incubadora hídrica para el desarrollo de sus larvas. Eso sugiere dos cosas.

Ciclo de vida del mosquito.
Ciclo de vida del mosquito.

Por un lado, aunque las estaciones secas largas y calurosas fueron el factor selectivo clave, las poblaciones de mosquitos de regiones áridas evolucionaron hacia la especialización en humanos como un subproducto para aprovechar la situación de dependencia del agua almacenada para las puestas. En segundo lugar, cuando las larvas pasan al estado hematófago adulto la sangre disponible más cercana es la de los humanos, con la ventaja añadida de que sus nuevas víctimas carecen de las pieles recias y difíciles de perforar de otros vertebrados, incluidos los domésticos.

Los análisis genómicos revelaron también que los mosquitos especialistas en personas difieren genéticamente de los generalistas, y que la preferencia por los seres humanos se desarrolló en un único lugar indeterminado para luego extenderse por toda África conforme el clima seco se expandió por el continente. Luego, en la época de la esclavitud, el comercio esclavista extendió enfermedades como la malaria por otras zonas tropicales.

Aunque la investigación publicada en Current Biology se centró en el origen y la historia evolutiva de los mosquitos, si se correlacionan con los datos climáticos del IPCC y de población de la ONU los resultados sugieren que, como consecuencia del cambio climático y de la cada vez más intensa presión urbanizadora, en un futuro próximo habrá más mosquitos transmisores de enfermedades humanas en todo el mundo.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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El animal escapista que huye del estómago y sale por el «ano» después de ser comido

Un escarabajo acuático asiático es capaz de moverse por el tubo digestivo de varias ranas y salir por sus cloacas

La mayor parte de los animales sobrevive a base de esconderse, de evitar a los depredadores o gracias a sustancias tóxicas u otras defensas que les conviertan en un bocado poco apetecible. Pero unos pocos animales tienen otro as en la manga: sobreviven incluso después de ser engullidos, como Jonás en el vientre de la ballena.

Esta semana, un equipo de investigadores de la Universidad de Kobe, en Japón, ha documentado por primera vez uno de los ejemplos más espectaculares de este tipo de comportamiento. En un estudio que han publicado en « Current Biology», han mostrado cómo el escarabajo acuático Regimbartia attenuata puede escapar de la cloaca de la rana Pelophylax nigromaculatus, que vive en algunas zonas de China, Rusia, Corea y Japón.

La novedad es que, a diferencia de otros casos, en los que los animales escapan pasivamente, sin moverse, a través de las heces de los depredadores, este escarabajo se libera activamente, es decir, moviéndose. Además, lo hace apenas instantes después de ser engullido, para desgracia del anuro.

Pero todavía hay más. Tal como han sugerido los investigadores, dirigidos por Sugiura Shinji, el escarabajo probablemente promueve su propia excreción, facilitando la apertura de la cloaca de la rana, sin que ella pueda evitarlo.

«Vivitos y coleando»

A diferencia de otros animales, muchas ranas no matan a sus presas cuando las engullen, porque carecen de dientes. Por eso, dependen de los fluidos de su sistema digestivo para matar a sus presas. Esto implica que para muchas de ellas los últimos momentos de su vida son dignos de una pesadilla.

El profesor Sugiura Shinji decidió investigar si los insectos se defienden de este aciago destino. Por este motivo, estudió en el laboratorio la respuesta del escarabajo R. attenuata y la rana P. nigromaculatus.

Tal como comprobó, en condiciones controladas todos los escarabajos fueron tragados fácilmente por las ranas. Sin embargo, el 93,3% de ellos se liberaron, en un tiempo que fue de las 0,1 a las 3,5 horas. Y todos ellos salieron «vivitos y coleando».

Un largo viaje hasta la libertad

Según el investigador, estas observaciones indican que los escarabajos se mueven hacia la cloaca, atravesando el sistema digestivo del anfibio. Y eso que para ellos la distancia es considerable: si su cuerpo mide entre 3,8 a 5 milímetros, el tracto digestivo de las ranas mide, desde la boca a la cloaca, de 22,5 a 74,2 milímetros. Además, tienen que inducir la apertura de la cloaca de las ranas antes de disfrutar de su libertad.

En esta ocasión, Sugiura Shinji ha observado el mismo comportamiento en otras cuatro especies de rana: Pelophylax porosusGlandirana rugosa,Hyla japonica y Fejervarya kawamurai. Y lo cierto es que nunca hasta ahora se había documentado la liberación de un insecto desde la cloaca de un depredador, ni se habían observado indicios de que sea el propio «cazado» el que promueva su salida.

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La asombrosa historia del tomate: de planta venenosa a ‘parlanchina’

Tomates
LoggaWiggler en Pixabay.

Es un hecho extraño, inaudito, pero también posible, una hipótesis: el tomate que acaba de triturar para el gazpacho, o que está cortado en rodajas en la ensalada, quizás haya salido de una planta en cierto modo parlanchina.

Una tomatera que se comunica en el huerto con sus congéneres mediante señales eléctricas y aromas químicos. Como si usaran una red de comunicación, un Internet subterráneo, un cableado de hongos y raíces que transmite señales de una punta a otra.

El suelo está lleno de mensajes encriptados para nuestros oídos de mamífero, o eso destacan distintos estudios. Y esto hace del tomate, fruto rojo de las conquistas, antigua planta diabólica, un alimento más especial si cabe.

Las tomateras intercambian estas señales sin que se sepa bien por qué. Esa es la conclusión a la que ha llegado una reciente investigación. Podrían comunicarse unas con otras mediante impulsos eléctricos, en una especie de circuito. Se especula que estas alertas les sirven para protegerse, avisarse de peligros. Y no es el único estudio que ha llegado a esta idea. Las plantas se comunican mediante señales químicas y nuestros huertos podrían ser una especie de ágora. Los tomates, frutos de una historia asombrosa, parece que tienen mucho que decirse.

Según el estudio Underground electrotonic signal transmission between plants, de los científicos Alexander G. Volkov y Yuri B. Shtesselb, las plantas pueden comunicarse con sus vecinas mediante vías inalámbricas por encima y bajo tierra. Tienen comunicación subterránea usando redes micorrícicas (fenómeno de simbiosis entre hongos y raíces), comunicación acústica e intercambios de productos químicos. Los investigadores afirman que han desarrollado un complejo sistema de transmisión.

En el caso de los tomates usaron experimentos físicos y modelos matemáticos para estudiar la transmisión de estas señales, demostrando que se producían a través de esos hongos que actuarían a modo de conector. Lo hicieron comparando plantas aisladas de su medio con aquellas que vivían en buena vecindad subterránea. Cosa muy distinta es discernir en qué consisten estos mensajes y si tienen algún significado.

Brevísima historia del tomate

Si nos dejamos llevar por la fantasía es fácil imaginar que estos tomates se expliquen batallitas mediante señales. Su historia lo merece porque es poco común, una epopeya. Son los reyes del mundo vegetal, madres de todas las salsas, iconos del arte (recuerden las latas de sopa Campbell), pero, como los antiguos mongoles que conquistarían la Europa medieval, salieron de unas montañas paupérrimas. Tendrían mucho que explicarse en su Wikipedia subterránea, si esta existiera. No lo tuvieron nada fácil por tierras europeas.

A su llegada de América el tomate causó desconfianza, asco y consternación. Para empezar, había tomates de tres colores (rojo, verde y amarillo) y los cristianos viejos pensaron que eran peligrosos o afrodisiacos.

La tomatera se parecía a una planta conocida del Viejo Mundo. Un vegetal ya citado en el Antiguo Testamento. Según la creencia popular, esta raíz tóxica crecía bajo las piernas tiesas (y otros órganos erectos) de los ahorcados, fertilizada, eso decían, por la eyaculación post mortem de los condenados. Era la mandrágora, un alucinógeno vinculado a la brujería.

Perturbador, metido en esa satánica familia botánica, en un principio consideraron al tomate una rareza, objeto de estudio y fruto ornamental que mostrar en los jardines de las clases pudientes. En Historia general de las plantas, del botánico francés Jacques Daléchamps (1653), se dice que sus frutos eran “malos y corruptos”. La opinión parece generalizada. Tuvo mala fama entre los eruditos. Se le llegó a acusar de envenenar a la aristocracia. El tomate había llegado por mal puerto a Europa.

Desconocemos qué clase de señales eléctricas pudieron emitir entonces los antepasados de los actuales tomates. Nadie pudo imaginar, sin embargo, su posterior éxito, especialmente entre las gastronomías sureñas, como la española, y desde que en Nápoles se popularizara la pizza a partir del siglo XVII.

Solo las clases populares y militares, movidas siempre por la curiosidad del hambre, comprendieron que estaban frente a un manjar si se combinaba con el aceite y la sal. La historia posterior es conocida. Fue el tomate quien conquistó las Europas.

Este fruto vino de América seguramente con Hernán Cortés tras la toma de Tenochtitlan en 1521. Ya estaba integrado en la dieta azteca. Se cree que su cuna, sin embargo, no está en México. Se remonta a la región costera de los Andes (los rastros genéticos estudiados apuntan a que los especímenes de ese lugar podrían ser los más antiguos). Ya había sido domesticado en Mesoamérica cuando llegaron los barbudos a caballo y era ampliamente cultivado.

En lengua náhuatl lo llamaban -entre otros nombres, pues había muchas variedades- tomatl, sustantivo que tomaron los españoles y luego el mundo. Su nombre científico es Solanum lycopersicum (el azteca siempre fue una lengua más elegante) y pertenece a la familia de las solanáceas. Como hemos apuntado, esto le causaría enemistades botánicas, escarnios, pues es la familia de la pérfida belladona o la mandrágora (también de la berenjena y la patata).

Los colonizadores que terminaron colonizados por él lo compararon al principio con extrañas manzanas o frutas (los franceses e italianos los llamaron manzanas del amor y de oro, pues les llegó primero la variedad amarilla, y de ahí su actual pomodoro). En origen, en la zona gobernada por los Incas, seguramente era muy pequeños, parecidos a las cerezas.

La versión de tomate que llegó a España tuvo que ser una variedad domesticada por los aztecas o pueblos cercanos. Las citas más antiguas de este fruto provienen de las crónicas de los conquistadores, textos subjetivos, propagandísticos, poco dados a la exactitud histórica.

Bernal Díaz del Castillo apunta que un día estuvieron cerca de ser cocinados por los indígenas. “Nos querían matar y comer nuestras carnes, que ya tenían aparejadas las ollas con sal y ají y tomates”. Así que una de las primeras recetas de las que tenemos constancia en Europa es la de un estofado caníbal. Según las crónicas, los pueblos originarios de América solían hacer guisos con estos frutos rojos, añadiendo pimientos y pepitas de calabaza (lo que fue luego un sofrito).

Existían distintas variedades de tomates en Mesoamérica (xaltomatl, izhoatomatl, miltomatl, xitomatl…), algunos más dulces y otros amargos, grandes y pequeños, de distintos colores. Igual que hoy, uno de sus principales usos era rebajar el picor del chile en los platos. Los españoles los plantaron por sus colonias y también en las Filipinas, siendo esta una posible puerta de entrada a Asia.

Se desconoce el punto exacto por el que entró en España y de allí a Europa. Algunos dicen que Sevilla y así, usando luego la vía comercial genovesa, alcanzaría Italia. Otros apuntan a Coruña. Pudo ser el mismo Cortés transportando las semillas como obsequio real o por monjes de su expedición…

Aunque al principio fuera considerado una rareza venenosa (los tallos y hojas en efecto son algo tóxicos, por la sustancia tomatina, aunque no el fruto maduro), con el tiempo se convirtió en uno de los vegetales más apreciados del mundo, un éxito de la evolución si entendemos el triunfo como la necesidad de expandirse que tiene una especie para garantizar su supervivencia.

Estaba destinado a ser grande. A revolucionar la gastronomía, a cambiar los colores y sabores junto a sus compañeros americanos, los pimientos y el chile, y una hortaliza que también padeció severas suspicacias: la patata. Pero tardó su tiempo. Se cultivó rápido, apenas años después de la campaña guerrera. Pudo plantarse en 1592 en la madrileña Casa de Campo, según textos de los botánicos reales de la época. Pero no hay casi referencias de él en los libros de cocina del Siglo de Oro. Los tomates o pomates no salen, por ejemplo, en El Quijote, publicado en 1605, y considerado todo un tratado gastronómico. Allí se citan los gazpachos, pero en aquel tiempo aún no habrían incluido la peligrosa manzana azteca.

En Reino Unido no es protagonista de los libros de cocina hasta bien entrado el siglo XVII. Los primeros en citarlo como ingrediente culinario parece que fueron napolitanos, en 1642, aunque se inspiraron en recetas españolas. No fue hasta finales del XVII cuando empieza a expandirse para convertirse en los siglos posteriores en uno de los frutos más plantados, investigados, evolucionados (existen hoy más de 20.000 variedades de múltiples colores) y presente en todas las gastronomías. Es la piedra angular de nuestros guisos y no para de darnos, como hemos visto al principio, eléctricas sorpresas.

Propiedades del tomate:

  • Se trata de un fruto compuesto principalmente de agua y bajo en calorías. Es rico en vitaminas A y C. También aporta vitamina E, B y K.
  • Es fuente de proteínas, fibras y minerales, como el potasio, selenio, hierro.
  • Tiene efectos antioxidantes debidos a sus nutrientes, como el licopeno que le da su color rojo, y se apunta que podría ser anticancerígeno.
  • Puede reducir los niveles de colesterol, mejorar la circulación sanguínea, prevenir enfermedades relacionadas con el envejecimiento, de la vista (como las cataratas), cardiovasculares, o de estreñimiento (pues tiene fibra).
  • La OMS recomienda su consumo por sus excelentes beneficios nutricionales.
  • Puede que sean algo parlanchines.

JAVIER RADA

https://blogs.publico.es/recetas-caseras-nutricion-saludable/