Las aves se están encogiendo pero sus alas se están haciendo más grandes debido al cambio climático

Las aves se están encogiendo pero sus alas se están haciendo más grandes debido al cambio climático

SERGIO PARRA

El fenómeno fue “sorprendentemente” consistente en una variedad de especies de aves, según los autores de un nuevo estudio. El autor principal, Dave Willard, tomó las medidas de las 70.716 muestras de aves en este estudio y las registró a mano en libros de contabilidad como el que podéis ver en la cabecera de esta entrada.

Esta foto muestra uno de los libros de contabilidad de Willard, sus herramientas de medición y una curruca de Tennessee. La correlación que ha establecido es que los pájaros están encogiéndose de tamaño, pero sus alas son más grandes. Y que esto se debe al cambio climático.

Fenómeno morfológico

En 1978, David Willard, un ornitólogo del Field Museum de Chicago, comenzó a recolectar aves que habían muerto después de chocar con las ventanas. A lo largo de los años, Willard trabajó con voluntarios para reunir una colección de más de 100.000 especímenes. Mantuvo mediciones meticulosas de las criaturas muertas, con el objetivo de rastrear las tendencias estacionales.

El nuevo estudio analizó 70.716 especímenes individuales, que representan 52 especies de aves, que se habían recolectado entre 1978 y 2016.

En un nuevo análisis estadístico de este vasto tesoro de datos, Willard y sus colegas investigadores hallaron una tendencia significativa: los cuerpos de las aves en las colecciones del Field Museum se han vuelto más pequeños, mientras que sus envergaduras han aumentado de tamaño, un fenómeno morfológico que los científicos atribuyen al cambio climático.

Concretamente, descubrieron que el hueso de la pata inferior de las aves, un indicador común del tamaño del cuerpo, se redujo en un 2,4 por ciento en todas las especies. La masa de las aves también disminuyó, pero su envergadura aumentó en un 1,3 por ciento.

Los investigadores observaron varios factores que podrían estar impulsando estos cambios, entre ellos la temperatura, las precipitaciones y la vegetación en las zonas de reproducción e invernada de la especie. Encontraron una relación inversa entre el tamaño del cuerpo y la temperatura del verano. Según explica Benjamin Winger, coautor del estudio y biólogo evolutivo de la Universidad de Michigan:

En los años en que las temperaturas eran un poco más frías, vimos un aumento en el tamaño del cuerpo, a pesar de que la tendencia a largo plazo era disminuir. Entonces eso nos lleva a creer que la temperatura es bastante importante aquí.

Esta no es una idea completamente nueva. Dentro de una especie determinada, los individuos que viven en climas más cálidos tienden a ser más pequeños que sus contrapartes en áreas más frías, porque los cuerpos pequeños retienen menos calor, un principio conocido como la Regla de Bergmann. Los científicos sospechan que el aumento de las temperaturas puede estar haciendo que las aves se vuelvan más pequeñas, lo que a su vez las ayuda a mantenerse frescas.

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El pequeño ser al que Darwin calificó como el más importante del planeta

A pesar de pasar desapercibidas, las lombrices de tierra tienen un papel clave en la naturaleza, sinedo una especie de «ingenieros de ecosistemas»

Lombrices de tierra

M. Gutiérrez / D. J. Díaz / D. Trigo / J. B. Jesús /

A las lombrices de tierra nadie les presta atención. Quizás cuando hayan caminado por el campo tras un día de lluvia hayan visto algunas en la superficie húmeda del suelo y a algún mirlo poniéndose las botas con ellas. Las lombrices son un gran sustento para otros animales como aves, topos, tejones, zorros e, incluso, para algunos grandes insectos. Sin embargo, su importancia no acaba ahí.

Poca gente sabe que este grupo, que normalmente vive escondido en el suelo y que no provoca demasiada simpatía, es en realidad uno de los animales más importantes en nuestro planeta.

Darwin, en 1881, se dio cuenta de su relevancia. Afirmó entonces que «es dudoso que existan otros animales que hayan jugado un papel más importante en la historia del mundo que estas criaturas de organización tan simple».

Mucho tiempo antes, los egipcios ya las consideraban «dioses menores» al observar cómo, tras las inundaciones del Nilo, incorporaban al suelo los limos, lo que aumentaba su fertilidad. La realidad es que sin las lombrices no existiría el suelo tal y como lo conocemos, y sin suelo no se habría desarrollado la agricultura.

Las lombrices de tierra se consideran «ingenieros de los ecosistemas». Con su actividad son capaces de modificar el suelo y crear nuevos hábitats para muchos otros animales. Como consecuencia, producen una serie de servicios ecosistémicos que ofrecen al resto de organismos, entre ellos al propio ser humano, y que no han sido valorados por la sociedad.

Veamos algún ejemplo. Al fabricar sus galerías, mejoran las propiedades hídricas y la estructura de los suelos. Al alimentarse de la materia orgánica, la degradan y ayudan a su descomposición por parte de los microorganismos, lo que hace que los nutrientes sean más asimilables para las plantas. Estas suelen crecer mejor en aquellos suelos donde la comunidad de lombrices está sana y equilibrada, lo que hace que también las cosechas sean mejores donde hay lombrices.

Recientemente hemos publicado un artículo sobre la distribución global de las lombrices de tierra en la revista Science. El estudio ha sido realizado por 140 investigadores de todo el mundo a partir de datos de casi 7.000 localidades, incluyendo datos ambientales, procedentes de 57 países distintos de todos los continentes excepto la Antártida.

Nunca hasta ahora se había conseguido recopilar y analizar tal cantidad de datos sobre estos animales. Se trata, por tanto, del mayor estudio global sobre la distribución de las lombrices de tierra. Los resultados obtenidos son muy llamativos.

En primer lugar, el estudio demuestra que las lombrices presentan un patrón de distribución totalmente opuesto al que presentan los animales que viven encima del suelo. Su biodiversidad y abundancia es mayor en las zonas templadas que en las zonas tropicales.

Este descubrimiento nos lleva a reflexionar sobre la necesidad de realizar un cambio en las políticas de conservación. Para fijar, por ejemplo, los espacios naturales protegidos, uno de los datos que se utilizan son los puntos calientes de biodiversidad. Para designar dichos puntos, hasta ahora solo se habían tenido en cuenta a los organismos que viven sobre el suelo y no a los pequeños animales que viven dentro de él.

Las lombrices de tierra no son tan emblemáticas como otros animales bandera como el lince y el oso panda, pero podrían tener una importancia mucho mayor en los ecosistemas. Es hora de que esas políticas de conservación también incluyan a estos y a otros organismos edáficos para poder conservar, de forma más integrada, la biodiversidad real.

El cambio climático amenaza a las lombrices

El segundo descubrimiento realizado es que la distribución de las lombrices a nivel global viene determinada por factores climáticos como las precipitaciones y la temperatura. Esto hace que a los autores nos preocupe el efecto que el cambio climático podría tener sobre las poblaciones de estos animales.

Las consecuencias sobre las lombrices son impredecibles, puesto que el cambio climático es un fenómeno que se manifiesta a escala local y, por tanto, su efecto será diferente en cada sitio. En algunos lugares, como en los suelos permanentemente helados de las estepas, algunas especies de lombrices podrían incluso verse favorecidas. Sin embargo, la mayoría de las poblaciones podrían verse drásticamente afectadas, lo que puede llevar a su desaparición en algunos lugares o a la sustitución de unas comunidades por otras menos adaptadas.

Estos cambios afectarían a todos los servicios ecosistémicos que las lombrices proporcionan, en la sombra, al ser humano.

Queremos llamar la atención a los lectores sobre estos pequeños animales tan desconocidos y, sin embargo, tan importantes para la humanidad. El suelo es aún una gran caja negra por estudiar cuya biodiversidad e importancia son cruciales en los ecosistemas. Esperamos que la gente sea más consciente de su importancia y tenga una visión distinta de este pequeño gran mundo que habita bajo nuestros pies.

Mónica Gutiérrez López es profesora de Zoología, Universidad Complutense de Madrid

Darío J. Díaz Cosín es profesor Honorífico, Universidad Complutense de Madrid

Dolores Trigo Aza es profesora Titular Universidad. Biología Animal y Ecología, Universidad Complutense de Madrid

Juan Bautista Jesús Lidón es profesor de Zoología, Universidad Complutense de Madrid

Marta Novo Rodriguez es doctora en Biología (Zoología y Biología evolutiva), Universidad Complutense de Madrid

Este artículo fue publicado orginalmente en The Conversation.

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La primera grabación del corazón de una ballena azul sorprende a los científicos

Los datos sugieren que el órgano trabaja al límite, lo que puede explicar por qué el cetáceo no es aún más grande

Investigadores del Laboratorio Goldbogen colocan una etiqueta de ventosa en una ballena azul en la Bahía de Monterey.
Investigadores del Laboratorio Goldbogen colocan una etiqueta de ventosa en una ballena azul en la Bahía de Monterey. – Goldbogen Lab / Duke Marine Robotics and Remote Sensing Lab

La emoción al escuchar la frecuencia cardíaca del futuro bebé, algo que ocurre más o menos en la sexta semana de gestación, es indescriptible. Probablemente, tener entre las manos el primer registro del corazón de una ballena azul, una de las especies más grandes de la Tierra, también lo sea. Desde luego, los científicos que lo consiguieron, de la Universidad de Stanford en California (EE.UU.), debieron de sentirse tan emocionados como padres primerizos. Además, los datos capturados son sorprendentes. Muestran que el órgano trabaja al límite, lo que explica que estos animales no puedan evolucionar para ser aún más grandes. Y que, al mínimo, late mucho más despacio de lo esperado: solo dos veces por minuto.

El dispositivo de grabación, una colección de sensores electrónicos encerrada en una carcasa de plástico, fue colocada cerca de la aleta izquierda de una ballena en la bahía de Monterey (California). La caja tenía cuatro ventosas para garantizar la adherencia a la piel. Dos de ellas llevaban incrustados los electrodos, que pudieron registrar la frecuencia cardíaca. El cetáceo los llevó durante un día.

«No teníamos ni idea de si esto funcionaría y estábamos escépticos incluso cuando vimos los datos iniciales», afirma Jeremy Goldbogen, profesor de biología en la Facultad de Ciencias Humanas de Stanford y autor principal del artículo. Una vez confirmados, «hubo muchos aplausos y vueltas de honor en el laboratorio».

La gesta, dada a conocer en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), comenzó con la colocación de la etiqueta, algo que era realmente complicado, ya que había que hacer muchas cosas bien: encontrar una ballena azul, colocar la etiqueta en el lugar correcto de la ballena, lograr un buen contacto con la piel y, por supuesto, asegurarse de que la etiqueta funcionase.

Acercarla al corazón de una ballena azul salvaje ya supuso todo un reto. Por un lado, las ballenas salvajes no están entrenadas para voltearse boca abajo. Por otro lado, tienen una piel similar a un acordeón en su parte inferior que se expande durante la alimentación, y uno de esos tragos podría reventar la etiqueta de inmediato. Pero David Cade, coautor del artículo y recién graduado del Goldbogen Lab, pegó la etiqueta en su primer intento. Con el tiempo, se deslizó a una posición cerca de la aleta donde podía captar las señales del corazón.

Ilustración que muestra cómo la frecuencia cardíaca de la ballena azul se desaceleró y aceleró mientras se zambullía, se alimentaba y emergía
Ilustración que muestra cómo la frecuencia cardíaca de la ballena azul se desaceleró y aceleró mientras se zambullía, se alimentaba y emergía – Alex Boersma

Al límite

El análisis de los datos capturados sugiere que el corazón de una ballena azul ya está trabajando en su límite, lo que puede explicar por qué las ballenas azules nunca han evolucionado para ser más grandes. Igualmente esto puede ayudar a explicar por qué ningún animal ha sido más grande que una ballena azul, porque las necesidades de energía de un cuerpo más grande superarían lo que el corazón puede sostener.

Los datos también sugieren que algunas características inusuales del corazón de la ballena podrían ayudarla a funcionar en estos extremos. Cuando el ejemplar se zambulló, su frecuencia cardíaca disminuyó, alcanzando un mínimo promedio de aproximadamente cuatro a ocho latidos por minuto, con un mínimo de dos latidos por minuto. En el fondo de una inmersión de búsqueda de alimento, donde la ballena se lanzó y consumió presas, la frecuencia cardíaca aumentó aproximadamente 2,5 veces el mínimo, luego disminuyó lentamente nuevamente. Una vez que la ballena se llenó y comenzó a emerger, la frecuencia cardíaca aumentó. La frecuencia cardíaca más alta, de 25 a 37 latidos por minuto, se produjo en la superficie, donde la ballena respiraba y restauraba sus niveles de oxígeno.

Un corazón elástico

Estos datos fueron intrigantes porque la frecuencia cardíaca más alta de la ballena casi superó las predicciones, mientras que la frecuencia cardíaca más baja fue aproximadamente del 30 al 50% más baja de lo previsto. Los investigadores creen que la frecuencia cardíaca sorprendentemente baja puede explicarse por un arco aórtico elástico, la parte del corazón que lleva la sangre al cuerpo. En la ballena azul, se contrae lentamente para mantener un flujo sanguíneo adicional entre latidos. Mientras tanto, las tasas impresionantemente altas pueden depender de sutilezas en el movimiento y la forma del corazón que evitan que las ondas de presión de cada latido interrumpan el flujo sanguíneo.

«Los animales que operan en extremos fisiológicos pueden ayudarnos a comprender los límites biológicos del tamaño», indica Goldbogen. «También pueden ser particularmente susceptibles a los cambios en su entorno, que podrían afectar su suministro de alimentos. Por lo tanto, estos estudios pueden tener implicaciones importantes para la conservación y el manejo de especies en peligro de extinción como las ballenas azules», añade.

Ahora, los investigadores están trabajando para agregar más capacidades a la etiqueta, incluido un acelerómetro, que podría ayudarlos a comprender mejor cómo las diferentes actividades afectan la frecuencia cardíaca. También quieren probar su etiqueta en otros miembros del grupo de ballenas rorcuales, como las ballenas de aleta, las ballenas jorobadas y las ballenas minke.

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No curen la homosexualidad

Los comportamientos homosexuales se han demostrado ya en 1.500 especies animales de toda adscripción geográfica y taxonómica

JAVIER SAMPEDRO

No curen la homosexualidad

Ahora que el derechismo bravío vuelve a la escena política con su exaltación del hombre blanco, de la mujer-mujer y de una moralidad que parece inspirada en Roberto Alcázar y Pedrín, no vamos a tener más remedio que volver a examinar cuestiones tan básicas como la naturaleza de la homosexualidad. La derechona psiquiátrica sigue empeñada en considerarla una especie de enfermedad o desviación cultural y sigue estafando a cualquiera que se le acerque con sus terapias antigay y sus prejuicios irracionales. La ciencia desmiente todas esas fantasías dañinas.

La homosexualidad no es una enfermedad ni una desviación cultural, sino una más de las versiones de la normalidad que coexisten pacíficamente en nuestro planeta, o que lo harían de no ser por los pelmazos fundamentalistas dedicados en exclusiva a estropear lo que ya funciona. Los comportamientos homosexuales se han demostrado ya en 1.500 especies animales de toda adscripción geográfica y taxonómica, del erizo de mar al calamar de Humboldt, del ganso a la serpiente, del pingüino al macaco y a una larga lista de bichos a los que no podrías mirar ni estando vivos, como le decía James Stewart a Grace Kelly en mi película favorita, La ventana indiscreta. La mera observación de las especies demuestra que la homosexualidad no solo es un comportamiento normal en nuestra especie, sino universal en el mundo animal.

Tras conocer esos datos, una pregunta bien sensata es ¿por qué? ¿Por qué existe la homosexualidad? Según las teorías de Darwin (la selección natural y la selección sexual), no parece tener mucho sentido. Los seres vivos que pasan su legado genético a la siguiente generación suelen ser heterosexuales, por razones obvias. Es cierto que la tecnología actual permite saltarse esa servidumbre de la naturaleza, pero eso no tiene nada que ver con un fenómeno que ha persistido durante 500 millones de años. Un comportamiento que muestra el 10% o el 15% de los individuos de cualquier especie animal debe tener una razón evolutiva, y no sabemos cuál es.

Cuando alguien me pregunta por qué existe la homosexualidad le respondo con otra pregunta: “¿Y por qué existe la heterosexualidad?”. Vale, ya sabemos que hay razones darwinianas para lo segundo, pero como le dijo un día Francis Crick a Stephen Jay Gould: “Lo malo de vosotros los biólogos evolutivos es que os preguntáis por qué antes de saber cómo”. Puede que sea una crítica fácil de hacer viniendo de un tipo que había descubierto la doble hélice del ADN y el código genético —el cómo de la biología—, pero el dardo esconde una idea importante, como solían ser las de Crick. Volviendo a nuestro tema, si quieres entender la biología de la homosexualidad, tendrás que entender también la biología de la heterosexualidad. La diferencia entre el cuerpo de una mujer y el de un hombre es una sutileza geométrica. Nuestra orientación sexual se debe a unos procesos cerebrales que no entendemos. Necesitamos conocer el cómo antes de abordar el porqué.

Entretanto, la bióloga Julia Monk, de la Universidad de Yale, y cuatro colegas han propuesto una hipótesis rompedora en Nature Ecology & Evolution. Postula que la condición basal de las especies no es la heterosexualidad, como indica el darwinismo más obvio, sino un todos contra todos en el plano libidinoso. Da que pensar.

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La terrorífica historia de las hormigas caníbales atrapadas en un búnker nuclear

Fue descubierta en Polonia en 2013, pero cuando los investigadores volvieron observaron que la colonia se mantenía estable a pesar de que no se encontraron indicios de reproducción

Hormiga roja europea de la madera o Formica polyctena
Hormiga roja europea de la madera o Formica polyctena – Wikicommons

¿Cómo es posible sobrevivir en un viejo búnker de armas nucleares, atrapado, sin comida y con cientos de bocas hambrientas a tu alrededor? Eso es lo que se preguntaban los científicos que encontraron una colonia de hormigas rojas europeas de la madera (Formica polyctena) en una base nuclear subterránea en Polonia en 2010. El complejo fue abandonado a su suerte, lo que convirtió a sus dos habitaciones en lugares de descanso para los murciélagos en invierno. De hecho, el objetivo original de los científicos era monitorizar a estos mamíferos voladores, si bien la enorme cantidad de estos insectos en el lugar en los diferentes años que se acercaron al búnker abandonado les llamaron tanto la atención que intentaron encontrar la respuesta a lo que allí estaba ocurriendo.

La sorpresa fue que el número de hormigas se mantenía pese a que estaban atrapadas. En 2013 los investigadores contabilizaron un millón de obreras vivas, aunque a su alrededor había varios millones más muertas. Sin embargo, ni rastro de larvas o machos, lo que indicaba que no se estaban reproduciendo. ¿Qué ocurría entonces dentro de aquellos muros para que no descendiera la población e incluso creciera?

La colonia en el bunker en 2016
La colonia en el bunker en 2016 – Wojciech Stephan/Czechowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2016

Una tubería oxidada y el peso del hormiguero

No lo descubrieron hasta 2016. Se dio la circunstancia de que en el techo del búker había una tubería de ventilación oxidada que conectaba un hormiguero masivo construido justo encima con las instalaciones abandonadas. A medida que el metal se fue degradando y el hormiguero ganando peso -esta especie se caracteriza por crear colonias masivas de hasta varios metros de altura-, algunas galerías se vinieron abajo, por lo que las hormigas empezaron a caer al búnker, quedando atrapadas. Así es como la colonia del búnker iba ganando integrantes, a pesar de que no había comida y no se reproducían. «Las hormigas han construido un montículo de tierra, que han mantenido durante todo el año moldeándolo y manteniendo abiertas las entradas del nido. Pero está muy lejos de ser un colonia totalmente funcional», escribían en otro estudio en 2016.

El hormiguero de la superficie
El hormiguero de la superficie – Czechowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2016

Entonces, ¿cómo se mantenían aquellos insectos en aislamiento? Sin luz, con unas temperaturas muy bajas y sin ningún tipo de alimento, lo lógico serían que murieran pronto. Pero estos seres encontraron una solución: el canibalismo. A esta conclusión han llegado los investigadores en el nuevo estudio, que acaba de ser publicado en la revista « Journal of Hymenoptera Research».

El tubo de ventilación oxidado por el que caían las hormigas
El tubo de ventilación oxidado por el que caían las hormigas – Rutkowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2019

Ante la adversidad, canibalismo

El canibalismo era, lógicamente, el candidato más probable: aparte de algún ratón o murciélagos muertos de manera ocasional, el único alimento disponible eran sus congéneres. Además, se sabe que esta especie en particular consume sus propios muertos caídos durante las «guerras de hormigas» territoriales cuando la comida escasea.

Para confirmar esta corazonada, un equipo de investigadores recolectó cadáveres de hormigas del búnker y hallaron que la mayoría (en concreto, el 93% de los cuerpos examinadospresentaban agujeros y marcas de mordiscos. Los autores explican que estos son signos claros de consumo masivo, con prácticamente ningún otro organismo en el búnker capaz de hacer estas marcas.

Un final feliz

El puente de madera que une el búnker con la superficie
El puente de madera que une el búnker con la superficie – Rutkowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2019

«La supervivencia y el crecimiento de la colonia del búnker a través de los años, sin producir descendencia propia, fue posible debido al suministro continuo de nuevos trabajadores desde el nido superior y la acumulación de cadáveres», concluyeron los investigadores en su estudio. «Los cadáveres sirvieron como una fuente inagotable de alimentos que permitieron sustancialmente la supervivencia de las hormigas atrapadas en condiciones extremadamente desfavorables».

Y a pesar de que las hormigas han demostrado que pueden sobrevivir solas, el equipo instaló un paso de madera que conecta el fondo del búnker con el hormiguero. En cuatro meses todas los insectos habían abandonado las instalaciones abandonadas. Ya no hace falta que practiquen el canibalismo, solo tienen que subir por el «puente» para regresar a casa.

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Libros que nos inspiran: ‘Los sentidos de las aves’, de Tim Birkhead

Libros que nos inspiran: 'Los sentidos de las aves', de Tim Birkhead

SERGIO PARRA

Finalista del Royal Society’s Winton Prize for Science Books (2013), este delicioso libro escrito por Tim Birkhead nos sumerge en los pájaros, pero de una forma diferente. Cada capítulo explora uno de los sentidos de las aves, y trata de que nos pongamos en su pellejo. Al menos, todo lo que se puede por el momento.

De esta manera, en Los sentidos de las aves podemos llegar a imaginar cómo ven, cómo oyen, cómo saben, cómo sienten, cómo degustan… tal y como si fuéramos nosotros mismos un pájaro.

¿Cómo se siente?

El filósofo yugoslavo Thomas Nagel publicó en 1974 el artículo titulado “¿Qué se siente ser murciélago?”. En el expone una crítica al reduccionismo psicofísico explicando cómo al exlcuir el punto de vista particular de la experiencia (el carácter subjetivo) los reduccionistas buscan “los efectos más generales y las propiedades que pueden detectarse por otros medios que no sean los sentidos humanos”.

Estemos o no de acuerdo con esa crítica y su alcance, el libro de Birkhead aborda a lo Nagel lo mismo en lo tocante a los pájaros, descubriéndonos si acaso que resultan tan complejos e insólitos como criaturas extraterrestres, y que entendiéndolos mejor a ellos quizá podamos entendernos mejor a nosotros mismos y al mundo que nos rodea.

Timbirkhead Lossentidosdelasaves

¿Cómo es volar a más de cien kilómetros por hora? ¿O tratar de avanzar sin vuelo entre la maleza en la oscuridad de la noche de Nueva Zelanda, como un kiwi? ¿Qué sucede dentro de la cabeza de un ruiseñor mientras canta? y ¿cómo improvisa su cerebro? El ornitólogo Tim Birkhead analiza los sentidos de las aves, que les permiten interpretar su entorno e interactuar entre sí. Se dice que nuestra afinidad con las aves es el resultado de los sentidos compartidos —visión y audición—, pero ¿cómo se comparan exactamente sus sentidos con los nuestros? ¿Y qué pasa con el sentido del gusto, el olfato, el tacto o la capacidad de las aves para detectar el campo magnético de la Tierra? ¿O con la extraordinaria habilidad de las aves del desierto para detectar la lluvia a cientos de kilómetros de distancia? Birkhead demuestra que siempre hemos subestimado lo que sucede en la cabeza de un pájaro, ya que nuestra comprensión del comportamiento de las aves está bastante restringida por la forma en que las observamos y estudiamos. Nunca antes se ha publicado un libro sobre los sentidos de las aves, ni se ha analizado cómo los pájaros interpretan el mundo o la forma en que el comportamiento de las aves está moldeado por sus sentidos.

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¿Qué es esta extraña burbuja de gelatina de tamaño humano hallada en Noruega?

Reciben el nombre de «blekksprutgeleball». En su interior se hallaron miles de esferas diminutas: huevos de calamar

Esta es la explicación a un extraño saco transparente encontrado flotando en las aguas profundas de Noruega
Esta es la explicación a un extraño saco transparente encontrado flotando en las aguas profundas de Noruega – YOUTUBE/RONALD RAASCH

Un grupo de buzos se encontraba en la costa occidental de Noruega cuando, de repente, apareció ante ellos una especie de burbuja de gelatina gigante, tan grande como un humano adulto. Y la sorpresa no acabó ahí: al acercarse puedieron ver cientos de diminutos huevos de calamar flotando en su interior. ¿Qué era aquella extraña forma?

En el vídeo, compartido por Ronald Raasch, un buzo del buque de investigación noruego REV Ocean, se puede ver el saco esférico rodeado por una membrana transparente, así como una masa oscura de forma alargada en su interior. Cuando el submarinista ilumina su interior, dentro aparecieron cientos de miles de esferas diminutas, «huevos de calamar», según explican en la descripción del vídeo.

La expedicion de REV encontró esta extraña masa mientras visitaba un naufragio de la Segunda Guerra Mundial, en Ørstafjorden, Noruega, ubicado a unos 200 metros de la costa. Estaban nadando de regresoa una profundidad de 17 metros cuando vieron pasar la burbuja.

«Blekksprutgeleball»

Raasch describió la burbuja como una «blekksprutgeleball» -algo así como «bola de gel de calamar» en noruego- cuando publicó el vídeo. Sin embargo, no es la primera vez que se avistan este tipo de estructuras: se han avistado docenas de manchas similares en aguas cercanas a Noruega, España, Francia e Italia, con informes que datan de hace 30 años, afirma Halldis Ringvold, investigador de Sea Snack Norway y líder de un programa que estudia este tipo de «sacos» llamado «Hughes Espheres».

Desde hace años, los científicos están intrigados acerca de estas burbujas, que son tan delicadas que es muy difícil acercarse y tomar muestras, según relata LiveScience. El ADN que se pudo extraer de cuatro de estos enormes «huevos» reveló que se trata de huevos pertenecientes al calamar de aleta corta del sur (Illex coindetii), también conocido como pota en España, un cefalópodo de diez tentáculos que vive a ambos lados de el Océano Atlántico. Soncarnívoros y muy voraces, ya que tienen un crecimiento muy acelerado, pues generalmente viven un año, y mueren después de desovar. Así, esta esfera sería del mismo tipo, si bien mucho más grande que las anteriores halladas, que apenas se acercaban al metro de diámetro.

Por otro lado, en cuanto a la masa oscura, los investigadores sospechan que se trata de tinta del calamar de la hembra, que la inyectó mientras construía la esfera. «Al final del vídeo, es posible ver los huevos de calamar reales. Son muy pequeños, redondos y transparentes», afirman.

Entre 50.000 y 200.000 huevos

Un huevo de calamar de aleta corta mide aproximadamente dos milímetros de diámetro cuando el embrión está listo para eclosionar, y las hembras producen entre 50.000 y 200.000 huevos, según SeaLifeBase, una base de datos de vida marina gestionada internacionalmente. El desarrollo embrionario generalmente tarda entre 10 y 14 días.

El calamar de aleta corta es parte del grupo Oegopsida, que se sabe que produce grandes sacos de huevos esféricos, afirma Ringvold. Pero para algunas especies de este grupo no se han hallado aún evidencias de este tipo de formaciones, por lo que «Huge Spheres» continúa recolectando fotos y vídeos de avistamientos de esferas, así como muestras de tejidos, para aprender más sobre estos esquivos animales.

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Las astutas ratas que aprendieron a diseccionar con “precisión quirúrgica” a unos sapos venenosos para comerse su corazón en Australia

Rata acuática y sapo de caña diseccionado.
Image captionLa rata acuática evita morir por intoxicación diseccionando el vientre del sapo e ingeririendo solo su corazón e hígado.

Una rata acuática está logrando en Australia lo que científicos llevan intentando sin éxito en los últimos años: detener el avance del sapo de caña, una especie que al ser devorada por otros depredadores libera un veneno mortal.

Pero la hazaña de este tipo esta rata de agua conocida como rakali no radica tanto en el qué como en el cómo.

Y es que para evitar que el veneno de los sapos los mate, estos roedores abren con “precisión quirúrgica” el vientre del sapo y consumen sus corazones e hígados, los únicos órganos del anfibio libres de la toxina mortal.

En un estudio publicado hace unas semanas en la revista Australian Mammology, científicos aseguran que este era el único mamífero capaz de matar con seguridad a esta especie venenosa.

Poco después de que estos sapos invadieran el territorio de los rakali, estos mamíferos encontraron la forma de cazarlos.

Amenaza

Los sapos de caña fueron introducidos originalmente con el propósito de cazar unos escarabajos devoradores de cañas en la costa noreste de Australia en 1935.

Pero estos anfibios son fácilmente adaptables, se reproducen en masa y pueden emigrar hasta 60 kilómetros al año.

De esa forma llegaron a la región de Kimberley, al oeste de Australia, entre 2011 y 2012. Desde entonces,han diezmado la población de varios depredadores.

Sapo de caña.
Image captionEl veneno de los sapos de caña ha puesto al borde de la extinción a varias especies depredadoras.

Cocodrilos, cuoles y varias especies de lagarto se han extinguido en zonas específicas y todo a causa de que se comen a los sapos de caña, que contienen la toxina venenosa en sus glándulas parótidas. Incluso una pequeña dosis de esta puede ser fatal.

Algunos investigadores entrenaron a depredadores haciéndoles comer especies muy pequeñas de sapos de caña, de manera que ingerirlos les enfermaba pero no les mataba. Con ello intentaban que las especies aprendieran a evitar comerlos.

Pero las ratas rakali aprendieron solas.

“Precisión quirúrgica”

“En 2014, encontramos un arroyo salpicado por cuerpos de sapos que habían sido claramente atacados. Cada mañana descubrimos hasta cinco nuevos sapos muertos con pequeñas e idénticas incisiones en sus vientres en un tramo de arroyo de solo cinco metros. ¿Pero quién usaba esta “precisión quirúrgica” para atacar estos sapos?”, escribió en The Conversation Marissa Parrott, una de las autoras del estudio.

A través de una filmación nocturna usando una cámara infrarroja, los investigadores descubrieron que el causante de la muerte de los sapos eran las ratas semi acuáticas rakali.

La investigación forense de los anfibios atacados mostró cómo sus corazones e hígados habían sido removidos en las especies más grandes, y que en las medianas, además, las piernas fueron despellejadas de su piel tóxica para poder comerse sus músculos.

Cocodrilo exhibido en un zoológico de Australia.
Image captionAl sapo de caña se le considera culpable de la muerte de varias especies de reptiles, como los cocodrilos.

Algunas especies de serpiente y algunas aves como los cuervos pueden comer estos sapos venenosos, pero apenas existía evidencia de que algún mamífero cazara al sapo de caña y luego “viviera para contarlo”.

“Algunos roedores pueden comer pequeños sapos juveniles, pero no se han documentado roedores específicamente dirigidos a sapos grandes. En nuestro caso, las ratas de agua preferían comer sapos grandes, a pesar de que los sapos medianos los superaban en número en 27 a 1”, escribió Parrott en el artículo.

La investigadora reveló que aún no están seguros de si las ratas aprendieron “cómo atacar y comer los sapos de forma segura o si están adoptando una estrategia de caza similar a la que ya usan para comer ranas nativas tóxicas”.

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Cómo la vida en la Tierra resurgió de las cenizas de los dinosaurios

El hallazgo de miles de fósiles en Colorado (EE.UU.) muestra al detalle la expansión de los mamíferos tras la gran extinción de hace 66 millones de años

Carsioptychus coarctatus come plantas en un bosque 300.000 años después del asteroide que terminó con los dinosaurios
Carsioptychus coarctatus come plantas en un bosque 300.000 años después del asteroide que terminó con los dinosaurios – HHMI Tangled Bank Studios]

Judith de Jorge

Hace 66 millones de años, un meteorito de 10 km de diámetro con una fuerza equivalente a la de diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshimase estrelló en lo que hoy es la provincia del Yucatán, en México, provocando una de las mayores catástrofes en la historia de la Tierra. El colosal impacto incendió los bosques, desencadenó un tsunami brutal y expulsó tanto azufre a la atmósfera que bloqueó la luz del Sol, lo que terminó con el 75% de la vida existente en todo el globo, incluidos los dinosaurios y cualquier mamífero más grande que una rata. La mitad de las especies de plantas también se extinguieron.

Taeniolabis
Taeniolabis – HHMI Tangled Bank Studios

Pero, ¿qué ocurrió después? ¿Cómo se recuperó el planeta de semejante golpe?El tiempo posterior a la hecatombe ha sido un misterio por los escasos restos encontrados. Pero gracias a uno de esos hallazgos que son el regalo de una vida para un paleontólogo, ahora podemos conocer los capítulos sucesivos. Tyler Lyson y Ian Miller, investigadores del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver (EE.UU.), descubrieron incrustado en las rocas de Corral Bluffs, en el centro de Colorado, un tesoro de miles de fósiles excepcionalmente bien preservados de animales y plantas del primer millón de años crítico después del asteroide. «Podrías pasar toda tu carrera sin hallar un solo cráneo de esa época. (Sin embargo) nosotros encontramos un cráneo cada 15 minutos», asegura Miller.

La expansión de los mamíferos

Los restos, extremadamente raros, muestran quiénes y cómo ocuparon el trono que dejaron libres los dinosaurios. En un estudio publicado en la revista «Science», los investigadores explican con un detalle exquisito cómo los mamíferos comenzaron a expandirse. «Todos los mamíferos modernos, incluidos los humanos, pueden rastrear sus orígenes hasta los primeros sobrevivientes del impacto», explica Lyson.

Según los investigadores, es la primera vez que los científicos han podido armar una imagen coherente de ese primer millón de años después del período cretácico. «Hemos podido juntar cuatro cosas clave: animales, plantas, temperatura y luego la línea de tiempo. Realmente, es la primera vez que vemos la recuperación de todo el ecosistema», afirma Lyson.

Los científicos recolectaron 37.000 granos de polen y esporas que ayudaron a fechar el lugar, una llanura de inundación. El trabajo reveló un marcador claro del impacto de los asteroides: un aumento en el crecimiento de los helechos, que prosperan en los entornos dañados. El yacimiento también incluye dos capas de cenizas de volcanes cercanos. La ceniza volcánica incluye minerales radioactivos cuya descomposición se puede usar como un reloj geocronológico preciso.

Toma aérea de los cráneos y mandíbulas fósiles de mamíferos recuperados en Corral Bluffs
Toma aérea de los cráneos y mandíbulas fósiles de mamíferos recuperados en Corral Bluffs – HHMI Tangled Bank Studios

El pastel de nueces

El registro confirma la devastación causada por el impacto. Especies de mamíferos del tamaño de un mapache habían invadido el lugar antes de la catástrofe, pero durante 1.000 años después solo unas pocas criaturas peludas de 600 gramos no más grandes que ratasdeambulaban por un mundo de helechos donde las plantas con flores, con sus nutritivas semillas y frutas, eran escasas.

Unos 100.000 años después, las especies de mamíferos ya se habían duplicado y recuperado el tamaño de un mapache. Estas criaturas, como el Carsioptychus, se alimentaron en los bosques de palmerasque reemplazaron a los helechos. «Es un mundo que está volviendo de una devastación total y absoluta», describe Miller.

Durante los siguientes 200.000 años, lo que el investigador llama el período de las palmeras dio paso al período del «pastel de nueces», cuando surgieron plantas parecidas a nogales. Entonces, nuevos mamíferos evolucionaron para aprovechar las nutritivas semillas. La diversidad de los mamíferos se triplicó y la mayor de las nuevas especies alcanzó los 25 kilogramos, el tamaño de un castor.

Loxolophus busca comida en los bosques dominados por palmeras 300.000 años después de la extinción de los dinosaurios
Loxolophus busca comida en los bosques dominados por palmeras 300.000 años después de la extinción de los dinosaurios – HHMI Tangled Bank Studios

La barra de proteínas

Un cráneo de vertebrado en la roca
Un cráneo de vertebrado en la roca – HHMI Tangled Bank Studios

Unos 700.000 años después comenzó el período de la «barra de proteínas». Surgieron las legumbres. Las vainas de guisantes fósiles recuperados en Colorado son las más antiguas de América del Norte descubiertas hasta la fecha. Los guisantes y frijoles proporcionaron un menú rico en proteínas que aumentó aún más el tamaño y la diversidad de los mamíferos. Ya eran animales notables que superaban los 50 kilos, 100 veces más grandes que los que sobrevivieron al asteroide. Los bosques también se recuperaron. Lo más asombroso, según los investigadores, es la rapidez con la que sucedió todo. Y la estrecha relación entre vegetación y fauna para que eso ocurriera.

El equipo también clasificó 6.000 hojas, contando cuántas especies en cada intervalo de tiempo tenían bordes lisos o dentados. Las especies de bordes lisos son más comunes en climas cálidos. El equipo concluyó que el sitio experimentó tres períodos de calentamiento. Estiman que durante el primero, justo después del impacto, las temperaturas aumentaron aproximadamente 5° C. Este período coincide con las erupciones volcánicas masivas de las escaleras del Decán en India, que podrían haber calentado la Tierra arrojando dióxido de carbono. «En cada período de calentamiento ves un cambio en las plantas y, posteriormente, cambios en los mamíferos», dice Lyson. Las conclusiones aparecen en un nuevo documental de la cadena NOVA.

La sexta extinción

Como explican en «Science», el registro también contiene un mensaje aleccionador sobre el futuro y la rapidez con que los ecosistemas podrían recuperarse de lo que ya llaman la sexta extinción masiva, impulsada por el ser humano. Incluso una recuperación que los geólogos consideran «rápida» llevó cientos de miles de años, y el mundo nunca fue el mismo. Gracias a este trabajo, «tenemos una visión más clara de cómo nuestro mundo moderno de mamíferos surgió de las cenizas de los dinosaurios», dice George Sparks, presidente del museo en Denver. «Espero que esta historia inspire a la gente, especialmente a las futuras generaciones, a seguir su curiosidad y contemplar las grandes preguntas que nuestro mundo nos presenta».

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Implantan recuerdos en el cerebro de un ave para enseñarle un nuevo canto

Mediante técnicas de optogenética, los investigadores manipularon la actividad neuronal de estos animales para comprender mejor cómo aprenden sus vocalizaciones.

El doctor Todd Roberts en su laboratorio
El doctor Todd Roberts en su laboratorio UTSW

Uno de los asuntos que más intriga a los neurocientíficos es el proceso por el cual los humanos aprendemos a hablar. Para estudiarlo se utilizan algunos modelos animales, como el diamante cebra (Taeniopygia guttata), un ave cantora cuyas crías escuchan a sus progenitores cantar y aprenden a replicar las canciones practicando miles de veces, algo parecido a lo que hacen los bebés cuando dicen sus primeras palabras. Tras identificar la red de neuronas que participa activamente en este proceso y comunica las regiones motora y auditiva de estos animales, el equipo del neurocientífico Todd Roberts se preguntó si sería posible intervenir en el proceso y conseguir que las aves aprendieran una canción sin que los padres se la enseñaran.

En un trabajo publicado este jueves en la revista Science, este grupo de investigadores del centro médico de la Universidad de Texas Southwestern describe una serie de experimentos que les ha permitido implantar recuerdos en el cerebro de los diamantes cebra que no habían tenido tutelaje de sus padres y controlar estas regiones paracondicionar la expresión de su canto. El proceso se ha realizado mediante técnicas de optogenética, que consisten en alterar genéticamente determinadas células diana, en este caso las neuronas de la región que se activa durante el aprendizaje de las vocalizaciones, para activarlas o inhibirlas mediante impulsos de luz. De este modo, mediante un dispositivo implantado en el cerebro del ave, los autores del trabajo consiguieron que las notas del canto duraran lo mismo que cada impulso de luz, modificando la forma en que lo aprendían.

“Los hallazgos nos han permitido implantar estos recuerdos en las aves y dirigirlas en el aprendizaje de su canto”

“Esta es la primera vez que hemos identificado estas regiones del cerebro que codifican recuerdos que afectan al comportamiento, esos recuerdos que nos guían cuando queremos imitar algo, ya sea hablar o tocar el piano”, explica Roberts. “Los hallazgos nos han permitido implantar estos recuerdos en las aves y dirigirlas en el aprendizaje de su canto”. Los investigadores reconocen que no son capaces de manipular aún el proceso completo, solo la duración de las sílabas, pero aspiran a poder modular otros aspectos como el tono o el orden en el que las aves emiten cada nota, con el objetivo de identificar los detalles que les llevan a aprender a vocalizar. “Si descubrimos estas otras rutas, podríamos enseñar hipotéticamente a una ave a cantar su canción si ninguna interacción con su padre”, asegura Roberts. “Pero aún estamos muy lejos de ser capaces de hacer eso”.

El laboratorio de Roberts está especializado en documentar cómo funciona el cerebro durante el aprendizaje vocal. Mapeando con detalle los procesos neuronales que intervienen, los investigadores no solo pretenden conocer mejor cómo aprendemos a hablar los humanos, sino identificar genes específicos que afectan estas áreas y que se expresan de manera anómala en pacientes con problemas de vocalización, incluidas algunas formas de autismo. “El cerebro humano y las rutas asociadas con el lenguaje y su expresión son muchísimo más complicadas que la circuitería de un ave de canto”, advierte Roberts. “Pero nuestra investigación aporta importantes pruebas sobre dónde tenemos que buscar para comprender mejor los desórdenes en el neurodesarrollo”.

Referencia: Inception of memories that guide vocal learning in the songbird (Science)

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