Confinado

A los 69 años tenía todo lo que podía desear en esta vida, salvo un sobrepeso que hacía saltar la aguja de la báscula

Dos personas con sobrepeso, en un banco de Benidorm.
Dos personas con sobrepeso, en un banco de Benidorm.ALEX SEGRE / GETTY

 

Lo tenía todo, una tercera mujer con dos hijos adolescentes que parecían dos máquinas tragaperras, tenía un dúplex con terraza, un despacho financiero conectado con paraísos fiscales, un rifle con mira telescópica para matar venados, un monovolumen con un maletero capaz de transportar los palos de golf y también cualquier cadáver. A los 69 años tenía todo lo que podía desear en esta vida, salvo un sobrepeso que hacía saltar la aguja de la báscula. Una masajista diplomada le pasaba la garlopa por sus mantecas dos veces por semana y un dietista en nómina lo sometía en vano a distintas y crueles ensaladas. Era uno de esos gordos con mala conciencia que hunden el diván del psicoanalista, quien le decía: “Tienes confinado dentro de ti a un ser muy limpio que grita deseando huir, deja que escape y síguele a donde quiera que vaya”. El estado de alarma de la pandemia había concluido con la llegada del verano, un tiempo en que la gente trata de alargar el brazo agónico hacia el horizonte y sólo consigue atraparse por detrás los propios genitales. El psicoanalista le había advertido de que todos estamos habitados por los múltiples seres que hemos sido a lo largo de la vida, culpables o inocentes, y que se niegan a desaparecer. Tal vez ese otro yo que gritaba dentro de este hombre quería huir hacia una playa que no estuviera en el mapa donde esperaba reencontrarse con su primera inocencia, con aquella libertad de lobo estepario de cuando solo buscaba la belleza y la armonía de vivir. Puede que fuera aun aquel chaval de 16 años con su primer amor de verano o aquel joven comprometido con los ideales de la izquierda o aquel tipo solidario antes de que enredara en negocios que lo hicieron un sucio millonario. Uno de estos seres confinado en aquel cuerpo mantecoso es el que gritaba pidiendo auxilio, mientras el hombre tomaba tranquilamente una ensalada.

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Días de ira

Puestos a pasar la historia por la lima del siete, aquí no se salva nadie, empezando por Jehová y terminando por el tendero de la esquina

Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio.
Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio.EVAN FROST / AP

Ya se sabe, empiezas cometiendo un asesinato, sigues con un atraco a mano armada, después le robas la cartera a un ciego y al final acabas por no saludar al portero. Este saludo es el que marca ahora la corrección política y social, una forma de refinada tortura en la que intervienen a medias un puritanismo rampante y la idiotez más absoluta. Puestos a pasar la historia por la lima del siete, aquí no se salva nadie, empezando por Jehová y terminando por el tendero de la esquina. No se pueden juzgar con la sensibilidad de hoy los hechos crueles, fanáticos, visionarios que sucedieron hace cientos de años sin poner a toda la humanidad patas arriba. Vivimos tiempos en los que el profeta Isaías se pondría tibio con sus salmos, puesto que en medio de la peste se han instalado los días de la ira. Están a la vuelta de la esquina procesiones de disciplinantes como las del Séptimo Sello, en las que la verdad, usada como látigo, conduce el ganado humano mansamente al redil. En este momento están siendo abatidos de sus pedestales próceres de todas clases, descubridores, conquistadores, políticos y moralistas; muy pronto serán los literatos y artistas si sus libros, películas y pinturas no se adaptan al orden establecido. No hace falta remontarse a la época bizantina del emperador León III, quien mandó destruir todas las imágenes religiosas. Desde entonces los iconoclastas no han dejado de actuar. Si los talibanes de Afganistán dinamitaron los Budas de Bâmiyân, labrados en el siglo V, ¿por qué habría que escandalizarse si un día se destruye a martillazos el David de Miguel Ángel, a causa de sus gloriosos genitales? La historia todo lo tritura. En el futuro también nosotros seremos juzgados y declarados culpables, como gente insensible, tosca y brutal, por convivir con toda naturalidad con injusticias y hechos muy crueles sin que se nos indigestara la comida.

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Todo lleno

El tiempo y el espacio eran dos conceptos estúpidos de la realidad que la cultura tenía la obligación de anular

Visitantes del Museo de Louvre, en París, fotografían 'La Gioconda' con sus móviles.
Visitantes del Museo de Louvre, en París, fotografían ‘La Gioconda’ con sus móviles.PEDRO FIÚZA GETTY IMAGES

 

“Yo soy multitud” —decía Walt Whitman. Pues bien, antes de que llegara un virus maléfico a poner a cada individuo en su sitio, adondequiera que fueras esa multitud ya estaba allí ocupando todo el territorio. Si intentabas subir al Everest lo encontrabas abarrotado; si querías contemplar La Gioconda en el Louvre había una barra compacta de cogotes chinos y japoneses delante; si te había dado una peritonitis aguda debías guardar la vez en el pasillo de la sala de urgencias tumbado en la camilla; si sacabas un pasaje con sobreprecio para una playa desierta, al llegar no había forma de plantar la sombrilla si no era en el ombligo del vecino; si en un restaurante de moda estabas despachando a gusto una lubina tenías a otro comensal impaciente de pie junto a tu mesa esperando a que terminaras; si te apetecía tomar una cerveza tenías que tomar primero por asalto una terraza; si soñabas con asistir a un concierto en un estadio donde actuaba tu héroe había que sacar las entradas un año antes. La sensación de lleno lo ocupaba todo, trenes, aviones, cruceros, autopistas, discotecas, vertederos, depósitos de cadáveres e incluso en la puerta del infierno se había colocado el cartel de no hay billetes. La cola larga o corta era paradigma del éxito o del fracaso. De hecho, la humanidad se había convertido en una masa gelatinosa que se amoldaba a cualquier ámbito físico hasta llenarlo con su inevitable hedor a cabrío. El tiempo y el espacio eran dos conceptos estúpidos de la realidad que la cultura tenía la obligación de anular. Dijo Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”, pero ha venido un virus a demostrar que esa medida áurea son dos metros de distancia entre las personas, un espacio en el que la muerte juega a los dados. Sacudirse de encima esa clase de humanidad chotuna y pegajosa es la última forma que tiene el espíritu de salvarse.

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No me toques

Durante mucho tiempo en la brisa, en las flores, en los besos, en el sexo, en el vino de alegres sobremesas, en todos los placeres estará siempre presente el coronavirus como un cruel invitado

Dos personas conversan a distancia durante el quinto de la Fase 1 del plan de desescalada en Sevilla.
Dos personas conversan a distancia durante el quinto de la Fase 1 del plan de desescalada en Sevilla.MARÍA JOSÉ LÓPEZ / EUROPA PRESS

 

El distanciamiento social había sido hasta ahora el que existe entre el pobre y el rico, entre el que vive en una chabola y el que habita un dúplex de lujo, entre el que consigue a duras penas llenar el estómago gracias a la caridad y el que saluda a los amigos con una cigala en la mano. Guardar las distancias había sido hasta ahora una actitud de clase que indicaba cierta displicencia con que el de arriba miraba a la chusma, pero hoy significa esa separación física de dos metros que debemos observar entre las personas al salir del confinamiento para evitar ser contagiados por el virus. Aunque, según Baroja, la Biblia está llena de personajes facinerosos, sea uno creyente o agnóstico, conviene a veces leer ese libro porque también contiene relatos metafóricos no exentos de sabiduría. Grandes maestros de la pintura, entre otros Giotto, Fra Angélico, Tiziano y Correggio han pintado la escena bíblica en la que Cristo recién resucitado se aparece a la Magdalena. No se nos dice en qué lugar se produjo el encuentro, pero en estas pinturas se ve a la mujer enamorada en medio de un huerto florido, alucinada y llena de alegría, con los brazos tendidos hacia el Maestro, quien mantiene una actitud huidiza como advirtiendo a su amiga que guarde las distancias. “Noli me tangere”, no me toques, le dice. Es lo mismo que nos indican hoy los virólogos. Esos dos metros de separación, que también observan la Magdalena y el Nazareno, es un espacio habitado por el pánico, un naipe fatídico que a partir de ahora va a barajarse en cualquier relación humana entre el amor y la muerte. Aunque juegues tú en este caso el papel de resucitado, durante mucho tiempo en la brisa, en las flores, en los besos, en el sexo, en el vino de alegres sobremesas, en todos los placeres bajo el sol o a la luz de la luna estará siempre presente el coronavirus como un cruel invitado.

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Sin toros

Habría que dedicar todo el afán gastronómico a que las famosas divisas de Miura, Domecq, Pablo Romero o Vitorino sean sinónimo de entrecotes, solomillos y chuletas

Dos toros de la ganadería de La Palmosilla en la dehesa gaditana.
Dos toros de la ganadería de La Palmosilla en la dehesa gaditana.JAVIER NÚÑEZ

Si la peste del coronavirus no nos hubiera caído encima como una maldición, pese a la decadencia en que ha entrado la fiesta nacional, a estas alturas de la primavera se estarían celebrando las corridas de toros de la Feria de San Isidro en Madrid. Puede que para muchos antitaurinos contemplar la plaza de Las Ventas clausurada suponga un indudable alivio, pero no seré yo, ni siquiera en este caso, quien se alegre del mal ajeno, un resentimiento tan arraigado en la psicología del español frustrado. Probablemente la pandemia habrá asestado una estocada mortal a los empresarios del negocio taurino, ganaderos de reses bravas, toreros y apoderados. Toros criados con esmero para la lidia irán directamente al matadero, donde serán tratados como simples reses de carne anónima. Algunos artistas e intelectuales castizos que adornan la fiesta nacional podrán decir que a ese noble y bravo animal se le ha hurtado la gloria de morir peleando en la plaza para convertir su sangrienta tortura en arte o cultura. Pese a que detesto comer carne, siempre he creído que este no será un país del todo civilizado hasta que el nombre de Miura, en vez de llevarnos a imaginar el peligro de una aviesa cornada en la femoral, se asimile a un solomillo en un buen restaurante. En lugar de exaltar la muerte como espectáculo y elevar el desolladero a escuela de filosofía habría que dedicar todo el afán gastronómico a que las famosas divisas de Miura, Domecq, Pablo Romero o Vitorino sean un día sinónimo de entrecots, solomillos y chuletas. Así sucedió con la ganadería de Villagodio, que iba para bravo y al salir el ganado manso ha contribuido a la felicidad del estómago de los españoles, puesto que hoy en los libros de cocina un villagodio significa un chuletón de lomo alto, que llega a la mesa sin haber sido cruelmente atormentado en medio del bullicio de la fiesta.

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Contraste

Existe una vacuna contra la rabia, pero no contra el odio; contra el cólera, pero no contra el cabreo; tampoco contra el resentimiento, la frustración y la mala baba

Verderón común 'Carduelis chloris'.
Verderón común ‘Carduelis chloris’.ULY MARTÍN

 

A causa del confinamiento impuesto por la peste los ciudadanos han dejado por un tiempo de expeler basura en el espacio, pero nunca como hasta hoy a un cielo tan limpio y a un aire tan puro se ha sumado por contraste un ambiente social tan sucio aquí abajo. La nube tóxica de odio, cabreo y resentimiento que genera la política de este país ha invadido la calle. Contra esta infección de la moral colectiva no hay antídoto, vacuna ni mascarilla prevista. De pronto los pájaros sorprendidos por un silencio tan extraño han recobrado el territorio natural que habían perdido. Por primera vez se han visto verderones, abubillas, palomas torcaces, gorriones, estorninos, mirlos y jilgueros bajar confiados al asfalto y la extraordinaria transparencia de la atmósfera ha multiplicado la alegría con que chillan los vencejos. También los árboles, las plantas, las flores han recuperado una gloria lavada por las pasadas lluvias. Este esplendor vegetal nos retrotrae en la memoria a los tiempos en que la gente vivía en medio de una austeridad aseada y a una vida sencilla que se correspondía con un mar limpio, con la luz incontaminada de los días azules. Pero ahora a ras del suelo, inmersa en un éxtasis de rencor entre bandos, la política se parece a un baile de bastones, en el que el Gobierno da palos de ciego, algunos en la cabeza de sus propios ministros y la oposición lo azota como lo hacen con el asno los más zafios arrieros. Esta parece ser la tierra prometida de Caín en la que los políticos revientan de placer si el adversario fracasa. Para salvarse de este laberinto de rencor solo nos queda mirar el cielo limpio antes de que lo volvamos a emponzoñar cuando el miedo concluya. Existe una vacuna contra la rabia, pero no contra el odio; contra el cólera, pero no contra el cabreo; tampoco contra el resentimiento, la frustración y la mala baba hay vacuna en España.

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Punto azul

Más allá de razas e ideologías, cada persona forma un nudo al que todos estamos atados y basta con un estornudo en cualquier rincón del planeta para que la especie humana esté en peligro

Una fotografía de la Tierra tomada por la misión Apollo 10 a 161.000 kilómetros de distancia.
Una fotografía de la Tierra tomada por la misión Apollo 10 a 161.000 kilómetros de distancia.NASA

 

En 1977 la Nasa lanzó al espacio la sonda Voyager I con la misión de localizar y estudiar los límites del sistema solar. Después de 13 años de viaje, cuando la nave estaba más allá de la órbita de Plutón se la orientó hacia la Tierra para echarle el último vistazo. Desde 6000 millones de kilómetros de distancia nuestro planeta aparece como una mota de polvo iluminada por el sol en medio de la oscuridad cósmica. Esa mota de polvo azul, que es nuestro hogar, lleva consigo por el universo el misterio de la vida junto al caos que la raza humana con sus dioses, creencias, pasiones, crímenes, patrias e ideologías. Esa visión extracorpórea de la Tierra, obtenida a través de la pantalla, está inoculando en nuestra conciencia la sensación de que en esa nave de locos perdida en el espacio o nos salvamos todos o nos vamos todos juntos al infierno. En esa mota de polvo los avances de la ciencia y la alta tecnología conseguidos por la raza humana se hallan también al servicio del fanatismo y la miseria moral. Cualquier tipo desesperado tiene a su disposición armas de destrucción masiva conectadas a su odio, a su venganza o simplemente a su dolor de estómago. Del mismo modo que desde la caída de las Torres Gemelas nos hemos acomodado al virus del terrorismo y de hecho el escáner se ha convertido en un paso obligado de nuestras vidas, y en el aeropuerto aceptamos que nos palpen todo el cuerpo y hurguen en nuestro equipaje en el que un frasco de colonia puede ser tomado por un explosivo, así ahora la covid-19, que acaba de hacer acto de presencia en esa mota de polvo azul, nos ha hecho saber que toda la humanidad constituye un tejido muy tupido y, más allá de razas e ideologías, cada persona forma un nudo al que todos estamos atados y basta con un estornudo en cualquier rincón del planeta para que la especie humana esté en peligro.

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¿Quién le teme a Pío Baroja?

LITERATURA - PÍO BAROJA: Madrid, 12-11-1946.- El escritor Pío Baroja trabaja en su despacho. EFE/Archivo Fiel/ct
LITERATURA – PÍO BAROJA: Madrid, 12-11-1946.- El escritor Pío Baroja trabaja en su despacho. EFE/Archivo Fiel/ctFIEL / EL PAÍS
El término literario Generación del 98, acuñado por Azorín, era un saco que contenía escritores de variada índole, amigos y enemigos, envidiosos y envidiados, ingenuos y resabiados, unos muy leídos y otros nada, todos unificados por una úlcera gastropatriótica por la pérdida de las últimas colonias cuya acidez trataban de aliviar cada uno a su manera. En la rivalidad literaria, solo coincidían en la envidia e inquina que todos sentían por Blasco Ibáñez, el único triunfador internacional indiscutible de la época. En medio de las rencillas que había dentro de aquel saco, Pío Baroja fue quien tenía la lengua más larga, quien con más libertad y animadversión se manifestaba contra sus colegas, que no le gustaban. De Blasco Ibáñez escribía con desprecio: “Un día quiso invitarme a comer hasta hartarme. Decía que los escritores de Madrid estábamos acostumbrados al hambre y que en España no se comía. De ahí venía nuestra decadencia”. Baroja pensaba todo lo contrario, que la decadencia provenía precisamente de que se comía demasiado y que todo se nos iba en comer. De hecho, aquellos escritores no paraban de darse unos a otros grandes banquetes de homenaje con cientos de comensales, en los que después de tres platos y postre, café, copa y puro, en los brindis se mezclaban los elogios en público con los desprecios en voz baja, que salían a la vez de la misma garganta. Sucedía igual que en algunos estrenos de teatro donde algunos espectadores tenían el arte de aplaudir y de patear a la vez.

Al parecer, Baroja solo respetaba a Azorín. Su amistad se había fraguado cuando escribían en Arte Joven, donde también dibujaban Ricardo, el hermano de Pío, y el joven Picasso. Era una revista modernista de 1901 confeccionada en el gabinete de un joven catalán donde se vendían cinturones eléctricos contra la impotencia. También publicaban en otra revista, Juventud, tirada en la redacción de un periódico destinado a defender los intereses de los carniceros. Escribe Baroja: “En las columnas de esa revista dogmatizábamos acerca de la moral Maeztu, Azorín y yo, mientras los redactores del periódico carnicero hablaban de los filetes”.

Baroja, tierno, feroz y atrabiliario, solía repartir improperios. De Unamuno decía: “Yo creo que Unamuno por su gusto no habría dejado hablar a nadie. Era incapaz de escuchar. Le hubiera explicado a Kant lo que debía ser la filosofía; a Poincaré lo que era la matemática; a Planck y a Einstein el porvenir de la física. Y si a Mozart y a Beethoven no les hubiera indicado lo que tenía que ser la música era porque había decidido que la música no era nada, porque a él no le gustaba”.

Un día Ramiro de Maeztu presentó a Baroja a Pérez Galdós de esta forma: “Este es Pío Baroja, hombre atravesado que habla mal de todo el mundo y también de usted”. Pese a que Galdós fue uno de los escritores que le mostró más simpatía, Baroja le acusó de explotar a su secretario y de acostarse con su mujer valiéndose de que estaban en la miseria.

Pero, entre todos sus colegas, Baroja había tomado a Valle-Inclán como objeto de sus mejores dardos, empezando por su figura. Escribe: “Tenía restos de escrófula en el cuello. La nariz, un poco de alcuza; los ojos turbios e inexpresivos, la barba rala y deshilachada y la cabeza piriforme”. Baroja no comprendía por qué el pintor Juan de Echevarría le había hecho un retrato a Valle-Inclán en el que lo sacaba joven, guapo, gallardo, fuerte, con los dos brazos, como la figura ideal del marqués de Bradomín. Puede que Baroja se sintiera celoso al ver que el artista en los sucesivos retratos que le hizo lo pintaba con un abrigo cada vez más más grueso y la cabeza más gorda. “Yo creo que me sacaba con la cabeza muy grande para dar la impresión que yo era un hombre de gran talento. Y yo no me quejaba”.

Valle-Inclán zahería a todo el mundo a gritos en su tertulia en la Granja del Henar, a Blasco, a Echegaray, a Galdós, a Benavente, a Ortega y nadie protestaba, se ve que le tenían miedo. Incluso Manuel Bueno, que le dio un garrotazo en el café de la Montaña y al infectarse el hueso hubo que cortarle el brazo, decía de Valle-Inclán que tenía un bello rostro de nazareno. También era falsa su famosa austeridad, porque, según Baroja, ni un solo día dejó de percibir un sueldo del Estado. Para defenderlo de estos ataques, el amigo de Valle, el poeta nicaragüense Rubén Darío, llegó a decir: “Las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero”. A lo que Baroja contestó: “Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio”.

Al contrario de cuanto sucede en política, cuyos odios son estériles, estas rencillas entre escritores, al fermentarse como una olla podrida, generan la belleza de muchos versos que nos conmueven, la calidad de tantos relatos que nos subyugan.

 

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Solo una caña

Este ente, que limita con la nada, ha convertido a todos los líderes políticos en muñecos confusos que dan garrotazos de ciego a una piñata

Un camarero tira una caña en un bar de Sevilla.
Un camarero tira una caña en un bar de Sevilla. PACO PUENTES

 

La historia, tal como la concebíamos hasta ahora, consistía en que había Estados y naciones con fronteras y banderas; líderes políticos amigos o enemigos; jefes religiosos representantes en la tierra de sus dioses respectivos; guerras de ocupación con gran variedad de latrocinios, hambrunas, matanzas y genocidios; intercambio comercial planetario de productos de toda índole; torneos deportivos, ritos ancestrales y mitos que daban por supuesto que el Homo sapiens era el rey de este planeta. Ha bastado con la aparición en escena de la covid-19, que apenas mide cien millonésimas de milímetro, para que los pilares de la historia en apariencia se hayan venido abajo. Este ente, que limita con la nada, ha convertido a todos los líderes políticos en muñecos confusos que dan garrotazos de ciego a una piñata; ha transformado la bomba de neutrones, los misiles nucleares en pura antigualla y los desfiles militares en el desafío infantil de la cucaña; ha hecho que el Papa de Roma se pasee como un fantasma inerme por un Vaticano desértico sin saber a qué ser omnipotente hay que atribuir este daño infernal; ha diluido en la inanidad Juegos Olímpicos, ligas de fútbol, ferias de arte, fiestas populares, corridas de toros, procesiones y romerías, y ha devuelto el orgullo del Homo sapiens a la perplejidad del mono científico. Vale, la historia se ha ido a la mierda. Esta pandemia es un avance de lo que podría ser pasado mañana el fin de la raza humana. ¿Qué tal si nos tomamos una caña? Hay que volver a comenzar por el principio. La luz del sol, el agua, la tierra, el aire, el fuego. Puede que estos elementos primordiales presocráticos hayan creado a la humanidad como una aventura química sin sentido. Pero ¿qué tal si esa caña de cerveza deja que la espuma bien fría nos moje el esternón en una terraza junto al mar bajo este sol de primavera?

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El maleficio

Desde la camilla que los lleva al hospital se preguntan por qué su esfuerzo ha sido inútil y en medio de la peste se ha instalado el virus del odio

La directora de una residencia de ancianos en Tona (Barcelona), atiende a dos mujeres.
La directora de una residencia de ancianos en Tona (Barcelona), atiende a dos mujeres. MASSIMILIANO MINOCRI

 

Nacieron en plena guerra civil, engendrados bajo una lluvia de hierros; fueron amamantados con el odio y destetados con el miedo y el pan de serrín. Cuando llegó la paz, los niños de la guerra supieron muy pronto que unos habían ganado y otros habían perdido y que su destino iba a ser muy distinto en aquella España, una, grande y libre, partida en dos, la del hambre y la del beneficio, la de los descampados con chavales perdidos como perros sin collar y la de los chicos gorditos y bien peinados, quienes llegado el momento unos irían al instituto o al colegio de curas para hacerse dirigentes, amos y señores, otros a la fábrica o al arado para acabar siendo obreros, jornaleros y servidores. Crecieron aplastados por el mismo silencio, pero un día hubo una feliz conjunción de los astros y aquellos niños de la guerra, que ya eran jóvenes obreros y estudiantes, hijos de vencedores y de vencidos, sintieron la necesidad agónica de sacudirse del encima el yugo de la dictadura. Juntos pelearon bajo los gases lacrimógenos, sufrieron cárceles y torturas, pero no cesaron de unir sus fuerzas en la conquista de la libertad, a la que se sumaron jóvenes de derechas que también necesitaban la democracia para respirar. El resultado fue una explosión de dicha, de bienestar, de prosperidad y de acracia creativa que se produjo en este país durante dos décadas como nunca la hubo en nuestra historia, desde los romanos, gracias al espíritu de aquellos niños nacidos en una guerra civil y que ahora están muriendo en una pandemia. Desde la camilla que los lleva al hospital se preguntan por qué su esfuerzo ha sido inútil y en medio de la peste se ha instalado el virus del odio, como un maleficio histórico, que añade a la incertidumbre del Gobierno el rencor más abyecto de la oposición hasta envenenar al país de nuevo con el espíritu de Caín.

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