La mariquita

El coleóptero se desplazaba por el autorretrato de Durero y, antes de desaparecer, me enseño cómo se mira un cuadro

La mariquita
‘Autorretrato’, de Alberto Durero (1498, Madrid, Museo del Prado).

A mi juicio no hay en el Museo del Prado una figura más vigorosa, arrogante y refinada que la de Alberto Durero, tal como aparece en su autorretrato. El otro día, mientras lo contemplaba obsesivamente sucedió un hecho singular. De pronto descubrí que por el borde superior del cuadro discurría una mariquita muy pequeña. Este hermoso coleóptero de caparazón rojo con pintas negras se detuvo en uno de los vértices del marco. Pensé que se precipitaría en el vacío, pero lejos de eso con cierta determinación bajó hacia la pintura y a través de la borla de la gorra de Durero se deslizó por su rubia cabellera pintada con infinitos puntos de oro hasta llegar al hombro de la figura. Los vivos colores de la mariquita no desdecían en absoluto de la suave tonalidad de la pintura y tampoco suponían un obstáculo para seguir contemplando excelsa belleza del autorretrato. Al contrario. Decidí seguir con la mirada su mismo camino como si la mariquita me indicara la forma de descubrir los secretos más íntimos de la textura de la tabla. Subió por el cuello de Durero y se adentró en la barba rubia, atravesó sus labios carnosos, escaló su prominente nariz y finalmente se detuvo en uno de sus ojos grises que la miraba de soslayo. Su forma minuciosa de avanzar me obligaba a fijarme en cada detalle de la pintura como nunca hasta entonces lo había hecho. La mariquita optó por bajar hasta el jubón del personaje, se deslizó por el cordón que le cruza el pecho, recorrió la cenefa dorada de la camisa y descendió hasta las manos enfundadas con guantes de cabritilla. Luego me obligó a leer la inscripción que aparece a la derecha del cuadro debajo del marco de la ventana. Dice: “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años. A.D.” A través de la ventana se divisa un paisaje. Al llegar allí la mariquita misteriosamente desapareció después de enseñarme cómo se mira un cuadro.

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Doble tajada

¿Logrará la derecha con las firmas populares y las manifestaciones en la calle contra los indultos volver al poder y el soberanismo colmar el vaso que lo haga irreversible? De eso se trata

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (derecha) y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja.
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (derecha) y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja. ULY MARTÍN

 

Según la tercera ley de Newton cuando un cuerpo ejerce una fuerza sobre otro, este impulsa sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto. Este principio de acción y reacción opera también de forma insoslayable en la política española y es el que se está desarrollando ahora como un maleficio histórico entre el secesionismo catalán y el nacionalismo español. Según esta ley de la física el anticatalanismo alimenta y da votos a la derecha española; a su vez el antiespañolismo da energía y ensoñación al independentismo catalán; ambos bandos se retroalimentan y sacan el mismo provecho electoral, de modo que es difícil que abandonen este desafío mutuo que casi constituye su razón de ser. Lo cierto es que a la hora de la verdad ni la derecha piensa en la unidad de España ni los nacionalistas catalanes en la gloria de su independencia. Solo piensan en sacar una gran tajada de votos que los lleve al poder. No hace ni 20 años todos los independentistas catalanes cabían en el Camp Nou y aún sobraba mucho cemento en las gradas. Hay que preguntarse qué ha sucedido desde entonces para que Cataluña esté prácticamente rota, dividida en dos y el soberanismo haya alcanzado tan altas cotas en las urnas. Aquellas mesas petitorias que montó la derecha contra el Estatuto que propuso Zapatero fue el viento en contra que necesitaba el independentismo para despegar y por su parte el agrio y contumaz desplante de los soberanistas frente al Estado el que exacerba a los españolistas hasta alcanzar los 42 grados de fiebre. La derecha consiguió entonces derribar al Gobierno socialista y en vista del éxito ahora repite la misma jugada con las firmas populares y las manifestaciones en la calle contra los indultos. ¿Logrará la derecha con este ardid volver al poder y el soberanismo colmar el vaso que lo haga irreversible? De eso se trata. Cada bando con su tajada.

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Agravios, desprecios, inquinas y otras virtudes literarias

Las entrevistas a personalidades de la cultura del siglo XX recogidas en ‘Retratos a medida’ rezuman, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana

Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 - 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.
Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 – 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.LUIS R. MARÍN (FUNDACIÓN PABLO IGLESIAS)

 

En el pequeño entramado de calles del madrileño Barrio de las Letras convivían en el Siglo de Oro como vecinos, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Góngora. Cervantes y Calderón de la Barca. No hay guía turístico que deje de explicar a los visitantes como nota característica de esos escritores, más allá de la magnitud de su obra, los insultos que se lanzaban, la inquina que se profesaban, el ingenio que utilizaban para zaherirse unos a otros. Quevedo odiaba a Góngora hasta el punto de comprar la casa donde vivía para desahuciarlo y regularmente le mandaba raciones de tocino para infamarle como judío converso y de su nariz hizo un soneto demoledor. Por su parte, Góngora se limitaba a llamarle cegato y patizambo. Lope era un triunfador y Cervantes un genio sin lectores, pero ambos se tenían unos celos muy consolidados. En esas callejuelas se respiraba entonces el aire viciado de la envidia y del resentimiento que no ha cesado a lo largo de la historia de toda la literatura española, en la que el éxito suele ir acompañado de la maledicencia y del escarnio. Cuanta más gloria más vilipendio, cuanto más talento más desprecio.

La Fundación del Banco Santander ha publicado el libro Retratos a medidaun conjunto de entrevistas a personalidades de la cultura española de la primera mitad del siglo XX en las que el alma de esta gente famosa rezuma, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana. Un periodista le pregunta a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Y don Pío contesta:” Con ese tío yo no voy a ninguna parte”.

Un periodista le preguntó a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Contestó: ”Con ese tío yo no voy a ninguna parte.”

Resulta que un domingo lo citó en un café para charlar. Enseguida Unamuno tomó la palabra y sin dejarle abrir la boca ni pedirle consentimiento empezó a leerle entera su novela Amor y pedagogía, de cabo a rabo. Al salir muy aturdido del café se encontraron con Valle Inclán. “Los presenté ―dice Baroja―. Los dos eran igualmente de intolerantes y enseguida se pudieron a discutir. Íbamos los tres por la calle, ellos discutiendo a gritos y yo tratando de que no riñeran. Pero a los cien pasos me cansé de oírlos y los abandoné en una esquina, a punto de desafiarse”.

Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.
Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.ALFONSO

Valle Inclán era un trolero, según Baroja. Una noche iban los dos por la calle y de repente, ya de madrugada, presenciaron una pelea a navaja entre dos tipos que acaban de salir de un garito de juego. Uno de ellos malherido comenzó a gritar y a oír los gritos acudieron los municipales quienes detuvieron al matón. Baroja y Valle presenciaron la reyerta sin poder hacer nada, pero Valle se inventó que fue él, como un héroe, quien con su propia y única mano desarmó al hombre de la navaja, lo asustó y lo prendió y a continuación con todo lujo de detalles escribió su hazaña en el periódico”. Y lo peor es que me ponía a mí de testigo” ―cuenta Baroja―. Pero yo conté la verdad de lo ocurrido y Valle se enfadó conmigo. En un banquete que le dimos al pintor Echevarría, a los postres Valle gritó: Baroja cree que la literatura es la fotografía. Eso lo decía por haberle pillado en la trola”.

Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista 'Caras y Caretas', Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.
Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista ‘Caras y Caretas’, Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.

La misma trampa literaria le echaba Baroja en cara a Galdós, quien escribía de muchos lugares donde no había estado nunca. Los describía sin verlos. Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras. “Hubo un tiempo ―dice Benavente― en que apenas había en España y en América escritor principiante o prestigioso que no se metiera conmigo o con mis obras. Meterse con mi teatro hacía intelectual a la gente. En las revistas y periódicos de la juventud literaria era de cajón meterse conmigo desde el primer número”. No obstante, en este caso no se produjo el hecho tan español de escribir a la Academia sueca para oponerse a que le dieran el Nobel de Literatura como hicieron con Echegaray, a quien en las tertulias lo denominaban el Gran Idiota. Hasta el punto de que Valle y sus amigos mandaron una carta solo con este insulto en el sobre sin más señas ni dirección y la carta llegó a su destino.

Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras

El ingenio de Juan Ramón Jiménez para inocular su mala baba contra los poetas de su generación incluso contra algunos de sus discípulos y admiradores era extraordinario. “Vengo de casa de Antonio Machado. Sobre un montón de libros y papeles depositados en una silla había un plato con dos huevos fritos”. Según su humor unas veces Juan Ramón decía que Machado se había sentado sobre los huevos fritos y otras veces no. Rubén Darío decía: Las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero”. Baroja replicó:” Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio”. Aunque hoy insultarse abiertamente ya no se lleva, se podría escribir la historia de la literatura española solo a través de los agravios, envidias, desprecios e inquinas. Y no por eso dejaría de ser admirable.

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Exploradores

Ahora nos abrimos paso a ciegas hacia el territorio desconocido del verano marcado por una línea azul en el horizonte

Varias personas en la playa de Corralejo, en Fuerteventura.
Varias personas en la playa de Corralejo, en Fuerteventura.CARLOS DE DE SAÁ / EFE
 

Los exploradores de tierras desconocidas solían moverse impulsados por las leyendas de islas del tesoro, de fuentes de la eterna juventud, de minas de oro de El Dorado, que habían oído contar con palabras y gestos indescifrables a los nativos. Llevados por la codicia o por los sueños de gloria los exploradores atravesaban selvas y cordilleras, navegaban ríos caudalosos y mares insondables. A veces se encontraban con tribus belicosas y se establecían combates desiguales a sangre y fuego. En cualquier ruta siempre había una taberna de algún holandés y allí estos aventureros acrecentaban aún más estas leyendas a merced del alcohol.

Aventura significa ir allá adonde te lleve el viento. A estas alturas del tiempo y de la vida, primavera de 2021, la única aventura perentoria a nuestro alcance consiste en llegar sanos y salvos al verano, que en medio de las tribulaciones de la pandemia se ha constituido en una conquista particular de El Dorado. La pandemia no es menos peligrosa que aquellas selvas y quebradas que había que atravesar, los ríos llenos de pirañas que había que salvar antes de llegar a ese lugar deseado que no estaba en el mapa. Como los antiguos exploradores ahora nos abrimos paso a ciegas hacia el territorio desconocido del verano marcado por una línea azul en el horizonte.

En la taberna del holandés se dice que cuando lleguemos allí todo será como antes. De noche la brisa traerá risas y canciones de los felices tiempos del pasado, se encenderán hogueras en la playa y todo el paraíso olerá a sardinas asadas. Si eres joven conocerás el amor sobre la arena dorada; si eres viejo verás pasar la vida por encima del sombrero de paja. Pero, tal vez, esa línea azul del verano solo sea un espejismo, porque en medio de la fiesta oirás el clamor de un llanto inagotable que traen las olas desde el fondo del mar hasta la orilla.

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Dos piezas surrealistas de la historia de España

Franco escondido en la bañera durante la sanjurjada y Pilar Primo de Rivera como posible esposa de Hitler son algunos de estos extraños episodios nacionales

Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.
Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.

 

1. Conocí a Pedro Sainz Rodríguez en los últimos años de su vida. Era el modelo del gordo listo, incansable y sutil, que desde su juventud, moviéndose en la sombra, había estado presente detrás de la cortina en todos los fregados políticos: en el cuarto de baño con la querida del nuncio apostólico Tedeschini para arrancarle unas cartas comprometidas; en la conspiración de la sanjurjada del 10 de agosto de 1932 contra la República, en los preparativos del Alzamiento del 18 de Julio, en las maniobras de la Monarquía durante 40 años junto a don Juan en Estoril para recuperar el trono. A veces me invitaba a comer y mientras le caía la sopa por la comisura hasta la servilleta, que llevaba anudada como un niño en el pescuezo, me contaba historias muy surrealistas.

—Mire usted, los que dicen que Franco se rajó en la sanjurjada mienten. Yo estaba presente en la entrevista en el restaurante Camorra de la cuesta de las Perdices, a la que acudimos los tres después de burlar a cuatro policías, y allí Franco le dijo a Sanjurjo: “Yo no le doy mi palabra de sumarme a su alzamiento, no se lo prometo; haré lo que sea, según las circunstancias; lo que le aseguro es que si el Gobierno decide mandar fuerza para dominar ese movimiento, yo no iré y, además, procuraré que no vaya nadie. No haré nada para que usted no triunfe”. Franco no se metía en líos porque temía perder su carrera. Por aquellos días para tratar de convencerlo lo cité en el pequeño hotel de la calle Victoria donde yo vivía en esos días. Llegó un poco alterado porque creía que lo habían seguido. Después de estar un buen rato charlando sonó del teléfono interior. Era el conserje que preguntaba si un señor había subido a mi habitación. Al oír esto Franco pensó que la policía lo iba a detener y se tumbó en la bañera detrás de las cortinas. Era simplemente el taxista que había traído a Franco y preguntaba si iba a bajar porque no le había pagado la carrera. Y cuatro años después le costó muchísimo unirse al alzamiento del 18 de julio. Exigió que le pusieran 40.000 duros en Italia y, aun así, la contraseña para sumarse a Mola fue un telegrama en el que se declaraba fiel a la República, por si las moscas. Franco era muy cauto. Por ejemplo, cuando se mató Mola y en el lugar del accidente se levantó un obelisco, en el Consejo de Ministros le dijimos que debía ir a inaugurarlo. Se negó en redondo: “No. no, aquello es un valle muy peligroso y puede llegar un avión rojo y soltarme una bomba”.

2. Un día le pregunté al escritor Ernesto Giménez Caballero cuál había sido el momento cumbre de su azarosa vida. Sentado en un sillón abacial allí en su estudio comenzó a agitar los brazos como las aspas de aquel molino que Don Quijote había confundido con un gigante y con una locura muy parecida, me dijo:

“El momento cumbre de mi vida sucedió durante una cena en Berlín, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels. Fuera sonaban las alarmas de bombardeos y se oían los clamores de las patrullas de la Gestapo. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Al quedar a solas con Magda, su mujer, en un salón privado donde ardían los troncos de la chimenea, me creí arrebatado por una fuerza superior y le expuse mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Magda estaba sentada frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Ingunda, Brunequilda o Gelesvinta. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en un genital y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braun no es más que un tapadillo para disimular”.

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Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa

Me pregunto si en la actual política española han vuelto a salir del baúl los viejos dibujos de Sáenz de Tejada, los de derechas otra vez guapos y aguerridos, los de izquierdas otra vez torvos y desastrados

Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa
‘Guerra civil española: conventos incendiados’, de Carlos Sáenz de Tejada.

Conocí a Dolores Ibárruri, Pasionaria, en un jardín derruido de una casona abandonada en los altos de Cercedilla, un domingo de mayo de 1977. Estaba sentada en un sillón de mimbre roto, vestida de negro con algunas puntillas blancas, envuelta en un aura hermética. No hablaba. Solo parecía estar interesada en la forma en que hervía el caldo de una paella que se estaba guisando en su homenaje. Había llegado tres días antes a España, después de 40 años de exilio, y en la escalerilla del avión de Barajas los fotógrafos repitieron esa foto que tantas veces habían hecho a Ava Gardner, solo que Pasionaria no bajaba sonriendo abrazada a un ramo de flores como una diva, sino envuelta en una tremenda expectación política en la que había fervor y odio a partes iguales. En una pared de la estación de aquel pueblo de la sierra, con brocha de alquitrán, alguien había escrito: “Muerte a la Pasionaria”.

Su presencia secreta en aquel jardín derruido al pie de los Siete Picos de Guadarrama fue como la de una virgen que se aparece a los suyos, en este caso a un grupo de artistas, intelectuales y profesionales de izquierdas. Hasta ese momento no había pronunciado una palabra, parecía tener el pensamiento en otra parte y nadie se atrevía a interrumpir su silencio. Al verla de cerca tan serena y callada, con la mano en la mejilla, la memoria me llevó a aquellas noches desoladas de posguerra, cuando de muy niño alrededor de la chimenea oía contar hechos terribles de esta mujer. Por un momento recordé las reproducciones de los dibujos de la guerra que había en algún viejo baúl familiar. Eran ilustraciones del pintor Carlos Sáenz de Tejada y en ellas se veía que todos los soldados nacionales inexorablemente eran altos, guapos y aguerridos; en cambio, los milicianos eran torvos, rudos, mal afeitados, con el rostro patibulario. Había una estampa de Dolores Ibárruri, Pasionaria, en la que alguien la había pintado en forma de una loba, con los colmillos ensangrentados devorando a un joven falangista. Estas imágenes permanecieron en mi imaginación durante mucho tiempo, siempre acompañadas de historias terribles que habían sucedido en el bando republicano. No me podía creer que aquella loba fuera esta misma anciana alta, elegante, con el pelo blanco recogido en un moño, cuyo rostro expresaba una adusta dulzura cansada. Eran aquellos tiempos de la lucha antifranquista en que la izquierda era guapa.

Finalmente, después de un largo silencio, Pasionaria dio señales de querer hablar y cuando todos sus devotos a su alrededor esperaban que saliera de su boca una consigna política con una visión histórica ante las elecciones democráticas que se iban a celebrar el próximo 15 de junio, de pronto, Pasionaria comenzó a cantar con voz muy templada una romanza de Los Gavilanes. “Pensando en ti noche y día / aldea de mis amores / mi esperanza renacía / se aliviaban mis dolores”. A continuación siguió con el zorcico Maitetxu mía y ya no había forma de pararla y aunque sus devotos, entre los que me encontraba, intentábamos que nos hablara de la Unión Soviética, de Stalin, el eurocomunismo, de Adolfo Suárez, de los debates con José Calvo Sotelo en el Congreso durante la República, ella cesó de cantar y en vez de meterse en política comenzó a contar recuerdos de su juventud.

El aroma de las jaras se correspondía con una primavera política en que el país se iba a abrir a la libertad

“A mí me gustaba mucho bailar pasodobles, España cañí o lo que fuera. En la plaza de mi pueblo había un quiosco de música y a su alrededor se montaba el baile los domingos por la tarde. Allí danzaba yo con todos los muchachos. Tuve un primer novio, que se llamaba Miguel Echevarría, lo recuerdo perfectamente, un chico de Matamoros, ajustador metalúrgico, muy tímido, que venía atravesando los montes desde su pueblo, los domingos, a sacarme de paseo. Duró poco, porque no hablaba nada. Si yo me callaba, él no hablaba. Un día le dije: ‘Ya no vuelvas más’. Yo entonces pertenecía al Apostolado de la Oración, llevaba un escapulario con un Corazón de Jesús, aquí, en el pecho, y una cruz en la espalda, no, todos los días no; sólo en las fiestas, en las novenas, en las procesiones. Cada semana iba con la maestra a arreglar el altar del Corazón de Jesús en la iglesia y me confesaba todos los sábados; era lo bueno que eso tenía, podías hacer lo que quisieras, luego te confesabas y comulgabas, y quedabas limpia de delito”.

En aquel jardín derruido olían las jaras, cuyo aroma se correspondía con una primavera política en que el país se iba a abrir a la libertad en las primeras elecciones democráticas. Han pasado 44 años de aquel domingo de mayo. ¿Quién se acuerda? Eran aquellos tiempos en que bastaba ser de izquierda para sentirte atractivo e inteligente. Me pregunto si en la actual política española han vuelto a salir del baúl los viejos dibujos de Sáenz de Tejada, los de derechas otra vez guapos y aguerridos, los de izquierdas otra vez torvos y desastrados.

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Desolladero

La pandemia de la covid-19 ha sido para los toros más nefasta que lo fue la guerra. El negocio ha sido diezmado

Fachada principal de la plaza de toros de Las Ventas (Madrid).
Fachada principal de la plaza de toros de Las Ventas (Madrid).JOAQUÍN CORCHERO / EUROPA PRESS

 

Dijo el torero Domingo Ortega: ”Eso de la raza, la bravura y la nobleza del toro es una cosa muy difícil de explicar; es como el español, que está tranquilo mientras no le tocan la querencia, que no ataca si no lo molestan, pero en cuanto algo se le tuerce, se arranca y te arrea sin más, aunque primero avise, eso sí, como hace el toro”. De hecho, según la visión trágica de este torero, en julio de 1936 empezó en España la fiesta nacional propiamente dicha. Sonaron los clarines y durante tres años seguidos se desarrolló por todo el país una lección aplicada del arte de matar. Los españoles bajaron de los tendidos a la arena y se lidiaron mutuamente hasta convertir el solar de la patria en un auténtico desolladero. Al toro de carne y hueso ni siquiera se le dejó en paz. Durante la guerra se siguieron dando corridas. En el bando republicano los toreros hacían el paseíllo puño en alto y en el bando nacional salían al ruedo ejecutando el saludo romano. Era la representación más fidedigna de la matanza que sucedía fuera de la plaza. La pandemia de la covid-19 ha sido para la fiesta nacional más nefasta que lo fue la guerra. El negocio taurino ha sido diezmado, este año tampoco habrá feria de San Isidro y no seré yo quien se alegre del mal ajeno, pero es evidente que pasado lo peor de la peste la corrida de toros trata de resetearse solo impulsada por un nacionalismo español beligerante. Si no le era del todo, ya lo es. Los toros son el santo y seña de la derecha. A partir de ahora cualquier corrida que se celebre será siempre un acto de afirmación ideológica, un desplante patriótico frente a la izquierda que se medirá con puyazos, banderillas, estocadas, descabellos y arrastres. El diestro Domingo Ortega remedó en profundidad los versos de Machado: españolito que vienes al mundo, te guarde Dios, según como te pille la vida, una de dos, serás toro o matador.

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Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa

Me pregunto si en la actual política española han vuelto a salir del baúl los viejos dibujos de Sáenz de Tejada, los de derechas otra vez guapos y aguerridos, los de izquierdas otra vez torvos y desastrados

Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa
‘Guerra civil española: conventos incendiados’, de Carlos Sáenz de Tejada.

 

Conocí a Dolores Ibárruri, Pasionaria, en un jardín derruido de una casona abandonada en los altos de Cercedilla, un domingo de mayo de 1977. Estaba sentada en un sillón de mimbre roto, vestida de negro con algunas puntillas blancas, envuelta en un aura hermética.

No hablaba. Solo parecía estar interesada en la forma en que hervía el caldo de una paella que se estaba guisando en su homenaje. Había llegado tres días antes a España, después de 40 años de exilio, y en la escalerilla del avión de Barajas los fotógrafos repitieron esa foto que tantas veces habían hecho a Ava Gardner, solo que Pasionaria no bajaba sonriendo abrazada a un ramo de flores como una diva, sino envuelta en una tremenda expectación política en la que había fervor y odio a partes iguales.

En una pared de la estación de aquel pueblo de la sierra, con brocha de alquitrán, alguien había escrito: “Muerte a la Pasionaria”.

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Equidistancia

Pese a que en la política española es una palabra maldita que genera granizadas de insultos de ambos bandos, lo cierto es que no se puede vivir sin ejercerla cada día

Sin la equidistancia entre sus distintas fuerzas la cúpula del hemiciclo del Congreso se desplomaría sobre las cabezas de los diputados y aplastaría por igual a los de derechas y de izquierdas.
Sin la equidistancia entre sus distintas fuerzas la cúpula del hemiciclo del Congreso se desplomaría sobre las cabezas de los diputados y aplastaría por igual a los de derechas y de izquierdas.FERNANDO VILLAR / EFE

 

Pese a que en la política española la equidistancia es una palabra maldita que genera granizadas de insultos de ambos bandos, lo cierto es que no se puede vivir sin ejercerla cada día, cosa que realizan incluso los más fanáticos. El trigo del pan que comes lo habrá sembrado, tal vez, un labrador de extrema derecha, lo habrá segado un jornalero de extrema izquierda, lo habrá molido un molinero socialista, lo habrá amasado un panadero integrista y lo habrá distribuido en su furgoneta un empleado anarquista.

El hecho de que a la hora de tomarte la tostada del desayuno nada de esto te importe, demuestra en la práctica tu equidistancia política. Pides mesa en un famoso restaurante cuyo dueño además de votar a Vox ofrece un lenguado exquisito, pero entre los pinches de cocina, que lo han elaborado, sin duda, los hay de todos los colores, razas, países y lenguas, cuyas ideologías contrarias van a bajar con el lenguado a tu estómago, que deberá asimilarlas a todas por igual. Las ideas políticas no son comestibles, pero solo si eres un equidistante podrás gozar en este caso de una buena digestión.

Hasta el radical más fanático, ante el hecho aciago de tener que pasar por el quirófano para un trasplante, si es de extrema derecha no le importará que el hígado proceda de un comunista o de un inmigrante sin papeles; y si es de extrema izquierda aceptará de buen grado el riñón, aunque el donante sea de un acérrimo franquista. La equidistancia es una ley de geometría que desarrolló Euclides, principio de la armonía que mantiene en pie cualquier construcción. Sin la equidistancia entre sus distintas fuerzas la cúpula del hemiciclo del Congreso se desplomaría sobre las cabezas de los diputados y aplastaría por igual a los de derechas y de izquierdas. El resultado sería un montón de escombros, no muy diferente de lo que es realmente la actual política española.

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Cuando todos los cines tenían un paraíso

Las clausuradas salas de barrio mantienen vivas en el espacio las risas, las lágrimas, los primeros besos oscuros y esas butacas crujientes donde se realizaban todos los sueños

Cine Lumiere del barrio Bellvitge de Hospitalet de Llobregat en Barcelona, en 1975.
Cine Lumiere del barrio Bellvitge de Hospitalet de Llobregat en Barcelona, en 1975.JORDI SOCÍAS

Cinco barrios en busca de una ciudad o unas inmensas afueras de nada, así era definida Los Ángeles de California cuando en 1964 pasé por allí. Durante el viaje en coche desde San Diego y La Jolla por la autopista del Camino Real, que discurría por la costa, al amanecer se veían a chicos y chicas de cuerpos celestes haciendo surf contra la salida del sol. Todo parecía fascinante, lleno de glamur entonces, entre yates y palmeras, pero aquellos cuerpos espléndidos que causaban admiración a los que veníamos del hambre ibérica, se han degradado a causa de las bebidas azucaradas y la comida basura y hoy en EE UU no ves sino sucesivas oleadas de adiposos por la calle exhibiendo unas lonchas infames como si tratara de un inacabable concurso de gordos.

En aquel tiempo Norteamérica aun tenía seducida a Europa por el triunfo en la guerra mundial y por la ayuda económica del Plan Marshall. En España los carteles de las películas americanas llenaban todas las fachadas de los cines, también los de barrio y constituían la más fabulosa y barata forma de escapar de la miseria. Yo era entonces un cinéfilo enfermo de mitología. Pero al llegar como un turista extraviado a Hollywood, uno de esos cinco barrios situado al norte de Los Ángeles, todos mis sueños tan largamente alimentados desde niño en el cine del pueblo sufrieron un descalabro, puesto que aquel Hollywood Boulevard no ganaba en prestancia a la calle de Bravo Murillo de Madrid. Era una avenida destartalada, sucia, sin ningún interés. El teatro Chino me pareció vulgar y las huellas de los artistas estampadas en la acera no pasaban de ser una curiosidad anodina. A la mierda la mitología, pensé, me han estafado.

Desde una cafetería de asientos corridos de plástico rojo junto a un ventanal del famoso Sunset Boulevard veía pasar por la acera gente corriente tirando de carritos, obreros abriendo zanjas, clientes de un supermercado, chicas repartiendo publicidad de hamburguesas. No, no, por la acera de Sunset Boulevard no pasaba Gloria Swanson ni William Holden ni Kirk Douglas ni Liz Taylor ni Lana Turner, que por extraño que parezca probablemente estarían en Madrid. En efecto, yo llegaba de Madrid donde hacia 1960 podías encontrarte con la mayoría de los artistas de Hollywood por la calle, a Audrey Hepburn saliendo de unas mantequerías, a Cary Grant en bicicleta por El Retiro, a Gary Cooper cruzando un paso de cebra, Rita Hayworth en la puerta del Ritz, a Tyrone Power vestido de rey Salomón muerto de infarto abrazado a Gina Lollobrigida. Y por supuesto a Ava Gardner, cuanto más ebria más guapa.

Aburrido con el puño en la mandíbula en aquella cafetería de Sunset Boulevard comencé a recordar el cine de mi pueblo, que empezó a construirse por el otoño de 1944, mientras las bandadas de tordos cruzaban hacía el sur. A media mañana, el maestro de la escuela nos llevaba de recreo a las afueras en fila de dos y yo iba cogido de la mano del niño que era mi mejor amigo. En una calle por donde pasaba la reata escolar unos albañiles encaramados en un andamio lucían una fachada de lo que la gente decía que iba a ser un cine. Unas semanas después se veía a unos pintores que le daban una mano de color crema y empezaban a dibujar unas letras muy grandes, la C, la I, la N, la E, de color azul. Los niños seguíamos día a día el proceso de las obras de la misma forma que se va construyendo un sueño, el altillo donde iría el proyector, el patio de butacas en ligera pendiente, el escenario bajo la pantalla, todo iba tomando realidad fuera ya de la imaginación, y aunque el cura decía que el cine era un invento del diablo, eso no hacía sino excitarme aún más. Por Navidad, el nombre del cine en grandes letras romanas dentro de una orla acabó de completarse. Se llamaría Cinema Rialto y en su pantalla, muy pronto, comenzarían a cabalgar, a disparar, a bailar, a besarse los héroes que veía en los pasquines y en los prospectos de mano. Allí vi por primera vez la pantalla iluminada por donde se movía Mickey Rooney en El joven Edison y Bela Lugosi en El gorila y El clavo con Rafael Durán y Amparito Rivelles.

Por Sunset Boulevard, que un día me pareció tan costroso, no sé si habrá este año limusinas cargadas de estrellas en busca de la alfombra roja. La hoguera de las vanidades, aunque diezmada por la pandemia, seguirá ardiendo en la entrega de los Oscar. Desde hace ya mucho tiempo su ceniza ha caído sobre aquel mundo fenecido de los cines de barrio, de los cines de pueblo, que han cerrado y están llenos de ratas y de telarañas, pero mantienen vivas en el espacio las risas, las lágrimas, los primeros besos oscuros y ese haz de luz que atravesaba el paraíso en cuyas butacas crujientes se realizaban todos los sueños. Las plataformas, las series, el cine en casa, se lo han llevado por delante.

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