Última bala

Una sanitaria pone la vacuna contra la covid-19 a un residente de un geriátrico público.
Una sanitaria pone la vacuna contra la covid-19 a un residente de un geriátrico público.J. L. CEREIJIDO / EFE

Cuando una guerra llega a su fin y el ejército enemigo ha sido vencido y desarmado, siempre hay un soldado ingenuo y con poca cabeza que deja el fusil, lanza el gorro al aire y salta de la trinchera a pecho descubierto para celebrarlo. “¡Camaradas, la guerra ha terminado!” —grita con los brazos abiertos—. En ese momento, la última bala perdida lo mata. Puede que gracias a la vacuna esa sensación de victoria contra la pandemia cause también un número considerable de bajas todavía entre la gente alegre y confiada. En este caso, conviene recordar esa escena tantas veces repetida en las películas del Oeste. En plena ensalada de tiros en el poblado, un vaquero muy precavido coloca el sombrero en la punta de un palo y lo asoma lenta y cautelosamente por el filo de una esquina. Solo después de asegurarse muy bien de que nadie dispara, sale de su refugio y da la cara. De esta forma tan sabia debería comportarse uno en esta última batalla contra la pandemia, que sin duda acabará ganando la ciencia. La peor tragedia es la que está provocada por la alegría. Y mientras la victoria llega, ahora toca arremangarse y arrimar el hombro para recibir la vacuna como si se tratara de la sagrada eucaristía. A lo largo de 2021 esta será la imagen miles de veces repetida en los telediarios: la aguja de una jeringuilla cargada con toda la sabiduría de los científicos y del sacrificio anónimo entrando en la carne macerada de la humanidad. Pero arremangarse tiene también un sentido figurado más noble. Se trata de proponerse una alta meta que merezca la pena afrontar. ¿Un propósito de año nuevo? Por ejemplo, no morirse, aunque solo sea para ver cómo florecen una vez más los limoneros y volver a oír La flauta mágica de Mozart bajo un sol de primavera. En este caso, para que no mate la última bala al final de la pandemia, habrá que sacar con cautela el sombrero.

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En pecado

Uno era entonces culpable por quebrantar el sexto mandamiento de Dios, como hoy lo es por no usar mascarilla, por no lavarse las manos, por no guardar las distancias

Varias personas pasean con mascarilla.
Varias personas pasean con mascarilla.CRISTÓBAL CASTRO

 

Entre todos los pecados que un adolescente podía cometer entonces, el del sexo era el más dulce y viscoso, el que más se parecía a una infección pandémica. Quebrantar cualquier otro de los 10 mandamientos grabados en las tablas de la ley, carecía de placer suficiente que compensara la amenaza de ir al infierno. No tomar el nombre de Dios en vano, honrar padre y madre, santificar las fiestas, no levantar falsos testimonios, eran pecados que a un adolescente no le causaban ningún problema. Bastaba con ser un chico formal y educado. Por otra parte, a uno no se le ocurría matar a nadie y, a la hora de robar, los niños entonces nos conformábamos con los melocotones que asomaban por encima de la tapia del huerto del cura. Los adolescentes de hoy ignoran el morboso desasosiego, no exento de dulzura, que suponía vivir en pecado mortal, en el que se unían el placer, la culpa y la condena, cuya desazón se solventaba arrodillándose ante el confesor de quien recibías el perdón acompañado de un suave pescozón en la mejilla. Pero esa vacuna no funcionaba. La confesión te aliviaba por un momento de una pesada carga de conciencia hasta que salías a la calle y el virus de la lujuria, que andaba desatado, te volvía a contagiar. Cierto que había pecados veniales equivalentes a lo que hoy se tomaría como una infección leve o asintomática del coronavirus, pero el pecado mortal sonaba como una maldición inexorable, puesto que los clérigos nos decían que conllevaba enfermedades severas aquí en la tierra, antes de ir al infierno. La culpa colectiva es inherente a la forma en que sube o baja la curva del coronavirus. Uno era entonces culpable por quebrantar el sexto mandamiento de Dios, como hoy lo es por no usar mascarilla, por no lavarse las manos, por no guardar las distancias, por ese desafío adolescente de afrontar el peligro del contagio con la transgresión.

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Escritores suicidas frustrados

Joseph Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. La vitalidad de Hermann Hesse entró en conflicto con la vida oscura de su familia

El escritor Joseph Conrad, abordo del S. S. Tuscania en su llegada  a Nueva York, en 1923
El escritor Joseph Conrad, abordo del S. S. Tuscania en su llegada a Nueva York, en 1923BETTMANN / BPA

 

La nómina de escritores que prefirieron largarse al otro mundo por la vía rápida a seguir escribiendo es magnífica y prácticamente interminable. Desde los clásicos Sócrates, Séneca y Petronio, pasando por Larra, Ganivet y Gabriel Ferrater entre los nuestros, por los famosos Salgari, Jack London, Virginia Wolf, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Cesare Pavese, Walter Benjamin, Hemingway, la lista no está cerrada porque este es un oficio siempre al borde del acantilado, que no es sino el propio ego por el que el escritor está siempre a punto de despeñarse. Pero hubo dos grandes literatos que pasaron a la gran historia de la literatura gracias a que en su atormentada juventud, pese a haberlo intentado, no lograron suicidarse: Joseph Conrad y Hermann Hesse.

A la hora de embarcarse los marineros se dividen en dos: unos lo hacen apenados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios; otros se suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano en medio durante un tiempo largo. Joseph Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. Para él parecía haber escrito Baudelaire este verso: “Hombre libre, siempre amarás el mar”· En tierra era un ser zarandeado por la existencia, pero el mar lo convertía en un hombre esforzado, riguroso y libre. De regreso de su primera travesía a las Antillas, recalado de nuevo en el puerto de Marsella, a la espera de enrolarse en otro barco, fue devorado otra vez por las deudas y tuvo que coger un revólver y pegarse un tiro en el pecho para resolver bravamente el problema. La bala le pasó muy cerca del corazón y no quiso matarlo.

“Si he de ser marinero quiero ser un marinero inglés” -se prometió a sí mismo en el hospital donde se recuperaba de la herida-. Después de pasar por toda la escala, logró su deseo y como primer oficial de la marina mercante británica navegó los mares de China y de Nueva Zelanda; incorporó a su espíritu los nombres de Sumatra, Borneo y golfo de Bengala; se adentró en el corazón de África por el río Congo y en cada travesía compartió la vida con tipos heroicos y desalmados, que después convertiría de primera mano en personajes de sus novelas. La expiación y el remordimiento después de un acto de cobardía en Lord Jim, la serenidad ante la desgracia en Nostromo, la mutación constante de las pasiones como los cambios del oleaje en El negro del Narcissus, la penetración hasta el fondo de la miseria humana en El corazón de las tinieblas. Un escritor se mide frente al mar. En este sentido Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. No así en su vida en tierra. Agradecemos que la bala no lo matara.

En cambio, Hermann Hesse navegó otros mares no menos procelosos de la conciencia religiosa. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo alemán de Calw, donde nació.

La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor, pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. En el seminario de Tubinga, Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Un día saltó la tapia del seminario y entonces empezó la tortura. Quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación. Lo llevaron ante el afamado exorcista. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Hermann Hesse nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse. En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de sus tres libros inevitables, DemianSiddhartha El lobo estepario.

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La salida

A la hora de buscar la salida, muchos intelectuales no utilizan el cerebro del pulpo sino el de la mosca del vinagre

La salida
EL PAÍS

 

Tenemos cabeza, tronco y extremidades como la mayoría de los animales, incluidos los insectos más insignificantes; compartimos la mitad del genoma con un gusano llamado elegans, de apenas un milímetro; las neuronas de nuestro cerebro funcionan prácticamente como las del cerebro de la mosca del vinagre. Después de esto, hay tipos que aún sacan pecho y te dicen: oiga, usted no sabe con quién está hablando; en cambio, otros se deprimen al saber que para la naturaleza no hay diferencia sustancial entre un Einstein y un mosquito. Solo los místicos aprovechan esta situación para expandir su alma hacia todos los seres vivos, hermano chimpancé, hermano lobo, hermana hormiga, hermana bacteria, y por ahí todo seguido hacia la hermandad universal que te lleva a amar a cada hoja de hierba, como canta Walt Whitman en sus poemas, a cada célula, a cada átomo, a cada partícula cuántica, que ya es y no es. Pero de camino hacia la nada donde culmina la espiritualidad se encuentra el pulpo, que a uno le levanta la moral. El pulpo es, tal vez, el animal más inteligente de la creación, puesto que tiene nueve cerebros, uno en cada pata, conectados con un cerebro central. También tiene tres corazones que lo hacen un sentimental. Un viejo marinero, Salvador, patrón de pesca con el que comparto una tertulia de verano me explica las hazañas que realiza el pulpo para sobrevivir y la extrema sabiduría que emplea para cazar y también para salvarse. Cuando la red de arrastre vacía el copo del pescado sobre la cubierta del barco los pulpos salen huyendo con suma rapidez en busca de los imbornales para volver al mar. ¿Cómo saben los pulpos la existencia de esos desagües? ¿Por qué no se confunden ni se atropellan? Son cosas de la vida que ignoran muchos intelectuales quienes a la hora de buscar la salida no utilizan el cerebro del pulpo sino el de la mosca del vinagre.

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Entre estetas, millonarios y bohemios

En la rue de Fleurus, 27, del Barrio Latino de París se reunían pintores, poetas, escritores y críticos de arte

La escritora Gertrude Stein con su perro Basket en su apartamento de París en 1946.
La escritora Gertrude Stein con su perro Basket en su apartamento de París en 1946.HORST P. HORST / CONDE NAST VIA GETTY IMAGES

 

Gertrude Stein era todavía una niña cuando en un viaje en tren desde Pensilvania a California durante el trayecto tuvo un percance que obligó a su padre a pulsar repetidamente el timbre de la alarma hasta lograr que el convoy se detuviera. Los pasajeros creyeron que había sucedido algo muy grave, pero todo lo que había pasado era que a la niña Gertrude, al asomarse a la ventanilla, se le había volado el sombrero. El padre o, tal vez, alguno de sus acompañantes se apeó y después de desandar media milla por la vía lo encontró en un sembrado. La niña recuperó el sombrero, se lo encasquetó en la cabeza y resuelto el problema el tren reemprendió la marcha. Sucesos como este hicieron que la autoestima de Gertrude Stein tuviera una base muy sólida desde su más tierna infancia. Fueron muchos a lo largo de su vida quienes estuvieron siempre dispuestos a recuperarle el sombrero, Picasso, Matisse, Man Ray, Hemingway, Scott Fitzgerald, James Joyce y Ezra Pound entre otros.

Una de las paredes del pabellón la ocupaba casi por completo el cuadro de Henri Matisse La joie de vivre, de 174 por 238 centímetros, realizado por el pintor en 1906 en París y adquirido por esta coleccionista después de haber sido expuesto en el Salón de Otoño de ese año. La tela representaba una escena bucólica en medio de un paisaje pastoril donde unos jóvenes y unas muchachas desnudos se desperezaban, tocaban el caramillo, se abrazaban y bailaban. Este cuadro idílico en el que se representaban los pequeños placeres de la vida enervaba a Picasso, que no cejó de combatirlo hasta lograr que Gertrude lo vendiera para colocar en la misma pared Las señoritas de Aviñón, que Picasso acababa de pintar en 1907. Con el tiempo el óleo de Matisse fue a parar a la fundación Barnes, de Filadelfia y el cuadro de las señoritas del burdel de la calle Avinyó de Barcelona se conserva en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Con la nariz de una de estas prostitutas trazada a la manera de una máscara negra que le había mostrado Matisse creó Picasso el cubismo. Los dos genios se respetaban en público pero se odiaban en secreto y Gertrude siempre acababa por poner paz en sus rencillas.

Por su parte Gertrude Stein también mantenía una competencia soterrada con su amiga la librera Sylvia Beach a la hora de disputarse a los literatos norteamericanos, Ezra Pound, Hemingway, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson, que campaban por París para atraerlos a su propio territorio, una al pabellón de la rue de Fleurus, 27,otra a su mítica librería Shakespeare & Company situada entonces en la rue de l’Odéon, 12. Sylvia Beach hizo posible la publicación del Ulises de Joyce, en 1922, con un dinero aportado por Ezra Pound, quien después no podía soportar la fama del libro que él mismo había propiciado. También la propia Gertrude Stein, como escritora, odiaba a James Joyce puesto que ambos se disputaban la vanguardia literaria y el irlandés le había arrebatado la gloria entre aquel grupo de exquisitos con la literatura experimental.

La primera regla en aquel ambiente de Montparnasse era hacerse notar y sin duda Ezra Pound, un personaje, mitad santo laico, mitad canalla, estaba en el centro de todos los debates. De él decía Hemingway que tenía ojos de violador fracasado, si bien lo consideraba un gran poeta que dedicaba la quinta parte de su tiempo a su poesía y empleaba el resto a ayudar a sus amigos. Durante un banquete en homenaje a D. H. Lawrence, sintió que Yeats estaba acaparando toda la atención. Para contrarrestar esta pequeña gloria, a la hora de los postres Ezra Pound se comió un tulipán rojo del ramo que adornaba la mesa y viendo que no era suficiente con uno se comió otro más y no cesó de comer flores hasta reclamar todas las miradas. Ezra Pound luchó denodadamente para alcanzar su fracaso en la vida y al final solo por epatar se dejó caer en el fascismo. Así eran las pasiones en aquel tiempo dorado de los años veinte en París entre estetas, millonarios y bohemios.

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Otro Orwell

Si la Historia terminara un día, no esperes que venga anunciado por el rabo de un cometa

Asistentes a un festival graban con sus móviles.
Asistentes a un festival graban con sus móviles.GETTY IMAGES

 

El Gran Hermano anunciado por Orwell, ese ente poderoso e inasequible que controla desde la oscuridad todos nuestros movimientos, adopta a veces la forma de un pequeño primo de carne y hueso, absolutamente visible, que es en realidad quien te hace la vida insoportable. Puede que el Gran Hermano posea una franquicia en el inspector de Hacienda, en el amante celoso, en el policía de tráfico, en el jefe tirano, en el cuñado chivato y sabiondo o en ese político mostrenco que quiere salvar a la patria sin solucionar primero su forúnculo en el pescuezo. Puede que el Gran Hermano muchas veces no vaya mucho más allá de la vieja del visillo o del hombre del frac. Tampoco en el futuro se vislumbra el fin de la Historia y del último hombre como auguró Fukuyama, ya que la historia real no se compone solo de ideologías, sino de rebeldías anónimas, de navajazos en las esquinas, de proyectos fracasados, de éxitos inesperados, de placeres de sobremesa, de accidentes de coche, de cupón de los ciegos, de guerras más o menos sirias o palestinas, de rebajas en los grandes almacenes, de amores adolescentes, de incendios de discotecas, de cánticos con un Kalashnikov en brazos, un devenir orgiástico que no acabará nunca. Pero si la Historia terminara un día, no esperes que venga anunciado por el rabo de un cometa. Después de todo, el fin del mundo tiene un carácter privado que puede terminar con un resbalón mortal en la bañera. En todo caso, si una peste planetaria, como esta, acabara con el último hombre de Fukuyama siempre quedaría a salvo un chimpancé cuyo sucesor dentro de un millón de años se pondría a reescribir el Génesis, y el asunto volvería a empezar por abajo. Mientras vayas creando a mano tu propia historia diaria cuídate de no facilitar el trabajo al Gran Hermano alimentado su tripa con esas llamadas idiotas que haces con el móvil.

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Qué más da

Si al final aquellos sueños que tuviste de joven se reducen a jugar una partida de tute en el hogar del jubilado y a confundir la felicidad con un buen resultado del análisis de orina, ya qué más da

La galaxia enana Fornax, vecina de la Vía Láctea.
La galaxia enana Fornax, vecina de la Vía Láctea.

 

Qué más da que haya uno o mil universos, con un número de galaxias y de estrellas más allá de toda imaginación si en el fondo solo son piedras incandescentes o muertas, que dan vueltas y vueltas ciegamente sin sentido alguno. Qué más da que existan millones de planetas como el nuestro si al llegar a cualquiera de ellos, después de viajar durante años a la velocidad de la luz, te encuentras con que está todo parcelado por el catastro, lleno de policías y de gente feroz que se mata por un dios, por una patria, por una bandera. Qué más da que la Iglesia te prometa la inmortalidad en el paraíso después de la resurrección de la carne si basta con un segundo de placer, por ejemplo, una uva moscatel que te estalle en los labios, para sentirte inmortal aquí en la tierra sin necesidad de morirte siquiera. Qué más da que el hombre se crea el rey de la creación, capaz de alcanzar la inteligencia artificial y de inventar los artefactos de destrucción más diabólicos, si un simple virus, que no es nada, puede acabar con la humanidad en un fin de semana. Qué más da que la política de este país se haya convertido en una pelea a cara de perro entre camorristas de derechas y confusos gobernantes de izquierdas que te obliga a discutir con tus amigos si basta con llamar al camarero, pedir otra de calamares y hablar de las cosas que realmente te interesan. Qué más da que digan los científicos que la vida solo es un conjunto de carbono, de hidrógeno, de oxígeno y de nitrógeno con una pizca de azufre combinados por el azar si, después de todo, esos elementos químicos te conducen a la sonrisa de la Gioconda, a los versos de Walt Whitman o a la luz de Matisse. Y si al final aquellos sueños que tuviste de joven se reducen a jugar una partida de tute en el hogar del jubilado y a confundir la felicidad con un buen resultado del análisis de orina, ya qué más da.

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Balance

Me gusta tomar una cerveza con aceitunas amargas en una terraza al sol para ver pasar la gente y recordar a aquellas muchachas con faldas de flores de tiempos muy lejanos

Un camarero sirve una cerveza en una terraza.
Un camarero sirve una cerveza en una terraza.CRISTÓBAL MANUEL

 

No me gustan los hombres-báscula que en cuanto te echan la vista encima te dicen que estás más gordo; en cambio, me gusta el concierto de clarinete de Mozart y el autorretrato de Durero. No me gusta ese tipo educado quien, pese a que sabes que te odia, al verte en un restaurante se acerca a tu mesa y te dice con énfasis ¡que aproveche!; en cambio, me gusta el potaje de legumbres, la trompeta de Miles Davis y leer a Ovidio a pequeños sorbos como un oporto en estas tardes de otoño. No me gustan las mafias horteras de la droga y de la prostitución; en cambio, me gusta recordar que Lucky Luciano decía que en cualquier negocio lo primero que hay que procurar es no ser el muerto e imaginar si pensaba lo mismo el mafioso Albert Anastasia con la cara enjabonada en una barbería de Nueva York antes de que lo balearan. No me gusta ese colega que te despierta a las ocho de la mañana para decirte, como si fuera un favor, que en Abc ponen a parir tu última novela; en cambio, me gusta creer que todavía hay carpinteros de ribera que construyen barcos de madera para navegar a islas que no están en el mapa. No me gustan los escritores moralistas cabreados que me recuerdan a aquellos confesores que te echaban encima el aliento con halitosis antes de perdonar tus pecados; en cambio, en las noches de insomnio, de madrugada me gusta oír tangos de Gardel, melodías de Cole Porter y de Irving Berlin que me alejen los fantasmas. No me gustan esos jueces que emiten sentencias contradictorias que botan de forma inesperada como los balones de rugby; en cambio, me gustan los mercadillos de frutas y verduras, tomar una cerveza con aceitunas amargas en una terraza al sol para ver pasar la gente y recordar a aquellas muchachas con faldas de flores de tiempos muy lejanos. También me gusta andar por la ciudad con las manos en los bolsillos y no pensar absolutamente en nada.

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Mariposa

Empieza a resultar trágico que unos políticos percebes de cuarta vengan a echar tanto sacrificio por la borda con su incompetencia y fanatismo

El líder del PP, Pablo Casado, muestra la Constitución Española durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados.
El líder del PP, Pablo Casado, muestra la Constitución Española durante la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados.EUROPA PRESS/E. PARRA. POOL / EUROPA PRESS

En el aparador está el retrato de una pareja en el día feliz de su boda. Durante 40 años de estar juntos esta pareja ha pasado por muchos momentos de risas y lágrimas, pero ahora está sentada a la mesa del comedor y en medio de los dos reposa sobre el mantel el cuchillo familiar. Con ese cuchillo partieron la tarta nupcial y, después, en la cocina, su hoja varias veces afilada contribuyó a su felicidad cortando toda clase de alimentos. Existe el consabido efecto mariposa cuyo vuelo puede romper el equilibrio planetario y provocar una hecatombe en otro hemisferio. Existe también un efecto mariposa doméstico, por el que después de muchos años de convivencia en paz basta con que un día uno no haya bajado la tapa del retrete o haya dejado abierto el bote de champú para que el reproche desencadene una tempestad y ese cuchillo, que rebanó miles de panes, de pronto inesperadamente penetre hasta el mango en el cuerpo del otro cónyuge. También se da el efecto mariposa en la política. El odio y la estupidez con que la derecha insulta al Gobierno en el Parlamento en medio de la pandemia están generando en la atmósfera política una carga explosiva muy peligrosa. No está lejos el día en que de esa bronca tabernaria salte una chispa imprevista que provoque un motín ciudadano con el consiguiente baile de garrotazos. A este país le ha costado mucha sangre recuperar la dignidad después del oprobio de la dictadura; ha tenido que luchar muy duro para salir de la miseria económica y vivir en democracia. Empieza a resultar trágico que unos políticos percebes de cuarta vengan a echar tanto sacrificio por la borda con su incompetencia y fanatismo. Como le sucedió a esa pareja del retrato también hubo tiempos muy felices en este país, pero entre la derecha y la izquierda está ahora en la mesa aquel cuchillo de cortar el pan sobre el que vuela una mariposa.

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Luces cortas

La vida real es lo que sucede durante las 24 horas del día a un centenar de metros a la redonda de tu cerebro, un tiempo y un espacio lleno de disyuntivas

Varias personas con mascarilla caminan por las calles de Huesca.
Varias personas con mascarilla caminan por las calles de Huesca.JAVIER BLASCO / EFE

 

A la hora de conducirse en la vida el cerebro también tiene un sistema de luces largas, luces cortas y luces de situación. Contra todas las reglas de la óptica los problemas se ven más grandes de lejos que de cerca. Con las luces largas todas las tragedias lejanas son siempre apocalípticas; en cambio, con las luces cortas esas calamidades futuras, cuando llegan, adquieren una dimensión concreta, humana, cotidiana, soportable. Con las luces largas uno puede imaginar toda suerte de éxitos y placeres inasequibles, pero con las luces cortas uno se conforma con una salud aceptable y una mesa donde no falte un pulpo a la brasa y un vino blanco para compartirlos con unos amigos inteligentes y divertidos. Con las luces largas todos los principios son fundamentales, todas las verdades son absolutas, todos los juicios son tajantes y las sentencias inapelables, pero con las luces cortas incluso las ideologías más extremas se ven encarnadas en personas, una a una, de modo que uno descubre individuos cerriles, abiertos, listos e imbéciles intercambiables, en la izquierda y en la derecha. La vida real es lo que sucede durante las 24 horas del día a un centenar de metros a la redonda de tu cerebro, un tiempo y un espacio lleno de disyuntivas. De noche en la cama puedes soñar con grandes proyectos o tratar de que ese sueño se establezca en un colchón confortable, con sábanas de hilo y una almohada fresca que el cerebro parte en dos como las mejillas de tu infancia. Con las luces largas en la oscuridad del camino de la vida puedes deslumbrar a un conejo; con las luces cortas descubres que ese conejo podrías ser tú. Este curso que empieza tiene el futuro poblado de fantasmas terroríficos. En este caso es aconsejable usar las luces de situación, que no son para ver sino para que te vean en medio de la niebla y no se te lleven por delante.

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