Espejos

A partir del asesinato de Kennedy solo existirían los sucesos que crearan las cámaras como espectáculo

John F. Kennedy, Jacqueline Kennedy y John Connally en Dallas, momentos antes del asesinato del presidente.
John F. Kennedy, Jacqueline Kennedy y John Connally en Dallas, momentos antes del asesinato del presidente. REUTERS

 

En el futuro se dirá: el viejo periodismo murió cuando las noticias dejaron de leerse en un papel u oírse por la radio y comenzaron a ser suministradas con imágenes y se convirtieron en espectáculo, en espejos en los que el ciudadano anónimo se reflejaba. A partir de ese momento los periodistas pasaron de ser informadores a llamarse comunicadores, y la noticia era eso que decía en pantalla un tipo agradable, una chica atractiva, los dos con una voz bien modulada, capaces de emitir con una sonrisa ambigua y una dentadura perfecta un bombardeo, una crema, un asesinato, una marca de coche, el discurso del presidente y una sopa. Ser consiste en ser visto —dijo Berkeley—. Eso dicen también los viejos sentados en una solana con una garrota entre las piernas: ver para creer o vivir para ver, y es lo que hace ya gran parte de la humanidad que se mira en el espejo de las pantallas como figurantes de este espectáculo. La nueva era de la información comenzó el 22 de noviembre de 1963, a las 12.30, cuando el industrial textilero de ropa femenina Abraham Zapruder se encaramó en un pilar de la plaza Dealey, en Dallas, con una cámara Bell & Howell de ocho milímetros. Esa clase de tomavistas, hasta entonces, se alimentaba de bodas, barbacoas, juegos con el perro, escenas en el columpio del jardín. Pero esta vez captó el disparo mortal en la cabeza del presidente Kennedy. No fue azar. Fue la historia la que buscó a la cámara, y no al revés. Desde ese día todas las imágenes dejaron de ser inocentes. A partir del asesinato de Kennedy solo existirían los sucesos que crearan las cámaras como espectáculo. Los bombardeos serían transmitidos como conciertos de rock, las Torres Gemelas ardiendo crearían el eje del mal, nada sería verdad si no se transmitía en directo, y ningún político mal afeitado, sin la corbata adecuada y que sudara en un debate sería nunca presidente.

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Aterrizar

En verdad hay dos Españas: la de los profesionales que saben lo que hacen y cumplen con su deber y la de ciertos políticos que gritan, insultan y en el fondo no saben nada de nada

El caza F-18 del Ejército inspecciona el estado exterior del avión de Air Canada.
El caza F-18 del Ejército inspecciona el estado exterior del avión de Air Canada. EFE

 

A las 14.30 del pasado lunes, 3 de febrero, terminó la sesión de apertura de las Cortes en cuyo acto solemne e institucional los partidos políticos no dejaron de enfrentarse a cara de perro, enredados en una pelea de patio de colegio sobre los aplausos al Rey. Mientras en los pasillos unos presumían de haberle aplaudido mucho, otros solo un poco y otros nada, a esa misma hora del aeropuerto de Barajas despegaba un Boeing 767 de Air Canadá con destino a Toronto. Apenas levantado el vuelo el piloto comunicó a la torre de control un problema técnico que impedía seguir el viaje. Una rueda había reventado durante el despegue y restos del neumático habían sido absorbidos por uno de los motores, que quedó bloqueado. Los pasajeros del Boeing oyeron una explosión y al comprobar que el avión no tomaba altura comenzaron a alarmarse. Pero el comandante de la nave, lejos de mentir como un político, les explicó con todo detalle cuál era el problema y la forma de solucionarlo porque lo había practicado más de cien veces en el simulador. Ante su explicación sencilla y racional los pasajeros se calmaron. Mientras en el Parlamento los políticos se peleaban como gallos de corral, en el aeropuerto los equipos de salvamento funcionaban a la perfección. Un caza F-18 había salido de la base de Torrejón para inspeccionar de cerca los daños. Los bomberos, las ambulancias, los hospitales, los controladores y la tripulación estaban preparados. Después de dar vueltas varias horas para quemar combustible el avión aterrizó sin más, lo que demuestra que existen en verdad dos Españas: la de los profesionales que saben lo que hacen y cumplen con su deber y la de ciertos políticos que gritan, insultan, imparten el viejo odio cainita y en el fondo no saben nada de nada. Si la crispación política se hubiera instalado en Barajas, el avión se habría estrellado.

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Postrimerías

No es tan difícil imaginar cómo quedará este mundo cuando desaparezca la raza humana de la faz de la Tierra

Personal médico traslada a un paciente al hospital Jin Yintan, en la provincia china de Jiangxi.
Personal médico traslada a un paciente al hospital Jin Yintan, en la provincia china de Jiangxi. GETTY IMAGES

 

No es tan difícil imaginar cómo quedará este mundo cuando desaparezca la raza humana de la faz de la Tierra. Sin duda los simios celebrarán el acontecimiento rascándose las axilas entre grandes carcajadas y esta vez ninguna serpiente les ofrecerá manzanas, porque no habrá un mono que quiera ser dios, por la cuenta que le trae. Entre los animales seguirá la lucha cruel por la vida, pero gracias a que en ella ya no participarán los humanos la maldad dejará de existir. Desaparecida la ponzoña que ha generado la humanidad volverá la gloria vegetal a cubrir el planeta. El mar habrá purgado toda la basura, los ríos serán azules y las cascadas plateadas, en los montes y valles se producirá un gran sosiego preternatural semejante al que hubo en el viejo paraíso cuando las mariposas volaban sobre los helechos arborescentes. El fin del mundo, lejos de estar provocado por un gigantesco cataclismo, puede que comience un lunes por la mañana con un simple estornudo de un ser anónimo que ha cogido un catarro en un punto perdido de cualquier continente. Su desarrollo no será muy diferente de cuanto sucede hoy en esa ciudad china de Wuhan, que parece un avance o tráiler del espectáculo del fin de la raza humana, con las fronteras cerradas, las calles de las ciudades desiertas, sus habitantes confinados en sus casas con mascarillas sin hablar porque las palabras, sobre todo las de amor, transportarán el virus letal. ¿Y si este ensayo del fin del mundo fuera solo una falsa alarma debida a oscuras fuerzas del mal para vender vacunas? En ese caso, tal vez sería el miedo, una peste que carece de anticuerpos, el que acabara con la raza humana, hasta el punto que, bajo este régimen de terror, quien estornudara sería sulfatado, quien tosiera sería ahorcado y así hasta que el último bípedo, que se creía dios, a causa del propio miedo, desapareciera de la faz de la Tierra.

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Los coleccionistas no se suicidan

Para Billy Wilder debió de ser un placer despertarse cada mañana y comprobar que una adolescente pintada por Balthus le miraba desde el cuadro colgado frente a su cama

Billy Wilder, en la subasta de su colección en Christie's en 2000.
Billy Wilder, en la subasta de su colección en Christie’s en 2000. KEN HIVELY GETTY IMAGES

 

Para Billy Wilder (Sucha [antiguo imperio austrohúngaro, actual Polonia], 1906-Los Ángeles, 2002) sin duda, debió de ser un placer despertarse, abrir los ojos cada mañana y con el sol de Beverly Hills en la ventana comprobar que una adolescente pintada por Balthus, de tamaño natural, le miraba con una cierta sonrisa perversa desde el cuadro colgado frente a la cama. Esa niña de 12 años, que podía ser Katia, Natalie de Noailles, Anna o Sabine, cualquiera de las modelos del pintor, parecía seguir con la mirada todos sus movimientos en el dormitorio hasta que pasaba al vestidor donde a Billy Wilder le esperaba el desnudo de otra adolescente con medias negras, de refinada sensualidad, debido al pincel de Georg Tappert. El retrato de Olga Khokhlova, la primera esposa de Picasso, pintado en 1921, le recibía finalmente en la sala de estar para compartir el desayuno.

Este judío austríaco, guionista y director de cine, tenía una inteligencia singular unida a un humor sarcástico y a un olfato muy fino. De hecho, fue de los primeros en poner tierra por medio al olerse la tostada que preparaba Hitler recién llegado al poder. Wilder huyó a París y desde allí en 1934 llegó a Estados Unidos con 11 dólares en el bolsillo. Puede que en su equipaje de fugitivo de los nazis llevara ya algunos trabajos de artistas que había comenzado a coleccionar. Se dice que por muy mal que le vayan las cosas un coleccionista nunca se suicida. Siempre le falta un sello, un cuadro, una mariposa, un pisapapeles, un cenicero para completar la colección, lo que le impide pegarse un tiro.

Mientras el joven Billy Wilder en Viena y en Berlín ejercía el oficio de periodista y metía la afilada nariz entre las cajas de los teatros de cabaret, los pintores expresionistas Otto Dix, Schiele, George Grosz, Beckmann, Kirchner y otros, andaban con sus carpetas de dibujos y acuarelas bajo el brazo. Eran retratos y figuras de mujeres con el rostro desgarrado y el cuerpo roto, rasgos premonitorios que se harían realidad con la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Algunos de aquellos pintores, cuyo talento muy pocos apreciaban e incluso zaherían como arte degenerado, estaban dispuestos a cambiar un cuadro por una botella de absenta o por otro lienzo en blanco que les permitiera seguir pintando. Había que saber qué grado de profunda belleza escondía aquella destrucción y como el joven Billy Wilder lo sabía, se hizo con varias acuarelas de Schiele y algunos dibujos de George Grosz, por un precio irrisorio, una prueba que el olfato esta vez tampoco le falló.

Todo el mundo admira a este guionista y director por su extraordinario talento para dirigir películas, entre las que se hallan varias cumbres de la historia del cine, pero tal vez no todos conocen su sagacidad como coleccionista de arte. A su olfato para acertar en las compras se unió la suerte, algo decisivo a la hora de dar en la diana. En una visita a la galería de Maeght durante uno de sus viajes a París tuvo un desagradable percance. Estaba colgada en las paredes una exposición de Miró y uno de sus cuadros se hallaba protegido con una vitrina. Wilder conversaba con un amigo y hubo un momento en que dio un paso atrás y rompió el cristal. “¿Qué ha pasado?”, exclamó airado el señor Maeght. Aunque la pintura quedó intacta la situación era muy embarazosa y para salir del paso, solo por resarcir de algún modo el daño, Billy Wilder propuso comprarle una escultura de Giacometti, de 53 centímetros, de la que el artista había fundido seis ejemplares. Era un desnudo de mujer, con las piernas muy juntas y los brazos pegados al cuerpo. “Pero son mil dólares”, dijo el dueño de la galería. “Bueno, si son mil dólares son mil dólares”, contestó Billy Wilder. Esa escultura, 45 años después, en la subasta de la colección de Wilder, que se celebró en Christie’s de Nueva York 13 de noviembre de 1989, alcanzó el precio de un millón de dólares, mil veces más de lo que le había costado.

Durante el tiempo en que su colección estuvo colgada en las paredes de su casa de Beverly Hills, compuesta con obras de Miró, Picasso, Calder, David Hockney, Botero, Lesser Ury, Georg Grosz, Saul Steinberg, Schiele, máscaras africanas y precolombinas, la noria del mercado del arte subía y bajaba, la especulación brutal la obligaba alcanzar precios desorbitantes para hundirla a continuación. Era muy difícil acertar con el pico más alto. En 1989 se produjo una nueva burbuja. Billy Wilder a los 83 años pensó que era el momento de poner sus cuadros en venta y una vez más acertó. Su colección le proporcionó 32,6 millones de dólares, una cantidad que ni soñada llegaba a lo que había ganado en el cine. Pero su suerte continuó. Poco después su casa quedó destruida por un incendio y por otra parte el mercado del arte se hundió, cosa que aprovechó para seguir comprando de nuevo. Billy Wilder dejó el cine porque ningún seguro se arriesgaba a cubrir el azar de su vida. Pero murió a los 95 años, y si no se suicidó fue porque hasta el final siguió siendo un coleccionista.

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Aquella casa

Se llama Villa Alegría y en ella pasé recién nacido el primer verano de mi vida

Efectos de la borrasca Gloria en Almenara (Castellón).
Efectos de la borrasca Gloria en Almenara (Castellón). DOMENECH CASTELLÓ EFE

 

La casa está en primera línea de playa, a pocos metros de la orilla. También esta vez ha resistido el terrible zarpazo de la borrasca Gloria, como lo ha hecho durante más de un siglo frente a la violencia de toda clase de tormentas y temporales. Si ha permanecido imbatible ha sido gracias a su sencillez y humildad, de la que deriva su increíble fortaleza. Mucho antes de que Mies van der Rohe dictaminara que en arquitectura menos es más, esta casa de antiguos pescadores ya había asumido esa verdad incontestable. Se llama Villa Alegría y en ella pasé recién nacido el primer verano de mi vida. No le sobraba nada, no le faltaba nada. Tenía lo necesario. Sigue siendo como entonces simple y austera, solo piel y hueso, tal como debe construirse también el espíritu. Se compone de una sola planta con un pasillo desde la puerta abierta a la arena hasta un pequeño patio trasero, con una habitación a cada lado. Las veces en que el mar se soliviantaba y comenzaba a invadir la playa, se le abría la puerta y se le dejaba pasar para recibirlo con la convicción de que es el amo absoluto del lugar cuyo derecho resulta insoslayable. Cuando decidía retirarse, se le despedía en el umbral hasta la próxima visita. Había dejado la casa lavada y desinfectada, con un aroma a alga y salitre que todavía invade mi memoria. Al ver con qué facilidad la reciente borrasca Gloria ha arrasado el litoral mediterráneo y se ha llevado por delante playas, paseos marítimos con sus farolas y palmeras, puertos deportivos, yates, puentes, salas de fiestas, restaurantes, bares de copas, construcciones, al parecer, tan débiles como lo son la prepotencia, el despilfarro y la codicia humana, vuelvo a pensar en aquella casa de pescadores, que ha desafiado también esta vez con éxito el formidable oleaje. La recuerdo humilde, tan limpia y natural como era entonces junto al mar la inocencia.

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Escalada

La bella madre Tierra rota sobre sí misma cada día para que en tu honor se produzcan amaneceres y hermosas puestas de sol y puedas llenar de sueños la oscuridad de las noches

Monasterio de Taktshang Goemba, el famoso Nido del Tigre, enclavado a 3.200 metros de altitud.
Monasterio de Taktshang Goemba, el famoso Nido del Tigre, enclavado a 3.200 metros de altitud. NARVIKK GETTY IMAGES

 

Más fuerte, más alto, más rápido. Este imperativo categórico olímpico adquiere su esplendor en la palestra donde los atletas están destinados a borrar el tiempo y el espacio. Todo para que después de haber sacrificado una vida por arañar un centímetro a la pértiga o una milésima de segundo al cronómetro, desde la cima de la gloria puedan anunciar refrescos, relojes, zapatillas, coches, perfumes, viajes y toda clase de cacharros. Levanta más peso, salta más alto, corre más rápido, lleva tu cuerpo al límite si quieres que tu alma sea digna de esa marca de camisa que te ofrece el atleta desde la valla publicitaria. La agonía del campeón por llegar a la meta es la misma a la que está condenado el ciudadano de tener que volver a casa siempre cargado de paquetes y no detenerse nunca hasta llenar de basura todo el planeta. Frente a esta voracidad incontenible está la visión de aquel monje ciego del monasterio Nido del Tigre, colgado de un acantilado en el reino de Bután, que un día me dijo: deberás saber que la Tierra es una bella madre que gira alrededor del sol solo para que en tu honor florezcan los almendros en invierno, maduren las cerezas en primavera, puedas oler los aromas de los frutos del verano y se llene tu vida de todos los colores de los árboles en otoño. Deberás saber que ni tiempo ni el espacio existen. La bella madre Tierra rota sobre sí misma cada día para que en tu honor se produzcan amaneceres y hermosas puestas de sol y puedas llenar de sueños la oscuridad de las noches. En el filo de un acantilado del Himalaya los ojos del monje ciego veían el fondo del universo. Solo los elegidos serán capaces este año 2020 de seguir su enseñanza. Celebrar cada amanecer, convertirse en un degustador de crepúsculos con un licor apropiado en la mano es todo un récord olímpico que solo se consigue en la cima al final de una larga escalada.

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Otra tumba

¿Realmente merece la pena salir del cementerio? Por mi parte, lo haría para cosas como celebrar un amanecer en el mar tomando un ron con amigos en un velero

Luis Buñuel durante una Semana Santa en Calanda (Teruel).
Luis Buñuel durante una Semana Santa en Calanda (Teruel).

Luis Buñuel, cerca ya de la muerte, manifestó que lo ideal sería poder levantarse de la tumba cada 10 años, comprar el periódico, ver un telediario, enterarse de los últimos chismes, tomarse un martini y volver al cementerio. Buñuel murió en 1983, cuanto los socialistas acababan de llegar por primera vez al Gobierno. Desde entonces en política no ha sucedido nada en este país que merezca el esfuerzo de salir de la tumba. En 1983 la derecha estaba soliviantada ante los rojos que iban a hundir la economía y a destruir España. Hoy el Buñuel resucitado no habría notado diferencia. El odio corrosivo de la derecha persistía. En algunos periódicos y telediarios se anunciaba de nuevo el apocalipsis, el golpe de Estado, la destrucción de la patria por parte de los socialistas. Puede que Buñuel, mientras se daba una vuelta por la ciudad, se hubiera llevado algunas sorpresas. Los urinarios públicos estaban limpios, en las panaderías te daban el pan con pinzas sin manosearlo, habían desaparecido los limpiabotas y en el bar ya nadie tiraba las cáscaras de mejillones al suelo. Pero nada sabía de los avances de la biología molecular ni de la inteligencia artificial. De hecho, si en el futuro el guardián de la eternidad le sigue concediendo a Buñuel un pase de pernocta cada 10 años fuera de la tumba, puede que un día se encuentre con que hasta los berberechos han tomado conciencia y exigen sus derechos. Y no será extraño que en otra salida le hagan saber que no tiene obligación de volver a la tumba porque la inmortalidad se vende en las farmacias. ¿Realmente merece la pena salir de la tumba? Por mi parte, lo haría para oír La muerte y la doncella de Schubert, leer algunos versos de Dante, contemplar La danza de Matisse, saber si siguen las risas de verano de unos niños en el jardín, celebrar un amanecer en el mar tomando un ron con amigos en un velero.

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Harina

El deber de un demócrata es aguantar la histeria colectiva como quien oye llover

MANUEL VICENT

Pedro Sánchez, este martes en el Congreso durante su discurso de investidura.
Pedro Sánchez, este martes en el Congreso durante su discurso de investidura. JUAN CARLOS HIDALGO EFE

La democracia es como la harina, que alimenta hasta al más tonto y ella sigue siempre tan fina. La democracia es un sistema de gobierno que da cabida a políticos de cualquier pelaje e ideología. Los hay ladrones y honestos, competentes y patanes, moderados y trabucaires, torpes e inteligentes, duros y blandos. Así es la sociedad de donde emergen, mejor o peor, a través de las urnas con el mismo derecho a levantar su voz en el Parlamento. Allí, en el hemiciclo, a los juicios ponderados y réplicas ingeniosas se suman los insultos más bajos, los rebuznos más zafios, pero la democracia posee una resistencia extraordinaria y todo lo aguanta, lo engulle y lo digiere; es un sistema de gobierno que por su propia naturaleza siempre huele mal, porque la libertad permite a los medios de comunicación achicar continuamente basura a la superficie desde las cloacas de la sociedad y de la política. La primera obligación de un buen demócrata consiste en soportar este hedor como algo natural y tratar de no mancharse al atravesar este albañal cada día. Por otra parte, la libertad de expresión es una espléndida jaca salvaje que los medios cabalgan con furia y alegremente a galope tendido, lo que permite a cualquiera expresar una opinión estúpida, certera o detonante que se expande hasta más allá de la Andrómeda, de modo que el control del Gobierno ya no está en el Parlamento, sino en las tertulias de radio y de televisión, en las redes, en los tribunales, en ese enjambre de jueces y periodistas que invade el camarote del Gobierno, como el de los Hermanos Marx, llevando cada uno su par de huevos duros, todo a gritos, unos de risa, otros de odio. No obstante, el deber de un demócrata es aguantar la histeria colectiva como quien oye llover y pensar que la democracia es como la harina, que engorda, pero no mata, y pese a tanto idiota, ella sigue siendo siempre muy fina.

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Otro circo

Ningún león se come al domador, pero todo sigue oliendo a pestilente repollo

MANUEL VICENT

Santiago Abascal durante la manifestacion a favor de la constitucion convocada por Espanya i Catalans, el pasado 6 de diciembre en Barcelona.
Santiago Abascal durante la manifestacion a favor de la constitucion convocada por Espanya i Catalans, el pasado 6 de diciembre en Barcelona. ALBERT GARCIA EL PAÍS

La mínima expresión del circo la constituyen una escalera, una cabra y un zíngaro que toca una trompeta abollada. Se le puede añadir también un oso y un pandero. A veces llegaba al pueblo un carromato de titiriteros y, en la plaza, bajo tres bombillas de 100 vatios, se montaba un espectáculo ratonero que a los niños de posguerra nos bastaba para soñar. Así llegó el día en que uno de mis tíos, muy farandulero, me llevó a ver un circo con leones, tigres, monos, equilibristas, trapecistas y payasos, que por Navidad se instalaba en la plaza de toros de Valencia. Llevo asociada la idea del circo a un desasosiego unido a la alegre fanfarria, al cúmulo de lentejuelas, al olor a repollo y a fieras despeluchadas, llenas de pulgas, en las jaulas. De niño podía soportar que una cabra trepara por una escalera a toque de trompeta, pero de chaval, imbuido por tantas lecturas de libros de la selva, me parecía degradante que un león o un tigre domados se vieran obligados a golpe de látigo a pasar por el aro, a sentarse, a levantar una pata, a abrir la boca y a rugir para dar la sensación de peligro. Pasados los años consulté con un psicólogo argentino mi inquietante duda de si en el fondo no estaría deseando que el león se comiera al domador de una vez. Aquel circo de antaño que por Navidad se instalaba bajo una carpa en las afueras es el mismo que este año se ha transformado en el espectáculo de la política. En realidad, nada ha cambiado. En este circo actúa el líder de extrema derecha como hombre bala, el presidente en funciones hace contorsionismo en lo alto de una escalera, los independentistas dan en el trapecio el triple salto mortal, los jóvenes revolucionarios de izquierdas ya son tigres vegetarianos y la portavoz de la derecha pone la cabeza muy segura bajo la pata del elefante. Ningún león se come al domador, pero todo sigue oliendo a pestilente repollo.

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Sostenible

Por esta vez abstente de leer el periódico, de oír la radio y de ver la televisión, cuyas noticias son las que crean un efecto invernadero sobre tu vida

MANUEL VICENT

Manifestación por el clima en Madrid el pasado viernes.
Manifestación por el clima en Madrid el pasado viernes. OSCAR DEL POZO AFP

Te levantas después de una noche de sueño tranquilo con el propósito de convertirte en un tipo sostenible, aunque sea por un día. Se da por supuesto que no se te ha ocurrido oír las noticias ni las tertulias de la radio durante la madrugada en la cama. Primer paso. Cuando en el cuarto de baño, al contemplar tu rostro en el espejo, compruebes que eres una ruina, no te desprecies por eso. Se trata de un desastre natural, que nada tiene que ver con el cambio climático. Acéptate como eres y dúchate con agua fría para ahorrar energía. Demórate en el baño; practica todas las abluciones laicas imaginables; ama a tu cuerpo sobre todas las cosas, tanto o más que a tu espíritu; procura secarlo con una toalla perfumada y cúbrelo después con una tela de amoroso algodón. No permitas que roce tu piel cualquier objeto de plástico en todo el día. Segundo paso. Vivir consiste en desayunar, pero los ingredientes no son sólo los que están en la bandeja, el zumo, el café y la tostada. También interviene en un perfecto desayuno la luz del sol en la ventana y los bellos pensamientos que convoques. En esa regla convergen los epicúreos, los estoicos y los cínicos de la antigua sabiduría. Por esta vez abstente de leer el periódico, de oír la radio y de ver la televisión, cuyas noticias son las que crean un efecto invernadero sobre tu vida. Tercer paso. Por muy desgraciado que te sientas, sin duda habrás guardado algunos momentos de placer en tu memoria. Recuerda qué limpio estaba aquel mar de tu niñez, cómo sabían los frutos dorados de aquellos árboles, qué aroma tan puro contenían las hogazas de pan candeal que se guardaban en la alacena de la vieja casa. Apoya la palanca en aquel placer y sal a la calle. Adondequiera que vayas la armonía de aquellos recuerdos irá descontaminando el aire a tu paso y te convertirá en un tipo sostenible por un día.

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