Luces cortas

La vida real es lo que sucede durante las 24 horas del día a un centenar de metros a la redonda de tu cerebro, un tiempo y un espacio lleno de disyuntivas

Varias personas con mascarilla caminan por las calles de Huesca.
Varias personas con mascarilla caminan por las calles de Huesca.JAVIER BLASCO / EFE

 

A la hora de conducirse en la vida el cerebro también tiene un sistema de luces largas, luces cortas y luces de situación. Contra todas las reglas de la óptica los problemas se ven más grandes de lejos que de cerca. Con las luces largas todas las tragedias lejanas son siempre apocalípticas; en cambio, con las luces cortas esas calamidades futuras, cuando llegan, adquieren una dimensión concreta, humana, cotidiana, soportable. Con las luces largas uno puede imaginar toda suerte de éxitos y placeres inasequibles, pero con las luces cortas uno se conforma con una salud aceptable y una mesa donde no falte un pulpo a la brasa y un vino blanco para compartirlos con unos amigos inteligentes y divertidos. Con las luces largas todos los principios son fundamentales, todas las verdades son absolutas, todos los juicios son tajantes y las sentencias inapelables, pero con las luces cortas incluso las ideologías más extremas se ven encarnadas en personas, una a una, de modo que uno descubre individuos cerriles, abiertos, listos e imbéciles intercambiables, en la izquierda y en la derecha. La vida real es lo que sucede durante las 24 horas del día a un centenar de metros a la redonda de tu cerebro, un tiempo y un espacio lleno de disyuntivas. De noche en la cama puedes soñar con grandes proyectos o tratar de que ese sueño se establezca en un colchón confortable, con sábanas de hilo y una almohada fresca que el cerebro parte en dos como las mejillas de tu infancia. Con las luces largas en la oscuridad del camino de la vida puedes deslumbrar a un conejo; con las luces cortas descubres que ese conejo podrías ser tú. Este curso que empieza tiene el futuro poblado de fantasmas terroríficos. En este caso es aconsejable usar las luces de situación, que no son para ver sino para que te vean en medio de la niebla y no se te lleven por delante.

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Como ciegas y confusas hormigas

De pronto un virus hizo saber a la humanidad que su vida era un episodio contingente

Dos sanitarios con trajes de protección en la UCI del hospital Vall d’Hebron de Barcelona el pasado 7 de abril.
Dos sanitarios con trajes de protección en la UCI del hospital Vall d’Hebron de Barcelona el pasado 7 de abril.MASSIMILIANO MINOCRI

 

En el futuro los historiadores podrían escribir de nosotros: en el año 2020 las pesadillas de los ciudadanos no se producían de noche a causa de un mal sueño, sino al despertar cada mañana y encontrarse con un enemigo invisible y mortal que se había apoderado del planeta. La noticia ocupaba las 24 horas del día en todas las emisoras de radio y canales de televisión. La imagen más recurrente en las pantallas era la de los médicos, enfermeros y auxiliares sanitarios equipados como astronautas que aparecían flotando por los pasillos y salas de los hospitales de campaña repletas de camillas con cuerpos exangües. En el primer momento, a esos intrépidos astronautas se les veía metidos en sacos de plástico y la cabeza cubierta con una bolsa de basura a modo de escafandras de fortuna, remedios caseros ingeniados ante el pánico que había creado la inesperada tragedia. Las ambulancias no cesaban de descargar nuevos cuerpos contaminados y las funerarias, rebosados ya los camposantos, depositaban los féretros sobre las pistas de patinaje artístico de los palacios del hielo.

En el futuro los historiadores podrían escribir de nosotros: en el año 2020 sucedió que los relatos de plagas bíblicas y de pestes bubónicas medievales, episodios de pulgas mortíferas que traían las ratas en los barcos desde Oriente por la ruta de la seda, se habían convertido en una nueva y angustiosa realidad planetaria. Los ciudadanos del año 2020 no podían creer que un día serían protagonistas de esa clase de relatos de postrimerías que habían leído de adolescentes en los veranos, tumbados en la hamaca. La imaginación de la gente no estaba preparada para aceptar que semejante tragedia podría volver a suceder fuera de las novelas de terror y que el fin de la raza humana, lejos de estar provocado por un formidable cataclismo bajo una lluvia de fuego, podía comenzar un lunes por la mañana con un simple estornudo de un ser anónimo que había cogido un extraño catarro en un punto perdido de cualquier continente.

Los historiadores en el futuro podrían escribir que en aquel año fatídico de 2020 en todos los países había ciudades en estado de sitio, con sus fronteras cerradas, las calles desiertas, sus habitantes confinados en sus casas. ¿Qué había sucedido? Sencillamente se decía que un chino anónimo se había comido un murciélago y de ese almuerzo, que tal vez había sido muy placentero, se había escapado un virus más letal y amenazante que la bomba de hidrógeno, puesto que besarse y abrazarse equivalía a matarse.

En la primavera de 2020 los ciudadanos españoles también fueron obligados a meterse en sus casas bajo un estado de alarma decretado por el Gobierno y a causa de este encierro la gente había dejado por un tiempo de expeler basura en el espacio. Los ciudadanos se sorprendieron al ver desde los balcones y ventanas que nunca como entonces el cielo había estado tan puro y transparente. Este recuperado esplendor de la naturaleza bajo el chillido alegre de los pájaros y la gloria de las flores devolvió a los ciudadanos la memoria de los tiempos en que la gente vivía en medio de una austeridad aseada y una vida sencilla se correspondía con un mar limpio, con los montes y valles incontaminados bajo la luz de los días azules.

En medio de la pandemia había ciudadanos que se preguntaban si semejante tragedia planetaria serviría para corregir el camino que había tomado la historia en dirección al abismo. ¿Para qué servirían en adelante los ejércitos si un extraño resfriado del ministro de la Guerra podía causar más pánico que cualquier armamento nuclear? ¿Acaso no serían ya completamente ridículos los desfiles militares? La covid-19 había convertido la humanidad en un hormiguero confuso gobernado por unos políticos que se comportaban como hormigas más ciegas todavía. Fue aquel tiempo en que el tapabocas obligatorio había borrado todas las sonrisas, pero los ciudadanos en el año 2020 aprendieron a descifrar el carácter, la inocencia o la maldad de las personas solo por la mirada limpia o sucia que se establecía por encima de la mascarilla. De pronto un simple virus les hizo saber que la vida de la humanidad era un episodio contingente, una aventura bioquímica sin sentido en la historia de este planeta y que si mañana desapareciera de la faz de la tierra, todos los animales, árboles y plantas celebrarían una gran fiesta.

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El sol vuelve a salir por Oriente

La expansión económica de China había crecido de forma exponencial como un milagro entre la dictadura política y el capitalismo de Estado

Ensayo general para la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín el sábado 2 de agosto de 2008.
Ensayo general para la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín el sábado 2 de agosto de 2008.DIEGO AZUBEL / EFE

 

En la primavera de 1983 me encontraba en Pekín y una mañana en que iba a visitar la Ciudad Prohibida, en la Puerta de la Paz Celestial bajo el retrato de Mao que preside la plaza de Tiananmen, se me acercó un chino pequinés, a quien las patillas largas y las gafas sin montura le daban un aire de intelectual. Sonriendo, sin mediar palabra, con un gesto enérgico me ofreció su tarjeta. A través de la intérprete supe que aquel anónimo peatón, una entre mil millones de hormigas, se llamaba señor Ding Jie y que era profesor de una escuela secundaria, si bien él prefería autotitularse “promotor”, a secas. Me dijo: “Con unos amigos estoy montando un negocio de comidas a gran escala. Busco un socio capitalista. ¿Le gustaría participar? Aquí tiene mi dirección. Si quiere ganar dinero en China, por favor, no deje de ponerse en contacto conmigo. Todo serán ventajas”.

Tal vez este proselitista de la economía de mercado me había confundido con uno de esos ejecutivos occidentales encorbatados, que a veces yo veía atravesar las calles de Pekín con un maletín en la mano en dirección a algún centro oficial. Puede que este sujeto no fuera más que un pirado, pero sin duda se trataba de una muestra de esa frenética danza mercantil que estaba sacudiendo las raíces de China. Solo había que abrir los ojos para verlo.

Por todas partes bullían pequeños negocios privados, tiendas de ropa, peluquerías de señoras, restaurantes, mercadillos de verduras, carritos, tenderetes y colmados. Desde los puestos de sandías hasta las grandes empresas mixtas, emplazadas en los primeros altos edificios que empezaban a brotar en el asfalto, el capitalismo en China parecía abrirse paso bajo un diluvio de licencias, prebendas, favores, y todo eso junto formaba un enjambre económico alentado por el renacido afán de lucro.

Hacía solo unos años estos comerciantes estaban mal vistos por el pueblo. Ahora causaban admiración. Se sentían tan seguros como el joven promotor que aún se hallaba frente a mí insistiendo en su proyecto con una sonrisa de piedra. “¿Cuánto puedo ganar si invierto con usted?”, le pregunté. “Mucho, señor”, respondió. “Y mucho en China significa mucho. No olvide que este es un país de más de mil millones que está comenzando a abrir la boca. Medio mundo está interesado en llenársela”.

De los despojos de Mao en medio de la plaza a la esquina de los pollos Kentucky, este era el nuevo trayecto de la Gran Marcha

En el centro de la plaza de Tiananmen se levantaba el monumento funerario que contenía la momia de Mao y frente a la entrada del panteón aguardaba su turno un centenar de devotos. Su silencio respetuoso contrastaba con la alegre y ruidosa cola kilométrica que en una esquina de la misma plaza, a escasos metros de distancia del Gran Timonel embalsamado, se había formado ante un establecimiento de Kentucky Fried Chicken, que acababa de sentar sus reales en Pekín en nombre de la nueva felicidad. Realmente en esa cola funcionaba un mercado ilegal. Allí unos tibetanos ofrecían pies de tigre como remedio de todos los males, polvos de cuerno de rinoceronte para el amor instantáneo; otros vendían pantalones vaqueros y discos de The Beatles y de The Rolling Stones, retratos de Marilyn Monroe y algunas fotos pornográficas. De los despojos de Mao en medio de la plaza a la esquina de los pollos Kentucky, este era el nuevo trayecto de la Gran Marcha.

Desde los orígenes de la historia los imperios han rotado de Este a Oeste, siguiendo la ruta del sol. China, India, Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, el Islam, España, Inglaterra y Estados Unidos. Si un imperio nunca se ha hecho sin esclavos, pregúntate donde están hoy los modernos esclavos para saber dónde estará el próximo imperio. El sol volverá a salir por oriente.

Si un imperio nunca se ha hecho sin esclavos, pregúntate donde están hoy los modernos esclavos para saber dónde estará el próximo imperio

Habían pasado 25 años desde que aquel pequinés me había ofrecido su tarjeta de promotor de comidas a gran escala. La expansión económica de China había crecido de forma exponencial como un milagro entre la dictadura política y el capitalismo de Estado. Un nuevo Manhattan brotaba cada año en el horizonte de China desafiando la hegemonía estadounidense.

El 8 de agosto de 2008, en el Estadio Nacional de Pekín, llamado Nido de pájaro, se celebró la ceremonia de apertura de los XXIX Juegos Olímpicos con un espectáculo apabullante de orden, rigor y disciplina. Puede que un día los historiadores señalen la imagen de esta arrolladora puesta en escena como la representación olímpica ante el mundo del paso del imperio de Estados Unidos a manos de China.

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Confinado

A los 69 años tenía todo lo que podía desear en esta vida, salvo un sobrepeso que hacía saltar la aguja de la báscula

Dos personas con sobrepeso, en un banco de Benidorm.
Dos personas con sobrepeso, en un banco de Benidorm.ALEX SEGRE / GETTY

 

Lo tenía todo, una tercera mujer con dos hijos adolescentes que parecían dos máquinas tragaperras, tenía un dúplex con terraza, un despacho financiero conectado con paraísos fiscales, un rifle con mira telescópica para matar venados, un monovolumen con un maletero capaz de transportar los palos de golf y también cualquier cadáver. A los 69 años tenía todo lo que podía desear en esta vida, salvo un sobrepeso que hacía saltar la aguja de la báscula. Una masajista diplomada le pasaba la garlopa por sus mantecas dos veces por semana y un dietista en nómina lo sometía en vano a distintas y crueles ensaladas. Era uno de esos gordos con mala conciencia que hunden el diván del psicoanalista, quien le decía: “Tienes confinado dentro de ti a un ser muy limpio que grita deseando huir, deja que escape y síguele a donde quiera que vaya”. El estado de alarma de la pandemia había concluido con la llegada del verano, un tiempo en que la gente trata de alargar el brazo agónico hacia el horizonte y sólo consigue atraparse por detrás los propios genitales. El psicoanalista le había advertido de que todos estamos habitados por los múltiples seres que hemos sido a lo largo de la vida, culpables o inocentes, y que se niegan a desaparecer. Tal vez ese otro yo que gritaba dentro de este hombre quería huir hacia una playa que no estuviera en el mapa donde esperaba reencontrarse con su primera inocencia, con aquella libertad de lobo estepario de cuando solo buscaba la belleza y la armonía de vivir. Puede que fuera aun aquel chaval de 16 años con su primer amor de verano o aquel joven comprometido con los ideales de la izquierda o aquel tipo solidario antes de que enredara en negocios que lo hicieron un sucio millonario. Uno de estos seres confinado en aquel cuerpo mantecoso es el que gritaba pidiendo auxilio, mientras el hombre tomaba tranquilamente una ensalada.

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Días de ira

Puestos a pasar la historia por la lima del siete, aquí no se salva nadie, empezando por Jehová y terminando por el tendero de la esquina

Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio.
Una estatua de Cristóbal Colón, en el suelo tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota), el 10 de junio.EVAN FROST / AP

Ya se sabe, empiezas cometiendo un asesinato, sigues con un atraco a mano armada, después le robas la cartera a un ciego y al final acabas por no saludar al portero. Este saludo es el que marca ahora la corrección política y social, una forma de refinada tortura en la que intervienen a medias un puritanismo rampante y la idiotez más absoluta. Puestos a pasar la historia por la lima del siete, aquí no se salva nadie, empezando por Jehová y terminando por el tendero de la esquina. No se pueden juzgar con la sensibilidad de hoy los hechos crueles, fanáticos, visionarios que sucedieron hace cientos de años sin poner a toda la humanidad patas arriba. Vivimos tiempos en los que el profeta Isaías se pondría tibio con sus salmos, puesto que en medio de la peste se han instalado los días de la ira. Están a la vuelta de la esquina procesiones de disciplinantes como las del Séptimo Sello, en las que la verdad, usada como látigo, conduce el ganado humano mansamente al redil. En este momento están siendo abatidos de sus pedestales próceres de todas clases, descubridores, conquistadores, políticos y moralistas; muy pronto serán los literatos y artistas si sus libros, películas y pinturas no se adaptan al orden establecido. No hace falta remontarse a la época bizantina del emperador León III, quien mandó destruir todas las imágenes religiosas. Desde entonces los iconoclastas no han dejado de actuar. Si los talibanes de Afganistán dinamitaron los Budas de Bâmiyân, labrados en el siglo V, ¿por qué habría que escandalizarse si un día se destruye a martillazos el David de Miguel Ángel, a causa de sus gloriosos genitales? La historia todo lo tritura. En el futuro también nosotros seremos juzgados y declarados culpables, como gente insensible, tosca y brutal, por convivir con toda naturalidad con injusticias y hechos muy crueles sin que se nos indigestara la comida.

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Todo lleno

El tiempo y el espacio eran dos conceptos estúpidos de la realidad que la cultura tenía la obligación de anular

Visitantes del Museo de Louvre, en París, fotografían 'La Gioconda' con sus móviles.
Visitantes del Museo de Louvre, en París, fotografían ‘La Gioconda’ con sus móviles.PEDRO FIÚZA GETTY IMAGES

 

“Yo soy multitud” —decía Walt Whitman. Pues bien, antes de que llegara un virus maléfico a poner a cada individuo en su sitio, adondequiera que fueras esa multitud ya estaba allí ocupando todo el territorio. Si intentabas subir al Everest lo encontrabas abarrotado; si querías contemplar La Gioconda en el Louvre había una barra compacta de cogotes chinos y japoneses delante; si te había dado una peritonitis aguda debías guardar la vez en el pasillo de la sala de urgencias tumbado en la camilla; si sacabas un pasaje con sobreprecio para una playa desierta, al llegar no había forma de plantar la sombrilla si no era en el ombligo del vecino; si en un restaurante de moda estabas despachando a gusto una lubina tenías a otro comensal impaciente de pie junto a tu mesa esperando a que terminaras; si te apetecía tomar una cerveza tenías que tomar primero por asalto una terraza; si soñabas con asistir a un concierto en un estadio donde actuaba tu héroe había que sacar las entradas un año antes. La sensación de lleno lo ocupaba todo, trenes, aviones, cruceros, autopistas, discotecas, vertederos, depósitos de cadáveres e incluso en la puerta del infierno se había colocado el cartel de no hay billetes. La cola larga o corta era paradigma del éxito o del fracaso. De hecho, la humanidad se había convertido en una masa gelatinosa que se amoldaba a cualquier ámbito físico hasta llenarlo con su inevitable hedor a cabrío. El tiempo y el espacio eran dos conceptos estúpidos de la realidad que la cultura tenía la obligación de anular. Dijo Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”, pero ha venido un virus a demostrar que esa medida áurea son dos metros de distancia entre las personas, un espacio en el que la muerte juega a los dados. Sacudirse de encima esa clase de humanidad chotuna y pegajosa es la última forma que tiene el espíritu de salvarse.

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No me toques

Durante mucho tiempo en la brisa, en las flores, en los besos, en el sexo, en el vino de alegres sobremesas, en todos los placeres estará siempre presente el coronavirus como un cruel invitado

Dos personas conversan a distancia durante el quinto de la Fase 1 del plan de desescalada en Sevilla.
Dos personas conversan a distancia durante el quinto de la Fase 1 del plan de desescalada en Sevilla.MARÍA JOSÉ LÓPEZ / EUROPA PRESS

 

El distanciamiento social había sido hasta ahora el que existe entre el pobre y el rico, entre el que vive en una chabola y el que habita un dúplex de lujo, entre el que consigue a duras penas llenar el estómago gracias a la caridad y el que saluda a los amigos con una cigala en la mano. Guardar las distancias había sido hasta ahora una actitud de clase que indicaba cierta displicencia con que el de arriba miraba a la chusma, pero hoy significa esa separación física de dos metros que debemos observar entre las personas al salir del confinamiento para evitar ser contagiados por el virus. Aunque, según Baroja, la Biblia está llena de personajes facinerosos, sea uno creyente o agnóstico, conviene a veces leer ese libro porque también contiene relatos metafóricos no exentos de sabiduría. Grandes maestros de la pintura, entre otros Giotto, Fra Angélico, Tiziano y Correggio han pintado la escena bíblica en la que Cristo recién resucitado se aparece a la Magdalena. No se nos dice en qué lugar se produjo el encuentro, pero en estas pinturas se ve a la mujer enamorada en medio de un huerto florido, alucinada y llena de alegría, con los brazos tendidos hacia el Maestro, quien mantiene una actitud huidiza como advirtiendo a su amiga que guarde las distancias. “Noli me tangere”, no me toques, le dice. Es lo mismo que nos indican hoy los virólogos. Esos dos metros de separación, que también observan la Magdalena y el Nazareno, es un espacio habitado por el pánico, un naipe fatídico que a partir de ahora va a barajarse en cualquier relación humana entre el amor y la muerte. Aunque juegues tú en este caso el papel de resucitado, durante mucho tiempo en la brisa, en las flores, en los besos, en el sexo, en el vino de alegres sobremesas, en todos los placeres bajo el sol o a la luz de la luna estará siempre presente el coronavirus como un cruel invitado.

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Sin toros

Habría que dedicar todo el afán gastronómico a que las famosas divisas de Miura, Domecq, Pablo Romero o Vitorino sean sinónimo de entrecotes, solomillos y chuletas

Dos toros de la ganadería de La Palmosilla en la dehesa gaditana.
Dos toros de la ganadería de La Palmosilla en la dehesa gaditana.JAVIER NÚÑEZ

Si la peste del coronavirus no nos hubiera caído encima como una maldición, pese a la decadencia en que ha entrado la fiesta nacional, a estas alturas de la primavera se estarían celebrando las corridas de toros de la Feria de San Isidro en Madrid. Puede que para muchos antitaurinos contemplar la plaza de Las Ventas clausurada suponga un indudable alivio, pero no seré yo, ni siquiera en este caso, quien se alegre del mal ajeno, un resentimiento tan arraigado en la psicología del español frustrado. Probablemente la pandemia habrá asestado una estocada mortal a los empresarios del negocio taurino, ganaderos de reses bravas, toreros y apoderados. Toros criados con esmero para la lidia irán directamente al matadero, donde serán tratados como simples reses de carne anónima. Algunos artistas e intelectuales castizos que adornan la fiesta nacional podrán decir que a ese noble y bravo animal se le ha hurtado la gloria de morir peleando en la plaza para convertir su sangrienta tortura en arte o cultura. Pese a que detesto comer carne, siempre he creído que este no será un país del todo civilizado hasta que el nombre de Miura, en vez de llevarnos a imaginar el peligro de una aviesa cornada en la femoral, se asimile a un solomillo en un buen restaurante. En lugar de exaltar la muerte como espectáculo y elevar el desolladero a escuela de filosofía habría que dedicar todo el afán gastronómico a que las famosas divisas de Miura, Domecq, Pablo Romero o Vitorino sean un día sinónimo de entrecots, solomillos y chuletas. Así sucedió con la ganadería de Villagodio, que iba para bravo y al salir el ganado manso ha contribuido a la felicidad del estómago de los españoles, puesto que hoy en los libros de cocina un villagodio significa un chuletón de lomo alto, que llega a la mesa sin haber sido cruelmente atormentado en medio del bullicio de la fiesta.

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Contraste

Existe una vacuna contra la rabia, pero no contra el odio; contra el cólera, pero no contra el cabreo; tampoco contra el resentimiento, la frustración y la mala baba

Verderón común 'Carduelis chloris'.
Verderón común ‘Carduelis chloris’.ULY MARTÍN

 

A causa del confinamiento impuesto por la peste los ciudadanos han dejado por un tiempo de expeler basura en el espacio, pero nunca como hasta hoy a un cielo tan limpio y a un aire tan puro se ha sumado por contraste un ambiente social tan sucio aquí abajo. La nube tóxica de odio, cabreo y resentimiento que genera la política de este país ha invadido la calle. Contra esta infección de la moral colectiva no hay antídoto, vacuna ni mascarilla prevista. De pronto los pájaros sorprendidos por un silencio tan extraño han recobrado el territorio natural que habían perdido. Por primera vez se han visto verderones, abubillas, palomas torcaces, gorriones, estorninos, mirlos y jilgueros bajar confiados al asfalto y la extraordinaria transparencia de la atmósfera ha multiplicado la alegría con que chillan los vencejos. También los árboles, las plantas, las flores han recuperado una gloria lavada por las pasadas lluvias. Este esplendor vegetal nos retrotrae en la memoria a los tiempos en que la gente vivía en medio de una austeridad aseada y a una vida sencilla que se correspondía con un mar limpio, con la luz incontaminada de los días azules. Pero ahora a ras del suelo, inmersa en un éxtasis de rencor entre bandos, la política se parece a un baile de bastones, en el que el Gobierno da palos de ciego, algunos en la cabeza de sus propios ministros y la oposición lo azota como lo hacen con el asno los más zafios arrieros. Esta parece ser la tierra prometida de Caín en la que los políticos revientan de placer si el adversario fracasa. Para salvarse de este laberinto de rencor solo nos queda mirar el cielo limpio antes de que lo volvamos a emponzoñar cuando el miedo concluya. Existe una vacuna contra la rabia, pero no contra el odio; contra el cólera, pero no contra el cabreo; tampoco contra el resentimiento, la frustración y la mala baba hay vacuna en España.

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Punto azul

Más allá de razas e ideologías, cada persona forma un nudo al que todos estamos atados y basta con un estornudo en cualquier rincón del planeta para que la especie humana esté en peligro

Una fotografía de la Tierra tomada por la misión Apollo 10 a 161.000 kilómetros de distancia.
Una fotografía de la Tierra tomada por la misión Apollo 10 a 161.000 kilómetros de distancia.NASA

 

En 1977 la Nasa lanzó al espacio la sonda Voyager I con la misión de localizar y estudiar los límites del sistema solar. Después de 13 años de viaje, cuando la nave estaba más allá de la órbita de Plutón se la orientó hacia la Tierra para echarle el último vistazo. Desde 6000 millones de kilómetros de distancia nuestro planeta aparece como una mota de polvo iluminada por el sol en medio de la oscuridad cósmica. Esa mota de polvo azul, que es nuestro hogar, lleva consigo por el universo el misterio de la vida junto al caos que la raza humana con sus dioses, creencias, pasiones, crímenes, patrias e ideologías. Esa visión extracorpórea de la Tierra, obtenida a través de la pantalla, está inoculando en nuestra conciencia la sensación de que en esa nave de locos perdida en el espacio o nos salvamos todos o nos vamos todos juntos al infierno. En esa mota de polvo los avances de la ciencia y la alta tecnología conseguidos por la raza humana se hallan también al servicio del fanatismo y la miseria moral. Cualquier tipo desesperado tiene a su disposición armas de destrucción masiva conectadas a su odio, a su venganza o simplemente a su dolor de estómago. Del mismo modo que desde la caída de las Torres Gemelas nos hemos acomodado al virus del terrorismo y de hecho el escáner se ha convertido en un paso obligado de nuestras vidas, y en el aeropuerto aceptamos que nos palpen todo el cuerpo y hurguen en nuestro equipaje en el que un frasco de colonia puede ser tomado por un explosivo, así ahora la covid-19, que acaba de hacer acto de presencia en esa mota de polvo azul, nos ha hecho saber que toda la humanidad constituye un tejido muy tupido y, más allá de razas e ideologías, cada persona forma un nudo al que todos estamos atados y basta con un estornudo en cualquier rincón del planeta para que la especie humana esté en peligro.

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