Respirar

Una niña huele unos narcisos en un campo al este de Turquía.
Una niña huele unos narcisos en un campo al este de Turquía.ANADOLU AGENCY / ANADOLU AGENCY VIA GETTY IMAGES
 

Aprender a respirar es toda una hazaña espiritual. En este caso no se trata solo de inhalar por la nariz lenta y profundamente el oxígeno del aire para llenarte de energía nueva, llevarlo hasta el fondo de los pulmones, retenerlo lo más posible y exhalar por la boca para liberar la energía vieja convertida en anhídrido carbónico. La hazaña espiritual consiste en ser capaz de recuperar con este ejercicio de respiración algunos de los perdidos aromas que a lo largo de la vida se han constituido en una estructura de tu memoria.

Para la gente de mi generación es el olor a linotipia de aquellos cromos de futbolistas y tebeos, el de los lápices Alpino y el de las gomas de borrar con sabor a coco, el del confesionario donde el pecado de la carne se confundía con el aliento a tabaco de picadura que fumaba el confesor, el de la brea de las barcas varadas en la playa, el del jabón Heno de Pravia que se usaba en casa, el del pegamento de los parches en el neumático de la bicicleta, el de las tahonas y confiterías que en los antiguos

Sábados de Gloria horneaban las monas de Pascua, el de los salazones en la alacena, el de alcanfor del armario ropero, el del serrín húmedo con que se barría el bar y el cine del pueblo, el de las jaras que te arañaban las pantorrillas en las excursiones por el monte en primavera, el de los pinos mojados después de una tormenta de verano, el del humus de las hojas fermentadas de otoño.

Después de tantos años esos aromas están todavía en el cerebro. Se trata de respirarlos con el pensamiento y a la hora de exhalarlos liberar también como el anhídrido carbónico, que los acompañaba, la miseria de postguerra, la represión y el silencio de cuantos fueron obligados a callar. Inspirar, exhalar, es como escalar la propia montaña. De subida todo claro, de bajada todo oscuro, así una y otra vez hasta aprender que tu vida está en el aire.

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Meditación

En el escarpado monasterio El Nido del Tigre de Bután un maestro venerable me dio algunos consejos para equilibrar el diafragma

Meditación
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En el escarpado monasterio El Nido del Tigre de Bután un maestro venerable me dio algunos consejos para equilibrar el diafragma. Me dijo: come despacio, demórate masticando, puesto que la primera digestión se realiza en la boca; concentra tu pensamiento en el largo camino que ha tenido que recorrer ese alimento hasta llegar a tu estómago. Expresadas por un monje budista color azafrán al pie del Himalaya estas normas dietéticas adquirían una proyección mística. A la hora de sentarte a la mesa —añadió— viste siempre ropa holgada de lino o de algodón, no permitas que ninguna tela con fibra sintética roce nunca tu piel. Siempre he creído que para una buena digestión lo más importante son los comensales en una alegre sobremesa. Pero dispuesto a seguir las enseñanzas del venerable me puse a meditar mientras me enfrentaba a solas con unas chuletas de cordero. Imaginé que esa carne pertenecía a un pobre animal que había sido conducido al matadero hacinado en un camión para ser degollado sin que soltara siquiera un balido lastimero ante un destino tan aciago. Deduje que comiendo esa carne también asimilaba su humillación y mansedumbre. ¿De dónde provenía ese melocotón que me llevaba ahora a la boca? Seguramente habría sido recogido del campo por un inmigrante náufrago llegado en patera, explotado y sin papeles. La meditación me llevó a aceptar que con esa fruta también consumía su injusticia. Después leí la etiqueta de mi camisa. Algodón 100% confeccionada en Bangladés, sin duda, por las manos de unas niñas esclavizadas en un sótano clandestino lleno de ratas. Peor que la fibra sintética era la esclavitud la que rozaba mi piel. Puesto que la meditación me condenaba al hambre y a la desnudez imaginé que el venerable quería decir: a la hora de comer y de vestir, olvida lo que vistes y comes; piensa solo en nubes rosas, piensa en las flores.

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Juan Marsé: con licencia para disparar sobre el pianista

El escritor dejó un libro póstumo, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’, un diario en el que se da el gusto de no callar contra todo y contra todos. Ahora ve la luz

Juan Marsé, retratado en 2011.
Juan Marsé, retratado en 2011.JORDI SOCIAS

 

Juan Marsé se ha ido de este mundo dejando un libro póstumo, una especie de dietario con notas para unas imposibles memorias, publicado por Lumen, en el que se ha despachado a gusto contra algunos políticos, periodistas, escritores y figuras de la vida social, con el hiriente desenfado de quien se da el gusto de no callar. Vayan pasando, parece decir con el látigo de moralista ibérico en la mano a los que considera sus enemigos naturales, a la clericalla y a la carcundia, a los independentistas de corral, a las banderas bicolores o cuatribarradas llenas de la misma sangre en el polvo, sucias de falsos juramentos; a los famosos que desplazan más de lo que pesan, a los enfáticos y engreídos que son en el fondo tontos de baba. A unos les regala el insulto personal, a otros el comentario jocoso o despiadado. Lo mejor que te puede pasar es no aparecer en este libro, por si acaso, aunque un día compartieras con este escritor viajes, conferencias, premios y alegres sobremesas.

Es un narrador nato, un creador de personajes, empezando por el que se ha fabricado él de sí mismo

Pero en este libro, entre las invectivas cáusticas contra todo lo que desprecia, se mece el vaivén de la vida diaria de un escritor con el foco puesto en la distancia corta de sus horas domésticas. Placeres, viajes, consultas, diagnósticos, atacado por dos patologías, la renal y la cardiaca, la diálisis y el infarto. Y así pasan los días por el dietario como ruedas de molino que trituran sus sueños, las ambiciones y los descalabros. Uno no sabe qué pensar cuando lo ve lloriquear porque se siente ninguneado, olvidado, postergado en cualquier competición honorífica. Tal vez sucede que el alma de cualquier artista posee una debilidad congénita entre la ambición y la duda. Pero sus desánimos pronto encontraban un remedio de andar por casa. Aquí un whisky en el Mayestic o en la coctelería Boades con algún amigo incondicional, allí el perro que le mueve el rabo y con eso le basta para reconciliarte con el universo, aquí un análisis clínico con un pronóstico adverso, allí la playa de Calafell y el ejercicio de la natación como un descubrimiento del Mediterráneo estilo mariposa. Lo hubiera dado todo por tener el movimiento de cejas de Clark Gable y el hoyuelo en la barbilla de Kirk Douglas, pero, en cambio, la naturaleza le regaló en su tiempo un cuerpo joven con aires de Steve McQueen aunque al final su rostro quedó como el de un boxeador muy castigado.

Viene de aquellas aventuras de los tebeos que compraba en el quiosco de la esquina, de la larga seducción de los programas dobles del cine de barrio, de los primeros besos en la oscuridad con el olor a pachuli y a serrín mojado, de los descampados como una forma urbana de selva virgen llena de canes pulgosos si collar del Guinardó, del Carmelo y de Gràcia, donde en un bar predicaba su silencio junto a una ración de gallinejas ese personaje aplastado por la dictadura, que prometía volver un día a reinar. La fantasmagoría cinematográfica fue un caldo de cultivo de Juan Marsé y si no ha tenido suerte en tantas novelas suyas que han pasado a la pantalla no es por su culpa. Un rebote más con que cargar en la mochila, un motivo más para blasfemar. Una de sus dianas preferidas son los directores de sus películas, todas fracasadas según la esperanza que había puesto en esos sueños juveniles.

Hamacas en el jardín de Nava de la Asunción con su amigo Gil de Biedma, whiskys imparables con Barral y Ferrater, la fidelidad de Vila-Matas, los peluches rojos de Bocaccio, la sombra protectora de Carmen Balcells, la revista Por favor, la playa de Calafell. Uno se asoma a este dietario sin saber qué pensar de los agravios con que azota a algunos colegas. Ya se sabe que en este oficio miserable, una forma más sutil de herirte consiste en elogiar a tu enemigo, y al revés, también su escarnio despierta tu resentimiento. Alegrarse de la desgracia ajena es un áspid venenoso que anida en el corazón de artistas, poetas y literatos.

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Otra salsa

Se puede decir que España es una mayonesa que nadie ha sido capaz de ligar desde el tiempo de los romanos, que ya dividieron este territorio

 Vista general del Congreso de los Diputados.
Vista general del Congreso de los Diputados.EUROPA PRESS
 

A la hora de hacer una salsa mayonesa hay que dar vueltas y vueltas con la mano de mortero hasta que el huevo, el aceite, la pizca de sal y el limón creen una emulsión uniforme bien ligada. Sucede a menudo que si esta acción no se ejecuta con el ritmo adecuado la salsa se corta y se forman grumos que se van cada uno por su lado. Aplicada esta receta a la política se puede decir que España es una mayonesa que nadie ha sido capaz de ligar desde el tiempo de los romanos, quienes ya en el primer momento dividieron este territorio en cinco partes, al parecer insolubles, la Tarraconense, la Cantabria, la Lusitania, la Bética y la Ulterior.

En este país esa mano de mortero desde el siglo XIX la ha manejado un espadón, un cirujano de hierro o un dictador inmisericorde y el resultado ha sido la aparente uniformidad de una sola nación histórica cohesionada bajo la bota autoritaria; pero luego, en los escasos periodos de democracia en que la mano de mortero ha dejado de actuar, cada grumo se ha ido a buscar su propio lugar exclusivo y excluyente en el mapa de los antiguos romanos.

Durante la visita que en 1984 el político sueco Olof Palme realizó a España tuvo un encuentro en este periódico con algunos representantes de la cultura, en el que se habló de los nacionalismos irredentos y de las banderías políticas cainitas, como lacras endémicas de nuestro país. Dada mi escasa capacidad para el análisis riguroso, por mi parte traté de explicar con una imagen gastronómica que España es como una salsa mayonesa muy difícil de ligar. Olof Palme me contestó: “¿Y por qué no cambian ustedes de salsa?”. Este año se cumple el centenario de la España invertebrada, de Ortega y Gasset. Lo dijo el filósofo con otras palabras: esa salsa amarilla autodestructiva, con ajo o sin ajo, constituye la sustancia de lo que ha dado en llamarse el genio español, imposible de cambiar.

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Una periodista sola en un mundo de hombres

Los cafés de Madrid ejercieron una gran influencia en académicos, periodistas y políticos. Allí estaba Josefina Carabias, describiendo con perspicacia extraordinaria unos tiempos turbulentos

La periodista Josefina Carabias, de vacaciones en su pueblo, Arenas de San Pedro, en 1934. / ARCHIVO FAMILIAR
La periodista Josefina Carabias, de vacaciones en su pueblo, Arenas de San Pedro, en 1934. / ARCHIVO FAMILIAR EL PAÍS

 

Miguel de Unamuno decía que las tertulias literarias constituían desde el siglo XIX la verdadera universidad popular española. En este caso las aulas donde se impartían las clases eran algunos cafés históricos de Madrid, la mayoría desaparecidos, situados entre Sol y la Puerta de Alcalá. Alrededor de los veladores de mármol llenos de tazas con recuelos y copas de anís Machaquito, un grupo compuesto de periodistas, escritores, diputados, funcionarios y pasantes, bajo el humo de tabaco y el sonido de cucharillas, se dedicaban a intercambiar maledicencias, chascarrillos, opiniones literarias o políticas, normalmente a gritos, bajo la autoridad de un literato de prestigio que daba nombre a la tertulia. Cuando él hablaba, los demás callaban, como ocurría en clase. Esa era la regla.

Una periodista sola en un mundo de hombres

Valle Inclán decía que el Café de Levante había ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que algunas universidades y academias. Era un café cantante, situado en la Puerta del Sol, donde, como dice la copla, “entre penas y alegrías cantaba la Zarzamora”, y allí se sentaban Baroja y Azorín a mediodía ante una zarzaparrilla a competir quien de los dos guardaba el silencio más profundo. En una esquina de Sol, en la planta baja del hotel París, estaba el café de la Montaña donde el periodista Manuel Bueno en medio de una disputa de endecasílabos le dio un bastonazo a Valle Inclán que le incrustó el gemelo en la muñeca y la gangrena obligó a cortarle el brazo.

El Café Universal, ubicado en la Puerta del Sol de Madrid, en 1938.
El Café Universal, ubicado en la Puerta del Sol de Madrid, en 1938.MARTÍN SANTOS YUBERO

La Fontana de Oro, el café Colonial y el Suizo eran botillerías asociadas a los nombres de Bécquer, de Galdós y de Rubén Darío. En sus peluches también asentó sus posaderas el propio Trotsky en 1916 de paso por Madrid, expulsado de Francia, camino de México. Un oscuro funcionario del Registro General del Notariado, llamado Manuel Azaña, intelectual adusto, escritor sin lectores, pesimista congénito, tímido e irónico regentaba la tertulia del hotel Regina, rodeado de conspiradores republicanos y al lado, en una esquina de la calle Peligros, se levantaba el café Fornos, donde imperaba el socialista Indalecio Prieto y entre las mesas dormitaba el perro Paco, que los domingos por propia cuenta se subía al tranvía y se iba a los toros y en media faena ante el regocijo del público salía a la arena y le ladraba al diestro si fallaba con el estoque. En la tertulia del café Pombo, de la calle Carretas, Ramón Gómez de la Serna ardía cada noche de sábado en su propia zarza. De él se decía, todo lo que piensa lo escribe, todo lo que escribe lo publica, todo lo que publica lo regala.

Valle Inclán decía que el Café de Levante había ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que algunas universidades y academias

Valle Inclán vivía en la plaza del Progreso. Se levantaba de la cama a mediodía, sin que sus devotos supieran si había dormido con la larga barba de chivo dentro o fuera del embozo, un enigma que se llevó a la tumba. Durante toda la tarde se paseaba por varias tertulias hasta altas horas de la noche, por la Cacharrería del Ateneo, por el café del Prado, si bien tenía cátedra propia en la Granja del Henar. Allí solo se oía su voz ceceante y desgañitada, insolente y provocadora al borde siempre de la bofetada. A un joven advenedizo que no conocía las reglas y no paraba de hablar le dijo: “Oiga, joven, se va usted a pisar la lengua.” En el café Lyon, frente a Correos, confluían Bergamín, García Lorca y los poetas de la Generación del 27, ministros de la República y los falangistas en el sótano de la Ballena Alegre.

En 1930, una convulsión de pasiones contrarias estaba a punto de romper todas las costuras de la sociedad y el principal fermento de esta combustión era el Ateneo de Madrid, donde todas las ambiciones políticas y literarias realizaban el ensayo general cada día. Allí velaba las armas políticas e impuso su carácter duro, administrativo y cáustico Manuel Azaña, elegido presidente. En la Cacharrería se oía gritar a Valle Inclán contra el gobierno, cualquiera que fuera y allí la periodista Carabias, de 23 años, comenzó a describir en sus crónicas para los periódicos Ahora La Voz todas las turbulencias que estaba viviendo de primera mano con una perspicacia extraordinaria. A Azaña le caía bien. A Baroja y a Valle Inclán también. Conocía por sus nombres a todos los personajes que poblaban los cafés literarios. Y de pronto los vendedores de periódicos el 14 de abril de 1931 comenzaron a vocear por las calles de Madrid: ¡Se ha proclamado la República, ha caído en la tertulia del Regina, en la de Azaña! El libro de Josefina Carabias, Azaña. Los que le llamábamos Don Manuel, publicado por Seix Barral, es una travesía de este político convertido de repente en una figura estelar de la historia de España, escrita por la periodista en los últimos años de su vida desde una memoria evanescente. El humo de aquel Madrid republicano, en el que el aguardiente de las tertulias literarias se iba convirtiendo en un odio fratricida está descrito con una precisión analítica a la distancia corta por esta periodista que se paseó sola, por primera vez, con un desenfado inteligente en un mundo de hombres.

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Meditación

En el escarpado monasterio El Nido del Tigre de Bután un maestro venerable me dio algunos consejos para equilibrar el diafragma

Meditación
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En el escarpado monasterio El Nido del Tigre de Bután un maestro venerable me dio algunos consejos para equilibrar el diafragma. Me dijo: come despacio, demórate masticando, puesto que la primera digestión se realiza en la boca; concentra tu pensamiento en el largo camino que ha tenido que recorrer ese alimento hasta llegar a tu estómago. Expresadas por un monje budista color azafrán al pie del Himalaya estas normas dietéticas adquirían una proyección mística. A la hora de sentarte a la mesa —añadió— viste siempre ropa holgada de lino o de algodón, no permitas que ninguna tela con fibra sintética roce nunca tu piel. Siempre he creído que para una buena digestión lo más importante son los comensales en una alegre sobremesa. Pero dispuesto a seguir las enseñanzas del venerable me puse a meditar mientras me enfrentaba a solas con unas chuletas de cordero. Imaginé que esa carne pertenecía a un pobre animal que había sido conducido al matadero hacinado en un camión para ser degollado sin que soltara siquiera un balido lastimero ante un destino tan aciago. Deduje que comiendo esa carne también asimilaba su humillación y mansedumbre. ¿De dónde provenía ese melocotón que me llevaba ahora a la boca? Seguramente habría sido recogido del campo por un inmigrante náufrago llegado en patera, explotado y sin papeles. La meditación me llevó a aceptar que con esa fruta también consumía su injusticia. Después leí la etiqueta de mi camisa. Algodón 100% confeccionada en Bangladés, sin duda, por las manos de unas niñas esclavizadas en un sótano clandestino lleno de ratas. Peor que la fibra sintética era la esclavitud la que rozaba mi piel. Puesto que la meditación me condenaba al hambre y a la desnudez imaginé que el venerable quería decir: a la hora de comer y de vestir, olvida lo que vistes y comes; piensa solo en nubes rosas, piensa en las flores.

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Talleres de artistas, fábricas de sueños

Los creadores son definidos por sus espacios, desde los membrillos podridos de Antonio López a los bocetos en el suelo de Luis Gordillo

El estudio-taller de Francisco Leiro en Madrid.
El estudio-taller de Francisco Leiro en Madrid.JORDI SOCIAS

 

El 9 de julio de 1994 por la tarde el rey don Juan Carlos, la reina doña Sofía, la infanta Elena y el príncipe Felipe llegaron al taller del pintor Antonio López, situado en una colonia de chalets al norte de Madrid. La dirección del Patrimonio del Estado le había encargado un retrato de la familia real. Se trata del famoso retrato que el artista, sumido en una neurosis, tardaría dos décadas en acabar. El fotógrafo Chema Conesa fue llamado para realizar una sesión de fotos. La reina llevaba dos vestidos en un perchero y preguntó cuál le parecía al pintor el más adecuado para vestir al maniquí. “Cualquiera de los dos está bien, señora, tal vez este de las flores parece más alegre”, contestó el artista. La familia real se dispuso pacientemente a ser retratada desde todos los ángulos, en primeros planos y de cuerpo entero y mientras don Juan Carlos hacía las chirigotas de costumbre, la reina Sofía con educada curiosidad en medio del desorden natural del taller se interesó por unos membrillos podridos que habían quedado olvidados en un serón. “Cuanto más podridos, más luces íntimas despiden”, pudo haberle contestado el pintor.

En cambio, el taller de Luis Gordillo ocupa una nave de altas claraboyas con aspecto industrial separada de su vivienda por una amplia parcela en una colonia de chalets de Villafranca del Castillo, cerca de la sierra. Para llegar hasta su estudio hay que descifrar primero varios nudos de carreteras y autopistas, cruces, rotondas, señales de tráfico y direcciones que conducen a callejones sin salida de urbanizaciones equivocadas. Este camino laberíntico es un ejercicio previo para entender la obra de este artista. Uno llega hasta allí confuso y dispuesto a aceptar su profunda neurosis creativa. El suelo del taller está alfombrado de papeles que son bocetos, apuntes, trazos nerviosos de proyectos que después de pasar por su imaginación el pintor ha desechado como quien aparta de sí un mal pensamiento o un deseo frustrado, pero también en algunos de esos papeles ha quedado grabado el chasquido que produce el choque de neuronas cuando germina una idea feliz. En el suelo del taller esos bocetos forman senderos que se bifurcan y uno tiene que ir saltando sobre ellos con cuidado para no pisar lo que mañana serán obras de arte. En la mesa donde están los pinceles, los tubos de colores, los botes de aguarrás y otras sustancias hay un tablero en el que las mezclas han formado un tapiz que uno puede imaginar como aquella charca primigenia de donde una membrana comenzó a latir por ósmosis y engendró la primera célula.

En el taller del escultor Francisco Leiro, un antiguo garaje reconvertido en el barrio de Ventas en Madrid, la luz cenital vertida desde los distintos fanales forma un alveolo en el que permanecen sus esculturas envueltas en un aire irreal. El espacio produce la sensación del claro de un bosque en el que los troncos de los árboles se hubieran convertido en figuras aproximadamente humanas, trasgos, avatares, gigantes contorsionistas, atormentados por este escultor gallego, proteico e ilimitado, capaz de manejar la sierra más ruda unas veces con la precisión de un bisturí y otras como un arma de defensa personal. Puede uno imaginar que el trabajo de este artista tiene un carácter de lucha muy física contra sus sueños, como una fuerza de la naturaleza, hasta el punto que su taller parece un espacio propicio para instalar un cuadrilátero de boxeo en el que los combates son siempre a catorce asaltos entre pesos pesados, uno el artista y otro la materia. Leiro tiene tres talleres, uno en Nueva York, otro en Cambados, pero yo le he visto en este de Madrid acudir en auxilio de esa figura que le grita desde el fondo todavía informe de la madera y que el artista libera con un hacha en la mano.

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En el Prado

Cuando uno se siente muy sucio por dentro debido a la pegajosa realidad de la vida, una visita al museo es como bañarse en la fuente clara de Castalia al pie del Parnaso

La sala 12 del museo del Prado con 'Los borrachos' (izquierda) y 'Las hilanderas'.
La sala 12 del museo del Prado con ‘Los borrachos’ (izquierda) y ‘Las hilanderas’.SAMUEL SÁNCHEZ

Cuando uno se siente muy sucio por dentro debido a la pegajosa realidad de la vida, una visita al Museo del Prado es como bañarse en la fuente clara de Castalia al pie del Parnaso, de la que se sale siempre limpio y purificado. Bajo la pandemia del coronavirus que sigue infectando a esta primavera colgada ya de las acacias, en el Prado se va a inaugurar una exposición de pintura mitológica, desde Tiziano pasando por Rubens, Van Dyck, Poussin y así hasta Velázquez. Se trata de una descarga de belleza, que deja inmunizado durante un tiempo al espectador contra cualquier clase de miseria. Mientras en la calle las pasiones de la gente son todas de andar por casa, en el Prado la Venus de Tiziano desnuda y desesperada trata de retener a Adonis, y Dánae, hija del rey de Argos, es tomada por Zeus con una lluvia de oro. Las tres Gracias de Rubens, pletóricas, sin duda pasadas de báscula, se ven rodeadas de festines de dioses exacerbados, musculados, contorsionistas, poseídos por todos los placeres que suceden en jardines y en lechos entre cortinajes y almohadones bajo el capricho de Cupido. A estos dioses, si vivieran hoy, su libertad los llevaría a la cárcel, pero este frenesí carnal se detiene ante el cuadro de Las hilanderas de Velázquez cuyo tapiz de fondo contiene el mito de Aracne, una tejedora que desafió a Palas Atenea a bordar con más destreza y fue convertida en araña por la diosa celosa y vengativa. En el primer plano el pintor ha instalado la realidad cotidiana de un taller de mujeres hilanderas que están tejiendo con sus manos obreras el propio mito y entre la realidad y el mito solo se interpone la luz. Velázquez venía de Caravaggio y tratando ser Tiziano se quedó a mitad de camino entre los dos y descubrió que la verdad de la pintura consiste en pintar el aire. A la salida del Prado las abejas libaban ya el primer azúcar del Botánico.

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Las mujeres

Pese a que desde el neolítico está luchando por su liberación, ella siempre estará al lado del hombre para enseñarle a vivir

La Venus de Milo, en el Museo del Louvre.
La Venus de Milo, en el Museo del Louvre.RICHARD BAKER / GETTY IMAGES

Las primeras deidades fueron todas femeninas. Eran maternidades de anchas caderas, vientre abultado y dos fuentes nutricias brotando del pecho. Así aparecen representadas en los primitivos ídolos africanos, en las terracotas cretenses y etruscas. En cambio, en el Olimpo, las diosas y ninfas ya estaban sometidas al acoso machista y caprichoso de Zeus. Fueron mujeres las primeras hechiceras que en la religión animista intermediaban con las fuerzas oscuras de la naturaleza. La hembra es la médium genuina, una innata sacerdotisa, puesto que todos hemos llegado a este mundo atravesando su cuerpo. En cambio, la Iglesia católica no ha logrado sacudirse de encima la profunda neurosis que le provoca el cuerpo femenino hasta el punto de erradicarle el sexo a la madre de Dios y de convertir el celibato eclesiástico en un albañal de pederastia. Fueron mujeres las que, mientras los hombres se dedicaban a cazar bisontes y venados, se limitaban a recrearlos en las paredes de la gruta. En cambio, lejos de ser consideradas las primeras artistas, autoras de la pintura rupestre, solo el desnudo femenino ha constituido como modelo una voluptuosa obsesión en la historia del arte. Fueron mujeres las que en el Neolítico comenzaron a guisar, y desde entonces a lo largo de 10.000 años no han abandonado la cocina. En cambio, son hombres los que han acaparado la cultura culinaria mientras las mujeres han sido relegadas a servir la mesa y a fregar los platos. Fueron mujeres las que desde la noche de los tiempos no han hecho sino hilar, coser y bordar, pero son los modistos quienes dictaminan cómo hay que vestir. Pese a que desde el Neolítico está luchando por su liberación, la mujer es esa criatura absolutamente resistente que por muy torpe, infeliz e inútil, sano o enfermo, inteligente o idiota que sea el hombre, ella siempre estará a su lado para enseñarle a vivir.

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Albert Camus, periodismo de combate en la larga noche

Los artículos del escritor para la revista clandestina ‘Combat’, recopilados ahora en un libro, reflejan su envergadura moral

Albert Camus en 1945, en la oficina de la publicación 'Combat'.
Albert Camus en 1945, en la oficina de la publicación ‘Combat’.CORDON PRESS

 

“Algunas veces pienso en lo que los historiadores del futuro dirán de nosotros. Una sola frase será suficiente para definir al hombre moderno: fornicaba y leía periódicos“. Esta sentencia de Albert Camus pertenece al periodismo romántico de los tiempos de Combat. La pronunció, tal vez, acompañándose de una mirada irónica después de quitarse el cigarrillo de la boca. El periódico clandestino Combat apareció en Lyon a finales de 1941. Durante la Segunda Guerra Mundial fue el portavoz de la Resistencia francesa frente a la invasión de los alemanes. Su cabecera llevaba, como divisa, este pensamiento de Clemenceau: “En la guerra como en la paz la última palabra es la de aquellos que no se rinden nunca”. Debajo de la mancheta también se podía leer: “Un solo jefe, De Gaulle, un solo combate, por nuestras libertades”. Al principio fue solo una hoja volandera de apenas 2.000 ejemplares, pero terminó lanzando 250.000, tirados desde varias imprentas de la zona libre para facilitar su distribución por todas las regiones. Terminada la guerra se siguió editando hasta 1947, ya en libertad, con la Francia liberada.

A esta altura de los tiempos aquella empresa periodística posee un aura romántica que podía estar ilustrada con la canción de Yves Montand Bella Ciao, o por Edith Piaf con el desgarro de Non, je ne regrette rien, cuyas melodías te llevan a la figura de Albert Camus con las solapas de la gabardina subidas y un cigarrillo Gauloises en los labios, como un galán de cine negro. Era entonces todavía un gran escritor en ciernes llegado a París desde Argelia donde había ejercido el oficio de periodista en Oran.

Su mujer, Francine, se había quedado en Argel mientras el escritor aún vacilante, a caballo del éxito que le había proporcionado la publicación en 1942 de la novela El extranjero y del ensayo El mito de Sísifo, se ganaba la vida como lector en la editorial Gallimard y ensayaba sus dotes de seductor por el Barrio Latino. En aquel momento Camus estaba escribiendo La peste y en 1943 había entrado como editorialista en el clandestino Combat donde también firmaba con seudónimo algunos artículos. Llevaba en el bolsillo un carnet de identidad falsificado por la Resistencia con el nombre de Albert Mathé.

En la terraza del Café de Flore y en la de Les Deux Magots, entre oficiales alemanes que tomaban champán, también se sentaban Jean Paul Sartre y Albert Camus, entonces todavía cómplices y correligionarios, envasados en una mutua admiración. Frente al rostro poco atractivo de Sartre que ni siquiera la pipa podía remediar, Camus traía del Mediterráneo un aura de dicha solar, que, según decía, le había librado de cualquier resentimiento.

No dejaba de ser emocionante jugarse el pellejo por la libertad escribiendo en un periódico clandestino que podía llevarte a la cárcel o al paredón en el peor de los casos. Encima a este peligro se añadía el azaroso combate de una aventura amorosa que Camus y la actriz María Casares habían comenzado a vivir. Una noche en que los dos salían de la redacción, en medio de un París desolado se encontraron con una patrulla nazi que sin duda les iba a pedir la documentación. Camus llevaba en el bolsillo de la gabardina el editorial que acababa de escribir para Combat del día siguiente. Antes de ser detenidos el periodista logró pasar a María Casares las cuartillas de forma solapada y mientras los policías alemanes interrogaban y cacheaban a Camus, su amante se metió en la boca el papel y comenzó a masticarlo y terminó por tragárselo entero.

Si al final Camus ganó la batalla ideológica frente Sartre fue porque era un hombre poseído por una rebeldía moral

Si uno lee hoy aquellos artículos de Camus, que la editorial Debate acaba de publicar con el título La noche de la verdad, más allá de su vigor intelectual salta a la vista la envergadura moral de este escritor a la hora de enjuiciar el papel del periodista comprometido en los momentos más aciagos de la historia. “¿Qué es un periodista?”, se pregunta. “Es un hombre que se supone que tiene ideas… que se encarga a diario de informar al público de los acontecimientos del día anterior… es un historiador sobre la marcha y su principal preocupación el deber de decir la verdad”.

Camus admite que pese a los documentos y los testimonios la verdad es siempre escurridiza. Frente a este hecho, lo mismo en la guerra como en la paz, solo cabe la moral, la objetividad y la prudencia. Parecen ideas muy simples, pero pertenecen al eje de acero del imperativo categórico que te obliga a cumplir con tu deber solo porque es tu deber atado a la ética, incluso a la estética, más allá de cualquier ideología.

El atractivo de la figura de Albert Camus no ha hecho sino acrecentarse a lo largo del tiempo. Su abandono del Partido Comunista, su forma de desenmascarar los crímenes de la Unión Soviética y su actitud equidistante ante al problema de Argelia lo convirtieron en un apestado, pero si al final Camus ganó la batalla ideológica frente Sartre fue porque era un hombre poseído por una rebeldía moral, quien aun en medio de la confusión, ante cualquier clase de injusticia, supo decir no.

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