Otro desfile

A la sombra de las acacias el público llenará de vítores a esta tropa heroica, que ha cumplido con su deber sencillamente porque era su deber

La patrulla Águila, durante el desfile de las Fuerzas Armadas de 2019 en Sevilla.
La patrulla Águila, durante el desfile de las Fuerzas Armadas de 2019 en Sevilla. PACO PUENTES

 

En ninguna ciudad del planeta habrá este año desfiles de las Fuerzas Armadas. En la Plaza Roja de Moscú, en el Cañón de los Héroes de Nueva York, en los Campos Elíseos de París, en la plaza de Tiananmén de Pekín, en el paseo de la Castellana de Madrid no se realizará esta vez la ritual parada militar en la que el Ejército de cada país despliega la propia cola de pavo real exhibiendo un armamento último modelo, listo para matar de mil maneras. Entre el orgullo de un pasado supuestamente glorioso y el miedo de un futuro seguramente catastrófico, al son de tambores y cornetas desfilan formaciones de soldados marcando el paso; discurren carros de combate y misiles inhiestos sobre los armones como colas de alacrán; rayan el cielo aviones de combate dejando un rastro de humo con los colores de cada bandera nacional. Y el público aplaude. Pero este año no habrá desfiles de las Fuerzas Armadas, sencillamente porque esas armas tan sofisticadas, enormemente caras, han sido derrotadas y puestas en ridículo por un enemigo diminuto, que ha demostrado ser más fuerte que toda la industria del armamento entera. Este ente invisible ha hecho que el director de la OTAN huya despavorido ante un simple estornudo, que los generales del Pentágono se queden encerrados en casa alarmados por una tos seca. Pero esta batalla contra la Covid-19, sin duda, se ganará, y ese será el momento de montar un nuevo desfile de la victoria. En ese caso deberán desfilar los científicos, los médicos, las enfermeras, los celadores, los farmacéuticos, los transportistas de víveres, las cajeras de supermercado, los empleados de la limpieza y también una parte del Ejército, que ha salido desarmado en ayuda civil en una guerra tan dramática. A la sombra de las acacias el público llenará de vítores a esta tropa heroica, que ha cumplido con su deber sencillamente porque era su deber.

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Otro aplauso

El polen trasportado por el viento, por los pájaros y los insectos se cruzará con el aciago coronavirus en el espacio

Otro aplauso
SEBASTIEN BOZON AFP

 

Esta primavera de 2020, que acaba de empezar, habrá que tomarla como una nueva arma de combate. Confinados en casa, con la angustia del encierro, cada uno puede purificar la mente y recuperar la moral imaginando el milagro que sucederá ahí fuera en plena naturaleza. La eclosión de las flores va a coincidir con la curva más alta de la pandemia. El polen trasportado por el viento, por los pájaros y los insectos se cruzará con el aciago coronavirus en el espacio. Frente a cualquier catástrofe a la que nos conduzca la peste, el polen y las semillas sembradas esta primavera al final ganarán la batalla como siempre. El trigal que ahora se ondula sobre las colinas será el pan de mañana; entre los surcos abrirán las verduras su corazón de nieve; toda clase de frutas llenará en verano los mercados callejeros y las cepas del viñedo que están despertando producirán en otoño ese vino, que será necesario para brindar por el mal recuerdo de la tragedia. Las golondrinas han vuelto a sus nidos de antaño, los pájaros chillan y se persiguen frenéticamente para copular en los tejados. Puede que al final nos salve de esta catástrofe humanitaria un poco de sol en la ventana y ese geranio que florece en el balcón desde donde cada noche se aplaude el honor de nuestros héroes sanitarios. Ahora, al despertar cada mañana, comienza esta pesadilla que nos obliga a vivir como una realidad angustiosa la ficción de aquellos relatos de pestes medievales, de ciudades sitiadas y de naufragios que leíamos en los largos veranos de la adolescencia, tumbados en la hamaca, sin imaginar que un día seríamos protagonistas valientes o cobardes en una aventura semejante. En el barco de la isla del tesoro al tripulante que sembraba el desánimo en medio de la tempestad se le arrojaba al agua. Si el optimismo es un arma de combate, también merece un aplauso la primavera.

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Dar la talla

En la historia de nuestra democracia, cada líder se enfrentó a un reto decisivo. La pandemia demostrará si Pedro Sánchez tiene o no madera de líder

Pedro Sánchez ayer en el Consejo de ministros para aprobar el decreto que declara el estado de alarma.
Pedro Sánchez ayer en el Consejo de ministros para aprobar el decreto que declara el estado de alarma. JOSE MARIA CUADRADO JIMENEZ EFE

 

Un día esto también pasará y cuando esta peste sea un recuerdo se verá si los políticos de este Gobierno y los de la oposición dieron la talla. Será el momento de juzgarlos. En pleno temporal las reglas de la navegación imponen unir todas las fuerzas en torno al patrón del barco. Discutir su mando bajo el huracán es propio de tripulantes inexpertos o malajes. En la historia de nuestra democracia ha habido momentos de gran zozobra. Ante el golpe de Estado del 23-F, el atentado yihadista del 11-M, la crisis económica de 2008 y el desafío independentista catalán del 1-O, cada líder se enfrentó a un reto decisivo. Puede que Adolfo Suárez fuera un político aventurero, pero frente al golpista Tejero dio pruebas de gran coraje. Puede que José María Aznar mostrara dotes para unir a la derecha, pero en el atentado de Atocha se hizo un lio con el timón y demostró que no sabía pilotar el barco. Puede que José Luis Rodríguez Zapatero impulsara leyes progresistas, pero ni siquiera olió la gravedad de la crisis económica que le cayó encima. Puede que Rajoy salvara a España del rescate, pero en pleno temporal de la independencia catalana, se fumó un puro. A aquellas profundas borrascas se ha sumado esta grave emergencia sanitaria y económica de la pandemia del coronavirus. Pedro Sánchez ha salido vencedor en duras y sucias batallas dentro del partido. Se ha hecho con el Gobierno con el envite de la moción de censura. Eso no es nada frente al reto que le ha impuesto la pandemia para demostrar si tiene o no madera de líder. Pronto se verá si es capaz de pilotar el barco por este estrecho de Escila y Caribdis donde más dañinos que el coronavirus serán los escollos que le pongan sus adversarios políticos. Después de oír a los expertos, saber mandar, no dudar ante un dilema, transmitir confianza en medio de la adversidad, en eso consiste dar la talla.

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Miedo al otro

El infierno son los otros, dijo Sartre. Se refería a la mirada de los demás que nos penetra y nos delata

Varios maniquíes con mascarillas en una tienda en Gaza.
Varios maniquíes con mascarillas en una tienda en Gaza. MAHMUD HAMS AFP

 

Las verdaderas pandemias mortales de este planeta son el hambre, la violencia, las guerras, la emigración masiva, la fosa del Mediterráneo y las enfermedades confinadas al Tercer Mundo, pero estos males endémicos no causan miedo ni pánico porque no se transmiten a través del aliento y la saliva de los otros. En la historia de este planeta ha habido sucesivas extinciones de especies a causa de meteoritos gigantes, de volcanes y terremotos devastadores, pero la humanidad sigue bailando sobre las deslizantes placas tectónicas porque acepta que son fuerzas telúricas fuera de su alcance. Las epidemias bíblicas como la lepra y la peste bubónica se atribuían a un castigo de Dios, y para aplacar su ira se montaban procesiones de disciplinantes y se quemaba en la hoguera a brujas y herejes. En el Apocalipsis se dice que al abrirse el Séptimo Sello se hará un silencio en el cielo y siete ángeles tocarán sus trompetas de plata para anunciar el fin del mundo. No se necesita un lujo semejante. Hoy se sabe que la vida es un episodio contingente, una aventura bioquímica sin sentido en la historia de este planeta, que anteayer no existía y pasado mañana, cuando desaparezca, en la Tierra se instalará un silencio de piedra pómez y no habrá sido necesario que ningún ángel tocara la trompeta, bastó con un virus en forma de muñeco diabólico que la humanidad se fue pasando de unos a otros hasta quedar por completo exterminada. El infierno son los otros, dijo Jean Paul Sartre. Se refería a la mirada de los demás que nos penetra y nos delata. En este caso, la mirada será un virus y el terror vendrá porque quien te mate será quien más te quiera, quien te bese, quien te abrace, quien te dé la mano, quien te ceda el asiento en el metro, quien te ayude a cruzar la calle. El miedo al otro, en eso consiste el infierno que se acaba de instalar como un avance entre nosotros.

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Los animales

Pese a que quita los pecados del mundo yo no como cordero desde que los vi hacinados en un camión en dirección al matadero

Bendición de animales en la Iglesia de San Antón, en el centro de Madrid.
Bendición de animales en la Iglesia de San Antón, en el centro de Madrid. ULY MARTÍN

 

En la mitología clásica algunos animales eran dioses y lo siguen siendo en la religión cristiana, donde se adora al Cordero Divino y al Espíritu Santo en forma de paloma. When the Saints go marching in… Esta primera estrofa de gospel, popularizada por Louis Armstrong, se canta en los funerales de Nueva Orleans y en los desfiles de carnaval acompañados por bandas de jazz y en ella se expresa el misterioso consorcio que existe entre los santos, la naturaleza y los animales a lo largo del calendario. El día 17 de enero, san Antón, los curas bendicen a las bestias de labor y a las mascotas vestidas por sus dueños con disfraces disparatados. El 3 de febrero, san Blas, patrón de los enfermos de garganta, predice la llegada de las cigüeñas. El 15 de marzo, san Raimundo, trae las golondrinas a los nidos de antaño. Santa Gertrudis, 17 de marzo, elevó los gatos a la categoría de héroes por combatir la invasión mundial por las ratas. San Marcos, evangelista, el 25 de abril, es representado por el león; san Juan, el 24 de junio, por un águila y el 16 de agosto, san Roque, abogado contra la peste, se hacía acompañar por su perro Melampo que le lamía las llagas. Toda clase de vírgenes amparan los frutos del verano y las cosechas de otoño. Y así los santos siguen ordenando la naturaleza hasta finales de año en el que san Martín, 11 de noviembre, anuncia la festiva matanza del cerdo, tan cristiana frente al sacrificio del cordero que es esencialmente judío y mahometano. Durante la Pascua los judíos vierten en este humilde animal todos sus pecados y luego se lo comen para ser perdonados. El cerdo chilla, protesta, se rebela cuando presiente que lo van a matar; en cambio el cordero se entrega al matarife sabiendo que ese es su destino. Pese a que quita los pecados del mundo yo no como cordero desde que los vi hacinados en un camión en dirección al matadero.

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Cuatro reglas

Encontrar el norte de la vida sin GPS, contar con los dedos de las manos, saber el valor del dinero de bolsillo, y no votar a ningún político idiota, con eso basta para ir tirando si vienen mal dadas

Cuatro reglas

Por lo que pueda pasar, no te olvides de los cuatro puntos cardinales que aprendiste en la escuela, norte, sur, este y oeste, porque, tal como vienen los telediarios, algún día no lejano, los podrías necesitar. Bastará con que se produzca una tormenta solar más bestia de lo normal para que todas las ondas de orientación electro-magnética queden anuladas. En ese caso, perdidos en la tierra o en el mar, para orientarse habría que volver a mirar el sol y las estrellas, como hacían los antiguos hace miles de años. A fin de cuentas, lo sustancial en esta vida consiste en no meterse en más charcos de los necesarios, en no ir pisando mierdas por doquier y en corregir el camino de perdición por el que nos lleva alguna vez el azar de los zapatos. Y para eso no se necesita el GPS ni ninguna nueva aplicación del 5G. Por otra parte, tampoco conviene olvidar las cuatro reglas de las matemáticas, sumar, restar, dividir y multiplicar, porque si la economía del mercado global se viene abajo, como anuncian los profetas, habrá que volver al mercado de la esquina y allí ningún logaritmo, cálculo diferencial, mecánica cuántica nos servirá para discutir con el tendero el precio de la fruta, de la carne o del pescado. Bastará con saber los números de la balanza. Tampoco los políticos deberían desconocer las cuatro reglas esenciales del buen gobierno. De hecho, por 40 euros tienen a su alcance el conocimiento necesario. Para que su ignorancia no nos humille deberían leer El arte de la guerra, de Sun Tzu, El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, El arte de la prudencia, de Baltasar Gracián, y añadir como aderezo a Karl Marx, Adam Smith y Karl Popper, si quieren sacar nota. Encontrar el norte de la vida sin GPS, contar con los dedos de las manos, saber el valor del dinero de bolsillo, y no votar a ningún político idiota, con eso basta para ir tirando si vienen mal dadas.

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Espejos

A partir del asesinato de Kennedy solo existirían los sucesos que crearan las cámaras como espectáculo

John F. Kennedy, Jacqueline Kennedy y John Connally en Dallas, momentos antes del asesinato del presidente.
John F. Kennedy, Jacqueline Kennedy y John Connally en Dallas, momentos antes del asesinato del presidente. REUTERS

 

En el futuro se dirá: el viejo periodismo murió cuando las noticias dejaron de leerse en un papel u oírse por la radio y comenzaron a ser suministradas con imágenes y se convirtieron en espectáculo, en espejos en los que el ciudadano anónimo se reflejaba. A partir de ese momento los periodistas pasaron de ser informadores a llamarse comunicadores, y la noticia era eso que decía en pantalla un tipo agradable, una chica atractiva, los dos con una voz bien modulada, capaces de emitir con una sonrisa ambigua y una dentadura perfecta un bombardeo, una crema, un asesinato, una marca de coche, el discurso del presidente y una sopa. Ser consiste en ser visto —dijo Berkeley—. Eso dicen también los viejos sentados en una solana con una garrota entre las piernas: ver para creer o vivir para ver, y es lo que hace ya gran parte de la humanidad que se mira en el espejo de las pantallas como figurantes de este espectáculo. La nueva era de la información comenzó el 22 de noviembre de 1963, a las 12.30, cuando el industrial textilero de ropa femenina Abraham Zapruder se encaramó en un pilar de la plaza Dealey, en Dallas, con una cámara Bell & Howell de ocho milímetros. Esa clase de tomavistas, hasta entonces, se alimentaba de bodas, barbacoas, juegos con el perro, escenas en el columpio del jardín. Pero esta vez captó el disparo mortal en la cabeza del presidente Kennedy. No fue azar. Fue la historia la que buscó a la cámara, y no al revés. Desde ese día todas las imágenes dejaron de ser inocentes. A partir del asesinato de Kennedy solo existirían los sucesos que crearan las cámaras como espectáculo. Los bombardeos serían transmitidos como conciertos de rock, las Torres Gemelas ardiendo crearían el eje del mal, nada sería verdad si no se transmitía en directo, y ningún político mal afeitado, sin la corbata adecuada y que sudara en un debate sería nunca presidente.

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Aterrizar

En verdad hay dos Españas: la de los profesionales que saben lo que hacen y cumplen con su deber y la de ciertos políticos que gritan, insultan y en el fondo no saben nada de nada

El caza F-18 del Ejército inspecciona el estado exterior del avión de Air Canada.
El caza F-18 del Ejército inspecciona el estado exterior del avión de Air Canada. EFE

 

A las 14.30 del pasado lunes, 3 de febrero, terminó la sesión de apertura de las Cortes en cuyo acto solemne e institucional los partidos políticos no dejaron de enfrentarse a cara de perro, enredados en una pelea de patio de colegio sobre los aplausos al Rey. Mientras en los pasillos unos presumían de haberle aplaudido mucho, otros solo un poco y otros nada, a esa misma hora del aeropuerto de Barajas despegaba un Boeing 767 de Air Canadá con destino a Toronto. Apenas levantado el vuelo el piloto comunicó a la torre de control un problema técnico que impedía seguir el viaje. Una rueda había reventado durante el despegue y restos del neumático habían sido absorbidos por uno de los motores, que quedó bloqueado. Los pasajeros del Boeing oyeron una explosión y al comprobar que el avión no tomaba altura comenzaron a alarmarse. Pero el comandante de la nave, lejos de mentir como un político, les explicó con todo detalle cuál era el problema y la forma de solucionarlo porque lo había practicado más de cien veces en el simulador. Ante su explicación sencilla y racional los pasajeros se calmaron. Mientras en el Parlamento los políticos se peleaban como gallos de corral, en el aeropuerto los equipos de salvamento funcionaban a la perfección. Un caza F-18 había salido de la base de Torrejón para inspeccionar de cerca los daños. Los bomberos, las ambulancias, los hospitales, los controladores y la tripulación estaban preparados. Después de dar vueltas varias horas para quemar combustible el avión aterrizó sin más, lo que demuestra que existen en verdad dos Españas: la de los profesionales que saben lo que hacen y cumplen con su deber y la de ciertos políticos que gritan, insultan, imparten el viejo odio cainita y en el fondo no saben nada de nada. Si la crispación política se hubiera instalado en Barajas, el avión se habría estrellado.

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Postrimerías

No es tan difícil imaginar cómo quedará este mundo cuando desaparezca la raza humana de la faz de la Tierra

Personal médico traslada a un paciente al hospital Jin Yintan, en la provincia china de Jiangxi.
Personal médico traslada a un paciente al hospital Jin Yintan, en la provincia china de Jiangxi. GETTY IMAGES

 

No es tan difícil imaginar cómo quedará este mundo cuando desaparezca la raza humana de la faz de la Tierra. Sin duda los simios celebrarán el acontecimiento rascándose las axilas entre grandes carcajadas y esta vez ninguna serpiente les ofrecerá manzanas, porque no habrá un mono que quiera ser dios, por la cuenta que le trae. Entre los animales seguirá la lucha cruel por la vida, pero gracias a que en ella ya no participarán los humanos la maldad dejará de existir. Desaparecida la ponzoña que ha generado la humanidad volverá la gloria vegetal a cubrir el planeta. El mar habrá purgado toda la basura, los ríos serán azules y las cascadas plateadas, en los montes y valles se producirá un gran sosiego preternatural semejante al que hubo en el viejo paraíso cuando las mariposas volaban sobre los helechos arborescentes. El fin del mundo, lejos de estar provocado por un gigantesco cataclismo, puede que comience un lunes por la mañana con un simple estornudo de un ser anónimo que ha cogido un catarro en un punto perdido de cualquier continente. Su desarrollo no será muy diferente de cuanto sucede hoy en esa ciudad china de Wuhan, que parece un avance o tráiler del espectáculo del fin de la raza humana, con las fronteras cerradas, las calles de las ciudades desiertas, sus habitantes confinados en sus casas con mascarillas sin hablar porque las palabras, sobre todo las de amor, transportarán el virus letal. ¿Y si este ensayo del fin del mundo fuera solo una falsa alarma debida a oscuras fuerzas del mal para vender vacunas? En ese caso, tal vez sería el miedo, una peste que carece de anticuerpos, el que acabara con la raza humana, hasta el punto que, bajo este régimen de terror, quien estornudara sería sulfatado, quien tosiera sería ahorcado y así hasta que el último bípedo, que se creía dios, a causa del propio miedo, desapareciera de la faz de la Tierra.

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Los coleccionistas no se suicidan

Para Billy Wilder debió de ser un placer despertarse cada mañana y comprobar que una adolescente pintada por Balthus le miraba desde el cuadro colgado frente a su cama

Billy Wilder, en la subasta de su colección en Christie's en 2000.
Billy Wilder, en la subasta de su colección en Christie’s en 2000. KEN HIVELY GETTY IMAGES

 

Para Billy Wilder (Sucha [antiguo imperio austrohúngaro, actual Polonia], 1906-Los Ángeles, 2002) sin duda, debió de ser un placer despertarse, abrir los ojos cada mañana y con el sol de Beverly Hills en la ventana comprobar que una adolescente pintada por Balthus, de tamaño natural, le miraba con una cierta sonrisa perversa desde el cuadro colgado frente a la cama. Esa niña de 12 años, que podía ser Katia, Natalie de Noailles, Anna o Sabine, cualquiera de las modelos del pintor, parecía seguir con la mirada todos sus movimientos en el dormitorio hasta que pasaba al vestidor donde a Billy Wilder le esperaba el desnudo de otra adolescente con medias negras, de refinada sensualidad, debido al pincel de Georg Tappert. El retrato de Olga Khokhlova, la primera esposa de Picasso, pintado en 1921, le recibía finalmente en la sala de estar para compartir el desayuno.

Este judío austríaco, guionista y director de cine, tenía una inteligencia singular unida a un humor sarcástico y a un olfato muy fino. De hecho, fue de los primeros en poner tierra por medio al olerse la tostada que preparaba Hitler recién llegado al poder. Wilder huyó a París y desde allí en 1934 llegó a Estados Unidos con 11 dólares en el bolsillo. Puede que en su equipaje de fugitivo de los nazis llevara ya algunos trabajos de artistas que había comenzado a coleccionar. Se dice que por muy mal que le vayan las cosas un coleccionista nunca se suicida. Siempre le falta un sello, un cuadro, una mariposa, un pisapapeles, un cenicero para completar la colección, lo que le impide pegarse un tiro.

Mientras el joven Billy Wilder en Viena y en Berlín ejercía el oficio de periodista y metía la afilada nariz entre las cajas de los teatros de cabaret, los pintores expresionistas Otto Dix, Schiele, George Grosz, Beckmann, Kirchner y otros, andaban con sus carpetas de dibujos y acuarelas bajo el brazo. Eran retratos y figuras de mujeres con el rostro desgarrado y el cuerpo roto, rasgos premonitorios que se harían realidad con la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Algunos de aquellos pintores, cuyo talento muy pocos apreciaban e incluso zaherían como arte degenerado, estaban dispuestos a cambiar un cuadro por una botella de absenta o por otro lienzo en blanco que les permitiera seguir pintando. Había que saber qué grado de profunda belleza escondía aquella destrucción y como el joven Billy Wilder lo sabía, se hizo con varias acuarelas de Schiele y algunos dibujos de George Grosz, por un precio irrisorio, una prueba que el olfato esta vez tampoco le falló.

Todo el mundo admira a este guionista y director por su extraordinario talento para dirigir películas, entre las que se hallan varias cumbres de la historia del cine, pero tal vez no todos conocen su sagacidad como coleccionista de arte. A su olfato para acertar en las compras se unió la suerte, algo decisivo a la hora de dar en la diana. En una visita a la galería de Maeght durante uno de sus viajes a París tuvo un desagradable percance. Estaba colgada en las paredes una exposición de Miró y uno de sus cuadros se hallaba protegido con una vitrina. Wilder conversaba con un amigo y hubo un momento en que dio un paso atrás y rompió el cristal. “¿Qué ha pasado?”, exclamó airado el señor Maeght. Aunque la pintura quedó intacta la situación era muy embarazosa y para salir del paso, solo por resarcir de algún modo el daño, Billy Wilder propuso comprarle una escultura de Giacometti, de 53 centímetros, de la que el artista había fundido seis ejemplares. Era un desnudo de mujer, con las piernas muy juntas y los brazos pegados al cuerpo. “Pero son mil dólares”, dijo el dueño de la galería. “Bueno, si son mil dólares son mil dólares”, contestó Billy Wilder. Esa escultura, 45 años después, en la subasta de la colección de Wilder, que se celebró en Christie’s de Nueva York 13 de noviembre de 1989, alcanzó el precio de un millón de dólares, mil veces más de lo que le había costado.

Durante el tiempo en que su colección estuvo colgada en las paredes de su casa de Beverly Hills, compuesta con obras de Miró, Picasso, Calder, David Hockney, Botero, Lesser Ury, Georg Grosz, Saul Steinberg, Schiele, máscaras africanas y precolombinas, la noria del mercado del arte subía y bajaba, la especulación brutal la obligaba alcanzar precios desorbitantes para hundirla a continuación. Era muy difícil acertar con el pico más alto. En 1989 se produjo una nueva burbuja. Billy Wilder a los 83 años pensó que era el momento de poner sus cuadros en venta y una vez más acertó. Su colección le proporcionó 32,6 millones de dólares, una cantidad que ni soñada llegaba a lo que había ganado en el cine. Pero su suerte continuó. Poco después su casa quedó destruida por un incendio y por otra parte el mercado del arte se hundió, cosa que aprovechó para seguir comprando de nuevo. Billy Wilder dejó el cine porque ningún seguro se arriesgaba a cubrir el azar de su vida. Pero murió a los 95 años, y si no se suicidó fue porque hasta el final siguió siendo un coleccionista.

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