A cierta edad

Recuerda que para una buena digestión serán más importantes que la comida los comensales que te acompañen. Las risas son muy digestivas

Un hombre pasea por la playa.
Un hombre pasea por la playa.ASCENTXMEDIA / GETTY IMAGES/ISTOCKPHOTO

 

Si por la mañana te despiertan los pájaros y al abrir los ojos desde tu habitación ves el mar; si en el momento de saltar de la cama toda la casa huele ya a café y a tostadas de pan candeal; si al desperezarte como un gato no te cruje ningún hueso y sientes el cuerpo bien macerado por un sueño agradable que ni siquiera recuerdas, considera que el día empieza muy bien. Si después del desayuno te das un baño en la playa desierta y luego en la terraza del bar en el pueblo a la sombra de los plátanos compartes una tertulia con amigos en que no se habla de política y ni de enfermedades, sino de las cosas simples de la vida, de experiencias, de proyectos, de recuerdos, este placer será acrecentado si al final te das una vuelta por el mercado de frutas y verduras, y en el puesto de confianza compras lo que te pidan los ojos, brevas, melocotones, cerezas. A la hora del almuerzo nunca te sientes a la mesa con alguien que te caiga mal. Recuerda que para una buena digestión serán más importantes que la comida los comensales que te acompañen. Las risas son muy digestivas.

Por lo demás come poco y hazlo despacio. La canícula requiere una buena siesta con sonido de chicharras. Procura hacerla en una penumbra de maderas entornadas, con una brisa que infle los visillos y trasmita un aroma a alcanfor y membrillo. Mientras las horas siguen su camino hay un tiempo a media tarde para la música y la lectura, pero es imprescindible que la puesta de sol te sorprenda ante una copa en un bareto junto al mar donde suene el swing de Cole Porter. Sería ideal que encontraras algún amigo esteta con quien hablar, por ejemplo, de los prerrafaelistas para merecer que el sol al fundirse en el horizonte os regale el rayo verde. Tampoco importa. Ahora queda toda la noche para contemplar tumbado las vagas estrellas y esperar que ese milagro se produzca mañana.

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‘Homo ludens’

El gol es nuestro destino en lo universal, la única forma de que las dos Españas se abracen

Loa jugadores de la Selección española celebran en San Petersburgo la victoria ante Suiza que les da el pase a la semifinal de la Eurocopa.
Loa jugadores de la Selección española celebran en San Petersburgo la victoria ante Suiza que les da el pase a la semifinal de la Eurocopa.KIRILL KUDRYAVTSEV / POOL / EFE
 

No existe en la historia un líder político, desde Pericles a Churchill, que haya levantado una ovación en sus mítines que se parezca ni de lejos a la que provoca un delantero centro que mete un gol por la escuadra o un portero que para un penalti. Y si ese gol supone la victoria definitiva del equipo nacional, en nuestro caso se consigue el milagro de que las dos Españas se levanten de sus asientos con los brazos abiertos, lancen un grito unánime de entusiasmo y se abracen. Esa fraternidad espontánea dura mientras los neurotransmisores del cerebro producen una descarga conjunta de dopamina y serotonina, que llena de placer y felicidad las vísceras de millones de españoles de cualquier edad, clase social e ideología. En ese momento el simio patriota que cada hincha lleva dentro siente una convulsión orgásmica que le devuelve a los ancestros de la tribu. El homo ludens, el que juega, es anterior al homo sapiens, el que piensa, y al homo faber, el que trabaja. El juego es el origen de la inteligencia compartida y no es necesario que lo haya dicho el historiador Johan Huizinga, porque yo he visto con mis ojos cómo jugaban los hijos pequeños de una familia de gorilas en la selva de la cordillera de los Volcanes en Ruanda y se comportaban con los mismos gestos de alegría y enfado como esos niños que a los cuatro años ya se divierten compitiendo en el tobogán del parque. A este mundo se ha venido a jugar. De hecho todo es un juego, la guerra, la política, las finanzas y tal es el desconcierto en que se vive hoy que el fútbol se ha convertido en lo más coherente del sistema. Once multimillonarios en calzón corto con el propósito compartido de meter el balón en la portería contraria que ponga al simio de pie en la grada, en el bar o en el sofá de casa. El gol es nuestro destino en lo universal, la única forma de que las dos Españas se abracen.

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Algunas lecciones aprendidas en la hamaca

Una galería de libros y escritores que marcaron los veranos lectores del autor

La escritora británica Virginia Woolf, fotografiada en Londres, sin fecha exacta.
La escritora británica Virginia Woolf, fotografiada en Londres, sin fecha exacta.AF KK / ASSOCIATED PRESS

Desde aquellos largos veranos de la adolescencia en los que tumbado en la hamaca combatía el tedio leyendo, algunos autores han dejado un sello indeleble en mi memoria literaria. Reconozco haber recibido un aprendizaje insoslayable de Albert Camus, de quien, al principio, solo me atraía la imagen estética que proyectaba en las fotos: pero más allá de su gabardina de trinchera y del cigarrillo Gitanes que humeaba entre sus dedos lo que me sedujo fue el placer sin culpa frente al absurdo, como una pulsión del sol sobre la piel, que liberaba su tersa escritura. Lo imaginaba adolescente subido a los topes del tranvía bajando hacia las playas de Argel a pegarse un baño. O sentado en una terraza siguiendo con la mirada a las muchachas de faldas floreadas que pasaban por el bulevar. En el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura subrayó el compromiso moral del escritor: no estar nunca de parte de quienes hacen la historia sino de cuantos la sufren.

Joseph Conrad me enseñó que a la hora de embarcarse hay dos clases de marineros: los que lo hacen apesadumbrados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios y los que suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano por medio durante un largo tiempo. Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. También como escritor era de los que sabía de lo que hablaba porque lo había vivido, gozado, sufrido, reído, llorado, todo de primera mano. Conrad no tiene una sola página ridícula.

En cambio, la lectura de Viaje al fin de la noche, de Celine, me llenó de dudas de las que aún no he logrado salir. La sensación de ruptura que daba la forma rota y desenfadada de escribir, su estética de la maldad puesta al servicio de un arrebatado nihilismo hizo estragos en las librerías. ¿Puede la dureza de corazón ser un excipiente de la belleza? ¿Puede el arte ser una eximente de la maldad de su creador? Lo ignoro todavía. Es bien sabido que el éxito unido al resentimiento suele generar una carga muy explosiva.

 

Virginia Woolf realizaba el mismo juego estético que ejercían sus amigos del Grupo de Bloomsbury, en ella mucho más arriesgado porque era su forma de romper el dogal que la ahogaba, una actitud radical que la convertiría en una bandera del feminismo, pese a que vivía rodeada de enfermeras y doncellas, de maletas y baúles de loneta para viajes y regresos, de fiestas e invitados. En aquel tiempo de moral victoriana vestir pantalones de hombre, ser sufragista, fumar en público cigarrillos egipcios, dar charlas en un círculo obrero siendo una señorita de alta sociedad y enamorarse de su amiga la poeta Vita Sackville-West, esposa de un lord, y vivir con ella una relación lésbica, fue para Virginia Woolf un juego, pero esta escritora comenzó a labrar una literatura en la que el tiempo se convertía en un fluido de la conciencia. Fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente. Y por eso ha pasado a la historia.

Leyendo a Scott Fitzgerald imaginaba que París era entonces un barrio con el que soñaban los seres privilegiados de Nueva York y la Costa Azul una proyección solar de París. La literatura de este escritor estaba llena de toldos blancos y azules, de sombreros flexibles y bañadores femeninos con rayas de avispa, pantalones de pliegues y chaquetas de color manteca. En ese espacio galopaban o navegaban a bordo de sí mismos Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, sin que para ellos las noches terminaran nunca; él siempre felizmente ebrio, ella frívola, inestable, bellísima e imaginativa. Al principio de la galopada era una de esas parejas rutilantes que al entrar en una fiesta hace que los músicos, llenos de admiración, paren la orquesta. Scott Fitzgerald consiguió describir con intensidad, gracia y maestría la pompa de jabón que se estableció en el aire de París y de Nueva York en el periodo de entreguerras dentro de la cual sonaba música de jazz, bailaban criaturas vanas, había grandes fiestas como la cima de todos los sueños y más allá un Martini, dos, tres y luego nada, la destrucción.

Este absurdo vital nada tenía que ver con el nihilismo poético, lleno de humor, de Samuel Beckett de quien supe que solo tenemos dos certezas: la de haber nacido y la de que tenemos que morir y que la vida no es más que un breve caos entre dos silencios eternos, una danza alucinante que nos vemos obligados a bailar, del mismo modo que el sol sale todos los días porque no tiene otra alternativa.

Y al final, para los días de lluvia en otoño de mi vida estaba Pessoa, en cualquiera de sus heterónimos, siempre Pessoa y sobre todo aquel viaje a Cascáis en tranvía o a Sintra en un Chevrolet imaginario donde recibió en el camino el beso volado de una niña que creía que era un príncipe el que pasaba. Estos son algunas lecciones aprendidas en aquella hamaca ya vieja que hoy está arrumbada en algún trastero.

MANUEL VICENT

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La testuz

Se puede ser un gran patriota español o un ferviente independentista catalán y tener a la vez una insuficiencia renal

Manifestación contra los indultos del Gobierno a los líderes independentistas catalanes en la Plaza de Colón en Madrid, el pasado 18 de junio.
Manifestación contra los indultos del Gobierno a los líderes independentistas catalanes en la Plaza de Colón en Madrid, el pasado 18 de junio.ANDREA COMAS

 

Se puede ser un gran patriota español o un ferviente independentista catalán y tener a la vez una insuficiencia renal. Si al menos uno creyera en Dios, podría pedirle que le solucionara el problema del riñón, puesto que ninguna patria llegará nunca en tu ayuda ante cualquier desgracia personal. El arrebatado patriotismo español o el sueño inmarcesible de la independencia de Cataluña hay que diluirlos con el afán de cada día, con que te haya abandonado tu pareja, con la explotación a la que te somete el patrón, con la operación de vesícula, con el pago del apartamento de la playa, con los baños en el mar, con la hija adolescente que llega a las ocho de la mañana a casa como una muñeca rota, con la espera del resultado de la biopsia que no te deja dormir, con que cada vez que te miras en el espejo del baño te descubres más arrugas, más canas, más ojeras.

Tal vez esa cólera larvada o íntima frustración que sientes contra ti mismo es la que te impulsa a ir envuelto en la bandera nacional a la plaza de Colón a soltar todo el flato heroico en favor de la unidad de España o a la plaza de Sant Jaume con la pancarta a vitorear a los presos indultados, pero terminado el acto, roído el cerebro por estos ideales sagrados, vuelve la vida de cada día con las facturas, las pastillas y los análisis de orina. Puede que exista una patria alimenticia o un fervor independentista, ambos directamente unidos a la cuenta de resultados; de hecho, de esa brutal confrontación entre el nacionalismo español y el catalán, que se embisten con la testuz como dos carneros, medran los políticos más feroces y algunos comentaristas e ideólogos que se han vuelto sectarios sin dejar de creerse iluminados, quienes, después de anunciar el terrible augurio de que España se rompe, son sorprendidos por el desolado ciudadano pidiendo al camarero alegremente otra de gambas.

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La mariquita

El coleóptero se desplazaba por el autorretrato de Durero y, antes de desaparecer, me enseño cómo se mira un cuadro

La mariquita
‘Autorretrato’, de Alberto Durero (1498, Madrid, Museo del Prado).

A mi juicio no hay en el Museo del Prado una figura más vigorosa, arrogante y refinada que la de Alberto Durero, tal como aparece en su autorretrato. El otro día, mientras lo contemplaba obsesivamente sucedió un hecho singular. De pronto descubrí que por el borde superior del cuadro discurría una mariquita muy pequeña. Este hermoso coleóptero de caparazón rojo con pintas negras se detuvo en uno de los vértices del marco. Pensé que se precipitaría en el vacío, pero lejos de eso con cierta determinación bajó hacia la pintura y a través de la borla de la gorra de Durero se deslizó por su rubia cabellera pintada con infinitos puntos de oro hasta llegar al hombro de la figura. Los vivos colores de la mariquita no desdecían en absoluto de la suave tonalidad de la pintura y tampoco suponían un obstáculo para seguir contemplando excelsa belleza del autorretrato. Al contrario. Decidí seguir con la mirada su mismo camino como si la mariquita me indicara la forma de descubrir los secretos más íntimos de la textura de la tabla. Subió por el cuello de Durero y se adentró en la barba rubia, atravesó sus labios carnosos, escaló su prominente nariz y finalmente se detuvo en uno de sus ojos grises que la miraba de soslayo. Su forma minuciosa de avanzar me obligaba a fijarme en cada detalle de la pintura como nunca hasta entonces lo había hecho. La mariquita optó por bajar hasta el jubón del personaje, se deslizó por el cordón que le cruza el pecho, recorrió la cenefa dorada de la camisa y descendió hasta las manos enfundadas con guantes de cabritilla. Luego me obligó a leer la inscripción que aparece a la derecha del cuadro debajo del marco de la ventana. Dice: “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años. A.D.” A través de la ventana se divisa un paisaje. Al llegar allí la mariquita misteriosamente desapareció después de enseñarme cómo se mira un cuadro.

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Doble tajada

¿Logrará la derecha con las firmas populares y las manifestaciones en la calle contra los indultos volver al poder y el soberanismo colmar el vaso que lo haga irreversible? De eso se trata

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (derecha) y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja.
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado (derecha) y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja. ULY MARTÍN

 

Según la tercera ley de Newton cuando un cuerpo ejerce una fuerza sobre otro, este impulsa sobre el primero una fuerza igual y de sentido opuesto. Este principio de acción y reacción opera también de forma insoslayable en la política española y es el que se está desarrollando ahora como un maleficio histórico entre el secesionismo catalán y el nacionalismo español. Según esta ley de la física el anticatalanismo alimenta y da votos a la derecha española; a su vez el antiespañolismo da energía y ensoñación al independentismo catalán; ambos bandos se retroalimentan y sacan el mismo provecho electoral, de modo que es difícil que abandonen este desafío mutuo que casi constituye su razón de ser. Lo cierto es que a la hora de la verdad ni la derecha piensa en la unidad de España ni los nacionalistas catalanes en la gloria de su independencia. Solo piensan en sacar una gran tajada de votos que los lleve al poder. No hace ni 20 años todos los independentistas catalanes cabían en el Camp Nou y aún sobraba mucho cemento en las gradas. Hay que preguntarse qué ha sucedido desde entonces para que Cataluña esté prácticamente rota, dividida en dos y el soberanismo haya alcanzado tan altas cotas en las urnas. Aquellas mesas petitorias que montó la derecha contra el Estatuto que propuso Zapatero fue el viento en contra que necesitaba el independentismo para despegar y por su parte el agrio y contumaz desplante de los soberanistas frente al Estado el que exacerba a los españolistas hasta alcanzar los 42 grados de fiebre. La derecha consiguió entonces derribar al Gobierno socialista y en vista del éxito ahora repite la misma jugada con las firmas populares y las manifestaciones en la calle contra los indultos. ¿Logrará la derecha con este ardid volver al poder y el soberanismo colmar el vaso que lo haga irreversible? De eso se trata. Cada bando con su tajada.

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Agravios, desprecios, inquinas y otras virtudes literarias

Las entrevistas a personalidades de la cultura del siglo XX recogidas en ‘Retratos a medida’ rezuman, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana

Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 - 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.
Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 – 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.LUIS R. MARÍN (FUNDACIÓN PABLO IGLESIAS)

 

En el pequeño entramado de calles del madrileño Barrio de las Letras convivían en el Siglo de Oro como vecinos, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Góngora. Cervantes y Calderón de la Barca. No hay guía turístico que deje de explicar a los visitantes como nota característica de esos escritores, más allá de la magnitud de su obra, los insultos que se lanzaban, la inquina que se profesaban, el ingenio que utilizaban para zaherirse unos a otros. Quevedo odiaba a Góngora hasta el punto de comprar la casa donde vivía para desahuciarlo y regularmente le mandaba raciones de tocino para infamarle como judío converso y de su nariz hizo un soneto demoledor. Por su parte, Góngora se limitaba a llamarle cegato y patizambo. Lope era un triunfador y Cervantes un genio sin lectores, pero ambos se tenían unos celos muy consolidados. En esas callejuelas se respiraba entonces el aire viciado de la envidia y del resentimiento que no ha cesado a lo largo de la historia de toda la literatura española, en la que el éxito suele ir acompañado de la maledicencia y del escarnio. Cuanta más gloria más vilipendio, cuanto más talento más desprecio.

La Fundación del Banco Santander ha publicado el libro Retratos a medidaun conjunto de entrevistas a personalidades de la cultura española de la primera mitad del siglo XX en las que el alma de esta gente famosa rezuma, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana. Un periodista le pregunta a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Y don Pío contesta:” Con ese tío yo no voy a ninguna parte”.

Un periodista le preguntó a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Contestó: ”Con ese tío yo no voy a ninguna parte.”

Resulta que un domingo lo citó en un café para charlar. Enseguida Unamuno tomó la palabra y sin dejarle abrir la boca ni pedirle consentimiento empezó a leerle entera su novela Amor y pedagogía, de cabo a rabo. Al salir muy aturdido del café se encontraron con Valle Inclán. “Los presenté ―dice Baroja―. Los dos eran igualmente de intolerantes y enseguida se pudieron a discutir. Íbamos los tres por la calle, ellos discutiendo a gritos y yo tratando de que no riñeran. Pero a los cien pasos me cansé de oírlos y los abandoné en una esquina, a punto de desafiarse”.

Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.
Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.ALFONSO

Valle Inclán era un trolero, según Baroja. Una noche iban los dos por la calle y de repente, ya de madrugada, presenciaron una pelea a navaja entre dos tipos que acaban de salir de un garito de juego. Uno de ellos malherido comenzó a gritar y a oír los gritos acudieron los municipales quienes detuvieron al matón. Baroja y Valle presenciaron la reyerta sin poder hacer nada, pero Valle se inventó que fue él, como un héroe, quien con su propia y única mano desarmó al hombre de la navaja, lo asustó y lo prendió y a continuación con todo lujo de detalles escribió su hazaña en el periódico”. Y lo peor es que me ponía a mí de testigo” ―cuenta Baroja―. Pero yo conté la verdad de lo ocurrido y Valle se enfadó conmigo. En un banquete que le dimos al pintor Echevarría, a los postres Valle gritó: Baroja cree que la literatura es la fotografía. Eso lo decía por haberle pillado en la trola”.

Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista 'Caras y Caretas', Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.
Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista ‘Caras y Caretas’, Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.

La misma trampa literaria le echaba Baroja en cara a Galdós, quien escribía de muchos lugares donde no había estado nunca. Los describía sin verlos. Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras. “Hubo un tiempo ―dice Benavente― en que apenas había en España y en América escritor principiante o prestigioso que no se metiera conmigo o con mis obras. Meterse con mi teatro hacía intelectual a la gente. En las revistas y periódicos de la juventud literaria era de cajón meterse conmigo desde el primer número”. No obstante, en este caso no se produjo el hecho tan español de escribir a la Academia sueca para oponerse a que le dieran el Nobel de Literatura como hicieron con Echegaray, a quien en las tertulias lo denominaban el Gran Idiota. Hasta el punto de que Valle y sus amigos mandaron una carta solo con este insulto en el sobre sin más señas ni dirección y la carta llegó a su destino.

Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras

El ingenio de Juan Ramón Jiménez para inocular su mala baba contra los poetas de su generación incluso contra algunos de sus discípulos y admiradores era extraordinario. “Vengo de casa de Antonio Machado. Sobre un montón de libros y papeles depositados en una silla había un plato con dos huevos fritos”. Según su humor unas veces Juan Ramón decía que Machado se había sentado sobre los huevos fritos y otras veces no. Rubén Darío decía: Las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero”. Baroja replicó:” Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio”. Aunque hoy insultarse abiertamente ya no se lleva, se podría escribir la historia de la literatura española solo a través de los agravios, envidias, desprecios e inquinas. Y no por eso dejaría de ser admirable.

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Exploradores

Ahora nos abrimos paso a ciegas hacia el territorio desconocido del verano marcado por una línea azul en el horizonte

Varias personas en la playa de Corralejo, en Fuerteventura.
Varias personas en la playa de Corralejo, en Fuerteventura.CARLOS DE DE SAÁ / EFE
 

Los exploradores de tierras desconocidas solían moverse impulsados por las leyendas de islas del tesoro, de fuentes de la eterna juventud, de minas de oro de El Dorado, que habían oído contar con palabras y gestos indescifrables a los nativos. Llevados por la codicia o por los sueños de gloria los exploradores atravesaban selvas y cordilleras, navegaban ríos caudalosos y mares insondables. A veces se encontraban con tribus belicosas y se establecían combates desiguales a sangre y fuego. En cualquier ruta siempre había una taberna de algún holandés y allí estos aventureros acrecentaban aún más estas leyendas a merced del alcohol.

Aventura significa ir allá adonde te lleve el viento. A estas alturas del tiempo y de la vida, primavera de 2021, la única aventura perentoria a nuestro alcance consiste en llegar sanos y salvos al verano, que en medio de las tribulaciones de la pandemia se ha constituido en una conquista particular de El Dorado. La pandemia no es menos peligrosa que aquellas selvas y quebradas que había que atravesar, los ríos llenos de pirañas que había que salvar antes de llegar a ese lugar deseado que no estaba en el mapa. Como los antiguos exploradores ahora nos abrimos paso a ciegas hacia el territorio desconocido del verano marcado por una línea azul en el horizonte.

En la taberna del holandés se dice que cuando lleguemos allí todo será como antes. De noche la brisa traerá risas y canciones de los felices tiempos del pasado, se encenderán hogueras en la playa y todo el paraíso olerá a sardinas asadas. Si eres joven conocerás el amor sobre la arena dorada; si eres viejo verás pasar la vida por encima del sombrero de paja. Pero, tal vez, esa línea azul del verano solo sea un espejismo, porque en medio de la fiesta oirás el clamor de un llanto inagotable que traen las olas desde el fondo del mar hasta la orilla.

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Dos piezas surrealistas de la historia de España

Franco escondido en la bañera durante la sanjurjada y Pilar Primo de Rivera como posible esposa de Hitler son algunos de estos extraños episodios nacionales

Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.
Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.

 

1. Conocí a Pedro Sainz Rodríguez en los últimos años de su vida. Era el modelo del gordo listo, incansable y sutil, que desde su juventud, moviéndose en la sombra, había estado presente detrás de la cortina en todos los fregados políticos: en el cuarto de baño con la querida del nuncio apostólico Tedeschini para arrancarle unas cartas comprometidas; en la conspiración de la sanjurjada del 10 de agosto de 1932 contra la República, en los preparativos del Alzamiento del 18 de Julio, en las maniobras de la Monarquía durante 40 años junto a don Juan en Estoril para recuperar el trono. A veces me invitaba a comer y mientras le caía la sopa por la comisura hasta la servilleta, que llevaba anudada como un niño en el pescuezo, me contaba historias muy surrealistas.

—Mire usted, los que dicen que Franco se rajó en la sanjurjada mienten. Yo estaba presente en la entrevista en el restaurante Camorra de la cuesta de las Perdices, a la que acudimos los tres después de burlar a cuatro policías, y allí Franco le dijo a Sanjurjo: “Yo no le doy mi palabra de sumarme a su alzamiento, no se lo prometo; haré lo que sea, según las circunstancias; lo que le aseguro es que si el Gobierno decide mandar fuerza para dominar ese movimiento, yo no iré y, además, procuraré que no vaya nadie. No haré nada para que usted no triunfe”. Franco no se metía en líos porque temía perder su carrera. Por aquellos días para tratar de convencerlo lo cité en el pequeño hotel de la calle Victoria donde yo vivía en esos días. Llegó un poco alterado porque creía que lo habían seguido. Después de estar un buen rato charlando sonó del teléfono interior. Era el conserje que preguntaba si un señor había subido a mi habitación. Al oír esto Franco pensó que la policía lo iba a detener y se tumbó en la bañera detrás de las cortinas. Era simplemente el taxista que había traído a Franco y preguntaba si iba a bajar porque no le había pagado la carrera. Y cuatro años después le costó muchísimo unirse al alzamiento del 18 de julio. Exigió que le pusieran 40.000 duros en Italia y, aun así, la contraseña para sumarse a Mola fue un telegrama en el que se declaraba fiel a la República, por si las moscas. Franco era muy cauto. Por ejemplo, cuando se mató Mola y en el lugar del accidente se levantó un obelisco, en el Consejo de Ministros le dijimos que debía ir a inaugurarlo. Se negó en redondo: “No. no, aquello es un valle muy peligroso y puede llegar un avión rojo y soltarme una bomba”.

2. Un día le pregunté al escritor Ernesto Giménez Caballero cuál había sido el momento cumbre de su azarosa vida. Sentado en un sillón abacial allí en su estudio comenzó a agitar los brazos como las aspas de aquel molino que Don Quijote había confundido con un gigante y con una locura muy parecida, me dijo:

“El momento cumbre de mi vida sucedió durante una cena en Berlín, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels. Fuera sonaban las alarmas de bombardeos y se oían los clamores de las patrullas de la Gestapo. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Al quedar a solas con Magda, su mujer, en un salón privado donde ardían los troncos de la chimenea, me creí arrebatado por una fuerza superior y le expuse mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Magda estaba sentada frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Ingunda, Brunequilda o Gelesvinta. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en un genital y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braun no es más que un tapadillo para disimular”.

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Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa

Me pregunto si en la actual política española han vuelto a salir del baúl los viejos dibujos de Sáenz de Tejada, los de derechas otra vez guapos y aguerridos, los de izquierdas otra vez torvos y desastrados

Tiempos aquellos cuando la izquierda era guapa
‘Guerra civil española: conventos incendiados’, de Carlos Sáenz de Tejada.

Conocí a Dolores Ibárruri, Pasionaria, en un jardín derruido de una casona abandonada en los altos de Cercedilla, un domingo de mayo de 1977. Estaba sentada en un sillón de mimbre roto, vestida de negro con algunas puntillas blancas, envuelta en un aura hermética. No hablaba. Solo parecía estar interesada en la forma en que hervía el caldo de una paella que se estaba guisando en su homenaje. Había llegado tres días antes a España, después de 40 años de exilio, y en la escalerilla del avión de Barajas los fotógrafos repitieron esa foto que tantas veces habían hecho a Ava Gardner, solo que Pasionaria no bajaba sonriendo abrazada a un ramo de flores como una diva, sino envuelta en una tremenda expectación política en la que había fervor y odio a partes iguales. En una pared de la estación de aquel pueblo de la sierra, con brocha de alquitrán, alguien había escrito: “Muerte a la Pasionaria”.

Su presencia secreta en aquel jardín derruido al pie de los Siete Picos de Guadarrama fue como la de una virgen que se aparece a los suyos, en este caso a un grupo de artistas, intelectuales y profesionales de izquierdas. Hasta ese momento no había pronunciado una palabra, parecía tener el pensamiento en otra parte y nadie se atrevía a interrumpir su silencio. Al verla de cerca tan serena y callada, con la mano en la mejilla, la memoria me llevó a aquellas noches desoladas de posguerra, cuando de muy niño alrededor de la chimenea oía contar hechos terribles de esta mujer. Por un momento recordé las reproducciones de los dibujos de la guerra que había en algún viejo baúl familiar. Eran ilustraciones del pintor Carlos Sáenz de Tejada y en ellas se veía que todos los soldados nacionales inexorablemente eran altos, guapos y aguerridos; en cambio, los milicianos eran torvos, rudos, mal afeitados, con el rostro patibulario. Había una estampa de Dolores Ibárruri, Pasionaria, en la que alguien la había pintado en forma de una loba, con los colmillos ensangrentados devorando a un joven falangista. Estas imágenes permanecieron en mi imaginación durante mucho tiempo, siempre acompañadas de historias terribles que habían sucedido en el bando republicano. No me podía creer que aquella loba fuera esta misma anciana alta, elegante, con el pelo blanco recogido en un moño, cuyo rostro expresaba una adusta dulzura cansada. Eran aquellos tiempos de la lucha antifranquista en que la izquierda era guapa.

Finalmente, después de un largo silencio, Pasionaria dio señales de querer hablar y cuando todos sus devotos a su alrededor esperaban que saliera de su boca una consigna política con una visión histórica ante las elecciones democráticas que se iban a celebrar el próximo 15 de junio, de pronto, Pasionaria comenzó a cantar con voz muy templada una romanza de Los Gavilanes. “Pensando en ti noche y día / aldea de mis amores / mi esperanza renacía / se aliviaban mis dolores”. A continuación siguió con el zorcico Maitetxu mía y ya no había forma de pararla y aunque sus devotos, entre los que me encontraba, intentábamos que nos hablara de la Unión Soviética, de Stalin, el eurocomunismo, de Adolfo Suárez, de los debates con José Calvo Sotelo en el Congreso durante la República, ella cesó de cantar y en vez de meterse en política comenzó a contar recuerdos de su juventud.

El aroma de las jaras se correspondía con una primavera política en que el país se iba a abrir a la libertad

“A mí me gustaba mucho bailar pasodobles, España cañí o lo que fuera. En la plaza de mi pueblo había un quiosco de música y a su alrededor se montaba el baile los domingos por la tarde. Allí danzaba yo con todos los muchachos. Tuve un primer novio, que se llamaba Miguel Echevarría, lo recuerdo perfectamente, un chico de Matamoros, ajustador metalúrgico, muy tímido, que venía atravesando los montes desde su pueblo, los domingos, a sacarme de paseo. Duró poco, porque no hablaba nada. Si yo me callaba, él no hablaba. Un día le dije: ‘Ya no vuelvas más’. Yo entonces pertenecía al Apostolado de la Oración, llevaba un escapulario con un Corazón de Jesús, aquí, en el pecho, y una cruz en la espalda, no, todos los días no; sólo en las fiestas, en las novenas, en las procesiones. Cada semana iba con la maestra a arreglar el altar del Corazón de Jesús en la iglesia y me confesaba todos los sábados; era lo bueno que eso tenía, podías hacer lo que quisieras, luego te confesabas y comulgabas, y quedabas limpia de delito”.

En aquel jardín derruido olían las jaras, cuyo aroma se correspondía con una primavera política en que el país se iba a abrir a la libertad en las primeras elecciones democráticas. Han pasado 44 años de aquel domingo de mayo. ¿Quién se acuerda? Eran aquellos tiempos en que bastaba ser de izquierda para sentirte atractivo e inteligente. Me pregunto si en la actual política española han vuelto a salir del baúl los viejos dibujos de Sáenz de Tejada, los de derechas otra vez guapos y aguerridos, los de izquierdas otra vez torvos y desastrados.

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