Leed, leed, malditos

Ver las imágenes de origen

Soy rica en libros y en perfumes. No concibo mayores tesoros privados, garantes de un placer solitario que me conecta con los otros. Incluso cuando se abandonan, los libros viejos y los frascos vacíos siguen transmitiendo el encanto del descubrimiento. Los aromas me devuelven memorias olfativas y me aderezan el ánimo. En sus notas habita una promesa de felicidad, e igual sucede cuando entra un libro en casa y reconozco en él la oportunidad de un festín íntimo. Porque la lectura ha sido la llave para entender las cuatro cosas que sé de la condición humana.

Soy, por descontado, una madre más que entona el réquiem por los libros que no leen los hijos. Que nada en la frustración cuando las fantasías narcisistas me conducen a recomendarles lo que me fascinaba a su edad y vestía mis deseos. No funciona. Acudes a Geronimo Stilton o Roald Dahl. Después, solo pantalla. Cuánta razón tiene el ­ministro de Economía y Finanzas francés, Bruno Le Maire, en su alegato –que se ha hecho viral en las redes– a favor del poder de los libros. “La lectura es un combate –afirmó dirigiéndose a un grupo de estudiantes–; os va a permitir entender quiénes sois, va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si no las hubierais leído”. No suele ser habitual que un político anime a abrir libros: “Leed, apartaos de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia”.

La buena voluntad del político francés –cuánto por aprender en esta España nuestra– probablemente chocará con el desinterés y la inercia. Las aplicaciones, ­videojuegos, redes o series seguirán dopando a los jóvenes. En mi caso, soy optimista. Algún día se les abrirá el hambre. Recuerdo cuando a mi hija mayor –todo le aburría– le di a leer El gran cuaderno de Agota Kristof. A medio libro vino sofocada, gritando: “¿Qué tipo de madre eres? Hay una escena de zoofilia”. Y con­tinuó leyendo, comiéndose los dedos.

Joana Bonet

El Boomeran(g)

Filosofía felina

Ver las imágenes de origen

Filosofía felinaHace un poco más de diez años, John Gray, un filósofo político que daba clases en la London School of Economics, decidió retirarse de la docencia y dedicarse a una escritura más libre. Gray, un liberal que ha cuestionado el liberalismo hecho dogma, rema desde hace tiempo contra los grandes consensos. El iconoclasta se ha lanzado contra los dioses del progreso, la modernidad, la globalización. El humanismo, inclusive. El humanismo es la arrogancia de nuestra especie. Es la convicción de que los seres humanos ocupamos un sitio único en el universo, que somos los favoritos de Dios o la culminación de la naturaleza. Un desplante que nos hace imaginar el planeta como un material a nuestro servicio.

Liberado del compromiso de leer las conferencias de sus colegas y de calificar los trabajos de sus alumnos, Gray se ha puesto a pensar en lo que nos enseñan los gatos. A dos hermanas burmesas, Sophie y Sarah, y a dos birmanos muy longevos, Jamie y Julian, les debe la reflexión que alimenta su libro más reciente: Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. Gray observa a sus gatos y se dispone a entender sus lecciones. Gray pone a prueba las nociones de los grandes pensadores en los maullidos de sus gatos porque ve en la condición felina al otro más extremo y, al mismo tiempo, más íntimo. Por fortuna, dice, el gato no se ha “humanizado.” El misterio de su ronroneo es el cuestionamiento más profundo porque, a pesar de vivir con nosotros, no tiene la menor intención de obedecernos o de imitarnos.

Es conocida aquella divagación de Montaigne sobre su gato. Cuando juego con él, se preguntaba, ¿seré yo su juguete? A diferencia del perro que terminó siendo casi un reflejo del amo, el gato permanece como un salvaje en nuestra recámara. No vemos en sus saltos y en sus ronquidos el valor, la ternura, la fidelidad que tanto apreciamos en los perros sino otra cosa: elegancia, agilidad, autonomía, pereza, sensualidad. En su deambular por la casa, en su vagabundeo por la calle se esconde una idea de la felicidad, de la ética, del amor y del tiempo. Otro sentido de la vida.

Cuando Gray le contó a un filósofo que estaba trabajando en un ensayo sobre la filosofía gatuna, el colega respingó de inmediato, ¿cómo pretendes hacer algo así? ¡Los gatos no tienen historia! Gray contestó con otra pregunta, ¿Será que eso es una desventaja? No tendrán historia los gatos, tal vez porque no les hace falta, porque no quieren salir de un atraso para proyectarse hacia ningún lado. No necesitan inventarse un cuento, no dependen de un mito que le imprima significado a su existencia. Pasear, acurrucarse, dormir, jugar un poco, acariciarse, volver a dormir les es suficiente.

En un cuento, José Emilio Pacheco veía al gato meditando todo el día en el absurdo y la vacuidad del universo. Porque sabe eso ocupa a plenitud el instante en que vive. Un gato vería los empeños humanos por construir un relato que trace el sentido de su existencia como un absurdo, una contraproducente manera de lidiar con la ansiedad. El gato no nos hace su dios porque no necesita ilusiones. Si está a salvo y tiene comida, no necesita de nada ni de nadie. Si encuentra cariño, lo disfruta sin exigir nada. Los gatos, dice Gray, pueden ser nuestros maestros porque no echan de menos la vida que no tienen, porque no creen que la felicidad sea un proyecto, porque no viven de recuerdos, porque no se aferran al dolor, porque se liberan con facilidad de la desgracia, porque no conocen los celos, porque quieren sin dependencia, porque no temen la oscuridad. Porque se entregan envidiablemente al placer.

Andar y Ver – El blog de Jesús Silva-Herzog Márquez

El día en que murió Umbral

El día en que murió Umbral

En la primera frase de Umbral en Anatomía de un dandy, el documental póstumo que explora su figura, ya hay varias imprecisiones, las suficientes para comprender que Umbral sigue siendo terreno resbaladizo, un agujero negro con melena y bufanda, un enigma relleno de trampas, artimañas y equívocos, desde aquella voz que venía ronca y desfigurada a través de una armadura hasta la ropa traída desde diversos tenderetes literarios. Le dicen que en sus libros siempre habla de sí mismo y él responde que por supuesto: “Yo lo que tengo que hacer es contar mi vida, que es lo que han hecho los buenos, porque todas las vidas son iguales y tienen temas comunes a la especie humana”. La última afirmación es cierta, lo demás, desde luego, no: ni todas las vidas son iguales, como lo demuestra, sin ir más lejos, la de Umbral; ni los buenos (es decir, los grandes escritores) se han dedicado a contarnos su vida. No lo hicieron Homero, ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Dante, ni Flaubert, ni Gogol, ni Poe, ni Conrad, ni Kafka, ni Borges.

Las excepciones vienen casi todas del lado de la lírica, que era el género al que propendía Umbral por naturaleza y donde nos regaló sus mejores páginas, ya vinieran envueltas con el disfraz de una novela, un libro de memorias o un artículo periodístico. Fue en el periodismo donde Umbral empezó a escribir, casi en defensa propia, soltando tinta como un calamar empeñado en emborronar su rastro, su infancia triste, su huida del colegio a la biblioteca donde trabajaba su madre, su oscura adolescencia de provincias que desmenuzó en varios libros y de la que lo sacó Miguel Delibes para ponerlo a escribir en los periódicos, ese pequeño ecosistema literario que él hizo grande, fastuoso, imprescindible, y donde encontró el refugio y la gloria.

Desde que se hizo famoso Umbral se disfrazó de Umbral, inventándose un personaje, un apellido y una leyenda, engoló la voz al estilo de Darth Vader, sólo que mucho antes, se puso la máscara de escritor y ya no pudo quitársela nunca, lo mismo que Darth Vader. Hay un momento en el documental que me produjo auténticos escalofríos: fue al oír a Umbral hablando con su hijo Pincho, la voz del niño, tranquila y risueña, junto a la voz del padre, alegre y soñadora, completamente distinta a la otra voz, el tono de ultratumba que exhibía en la radio y la televisión, en fiestas y entrevistas, presentando ante el mundo el figurón, el traje negro con el que quería ser recordado, el histrión que recogía los cheques, las palmadas en la espalda, las alabanzas y los premios.

En pocas páginas se vislumbra esa esquizofrenia esencial de un modo tan trágico como en Mortal y rosa, un libro que empezó con la alegría del padre que da la bienvenida al hijo y que acaba con el desgarro de la enfermedad, el dolor intolerable de la orfandad del revés, la nana inconsolable tras la muerte de Pincho. En ese diario a través de las tinieblas, en esa escritura en carne viva cuando ya no se puede escribir ni decir nada, Umbral descubrió la certeza definitiva, la que intentó esconder a lo largo de los años detrás de su careta de gárgola inconmovible, sus crónicas de la movida, sus columnas espléndidas, su perpetua existencia de luto entre jaranas y tertulias: “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte -tan vivida previamente- de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Lo que no sale en el documental es que el 28 de agosto de 2007 dejó de escribir, o sea de respirar, y al día siguiente los periódicos que tanto había amado y a los que había engrandecido con su prosa incomparable prefirieron estampar en sus portadas la foto de un futbolista muerto en el campo de juego (todos excepto El Mundo, que era su casa desde 1989), un expolio que a él le habría cabreado o divertido mucho y que habría glosado y despellejado con unas cuantas metáforas antes de encogerse de hombros, ajustarse las gafas y pasar a otra cosa. Pero murió en una cama de hospital, en mitad de una columna inacabada que le estaba dictando a su mujer, María España, sin saber que iban a arrinconar su defunción detrás de una pelota de fútbol.

https://blogs.publico.es/davidtorres

Sobre reyes y fratrias

Ver las imágenes de origen

JOSÉ ANGEL BERGUA

Catedrático de Sociología

Mientras nuestro rey emérito languidece en algún lugar de los Emiratos Árabes Unidos y su hijo pena tanto sus torpezas como las de su padre, quizás convenga recordar los mitos y leyendas que hablan de los orígenes y decadencia de la institución que encarnan, pues podría ser que el descrédito en el que nuestros reyes han caído sea un acto de justicia destinado a reparar, no ya la usurpación de méritos que no les corresponden, caso de la Transición a la Democracia en España, frenada más que impulsada por nuestro antiguo monarca, sino la usurpación de la propia generación y sostenimiento de la vida que con su muerte los reyes de antaño debían representar y los contemporáneos han esquivado.

En efecto, los mitos y leyendas hablan de un tiempo, en el que se celebraban muertes de reyes, equiparados a dioses, los cuales estaban casados con diosas que tenían por costumbre cambiar cada año a su esposo y amante por el hijo de ambos. La muerte del dios rey, unas veces ejecutada por él mismo y otras por su hijo, tenía como misión asegurar que la vida colectiva quedara renovada, como sucede en la propia naturaleza, con sus constantes ciclos de nacimiento y muerte. Por eso, en la cultura minoica los reyes tenían un mandato de 9 años al cabo del cual debían desaparecer. En Sudán lo sacerdotes se ocupaban de que se diera muerte al rey después de un periodo de 7 años o si las cosechas o los rebaños se malograban. Y al sur de la India, en Malabar, el Rey-Dios tenía que sacrificarse a sí mismo al término de 12 años, que es el tiempo que necesita Júpiter para dar la vuelta al zodíaco. Encima de un andamio y frente a la multitud, el rey-Dios tomaba algunos cuchillos muy afilados y empezaba a cortar trozos de su cuerpo y los arrojaba por todas partes hasta que perdía tanta sangre que empezaba a debilitarse y entonces se cortaba la garganta. Se entiende, a partir de estos ejemplos, por qué Agamben ha escrito que “soberana” es la esfera en la que se puede matar sin cometer homicidio y “sagrada” (es decir, expuesta a que se le dé muerte) es la vida que ha quedado prendida en esta esfera.

Como es sabido, luego los reyes y sus dioses se independizaron del mundo volviéndose celestes, delegaron en sus súbditos la obligación de morir e hicieron suyo y personal todo el poder que corresponde a lo sagrado. Sin embargo, este cambiazo dejó de surtir efecto desde aproximadamente el año 1000 y con posterioridad languideció hasta convertirse en un conjunto de ideas y costumbres carentes de sentido que, poco a poco, se convirtieron en anacrónicas. Por ejemplo, el 27 de abril de 1340, el Hermano Francisco, embajador del rey de Inglaterra Eduardo III, se presentó ante el Dux de Venecia para obtener su apoyo frente Felipe de Valois, “que se dice rey de Francia” y que “reclama unos territorios de los cuales asegura que le han sido arrebatados por el rey inglés”. Lo que el Hermano Eduardo argumentó fue que “si Felipe de Valois es el verdadero rey de Francia, que lo demuestre exponiéndose a los leones, ya que es sabido que los leones jamás acometen a un verdadero rey, o bien, que realice el milagro de cuidar enfermos como acostumbran a hacerlo los otros verdaderos reyes de Francia”. Esta creencia en la capacidad de obrar milagros por quienquiera que fuese llamado a ocupar el trono desapareció en 1714 en Inglaterra y el año 1825 en el caso de Francia.

La pérdida de autoridad del Rey y de Dios también ha afectado a los valores de los señores o nobles. Más exactamente a la exigencia de que sus guerreros murieran por ellos. Es el caso, por ejemplo, de la ética samurái, según fue recopilada por Yamamoto Tsunetomo (1659- 1719). Al morir su Señor y no poder quitarse la vida, tal como había sido costumbre hasta entonces, se convirtió en monje y escribió un texto, Hagakure, que condensaba el estilo de vida de los samuráis, pero lamentando que el mundo ya no estuviera a la altura de tan altos principios y que los jóvenes hubieran preferido abrazar vidas superfluas dominadas por el dinero y las modas. Más de tres siglos después, el libro atrajo a Mishima (1925-1070), que lo convirtió en su texto de cabecera, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando dicho libro fue abiertamente dejado de lado e incluso criticado, ya que se entendió que formaba parte de la mentalidad bélica que arrastró a Japón al desastre. En tan aciago contexto, el propio Mishima puso voluntariamente fin a su vida clavándose un sable en las tripas, como hacían los antiguos guerreros. El caso es que en ese libro se recogen ideas patriarcales ya en franca decadencia que Mishima, en los años 60 del siglo pasado, y Yamamoto Tsunenomo, tres siglos y medio antes, ya lamentaban ver languidecer. Por ejemplo, “ofrecer la vida al señor, preocuparse a todas horas por el señor, dar la opinión teniendo en mente nada más que el bienestar del señor y trabajar activamente para engrandecer el señorío”.

Si tan anacrónicas resultan estas ideas es porque la ética servil y de sacrificio impuesta por reyes y dioses, una vez que esquivaron su obligación de morir e invirtieron la relación de deuda, ya no convence a casi nadie. Así que el mundo traído por los indoeuropeos hace entre 8000 y 5000 años, que encumbró a sus fieros dioses y convirtió a las diosas en serpientes y dragones a las que se debía matar, está muriendo. De hecho, la propia figura del padre, hasta no hace mucho el eslabón principal que introducía en el alma de los sujetos la exigencia de obediencia, hace aguas por todos los lados. Hoy los sujetos son inmunes a los relatos que inculcan ese hábito, pues en su interior se ido haciendo hueco una subjetividad distinta, de carácter fratriarcal, caracterizada por la horizontalidad, en la que el miedo, la culpa, el sacrificio y otros valores por el estilo ceden paso, como no cesa de recordarnos Andrés Ortiz Osés, al amor. No al amor afrodisíaco, sino al Eros primordial, que se caracteriza por unir y vincular entre sí todo lo existente, desapareciendo así las distinciones, jerarquías y contradicciones sobre las que se ha sostenido el mundo apadrinado por los reyes y sus acompañantes.

Cierto que gran parte de la economía, de la política e incluso de la ciencia no arraigan en este nuevo sistema de valores, pues siguen necesitando enemigos de los que distinguirse y objetos que explotar o investigar. Sin embargo, no es menos cierto que cada generación de jóvenes vive más cerca de los nuevos valores, lo cual no sólo hace inviable la función clásica del padre, sino instancias y personajes que tiempo atrás estuvieron por encima y la legitimaron, como los guerreros, los nobles, los reyes e incluso el enfurecido dios del Antiguo Testamento. Por eso es tan anacrónico el debate sobre cualquier rey, emérito o no. La propia monarquía ha perdido cualquier sentido y ya no hay relato de ninguna clase que la avale de un modo que resulte creíble.

https://blogs.publico.es/juegos-sin-reglas

Por placer

Por placer
Durero, Apocalipsis, San Juan se devora el Libro.


 “¿No estás haciendo nada?” es la pregunta que reciben muchos lectores de parte de los no lectores. Interrumpir es lo siguiente, ya que asumen que eso, leer, puede ser suspendido en cualquier momento, sin más consecuencias. Abandonar el tren de pensamiento, la concentración, y el placer que la lectura provoca, para los no lectores es un asunto menor, porque no és una actividad visible o útil. En una sociedad que dedica el tiempo para “hacer cosas”, el tiempo de la lectura es un desperdicio. “No paro, de verdad que no tengo tiempo”, es la excusa del no lector. “¿A qué hora quieres que lea?”, pues a la misma hora que lees decenas de chats en tu teléfono. Los benevolentes propagandistas de las ventajas de nuestra época dicen con arrogante ignorancia “nunca se había leído tanto, es la época en que la gente más lee”, refiriéndose a sus teléfonos. Esa afirmación es absurda, porque eso no es leer, es entretenimiento, ociosidad, pasar el tiempo y sentirse dentro de algo, de un chisme, de una información, de lo que sea, pero no és lectura. La gran diferencia es que esas lecturas carecen de aliento, son instantáneas, se consumen y desechan como la comida basura. La lectura exige y posee un espacio de silencio en el que únicamente caben el lector y su libro, el misterio de  dialogar con esas páginas y sus ideas.

Las campañas de lectura por eso son un fracaso, porque dicen “lee un libro”, y continúan con falsas promesas “conoce mundos distintos, se mejor persona, amplia tus horizontes”. Falso. Leer puede ser muy doloroso y difícil, abrumador, lanzarnos a más confusiones, y ese diálogo tormentoso es parte del gran vicio de entrar en el pensamiento humano. La sociedad utilitarista, busca ganancias hasta de las actividades más elementales, mide el éxito como sinónimo de riqueza, pretende que leamos para “progresar”. La lectura no es una consagración sobrenatural, nunca he leído para ser mejor, leo por vicio, porque puedo hablar con los autores, porque para mí están vivos Proust, Thomas Mann, T S Eliot y Lucrecio, escuchan mis preguntas, y me responden como oráculos de mi presente.

Nunca he leído “de todo” jamás dedicaré mi tiempo, ni daré espacio en mi memoria a la basura de un libro por famoso que sea, ni hago caso de la publicidad y los premios, de la moda y las causas sociales o políticas. Es estúpido leer una narco novela o una novela de “género” si puedo leer algo que me lleve más lejos de la inmediatez y la efímera convocatoria de la mesa de novedades.

Los que crean que es lectura estar con sus chats, con los chismes del momento y replicando zafiedades en twitter y en grupos de chats, esos se merecen la vida que tienen. Propongo una versión nueva de campaña de lectura “No leas autores clásicos, no leas libros complicados, se feliz en tu mediocridad”. La felicidad está en el teléfono. La tormenta, la duda, el hambre, está en los libros, en esos que rompen el tiempo, que superan las modas, y sobreviven a las hogueras y la ignorancia. Lo demás cabe en un chat.

Avelina Lésper (avelinalesper.com)

A propósito de Gibbon: imperio frente a nación

Ver las imágenes de origen

La actualidad catalana nos devuelve a la cuestión del nacionalismo. Y caigo de nuevo en la tentación de releer a Edward Gibbon, el ilustrado historiador británico, reconocido autor de La Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, uno de los libros memorables de la literatura universal a juicio del genio erudito de Jorge Luis Borges, para quien, obviamente, el buen relato histórico es tan literatura como cualquier novela. The Decline and Fall… fue, además, el libro de cabecera de Winston Churchill y, por dicha razón, un mito legendario en mi casa paterna.

Churchiliano de pro, mi padre se pasó media vida intentando adquirir en librerías de viejo alguna edición en castellano de los volúmenes de Gibbon, sin conseguirlo. Eso sí, compró una ilustrada Historia de los Romanos del francés Victor Duruy, en edición de 1888 publicada por Montaner y Simón, que hizo las delicias de mi infancia. No es extraño que en España no se encontraran traducciones de Gibbon, sus libros fueron perseguidos por la Inquisición y no fue hasta mediados del siglo XIX que se editó una glosada versión en ocho tomos, del aragonés José Mor de Fuentes, desaparecida casi por completo de la circulación, hasta el punto que no se encuentra ejemplar alguno en la Biblioteca Nacional y no existe en ninguna biblioteca pública valenciana, según me confirma el bibliófilo Luis Caruana.

 Por tales razones, la bonita edición que Alba hizo hace unos años de la versión abreviada de The Decline and Fall… fue saludada con entusiasmo y ya va por la quinta edición. Poco después, en 2006, al fin, la editorial Turner inició la publicación de la obra completa en cuatro volúmenes con la traducción de Mor pero despojada de arcaísmos… Y en 2012, la nueva editorial de Jacobo Siruela, Atalanta, saca al mercado en dos tomos la obra mítica de Gibbon en traducción más actual de José Sánchez de León. Excuso comentar la influencia de Gibbon sobre los historiadores y escritores británicos, de Toynbee a Robert Graves, influencia que resulta directísima en libros como Juliano, el apóstata de Gore Vidal.

Pero más allá de los relatos concretos sobre el devenir de los emperadores de Oriente y Occidente que son bien ilustrativos y muy bien documentados para su época por Gibbon, lo que más resaltaría del legado de este escritor, al que llamaron el Voltaire inglés, es su visión sobre el Imperio. Él escribió cuando su país llevaba camino de convertirse en una potencia imperial y analizó la cuestión romana desde esa óptica. Fuera cierto o no, para Gibbon el Imperio es la civilización, el orden, el arte y la filosofía, pero también el amparo de las minorías y de los ciudadanos.

Al otro lado del Limes se campa entre la barbarie. Reconoce los extravíos, no tanto del sistema como de los hombres, no del Imperio sino de algunos emperadores tiránicos. Pero en líneas generales, para Gibbon el Imperio promueve el derecho y la igualdad de derechos. Medio siglo después de su muerte a finales del xviii, sus congéneres ingleses pensarían lo mismo del Imperio Británico. Es una visión que más tarde también encontraremos en Stefan Zweig, a propósito del añorado Imperio Austro-húngaro (en alemán no es imperio sino monarquía), ese lugar político donde florecieron tantas nacionalidades como margaritas era capaz de admirar su emperatriz Sissí de Baviera y en cuya Duma se empleaba el latín como idioma vehicular dada la babélica naturaleza de aquel parlamento.

Un extinto imperio que hoy se disemina hasta en trece naciones distintas y que, el mismo Churchill, quiso recuperar al acabar la guerra mundial como estado-tapón frente al posible renacer del poder prusiano. Comprendo que para las generaciones que surgieron a la conciencia en el entorno de los años 60, el imperialismo sea un concepto peyorativo y difícil de tragar. Crecimos rodeados por el odio intelectual a los americanos, del mismo modo que al otro lado del Telón de acero se sobrevivía en el odio a lo soviético. Pero los tiempos cambian y las perspectivas ganan en prudencia y experiencia. Obviamente no todos los imperios son iguales y, a veces, ni se parecen.

Pero conviene rescatar no tanto lo que la Historia finalmente nos muestra, que casi siempre es peor de lo que imaginamos, o de lo que el cine nos ha idealizado, sino esa visión gibboniana que está en la raíz de muchas propuestas ideológicas moderadas, de un cierto ideal democrático por más que pragmático y no tan utópico como algunos quisieran. Llevamos demasiado tiempo instalados en la creencia favorable a los particularismos, al folklore y las raíces, en una espiral que se dirige hacia la tribu más que hacia el mundo. Del romanticismo alemán acá, pasando por la doctrina Wilson, no hemos fomentado más que a la nación frente al imperio, incluso enarbolamos a nuestra nación para refutar a los otros nacionalistas. Lo vemos los españoles en el caso de Cataluña, ansiosa –dicen– por crear su propia nación, con su camisita y su canesú: su hacienda y su bandera, su selección de hockey y su lengua… donde nadie, en cambio, durante estos últimos años se ha preguntado por la diversidad de procedencia de sus individuos… o por la inextricable red del comercio con España.

La nación parece que da por hecha la cohesión social, el amparo tribal. Como si en esa Arcadia tan recreada sensiblemente por los nacionalistas ya no hubiera diferencia de rentas ni herencias y se garantizara por ser indígena la completa igualdad de oportunidades.

Gibbon lo contraargumenta mejor. Al modo darwinista explica cómo para administrar muchos territorios es necesaria una buena organización, y para lograr esta última resulta indispensable ser ordenado y justo. El imperio, dirá, se hace más versátil y comprensible, se adapta a lo diverso al tiempo que necesita ser universalista, de lo contrario se desmadejaría en muy poco tiempo. En ocasiones, incluso, su exceso de tamaño puede permitir zonas improductivas como el arte por el arte –y sin compromiso político ni grupal–, y hasta, como Séneca apunta, unas cuantas excrecencias. Tal cual ocurrió durante el Imperio Español, al que terminaron por caracterizar los pícaros y la zanganería.  

  • Artículo compilado en el volumen No hagan olas (Ediciones Elca).

Juan Lagardera, autor de El Boomeran(g)

Por la boca muere el pez y se atrapa a un delincuente

Sheila Queralt ha publicado ‘Atrapados por la lengua’, donde analiza 50 casos resueltos gracias a la lingüística forense

    por           

thumb image

En 2010, el laboratorio de lingüística forense de Sheila Queralt recibe un encargo policial. Una mujer ha estado recibiendo cartas anónimas amenazantes y la policía no era capaz de encontrar un sospechoso. El equipo de Queralt debía analizarlas para tratar de establecer un perfil lingüístico del autor o autora de esas misivas con el que empezar a buscar un culpable. Enseguida pudieron ver ciertos rasgos similares en todas las cartas que les dieron para analizar, rasgos idiosincráticos, como los saludos o las despedidas. Pero, por otro lado, también había otros rasgos que las hacían distintas entre sí. Tanto como para no poder decir a ciencia cierta que todas hubiesen estado escritas por la misma persona.

Tiempo después, la mujer apareció muerta y se sospechó de un posible crimen de violencia de género, por lo que la expareja de la víctima fue detenida. Todo parecía indicar que era el culpable, a pesar de que él insistía en su inocencia. Pero en el último momento, la psiquiatra de la víctima entró en escena y desveló que padecía múltiple personalidad. Y eso, dedujeron Sheila Queralt y su equipo, explicaba las inconsistencias lingüísticas halladas en las cartas.

Este es uno de los 50 casos que la lingüista forense expone y analiza en su último libro, Atrapados por la lengua (Larousse, 2021). Si quieres saber cómo acaba y conocer más detalles del análisis que realizaron Queralt y su equipo, tendrás que leerlo.

Queralt cuenta que este fue el caso que más quebraderos de cabeza le ha dado. Tanto, que asegura que aún tienen clavada la espinita de saber si ese es un patrón común en todas las personas con personalidad múltiple o si simplemente ocurrió en este caso particular. «Este da para una tesis», comenta.

atrapados por la lengua

Porque, por mucho que se esmere un delincuente en tratar de borrar su rastro en la comisión de un delito donde esté implicada su manera de hablar o de escribir, siempre habrá una huella que le delate. Ahora bien, ¿podría decirse que hay un lenguaje criminal específico? «No en todos los delincuentes, pero sí en determinados delitos», afirma Queralt. «Sí que es verdad que hemos observado patrones específicos de cierto tipo de delincuentes por tipo de delito». Por ejemplo, en infanticidas, a la hora de hacer declaraciones ante un juez o en la manera en la que intentan encubrir su crimen y evitar decir toda la verdad; o, en el caso de estafadores en serie, las estrategias que utilizan para engañar a la víctima.

Queralt analiza algunos de los casos más conocidos de criminales que han podido ser atrapados por su manera de escribir o de hablar, en el caso de llamadas telefónicas. No todos han sido crímenes horripilantes y tremendamente mediáticos, como los de Anabel Segura o Diana Quer, si nos centramos en España; o el del Unabomber que sirvió de argumento para la serie del mismo nombre, el asesino del zodiaco o el mismísimo Jack el Destripador. También analiza otros casos más de andar por casa como divorcios, estafas o plagios. Y no deja de lado otras cuestiones como la necesidad de un lenguaje claro en las sentencias y un aviso a navegantes: siempre soltarás algo por la boca (o por el teclado de tu móvil) que te delate.

«Lo primero que hacemos, cuando nos llega un caso, es hacer un análisis preliminar para determinar si, efectivamente, vamos a poder hacer algo o no», explica Sheila Queralt sobre el proceso. En ese análisis exprés, como ella lo denomina, en especial si se trata de un mensaje en formato digital, se fijan en las abreviaturas, los insultos, en palabras concretas, en las faltas de ortografía, la estructuración del texto (cuántos párrafos hay, cuántas palabras se usan por frase, etc.). De esta manera, continúa diciendo la lingüista forense, el laboratorio que dirige puede determinar si van a poder hacer algo con ese análisis o no.

«Detectamos si hay cosas, rasgos idiosincráticos, particulares, de esa persona. Y, además, si van a apoyar la hipótesis del cliente. Si se trata de la policía, no, aquí da igual la hipótesis, pero si es un cliente particular, por ejemplo, en un caso de divorcio, pues obviamente le va a interesar que lo hagamos si va a ir en la línea de lo que a esta persona le interesa descubrir o no». Y concluye: «Después ya, en el análisis para hacer la pericial, aquí sí que vamos a ir a todos los detalles. Vamos a mirar léxico, sintaxis, la pragmática…».

Por la boca muere el pez y se atrapa a un delincuente

La profundidad del análisis dependerá, en gran parte, del tiempo que se le dé al laboratorio para analizar las pruebas aportadas. De ahí que pueda ocurrir que se pasen por alto algunos de esos rasgos. Aunque Queralt puntualiza: «No es que se nos pase el rasgo por alto, sino que por la cantidad de tiempo que tenemos, dependiendo de la investigación, no lo podemos analizar porque nos llevaría muchísimo tiempo. Ese rasgo no lo tenemos en cuenta en ese análisis porque tenemos otros rasgos que ya nos pueden ayudar a concluir».

Si alguien está pensando en la inteligencia artificial y en el deep fake para burlar a los investigadores a la hora de cometer un delito, malas noticias. Si bien es cierto que la tecnología puede conseguir engañar al ojo en un primer vistazo (al anuncio de una conocida marca de cerveza que usa el deep fake para devolver a la vida a Lola Flores nos remitimos), la lingüista forense asegura que «todavía no hay ninguna inteligencia artificial capaz de reproducir todos los rasgos del lenguaje de una persona».

No, al menos, al cien por cien. «¡Y recemos por que no lo consigan!», bromea entre risas. «Hay ciertos patrones que no son capaces de imitar. Sí que es verdad que reproducen muy bien el tema acústico, la producción del sonido, pero no reproducen tan bien, por ejemplo, el análisis más lingüístico, lo que tenemos más en mente de cómo estructurar un discurso, qué palabras utilizaría…». Y ahí se detiene. «¡No quiero dar muchas pistas, ja ja ja ja!».

El libro de Queralt repasa casos en los que el malote en cuestión ha podido ser condenado por los rastros que ha dejado en su manera de expresarse, pero también habla de otros (no pocos) en los que el acusado ha conseguido ser absuelto por la misma razón. El más célebre es el de Óscar Sánchez, detenido en 2010 por la policía napolitana acusado de narcotráfico y encarcelado en aquel país durante 20 meses. Las primeras periciales que realizaron los forenses italianos afirmaban que era la voz de Sánchez la que se escuchaba en las grabaciones que obtuvo la policía, y en las que se hablaba de venta de drogas.

Los amigos y familiares del detenido, seguros de su inocencia, contrataron los servicios del laboratorio de la autora, Laboratorio SQ-Lingüistas Forenses, que pudieron determinar que no era Óscar Sánchez quien hablaba en esas grabaciones. La voz que allí se escuchaba hablaba en español latinoamericano, nada que ver con la variedad lingüística de Sánchez. Esa fue una de las pruebas que aportaron, junto a un análisis más detallado que tiró por tierra las primeras y erróneas conclusiones de los forenses italianos. La identidad de Sánchez había sido suplantada por un narcotraficante, determinaron. De esta manera, acabó su pesadilla.

Atrapados por la lengua concluye con una recopilación de curiosidades en torno a la lingüística forense que paliarán, en parte, la desazón que deja no poder conocer todos los detalles de algunos casos que la autora explica en su obra por estar aún pendientes de juicio. Cosas como que es posible atrapar a un culpable, aunque se tengan grabaciones suyas en dos idiomas diferentes, o incluso que se pueda detectar la probabilidad de que un hablante tenga párkinson. Aunque el mensaje más claro que trasmite Queralt hace referencia a un refrán: por la boca muere el pez. Cuidadín con lo que dices.

Home

Si no hay humor, que no haya nada

Risas

Y un día me encontré pensando que mi libro preferido de todo el psicoanálisis es El chiste y su relación con lo inconsciente, de Sigmund Freud. El libro combina perfectamente las consideraciones teóricas acerca del chiste, de lo cómico y del humor -que no son estrictamente lo mismo-, con muchísimos chistes en general y chistes judíos en particular. Quizás habría que decir que “chiste judío” es una especie de pleonasmo. De modo tal que en la lectura no faltan las carcajadas. En ese sentido, el libro es absolutamente placentero y así resulta también un libro performático: hace lo que dice; como el chiste, produce una ganancia de placer. Porque de lo que se ocupa Freud es de mostrar cómo el chiste –Witz en alemán-, que es un fenómeno social -que incluye la ironía, la ocurrencia, la agudeza, el ingenio, etc.-, produce la disolución de las inhibiciones, la caída de esa autoridad del otro que aplasta y oprime; de cómo implica una resistencia al poder -he ahí su dimensión política-; de cómo con el chiste se puede hacer tope a la crueldad, esa crueldad ineluctable que emerge y circula, sin pudor y sin temblor, por todos lados (empezando por la crueldad del Superyo). En definitiva: la risa es la cifra del placer que se obtiene por el “gasto de inhibición ahorrado”. A la vez, se trata de “la recuperada risa infantil perdida”. Esa risa infantil que fue reprimida por la cultura y la educación. La risa: ese cateterismo que destapa todos los canales obturados por el deber ser, la civilidad y las buenas costumbres.

Nunca me voy a olvidar del regalo que me hizo, siendo muy chiquito, mi hijo Jeremías. En medio de una tragedia familiar me obsequió El libro de los 1000 chistes. Pasaron más de veinte años y él no se acuerda del contexto en el que me lo regaló, quizás porque ese gesto ya fuera su modo de lidiar con la tragedia. “Reite”, parece que me estaba diciendo. Es sin dudas la risa del otro, antes que la propia, la que alivia y la que habilita.

Si el chiste es la posibilidad de eludir algo de la censura, de hacer algo con esa censura para que no recaiga del todo sobre nosotros, vedar el humor -hoy en día se habla muchísimo de qué chistes corresponde o no corresponde hacer, de qué sí nos podemos reír, de qué no- sería arrasar con esa potente alternativa. Como si la risa fuera voluntaria, como si la risa también se rigiera por principios morales. El humor ya es un tratamiento de la crueldad, suprimirlo, censurarlo, sería dejar la crueldad a cielo abierto. 

Lo opuesto a la risa no es el llanto, decía Jacques Lacan, sino la identificación, es decir, la inhibición. Cuando uno se identifica, está serio como un Papa o como un papá. Por eso los niños, muchas veces, antes de llorar por algo que pasó -una caída, un golpe- miran a sus padres para ver si reír o llorar. Si encuentran cara de susto, lloran. El chiste disuelve eso familiar que agobia, y lo disuelve para suscitar movimiento: un paso, para que pase algo allí donde no pasa nada, en las antípodas de la fijeza de la inhibición.

Para mí no hay transmisión ni práctica del psicoanálisis sin risas -una de las cosas que más extraño en la pandemia es el estallido de risas de los estudiantes en el aula de la facultad-, justamente porque en la transmisión se delimita un afuera de lo familiar. Por eso, los analistas que más me enseñan son esos que no se sostienen en la solemnidad del saber -“nada me parece más cómico que lo serio del saber”, dice Henri Meschonnic-, sino aquellos que se ponen en juego, aquellos que juegan sin cuidar las formas, sin estar pendientes -en el sentido de estar colgados- de sus atributos de ser ni de sus cucardas de saber. Hay un libro que considero fundamental: Algo es posible. Clínica psicoanalítica de locuras y psicosis, de Élida Fernández, publicado en su cuarta edición por la editorial El megáfono. El libro comienza con una historia desopilante de un grupo de residentes de psicología en la guardia de un hospital psiquiátrico que no sólo no saben qué hacer con un loco que llega, sino que están aterrados. Y no saben qué hacer porque suponen que habría que saber qué hacer siempre, porque suponen que hay alguien que sí sabe qué hacer -incluso antes de escuchar al paciente-. La historia termina con un policía que no sólo calma al loco, sino que les indica a ellos el diagnóstico y los reta por no saber qué hacer. Claro, es policía. La historia arranca carcajadas al lector. Y en su enunciación, la autora da a entender que uno de esos residentes era ella misma. Son contados los analistas que se juegan en la transmisión, son contados los analistas que son generosos en la transmisión. Y por generosos me refiero a que no se ponen ellos mismos por delante, que no pretenden enseñar todo el tiempo, que no refriegan sus imposturas en la cara de nadie.

Parece que Freud mismo había considerado su libro sobre el chiste en un “lugar aparte” respecto de los demás escritos. Dijo: “me distrajo un poco de mi camino”, “fue una digresión”. Desde la Poética de Aristóteles sabemos que la comedia siempre habita en los márgenes, en la periferia; lo cómico escribe ese margen sin el cual no podría leerse ni escribirse nada. Hace falta ese margen, ese desvío, esa digresión, para poder seguir en el camino.

https://www.eldiarioar.com/

[Traducciones] Poemas de Ron Padgett [vers. de Sergio Arturo Ariza]

[Traducciones] Poemas de Ron Padgett [vers. de Sergio Arturo Ariza]

Foto: © Michelle V. Agins/The New York Times

Ron Padgett (Tulsa, 1942) es un poeta, ensayista y traductor estadounidense. Ha publicado varios libros, dictado talleres, y en el 2016 escribió poemas originales para la película Paterson, de Jim Jarmusch. Ninguno de los siguientes poemas figura en la película.

Los poemas Butterfly Strawberries in Mexico pertenecen al libro Collected Poems (2013); Rialto, a How to Be Perfect (2007), y Grasshopper, How Long (2011).

Selección y traducción de Sergio Arturo Ariza


Mariposa

Chaung Tzu escribió sobre el hombre
que soñó haber sido una mariposa
y al despertar
no supo si entonces era
una mariposa que soñaba ser un hombre.

Amo esta idea
aunque dudo que Chaung Tzu
en verdad creyera que un hombre pudiese pensar
que es una mariposa,

pues una cosa es despertar
de un sueño en la noche
y otra pasarse la vida
soñando que se es un hombre.

Me he pasado la vida
pensando que era un niño, luego un hombre,
también una persona y un americano
y una entidad física y un espíritu
y quizá un poco mariposa.
Quizá debería ser más mariposa,

es decir, irrumpir en una alcoba
con ojos saltones y batiendo mis inmensas alas
cubriendo con una polvareda asfixiante
a gente que grita y se muere,

o casi. Porque así los rescataría
con la música celestial de mi belleza
y mi ser absolutamente inofensivo,
mi etéreo desdén por lo que son.

Rialto

Cuando mamá dijo «vayamos al Rialto»
no pensé que el nombre Rialto

fuera extraño o lejano o que significara otra cosa
más que Rialto el teatro de mi pueblo

como el Orpheum, cuyo nombre era solo un fonema
sin rastro del dios de la Poesía, aunque

luego aprendí sobre él y sobre el puente
y entendí que los dioses y los puentes vuelan sin ser vistos

a través del océano y cambian sus formas y desembarcan
en el pueblo y allí se quedan a vivir

hasta que es tiempo de volar y empezar de nuevo
como un fonema perfectamente limpio en la mente

del inocente y del libre
en su camino al Ritz.

Saltamontes

Es gracioso cuando la mente piensa en la psique,
como si un saltamontes pudiese considerar un helicóptero.

Es mala idea dormirse
mientras se vuela un helicóptero:

cuando despiertas, el helicóptero no está
y tú tampoco, abandonado en un sueño,

y no hay cómo alcanzarlos,
porque alcanzar no figura

en el esquema de las cosas. Eres
quien eres, ahora mismo,

y tan aterrada está la mente que cierra sus ojos
y entonces olvida que tiene ojos

y el saltamontes, el que cree
que eres un helicóptero, ¡salta sobre tu espalda!

Es un valiente pequeño saltamontes
que nunca duerme

pues el poema que escribe es el hecho
de estar siempre despierto, mejor que cualquier cosa

que puedas escribir o hacer.
Después se aleja.

Fresas en México

En la calle 14 con avenida Primera
Hay un banco y en el banco la cajera más guapa de la historia
Junto con ella lo mejor de hoy
Es el hoy mismo
A través del cual subo
A comprar libros

Flotan bajo un cielo más azul
Las muchachas clase alta
Todas calladas, consentidas
La suma de todo cuanto es terrible en las mujeres
Y mucho de lo mejor

Y los ancianos pasan cargando paquetitos
En un trance
Tan ricos que ni ellos pueden creérselo

Para ellos también parece ser un día un tanto patriótico
Ya ves, las chimeneas Con Ed son tan hermosas
Como lo es Queens
Y los caballos: desde una distancia agradable

O un bandada de pavos
Rellenos tras una ventana impecable
Dos días y estarán sudando en hornos
Pensando «¿cómo terminé en este lío?»

Luz que se vierte sobre edificios lejanos

Aquí arriba cuando alguien grita «¡Oye!»
Sabes que no te van a matar en la calle
Le están gritando a un amigo suyo llamado Oye
John David Oye, quizás

Y la basura sale
En grandes bolsas blancas y repletas amarradas por la punta
Incluso con ellas sale la gente
Ahora algunos están esperando
En la parada del bus (a un bus que no existe)
¡Y yo creí que eran basura!
¡Es tan bonito!

Si eres moderno o te falta clase
Puedes divertirte
Entrando a un anticuario refinado
Para que el viejo y majestuoso snob del escritorio pregunte
En la eternidad
«¿Para dónde va?»
Y puedas responder «arriba»

Me agradan estos güevoncitos
Si tienes un mechón de más en la brisa
Se les saltan los ojos
Y retroceden
Como diciendo «ese tipo es un grande… ¡Genial!»
Es cierto

Pero no están en mis zapatos
Frente a un Duboffet un circo que alumbra a través
De una ventana en un brillante edificio todo amarillo
La ventana es mi ojo
Y Frank O’Hara es el edificio
He estado como un loco pensándolo todo el día
(Cualquiera que conozca su poesía lo habrá notado)
Y en cómo la avenida Madison en verdad
Se dirige al Cielo
Y voltea y regresa, desilusionada

Porque aquí arriba puedes mirar por encima del conserje
O tenerle lástima

Y rentar un Bentley color de nube y
¡La arquitectura es tan maravillosa!
¿Por qué no me fijo en ella más seguido?
Y las chicas y los chicos pero en especial las chicas
Se van alejando de la escuela
En lana azul y blanca
Envuelta en piel

¿Son francesas? ¡Están hablando en francés!
Y no están buscando cosas que lanzar
Faldas deslizándose por las piernas de muchachas que no pueden evitar sonreír
Debajo de hermosos ojos pardos americanos
Al mundo entero
El cual incluye a sus amigas las ordinarias
¡Hasta me sonrió, a mí!
Tengo tanto chance de cogérmela como la muchacha del banco
Pero sigo caminando, soy un dios aterrador

Obsceno
La barba de un día
Y carajo en verdad olvidé cepillarme los dientes esta mañana
Se están tornando rojos de vergüenza
O acaso es sangre
He estado tomando —pedí un café negro—
Señorita

Y entonces un policía negro entra
Desabotonando su uniforme en el dispensador de gaseosa tibia
Mientras paso la lana sobre mis dientes
Y miro inocentemente los libros que compré
Un libro con un dibujo
De Apollinaire llamado Les Fraises au Mexique
Fresas en México

Pero cuando abro el libro en esa página
Tan solo es un cielo muy azul lo que veo

Jámpster (jampster.cl)

ALGUNAS PALABRAS SOBRE CIELO AL REVÉS DE CLAUDIO ARCHUBI POR MARTÍN AYOS

ALGUNAS PALABRAS SOBRE CIELO AL REVÉS DE CLAUDIO ARCHUBI POR MARTÍN AYOS

Algunas palabras sobre

Cielo al Revés, de Claudio Archubi.

Martín Ayos

Estoy creando la imagen de Teresa. Está enferma.

Pienso: he dado vida. Pero ella dice que está muerta.

Estoy creando la imagen de Teresa. Hago que se mueva poco a poco.

Pienso: debo ayudarla. Pero ella dice: no se puede sanar a una sombra.

Estoy creando la imagen de Teresa. Comienza a moverse y yo con ella. pp 23

Estoy creando la imagen de Teresa. ¿Por qué creando? 

Cielo al revés se trata de dos cuestiones inseparables: una inversión en la que la idea inferno ya no puede remitir solo a lo sensible; que no hay separación entre lo alto y lo bajo, entre esencias y simulacros:

Lo que viaja por arriba se confunde con lo que viaja por abajo por afuera por adentro sueño que avanzamos sin encontrar la salida: ella dice que el verdadero centro de la ciudad está aquí, en Once. pp 36 

Y otra, tal vez, consecuencia ética y política de la primera, en la que el sur desplaza el dominio del norte (La aguja de tu pensamiento apuntará al Sur, pp 29)

(Teresa, le digo, ahora que estás viva, ayudame a cruzar todos los círculos de la Realidad. Llevame de la mano. No puede ser esto solamente. No puede ser la belleza no, tan sólo dolor. Llevame más allá de la belleza. Crucemos crucemos rápido porque seguro que has aprendido:

La Patria no existe, Teresa, pero existe el Sur). pp90

Estoy creando la imagen de Teresa. ¿Por qué creando? 

El poeta no está intentando recordar una imagen (εἶδος) dotada de esencia. Está creando,dando existencia, creándose junto a aquello que crea. No hay otro modo de entender el deseo, siempre inseparable del plano que dibuja:

Estoy creando la imagen de Teresa. Bajo las vendas brilla el sol.

Abre los ojos y dice:

Estás creándome.

Mi cuerpo es tu mapa.

Pero es mi historia la historia del Sur. pp 31

La Metafísica de la imagen de Teresa pareciera estar mucho más cerca de las palabras de Deleuze en su Lógica del Sentido: “ (…) una  semejanza  es  retroyectada  necesariamente  sobre  sus  series  de  base,  y  una  identidad  necesariamente  proyectada  sobre el movimiento forzado” (Doy forma a su mirada y me obliga a mirar con ella, pp 33 o No me estás creando. / Yo te estoy creando, pp 112), que del viaje ascendente de Dante. El simulacro-Teresa, polisémica, búsqueda de un sentido metonímico, es una presentación de un acontecimiento en lo que tiene de pura inmanencia:

Estoy creando la imagen de Teresa.

Dama de los apósitos, surge entre gasas, se alejapoco a poco de las cirugías de la mente.

Estoy creando la imagen de Teresa.

Su belleza es infecciosa.

Doy forma a su dolor y ella dice:

Mi cuerpo está herido. Mirá.

Por su herida crece el Sur. Pp 35

Y el plano de inmanencia en donde la línea de fuga del sur, lo colectivo, alcanza su velocidad máxima:

Soñé el Sur.

Soñé que mi cuerpo era una gran avenida por donde crecía un pozo por donde crecía otra ciudad atravesada por las voces de los míos.

Yo llamaba desde el fondo pero nadie contestaba.

Ellos ascendían se perdían en lo Abierto.

Supe que yo era ese pozo cuando quedé vacío, hundido en el Sur. pp 104

De ahí que todo suene como un inmenso murmullo, mucho más que un diálogo: múltiples conversaciones (con Dante, con Teresa, con Inger Christensen –indirectamente–, con el lector, con las nociones de fenómeno y acontecimiento y, en definitiva, con los cuerpos y las almas que lo habitan) que coexisten y se superponen para que entre lo alto y lo bajo ya no exista más que una única conexión: la superficie, el Sur, el Cielo al Revés

Estoy creando la imagen de Teresa. ¿Por qué creando? 

Porque es el único modo de ser fiel al acontecimiento:

Retirando la venda ella dice:

Yo era una niña que jugaba con la muerte y ahora…

Mirá de frente mi herida. Tocala.

Entremos para siempre al Sur. pp 109

Estoy creando la imagen de Teresa. ¿Por qué creando? 

Aunque se tratase de un sueño (¿qué lo es y qué no?), crear la imagen de Teresa, es crear un mundo en el que la enfermedad es trocada por algo de otro orden, por una visión liberadora.

Soñé con un libro cerrado por la Realidad.

Soñé con mis ojos cerrados por la Realidad.

Soñé con la imagen de Teresa mirando una pared silenciosa.

¿Dónde estuviste? –volvió a preguntar– Soñé que arriba mío pesabas como la Realidad. pp 119

Tal vez el amor no sea otra cosa que el caos emergiendo y trastocando todas las convenciones, poniéndonos los pies en el cielo. Tal vez la cura a toda tristeza y enfermedad esté en el lenguaje. Quizás la única vida posible sea la poesía.

  

                               

 

Claudio Archubi. Mar del Plata, Argentina (1971). Doctor en Física. Trabaja en el IAFE (Instituto de Astronomía y Física del Espacio) y es docente de la Universidad de Buenos Aires. Colabora con revistas literarias del país y del exterior. Ha participado en varios festivales internacionales de poesía en el país y en el exterior. Mención única de honor en el concurso de poesía de la editorial Ruinas Circulares (2012) y menciones en cuento y poesía (2014). Su libro Cielo al revés (Metafísica de la imagen de “Teresa” soñando el Sur) ha recibido el segundo premio del concurso de poesía del Fondo Nacional de las Artes 2019 (Argentina). Su libro La casa sin sombra ha sido seleccionado, traducido al inglés y publicado en la antología bilingüe: África vs Latinoamérica. Escritura experimental. (Langaa RPCIG, Camerún, 2017). Publicó “La forma del agua” (cuentos, ed. de la Universidad de La Plata, 2010), “Siete maneras de decir tristeza” (poemas en prosa, Lima, 2011), “Sísifo en el Norte” (poemas en prosa, ed. Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012),  “La casa sin sombra” (poema en prosa, Buenos Aires, 2014), “La ciudad vacía” (ed. Trópico Sur, Uruguay, 2015), “La Máquina de las alegorías” (poemas en prosa, ed. Buenos Aires Poetry, Buenos Aires, 2016) Y “Arca rota jardín de nadie” (Valparaíso Ediciones, España, 2018). Cielo al revés (Metafísica de la imagen de “Teresa” soñando el Sur) (La primera vértebra ediciones, Buenos Aires, 2020). “Del caos a la intensidad: vigencia del poema en prosa en Sudamérica (ed. Hijos de la lluvia, Buenos Aires-Juliaca, 2017).

e-mail: archubi yahoo.com.ar

web: http://carchubi.wix.com/claudio-archubi

Martín Ayos (Villa Ballester, Prov. de Buenos Aires, 1971).  Libros Publicados:  X, Ediciones Estigia, 1999-2000.  Caos o Naturaleza, Autoedición, 2011 Participación en Homenaje a Pedro Chappa, Colección Alto Guiso, Editorial Leviatán, 2017 Dejando Santos Dumont, Buenos Aires Poetry, 2018  Sobre la Marea Negra y la poesía en Zona Sur a finales de 1980 En: Bartalini C. Biaggini M. Comp., Literaturas y Conurbanos. Buenos Aires: UNAJ, 2020 Uirapurú o Devenir-Pájaro, (en preparación) 2020.  Los poemas de su libro Caos o Naturaleza sirvieron de colaboración en dos muestras: Siete variaciones acerca de “No siempre puedes obtener lo que deseas” Junto a Santiago Cucullu, Salina Art Center, Kansas, USA, 2010-2011. En la bruma de lavanda Junto a Santiago Cucullu, Galería Labor, México DF, México, 2011

EL HUMO (revistaelhumo.com)