Escritores suicidas frustrados

Joseph Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. La vitalidad de Hermann Hesse entró en conflicto con la vida oscura de su familia

El escritor Joseph Conrad, abordo del S. S. Tuscania en su llegada  a Nueva York, en 1923
El escritor Joseph Conrad, abordo del S. S. Tuscania en su llegada a Nueva York, en 1923BETTMANN / BPA

 

La nómina de escritores que prefirieron largarse al otro mundo por la vía rápida a seguir escribiendo es magnífica y prácticamente interminable. Desde los clásicos Sócrates, Séneca y Petronio, pasando por Larra, Ganivet y Gabriel Ferrater entre los nuestros, por los famosos Salgari, Jack London, Virginia Wolf, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Cesare Pavese, Walter Benjamin, Hemingway, la lista no está cerrada porque este es un oficio siempre al borde del acantilado, que no es sino el propio ego por el que el escritor está siempre a punto de despeñarse. Pero hubo dos grandes literatos que pasaron a la gran historia de la literatura gracias a que en su atormentada juventud, pese a haberlo intentado, no lograron suicidarse: Joseph Conrad y Hermann Hesse.

A la hora de embarcarse los marineros se dividen en dos: unos lo hacen apenados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios; otros se suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano en medio durante un tiempo largo. Joseph Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. Para él parecía haber escrito Baudelaire este verso: “Hombre libre, siempre amarás el mar”· En tierra era un ser zarandeado por la existencia, pero el mar lo convertía en un hombre esforzado, riguroso y libre. De regreso de su primera travesía a las Antillas, recalado de nuevo en el puerto de Marsella, a la espera de enrolarse en otro barco, fue devorado otra vez por las deudas y tuvo que coger un revólver y pegarse un tiro en el pecho para resolver bravamente el problema. La bala le pasó muy cerca del corazón y no quiso matarlo.

“Si he de ser marinero quiero ser un marinero inglés” -se prometió a sí mismo en el hospital donde se recuperaba de la herida-. Después de pasar por toda la escala, logró su deseo y como primer oficial de la marina mercante británica navegó los mares de China y de Nueva Zelanda; incorporó a su espíritu los nombres de Sumatra, Borneo y golfo de Bengala; se adentró en el corazón de África por el río Congo y en cada travesía compartió la vida con tipos heroicos y desalmados, que después convertiría de primera mano en personajes de sus novelas. La expiación y el remordimiento después de un acto de cobardía en Lord Jim, la serenidad ante la desgracia en Nostromo, la mutación constante de las pasiones como los cambios del oleaje en El negro del Narcissus, la penetración hasta el fondo de la miseria humana en El corazón de las tinieblas. Un escritor se mide frente al mar. En este sentido Conrad no tiene una sola página ridícula ni se permitió una zozobra. No así en su vida en tierra. Agradecemos que la bala no lo matara.

En cambio, Hermann Hesse navegó otros mares no menos procelosos de la conciencia religiosa. Amamantado en un hogar de pietistas fanáticos, el niño llegó a la adolescencia aplastado por la Biblia. Los salmos, el órgano y las plegarias constituían su principal sustento, al que se unían las correrías por la pradera donde hablaba con los pájaros, las zambullidas en el lago durante el verano, la verdad aprendida en los duendes del bosque y la amistad con el zapatero, el carnicero y otros sencillos menestrales del pueblo alemán de Calw, donde nació.

La vitalidad del muchacho pronto entró en conflicto con la vida oscura de su familia, que lo había destinado a la iglesia para ser ungido por el Señor, pero, desde el primer momento hasta el final de sus días, Hermann Hesse luchó para elegir la clase de ungüento con el que quería ser consagrado. Pese a todo, no pudo evitar la inercia clerical de sus padres. En el seminario de Tubinga, Hermann Hesse fue un pálido adolescente enclaustrado que, entre los húmedos paredones no hacía sino recordar la libertad que gozó en su niñez entre los álamos negros y los alisos del lago, el silencio de la nieve en los abetos, el conocimiento de los animales, las plantas y las estrellas. Un día saltó la tapia del seminario y entonces empezó la tortura. Quería ser escritor o nada, pero esa elección no se alcanza impunemente. Los padres internaron al muchacho en un centro religioso de curación. Lo llevaron ante el afamado exorcista. En medio de ese rito, lejos de echar espuma por la boca, el muchacho imaginaba la rama de abeto iluminada por el sol del verano de donde su cuerpo endemoniado pendería entre el canto de los pájaros o se veía ahogado en el seno del lago cuyas aguas en los días felices de vacaciones habían recibido gloriosamente sus alegres zambullidas coreadas por los gritos de felicidad de sus compañeros. Hermann Hesse nunca olvidaría el esfuerzo que tuvo que realizar para liberarse de las propias ataduras; entre ellas, el nudo de la soga con la que intentó ahorcarse. En los años sesenta del siglo pasado, cuando los hippies inauguraron diversas rutas hacia los lugares iniciáticos de planeta, en su morral de apache, junto al pequeño alijo de marihuana, llevaban alguno de sus tres libros inevitables, DemianSiddhartha El lobo estepario.

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AMÉRICA NO FUE ‘DESCUBIERTA’, Y ESTE ES EL LIBRO FUNDAMENTAL PARA ENTENDER POR QUÉ

“LA INVENCIÓN DE AMÉRICA”, DE EDMUNDO O’GORMAN, ES UNO DE LOS LIBROS FUNDAMENTALES EN TORNO A LA IDEA DEL “DESCUBRIMIENTO” DE AMÉRICA

Entre las muchas ideas que configuran la realidad colectiva, en el ámbito de lo social y lo histórico una de las más persistentes es la del “descubrimiento” de América. 

Descubrimiento entrecomillado porque, en efecto, basta detenerse un poco en las implicaciones de esa palabra para al menos plantearse algunas cuantas preguntas, ingenuas quizá a primera vista, pero inquietantes una vez que se piensa mejor en ellas.

En ese sentido, La invención de América, del historiador mexicano Edmundo O’Gorman, es una obra elemental para entender dicho proceso mediante el cual, más que descubierta, América fue en realidad inventada. 

Para defender dicha tesis, O’Gorman realiza una reconstrucción de la manera en que ciertos aspectos del imaginario europeo se proyectaron sobre esa vasta masa de tierra, habitada por civilizaciones desconocidas hasta entonces, que irrumpió inesperadamente en la idea de mundo que se tenía hasta finales del siglo XV e inicios del XVI. 

AMÉRICA NO FUE 'DESCUBIERTA', Y ESTE ES EL LIBRO FUNDAMENTAL PARA ENTENDER POR QUÉ

De acuerdo con O’Gorman, ideas provenientes de la teología cristiana, de la filosofía griega (respecto de la forma del planeta y la distribución en este de la parte correspondiente a la tierra y al agua) e incluso del desarrollo político de las sociedades europeas (la prevalencia de los regímenes monárquicos en aquella época, por ejemplo) se mezclaron para inventar eso que después se conoció como “América” y que antes del momento en que Colón arribó a unas costas que creía que eran la India, tenía una existencia independiente al imaginario europeo que terminó por darle la forma con que la pensamos actualmente.

El libro de O’Gorman es así un estímulo inteligente y bien argumentado para atrevernos a reflexionar sobre hechos históricos como la exploración y colonización europea del planeta Tierra, el derecho y aun la necesidad de ciertas sociedades de reivindicar su pasado, cómo la cultura moldea ideas que damos como verdades irrefutables y más.

 

Encuentra en este enlace La invención de América de Edmundo O’Gorman.

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[Extracciones] (Una banda de punk llamada) Rattus de Andrés Paniagua

[Extracciones] (Una banda de punk llamada) Rattus de Andrés Paniagua

Imagen: © Swedish Punk Fanzines

Parafraseando a Mario Montalbetti, cuando se nos pide recordar, en realidad lo que se nos está pidiendo es hacer memoria. Es decir, fabricamos y acomodamos lo que recordamos a nuestras necesidades y deseos: recordamos a pedido y queremos creer que lo recordado ocurrió. En (Una banda de punk llamada) Rattus (Barnacle, 2020), Andrés Paniagua se propone ese ejercicio a partir del punk, cuya implicancia épica quedará a cargo del lector.


Reventar botellas contra la pared.
Los dedos tensos.

Buscar resquicios en la opacidad
después de todo
el mundo es un lenguaje que nunca elegimos.

§

De espalda a la pared
entre el objetivo y la cámara
cubiertos por distintas gradaciones del mismo color
algunos grafitis sobreviven.

Volutas frías sin explicación.

La nitidez de las ideas fijas puesta a secar
junto a la puerta que dejas abierta al salir.

Existe otra fotografía.
La encontré en internet.

Somos la ilustración en blanco y negro acompañando la nota. Reunidos en círculo, el encuadre nos troza antes de alcanzar la cadera; las botas en el extremo derecho pertenecen a S.

Piezas disecadas en el museo del rencor.
No encuentro la manera de acortar la distancia.

Cada intento de acercarme a S. arroja largas ausencias proyectadas sobre las calles que atraviesan la ciudad hasta llegar a una réplica del David.

Solo un carnicero podría
obligar al cuerpo a replegarse en un presente que desciende al mucho necesitar y sentir dónde te ha tocado crecer.

Ese momento nos inquieta.

Mirarás las fachadas llenas de mierda
desde la periferia hasta el centro
por todos los sitios, las ratas esperan amontonadas
                                                                         /en basureros
o alineadas en arroyos

somos ratas contaminadas

el número crece y la recolección es cada vez más abundante.
Suben en hileras para tambalearse a la luz, girar sobre
                                                                             /sí mismas

sus grititos de agonía en los callejones

unas hinchadas y podridas

otras rígidas, de bigotes tiesos.

Por debajo del orgulloso puente colgante
donde reposan los excrementos

incapaz de distinguir

mirarás un gran cielo amarillo.

Te veo acariciar la basura que flota.

El disco se ha detenido.

§

La sombra de esta mirada que trepa con lentitud.
Es cierto que los rostros son los primeros en caer.

En esa memoria siempre lista para ser aniquilada el ojo experimenta una presencia en busca de conmemoraciones.

Incapaz de pronunciar se derrumba

pero el sentido de una muerte es destruir otra cosa.

No sé cómo empezar o cómo decir.

La voz que canta esa canción, “Rock & violencia”, sobre todo los últimos meses, se dijo agotada. Ingresó al hospital en dos ocasiones, al menos dos, seguidas de una temporada de recuperación en casa.

Pienso en ese modo de mirar fijamente.

J. Calhoun acuñó el término “sumidero de comportamiento” e ilustró a detalle cada una de las ratas que crecen, que se acumulan progresivamente a lo largo de la página 140 a la página 147 del número 206 de Scientific American; cuerpos tambaleantes, mezclándose con las agrias escamas de la humedad.

Imágenes parlantes sometidas a la exclusiva tarea
                                                                          /de ser vistas.

El gesto tan familiar de los movimientos de S.

Solamente cuando habíamos hablado largo rato S.,
                                            /poco a poco, se dirigía hacia mí.

Nunca me animé a preguntarle.

Al describir la rata negra, Gesner no es capaz de evitar la descripción del nudo que ata los rabos: “[…] basta decir que no hay movimiento libre, y el menor intento termina por asfixiarlas. Hocicos abiertos y llenos de espuma.”

Un paisaje nuevo porque lo comparo con otro paisaje                                                                                 /anterior.

Pese a todo no ve nada
una imagen nunca dice nada.

Hubo noches cuando descendíamos no para morir,
                                              /sino para mantenernos vivos

nos arrastramos tambaleantes.

Y quien conozca esa manera de andar, ese pararse entre dos pasos o cambiar de dirección o volver atrás sin propósito no podría suponer que S. anudó un objeto y lo sostuvo en sus manos antes de saltar.

La posición de S., con la cabeza ligeramente inclinada.

Alguna ocasión dijo “no”, es verdad.

Pienso en el gesto de la cara transformándose a cada instante, haciendo imposible pasar por debajo de él, interpretar el verdadero sentimiento.

Contra la pared, con el hocico abierto, los rescoldos de su cuerpo caen proyectando la trama de algo parecido a un tapiz

una gran nube sucia.

¿Podría un memorial superar el atractivo de la ausencia?

El amor disuelve todos los detalles

quien escuche, quien sea
no será herido.

§

Y cuando elegimos controlar las circunstancias
                                             /pretendemos que son objetos
o virtudes o simplemente otros sí mismos
feos y curiosos los vemos agitarse alrededor
de una colonia de ratas albinas

como si fuera posible

traducir las paredes de un terrario buscamos aplicaciones
y en cambio hallamos desvíos

maneras de no entender

cómo o qué nos nombran en su mente
ni lo imaginamos

y ellos entrando y saliendo
de la sensación

y solo la luz de estas lámparas y al centro diferentes patrones
en medio de todo este movimiento

como si fuera posible
a sus pies.

[Extracciones] (Una banda de punk llamada) Rattus de Andrés Paniagua

Andrés Paniagua (Ciudad de México, 1992). Es autor de Usted está aquí (Mantarraya, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de Escribidores, 2019), y coautor de Señales de ruta, con César Campos (Herring Publishers México / Gold Rain, 2019). A veces traduce. Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Tierra Adentro, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Vozed, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte de Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el período 2017-2018.

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¿Y si estas obras de arte no hubieran sido destruidas?

 por           

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Ver arder la laberíntica biblioteca de la abadía que Umberto Eco retrató en El nombre de la rosa hace pupita en el alma sensible de quienes aman la cultura. Igual que escoció, y mucho, la destrucción de los Budas gigantes de Bamiyán a manos de los talibanes. El arte, sea cual sea su manifestación, es un patrimonio universal de la humanidad y cuando una gran obra desaparece, por las razones que sean, muere un gatito en internet. ¿Qué hubiera ocurrido si en lugar de una única copia, se hubieran conservado cientos de ellas? ¿Cómo habría cambiado nuestra historia y nuestra cultura de haberse conservado?

Jugando a adivinar, y para celebrar el Día Internacional de la Impresión, Canon deja esta cuestión en el aire y hace un repaso por algunos acontecimientos que podrían haber cambiado la historia si entonces hubiera existido, pongamos por ejemplo, una fotocopiadora. Ellos nos hablan de cuatro y nosotros te regalamos una bola extra.

obras de arte desaparecidas
Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer realizado por su hermano Valeriano Domínguez Bécquer – Museo de Bellas Artes de Sevilla.

Las Rimas de Bécquer originales podrían no ser las que has leído

Si te decimos «Volverán las oscuras golondrinas/de tu balcón sus nidos a colgar…», no te costará responder que es una de las rimas que el poeta del Romanticismo español Gustavo Adolfo Bécquer recogió en una de sus obras más conocidas, Rimas y leyendas. Lo que quizá no sabías es que las que nos han llegado podrían no ser ni las mismas ni todas las que escribió.

Bécquer se ganaba la vida como periodista y libretista. Su faceta de poeta no era muy conocida en su época, aunque el escritor moviera sus composiciones entre sus amigos y algunas publicaciones periódicas de poca calidad. Uno de ellos fue el ministro Luis González Bravo, quien le animó a recopilar sus poemas y escritos y publicarlos en un libro. Bécquer le escuchó y cuando los tuvo todos reunidos, entregó el manuscrito al político. Estamos en el año 1868, época convulsa en la vida y en la sociedad española. En septiembre de ese año tuvo lugar la revolución conocida como La Gloriosa, en la que una multitud asaltó la casa del ministro y arrasó con todo lo que había dentro, manuscrito de Bécquer incluido.

Se dijo que el poeta sevillano tuvo que recomponer su obra tirando de memoria, aunque hay algunos estudiosos que lo niegan. Más que de memoria, Bécquer recuperó las copias de los poemas que había regalado a sus amigos y recopiló los que habían sido publicados en revistas de la época, y con ellos pudo volver a recomponer las Rimas y leyendas.

Ahora bien, ¿están todas las que eran? ¿Cuántas quedaron por el camino y cuántas nacieron en esa segunda edición? ¡Ah, misterio!

¿Y si estas obras de arte no hubieran sido destruidas?
Recreación de la Biblioteca de Alejandría basada en investigaciones arqueológicas.

¿Y si la Biblioteca de Alejandría no hubiera sido destruida?

Si has leído el magnífico ensayo El infinito en un junco, de Irene Vallejo, habrás podido imaginar y entender lo increíble y magnífica que debió haber sido la Biblioteca de Alejandría. Su creación respondía al afán de recopilar en un solo lugar todo el saber de la época y de siglos anteriores a su creación. Fundada por la dinastía ptolomeica en el año 331 a. C., su objetivo era recopilar todas las obras del ingenio humano de todas las épocas y de todos los países. Los reyes enviaban a sus emisarios por todo el mundo para hacerse con los manuscritos de todas las obras que consideraran que debían ser incluidas en esta colección.

Se estima que a mediados del siglo III a. C. la biblioteca, bajo la dirección del poeta Calímaco de Cirene, contaba con unos 490.000 volúmenes. Dos siglos más tarde, según Aulo Gelio, el número había aumentado hasta los 700.000. Es cierto que hay historiadores que no dan por buenas esas cifras, pero, en cualquier caso, sean reales o no, dan idea de la inmensa sabiduría que se concentraba en aquel lugar.

Un incendio en el año 47 a. C., cuando César acudió a Alejandría a apoyar a la reina Cleopatra en las guerras por la sucesión al trono de Egipto, acabó con gran parte de los rollos conservados en la biblioteca (algunas fuentes hablan de 40.000 volúmenes). A partir de entonces, la biblioteca entró en declive. El punto final lo trajo la llegada del cristianismo en el siglo IV d. C. El fanatismo religioso arrasó con todo aquel afán de conservar la sabiduría y la cultura humanas. ¿Hubiéramos sido iguales hoy si se hubiera conservado aquel legado?

¿Y si estas obras de arte no hubieran sido destruidas?
‘La carga de los mamelucos’, de Francisco de Goya. Museo del Prado, Madrid.

La hermana mayor del levantamiento del 2 de mayo de la que no hablaron los periódicos

Los franceses campaban a sus anchas por España y se habían permitido el lujo de imponer en el trono al hermano de Napoleón, José Bonaparte. A cambio, traían un soplo de modernidad y cultura para la que aquella España de 1808 no estaba preparada, así que, bajo la excusa del patriotismo, el pueblo, azuzado por políticos y religiosos contrarios a los cambios, se levantó contra el invasor gabacho. La fama de aquellas revueltas se la llevó Madrid y su 2 de mayo, pero antes, el 24 de abril, los leoneses ya les habían dicho a los franceses que no se hizo ni su botillo ni su cecina para la boca del gabacho, y que puerta, fusfus, humo.

Uno de los protagonistas de aquella revuelta leonesa fue el coronel Luis de Sosa, que, además de militar, tenía fama de poeta y literato. Así que escribió una proclama a favor de Fernando VII y en contra del invasor francés que gustó tanto que se consideró que debía darse a conocer por todo el país. Y qué mejor vía de comunicación que en un periódico, más si era madrileño, que es donde estaba el meollo de la invasión.

La proclama de Sosa apareció publicada en La Gaceta de Madrid, bien grande, en primera página. Pero el mariscal francés Murat, cuñado de Napoleón, impidió su difusión en cuanto se enteró de que aquello se iba a publicar. Así que requisó la edición antes de que pudiera repartirse por las calles, la mandó quemar y ordenó una nueva edición, sin la proclama de Sosa, claro está. La historia es la que es, pero quizá la fama del levantamiento estaría ahora un poco más al norte de España.

obras de arte desaparecidas

El ‘Guernica’ de Joan Miró

En junio de 1937, en plena guerra civil española, tuvo lugar la Exposición de París. Pablo Picasso y Joan Miró enviaron sus obras Guernica y El segador (también conocida como El payés catalán en rebeldía) respectivamente para que representaran a España en el Pabellón de la República. Suponían el apoyo de los dos grandes artistas al gobierno de republicano. Al acabar la exposición, las dos obras se desmontaron, pero mientras que el Guernica siguió su viaje, El payés catalán en rebeldía desapareció. Y mira que era difícil que un mural gigantesco como aquel, de más de 85 metros de altura, se esfumara para siempre.

 

Miró se sentía muy orgulloso de esta obra, no solo por sus dimensiones sino por lo que significaba. Pero en lugar de pintarlo en un lienzo, lo hizo directamente sobre la pared, en seis paneles de celotex que formaban parte de la estructura del pabellón. El mural se situó en el rellano de la escalera de bajada de la segunda a la primera planta, un lugar bien a la vista del público y con la luz perfecta.

Al acabar la exposición, el mural, que representaba a un payés con su barretina, una hoz y el puño en alto, debía viajar a Valencia, entonces capital del gobierno de la República, al que el catalán había donado su obra. Pero nadie sabe qué fue de aquellos paneles. Desaparecieron sin más o quizá fueran destruidos con la demolición del pabellón. El propio Miró trató de encontrarlos años después, pero fue imposible. Hoy solo quedan algunas fotos en blanco y negro de aquella obra.

¿Y si estas obras de arte no hubieran sido destruidas?
Reproducción del retrato de Winston Churchill, de Graham Sutherland, realizado por Brian Pike (1979)

¿El retrato de Dorian Grey? No, el de Winston Churchill

El pintor Graham Sutherland, que empezaba a ser reconocido como retratistas, recibió un encargo especial en 1954 por parte de Lord Beaverbrook, ex ministro de Producción Aeronáutica y coleccionista de obras de arte. Se trataba de pintar un retrato del primer ministro Winston Churchill para celebrar sus 80 años, que formaría parte de la colección estatal. El día del cumpleaños del veterano político, que se celebraba en Westminster Hall, todo estaba preparado para descubrir el cuadro. Nadie, ni siquiera Churchill, lo había visto antes. Pero cuando por fin se retiró la tela que lo cubría, el ministro enmudeció. Sutherland le había retratado viejo, gordo y encorvado, y aquello no gustó en absoluto al político, que, a pesar de ello, se llevó el cuadro a casa.

Cuando murió en 1965, el Estado reclamó a los herederos de Churchill el cuadro que pintara Sutherland años antes para ser devuelto al patrimonio nacional. Pero la familia tuvo que confesar que el cuadro ya no existía, lo habían destruido porque el viejo primer ministro lo detesteba. Aquello levantó polémica porque la titularidad de la obra era estatal, ya que se había pagado con fondos públicos, y ni Churchill ni su familia tenían derecho sobre ella, y mucho menos a destruirla. Churchill no consiguió, sin embargo, que aquel retrato se olvidara. Aún se conservan los estudios que el artista pintó antes de hacer la versión definitiva del cuadro. Y para ahondar más en su herida, este episodio ha sido inmortalizado en la serie The Crown, que puede verse en Netflix.

¿Y si estas obras de arte no hubieran sido destruidas?

En plena producción de kafkianitos

Ver las imágenes de origen

Meditaciones melancólicas de corte existencialista y clarolunesco como la de la entrada anterior tienen poco que hacer en el mundo contemporáneo. Considero la biografía de Kafka de Reiner Stach, editada por Acantilado. Los libros salen uno tras otro, los dos tomos en tapa dura dentro del estuche. En la imagen (lo veo por internet) se observa la última fase del proceso: las máquinas envuelven en plástico los volúmenes. ¿Qué más da que sean condones, sardinas o biografías de Kafka lo que resulte del procesado? Se podría pensar que esa cadena de montaje, ese automatismo, está al servicio de la “cultura”. No seamos ingenuos: la cultura es un negocio, es lo que da de comer a la gente del gremio, aunque la gente del gremio apele al espíritu para vender sus cosas. El espíritu, para que funcione, tiene antes que comer. Primum vivere etc Viendo ese extraño vídeo parecería, por la velocidad de la cinta, que en media hora iban a llenar el mundo de kafkas. Por fin un genio ubicuo, al alcance de todos los hablantes de español. Sí, de todos los que tengan los 85 euros que cuesta el libro. Sobre esto hay una anécdota de Kurt Tucholsky. Este escritor judío de Berlín (que, por cierto, fue tal vez el primero en detectar lo kafkiano en Kafka) recibió una carta de un muchacho lector suyo en la que le decía con encantadora ingenuidad que le deseaba que se muriera para que así sus libros fueran como los de Goethe, que costaban muy poco. Tucholsky, a quien hizo mucha gracia la ocurrencia, se dirigía a su editor Rowolth y terminaba con este aviso: ¡hagan nuestros libros más baratos! Decía el biógrafo Reiner Stach que Kafka se preguntaría por qué nos interesa su fracaso. Lo mismo se pregunta Van Gogh. La posteridad es caprichosa. Son casos excepcionales. Voltaire leyó una Oda a la Posteridad de un oscuro poeta. “No creo que llegue a su destino” sentenció Voltaire. Acertó.

https://selvadevariaopinion.blogspot.com/

Javier Marías. Memorias del coronavirus/ CXXXVII

imagen pluma firmas

GIL GAMÉS

Jueves 22 de octubre. 10.30 am. Molicie y desinterés. Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio Gil pensaba en ofrecer algunos subrayados a sus atentos lectores, Mju. En el prólogo a la edición ampliada de Literatura y fantasma (Alfaguara, 2001) el autor de Corazón tan blancoMañana en la batalla piensa en mí y Todas las almas, entre otras muchas novelas, confiesa: “Tendré que plantearme en serio, un día de estos, por qué, pese a todo, sigo empeñándome en escribir novelas, aunque sea de tarde en tarde. La fuerza de la costumbre, tal vez, o la extraña e incongruente fe que a menudo mueve a los descreídos”. Gamés presenta algunas revelaciones del “Taller Marías”.

***

En el inicio de mis novelas suele haber una imagen, o una frase, o una situación aislada que sin embargo necesitan de algo que les dé cabida, que las albergue, para cobrar pleno sentido. Y creo que, en efecto, no son pocas las ocasiones en que el edificio entero de una novela no tiene más misión ni más razón de ser que las de arropar y posibilitar una oración, unos párrafos, unas pocas páginas, que por sí solas serían impresentables o gratuitas o inanes o harían sonrojar a su autor, y que en cambio, insertas en una complicada trama y una complicada estructura, quizá en boca de un personaje, resultan aceptables o necesarias o reconocibles como verdaderas y constituyen para su autor motivo de satisfacción, o por lo menos no de vergüenza.

***

Las tentaciones más peligrosas de un escritor que empieza son dos principalmente: una, la de la originalidad o, dicho de otra manera, la de sentar plaza de nuevo Joyce, por mencionar a quien injustamente ha quedado en los manuales de literatura como el mayor innovador del siglo. La otra es la de “contar lo que ve y vive”, “dar testimonio” de su mundo, o de su época, o de su generación, o de sí mismo. Es decir, la tentación llamada comúnmente autobiográfica. A mi modo de ver, caer en cualquiera de las dos tentaciones es casi siempre un error mayúsculo que, si el escritor incipiente tiene poca fe, poca ironía o poco aguante, le puede costar muy caro.

***

Cuando me hacen esa pregunta retórica que todo escritor padece de vez en cuando, ¿por qué escribo?, suelo contestar que para no madrugar y no tener jefe, y aunque algo de broma hay en esa respuesta y sin duda no fueron esos los motivos por los que empecé a escribir en su día, no es menos cierto que me parecen dos de las mayores y más raras bendiciones que pueden caer sobre los ciudadanos y que sí es seguramente por eso por lo que sigo escribiendo.

***

Yo sé cómo he escrito mis libros y sé por tanto que han sido posibles hasta el extremo de que yo he conseguido hacerlos. Y como soy yo quien los ha hecho, me resulta difícil verles demasiado mérito. Uno admira justamente lo que se sabe o se siente incapaz de realizar, lo que está más allá de su alcance, incluso lo que no le interesaría llevar a cabo, pero percibe que le estaría vedado si le interesara. Esto no es una cuestión de sincera o falsa modestia, aquí la modestia no entra ni sale. Uno puede creer que ha hecho mucho, si es consciente de sus ambiciones y sus modelos literarios y le parece que su obra no queda muy por debajo de sus intenciones. Y a la vez puede creer que ese mucho no es gran cosa una vez que se ha demostrado factible y nada menos que por uno mismo, en quien normalmente no se pone excesiva confianza.

***

[…] sobre todo sé que no tengo nada garantizado, y cada vez que comienzo un libro nuevo mi zozobra respecto a la tarea y al resultado es tan grande como la primera y así será siempre, por mucho que lleguen a persuadirme desde fuera de que en alguna que otra ocasión mal no lo hice.

***

Todo es muy raro, caracho. Como diría Gamés: “Escribo porque me da mi regalada gana”.

Gil s’en va
gil.games@milenio.com

https://www.milenio.com/opinion/gil-games

Los hombres que leen a mujeres

OCTAVIO SALAZAR BENÍTEZ

Catedrático de Derecho Constitucional. Miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional Universidad de Córdoba http://lashoras-octavio.blogspot.com/

Pixabay.
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Siempre que me preguntan cómo los hombres deberíamos iniciar el proceso de transformación que nos lleve a superar el machito que llevamos dentro insisto en una tarea esencial: tenemos que escuchar más a las mujeres, reconocerles su autoridad como pensadoras y creadoras, entablar con ellas diálogos desde la equivalencia. Es decir, tenemos que ser militantes en la superación del mandato de silencio con el que el patriarcado condenó a las mujeres a la servidumbre y a un estatus devaluado de ciudadanía. Y para ello, los hombres tenemos que desaprender lo que nos enseñó Telémaco y lo que tantos dioses, terrenales o no, han marcado en nuestra memoria de seres privilegiados y aparentemente autosuficientes.  Es imposible tener conciencia de género, que es el primer paso para convertirnos en hombres igualitarios, si no ampliamos nuestra visión del mundo e incorporamos a ella lo que han vivido y sufrido nuestras compañeras, lo que han aportado al pensamiento, lo que han peleado y lo que han sacrificado, lo que por ser vivido por ellas siempre entendimos que era secundario o que valía menos. Tenemos que escucharlas y leerlas más. Solo así podremos ir abriendo las cadenas que durante siglos hicieron que ellas no representaran lo universal y que, además, carecieran de trayectorias individualizadas. Éramos nosotros los detentadores de la Cultura, y los legitimados para crearla y administrarla, mientras que ellas esperaban, eternas Penélopes, en una Naturaleza que las condenaba a la pasividad solo rota por su función de reproductoras y cuidadoras.

A pesar de todas las conquistas igualitarias del siglo XX, y de la presencia contundente y crítica del feminismo en la opinión pública en los últimos años, las mujeres siguen sin estar en los libros que nos educan, en las referencias simbólicas que describen la genialidad, en los púlpitos que conceden autoridad a las palabras. Lo femenino, aplicado a la creación y la cultura, sigue detectándose como un barrio en las afueras o, en el mejor de los casos, como una etiqueta políticamente correcta que en un momento dado puede servir para seducir al mercado. Los hombres seguimos resistiéndonos a compartir esos espacios que ocupamos con no pocas dosis de violencia simbólica. Continuamos siendo los dueños y señores del canon, de las referencias que figuran las listas que marcan lo valioso, de los manuales con los que continuamos maleducando a las jóvenes generaciones. Un ejercicio de dominio que, me temo, solo podremos quebrar si empezamos por algo tan sencillo, pero al parecer tan complejo para algunos colegas de fratría, como leer lo que escriben las mujeres, incorporando sus vivencias de este mundo que habitamos juntos a nuestra mirada sobre lo humano. Solo así será posible avanzar hacia una democracia paritaria, desmontar los géneros y acabar con nuestro monopolio de los púlpitos.

Jonás. Mapa del buen traidor, de Mercedes de Pablos, El hijo zurdo, de Charo Izquierdo; Cómo decir deseo, de Salvadora Drôme, Las malas, de Camila Sosa, La mujer invisible, de Caroline Criado-Pérez, Memoria de la melancolía de María Teresa León, los Diarios de Virginia Woolf, o Un amor, de Sara Mesa, son solo algunos de los títulos que me han acompañado en los últimos meses. Gracias a sus autoras no solo he vivido emociones, sino que también me he hecho preguntas que no imaginaba, me he visto en el espejo de manera distinta a como lo hacía antes de leerlas, he realizado viajes a lo más hondo de las pasiones y de las miserias humanas. Me he reconocido y las he reconocido. Y he seguido, sin pausa, corrigiendo esa injusta tendencia que durante casi la primera mitad de vida hizo que leyera a muchos hombres y a casi ninguna mujer. Convencido de que solo los hombres que leen a las mujeres serán capaces de iniciar la revolución que ellas llevan siglos esperando.  Las que nos lleve a un mundo sin genios ni musas.
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Más allá de ‘Frankenstein’: redescubre a Mary Shelley a través de cuentos y novelas de apocalipsis pandémico

Publicó la muy influyente y debatida Frankenstein o el moderno Prometeo con solo 18 años. Vivió un agitado amor marcado por las infidelidades, los accidentes y las enfermedades mortales con el literato Percy Bysshe Shelley. Y su vida familiar estuvo marcada por una madre ausente, la pensadora feminista Mary Wollstonecraft (que murió tras alumbrarla), y por varios años de repudio de su padre, el librero y escritor anarquista William Godwin.

El legado creativo y las turbulencias vitales de Mary Shelley la han convertido, como afirma el escritor y traductor Gonzalo Torné en su introducción de la colección de relatos Amar y revivir, en una estrella pop de la literatura inglesa. Este interés generado alrededor de la autora, que también ha germinado en una reciente película biográfica, facilita la recuperación de algunas de sus obras.

Durante décadas, la novela más popular (y ópera prima) de su autora y algunos de sus cuentos fantásticos han centrado la atención, pero el bicentenario de la publicación de su debut tuvo un impacto dinamizador y parcialmente diversificador: la publicación de una biografía, de varios ensayos, de ediciones críticas de la misma Frankenstein o de la nouvelle Mathilda. Este impacto ha continuado con un goteo de novedades editoriales. Hermida Editores ofrece un volumen de cuentos selectos, el mencionado Amar y revivir, mientras que Akal ha editado una traducción íntegra (y acompañada por una introducción crítica) de la monumental muestra de literatura apocalíptica El último hombre.

Romances, fantasías y desesperos breves

En su prólogo a Amar y revivir, Torné explica que esta publicación no aspira a descubrirnos una nueva Mary Shelley. El propósito es práctico: proporcionar “una selección sustanciosa, con el mínimo posible de páginas grises, desganadas o por cuajar” de la narrativa breve de la escritora. Como explica Torné, su propio gusto coincide principalmente con los cuentos más conocidos y elogiados, así que se vuelve a poner a disposición del público lector relatos como El mortal inmortalLa transformación o El sueño, ya recuperados décadas atrás por la editorial Valdemar mediante el volumen Cuentos góticos. Añade otras piezas menos divulgadas como La parvenue, donde se escenifica de manera especialmente dramática los problemas de las mujeres de la época para conciliar destinos marcados (como el matrimonio y el cuidado de los familiares) que pueden colisionar.

El elemento fantástico emerge en varias de las composiciones seleccionadas: encontramos duendes transformistas, reanimaciones tras siglos de congelación y elixires que proporcionan una longevidad extraordinaria. También comparece la fascinación por los esplendores en ruinas de la cultura greco-latina. Los conflictos se resuelven, a menudo, de manera romántica: en El mortal inmortal, el impulso suicida del protagonista le lleva a fantasear con un viaje hasta los confines de la Tierra que puede remitir a los paisajes congelados de Frankenstein o el moderno Prometeo.

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Como suele suceder en el ámbito romántico, la narrativa corta de Mary Shelley tiene cierta tendencias que podríamos calificar figuradamente como bipolares: las alegrías intensas y los entusiasmos extáticos se alternan, en ocasiones de manera abrupta, con melancolías abismales que succionan cualquier ilusión. Con todo, y aunque sean frecuentes los pasajes de angustia y desespero, no faltan los momentos de ligereza e incluso algunos finales felices. Porque la catarsis no siempre debe asociarse con la tristeza.

En una lectura moderna, los cuentos de Shelley pueden resultar entretenimientos más o menos exquisitos. Los más aficionados a los terrores literarios no hallarán en ellos los escalofríos que generan las obras de autores de generaciones ligeramente posteriores, como Sheridan Le Fanu y sus cuentos de fantasmas. La autora de Frankenstein propone más fantasía y amores que horror. Y lo hace salpimentando las situaciones imaginativas con ecos autobiográficos y algunos hilos implícitos o explícitos de denuncia social. Podemos encontrar una estocada crítica e inusualmente punzante al androcentrismo en el desenlace de La novia de la Italia moderna, que nos muestra como una mujer es objeto de deseos extremos y apasionadísimos… que resultan fácilmente desechables para los hombres protagonistas cuando las circunstancias se tornan adversas. La mujer, en cambio, permanece encadenada porque no se la permite decidir por sí misma.

En una lectura moderna, los cuentos de Shelley pueden resultar entretenimientos más o menos exquisitos

La peste como fin de todas las cosas (humanas)

Si algunos cuentos de Shelley tratan de romances cortesanos y litigios dinásticos, esta desarrolló estos materiales como un tour de force de largo recorrido en El último hombre. Los restos de elaboración literaria de experiencias personales también marcan una obra que puede considerarse una fantasía construida sobre la trágica mortandad de los seres queridos de su autora. La muerte de las personas amadas, y la consiguiente sensación de quedarse sola en el mundo, se traslada a las páginas de una novela protagonizada por un hombre que contempla como toda la humanidad (¿sin excepciones?) va pereciendo tras el estallido de una indomable pandemia de peste.

El último hombre puede considerarse una de las experiencias más inmersivas en el imaginario del romanticismo literario. Incluye todo lo que podemos esperar (parlamentos floridos, amores intensísimos y pasiones destructivas, solitarios desesperos, abundantísimas referencias literarias y mitológicas) y lo incluye en enormes cantidades. Si en la mente de algunos grandes autores del romanticismo tuvo lugar un forcejeo (apasionado, por supuesto) entre optimismo y pesimismo, esta propuesta toma partido claro por la segunda opción. Deviene casi una experiencia agónica, convenientemente extenuante dado que acaba tratando lo que parecen los tristes últimos momentos de la humanidad.

El fatalismo que transmite la lectura no solo tiene que ver con las heridas vitales de su autora, o con la naturaleza de la narración. Parece traslucir un desencanto general que también es político y que no está exento de fricciones o contradicciones. Sin poder distinguir exactamente en qué puntos la autora suscribe la visión de su narrador, en qué puntos discreparía, y qué importancia puede tener en todo ello su dependencia económica de fortunas conservadoras, se proyecta la admiración por unos individuos de grandes capacidades (pero no exentos de cegueras egoístas y pulsiones destructivas, como su amado Percy Shelley o su amigo lord Byron) que siempre provienen de linajes ilustres.

La admiración por la sensibilidad y la formación cultural también viene acompañada de gestos potenciales de elitismo social (aparecen varias referencias a “muchedumbres” siempre necesitadas de liderazgos que pueden ser benéficos o malvados) enrarecidos por una mórbida atracción por la muerte como mecanismo de igualación.

‘El último hombre’ puede considerarse una de las experiencias más inmersivas en el imaginario del romanticismo literario

La Inglaterra de finales del siglo XXI que se dibuja con más de dos siglos de antelación es republicana, pero Shelley proyecta en ella un desengaño que no solo atañe a los movimientos revolucionarios. Incluso parece desconfiar del horizonte de mejora progresiva de la especie mediante la expansión de los derechos ciudadanos y de la educación. Lo religioso, al menos en sus formas más sectarias, también recibe la correspondiente ración de críticas en forma de siniestro culto a la extinción liderado por un tirano.

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Los aficionados que asuman su retórica romántica encontrarán una maratón narrativa que no encaja demasiado con lo que solemos entender como ciencia ficción. Sí, aparece una emplumada mezcla de avión y globo como método de transporte avanzado en un mundo dominado por los barcos. Con todo, la ausencia de tecnología, incluso la falta de relevancia de una medicina implícitamente resignada ante los estragos de la epidemia, resulta curiosa y sorprendente en una obra firmada por la creadora de Frankenstein.

Quizá Shelley consideró que los juegos de anticipación podían distraer del factor humano. Su visión también puede vincularse con la tendencia a imaginar el futuro desde los marcos del presente: parte de su propio contexto, de sus referencias literarias y de sus parámetros creativos. E imagina un mundo por venir sin grandes cambios, concebido desde el relativo estatismo de una sociedad que no había conocido las aceleraciones tecnológicas de la segunda y la tercera revolución industrial, que resulta tan frágil como cualquier otra construcción humana cuando entran en liza peligrosos microbios.

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Cocinar nos hizo humanos, pero las especias nos mantuvieron a salvo

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Desde Darwin, la evolución humana se ha atribuido a nuestra inteligencia y adaptabilidad. Hace cuarenta años, el biólogo evolucionista Faustino Cordón publicó un libro, Cocinar hizo al hombre, en el que expresaba su convicción de que nuestra especie solo pudo separarse del resto de los primates cuando, con ayuda del fuego, transformó el alimento en comida más adecuada.

Nadie sabe cuándo los humanos empezaron a cocinar alimentos. Hay evidencias sólidas de que nuestros ancestros utilizaban el fuego hace 300 000 años, pero el primatólogo Richard Wrangham piensa que en realidad nuestros antepasados ya dominaban el fuego un millón y medio de años antes. Es decir, mucho antes de que fuéramos propiamente humanos.

Como Cordón, pero más de cuarenta años después, Wrangham sostiene que nuestro éxito es el resultado de la cocina. El cambio de alimentos crudos a alimentos cocinados habría sido el factor clave en la evolución humana. Una vez que se comenzó a cocinar, el tracto digestivo humano se contrajo y el cerebro creció. El tiempo sobrante, antes dedicado a masticar alimentos crudos y duros, podría utilizarse para cazar, recolectar, atender a la prole y cuidar del campamento.

Cocinar tiene múltiples ventajas: mata las toxinas, mejora el sabor, hace que las sustancias duras resulten masticables, amplía extraordinariamente el abanico de productos comestibles y, sobre todo, incrementa enormemente la cantidad de calorías que los humanos podemos extraer de lo que comemos, lo que nos proporciona la energía necesaria para desarrollar un cerebro grande. Este órgano quema una buena cantidad de calorías para funcionar, unas 400 al día.

Cocinar nos hizo humanos, pero las especias nos mantuvieron a salvo

Mosaico de 24 fotomicrografías ópticas del corte transversal de una hoja de romero (Rosmarinus officinalis). En el envés foliar las flechas señalan los tricomas en los que se almacenan los volátiles aromáticos que hacen de este arbusto mediterráneo uno de los condimentos más apreciados en todo el mundo. Luis Monje.

En general, la cocina ayudó a nuestra evolución, pero lo que realmente impulsó nuestra competencia frente a los patógenos fue muy probablemente el uso de las especias. En la naturaleza, las especias son agentes de la guerra química que mantienen las plantas frente a los patógenos y los herbívoros que las atacan.

“Especia” es un término culinario, no una categoría botánica. No se refiere a un tipo de planta ni a alguna de sus partes. Provienen de diversos arbustos leñosos y enredaderas, árboles, líquenes y de las raíces, flores, semillas y frutos de plantas pertenecientes a familias muy dispares que comparten la producción (por diferentes vías metabólicas) de sustancias volátiles aromáticas.

Durante miles de años, los materiales vegetales aromáticos se han utilizado tanto en la preparación y conservación de alimentos, como en el embalsamamiento en las regiones de procedencia de las plantas aromáticas, como Egipto, el Indostán y las Islas de las Especias.

Especias variadas en tazones.
Shutterstock / Dmitr1ch

Propiedades antimicrobianas de las especias

¿Por qué se usan las especias? La respuesta obvia es que mejoran el sabor, el color y la palatabilidad de los alimentos. Por supuesto, eso es cierto en términos relativos, pero una explicación tan rotundamente antropológica no aborda las cuestiones de fondo del porqué las cocinas que contienen productos vegetales picantes son muy diferentes a lo largo y ancho del globo.

Una pista sobre la razón de su uso puede estar en los efectos protectores de los fitoquímicos contra los enemigos bióticos de las plantas. Bacterias y hongos también atacan a la carne y a otros alimentos y, de hecho, lo hacen algunas de las mismas especies que atacan a las plantas.

A lo largo de la historia, las bacterias transmitidas por los alimentos (especialmente ClostridiumEscherichiaListeriaSalmonellaShigella y Vibrio) y sus toxinas han causado y todavía causan graves problemas sanitarios.

Cocinar nos hizo humanos, pero las especias nos mantuvieron a salvo

Figura 1. Propiedades antimicrobianas (es decir, inhibición del crecimiento o muerte) de treinta especias. Las especias están ordenadas de mayor a menor capacidad inhibidora. Cada barra indica la fracción de todas las especies bacterianas que alteran los alimentos en las que se ensayaron. Las treinta especias inhibieron o mataron algunas bacterias; quince inhibieron o mataron al menos al 75 % de las especies, y cuatro (ajo, cebolla, pimienta de Jamaica y orégano) inhibieron o mataron a todas las especies ensayadas. Modificado de Billing y Sherman (1998). The Quarterly Review of Biology, Vol. 73 (1). Luis Monje

Si las especias mataran tales microorganismos o inhibieran su crecimiento antes de que pudieran producir toxinas, su empleo culinario podría reducir las enfermedades transmitidas por la intoxicación alimentaria. Esto las convertiría en una poderosa herramienta de la selección natural.

La capacidad antimicrobiana no es, por supuesto, la única razón por la que elegimos especias para nuestra comida, pero tal vez sea o haya sido un factor contribuyente. Si esta hipótesis antimicrobiana fuera cierta, se deberían cumplir varias premisas.

En primer lugar, las especias deberían mostrar actividad antibacteriana y antifúngica. Sabemos que muchas especias tienen potentes propiedades antimicrobianas (Figura 1). La mayoría de los microorganismos ensayados están ampliamente distribuidos geográficamente, por lo que tienen el potencial de contaminar los alimentos en cualquier parte del mundo.

En segundo lugar, el uso de especias debería ser mayor en climas cálidos, donde los alimentos no refrigerados se estropean con especial rapidez. A medida que las temperaturas medias aumentan, hay incrementos significativos en la cantidad media de especias por receta tradicional y en el número de las diferentes especias utilizadas (Figura 2).

Por ejemplo, la cocina de la India utiliza veinticinco especias diferentes (una media de 9,3 por receta), mientras que la cocina noruega utiliza solo diez especias diferentes (una media de 1,6 por receta.

Cocinar nos hizo humanos, pero las especias nos mantuvieron a salvo

Figura 2. Relaciones entre la temperatura media anual (T) y el uso de especias en 34 países analizados. (a) Relación entre T y la proporción de recetas con carne que requieren al menos una especia. (b) Relación entre T y el número medio de especias por receta. (c) Relación entre T y el número total de especias utilizadas en el país. Las recetas típicas de lugares con climas cálidos, en los cuales las bacterias transmitidas por alimentos pueden proliferar con efectos devastadores, tienen una tendencia a incorporar combinaciones o concentraciones de especias que son más efectivas contra las bacterias que las recetas de climas más fríos. Modificado de Billing y Sherman (1998). The Quarterly Review of Biology, Vol. 73 (1). Luis Monje.

En tercer lugar, las recetas de climas cálidos deberían inhibir una mayor proporción de bacterias que las de climas fríos. Está comprobado que a medida que aumentan las temperaturas anuales, el porcentaje de bacterias inhibidas por las especias en las recetas de cada país aumenta significativamente.

Por tanto, la cocina de los países más cálidos tiene potencialmente una mayor actividad antibacteriana.

Un cuarto supuesto que debería cumplirse es que, dentro de un mismo país, la cocina de latitudes y altitudes mayores (es decir, de climas más fríos) debe contener menos especias y menos potentes que la cocina de latitudes y elevaciones más bajas. Utilizando como muestra recetarios de China y Estados Unidos, en ambos países las recetas que requieren al menos una especia y la frecuencia de uso de especias altamente inhibidoras son más numerosas en las regiones del sur que en las del norte. En ambos países, las especias requeridas como media en una receta sureña tenían un potencial antibacteriano significativamente mayor que las de las recetas septentrionales (Figura 3).

Por último, la cocción no debería destruir la potencia de los fitoquímicos contenidos en las especias. La mayoría de los fitoquímicos son termoestables, aunque algunos son destruidos por el calor. Algunas especias (por ejemplo, ajo, pimienta, romero y cebolla) se añaden típicamente al comienzo de la cocción, mientras que otras (por ejemplo, perejil y cilantro) se añaden casi al final.

Cocinar nos hizo humanos, pero las especias nos mantuvieron a salvo

Figura 3. Relaciones entre la temperatura media anual de cada país y la proporción de recetas a base de carne que requieren una de las tres especias altamente inhibidoras (al menos 75% de inhibición bacteriana; ver la Figura 1). Modificado de de Billing y Sherman (1998). The Quarterly Review of Biology, Vol. 73 (1). Luis Monje.

Si, como parece probable, las especias termoestables son las que se agregan primero y las especias termolábiles se agregan más tarde (o se usan principalmente como condimentos), las diferencias en el momento de su utilización pueden funcionar para mantener las propiedades antimicrobianas beneficiosas (y los sabores correspondientes) hasta que se sirva la comida.

Orígenes del uso de las especias

¿Cómo empezó el uso de las especias? Cabe suponer que los humanos comenzaron a cocinar con especias cuyos sabores eran atractivos o que les hacían sentirse bien (debido a efectos digestivos o antihelmínticos, entre otras cosas).

Como resultado, las familias que consumían especias también pudieron haber tenido menos probabilidades de sufrir enfermedades transmitidas por intoxicación alimentaria que las familias que no consumían especias, especialmente en climas cálidos.

Además, las familias que consumían especias probablemente pudieron almacenar los alimentos por más tiempo antes de que se echaran a perder, lo que les permitiría tolerar períodos prolongados de escasez de alimentos. La observación e imitación de los hábitos de preparación de alimentos de estas familias más sanas por parte de sus vecinos podría haber extendido rápidamente el uso de las especias por toda la sociedad.

Las familias que usaban especias apropiadas probablemente tendrían descendencia más sana y robusta, que luego aprendería las tradiciones del uso de especias de sus padres. La selección natural en marcha.

En la era victoriana en la que se educó Darwin, los hombres no pisaban la cocina jamás. De haber conocido estas cosas, quizás hubiera incorporado De re coquinaria a sus libros de cabecera.

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[Adelanto] Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras de Lenore Kandel

[Adelanto] Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras de Lenore Kandel

Lenore Kandel (1932-2009) fue una mística y poeta de la generación beat. En 1966, un panfleto con sus poemas, The Love Book, fue confiscado por la policía de San Francisco y después declarado «pornografía sin ningún valor social». Felizmente, la revuelta que generó su censura solo la hizo más leída.

El ensayo sin título que presentamos a continuación apareció en el único libro que publicó en vida: World Alchemy: Poems by Lenore Kandel (Grove Press, NY, 1967), y es parte de Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras, antología próxima a ser publicada en Lima por la editorial Baalbuceantes. La traducción es de Aaron Gallardo.


La poesía nunca es compromiso.

Es la manifestación/traducción de una visión, una iluminación, una experiencia. Si comprometes tu visión te vuelves un poeta ciego.

Hoy ya no tiene sentido aquella poesía que existe principalmente como ejercicio de destreza. El oficio es valioso mientras sirva como brillante partera de claridad, belleza, visión; cuando se enamora de sí mismo produce masturbación de palabras.

Los poemas que escribo conciernen a todos los aspectos de la criatura y el universo total a través del cual se mueve. El fin es dirigido a un incremento de conciencia. Puede ser conciencia de la forma en que un ave corta el aire con su vuelo o conciencia de la dificultad y necesidad de confianza o conciencia del deseo de conciencia y también del miedo a tomar conciencia. Esto puede lograrse a través de la belleza o el shock o la risa, pero la dirección siempre hacia la visión despejada, interior y exteriormente.

Esto demanda honestidad en el poeta y el poema. Una honestidad a veces celebratoria y otras dolorosa, sea del poeta, el lector o ambos. Dos poemas míos, publicados en un pequeño libro, tratan el amor físico y la invocación, el reconocimiento y la aceptación de la divinidad en el hombre a través de este amor físico. En otras palabras, se siente bien. Se siente tan bien que puedes salir de tu ego privado y compartir la gracia del universo. Esta oración tan simple y bastante evidente, amplificada y practicada poéticamente, levantó un furor difícil de creer. Gran parte del furor fue causado por el uso poético de ciertas palabras de cuatro letras de origen anglosajón en lugar de gentiles eufemismos.

Esto nos lleva a la cuestión del lenguaje poético. Lo que es lenguaje es lenguaje poético, y si la palabra que un poeta requiere no existe en los lenguajes que conoce, depende de él o ella descubrirla. Con la única condición de que la palabra sea la palabra correcta demandada por el poema, y solo el poeta puede ser el último juez de eso.

Los eufemismos escogidos por temor son un pacto con la hipocresía y destruirán inmediatamente el poema y eventualmente destruirán al poeta.

Cualquier forma de censura, sea mental, moral, emocional o física, sea de dentro hacia afuera o de afuera hacia adentro, es una barrera contra la conciencia de uno mismo.

La poesía está viva porque es un medio de visión y experiencia.

No es necesariamente cómoda.

No es necesariamente segura.

La poesía ha salido de las aulas hacia las calles y ha traído un cruce de polinizaciones cuyos frutos se hacen viables en ambos medios. La academia se ha acostumbrado a alimentar el miedo a la ofensa, es decir aquello que pueda ofender a alguien. Las visiones y la lengua han sido a menudo eclipsadas y enmudecidas, el poema muchas veces ha sido un vehículo de gimnasia literaria.

La poesía de la calle evita la trampa del miedo pero a menudo pierde su visión por falta de claridad, por dejadez, por falta del arte del oficio.

La poesía como poesía no necesita ser clasificada en alguna de estas casillas o ninguna otra. Existe. No puede existir en compañía de la censura.

Cuando un poeta censura su visión ya no puede decir la verdad tal y como la ve. Cuando censura el lenguaje del poema no usa las palabras que son para él las palabras más perfectas que puede usar. Esta auto-atrofia resulta en una limitación artificial impuesta por un arte cuya dirección se encuentra más allá de lo concebible.

No hay barreras entre poesía o profecía; ambas son por naturaleza destructoras de cadenas, estallidos de percepción, líneas hacia la infinidad. Si un poeta miente sobre su visión miente sobre sí mismo y en sí mismo; esto produce una barrera real. Cuando un poeta usa un lenguaje que no es el perfecto para el poema, se vuelve una persona de miedosa conveniencia.

Cuando una agencia exterior intenta censurar la poesía, se censura la aceptación de la verdad y el salto hacia la revelación.

Cuando una sociedad tiene miedo de sus poetas, tiene miedo de sí misma. Una sociedad con miedo de sí misma es otra definición del infierno. Un poema que es escrito y publicado se hace disponible a todos quienes quieran leerlo. Esto me parece a mí que implica una responsabilidad primaria en el poeta: Que él dice la verdad como la ve. Que la diga tan bella, tan asombrosamente como pueda; que incendie su propio sentido de la maravilla; que trabaje la alquimia en el lenguaje: Estas son la forma y la existencia de la poesía.

Buena parte de la audiencia de la poesía moderna es joven. Nos movemos en un mundo donde las polaridades y posibilidades de la vida y la muerte existen como conciencias ubicuas. Una vez el concepto y la disponibilidad de la sobresaturación se hicieron conocimiento público, el aura de posibilidad de la muerte cósmica se hizo visible. Hemos tenido eras en las que los jóvenes podían deslizarse suavemente en las vidas de los mayores, que si querían ignorar los problemas profundos de la humanidad, de la relación del hombre con el hombre, podía ser fácil lograrlo. Este no es tiempo como ellos y las elecciones de los jóvenes son profundas y difíciles. A los dieciocho el joven debe decidir si entrará al pasatiempo nacional de la muerte. Una gran mayoría de jóvenes están decidiendo manifestar una forma distinta de vida, una motivada hacia el placer, hacia la iluminación y la preocupación mutua, en vez de aceptar el mundo de la guerra y el desgarro personal que se les ha sido ofrecido por la mayoría de sus mayores.

Hay que tomar decisiones duras y no hay forma posible de evitarlas.  

Aquellos que leen poesía moderna lo hacen por placer, por entendimiento, algunas veces por consejo. Lo mínimo que pueden esperar es que el poeta que comparte sus visiones y experiencias con ellos lo haga sin hipocresía. Comprometer la poesía al oficio es el pequeño, suave asesinato del alma.

San Francisco 1967

[Adelanto] Hemos sido todos hermanos hermafroditas como ostras de Lenore Kandel

Aaron Gallardo (Lima, 1996). Estudió Lingüística y solía trabajar como intérprete. Ha traducido a Ginsberg y Ferlinghetti para su pequeña editorial marica @baalbuceantes, con la que publicó su primer libro Los sodomitas de las Colonias, que se puede leer aquí: https://drive.google.com/file/d/1OsijIlPgKvjaD6VRSaURTiyh4U239acM/view. Grafitea de noche.

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