En la isla desaparecen las cosas, desde lazos para el cabello hasta perfumes, cascabeles, sombreros o pájaros. Cuando las rosas se esfuman para siempre, los días no se vuelven más ás­peros. Porque sus habitantes están hechos de una pasta que les hace borrar la me­moria, y no añoran lo que pierden. Aun así, los agentes del orden inspeccionan las ­casas en ­busca de recuerdos para destruirlos –fotografías sobre las aves ya extinguidas, por ejemplo– o para capturar a los resistentes, individuos capaces de recordar, por lo que deben esconderse. Es el arranque de la ­historia de Yoko Ogawa en La ­policía de la memoria (Tusquets), y sus páginas te enredan en lo que sería una vida amnésica, sin pasado.

¿Cómo nos dibujan nuestros propios recuerdos? Qué importancia tiene lo que se ha filtrado por el coladero del olvido y permanece “como si lo estuviera viendo ahora”. Algunas escenas se grabaron en un mármol indestructible. La muerte del padre –todavía hueles el cloroformo del hospital de paliativos–; el parto y el hilo rojo del ombligo; aquel primer mensaje de amor, palabra por palabra. Pero además habitan en el disco duro una colección de pisos alquilados –y tú en ellos–, de habitaciones de hotel o cachivaches inútiles. Entre lo memorable hay chatarra, souvenirs en miniatura que se han ido mudando contigo.

Los objetos viejos derraman su misterio en los mercadillos. No podían nombrarse mejor: Encants, un espacio donde se cruzan pasado y presente, levantando un hechizo que te envuelve en un ánimo preciso. En el libro homónimo, una memoria gráfica de la feria de Barcelona con fotografías de Rafael Vargas y textos de Victoria Bermejo, una se sumerge en una sobredosis de realismo a veces mareante, igual que su oferta. Y a través de la vajilla de porcelana o los espejos de tocador, de los colchones postrados ante una fachada, las vírgenes, los relojes, los soldaditos y las perlas, se prolonga la rueda de la existencia. Su poética decadente nos atrapa, aunque no que­ramos vivir rodeados de ella, basta un ­condimento en el plato que nos sitúe en medio del caos que nosotros seguimos imaginando como el fluir de esa sinuosa línea entre el nacimiento y la muerte. Con el tiempo, aprendemos a aligerar bultos, a deshacernos tanto de amigos y conocidos como de zapatos. Pero algunos de ellos regresan. La fortuna de hallar una pitillera de plata o de reencontrarte con un antiguo compañero de pupitre te regala una perspectiva literaria de tu propia vida, porque recordar también es volver a ser. Y no hay pócima que lo iguale.

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