Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Prefacio. Palabras que queman, por Bertrand Visage

 

En primer lugar, conviene recordar que este libro que tiene en sus manos produjo, cuando se publicó por primera vez en 2001, el efecto de un meteoro deslumbrante y algo enigmático. Por un lado, nos parecía que emergía de un rincón del universo infinitamente lejano y desconocido, pero sobre todo, y esto es característico de los meteoros, el libro en cuestión tenía algo de performance imposible de repetir, sin futuro. Era un pedazo de carbón incandescente, estéril como un desierto, que acabaría extinguiéndose solo, dejándonos con la boca abierta. Nelly Arcan solo escribiría una novela; y, una vez publicada, de una forma u otra llevaría a cabo ese gesto que bulle entre las líneas de Puta: pasaría por encima de la barandilla de un balcón, clavaría un gancho en el techo, tendría un encuentro fatal, se atiborraría con algo.

Pero nos equivocamos, al menos en parte. Eso que presentíamos tardó un tiempo en suceder. Exactamente, ocho años: de septiembre de 2001, fecha de publicación de Putacuyo manuscrito había llegado a Seuil por correo, en febrero, con el nombre del registro civil Isabelle Fortier, a septiembre de 2009, la noche en que Nelly Arcan pone el punto final a todo tras las paredes de ladrillo de un edificio en Plateau-Mont-Royal, en Montreal, donde vivía sola con sus dos gatos siameses. Por cierto, ¿qué edad tiene en ese momento? ¿36 años o 38?

Nelly cambiaba mucho sus declaraciones, rehacía su biografía igual que remodelaba su cuerpo, su rostro. Animal perseguido que debe cambiar constantemente de envoltura para mantener a raya a sus depredadores. En esa época, asegura que ha dejado de prostituirse; es falso. Su “patrona” le saca pocos años. Ella y unas cuantas chicas más forman un grupito espectacular, muy norteamericano: hablan de temas insustanciales, se emborrachan a base de champán, se relacionan con hombres ricos. Nelly a veces pierde las llaves de su apartamento y duerme acurrucada en el felpudo de la entrada. ¿Dónde está Nelly en las derivas de Isabelle? ¿Quién es una, quién es la otra? Ahí radica el misterio: parecía un personaje de su propia historia, una de esas mujeres perdidas a las que tan cruelmente retratará en sus novelas posteriores, Loca À ciel ouvert.

Pero volvamos a la recepción del primer manuscrito. En Seuil, donde lo leyó por primera vez Françoise Blaise, que en esa época estaba a cargo de la literatura quebequesa, las reacciones oscilaron entre el estupor, el entusiasmo y la perplejidad. Lo que produjo un profundo impacto no fueron tanto los hechos relatados como el lenguaje en sí mismo. En cualquier caso, nunca habíamos leído nada parecido. Me pidieron que cogiera un avión ese mismo día y pasara el fin de semana en Montreal. Cuando llegué, hacía un frío polar. Nelly Arcan y yo nos reunimos en el vestíbulo de un gran hotel; le anuncié sin preámbulos que íbamos a publicarla, a firmar un contrato. Sin embargo, deseaba compartir con ella las preguntas que habían cruzado la mente de sus primeros lectores, y quería saber si se sentía capaz de escribir, por ejemplo, un prefacio en el que desvelara detalles de su persona, de su infancia, etcétera.

La mirada azul pálido que rehuía la mía no se enturbió, ni ante los cumplidos ni ante las reservas. Estaba dispuesta a ponerse manos a la obra de inmediato. De hecho, pocos días después llegó el prefacio. Era Nelly Arcan en estado puro: una auténtica pieza de literatura, sin duda, pero también una negativa rotunda y elegante a aportar ninguna de las respuestas deseadas…

“No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos […]. ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?”.

Al transcribir estas líneas, al volver a ver esa salmodia repetitiva y ese tempo tan característicos de Nelly Arcan, esa forma de caldear la oración “a trompicones”, me acuerdo de lo que decía algunas veces: “He leído poco, pero he leído bien. Básicamente, la Biblia y a Dostoievski. Y Los cantos de Maldoror.

Sus libros son cantos, ciertamente. Sobre todo, este. Es inútil buscar escenas de la vida de una prostituta. No hay narración, y muy pocas descripciones. Solo este planteamiento desgarrador: ¿por qué yo, una joven de clase media, buena estudiante, tímida, nacida en Lac-Mégantic, cerca de la frontera con Estados Unidos, rodeada de una madre deprimida, de un padre intolerante que creía en el diablo, de una hermana fantasmal (otro pacto con la verdad: esta hermana no existe), de un hermano marinero (aunque soy yo quien lo incluye porque, a diferencia de la hermana inventada, nunca se habla de él), por qué, decía, en cuanto llegué a la gran ciudad, al tiempo que me matriculaba en la universidad y escribía una tesis, por qué respondí a un anuncio en el que se buscaban escorts y me metí de lleno en este oficio que ya nunca quise dejar?

Afortunadamente, en Montreal conoce a un hombre que tendrá una influencia decisiva en su destino intelectual y que será una especie de tutor hasta el final. Patrick Cady es psicoanalista; ejerce en Outremont, la parte francófona y jasídica de la ciudad, y –esto no es banal–, paralelamente, se labra una carrera como escultor, utilizando materiales que trae de los confines de la civilización, huesos de ballena o piedras del Gran Norte canadiense.

Cuando va a verlo, le pide dos cosas: seguir una terapia y que la ayude con la escritura. Pero las primeras entrevistas ponen de manifiesto la envergadura de la tarea. Ella no abre la boca, luego le confía una docena de páginas escritas en un arrebato: es el comienzo de Puta. Comentario de Patrick Cady: “Si me está preguntando si esto puede ayudarla a progresar con la terapia, no tengo la más mínima idea, pero si quiere saber si estas páginas son las de un escritor, bueno, de eso estoy seguro”.*

Nunca dejará de llamarla Isabelle.

Era más poeta que escritora, con eso quiero decir que se ponía delante del ordenador y esperaba, con el ordenador apagado, como si una voz fuera a dictarle lo que tenía que escribir. Pero no soportaba quedarse en casa sola, así que esperaba en los cafés o incluso a veces en mi casa. La veía mirarse en la pantalla negra, a veces hasta una hora, de repente escribía algunas líneas o una página, luego la voz se callaba y volvía a sumirse en la espera.

El libro se publica y tiene un éxito considerable a ambos lados del Atlántico. Un éxito que la devora y la aterroriza. Las apariciones por televisión se multiplican, por lo general son desastrosas, tanto por la imagen que da como por el golpe que supone cada uno de estos fracasos. Por mucho que le expliquemos, ella siempre hace lo que quiere. Se comporta de manera insensata constantemente porque, en el fondo, no tiene la más mínima autoestima y no confía en su talento como escritora, prefiriendo refugiarse en la exhibición del único valor que le parece irrefutable: su cuerpo.

Pasan los años, todo se vuelve triste y violento. Su segundo libro aparece en 2004. Empieza a desagradar, a molestar. Para protegerla de sus demonios (y sus demonios frecuentan sobre todo los bares de Montreal), a Patrick Cady se le ocurre sacarla de allí, y le propone pasar unos meses en Francia. Primero, acude a una clínica psiquiátrica en Rambouillet. El recuerdo que deja allí es, digamos, desconcertante, pues pide que le envíen a su habitación los diez volúmenes que en ese momento había disponibles del Seminario de Lacan, y eso siembra el pánico entre el personal sanitario. Finalmente, ante su falta de cooperación, le piden que se marche; se instala entonces bajo el techo de su editor.

Nelly en el día a día.

Muda, concentrada, trabaja mucho. Sigue con su ritual de esperar frente a la pantalla negra del ordenador.

Por las mañanas, se prepara un capuchino del que hace un uso curioso. No lo prueba y, después de dejar que se enfríe, mete un dedo en la taza y empieza a dibujarse en el muslo arabescos cremosos, jeroglíficos, poemas improbables destinados solo a ella. Practica la misma caligrafía en los restaurantes, sobre los manteles de papel, alrededor de su plato.

En las calles de París, no soporta ver a los enamorados. En cuanto divisa a una pareja coqueteando o besándose, una cólera sorda la invade. Como una herida que se abre. Poco le falta para abofetearlos.

Es difícil evitar que su biografía lo invada todo, ya que se trata de una mujer que hizo del sufrimiento que padeció su único tema. Y que a menudo fue más allá de lo que estábamos preparados para oír:

“Sí, la vida me ha atravesado, no lo he soñado, esos hombres, miles de hombres, en mi cama, en mi boca…”.

El 24 de septiembre de 2009, al final de la jornada, Patrick Cady revisa su email antes de volver a casa y ve un correo firmado por Isabelle, agradeciéndole todo lo que ha hecho por ella. Comprende enseguida lo que significan esas palabras. Se abalanza sobre el teléfono para llamarla a casa. Demasiado tarde. Nelly Arcan ha sido trasladada al Hospital Universitario de Montreal, donde han intentado reanimarla, en vano; había entrado en parada cardiorrespiratoria durante el trayecto en ambulancia.

En el fragor de esta muerte y las controversias que le siguieron, las malas lenguas afirmarán que los textos que la hicieron famosa habían sido retocados, reescritos. Otra vez este desdoblamiento entre las dos Nelly, la falla que se abría entre la fuerza de sus visiones y su incapacidad para aceptarlas en público. Seamos claros: no hay una sola línea que no sea suya ni una palabra que se haya movido, ni en este libro ni en los siguientes.

Esta danza de guerra, este remolino furioso, estas frases en espiral que son como plataformas de lanzamiento. Esta sintaxis tan particular, con dislocaciones, vaivenes, síntesis sublimes, impropiedades, fulgores. La Biblia, Dostoievski, Lautréamont. A ve- ces le gustaba perderse en la abstracción filosófica; sin embargo, incluso esos pasajes que uno no está seguro de entender del todo tienen algo que hace que fluyan de modo natural.

Tan natural como una fuente a cien grados centígrados.

 

* Esta historia me la contó Nelly Arcan y luego me la confirmó Patrick Cady.

 

Puta, por Nelly Arcan

No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos, de definirlos adecuadamente ante Dios, y qué más quiere usted saber, que yo era completamente normal, tirando a buena en los estudios, que en ese mundo de católicos fervientes en el que crecí a los esquizofrénicos los mandaban con los sacerdotes para que los curaran con exorcismos, que la vida allí podía ser muy hermosa si una se contentaba con poco, si tenía fe? ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?

A veces, por la noche, sueño con mi colegio, vuelvo una y otra vez para examinarme de piano y siempre es igual, no encuentro el piano y a mi partitura le falta una página, vuelvo allí siendo consciente de que llevo años sin tocar una nota y de que encontrarme en esa situación a mi edad, como si nada, es ridículo, y algo me dice que sería preferible dar media vuelta para evitar la humillación de no ser capaz de tocar delante de la madre superiora, a la que claramente le importa un bledo que toque o no, porque ella siempre supo que yo jamás sería pianista, que jamás haría nada que no fuera tocar alguna escala de vez en cuando, y en esa escuelita de ladrillos rojos, donde cualquier carraspeo resonaba por todos los rincones, tenías que ponerte en fila para ir de una clase a otra, las más bajas delante y las más altas detrás, yo tenía que ser la más baja, no sé por qué pero esa era la consigna, ser la más baja para ser la primera de la fila, para no quedarme encajada en el medio, entre las más bajas y las más altas, y cuando llegaba septiembre y la hermana establecía el orden en que desfilaríamos durante el resto del año, yo doblaba las rodillas por debajo de mi vestido por si las moscas, porque aunque era baja no estaba segura de ser la ms baja y tenía que poner un poco de mi parte, reducir todavía más mi talla para garantizarme ese primer lugar, y además no me gustaban los adultos, una sola palabra suya bastaba para que me echara a llorar, y por eso solo quería tratar con sus barrigas, porque las barrigas no hablan, no preguntan nada, sobre todo las barrigas de las hermanas, esas pelotas redondas que sentías el impulso de hacer rebotar de un puñetazo. Y aunque ahora ya he superado esa necesidad de ser baja, durante varios años incluso llevé zapatos con plataforma para ser más alta, pero no demasiado, lo justo para mirar a mis clientes a la cara.

Ahora que lo pienso, tuve demasiadas madres, demasiados modelos de santurronas reducidas a un alias que a lo mejor no creían en ese Dios sediento de nombres, por lo menos no del todo, a lo mejor simplemente buscaban una excusa para alejarse de sus familias, para desvincularse del acto que las había traído al mundo, como si Dios no supiera que venían de ahí, de un padre y de una madre, como si Dios no pudiera ver que tras su Jeanne y su Anne intentaban esconder ese nombre inapropiado que sus padres habían elegido, tuve demasiadas madres de esas y muy poco de la mía, mi madre que no decía mi nombre porque tenía que dormir todo el tiempo, mi madre que, en su sueño, dejó que mi padre se encargara de mí.

Recuerdo la forma de su cuerpo bajo las sábanas y también la de su cabeza, que solo asomaba un poco, igual que un gato hecho un ovillo sobre la almohada, un despojo de madre que se iba aplanando lentamente, solo su pelo delataba su presencia, al diferenciarla de las sábanas con que se tapaba, y ese período del pelo duró unos años, puede que tres o cuatro, al menos eso creo, para mí se convirtió en el período de la Bella durmiente, mi madre se regalaba una vejez subterránea y yo ya no era una niña ni tampoco una adolescente, estaba suspendida en esa zona intermedia en la que el pelo empieza a cambiar de color, en la que en la pelusa dorada del pubis crecen sin avisar dos o tres vellos negros, y yo sabía que ella no estaba dormida del todo, sino solo a medias, se notaba por su rigidez bajo las sábanas demasiado azules, a demasiados cuadros, en esa habitación demasiado soleada, con cuatro grandes ventanas que rodeaban la cama y que lanzaban sobre su cabeza haces luminosos, rectilíneos, y dígame, ¿cómo se puede dormir mientras el sol te da en la cabeza?, y ¿para qué dejar que entre tanto sol en la habitación si estás durmiendo? Se notaba perfectamente que no dormía por su forma de moverse a sacudidas, porque de repente gemía por algún motivo extraño, oculto con ella bajo las sábanas.

Y luego estaba mi padre que no dormía y creía en Dios, es más, era lo único que hacía, creer en Dios, rezarle a Dios, hablar de Dios, vaticinar lo peor para todos y prepararse para el Juicio Final, censurar a la humanidad a la hora de las noticias durante la cena, el Tercer Mundo se muere de hambre, decía siempre, y mientras, aquí, qué vergüenza, vivimos con tantas comodidades, con tanta abundancia, así que estaba mi padre, a quien yo quería y que me quería, que me quería por dos, por tres, me quería tanto que la autoestima estaba de más, habría sido una ingrata considerando ese torrente que me llegaba del exterior, por suerte estaban Dios y el Tercer Mundo para protegerme de él, para canalizar su energía a otra parte, al espacio remoto del paraíso, y un domingo que estábamos en la iglesia, los dos sentados en un banco de madera, y mi madre en la cama, él y yo en un banco en primera fila mirando la luz del sol que atravesaba las vidrieras y caía en diagonal sobre el altar, en haces siempre igual de rectilíneos, me guardé la hostia en la mano en vez de tragármela, y acabó en mi bolsillo para acabar después en mi habitación, entre las páginas de un libro que escondía debajo de la cama, y cada noche abría el libro para asegurarme de que seguía allí, un redondelito blanco y frágil que yo sospechaba que no contenía nada en absoluto, por qué Dios se rebajaría a vivir ahí dentro, qué bajón, y el domingo siguiente, antes de salir para misa, le enseñé la hostia a mi padre para que fuera mi cómplice, papá, mira lo que he hecho, mira lo que no he hecho, y le juro a usted que casi me pega, es un sacrilegio me dijo, y ese día comprendí que mi sitio podía estar del lado de los hombres, esos a los que hay que censurar, ese día comprendí que allí era donde debía estar.

Y luego tengo una hermana, una hermana mayor a la que nunca conocí porque murió un año antes de que yo naciera, se llamaba Cynthia y nunca tuvo una personalidad como tal porque murió demasiado pequeña, en fin, eso es lo que mi padre ha dicho siempre, que con ocho meses no se puede tener una personalidad como tal, lleva tiempo desarrollar características propias, una forma particular de sonreír y de decir mamá, tienen que pasar por lo menos cuatro o cinco años para que la influencia de los padres empiece a apreciarse, para que te pongas a chillar en el patio del colegio, chillar igual que ellos para tener la última palabra, mi hermana está muerta desde hace siglos pero todavía flota sobre la mesa familiar, creció allí sin que nadie la mencionara nunca y se instaló en el silencio de nuestras comidas, ella es el Tercer Mundo de mi padre, mi hermana mayor que tomó el relevo de todo lo que yo no llegué a ser, la muerte le permitió tenerlo todo, posibilitó todos los futuros, sí, podría haber sido esto o lo otro, médica o cantante, la mujer más hermosa del pueblo, podría haber llegado a ser todo lo que quieras ya que murió muy joven, libre de cualquier marca que la definiera en un sentido u otro, muerta sin gustos ni actitudes, y si ella hubiera vivido yo no habría nacido, esa es la conclusión a la que no he tenido más remedio que llegar, que su muerte es la que me dio la vida, pero si por un milagro las dos hubiéramos sobrevivido al proyecto de mis padres de tener solo un hijo, seguro que me habría parecido a ella, habría sido como ella porque ella habría sido la mayor, porque un año es suficiente para establecer una jerarquía. Jamás hablo de Cynthia porque no hay nada que decir, pero uso su nombre como nombre de puta, y hay un motivo, y es que cada vez que un cliente me nombra, es a ella a quien llama de entre los muertos.

Luego está mi vida, la que no tiene nada que ver con todo esto, con mi madre, con mi padre o con mi hermana, hubo una adolescencia de amigas y de música, de penas de amor y de cortes de pelo a la última moda, de lloreras por el resultado y de miedo a tener esto demasiado grande o lo otro demasiado pequeño, o a que tu amiga fuera más guapa que tú, fueron diez años turbulentos que me llevaron hasta la edad adulta, luego llegaron la gran ciudad y la universidad. Por primera vez en mi vida, me encontré sola en un apartamento con una gata siamesa que mis padres me habían regalado para que no me sintiera sola, para que, supongo que eso pensaban, nos tuviéramos la una a la otra, compartiéramos cama y desarrolláramos una rutina, formáramos un ecosistema de caricias y pequeñas dependencias, ella era el único elemento estable en un universo cargado de novedades, su constancia soñolienta me hizo comprender que se podía sufrir por un exceso de posibilidades, por un exceso de transbordos en el metro, la gata se llamaba Zazou y tenía unos ojos azules que bizqueaban y por eso mismo parecían aún más azules, azules como los míos, Zazou, y yo le pegaba a la menor oportunidad porque siempre andaba por en medio, y mi padre se había encargado de poner un crucifijo en cada habitación del apartamento que antes había sido bendecido, es muy importante que los crucifijos estén bendecidos, decía, porque si no, corren el riesgo de vaciarse de Dios y de convertirse en armazones, demasiadas personas llevan la cruz sin creer en ella, llevan la cruz con un fin estético, porque hoy en día no se piensa más que en embellecer las cosas, los coches y la religión, y el motivo por el que mi padre colgó crucifijos en las paredes de mi apartamento fue sobre todo para asegurarse de que estaba vigilada y para que los visitantes supieran que él estaba allí, nada se dirá sin que yo lo oiga, nada se hará sin que yo lo vea, a través del cuerpo demacrado de Cristo, pero yo jamás comprendí que se pudiera tener por dios a un muerto.

Mi padre decía todo el tiempo que le horrorizaba la gran ciudad porque está llena de cosas censurables, las putas y los homosexuales, la gente rica y famosa, la economía que está en su mejor momento y la ley del más fuerte, lo desastroso e incomprensible que es todo, la cacofonía de las lenguas y de la arquitectura, el barro de la primavera y la fealdad de las construcciones modernas, y cómo puede ser que la fachada de una iglesia pueda hacer las veces de entrada de una universidad, preguntaba indignado como si yo tuviera algo que ver con eso, una iglesia mutilada como los crucifijos sin bendecir, vaciada de Dios, ¿y cómo se entiende que los pabellones de la universidad desemboquen en peep-shows, adónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso? Y es verdad, puede demostrarse empíricamente, la fachada de una iglesia da acceso al pabellón en el que yo tenía la mayoría de mis clases, una fachada conservada y restaurada en aras del patrimonio porque queda bien, y muchas ventanas de las aulas dan a bares donde hay bailarinas desnudas, a los neones rosas de la feminidad, me pasé clases enteras analizando al aluvión de trabajadoras del sexo, y menudo hallazgo esta apelación, en ella se aprecia el reconocimiento de los demás por el oficio más antiguo del mundo, por la más antigua de las funciones sociales, me encanta la idea de que se pueda trabajar el sexo como se trabaja una masa, que el placer sea una labor, que pueda extraerse de algo, que exija un esfuerzo y merezca un salario, restricciones, normas. Y para la mayoría de los estudiantes no había nada raro en esa cohabitación con las putas, eso es lo más chocante, uno se acostumbra rápido a las cosas cuando no puede escapar de ellas, cuando desbordan desde la otra acera para acabar inundando tus apuntes, pero esta proximidad tuvo un efecto en mí, hizo que quisiera pasarme a la otra acera, dígame, ¿cómo iba la teoría a tenerse en pie ante tantos placeres? De todas formas, nadie me conocía y la primavera estaba muy avanzada, la primavera siempre te empuja a actuar, te anima a ponerte la soga al cuello, se presentó la ocasión de quitarme la ropa de campo y yo la acepté encantada.

Prostituirme fue fácil porque siempre he sabido que pertenecía a los demás, a una comunidad que se encargaría de encontrarme un nombre, de regularizar mis entradas y salidas, de proporcionarme un amo que me dijera lo que tenía que hacer y cómo, lo que debía decir y callar, siempre he sabido ser la más pequeña, la más sexi, y para entonces ya trabajaba de camarera en un bar, las putas ya estaban a un lado y los clientes a otro, clientes que me ofrecían un poco más de propina de la necesaria a cambio de que les prestara un poco más de atención de la necesaria, y la ambigüedad se instaló poco a poco y de manera natural, ellos me utilizaron y yo los utilicé a ellos durante varios meses antes de decidirme a ir hacia lo que tanto me atraía, y si me paro a pensarlo, me parece que no tenía elección, que ya estaba destinada a ser puta, que ya era puta antes de serlo, me bastó con hojear el diario anglófono La Gazette para encontrar la página de las agencias de escorts, me bastó con coger el teléfono y marcar un número, el de la agencia más importante de Montreal, según decía el anuncio la agencia contrataba solo a las mejores escorts y admitía solo a la mejor clientela, es decir, que allí se encontraban las mujeres más jóvenes y los hombres más ricos, la riqueza de los hombres siempre ha combinado bien con la juventud de las mujeres, eso lo sabe todo el mundo, y como yo era muy joven me admitieron sin dudarlo, me sacaron de mi casa para meterme sin demora en una habitación donde recibí a cinco o seis clientes seguidos, las novatas son muy populares, me explicaron, ni siquiera hace falta que sean guapas, un solo día en aquella habitación me bastó para tener la sensación de llevar haciendo aquello toda mi vida. Envejecí de golpe, pero también gané mucho dinero, hice amigas con las que la complicidad era posible y hasta temible, porque su origen estaba en un odio común, el odio a los clientes, pero en cuanto salíamos del contexto de la prostitución volvíamos a ser mujeres normales, sociales, mujeres enemigas.

Y empecé a envejecer a toda velocidad, tenía que hacer algo para dejar de ponerme de rodillas ante aquella retahíla de clientes, en aquella habitación donde me pasaba todo el tiempo, así que empecé a hacer terapia con un hombre que no hablaba, y qué ocurrencia la de haber querido tumbarme allí, en un diván, considerando que me pasaba el día entero acostada en una cama con hombres que debían de tener su edad, hombres que habrían podido ser mi padre, y como aquel psicoanálisis no me llevaba a ninguna parte, como no conseguía hablar, amordazada por el silencio del hombre y por el miedo a no ser capaz de decir lo que tenía que decir, quise poner fin a la situación y escribir todo lo que me había callado durante tanto tiempo, decir por fin todo lo que se ocultaba tras mi necesidad de seducir, esa necesidad que no lograba superar y que me había lanzado al exceso de la prostitución, la necesidad de ser lo que los demás esperan de ti, y si mi necesidad de gustar prevalece cuando escribo, es porque es esencial envolver con palabras lo que está oculto y porque basta con que los demás lean unas cuantas palabras para que estas se conviertan en las palabras inadecuadas. Lo que debería haber atajado no hizo más que fortalecerse conforme escribía, el nudo que tenía que deshacer se fue apretando cada vez más hasta que llenó todo el espacio, y de ese nudo surgió la materia prima de mi escritura, inagotable y alienada, mi lucha por sobrevivir entre una madre que duerme y un padre que espera el fin del mundo.

Y por eso este libro está hecho entero de asociaciones, de ahí el machaqueo y la ausencia de progresión, de ahí su dimensión escandalosamente íntima. Las palabras solo tienen el espacio de mi cabeza para desfilar y no hay muchas, mi padre, mi madre y el fantasma de mi hermana, mis numerosos clientes, que tengo que reducir a un solo rabo para no perderme. Pero aunque apela a lo más íntimo que hay en mí, también tiene algo de universal, algo de arcaico y omnipresente, porque ¿acaso no nos sentimos todos atrapados por dos o tres figuras, por dos o tres tiranías que se combinan, se repiten y surgen por todas partes, justo donde no pintan nada, donde nadie las quiere?

A menudo me dicen que mi fobia a las mujeres es irritante, que siempre estoy con lo mismo, ¿por qué no me limito a sonreírles amablemente y a aplaudirles cada vez que consiguen que tantos hombres se empalmen, es decir, acaso no soy yo también una mujer, una puta, además, por qué no les doy una oportunidad? Lo admito, yo soy la prueba de que la misoginia no es solo cosa de hombres y si las llamo larvas, pitufinas, putas, es sobre todo porque me dan miedo, porque mis genitales no les interesan y no hay nada más que pueda ofrecerles, porque nunca aparecen sin amenazarme con ponerme en mi sitio, en medio de la fila, justo donde yo no quiero estar. Y si no me gusta lo que escriben las mujeres es porque cuando las leo tengo la impresión de estar oyéndome hablar, porque no consiguen distraerme de mí misma, puede que esté demasiado cerca de ellas para reconocerles algo que les sea propio y que no odie desde el primer momento, algo que no pueda asociar conmigo de entrada. Y luego las envidio por poder llamarse escritoras, me gustaría pensar que son todas iguales, pensar en ellas como pienso en mí, como pitufinas, como putas.

Pero no se preocupe usted por mí, escribiré hasta que crezca, hasta que alcance el nivel de esas a las que no me atrevo a leer.

 

Estos dos textos corresponden al prólogo y al inicio de Puta, el libro que, con traducción de Raquel Vicedo, acaba de publicar la editorial Pepitas de calabaza.

Portada

Najat y el ardor multicultural

“La imagen que mejor refleja la ansiedad, el frágil equilibrio, es la de una madre sola”, me dice Najat. Ella lo fue con 21 años. El padre desapareció. Y el cableado con su familia estaba demasiado arañado. Se llevaba al hijo a todas partes, transbordos y librerías. Como la pro­tagonista de su libro que relata: “Cuando la gente se daba cuenta de que no le hablaba en la lengua de mi madre se sentían decepcionados y me decían: ‘¡Qué pena perder una lengua!’. Y yo no me atrevía a contarles que para con­servar la lengua me hubiera tenido que quedar en el barrio, bien tapada. Lo único que conseguía explicarles era que las lenguas están vinculadas a las emociones, y que las mías hacía décadas que no estaban ligadas a la lengua de mi pueblo”.

A Najat la invitaban a mesas redondas como la mora integrada de la que se espera un discurso ejemplar que abrace lo mejor de los dos mundos, incluido el exotismo que nos gusta contemplar en los mercadillos ambulantes. La bien amada multiculturalidad que confieso que un día exalté con ignorancia. Pornografía étnica, en palabras de El Hachmi. Ella era la nota de color, la cuota para tranquilizar la conciencia. Nadie le preguntó qué papel quería desempeñar. Lo daban por hecho.

Es difícil manejar las intolerancias ajenas. Como las interpretaciones rigoristas del islam que obligan a las mujeres a cubrirse el pelo como forma de invisibilizarlas: abayas y burkas para borrar su silueta y cerrar el paso al demonio. Tampoco el feminismo es amigo de los tacones y el maquillaje, comentamos con Najat. “Sí, pero a nadie le dan una paliza por llevar tacones, y en cambio sí te la dan por quitarte el pañuelo”. Hoy, la palabra multiculturalidad se ha sustituido por diversidad . No solo es más amplia, sino que huye de la identificación de los términos cultura y origen . Porque la cultura no debería tener límites geográficos, y, además, siempre multiplica. Pero ocurre un fenómeno curioso: cuando se preparan especiales sobre el concepto de diversidad en los medios españoles, la suelen importar de Francia o Inglaterra, donde los autores parecen más chic que los autóctonos.

El extranjero siempre será extranjero. Queremos que adopte nuestros valores y costumbres, y a la vez que nos entretenga con su plus de singularidad. Pero lo seguimos viendo como el otro . El diálogo y la negociación de acuerdos son todavía estrategias políticas titubeantes, entorpecidas siempre por el ruido y la furia de la polémica reaccionaria. Más que preservar su cultura original , los que vienen de afuera quieren papeles, derechos como ciudadanos y un lugar donde trabajar y vivir en paz. Su libertad y su dignidad está por encima del choque cultural o por lo que entendemos por integración, que suele ser siempre sesgado. No solo ellos, también nosotros somos sujetos interactuantes en el intercambio de la diferencia.

Hay muy pocas Najat en España, y hacen falta. Ella aprendió a escribir gracias a una madre que no sabía leer pero era una gran narradora oral de la tradición bereber. Afirma que ese es el legado más importante que ha conservado de sus orígenes. Luego saltó en pértiga.

Najat y el ardor multicultural

Lecturas non sanctas

Educación: El método para leer tres veces más rápido, inventado por un  profesor de Princeton

Sin mañaneras de por medio y con la mitad de la comentocracia en exilio mediático obligado por los días de descanso, los lectores más politizados corren el riesgo de sufrir síndrome de abstinencia. Actores políticos y periodistas detendrán escándalos o filtraciones para ser divulgados en tiempos más propicios y, por consiguiente, las redes sociales encontrarán dificultades para nutrir la chora interminable de pasiones, desengaños y beligerancias. A falta de combustible, le sugiero tomarse un paréntesis de la política, y sus veleidades, y adentrarse unos días en la posibilidad de alguno de estos libros. Le permitirán retomar contacto con otras historias y con seres humanos que no viven frente a cámaras, micrófonos y redes sociales pretendiendo ser mejores de lo que son.

Comenzaría con la última novela de Fernanda Melchor, la nueva revelación por derecho propio de las letras mexicanas. La veracruzana escribe y publica desde hace algunos años, pero no fue sino hasta su cuarto libro, Temporada de huracanes (2017) que su éxito estalló en círculos literarios internacionales. Se trata de una novela con muchos guiños al Pedro Páramo de Juan Rulfo, una comparación que sería apabullante para cualquier autor, pero de la cual Melchor sale muy bien librada. Uno de esos infrecuentes casos en que la crítica literaria y el mercado de lectores coinciden en el aplauso. Se ha traducido a docenas de idiomas y fue finalista del prestigiado Booker International Prize. “No somos el resultado de una planificación, de un diseño; la naturaleza carece de propósito” Los escritores suelen sufrir la cruda de un éxito apabullante; hay una larga lista de anécdotas de autores cuyo talento quedó inhibido, temporal o definitivamente, tras una obra universalmente aclamada.

No es el caso de esta joven. Acaba de publicar Paradais (Random House), la historia de Polo, un jardinero que trabaja en un fraccionamiento residencial para familias de camionetas ostentosas y albercas interminables, para las cuales el joven resulta invisible a pesar de que pasa entre ellas 12 horas diarias regando pastos y cortando arbustos. Invisible para todos, salvo para un obeso y malcriado adolescente que comienza ofreciendo bebidas alcohólicas al jardinero y termina invitándolo a cometer un crimen. Pero no se trata de un thriller, o no exclusivamente. La realidad que Melchor nos pinta de la vida de Polo, entre el infierno en el que vive al lado de su madre y el paradais en el que trabaja, que no es más que otra versión del infierno, es una inmersión poderosa y casi adictiva al dramático mundo que también nosotros hemos dejado de ver. Hace recordar a la afamada película coreana Parásitos, pero en versión descarnada (y ciertamente más próxima).

Una radiografía tan exacta y precisa que bien podría haber ahorrado a Ricardo Anaya todos los recorridos antropológicos que está haciendo en busca del México profundo. Igual de adictiva resulta la novela Un amor, de la española Sara Mesa (edit. Anagrama), sobre una mujer que decide trasladarse a un pequeño poblado de una alejada y rústica región, en la cual nunca había estado, para dejar atrás un escabroso pasado que el lector apenas intuye. Lo que parece una crónica del dificultoso camino que debe seguir para dejar de ser extraña entre sus desconfiados vecinos, termina convirtiéndose en un viaje de introspección fascinante al alma de esta mujer. Una frase que parecería inadvertida constituye la clave de toda la novela, y en esencia la fuente de la que surgen tantos tormentos aparentemente inexplicables en la vida cotidiana de todos nosotros: “el malestar de la felicidad es una idea que le ronda con insistencia: un tipo de felicidad que contiene en sí misma la semilla de su propia destrucción”. En los descansos que le otorga el polémico activismo que provoca su acendrada crítica a la 4T, Héctor Aguilar Camín se permitió publicar un morboso divertimento bajo el título Plagio (Random House). Y digo morboso porque en sus primeras páginas la historia parece extraída directamente del famoso caso de Sealtiel Alatriste, el escritor y funcionario universitario obligado a renunciar tras la acusación de ser un plagiario reincidente.

Y el paralelismo parece evidente desde las primeras líneas de la novela, relatada en primera persona: “Un lunes anunciaron que me había ganado el premio Martín Luis Guzmán… el martes me acusaron de haberme plagiado unos artículos periodísticos… el jueves de haberme plagiado el tema de mi novela ganadora… el lunes de la semana siguiente, 69 escritores firmaron una carta en mi contra… el miércoles siguiente anuncié mi renuncia al puesto de la universidad…”.

Hasta aquí parecerían notas extraídas del Facebook de Sealtiel. Pero al continuar la página, el personaje, que definitivamente no es nuestro Sealtiel, informa que para el siguiente jueves ha sido acusado del asesinato del amante de su esposa. Y si bien esta entrada condiciona a la pequeña novela a inscribirse en el género policíaco, la nota de sangre es apenas el pretexto para hacer una exploración de las razones no bien comprendidas que anidan en el corazón del plagiario. O como bien podría decir el personaje: no hay homenaje más honesto y rendido a un autor al que se admira que plagiarlo talentosamente. Si los días no le alcanzan para pertrecharse tras estos títulos, al menos le sugiero no perderse una obra tan inesperada como refrescante: La vida contada por un sapiens a un neandertal, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga. Se trata de la crónica que hace el primero, prestigioso novelista, fungiendo en papel de neandertal, de sus conversaciones con el segundo, paleontólogo y sabio, quien funge en calidad de sapiens. Y en efecto, el libro está salpicado de perlas para ser atesoradas, a veces por inesperadas y casi siempre porque nos obligan a reconocer que en tantas cosas de la vida seguimos más cerca del neandertal que del sapiens, como bien nos lo hace notar el propio Millás.

PUBLICIDAD Por ejemplo: “te amaré siempre, se dice, pero eso de amar siempre es muy fácil; ¿qué tal prometer que te amaré el martes próximo a las cuatro y media de la tarde? Eso es complicado”. O aquella de “el experimento de las sociedades sin dios es muy reciente. No sabemos aún qué va a ocurrir”. O finalmente: “No somos el resultado de una planificación, de un diseño. La naturaleza, como demostró Darwin, carece de propósito. Sin embargo, es capaz de crear estructuras biológicas con propósito. La naturaleza no busca, pero encuentra”. Lo mejor de esta ingeniosa crónica no son sus perlas o sus letras para el bronce, sino las carcajadas que nos arranca cada dos páginas el neandertal que llevamos dentro. _

https://www.milenio.com/opinion/jorge-zepeda-patterson/pensandolo-bien/lecturas-non-sanctas

LOS 150 AÑOS DE MARCEL PROUST Y LA PUBLICACIÓN DE UNA OBRA INÉDITA

LA EDITORIAL FRANCESA GALLIMARD PUBLICA UNA OBRA INÉDITA QUE CONSTITUYE UNA DE LAS CLAVES PARA ENTENDER EL PROCESO DE GESTACIÓN DE “EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO”
File:Jacques-émile blanche, ritratto di marcel proust, 1892, 02.JPG - Wikimedia  Commons

Este año Marcel Proust, nacido en Auteuil (en las afueras de París) el 21 de junio de 1871, cumpliría 150 años. Proust murió en 1922, así que en 2022 será su centenario luctuoso. No hay duda de que habrá numerosas celebraciones y conmemoraciones sobre la obra y vida de quien quizá haya escrito una de las más grandes novelas en la historia de la literatura: En busca del tiempo perdido. Pero aunque las celebraciones aún no inician propiamente, la editorial francesa Gallimard ha dado una primera señal de este año proustiano con la publicación de una obra inédita. 

En busca del tiempo perdido es una obra única que es a la vez un clásico admirado por grandes intelectuales y una especie de obra de culto, un universo autónomo, venerado por sus espectadores. En parte porque la obra está dividida en siete tomos y supera las tres mil páginas, lo cual exige un esfuerzo considerable de parte del lector. Pero sobre todo porque su lectura es una especie de sustancia voluptuosa que se esparce lánguidamente y atrapa al lector, con la que quizá sea la más feliz combinación de las ideas -artísticas y espirituales- con el acontecer de la sociedad y su desfile mundano de emociones: los celos, la ambición, la frivolidad, el chisme, etc. A Proust más que a nadie se le debe la creación de una prosa contemplativa, reflejo mismo del tiempo como memoria que se bifurca y ramifica, acaso en oposición a la prosa contemporánea que favorece los enunciados cortos, directos y sin cláusulas (pensamiento quizás más claro, pero también más mecánico y menos capaz de reflejar la naturaleza de la conciencia). 

El texto que ha publicado Gallimard hace unos días, Les Soixante-quinze feuillets (Las setenta y cinco hojas), es una obra en la que Proust esboza algunos de los episodios que desarrollaría en En busca del tiempo perdido. Las páginas del libro publicado por Gallimard fueron escritas en 1908, cuatros años antes de que Proust empezara a publicar el primer tomo: Por el camino de Swann. La existencia de esta obra fue revelada por el editor Bernard de Fallois en 1954, pero se pensaba que se había perdido. De Fallois la había descrito como una “guía preciosa” que ilumina el proceso creativo de la recherche (como se conoce a la obra en corto). Gallimard descubrió la obra entre los archivos de De Fallois, quien murió en 2018. 

 

POR: JOAQUÍN C. BRETEL 

Gallimard ha sugerido que esta obra es una especie de santo grial para los seguidores de Proust, como el “capullo de su crisálida”.

 

Imagen de portada: Jacques-Émile Blance (1892), Marcel Proust / Wikimedia Commons

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Juan Marsé: con licencia para disparar sobre el pianista

El escritor dejó un libro póstumo, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’, un diario en el que se da el gusto de no callar contra todo y contra todos. Ahora ve la luz

Juan Marsé, retratado en 2011.
Juan Marsé, retratado en 2011.JORDI SOCIAS

 

Juan Marsé se ha ido de este mundo dejando un libro póstumo, una especie de dietario con notas para unas imposibles memorias, publicado por Lumen, en el que se ha despachado a gusto contra algunos políticos, periodistas, escritores y figuras de la vida social, con el hiriente desenfado de quien se da el gusto de no callar. Vayan pasando, parece decir con el látigo de moralista ibérico en la mano a los que considera sus enemigos naturales, a la clericalla y a la carcundia, a los independentistas de corral, a las banderas bicolores o cuatribarradas llenas de la misma sangre en el polvo, sucias de falsos juramentos; a los famosos que desplazan más de lo que pesan, a los enfáticos y engreídos que son en el fondo tontos de baba. A unos les regala el insulto personal, a otros el comentario jocoso o despiadado. Lo mejor que te puede pasar es no aparecer en este libro, por si acaso, aunque un día compartieras con este escritor viajes, conferencias, premios y alegres sobremesas.

Es un narrador nato, un creador de personajes, empezando por el que se ha fabricado él de sí mismo

Pero en este libro, entre las invectivas cáusticas contra todo lo que desprecia, se mece el vaivén de la vida diaria de un escritor con el foco puesto en la distancia corta de sus horas domésticas. Placeres, viajes, consultas, diagnósticos, atacado por dos patologías, la renal y la cardiaca, la diálisis y el infarto. Y así pasan los días por el dietario como ruedas de molino que trituran sus sueños, las ambiciones y los descalabros. Uno no sabe qué pensar cuando lo ve lloriquear porque se siente ninguneado, olvidado, postergado en cualquier competición honorífica. Tal vez sucede que el alma de cualquier artista posee una debilidad congénita entre la ambición y la duda. Pero sus desánimos pronto encontraban un remedio de andar por casa. Aquí un whisky en el Mayestic o en la coctelería Boades con algún amigo incondicional, allí el perro que le mueve el rabo y con eso le basta para reconciliarte con el universo, aquí un análisis clínico con un pronóstico adverso, allí la playa de Calafell y el ejercicio de la natación como un descubrimiento del Mediterráneo estilo mariposa. Lo hubiera dado todo por tener el movimiento de cejas de Clark Gable y el hoyuelo en la barbilla de Kirk Douglas, pero, en cambio, la naturaleza le regaló en su tiempo un cuerpo joven con aires de Steve McQueen aunque al final su rostro quedó como el de un boxeador muy castigado.

Viene de aquellas aventuras de los tebeos que compraba en el quiosco de la esquina, de la larga seducción de los programas dobles del cine de barrio, de los primeros besos en la oscuridad con el olor a pachuli y a serrín mojado, de los descampados como una forma urbana de selva virgen llena de canes pulgosos si collar del Guinardó, del Carmelo y de Gràcia, donde en un bar predicaba su silencio junto a una ración de gallinejas ese personaje aplastado por la dictadura, que prometía volver un día a reinar. La fantasmagoría cinematográfica fue un caldo de cultivo de Juan Marsé y si no ha tenido suerte en tantas novelas suyas que han pasado a la pantalla no es por su culpa. Un rebote más con que cargar en la mochila, un motivo más para blasfemar. Una de sus dianas preferidas son los directores de sus películas, todas fracasadas según la esperanza que había puesto en esos sueños juveniles.

Hamacas en el jardín de Nava de la Asunción con su amigo Gil de Biedma, whiskys imparables con Barral y Ferrater, la fidelidad de Vila-Matas, los peluches rojos de Bocaccio, la sombra protectora de Carmen Balcells, la revista Por favor, la playa de Calafell. Uno se asoma a este dietario sin saber qué pensar de los agravios con que azota a algunos colegas. Ya se sabe que en este oficio miserable, una forma más sutil de herirte consiste en elogiar a tu enemigo, y al revés, también su escarnio despierta tu resentimiento. Alegrarse de la desgracia ajena es un áspid venenoso que anida en el corazón de artistas, poetas y literatos.

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Leed, leed, malditos

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Soy rica en libros y en perfumes. No concibo mayores tesoros privados, garantes de un placer solitario que me conecta con los otros. Incluso cuando se abandonan, los libros viejos y los frascos vacíos siguen transmitiendo el encanto del descubrimiento. Los aromas me devuelven memorias olfativas y me aderezan el ánimo. En sus notas habita una promesa de felicidad, e igual sucede cuando entra un libro en casa y reconozco en él la oportunidad de un festín íntimo. Porque la lectura ha sido la llave para entender las cuatro cosas que sé de la condición humana.

Soy, por descontado, una madre más que entona el réquiem por los libros que no leen los hijos. Que nada en la frustración cuando las fantasías narcisistas me conducen a recomendarles lo que me fascinaba a su edad y vestía mis deseos. No funciona. Acudes a Geronimo Stilton o Roald Dahl. Después, solo pantalla. Cuánta razón tiene el ­ministro de Economía y Finanzas francés, Bruno Le Maire, en su alegato –que se ha hecho viral en las redes– a favor del poder de los libros. “La lectura es un combate –afirmó dirigiéndose a un grupo de estudiantes–; os va a permitir entender quiénes sois, va a poner palabras a aquello que sentís y que ni siquiera sabéis sobre vosotros. Y una persona totalmente desconocida a la cual nunca habéis visto y a la que probablemente nunca veáis os susurrará al oído, en el silencio de la lectura, cosas que nunca habríais comprendido sobre vosotros si no las hubierais leído”. No suele ser habitual que un político anime a abrir libros: “Leed, apartaos de las pantallas. Las pantallas os devoran, la lectura os alimenta. Esa es la diferencia”.

La buena voluntad del político francés –cuánto por aprender en esta España nuestra– probablemente chocará con el desinterés y la inercia. Las aplicaciones, ­videojuegos, redes o series seguirán dopando a los jóvenes. En mi caso, soy optimista. Algún día se les abrirá el hambre. Recuerdo cuando a mi hija mayor –todo le aburría– le di a leer El gran cuaderno de Agota Kristof. A medio libro vino sofocada, gritando: “¿Qué tipo de madre eres? Hay una escena de zoofilia”. Y con­tinuó leyendo, comiéndose los dedos.

Joana Bonet

El Boomeran(g)

Filosofía felina

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Filosofía felinaHace un poco más de diez años, John Gray, un filósofo político que daba clases en la London School of Economics, decidió retirarse de la docencia y dedicarse a una escritura más libre. Gray, un liberal que ha cuestionado el liberalismo hecho dogma, rema desde hace tiempo contra los grandes consensos. El iconoclasta se ha lanzado contra los dioses del progreso, la modernidad, la globalización. El humanismo, inclusive. El humanismo es la arrogancia de nuestra especie. Es la convicción de que los seres humanos ocupamos un sitio único en el universo, que somos los favoritos de Dios o la culminación de la naturaleza. Un desplante que nos hace imaginar el planeta como un material a nuestro servicio.

Liberado del compromiso de leer las conferencias de sus colegas y de calificar los trabajos de sus alumnos, Gray se ha puesto a pensar en lo que nos enseñan los gatos. A dos hermanas burmesas, Sophie y Sarah, y a dos birmanos muy longevos, Jamie y Julian, les debe la reflexión que alimenta su libro más reciente: Filosofía felina. Los gatos y el sentido de la vida. Gray observa a sus gatos y se dispone a entender sus lecciones. Gray pone a prueba las nociones de los grandes pensadores en los maullidos de sus gatos porque ve en la condición felina al otro más extremo y, al mismo tiempo, más íntimo. Por fortuna, dice, el gato no se ha “humanizado.” El misterio de su ronroneo es el cuestionamiento más profundo porque, a pesar de vivir con nosotros, no tiene la menor intención de obedecernos o de imitarnos.

Es conocida aquella divagación de Montaigne sobre su gato. Cuando juego con él, se preguntaba, ¿seré yo su juguete? A diferencia del perro que terminó siendo casi un reflejo del amo, el gato permanece como un salvaje en nuestra recámara. No vemos en sus saltos y en sus ronquidos el valor, la ternura, la fidelidad que tanto apreciamos en los perros sino otra cosa: elegancia, agilidad, autonomía, pereza, sensualidad. En su deambular por la casa, en su vagabundeo por la calle se esconde una idea de la felicidad, de la ética, del amor y del tiempo. Otro sentido de la vida.

Cuando Gray le contó a un filósofo que estaba trabajando en un ensayo sobre la filosofía gatuna, el colega respingó de inmediato, ¿cómo pretendes hacer algo así? ¡Los gatos no tienen historia! Gray contestó con otra pregunta, ¿Será que eso es una desventaja? No tendrán historia los gatos, tal vez porque no les hace falta, porque no quieren salir de un atraso para proyectarse hacia ningún lado. No necesitan inventarse un cuento, no dependen de un mito que le imprima significado a su existencia. Pasear, acurrucarse, dormir, jugar un poco, acariciarse, volver a dormir les es suficiente.

En un cuento, José Emilio Pacheco veía al gato meditando todo el día en el absurdo y la vacuidad del universo. Porque sabe eso ocupa a plenitud el instante en que vive. Un gato vería los empeños humanos por construir un relato que trace el sentido de su existencia como un absurdo, una contraproducente manera de lidiar con la ansiedad. El gato no nos hace su dios porque no necesita ilusiones. Si está a salvo y tiene comida, no necesita de nada ni de nadie. Si encuentra cariño, lo disfruta sin exigir nada. Los gatos, dice Gray, pueden ser nuestros maestros porque no echan de menos la vida que no tienen, porque no creen que la felicidad sea un proyecto, porque no viven de recuerdos, porque no se aferran al dolor, porque se liberan con facilidad de la desgracia, porque no conocen los celos, porque quieren sin dependencia, porque no temen la oscuridad. Porque se entregan envidiablemente al placer.

Andar y Ver – El blog de Jesús Silva-Herzog Márquez

El día en que murió Umbral

El día en que murió Umbral

En la primera frase de Umbral en Anatomía de un dandy, el documental póstumo que explora su figura, ya hay varias imprecisiones, las suficientes para comprender que Umbral sigue siendo terreno resbaladizo, un agujero negro con melena y bufanda, un enigma relleno de trampas, artimañas y equívocos, desde aquella voz que venía ronca y desfigurada a través de una armadura hasta la ropa traída desde diversos tenderetes literarios. Le dicen que en sus libros siempre habla de sí mismo y él responde que por supuesto: “Yo lo que tengo que hacer es contar mi vida, que es lo que han hecho los buenos, porque todas las vidas son iguales y tienen temas comunes a la especie humana”. La última afirmación es cierta, lo demás, desde luego, no: ni todas las vidas son iguales, como lo demuestra, sin ir más lejos, la de Umbral; ni los buenos (es decir, los grandes escritores) se han dedicado a contarnos su vida. No lo hicieron Homero, ni Cervantes, ni Shakespeare, ni Dante, ni Flaubert, ni Gogol, ni Poe, ni Conrad, ni Kafka, ni Borges.

Las excepciones vienen casi todas del lado de la lírica, que era el género al que propendía Umbral por naturaleza y donde nos regaló sus mejores páginas, ya vinieran envueltas con el disfraz de una novela, un libro de memorias o un artículo periodístico. Fue en el periodismo donde Umbral empezó a escribir, casi en defensa propia, soltando tinta como un calamar empeñado en emborronar su rastro, su infancia triste, su huida del colegio a la biblioteca donde trabajaba su madre, su oscura adolescencia de provincias que desmenuzó en varios libros y de la que lo sacó Miguel Delibes para ponerlo a escribir en los periódicos, ese pequeño ecosistema literario que él hizo grande, fastuoso, imprescindible, y donde encontró el refugio y la gloria.

Desde que se hizo famoso Umbral se disfrazó de Umbral, inventándose un personaje, un apellido y una leyenda, engoló la voz al estilo de Darth Vader, sólo que mucho antes, se puso la máscara de escritor y ya no pudo quitársela nunca, lo mismo que Darth Vader. Hay un momento en el documental que me produjo auténticos escalofríos: fue al oír a Umbral hablando con su hijo Pincho, la voz del niño, tranquila y risueña, junto a la voz del padre, alegre y soñadora, completamente distinta a la otra voz, el tono de ultratumba que exhibía en la radio y la televisión, en fiestas y entrevistas, presentando ante el mundo el figurón, el traje negro con el que quería ser recordado, el histrión que recogía los cheques, las palmadas en la espalda, las alabanzas y los premios.

En pocas páginas se vislumbra esa esquizofrenia esencial de un modo tan trágico como en Mortal y rosa, un libro que empezó con la alegría del padre que da la bienvenida al hijo y que acaba con el desgarro de la enfermedad, el dolor intolerable de la orfandad del revés, la nana inconsolable tras la muerte de Pincho. En ese diario a través de las tinieblas, en esa escritura en carne viva cuando ya no se puede escribir ni decir nada, Umbral descubrió la certeza definitiva, la que intentó esconder a lo largo de los años detrás de su careta de gárgola inconmovible, sus crónicas de la movida, sus columnas espléndidas, su perpetua existencia de luto entre jaranas y tertulias: “He conocido la única verdad posible: la vida y la muerte -tan vivida previamente- de mi hijo, y sin embargo he optado o estoy optando por el engaño, por el autoengaño, de modo que seré inauténtico para siempre. No creáis nada de lo que diga, nada de lo que escriba. Soy un farsante”.

Lo que no sale en el documental es que el 28 de agosto de 2007 dejó de escribir, o sea de respirar, y al día siguiente los periódicos que tanto había amado y a los que había engrandecido con su prosa incomparable prefirieron estampar en sus portadas la foto de un futbolista muerto en el campo de juego (todos excepto El Mundo, que era su casa desde 1989), un expolio que a él le habría cabreado o divertido mucho y que habría glosado y despellejado con unas cuantas metáforas antes de encogerse de hombros, ajustarse las gafas y pasar a otra cosa. Pero murió en una cama de hospital, en mitad de una columna inacabada que le estaba dictando a su mujer, María España, sin saber que iban a arrinconar su defunción detrás de una pelota de fútbol.

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Sobre reyes y fratrias

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JOSÉ ANGEL BERGUA

Catedrático de Sociología

Mientras nuestro rey emérito languidece en algún lugar de los Emiratos Árabes Unidos y su hijo pena tanto sus torpezas como las de su padre, quizás convenga recordar los mitos y leyendas que hablan de los orígenes y decadencia de la institución que encarnan, pues podría ser que el descrédito en el que nuestros reyes han caído sea un acto de justicia destinado a reparar, no ya la usurpación de méritos que no les corresponden, caso de la Transición a la Democracia en España, frenada más que impulsada por nuestro antiguo monarca, sino la usurpación de la propia generación y sostenimiento de la vida que con su muerte los reyes de antaño debían representar y los contemporáneos han esquivado.

En efecto, los mitos y leyendas hablan de un tiempo, en el que se celebraban muertes de reyes, equiparados a dioses, los cuales estaban casados con diosas que tenían por costumbre cambiar cada año a su esposo y amante por el hijo de ambos. La muerte del dios rey, unas veces ejecutada por él mismo y otras por su hijo, tenía como misión asegurar que la vida colectiva quedara renovada, como sucede en la propia naturaleza, con sus constantes ciclos de nacimiento y muerte. Por eso, en la cultura minoica los reyes tenían un mandato de 9 años al cabo del cual debían desaparecer. En Sudán lo sacerdotes se ocupaban de que se diera muerte al rey después de un periodo de 7 años o si las cosechas o los rebaños se malograban. Y al sur de la India, en Malabar, el Rey-Dios tenía que sacrificarse a sí mismo al término de 12 años, que es el tiempo que necesita Júpiter para dar la vuelta al zodíaco. Encima de un andamio y frente a la multitud, el rey-Dios tomaba algunos cuchillos muy afilados y empezaba a cortar trozos de su cuerpo y los arrojaba por todas partes hasta que perdía tanta sangre que empezaba a debilitarse y entonces se cortaba la garganta. Se entiende, a partir de estos ejemplos, por qué Agamben ha escrito que “soberana” es la esfera en la que se puede matar sin cometer homicidio y “sagrada” (es decir, expuesta a que se le dé muerte) es la vida que ha quedado prendida en esta esfera.

Como es sabido, luego los reyes y sus dioses se independizaron del mundo volviéndose celestes, delegaron en sus súbditos la obligación de morir e hicieron suyo y personal todo el poder que corresponde a lo sagrado. Sin embargo, este cambiazo dejó de surtir efecto desde aproximadamente el año 1000 y con posterioridad languideció hasta convertirse en un conjunto de ideas y costumbres carentes de sentido que, poco a poco, se convirtieron en anacrónicas. Por ejemplo, el 27 de abril de 1340, el Hermano Francisco, embajador del rey de Inglaterra Eduardo III, se presentó ante el Dux de Venecia para obtener su apoyo frente Felipe de Valois, “que se dice rey de Francia” y que “reclama unos territorios de los cuales asegura que le han sido arrebatados por el rey inglés”. Lo que el Hermano Eduardo argumentó fue que “si Felipe de Valois es el verdadero rey de Francia, que lo demuestre exponiéndose a los leones, ya que es sabido que los leones jamás acometen a un verdadero rey, o bien, que realice el milagro de cuidar enfermos como acostumbran a hacerlo los otros verdaderos reyes de Francia”. Esta creencia en la capacidad de obrar milagros por quienquiera que fuese llamado a ocupar el trono desapareció en 1714 en Inglaterra y el año 1825 en el caso de Francia.

La pérdida de autoridad del Rey y de Dios también ha afectado a los valores de los señores o nobles. Más exactamente a la exigencia de que sus guerreros murieran por ellos. Es el caso, por ejemplo, de la ética samurái, según fue recopilada por Yamamoto Tsunetomo (1659- 1719). Al morir su Señor y no poder quitarse la vida, tal como había sido costumbre hasta entonces, se convirtió en monje y escribió un texto, Hagakure, que condensaba el estilo de vida de los samuráis, pero lamentando que el mundo ya no estuviera a la altura de tan altos principios y que los jóvenes hubieran preferido abrazar vidas superfluas dominadas por el dinero y las modas. Más de tres siglos después, el libro atrajo a Mishima (1925-1070), que lo convirtió en su texto de cabecera, incluso después de la Segunda Guerra Mundial, cuando dicho libro fue abiertamente dejado de lado e incluso criticado, ya que se entendió que formaba parte de la mentalidad bélica que arrastró a Japón al desastre. En tan aciago contexto, el propio Mishima puso voluntariamente fin a su vida clavándose un sable en las tripas, como hacían los antiguos guerreros. El caso es que en ese libro se recogen ideas patriarcales ya en franca decadencia que Mishima, en los años 60 del siglo pasado, y Yamamoto Tsunenomo, tres siglos y medio antes, ya lamentaban ver languidecer. Por ejemplo, “ofrecer la vida al señor, preocuparse a todas horas por el señor, dar la opinión teniendo en mente nada más que el bienestar del señor y trabajar activamente para engrandecer el señorío”.

Si tan anacrónicas resultan estas ideas es porque la ética servil y de sacrificio impuesta por reyes y dioses, una vez que esquivaron su obligación de morir e invirtieron la relación de deuda, ya no convence a casi nadie. Así que el mundo traído por los indoeuropeos hace entre 8000 y 5000 años, que encumbró a sus fieros dioses y convirtió a las diosas en serpientes y dragones a las que se debía matar, está muriendo. De hecho, la propia figura del padre, hasta no hace mucho el eslabón principal que introducía en el alma de los sujetos la exigencia de obediencia, hace aguas por todos los lados. Hoy los sujetos son inmunes a los relatos que inculcan ese hábito, pues en su interior se ido haciendo hueco una subjetividad distinta, de carácter fratriarcal, caracterizada por la horizontalidad, en la que el miedo, la culpa, el sacrificio y otros valores por el estilo ceden paso, como no cesa de recordarnos Andrés Ortiz Osés, al amor. No al amor afrodisíaco, sino al Eros primordial, que se caracteriza por unir y vincular entre sí todo lo existente, desapareciendo así las distinciones, jerarquías y contradicciones sobre las que se ha sostenido el mundo apadrinado por los reyes y sus acompañantes.

Cierto que gran parte de la economía, de la política e incluso de la ciencia no arraigan en este nuevo sistema de valores, pues siguen necesitando enemigos de los que distinguirse y objetos que explotar o investigar. Sin embargo, no es menos cierto que cada generación de jóvenes vive más cerca de los nuevos valores, lo cual no sólo hace inviable la función clásica del padre, sino instancias y personajes que tiempo atrás estuvieron por encima y la legitimaron, como los guerreros, los nobles, los reyes e incluso el enfurecido dios del Antiguo Testamento. Por eso es tan anacrónico el debate sobre cualquier rey, emérito o no. La propia monarquía ha perdido cualquier sentido y ya no hay relato de ninguna clase que la avale de un modo que resulte creíble.

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Por placer

Por placer
Durero, Apocalipsis, San Juan se devora el Libro.


 “¿No estás haciendo nada?” es la pregunta que reciben muchos lectores de parte de los no lectores. Interrumpir es lo siguiente, ya que asumen que eso, leer, puede ser suspendido en cualquier momento, sin más consecuencias. Abandonar el tren de pensamiento, la concentración, y el placer que la lectura provoca, para los no lectores es un asunto menor, porque no és una actividad visible o útil. En una sociedad que dedica el tiempo para “hacer cosas”, el tiempo de la lectura es un desperdicio. “No paro, de verdad que no tengo tiempo”, es la excusa del no lector. “¿A qué hora quieres que lea?”, pues a la misma hora que lees decenas de chats en tu teléfono. Los benevolentes propagandistas de las ventajas de nuestra época dicen con arrogante ignorancia “nunca se había leído tanto, es la época en que la gente más lee”, refiriéndose a sus teléfonos. Esa afirmación es absurda, porque eso no es leer, es entretenimiento, ociosidad, pasar el tiempo y sentirse dentro de algo, de un chisme, de una información, de lo que sea, pero no és lectura. La gran diferencia es que esas lecturas carecen de aliento, son instantáneas, se consumen y desechan como la comida basura. La lectura exige y posee un espacio de silencio en el que únicamente caben el lector y su libro, el misterio de  dialogar con esas páginas y sus ideas.

Las campañas de lectura por eso son un fracaso, porque dicen “lee un libro”, y continúan con falsas promesas “conoce mundos distintos, se mejor persona, amplia tus horizontes”. Falso. Leer puede ser muy doloroso y difícil, abrumador, lanzarnos a más confusiones, y ese diálogo tormentoso es parte del gran vicio de entrar en el pensamiento humano. La sociedad utilitarista, busca ganancias hasta de las actividades más elementales, mide el éxito como sinónimo de riqueza, pretende que leamos para “progresar”. La lectura no es una consagración sobrenatural, nunca he leído para ser mejor, leo por vicio, porque puedo hablar con los autores, porque para mí están vivos Proust, Thomas Mann, T S Eliot y Lucrecio, escuchan mis preguntas, y me responden como oráculos de mi presente.

Nunca he leído “de todo” jamás dedicaré mi tiempo, ni daré espacio en mi memoria a la basura de un libro por famoso que sea, ni hago caso de la publicidad y los premios, de la moda y las causas sociales o políticas. Es estúpido leer una narco novela o una novela de “género” si puedo leer algo que me lleve más lejos de la inmediatez y la efímera convocatoria de la mesa de novedades.

Los que crean que es lectura estar con sus chats, con los chismes del momento y replicando zafiedades en twitter y en grupos de chats, esos se merecen la vida que tienen. Propongo una versión nueva de campaña de lectura “No leas autores clásicos, no leas libros complicados, se feliz en tu mediocridad”. La felicidad está en el teléfono. La tormenta, la duda, el hambre, está en los libros, en esos que rompen el tiempo, que superan las modas, y sobreviven a las hogueras y la ignorancia. Lo demás cabe en un chat.

Avelina Lésper (avelinalesper.com)