Sobre cómo el capitalismo se fortalece en las tragedias, por Naomi Klein

Naomi Klein es una periodista, escritora y activista canadiense, conocida por su crítica a la globalización y el capitalismo.​ Es autora de las obras No Logo, Vallas y ventanas, La doctrina del shock, Esto lo cambia todo y Decir no no basta, además de un gran número de artículos periodísticos y políticos.

La doctrina del shock es la historia no oficial del libre mercado. Desde Chile hasta Rusia, desde Sudáfrica hasta Canadá la implantación del libre mercado responde a un programa de ingeniería social y económica que Naomi Klein identifica como «capitalismo del desastre»

 

Naomi KleinLa periodista, escritora y activista canadiense Naomi Klein  | Maclean’s photo

 

La doctrina del shock es un libro escrito por Naomi Klein, periodista y activista de origen canadiense )a quien mucho recordamos por su ensayo “No logo“), publicadado originalmente en 2007 y cuyo principal argumento es que el capitalismo contemporáneo se apoya sobremanera en los grandes desastres, catástrofes y tragedias colectivas para fortalecerse, un comportamiento sistémico que aprovecha estos momentos de crisis para superar obstáculos que en condiciones de calma y tranquilidad representan un callejón sin salida para su avance.

Según Klein, este es uno de los rasgos más característicos de la llamada variante neoliberal impulsada desde las década de los 70 tanto por teóricos de la economía como por personas formadas en esta perspectiva que cumplen funciones clave en el desarrollo de una economía nacional, desde el sector público o el privado, sea en el Chile posterior a Salvador Allende (en cuya presidencia el shock fue el golpe de estado de Augusto Pinochet) o en los Estados Unidos luego del paso del huracán Katrina o el polémico atentado del 11-S.

En su momento, el libro de Klein fue sumamente discutido e impactante, en buena medida por la atrevida confrontación para con el pensamiento hegemónico y, en especial, porque desenmascaraba el rostro despiadado del capitalismo, la ganancia obtenida del sufrimiento y el dolor de cientos o miles de personas.

La popularidad de La doctrina del shock fue tanta, que en 2009 Michael Winterbottom y Mat Whitecross rodaron un documental basado en el libro, exponiendo tanto el origen como el desarrollo y la aplicación de las ideas de Milton Friedman, economista de la Universidad de Chicago a quien se le considera el padre del neoliberalismo.

Compartimos a continuación dicho documental, completo y subtitulado al castellano:

via pijamasurf

 

Disfruta el canal de Cultura Inquieta en Spotify

https://culturainquieta.com/es/pensamiento/item/16652

Fin de las noticias del mundo

Fin de las noticias del mundoEste período de reclusión forzosa me ha pillado lejos de mi biblioteca, en casa de mi novia, y el otro día estaba repasando sus libros cuando de pronto tropecé con uno que yo le regalé y cuyo título me saltó a la cara apenas recorría los estantes: Fin de las noticias del mundo, de Anthony Burgess, una maravilla muy poco conocida y que he regalado también a unos cuantos amigos. No sé cuántas veces la habré leído, de manera que no pude resistirme a hojearla una vez más y casi sin proponérmelo, di con un pasaje alucinante en el que Val Brodie, profesor universitario y escritor de ciencia-ficción, recuerda el argumento de una novela suya, Broche de cuerno y colmillo de suerte, en el que una píldora para el dolor de cabeza provoca el efecto inesperado de una neurosis colectiva en la que los pacientes sufren sueños apocalípticos y se imaginan que el fin del mundo va a llegar de un momento a otro, cada uno de una forma distinta: “una gran explosión en el centro de la tierra, una epidemia mundial que arrasaba poblaciones enteras en cuestión de minutos, una guerra con gases nerviosos y agua envenenada, contaminación del aire, invasión de feroces guerreros del espacio exterior. Después descubrían una cura de la neurosis, la gente reanudaba su vida de antes y el fin del mundo llegaba de una manera que nadie había sospechado”.

Como explica el propio Brodie en la novela de Burgess, el fin del mundo es un tópico de la ciencia-ficción, un tema recurrente que los escritores del género han trabajado desde el clásico indiscutible de Wells, La guerra de los mundos, hasta la fantástica epopeya zombi de Max Brooks, La guerra mundial Z, pasando por magníficas pesadillas como Soy leyenda, de Richard Matheson, El día de los trífidos, de John Wyndham o Memorias encontradas en una bañera, de Stanislaw Lem. La idea, de Wells en adelante, es que sea lo que sea a lo que la humanidad se enfrente -extraterrestres, meteoritos, vampiros, virus, plantas con muy mala leche- el peor enemigo de todos es la estupidez humana y la falta de solidaridad, un principio que está a años luz del neoliberalismo que lleva imperando en occidente desde hace décadas y que se ve muy bien en las películas de zombis, especialmente en las del maestro George A. Romero, quien por algo decía que los zombis a toda velocidad no tienen ningún sentido, ya que lo que verdaderamente da miedo es contemplar a un montón de gente que no para de discutir y no se pone de acuerdo en nada mientras los rodean unos monstruos a cámara lenta. Amenaza, por cierto, que estamos repitiendo al milímetro.

En la magna novela de Burgess hay tres historias entrelazadas que versan sobre el fin del mundo tal y como el ser humano lo ha conocido: el descubrimiento del inconsciente por Freud, el sueño del socialismo universal proclamado por Trotsky en su viaje a Nueva York y la inminente llegada de un asteroide gigantesco, Lince, que ha entrado en el sistema solar dispuesto a poner punto final al planeta Tierra. En realidad, eran tres obras independientes en las que Burgess estaba trabajando -un serial televisivo sobre la vida de Freud, un musical sobre la visita de Trotsky a Estados Unidos y una fantasía sobre el fin del mundo- pero las dos primeras se malograron y él decidió anudarlas mediante una argucia narrativa asombrosa. Hay pocas páginas en cualquier literatura que puedan compararse a la destrucción de Nueva York tragada por las aguas o al diálogo aterrador que Freud mantiene con el cáncer de mandíbula que va a matarlo. Más allá de Wells, el Homero del género, existen antecedentes gloriosos en la ciencia-ficción, empezando por la Biblia y terminando en el Apocalipsis de San Juan, el Libro de las Revelaciones, un libro extraordinario que no se parece a ningún otro y que tiene final feliz, aunque no lo parezca.

https://blogs.publico.es/davidtorres/

El ‘Decamerón’

La costumbre nos ha fragilizado de tal modo que todo lo que no sea vivir como hasta ahora nos parece inaceptable y nos rebelamos contra la realidad

El duomo de Florencia, visto desde un mirador.
El duomo de Florencia, visto desde un mirador. JENNIFER LORENZINI REUTERS

 

Al paso de la epidemia que, como un tsunami de pesadilla, está asolando el planeta desde su aparición en China, muchos son los que han recordado obras tanto cinematográficas como literarias que evocan o anticiparon lo que hoy está sucediendo en el mundo: La peste, de Albert Camus; Los novios, de Alessandro Manzoni; La peste escarlata, de Jack London; Diarios del año de la peste, de Daniel Defoe; El último hombre, de Mary Shelley, Némesis, de Philip Roth… Muy pocos, sin embargo, han recordado, al menos que yo haya leído, el Decamerón, de Bocaccio, cuya historia transcurre en medio de la epidemia de peste bubónica que diezmó a la población de Florencia en el año 1348. Posiblemente porque en el Decamerónno se abordan tanto los detalles de la enfermedad como la oportunidad que les brinda a sus protagonistas de llenar su tiempo de cuarentena, que pasan aislados en una casa de campo, de narraciones orales y de imaginación.

Recuerdo brevemente para aquellos que no lo hayan leído el argumento del Decamerón: diez florentinos —siete mujeres y tres hombres— deciden huir de su ciudad y refugiarse en una villa campestre mientras la peste siga azotando a la capital de los Médici. Durante los días que dura su reclusión, los personajes entretendrán el tiempo contándose historias por turno hasta completar las 101 que componen la obra de Bocaccio, pues en la introducción a la cuarta jornada este añade un relato más a los 10 de cada uno de ellos. Contra lo que cabría pensar, la mayoría de las historias que los protagonistas se cuentan unos a otros son de carácter festivo y erótico, sin rastro de temor ni de inquietud por lo que está sucediendo entretanto en Florencia. Bocaccio escribió el Decamerón cuando el Renacimiento se atisbaba en el horizonte y la humanidad dejaba atrás la Edad Media con su paisaje de oscuridad, Inquisiciones y pestes físicas y morales. La idea del carpe diem prima entre los protagonistas en lugar del ¿ubi sunt (los muertos)? medieval.

Cuento esto porque es exactamente lo contrario de lo que observo a mi alrededor en estos días de imprevista cuarentena a la que el coronavirus, la enfermedad que recorre el mundo, nos está obligando a los habitantes de Europa, un continente habituado desde hace décadas a vivir en seguridad y paz. La costumbre, que creíamos ya un derecho, nos ha fragilizado de tal modo que todo lo que no sea vivir como hasta ahora nos parece inaceptable, y nos rebelamos contra la realidad. De ahí el temor que se ha establecido en todos y de ahí las reacciones infantiles, de no aceptar lo que está ocurriendo, de muchas personas que, en lugar de colaborar a no difundir el miedo, contribuyen a su propagación a través de las redes sociales y de todos los medios a su alcance.

El ejemplo del Decamerón debería servirnos para que estos difíciles días, que pasarán, no tengo ninguna duda, como han pasado todos a lo largo de la historia, no se llenen de sombra y de inquietud, al contrario. Si para algo sirve la literatura (y quien dice la literatura dice el cine y cualquiera de las formas de creación y entretenimiento de las que disponemos hoy gracias a las tecnologías) es para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo como en aquella villa florentina de Bocaccio en la que la fantasía salvó a sus protagonistas del miedo.

https://elpais.com

Los latidos de esa mente

El mundo ha quedado un poco mutilado, aunque la mayoría de la población no sepa ni vaya a saber de George Steiner

La sensación es subjetiva y por lo tanto sesgada o falsa, pero la que me domina en estos primeros meses del año es melancólica: se están muriendo personas admirables, o por lo menos estimables. Cada vez temo más mirar las necrológicas. De hecho no me gusta que desaparezca nadie —por así decir— “de mi época”, lo cual significa sólo que eran individuos que estaban ahí desde que guardo memoria, o desde mi juventud. Hasta quienes me caían mal lamento que dejen de estar en el mundo “acostumbrado” (no lo lamento si se trataba de dictadores que han hecho sufrir a demasiados, o de asesinos sin escrúpulos, o de seres venenosos y dañinos). Pero si se esfuman quienes me han provocado placer o iluminaciones o emoción, o me han ayudado a pensar o me han divertido, la desolación se me impone y sé que me va a faltar su “compañía”. Y que algunos hayan gozado de muy larga vida no es sino un muy leve consuelo, expresado en este simple pensamiento: “Sí, podía haber sido peor. Sin embargo, no deja de ser un desastre”.

Recientemente me ha ocurrido con George Steiner y con Kirk Douglas, que alcanzaron respectivamente 90 y 103 años. El primero deja sus brillantes ideas y reflexiones para siempre, y el segundo sus vibrantes interpretaciones. Claro que “para siempre” es una expresión cada vez más absurda, habida cuenta de la celeridad con que hoy se suprimen los hechos y los recuerdos. En numerosas ocasiones he dicho que la posteridad pertenece al pasado. Es un concepto anticuado, carente de sentido en un tiempo que devora las huellas de quienes ya no están presentes para renovarlas. La tierra no fue nunca tanto de los vivos, acaparadores y egoístas. Reclaman para sí todo el espacio, no consienten que unos difuntos les resten un ápice de protagonismo, salvo cuando es hora de conmemorar un centenario y cosas así, porque éstas se prestan a su lucimiento, a que exhiban cuánto saben de Galdós o de quien toque.

A George Steiner le escribí hacia 1979, deslumbrado por su Después de Babel, ensayo fundamental para cualquier escritor o traductor, y yo entonces aún traducía. Me contestó con cortesía y no quise molestarlo más. Más tarde, en 1987, me parece, le oí una conferencia en un seminario de Cambridge en el que también intervinieron unos aún jóvenes McEwan e Ishiguro, P. D. James y Angela Carter. Creo que hablé de la ocasión en un breve artículo de 1991, pero nadie va a acordarse de eso. Versó su charla sobre los libros no escritos, o perdidos, o quemados. Mi recuerdo es por fuerza tenue, pero Steiner afirmó que la escasa obra del alemán Georg Büchner, muerto a los 23, permitía conjeturar que, de haber llegado a los 52 de Shakespeare, habría superado a éste. Y que no era ocioso imaginar lo que Büchner no había escrito: una de las probables cumbres de la literatura universal yacía en el reino de lo inexistente, de lo malogrado, en un territorio fantasma al que me he referido a veces como “la negra espalda del tiempo”, adaptación de una cita de Shakespeare. También habló de la primera versión de Los siete pilares de la sabiduría de T. E. Lawrence o Lawrence de Arabia, que éste apoyó en la repisa de una cabina telefónica de la estación de Paddington y olvidó allí tras su llamada, el tipo de cosa que nos ha sucedido a todos, aunque con objetos no tan irreemplazables. Cuando se dio cuenta y volvió sobre sus pasos, no había rastro de la copia única, y los poquísimos que la habían leído aseguraban que era muy, muy superior a la que hubo de reescribir y conocemos.

Lo extraordinario de aquella conferencia es que Steiner, que disertaba sobre lo nunca escrito y lo nunca legible, sobre lo que no puede formar parte de nuestra herencia en modo alguno, lo que ya no está ni estará o no fue jamás, nos mantuvo a los oyentes en una especie de trance durante una hora. Lo que contaba y cómo lo hacía, sus digresiones y especulaciones eran tan apasionantes que tuve la sensación de estar asistiendo a una revelación sobre el carácter profundo de la literatura y de la escritura, y por lo tanto también de la lectura, esa actividad que no pocos desdeñan hoy y que es la que nos hace medio inteligentes y no del todo primitivos, y que, como ya dijo Quevedo (parafraseo, no cito), nos regala envidiables conversaciones con los muertos y con los lejanos o inaccesibles, y aprender de ellos y pasar silenciosos ratos en su compañía. Steiner vivió muchos años y los utilizó sin desperdicio, y podemos seguir conversando con él indefinidamente, es una suerte incomparable. Hizo un libro, precisamente, sobre los que no escribió, por falta de tiempo o de fuerzas o de atrevimiento. Pero lo que sí nos legó es mucho más amplio, no debemos quejarnos en ese aspecto. Tanto da, sin embargo: que su mente ya no esté por aquí y se haya parado definitivamente, algunos lo vivimos como una desgracia y un abandono. Para nosotros el mundo ha quedado un poco mutilado, aunque la mayoría de la población no sepa ni vaya a saber de Steiner, y le traigan sin cuidado los latidos de esa mente, y jamás vaya a aprovecharlos.
Mis disculpas por el tono crepuscular de esta columna, pero qué quieren en las circunstancias.

Javier Marías

https://elpais.com/

La vuelta del yonqui a la literatura

La epidemia de los opiáceos y el regreso de la heroína se filtran en ficciones, memorias y ensayos. Crece el subgénero de los libros sobre la drogadicción

Protesta contra los opiáceos frente a la Casa Blanca en agosto de 2019.
Protesta contra los opiáceos frente a la Casa Blanca en agosto de 2019. BRENDAN SMIALOWSKI AFP

Dice la tradición que cada generación reinventa sus relatos y sus drogas. Con la epidemia de los opiáceos como trasfondo real y un mundo cambiante y en constante crisis como escenario, autores y editores dan un nuevo impulso al subgénero literario de la drogadicción y sus efectos. Ficciones intimistas, clásicos recuperados, odiseas, memorias y ensayos con droga dura regresan a las estanterías. El yonqui ha vuelto a la literatura.

“Nadie se propone convertirse en drogadicto. Nadie se despierta una mañana y decido serlo. Los opiáceos no son como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. No proporcionan ningún bienestar. Es una manera de vivir”, reflexionaba William S. Burroughs en el prólogo de su clásico Yonqui (1953), una de las obras fundacionales de este subgénero, que ahora ha sido reeditada por Anagrama en su colección Compactos 50. Burroughs –que luego incidió en el tema de manera mucho más cruda y alucinada en El almuerzo desnudo (1959)– tuvo que elaborar ese prefacio bienintencionado en el que contaba sus orígenes de buena familia para hacer que la novela fuese aceptable para los editores, tal y como le aconsejó su agente, amigo y poeta beatnik Allen Ginsberg. Eran otros tiempos y Yonqui abría brecha.

El escritor Mateo García Elizondo en 2019.
El escritor Mateo García Elizondo en 2019. JAIME NAVARRO

En las décadas siguientes Go Ask Alice (Anónimo, 1971) o Trainspotting (Irvine Welsh, 1993) mostraron, sin pudor y sin pedir perdón, los efectos devastadores de las drogas en los jóvenes. Ahora en el siglo XXI las reglas de la realidad han cambiado. “La droga es parte de nuestra sociedad. Se drogan ricos y pobres, ejecutivos y riders, jueces y delincuentes, periodistas y amas de casa… Es lógico que esto entre también en la literatura”, comenta a este diario Nuria Barrios, autora de la recientemente publicada Todo arde (Alfaguara). Este relato del descenso a los infiernos de un chico de 16 años que trata de rescatar a su hermana de la adicción bebe de los clásicos y también de una realidad que está a la vuelta de la esquina. “Combiné la lectura del Hades de la Odisea, la historia de Orfeo y Eurídice o el libro del Infierno de la Divina Comedia con visitas a la Cañada Real. Conocí a una familia que vende droga allí y me abrió las puertas de su fumadero. Durante meses fui, me senté, miré y escuché”. Este matiz social se despliega también con sutileza en Malaherba, de Manuel Jabois (Alfaguara), donde la mirada de un niño lleva al lector desde los efectos de la heroína en su familia al submundo del tráfico en las Rías Bajas.

La literatura contemporánea no se deja ningún enfoque en el camino. En el lado individualista y reflexivo milita Mateo García Elizondo, quien en su debut Una cita con la Lady (Angrama) narra las peripecias de un yonqui en un pueblo mexicano al que ha acudido con droga para consumir y matarse. “Creo que últimamente se ha dejado de satanizar a las drogas para intentar darles su lugar adecuado; ahora se sabe (o se recuerda) que según su dosis y empleo pueden ser medicinas, y quizás la exploración de las drogas y la drogadicción en la literatura es una de las maneras que tenemos para entender cuál es su lugar. Mi manera de construir la adicción a la heroína se basó en crear una fuerte oposición y contraste entre el placer extremo que produce, y el hecho de que es una droga letal”, explica a EL PAÍS.

La no ficción también se ha volcado con la heroína. Editora de Granta y una de las grandes fortunas de Europa como descendiente de los fundadores de Tetra Pak, Sigrid Rausing relata en Maelstrom (Literatura Random House) la adicción de su hermano y su cuñada, y el rastro de enfermedad, depresión y muerte que dejaron en el entorno. Y lo hace con un planteamiento que lanza preguntas esenciales a la vez que admite su incapacidad de responderlas.

García Elizondo reconoce que en Una cita con la Lady, como en tantas otras del subgénero de los adictos, está la influencia de los beatniks. El vagar de esos poetas malditos por Estados Unidos fue también el aliciente definitivo para que el editor Peter Kaldheim abandonara su espiral destructiva en Nueva York e iniciara la huida que narra en El viento idiota (Temas de hoy), las memorias de un hombre que tarda en encontrar la redención, otra visión del sueño americano, de la búsqueda del sentido de la vida.

“Si no sentimos el dolor, ¿el dolor continúa ahí?”, se pregunta Sigrid Rausing. “Los hijos del grupo más privilegiado del país más rico de la historia del mundo se enganchaban y morían en números rayanos en la epidemia por culpa de sustancias diseñadas para, precisamente, aplacar el dolor”, cuenta Sam Quinones en Tierra de sueños (Capitán Swing) una radiografía total de cómo la sociedad estadounidense ha caído en manos de los derivados del opio. Quinones traza una historia del dolor físico, de cómo este concepto cambió en Estados Unidos y eso abrió la puerta a un poderoso opiáceo en forma de medicamento, OxyContin, que dio paso a su vez a la heroína mexicana de alquitrán negro, barata y potente, y a su extensión por cada rincón del país hasta cuadruplicar en cinco años las muertes por esta causa. En España las defunciones por sobredosis de opiáceos han subido un 50% en siete años. La literatura sobre la adicción tiene todavía un vasto campo por explorar.

EL HAPPY MEAL DE LA HEROÍNA

A principios del siglo XXI EE UU concentraba el 83% y el 99% del consumo mundial de oxycodina e hidrocodona, dos potentes opioides de venta en farmacias. Un movimiento paralelo estaba llevando heroína de potente y barata lejos de los tradicionales centros de distribución. Eran grupos de mexicanos lo más alejado posible de la imagen de un narco. En células pequeñas, muy difíciles de perseguir, estos traficantes trabajaban como pequeñas empresas, repartían la droga a domicilio en coches destartalados, tenían empleados mexicanos que rotaban continuamente a cambio de un buen salario y competían con otros bajando los precios, no a tiros. Sam Quinones detalla el funcionamiento de este sistema, que llegó a ser conocido como El Happy Meal del caballo, en Tierra de Sueños (Capitán Swing). El servicio incluía ofertas, paquetes especiales, captación de nuevos clientes cerca de las clínicas de rehabilitación o de los médicos que recetaban los opiáceos o llamadas a los adictos para ver si estaban contentos con el servicio prestado. La conexión con los fármacos legales fue letal. Así lo resume un camello: “No venderían estas cantidades de heroína en la calle ahora mismo si no se hubieran tomado esas decisiones en la sala de juntas”.

https://elpais.com/cultura/

De El cielo desnudo: JAVIER LASHERAS

El cielo desnudo portada

Credo (versión extendida)

Creo en tu cuerpo cuando se envuelve en el suave torbellino de la noche,
en la mirada astral de tus ojos escrutando mi palabra, es decir, mi alma.
Creo en el alto acantilado de tu cuello y tus hombros donde se despeñan
las gotas de agua que te erizan y palpan, guerrilla de caricias insurrectas.

Creo en nuestra huida clandestina y en el trabajo de tu sonrisa,
en este viaje a la tierra de ninguna parte, a los mares de no sabemos                                                                                                                 / cuándo
ni dónde pero siempre a la revuelta de la esquina en la calle de cualquier                                                                                                       / sitio.

Creo en el horizonte que nos despierta y en el sol que nos duerme,
en los tragos de vino que nos mete racimos de vida en sangre,
en la pericia de tu boca y en la astucia de tus manos entre las flores.

Creo en la levedad de tus pies cuando pasan ligeros entre la hierba y se                                                                                                           / plantan
sobre el terrazo de la estancia, en su música cuando alucinan y despegan.

Creo en la ebriedad de los días y en el derribado corazón de la noche,
en la honda soledad que gobierna y amamanta las raíces de los sueños,
en el duelo y en la herida cuando nos asalta aquello que no pudimos,
que no quisimos, que no supimos o fatalmente no nos dejaron.

Creo en la cordura que nos exime de la culpa, en esta corta y dura subida
al monte de la vida, en los ángeles vagarosos que iluminan nuestros                                                                                                                      / pasos
mientras caminamos por la espesura de ciudades y noches desconocidas.

Creo en la alegría de la tierra cuando sangra amapolas y en el vértigo
de este menoscabo veloz hacia ese imperio anónimo que nos arruga
y envejece como un atardecer que quisiéramos parar con un gesto sólo.

Y creo en ti, avivada y desnuda, cuando giras la manilla de la puerta

y me miras desde algún lugar en el centro de tu miedo, animal y perdida.

Cambio climático

De aquel entonces, un estudiante
en una universidad de provincia,
fumador, flaco y apacible, recuerdo
aquel frío invernal de miradas
y silencios que exhalaban fuegos.

Salía al atardecer, el deseo de hablar
con alguien en la mesa de un café,
a veces con amor, a veces con verdad.
Bueno, el amor era una quimera, historias
de otros al calor de músicas lisérgicas
Lucy in the sky with diamonds
con un aire de cielos imposibles.

Pero no por eso dejé de intentarlo
y como a diario visitaba ese estado
creativo y feliz que suele ser la tristeza,
a eso de la una o las dos de la noche
o quién sabe cuándo, llamaba sin permiso
a esa mujer que me abría la puerta de su casa
con los ojos vidriosos y en su piel el olor
a honduras y tempestades, a ternura y cama.
La mañana siguiente era menos fría:
te cambiaba de cara y hasta de mundo
si te invitaba a café junto a su boca.

Hoy, dicen, la temperatura en el planeta

ha subido de media un par de grados.
Quizá por eso los jóvenes de hoy
no disfruten de un frío del que refugiarse
ni necesiten una diosa a quien llamar
cuando el sino del cuerpo pide más
en las horas sin dios de la madrugada,
en los irritantes calores de estos tiempos.

Recuerdo bien aquellas mujeres
que en la carcoma de los días
sosegaron mi ardor y mi extravío.
A ellas les debo la fe en esta aurora,
la velada mujer que tras la puerta abierta

cada noche en su vientre me ilumina.

© Todos los derechos reservados. All rights reserved: Javier Lasheras.

© De la edición: Luna de Abajo Editorial. Oviedo, 2018

De <em>El cielo desnudo</em>

El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

En «Los ojos de la oscuridad», de 1981, Dean Koontz afirma que el letal virus fue creado en un laboratorio ubicado en la ciudad china

Últimas noticias del coronavirus, en directo: Murcia aísla a una mujer que viajó al norte de Italia

Dean Koontz (Pensilvania, 1945) lanzaba una novela de terror en 1981 titulada «En los ojos de la oscuridad». Poco podía imaginar el reconocido escritor americano que, cuarenta años después de su publicación, el título volvería a acaparar los titulares de los medios de comunicación por adelantarse al presente: el autor habla de un virus creado en varios laboratorios militares por parte del Partido Comunista Chino.

La novela, publicada en España por Plaza&Janes en 1991, se sitúa «en torno al año 2020», el laboratorio está ubicado en la ciudad china Wuhan, el virus estaba diseñado para ser utilizado como armamento biológico en caso de guerra.

Coincidencias pasmosas teniendo en cuenta que una de las teorías que han surgido en torno al nacimiento del coronavirus, que ya ha matado a 2.239 personas y ha infectado a al menos 75.567 en todo el mundo, es que el virus podría provenir de unos laboratorios de máxima seguridad situados en la ciudad de Wuhan, aunque todavía se desconoce su origen.

En el libro, los científicos lo llaman Wuhan-400 porque lo diseñan a partir de una cepa de más de 400 microrganismos creados de manera artificial. Además, lo denominan el «arma perfecta» porque afecta sólo a los humanos y no puede sobrevivir fuera del cuerpo humano ni en ambientes fríos por debajo de los 30 grados, lo que significa que no puede contaminar permanentemente objetos o lugares enteros como el ántrax y otros virulentos microorganismos.

El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

«En los Ojos de la Oscuridad» Wuhan-40 es «peor» que el virus del ébola en África. «Por un lado, una persona puede convertirse en portador infeccioso solo cuatro horas después de entrar en contacto con el virus -un periodo relativamente corto-; y una vez infectado, nadie vive más de 24 horas. La mayoría muere en doce», advierte un personaje de la novela.

Aunque en la actualidad la tasa de mortalidad del coronavirus Covid-19 se estima en torno al 2-3%, en esta novela de terror llega al 100 por 100. Nadie puede sobrevivir a su contagio.

Redes sociales

Las redes sociales han hecho circular varios párrafos del libro de este veterano autor, que ha vendido millones de ejemplares de sus libros. Los fragmentos «premonitorios» se han convertido en virales.

 

«Contagio»

El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

El caso de «En los Ojos de la Oscuridad» es anterior a la película «Contagio». En esta película de 2011, Steven Soderbergh contaba, con buenas dosis de realismo, la historia de un virus letal nacido en Hong Kong, al sur de China, y que, después de que una mujer (interpretada por Gwyneth Paltrow) lo contrajera en un casino de la citada región asiática, comenzó a propagarse a gran velocidad por todo el planeta, con consecuencias de lo más trágicas. El alquiler del filme en plataformas digitales se ha disparado en todo el mundo.

https://www.abc.es/cultura

La casa

En el número 19 de la calle de La Loma, al sur de la Ciudad de México, flota como neblina la ronda del más fino periodismo que destiló Gabo y las semillas adorables de sus cuentos

La casa
J.F.H.

 

Celebro encarecidamente la genial ocurrencia de resucitar la Casa del número 19 de la calle de La Loma, en lo que llaman San Ángel Inn, al sur de la Ciudad de México. A partir de ahora será Casa-Estudio Gabriel García Márquez, auspiciada por la Fundación para las Letras Mexicanas y bajo la tutela y orientación de Juan Villoro, gracias a que la familia de su dueño decidió donarla… algo que refleja o clona lo que hizo su dueño Luis Coudurier hace poco más de medio siglo: confiar en Mercedes y Gabriel José de la Concordia, padres de Rodrigo y Gonzalo, y extenderles con samaritana paciencia los meses que se debían de alquiler en lo que el escritor colombiano (en proceso de mexicanización universal) terminaba de escribir una misteriosa novela que él mismo sabía desde la primera línea que sería su obra maestra.

A esa Casa de La Loma llegaban todos los sábados María Luisa Elío y Jomí García Ascot, Álvaro Mutis, Carlos Fuentes y una nutrida canasta de viandas, jamón y sardinas en lata y botellas de vino. Primero doce y hasta sumar casi dieciocho meses de sábado en sábado para escuchar de viva voz los avances de la novela que Gabo titulaba “La Casa”. Hay que agradecer la epifanía incondicional con la que María Luisa y Jomí ayudaron a los Gabos en el pago de tintorerías y despensas, zapatitos y camisas limpias, colegiaturas y enseres y la milagrosa noche en que María Luisa le sentenció a García Márquez que “si en verdad llegas a escribir eso que dices que escribes el mundo jamás volverá a ser el mismo”. Año y medio después, al leer el original, Mutis exclamaría uno de sus entrañables ¡carajos! al comprobar que la joya invaluable que tenía en las manos no tenía nada que ver con lo que Gabo narraba sábado a sábado. Hasta el título cambió al final, en la penúltima línea, allí donde se nos cuenta que lo de las estirpes condenadas a cien años de soledad que no han de tener una segunda oportunidad sobre la Tierra.

Cien años de soledad es la novela de nuestra lengua, el alma de la imaginación y memoria de América, la selva misma de donde se ramifican como madrépora todos los párrafos intactos de Gabriel García Márquez: su premio en las nieves de Estocolmo y la lluvia interminable de Macondo, los fantasmas de Rulfo y la poesía de alas encendidas de Darío o Neruda, todas las páginas que estallaron con el ¡Boom! y las ganas de llorar. Es el novelón con un barco perdido en las ramas de su portada y la portada invertida que diseñó Vicente Rojo y las páginas que vuelan como mariposas amarillas y un hilo de sangre que repta por los senderos sombreados de todos los pueblos fantasmas donde se conserva nuestra infancia y el registro de los amores contrariados, la Bella que vuela por las azoteas con las sábanas limpias y el gigante de barbas largas que vende imanes y un compás. Es la novela de nuestra piel y el telón invisible que se extendió como muro infranqueable en una casita de la calle de La Loma, cueva de la Mafia, donde un hombre se sentó a diario en una mesita discreta de madera clara para interpretar al teclado la callada sinfonía de un milagro.

Ahora, la Casa será escenario de conferencias y talleres; las habitaciones de dos niños a quienes quiero como hermanos servirán ahora de hospedaje para escritores visitantes de otros paisajes y culturas y allí donde florecía la hermosa unión de Mercedes y Gabriel José de la Concordia García Márquez ha de florecer pura literatura, como siempre. A la puerta de esa casa llegó el gerente de un banco que había previamente pactado con Gabo la entrega de una maleta rellena de billetes con el adelanto en efectivo que había llegado desde Buenos Aires, desde la Editorial Sudamericana, para sellar al primera edición de un entrañable mamotreto infinito que Mercedes y Gabo habían llevado en persona a la Oficina de Correos de la Avenida Toluca (habiendo sido delicadamente mecanografiado en limpio por la infalible Pera) y todo para que la llegada del funcionario bancario sincronizara con los horarios escolares de los niños, que abrieron la puerta para descubrir que efectivamente el mundo jamás volvería a ser el mismo.

En esa Casa flota como neblina la ronda del más fino periodismo que destiló Gabo y las semillas adorables de sus cuentos, la impalpable transparencia de todas las novelas por venir, pero también el olor de la cocina y un café para dos que se tomaban de madrugada para que siguiera la saga y los juegos de los niños que aprendieron a leer en esa casa, y los dibujos animados de ayer y hoy y el olor de la guayaba y el sabor del mamey, y las vías de un tren que pasaba por allí cerca y que quizá se escuche ahora invisible en la mente de los escritores que sean invitados a compartir letras en esa casa legendaria que para bien de la literatura es ya, como siempre, la Casa de todos.

Jorge F. Hernández

https://elpais.com/

Cráneo de Plinio, quijada de esclavo

Plinio el Viejo fue un innovador en la Roma de Nerón, y a la larga más influyente que el propio emperador

Reproducción de la forma que quedaron en Pompeya algunas de las víctimas tras la erupción del Vesubio.
Reproducción de la forma que quedaron en Pompeya algunas de las víctimas tras la erupción del Vesubio. AGENCIA FRANCE PRESS

 

Raro sería monasterio medieval que no tuviera en su biblioteca una copia de la Naturalis Historia de Plinio el Viejo (23-79), tal vez la primera enciclopedia de todos los tiempos. Plinio el Viejo solo era viejo en comparación con su sobrino, Plinio el Joven, porque dos milenios después esas diferencias de edad impresionan más bien poco y, a diferencia del sobrino, el tío Plinio fue un innovador en la Roma de Nerón, no quizá tan torpedero como el propio Nerón, pero más influyente a la larga, como demuestra su impacto milenario en la agricultura.

Nadie sabe quién descubrió la rotación de cultivos. Hay pueblos centroafricanos que practican una tradición milenaria con ciclos de 36 años entre un tipo de cultivo y otro. Pero el capítulo de la Naturalis Historia de Plinio el Viejo dedicado al tema ha estimulado su aplicación durante siglos. Un ejemplo es la alternancia de cereales, que gastan nitratos del suelo, con legumbres, que lo aportan al suelo gracias a las bacterias simbióticas (Rhizobium) que llevan en sus raíces, pero hay esquemas mucho más complejos con milenios de antigüedad. La obra de Plinio el Viejo pretendía recoger todo el saber de su tiempo sobre “la naturaleza de las cosas, es decir, la vida”. Cosmología, astronomía, geografía histórica, zoología, botánica, nada le era ajeno al primer enciclopedista de occidente, el Diderot y D’Alembert de la Roma clásica. Otra cosa eran las fuentes que usaba, que rara vez se sostenían en pie, así que su estrella empezó a declinar en el Renacimiento y acabó de extinguirse a principios del siglo XVIII.

Con todo, Plinio no murió como naturalista, sino como el almirante que era de la flota del emperador Tito. En el año 79, en plena erupción del Vesubio, estaba listo para zarpar de Misenum hacia Pompeya, en dirección a la nube volcánica, por mero interés científico, cuando recibió una carta de una mujer llamada Rectina, que estaba atrapada bajo la erupción horrenda, y el almirante se lanzó a una misión de rescate de la que no saldría vivo. Intentaron disuadirle, pero él pronunció una de sus famosas frases —“La suerte favorece a los valientes”— y avanzó hacia una muerte segura. Murió asfixiado en una de las catástrofes más célebres de la historia registrada.

Aprendo en The New York Times que un grupo de historiadores y antropólogos ha presentado las conclusiones de una investigación morfológica y genética sobre el supuesto cráneo de Plinio, que se expone desde hace 70 años en el Museo Storico Nazionalle Dell’Arte Sanitaria, en Roma. Los expertos concluyen que el cráneo es compatible con una persona de 56 años criada en el norte de Italia, como Plinio lo fue, pero que la mandíbula pertenece a un norteafricano de 30 años. El jefe de la investigación conjetura que era su esclavo, a quien Plinio le habría pedido matarle para acortar su asfixiante agonía volcánica. De ser así, es obvio que el esclavo no sobrevivió mucho tiempo a su dueño, pues sus huesos se encontraron juntos cerca de Pompeya. De Rectina no hay rastro. ¿Quién sería esa mujer cuya propuesta Plinio no pudo rechazar?

Sobre el cráneo de Plinio, solo podemos asegurar que su mandíbula no es de Plinio. Como dijo él mismo, “Lo único cierto es que nada lo es”.

https://elpais.com

Galdós y la pierna de Tristana

Galdós y la pierna de Tristana

Con Galdós ocurre lo mismo que con la ley del divorcio o el transplante de corazón, que quienes lo reivindican ahora a voces, a un siglo de distancia de su muerte, son más o menos los mismos que lo insultaban y lo ninguneaban cuando estaba vivo. Durante décadas, los sectores más tradicionalistas y reaccionarios se opusieron a la entrada del mayor novelista español en la Real Academia de la Lengua. Y en 1912, cuando contaba casi 70 años de edad y era la gloria viviente de nuestras letras, los mismos meapilas conservadores conspiraron para impedir que se alzara con el Premio Nobel, a pesar de contar con el apoyo de personalidades como Jacinto Benavente, Pérez de Ayala, Ramón y Cajal o José Echegaray, quien consiguió el Premio Nobel de Literatura en 1904 a pesar de que el grueso de su obra está dedicada a las matemáticas.

En su discurso de ingreso a la Real Academia, en febrero de 1897, Galdós hablaba de los obstáculos que se oponen al progreso social, “las ingentes rocas”, “las tinieblas y enmarañadas zarzas que estorban el paso”, y casi un siglo después, con varios golpes de estado, una guerra civil, una dictadura inmunda y una monarquía parlamentaria por en medio, nos encontramos prácticamente atrapados en las mismas zarzas. Por eso leer a Galdós es, además de un placer inmenso, una urgencia sociológica, porque la radiografía artística que sacó a la sociedad española sigue empantanada en los prejuicios de clase, la charla insustancial, la brutalidad de los toros y la beatería religiosa.

Basta la polémica que se ha levantado en torno a su centenario para constatar no sólo la modernidad de Galdós sino la puntual renovación de ese fervor cainita que impulsó a centenares de cavernarios de la época a inundar Estocolmo de telegramas y postales donde lo acusaban de sectario, revolucionario y comecuras. Más allá de pedradas ideológicas, a Galdós siempre se le ha reprochado ciertas debilidades y vulgaridades del estilo, el apremio de una escritura en la que, al igual que su amado Cervantes, importaban menos las florituras de la prosa que las pasiones y profundidades del relato.

Hasta hoy día ha llegado el insulto que le dedicó Valle-Inclán en Luces de Bohemia, “Don Benito el Garbancero”, olvidando que en realidad se trata de la opinión de uno de los personajes de la obra, y que en otra de las escenas de la obra don Latino dice, en referencia al gran poeta modernista Rubén Darío: “Allí está como un cerdo triste”. De un modo similar, Cortázar tuvo que explicar varias veces que aquel magnífico pasaje de Rayuela en que va intercalando renglones de un fragmento de Lo prohibido junto con los pensamientos despectivos que le merecen a quien los va leyendo no obedecían tanto a una opinión personal como al bagaje típico del intelectual latinoamericano de la época.

Los libros de Galdós siguen vivos por la misma razón que la angustia de un cincuentón recién desempleado repite punto por punto el viacrucis de Ramón Villaamil, cesante del ministerio de Hacienda, el protagonista de Miau, una novela que guarda resonancias de Gogol, de Melville y de Hawthorne y en la que se oyen ya los pasos de Kafka. Ninguna otra novela española de la época (salvo La Regenta, de Clarín, de quien Galdós no tuvo el reparo de hacer un elogio maravilloso: “Su recuerdo no me deja vivir”) atesora retratos femeninos tan perfectos como los que habitan Misericordia, Doña Perfecta o Fortunata y Jacinta. Buñuel recordaba que, después de filmar su última adaptación de Galdós, Tristana, Hitchcock le dijo que no podía quitarse de la cabeza la imagen de esa pobre joven lastrada con su pierna ortopédica, símbolo inolvidable de la mutilación espiritual de tantas mujeres de entonces. “Ah, esa pierna, esa pierna” murmuraba Hitchcock. “Está todo en Galdós, maestro”, le respondió Buñuel. Sí, sólo hay que leerlo.

https://blogs.publico.es/davidtorres