En el fondo de este razonamiento latía un acto de rebeldía frente a las tiranías de los cánones. Se trataba de rechazar con violencia, ironía o inocencia, la lógica industrial y mortífera del museo y la biblioteca. Su legado fue un buen puñado de ideas no escritas, de poesías vividas, que pusieron en entredicho el clásico binomio obra-autor, y que, pese a no haberse materializado, ejercieron una influencia fundamental en su época. De este fenómeno versa el ensayo Artistas sin obra del crítico de arte francés Jean-Yves Jouannais, prologado por Enrique Vila-Matas y que acaba de publicar Acantilado.

En la segunda mitad del XIX el arte pictórico inició su particular huída hacia delante a base de ismos de toda clase, algo que evidenció el estancamiento más que notable de la literatura. El arte de empalabrar tenía que reaccionar y lo hizo a lo grande a principios del XX de la mano de ilustres como Joyce, Kafka, Woolf o Musil. Una regeneración épica cuyos ecos todavía resuenan y que ponía el listón muy alto a futuros competidores. ¿Y qué hicieron éstos? No saltar, algunos incluso ni se dignaron a calentar. Se limitaron a verlas venir pero lo hicieron con arte. Silencios anunciados, autoimpuestos, perezosos, muchos de ellos adoptaron el I would prefer not to de Bartleby como carta de presentación.

Entre esa pléyade de dandies, situacionistas, anarquistas, vividores… nos topamos, por ejemplo, con insignes copistas de líneas ya escritas a lo Bouvard y Pécuchet, cuya actividad plagiaria pretendía ironizar sobre el papel del creador, o las granadas de mano literarias de un tal Félix Féneon, maestro de la elipsis que, pese a su gran talento, se empeñó en ocultar su identidad, anteponiendo a las connotaciones capitalistas y vanidosas que deifican al autor una concepción del arte entendida simplemente como un impulso que necesita ser compartido.

Otro ilustre desconocido, Félicien Marboeuf, pasará a la historia por haber sido protagonista e inspirador de dos clásicos de la literatura. Como lo oyen, según Jouannais, este parisino de finales del XIX llegó a ser reconocido por los críticos de la época como “el más grande de los escritores que nunca escribieron”. En efecto, Marboeuf no sólo inspiró a Flaubert el personaje de Frédéric Moreau en la Educación sentimental, sino que también, y fruto de una persistente correspondencia con Marcel Proust, evocó en su cartas escenas, reflexiones e incluso frases que más tarde aparecerían en En busca del tiempo perdido. Un legado literario nada desdeñable si nos atenemos a que no publicó ni una sola página.

J. LOSA

 

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