Tapa blanda

Bienvenido sea el cartón para devolver a la tierra lo que le pertenece

Ataúd de la empresa RestGreen.
Ataúd de la empresa RestGreen.

 

No deja de ser curioso que los ataúdes se abran y se cierren como los libros. Nacemos de cualquier manera, pero morimos encuadernados. El cuerpo sin vida de mi amigo reposa en el interior del féretro como un conjunto de cuartillas cuidadosamente amontonadas. Cuando el funcionario cierre la caja, habremos terminado su lectura y la introduciremos en un nicho como metemos en la estantería la novela leída. En las conversaciones posteriores al entierro, la existencia de este hombre quedará reducida a cuatro o cinco anécdotas, que es lo que queda de muchas ficciones, por largas que sean. Uno de los hijos del difunto me da un cuaderno atado con unas correas de cuero: “Mi padre”, dice, “quiso que te entregáramos este cuaderno”. Lo abro por curiosidad y resulta que está sin estrenar, vacío.

Esa noche, dando vueltas por la periferia de Internet, doy con una noticia según la cual se fabrican ya ataúdes de cartón más sostenibles, dicen, que los de madera. El redactor de la noticia asegura que estos féretros, pensados para los difuntos de las clases medias, invadirán enseguida el mercado debido a su precio. Significa, pienso, que a partir de ahora, cuando fallezcas, podrán encuadernarte en tapa dura o en tapa blanda. Me pregunto qué elegiría yo y acabo decantándome por la tapa blanda, como si fuera un muerto de bolsillo. La mayoría de la gente que lee en el metro prefiere la tapa dura porque en el metro, fundamentalmente, se leen best sellers. Pero los libros de tapa dura tienen algo de panteón, de templo o mausoleo. Dejemos, pues, los ataúdes de madera para las personas ilustres: expresidentes de Gobierno, banqueros, premios Nobel, pontífices… Bienvenido sea el cartón para devolver a la tierra lo que le pertenece.

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Lástima

La realidad, que en tiempos fue temática, se ha tornado ya monotemática por obra y gracia de la globalización

Ciudadanos chinos hacen cola en un restaurante de comida rápida en una estación de tren de Sanghái.
Ciudadanos chinos hacen cola en un restaurante de comida rápida en una estación de tren de Sanghái. ALEX TAI GETTY IMAGES

 

La realidad, que en tiempos fue temática, se ha tornado ya monotemática por obra y gracia de la globalización. Cuando vivíamos desglobalizados, creíamos en las diferencias, de ahí que nos gustara tanto viajar. Los trotamundos del XIX y primeros del XX volvían a casa con la impresión de haber conocido al otro o lo otro. Ahora viajamos a las antípodas para encontrarnos a nosotros mismos. Tu pueblo y tú estáis en todas partes: en Berlín, en Roma, en París, incluso en Tokio. Quien dice tu pueblo dice Zara o Mango, en cuyas rebajas pretendemos recuperar la personalidad o los rasgos distintivos que la vida nos ha venido arrebatando a lo largo del año clausurado. Las grandes superficies, pese a ser cada una un reflejo de la anterior, han logrado mantener aún alguna discrepancia.

Esto, decíamos, es lo que tiene la globalización: que Madrid simula ser Londres, y Londres, Nueva York, lo que provoca que las sociedades, observadas a vista de pájaro, parezcan una bechamel de la que resulta la croqueta que llamamos Humanidad. El big data, analizado a fondo, deviene un small data debido a que las miserias y las grandezas son idénticas allá donde vuelvas la mirada. La angustia que me mata a mí es semejante a aquella que acaba con los franceses, los alemanes o los griegos.

Amazon vende lo mismo en todo el mundo. Las páginas web más visitadas de aquí son las mismas que las de allí. El color local, a menos que llamemos color local a la pobreza extrema, ha desaparecido, tal vez fue una alucinación de los sentidos. Si usted desea degustar comida japonesa auténtica, no se le ocurra ir a Osaka, vaya a Barcelona. Pero si prefiere llevársela a casa, acérquese al Mercadona de la esquina. Los temas han muerto. ¡Viva el monotema!

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Disimulo

En eso están ahora los dueños del mundo, en gestionar la agonía de la realidad sin dejar de hacer caja

JUAN JOSÉ MILLÁS

La presidenta del Congreso de EE UU, Nancy Pelosi, en el COP25.
La presidenta del Congreso de EE UU, Nancy Pelosi, en el COP25. ÁLVARO GARCÍA

Mis tartas de chocolate se vendían como churros, pero mis socios decían que dejaban poco beneficio. Reduje personal y rebajé la calidad de las materias primas. Los compradores tardaron en darse cuenta y nos forramos. A medio plazo, sin embargo, se produjo en las ventas un descenso que combatimos quitándonos de encima a los empleados más caros, aunque eran los mejores, y mezclando el cacao con sucedáneos que anularon el sabor del producto. Los clientes huyeron en masa, por lo que tuvimos que llevar a cabo otro recorte de personal, etcétera. Hemos entrado en un círculo vicioso que en pocos meses conducirá al cierre de la fábrica. Mi trabajo, de aquí a entonces, consistirá en gestionar esa agonía.

Esto es lo que viene ocurriendo con la realidad. Sus dueños, los de la realidad, expulsaron hace años al personal más valioso para ahorrarse sus nóminas. Los parques se llenaron de sabios que hacían ecuaciones con un palo sobre el agua de los estanques. La realidad empeoró, claro, y perdió usuarios, lo que condujo a sus accionistas a reducir gastos de nuevo a costa de la excelencia del producto. Los políticos les prestaron su ayuda con leyes laborales cada vez más agresivas. Despidos gratis, contratos temporales, salarios basura, dígannos lo que necesitan para abaratar la realidad y lo llevaremos a cabo en un par de sesiones legislativas. Los parques siguieron llenándose de prejubilados que se hallaban en plena posesión de sus facultades físicas y mentales.

Pero la realidad, como la tarta de chocolate, comenzó a provocar diarreas entre la población. Había que cerrarla. Y en eso están ahora los dueños del mundo, en gestionar la agonía de la realidad sin dejar de hacer caja. Para disimular, montan cumbres sobre el clima.

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No llega

Pese al frágil acuerdo alcanzado entre Sánchez e Iglesias, tiene uno la impresión de que España se atomiza, se licúa

JUAN JOSÉ MILLÁS

Una persona sin hogar recoge sus pertenencias tras haber pasado la noche en la puerta de una entidad bancaria en pleno centro de Sevilla.
Una persona sin hogar recoge sus pertenencias tras haber pasado la noche en la puerta de una entidad bancaria en pleno centro de Sevilla. EFE JULIO MUÑOZ

Pese al frágil acuerdo alcanzado entre Sánchez e Iglesias, tiene uno la impresión de que España se atomiza, se licúa. Envasada en un frasco de diseño, triunfaría como perfume en las tiendas libres de impuestos de los aeropuertos. Eau d’Espagne. Los viajeros se pondrían un poco en la muñeca y se la llevarían a la nariz, para aspirar esa fragancia latina resultante del último prensado electoral. Encargaríamos a Iván Redondo que resumiera sus tonalidades. Reminiscencias de uva y de salitre, por ejemplo, y de aceite de oliva. Y efluvios de pólvora con ecos de nacionalismos excluyentes. Y esencias de socialismos aturdidos, de derechas bárbaras, de osamentas rancias, de repollo, de regaliz y de ajo y de laurel, además de un fondo de rabo de toro y un toque de sotana vieja, qué sé yo.

El problema de esta atomización es que los españoles, aunque maltrechos, continuamos enteros. Hemos sucumbido de forma colectiva a la molturación, pero individualmente tenemos las mismas necesidades que un alemán o un sueco. Tres comidas al día, y vestido y calzado e higiene diaria o semanal y, a poder ser, cultura. Necesitamos convenios colectivos, sindicatos de clase, pensiones actualizadas, salarios dignos, vivienda, y un horizonte sosegado que dejar en herencia a nuestros hijos. No puede irse todo a la trituradora puesta en marcha por la torpeza o la maldad de políticos que confunden la llave nuclear con el botón electoral o viceversa, ahora no caigo.

Estamos las clases medias y las pobres y los ancianos y los jóvenes y los dependientes esperando la llegada de España como el que aguarda la llegada del autobús bajo la marquesina. Pero España no llega, se diluye, se deslíe, se dispersa, nos abandona a la intemperie. Y llueve.

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Tranquilo

Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo

JUAN JOSÉ MILLÁS

Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?
Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien? GETTY IMAGES

Yo no soy como pienso. De hecho, pienso todo el rato cosas horribles, tan horribles que ni siquiera me atrevo a enumerarlas. Pero luego, en la realidad extramental, soy un tipo dócil, contemporizador, dispuesto a darle la razón a todo el mundo, no por cortesía, sino porque todo el mundo la tiene. Incluso cuando dicen disparates, llevan un poco de razón si piensas en lo que han sido sus vidas, de modo que asiento con la cabeza mientras imagino la forma de matarlos. Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, consumiendo lentamente una cerveza, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?

Me ha sentado algo mal, tengo el estómago revuelto. Intento, pese a ello, poner en marcha pensamientos misericordiosos. Ayer por la noche, en la tele, salió un anuncio según el cual, si enviabas un mensaje con la palabra “HAMBRE” a determinado número, dabas de comer durante varios días a un niño de algún lugar de África. Me quedé con el número, de modo que saco el móvil del bolsillo y ejecuto esa buena acción. Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo.

Cuando escuché por primera vez esta palabra, misántropo, y me enteré de su significado, pensé que eso era lo que me ocurría a mí, que odiaba a la humanidad, lo que significaba que me odiaba a mí mismo. Tengo muy mal concepto de mí mismo. Tal vez me comporto de forma amable con la gente para disimular la basura que llevo dentro. Me duele esa basura y me duele la humanidad, así que pongo otro mensaje con la palabra “HAMBRE” al número consabido y parece que me quedo más tranquilo. El tipo del extremo de la barra acaba de sacar su móvil, quizá para lo mismo que yo.

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El poeta

Era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías

JUAN JOSÉ MILLÁS

Entrada al baño de un restaurante.
Entrada al baño de un restaurante. GETTY IMAGES

Tras el postre, fui a orinar a los servicios del restaurante en el que había comido con mi amigo Ricardo. Al bajarme la cremallera, descubrí en el urinario una fotografía suya, de las de fotomatón. No tuve valor para meter la mano y retirarla, pero tampoco para desaguar sobre su imagen. Me reprimí, pues, y volví a la mesa, donde preferí no comentar lo sucedido. Nos tomamos el café y nos despedimos sin que por fortuna él hubiera hecho intención de acudir al lavabo.

Ya en casa, telefoneé a un amigo común que al relatarle el caso me dijo que era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías del centro en una especie de maniobra autodestructiva que consideraba acorde con su condición de poeta maldito. Nunca tuvo vocación de poeta maldito, pero al haber fracasado como poeta a secas, albergaba la esperanza de triunfar de este modo. Tal vez la televisión, la radio o las redes sociales se hicieran eco de su campaña masoquista.

Durante los siguientes días visité por curiosidad los lavabos de los restaurantes y cafés frecuentados por escritores y periodistas y comprobé que en todos sus urinarios, sin excepción, había fotos de Ricardo, la mayoría deterioradas ya por las sucesivas rachas de orines que se habían vertido sobre ellas. Al final no pude reprimirlo y lo llamé para que cesara en aquella actitud que dañaba su imagen. Replicó que estaba dispuesto a cualquier cosa para que su poesía llegara a los lectores y que este sistema de hacerse famoso le parecía original. Solo necesitaba salir en uno o dos telediarios. Colgué apenado por él, por el mundo y por los telediarios. De momento no ha logrado convertirse en un poeta maldito, pero sigue siendo un maldito poeta.

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Holismo

El examen intensivo del árbol no debería impedir la visión del bosque al que pertenece

JUAN JOSÉ MILLÁS

Manifestantes antigubernamentales chocan con la policía, durante las protestas contra el aumento del coste de vida, el 20 de octubre de 2019, en Santiago, Chile.
Manifestantes antigubernamentales chocan con la policía, durante las protestas contra el aumento del coste de vida, el 20 de octubre de 2019, en Santiago, Chile. MARCELO HERNÁNDEZ GETTY

“El origen de este absceso que tiene usted en el párpado”, sentenció el médico, “se encuentra en el hígado”. “El hígado está muy lejos del párpado”, le respondí. “Pero tiene la mano muy larga”, concluyó el doctor.

Volví a casa pensando en los desórdenes de Chile, y en los incendios de la capital del Ecuador, y en la crisis de los chalecos amarillos, en Francia, por no mencionar lo ocurrido en Hong Kong, donde habíamos visto a los manifestantes tomar violentamente el aeropuerto del Prat, perdón, el de Chek Lap Kok. Son solo cuatro o cinco ejemplos de una lista más larga de localidades alejadas entre sí, cuyos desbarajustes procedían tal vez de los jugos biliares de la realidad global. ¿Pero dónde diablos se encontraba la víscera?

He ahí el problema. ¿Es el G-7 ese hígado? ¿Es el FMI? ¿Es el Banco Mundial? ¿La Organización Mundial de Comercio? ¿El Mercosur, el CEPAL, la UE? La globalización sobrevenida debería modificar la lectura de los fenómenos locales. Hay mensajeros químicos del malestar que viajan, como las hormonas, a través de las redes sanguíneas. Las tramas glandulares del mundo incluyen vesículas que a primera vista no guardan entre sí correspondencia alguna. El Ibex 35 no ha cesado de temblar durante las hostilidades entre China y EE UU, sin contar con los calambres que le ha venido provocando el Brexit, que es otro absceso.

Conviene establecer, en fin, cada diagnóstico partiendo de los presupuestos del holismo, disciplina que explica el funcionamiento de los sistemas desde las interacciones del conjunto, y no desde el estudio aislado de sus partes. El examen intensivo del árbol no debería impedir la visión del bosque al que pertenece. Se necesitan endocrinólogos, más que analistas políticos.

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Interruptores

La pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, respondió

JUAN JOSÉ MILLÁS

Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera.
Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera. PATRICIA ESTEVE

Érase una pareja de videntes que tuvieron una hija ciega a la que hicieron creer que los ciegos eran ellos y que ella veía. La cría compensó enseguida la supuesta carencia de sus padres con una agudeza fuera de lo común, pues resultó ser muy despierta y perspicaz. Cuando viajaban en el metro les indicaba la estación en la que se debían bajar y los ayudaba a diferenciar y escoger los alimentos en el supermercado. Les leía también la correspondencia del banco, así como las cartas que recibían de un pariente que vivía en Buenos Aires. Ellos, asombrados por las habilidades de la pequeña, se dejaban querer y utilizaban cada día menos el sentido de la vista.

Un día, al poco de cumplir los siete años, una compañera de colegio reveló a la niña que era ciega. “Los ciegos son mis padres”, dijo ella. “Eso es lo que te han hecho creer”, le respondió la amiga, “para que no sufrieras”. La niña no dijo nada en casa, pero empezó a observar el mundo desde esta perspectiva nueva. Comprendió que esos clics inexplicables que sonaban por las noches en el dormitorio o el pasillo eran los que hacían los interruptores de la luz. Un día se dejaron de escuchar porque los padres empezaron a moverse por la casa sin necesidad alguna de utilizar los ojos. Pero la niña, necesitada de esos sonidos, continuó encendiendo las luces al oscurecer ante la admiración del matrimonio.

De manera insensible, ella iba ocupando la dimensión visual de ellos mientras que ellos se trasladaban a la de ella. Cuando se hizo mayor, tuvo a su vez una hija vidente a la que hizo creer desde el principio que era ciega. En cierta ocasión, la pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, le respondió. Y nunca se volvió a hablar del asunto.

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Exploración submarina

Juan José Millás

Exploración submarina
CNR / M. P.

DE REGRESO A ÍTACA, Ulises tuvo que atravesar el estrecho de Mesina, que une el mar Tirreno con el Jónico. Un lugar real y fantástico a la vez, pues muchos estudiosos sitúan la presencia de los monstruos Escila y Caribdis a la entrada de ese estrecho. Escila tenía seis cabezas de perro y doce patas. Caribdis era un torbellino de agua que devoraba cuanto caía en sus contornos para vomitarlo luego en forma de naufragio. No podías alejarte de uno sin caer en las garras del otro y al revés, de ahí la expresión de hallarse entre Escila y Caribdis, que es como encontrarse entre la espada y la pared. Escila atraía hipnóticamente a las naves para lanzarlas luego a las fauces de Caribdis. Si Ulises no hubiera recibido la ayuda de los dioses, lo hubiera pasado mal. Aun así, perdió media docena de hombres en la travesía.

Todo esto era para decir que hablamos de un espacio sagrado para nuestra cultura cuyas profundidades hemos convertido en un estercolero. Vergüenza debería darnos, pero lo que ven ustedes en la foto es solo una pequeña parte de la basura que se amontona sin remedio en el lecho marino de la zona. Destaca, entre los desperdicios, el cuerpo de ese muñeco-bebé que añade a la imagen un punto de terror de novela de Stephen King. Según la crónica a la que la foto servía de ilustración, la exploración submarina descubrió también “muebles de cocina, tazas de váter, colchones, mesas, ropa, ruedas, alfombrillas de coche…, incluso un coche entero”. “Los cangrejos”, añadía la crónica, “caminan por el fondo arrastrando jirones de plástico”. Una Odisea de mierda, en fin.

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Votar o no

Aun comprendiendo el malestar creado por el escenario al que nos ha conducido la torpeza de nuestros dirigentes, me resultan extrañas las connotaciones teológicas que observo en el desengaño colectivo

JUAN JOSÉ MILLÁS

Papeletas electorales para las elecciones generales de distintas formaciones políticas.
Papeletas electorales para las elecciones generales de distintas formaciones políticas. JESÚS DIGES EFE

La política tiene efectos tan devastadores sobre las amistades, la familia y los grupos sociales porque suele vivirse como una religión, más que como un conjunto de fórmulas para organizar la convivencia. Se puede estar de acuerdo con Íñigo Errejón sin necesidad de elevarlo a los altares, o en desacuerdo con él sin desearle una muerte lenta y dolorosa. Quien dice Errejón dice Joan Baldoví, Iglesias, Sánchez, etcétera. Aun comprendiendo el malestar creado por el escenario al que nos ha conducido la torpeza de nuestros dirigentes, me resultan extrañas las connotaciones teológicas que observo en el desengaño colectivo. Hay quien asegura que se abstendrá con el desagarro con que otros se enfadan con Dios frente a una desdicha personal. Para enfadarse con Dios es preciso creer en él, claro.

Se puede no votar, desde luego. Constituye de hecho una de las opciones que ofrece el sistema, pero nunca porque tu líder o tu partido carezcan de la omnipotencia que les atribuías. Hablamos de gente normal y de organizaciones normales, afectadas de las mismas carencias y contradicciones que observamos a nuestro alrededor y en nosotros mismos. No lo pueden todo, pobres. Son con frecuencia un desastre absoluto, sobre todo en la época en la que nos ha tocado vivir, donde la inteligencia política, por la razón que sea, es el producto menos abundante de la naturaleza. Pero qué le vamos a hacer. Tenemos que bregar con lo que hay. Yo, de momento, pienso acercarme al colegio electoral el día de autos. Lo haré sin ningún entusiasmo religioso, pero aplicando el máximo de racionalidad civil del que dispongo. De aquí a entonces, no romperé ningún lazo familiar ni ninguna amistad por una discrepancia de carácter partidista. No me busquéis ahí.

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