Ni idea

Adoro escribir más que nada en el mundo, pero retraso el momento de ponerme a ello por el pánico de no estar a la altura

A mi boca le gusta celebrar la caída de la tarde con un 'gin-tonic' que provoca ardores a mi estómago.
A mi boca le gusta celebrar la caída de la tarde con un ‘gin-tonic’ que provoca ardores a mi estómago.GETTY IMAGES

 

Hay alimentos que gustan a la boca, pero que disgustan al estómago. La boca y el estómago, dado que pertenecen al mismo sistema, deberían estar de acuerdo. Pero no es así. Mi boca prefiere la cocina especiada, muy picante, a la que mi estómago se opone porque le hace mal. A mi boca le gusta celebrar la caída de la tarde con un gin-tonic que provoca ardores a mi estómago. Son solo unas muestras entre las muchas que podría citar. Y ahí estoy yo, en medio de los dos, de mi boca y de mi estómago, como un juez, tratando de decidir a quién doy la razón. ¿Soy un juez imparcial? Pues sí, ya que tanto mi boca como mi estómago me pertenecen (o yo pertenezco a ellos, no lo sé), de modo que procuro que alcancen convenios útiles para ambos. En tiempos fui enlace sindical y me tocó negociar convenios con la empresa en la que trabajaba. Ninguna de aquellas negociaciones fue tan dura como a las que asisto ahora, en calidad de árbitro, entre mi boca y mi estómago.

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El rebote

El sistema es ahora mismo una centrifugadora de seres humanos que salen despedidos hacia los márgenes de la normalidad en cantidades insólitas

Varias personas esperan su turno para recibir alimentos, en la plaza de San Amaro en Madrid.
Varias personas esperan su turno para recibir alimentos, en la plaza de San Amaro en Madrid.MARISCAL / EFE

El sistema es ahora mismo una centrifugadora de seres humanos que salen despedidos hacia los márgenes de la normalidad en cantidades insólitas. Te asomas a la ventana y los ves volar como meteoritos, incluso puedes observar cómo sus vidas se incendian al entrar en contacto con la densa atmósfera de la pobreza. Familias enteras: el marido, la esposa, los niños, los abuelos… ahí van intentando alcanzarse las manos para llegar unidos al círculo infernal que la crisis les haya deparado. Hoy estás en la clase media y mañana eres uno de esos objetos volantes que en 24 horas ha pasado de ver la tele cómodamente en el sofá a hacer cola para recibir una bolsa de fruta. No es raro que esas bolsas procedan de asociaciones extraestatales que se han organizado en los bordes de la supervivencia en forma de grumos de solidaridad. ¿Qué fue del ingreso mínimo vital? (el IMV, que sonaba a marca de coche de alto estándar). ¿Qué, de las diferentes ayudas de carácter municipal? ¿Qué, de los dispensadores europeos del dinero grande? ¿Qué, de la promesa mil veces repetida de que nadie se quedaría atrás? En efecto, no se quedan atrás, se quedan fuera, incluso fuera de la Historia (con mayúscula, claro). No ocuparán ni una nota a pie de página de los libros encuadernados en su propia piel.

Y, sin embargo, esas personas viven, desde que se levantan hasta que se acuestan, una peripecia inconcebible, llevan dentro de sí, si pudiéramos escucharlo, un gran relato. ¿O acaso no constituye un ejercicio heroico abandonar las tibias sábanas para enfrentarse a las temperaturas de los dormitorios glaciales en los que han ido a caer? La violencia institucional, insuficientemente auscultada, es, en estos momentos, atroz. ¡Ojo al rebote!

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El rebote

El sistema es ahora mismo una centrifugadora de seres humanos que salen despedidos hacia los márgenes de la normalidad en cantidades insólitas

Varias personas esperan su turno para recibir alimentos, en la plaza de San Amaro en Madrid.
Varias personas esperan su turno para recibir alimentos, en la plaza de San Amaro en Madrid.MARISCAL / EFE

El sistema es ahora mismo una centrifugadora de seres humanos que salen despedidos hacia los márgenes de la normalidad en cantidades insólitas. Te asomas a la ventana y los ves volar como meteoritos, incluso puedes observar cómo sus vidas se incendian al entrar en contacto con la densa atmósfera de la pobreza. Familias enteras: el marido, la esposa, los niños, los abuelos… ahí van intentando alcanzarse las manos para llegar unidos al círculo infernal que la crisis les haya deparado. Hoy estás en la clase media y mañana eres uno de esos objetos volantes que en 24 horas ha pasado de ver la tele cómodamente en el sofá a hacer cola para recibir una bolsa de fruta. No es raro que esas bolsas procedan de asociaciones extraestatales que se han organizado en los bordes de la supervivencia en forma de grumos de solidaridad. ¿Qué fue del ingreso mínimo vital? (el IMV, que sonaba a marca de coche de alto estándar). ¿Qué, de las diferentes ayudas de carácter municipal? ¿Qué, de los dispensadores europeos del dinero grande? ¿Qué, de la promesa mil veces repetida de que nadie se quedaría atrás? En efecto, no se quedan atrás, se quedan fuera, incluso fuera de la Historia (con mayúscula, claro). No ocuparán ni una nota a pie de página de los libros encuadernados en su propia piel.

Y, sin embargo, esas personas viven, desde que se levantan hasta que se acuestan, una peripecia inconcebible, llevan dentro de sí, si pudiéramos escucharlo, un gran relato. ¿O acaso no constituye un ejercicio heroico abandonar las tibias sábanas para enfrentarse a las temperaturas de los dormitorios glaciales en los que han ido a caer? La violencia institucional, insuficientemente auscultada, es, en estos momentos, atroz. ¡Ojo al rebote!

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Babas

Cualquiera que tenga dos ojos ve por dónde se rompe y se desangra España cada lunes. Y no es por donde nos lo dicen o nos lo dejan de decir, qué va

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja.
El presidente del Partido Popular, Pablo Casado y el líder de Vox, Santiago Abascal, conversan durante la sesión constitutiva de la Cámara Baja.ULY MARTÍN

 

Parece que hay un grupo de facciosos dispuesto a fusilar a 26 millones de españoles para que España no se rompa. ¿Qué rayos entenderán por romperse? España se rompe cada vez que hay un desahucio, se rompe cuando el exjefe de Estado, solo o en compañía de otros, evade impuestos o cobra comisiones, se rompe en el 45% de los jóvenes sin trabajo, se rompe en una reforma laboral que acaba con el sindicalismo, se rompe en las desigualdades galopantes, se rompe en las residencias de ancianos gestionadas por fondos buitres, se rompe en la pobreza energética, en el recibo del gas, en los discursos intragables de nuestros congresistas. Se rompe cuando de la misma boca sale una recomendación sanitaria y su contraria.

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Subir y bajar

Subir y bajar
EDUARDO SANZ EUROPA PRESS / CONTACTO

Entre colgar y descolgar un cuadro no hay mucha diferencia desde el punto de vista gestual. En este caso, sabemos que lo están descolgando, pero podríamos afirmar lo contrario sin que nadie pudiera rebatírnoslo. La Historia, con mayúscula, se cuelga y se descuelga de las enciclopedias con la ambigüedad del que sube las escaleras fingiendo que las baja o viceversa. La Historia es un relato excesivo, por lo que de vez en cuando conviene aligerarlo. La decisión de qué personajes se deben apear obedece más a criterios emocionales que científicos. Ahí se ve lo que la Historia tiene de folletín. De Juana la Loca mucha gente ignora que fue Juana I de Castilla porque lo que nos gusta de ella no es su dimensión política, sino la sentimental. Por eso su cuadro continúa en la pared. Si quieres pasar a la posteridad, no inventes una vacuna, hazte una biografía. Los poetas que prestaron más atención a su biografía que a sus versos están en todas las misceláneas, signifique lo que signifique miscelánea.

Juan Carlos I daba la impresión de ascender hacia las monarquías nórdicas cuando en realidad se precipitaba hacia los emiratos árabes. En este caso, la ambigüedad no la puso él, sino quienes observábamos sus movimientos. Periodistas, políticos, jueces, abogados, tertulianos, investigadores y ciudadanos de a pie preferíamos no ver lo que ocurría. Tuvimos que asistir al espectáculo de aquel pobre elefante con la trompa doblada contra el tronco de un árbol para empezar a caer. Pero a lo que íbamos es que de esta foto lo mismo se podría desprender una cosa que su contraria. —eps

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Futuro

La covid-19 no es una grieta, es un boquete en toda regla, un agujero negro que se traga cuanto pasa por sus bordes

Varias personas con mascarilla hacen cola en una oficina de empleo en Barcelona.
Varias personas con mascarilla hacen cola en una oficina de empleo en Barcelona.©CONSUELO BAUTISTA /

 

En una realidad delirante como la del capitalismo sin fronteras, ha irrumpido de súbito una realidad real, aunque modesta, que es la covid-19. No sabemos qué hacer con ella porque en la realidad delirante éramos personajes y en la realidad real somos personas. Imaginen que en la trama de Crimen y castigo, por poner un ejemplo, penetrara el virus de la polio y atacara a Raskolnikov. ¿Qué haría el personaje de Dostoievski con esa variante argumental? Enloquecería el pobre —más, si cabe— y echaría a perder el relato porque esa enfermedad real alteraría gravemente la lógica interna de la historia irreal. Nosotros vivíamos en una ficción en la que de vez en cuando aparecían grietas provocadas por la entrada de la verdad. Pero el edificio, mal que bien, aguantaba gracias al sacrificio de muchos que soportaban los abusos de unos pocos. En cualquier caso, esa cosa llamada cohesión social se mantenía pese a las desigualdades galopantes.

La covid-19 no es una grieta, es un boquete en toda regla, un agujero negro que se traga cuanto pasa por sus bordes, incluidos los delirios financieros del liberalismo económico, de los que a la mayoría solo nos llegaban las migajas. El relato fantástico anterior, contaminado por la intrusión de una subtrama costumbrista, se tambalea como una torre sin cimientos. No hay lector que se lo crea. Corremos el peligro de que la gente comience a cerrar el libro de su vida y de la nuestra, de nuestras vidas, y lo abandone en cualquier parte o lo tire a la basura, desde donde quizá llegue a una librería de viejo en la que dormirá durante años o siglos o milenios, hasta que una mano del futuro lo rescate y se asombre, al leerlo, de lo locos que estábamos. Ello, en el caso de que exista el futuro.

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Nos matan

Lo que huele a naftalina ahora es el mundo

Varias personas salen de una tienda de moda en la Gran Vía, Madrid.
Varias personas salen de una tienda de moda en la Gran Vía, Madrid.RICARDO RUBIO / EUROPA PRESS

Hasta hace poco se nos quedaban antiguos los teléfonos móviles, los sistemas de reproducción de música o de cine, los aparatos de televisión, los microondas, los ordenadores, los robots de cocina… Acérquese usted a uno de esos vertederos llamados paradójicamente “puntos limpios” y se espantará ante la colección de objetos domésticos que perecen a diario. Esta es una de las características de la contemporaneidad: la obsolescencia, programada o no, de nuestras prótesis. Lo soportábamos porque la obsolescencia iba de la mano del consumismo ciego. Usar y tirar, tal era la filosofía a la que nos plegamos sumisamente y de la que obteníamos un placer nuevo que ha devenido viejo.

Lo que huele a naftalina ahora es el mundo. La mascarilla, aunque sólo cubre la nariz y la boca, influye también en nuestro modo de mirar. Sales a desconfinarte un rato por la tarde, observas cuanto te rodea y te das cuenta de que ya nada sirve. Se han marchitado las relaciones económicas, las laborales, las familiares, los pasos de cebra y hasta los parvularios. Vivimos en el mundo de ayer. Yo utilizo una batidora de hace 20 años, pero lo hago con la conciencia de que cualquier día me funde los plomos o me electrocuta. Hay asimismo edificios con cañerías de plomo que de un momento a otro reventarán inundándolo todo.

La realidad ha prescrito. Se lee en los ojos de la gente, en su respiración ansiosa, en sus andares huidizos. Es cierto que el paracetamol de hace dos años, aunque caducado, quita los dolores de cabeza de hoy. Podemos vivir, en fin, durante algún tiempo de productos rancios, descompuestos, podridos, de yogures con moho olvidados en un rincón del frigorífico. Pero conviene no abusar porque en una de esas nos matan.

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Un ojo

Hay, donde vuelvas la vista, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso

La Rambla de Barcelona este jueves.
La Rambla de Barcelona este jueves. DAVID ZORRAKINO EUROPA PRESS

 

La capital eléctrica es hoy una ciudad anhelante y quieta. Exhalan ansiedad los bloques de viviendas, las alcantarillas, los semáforos, las iglesias, los grandes almacenes. Las pequeñas tiendas de proximidad que aún no han cerrado respiran por la puerta con las dificultades propias de un ataque de angustia. Los edificios vacíos de oficinas tienen un nudo en el pecho, tienen un bulto, tienen un bolo histérico, según la terminología psiquiátrica, que se desplaza caprichosamente a la garganta para provocarles sensación de ahogo, dificultades para tragar saliva y dolor de cabeza. Los expedientes de los despachos de abogados se agitan en el interior de las carpetas como el mercurio en los termómetros. Al afeitarte, la nariz y los ojos se desplazan en el interior de la cara, porque también el azogue de detrás del espejo, que está nervioso, tiembla.

Hay, donde vuelvas la vista, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso. Ayer, al asomarte a la ventana del cuarto de baño, que da al patio, coincidiste con el joven de 12 o 13 años de la casa de enfrente. Consumido por el encierro, se llevó los dedos índice y corazón de la mano izquierda a los labios, solicitándote de ese modo un cigarrillo. Aunque hace años que no fumas, conservas en el botiquín, junto a las medicinas caducadas, un paquete de Marlboro que exhaló, al abrirlo, un suspiro de alivio. Le tiraste un par de cigarrillos envueltos en un trozo de papel higiénico junto a un tubo agonizante de pasta de dientes que proporcionó peso al conjunto.

Abandonaste luego al muchacho con su cigarrillo onanista y revisaste el mecanismo de la cisterna, que ha vuelto a gotear con la tristeza del que llora por un solo ojo.

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Miles y miles

Resulta turbador que los difuntos tengan manos. Manos que abrocharon y desabrocharon, que dijeron adiós, que pasaron la esponja por la espalda del amado o la amada

Manos de una persona hospitalizada.
Manos de una persona hospitalizada. DSZC GETTY IMAGES

 

Resulta turbador que los difuntos tengan manos. Deberían caérseles al expirar como las hojas se desprenden de los árboles en el otoño. Impresiona calcular el número diario de manos que venimos entregando a la tierra o al fuego desde que estallara el desastre. Manos que abrocharon y desabrocharon, que dijeron adiós, que tuvieron la sartén por el mango, que pasaron la esponja por la espalda del amado o la amada, manos que masturbaron, que condujeron un triciclo primero y una bicicleta después, que, en forma de cuenco, llevaron el agua fresca hasta la boca, que extrajeron un ansiolítico del blíster, que manejaron con habilidad el tenedor y el cuchillo, que hicieron lazadas en los cordones de los zapatos, que plancharon la ropa, que aplicaron el champú exacto en la cabeza, que detectaron irregularidades en la piel propia o en la de los otros, que apagaron y encendieron luces, que sujetaron cigarrillos, que pusieron tiritas, que estrecharon las de los demás, que empuñaron el hacha, la taladradora o el destornillador, manos que escribieron poemas, que construyeron puentes, que sacaron la bolsa de la basura, que leyeron el braille, que tradujeron los discursos a los sordos, que abrieron y cerraron puertas, que bajaron la tapa de algún ataúd, quizá también de algún piano, manos que alisaron las penas, que absolvieron, que mostraron el carné de identidad a las fuerzas del orden, que se agarraron a las barras de sujeción del metro o de los autobuses, que viajaron al pecho cuando una punzada de dolor o a la cabeza cuando una preocupación, manos diestras y zurdas, manos de uñas pintadas, de dedos largos, manos con haz y envés. Miles de manos echadas a perder por la pandemia. Las manos de los padres y de los hijos muertos.

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Yogures

Todo el mundo está ansioso por la posibilidad de que la vida no arranque cuando desaparezca la pandemia; de hecho, miles de viejos se han quedado ya en la cuneta

Colas a las puertas de un supermercado en Madrid.
Colas a las puertas de un supermercado en Madrid. MARTA FERNÁNDEZ JARA EUROPA PRESS

 

Ayer fui al híper e hice una compra grande porque tenía crédito, del mismo modo que miles de compatriotas (signifique lo que signifique compatriota) no pudieron comprar porque carecían de él. Significa que la economía de mercado funcionó, porque la economía de mercado consiste en que unos puedan y otros no puedan. Yo ayer pude. Tengo un vecino que cada cuatro días sale a la puerta de su casa, donde logró aparcar el coche antes del confinamiento, y le da a la llave de contacto para ver si el motor se pone en marcha. Todo el mundo está ansioso por la posibilidad de que la vida no arranque cuando desaparezca la pandemia; de hecho, miles de viejos se han quedado ya en la cuneta, tirados, nunca mejor dicho, y amontonados luego en el desguace de las morgues improvisadas sobre las pistas de hielo de los templos capitalistas. Parecen los restos del motor de cuatro tiempos de las operaciones financieras a las que sirvieron de combustible.

Compré productos que necesitaba y productos que no, aunque sin saber cuáles pertenecían a una categoría o a la otra, pues lo que caracteriza a las sociedades de consumo es la ausencia de fronteras entre lo inevitable y lo accesorio. Más tarde, en la cocina, mientras ordenaba las viandas, alguien se refirió en la radio a los peligros que corría en la actual situación el orden económico. Telefoneé a la emisora para tranquilizar al analista, pero no consideraron conveniente pasarme con él. Le puse un mensaje de voz contándole que acababa de llegar del híper, etcétera. Me da pena que la gente sufra por cuestiones irreales. Comprendería la preocupación de los expertos si hubiera un sistema alternativo del que pudiéramos echar mano, pero no es el caso. Los yogures estaban a punto de caducar.

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