Nos matan

Lo que huele a naftalina ahora es el mundo

Varias personas salen de una tienda de moda en la Gran Vía, Madrid.
Varias personas salen de una tienda de moda en la Gran Vía, Madrid.RICARDO RUBIO / EUROPA PRESS

Hasta hace poco se nos quedaban antiguos los teléfonos móviles, los sistemas de reproducción de música o de cine, los aparatos de televisión, los microondas, los ordenadores, los robots de cocina… Acérquese usted a uno de esos vertederos llamados paradójicamente “puntos limpios” y se espantará ante la colección de objetos domésticos que perecen a diario. Esta es una de las características de la contemporaneidad: la obsolescencia, programada o no, de nuestras prótesis. Lo soportábamos porque la obsolescencia iba de la mano del consumismo ciego. Usar y tirar, tal era la filosofía a la que nos plegamos sumisamente y de la que obteníamos un placer nuevo que ha devenido viejo.

Lo que huele a naftalina ahora es el mundo. La mascarilla, aunque sólo cubre la nariz y la boca, influye también en nuestro modo de mirar. Sales a desconfinarte un rato por la tarde, observas cuanto te rodea y te das cuenta de que ya nada sirve. Se han marchitado las relaciones económicas, las laborales, las familiares, los pasos de cebra y hasta los parvularios. Vivimos en el mundo de ayer. Yo utilizo una batidora de hace 20 años, pero lo hago con la conciencia de que cualquier día me funde los plomos o me electrocuta. Hay asimismo edificios con cañerías de plomo que de un momento a otro reventarán inundándolo todo.

La realidad ha prescrito. Se lee en los ojos de la gente, en su respiración ansiosa, en sus andares huidizos. Es cierto que el paracetamol de hace dos años, aunque caducado, quita los dolores de cabeza de hoy. Podemos vivir, en fin, durante algún tiempo de productos rancios, descompuestos, podridos, de yogures con moho olvidados en un rincón del frigorífico. Pero conviene no abusar porque en una de esas nos matan.

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Un ojo

Hay, donde vuelvas la vista, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso

La Rambla de Barcelona este jueves.
La Rambla de Barcelona este jueves. DAVID ZORRAKINO EUROPA PRESS

 

La capital eléctrica es hoy una ciudad anhelante y quieta. Exhalan ansiedad los bloques de viviendas, las alcantarillas, los semáforos, las iglesias, los grandes almacenes. Las pequeñas tiendas de proximidad que aún no han cerrado respiran por la puerta con las dificultades propias de un ataque de angustia. Los edificios vacíos de oficinas tienen un nudo en el pecho, tienen un bulto, tienen un bolo histérico, según la terminología psiquiátrica, que se desplaza caprichosamente a la garganta para provocarles sensación de ahogo, dificultades para tragar saliva y dolor de cabeza. Los expedientes de los despachos de abogados se agitan en el interior de las carpetas como el mercurio en los termómetros. Al afeitarte, la nariz y los ojos se desplazan en el interior de la cara, porque también el azogue de detrás del espejo, que está nervioso, tiembla.

Hay, donde vuelvas la vista, una armonía destemplada, una paz armada hasta los dientes, hay un sosiego tenso. Ayer, al asomarte a la ventana del cuarto de baño, que da al patio, coincidiste con el joven de 12 o 13 años de la casa de enfrente. Consumido por el encierro, se llevó los dedos índice y corazón de la mano izquierda a los labios, solicitándote de ese modo un cigarrillo. Aunque hace años que no fumas, conservas en el botiquín, junto a las medicinas caducadas, un paquete de Marlboro que exhaló, al abrirlo, un suspiro de alivio. Le tiraste un par de cigarrillos envueltos en un trozo de papel higiénico junto a un tubo agonizante de pasta de dientes que proporcionó peso al conjunto.

Abandonaste luego al muchacho con su cigarrillo onanista y revisaste el mecanismo de la cisterna, que ha vuelto a gotear con la tristeza del que llora por un solo ojo.

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Miles y miles

Resulta turbador que los difuntos tengan manos. Manos que abrocharon y desabrocharon, que dijeron adiós, que pasaron la esponja por la espalda del amado o la amada

Manos de una persona hospitalizada.
Manos de una persona hospitalizada. DSZC GETTY IMAGES

 

Resulta turbador que los difuntos tengan manos. Deberían caérseles al expirar como las hojas se desprenden de los árboles en el otoño. Impresiona calcular el número diario de manos que venimos entregando a la tierra o al fuego desde que estallara el desastre. Manos que abrocharon y desabrocharon, que dijeron adiós, que tuvieron la sartén por el mango, que pasaron la esponja por la espalda del amado o la amada, manos que masturbaron, que condujeron un triciclo primero y una bicicleta después, que, en forma de cuenco, llevaron el agua fresca hasta la boca, que extrajeron un ansiolítico del blíster, que manejaron con habilidad el tenedor y el cuchillo, que hicieron lazadas en los cordones de los zapatos, que plancharon la ropa, que aplicaron el champú exacto en la cabeza, que detectaron irregularidades en la piel propia o en la de los otros, que apagaron y encendieron luces, que sujetaron cigarrillos, que pusieron tiritas, que estrecharon las de los demás, que empuñaron el hacha, la taladradora o el destornillador, manos que escribieron poemas, que construyeron puentes, que sacaron la bolsa de la basura, que leyeron el braille, que tradujeron los discursos a los sordos, que abrieron y cerraron puertas, que bajaron la tapa de algún ataúd, quizá también de algún piano, manos que alisaron las penas, que absolvieron, que mostraron el carné de identidad a las fuerzas del orden, que se agarraron a las barras de sujeción del metro o de los autobuses, que viajaron al pecho cuando una punzada de dolor o a la cabeza cuando una preocupación, manos diestras y zurdas, manos de uñas pintadas, de dedos largos, manos con haz y envés. Miles de manos echadas a perder por la pandemia. Las manos de los padres y de los hijos muertos.

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Yogures

Todo el mundo está ansioso por la posibilidad de que la vida no arranque cuando desaparezca la pandemia; de hecho, miles de viejos se han quedado ya en la cuneta

Colas a las puertas de un supermercado en Madrid.
Colas a las puertas de un supermercado en Madrid. MARTA FERNÁNDEZ JARA EUROPA PRESS

 

Ayer fui al híper e hice una compra grande porque tenía crédito, del mismo modo que miles de compatriotas (signifique lo que signifique compatriota) no pudieron comprar porque carecían de él. Significa que la economía de mercado funcionó, porque la economía de mercado consiste en que unos puedan y otros no puedan. Yo ayer pude. Tengo un vecino que cada cuatro días sale a la puerta de su casa, donde logró aparcar el coche antes del confinamiento, y le da a la llave de contacto para ver si el motor se pone en marcha. Todo el mundo está ansioso por la posibilidad de que la vida no arranque cuando desaparezca la pandemia; de hecho, miles de viejos se han quedado ya en la cuneta, tirados, nunca mejor dicho, y amontonados luego en el desguace de las morgues improvisadas sobre las pistas de hielo de los templos capitalistas. Parecen los restos del motor de cuatro tiempos de las operaciones financieras a las que sirvieron de combustible.

Compré productos que necesitaba y productos que no, aunque sin saber cuáles pertenecían a una categoría o a la otra, pues lo que caracteriza a las sociedades de consumo es la ausencia de fronteras entre lo inevitable y lo accesorio. Más tarde, en la cocina, mientras ordenaba las viandas, alguien se refirió en la radio a los peligros que corría en la actual situación el orden económico. Telefoneé a la emisora para tranquilizar al analista, pero no consideraron conveniente pasarme con él. Le puse un mensaje de voz contándole que acababa de llegar del híper, etcétera. Me da pena que la gente sufra por cuestiones irreales. Comprendería la preocupación de los expertos si hubiera un sistema alternativo del que pudiéramos echar mano, pero no es el caso. Los yogures estaban a punto de caducar.

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Anticuerpos

Que Europa no se ame a sí misma quizá sea un reflejo del resto de las contradicciones que aquejan a los seres humanos y a las instituciones por ellos levantadas

Pedro Sánchez participa en el Consejo Europeo por videoconferencia el 26 de marzo.
Pedro Sánchez participa en el Consejo Europeo por videoconferencia el 26 de marzo. MONCLOA

 

Europa está resultando un poco antieuropea, lo que viene a ser como si El Corte Inglés, la Renault, Nissan, Mercadona, Alcampo o el BBVA se detestaran a sí mismos o a sí mismas, qué lástima. Bueno, hay matrimonios que se rompen en la noche de bodas y escritores cuya última voluntad es que se haga una pira con sus obras completas. Hay poetas que se pegan un tiro frente al espejo, como para matarse dos veces, y organismos que sufren reacciones alérgicas ante su propio semen, todo ello por no hablar de las guerras civiles en las que vecinos y hermanos se fusilan mutuamente al paso alegre de la paz, etcétera. También hay familias desfamiliarizadas e individuos desindividuados. Muchos adoramos las grasas industriales, que nos producen colesterol, y rechazamos las verduras frescas, que nos lo quitan.

Que Europa no se ame a sí misma quizá sea un reflejo del resto de las contradicciones que aquejan a los seres humanos y a las instituciones por ellos levantadas. Aquí, los analistas más conspicuos se han referido siempre a Europa como si, lejos de formar parte de ella, fuéramos una de sus colonias: Europa ordena esto, Europa manda lo otro, Europa decreta lo de más allá, que es como si yo hablara de mi hígado como si se encontrara en Indonesia. Somos teóricamente Europa, pero emocionalmente la describimos como a la madrastra de los cuentos, sobre todo después de asistir al modo en que se ensañó con Grecia cuando lo de entonces. Lo peor es que lo hizo por su bien, que es la excusa de los profesores partidarios del castigo físico. Soy europeísta hasta el tuétano, pero no sé si tiene sentido ser más papista que el Papa.

A lo que íbamos es que Europa debería liberar eurobonos como el sistema inmune segrega anticuerpos.

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Feliz viernes

Buenos días a los miedosos y a los débiles: llevamos tanto tiempo en manos de los fuertes, de los agresivos, de los de las ideas claras, que daríamos cualquier cosa por unas cuotas de fragilidad perspicaz

Una chica lee un libro en el balcón de su casa, durante el confinamiento en Barcelona
Una chica lee un libro en el balcón de su casa, durante el confinamiento en Barcelona CONSUELO BAUTISTA

 

Un abrazo, gente. ¿Cómo vais? ¿Qué tal los hijos y los nietos, los abuelos y las abuelas, los yernos y las nueras, los naturales y los forasteros? ¿Qué tal los camaradas y los adversarios? ¿Qué tal los zurdos y los diestros y los ambivalentes? ¿Qué tal los retraídos y los audaces? ¿Qué tal los subsecretarios y las boticarias y los jefes de obras? ¿Qué tal los limpiadores de las altas torres, los revisores de las calderas del gas, los fumistas, los polleros, los empleados de Correos? ¿Qué tal los de la febrícula y los de las temperaturas altas, los de las mialgias y la tos? ¿Qué tal los muertos y las muertas, pobres?

Buenos días, país. Buenos días, España. Buenos días, médicos y doctoras, enfermeras y sanitarios, celadores, intensivistas y cardiólogos y expertos en cuidados paliativos. Buenos días a los ignorantes bajo control y a los portadores sanos. Buenos días a los miedosos y a los débiles: llevamos tanto tiempo en manos de los fuertes, de los agresivos, de los de las ideas claras, que daríamos cualquier cosa por unas cuotas de fragilidad perspicaz.

Buenos días, poetas y fotógrafos y galeristas de arte y gerentes de residuos orgánicos y camilleros. Buenos días, sintaxis, buenos días, gramática. Feliz jornada a ti también, retórica, y gracias por dotarnos de los rudimentos precisos para la utilización del lenguaje: serías la estrella de la crisis si lograras colarte en los discursos de los jefes de Estado y de los presidentes de Gobierno y de los portavoces de la oposición. ¿Cómo estáis los conductores de camiones? ¿Dónde paráis ahora para refrescaros la cara y en qué microondas del corazón calentáis los garbanzos del túper? Periodistas, queridos compañeros y compañeras, ánimo, fuerza y feliz viernes.

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Se momifican con nobleza

Se momifican con nobleza
DANIEL AGUILAR REUTERS

A los pies, pobres, que nos prestan tantos servicios, no les hacemos mucho caso. Se encuentran al sur de la geografía corporal, tan lejos del cuadro de mandos del encéfalo que nos da pereza viajar hasta sus confines para charlar con ellos. Solo cuando santa Bárbara truena en forma de juanete, de dedos en forma de garra, de uñas encarnadas o de papilomas plantares, por citar apenas tres o cuatro patologías que les son propias, nos los hacemos ver por el especialista (o la especialista: el genérico, que no llega). Conservo una foto en la que el papa Francisco aparece lavando los pies de 12 presos de acuerdo con el rito tradicional del Jueves Santo. Lo hizo (lo hacen) en imitación de Cristo, porque esa es la mayor muestra de humildad que quepa imaginar. Hay establecimientos en los que te lavan la cabeza, pero no se sabe de ninguno, excepto el Vaticano, en el que te laven los pies. Se entiende, quizá, que lavar la cabeza equivale a ordenar las ideas del cliente. De hecho, cuando te extienden el champú, te dan con la yema de los dedos un masaje que proporciona la ilusión de activar las neuronas.

Las neuronas están muy bien vistas porque allá donde actúan reside también, o eso creemos, la identidad, el yo. Los pies, en cambio, podrían pertenecer a cualquiera, son intercambiables. Sin embargo, cuando te mueres sin que nadie reclame tus restos, te cuelgan los datos de su dedo gordo. Tal es el caso de los pies de la fotografía, que completan un conjunto de cuerpos anónimos en una morgue de Oaxaca, en México. ¿Es solo idea mía o se momifican con una nobleza digna de atención?

Juan José Millás

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Termitas

No sé qué guardamos dentro del armario de la monarquía, pero algo muy oscuro o muy nuestro debe de ser cuando no nos decidimos a llevarla al trastero

El rey Felipe VI, durante su mensaje a la nación este miércoles.
El rey Felipe VI, durante su mensaje a la nación este miércoles. EFE

 

Querido diario de la peste: la realidad funciona a vapor, como las locomotoras primitivas. Cuando la presión aumenta, se abre una válvula. Esta semana, la primera del encierro, abrieron la de la renuncia simbólica de Felipe VI a la herencia podrida de su padre. Nuestros maquinistas creen que las noticias morbosas alivian la claustrofobia de la población, aislada por lo general en viviendas con menos metros cuadrados que las banderas de la patria que ondean en las fachadas de los edificios oficiales. Hay inquietud por la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo y el pánico consiguiente de no llegar a fin de mes. El futuro se presenta como un monstruo japonés posnuclear a punto de romper sus ataduras. Los niños, presos entre cuatro paredes, no agotan sus energías y tardan en dormirse.

Pero no sé si han tocado la válvula adecuada. Libera un gas fétido que no disminuye sin embargo la presión de la caldera. La gente ha recibido la noticia como si perteneciera a una realidad paralela. Hemos aceptado para lo bueno y para lo malo que la monarquía esté ahí como el mueble viejo del pasillo con el que siempre tropezamos. ¡Qué pereza moverlo! ¡Qué pereza mover la monarquía! Dejémosla estar, pues, pero Felipe VI podría ahorrarse discursos de Navidad como el del miércoles. No cuelan, Majestad: vivimos en planetas diferentes.

En el mueble del pasillo, comido por la polilla, conservamos la vieja colección de discos de vinilo que en el futuro podría valer algún dinero. No sé qué guardamos dentro del armario de la monarquía, pero algo muy oscuro o muy nuestro debe de ser cuando, pese a su historial de escándalos, no nos decidimos a llevarla al trastero. Acabarán con ella las termitas antes que un decreto.

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El narcisismo es seductor

Antonio García
Antonio García MUSEO SOROLLA

El bodegón atraviesa la historia del arte desde sus orígenes hasta nuestros días. La vertebra quizá, no sé, el caso es que no hay siglo en el que no se haya practicado. Lo curioso es que influya, por ejemplo, en el autorretrato. Para muestra, un botón: la foto, de 1907, presenta a la familia de Sorolla, que aparece sentado en primer término, a la izquierda. Su autor, y yerno del artista valenciano, Antonio García Peris (de pie, al fondo), ha colocado a las personas fotografiadas como a los membrillos en un frutero. Da la impresión de que hubieran caído en sus lugares de manera casual, igual que en una “naturaleza muerta”, pues de este modo se conoce también el género.

Limítense, por un momento, a observar sólo las cabezas. Reparen en la inteligencia compositiva con la que han sido ordenadas alrededor de un eje invisible, situado hacia el centro de la mesa, de manera que entraran todas ellas en el objetivo. Y son muchas cabezas: nada menos que 10, 4 de hombres y 6 de mujeres, casi todas pertenecientes a personas maduras que provocan, como los bodegones, sacudidas de paz, de calma, de cadencia, de proporción y de sintaxis. Nadie vuelve la vista hacia la cámara, como si no existiera. Viven estas personas, lo mismo que los objetos de una naturaleza muerta, atrapadas en una suerte de ensimismamiento narcisista insoportablemente seductor. No les importa que las contemplemos una a una, a las de perfil y a las de frente, a las que se encuentran de pie o sentadas, a las que llevan barba y a las que no. He aquí un festín de gestos y de juegos de luces. Una joya.

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Espanto

Mis conexiones neuronales me traían a la memoria sucesos que se encendían y se apagaban de forma caprichosa, como si alguien jugara con sus interruptores

Neuronas en cultivo en el Instituto de Neurociencias español.
Neuronas en cultivo en el Instituto de Neurociencias español. CSIC

 

Me desperté a las cuatro de la mañana y fingí que seguía dormido en la esperanza de que la mentira deviniera verdad (de día finjo con alguna frecuencia estar despierto y acabo despertándome). Pero el sueño, pese a permanecer con los ojos cerrados e imitar la respiración del estado de reposo, no volvió. Me asomé entonces a una ventana imaginaria que daba a mi cerebro para observar los fuegos artificiales que producían sus chispazos eléctricos. Con el primer chispazo apareció en mi mente la idea del coronavirus acompañada de imágenes de batas blancas y mascarillas sobre el rostro. Antes de que esa chispa se hubiera apagado, fue sustituida por la de Alfonso Alonso llorando en el telediario, que se extinguió de inmediato para ser sustituida por la de la vicepresidenta de Venezuela, que hacía unas declaraciones sin sonido. En un momento dado sonrió y le vi la fila de los dientes de arriba. Tras unos centelleos muy breves, que alumbraron, sin más, de forma sucesiva, los rostros de Cayetana Álvarez de Toledo y Carmen Calvo, apareció un anuncio de KIA. Se trataba de un modelo muy barato con siete años de garantía.

Mi pensamiento, en fin, si a esto puede llamársele pensamiento, saltaba como una pulga de un extremo a otro activando aleatoriamente diferentes zonas de mi masa encefálica. Intenté controlar esos saltos, conducirlos, lo que no logré. Escogía un asunto, pero en seguida, de manera insensible, mis conexiones neuronales me traían a la memoria, contra mi voluntad, sucesos de la vida cotidiana que se encendían y se apagaban de forma caprichosa, como si alguien jugara con sus interruptores. Cerré, espantado, la ventana imaginaria y volví, no sé cómo, a caer dormido. La vigilia de aquel martes no fue muy diferente.

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