Tranquilo

Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo

JUAN JOSÉ MILLÁS

Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?
Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien? GETTY IMAGES

Yo no soy como pienso. De hecho, pienso todo el rato cosas horribles, tan horribles que ni siquiera me atrevo a enumerarlas. Pero luego, en la realidad extramental, soy un tipo dócil, contemporizador, dispuesto a darle la razón a todo el mundo, no por cortesía, sino porque todo el mundo la tiene. Incluso cuando dicen disparates, llevan un poco de razón si piensas en lo que han sido sus vidas, de modo que asiento con la cabeza mientras imagino la forma de matarlos. Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, consumiendo lentamente una cerveza, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?

Me ha sentado algo mal, tengo el estómago revuelto. Intento, pese a ello, poner en marcha pensamientos misericordiosos. Ayer por la noche, en la tele, salió un anuncio según el cual, si enviabas un mensaje con la palabra “HAMBRE” a determinado número, dabas de comer durante varios días a un niño de algún lugar de África. Me quedé con el número, de modo que saco el móvil del bolsillo y ejecuto esa buena acción. Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo.

Cuando escuché por primera vez esta palabra, misántropo, y me enteré de su significado, pensé que eso era lo que me ocurría a mí, que odiaba a la humanidad, lo que significaba que me odiaba a mí mismo. Tengo muy mal concepto de mí mismo. Tal vez me comporto de forma amable con la gente para disimular la basura que llevo dentro. Me duele esa basura y me duele la humanidad, así que pongo otro mensaje con la palabra “HAMBRE” al número consabido y parece que me quedo más tranquilo. El tipo del extremo de la barra acaba de sacar su móvil, quizá para lo mismo que yo.

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El poeta

Era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías

JUAN JOSÉ MILLÁS

Entrada al baño de un restaurante.
Entrada al baño de un restaurante. GETTY IMAGES

Tras el postre, fui a orinar a los servicios del restaurante en el que había comido con mi amigo Ricardo. Al bajarme la cremallera, descubrí en el urinario una fotografía suya, de las de fotomatón. No tuve valor para meter la mano y retirarla, pero tampoco para desaguar sobre su imagen. Me reprimí, pues, y volví a la mesa, donde preferí no comentar lo sucedido. Nos tomamos el café y nos despedimos sin que por fortuna él hubiera hecho intención de acudir al lavabo.

Ya en casa, telefoneé a un amigo común que al relatarle el caso me dijo que era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías del centro en una especie de maniobra autodestructiva que consideraba acorde con su condición de poeta maldito. Nunca tuvo vocación de poeta maldito, pero al haber fracasado como poeta a secas, albergaba la esperanza de triunfar de este modo. Tal vez la televisión, la radio o las redes sociales se hicieran eco de su campaña masoquista.

Durante los siguientes días visité por curiosidad los lavabos de los restaurantes y cafés frecuentados por escritores y periodistas y comprobé que en todos sus urinarios, sin excepción, había fotos de Ricardo, la mayoría deterioradas ya por las sucesivas rachas de orines que se habían vertido sobre ellas. Al final no pude reprimirlo y lo llamé para que cesara en aquella actitud que dañaba su imagen. Replicó que estaba dispuesto a cualquier cosa para que su poesía llegara a los lectores y que este sistema de hacerse famoso le parecía original. Solo necesitaba salir en uno o dos telediarios. Colgué apenado por él, por el mundo y por los telediarios. De momento no ha logrado convertirse en un poeta maldito, pero sigue siendo un maldito poeta.

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Holismo

El examen intensivo del árbol no debería impedir la visión del bosque al que pertenece

JUAN JOSÉ MILLÁS

Manifestantes antigubernamentales chocan con la policía, durante las protestas contra el aumento del coste de vida, el 20 de octubre de 2019, en Santiago, Chile.
Manifestantes antigubernamentales chocan con la policía, durante las protestas contra el aumento del coste de vida, el 20 de octubre de 2019, en Santiago, Chile. MARCELO HERNÁNDEZ GETTY

“El origen de este absceso que tiene usted en el párpado”, sentenció el médico, “se encuentra en el hígado”. “El hígado está muy lejos del párpado”, le respondí. “Pero tiene la mano muy larga”, concluyó el doctor.

Volví a casa pensando en los desórdenes de Chile, y en los incendios de la capital del Ecuador, y en la crisis de los chalecos amarillos, en Francia, por no mencionar lo ocurrido en Hong Kong, donde habíamos visto a los manifestantes tomar violentamente el aeropuerto del Prat, perdón, el de Chek Lap Kok. Son solo cuatro o cinco ejemplos de una lista más larga de localidades alejadas entre sí, cuyos desbarajustes procedían tal vez de los jugos biliares de la realidad global. ¿Pero dónde diablos se encontraba la víscera?

He ahí el problema. ¿Es el G-7 ese hígado? ¿Es el FMI? ¿Es el Banco Mundial? ¿La Organización Mundial de Comercio? ¿El Mercosur, el CEPAL, la UE? La globalización sobrevenida debería modificar la lectura de los fenómenos locales. Hay mensajeros químicos del malestar que viajan, como las hormonas, a través de las redes sanguíneas. Las tramas glandulares del mundo incluyen vesículas que a primera vista no guardan entre sí correspondencia alguna. El Ibex 35 no ha cesado de temblar durante las hostilidades entre China y EE UU, sin contar con los calambres que le ha venido provocando el Brexit, que es otro absceso.

Conviene establecer, en fin, cada diagnóstico partiendo de los presupuestos del holismo, disciplina que explica el funcionamiento de los sistemas desde las interacciones del conjunto, y no desde el estudio aislado de sus partes. El examen intensivo del árbol no debería impedir la visión del bosque al que pertenece. Se necesitan endocrinólogos, más que analistas políticos.

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Interruptores

La pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, respondió

JUAN JOSÉ MILLÁS

Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera.
Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera. PATRICIA ESTEVE

Érase una pareja de videntes que tuvieron una hija ciega a la que hicieron creer que los ciegos eran ellos y que ella veía. La cría compensó enseguida la supuesta carencia de sus padres con una agudeza fuera de lo común, pues resultó ser muy despierta y perspicaz. Cuando viajaban en el metro les indicaba la estación en la que se debían bajar y los ayudaba a diferenciar y escoger los alimentos en el supermercado. Les leía también la correspondencia del banco, así como las cartas que recibían de un pariente que vivía en Buenos Aires. Ellos, asombrados por las habilidades de la pequeña, se dejaban querer y utilizaban cada día menos el sentido de la vista.

Un día, al poco de cumplir los siete años, una compañera de colegio reveló a la niña que era ciega. “Los ciegos son mis padres”, dijo ella. “Eso es lo que te han hecho creer”, le respondió la amiga, “para que no sufrieras”. La niña no dijo nada en casa, pero empezó a observar el mundo desde esta perspectiva nueva. Comprendió que esos clics inexplicables que sonaban por las noches en el dormitorio o el pasillo eran los que hacían los interruptores de la luz. Un día se dejaron de escuchar porque los padres empezaron a moverse por la casa sin necesidad alguna de utilizar los ojos. Pero la niña, necesitada de esos sonidos, continuó encendiendo las luces al oscurecer ante la admiración del matrimonio.

De manera insensible, ella iba ocupando la dimensión visual de ellos mientras que ellos se trasladaban a la de ella. Cuando se hizo mayor, tuvo a su vez una hija vidente a la que hizo creer desde el principio que era ciega. En cierta ocasión, la pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, le respondió. Y nunca se volvió a hablar del asunto.

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Exploración submarina

Juan José Millás

Exploración submarina
CNR / M. P.

DE REGRESO A ÍTACA, Ulises tuvo que atravesar el estrecho de Mesina, que une el mar Tirreno con el Jónico. Un lugar real y fantástico a la vez, pues muchos estudiosos sitúan la presencia de los monstruos Escila y Caribdis a la entrada de ese estrecho. Escila tenía seis cabezas de perro y doce patas. Caribdis era un torbellino de agua que devoraba cuanto caía en sus contornos para vomitarlo luego en forma de naufragio. No podías alejarte de uno sin caer en las garras del otro y al revés, de ahí la expresión de hallarse entre Escila y Caribdis, que es como encontrarse entre la espada y la pared. Escila atraía hipnóticamente a las naves para lanzarlas luego a las fauces de Caribdis. Si Ulises no hubiera recibido la ayuda de los dioses, lo hubiera pasado mal. Aun así, perdió media docena de hombres en la travesía.

Todo esto era para decir que hablamos de un espacio sagrado para nuestra cultura cuyas profundidades hemos convertido en un estercolero. Vergüenza debería darnos, pero lo que ven ustedes en la foto es solo una pequeña parte de la basura que se amontona sin remedio en el lecho marino de la zona. Destaca, entre los desperdicios, el cuerpo de ese muñeco-bebé que añade a la imagen un punto de terror de novela de Stephen King. Según la crónica a la que la foto servía de ilustración, la exploración submarina descubrió también “muebles de cocina, tazas de váter, colchones, mesas, ropa, ruedas, alfombrillas de coche…, incluso un coche entero”. “Los cangrejos”, añadía la crónica, “caminan por el fondo arrastrando jirones de plástico”. Una Odisea de mierda, en fin.

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Votar o no

Aun comprendiendo el malestar creado por el escenario al que nos ha conducido la torpeza de nuestros dirigentes, me resultan extrañas las connotaciones teológicas que observo en el desengaño colectivo

JUAN JOSÉ MILLÁS

Papeletas electorales para las elecciones generales de distintas formaciones políticas.
Papeletas electorales para las elecciones generales de distintas formaciones políticas. JESÚS DIGES EFE

La política tiene efectos tan devastadores sobre las amistades, la familia y los grupos sociales porque suele vivirse como una religión, más que como un conjunto de fórmulas para organizar la convivencia. Se puede estar de acuerdo con Íñigo Errejón sin necesidad de elevarlo a los altares, o en desacuerdo con él sin desearle una muerte lenta y dolorosa. Quien dice Errejón dice Joan Baldoví, Iglesias, Sánchez, etcétera. Aun comprendiendo el malestar creado por el escenario al que nos ha conducido la torpeza de nuestros dirigentes, me resultan extrañas las connotaciones teológicas que observo en el desengaño colectivo. Hay quien asegura que se abstendrá con el desagarro con que otros se enfadan con Dios frente a una desdicha personal. Para enfadarse con Dios es preciso creer en él, claro.

Se puede no votar, desde luego. Constituye de hecho una de las opciones que ofrece el sistema, pero nunca porque tu líder o tu partido carezcan de la omnipotencia que les atribuías. Hablamos de gente normal y de organizaciones normales, afectadas de las mismas carencias y contradicciones que observamos a nuestro alrededor y en nosotros mismos. No lo pueden todo, pobres. Son con frecuencia un desastre absoluto, sobre todo en la época en la que nos ha tocado vivir, donde la inteligencia política, por la razón que sea, es el producto menos abundante de la naturaleza. Pero qué le vamos a hacer. Tenemos que bregar con lo que hay. Yo, de momento, pienso acercarme al colegio electoral el día de autos. Lo haré sin ningún entusiasmo religioso, pero aplicando el máximo de racionalidad civil del que dispongo. De aquí a entonces, no romperé ningún lazo familiar ni ninguna amistad por una discrepancia de carácter partidista. No me busquéis ahí.

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Áspero

Hay sociedades a las que le vendría muy bien un ansiolítico, un relajante muscular, no sé, un sedante que las arrancara de la estupefacción

JUAN JOSÉ MILLÁS

Una persona toma una pastilla para dormir.
Una persona toma una pastilla para dormir. GETTY IMAGES

La realidad se altera cuando dormimos mal. Sale uno de la cama con un embotamiento de carácter anímico que lo acompaña durante todo el día. La vigilia adquiere entonces las calidades alucinatorias del sueño. Hay países insomnes que se parecen a este inmigrante que va dando cabezadas delante de mí, en un vagón de la línea 5 del metro de Madrid. Pobre. Se queda dormido unos segundos, acunado por los balanceos del convoy, y de repente abre los ojos y mira con espanto a su alrededor, tratando de averiguar quién es, dónde se encuentra, qué es lo último que recuerda de su vida anterior a este episodio de sonambulismo.

España lleva una temporada larga sin pegar ojo. Viaja en uno de los vagones del tren de Europa como una expatriada de sí misma a la que explotan sin piedad en el lugar de acogida. Tan pronto se le desbordan los pantanos como se le secan los únicos acuerdos políticos de los que podría obtener algún sosiego. Su actividad diurna es errática y la nocturna es un dar vueltas agotadoramente entre las sábanas (por lo general, sucias). Todo ello se traduce en trastornos de carácter que la conducen, por ejemplo, a convocar elecciones de forma compulsiva. Hay sociedades a las que les vendría muy bien un ansiolítico, un relajante muscular, un hipnótico, no sé, un sedante que las arrancara de la estupefacción que observo en el inmigrante citado más arriba y que quizá sea el reflejo de mi propia extrañeza, pues también yo acabo de dar una cabezada que en cuestión de segundos me ha lanzado, desde los despeñaderos oníricos, a las luces artificiales de esta línea del subterráneo por cuyos túneles me dirijo a no sé dónde. En esto, en no saber adónde vamos, coincidimos mi país y yo este viernes del áspero septiembre.

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Posibilidades de los espacios vacíos

Posibilidades de los espacios vacíos
CHRISTIAN TORRES AP

DADME UN punto de apoyo y moveré el mundo”, solía decir Arquímedes, que no inventó la palanca, aunque la elevó a los altares. Este instrumento ha servido para erigir pirámides y catedrales, pero también para que los niños jugaran a subir y bajar, pues el columpio de la foto no es más que eso: una balanza con el punto de apoyo colocado en el centro. En cada uno de los extremos se sienta un crío y gracias al peso de ambos y al impulso que se dan con los pies, alternan entre el cielo y la tierra. Hay en ese movimiento puramente mecánico una cuestión modestamente metafórica en el sentido de que nos hace intuir que en la vida tan pronto se está arriba como se está abajo. Tendríamos que definir ahora qué se entiende por una cosa y qué por otra, pero nos da un poco de pereza, de modo que lo confiamos a la sabiduría del lector.

La palanca no se había utilizado para la ironía hasta que dos profesores norteamericanos de arquitectura y diseño visitaron el muro colocado entre México y EE UU y, en vez de fijarse en las limitaciones de los barrotes, repararon en las posibilidades de los huecos que estos dejaban entre sí. Parece fácil, pero se requiere cierta aptitud meditativa, así como un carácter un poco oriental en el caso de que sea cierto que los budistas, cuando miran las ramas de un árbol, aprecian, más que sus hojas, los espacios libres que quedan entre ellas. Los arquitectos ya citados calcularon, pues, la potencia de los vanos e inventaron esta obra suprema del género irónico. He aquí un modo elegante de sacarle la lengua a Trump y a los de su calaña.

Juan José Millás

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Todo en ti fue naufragio


Juan José Millás

Todo en ti fue naufragio
A. PINEDA-JÁCOME (EFE)

SI UN MARCIANO enviado a nuestro planeta tuviera que volver a su nave con una representación gráfica de nuestra cultura, podría elegir esta. Parece diseñada para serigrafiarla en las camisetas de verano. Ya conocen la historia: el padre llevó a la niña a nado hasta la orilla de la prosperidad, le dijo que no se moviera y regresó a la orilla del infortunio para ayudar a su mujer. La cría, al verse sola, se lanzó al agua tras la estela del padre, quien, al ver cómo era engullida por la corriente, acudió a socorrerla. No sabemos si fue iniciativa de la niña esconderse bajo la camiseta del hombre, sacando un brazo, el derecho, por la abertura del cuello, o si fue el hombre, al ver el terror de la niña, quien la invitó a cobijarse bajo su prenda para que expirara sintiéndose protegida. No tenemos ni idea de lo que ocurrió en aquellas aguas del río Bravo, que separan México de Estados Unidos. Ignoramos qué se dijeron o dejaron de decir el padre y la hija o si les dio tiempo a mirarse a los ojos mientras la esposa del hombre y madre de la pequeña asistía, espantada, al espectáculo desde el lado del infortunio. Debieron darse unos instantes de afecto y de pavor bajo la indiferencia del mundo, que siguió su curso con la naturalidad con la que las aguas del río seguían el suyo. Ya cadáveres, la corriente los arrojó a la orilla transformados en un extraño ser de dos cuerpos y varios brazos de diferentes tamaños. Si se fijan ustedes, advertirán que junto a la pareja hay varios botes de refrescos abandonados, como si se tratara de un vertedero. Todo en ti fue naufragio. 

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Los reyes de la selva

Juan José Millás

Los reyes de la selva
DAVID G. FOLGUEIRAS

ESTOS LEONES NO saben que son funcionarios. No lo saben, quiero decir, con sujeto, verbo y predicado, que es como lo sabemos nosotros. Pero quizá lo sienten. Fíjense, si no, en esa mirada perfectamente burocrática con la que observan el paso de los coches en el Safari, unas instalaciones “naturales” que se levantan a 40 kilómetros de Madrid, en la localidad de Aldea del Fresno. Hay hastío en esa actitud. Hay muchas horas de oficina. Están ahí para distraer a la gente, para asustar a los niños, que provocan a los animales golpeando las ventanillas de los automóviles al objeto de que se muevan. Pero son ya muchos trienios, mucho cansancio acumulado. Si queréis espectáculo, parecen decir, idos al circo.

Tan hartos están de su trabajo que uno diría que han acudido a la oficina sin ducharse, sin peinarse, sin adecentarse lo más mínimo. Tienen el pelaje triste, sin vida, mortecino, pese a haber en el mercado veterinario tan buenos productos cosméticos para dar volumen a la melena e hidratar la piel. Estamos ante un macho y una hembra que, a base de hacérselo sin muchas ganas en el cuarto de las fotocopias, han tenido un hijo que aparece detrás del león, ya con maneras de que la gente le carga. Las actividades de cara al público exigen una exposición excesiva. Agotan, en fin, sobre todo cuando el público es maleducado.

—¿Los atiendes tú o los atiendo yo? —parece preguntar la hembra al macho.
—Que los atienda su madre —da la impresión de responderle el macho.

Y así, en medio de ese paisaje de imitación, transcurre la vida de los reyes de la selva. Pobres. 

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