Garabatos

Me he acordado de los grafiteros escuchando a los implicados en el procés

Fotograma del anuncio del coste de la limpieza de trenes por los graffitis. La puerta del tren que falta es la que se exhibió en arcorn rn
Fotograma del anuncio del coste de la limpieza de trenes por los graffitis. La puerta del tren que falta es la que se exhibió en arco

 

Entre las piezas tan estrafalarias como caras ofrecidas este año en Arco, llama la atención la puerta pintarrajeada de un vagón de metro, anunciada irónicamente por Renfe como la obra más cara de la feria: quince millones de euros, lo que cuesta cada año limpiar los trenes decorados al asalto por los grafiteros. Hace décadas se puso de moda ensalzar el “arte” de los garabatos callejeros, hoy convertidos en una lepra de colorines que estropea fachadas, persianas y trenes sin remedio a la vista. ¿Cómo combatir una forma de prestigioso vandalismo que concuerda con la pedagogía actual, basada en el voluntarismo y la emoción sobre cualquier forma de aprendizaje disciplinado sometido a normas objetivas? Lo que sale sin pulimento ni recato de las entrañas es siempre gloria bendita, aunque al aún no modernizado le parezca y le huela como excremento. Es inútil buscar maestros o aprender de los clásicos cuando cualquiera es genial por derecho de cuna. Claude Lévi-Strauss llamó a su polémico ensayo sobre el arte moderno El oficio perdido…

Me he acordado de los grafiteros escuchando a los implicados en el procés. Están educados en la misma escuela… o falta de ella. El sentimiento subjetivo por encima de las pautas interpersonales, la voluntad de los míos por encima de la ley de todos, lo que uno padece o le arrebata antes que los remilgos históricos, económicos o los miramientos sociales. Es inútil limitar los arrebatos, sobre todo si halagan un ego que se pretende superior sin el mínimo mérito para ello… “porque yo lo valgo”. Donde estén los caprichos, sobra la consideración de los hechos. La realidad es tiranía, dictadura: fascismo. Olvidemos los modelos que orientan y refrenan, reclamemos a voz en cuello la civilización artística y política del garabato.

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Lo inacabado

No creo que estas cosas se arreglen con un algoritmo de Huawei…

Retrato de Franz Peter Schubert (Vienna, 1797-1828) en el campo vienés.
Retrato de Franz Peter Schubert (Vienna, 1797-1828) en el campo vienés. © GETTYIMAGES

 

La brevedad y la desdicha de su vida, convertida por él en música cautivadora, impidieron a Franz Schubert concluir su octava sinfonía, que dejó inacabada. Ya no lo está: un algoritmo de la compañía Huawei la ha rematado, en los dos sentidos de la palabra. No enfadarse, algunos seguiremos escuchándola inacabada, porque sabemos que Schubert no fue un algoritmo ni debe llegar a serlo. Hay otras grandes obras musicales que sus autores dejaron incompletas, como El arte de la fuga de Bach o el Réquiem de Mozart, completadas por discípulos devotos. Y en las demás artes también hay obras maestras inacabadas: en pintura, la primera de Leonardo —La adoración de los magos— y la última de Tiziano, La Piedad, que debía ornar su sepultura. Para los “tintinólatras”, Tintín y el Arte-Alfa, el álbum que Hergé solo llegó a esbozar. En arquitectura sigue inacabable la Sagrada Familia de Gaudí. Tampoco están completas Las 120 jornadas de Sodoma del marqués de Sade, pero guardamos lo suficiente de esa pornosofía como para aburrir al más sufridamente lascivo.

Coleridge no pudo concluir su poema Kublai Khan porque le distrajeron mientras transcribía esos versos soñados. Y Kafka no acabó El castillo ni otras de sus novelas porque… era Kafka.
La última novela de Charles Dickens fue policiaca pero murió antes de resolver el enigma que plantea. El misterio de Edwin Drood nos impacienta especialmente porque en ese género resulta insoportable la falta de explicación final. En cambio, Chesterton se alegró teológicamente de que permaneciese incompleta: dijo que una novela perfecta garantiza la inmortalidad literaria, pero la que exige solución y aquí no la tiene nos remite a otra inmortalidad “más necesaria y más extraña”. No creo que estas cosas se arreglen con un algoritmo de Huawei…

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Lager

No intentar comprender lo incomprensible: la última protesta de la razón humanista que defiende su cordura negándose a “dialogar” con el exterminio

Conmemoración del Día Internacional del Recuerdo del Holocausto en Budapest, Hungría.
Conmemoración del Día Internacional del Recuerdo del Holocausto en Budapest, Hungría. EFE / EPA / MARTON MONUS HUNGARY OUT

 

Arturo Pérez-Reverte se ha quejado, con bastante razón, de la sobreabundancia de relatos con Auschwitz en el título para enganchar al impresionable lector. Yo tengo claro que cualquier lista de las 10 mejores piezas literarias del siglo XX no puede excluir Si esto es un hombre, de Primo Levi. Pero supongo que el ínfimo nivel de las narraciones sobre Auschwitz lo ocupan quienes han ido un solo día, como yo, y no renuncian a contar sus impresiones sobre el lugar. ¿Qué podemos decir que no haya sido expresado ya con más autoridad y experiencia? Sin embargo, ¿cómo callar ante el reto de esta devastación íntima, tan imposible como no emitir una queja o una dolorida protesta, por tópica que sea, al sufrir una quemadura o un desgarramiento mutilador? Esos textos inevitables suelen empezar así: “El día que llegué a Auschwitz…”.

No era peor de lo que me esperaba, como me avisaban los agoreros, ni desde luego mejor sino real. Todo estaba allí, con la mansedumbre terca y finalmente agresiva de las cosas, que no se desvanecen como los relatos, las películas, los fantasmas. Las cosas absurdas pero implacables: toneladas de pelo cortado que llenan un almacén, montañas de zapatos precedidos por varios pares infantiles como ratoncitos curiosos, y miles de cepillos, maletas, latas de betún… Restos humanos de la inhumanidad, lo desechado. Bandadas de adolescentes gorjean por las salas del horror, divertidos sin poder remediarlo, benditos sean. Sus maestros intentan explicarles… ¿qué? Lo cuenta Primo Levi: en la escudilla en que les servían su mísera sopa, unos raspaban su número, otros su nombre, y un francés grabó: “Ne pas chercher à comprendre”. No intentar comprender lo incomprensible: la última protesta de la razón humanista que defiende su cordura negándose a “dialogar” con el exterminio.

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Con ACNUR

Es preciso ayudar eficazmente a las regiones que reciben a los desplazados, mas allá de darles consejos o reconvenciones

Campo de refugiados Whedat en el noreste de Amán (Jordania).
Campo de refugiados Whedat en el noreste de Amán (Jordania). ANDRE PAIN EFE

 

La semana pasada celebramos los veinticinco años de “España con ACNUR”, la oenegé española dedicada a apoyar a la agencia de la ONU para los refugiados. Debo reconocer que hace un cuarto de siglo, cuando empezamos (dinamizados por Antonio Garrigues-Walker), yo apenas sabía lo que era ACNUR ni conocía la importancia de su tarea. Después he aprendido que se ocupa de aliviar la situación de los refugiados de todo el mundo, más de 25 millones, en su mayoría menores de dieciocho años, mujeres, niños… Con los fondos que recauda colabora con los países que reciben mayor cantidad de desplazados forzosos, promueve alojamiento, educación y sanidad para ellos, intenta crear en los lugares de los que huyen las condiciones para que puedan regresar si lo desean en condiciones favorables. Algo más que una gota de agua salvadora en un desierto de necesidades. Enorgullece saber que nuestra sección española tiene ya medio millón de socios y es de las que más aporta a esa tarea común. Lector, puedes colaborar.

No siempre es fácil distinguir entre refugiados políticos y los que huyen de la miseria, cuyas causas son también políticas. Ignoro cómo puede resolverse en España este problema mayúsculo. Solo creo que es preciso ayudar eficazmente a las regiones que reciben a los desplazados, mas allá de darles consejos o reconvenciones. Sin alojamientos adecuados, por transitorios que sean, sin medios educativos y de reinserción laboral, se aboca a la delincuencia a los más jóvenes. No se trata de obligarles a que compartan nuestros hábitos, sino de facilitarles que cumplan nuestras leyes, sin excusas religiosas (también las hay entre nosotros; separatismo, voluntad “popular”…). Y sobre todo no olvidar que, como dijo un antiguo griego, todos somos como ellos: nacer es siempre llegar a un país extranjero…

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Lo imposible

Las cosas son como son, pero deben ser como queremos que sean

¿Por qué el calendario tiene derecho a imponerle una tiranía letal sin escuchar su voz de protesta?
¿Por qué el calendario tiene derecho a imponerle una tiranía letal sin escuchar su voz de protesta?CARLOS ROSILLO

 

Ya sabrán lo de ese holandés de 69 años que ha acudido a los tribunales pidiendo que le quiten veinte, porque tiene la forma física médicamente acreditada y los apetitos voraces que corresponden a los 45. ¿Por qué resignarse a una edad que no siente como suya y que enunciada tal como suena dificulta sus posibilidades en las redes de ligues? ¿Por qué el calendario tiene derecho a imponerle una tiranía letal sin escuchar su voz de protesta? Después de todo, se trata de una convención como cualquier otra, decretada por el Poder de manera indiscriminada, sin respeto a la voluntad de sus víctimas. Lo mismo, digo yo, que el caso opuesto: no faltará quien a los 30 años se sienta octogenario y exija disfrutar de los beneficios de la edad provecta, como son el merecido descanso, una buena pensión y descuentos en los viajes o espectáculos. No lo tomemos a broma: si a pesar de la atrabiliaria dictadura del dimorfismo sexual hoy sabemos que cada cual tiene el género que le dicta su íntimo sentir y no la falaz apariencia de sus genitales, de igual modo podemos tener la edad que prefiramos en vez de la que nos impone nuestra fe de bautismo. Además, ya no hay fe de bautismo —según creo—, así que más a mi favor…

Las cosas son como son, pero deben ser como queremos que sean. La auténtica rebelión es contra la necesidad y a favor de lo imposible: contra el cuerpo, contra la muerte, contra la pérdida de lo más querido. Lo demás es pedir que nos suban el sueldo. El holandés errado pretexta motivos triviales, pero Lev Shestov en su admirable Atenas y Jerusalén (editorial Hermida) alzó la demanda contra lo verosímil a vertiginosa metafísica…

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Si vas a leer un solo libro…, por Fernando Savater

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Estimado desconocido, comprendo que eres una persona muy ocupada y que es una impertinencia pedirte además que leas. Tienes tu trabajo (lástima que no seas un  rentista, que es la condición perfecta del lector), tu familia (desde el punto de vista de la lectura, lo mejor sería que estuvieras soltera/o y sola/o en la vida, pero hay que aceptar lo que nos toca), tus aficiones de interior y al aire libre, incluso tu religión  o tu militancia política que está muy bien pero que también quita su tiempo. A ello se añaden tus horitas diarias de internet, la búsqueda de vídeos graciosos  que mandar a los amigos para que vean que tienes chispa, los partidos de fútbol, los partidos de tenis, las 24 Horas de Le Mans (que duran eso, veinticuatro horas) y tantas otras necesidades de tu espíritu a las que no vas a renunciar. De modo que lo de leer, francamente, está difícil. ¡Qué más quisieras tú que tener tiempo para eso! Pero yo te propongo que leas un libro, sólo un libro, del género que prefieras. Una vez leído se acabó, nunca más, abandonas el vicio para siempre. A no ser que… Por si acaso, voy a decirte un libro, nada más que uno de cada género, por si te sirve de orientación.

– Si vas a leer sólo un libro de filosofía, que sea “Sobre la libertad” de John Stuart Mill, para saber qué tienen que dejarte hacer y qué debes permitir que hagan los otros.

– Si vas a leer sólo un libro de poesía, que sea “Las flores del mal” de Charles Baudelaire, para que tengas un pretexto de aprender francés.

– Si vas a leer sólo una novela de aventuras, que sea “El mundo perdido” de sir Arthur Conan Doyle, para que sepas de dónde viene Jurassic Park y el resto de la dinomoda.

– Si vas a leer sólo una novela de amor (y desdicha, claro), que sea “Ana Karenina” de León Tolstoi, para que sepas cómo se las gastan los rusos.

– Si vas a leer sólo una novela de ciencia ficción, que sea “La isla del doctor Moreau”, de Herbert George Wells, después de la cual te verás raro al mirarte al espejo.

– Si vas a leer sólo una novela de terror, que sea “Cementerio de animales” de Stephen King, para que renuncies a todas tus mascotas.

– Si vas a leer sólo una novela policíaca, que sea “El sabueso de los Baskerville” de sir Arthur Conan Doyle, para que saludes, conozcas y despidas al gran Sherlock Holmes.

– Si vas a leer sólo un libro político, que sea “La condición humana” de Hannah Arendt, porque pone cada cosa en su sitio.

– Si vas a leer sólo un libro de cuentos, que sea “El Aleph” de Jorge Luis Borges.

– Si vas a leer sólo una novela histórica, que sea “Vida y destino” de Vasili Grossman, para que sepas lo que derivó de la Revolución de Octubre, cuyo centenario se cumple este año.

– Si vas a leer un sólo libro humorístico, que sea “Para leer mientras sube el ascensor”, de Enrique Jardiel Poncela, porque cuando el humor no es breve y chocante deja de ser humor para convertirse en otra cosa (por ejemplo, el Quijote).

– Y si sólo quieres leer un libro pero que sea de filosofía y de poesía, de aventuras y de terror, histórico y hasta político, lee “Moby Dick” de Hermann Melville. Si puedes, léelo todos los años.

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Dilema

No es nuestra luz lo que les atrae, sino sus sombras las que les empujan

El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, frente a una fotografía de migrantes siendo rescatados en el mar.
El ministro de Interior italiano, Matteo Salvini, frente a una fotografía de migrantes siendo rescatados en el mar. ANGELO CARCONI / AP

 

En la lógica clásica era temido el dilema o argumento bicornuto (sí, con dos cuernos) que equivalía a un callejón sin salida. Vamos, que sostuvieras esto o lo otro siempre te pillaba el toro. En política no son raros, todo lo contrario, y el populismo consiste en saltar por encima de ellos como si no existieran. Son populistas quienes no torean ni bien ni mal, sino que niegan que haya toro… El bicornuto más peligroso que hoy tiene Europa (a la que en la mitología raptó un toro) es el dilema que plantea la inmigración. Por un lado, si no rescatamos del mar, la guerra y la miseria a los desdichados semejantes que quieren refugiarse a nuestro lado (en muchos casos, mujeres y niños), cometemos el peor pecado contra la humanidad que compartimos y contra su mejor timbre de excelencia, la hospitalidad; por otro, si auxiliamos a cuantos tratan de forzar nuestras fronteras incluso arriesgando sus vidas, favorecemos el negocio de las mafias que se aprovechan de su desesperada esperanza, además de comprometer por saturación nuestros servicios públicos.

Los populistas lo tienen claro: ¡abramos las fronteras, que pasen todos, al fondo hay sitio, Dios proveerá! Los de la acera opuesta: ¡nada de manga ancha, con el contrato laboral en la boca o a la calle, los que se ahoguen que hubieran aprendido a nadar! Con tanto antitorero suicida, es difícil componer una figura airosa para lidiar al bicornuto. Quienes lo intenten deben empezar por recordar que el primer derecho de los emigrantes es a no tener que abandonar por falta de oportunidades o sobra de amenazas su país de origen. No es nuestra luz lo que les atrae, sino sus sombras las que les empujan. Ahí, en el oscuro origen, debe iniciarse nuestra lidia.

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Prehistoria

Encontraron un hombre que parecía un vasco de raza muy pura. La prueba de identidad que faltaba para reclamar el derecho a decidir… ¡El ‘Homo peneuvensis’!

Ilustración de unos mamuts en la Edad de Hielo.
Ilustración de unos mamuts en la Edad de Hielo. © GETTYIMAGES

 

Sin menoscabo de las novelas históricas, prefiero las prehistóricas. Pongo por encima de todas (no cuento el Génesis, demasiado edificante para mi gusto) la incomparable Antes de Adán de Jack London, que nos revela por qué algunas noches, en duermevela, sentimos en el epigastrio una sensación como de caída que nos sobresalta. También aprecio mucho Los herederos de William Golding, que cuenta cosas indispensables sobre el matriarcado atávico que vuelve a ponerse hoy de moda. Pero las más simpáticas me parecen las de J. H. Rosny. De las dos más destacadas, El león de las cavernas y La guerra del fuego (sobre la que hizo una película Jean-Jacques Annaud), leí en mi adolescencia ediciones ilustradas que guardo como tesoros y recuerdo como felices pesadillas. J. H. Rosny fue el seudónimo de dos hermanos belgas de finales del diecinueve, pioneros de la ciencia ficción como Julio Verne o H. G. Wells, pero sobre todo fascinados por la prehistoria con más imaginación que rigor académico. Acaba de aparecer en la editorial francesa Hélios una recopilación de sus textos breves ambientados en siglos remotos, llenos de uros, mastodontes y leones de las cavernas en lucha contra los humanos aún en fase de rodaje.

En Un cementerio de mamuts, unos cazadores modernos descubren en el gran norte una tribu que vive como en tiempos prehistóricos, alimentándose de la carne de grandes bestias conservadas en los glaciares. Pero también dentro del hielo hay un antepasado humano, al que veneran como Padre de los Hombres. ¿Cómo era? “Ni negro ni amarillo… ni ario ni semita… El hombre prehistórico se parecía muy exactamente a un vasco, a un vasco de raza muy pura…”. ¡Ahí está! La prueba de identidad que faltaba para fundar el nuevo Estatuto y reclamar el derecho a decidir… ¡El Homo peneuvensis!

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Ausencia

El dolor principal no es la soledad, sino la ausencia

Una mujer visita el Cementerio de la Almudena, durante el día de Todos los Santos.

Una mujer visita el Cementerio de la Almudena, durante el día de Todos los Santos. © KIKE PARA

La vida sin amor es patética; con amor, se vuelve trágica. Los amoríos acaban de cualquier modo y son divertidos, penosos sólo en ocasiones para el amor propio. Pero el amor, que lo es todo, lo único que puede hacer por quien ama es seguir amando, hasta que la muerte nos separe. Después no hay reunión posible (Simone de Beauvoir, al final de La ceremonia de los adioses,se despide así de Jean-Paul Sartre: “Su muerte nos separa; mi muerte no nos unirá”) pero el amor continúa en la ausencia, sin consuelo ni desánimo. Por eso es trágico, insustituible, caníbal de sí mismo, redentor. El dolor principal no es la soledad, que para una persona mentalmente madura resulta tantas veces bienvenida, sino la ausencia. En la ausencia el amor se perpetúa como queja, como culpa de quien nunca más dejará de echar de menos. Montaigne, refiriéndose a su amigo muerto, dice: “Íbamos a medias en todo: me parece que le estoy robando su parte”. La ausencia en el amor no lamenta que nos falte alguien, sino que a quien amamos le falta ya todo. Ese altruismo póstumo es el único del que es capaz el egoísmo férreo y trascendental del amor.

Launión amorosa acaba, pero la ausencia no termina nunca. Ocupa con su remordimiento imposible todo nuestro futuro, por largo que cruelmente podamos imaginarlo. Solo una perspectiva resulta más insoportable, la traición de que cese un día. “Il dolore piú atroce è sapere che il dolore passerá”, escribió Pavese. Mantenerse vigilante sin paliativos en la ausencia es seguir fiel a la presencia borrada del amor. Mejor compañía es lo que no está y tanto nos falta que los pecios superfluos arrastrados por las mareas ajenas del mundo… Mañana hace tres años.

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Imbéciles

El raciocinio y la palabra son emblemas orgullosos de lo humano, a los que no podemos renunciar sin anularnos

El ex ministro de Economía Luis de Guindos durante su intervención en el acto en el que le traspasa la cartera del departamento al nuevo ministro, Ramón Escolano. rn rn
 El ex ministro de Economía Luis de Guindos durante su intervención en el acto en el que le traspasa la cartera del departamento al nuevo ministro, Ramón Escolano. EMILIO NARANJO

Al hablar de imbecilidad, tenemos siempre que hacerlo en primera persona del plural. ¿Imbéciles? Me too… Los animales aciertan por instinto, el superhombre (cuando llegue) nunca fallará en su esplendor: cojeando entre ambos extremos, el simple humano hace diana o falla el tiro sin saber nunca su puntuación definitiva. Eso es lo malo: el mismo que da muestras de talento incurre al momento en una estupidez desoladora. Y ello trae malas consecuencias: reparen, sin ir más lejos, en la historia de la humanidad. Tal es el aviso de Maurizio Ferraris en La imbecilidad es cosa seria(Alianza), donde define esta enfermedad endémica en nuestra especie —un mal derivado del desempeño racional, igual que la silicosis acompaña la minería— como “ceguera, indiferencia u hostilidad a los valores cognitivos, más extendida entre quienes tienen ambiciones intelectuales”. Que se adapta a la época: De Maistre demostró que el venerado Francis Bacon, inventor del método experimental y mentor de ilustrados como Kant, no ahorró en bobadas, igual que ahora los neurocientíficos cuando hablan del libre albedrío o el divorcio. Sobre las mujeres los varones ilustres han disparatado a gusto, negándoles el alma o el número de sus dientes (Aristóteles) hasta que ellas se han desquitado asegurando que el coito es una violación (Andrea Dworkin) o que la elección de De Guindos es un ultraje al género femenino (Margarita Robles). Y así todo.

El raciocinio y la palabra son emblemas orgullosos de lo humano, a los que no podemos renunciar sin anularnos. Pero quien piensa desbarra a menudo y quien tiene boca, se equivoca (de Twitter prefiero no hablarles). No veo remedio, salvo el recurso preventivo a la prudencia humilde. Aunque puede que toda esta palinodia sea sólo también otra imbecilidad. Ustedes dirán…

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