Esta cucaracha de hace 99 millones de años viene con sorpresa

El ámbar en el que quedó atrapada ha sido encontrado en Myanmar

Cucaracha preservada en ámbar

Este trozo de ámbar fosilizado es una auténtica joya de la paleontología… y la escatología. En su interior quedó atrapada una cucaracha hace 99 millones de años, acompañada de sus propias heces. No es la primera vez que los investigadores encuentran estos antiguos insectos en el ámbar, ni siquiera la primera vez que aparecen sus heces (de hecho, son bastante comunes), pero sí es extremadamente raro que el animal sea pillado en pleno desahogo.

El estudio, publicado en la revista « The Science of Nature-Naturwissenschaften», permitió a sus autores, unos sacrificados naturalistas eslovacos, echar un buen vistazo a las deposiciones de Mesoblatta maxi, unos ancestros de las cucarachas. De esta forma, hallaron granos de polen bien conservados que indican que estos insectos eran importantes polinizadores de las cícadas, unas plantas primitivas que todavía sobreviven en algunos puntos del hemisferio sur y que produjeron la savia atrapa insectos.

Como indica la revista « Science» en su web, los investigadores también descubrieron protozoos y bacterias en las heces que se parecen mucho a los microorganismos presentes en las tripas de termitas y cucarachas actuales. Esto sugiere que la agradable simbiosis entre insectos y microbios intestinales se remonta a unos 100 millones de años.

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¿Cuáles son las medidas más «frikis» que usan los científicos?

Desde los plátanos para medir la radiactividad hasta los miliDarwins para conocer la fama de un investigador

8, 15, 25, 30… no tiene sentido si no añadimos el apellido metros, kilos, yardas… La metrología es una herramienta básica, no solo a nivel industrial o en investigación, sino también en nuestras vidas cotidianas. La expresión «a ojo de buen cubero», y otras similares, hacen referencia a la falta de reglamentación que existía antiguamente. Muy posiblemente las primeras mediciones aparecieron en la agrimensura para delimitar la propiedad de la tierra.

En los comienzos nuestros antepasados tuvieron que conformarse con aquello que tenían más a mano: su propio cuerpo. De esta forma, las primeras unidades fueron antropométricas.

Se empleó el pie para delimitar pequeñas parcelas, el codo para medir trozos de tela, el paso para las lindes de mayor longitud y la palma o el dedo si lo que se precisaba medir era muy pequeño.

El pie de Gudea

Estatua del príncipe de Gudea
Estatua del príncipe de Gudea – Wikipedia

El primer patrón de medida del que se tiene noticia fue el pie del príncipe de Gudea de Lagash, nombre con el que se conocía en la antigüedad a Babilonia. Sobre el regazo de su estatua de diorita –actualmente en el Museo Louvre- hay una medida en forma de regla que se utilizaba en las mediciones rutinarias.

La regla se encuentra dividida en dieciséis partes o dedos, con una longitud total de veintiséis centímetros y medio. Esta precisión permitió que durante siglos fuese la medida más estandarizada.

Cuando, mucho tiempo después, Eratóstenes acometió la medición de la circunferencia terráquea empleó como unidad los estadios, cada uno de los cuales equivalía a seiscientos pies de Gudea.

Es más, ya en la Edad Media, las piedras del duomo de Orvieto (Italia) tienen una altura que se corresponden exactamente con el pie del príncipe babilónico.

El codo bíblico

Codo egipcio
Codo egipcio – Wikipedia

Los amantes del séptimo arte seguro que recuerden una pregunta que hace Julia Roberts a Richard Gere en «Pretty woman»: «¿Sabes que el pie mide como el brazo desde el codo a la muñeca? Lo sé por el Trivial».

Desgraciadamente, hace siglos no era tan sencillo como Vivian Ward nos quiere hacer ver, el valor del codo no sólo variaba de un país a otro, sino también dentro del mismo país.

La Biblia nos describe con absoluta minuciosidad las medidas del Arca de Noé, del Tabernáculo de Moisés, del Arca de la Alianza y de los Templos de Salomón y Ezequiel, en todos ellos la medida era el codo bíblico. El codo sagrado era la distancia comprendida entre el codo y el dedo medio con la palma extendida.

En el Renacimiento se utilizó como patrón de medida las unidades que aparecían recogidas en «De Architectura», la célebre obra del arquitecto romano Vitrubio. Allí se señala que 4 dedos equivalen a una palma, 4 palmas a un pie, 6 palmas a un codo, 4 codos a un paso y 24 palmas a la altura del hombre.

50 plátanos, una radiografía dental

Para medir la radiactividad se usan becquereles, curies, grays y sieverts… pero también los plátanos. Esta fruta contiene mucho potasio y este elemento químico tiene un 0.0117 por ciento de potasio-40, un isótopo radiactivo. Por término medio, es estima que un plátano tiene 0.0528 mg de potasio radiactivo, lo cual equivale a 0.00037 microcurios.

De tal forma, y aplicando una sencilla regla de tres, la ingesta de cincuenta plátanos equivalen a la exposición a una radiografía dental, doscientos a la de una radiografía de tórax, cuatro mil a una mamografía y quinientos millones a permanecer durante diez minutos en la central nuclear de Chernobyl.

La fama también se mide

Los miliDarwins (md) son las unidades utilizadas para conocer la fama de un científico.

Charles Darwin aparece más de 148.000 veces en los libros ingleses publicados entre los años 1839 y 2000 –el dos por ciento del total- y se decidió, por consenso, que equivalía a 1.000 md. A partir de ahí empezaron las equivalencias.

Así por ejemplo, Marie Curie tiene 189 md, Bertrand Russell 1.500 md y Albert Einstein 878 md.

En defintiiva, la ciencia sin unidades de medida no sería ciencia, necesitamos de la medición estandarizada para seguir progresando.

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Concebir estando preñada, el milagro del ualabí

Investigadores hallan pruebas de la extraña forma de reproducción de estos marsupiales de Australia

Imagen de ultrasonido de un feto de ualabí del pantano en el día 29 de gestación. La imagen muestra la cabeza y el antebrazo del feto aproximadamente 1 día antes del nacimiento – Thomas B. Hildebrandt

 

Imagine estar embarazada continuamente durante toda su vida reproductiva, de tal forma que antes de dar a luz al ser que se desarrolla en su interior ya haya concebido a una nueva criatura. Un poco angustioso, ¿verdad?

Pues así es como pueden vivir las hembras del ualabí, un marsupial de Australia y Nueva Guinea de un tamaño inferior a los canguros. En ambas familias de animales, las crías nacen inmaduras y se desarrollan completamente durante un período prolongado de lactancia, que pasan dentro de la bolsa materna.

Una hembra de ualabí en Victoria
Una hembra de ualabí en Victoria – Geoff Shaw (U. Melbourne

Las hembras poseen dos úteros que se usan alternativamente para la concepción. Normalmente ovulan y se aparean después del parto. La succión del recién nacido en la bolsa desencadena señales que detienen el desarrollo del nuevo embrión hasta que el recién nacido abandona la bolsa.

Sin embargo, Brandon Menzies y sus colegas de la Universidad de Melbourne informan en la revista PNAS de una forma extraordinaria de reproducción en el ualabí de pantano o ualabí negro (Wallabia bicolor), cuya hembra ovula, se empareja y concibe de nuevo mientras todavía está preñada de forma activa. ¡Dos embarazos distintos al mismo tiempo! Un fenómeno similar ha sido observado anteriormente en la liebre marrón europea.

Los ualabíes de pantano también pueden amamantar a dos crías en diferentes etapas de desarrollo
Los ualabíes de pantano también pueden amamantar a dos crías en diferentes etapas de desarrollo – Brandon R. Menzies

Dos días antes del parto

Las hembras maduras de ualabí estudiadas por los investigadores se obtuvieron en la naturaleza en Victoria, Australia. En los experimentos participaron diez ejemplares, algunos de los cuales fueron escaneados usando ultrasonido de alta resolución durante el embarazo. Esto reveló que las hembras ovulan y se aparean uno o dos días antes de dar a luz y conciben un nuevo embrión durante el embarazo activo.

El hallazgo indica que la duración de la gestación en los canguros de pantano excede la duración del ciclo estral (ciclo del celo). Según los autores, debido a que quedan encinta antes de dar a luz, estas hembras pueden estar continuamente preñadas y lactantes al mismo tiempo durante toda su vida reproductiva.

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EL CASO DEL HOMBRE (CASI) SIN CEREBRO PERO CON UN IQ DE 126

ESTUDIANTE DE MATEMÁTICAS CARECÍA DE MÁS DEL 90% DE LA MASA CEREBRAL PROMEDIO Y, SIN EMBARGO, TENÍA UN ALTO COEFICIENTE INTELECTUAL

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Uno de los casos más intrigantes de la literatura médica y que hace reflexionar sobre la relación entre la mente y la materia es el que fue registrado por el doctor John Lorber, médico de la Universidad de Sheffield en Inglaterra. Este caso, que ocurrió hace  más de 30 años, sigue siendo un tema fascinante de discusión, sugiriendo que quizá el cerebro está sobrevaluado.  

El doctor Lorber estaba tratando a un estudiante de Matemáticas por un problema que parecía menor. Lorber notó que el estudiante, quien era notablemente inteligente y tenía un IQ de 126, tenía la cabeza muy grande. Entonces realizó una prueba de CAT Scan y descubrió que este joven prácticamente no tenía cerebro.

Normalmente el cerebro esta compuesto por dos hemisferios que llenan la cavidad craneal,  de cerca de 4.5 cm de profundidad. El estudiante tenía tejido cerebral de menos de 1 mm cubriendo la parte superior de la espina dorsal. El doctor Lorber diagnosticó que tenía una condición llamada hidrocefalia, en la que el fluido cerebroespinal se concentra solamente en el cerebro, en lugar de circular entre el cerebro y la espina dorsal.

La mayoría de las personas que padecen este problema suelen vivir con problemas de discapacidad, si es que logran sobrevivir la infancia. Sin embargo, existe un pequeño porcentaje que no sólo consigue sobrevivir sino que llega a desarrollar una gran inteligencia, pese a que donde los científicos suponen que debe de haber masa cerebral responsable de las funciones más altas de la inteligencia, en su caso sólo hay líquido cerebroespinal. De hecho, el poco cerebro que tenía el estudiante de Matemáticas se situaba en las estructuras más primitivas del cerebro.

Lorber concluyó que el córtex cerebral debe de ser mucho menos responsable de las actividades intelectuales de lo que se suele creer. Por supuesto, existe otra posibilidad que la ciencia difícilmente estudiaría porque contradice sus principios básicos, su idea del mundo. Esto es, la posibilidad de que la cognición no sea meramente una función cerebral sino que pueda existir más allá del cuerpo o al menos, de manera distribuida o no-local. Este estudio y otras investigaciones, como pueden ser las experiencias cercanas a la muerte, sugieren que es posible que la conciencia o la capacidad cognitiva no esté limitada al cuerpo o a un sustrato material.

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La sorprendente evolución de la serpiente que toma el veneno prestado

Esta especie asiática devora sapos y luciérnagas para convertirse en tóxica y paralizar el corazón de sus depredadores

Una serpiente juvenil de Rhabdophis tigrinus de la isla japonesa de Ishima, en una postura de defensa
Una serpiente juvenil de Rhabdophis tigrinus de la isla japonesa de Ishima, en una postura de defensa – ALAN SAVITZKY

Estas serpientes lucen unas glándulas en la piel, a veces justo alrededor del cuello, donde almacenan bufadienólidos, una clase de esteroides letales que obtienen de los sapos, su presa tóxica de elección. «Doblan sus cuellos en una postura defensiva que sorprende a los depredadores desafortunados con un bocado de toxinas», dice el herpetólogo de la Universidad Estatal de Utah, Alan Savitzky, quien ha estudiado durante mucho tiempo a estos reptiles deslizantes. Es como intentar darse un delicioso banquete y encontrarse con la muerte. Aves rapaces, como halcones, y pequeños mamíferos carnívoros, como mapaches o civetas, pueden acabar trágicamente.

El herpetólogo Alan Savitzky examina una serpiente Rhabdophis cerca de Kioto, Japón
El herpetólogo Alan Savitzky examina una serpiente Rhabdophis cerca de Kioto, Japón – Universidad de Kioto

Cambio de presa

PNAS
PNAS

Las serpientes obtienen sus toxinas de los sapos que devoran, pero en un giro sorprendente, el equipo internacional ha comprobado que no todos los miembros del género derivan su toxina defensiva de la misma fuente. Algunos de ellos, encontrados en el oeste de China y Japón, han cambiado su dieta principal de sapos por las lombrices de tierra. Como estas son inofensivas, las serpientes han añadido un postre que produce la misma clase de toxinas que los sapos: las larvas de luciérnagas. Los hallazgos aparecen en la revista PNAS.

«Este es el primer caso documentado de un depredador de vertebrados que cambia de una presa vertebrada a una presa invertebrada por la ventaja selectiva de obtener la misma toxina defensiva», dice Savitzky.

La mayoría de las especies de este grupo que comen ranas alcanzan una longitud de aproximadamente un metro, en ocasiones un poco más. Las especies que se alimentan de gusanos, sin embargo, tienden a ser algo más pequeñas, llegando a unos 60 cm. Las primeras pueden ser de colores brillantes (por ejemplo, negras con marcas rojas y un anillo amarillo alrededor del cuello o verdes con marcas negras y púrpuras). Las especies que comen gusanos a menudo son de color marrón.

Dada la relación distante entre los sapos y las luciérnagas, el drástico cambio en la dieta probablemente involucró una señal química compartida por sapos y luciérnagas; quizás las toxinas mismas. Ambos son los únicos animales actualmente conocidos o sospechosos de sintetizar estos compuestos. «Esto representa un notable ejemplo evolutivo de adaptación para compensar la ausencia de compuestos defensivos después de un cambio a una nueva clase de presas», dice Savitzky.

Poblaciones aisladas

Sin embargo, los investigadores no saben qué es lo que ha provocado este cambio en la dieta. «Los cambios evolutivos como este ocurren con frecuencia en grupos de animales durante largos períodos de tiempo. Son el resultado de la selección natural, en la que las especies que cambian a una dieta más favorable pueden reproducirse con más éxito y dejar más descendencia, que luego también utilizan el nuevo recurso alimentario», explica el científico en un correo electrónico a ABC.

De igual manera, «tampoco tenemos ninguna información que sugiera que los sapos no estén disponibles en las regiones donde las serpientes comen gusanos. Sin embargo, es posible que el cambio de dieta haya ocurrido en respuesta a una mayor densidad de lombrices de tierra en comparación con los sapos», explica. «Eso podría ser especialmente cierto si una pequeña población de serpientes se aisló en una región donde los gusanos eran mucho más abundantes. Las poblaciones más pequeñas de animales generalmente pueden evolucionar más rápidamente que las grandes poblaciones. También es posible que una dieta de lombrices de tierra sea más rica en energía, al menos en comparación con el coste de capturar gusanos versus ranas, pero eso es simplemente especulación», aclara el investigador.

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El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

En «Los ojos de la oscuridad», de 1981, Dean Koontz afirma que el letal virus fue creado en un laboratorio ubicado en la ciudad china

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Dean Koontz (Pensilvania, 1945) lanzaba una novela de terror en 1981 titulada «En los ojos de la oscuridad». Poco podía imaginar el reconocido escritor americano que, cuarenta años después de su publicación, el título volvería a acaparar los titulares de los medios de comunicación por adelantarse al presente: el autor habla de un virus creado en varios laboratorios militares por parte del Partido Comunista Chino.

La novela, publicada en España por Plaza&Janes en 1991, se sitúa «en torno al año 2020», el laboratorio está ubicado en la ciudad china Wuhan, el virus estaba diseñado para ser utilizado como armamento biológico en caso de guerra.

Coincidencias pasmosas teniendo en cuenta que una de las teorías que han surgido en torno al nacimiento del coronavirus, que ya ha matado a 2.239 personas y ha infectado a al menos 75.567 en todo el mundo, es que el virus podría provenir de unos laboratorios de máxima seguridad situados en la ciudad de Wuhan, aunque todavía se desconoce su origen.

En el libro, los científicos lo llaman Wuhan-400 porque lo diseñan a partir de una cepa de más de 400 microrganismos creados de manera artificial. Además, lo denominan el «arma perfecta» porque afecta sólo a los humanos y no puede sobrevivir fuera del cuerpo humano ni en ambientes fríos por debajo de los 30 grados, lo que significa que no puede contaminar permanentemente objetos o lugares enteros como el ántrax y otros virulentos microorganismos.

El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

«En los Ojos de la Oscuridad» Wuhan-40 es «peor» que el virus del ébola en África. «Por un lado, una persona puede convertirse en portador infeccioso solo cuatro horas después de entrar en contacto con el virus -un periodo relativamente corto-; y una vez infectado, nadie vive más de 24 horas. La mayoría muere en doce», advierte un personaje de la novela.

Aunque en la actualidad la tasa de mortalidad del coronavirus Covid-19 se estima en torno al 2-3%, en esta novela de terror llega al 100 por 100. Nadie puede sobrevivir a su contagio.

Redes sociales

Las redes sociales han hecho circular varios párrafos del libro de este veterano autor, que ha vendido millones de ejemplares de sus libros. Los fragmentos «premonitorios» se han convertido en virales.

 

«Contagio»

El libro de los años ochenta que «predijo» la creación de un virus como arma biológica en Wuhan

El caso de «En los Ojos de la Oscuridad» es anterior a la película «Contagio». En esta película de 2011, Steven Soderbergh contaba, con buenas dosis de realismo, la historia de un virus letal nacido en Hong Kong, al sur de China, y que, después de que una mujer (interpretada por Gwyneth Paltrow) lo contrajera en un casino de la citada región asiática, comenzó a propagarse a gran velocidad por todo el planeta, con consecuencias de lo más trágicas. El alquiler del filme en plataformas digitales se ha disparado en todo el mundo.

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Descubren en las abejas una capacidad sin precedentes

Pueden reconocer con el tacto en la oscuridad un objeto que antes solo habían visto, una hazaña cognitiva compleja nunca descrita en un insecto

 

Los seres humanos somos capaces de encontrar objetos con el tacto en la oscuridad gracias a la complejidad de nuestro cerebro, que almacena información de tal manera que puede ser recuperada por diferentes sentidos. Esta integración multisensorial nos permite formar imágenes mentales del mundo y apuntala nuestra conciencia. Es una habilidad bastante excepcional, ya que este reconocimiento visión-tacto solo lo compartimos con simios, monos y ratas, mientras que los delfines utilizan la visión y el oído y algunos peces, la visión y el sentido eléctrico.

Pues resulta que semejante hazaña cognitiva está presente en el pequeño cerebro de un insecto.

Investigadores de la Universidad Queen Mary de Londres y la Universidad Macquarie en Sydney han descubierto que las abejas también pueden encontrar objetos en la oscuridad que antes solo habían visto.

A la luz, pero sin poder tocar los objetos, los abejorros fueron entrenados para encontrar agua azucarada en un tipo de objeto (cubos o esferas) y una solución de quinina amarga en la otra forma. Cuando fueron puestos a prueba en la oscuridad, prefirieron el objeto que anteriormente era gratificante, y pasaron más tiempo explorándolo.

Las abejas también resolvieron la tarea al revés. Después de que aprendieran a encontrar una forma particular en la oscuridad, fueron puestas a prueba a la luz y nuevamente prefirieron la forma que habían aprendido que era gratificante solo con el tacto.

Una abeja resolviendo la tarea de reconocer la misma forma (una esfera) en la oscuridad cuando podía sentirla pero no verla
Una abeja resolviendo la tarea de reconocer la misma forma (una esfera) en la oscuridad cuando podía sentirla pero no verla – Lars Chittka

Esta capacidad se llama reconocimiento intermodal y nos permite percibir una imagen completa del mundo con ricas representaciones, explican los autores en la revista «Science».

«Una hazaña increíble»

«Los resultados de nuestro estudio muestran que los abejorros no procesan sus sentidos como canales separados, sino que se unen como una especie de representación unificada», afirma Cwyn Solvi, autora principal del artículo, ahora en la Universidad Macquarie en Sydney.

«Hace mucho que sabemos que las abejas pueden recordar las formas de las flores. Pero un teléfono inteligente puede reconocer su cara, por ejemplo, y lo hace sin ninguna forma de conciencia. Nuestro nuevo trabajo indica que algo está sucediendo dentro de la mente de las abejas que es completamente diferente de una máquina, que las abejas pueden evocar imágenes mentales de formas», añade Lars Chittka, jefe del laboratorio de la Universidad Queen Mary de Londres.

Para Selene Gutiérrez Al-Khudhairy, coautora del artículo y ahora investigadora en la Universidad de York, «esta es una hazaña increíble si se considera el tamaño minúsculo del cerebro de una abeja. Investigaciones futuras de los circuitos neuronales subyacentes a esta habilidad en las abejas pueden algún día ayudar a revelar cómo nuestros propios cerebros imaginan el mundo».

Como dice Solvi, «esto no significa que las abejas experimenten el mundo de la misma manera que nosotros, pero sí muestra que hay más cosas en su cabeza de lo que creíamos».

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La oreja de oso, la planta del Pirineo que guarda el secreto de la resurrección

Se trata de una especie que tiene la capacidad de volver aparentemente a la vida después de muerta

‘Ramonda myconi’, la única planta resurrección de la península ibérica

‘Ramonda myconi’, la única planta resurrección de la península ibérica – José Ignacio García Plazaola

Según la mitología griega, Orfeo, hijo de Apolo y Calíope, intentó rescatar a su amada Eurídice de la muerte. Aunque él logró escapar del inframundo, ella desapareció para siempre. Lamentablemente, Orfeo también murió: fue asesinado y despedazado por las Ménades.

Producto de la combinación de la mitología clásica con la tradición más reciente, se cuenta que de las gotas de sangre de Orfeo brotó una planta, que guardó el recuerdo de su esencia más pura en la capacidad de volver a la vida después de muerta.

Esta planta se conoce hoy en día como flor de Orfeo (Haberlea rhodopensis) y es una de las cinco especies europeas que se incluyen en la familia de las Gesneriáceas.

Todas ellas se localizan en el sur del continente (montañas de Grecia, Macedonia y Bulgaria) y, como describe la mitología, presentan la sorprendente capacidad de volver aparentemente a la vida después de muertas.

Son lo que se denomina “plantas resurrección”. En todo el mundo hay unas 300 plantas resurrección. La mayoría tienen una distribución tropical y subtropical, con la excepción de las Gesneriáceas europeas.

Una planta tropical perdida en el Pirineo

En el Pirineo, tanto en su vertiente norte como sur, tenemos la suerte de contar con una de estas escasísimas plantas resurrección: la emblemática oreja de oso (Ramonda myconi). Es la única especie con estas características de la península ibérica.

El género Ramonda recibe su nombre en honor al botánico y explorador francés Louis Ramond de Carbonnières que, entre otras hazañas, fue el primero en ascender oficialmente al Monte Perdido.

‘Ramonda myconi’
‘Ramonda myconi’ – José Ignacio García Plazaola

Además de su singularidad como planta resurrección, R. myconi y el resto de Gesneriáceas europeas tienen otra característica muy especial: son plantas de origen tropical, reliquias de un periodo pasado mucho más cálido que el actual. Por eso son denominadas técnicamente “paleotropicales”.

La observación de su morfología y aspecto nos revelará de inmediato ese carácter tropical y fácilmente las asociaremos a la muy conocida violeta africana (género Saintpaulia), planta ornamental de interior.

Siendo una especie de vocación tropical, resulta sorprendente que haya podido adaptarse con éxito al enfriamiento del clima en Europa, muy especialmente en el adverso entorno del Pirineo. Aunque encuentra su óptimo en barrancos calcáreos a mediana altitud, ha llegado a observarse incluso a casi 2.500 metros en el entorno del Parque Nacional de Ordesa.

Dado que es una planta de hojas longevas y perennes, su exitoso desarrollo en la alta montaña implica que estas deben ser capaces de sobrevivir a temperaturas extremadamente bajas, algo especialmente llamativo en una especie paleotropical.

Hemos constatado recientemente que sus hojas soportan temperaturas por debajo de cero, e incluso la formación de hielo en su interior, sin sufrir lesiones irreversibles.

La combinación de su carácter de planta resurrección y su destacable tolerancia al frío extremo la convierte en una de las escasísimas plantas capaces de enfrentarse exitosamente tanto a las bajas temperaturas como a la desecación. ¿Cuál es pues su secreto?

Secarse, congelarse, y no morir en el intento

La respuesta probablemente no es única. Más bien al contrario, es un conjunto de características lo que permite a esta planta convertirse en una campeona de resistencia.

Aunque parezca contraintuitivo, las consecuencias biológicas de desecarse o congelarse son parecidas en esencia. Esto justifica en cierto modo que su preadaptación a la desecación ha sido la clave para su supervivencia en el Pirineo.

Básicamente, la planta evita las lesiones celulares reforzando sus membranas para evitar los daños estructurales y oxidativos. Pero la protección no solo debe actuar a nivel celular. Las hojas al deshidratarse deben plegarse siguiendo un patrón bien definido y ordenado de forma similar a como se produce el cierre de un paraguas.

Plegamiento de las hojas de la oreja de oso
Plegamiento de las hojas de la oreja de oso – Beatriz Fernández-Marín

De este modo, durante el letargo y aparente muerte, los tejidos se mantienen latentes y sin sufrir daños irreparables. Puede incluso llegar a alcanzarse el denominado estado vítreo, en el que la movilidad de las moléculas es muy reducida. Así, los tejidos pueden mantenerse latentes sin apenas acumular daños durante mucho tiempo.

Cuando el agua vuelve a estar disponible, todo el proceso se revierte y las hojas recuperan en unos pocos días su aspecto más lozano. Este momento, el de la resurrección, es el más delicado. Un error en la precisa secuencia de activación del metabolismo puede resultar fatal para la planta.

El aspecto de la oreja de oso cambia durante las estaciones
El aspecto de la oreja de oso cambia durante las estaciones – José Ignacio García Plazaola

Hoy en día, las plantas resurrección son objeto de estudio en algunos de los mejores laboratorios de Fisiología Vegetal del mundo. De su espectacular capacidad de volver a la vida podremos aprender muchas lecciones útiles para conseguir una agricultura más sostenible y segura y para desarrollar plantas casi indestructibles.

Curiosamente, algo así intuyó Salvador Dalí. En 1982 estuvo a punto de morir al intentar deshidratarse. Creía que de este modo podría alcanzar la inmortalidad, pues había observado que los microorganismos secos podían volver a la vida con una gotita de agua.

Quién sabe. Quizás las gotas de sangre de Orfeo nos sirvan para desentrañar los secretos de la vida eterna.

José Ignacio García Plazaola es profesor de Fisiología Vegetal, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Beatriz Fernández-Marín es profesora de Biología Vegetal, Universidad de La Laguna

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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Cuando el Sáhara estaba repleto de peces

Investigadores hallan los restos de casi 18.000 animales, muchos de ellos anfibios y peces, consumidos hace unos 10.000 años en una cueva de Libia

 

Hoy en día el Sáhara es el desierto cálido más extenso del planeta, con un área comparable a la que tienen China o Estados Unidos. Allí las precipitaciones son muy bajas o inexistentes y se alcanzan algunas de las temperaturas más altas de la Tierra, que llegan a los 47ºC. Pero no siempre fue así. Se cree que el Sáhara se formó a causa de una glaciación (hace dos o tres millones de años) o bien después de que el Monzón se debilitara cuando se secó el mar de Tetis (hace siete millones de años). Pero, sea como sea, se sabe que cada 20.000 años el Sáhara pasa de ser un lugar desértico a uno verde, recorrido por sabanas, en respuesta a un ciclo de similar duración en el que el eje de la Tierra cambia su orientación a causa de la precesión. La última vez que el Sáhara estuvo verde fue hace 4.000 a 10.000 años y la próxima ocasión en la que lo estará será dentro de unos 15.000.

El último gran cambio ocurrió al final del último periodo glacial, en torno al año 8.000 o 6.000 antes de Cristo. Después de que fundieran los casquetes polares al norte del planeta, la parte septentrional del desierto se secó, pero no fue hasta dos milenios más tarde cuando el Monzón se retiró con sus precipitaciones más al sur, hasta donde está hoy, dejando el desierto tal como lo conocemos.

Peces, reptiles, moluscos y anfibios

Un estudio que se acaba de publicar en la revista « PLOS ONE» ha identificado miles de restos de animales en el antiguo refugio humano de Takarkori, al suroeste de Libia, que se remontan hasta el momento en que el desierto estaba comenzando a avanzar, a comienzos del Holoceno. Entre estos hay reptiles, moluscos, anfibios y, sobre todo, peces, y muestran que, con el tiempo y a medida que la región se volvía más árida, los pobladores humanos de entonces fueron cambiando su dieta.

La región de Tadrart Acacus, al oeste de Libia y cerca de la ciudad de Ghat, es hoy un ambiente ventoso e hiperárido, pero fue húmeda y rica en agua a comienzos y mediados del Holoceno, hace unos 10.000 hasta unos 4.600 años. Allí hay restos de animales que indican que la vida era abundante y multitud de restos arqueológicos que muestran que había muchos yacimientos humanos.

En esta ocasión, un equipo de investigadores dirigidos por Wim Van Neer, del Museo de Historia Natural de Bélgica, y Savino di Lernia, científico de la Universidad de Sapienza en Roma, Italia, se centraron de estudiar las abundancias de los animales que fueron consumidos en cada época.

Cada vez menos peces

Encontraron pruebas de un total de 17.551 animales. El 80% son peces, sobre todo tilapias y bagres, mientras que el 19 % son mamíferos y el resto aves, reptiles, moluscos y anfibios.

Los análisis han mostrado que la proporción de peces consumidos fue disminuyendo con el tiempo, pasando de ser el 90% de los animales que se comían hace 10.200 a 10.800 años hasta descender a un 40%, hace 5.900-4.650. Esto sugiere que la dieta fue centrándose en la caza y la ganadería poco a poco, a medida que los ecosistemas acuáticos iban retrocediendo en el Sáhara.

Curiosamente, también han observado que los bagres se siguieron consumiendo durante más tiempo, y han sugerido que es porque éstos tienen capacidad de respirar aire fuera del agua y de sobrevivir más tiempo en aguas calientes y superficiales.

«Este estudio revela la antigua red hidrográfica del Sáhara y su interconexión con el Nilo», han explicado los autores. «Nos aporta información crucial sobre los drásticos cambios climáticos que llevaron a la formación del mayor desierto cálido del mundo».

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¿A qué huelen las hormigas muertas?

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Cuando una hormiga cae muerta transcurren alrededor de 48 horas hasta que una compañera recoge su cadáver, lo carga y lo transporta hasta el hormiguero. Si uno ha observado alguna vez el comportamiento de estos insectos, recordará la imagen de una hormiga transportando el cuerpo de una compañera y tratando de introducirlo en el agujero. Ninguna hormiga muerta se queda sin recoger.

Desde hace muchos años, los biólogos saben que las hormigas son unas recicladoras consumadas y que almacenan los cuerpos de los fallecidos en unos receptáculos especiales, donde se descomponen y generan nitrógeno para la comunidad. Pero ¿cómo reconocen las hormigas a sus compañeras muertas?

El entomólogo estadounidense Edward O. Wilson se fijó en esta circunstancia mientras estudiaba la comunicación de estos insectos. Tal y como relata él mismo, pensó que las hormigas debían de emitir alguna señal para decir “ESTOY MUERTA” y que las demás compañeras pasaran a encargarse de los trámites “funerarios”. Y así fue como descubrió que el secreto estaba en el ácido oleico.

Al cabo de las primeras 48 horas, el cuerpo de la hormiga muerta comienza a expeler esta sustancia hasta que el resto de la comunidad la detecta y emprende las labores de recuperación del cadáver. La señal química es tan poderosa que, cuando Wilson roció con este ácido a una hormiga viva, sus propias compañeras la atraparon con sus mandíbulas y la condujeron una y otra vez al cementerio, pese a sus vanos intentos de oposición.

El mecanismo convierte a las hormigas en máquinas ciegas y obstinadas, hasta el punto de que si uno rocía con ácido oleico un palito o cualquier otro objeto, la primera hormiga que pase por el lugar lo atrapará entre sus mandíbulas y tratará de conducirlo al hormiguero a toda velocidad sin hacerse más preguntas.

Aunque poseemos algunos miles de neuronas más, y un sofisticado sistema de comunicación, los seres humanos nos comportamos de una forma parecida en nuestra vida social. Buscando información sobre las hormigas muertas, me topo con un artículo para la lúgubre Alcor en el que se apunta esta idea. “Las burocracias se comportan de forma inflexible”, asegura el autor, “porque las burocracias no tienen cerebro. Pero son máquinas de funcionamiento simple, como las colonias de hormigas, gracias a unas sencillas reglas de programación”.

Mientras escribo estas líneas, el diario The Guardian publica la historia de un padre y un hijo de visita en Londres, a quienes la policía británica trató como delincuentes sólo porque se habían hecho algunas fotos en el metro y en el autobús. No importaron las explicaciones. Los agentes argumentaron que no se podían tomar imágenes en lugares tan sensibles y, para “prevenir el terrorismo”, les tomaron los datos de sus pasaportes y les borraron las fotos de sus vacaciones.

Un poco más cerca, y por esas mismas fechas, Juan Enrique Tena, de 30 años, pasó seis días en la prisión de Albolote sólo porque su primer apellido coincidía con el un delincuente buscado por la policía. Juan Enrique acudió a pasar la Semana Santa a Granada cuando los agentes le detuvieron y le encarcelaron sin hacer la más mínima comprobación: el nombre y el segundo apellido del huido de la justicia eran distintos, el DNI no coincidía y las fechas de nacimiento no tenían nada que ver. Y para colmo el supuesto delincuente ya estaba capturado hacía tiempo.

El mecanismo por el que los hombres pasan a convertirse en hormigas descerebradas no lo estudian los entomólogos sino algunas otras raras ramas del saber. Las causas por las que una persona deja a un lado el sentido común para obedecer ciegamente una orden se parece más a la peripecia de Joseph K, en El Proceso, que a un documental sobre insectos.

Durante seis largos días, Juan Enrique reclamó la presencia de alguna autoridad judicial que comprobara el error, sin que ninguno de los funcionarios de policía se tomara la molestia de contrastar los datos. “Me dijeron que no podían comprobar lo que les decía porque eran días festivos”, aseguró después del calvario. Es de creer que en aquella prisión, y a su manera, los funcionarios habían percibido el olor a hormiga muerta.

Referencias: Hey I’m Dead!’ The Story Of The Very Lively Ant

http://librodenotas.com/guiaparaperplejos