1521: La verdad enterrada de los tlaxcaltecas

La historia de los tlaxcaltecas restituye el hecho central de la conquista, en particular de la caída deTenochtitlan, a saber: que la derrota de los mexicas fue el resultado de la alianza de los españoles con los señoríos indígenas tributarios, hartos de la dominación de los mexicas.

Todo el que haya leído las crónicas de Cortés o Bernal recordará los pasajes donde se describen los ejércitos que asedian a la gran ciudad lacustre. Están formados por cientos de españoles y por miles de tlaxcaltecas, texcocanos, chalcas.

La mecánica militar, política y pasional de la conquista no fue la del choque de los conquistadores españoles con los pueblos indios, sino la de su alianza con los señoríos enemigos de la Gran Tenochtitlan y sus señores.

La historia de los tlaxcaltecas victoriosos, escrita por ellos mismos, no es, en efecto, la de una derrota sino la de una alianza.

Vindica, dice Navarrete, que adoptaron voluntariamente la religión católica en 1519, para volverse “aliados legítimos de los conquistadores”; enaltece la figura de Malintzin como emblema de esa alianza; presume la participación tlaxcalteca en la conquista de más de 50 pueblos; ve a la ciudad de Tlaxcala, “construida ya con la traza de una ciudad cristiana”, como un centro del “nuevo orden político y religioso de la Nueva España”.

 A partir del siglo XIX, sigue Navarrete, “la memoria histórica tlaxcalteca ha sido negada por los nacionalistas”, “ignorada por los académicos” y “tergiversada al grado de ser incluida en la Visión de los vencidos”.

 Concluye Navarrete: “La destrucción del mundo indígena que solemos atribuir al malvado colonialismo de la conquista ‘española’, es en realidad el producto del nacionalismo intolerante de los ‘mexicanos’”.

Conviene recordar esto ahora que la Ciudad de México emprende la delirante aventura de renombrar sus calles con orgullo de mexicas originarios, y de inventarse la idea de una “fundación lunar de Tenochtitlán”, en 1321.

 La culpa en esto no es de los tlaxcaltecas.

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1521: La victoria de los tlaxcaltecas

Federico Navarrete, autor clave en la historia de la discriminación y el racismo en México, ha recobrado una historia de la Conquista que pone esa historia al revés, en realidad: al derecho.

Es la historia de los tlaxcaltecas como triunfadores, no como víctimas, de la Conquista española, esa inmensa ficción de la historia patria según la cual todos los pueblos prehispánicos originarios, todos los señoríos de Mesoamérica, fueron por igual violentados, conquistados y luego esclavizados por los españoles.

La verdad es que el único pueblo prehispánico derrotado en lo que solemos llamar Conquista, es decir, en la caída de Tenochtitlan, fueron los temidos mexicas, señores de la gran ciudad lacustre, cuya dureza y crueldad había sembrado en sus dominios tanto miedo como odio.

A partir de 1540, recuerda Navarrete, los gobernantes de Tlaxcala empezaron a escribir la historia de su participación en la Conquista como la historia de unos triunfadores, aliados a los españoles no sólo en la caída de Tenochtitlan, sino en otras campañas militares de sorprendente rango territorial, pues hubo tlaxcaltecas en expediciones lo mismo en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, que en Sinaloa.

“Los tlaxcaltecas” escribe Navarrete, “presentaron su propia versión de la conquista, donde ellos eran los principales triunfadores, en los murales pintados en la Casa Real de la nueva ciudad de Tlaxcala, en códices como el llamado Manuscrito de Texas, en gigantescas telas pintadas como el Lienzo de Tlaxcala y también en largos textos escritos en español como la Historia y la Relación geográfica de Tlaxcala de Diego Muñoz Camargo”. ( “La memoria tlaxcalteca de la conquista” http://www.noticonquista.unam.mx/amoxtli/2619/2616).

Cobraron bien sus servicios como conquistadores victoriosos. Obtuvieron de la Corona española que “su ciudad fuera declarada autónoma, y sólo pudiera ser gobernada por sus naturales, que ninguna de sus tierras fuera despojada y que ningún tlaxcalteca fuera esclavizado, dado en encomienda o sometido a los españoles, que sus nobles fueran reconocidos como nobles españoles y pudieran vestirse como españoles, montar a caballo y usar armas de fuego y mucho más”.

La historia tlaxcalteca fue la primera, acaso la única, escrita por los actores mismos, no por frailes traductores o por cronistas de Indias de la metrópoli.

Tiene mucho que decirnos hoy. Sigo mañana. _

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‘Buscando a Dios’, de History

Buscando a Dios”, el nuevo lanzamiento de History 2

Si usted está buscando grandes contenidos para vivir la Semana Santa, ya los encontró. ¿Dónde? En el canal History 2. Por favor ubíquelo en su sistema de televisión de paga. Sí lo tiene. A lo mejor de repente lo ha confundido con History o no se ha detenido a verlo a profundidad, pero ahí está. ¿Qué tiene de especial History 2? ¿Qué tiene que no tenga History? Vamos a definirlo así: con el paso de los años, History ha evolucionado hasta tocar grandes contenidos históricos, sí, pero también muchas series y programas de entretenimiento.

History 2 es un canal más de documentales. Es realmente grandioso porque le da perfecta continuidad a la esencia de la marca History. ¿A qué me refiero cuando le digo que History 2 tiene grandes contenidos para vivir la Semana Santa? A que estas señoras, que estos señores, a diferencia de la mayoría de sus competidores, están invirtiendo hoy una fortuna en la creación y en la adquisición de las mejores propuestas internacionales.

Si usted, como yo, ama profundizar en cuestiones espirituales en estos días, le garantizo que será feliz viajando de Yo conocí a Jesús a Las reglas de La Biblia, pasando por Fuera de La Biblia, El código de Dios, El Santo Grial en América y más, mucho más. Pero la joya de la corona es una obra maestra titulada Buscando a Dios que nadie se debe perder mañana sábado 3 de abril a las 21 horas. Es la primera serie documental sobre asuntos espirituales, calidad global, que se hace en Latinoamérica.

Esta producción nos lleva de China hasta Tierra Santa, y también de la India al Medio Oriente. ¡Es un derroche que no acaba nunca! PUBLICIDAD Luche por verla. Le va a encantar. De veras que sí.

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Lecturas non sanctas

Educación: El método para leer tres veces más rápido, inventado por un  profesor de Princeton

Sin mañaneras de por medio y con la mitad de la comentocracia en exilio mediático obligado por los días de descanso, los lectores más politizados corren el riesgo de sufrir síndrome de abstinencia. Actores políticos y periodistas detendrán escándalos o filtraciones para ser divulgados en tiempos más propicios y, por consiguiente, las redes sociales encontrarán dificultades para nutrir la chora interminable de pasiones, desengaños y beligerancias. A falta de combustible, le sugiero tomarse un paréntesis de la política, y sus veleidades, y adentrarse unos días en la posibilidad de alguno de estos libros. Le permitirán retomar contacto con otras historias y con seres humanos que no viven frente a cámaras, micrófonos y redes sociales pretendiendo ser mejores de lo que son.

Comenzaría con la última novela de Fernanda Melchor, la nueva revelación por derecho propio de las letras mexicanas. La veracruzana escribe y publica desde hace algunos años, pero no fue sino hasta su cuarto libro, Temporada de huracanes (2017) que su éxito estalló en círculos literarios internacionales. Se trata de una novela con muchos guiños al Pedro Páramo de Juan Rulfo, una comparación que sería apabullante para cualquier autor, pero de la cual Melchor sale muy bien librada. Uno de esos infrecuentes casos en que la crítica literaria y el mercado de lectores coinciden en el aplauso. Se ha traducido a docenas de idiomas y fue finalista del prestigiado Booker International Prize. “No somos el resultado de una planificación, de un diseño; la naturaleza carece de propósito” Los escritores suelen sufrir la cruda de un éxito apabullante; hay una larga lista de anécdotas de autores cuyo talento quedó inhibido, temporal o definitivamente, tras una obra universalmente aclamada.

No es el caso de esta joven. Acaba de publicar Paradais (Random House), la historia de Polo, un jardinero que trabaja en un fraccionamiento residencial para familias de camionetas ostentosas y albercas interminables, para las cuales el joven resulta invisible a pesar de que pasa entre ellas 12 horas diarias regando pastos y cortando arbustos. Invisible para todos, salvo para un obeso y malcriado adolescente que comienza ofreciendo bebidas alcohólicas al jardinero y termina invitándolo a cometer un crimen. Pero no se trata de un thriller, o no exclusivamente. La realidad que Melchor nos pinta de la vida de Polo, entre el infierno en el que vive al lado de su madre y el paradais en el que trabaja, que no es más que otra versión del infierno, es una inmersión poderosa y casi adictiva al dramático mundo que también nosotros hemos dejado de ver. Hace recordar a la afamada película coreana Parásitos, pero en versión descarnada (y ciertamente más próxima).

Una radiografía tan exacta y precisa que bien podría haber ahorrado a Ricardo Anaya todos los recorridos antropológicos que está haciendo en busca del México profundo. Igual de adictiva resulta la novela Un amor, de la española Sara Mesa (edit. Anagrama), sobre una mujer que decide trasladarse a un pequeño poblado de una alejada y rústica región, en la cual nunca había estado, para dejar atrás un escabroso pasado que el lector apenas intuye. Lo que parece una crónica del dificultoso camino que debe seguir para dejar de ser extraña entre sus desconfiados vecinos, termina convirtiéndose en un viaje de introspección fascinante al alma de esta mujer. Una frase que parecería inadvertida constituye la clave de toda la novela, y en esencia la fuente de la que surgen tantos tormentos aparentemente inexplicables en la vida cotidiana de todos nosotros: “el malestar de la felicidad es una idea que le ronda con insistencia: un tipo de felicidad que contiene en sí misma la semilla de su propia destrucción”. En los descansos que le otorga el polémico activismo que provoca su acendrada crítica a la 4T, Héctor Aguilar Camín se permitió publicar un morboso divertimento bajo el título Plagio (Random House). Y digo morboso porque en sus primeras páginas la historia parece extraída directamente del famoso caso de Sealtiel Alatriste, el escritor y funcionario universitario obligado a renunciar tras la acusación de ser un plagiario reincidente.

Y el paralelismo parece evidente desde las primeras líneas de la novela, relatada en primera persona: “Un lunes anunciaron que me había ganado el premio Martín Luis Guzmán… el martes me acusaron de haberme plagiado unos artículos periodísticos… el jueves de haberme plagiado el tema de mi novela ganadora… el lunes de la semana siguiente, 69 escritores firmaron una carta en mi contra… el miércoles siguiente anuncié mi renuncia al puesto de la universidad…”.

Hasta aquí parecerían notas extraídas del Facebook de Sealtiel. Pero al continuar la página, el personaje, que definitivamente no es nuestro Sealtiel, informa que para el siguiente jueves ha sido acusado del asesinato del amante de su esposa. Y si bien esta entrada condiciona a la pequeña novela a inscribirse en el género policíaco, la nota de sangre es apenas el pretexto para hacer una exploración de las razones no bien comprendidas que anidan en el corazón del plagiario. O como bien podría decir el personaje: no hay homenaje más honesto y rendido a un autor al que se admira que plagiarlo talentosamente. Si los días no le alcanzan para pertrecharse tras estos títulos, al menos le sugiero no perderse una obra tan inesperada como refrescante: La vida contada por un sapiens a un neandertal, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga. Se trata de la crónica que hace el primero, prestigioso novelista, fungiendo en papel de neandertal, de sus conversaciones con el segundo, paleontólogo y sabio, quien funge en calidad de sapiens. Y en efecto, el libro está salpicado de perlas para ser atesoradas, a veces por inesperadas y casi siempre porque nos obligan a reconocer que en tantas cosas de la vida seguimos más cerca del neandertal que del sapiens, como bien nos lo hace notar el propio Millás.

PUBLICIDAD Por ejemplo: “te amaré siempre, se dice, pero eso de amar siempre es muy fácil; ¿qué tal prometer que te amaré el martes próximo a las cuatro y media de la tarde? Eso es complicado”. O aquella de “el experimento de las sociedades sin dios es muy reciente. No sabemos aún qué va a ocurrir”. O finalmente: “No somos el resultado de una planificación, de un diseño. La naturaleza, como demostró Darwin, carece de propósito. Sin embargo, es capaz de crear estructuras biológicas con propósito. La naturaleza no busca, pero encuentra”. Lo mejor de esta ingeniosa crónica no son sus perlas o sus letras para el bronce, sino las carcajadas que nos arranca cada dos páginas el neandertal que llevamos dentro. _

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LOS 150 AÑOS DE MARCEL PROUST Y LA PUBLICACIÓN DE UNA OBRA INÉDITA

LA EDITORIAL FRANCESA GALLIMARD PUBLICA UNA OBRA INÉDITA QUE CONSTITUYE UNA DE LAS CLAVES PARA ENTENDER EL PROCESO DE GESTACIÓN DE “EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO”
File:Jacques-émile blanche, ritratto di marcel proust, 1892, 02.JPG - Wikimedia  Commons

Este año Marcel Proust, nacido en Auteuil (en las afueras de París) el 21 de junio de 1871, cumpliría 150 años. Proust murió en 1922, así que en 2022 será su centenario luctuoso. No hay duda de que habrá numerosas celebraciones y conmemoraciones sobre la obra y vida de quien quizá haya escrito una de las más grandes novelas en la historia de la literatura: En busca del tiempo perdido. Pero aunque las celebraciones aún no inician propiamente, la editorial francesa Gallimard ha dado una primera señal de este año proustiano con la publicación de una obra inédita. 

En busca del tiempo perdido es una obra única que es a la vez un clásico admirado por grandes intelectuales y una especie de obra de culto, un universo autónomo, venerado por sus espectadores. En parte porque la obra está dividida en siete tomos y supera las tres mil páginas, lo cual exige un esfuerzo considerable de parte del lector. Pero sobre todo porque su lectura es una especie de sustancia voluptuosa que se esparce lánguidamente y atrapa al lector, con la que quizá sea la más feliz combinación de las ideas -artísticas y espirituales- con el acontecer de la sociedad y su desfile mundano de emociones: los celos, la ambición, la frivolidad, el chisme, etc. A Proust más que a nadie se le debe la creación de una prosa contemplativa, reflejo mismo del tiempo como memoria que se bifurca y ramifica, acaso en oposición a la prosa contemporánea que favorece los enunciados cortos, directos y sin cláusulas (pensamiento quizás más claro, pero también más mecánico y menos capaz de reflejar la naturaleza de la conciencia). 

El texto que ha publicado Gallimard hace unos días, Les Soixante-quinze feuillets (Las setenta y cinco hojas), es una obra en la que Proust esboza algunos de los episodios que desarrollaría en En busca del tiempo perdido. Las páginas del libro publicado por Gallimard fueron escritas en 1908, cuatros años antes de que Proust empezara a publicar el primer tomo: Por el camino de Swann. La existencia de esta obra fue revelada por el editor Bernard de Fallois en 1954, pero se pensaba que se había perdido. De Fallois la había descrito como una “guía preciosa” que ilumina el proceso creativo de la recherche (como se conoce a la obra en corto). Gallimard descubrió la obra entre los archivos de De Fallois, quien murió en 2018. 

 

POR: JOAQUÍN C. BRETEL 

Gallimard ha sugerido que esta obra es una especie de santo grial para los seguidores de Proust, como el “capullo de su crisálida”.

 

Imagen de portada: Jacques-Émile Blance (1892), Marcel Proust / Wikimedia Commons

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La vida demolida de Francis Scott Fitzgerald

Francis Scott Fitzgerald y Zelda Zayre: la destrucción o el amor | Literaria

Un texto en el que Francis Scott  Fitzgerald pretende no hacer literatura y que figura como uno de los más contundentes del siglo XX, comienza con la siguiente frase: “Es sabido que la vida es un proceso de demolición”. La primera vez que accedí a este texto me fascinó el concepto demolition referido a la vida. Indicaba un punto de vista bastante trágico y definitivo.

Otro autor podía haber dicho “la vida es un proceso de desintegración”, lo que nos conduciría al mundo de la física, o “la vida es un proceso de humillación”, como piensa Azúa, y que indicaría un punto de vista más vivencial y existencialista, de caballo indomable que no obstante es cruelmente domado siguiendo la implacable gramática de la humillación. Pero no, Fitzgerald prefirió emplear el concepto “demolición”, que nos conduce al mundo de la construcción. Demoler es la forma que tenemos de matar edificios, no personas. Ver la vida como un proceso de demolición subyuga por la carga depresiva que contiene el concepto y también por la carga mítica. Lo demolido es difícil volverlo a construir. Lo que has demolido, lo has demolido para siempre, diría Kavafis.

Lo inteligente de la frase radica en la expresión “es sabido”. Sí, es sabido que la vida es un proceso de demolición. Se trata de una forma de desarmar al lector, al formularle presuntamente una evidencia. Si el lector no ha caído en esa evidencia es tonto, y el lector no quiere pasar por tonto y acepta de inmediato una evidencia que está muy lejos de serlo, pues no todos ven la vida como un proceso de demolición. Aunque estamos ante una confesión personal, nos hallamos a la vez ante una formulación muy astuta y propia de un gran profesional de la escritura, sin olvidar que es una forma de iniciar un texto pavorosamente eficaz. A partir de ese momento ya no lo quieres dejar porque sabes que vas a adentrarte en un mundo de verdades muy contundentes, y no te engañas. Sin embargo no es menos evidente que otras personas menos poseídas por la tragedia verían  la vida como un proceso de disolución, que es un concepto más suave y más líquido, y en consecuencia menos trágico. Pero ya entonces Fitzgerald era un personaje de tragedia griega y se identificaba más con la idea de demolición. Su autorrelato, guiado por una depresión en estado muy avanzado (aunque él no lo supiera) le obligaba a ver de esa manera su propia historia y la de su generación. Los personajes del drama eran demolidos como estatuas y edificios. En el fondo un tipo de demolición clásica, por no decir grecorromana.

Juraría que un romano podía haber dicho lo mismo: “Mi vida es un proceso de demolición que ha ido trascurriendo sin que me diese cuenta”, viene a decir el Adriano de Marguerite Yourcenar. Bien es cierto que cuando Adriano empieza a ver así la existencia se halla en un período depresivo en el que siente que por primera vez su cuerpo le está traicionando, y al parecer de modo irreversible. El hombre de mármol presenciando su demolición a martillazos. Más trágico imposible.

La vida concebida como la caída de la casa Usher: las grietas están ahí, pero solo nos damos cuenta cuando ya son evidentes. Fitzgerald y Poe abrazados a la misma metáfora y formulando la misma verdad: la demolición solo se adivina cuando las grietas son demasiado grandes y demasiado visibles, y la tragedia está asegurada con su mecanismo irreversible.

Me fascina Fitzgerald porque tanto en su vida como en su obra supo resucitar la tragedia griega en todos sus elementos. Uno de esos elementos era por supuesto el concepto “demolición”. Todas las tragedias griegas se basaban en historias de la época homérica, y toda la ficción homérica se basa en un mito fundamental y que atañe al fundamento mismo del mundo sobre el que se va a apoyar toda la narrativa teatral: la demolición de Troya. La literatura occidental comienza con la historia de una demolición.

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Juan Marsé: con licencia para disparar sobre el pianista

El escritor dejó un libro póstumo, ‘Notas para unas memorias que nunca escribiré’, un diario en el que se da el gusto de no callar contra todo y contra todos. Ahora ve la luz

Juan Marsé, retratado en 2011.
Juan Marsé, retratado en 2011.JORDI SOCIAS

 

Juan Marsé se ha ido de este mundo dejando un libro póstumo, una especie de dietario con notas para unas imposibles memorias, publicado por Lumen, en el que se ha despachado a gusto contra algunos políticos, periodistas, escritores y figuras de la vida social, con el hiriente desenfado de quien se da el gusto de no callar. Vayan pasando, parece decir con el látigo de moralista ibérico en la mano a los que considera sus enemigos naturales, a la clericalla y a la carcundia, a los independentistas de corral, a las banderas bicolores o cuatribarradas llenas de la misma sangre en el polvo, sucias de falsos juramentos; a los famosos que desplazan más de lo que pesan, a los enfáticos y engreídos que son en el fondo tontos de baba. A unos les regala el insulto personal, a otros el comentario jocoso o despiadado. Lo mejor que te puede pasar es no aparecer en este libro, por si acaso, aunque un día compartieras con este escritor viajes, conferencias, premios y alegres sobremesas.

Es un narrador nato, un creador de personajes, empezando por el que se ha fabricado él de sí mismo

Pero en este libro, entre las invectivas cáusticas contra todo lo que desprecia, se mece el vaivén de la vida diaria de un escritor con el foco puesto en la distancia corta de sus horas domésticas. Placeres, viajes, consultas, diagnósticos, atacado por dos patologías, la renal y la cardiaca, la diálisis y el infarto. Y así pasan los días por el dietario como ruedas de molino que trituran sus sueños, las ambiciones y los descalabros. Uno no sabe qué pensar cuando lo ve lloriquear porque se siente ninguneado, olvidado, postergado en cualquier competición honorífica. Tal vez sucede que el alma de cualquier artista posee una debilidad congénita entre la ambición y la duda. Pero sus desánimos pronto encontraban un remedio de andar por casa. Aquí un whisky en el Mayestic o en la coctelería Boades con algún amigo incondicional, allí el perro que le mueve el rabo y con eso le basta para reconciliarte con el universo, aquí un análisis clínico con un pronóstico adverso, allí la playa de Calafell y el ejercicio de la natación como un descubrimiento del Mediterráneo estilo mariposa. Lo hubiera dado todo por tener el movimiento de cejas de Clark Gable y el hoyuelo en la barbilla de Kirk Douglas, pero, en cambio, la naturaleza le regaló en su tiempo un cuerpo joven con aires de Steve McQueen aunque al final su rostro quedó como el de un boxeador muy castigado.

Viene de aquellas aventuras de los tebeos que compraba en el quiosco de la esquina, de la larga seducción de los programas dobles del cine de barrio, de los primeros besos en la oscuridad con el olor a pachuli y a serrín mojado, de los descampados como una forma urbana de selva virgen llena de canes pulgosos si collar del Guinardó, del Carmelo y de Gràcia, donde en un bar predicaba su silencio junto a una ración de gallinejas ese personaje aplastado por la dictadura, que prometía volver un día a reinar. La fantasmagoría cinematográfica fue un caldo de cultivo de Juan Marsé y si no ha tenido suerte en tantas novelas suyas que han pasado a la pantalla no es por su culpa. Un rebote más con que cargar en la mochila, un motivo más para blasfemar. Una de sus dianas preferidas son los directores de sus películas, todas fracasadas según la esperanza que había puesto en esos sueños juveniles.

Hamacas en el jardín de Nava de la Asunción con su amigo Gil de Biedma, whiskys imparables con Barral y Ferrater, la fidelidad de Vila-Matas, los peluches rojos de Bocaccio, la sombra protectora de Carmen Balcells, la revista Por favor, la playa de Calafell. Uno se asoma a este dietario sin saber qué pensar de los agravios con que azota a algunos colegas. Ya se sabe que en este oficio miserable, una forma más sutil de herirte consiste en elogiar a tu enemigo, y al revés, también su escarnio despierta tu resentimiento. Alegrarse de la desgracia ajena es un áspid venenoso que anida en el corazón de artistas, poetas y literatos.

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Otra Semana Santa

San Bartolomé Gto 2013 - YouTubeEn San Bartolo, estado de Guanajuato, se festeja la Semana Santa en una especie de ritual pagano. La iglesia no la acepta pero tampoco niega la llegada de ángeles y demonios que hacen cita en el centro del pueblo para luchar “malos” contra “buenos” y esperar el día de resurrección de Jesús. En realidad es un pretexto para limar asperezas entre los vecinos que ese día pelean para aplacar sus ímpetus de venganza por algún desagravio en el transcurso del año. Los daños colaterales llegan a la enfermería instalada a un lado del evento para curar las heridas infringidas en el “combate a muerte”.

Más de uno ha salido dañado de una oreja, dedo de la mano, fractura de un pie o rodilla producto de las espadas desenvainadas, machetes afilados —reales, de madera o plástico—, con los que se enfrentan los contendientes. La iglesia del pueblo lo tiene vetado como parte de la crucifixión, misma que se celebra en el pueblo que pasea a Jesucristo en la cruz con sus dos apóstoles, y Magdalena limpiando heridas. Un gozo visual, un ímpetu de carnaval, un rito tergiversado a través de los siglos y que, en San Bartolo, con espíritus celestes contra los hijos de Luzbel alcanza un tono fantasioso donde nadie sabe la verdad y sus orígenes, pero inventan la riña y la risa como cambio para sanar heridas.

Podremos observar el paganismo donde los ojos brincan de un lado a otro para encontrar al mejor vestido de lucifer o querubín en versiones donde Batman y Robin son el éxtasis. Donde en pleno duelo y luto el pueblo se divierte en una Semana Santa. Nada que ver con la tradición de Iztapalapa. Nada que ver con los ritos conservadores de la procesión en San Miguel Allende, o con la ciudad de Granada en la España católica, de rito ancestral. Acá los sentidos se desbordan en el colorido de los vestuarios rojos y azules, verdes y amarillos, rosas y violetas de esos, malditos contra benditos.

San Bartolo está a 15 minutos de la capital de Querétaro, aunque el pueblo pertenece al estado de Guanajuato, donde además existen ruinas prehispánicas y un balneario del siglo XVIII. Llegar es fácil y vale la pena encontrarse con otra Semana Santa.

La diferencia hace de la tradición cristiana tabúes rotos a pleno sol.

Braulio Peralta

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Baudelaire, el inventor de la vida moderna

Maldito pero clarividente, el poeta se adelantó a casi todo. Con motivo del bicentenario de su nacimiento, diez expertos analizan los conceptos clave en su vida y su obra para poner al día su legado

Baudelaire, el inventor de la vida moderna
ALBERTO MIRANDA

Del malditismo como destino inevitable para todo artista que quiera salirse de las pautas al hastío como condición intrínseca a la vida, del paseo por la ciudad como práctica filosófica a la crítica de arte como ejercicio poético, todo estaba ya en la obra del poeta francés. Dos siglos después de su nacimiento, la sombra de Charles Baudelaire, el primer poeta moderno, se alarga hasta nuestro tiempo. Artista demasiado joven en un siglo viejo, en el que todo parecía ya dicho, dejó una huella imborrable en la cultura europea. Lo demuestran estos 10 términos comentados por 10 especialistas que subrayan su innegable contemporaneidad.

Por suerte para todos, el uso de “moderno” en Baudelaire es anterior a las categorizaciones históricas y a la tendencia a asociarse con partículas ominosas (pre-, pos-, anti-, -ista). Está muy cerca aún de su etimología: significa ‘presente, actual’, como mucho ‘reciente’; es aquello en lo que no se fija el artista del pasado, por irrelevante, perecedero, anónimo o mal visto. El artista “moderno”, en cambio, es el que se fija en estas trivialidades y ofrece luego sus “representaciones del presente”. Se deleita en un acto de contemplación creativo, sin vanidad ni jerarquías, del que resulta un costumbrismo dinámico y feliz. Pero no es solo un “archivista de la vida” para satisfacción de historiadores futuros, sino un observador que se descubre embriagado por el propio hecho de observar.

El arte, por otro lado, está autorizado a recrear, además de lo espontáneo, lo ya recreado (las pompas, los adornos, el maquillaje). Baudelaire era muy amigo de la recreación: casi todo El pintor de la vida moderna es una versión en prosa simpatiquísima de los dibujos y acuarelas de Constantin Guys; dos tercios de Los paraísos artificiales son una glosa exuberante de las Confesiones de De Quincey. Para nuestra “modernidad” quizá esta forma artística consistente en trabajar sobre lo ya trabajado haya sido el hallazgo más perdurable. En todo caso, “a quienes la seriedad impida buscar lo bello en sus manifestaciones más ínfimas”, siempre se les podrá decir: “En nada me afecta su juicio austero”.

Hace tiempo, cuando Baudelaire planteaba en El salón de 1846 los balbuceos de lo que siempre se lee como la moderna crítica, hacer crítica de arte era una actividad creativa cuya función no era formar los gustos ni dirigirlos: se trataba de escribir una evocación sobre la obra más allá del texto interpretativo. Un trabajo, por tanto, de poetas. Luego las cosas cambiaron y la crítica se volvió el lugar para ejercicio de poder más allá de la obra misma; el ansia del diseño en los recorridos del arte a la manera de Clement Greenberg: existiría solo aquello de lo cual el crítico escribiera.

Ahora la crítica ha perdido por completo su poder —alguien llegó a decir ya hace años que no se fiaba de los críticos sin fortuna personal—, tras dejar el espacio de control a las grandes exposiciones y los comisarios estrella. Por eso, con los valores trastocados en esta época de cambio, quizás ha llegado el momento de recuperar en la crítica el trabajo del poeta, para quien pueda permitírselo. Regresar a ese tiempo en el cual —dice Baudelaire en su dedicatoria a Salón de 1846— para algunos era posible vivir tres días sin pan, pero ni uno sin poesía.

Término peyorativo que en inglés designaba hasta mediados del siglo XIX al nuevo burgués ridículo y extrañamente vestido, el dandi va a convertirse en las obras de Jules Barbey d’Aurevilly y de Baudelaire en la figura fundamental de la revuelta de la modernidad contra sí misma. Burgués que ha renegado de los valores de la burguesía, aristócrata sin título, rico sin dinero, ocupado siempre en no tener ocupación fija —“Hércules sin empleo”, los llama Baudelaire—, dotado de una elegancia peligrosamente limítrofe de lo hortera, extranjero en su propio país, el dandi hace de su extravagancia estética el índice de una disidencia frente a la norma.

El gusto inmoderado por el vestido y la soberanía del gesto no son, según Baudelaire, un fin en sí mismo, sino el modo a través del que el dandi construye poco a poco su espíritu como la más artificial y bella de las catedrales. Superando las distinciones modernas entre alma y cuerpo, entre obra y artista, el dandi hace de sus zapatos el escenario portátil en el que instalar en todo momento un estridente teatro social. Aunque tradicionalmente se considera el dandismo como una práctica masculina, lo que caracteriza al dandi no es la virilidad, sino, al contrario, el cuestionamiento de las convenciones sexuales y de género.

El dandi es demasiado afeminado para ser simplemente un hombre. Antes y mejor que nadie, el dandi entiende la función teatral de la identidad y la fuerza del artificio para producir el género. A través del exceso performativo, el dandi revela la dimensión construida de toda forma de masculinidad. El dandi es, en definitiva, un hombre travestido de hombre. Solo que no utiliza el travestismo para cambiar de género, sino para connotar una forma de disidencia respecto a la masculinidad burguesa dominante, abriendo camino a todas las que llegarían después.

Baudelaire asentó la idea de que las ebriedades farmacológicas son paraísos artificiales. Salvaba el vino, pero condenaba al opio y al hachís como placenteros desvíos que acaban en el infierno. Ese poético sintagma se popularizó sin las sugerentes contradicciones de la obra original y llega hasta hoy porque viene de muy atrás, porque el placer siempre fue anatema de las religiones que prescriben el sufrimiento como lo más natural. Así los paraísos artificiales, prohibidos primero por la moral y luego por la ley, encarnan en la cultura de masas el secular mito de la ­perdición.

Sin embargo, nunca han faltado voces disidentes que recuerdan que la esencia humana es un artificio donde lo orgánico es moldeado sin descanso por la técnica, que necesitamos hackear el cerebro para ampliar la mente y que las sustancias modificadoras del ánimo y de la conciencia siempre han estado a nuestro lado, en la salud y en la enfermedad, haciéndonos la vida más interesante, fácil y gozosa. Las drogas —y el poeta lo sabía por experiencia— no son paraísos artificiales, sino herramientas que el ingenio humano ha sabido extraer de la naturaleza para poder vivir con alegría. Eso sí, el mal uso hace que pierdan su gracia.

En El pintor de la vida moderna, Baudelaire bautiza como flâneurs a aquellos paseantes que vagaban fascinados por las calles y los bulevares de las capitales europeas de su época. Como agentes activos de la ­modernidad, los flâneurs gozaban perdiéndose entre la multitud y aguzando los sentidos para, a modo de detectives, asimilar la ciudad al completo. Lamentablemente, no había flâneuses en aquel momento: las mujeres que paseaban solas y sin rumbo fijo por la ciudad llevaban nombres menos lúdicos como el de prostituta.

Hoy, en un momento en el que el aura de las ciudades está perdiendo puntos precipitadamente, muchos reivindican de nuevo la llamada wanderlust, ese término que define la pasión por caminar sin la moderna brújula que encarna el GPS y que dio título al ensayo esencial de Rebecca Solnit sobre el tema. El mundo editorial se ha hecho eco de este furor renovado por el paseo en todas sus vertientes y ha rescatado títulos como los de Jane Jacobs y Franz Hessel, entre otros muchos. Seguir recorriendo a pie las calles es un lujo que requiere tiempo libre, pero también es una responsabilidad, si no queremos que el Mago de Oz de lo digital nos arrebate nuestras ciudades con sus excusas y artimañas.

En El Spleen de París, el poeta cambia de habitación sin moverse de sitio. La estancia fragante donde las pareces sueñan, la muselina llueve y las telas hablan en su lengua muda y deliciosa se transforma en un cuchitril mohoso de muebles necios, la morada del aburrimiento eterno, imperio de acreedores, concubinas y editores de actualidad. La vida implacable “ha reasumido su brutal dictadura. Y me azuza, como si fuese un buey”. Baudelaire no quiere ser buey. Encuentra la eternidad en lo efímero, en los ojos de los gatos, la niebla fina de la noche y los oscuros muslos de su amante, Jeanne Duval. Y con ayuda del láudano, detiene los relojes. “¿Qué le importa la condena eterna a quien ha encontrado, aunque solo sea un segundo, lo infinito del goce?”. Esa entrega al instante luminoso, eterno y a la vez transitorio recibe un nombre nuevo: modernité.

Hoy lo moderno es no tener tiempo; ni para salir de casa, ni para leer poemas. Ni para vagar por las calles o emborracharnos en los cafés sin convertirlo en un anuncio de Instagram. Es sacrificar cada luminoso instante en el altar del entretenimiento eterno, un ejército de bueyes atrapado en un simu­lacro de realidad.

Baudelaire fue el primer maldito en la literatura, pues en el juicio suscitado por su obra magna, Las flores del mal, fue acusado de autor blasfemo, inmoral, depravado, hipócrita, abominable. Sentenciado, trataron de acabar con él y fue expulsado de esa sociedad de atmósfera cerrada, asfixiante. Le dieron por loco, quisieron condenarle al silencio. En definitiva, le maldijeron. Pero el poeta hizo del desprecio una obra de arte; para él, su impopular altivez era signo de aristocracia.

Su fundacional malditismo tuvo seguidores, sin duda. No en vano, Verlaine, influido por el poema ‘Bendición’, publicó Los poetas malditos. Aún anatemizado, Baudelaire tuvo ascendiente entre otros sucesores malditos, como Arthur Rimbaud. Igualmente los muy postreros, seducidos por el fracaso y los intentos de suicidio. Sin embargo, no hay que olvidar que Rimbaud quiso huir del malditismo; soñó con millones de francos. En España, el poeta Antonio Martínez Sarrión, traductor de Las flores del mal, solía decir a sus congéneres: “Hay que ser absolutamente moderno”. Los novelistas Juan Benet y Juan García Hortelano, sus amigos, le bautizaron como El Moderno, dada su querencia por el rock and roll, pero ese es otro cantar. Es difícil encontrar un sosias de Charles Baudelaire. Hoy su vacante sigue ahí.

MULTITUD

Por Máriam M. Bascuñán

¿Cómo habitar la muchedumbre si no se ha estado mano a mano con la soledad? ¿Qué es una “airada muchedumbre”, se preguntaba Cernuda, sino la soledad misma? Olvidar el nombre de los hombres le permitió amarlos en muchedumbre. Y así también lo sintió Walt Whitman, el yo que albergaba multitudes.

En ese espacio donde se fragua el amor y se dispone el canto contiene el poeta todas las multitudes. Soledad y multitud son equivalentes, y antes que nadie nos lo dijo Baudelaire. Él nos descubrió que el mundo cabe en el corazón del ser humano, como un microcosmos, con todas las criaturas pandémicas y celestes, al decir de Gil de Biedma. Pero el corazón no puede entregarse a la multitud si no ha conocido la soledad. Solo así albergará todos los yoes dentro del yo. Y también el tú, para estar solos juntos, como cantaba Leonard CohenLet’s be alone together / Let’s see if we are that strong. Soledad y multitud son dos caras de una misma moneda. Hannah Arendt nos dijo que de esa comunión puede surgir el poder. Pero también de la unión de cuerpos distintos, haciéndose presente a la luz de lo público, emerge otra forma de poder, esta vez con Judith Butler: el poder de la resistencia. Lo hemos aprendido con la pandemia: nuestros balcones fueron el anverso y reverso de aquella moneda de Baudelaire. Fue el momento en el que vivimos la soledad para amar la muchedumbre.

Inútil e independiente. Así era la poesía para Charles Baudelaire. Hasta su revelación como, en palabras de T. S. Eliot, “el ejemplo más grande de poeta moderno en cualquier idioma”, los escritores servían a Dios o a la aristocracia. Muerto el primero y decapitada la segunda, el nuevo mecenas es colectivo y tiene un hombre que horroriza a los espíritus exquisitos con ansias de inmortalidad: sociedad burguesa. ¿Qué hacer, pues, en un mundo que olía cada vez más a comercio? Decretar la autonomía de la literatura, cuya “lógica interna” —de temas y, sobre todo, de formas— será desde entonces el único elemento autorizado para juzgarla: ni la moral, ni la realidad; ni el yo siquiera. Ya no será un medio para expresar algo, sino un fin en sí misma. “La poesía no dice, es”: he aquí el nuevo mantra.

Por supuesto, la autoridad de la época no opinaba lo mismo y secuestró Las flores del mal por atentar contra las buenas costumbres. La posteridad, sin embargo, sacralizó la teoría de la autosuficiencia. Las ideas de Baudelaire sobre el tiempo, el lenguaje y el poema en prosa —nacido de “la frecuentación de ciudades enormes”— fueron decisivas para las letras anglosajonas y para el modernismo hispano. También para novelistas como Proust o filósofos como Sartre y Benjamin. Para este último, la suya fue “la última obra lírica con repercusión europea”. Paul Valéry lo dijo de este modo: “Si bien entre nosotros hay poetas más grandes que Baudelaire, no los hay, en cambio, más importantes”.

Desde la antigüedad, el bazo, spleen en inglés, se ha entendido en numerosas culturas como el órgano cuyos humores provocan el estado melancólico, recibiendo así la atención de poetas y escritores, siempre sensibles a esta disposición del ánimo. The Spleen, de Anne Finch, u Ode to Melancholy, de Elizabeth Carter, anticipan el febril interés del Romanticismo por la melancolía como patología física y espiritual, propia de las clases altas. En el siglo XIX se piensa que el spleen afecta, especialmente, a las mujeres, extremadamente sensibles y, al mismo tiempo, constreñidas por el puritanismo imperante, situación que las consume en un invariable “deseo, pero no puedo”.

Baudelaire hace del spleen el ánimo del urbanita moderno: es la ambivalencia del flâneur que observa las masas con desdén, mientras se siente irresistiblemente atraído por ellas; del artista que sufre con las transformaciones de las grandes metrópolis, pero no se imagina viviendo en otro lugar. Esta decepción estructural con la modernidad, pero sin renunciar a su ideal, lleva a Walter Benjamin a leer a Baudelaire en clave política. En la cultura popular, el spleen se asienta como sinónimo de aburrimiento, depresión, blues… Como un estado mental que se extiende y agudiza en estos tiempos ­pandémicos.

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EL HISTÓRICO DEBATE ENTRE ALAN WATTS, TIM LEARY, ALLEN GINSBERG Y GARY SNYDER EN 1967 (VIDE

LA LEGENDARIA CONVERSACIÓN DEL HOUSEBOAT SUMMIT, EN EL APOGEO DE LA “REVOLUCIÓN PSICODÉLICA”
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En 1967, poco después del evento generacional que fue el Human Be-In en San Francisco, se reunieron a debatir los temas del momento (y de todos los momentos) Alan Watts, quien fungió como conductor de la conversación, Tim Leary, Allen Ginsberg y Gary Snyder. La conversación histórica ha sido llamada el Houseboat Summit, por el lugar en el que ocurrió, el barco donde vivía Watts en Sausalito, California. 

Uno de los temas principales es la noción de Leary de dropping out (abandonar), salirse del ciclo habitual de la sociedad y crear comunidades alternas más parecidas a la vida tribal con la naturaleza, con componentes extáticos, aunque en el caso de Leary sobre todo conectándose a través de las drogas psicodélicas. Gary Snyder presenta un modelo alternativo de ese dropping out, que no es necesariamente el del hippie sino algo previo, el del “vagabundo del dharma” (Snyder fue la inspiración de la novela de Kerouac), sin pretensiones demasiado cósmicas de cambiar el mundo y la sociedad, simplemente llevando una vida simple, reduciendo los deseos, fluyendo con lo que se presenta, aprendiendo cosas nuevas, estando cerca de la naturaleza, meditando, cortando leña, acarreando agua, etcétera.

Los cuatro pensadores discuten temas como la tecnología, o lo que Ginsberg llama advanced electronic (electrónica avanzada), el colapso del Estado, la poligamia, nuevos modelos de educación y, por supuesto, Dios y los psicodélicos (lo que para Leary son casi sinónimos).

Quizá Snyder, el menos famoso de los cuatro, es el más sobrio y el que más vigente se mantuvo, en parte por ser el más longevo, pero también por una visión más orientada en la ecología y all zen sin pretensiones tecnocósmicas basadas en la explosión psicodélica. Snyder se convertiría en una de los pioneros del movimiento ecologista y en un hombre siempre coherente que por otra parte amasó una obra poética de mucha calidad, aunque menos extravagante y altisonante que la de Ginsberg. 

Pese a que se trata de cuatro tipos brillantes y la conversación no tiene desperdicio, sobre el punto ventajoso del futuro uno puede notar cierta ingenuidad o cierto exceso de entusiasmo, pese a que Leary buscaba ser muy pragmático. Era también la época de la ilusión de la libertad, en la que se pensaba que la libertad era poder hacer lo que quisieras: fiestas, drogas, poligamia, revoluciones. Parecía que libertad era sólo salirse de la convención y no un viaje de descubrimiento ético. 

Aquí se puede consultar una transcripción completa de la conversación y en el video se puede usar la herramienta de close captions para ver el video con subtítulos y una traducción.

 

 

 

Imagen de portada: YouTube

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