Alfombra de claveles

Alfombra de claveles

Quien llega a Madrid, incluso por primera vez, siente que vuelve. Quién sabe de dónde y quién sabe cómo, pero vuelve. Muchos mexicanos hemos imaginado fielmente cada piedra y cada párrafo, sea a través de personas adorables, admirables, conocidas y desconocidas o recuerdos inventados que se adelantan en la memoria como premoniciones de algo entrañable. Una vez vista y vivida, parece imposible que España entera se borre en el recuerdo. Se queda como pátina en las palabras, seda de paisajes, óleos indelebles, arquitecturas memorizadas y sobremesas que nunca terminan en realidad. Aún por ver y vivir, sucede lo mismo con Madrid: nos imaginamos los tramos de sus calles con nombres cambiantes, el perfil de sus edificios y el remanso de las plazas; nada cayó con las bombas y todo lo caído resucitó en las continuas y molestas obras con las que abren y suturan constantemente a esa ciudad intemporal. Por ello y mucho más, Madrid es un antojo permanente. Ciudad que se recorre aun antes de conocerla… como lo supo Agustín Lara.

Raúl Guerra Garrido es un escritor español, prolífico y multipremiado, del que conozco un solo libro: La Gran Vía es Nueva York (Alianza, 2004). Se trata de un delicioso mural narrativo donde confluye el ensayo con la novela, los cuentos de imaginación pura con relatos cincelados en la memoria, bitácora de andantes, recuerdos del café o los bares, las muchas vidas de una sola calle —abierta en medio de Madrid hace apenas un siglo— que tiene ya mucha biografía que contar… y mucha magia transpirada como para convencer a cualquiera que ya la ha caminado, aun antes de encontrarla. A Guerra Garrido le gusta y se le da bien aquello del entramado convulso. Hablo de que es escritor tanto de fábulas inverificables como de crónicas fidedignas; lo mismo puede consignar minuciosamente el transcurso de cada uno de los edificios que se alinean sobre las aceras de la Gran Vía, que registrar las leyendas sin constancia que todo caminante se sabe y reproduce de memoria. Imposible evitarlo: la Gran Vía no es sólo calle, sino telón de historias. Verídico y con fotografía el día en que el torero Fortuna mató a un toro de seiscientos kilos en pleno arroyo de la calle, entre coches y gabardinas atónitas y aún por verificarse las muchas madrugadas en que deambula fresco por Gran Vía el fantasma de un eterno enamorado, viejo feliz y resignado a su soledad, cuya silueta sólo consta a quienes lo han leído para abrazarlo.

Por estos días, Raúl Guerra Garrido ha armado la tremolina con la insinuación —sin mayores pruebas— de que Agustín Lara no es el verdadero autor de Madrid, el schottis o chotis vuelto himno, memoria cantada y hasta pretexto para novelas, sin que nadie dude que fuera melodía y homenaje transpirados por el gran Flaco de Oro. Hoy mismo habré de llevarle —en sueños— otro abrazo y un clavel a la solitaria estatua de Agustín Lara, perdida e insomne en el barrio de Lavapiés. Me imagino que está triste y, sin embargo, me explico: me intriga e inquieta todo el revuelo que ha despertado Guerra Garrido, al insinuar entre los párrafos de su nuevo libro Gran Vía 1910-2010, editado por el ayuntamiento de Madrid con motivo del primer centenario de esa calle sin tiempo. Según el periodista Isabelo Herreros, él y Guerra Garrido frecuentan una tertulia donde ha tiempo inventaron las andanzas, biografía y avatares de un tal Rafael Escalona, músico y republicano, exiliado en México que, en la más pura invención, vivió sus últimos años a la espera de que muriese Franco con la venta de sus partituras y canciones… Pura literatura.

Ahora bien, ese tal Rafael Escalona (homónimo de otro músico, colombiano y verídico) quizá debía su nombre inventado a la sombra de Rafael Oropesa, antiguo profesor de la Banda Municipal de Madrid, querido músico heroico que, al estallar la Guerra Civil, fundó la banda de música del célebre Quinto Regimiento, popularizada en toda España como la “Banda Madrid”. El pueblo de Oropesa no queda lejos de Escalona, en la provincia de Toledo, y de allí que para Guerra Garrido haya sido fácil la asociación que ahora finca su insinuación: en el libro que ahora circula, Gran Vía 1910-2010, se honra la biografía de Rafael Oropesa y lo veraz merecería ser novela.

Rafael Oropesa fue autor del pasodoble Domingo Ortega y del muy popular Chiclanera. También se sabe que fue autor del castizo chotis ¡Manolo, baja! Y se sabe que llegó a México entre los pasajeros del barco Sinaia, fletado por Lázaro Cárdenas, brazos abiertos desde el puerto de Sète en Francia hasta Veracruz. Se dice que Oropesa viajó con algunos músicos de su vieja banda republicana y que sobre las olas amenizaron no pocos mareos con su música. Se sabe que Oropesa, como otros muchos transterrados españoles, volvió a florecer en México, donde vivió hasta su muerte en 1944, seis años antes de que Agustín Lara compusiera Madrid y toda su suite española. Merecería ser novela, si no fuera verdad, la hermosa historia de que Oropesa compuso Madrid como regalo para su esposa enferma, amadísima mujer al filo de la muerte y que el anónimo músico de banda terminara por hacerle un último obsequio de la más pura nostalgia al amor de su vida, para luego no soportar mucho tiempo su viudez y morir lejos de Madrid, no sin antes venderle un tesoro nada menos que a Agustín Lara. Literatura pura.

Entre los argumentos que se desprenden de la insinuación de Guerra Garrido consta entre muchos madrileños y algunos mexicanos la probada incredulidad de que el compositor hubiese podido cantarle a Madrid, Sevilla, Granada o Murcia sin haber jamás estado en esos sueños. También hay quien duda sin fundamento que Lara conociera frases retrecheras, nombres de lugares como el Bar Chicote o el verdadero asfalto de la Gran Vía y no faltará quien afirme que los vaivenes del chotis son ritmos difíciles de asimilar, etc. Lo cierto es que a Clarita Martínez, ex novia de Agustín Lara, le constan los días o madrugadas en que se escribió la canción; los descendientes de Oropesa no cuentan con pruebas contundentes sobre lo que quizá intuían desde que sus padres o abuelos se dieron el último adiós… y no pocos sonámbulos, lectores, enamorados y demás afiliados a cualquier forma del delirio podemos afirmar sin duda alguna: la Gran Vía no existe, es una calle que alguien soñó para pavimentarla con las historias de todos los hombres solos que la recorren de noche y los cuentos de todos los niños que la sueñan de día. Es una inmensa alfombra de claveles, cada uno de esos pétalos narra la historia de un compositor y todas sus musas, la memoria perdida de una banda de guerra, el espejo trasatlántico de los amigos… y el mismo beso, único, de siempre.

Jorge F. Hernandez/mileniodiario

Un hombre feliz no puede escribir

Un hombre feliz no puede escribir

Guillermo Fadanelli: «Escribo para destruirme a mi mismo»

No se sabe por qué razón, de un tiempo a esta parte muchos escritores, en vez de hablar de editores hablan de mercado, palabra semánticamente infectada por tantas razones. Pero lo interesante, o lo llamativo, es que se refieren como antítesis del mercado al escritor “en soledad”. Imagen galdosiana que poco tiene que ver, salvando excepciones con autores actuales sometidos al ruido y la furia.

Guillermo Fadanelli es muy conocido en su México natal. Tiene gestos de estrella del rock pero con académica formación filosófica. Si no viviera en D. F. diríamos que su gorra de béisbol se la robó un vendedor ambulante aunque le delate citar a Phillip Soller. Siempre tiene una cita en la recámara y dado que lo único que aspira con su obra es a destruirse a sí mismo, habrá que creer que soporta a los estructuralistas y a los productores cinematográficos.

Trabaja para el cine además de para destruirse a sí mismo (ahí están “La otra cara de Rock Hudson” y “Elogio de la vagancia”). “A mí no me importa si el director destroza una novela… eso es imposible”, dice. Él sólo pide por contrato salir una noche con la protagonista principal. Es autor de “vídeos basura”, inspirados en las lecciones de John Waters (“Pink Flamingos”, etc.), de manera que los actores, cuanto más malos, “más cerca estaban de la creación”.

El editor Malcolm Barral le propuso un tema muy privado para la diserción, aunque demasiado sabido: el alcohol. Y empezó por Kinsley Amis por puro capricho: “Lo que más me gusta de una mujer cuando está desnuda son sus ojos”. Buena cita, sí señor. La de Scott Fitzerald no estuvo a la altura o comparar a su hígado con su mejor amigo. Al final, aceptó que “no se puede construir ni una ética ni una práctica literaria” por dos copas de más. “La literatura, como el beber, es dar vueltas sobre tu tumba”. Esa estuvo bien.

Fadanelli, un autor brillante, divertido, ocurrente, con menos sentido trágico (la culpa es de John Waters) que lo que parece, se despidió con una sentencia de la que un día quizá se pueda arrepentir: “un hombre feliz no puede escribir”.

Larazondigital.es

Bendito lunes

Bendito lunes

Hoy amanecio frio y lluvioso en Irapuato, parece un dia santanderino. Se antoja una jornada tequilera y de mesa camilla con el brasero calentando las piernas y la entrepierna. Para sacar el parche, y  ver alguna de esas peliculas piratas que tengo por ahi. Y es que hoy celebramos anticipadamente el 5 de febrero, aniversario de la promulgacion de la constitucion politica de Mexico. Para el que no lo sepa, cuando una fiesta cae entre semana, para evitar un largo e improductivo puente, se recorre al lunes anterior. Y claro como este año cae en viernes, para impedir que la gente, avida de descanso se agarre el sabado, pues nada, ¡que mejor que el sufrido lunes!……..que nos lo pasaremos por debajo del arco del triunfo, por donde nuestros queridos politicos se pasan la festejada constitucion.

Y para su conocimiento:

Como nación independiente, México ha tenido tres Constituciones que han definido a lo largo de la historia, la trayectoria institucional de nuestro país.

La primera constitución se hace en el año de 1824, la segunda se publicó cuando Benito Juárez fué presidente y en el año de 1857; en ésta se establecía la libertad de enseñanza, de imprenta, de industria, de comercio, de trabajo y de asociación.

Pero en el año de 1917 cuando Venustiano Carranza y Álvaro Obregón estaban al frente del país, la constitución se modifica en los Artículos 3o, 27 y 123, ya que son los que representan el espíritu social de esta constitución.

La Constitución Política de 1917 consta de nueve títulos:

Bendito lunes

  • I de las Garantías Individuales.
  • II de la Soberanía Nacional y de la Forma de Gobierno.
  • III de la División de Poderes.
  • IV de las Responsabilidades de los Funcionarios Públicos.
  • V de los Estados de la Federación.
  • VI del Trabajo y la Previsión Social.
  • VII de las Prevenciones Generales.
  • VIII de las Reformas a la Constitución.
  • IX de la Inviolabilidad de la Constitución.

Esta Carta Magna se promulgó en Querétaro, el 5 de febrero de 1917 y entró en vigor en mayo del mismo año.

El IV y el  IX  son mis  favoritos.

J.A.P

El escabeche y los signos de puntuacion(1802)

El escabeche y los signos de puntuacion(1802)

En 1802 el excéntrico Timothy Dexter escribió una autobiografía filosófica cuyo título podría ser traducido como En escabeche para los entendidos en el que escribía sobre sí mismo y se quejaba del clero y de su esposa y siendo lo más notable del mismo que estaba compuesto por una sola oración de 8847 palabras y 33864 letras sin ningún signo de puntuación en absoluto y que además tampoco tenía argumento ni hilazón temática pero que se hizo rápidamente popular y del que se publicaron ocho ediciones en total
Vamos, que el libro “A Pickle for the Knowing Ones” era algo así como 100 veces el párrafo anterior de 88 palabras, y que me ha costado lo suyo escribir sin ningún signo de puntuación.

Tras publicarse la primera edición la gente se quejaba de que era difícil de leer. Lógico.

El inefable Dexter se apiadó entonces de los potenciales lectores y, ya en la segunda edición del libro, incluyó una página adicional con 13 líneas de comas, puntos, signos de interrogación, de interjección y demás parafernalia ortográfica para que cada cual “escabechara” el libro a su gusto con ellos.

El libro, una vez “escabechado” por cada lector con los signos de puntuación que cada uno de ellos estimase oportuno, tendría múltiples y hasta infinitas lecturas y significados distintos.

Y es que existen múltiples y conocidos ejemplos en los que una misma frase puede tener significados muy distintos según la “escabechemos” (como sugería Timothy Dexter) con signos de puntuación de una u otra manera.

Por poner varios ejemplos entre los numerosos que todos conocemos:

Es muy distinto: “Solicito empleada, inútil presentarse sin referencias” o “Ella toca el órgano y él, la viola” que ”Solicito empleada inútil, presentarse sin referencias” o “Ella toca el órgano y él la viola

O también, según pongamos las comas en este texto, la conducta del César puede resultar muy, pero que muy extraña…

César entró, sobre la cabeza
llevaba el casco, en los pies
las sandalias, en la mano
la fiel espada…

César entró sobre la cabeza,
llevaba el casco en los pies,
las sandalias en la mano,
la fiel espada…

En fin, que al igual que las deliciosas berenjenas de Almagro, también deberíamos tener cuidado en “escabechar” correctamente las frases con sus signos de puntuación.

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Nota:
La inspiración para este post me llegó hace tiempo leyendo el artículo “Yo la tengo” de nuestro amigo Javier Font del blog Cualquier tiempo dormido. En él, relata su convalecencia gripal, y lo hace magistralmente sin utilizar ningún punto (ni seguido ni aparte), hecho que él mismo justifica “por la croqueta que aún tengo en la cabeza” por el virus gripal, más que por estilo literario.
Pero lo cierto, amigo Javier, es que lo que tú haces, con croqueta y sin ella, está al alcance de muy pocos 🙂

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Artículo realizado por Guillermo/aldeairreductible

Metafisica de la morcilla

Metafisica de la morcilla

ME PIDEN mis amigos que escriba más de política. Les voy a complacer. He elegido un tema absolutamente político, con el que tienen mucho que ver la ideología, la sensibilidad y la tradición. Me refiero a la morcilla.

Diré de entrada que es difícil encontrar un símbolo histórico que refleje mejor la identidad cultural europea que la morcilla. Este embutido nos viene de los pueblos bárbaros que habitaban el centro de Europa en los primeros siglos de nuestra civilización, cuyas migraciones difundieron el producto por todo el continente. En lugar de las estrellas, la morcilla podría formar parte de la bandera europea.

Recomiendo a Van Rompuy y Lady Ashton un recorrido gastronómico para constatar las infinitas variedades y la riqueza de sabores de la morcilla. Su gira podría empezar por Alemania, donde les emplazo a probar la morcilla de Colonia, llamada Flonz. También es una exquisitez la Möppkenbrot de Westfalia, que, como su nombre indica, lleva pan.

A los ingleses les encanta la black pudding, y los italianos la denominan de forma muy gráfica sanguinaccio. Francia, cuna de la Ilustración, profesa poco amor a la morcilla, tal vez porque el mal aliento era imperdonable en los salones de Saint Germain.

Creo sin caer en el chauvinismo que el paraíso de la morcilla es España. A mí me encanta naturalmente la de Burgos, que se hace con sangre, manteca de cerdo, arroz, pimentón, sal y cebolla. Las morcillas de La Primi, que se venden en el Mercado Norte de la noble ciudad castellana, son a mi juicio las mejores. Igual nivel de calidad ofrecen las de Briviesca, donde se siguen haciendo artesanalmente. Se producen también excelentes morcillas en Valladolid, en Asturias y en Murcia. Éstas se hacen sin arroz y con muchos condimentos y hierbas que dan un sabor muy especial.

La morcilla de Burgos hay que freírla en aceite muy caliente para que quede quemada por fuera y tierna por dentro. Si se acompaña de un buen pan y un vino de La Ribera del Duero, el placer puede ser indescriptible.

Mi hermano Juan Carlos divide las morcillas en tres categorías: dórico, jónico y corintio. No sé muy bien los criterios que sigue en esta clasificación, pero me parece clarividente la comparación con el arte griego. Siguiendo la metáfora, yo diría que la morcilla de Burgos es equivalente a la Acrópolis.

La morcilla es un alimento cristiano porque se elabora en base a la sangre y la manteca de cerdo, aunque también se hace de la vaca en otros países. Es, por supuesto, incompatible con la Alianza de Civilizaciones, aunque sí forma parte de nuestra memoria histórica.

Hay toda una metafísica de la morcilla, pero se necesitaría un Hegel redivivo para glosarla como la encarnación dialéctica del espíritu europeo. Yo creo que la morcilla, al igual que el ser, es inefable e indefinible.

Pedro G. Cuartango/elmundo.es

¡Ponte la boina Venancio!

¡Ponte la boina Venancio! Esta haciendo un frio de la tiznada. Esto del calentamiento global como que no lo tengo muy claro. Afortunadamente encontre la boina que compre en  “La Conchita” hace unos años y ya la llevo encasquetada a toda hora. Y es que por estos lares no estamos acostumbrados a estas temperaturas.

A alguna gente le ha parecido extraño verme con esta funda mental.

Hay toda una historia acerca de la boina. Segun la wikipedia :

La boina es una prenda que sirve para cubrir la parte alta de la cabeza. Su tamaño es reducido, cubre exclusivamente el cuero cabelludo, dejando muy poco espacio, no más de dos centímetros, entre su superficie interior y el cuero cabelludo. No cubre las orejas ni la nuca.

En Europa aparece históricamente documentada tanto en miniaturas de la Baja Edad Media como en figuras que adornan construcciones góticas. Tenía entonces un tamaño de hasta dos veces el diámetro de la cabeza que la sustentaba. Rembrandt era muy aficionado a usar esta prenda, siendo numerosos los autorretratos, especialmente en sus grabados de punta seca, en los que aparece tocado con una gran boina.

Estando tan extendido el uso en los Países Bajos, algunos historiadores se han preguntado, aunque nunca afirmado, si esta prenda pudo llegar a España con motivo de la unión de la casa de Castilla-Aragón con la austriaca.

Sin embargo, es durante la Revolución francesa cuando, del mismo modo que llega La Marsellesa París, llega también la boina hasta allí desde los valles pirenaicos septentrionales vasco franceses, donde ha sido utilizada desde tiempo inmemorial.

El intercambio comercial entre ambos lados de los Pirineos se hace muy activo tras el Tratado de Valençay y así pasan a utilizar también la boina los vascos, que la compran en Francia, ya que hasta mediados del siglo XIX no se conoce la existencia de fábricas de boinas en el País Vasco.

Pero es en el año 1833 cuando la boina comienza a afianzarse en España. Ese año ha comenzado la Primera Guerra Carlista y Zumalacárregui organiza su ejército con batallones navarros. No tiene medios económicos para uniformarlos ni tampoco tiene interés en hacerlo, ya que va a organizar su estrategia en guerra de guerrilla, en la cual sus soldados desaparecerán entre la población civil cuando no sean necesarios en el combate. Al ver que buena parte de sus soldados ya viene provisto desde casa con boina, acepta esta prenda como única prenda uniforme para sus tropas. Sus motivos: gran parte de sus voluntarios ya la tienen en propiedad, se pueden comprar en la vecina Francia, el precio es económico, protege del frío y de la lluvia, puesto que su tejido es casi impermeable, tiene poca altura, lo que permite que las cabezas de sus soldados queden con más facilidad ocultas detrás de los arbustos. También sirve como medida volumétrica para productos sólidos: cuando el abanderado retira las raciones, su boina servirá de medida: tantos soldados tienes en tu compañía, tantas boinas de garbanzos, patatas, harina te son adjudicadas para tu tropa. Para distinguir a sus oficiales, Zumalacárregui les encargó en Francia una partida de boinas de color rojo que aceptaron con alborozo, pero pronto las rechazaron cuando se dieron cuenta de que los tiradores liberales apuntaban con preferencia a las cabezas que se cubrían con boina roja, por lo que fueron retiradas. Cuando en la primavera de 1834 Zumalacárregui creó el famoso batallón de Guías de Navarra, les dio las boinas rojas caídas en desuso.

A mediados del siglo XIX, el uso de la boina se extiende rápidamente entre el campesinado español, pero no así entre los obreros de las ciudades, que prefieren usar la gorra con visera de moda en Centroeuropa. Con la llegada de los anarquistas italianos —que utilizan boina— a los centros fabriles de Madrid y Cataluña, esta prenda también es aceptada rápidamente por los trabajadores de ciudad.

CANTABRIA SE “DESBOINA”

«Llueve y para mí es un placer. Agarro la gabardina y un paraguas, bien puesta la boina que me regaló Paco Cuadra, y ando incansable, bajando por la Avenida Menéndez Pelayo hasta los muelles (…)». De tal guisa iba por Santander Eulalio Ferrer, y así lo describe en su ‘Del diario de un publicista’. El párrafo lo muestra el aludido, pegado a una boina desde que era un niño, tan pegado que ni para jugar al fútbol se la quitaba.
«Una boina enseñorea», sentencia Cuadra, apenado por el declive del complemento, aquel que aún luce en cada partido del Racing, con la bufanda verdiblanca y la boina, siempre negra, ladeada, con discreto vuelo y rabillo perfecto. «¿Aquí? Toda la vida se ha usado boina, es muy de la tierra, los remeros de Pedreña, los futbolistas, romeros, marceros… Todos», y tal defensa de lo auténtico la luce también sobre su cabeza y la quiso inculcar a sus hijos, «siempre les quise transmitir la esencia cántabra, nuestras raíces, porque si no se pierden».
Usar boina, para Paco Cuadra, va más allá de la utilidad, que claro que la tiene, «pienso que el 50% del calor se conserva por llevar la cabeza cubierta. Es un complemento perfecto». Y forma parte de su historia, para bien y para mal, «no me hacía ninguna gracia cuando de joven algunos me la quitaban, la tiraban o se atrevían a arrancarme el pico, y así se machaca», y se ríe también de aquellos vaticinios que no se cumplieron: «Me decían que de tanto ponérmela se me caería el pelo. Ya ves, a mis setenta tengo más pelo que nunca».
Saca un álbum repleto de fotos, con destacadas personalidades, en fiestas, viajes, recuerdos de su vida, sus artículos en el periódico del Racing, fotos de su padre, Antonio Cuadra, «qué curioso, ladeaba la boina para el lado opuesto al mío», algunas caricaturas, siempre con su boina, en la que a veces colocaba una cinta verde y otra blanca «para distinguir mi procedencia», que no se confunda. «Es la boina cántabra».(eldiariomontañes.es)
Pues nada mas mi querido “puñao” de lectores, ya sabemos un poco mas de la boina, ¿ o deberia ser boino ?, digo, por lo del rabito..Lo que sea me ayudara a combatir este frio imprudente.

Cultura yanqui

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Hablar de cultura yanqui parece una paradoja como “el pensamiento navarro” de Pío Baroja, especialmente hoy que el intelectual eurocéntrico desprecia cuanto ignora, empujado por la persistente campaña antiamericana por las guerras de Bush, más el complejo de inferioridad de los propios europeos. Yo -les pido perdón por la osadía- viví tres años en Estados Unidos: uno en Milwaukee (Wisconsin), con una familia, estudiando el último año de secundaria, y otros dos en Berkeley (California), para sacar un máster en Urbanismo; creo que he podido calibrar mínimamente el nivel cultural de aquel país. Mi hipótesis de trabajo es que en el siglo XX, Estados Unidos desarrolló una cultura -o sea, arte, literatura, ciencia, nivel de vida, Estado de derecho- que, en el transcurso del siglo, fue eclipsando y reemplazando a la europea en la hegemonía mundial. Así como en 1900 el centro de la pintura estaba en París, en el 2000 está en Nueva York; en literatura, después de Proust, Francia declina y suben los novelistas americanos, Hemingway, Faulkner, Steinbeck, hasta llegar a los actuales. En el arte propio del siglo XX, que es el cine, la hegemonía de Estados Unidos es total. Para las ciencias basta repasar la distribución de premios Nobel, universidades y revistas científicas.

Como cubierta por un ala de tiniebla, Europa se oscurece desde 1900 porque traslada sus luminarias a Estados Unidos: la locura de Hitler, o sea, de los alemanes, y los salarios de Harvard, Princeton o Chicago empujaron y atrajeron a las mejores mentes de Europa hacia Estados Unidos. No es que los yanquis de pronto se tornaran inteligentes o refinados, es que a partir de los años treinta recibieron un aluvión de genios europeos, desde Einstein y Fermi hasta Hitchcock, Toscanini o Chaplin. En UC Berkeley en 1969 aún pude asistir a las clases de Leo Lowenthal, miembro de la escuela de Frankfurt, que llegó a EE.UU. junto con los demás miembros de esa escuela sociológica: Theodor Adorno, Max Horkheimer, Eric Fromm y Herbert Marcuse. Estos cinco pensadores de primera categoría se colocaron en diferentes universidades americanas y elevaron impagablemente su nivel. Algunas grandes figuras como Popper, Gombricht o Koestler se quedaron en Inglaterra, pero el grueso de la inmigración vienesa y alemana se instaló en Estados Unidos. La locura de Hitler puso a los autores de la bomba atómica a disposición de Estados Unidos en Chicago y Alamogordo. Sin Werner von Braun, la NASA no habría despegado hacia la Luna.

Al finalizar el siglo XX la estela de todos los cerebros europeos reclutados en Estados Unidos -a partir de 1945 ya fue con salario alto y buenos laboratorios- había creado unas condiciones culturales bastante por encima del nivel europeo, por alto que éste sea. Dadas estas condiciones objetivas, ¿tiene sentido que los europeos -mal aconsejados por algunos de sus intelectuales, sobre todo franceses- desprecien la cultura norteamericana y la acusen de imperialismo cultural?

Un ejemplo de lo que significa cultura norteamericana es la biografía de Edmund Wilson que hallé en la excelente librería Central, digna sucesora de aquella estupenda Letteradura de los años setenta. Wilson, que nace en 1895 y muere en 1972, fue escritor y crítico literario, compañero de Scott Fitzgerald en Princeton, bohemio de Greenwich Village en los años veinte, marido de Mary McCarthy en los cuarenta, biógrafo de la revolución rusa en A la estación de Finlandia: un estudio sobre la escritura y la acción en la historia y crítico de referencia en The New Yorker: su figura, formada en la tradición de los Adams, James o Eliot, encarna la alta cultura yanqui en contraposición a la cultura de masas, que es la única que suele distinguirse desde Europa. ¿En qué consiste esta high culture, como la denominaba Lowenthal? En su nivel europeo, claro está, pero de la Europa del siglo XIX y siglos anteriores, cuando las elites educadas en grandes universidades marcaban la pauta. Ortega lo explicó perfectamente en su Rebelión de las masas, la alta cultura se distingue por las exigencias, y el deseo de excelencia que se impone en sí misma. Esa alta cultura americana está en la literatura, la música, la arquitectura, las artes plásticas, algún cine y, por supuesto, la ciencia.

Claro está que con la rotura vanguardista de principios del siglo XX, el canon de valores de la cultura occidental -entonces casi toda europea- dejó paso a una época de cambio acelerado, pruebas y errores, hallazgos y esterilidades, desprovista de criterios globales para juzgar el arte: que sí mantuvo la ciencia, arropada en la experimentación y las matemáticas. En ese vacío de criterios, Wilson y las gentes de The New Yorker o del New York Review of Books pusieron un mínimo de orden, ayudados por Oxford y Cambridge, para contrarrestar la disparatada logorrea francesa, incluso italiana.

¿Por qué las películas de Hollywood son más vistas o la música pop arrastra a millones de jóvenes europeos a los conciertos? Nadie les obliga a oír aMiles Davis, Bill Evans o The Doors, ni a ver a los Hermanos Marx, Gene Kelly o Fred Astaire: a mí más bien me impidieron que viese a Rita Hayworth y Marilyn Monroe.

Hablando con Gore Vidal o leyendo la visita de Edmund Wilson a Santayana en Roma acabada la guerra mundial, he intuido una cultura que, nacida en Europa, se desplaza y arraiga en EE.UU. a lo largo del siglo pasado en que Europa se volvió loca y arrojó por la borda, a la otra orilla del océano, a las mejores cabezas de su generación. ¿Por qué no reconocer que, como las cepas europeas llevadas a California y devueltas a Francia tras la mortal filoxera, la cultura europea se ha trasplantado a EE.UU., de donde puede volver, traída por quienes se tomen la molestia de estudiar en sus universidades y de indagar sin perjuicios, abiertamente, en esa cultura, que ha sido la del siglo XX?”

Luis Racionero/lavanguardia

Cipres de Silos

cipres

He visto otra vez el ciprés de Silos y vuelvo nuevamente flipado, tocado, mientras los pájaros se quedan en las ramas aprendiendo canto monódico. Quien quiera renacer que se sumerja en la bacanal del románico, entre arpías jodiendo y dragones con cabezas de león. Silos es nuestra piedra negra. Nos saludan, desde arquitrabes, las sombras de los monjes de San Benito, los que inventaron Europa, que rezan desde los visigodos. Nos dejamos llevar por la liturgia de las horas, los capiteles fantasmagóricos cincelados por canteros que ideaban la masonería y la Ilustración.

¿Cómo van antes a Nueva York y al Caribe que a la maternidad donde las primeras sopas que nos dieron? Ese lugar sagrado donde monjes copistas escribieron las glosas en román paladino mientras criaban el vino y la palabra, espera con la puerta abierta. Los que llevaron la semilla del ciprés y del habla a todos los confines les esperan cantando. En esta ciudadela, de abadía a abadía, Berceo resolló en castellano: «Quiero fer prosa en román paladino, /en qual suele el pueblo fablar con so vezino». Te hipnotizan las serpientes ápteras. En Santiago de Compostela está la estatua del maestro Mateo, y dice la leyenda que si te das un coscorrón aumenta la inteligencia. Prefiero Silos. He vuelto con Aquiles y Vicente. Volveremos cada año hasta que Aquiles, el último Cabeza de Vaca de la utopía española, lleve el gregoriano a San Patricio, a la ONU y a la Zona Cero, como lo llevó al Teatro Real en 1972. En cada peregrinación están los monjes un poco más convencidos, dispuestos a embarcarse en la aventura de unir con gregoriano popular las civilizaciones.

Era el cumpleaños del abad Clemente, un florentino que nació en Castilla. Nos obsequiaron con una hemina de buen vino. Volví a entender la conexión entre hipnosis y religión. Si Dios ha muerto, su espectro permanece en este romance de piedra, santuario del silencio. Umberto Eco se inspiró en esta botica para escribir El nombre de la rosa. Lorca levitó cuando llegó en diligencia. Alberti se derrumbó: «Déjame bajar, que quiero, Madre, ser tu jardinero».

Otro prodigio es el abad Clemente Serna, al que consultan presidentes y sabios como Valentín Fuster. Sube por el ciprés gateando con el fin de podar las ramas enfermas. Para demostrar que no es un milagro asoma la cabeza de trecho en trecho. Un hombre que es capaz de subir como un mono por el ciprés tiene capacidad para ser pontífice.

Le recuerdo que hubo papas benedictinos. Me dice que lo ideal sería un negro o un indio. Me pregunto por qué piensan en un golfo cardenal italiano y no en un monje como Clemente, que habla de Dios sin hablar, en el monte de los enebros, a la sombra del ciprés más cantado por los poetas, en el manantial del bautismo de España.

Raul del Pozo/elmundo.es

¿y a que no se ha opuesto la Iglesia?

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¿Pues qué esperaban? Con la aprobación en el DF del matrimonio entre personas del mismo sexo —que no hace sino restablecer la igualdad de todos los mexicanos ante la ley, garantizada en su Artículo 1 por la Constitución— la Iglesia católica manifestó su inmediato rechazo.

Pero, ¿a qué no se ha opuesto la Iglesia romana y sus hijas protestantes? En la Edad Media estuvo contra el inicio del capitalismo al convertir en pecado el cobro de intereses por dinero prestado. Con lo cual retrasó la caída de los regímenes feudales y su reemplazo por economías burguesas; además, hizo de los judíos los banqueros de Europa ya que los cristianos se iban al infierno por prestar a rédito.

Cuando el Renacimiento rescató del mundo clásico la idea de un planeta redondo, todas las iglesias cristianas armaron revuelo y quemaron por herejes a los que eso afirmaran; que además de ser redondo, el mundo gira sobre sí mismo y en torno al Sol produjo otra horneada de chamuscados, Galileo la libró con prisión domiciliaria perpetua. Darwin guardó por treinta años sus ideas acerca del origen de las especies por acción de la selección natural ante el temor a la muy cristiana y apostólica iglesia de Inglaterra.

Los curas se oponen a toda sexualidad que no tenga por finalidad la procreación, aun entre hombre y mujer y hasta sin mujer pues tampoco va al Paraíso quien se hace una puñeta, puñetita, puñetota, puñetilla y es pecado de lujuria pensar en lo que produzca placer erótico. Ya lo dijo el feroz San Pablo: No irán al Cielo ni los fornicarios, ni los adúlteros, “ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.” Muchísimo menos los que “se echan con varones”, por lo cual debemos suponer que no debe uno echarse, sino coger de pie para conseguir ese horror de la vida eterna en el Cielo.

Luego de mil años de oscuridad, contados a partir del ascenso al poder de los cristianos y su destrucción de la ciencia y el arte clásicos, el Renacimiento comenzó en Italia una lenta y riesgosa recuperación del mundo greco-romano. El arte tuvo menos dificultades, pero la ciencia debió enfrentar la persecución de los clérigos. En el siglo XVIII se pusieron las bases de la Ilustración, que nos daría la separación de iglesias y estados, el laicismo, la educación universal, los Derechos Humanos y, sobre todo, la igualdad ante la ley para todos los seres humanos.

Pero contra todo eso guerreó el cristianismo. Los papas, reyes de los Estados Pontificios cuya capital era Roma, en pleno 1860 todavía conducían ejércitos en batallas por fronteras y por defensa de mercados. Con ejércitos se opusieron a Garibaldi, que había emprendido la unificación de Italia, y el nuevo país debió tener por primera capital a Milán porque los ejércitos papales aún resistían en Roma.

Vencieron las ideas de la Ilustración y por eso este artículo resulta publicable. Pero las hogueras no se han apagado y los obispos soplan los rescoldos. Nadie afecta más la institución del matrimonio que quien no se casa, como los señores curas y obispos. Al prescindir del matrimonio y no fundar una familia afectan, de igual manera, la institución familiar.

Frente al matrimonio entre hombre y mujer, el que se celebra entre personas del mismo sexo ofrece una garantía a la sociedad: nadie se casará por obligación social y familiar, nadie que no se ame y sólo encubra un embarazo previo, como ocurre en tantísimos enlaces heterosexuales con vestido blanco y azahares para la embarazada que el novio abandonará en cuanto pueda salir corriendo.

La Iglesia predica la eternidad del matrimonio mientras divorcia a Vicente Fox y a Martita: el caso más oprobioso de cinismo clerical. El “orden instituido por Dios desde la creación del mundo”, según el cardenal Rivera, hace excepciones por teléfono rojo entre Dios y el cardenal, aunque afecte a dos familias. En cambio, nada afecta a terceros que dos personas que se aman, y son del mismo sexo, legalicen su unión que jamás estará dictada por la obligación de responder a un embarazo no deseado.

Mariana Gómez del Campo. Ah, qué Marianita: mire: componer sinfonías, escribir sonetos, ponerse calzones y militar en el PAN no es natural porque ningún animal lo hace. Tener relaciones homosexuales es natural porque centenares de especies animales lo hacen: de perros a delfines y de pez espino a gansos. Vea La orientación sexual, Paidós.

Luis g. de alba/mileniodiario