Satán

Satán

¿Qué puede hacer uno de sí mismo a los 80 años? Si se ha tenido el descaro de llegar a esa edad se pueden escribir libros, como lo hizo Gadamer, Marcuse, Bertrand Russell o tantos otros. Las memorias, creo yo, son un poco arrogantes en cuanto nos dicen que quien las escribe ya ha vivido lo suyo y que su horizonte se encuentra en el pasado. Y por lo tanto a nosotros nos toca cargar con esa memoria. Buen ejercicio el de llevar en la espalda el ataúd de los demás. Aunque en vez de leer memorias yo me inclinaría por los libros que suponen la existencia de una mente activa en su propio presente. Sé que parecerá un poco meloso, pero en todas las áreas de la vida me inclino por los viejos que no cuentan sus años y que continúan activos como si su muerte fuera a postergarse para siempre (excepción hecha, por supuesto, de los dictadores y demás sujetos malignos que ni su propia madre tolera).

En Satán en los suburbios, Bertrand Russell relata la historia de dos hombres, uno que practica el mal hacia la humanidad y otro perturbado que con tal de asesinar al malvado construye una máquina para calentar los mares y de una vez por todas cargarse a la humanidad entera. Este relato fue escrito hace cerca de sesenta años, cuando Russell se casaba por cuarta ocasión. Esto también puede uno hacer de viejo, casarse varias veces hasta volver asilos de ancianos todos los Registros Civiles. Si intento ser objetivo me parece que los viejos son, acaso, los únicos que tienen derecho a cometer un disparate semejante.

Ya desde entonces Russell se imaginaba el calentamiento global como epitafio para la humanidad. En los años que corren, Estados Unidos se ha mostrado reacio a disminuir las emisiones de gases contaminantes que tarde o temprano afectarán nocivamente el clima y, sin embargo, propone regular la producción nuclear en el mundo por miedo a que los terroristas hagan uso de ella en su contra. Prefiere morir de un mal en vez de otro. Sería exagerado llamar a su conducta —la de no firmar tomar medidas que eviten el deterioro climático— terrorismo futurista, aunque no tanto si se piensa que los terroristas intentan, como en el relato de Russell, acabar con Satán hundiendo a quienes se encuentren a su alrededor.

“La Segunda Guerra Mundial contó con cincuenta millones de muertos, mitad civiles y mitad soldados. Desde entonces la proporción se invierte, los conflictos armados suman muertos y más muertos aún por millones, pero el ochenta por ciento son mujeres, niños u hombres sin armas. La guerra llevada a su paroxismo se ha convertido en guerra contra la población civil”. (André Glucksmann). El exterminio del mal, la muerte de Satán encarnada en una porción de los seres humanos es terrorismo simbólico que anticipa masacres. Sin embargo, esta guerra contra la población civil no es sólo exclusiva de los milicianos, sino de las instituciones o gobiernos que se inventan males extremos para conservar intactos sus intereses. De ello trata una buena parte de la historia de los hombres, y de algún modo Bertrand Russell lo ratifica en este relato escrito en el ocaso de su vida.

La tarea de buscar respuestas no es la misma que darlas y Bertrand Russell se avocó a la primera todo su tiempo. Sus conocimientos matemáticos y su poner en marcha toda una tradición de pensamiento lógico no se opuso a sus intereses humanistas y sociales. Incluso obtuvo el Nobel de Literatura que se le otorgó seguramente por escribir tan bien aún siendo filósofo y matemático. Los viejos no tienen por qué dejar de pensar a no ser que un pedazo de madera les atraviese el cráneo. Y en esta época de jóvenes tecnócratas que por lo regular piensan con la boca, Russell es prueba de que en verdad han existido hombres sabios aun cuando su voz no se escuche más que en los rincones.

Guillermo Fadanelli/eluniversal.com.mx

El valle de lágrimas

El valle de lágrimas
La Iglesia católica está pasando por un momento complicado. Y me refiero a los últimos dos mil años. Primero fue toda esa mierda de que el hombre no es el centro del Universo. Luego quemar brujas poseídas por Satán empezó a estar mal visto, y las fogatas tuvieron que extinguirse con agua bendita. Después, ese imbécil depresivo de Nietzsche mató a Dios sin pedir permiso a nadie, y Belcebú, el Limbo y no sé cuántas cosas más tuvieron que convertirse en metáfora de la noche a la mañana. Y ahora, por si la depravación moral que vivimos no fuese ya suficientemente intensa, unos pocos beatos bienpensantes se rasgan las vestiduras sólo por unos pocos centenares de críos toqueteados por gente de recta moral.
Si Dios no hubiese querido tocamientos, no hubiese creado las pollas, ¿no te parece? No hubiese inventado esa insoportable presión testicular que te grita: ¡sácame de aquí, siembra tu simiente, mira ese culo, esa nuca, esa boca! Cien, doscientos, trescientos niños violados, ¿qué es eso comparado con dos mil años de caridad, bondad y perversas tentaciones en llamas?

¿Que el Papa lo sabía? Bueno, es el representante de Dios en la Tierra, no hay una cosa que el Papa no sepa. ¿Acaso es un pecado saber? ¿Acaso es un delito perdonar? No podemos criminalizar a alguien sólo por tener un código moral que nos sobrepasa. No podemos juzgar las decisiones del representante de Dios, porque sólo Dios puede juzgar eso.

Dios nos dio libre albedrío para tocar colitas de niños sordomudos y también para callarnos si nos preguntan. Nos lo dio para aprender idiomas y llegar a Papa con el peso de doscientas pollas infantes sobre la conciencia. Y Dios, no lo olvidemos, está en todas partes. En la sangre en los calzoncillos. En el semen en los libros de mates y en los barrotes de los orfanatos. Dios está en cada sistema inmunológico que falla en África y en cada euro para el Domund.

Dios dijo: propagad mi palabra. Y se hizo la multinacional más rentable de la historia del homínido. Y Dios vio que era bueno. Y dijo: inventad el pasado, cread un personaje y llamadle hijo mío. Y dijo: sed crueles y nobles en mi nombre, sed codiciosos y generosos a partes iguales. Y dijo: proclamad con igual fuerza la luz y la oscuridad, sembrad el miedo y la incertidumbre, decidles que soy amor, pero también castigo infinito. Y Dios dijo: a todo esto le llamaréis control social, que se derramará por todos vosotros para el perdón de los pecados. Y vio que era bueno.

Un alto cargo de la Iglesia católica apostólica romana se ha zumbado a más de doscientos críos con la complicidad del representante terreno del Supremo Creador. Palabra de Dios. Te alabamos, óyenos.

Jose A. Perez/mimesacojea

¿Quién nos parió?

¿Quién nos parió?

Mi mente me llevó en un arrebato —como un sabueso— a olfatear por la paternidad de nuestro pensamiento. ¿A quién o quienes debemos nuestra cultura? ¿Producto de quién somos? ¿Cual es la esencia de nuestro proceder e idiosincrasia? ¿Quién hace la suma de todas las cualidades y defectos que nos marcan como mexicanos? Los griegos —hoy tan golpeados— fueron los padres de la cultura occidental. Esa a la que tan pomposamente pertenecemos. De ahí derrama la fuente de lo que somos. El Norte de África llega a poner su semilla con los egipcios. Las dos culturas sumadas, son tomadas por los romanos. Ellos evocan principios económicos, políticos, sociales, científicos, religiosos, artes guerreras, literatura, costumbres, hábitos alimenticios, formas de organización que diseminan por veinte siglos en Europa.

Con el arribo de Colón llegó todo eso, sumado a la sangre otomana y la judía. Un compendio de razas hizo presencia en América ante el encuentro brutal con formas diametralmente opuestas. Ritos diferentes para vivir y morir. Física y espiritualmente, todas las culturas precolombinas se fusionaron en sincretismo. A veces voluntario. A veces por la fuerza de las armas, para formar una sociedad que hoy se presenta invadida de amnesia. Apabullada por el olvido. El descreimiento. El desarraigo. La brutalidad descarnada. Una nueva raza hecha de cromosomas que no estaban destinados a unirse… pero se unieron. Espíritus que flotaban en direcciones opuestas… para fluir paralelos. Somos hijos nuevos del desánimo. Negados por la lógica. Coatlicue, Diosa azteca de la fertilidad, sucumbe ante María. Quetzalcoatl pierde ante Jesús. Aztecas, tlaxcaltecas, otomíes, totonacas. Matlazincas, mayas, purépechas, yaquis, seris, ópatas, mixtecos, zapotecos… todos son marcados por ese hombre venido de ultramar. El hombre blanco y barbado —antes pegado a un cuadrúpedo— se funde… y se dio a luz una nueva raza. ¿Y la cultura de uno y otro? Fue tan fuerte el método para la mezcla, que aventuro a decir que las culturas ya unidas, se olvidaron. Los conquistadores no fueron pensadores, sino guerreros. Los pueblos conquistados, azuzados a olvidar. No hubo la marca indeleble de la intelectualidad. Por el contrario, prevaleció la barbarie. Los nuevos templos, se levantaron con piedras de los viejos. Los nuevos caminos, fraguaron en la sangre de los conquistados. La nueva sociedad, se hizo producto del olvido y el fanatismo de preceptos y principios. Con una base poco filosófica, aunque conveniente para la formación de necesarias expresiones de control. Basado todo en el agrio ingrediente de la imposición. La naciente cultura mexicana se llevó a la oscuridad. Era conveniente que careciera de luz. Nos destetaron al nacer. Nunca fuimos nutridos de una forma cultural que pudiéramos llamar propia. Si el romano fue una burda imitación del griego, acabó entendiendo a la cultura como suya, enriquecida. Europa pulió su identidad con el paso de los siglos. Cada quien lo suyo. Alemanes, franceses, holandeses, ingleses, españoles…

Por todo, hoy propongo hacer un banco de pensamiento para México. ¿Qué es lo nuestro? ¿Qué es de todos? ¡La cultura mexicana! por más raro que suene. El genoma México.

Desde niño imaginé el brillo del tesoro de Moctezuma, ignorante de que camina ante mí, todos los días. ¿Envió riqueza la Corona Española?… Fray Luis de León, asceta. Antonio de Nebrija y su Gramática. Garcilaso de la Vega y su simetría poética. ¡Claro que tocó nuestras costas, pero no la vimos!

En el año del Bicentenario estamos obligados a aportar un grado de nacionalismo ponderado que fije el trazo que la brújula del pasado no acaba por apuntar. Tal vez empeñados en ello, encontremos nuestro orgullo. Tal vez con ello conciliemos la tan anhelada paz —hoy a la vista— ¡tan lejana!

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Tú y yo somos partes de la cultura mexicana. Juntemos las piezas de una vez. ¡Armemos ya este rompecabezas!

Pedro Ferriz/exonline.com.mx

Jesucristo, según Verhoeve

Por: Álvaro Pérez/Elpais.es

Jesus_verhoeven Fue el padre de Robocop, el robot policía más brutal y eficiente del cine. Nos llevó a un Marte habitado y corrupto en Desafío Total. Hizo que todo el mundo mire con suspicacia a un simple picahielos en cualquier fiesta gracias a Instinto Básico, fue acusado de fascista por sus arios Starship Troopers y, en El Libro Negro, infiltró a un judío en la Gestapo. El culpable de todo esto: el siempre polémico e incómodo Paul Verhoeven. Ahora el director holandés quiere llevar a la pantalla la vida de Jesús. Y basándose en la biografía de Cristo que él mismo escribió y fue publicada en Holanda el año pasado.

Si para hacer la película se basa en su obra sobre Jesús, que acaba de ser editada este mes en inglés (el orginal es en holandés), el hijo de Dios no será el hijo de Dios, sino un niño nacido tras ser María violada por un soldado romano (casi como en La vida de Brian).

Jesús, según Verhoeven, fue un militante revolucionario, un profeta radical. En palabras del propio director en la presentación de la versión en inglés del libro: “Jesús era mucho más peligroso y aventurero de lo que normalmente se dice”. Y, echando por tierra la versión oficialista y en arameo  de la vida de Jesús de Mel Gibson en La pasión de Cristo, el holandés ha dicho que “el sufrimiento de Jesús no es algo importante. Es terrible, pero mucha gente tiene un final terrible…Cosas terribles pasan en el mundo. Creo que esa no es la esencia. El mundo está lleno de violencia y cosas terribles”.

Jesús de Nazaret es de momento sólo un proyecto. Un proyecto que, teniendo en cuenta el gusto por la violencia, los personajes oscuros y el sexo de Verhoeven, en cuanto empiece a moverse tendrá sin duda sus reacciones en la iglesia y en los fieles, tal y como pasó con La última tentación de Cristo de Scorsese o la versión de la pasion de Gibson.

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Refritos de la narración

Refritos de la narración

Desde hace ya varios años, los autores latinoamericanos son siempre quienes ganan los mejores premios de narrativa en castellano. Y no sólo los que se conceden en su tierra sino que prácticamente son los vencedores destacados y hasta exclusivos de los primeros certámenes españoles.

 

Los novelistas han hallado en la retro-ficción el modo de suplir su déficit de aliento o de diseño

¿Otro boom iberoamericano? Más exacto sería pensar en un colapso de la narrativa española que manotea aquí y allá sin hallar temas o que, en su desesperación, bucea en tiempos pretéritos para sacar a flote supuestos tesoros sin conocer.

De hecho, los libros de literatura española a la cabecera de las listas de ventas son, cada vez más, recreaciones históricas de otras décadas u otros siglos, refritos históricos condimentados con nuevas ironías, traiciones, adulterios o crímenes a granel. A falta de cosecha o perspicacia para referirse a la actualidad los narradores cosen telas antiguas, las colorean y las tienden como objetos reciclados, versiones de visiones, a la característica manera del vintage.

Refritos de la narración

De hecho, si en la moda del vintage han encontrado las mujeres una forma elegante de vestir un presente ajado, los novelistas han hallado en esta retro-ficción la manera de suplir su déficit de aliento o de diseño. Sin que, por otra parte, esta estrategia les vaya del todo mal.

Los lectores más fieles, asiduos y mansos se encuentran hoy en mujeres cuyas edades rondan los cincuenta años y cuyo género favorito, según declaran, es la novela histórica. No debe ser, por tanto, mera casualidad que las novelistas y los novelistas españoles en torno a esa edad se acoplen en la misma clase de productos que, desfalleciendo las historias y decayendo la escritura, es, acaso, casi todo lo que hay.

Hace más de cien años la literatura era, sin embargo, el patrón de todas las cosas. La música, la pintura o la danza se comportaban a imagen y semejanza de lo literario y se componían como secuencias narrativas según su patrón.

Si en el siglo XIX el libro constituía, por antonomasia, el lugar del saber, la narración venía a ser el primer modo de conocimiento, la sede de la emoción romántica y el pasaporte del progreso.

¿Qué sucede, sin embargo, ahora? A los latinoamericanos, como a los de otros continentes menos desarrollados materialmente, menos ordenados en las convenciones de la vida urbana, todavía les queda mucho por contar, sea en las páginas o en las pantallas.

Pero, ¿Occidente? Si cada vez aparecen más series televisivas referidas a décadas atrás, si las películas no hacen más que rebobinar revivals, las novelas, por su lado, se estrellan contra sus propios límites: o se concentran en tópicos históricos o se suicidan en el triste dogal de la literatura de la literatura. Esto, sin contar, los casos de novelas sin mayor fin que crear sudokus o sucesivos Macguffins, señuelos falsos al estilo de la serie Perdidos (EL PAÍS, 27-3-2010) y que no llevan a nada ni a nadie: sólo tratan de viajar por el mismo laberinto donde la narración se extravía y la literatura -o lo que sea- desaparece sin honor.

Perdidos los autores, envejecidos y cansados los lectores, ahora llega incluso a suceder que los libros se promocionan en la red mediante el llamado “book clip”, un trailer de la obra escrita al estilo del trailer del cine o del telefilme.

¿Resultado? Que el “book clip” pasa a convertirse en un género propio dentro de YouTube. Y así como existen festivales y premios para trailers de películas o spots de televisión pronto habrá concursos de “book clips”. Es decir, en la historia será de este modo creciente no el valor de una narración sino el de una impresión, de la misma manera que no es la narración sino “el suceso” lo que distingue al arte abstracto y la música atonal.

Lo último que queda, ya carcomida, pero sin clara sustitución es la literatura del siglo XIX. ¿A cambio de nada? A cambio, precisamente, de su doloso oportunismo, su amargo onanismo o su trágico recurso de recocer por las esquinas hechos y personajes nacidos mayoritariamente en la época de María Castaña.

Vicente Verdu/elpais.es

Crucifixión Blanca por Mark Chagall

Crucifixión Blanca por Mark Chagall

En el año 1938, un poco antes del principio de la segunda guerra mundial, Mark Chagall, un pintor de origen Ruso, pintó “Crucifixión Blanca.” Esa obra es un resumen de los eventos que Chagall vio en los años antes de la guerra. La crucifixión de un Cristo que lleva artículos Judíos, como un chal de rezo Judío, en el centro de la obra muestra que el sufrimiento de los judíos en ese tiempo de historia fue igual al de Cristo. En la cima de la obra, uno puede ver cuatro personas volando en el aire, sorprendido a todo la destrucción. Además, alrededor de Cristo hay muchas escenas de sufrimiento. A su izquierda un grupo de Nazis que lleva una bandera roja, que representa la guerra, destruyan un villaje Judío. Cerca de eso, un grupo de judíos está tratando de huir de la catástrofe en un barco muy pequeño. Al mismo tiempo en la derecha de Cristo una sinagoga quema. Finalmente, al fondo de la obra, un hombre está llorando a causa de todo el sufrimiento y un otro está huyendo con la Tora. Por último, “Crucifixión Blanca” es una representación de la horrible pena que los judíos sufrieron antes de la segunda guerra mundial.

¿Algo nuevo sobre Dios?

¿Algo nuevo sobre Dios?

En el catecismo romano que aprendió Karen Armstrong en 1950 esta era la respuesta a “¿qué es Dios?”: “Dios es el espíritu supremo, que existe por sí mismo y es infinito en todas sus perfecciones”. En España, por esa época, se enseñaba la doctrina del jesuita Gaspar Astete, de 1537. El original del Astete decía: “Pregunta: ¿quién es Dios nuestro Señor? Respuesta: es una cosa lo más excelente y admirable que se puede decir ni pensar, un Señor infinitamente Bueno, Poderoso, Sabio, Justo, Principio y fin de todas las cosas, premiador de buenos y castigador de males”. El nacionalcatolicismo mantuvo el nombre del catecismo, pero lo sometió a la revisión del jesuita Remigio Vilariño, “que en el Bilbao de principios del XX lo relanzó con un éxito que trascendería los océanos” (así reza una edición de 1955). En el de Vilariño “la cosa” del Astete se transforma en “Dios nuestro señor”. Pero la figura sigue teniendo perfección absoluta. Muy acertadamente, Armstrong sentencia que Dionisio, Anselmo y Tomás de Aquino “se revolverían en sus tumbas al oír estas definiciones”. Lo dice porque “definir significa poner límites”, y Dios, si existe, excede a todas las palabras y conceptos.

En defensa de Dios. El sentido de la religión Karen Armstrong

Karen Armstrong

¿Algo nuevo sobre Dios?

Es un libro imponente. Quien se haya ocupado de estudiar las religiones no debería perdérselo. Su autora ha escrito libros tan extraordinarios como La gran transformación (Paidós); un estudio sobre la intolerancia religiosa frente al progreso (Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam, Tusquets); una historia de El islam (Mondadori), y estupendas biografías de Mahoma (Tusquets) y Buda (Mondadori), entre otros. De familia irlandesa, criada en Birmingham (Reino Unido), fue monja y ahora historiadora de las religiones y una gran teóloga en el sentido en que los griegos entendían esta palabra. La teología como un lenguaje: un logos sobre theos.

Kant negó la posibilidad de demostrar la existencia de Dios, pero reivindicó un Ser Supremo por razones éticas, el Motor Inmóvil. No hay gran filósofo que no haya reflexionado sobre el tema. Y eso que bien temprano se concluyó que el mundo natural no podría darnos información sobre Dios, “el Dios incognoscible”, en palabras de san Agustín. Aparte de san Pablo, ningún otro teólogo ha sido más influyente en el cristianismo que el autor de Confesiones. El libro de Armstrong es, sobre todo, un repaso de ese debate, desde Sócrates, Aristóteles o Maimónides hasta Sartre, incluso más acá, pasando por los pensadores de la edad oscura, los de la Ilustración e incluso los pensadores ateos más modernos, como Richard Dawkins (El espejismo de Dios), Christopher Hitchens (Dios no es bueno), y Sam Harris en El fin de la fe. Los eclesiásticos piensan que esta poderosa expansión del laicismo, y su éxito comercial, es una novedad. La realidad es que los Hitchens de hoy no dejan de ser suaves epígonos de los grandes clásicos del ateísmo. Citemos el muy famoso Por qué no soy cristiano, de Bertrand Russell.

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre el pensamiento antirreligioso de antaño y el de los nuevos enemigos de Dios. Los clásicos del ateísmo querían cambiar la sociedad. La vanguardia del ateísmo o el agnosticismo, dicho en palabras del filósofo Heleno Saña, se trata de pensadores que creen en serio que el único problema de la humanidad es el de creer o no creer en Dios, sin darse cuenta de que adoptan, en sentido inverso, la misma intolerancia que hizo exclamar a Tertuliano que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. También está de moda un narcisismo teológico, que presenta a un Ser Supremo bondadoso a la manera del Astete: el Dios que vela por los hombres y los ama sin fin. Ante los crímenes de la Humanidad, se oye: “¡Es la voluntad de Dios!”. Pero el mundo sigue siendo el escándalo que torturaba a Kierkegaard. En este sentido, Dios necesita defensa, como sugiere el título de este libro. Necesita una explicación, incluso entre quienes lo crean “un producto de la mente humana”.

¿Dónde está Dios ante el mal? Es la gran pregunta. Se escucha que también en la experiencia del mal se puede encontrar a Dios. El poeta César Vallejo escribió en Heraldos negros: “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo / grave”. Si no hay nada más sucio que hacer sufrir al pobre, el Dios de los ricos no puede ser el de los pobres. Tampoco al que clamó Benedicto XVI en su visita a Auschwitz (“¿por qué, Señor, has tolerado esto?”) es el mismo que el Ser Supremo (Dios, Alá, Yahvé, Buda, etcétera) del que habló Epicuro. De esto habla con sabiduría Armstrong, quizás en defensa de Dios, tal vez en su contra.

El problema de fondo es la incompatibilidad de dos atributos de Dios: bondad y omnipotencia. No es teodicea de primero de seminario sobre un texto de Tomás de Aquino, sino pensamientos que vienen de Epicuro, en una formulación que debería angustiar a los estudiantes del Astete por poco que hayan reflexionado: Dios, frente al mal, o quiere eliminarlo pero no puede (1); o no quiere (2); o no puede y no quiere (3), o puede y también quiere (4). En el primer caso, Dios no sería omnipotente; en el segundo, no sería bondadoso o moralmente perfecto; en el tercero, no sería ni omnipotente ni bondadoso o moralmente perfecto, y en el cuarto, Epicuro plantea la pregunta acerca de cuál es el origen de los males y por qué Dios no los elimina. El ateo Voltaire se preguntó lo mismo tras el terremoto que destruyó Lisboa en 1755.

JUAN G. BEDOYA

CRÍTICA: LIBROS – Ensayo/Babelia.es

El maestro de los efectos especiales

El maestro de los efectos especiales

Ray Harryhausen es considerado uno de los mejores técnicos de animación de la historia, y a él debemos muchos monstruos y seres memorables.
Tras luchar en la Segunda Guerra Mundial, Harryhausen entró de lleno en el mundo del cine formando parte del equipo técnico de El Gran Gorila (1949) y, finalmente, tomando el mando como director de efectos especiales en El Monstruo de Tiempos Remotos (1953), donde patenta el “dynamation”.

La nueva técnica consistía en la proyección de las animaciones en una pantalla, frente a la que actuaban los actores reales (tambén es conocida comoEl maestro de los efectos especiales stop-motion). Los planos se superponían, logrando un gran grado de realismo. En 1993 la Academia le entregó el Oscar Honorífico por toda su carrera.

En el siguiente video se pueden ver todas sus creaciones. Es asombroso ver lo que se podía hacer antes de la era digital, realmente increíble.
Por cierto, dudo que alguien no haya visto alguna de estas películas.

http://unabrevehistoria.blogspot.com

Rene Magritte: La otra realidad

ALGUIEN DIJO:

Rene Magritte: La otra realidad

Sobre la pintura de Magritte puede decirse lo mismo que Valéry comentaba de su propia poesía: “Es un error contrario a la naturaleza de la poesía, y que incluso podría serle mortal, el pretender que corresponde a cada poema un sentido verdadero, único y conforme o idéntico a algún pensamiento del autor.” Magritte expresa esa misma idea, aplicándola a su pintura: “En la mayoría de los casos se intenta destruir las imágenes que pinto al pretender interpretarlas”.

Magritte mantuvo un diálogo permanente con la poesía, en especial con la de Paul Éluard, de quien le cautivaba su capacidad para evocar la realidad sin separarla de su misterio: he ahí la esencia de su creación artística. Magritte invierte el orden de la célebre frase de Horacio, ut pictura poesis (como la pintura, así es la poesía), y a través de su obra afirma: como la poesía, así es la pintura.

Hector Tajonar/mileniodiario

Los dioses aztecas no requerían tanta sangre

Los dioses aztecas no requerían tanta sangre

El arqueólogo Matos Moctezuma lima tópicos sobre los sacrificios humanos

Eduardo Matos Moctezuma (Ciudad de México, 1940), que ha viajado a Barcelona para participar en la jornada Arte y mito organizada por la Universidad Pompeu Fabra y el Museo Barbier-Mueller, es uno de los nombres de referencia en la arqueología mesoamericana. Director del Proyecto Templo Mayor de excavaciones en la capital mexicana, está considerado una de las personas que más saben de los aztecas en todo el mundo. Pese a su aspecto afable, el científico tiene un carácter de obsidiana, digno de su apellido (Moctezuma, “el que se hace temer”, en náhuatl), un apellido majestuoso -el del penúltimo caudillo azteca- que, subraya “no ha predestinado mi interés”.

“Lo último que hemos encontrado es el templo del dios de viento”

“El Proyecto del Templo Mayor comenzó hace ya 32 años”, explica a este diario, “cuando apareció fortuitamente una pieza monumental, en forma de escudo, que representaba a una deidad lunar, Coyolxauqhi. Al excavar se encuentra el edificio del Templo Mayor, desmantelado en el siglo XVI. Durante años nos hemos dedicado a estudiar el edificio y sus aledaños, toda esa área de gran sacralidad de Tenochtitlan que contenía hasta 78 edificios de culto. Lo último que hemos encontrado es el templo del dios del viento, Ehecatl, que ha aparecido detrás de la catedral”. Matos Moctezuma considera la arqueología como “viajar en una máquina del tiempo” o descender al mundo de los muertos y devolverlos a la vida. “Cada día han salido de la tierra los dioses antiguos”, apunta.

Los sacrificios humanos siguen perturbando a los observadores de la cultura azteca. Esa imaginería de corazones palpitantes arrancados… “¿Y no provoca acaso la misma o más repulsión la Inquisición con sus autos de fe?”, se enoja el estudioso. “Piénselo. Por no hablar de Hiroshima y Nagasaki. Al menos los aztecas no mataban al otro porque lo juzgaban diferente, sino con una finalidad ritual. El sacrificio humano era un rito propiciatorio, de origen agrario, para que la vida no se detuviera, para que el sol siguiera su curso. En todo caso, se cree que se ha exagerado mucho el fenómeno en el mundo azteca. Los datos arqueológicos desmienten que los sacrificios fueran tan masivos. Había una fiesta especial al dios de la guerra en la que se sacrificaban prisioneros. Y luego había otras ocasiones más esporádicas en las que se sacrificaba a un solo individuo caracterizado como el dios al que se veneraba”. ¿Y qué hay del canibalismo? El antropólogo estadounidense Marvin Harris teorizó que los sacrificios eran en realidad una excusa para disponer de alimento. “¡Basta de leyendas negras y tonterías!”, estalla Moctezuma. “¡No me hable de Harris! Lean cosas serias, por favor. Hay estudios científicos que demuestran que había recursos animales y vegetales más que suficientes. El consumo de carne humana no era en absoluto un acto generalizado. Tan sólo en algún ritual específico, con un sacrificado que representaba al dios, se tomaba como una forma de comunión”.

Jacinto Anton/elpais.com