De “discoteca” en 1960 a “K-pop” en el 2000: las palabras nuevas en inglés, año a año

El diccionario Merriam-Webster cuenta con una herramienta para buscar el año en el que una palabra se escribió por primera vez

De "discoteca" en 1960 a "K-pop" en el 2000: las palabras nuevas en inglés, año a año

PABLO CANTÓ 

El diccionario británico Merriam-Webster cuenta con una herramienta que permite profundizar en la historia de las palabras al tiempo que te hace sentir viejo: su Time Traveler (“Viajero en el tiempo”). Esta herramienta permite buscar la primera fecha conocida en la que se utilizó una palabra por vez primera en una publicación escrita, según los editores e investigadores que trabajan para este diccionario. ¿Naciste en 1988? En ese año aparecieron hiperlink (hiperenlace) e e-book (libro electrónico). ¿En 1995? Eurozona o USB. En la parte inferior de este artículo, puedes ver una selección de palabras año por año.

Esta herramienta está disponible desde 2017, pero gracias a menciones como la del programa Quite Interesting, de la cadena británica BBC, o el tuit del tuitero @Platikasep, se ha vuelto a popularizar durante los últimos meses. @Platikasep publicó un mensaje con una selección de palabras por año extraídas del Time Traveler. Ha superado las 450 respuestas en menos de una semana, la mayoría de ellas de usuarios comentando las palabras del año de su nacimiento.

¿Que palabra se inventó el año en que naciste? En 1978: grasa trans

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Tal y como comentan muchos usuarios, es posible que las palabras asociadas al año de su nacimiento existieran antes. Esto se debe a que lo que señala el diccionario no es la fecha de creación de la palabra, sino su primera fecha de uso conocida, es decir, la primera vez que apareció en una publicación: un libro, una noticia en prensa…

“La fecha [de estas palabras], normalmente, no marca la primera vez que la palabra se usó en inglés”, explica la página del Merriam-Webster dedicada al funcionamiento de Time Traveler. “Muchas palabras se usaron durante décadas o incluso más antes de pasar al idioma escrito. La fecha es para el primer uso escrito o impreso que los editores han podido descubrir”. Advierte, además, que la fecha está sujeta a cambios: “Muchas de las fechas asignadas se actualizarán a medida que surjan evidencias de un uso más temprano”.

El Time Traveler español: el corpus de la RAE

El Merriam-Webster es un diccionario británico, por lo que puede servirnos como entretenimiento para encontrar en qué fechas se empezaron a utilizar algunos neologismos en el mundo anglosajón pero no para encontrar palabras españolas. Sin embargo, la Real Academia Española también cuenta con una herramienta similar: su Corpus de Referencia del Español Actual o, por sus siglas, CREA.

El corpus de la RAE funciona de manera inversa al Marriam-Webster: en vez de buscar una fecha para encontrar las palabras que se utilizaron por primera vez ese año, el CREA permite buscar palabras para encontrar su primera fecha de uso conocida entre los documentos que forman el corpus. “Lo comprenden 140.000 documentos procedentes de textos de todos los países hispánicos y producidos entre 1975 y 2004”, explican a Verne desde el departamento de comunicación de la RAE. Y al igual que ocurre con el diccionario británico, “puede ocurrir que existan textos anteriores que no se encuentren registrados en los corpus de la Academia donde aparezca la palabra”.

Además del CREA, también se puede consultar el CORPES XXI, un corpus con más de 285 000 textos publicados entre 2001 y 2012.

Estos son los primeros usos registrados en los corpus de la RAE de algunas palabras acuñadas recientemente (es probable que haya usos anteriores en documentos no recogidos en estos corpus):

A continuación, puedes ver la fecha de uso conocida de algunas palabras y expresiones que aparecen en el Time Traveler del diccionario Merriam-Webster, año por año:

  • 1980: Yuppie, música electrónica, euro.
  • 1981: app, manicura francesa, snowboard.
  • 1982: email, punto G, SIDA.
  • 1983: ciberpunk, droga de diseño, hiphopero.
  • 1984: bi-curioso, ordenador portátil, omeprazol.
  • 1985: anime, dirección IP, grafeno.
  • 1986: sala de chat, nanomáquinas, agujero en la capa de ozono.
  • 1987: GIF, paintball, techno.
  • 1988: e-book, hiperlink, JPEG.
  • 1989: Generación X, marketing viral, nanobot.
  • 1990: edición genética, poliamoroso, World Wide Web.
  • 1991: Impresora 3D, cibersexo, heteronormativo.
  • 1992: Realidad aumentada, estudios LGTB, Photoshop.
  • 1993: DVD, planeta enano, webmaster.
  • 1994: cisgénero, metrosexual, webcam.
  • 1995: eurozona, género queer, USB.
  • 1996: big data, ciberseguridad, smartphone.
  • 1997: emoji, generación Z, autotune.
  • 1998: cosplayer, ciberbulling, flexitariano.
  • 1999: blog, huella de carbono, vapear.
  • 2000: Google, K-pop, citas rápidas.

Si quieres consultar más fechas, puedes hacerlo en Time Traveler haciendo clic en el menú desplegable y eligiendo el año que quieras consultar. Tienes, año por año, del 1500 a 2017.

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Haz clic en la imagen para ir a Time Traveler.

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¿Dónde está Hernán Cortés?

Hernán Cortés. CC: Dominio público
Hernán Cortés. CC: Dominio público

Jana Kluiber

El 2 de diciembre de 1547 murió Hernán Cortés; quizá, tras Cristóbal Colón, la figura más conocida de la historia de la expansión del antiguo Imperio español en el continente americano. Se podría pensar que su muerte marcaría el fin de sus viajes, pero la historia tuvo otros planes: sus restos mortales fueron trasladados ocho veces, hasta que finalmente encontraron su lugar eterno en la pared del Templo del Hospital de Jesús Nazareno en la Ciudad de México en 1836. Allí, Cortés descansa en paz hasta hoy en día.

Tumba de Hernán Cortés. CC: Dominio público
Tumba de Hernán Cortés. CC: Dominio público

Su tumba está marcada por una placa de bronce con su escudo de armas y la inscripción “HERNÁN CORTÉS. 1485-1547”. Quizá sea porque su contemporáneo Colón se llevó toda la fama por el ‘descubrimiento’ de América pero, juzgando por las sepulturas, francamente, Cortés parece una persona olvidada por la historia.

Menos mal que Amazon Prime se encargó de recordarlo debidamente con su nueva producción, ‘Hernán. El nombre de la conquista’, que se ha estrenado este 21 de noviembre con ocasión del 500 aniversario de su llegada a la costa mexicana. Los productores afirman que el propósito es presentar a la figura polémica de Cortés desde diferentes perspectivas porque, como todos sabemos, la historia depende de quién la cuenta. En este caso, la cuenta Amazon Prime, que por mucho que relate cada capítulo a través de otra figura lo hace con el fin de crear un producto de entretenimiento que devuelva los 1.5 millones de dólares que ha costado la producción de cada (!!!) episodio de la serie. Por lo tanto, no es de extrañar que la trama se enfoque en la relación amorosa entre Cortés y su traductora Malinche y los efectos especiales creados por la empresa ‘El Ranchito’, que ya demostró sus habilidades en la creación de los reinos de Game of Thrones. Sirviéndose de estos ingredientes básicos de éxito, condimentados con actores conocidos y el misterio que nos provocan los hechos históricosla serie tiene todo el potencial para complacer el gusto actual y convertirse en el nuevo –y, en el mercado español, el primer– éxito de Amazon Prime.

En resumen, ‘Hernán’ no va a decepcionar a quienes quieren pasar un rato entretenido. Quienes se esperaban una aportación al debate sobre la historia que vincula Europa y las Américas sí podrían salir un poco amargados. Una vez más, toca hacerse su propio panorama de los sucesos. Porque siempre hay que tener mucho cuidado cuando alguien nos quiere contar su versión de la historia con tanta persistencia. No vaya a ser que acabemos como Hernán, sumergido en una ideología que le prometió grandes emociones y riqueza, ambas haciéndolo ciego a la injusticia y violencia implicada en sus expediciones.

¿O ya es demasiado tarde?

La ideología de la Conquista se basó en la premisa que hacía falta llevar la religión cristiana y la civilización europea a la población autóctona porque los europeos lo consideraban un modelo mejor. Se estableció una narrativa que separaba los europeos de ‘los otros’, los indígenas, que, asimismo, justificaba la violencia y la dominación. 

Hoy nos encontramos frente a una narrativa parecida. Esta vez, establece una brecha entre ‘nosotros’, los europeos, frente a ‘ellos’, los migrantes, que nos hace creer que no tenemos nada en común. Eso nos permite escuchar noticias sobre fronteras cerradas y las realidades terribles que producen sin implicarnos demasiado.

Aunque había un tiempo, hace unos 500 años, en el que nosotros, los españoles, descendientes de los fenicios, celtos, íberos, varias tribus germánicas, romanos y árabes que formaron la población de la península ibérica, fuimos en grandes números a las Américas. Muchos se quedaron, junto a la población indígena, mezclándose con ella, convirtiéndose así en este tejido diverso en el que consiste la ciudadanía de los diferentes países de Latinoamérica hoy. Se podrían enumerar muchos movimientos más, pero en realidad, no hace falta recurrir a la historia. Si miramos a nuestro alrededor, ¿cuántas personas encontramos que todavía viven en el mismo lugar en el que nacieron? ¿Y que nunca se han movido a otra parte, aunque fuera por un tiempo?

Por lo tanto, todos somos migrantes. Algunos, como Hernán Cortés, incluso hasta después de su muerte.

https://blogs.publico.es/conmde

Aztecas e incas emparentados genéticamente con pueblos de Rusia

ARAM TER-GAZARIÁN

Aztecas e incas emparentados genéticamente con pueblos de Rusia

Alamy/Legion Media

Un grupo internacional de genetistas ha demostrado que los aztecas, los incas y los iroqueses son parientes cercanos de los pueblos de Altái, una región de Rusia situada entre Siberia Central, China y Mongolia.

Hace tiempo que los científicos sabían que los indios americanos tienen un parentesco cercano con los pueblos de Altái. La hipótesis sobre la migración de los pueblos altaicos desde Siberia a través de Chukotka, en el noreste de Rusia, y Alaska continuando hacia el sur hasta llegar a la Tierra del Fuego apareció hace un siglo. Desde entonces, investigadores de distintas universidades del mundo han intentado demostrarla.

A finales de 2015, el genetista ruso Oleg Balanovski puso punto final a esta cuestión.

La búsqueda de genes siberianos entre los indios

En 2013, las dos revistas científicas más prestigiosas del mundo, Nature y Science, publicaron artículos sobre el análisis del genoma completo de los indios americanos y de sus antepasados siberianos. Estos se compararon con los de la población de todas las regiones del mundo.

En la primera investigación se estudiaron los genomas de 48 personas de Brasil. En la segunda, 31 genomas de población procedente de toda América y de Siberia.

En ambas investigaciones se confirmó que los antepasados de los indios americanos llegaron al continente hace unos 20.000-30.000 años desde Siberia.

Después de la publicación de estos artículos, Balanovski decidió llevar a cabo un estudio a mayor escala.

El biobanco: 25.000 muestras del ADN de 90 etnias

Durante la primera etapa de la investigación, los científicos analizaron muestras de ADN. “En nuestro biobanco tenemos más de 25.000 muestras de miembros de 90 grupos étnicos de Rusia y los países vecinos”, comenta Balanovski a RBTH.

En la segunda etapa se analizaron distintos marcadores del ADN obtenido de las muestras de sangre: el cromosoma Y, que se hereda por línea masculina, el ADN mitocondrial, que se transmite por línea femenina, y otros cromosomas que se combinan entre los dos progenitores.

Como resultado, los científicos han podido asegurar que los indios americanos están relacionados genéticamente con los pueblos de Altái. Pero durante la investigación se ha realizado otro descubrimiento. “Además de los antepasados siberianos, en algunos indios hemos encontrado una misteriosa relación con la población de Australia y la Melanesia, islas que se encuentran en el océano Pacífico. Es algo sorprendente, ya que estas regiones se encuentran prácticamente en las antípodas”, aclara Balanovski.

¿Cómo llegaron los indios a América?

Los científicos ya han averiguado cuál fue la ruta por la que los indios llegaron a América desde Altái. “El lugar que ahora ocupa el estrecho de Bering antes podía cruzarse a pie. Durante la glaciación, el agua se convirtió en hielo y el nivel del océano mundial descendió”, explica Balanovski.

El experto añade que por ahora no queda claro si la migración desde Australia y la Melanesia se produjo por mar o por tierra a través de la cadena de las islas Aleutianas. Los arqueólogos siguen intentando desvelar esta cuestión.

“Esta investigación confirma la hipótesis de que los pueblos de Altái son parientes de los indios americanos. Hemos conseguido dar con una prueba irrefutable de ello”, comenta el genetista Valeri Ilinski, investigador del Instituto de Genética General de la Academia Rusa de Ciencias.

https://es.rbth.com/technologias/ciencia

No cuentes conmigo: esto es lo que pasa cuando una lengua no tiene palabras para los números

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Hay muchas culturas que no tienen números y es el caso de los cazadores-recolectores que viven en las profundidades de la Amazonia a lo largo y ancho de los afluentes del río más grande del mundo. En lugar de utilizar palabras para cantidades exactas, solamente utilizan términos básicos para decir “unos pocos” o “algo”.

Por el contrario, nuestras vidas están llenas de cifras y, mientras estás leyendo este texto, eres consciente de la hora que es, tu edad, el saldo de tu cuenta corriente, cuánto pesas, etc. La posibilidad de pensar en números exactos influye en todo, desde nuestros horarios hasta nuestra autoestima.

Si nos atenemos a la historia, fijarse tanto en los números es algo inusual. En comparación con los 200.000 años de historia de nuestra especie, no ha sido hasta muy recientemente que hemos contado con formas de medir cantidades con precisión y, en los cerca de 7.000 idiomas que existen en la actualidad, los números se utilizan de forma muy diferente.

Los hablantes de lenguas anuméricas, o sin números, nos permiten investigar hasta qué punto la invención del sistema numérico ha cambiado la vida humana. En un nuevo libro me dedico a investigar sobre cómo los humanos inventaron los números y cómo posteriormente jugaron un papel crítico en otros acontecimientos, desde la llegada de la agricultura a la creación de la escritura.

Culturas sin números

Entre las culturas sin números, o con solo uno o dos números exactos, se incluyen las culturas Munduruku y Pirahã en la Amazonia. Los investigadores también han estudiado a personas adultas en Nicaragua a las que nunca se les había enseñado palabras específicas para los números.

Sin números, los adultos humanos sanos tienen dificultades para diferenciar con precisión o recordar cantidades tan pequeñas como cuatro. En un experimento, un investigador colocaba frutos secos en una lata de uno en uno, para después sacarlos de uno en uno.

Al sujeto se le pide que avise cuando ya se hayan sacado todos los frutos secos de la lata y las respuestas nos hacen ver que las personas anuméricas tienen problemas para controlar cuántos frutos secos quedan en la lata, aunque solo haya cuatro o cinco en total.

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Tanto éste como otros muchos experimentos han llegado a una conclusión simple: cuando la gente no cuenta con palabras para los números, tienen que esforzarse para distinguir cantidades que a nosotros nos parecen de lo más normales. Mientras que solo una pequeña parte de las lenguas del mundo son anuméricas o casi anuméricas, las palabras para los números no son un denominador común universal.

Cabe destacar que las personas anuméricas son normales a nivel cognitivo, habiéndose adaptado sin problemas a su entorno durante siglos. Como hijo de misioneros, pasé algunos de mis años más jóvenes con indígenas anuméricos, como la ya mencionada cultura pirahã a lo largo de las orillas sinuosas del río negro Maici. Al igual que otras personas ajenas a esta cultura, me impresionaba continuamente que tuvieran una capacidad de compresión superior sobre la ecología fluvial que teníamos en común.Cuando la gente no cuenta con palabras para los números, tienen que esforzarse para distinguir cantidades que a nosotros nos parecen de lo más normales

Sin embargo, las personas que no utilizan números tienen problemas para aquellas tareas que requieren una distinción precisa entre diferentes cantidades. Puede que no sea muy sorprendente porque, si no saben contar, ¿cómo van a diferenciar si hay siete u ocho cocos en un árbol? Algo tan sencillo se vuelve muy confuso a los ojos de las personas que no piensan con números.

Los niños y los animales

Estas afirmaciones se han visto respaldadas por varios estudios con niños anuméricos en sociedades industrializadas. Hasta que no aprenden los números en la escuela, los niños no son capaces de diferenciar cifras más allá del tres. Dependemos de los números para poder entender y reconocer cantidades más altas.

De hecho, los niños tardan años en adquirir el significado exacto de las palabras referentes a los números. Inicialmente, aprenden los números de la misma manera que las letras: reconocen que los números están organizados de forma secuencial, pero tienen poca conciencia de lo que significa cada número individual.

Con el tiempo, empiezan a entender que un determinado número representa una cifra más que el número anterior. Este “principio sucesor” es parte de la base de nuestro conocimiento numérico, pero requiere mucha práctica comprenderlo.Hasta que no aprenden los números en la escuela, los niños no son capaces de diferenciar cifras más allá del tres. Dependemos de los números para poder entender y reconocer cantidades más altas.

De ahí que ninguno de nosotros seamos en realidad una persona “de números”. Como humanos, no estamos predispuestos a tener una buena capacidad para diferenciar cantidades. Si no viviéramos metidos en tradiciones culturales que llenan nuestra vida de números desde nuestra infancia, tendríamos problemas hasta con las distinciones cuantitativas más básicas.

Las palabras que describen los números y los números escritos transforman nuestro razonamiento cuantitativo, puesto que llegan a nuestra experiencia cognitiva a través de nuestros padres, compañeros y profesores. El proceso parece tan normal que a veces pensamos que se trata de una parte natural del proceso de crecimiento, pero no lo es.

Los cerebros humanos cuentan con con ciertos instintos cuantitativos que son refinados con la edad, pero son instintos. Por ejemplo, incluso al nacer somos capaces de distinguir entre dos cantidades marcadamente diferentes, como por ejemplo, ocho de 16 cosas.

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Pero no somos la única especie capaz de tales abstracciones y en comparación con los chimpancés y otros primates, nuestros instintos numéricos no son tan impresionantes como muchos presumen. Nuestro razonamiento cuantitativo instintivo básico no difiere mucho del de las aves, de ahí que en ocasiones funcione en algunas especies como los loros si les enseñamos esas herramientas cognitivas que llamamos números.

El nacimiento de los números

¿Cómo llegamos a inventar en primer lugar nuestros números “no naturales”? La respuesta la tienes, literalmente, al alcance de la mano. La mayor parte de las lenguas usan sistemas numéricos basados en 10, 20 o 5 números. Es decir, estos números más pequeños son la base de los números más grandes. Por ejemplo, el español es un lenguaje de base 10 o decimal, como se evidencia en palabras como 14 ( “cuatro” + “10”) y 31 ( “tres” x “10” + “uno”).

Hablamos un lenguaje decimal porque nuestra lengua más ancestral, la proto-indo-europea, se basaba en la forma decimal. Al igual que en muchas otras culturas, se usaban las manos para relacionarse a modo de ‘cinco dedos en esta mano es el mismo número que cinco dedos en esa mano’. Esta forma de pensar se acabó transformando en palabras que se transmitieron de generación en generación y por eso la palabra “cinco” en muchos idiomas se deriva de la palabra para “mano”.

Numeros

Por eso la mayoría de los sistemas numéricos son el resultado de dos factores clave: la capacidad humana para el lenguaje y nuestra propensión para centrarnos en nuestras manos y en nuestros dedos. Esta obsesión por las manos (algo que también está relacionado con el hecho de que caminemos erguidos sobre dos piernas) ha desarrollado la creación de los números en la mayoría de las culturas, pero no en todas.La mayoría de los sistemas numéricos son el resultado de dos factores clave: la capacidad humana para el lenguaje y nuestra propensión para centrarnos en nuestras manos y en nuestros dedos.

Aquellas culturas que no cuentan con números también nos ofrecen información sobre la influencia cognitiva de algunas tradiciones numéricas. Piensa en la hora que es: tu día está marcado por los minutos y los segundos, pero estas entidades no existen en un sentido físico y son inexistentes para aquellas personas que no cuentan con números en su lengua o en su cultura.

Los minutos y los segundos son vestigios verbales y escritos de un sistema numérico raro en base a 60 que se utilizaba en Mesopotamia hace milenios. Son conceptos que están en nuestra cabeza, artefactos numéricos que no todos los seres humanos heredan a nivel conceptual.

La investigación sobre el lenguaje de los números demuestra, cada vez más, que una de las características clave de nuestra especie es la enorme diversidad lingüística y cognitiva. Si bien existen puntos cognitivos en común en todas las poblaciones humanas, la diversidad de nuestras culturas hace que podamos tener experiencias cognitivas muy diferentes.

Si queremos entender realmente las diferencias cognitivas entre las culturas, tenemos que seguir investigando sobre la diversidad cultural de nuestra especie.

  • Caleb Everett, Profesor de Antropología, Universidad de Miami

Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation. Puedes leer el artículo original aquí

Traducido por Silvestre Urbón

Fotos | iStock

https://www.xataka.com/investigacion/

Sale a la luz la última carta que escribió Antonio Machado

Dirigida a Luis Santullano, el poeta la redactó posiblemente uno o dos días antes de su muerte en Colliure

Es la principal novedad de la exposición «Los Machado», que acoge el Instituto Cervantes en Madrid tras su paso por Sevilla

La carta que Antonio Machado escribió a Luis Álvarez Santullano antes de morir
La carta que Antonio Machado escribió a Luis Álvarez Santullano antes de morir – FUNDACIÓN UNICAJA

Inés Martín Rodrigo

«Querido Santullano: No he podido contestar antes a su (interesante) carta del 15 porque a mis ya viejos achaques ha venido a sumarse un funesto catarro bronquial, que –aunque mejorado(de)– me tiene bastante fastidiado». Así arranca un documento, hasta ahora inédito, y de excepcional importancia para la historia cultural española. No son adjetivos gratuitos, ni exagerados, ya que se trata de la última carta escrita por Antonio Machado, que acaba de ser dada a conocer en Madrid con motivo de la inauguración de la exposición «Los Machado» en el Instituto Cervantes con manuscritos originales, fotografías, cartas, documentos y objetos personales procedentes de los fondos de la Fundación Unicaja. Es la principal novedad, y joya, de la muestra, que ya pudo verse en Sevilla y ahora llega a Madrid en un intento por repetir ese peregrinar entre las dos ciudades que los dos hermanos, Antonio y Manuel, llevaron a cabo en sus respectivas vidas.

El borrador de la misiva, conservada en un doble folio en el que se advierte el trazo estirado y perfectamente legible de la caligrafía de Antonio Machado, en tinta azul, constituye un testimonio de enorme valor, ya que en él el poeta muestra su predisposición a quedarse en Colliure «y esperar aquí a tener las noticias de ese generoso mecenas. A ello me ayudara el que tampoco podría moverme de aquí en estos días que me dure el catarro». Previamente, le dice lo siguiente: «Creo que el asunto URSS (único país que manifestó su intención de acogerle) debe ser aplazado y sobre todo, si se puede resistir aquí el tiempo que tarde en vislumbrarse un porvenir poco el velo del porvenir». Y se despide: «No sé cómo agradecer a usted tantas y tan certeras bondades. Pero creo que sale de la órbita bondades. Sus cartas levantan mi espíritu y me hacen mucho bien. Gracias». Machado responde así a una carta de Luis Santullano, gestor de la Institución Libre de Enseñanza, recibida el 15 de febrero. Esta cronología permite deducir que el poeta la escribió uno o dos días antes de su muerte.

Junto con la carta, entre las novedades o primicias que podrán verse en la sede del Cervantes en Madrid hasta el 9 de febrero del año próximo destacan el documento de evacuación de Antonio Machado –fechado en Valencia el 14 de abril de 1937–, su carnet de afiliación a Izquierda Republicana –30 de marzo de 1937–, su pasaporte –expedido por el Consulado español en Perpiñán el 31 de enero de 1939–, la primera página manuscrita de su discurso de ingreso en la Real Academia Española (RAE) –escrito posiblemente en 1931–, una cartera de piel de cocodrilo con las iniciales A. M., una carta de J.B. Trend dirigida al poeta y fechada el 20 de febrero de 1939 y, sobre todo, una misiva de José Bergamín fechada en París el 7 de febrero de 1939 y que se creía perdida, aunque de ella había dado cuenta ya el historiador Ian Gibson. Además, se incorpora un apartado de la muestra con el otro hermano, Francisco Machado, como protagonista con dos sonetos, un par de cuadernos, un poema con dedicatoria a Concepción Arenal o dos sonetos dedicados a su hermano Manuel, entre otras cosas. Por último, la exposición madrileña añade un último homenaje al autor de «Campos de Castilla», en este caso de diferentes artistas plásticos.

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Por pedófilo: El New York Times cuestiona que se expongan obras de Gauguin en la era del #MeToo

El diario apunta a que el artista es un indudable «éxito de taquilla», pero «en una era de mayor sensibilidad pública a los problemas de género, raza y colonialismo, los museos tienen que reevaluar su legado»

«Nafea faa ipoipo (Cuándo te casarás)», el cuadro de Gauguin que se vendió por 300 millones de dólares
«Nafea faa ipoipo (Cuándo te casarás)», el cuadro de Gauguin que se vendió por 300 millones de dólares

¿Ha llegado el momento de cancelar Gauguin? Esa es la pregunta que lanzaba en una tribuna hace unos días el periódico New York Times. La periodista cultural Farah Nayeri se refería a la exposición «Retratos de Gauguin» que actualmente se exhibe en la National Gallery de Londres que muestra todas las caras de un artista tan genial como polémico, que reinventó este género.

El diario reformula la pregunta que hace la audioguía en la entrada de la exposición británica, «¿Es tiempo de que todos dejemos de mirar a Gauguin?». Y es que, tal y como contaba Natividad Pulido en su crónica de la muestra publidada en ABC, «para unos, el artista fue uno de los grandes genios de la Historia del Arte. Para otros, un salvaje colonizador sin escrúpulos, pionero del turismo sexual, pedófilo… que dio rienda suelta a sus deseos sexuales con adolescentes en los paraísos de los Mares del Sur».

El artista postimpresionista recalaba en la Polinesia dejando atrás su vida en la vieja Europa para vivir como un «salvaje» libre. Y allí se casaba con dos nativas, con las que tendría hijos. La primera, Tehamana, de trece años, «a la que retrata en bellísimos cuadros como “Los ancestros de Tehamana”, presente en la exposición, o «Nafea faa ipoipo (Cuándo te casarás)», que se vendió por 300 millones de dólares, uno de los más caros de la Historia».

«Los ancestros de Tehamana»
«Los ancestros de Tehamana»

La muestra no oculta esa controvertida faceta de Gauguin, antes al contrario. Las cartelas explican: «las fantasías misóginas de los colonos europeos hacia las mujeres de la Polinesia» y el estatus privilegiado de Gauguin como occidental para gozar de la libertad sexual que se le ofrece.

«Sin juicios morales»

El director del museo, Gabriele Finaldi, comenta a Pulido al respecto que «hay que entender la situación histórica y social de hace un siglo respecto a los representantes de los poderes coloniales. Había respeto y sumisión a los franceses. Era frecuente que los nativos les ofrecieran a sus hijas. Nos toca decir la verdad, pero no hacemos un juicio moral a Gauguin. Es un artista importante que tiene hoy mucho que decir. Debía tener un gran magnetismo y carisma. Alguien obsesionado consigo mismo, que construye una especie de mito».

The New York Times recoge ese testigo: «Gauguin es un éxito de taquilla», subraya para a continuación señalar: «Sin embargo, en una era de mayor sensibilidad pública a los problemas de género, raza y colonialismo, los museos tienen que reevaluar su legado».

De acuerdo con la tesis publicada, para algunos no basta con contextualizar e invitar a separar la opinión que se tiene del artista de la de la obra. Hay que ir más allá. Es el caso de Ashley Remer, que en 2009 fundaba el museo on line girlmuseum.org, dedicado a la representación de chicas en la historia y en la cultura, que insiste en el periódico en que, en el caso de Gauguin, las acciones del hombre fueron tan atroces que eclipsaron su trabajo: «Era un pedófilo arrogante, sobrevalorado y condescendiente por decirlo de una manera contundente. Si sus pinturas fueran fotografías, serían “mucho más escandalosas” y no las hubiéramos aceptado».

Por pedófilo: El New York Times cuestiona que se expongan obras de Gauguin en la era del #MeToo

Este primer artículo ha tenido su continuación en uno que aparece publicado hoy que insiste en que Gauguin fue «un matón, un mentiroso y un depredador sexual, que escenificó su legendario idilio tahitiano para generar fama».

También refuerza el hecho de que, «aunque en la era del MeToo parece una figura del pasado lista para caer en olvido, es más visible que nunca a través de las exposiciones en museos». Asimismo, apunta tres libros publicados recientemente en el mercado anglosajón que glosan la vida del artista han sido «cuidadosamente» editados para no ser sensacionalistas.

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Viaje a la prodigiosa mente de Goya

El Museo del Prado cumple hoy 200 años. Y lo celebra con la más ambiciosa exposición de dibujos del artista hasta la fecha

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Natividad Pulido

Cuando hace justo hoy 200 años el Museo del Prado abrió sus puertas, unas pinturas de Goya colgaban en sus paredes. Concretamente, en una sala que daba acceso a la galería central: los retratos ecuestres de Carlos IV y María Luisa de Parma. No hay constancia alguna de que el artista acudiera a la inauguración. Sabemos que días después enfermó y estuvo al cuidado del doctor Arrieta. Si pilló un catarro camino del Prado, como especula novelescamente Manuela Mena, nunca lo sabremos. Hoy, el Prado cumple 200 años y lo ha querido celebrar con una exposición de Goya, uno de los maestros mejor representados en la pinacoteca, con unas 150 pinturas, medio millar de dibujos, todas sus series de estampas y buena parte de su correspondencia con Martín Zapater.

Pero la exposición no reúne sus pinturas, sino sus dibujos. Benditos dibujos. Si a ello unimos que hay otra exposición en el museo dedicada a las cartillas de dibujo que usaban los artistas como medio de aprendizaje, parece toda una declaración de intenciones del Prado, que apuesta en su bicentenario por poner en valor el dibujo, durante siglos denostado en nuestro país.

«Mascarón de fuente, sobrepuesto a Aníbal vencedor» (estudio preparatorio). Cuaderno italiano. Goya, h. 1771-88. Detalle
«Mascarón de fuente, sobrepuesto a Aníbal vencedor» (estudio preparatorio). Cuaderno italiano. Goya, h. 1771-88. Detalle – Museo del Prado

Gran intensidad

Es ésta una exposición muy especial. Por muchos motivos. El primero, porque reúne más de 300 dibujos de Goya, uno de los mejores dibujantes de la Historia del Arte. Y eso es decir mucho. Tres cuartas partes proceden de los fondos del Prado; el resto, de colecciones privadas y grandes museos de todo el mundo. Es la mayor realizada hasta la fecha: abarca toda su carrera, desde sus primeros trabajos en Italia (fue a Roma a aprender a dibujar del natural) hasta el final de sus días, sordo, viejo y enfermo, en Burdeos. Como bien dice un orgulloso Miguel Falomir, director del Prado, esta exposición es un acontecimiento: «Es una de las mejores exposiciones que se pueden ver hoy en todo el mundo». Y no es un manido eslogan publicitario.

«La desesperación de Satán». Dibujo preparatorio para un Disparate no grabado. Goya. 1814-1816
«La desesperación de Satán». Dibujo preparatorio para un Disparate no grabado. Goya. 1814-1816 – Museo del Prado

La palabra más repetida ayer, durante la visita y presentación a la prensa, era intensidad. ¡Y vaya si es intensa la exposición! Goya es una fuerza de la naturaleza que sacude nuestras conciencias sin piedad. Según José Manuel Matilla, comisario de la exposición junto con Manuela Mena, tras haber visitado la muestra los visitantes saldrán «transformados por un fuerte impacto emocional». La exposición rompe tópicos sobre Goya como pintor amable, de majas. Por contra, reivindica a un Goya íntimo, privado, muy intenso, siempre incorrecto políticamente. Nos metemos en la privilegiada cabeza del aragonés. «La obra de Goya es abrumadora, inabarcable, como la vida», explica José Manuel Matilla. «Todo lo que nos preocupa hoy lo había tratado ya Goya. Quedamos sobrecogidos por la actualidad de su obra. Fue el artista más crítico que ha habido nunca, incluso consigo mismo. Levanta las alfombras y saca a la luz lo que hay debajo». Y lanza un guante: «Invito a los artistas contemporáneos a ver quién analiza más críticamente la sociedad de su tiempo. Goya es insuperable». Para Manuela Mena, «su técnica es exquisita, delicada. Con precisión y economía de medios consigue una gran expresividad. No es costumbrista. Es singular, único».

«Aun aprendo». Cuaderno de Burdeos I. Goya. h. 1826. Detalle
«Aun aprendo». Cuaderno de Burdeos I. Goya. h. 1826. Detalle – Museo del Prado

Otro de los aciertos de la exposición es el montaje. Con una elegante museografía firmada Juan Alberto García de Cubas, se ha apostado por paredes luminosas (no en vano, Goya es el pintor de la luz, de la razón), como si fuera el cubo blanco de una galería de arte contemporáneo, poco habitual para exhibir dibujos. Y eso que están iluminadas las obras entre 30 y 40 lux. Los dibujos respiran y el visitante puede moverse a gusto por las salas. Pero, ¿por qué le sienta como un guante un montaje tan contemporáneo a unos dibujos del XVIII y el XIX? Quizás, porque no hay nadie más moderno, contemporáneo y universal que Goya. Aborda asuntos tan actuales como la violencia contra la mujer, la prostitución y la esclavitud sexual, los abusos a los niños, los conflictos bélicos, las desigualdades sociales, la precariedad laboral, las multitudes irracionales que son manipuladas, los problemas que aquejan a la vejez… «Podrían haber sido hechos anteayer», advierte un emocionado Javier Solana, presidente del Patronato del Prado, al mirar a Goya desde la convulsa -por ser finos- España de hoy.

«Las camas de la muerte». Dibujo preparatorio para el Desastre de la guerra 62. Goya, 1812-14
«Las camas de la muerte». Dibujo preparatorio para el Desastre de la guerra 62. Goya, 1812-14 – Museo del Prado

Los dibujos de Goya, que son una suerte de tratado de la condición humana, destilan crítica política y religiosa, denuncia de los abusos de poder, compromiso social y humor, mucho humor. Basta con ver las lacónicas frases que escribe a modo de títulos en sus dibujos: «Buena mujer. Parece», «Al desierto por ser santo. Amén», «¿Ve usted qué expresión? Pues no lo cree el marido», «Se le murió su amante y se le va al convento», «Este fue un cojo que tenía señoría»… Si visitan la muestra, no se lo pierdan. Son una delicia. Pero aclara Matilla que Goya no es un cronista, ni un notario, ni un reportero de guerra de su época, como se ha dicho en ocasiones. La realidad goyesca pasa por el filtro de su fértil fantasía e imaginación.

El lugar de honor de la exposición nos depara una sorpresa. El sancta sanctórum de la muestra, bajo el lucernario, está dedicado al Cuaderno C (1808-14), una suerte de diario gráfico en el que Goya fue dibujando todo aquello que le preocupaba. El Prado conserva 120 de los 126 dibujos conocidos. En el centro de la sala, encerrado en una vitrina, el cuaderno abierto y vacío, encuadernado en piel roja, con hierros dorados y gofrados. Y en las paredes, todos los dibujos apiñados y sin cartelas, en una secuencia casi cinematográfica. Es como si, al abrir el cuaderno, los dibujos, ávidos de libertad, como el propio Goya, hubieran escapado hacia las paredes.

«Joven bailando al son de una guitarra». Cuaderno de Sanlúcar. Goya, 1794-95. Detalle
«Joven bailando al son de una guitarra». Cuaderno de Sanlúcar. Goya, 1794-95. Detalle – Museo del Prado

Obra cumbre

Otra de las joyas de la exposición es el Cuaderno italiano, que a punto estuvo de salir de España, como recuerda Manuela Mena: «Es una obra cumbre y el único de Goya que se conserva íntegro». Junto a sus dibujos más tempranos, incluye anotaciones manuscritas, recetas, datos biográficos y familiares… El Prado tiene dibujos de todos sus álbumes y cuadernos, excepto de uno, el D, del que hay buenos ejemplos en esta muestra. Por la exposición van desfilando el Cuaderno de Sanlúcar, el de Madrid, el Cuaderno de bordes negros, el de viejas y brujas, el de Burdeos… Dibujos preparatorios para cartones de tapices, pinturas y estampas, copias de obras de Velázquez («copiar a Velázquez le sirve para aprender a mirar y dibujar», advierte Matilla), retratos familiares de su hijo Javier o su esposa, Josefa Bayeu… Muchos han sido restaurados, pero sin perder la pátina, la huella del tiempo: «No tienen bótox», aclara el comisario. Goya los conservó toda su vida. Pasaron a manos de su hijo y después de su nieto Mariano. Tras desperdigarse, acabaron en el Prado a través de distintas compras, donaciones y legados.

«Otra en la misma noche». Cuaderno C. Goya, 1808-14. Detalle
«Otra en la misma noche». Cuaderno C. Goya, 1808-14. Detalle – Museo del Prado

En 2014 el Prado y la Fundación Botín firmaron un convenio de colaboración para elaborar un catálogo razonado de los dibujos de Goya (en torno a un millar), un ambicioso proyecto en cinco volúmenes, que lleva a cabo un equipo capitaneado por Matilla y Mena. De momento solo ha visto la luz uno, en el que se retiraron seis atribuciones a Goya (incluido un dibujo del Prado) y se incorporaron dos. Una de éstas cuelga en la exposición: «Vista de Madrid desde la pradera de san Isidro», de una colección particular de Madrid. La Fundación Botín vuelve a sumarse a un proyecto del artista -el Centro Botín de Santander se inauguró en 2017 con dos exposiciones: una, de dibujos de Goya-, coorganizando con el Prado esta exposición.

Arranca con un espléndido autorretrato de Goya, cedido por el Metropolitan Museum de Nueva York, en el que nos mira abiertamente, con franqueza. Se cierra con un sobrecogedor dibujo del Cuaderno de Burdeos: «Aun aprendo». «Se considera un autorretrato simbólico en el que el artista declara su afán inquebrantable de desarrollo personal». Son muy reveladoras las palabras que Goya escribe a Joaquín María Ferrer en una carta fechada el 20 de diciembre de 1825 y que dan título a la exposición: «Agradézcame usted mucho estas malas letras, porque ni vista, ni pulso, ni pluma, ni tintero, todo me falta, solo la voluntad me sobra». Hizo siempre lo que quiso y como quiso. Un genio.

«Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid». Goya, 1814-16
«Ligereza y atrevimiento de Juanito Apiñani en la de Madrid». Goya, 1814-16 – Museo del Prado

Su condición sexual y su visión de los toros, temas para la polémica

Queda aún mucho por descubrir de Goya, hay puntos oscuros. Tal es la envergadura de su producción. Cuando se presentó en el Centro Botín el primer volumen del catálogo razonado de sus dibujos, hubo quienes vieron en sus cartas con Martín Zapater (amigo de su infancia, con quien mantuvo una correspondencia entre 1775 y 1803) algo más que una buena amistad. «Amitié amoureux», hilaba fino Manuela Mena, mucho más dispuesta a sacar del armario a Goya que su colega José Manuel Matilla. Pero, por muchos corazones ardientes, penes y traseros en pompa que dibujara en sus cartas a Martín Zapater, a quien se dirigía como «Mío de mi Alma», de ahí a confirmar que era homosexual hay un trecho. En lo que sí parecen de acuerdo los comisarios en que Goya era antitaurino. Creen que su visión como aficionado a los toros es un tópico goyesco más, una reflexión crítica sobre España.

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Led Zeppelin: arder para siempre

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La tarde del viernes 25 de septiembre de 1980, Benje Le Fevre y John Paul Jones subieron al piso superior de Old Mill House, la nueva mansión de Jimmy Page, para despertar a John Bonham, que llevaba durmiendo la mona desde la medianoche del jueves. Lo encontraron muerto, ahogado en su propio vómito después de que el día anterior ingiriese una cantidad ingente de vodka. Su muerte certificaba la defunción de una banda que llevaba años desintegrándose, víctima de su fama demencial, de sus desavenencias internas y de sus fantásticos excesos. John Henry Bonham –Bonzo, como lo llamaban colegas y amigos– tenía 32 años, dejaba viuda, dos huérfanos, una banda mítica destrozada para siempre, millones de fans desconsolados y un hueco irremplazable en la música rock.

Desde entonces, ha habido unas cuantas tentativas de resucitar el gran dinosaurio extinguido de Led Zeppelin, todas ellas en vano. No porque no hubiera un batería técnicamente capaz de suplirle a las baquetas –en su momento, se sugirieron los nombres de Cozy Powell, Carmine Appice y Bev Vevan, todos viejos amigos suyos­– sino porque no tenía ningún sentido que Led Zeppelin siguiera adelante sin uno de sus miembros fundadores. Jimmy Page, cerebro, guitarrista y alma mater de la banda, ha pasado el resto de su vida bajo la sombra de ese cuarteto inmenso que durante unos años fue el mayor monstruo musical del planeta. El concierto de Live Aid de 1985, con Tony Thompson y Phil Collins a la batería; el 40 aniversario de Atlantic en 1988, con Jason Bonham emulando a su padre; y la nostálgica reunión del 10 de diciembre de 2007 en el O2 Arena de Londres, otra vez con Jason Bonham; no fueron más que pálidos conjuros, artificios y mistificaciones para intentar imitar lo inimitable.

También se han escrito un montón de libros que han contado, desde dentro y desde fuera, los capítulos esenciales del mayor mastodonte del rock, aunque ninguno más detallado, apasionado y enciclopédico que Cuando los gigantes caminaban sobre la tierra: 50 años de Led Zeppelin, la biografía definitiva, de Mick Wall, que acaba de editar Alianza para conmemorar el medio siglo de existencia de aquella banda legendaria. No hay prácticamente nada que escape a las pesquisas de Wall, desde las constantes acusaciones de plagio a las infames orgías psicodélicas, pasando por las temerarias incursiones en el alcohol y las drogas o los estudios ocultistas de Jimmy Page, con páginas extraordinarias dedicadas a Aleister Crowley y Kenneth Anger.

Led Zeppelin: arder para siempre

Page ideó el grupo en 1968 desde la carcasa de The Yardbrids, donde sustituyó a Jeff Beck igual que Beck había sustituido a Eric Clapton; para ello recurrió a un bajista, teclista y arreglista de estudio impecable, John Paul Jones, y a un cantante, Terry Reid, que en aquel momento estaba embarcado en otra historia y le dio el nombre de un colega, Robert Plant, que no lo hacía nada mal. Cuando Page le preguntó qué aspecto tenía, Reid –el hombre más desdichado del rock– le dijo que parecía “un dios griego” y no exageraba lo más mínimo. Fue Plant quien dio el nombre de su amigo John Bonham, con quien había tocado en más de una banda, y a Page le bastó oírlo una vez, en el Country Club de Hampstead, para saber que había encontrado lo que andaba buscando, el contrapunto perfecto al bajo de Jones, una sección rítmica apabullante como una sala de máquinas.

El libro indaga no sólo en la trayectoria artística, la alquimia de esos cuatro o cinco álbumes deslumbrantes que cambiaron la música de los setenta, sino también en las debilidades, adicciones y paranoias de una banda mitológica que llevó el exceso a todos los niveles, con conciertos de más de tres horas, solos interminables, audiencias de más de 70.000 personas y un reguero de hoteles destrozados y demandas millonarias. Detrás de ellos, manejando los hilos, estaba Peter Grant, un ex actor y representante pantagruélico que conseguía los mejores contratos a base de amenazas y de cosas peores, que se rodeó de abogados y matones y que acabó por sucumbir al síndrome del rey Midas en que Led Zeppelin se embarcó casi desde su primera gira. Groupies despechadas, amenazas de muerte, borracheras inverosímiles, palizas intempestivas, montañas de cocaína, piscinas de heroína, accidentes de tráfico y enfermedades mortales forman el contrapunto inevitable a esos aquelarres de música donde las escaleras al cielo no llevaban realmente a ninguna parte. Al fin y al cabo eran sólo cuatro muchachos británicos que tuvieron demasiado éxito demasiado pronto y ninguno de ellos, ni siquiera Page, alcanzó a comprender que el zepelín que hicieron despegar a base de ritmos y melodías inolvidables estaba destinado a arder, como su tocayo, a arder para siempre.

https://blogs.publico.es/davidtorres

Soy mejor que tú por esta razón que me acabo de inventar: el problema del tribalismo nacionalista

Sergio Parra

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Si contemplamos las fronteras de los países solo veremos eso, fronteras. Sin embargo, si estuviéramos provistos de un microscopio que nos permitiera aumentar la imagen diez, cien, mil veces, el panorama recordaría poderosamente a un fractal.

Cuando tenemos ante nosotros la hoja de un árbol y ampliamos la imagen, los bordes irregulares empiezan a mostrar siluetas de la misma hoja completa. Y si ampliamos más esta copia de la hoja completa, de nuevo sucede lo mismo. Y así sucesivamente. Ese mismo efecto fractal tiene lugar cuando ampliamos las naciones con sus fronteras perfectamente delimitadas.

Nuestra manera de dividir a las personas es tosca y arbitraria, basada en datos incompletos. Por eso existe también el racismo basado casi en exclusiva en el color de la piel, que también es un dato tosco y arbitrario: si descendemos al detalle del código genético, y esto va a desconcertar a más de un apologeta de la eugenesia y del supremacismo blanco, advertiremos que hay más diferencias entre el genoma de dos personas de piel negra que vivan en África que entre un africano y un blanco europeo. La piel nos eclipsa, nos impide ver las verdaderas diferencias, las que se producen de individuo a individuo, detalle a detalle, y nos empuja a generalizar.

Lo mismo sucede con los países. Las regiones. Las ciudades. Los barrios. Si tuviéramos la posibilidad de conocer una a una cada una de las personas de todo nuestro país y los países vecinos, probablemente descubriríamos que quienes más se parecen a nosotros, más nos entienden, con quienes más sintonizamos a todos los niveles, son individuos que están aquí, allá y acullá.

tribalismo nacionalista

Las fronteras, las divisiones, las nomenclaturas, las demarcaciones son intentos de simplificar la enorme complejidad, y de generalizar, porque no tenemos tiempo de conocer a todas las personas que nos salen al paso.

Por eso, y solo por eso, ya podemos afirmar que todos los nacionalismos, todas las fronteras, todas las divisiones, se basen en el rasgo arbitrario que se basen, son fundamentalmente una manifestación de tribalismo. Y el tribalismo es lo que alimenta la sensación, profunda y ajena al raciocinio, de que nosotros («Nosotros») somos mejores que ellos («Ellos»).

Porque el tribalismo es, en esencia, la incapacidad de ver la realidad fractal, la que nos presenta la razón, la ciencia y otros tantos atributos de la Ilustración. Por contrapartida, el tribalismo empuja a dejarnos llevar por la basta percepción medio ciega y medio sorda que nos proveyó la azarosa evolución darwiniana para sobrevivir en un contexto donde los grupos mayores de 150 individuos se dividían en dos y se convertían en enemigos acérrimos, persiguiendo siempre las mínimas diferencia que justificaran la escisión.

DICOTOMÍA ELLOS / NOSOTROS

Prácticamente todos los nacionalismos se basan en la idea, implícita o explícita, de que un grupo de personas es mejor que el otro en alguno o varios campos. No se diferencia mucho de la secesión de un grupo de personas de clase alta de otro de clase baja. O uno de CI por encima de 140 de otro de CI por debajo de esta cifra. Pero si estas y otras secesiones se nos antojan horripilantes, no así sucede si la secesión tiene lugar por razón de etnia, cultura o geografía. Hemos logrado sentir asco moral por algunas secesiones, pero seguimos dando pábulo a otras empleando toda suerte de gimnasia mental.

Crear nacionalismos es relativamente fácil porque nuestro cerebro está cableado para sesgarse hacia el llamado paradigma del grupo mínimo: si se establecen dos grupos basados en criterios triviales y arbitrarios, como los que adjudica por azar el lanzar una moneda al aire, la gente tenderá a favorecer a los miembros de su propio grupo frente a los del grupo contrario.

tribalismo nacionalista

Incluso hay experimentos en la psicología social que demuestran que sentimos menos empatía o dolor si vemos sufrimiento en personas de otro grupo que no sea el nuestro. Crear grupos basados en fronteras étnicas, culturales, geográficas o cualquier otra variable es la receta segura para que esos grupos queden enemistados, en el mejor de los casos, o se enfrenten en un conflicto bélico en el que se cosifica al enemigo, en el peor. Los equipos de fútbol son buen ejemplo de ello.

El pionero de los experimentos del paradigma del grupo mínimo fue el psicólogo polaco Henri Tajfel, que fue prisionero de guerra en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Tajfel quería entender cómo era posible que la gente le considerara un apestado por ser judío o que personas normales se transformaran en nazis, como los que habían asesinado a toda su familia por ese simple hecho, su origen étnico.

Hasta entonces, la psicología postulaba que solo las personas con determinados factores de la personalidad, como el autoritarismo, tenían tendencia a alumbrar prejuicios y mostrarse intolerantes con los demás. Sin embargo, el nazismo no habría triunfado sin el apoyo genérico del ciudadano alemán «ordinario», así que Tajfel quiso demostrar que, dado el detonador adecuado, uno puede transformarse en nazi con bastante facilidad.

Soy mejor que tú por esta razón que me acabo de inventar: el problema del tribalismo nacionalista

En la década de 1960, en la Universidad de Oxford, empezó a realizar los primeros experimentos en los que dividía a las personas en dos grupos por criterios arbitrarios, como que unos habían acertado más a la hora de determinar la longitud de una línea dibujada que otros.

En cuanto uno entraba a formar parte de uno de los dos grupos, tendía a favorecer al propio y enemistarse con los miembros del otro grupo. Tajfel acababa de descubrir que las raíces más primitivas del prejuicio no se hallaban en rasgos de personalidad excepcionales sino, de forma general, en procesos «ordinarios» de pensamiento, especialmente los de categorización. Sus estudios fueron replicados en varias ocasiones, como en el año 2002, y se obtuvieron los mismos resultados.

También se ha constatado el efecto en estudios en los que se usaron imágenes por resonancia magnética funcional (IRMf) para analizar lo que pasaba en el cerebro de las personas al someterse a estas situaciones, como los experimentos del neurocientífico David Eagleman: si se pinchaba la mano de alguien que perteneciera al grupo formado arbitrariamente para el estudio, el área de su cerebro relacionada con el dolor mostraba un pico de actividad más alto que si se pinchaba la mano a un miembro del otro grupo. Es decir, la persona sentía más o menos empatía en función de a quién se le producía el dolor.

Estos fueron los fundamentos de la Teoría de la Identidad Social, esto es, la tendencia innata de los individuos a categorizarse a sí mismos en grupos excluyentes («endogrupos»), construyendo una parte de su identidad sobre la base de su membresía en ese grupo y forzando fronteras excluyentes con otros grupos ajenos a los suyos («exogrupos»).

Y eso ocurre, sencillamente, porque nuestro cerebro está cableado para tender al tribalismo, como explican Jonathan Haidt y Greg Lukianoff en su reciente libro La transformación de la mente moderna:

El tribalismo es nuestra herencia evolutiva para agruparnos y prepararnos para el conflicto intergrupal. Cuando se activa el «interruptor de la tribu», nos aferramos más estrechamente al grupo, asumimos y defendemos la matriz moral del grupo y dejamos de pensar por nosotros mismos. Un principio básico de la psicología moral es que «la moralidad une y ciega», lo cual es un truco útil para que un grupo se prepare para una batalla entre «ellos» y «nosotros». Cuando adoptamos la actitud tribal, parece que nos cegamos a los argumentos y a la información que desafían el relato de nuestro equipo.

EL TRIBALISMO GEOGRÁFICO

Décadas de experimentos psicológicos han demostrado que no solo proyectamos prejuicios positivos hacia nosotros mismos y nuestros endogrupos, sino también hacia las personas amables, las atractivas, las que se llaman igual que nosotros o cumplen años el mismo día que nosotros, porque tendemos a categorizarlas bajo reglas heurísticas semejantes a las del tribalismo.

También apreciamos estos efectos psicológicos entre distintas calles de una ciudad, distintos barrios, distintas ciudades, incluso distintas regiones. Basta que alguien encuentre un elemento diferenciador del que tirar del hilo para agigantar una muralla invisible y diseñada ad hoc.

Puede aludirse a una mayor carga tributaria, a una capacidad de trabajo más alta, incluso a derechos adquiridos históricamente, como les pasa a los protagonistas de la película británica Pasaporte para Plimlico (1949): en ella, una pequeña comunidad en mitad de Londres proclama la independencia de Inglaterra en cuando descubre un tratado que afirma que el barrio de Plimlico, una zona específica de Londres, pertenece en realidad a la Borgoña francesa.

Este derecho adquirido no solo se traduce en la petición de una nueva frontera, sino que los habitantes de Plimlico incluso empiezan a actuar inconscientemente de modo distinto para distinguirse de los ingleses.

Soy mejor que tú por esta razón que me acabo de inventar: el problema del tribalismo nacionalista

El nacionalismo parte de la misma raíz que el nazismo, al igual que cualquier otro rasgo identitario (familia, tribu, casta, origen étnico, religión, función social y riqueza, territorio, identidad de género…). Y todas estas ramas convergen en el tribalismo.

Cuando azuzamos el tribalismo en las sociedades modernas, donde este, precisamente, no tiene mucho sentido porque la gente tiene relativa facilidad para cruzar fronteras y cambiar de nacionalidad, entonces asistimos a un grado de fanatismo e irracionalidad todavía más patente.

En los últimos años, por ejemplo, en Cataluña estamos asistiendo unas movilizaciones sociales y políticas mucho más vigorosas en pro de la secesión de España que de cualquier otra lucha o reivindicación social. El mero hecho de que este anhelo se haya convertido en lo que más compromete a la gente a salir a la calle, el que más nos enfrenta entre nosotros, el que más se presenta como la clave para resolver, si no todos los problemas al menos buena parte de ellos, es sintomático de lo que subyace en realidad en este anhelo: el tribalismo.

Mientras el tribalismo proporcione rédito electoral, se seguirá enardeciendo irresponsablemente. Por ambas partes. Combatirlo es arduo, porque la gente necesita que unos pierdan para que otros ganen. También es difícil eliminar el daño ya provocado porque las huellas neurobiológicas que ahora sesgan nuestra visión de «Ellos» son indelebles. De hecho, son muy pocos los estudios que han logrado revertir en algún grado el tribalismo empleando alguna técnica psicológica eficaz.

Una técnica la refiere Political Tribes: Group Instinct and the Fate of Nations, un libro de la profesora de Derecho en la facultad de Derecho de Yale Amy Chua: «La investigación psicológica muestra que el tribalismo se puede contrarrestar y superar mediante el trabajo en equipo: con proyectos que unan a las personas en una tarea común en pie de igualdad».

La otra ha sido recientemente descubierta por Emile Bruneau y sus colegas de la Universidad Northwestern, y se basa esencialmente en dejar a la luz las contradicciones del tribalista. Según su estudio sobre la hostilidad hacia los musulmanes publicado en Nature, quienes habían leído antes descripciones de la violencia cometida por europeos blancos, como Anders Breivik, un extremista de ultraderecha que asesinó a 77 personas en Noruega en 2011, tendían a no criminalizar a todos los musulmanes, es decir, a no categorizar, cuando leían la noticia sobre un atentado terrorista musulmán.

Soy mejor que tú por esta razón que me acabo de inventar: el problema del tribalismo nacionalista

Más allá de estos tímidos intentos de revertir nuestra herencia prehistórica, poco más se puede hacer. Y menos cuando los políticos son conscientes de que, engordando el tribalismo, la gente deja de pensar, pierde el juicio, y vota con las vísceras y no con el lóbulo frontal.

Amor a un territorio del que solo conoces el 2% de su superficie y probablemente a menos del 0,1% de sus habitantes. ¿Puede haber algo más descabellado? La lucha entre dos pueblos, bajo esta perspectiva, es la lucha de dos entelequias, dos monstruos imaginarios que aglutinan todos nuestros prejuicios en un grupo nacido al otro lado de una colina.

Si no nos queda otra que trazar líneas tribales entre nosotros, al menos tracemos unas que nos distingan, en palabras de Steven Pinker en su libro En defensa de la Ilustración, como personas convencidas de que «la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la abundancia es mejor que la penuria, la libertad es mejor que la coerción, la felicidad es mejor que el sufrimiento y el conocimiento es mejor que la superstición y la ignorancia».

En otras palabras: que a ver cuándo aparece una formación política independentista de las ideas, no de los lugares donde tu madre ha decidido parirte.

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Así luchaban y morían los temidos guerreros vikingos en sus barcos

Desperta Ferro Ediciones publica en España el libro ilustrado «Vikingos en guerra», fruto de la investigación del doctor en cultura nórdica Kim Hjardar y el conservador arqueológico Vegard Vike, que repasa los principales hitos del mundo vikingo y la forma en la que vivían y luchaban, lo que eran dos elementos indisolubles.

Ilustración propiedad de Desperta Ferro de la batalla naval de Nesjar incluída en el nuevo libro «Vikingos en guerra»
Ilustración propiedad de Desperta Ferro de la batalla naval de Nesjar incluída en el nuevo libro «Vikingos en guerra»

César Cervera

Para los vikingos el barco, su barco, representaban la riqueza, el rango social, pero también la fertilidad y la muerte. Para los vivos era el viaje hacia lo desconocido, la guerra, la gloria, el fracaso… Para los caídos, su transporte al otro mundo, a la inmortalidad. Un viaje, para todos ellos, que en algún momento se toparía con un combate naval. Desperta Ferro Ediciones ha publicado en España el libro ilustrado «Vikingos en guerra», fruto de la investigación del doctor en cultura nórdica Kim Hjardar y el conservador arqueológico Vegard Vike, que repasa los principales hitos del mundo vikingo y la forma en la que vivían y luchaban, lo que eran dos elementos indisolubles.

Entre los apartados del libro se incluye uno dedicado a las batallas navales, que se suelen solapar en pos de las luchas terrestres a pesar de que era gracias a su dominio de los mares y de las técnicas navales que estos «al-madjus» («adoradores de fuego»), como los llamaba las fuentes árabes, caían por sorpresa en las costas de cualquier extremo del continente. Invisibles a quienes se hallaban en tierra debido a que eran bajos y alargados sin las velas, una vez llegado el momento del desembarco, los barcos vikingos abatían el mástil y remaban por rapidez hacia la costa o remotaban los ríos. La estampa inesperada helaba la sangre de los defensores costeros.La preferencia vikinga era la de luchar en tierra, pero a veces no quedaba otro remedio que batallar en fiordos, bahías y estuarios, nunca en alta mar, donde aquellos barcos eran muy difíciles de controlar

Los vikingos introdujeron importantes novedades en la tecnología naval de su tiempo y fueron evolucionando sus primitivos barcos nórdicos hasta convertirlos en auténticos buques de guerra. Añadieron a sus barcos la quilla y la vela como complementos a los remos, lo que combinado con el desarrollo gradual de cascos a tingladillo más ligeros y flexibles permitió a los vikingos operar a mayores distancias y cruzar regiones marítimas más extensas. Como explica Kim Hjardar y Vegard Vike en su libro, las pruebas modernas apuntan que estos barcos podían mantener una velocidad de crucero de 4-5 nudos haciendo uso de los remos.

La evolución desde las primeras y flexibles embarcaciones hasta los grandes buques de guerra que aparecieron en el siglo XI respondió a la creciente complejidad de sus operaciones anfibias, de modo que los barcos vikingos pudieran facilitar el desembarco rápido incluso de caballos. Lo cual, así lo advierten los autores de «Vikingos en guerra» ( Desperta Ferro Ediciones), no era lo más idóneo debido a que los animales se mareaban con facilidad y requerían un periodo de recuperación de más de veinticuatro horas.

La preferencia vikinga era la de luchar en tierra, pero a veces no quedaba otro remedio que batallar en fiordos, bahías y estuarios, nunca en alta mar, donde aquellos barcos eran muy difíciles de controlar. En el caso de asumir una estrategia defensiva, los guerreros vikingos solían proteger su retaguardia y sus posiciones más expuestas empleando la costa o las islas para evitar el flanqueo. A veces se ataban unos barcos con otros por los costados para hacer más compacta la formación y facilitar una plataforma más amplia donde luchar.

Según apuntan Hjardar y Vike, también se recurría para aumentar la defensa a la construcción de un parapeto con remos y mástiles en los laterales. El resultado eran auténticos castillos flotantes que impactaban entre sí en una lucha de colosos de madera.

Formación habitual durante una de estas batallas, ilustración contenida en «Vikingos en la guerra»
Formación habitual durante una de estas batallas, ilustración contenida en «Vikingos en la guerra» – Desperta Ferro Ediciones

Antes del combate, las velas se recogían y los mástiles se retiraban, de manera que la movilidad del barco quedaba a expensas de los remos. Las maniobras previas para lograr la mejor posición resultaban fundamentales de cara a la fase de abordaje. No en vano, algunas naves permanecían fuera de la formación, sin atar, para actuar con rapidez si algún barco enemigo trataba de rebasar su flanco o, en caso de tomar la ofensiva, para realizar con estas embarcaciones móviles ataques contra las naves insignias del rival. Al igual que en tierra, muchas veces la muerte del líder contrario ponía punto final al combate, por lo que aquellos barcos eran el objetivo principal.

Los caudillos, que en tierra luchaban expuestos y a cara de perro, en las formaciones navales estaban más protegidos gracias a los obstáculos propios de este tipo de combate, incluidas bordas altas y muros hechos con escudos y tablazos. En torno a los barcos de los comandantes, casi siempre en el centro de la formación, se producían las batallas más encarnizadas. La proa era el lugar más fortificado y donde, por cuestiones de espacio, menos guerreros podían luchar a la vez. Si el barco era especialmente alto la ventaja resultaba casi insalvable frente a los que quisieran abordarlo. 

El apartado de «Vikingos en guerra» dedicado a las batallas navales describe las fases en las que se dividían, normalmente, estos combates en la costa. Al igual que en tierra, primero se realizaba el lanzamiento de proyectiles entre barcos: flechas y glandes de honda (nada que ver con el miembro viril), jabalinas y piedras. No existen descripciones sobre el uso de flechas incendiarias o brulotes, lo que, como en otros periodos, suponía una amenaza tanto para los atacantes como para los defensores, pues el fuego podía extenderse rápidamente sin distinguir uno u otro bando.

A diferencia de otras civilizaciones, los vikingos no veían deshonroso o afeminado el empleo de armas de proyectiles como el arco, que incluso portaban algunos caudillos. Se calcula que cada guerrero llevaba entre 24 y 30 flechas, más las que pudieran arrancar a los muertos. A diferencia de otras civilizaciones, los vikingos no veían deshonroso o afeminado el empleo de armas de proyectiles como el arco

Esta fase podía alargarse hasta una hora en función de la cantidad de proyectiles disponibles, tras lo cual daba paso los abordajes entre naves. Los guerreros formaban una línea compacta en los costados de las naves hasta crear un baluarte defensivo. La lucha no terminaba hasta que murieran todos los tripulantes o abandonara la embarcación, que permanecía sujeta mediante ganchos de abordaje precisamente para evitar la huida del rival. Se buscaba con todo ello capturar en las mejores condiciones la nave enemiga, dado lo preciados que eran estos barcos y el prestigio que era hacerse con un trofeo así. A veces se prefería incendiar las naves antes de darle esa satisfacción a los asaltantes

Una batalla épica

Uno de los enfrentamientos navales más decisivos en la historia de la era vikinga fue la batalla de Nesjar, librada en 1016 por el rey vikingo Olaf Haraldsson y el conde de Lade, Svein Hakonsson, en un fiordo de lo que hoy es el sur de Noruega. Olaf, que aspiraba a unificar el territorio noruego, dirigió en persona el combate desde su nave larga, llamada Karlhode por contener la cabeza de un rey tallada decorando la roda. Su táctica mantuvo a su flota en formación cerrada a la espera de que Hakonsson, que dirigía una alianza de vasallos suecos, lanzara el primer ataque. Según el cronista nórdico Snorri Sturluson, el conde contaba a su disposición con más tropas que el rey, quien, por su parte, confiaba en imponer la calidad a la cantidad. Entre las tropas de Olaf había muchos veteranos curtidos en las guerras de Inglaterra.

Tras el habitual intercambio de lanzas y proyectiles, la fase de abordaje permitió a los soldados de Olaf capturar, en el contraataque, a los barcos enemigos, a cargo de guerreros inexpertos. Las dos naves capitanas chocaron frente a frente en un combate épico que haría las delicias de los poetas. Olaf, rodeado de cien hombres escogidos con cota de malla, se lanzó directamente al abordaje de Svein, que tenía a su mando a doscientos guerreros bien armados. Viendo próxima su derrota también en su barco, Svein decidió cortar la roda de su barcos para escapar

Si bien ninguno de los caudillos falleció en el combate, la huida de Sveinn Hákonarson a Suecia, donde murió pronto de una enfermedad, dejó vía libre para que Olaf fortaleciera su poder en la siguiente década y estableciera el cristianismo como la única religión permitida en el país.

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