La mariquita

El coleóptero se desplazaba por el autorretrato de Durero y, antes de desaparecer, me enseño cómo se mira un cuadro

La mariquita
‘Autorretrato’, de Alberto Durero (1498, Madrid, Museo del Prado).

A mi juicio no hay en el Museo del Prado una figura más vigorosa, arrogante y refinada que la de Alberto Durero, tal como aparece en su autorretrato. El otro día, mientras lo contemplaba obsesivamente sucedió un hecho singular. De pronto descubrí que por el borde superior del cuadro discurría una mariquita muy pequeña. Este hermoso coleóptero de caparazón rojo con pintas negras se detuvo en uno de los vértices del marco. Pensé que se precipitaría en el vacío, pero lejos de eso con cierta determinación bajó hacia la pintura y a través de la borla de la gorra de Durero se deslizó por su rubia cabellera pintada con infinitos puntos de oro hasta llegar al hombro de la figura. Los vivos colores de la mariquita no desdecían en absoluto de la suave tonalidad de la pintura y tampoco suponían un obstáculo para seguir contemplando excelsa belleza del autorretrato. Al contrario. Decidí seguir con la mirada su mismo camino como si la mariquita me indicara la forma de descubrir los secretos más íntimos de la textura de la tabla. Subió por el cuello de Durero y se adentró en la barba rubia, atravesó sus labios carnosos, escaló su prominente nariz y finalmente se detuvo en uno de sus ojos grises que la miraba de soslayo. Su forma minuciosa de avanzar me obligaba a fijarme en cada detalle de la pintura como nunca hasta entonces lo había hecho. La mariquita optó por bajar hasta el jubón del personaje, se deslizó por el cordón que le cruza el pecho, recorrió la cenefa dorada de la camisa y descendió hasta las manos enfundadas con guantes de cabritilla. Luego me obligó a leer la inscripción que aparece a la derecha del cuadro debajo del marco de la ventana. Dice: “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años. A.D.” A través de la ventana se divisa un paisaje. Al llegar allí la mariquita misteriosamente desapareció después de enseñarme cómo se mira un cuadro.

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Sinéad O’Connor cuenta su insoportable verdad de una vez por todas

En su libro de memorias, ‘Remembranzas’ (que se publica en España el 21 de junio), la cantante detalla su inestable vida, desde los maltratos de su madre al ataque que sufrió por la industria musical pasando por sus últimos años en clínicas mentales

Sinéad O'Connor actuando en Holanda en 1989.
Sinéad O’Connor actuando en Holanda en 1989.MICHEL LINSSEN / REDFERNS

Los maltratos que sufrió Sinéad O’Connor cuando era niña por parte de su madre y que narra en sus memorias turban al lector. “Soy la niña que llora de miedo el último día antes de las vacaciones de verano. Tengo que fingir que he perdido el palo de hockey porque sé que si lo llevo a casa mi madre me golpeará con él todo el verano. Aunque tal vez prefiera el atizador de alfombras. Me hará desnudarme, me obligará a acostarme en el suelo y abrirme de piernas y brazos, a permitirme golpearme con el mango de la escoba en mis partes íntimas”.

Sinéad O’Connor (Glenageary, Condado de Dublín, 54 años) tenía comprometida esta semana una entrevista con este diario para hablar de Remembranzas. Escenas de una vida complicada, su libro de memorias que se publica en España el 21 de junio (Libros del Kultrum). Unos días antes la cita se suspende. “No está bien”, apuntan desde la editorial. A las pocas horas escribió un texto en su cuenta de Twitter informando de su retirada. “Este mensaje es para anunciar que ya no voy a hacer más giras y que me retiro de la industria de la música”. Jornadas después, dio marcha atrás: “Buenas noticias. Que se joda la retirada. Me retracto”.

Remembranzas viene a llenar un puñado de huecos cubiertos por especulaciones sobre la inestable vida de uno de los personajes más maleados de la industria cultural reciente. En estas páginas está su verdad, a veces dura de leer, que ella conoce mejor que nadie. Sí, se intentó suicidar cuando contaba 33 años, afectada, entre otras cosas, por la batalla para conseguir la custodia de sus dos primeros hijos (tiene cuatro). También confiesa su adicción a la marihuana, aunque ha probado casi todas las drogas: describe un día demencial con Dee Dee Ramone que empieza en el neoyorquino Hotel Chelsea cuando el bajista de The Ramones le invita a unos tripis.
Sinéad  O'Connor rompe la foto de Juan Pablo II en octubre de 1992 en el programa televisivo 'Saturday Night Live'.
Sinéad O’Connor rompe la foto de Juan Pablo II en octubre de 1992 en el programa televisivo ‘Saturday Night Live’. YVONNE HEMSEY / GETTY IMAGES

 

La cantante ajusta cuentas con algunos machos alfa del rock: “En su autobiografía, Anthony Kiedis [cantante de Red Hot Chili Peppers] confiesa que nos besamos. Eso nunca ocurrió. Dice que mantuvimos una especie de relación romántica. Sí, en sus sueños”. O se rebela ante la idea general de que el día que despedazó (en 1992) una imagen del papa Juan Pablo II en el programa Saturday Night Live supuso el detonante para tirar a la basura su hasta ese momento meteórica trayectoria. “Lo que hizo descarrilar mi carrera fue tener un disco en el número uno y romper la foto me devolvió al camino correcto. Tenía que volver a ganarme la vida actuando en directo. Porque he nacido para eso. No nací para ser una estrella del pop. Porque para eso hay que ser buena chica. No ser demasiado problemática”.

Sinéad O'Connor el día de su comunión en una imagen cedida por la cantante a la editorial.
Sinéad O’Connor el día de su comunión en una imagen cedida por la cantante a la editorial.

 

Puede que tenga razón la cantante irlandesa. O’Connor tenía 19 años cuando comenzó a conocer a los tiburones de la industria musical, que vieron muchas posibilidades en una chica con una voz que parecía salida de las profundidades de un alma lastimada. Ella no cantaba: entonaba salmos sanadores. Todos intuían que era una criatura malherida, pero nadie quiso echarle una manta por encima. Al revés: la intentaron encauzar. Le exigieron que se dejase el pelo largo, que se vistiese con faldas estrechas, que se mostrase sexi. Ella respondió poniéndose pantalones y rapándose. Y fue esa rebeldía, justo cuando comenzó su carrera, lo que en realidad provocó su descarrilamiento. Porque no se permite a alguien ingobernable en un mundo de controladores.

En muchas partes del libro la cantante muestra su desprecio por una industria musical a la que retrata de mezquina, capaz de presionarla para abortar cuando se quedó embarazada tres meses antes de lanzar su primer trabajo. O’Connor había tenido una infancia de palizas por parte de la madre. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía ocho años. El padre se quedó con la custodia de los cuatro hijos, pero Sinéad y John, su hermano menor, volvieron con la madre porque la echaban de menos. Durante siete años Sinéad sufrió abusos por parte de su madre. A los 14 ingresó en un “centro de rehabilitación para menores con problemas de conducta”. A los 15 se trasladó a un internado religioso. A los 17 se escapó.

Durante su infancia y adolescencia desarrolló una rebeldía a la vez que una profunda fragilidad. Cuando cumplió 18 su madre murió en un accidente de coche. Ya podía volar sin yugos. A mediados de los ochenta se metió a grabar su primer disco. La producción final no le gustó. Intentaron convencerla de que los arreglos celtas le harían vender más. No tragó: con solo 20 años se autoprodujo su primer álbum, The Lion and The Cobra (1987). El disco se coló entre los 30 más vendidos en Reino Unido y Estados Unidos. Pero el pelotazo llegó con el segundo, en 1990, I Do Not Want What I Haven’t Got, número uno en ventas y donde se incluye una canción por la que será recordada de por vida, Nothing Compares 2U, escrita por Prince. O’Connor escribe sobre su vida sin trampas dramáticas. Cuenta situaciones dolorosas, pero sin lagrimear. El lenguaje es seco y destila humor, sea del color que sea. A pesar de todos los abusos tiene palabras tiernas para su madre. “No pude dejar de pensar lo mucho que le habría gustado [a su madre] estar allí”, apunta cuando recibe un premio Grammy.

Kurt Cobain y Courtney Love muestran a su hija Frances Bean en compañía de Sinéad O'Connor en la ceremonia de los MTV Video Music Awards de 1993.
Kurt Cobain y Courtney Love muestran a su hija Frances Bean en compañía de Sinéad O’Connor en la ceremonia de los MTV Video Music Awards de 1993. KMAZUR / WIREIMAGE
La cantante repasa sus incomprendidas decisiones profesionales para un entorno que no acepta de buen grado las disensiones. Rechaza ir a recoger premios ante el enfado de la industria. “Soy una punk, en el sentido de que soy una gamberra, no una estrella del pop”, escribe. Uno de sus argumentos para no participar en ceremonias es denunciar los abusos a menores. Pero, “¿cómo se atreve esa pequeña advenediza irlandesa a asociar la música con el abuso a menores?”, narra refiriéndose a lo que pensaba el establishment musical. Cuenta que llegan a agredirla con un objeto punzante en una fiesta en casa del actor Eddie Murphy. El mundo contra ella. Pero no desfallece. Dedica 14 páginas a desglosar su encuentro en la casa de Prince, que, apunta, se salda con un acoso por parte del cantante. Ella logra escapar, pero la persigue con un coche hasta que la cantante logra que se marche al amenazarle con avisar a los vecinos.
En Londres, a finales de los ochenta, embarazada y con una camiseta que dice: "Usa condón". La imagen es de Kate Garner, cedida por Libros del Kultrum.
En Londres, a finales de los ochenta, embarazada y con una camiseta que dice: “Usa condón”. La imagen es de Kate Garner, cedida por Libros del Kultrum.
Se explaya con el incidente de la foto de Juan Pablo II. Afirma que lo hace para denunciar los abusos de la Iglesia. La imagen del Papa que rompe ante las cámaras pertenecía a su madre, devota. Cada decisión que toma en aquella época provoca rechazo. También entre compañeros de profesión. Frank Sinatra la llama “niña estúpida” por no querer que suene el himno de Estados Unidos antes de un concierto (”a menos que lo toque Jimi Hendrix todo himno plantea muchas y muy petrificantes asociaciones para los estirados del mundo”, indica), Madonna se burla de ella y asociaciones como la Liga Antidifamación convocan concentraciones para triturar sus discos. Algunas de aquellas decisiones de O’Connor adquieren otra perspectiva con el paso de los años. Como la más polémica, su denuncia de los abusos de la Iglesia encubiertos por la misma institución. En 2019 el papa Francisco puso fin al secreto pontificio sobre este espinoso tema. O’Connor se adelantó 27 años.

En la parte final de estas memorias describe su penosa situación de los últimos tiempos, con cuatro años recorriendo diversas instituciones mentales. Lo achaca a una histerectomía radical (extirpación de todo el aparato reproductor: útero, trompas, ovarios…) que desembocó “en una crisis nerviosa total” y que ella cree que el médico erró en el diagnóstico. En Remembranzas se habla poco de lo que pasó desde 1992 (solo comenta los discos grabados), ya que cuando su relato transcurría por ese año sufrió la crisis nerviosa de 2014. “Durante los cuatro años que tardé en recuperarme de la crisis no escribí nada más, y, para cuando me recuperé, era incapaz de recordar en gran medida todo lo que había ocurrido antes”, se justifica. Y añade sobre su situación entre 2014-2018: “Nadie que me conociera quería tener nada que ver conmigo. Estaba tan fuera de mí que todos me tenían miedo”.

Una de sus últimas apariciones en directo, en San Francisco, el 7 de febrero de 2020. Actúa con el hiyab después de convertirse al islam.
Una de sus últimas apariciones en directo, en San Francisco, el 7 de febrero de 2020. Actúa con el hiyab después de convertirse al islam. TIM MOSENFELDER / GETTY IMAGES

Confirma que sufre anorexia, agorafobia, que es fumadora compulsiva y denuncia que “siempre le están robando cosas”. Destaca que tiene cuatro hijos con cuatro padres diferentes. “Con uno de los cuales me casé. También me casé con otros tres hombres, pero ninguno de ellos es el padre de ninguno de mis hijos”. A pesar de toda esta familia, vive sola en su casa irlandesa. Siempre lleva el hiyab sobre la cabeza, ya que abrazó el islam en 2018. Desvela que tras cuatro años de inestabilidad, salió del hospital en 2018 con 8.000 dólares (6.500 euros) en el banco. Sus deseos ahora son editar un disco en enero de 2022 (que incluso ya tiene título, Veteran Dies Alone) e ir a la universidad para sacarse el título de auxiliar de enfermería.

Las memorias acaban con un epílogo/carta al padre, que todavía vive. En ella le exculpa tanto a él como a la madre de sus problemas mentales. Dice que nació con “una anomalía cerebral derivada del ADN de los O’Grady” (la rama materna), que se acentuó al sufrir un accidente con 11 años cuando esperaba en el andén del tren y un niño que viajaba en él abrió la puerta antes de que el vagón parara y golpeó violentamente en la cabeza de la cantante. Y concluye, con humor a pesar de todo: “Por lo tanto, aunque hubiera tenido por padres a san José y a la Virgen María y se hubiera criado en la Casa de la Pradera, tu hija seguiría estando más loca que una cabra y desquiciada como una regadera”.

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Una historia de Europa (III)

Una historia de Europa (III)

Luis M. Morales

En esto de empezar mencionando las civilizaciones orientales que influyeron en lo que después llamaríamos Europa, tocamos en anteriores episodios los palos de Mesopotamia y Egipto, aunque sobre los egipcios queda algún detalle a tener en cuenta. Con su escritura jeroglífica endiablada y sus pirámides misteriosas y hoy turísticas, buena parte de ese fascinante mundo de constructores de tumbas habría permanecido oculta para nosotros de no mediar dos acontecimientos culturales de campanillas. Uno fue el hallazgo en 1799 de la Piedra de Roseta; que, como su nombre indica, es una piedra grabada en griego, demótico y jeroglífico que sirvió para descifrar la escritura de los antiguos egipcios.

El otro gran momento, en 1922, fue el hallazgo de la cámara funeraria del faraón Tutankamon, que proyectó una extraordinaria luz sobre la historia del antiguo Egipto (prueba de la importancia que tuvo son las 18 páginas, nada menos, que siete años más tarde le dedicó la entonces fundamental enciclopedia Espasa). Aquel Egipto que hoy es menos misterioso de lo que fue, tuvo un papel importante en lo que poquito a poco, siglo a siglo, se convirtió en cultura del Mediterráneo y cuna de una civilización extensa y mestiza que a efectos de este relato podemos llamar europea; y por extensión, occidental. La primera Europa nació en realidad fuera de Europa: en ese Levante del que, entre muchas otras cosas, fueron viniendo la escritura, el comercio, los dioses, el aceite y el vino tinto. Y mientras en las brumas de los bosques continentales, poblados por hirsutos ceporros vestidos de pieles y brutos como la madre que los parió, se abrían paso muy despacio culturas locales menos refinadas y de horizontes técnicos, sociales e intelectuales más limitados (hasta los siglos VIII y VI antes de Cristo no empezó a utilizarse el hierro en el centro y norte de Europa), en aquel Mediterráneo Oriental, en el Egipto que estaba en contacto con los pueblos mesopotámicos y del Egeo, en torno al año 2100 a. C. ya podían leerse textos como Las amonestaciones, del que no se pierdan esto:“Los archivos han sido saqueados, los despachos públicos violados y las listas del censo destruidas. Los funcionarios son asesinados y sus documentos robados. Los pobres se han hecho dueños de cosas valiosas. Toda la ciudad dice: eliminemos a los poderosos. Las casas arden. Las joyas adornan los cuellos de los criados mientras las dueñas de las casas pasan hambre. Unos forajidos han despojado al país de la realeza. El rey ha sido secuestrado por el populacho”.

O sea que la modernidad, incluso revolucionaria, empezaba a aparecer de modo oficial, consignada por manos cultas y lúcidas en los primeros registros de la Historia. Aparecían las tempranas relaciones e incluso textos literarios que podemos considerar primeros bestsellers, como El cuento del campesino, las Instrucciones a Merikare (“Sé hábil en palabras. El poder del hombre está en el lenguaje. Un discurso es más poderoso que cualquier combate”) y el extraordinario El misántropo: “¿A quién hablaré hoy?Nadie se acuerda del pasado. Nadie devuelve el bien a quien ha sido bueno con él. La muerte está ante mí como cuando anhelas una casa propia tras haber estado prisionero muchos años”. Y lo que es todavía más importante, por el precedente que supuso: la religión establecida de modo oficial con sus arcanos y privilegios.

La clase sacerdotal adquirió una enorme influencia, los dioses fueron ya palabras mayores y el culto a los muertos y al Más Allá impregnó la vida local. Allí surgió también una de las más notables, si no primera, herejías de la Antigüedad: la del faraón Amenofis IV, que decidió cepillarse el gallinero de dioses egipcios para imponer el culto a uno nuevo y único: Atón, rey del universo, de quien el faraón (que se cambió el nombre por Akenatón) era hijo y encarnación torera en la tierra. La idea no fue original, pero sí lo fue su puesta en práctica por las bravas. Duró, todo hay que decirlo, mientras vivió ese faraón, porque a su muerte lo borraron hasta de los monumentos funerarios (los sacerdotes no le perdonaron haberlos dejado sin empleo). Sin embargo, la idea de un dios único y un monarca como su representante en la tierra siguió dando vueltas por ahí, y tendría un gran futuro aquí. Aunque de momento, y todavía, iban a pasar otras cosas interesantes que acabaron influyendo mucho en la historia de Europa. Una de ellas, que todavía nos pillaba lejos pero no tanto como parece, fue la lucha de los faraones contra un pueblo que emigraba desde Asia Menor: los pelest, también llamados filisteos. Que, rechazados por Egipto, se instalaron en un lugar de la costa mediterránea al que dieron su nombre: Palestina.

(Continuará)

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LA PRECIOSA INTERPRETACIÓN QUE HIZO FRANZ KAFKA SOBRE EL QUIJOTE

KAFKA LEYÓ EL QUIJOTE COMO NADIE ANTES LO HABÍA LEÍDO

La preciosa interpretación que hizo Franz Kafka sobre el Quijote

Hacía falta un hombre como Kafka para ver lo que nadie ve y producir la más genial y original interpretación de Don Quijote de la Mancha. Lo que define a Kafka es su mirada curiosa y silenciosa, su capacidad de soportar la tensión y de ver lo que nadie más ve (pues no pone la suficiente atención). Walter Benjamin escribió que no sabemos si Kafka rezaba, pero su capacidad de poner atención recordaba lo que había dicho Malebranche: “la atención es la plegaria natural del alma”. 

El pequeño cuento que a continuación compartimos fue titulado “La verdad sobre Sancho Panza”. Kafka admiraba profundamente el texto de Cervantes y produjo esta interpretación celebrada por Borges, pues constituye el punto exacto en el que la imaginación de estos dos escritores se encuentran, como los dos grandes genios de la literatura fantástica y de las interpretaciones alternativas de la literatura.

Al correr de los años, y gracias a una gran cantidad de novelas caballerescas y picarescas leídas en las horas vespertinas y nocturnas, Sancho Panza —quien por lo demás nunca se vanaglorió de ello— consiguió despistar de tal modo a su demonio —al que luego daría el nombre de Don Quijote—, que este acometió como barco sin remos las más locas hazañas, las cuales, no obstante, por falta de un objeto predestinado —que justamente hubiera debido ser Sancho Panza—, a nadie perjudicaron. Sancho Panza, un hombre libre, acompañó sereno a Don Quijote en sus andanzas, quizás por un cierto sentido de la responsabilidad, y obtuvo de ello una muy grande y útil diversión, hasta el fin de sus días.

El gran editor y escritor italiano Roberto Calasso analiza esta interpretación, que le parece la más bella que conoce:

Para Kafka, el verdadero y único protagonista no es Don Quijote, sino Sancho Panza. Este, atormentado por los demonios y para sobrevivir, tiene que inventarse a Don Quijote. Y lo más extraordinario es que, al final de las líneas que le dedica, Kafka dice que Sancho Panza es un hombre libre. Es la única vez que menciona la palabra libre. En esta transferencia de demonios, Kafka es como Sancho Panza.

Y ese es el punto esencial: Kafka se identifica secretamente con Sancho Panza. Él también ha creado toda su literatura, él como nadie más, para lidiar con sus demonios, para transformarlos o transferirlos. ¿Qué es la gran literatura sino una forma de transferir demonios o de capturar al Espíritu? La literatura de Kafka está poseída por estos demonios, algunos de ellos abstractos, y siempre con una dimensión metafísica. Don Quijote es el sueño mágico, el sueño curativo de Sancho Panza, de la misma manera que lo es Gregorio Samsa para Kafka o de una manera más enigmática y pesadillesca lo que le sucede a K en El Castillo y a Josef K en El proceso. Queda, sin embargo, la pregunta: ¿era Kafka un hombre libre?

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Agravios, desprecios, inquinas y otras virtudes literarias

Las entrevistas a personalidades de la cultura del siglo XX recogidas en ‘Retratos a medida’ rezuman, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana

Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 - 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.
Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 – 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.LUIS R. MARÍN (FUNDACIÓN PABLO IGLESIAS)

 

En el pequeño entramado de calles del madrileño Barrio de las Letras convivían en el Siglo de Oro como vecinos, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Góngora. Cervantes y Calderón de la Barca. No hay guía turístico que deje de explicar a los visitantes como nota característica de esos escritores, más allá de la magnitud de su obra, los insultos que se lanzaban, la inquina que se profesaban, el ingenio que utilizaban para zaherirse unos a otros. Quevedo odiaba a Góngora hasta el punto de comprar la casa donde vivía para desahuciarlo y regularmente le mandaba raciones de tocino para infamarle como judío converso y de su nariz hizo un soneto demoledor. Por su parte, Góngora se limitaba a llamarle cegato y patizambo. Lope era un triunfador y Cervantes un genio sin lectores, pero ambos se tenían unos celos muy consolidados. En esas callejuelas se respiraba entonces el aire viciado de la envidia y del resentimiento que no ha cesado a lo largo de la historia de toda la literatura española, en la que el éxito suele ir acompañado de la maledicencia y del escarnio. Cuanta más gloria más vilipendio, cuanto más talento más desprecio.

La Fundación del Banco Santander ha publicado el libro Retratos a medidaun conjunto de entrevistas a personalidades de la cultura española de la primera mitad del siglo XX en las que el alma de esta gente famosa rezuma, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana. Un periodista le pregunta a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Y don Pío contesta:” Con ese tío yo no voy a ninguna parte”.

Un periodista le preguntó a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Contestó: ”Con ese tío yo no voy a ninguna parte.”

Resulta que un domingo lo citó en un café para charlar. Enseguida Unamuno tomó la palabra y sin dejarle abrir la boca ni pedirle consentimiento empezó a leerle entera su novela Amor y pedagogía, de cabo a rabo. Al salir muy aturdido del café se encontraron con Valle Inclán. “Los presenté ―dice Baroja―. Los dos eran igualmente de intolerantes y enseguida se pudieron a discutir. Íbamos los tres por la calle, ellos discutiendo a gritos y yo tratando de que no riñeran. Pero a los cien pasos me cansé de oírlos y los abandoné en una esquina, a punto de desafiarse”.

Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.
Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.ALFONSO

Valle Inclán era un trolero, según Baroja. Una noche iban los dos por la calle y de repente, ya de madrugada, presenciaron una pelea a navaja entre dos tipos que acaban de salir de un garito de juego. Uno de ellos malherido comenzó a gritar y a oír los gritos acudieron los municipales quienes detuvieron al matón. Baroja y Valle presenciaron la reyerta sin poder hacer nada, pero Valle se inventó que fue él, como un héroe, quien con su propia y única mano desarmó al hombre de la navaja, lo asustó y lo prendió y a continuación con todo lujo de detalles escribió su hazaña en el periódico”. Y lo peor es que me ponía a mí de testigo” ―cuenta Baroja―. Pero yo conté la verdad de lo ocurrido y Valle se enfadó conmigo. En un banquete que le dimos al pintor Echevarría, a los postres Valle gritó: Baroja cree que la literatura es la fotografía. Eso lo decía por haberle pillado en la trola”.

Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista 'Caras y Caretas', Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.
Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista ‘Caras y Caretas’, Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.

La misma trampa literaria le echaba Baroja en cara a Galdós, quien escribía de muchos lugares donde no había estado nunca. Los describía sin verlos. Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras. “Hubo un tiempo ―dice Benavente― en que apenas había en España y en América escritor principiante o prestigioso que no se metiera conmigo o con mis obras. Meterse con mi teatro hacía intelectual a la gente. En las revistas y periódicos de la juventud literaria era de cajón meterse conmigo desde el primer número”. No obstante, en este caso no se produjo el hecho tan español de escribir a la Academia sueca para oponerse a que le dieran el Nobel de Literatura como hicieron con Echegaray, a quien en las tertulias lo denominaban el Gran Idiota. Hasta el punto de que Valle y sus amigos mandaron una carta solo con este insulto en el sobre sin más señas ni dirección y la carta llegó a su destino.

Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras

El ingenio de Juan Ramón Jiménez para inocular su mala baba contra los poetas de su generación incluso contra algunos de sus discípulos y admiradores era extraordinario. “Vengo de casa de Antonio Machado. Sobre un montón de libros y papeles depositados en una silla había un plato con dos huevos fritos”. Según su humor unas veces Juan Ramón decía que Machado se había sentado sobre los huevos fritos y otras veces no. Rubén Darío decía: Las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero”. Baroja replicó:” Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio”. Aunque hoy insultarse abiertamente ya no se lleva, se podría escribir la historia de la literatura española solo a través de los agravios, envidias, desprecios e inquinas. Y no por eso dejaría de ser admirable.

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Bertrand Russell y Confucio sobre la democracia

En el Monte Tai Confucio vio a una mujer que lloraba sobre una tumba. Había enterrado ahí a su suegro, a su esposo y a su hijo, muertos los tres en aquel paraje por un tigre. Confucio preguntó a la mujer por qué seguía viviendo en aquel paraje. La mujer respondió: “Porque aquí no hay gobierno opresor”. Confucio dijo : “Los gobiernos opresores son peor que los tigres”.

Con esta anécdota empieza Bertrand Russell su ensayo “La doma del poder” (1938). Sigue Russell:

“La protección de las minorías, parte esencial de la doma del poder”

* “El problema de la doma del poder es muy antiguo. Los taoístas lo juzgaron insoluble. Los confucianos confiaron en que cierta ética y algún entrenamiento de gobierno podrían dar a los poderosos moderación y benevolencia. Mientras, en Grecia, competían por imponerse la democracia, la oligarquía y la tiranía; la democracia trataba de limitar los abusos del poder, pero caía derrotada sin cesar víctima de la popularidad temporal o de algún demagogo. Platón, como Confucio, pensó que la solución era el gobierno de los sabios”.

* “El mundo ha probado la autocracia militar, la monarquía hereditaria, la oligarquía, la democracia y el poder de los Santos, la dictadura ejercida por Cromwell y revivida en nuestros días por Hitler y Stalin. Todo esto indica que nuestro problema de la doma del poder no se ha resuelto”.

 

* “Los méritos de la democracia son negativos: no garantiza el buen gobierno, pero evita ciertos males”.

* “La historia muestra que las minorías no son confiables para cuidar de los intereses de las mayorías”.

* “La vida social exige cierta imparcialidad. Y dado que en tantos asuntos la acción colectiva es indispensable, la única forma de imparcialidad en ellos es la regla de la mayoría”.

* “Es posible que la mayoría ejerza una tiranía brutal sobre una minoría… La protección de las minorías es parte esencial de la doma del poder”.

* “La separación de los poderes de Montesquieu, y todo el liberalismo inglés decimonónico, fueron pensados para evitar el ejercicio arbitrario del poder, [porque] la historia y la psicología muestran cuán temerario es esperar benevolencia de un poder irresponsable”.

* “Para triunfar y durar, la democracia exige un espíritu tolerante, no mucho odio, y poco amor por la violencia”. _

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POEMAS PARA ESTAR EN PIJAMA: LAS PALABRAS DE LOS SUEÑOS

QUÉ FASCINANTE ES ESE MOMENTO DONDE ESTAMOS MEDIO DORMIDAS, MEDIO DESPIERTAS. QUÉ PECULIAR ESE MOMENTO DONDE, SIN CONCIENCIA, NOS SALIMOS DE NOSOTRAS MISMAS.
Poemas para estar en Pijama: Las palabras de los sueñosSolía compartir pieza con mi hermana chica. Fue ella la primera persona que escuché hablar dormida, seguro que a ella le pasó lo mismo conmigo. Las dos somos durmientes parlanchinas. ¿Por qué hablamos mientras dormimos? Una vez le pregunté a mi sicóloga y me dijo que era la cabeza la que no se apagaba. Cuando soñamos, los músculos, la boca, las cuerdas vocales se encuentran inactivas, pero en la somniloquia estos se activan y trabajan para enunciar las palabras de los sueños. 

Y aunque al dormir nuestro cuerpo descansa, no dejamos de escuchar ni sentir olores y mucho menos se apaga el tacto. Por algo no es raro soñar que volamos: los pies no tocan el suelo, el cuerpo está horizontal (es casi una ecuación sensorial). 

Sin embargo, hay una diferencia importante entre el yo sintiente dormido y el yo sintiente despierto. Según Henri Bergson, el yo de los sueños es un yo relajado, que con delicadeza escoge entre las miles de sensaciones que le llegan y las ajusta de acuerdo a sus recuerdos, deseos e impresiones del día. Un contraste que podría sonar similar al poema Reposar, de Silvia Goldam:

el nombre no es mío es de ella en el fondo de su pie se agita el afuera y la familia que ella es dentro del aire oloroso piedra con piedra en la claridad del nosotros es pozo que toca su pérdida es niña que pasa en rincón que no sale es mujer que gana por herida es aire blandiendo lo sentido lo que no gravita es la cena es los hechos es el dedo que pone su mañana es la espalda en que ella corre es lo que la tumba. Juntar los cuerpos con lo grave. Reposar. 

Justo antes de rendirnos al sueño lo que nos rodea se disuelve, como si de pronto nos empapara una materialidad líquida. En su Breve disertación sobre el final, Anne Carson se pregunta por la diferencia entre la luz y la iluminación, y responde con un cuadro de Rembrandt:

Es una imagen de la tierra, del cielo y del Calvario. Cae un momento sobre ellos como lluvia, la placa se oscurece. Se oscurece. Rembrandt te despierta justo a tiempo para ver cómo la materia se tambalea hasta perder la forma.

“La materia se tambalea hasta perder la forma”, eso es justo lo que sucede antes de dormir. Luego, cuando ya caminamos por los sueños, podemos imaginarlo como el poema 17 en Árbol de Diana, de Alejandra Pizarnik:

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por eso días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y mis numerosos funerales. 

En sus memorias Luis Buñuel dice que si tuviera que elegir, preferiría pasar su vida durmiendo, porque las imágenes de los sueños lo fascinan. Se trata del placer de soñar. Es increíble imaginar (casi asusta) que cada noche millones y millones de imágenes aparecen en nuestras mentes cuando dormimos y que éstas se disuelven al despertar, dejando la tierra poblada de sueños perdidos. ¿Y cuántas palabras quedarán sin escuchar? Imposible llevar la cuenta. 

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Dos piezas surrealistas de la historia de España

Franco escondido en la bañera durante la sanjurjada y Pilar Primo de Rivera como posible esposa de Hitler son algunos de estos extraños episodios nacionales

Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.
Francisco Franco y Adolf Hitler en Hendaya (Francia) en 1940.

 

1. Conocí a Pedro Sainz Rodríguez en los últimos años de su vida. Era el modelo del gordo listo, incansable y sutil, que desde su juventud, moviéndose en la sombra, había estado presente detrás de la cortina en todos los fregados políticos: en el cuarto de baño con la querida del nuncio apostólico Tedeschini para arrancarle unas cartas comprometidas; en la conspiración de la sanjurjada del 10 de agosto de 1932 contra la República, en los preparativos del Alzamiento del 18 de Julio, en las maniobras de la Monarquía durante 40 años junto a don Juan en Estoril para recuperar el trono. A veces me invitaba a comer y mientras le caía la sopa por la comisura hasta la servilleta, que llevaba anudada como un niño en el pescuezo, me contaba historias muy surrealistas.

—Mire usted, los que dicen que Franco se rajó en la sanjurjada mienten. Yo estaba presente en la entrevista en el restaurante Camorra de la cuesta de las Perdices, a la que acudimos los tres después de burlar a cuatro policías, y allí Franco le dijo a Sanjurjo: “Yo no le doy mi palabra de sumarme a su alzamiento, no se lo prometo; haré lo que sea, según las circunstancias; lo que le aseguro es que si el Gobierno decide mandar fuerza para dominar ese movimiento, yo no iré y, además, procuraré que no vaya nadie. No haré nada para que usted no triunfe”. Franco no se metía en líos porque temía perder su carrera. Por aquellos días para tratar de convencerlo lo cité en el pequeño hotel de la calle Victoria donde yo vivía en esos días. Llegó un poco alterado porque creía que lo habían seguido. Después de estar un buen rato charlando sonó del teléfono interior. Era el conserje que preguntaba si un señor había subido a mi habitación. Al oír esto Franco pensó que la policía lo iba a detener y se tumbó en la bañera detrás de las cortinas. Era simplemente el taxista que había traído a Franco y preguntaba si iba a bajar porque no le había pagado la carrera. Y cuatro años después le costó muchísimo unirse al alzamiento del 18 de julio. Exigió que le pusieran 40.000 duros en Italia y, aun así, la contraseña para sumarse a Mola fue un telegrama en el que se declaraba fiel a la República, por si las moscas. Franco era muy cauto. Por ejemplo, cuando se mató Mola y en el lugar del accidente se levantó un obelisco, en el Consejo de Ministros le dijimos que debía ir a inaugurarlo. Se negó en redondo: “No. no, aquello es un valle muy peligroso y puede llegar un avión rojo y soltarme una bomba”.

2. Un día le pregunté al escritor Ernesto Giménez Caballero cuál había sido el momento cumbre de su azarosa vida. Sentado en un sillón abacial allí en su estudio comenzó a agitar los brazos como las aspas de aquel molino que Don Quijote había confundido con un gigante y con una locura muy parecida, me dijo:

“El momento cumbre de mi vida sucedió durante una cena en Berlín, dos días antes de la Nochebuena de 1941, invitado a casa de Goebbels. Fuera sonaban las alarmas de bombardeos y se oían los clamores de las patrullas de la Gestapo. Antes de cenar yo le había regalado a Goebbels un capote de luces para que toreara a Churchill, y en eso Goebbels tuvo que salir porque lo llamó Hitler. Al quedar a solas con Magda, su mujer, en un salón privado donde ardían los troncos de la chimenea, me creí arrebatado por una fuerza superior y le expuse mi grandísima visión, la posibilidad de reanudar la Casa de Austria que se había interrumpido con Carlos II el Hechizado. Magda estaba sentada frente a mí en un sofá de raso verde y oro. Pero luego hizo que me acercara a ella para ofrecerme una copa de licor que calentó con las manos y humedeció levemente los bordes con los labios. En aquel ambiente de ascua y pasión, sentí que iba a jugarme la carta de un gran destino, no sólo mío, sino de mi patria y del mundo entero. Entonces le propuse la fórmula para llegar al armisticio de Europa reanudando al mismo tiempo la estirpe hispano-austríaca. Se trataba de casar a Hitler con una princesa española de nuevo cuño, como Ingunda, Brunequilda o Gelesvinta. Sólo había una candidata posible por su limpieza de sangre, su fe católica y sobre todo por su fuerza para arrastrar a las juventudes españolas: ¡Pilar Primo de Rivera! Había que casar a Hitler con la hermana de José Antonio. Al oír esto los ojos de Magda se humedecieron de emoción. Tomó mis manos y las estrechó con las suyas. Y acercando su boca a mi oído musitó el gran secreto: “Su visión es extraordinaria y yo la haría llegar con gusto al führer, pero resulta que HitIer tiene un balazo en un genital y es impotente desde sus tiempos de sargento. No hay posibilidad de continuar la estirpe. Lo de Eva Braun no es más que un tapadillo para disimular”.

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Una historia de Europa (II)

Luis M. Morales

Van a permitir que también hoy me tome la libertad. La intención de esta serie de artículos en los que ustedes y yo (si les parece bien y no me dicen que pare), iremos comentando poquito a poco los más o menos 30 siglos que, para bien y para mal, hicieron de los europeos lo que ahora somos, es largar un episodio de vez en cuando, alternándolo con los que se refieran a otros asuntos. Lo mismo que hice en otro tiempo con aquella Una historia de España que tuvieron la amabilidad de soportar. Lo que pasa es que, como la primera entrega de esta historia de Europa salió el sábado pasado, tal vez sea oportuno, antes de empezar con las alternancias, calentar un poquito más colocándoles otra seguida, para que la tercera, cuando se publique dentro de dos o tres semanas, aterrice ya con más ambiente.

Le decía en el primer episodio, me parece, que dos o tres influencias previas, exteriores, no pueden ser pasadas por alto respecto a los primeros balbuceos de nuestra vieja historia. De su nacimiento, por decirlo de alguna manera. Una es la cultura o culturas mesopotámicas, que como vimos tuvieron su intríngulis; y otra, más conocida por nosotros, es el antiguo Egipto: las pirámides, los faraones y tal. Lo de los egipcios no es ninguna tontería porque, turismo y momias aparte, su peso en el Mediterráneo de la antigüedad fue decisivo. Si nuestros abuelos fueron, por decirlo de alguna manera, los pueblos del mar Egeo, a mesopotámicos y egipcios hay que reconocerles la condición de tíos abuelos e incluso, en algunas cosas, tatarabuelos de pata negra. También a los hebreos, pero cada cosa a su tiempo.

En principio fue el Nilo, y ahí está la madre del cordero. Sin ese río larguísimo, Egipto sería un desierto. Pero sus crecidas, que aportaban agua y limo necesarios para la vida, la agricultura, la caza y la pesca (hasta el calendario egipcio era un calendario agrícola), a partir del momento en que pudieron controlarse dieron lugar a una civilización que fue la más refinada, poderosa e influyente de la antigüedad preclásica. El Egipto que conocemos como tal, el de los faraones, nació hacia el 3150 antes de Cristo, más o menos, con nombres legendarios a los que, dicho en cursi, velan las brumas del pasado: el Rey Escorpión, Menes (que fundó Menfis), el Rey Serpiente, e incluso una reina (la primera faraona antes de Lola Flores) que tuvo un nombre precioso: Meyrt-Neit. Entre unos y otros, sucediéndose, asesinándose y casándose entre hermanos, que eran cosas típicas de los reyes de entonces, fueron fundando dinastía tras dinastía. Treinta y una de ellas hubo, nada menos, hasta que Alejandro Magno, como contaremos en su momento, se apoderó del país en el siglo IV antes de Cristo y se acabó la fiesta.

La historia de ese lugar asombroso se mueve entre dos tendencias por las que pasaron todos los imperios que en el mundo han sido: poder absoluto muy centralizado, que se corresponde con tiempos de máximo esplendor, y anarquía y fragmentación en pequeños reinos y principados, o sea, ruina patatera. Pero entre pitos y flautas aquello duró mucho. Por su situación, el antiguo Egipto tenía todas las papeletas para convertirse en potencia y encrucijada de culturas. El valle del Nilo comunicaba por abajo con el Mediterráneo, lo que suponía intenso comercio con el Egeo, y por arriba con las riquezas del África negra. Además, hacia levante se relacionaba con Siria, Palestina, Mesopotamia y los pueblos orientales; así que, menos por la parte occidental de Libia (habitada por gente más bien desértica y bruta), de donde solían venir los enemigos, todo estaba bajo control. El comercio, los intercambios y la cultura circulaban en varios sentidos, había viruta y en qué gastarla. Aquello era Hollywood. Arquitectos a los que Calatrava sólo serviría para llevar un café, ejércitos entrenados, aliados útiles y una administración eficaz hicieron de Egipto lo que hoy fotografían los turistas: una civilización moderna, poderosa y apabullante.

No hay mucha historia escrita de allí, y es una lástima. No conocemos historiadores egipcios como luego serían los griegos y los romanos. En templos y edificios oficiales hubo anales y cosas parecidas, pero casi todo se perdió, y lo más viejo que se conserva, del siglo XIII-XII antes de Cristo, son listas en piedra y papiro con nombres de faraones (alguno con nombre de película de Almodóvar, como un tal Pepi). Sin embargo, con el tiempo, sucesos que parecen sacados de una novela de aventuras y misterio iluminaron parte de ese mundo olvidado. Pero eso, para darle emoción al asunto, se lo contaré a ustedes en el siguiente episodio.

(Continuará)

https://www.milenio.com/opinion/arturo-perez-reverte/escrito-en-espana

Signos en fuga: Moliner y Gabo

Luis M. Morales

La memoria lingüística es la principal herramienta de la creación literaria, porque un escritor que olvida o ignora la palabra precisa para expresar una idea cae sin remedio en la vaguedad o en el galimatías. Los diccionarios de sinónimos no sirven de mucho en esa búsqueda, porque toda afinidad entre vocablos tiene un carácter parcial. Resignarse a la aproximación semántica por no haber alcanzado la exactitud empobrece el estilo tanto como las cacofonías y la falta de ritmo. A veces nos esforzamos en vano por recordar palabras que nunca existieron, pero cuando eso sucede, lo que falla no es la memoria sino la morfología de la frase. Los filólogos con mala memoria tampoco pueden realizar con acierto su principal tarea: custodiar el vínculo entre significantes y significados, cada vez más amenazado por la banalidad mediática y la demagogia populista. Sin una memoria colectiva que defienda el recto sentido de las palabras, la incomunicación entre adversarios ideológicos desemboca en una pugna visceral donde siempre se impone la ley del más fuerte o del más gritón. Preservar ese acervo es la mejor arma contra la tergiversación sistemática del lenguaje que busca divorciar a los miembros de una comunidad.

En apariencia, la gimnasia del intelecto es una de las mejores vacunas contra el síndrome de Alzheimer, la demencia senil o la arterioesclerosis cerebral, los nombres científicos de la amnesia crónica. Pero a finales del siglo XX y principios del XXI, la lengua española sufrió dos arteras mutilaciones que refutan o relativizan la utilidad de esa profilaxis, pues nadie las puede atribuir a la pereza mental de sus víctimas: la desmemoria progresiva de María Moliner, la benemérita autora del Diccionario de uso del español, el mejor de nuestro idioma, y la trágica pérdida del lenguaje que García Márquez padeció al final de su vida, tras haberla presagiado en Cien años de soledad.

El caso de María Moliner ha sido llevado a escena en El diccionario, una estupenda pieza teatral de Manuel Calzada Pérez, reestrenada hace poco en el teatro Héctor Mendoza de Coyoacán. Aguda y conmovedora reflexión sobre el eclipse de la memoria, la obra narra la heroica lucha solitaria de María Moliner por librar a nuestro idioma de los agujeros negros que introdujo en su léxico la Real Academia de la Lengua Española durante la dictadura franquista. El mayor mérito de Moliner no fue acumular una enorme cantidad de información sobre el español hablado en ambas orillas del Atlántico, sino redefinir palabras como “dictador” o “libertad”, adulteradas por el ideario fascista de la Academia, y evitar círculos viciosos entre palabras afines. La formidable depuración emprendida por Moliner la convierte, sin exagerar, en una figura de la talla de Antonio Nebrija, el autor de la primera gramática de la lengua castellana. Cuando empezaba a corregir la segunda edición de su diccionario, que dejó perplejo al mundo cultural de habla hispana, la gran filóloga comenzó a padecer lagunas mentales, que se fueron agravando con el paso de los años hasta inutilizarla por completo. En la obra de Calzada Pérez, una conmovedora metáfora escénica, el derrumbe paulatino de una pared formada con fichas de trabajo, representa su inexorable hundimiento en las sombras.

Mientras veía caer ese muro de fichas blancas recordé los empeños de Aureliano Buendía por escribir los nombres de las cosas y las ideas cuando azota a Macondo la peste del insomnio y después, la peste del olvido. Obligado a fabricar una “máquina de la memoria” compuesta por más de 14 mil fichas, con la que podría repasar cada mañana la totalidad de sus conocimientos, Aureliano teme, sin embargo, que también ese tesoro verbal “habría de fugarse sin remedio cuando olvidara los valores de la letra escrita”. Por una cruel paradoja, García Márquez fue perdiendo esos valores a partir de 2005, el primer año de su vida adulta en que no pudo escribir una sola línea, porque a diferencia de Aureliano, cuando las palabras lo abandonaron él no tuvo un brujo Melquíades que lo librara del maleficio. Si cualquier enfermo de Alzheimer se angustia al percibir su irremisible retorno a los balbuceos de la primera infancia, ¿cómo habrá sido esa tortura para un genio de la seducción verbal, con una aguda sensibilidad para modular el ritmo de la prosa? El incendio de esa selva tropical es quizá la devastación más terrible que ha padecido el ecosistema de nuestra lengua. Si la amnesia total aniquilara de golpe la lucidez, el sufrimiento de quienes la sufren sería menos desolador. Pero los dioses han querido, tal vez por falta de empatía con el género humano, que las mentes mejor amuebladas de las letras hispánicas asistan a su lenta demolición y ni siquiera puedan nombrarla.

https://www.milenio.com/opinion/enrique-serna/con-pelos-senales