Una historia de Europa (V)

Una historia de Europa (V)

Érase una vez una montaña alta y sagrada a la que llamaban Olimpo, que estaba en lo que hoy llamamos Grecia. En torno a esa montaña, por la época en que los judíos salían de Egipto en busca de la tierra prometida, unos trece o catorce siglos antes de que naciera Cristo y más o menos cuando los hombres empezaron a usar el hierro en lugar del bronce, se fue formando un país que todavía entonces eran muchos pueblos y ciudades, hechos (como casi todos se hicieron) de invadidos e invasores.

En vez de un solo dios, aquellos fulanos tenían varios que vivían en plan familia Telerín en ese monte griego. La gente no les rezaba para que perdonasen sus pecados ni para ser mejores personas, sino para cosas prácticas como tener buenas cosechas, viajar seguros, degollar y esclavizar a los enemigos, disponer de pan para comer, agua para beber, fuego para calentarse y llegar a viejos en el mejor estado posible. Para eso ofrecían sacrificios derramando vino, matando animales (hecatombe significa sacrificar cien bueyes), les dedicaban bailes, cánticos y cosas así. La peña era también muy supersticiosa, y de que un ave volase a la derecha o la izquierda, de unos relámpagos o de cualquier chorrada así dependía librar batallas, viajar y toda clase de iniciativas. Incluso, en un lugar llamado Delfos, había un chiringuito de adivinación del futuro al que llamaban Oráculo, donde se formaban colas para preguntar; y como las respuestas siempre eran ambiguas, cada cual las interpretaba a su manera.

Ibas y preguntabas si tu marido te engañaba con la esclava de casa, el oráculo respondía “Todo puede ser”, y tú, como estabas de tu marido hasta la bisectriz, al volver a casa lo envenenabas haciéndole un salmorejo con cicuta. Todo eso, como digo, giraba en torno a una religión presidida por una docena de dioses principales y un montón de secundarios, que a su vez generaron infinidad de subcontratas gestionadas por semidioses, héroes y otros personajes hasta formar una multitud fascinante, que a su vez generaría unas leyendas y una literatura sin cuyo conocimiento es imposible comprender los símbolos y referencias de la Europa que venía de camino. En cuanto a los moradores del Olimpo, los dioses principales no eran buenos y virtuosos como imaginamos a los de ahora. Al contrario, eran adúlteros, lujuriosos, envidiosos, violadores, incestuosos, coléricos, tramposos e impresentables. Unos verdaderos hijos de puta. Además, cada uno tenía sus seres humanos preferidos, favoreciendo a unos y fastidiando a otros. Zeus, que después sería el Júpiter romano, era el padre y rey de todos, la máxima autoridad, aunque los otros, sobre todo las diosas, se choteaban de él y lo engañaban como a un chino de los de antes.

Su legítima señora era Hera, la Juno romana, cuyo cuñado Poseidón (el Neptuno del tridente), hermano de Zeus, era rey del mar, capaz de generar tormentas y apaciguarlas por la cara. Hefesto o Vulcano, el dios del fuego, era cojo, feo, gruñón, curraba en una fragua, y en ella lo pintaría Velázquez muchos siglos después. Dionisio, más conocido hoy por Baco, era un borracho que te rilas; y Ares, o sea Marte, dios de la guerra, un psicópata militarista que sólo era feliz cuando había batallas y masacres de por medio. PUBLICIDAD Hermes (el Mercurio de los romanos), mensajero de los dioses, había salido el listo de la familia, dotado para los negocios y las juntas de accionistas. Artemis, luego Diana, aficionada a cazar y pasear por los bosques con arco y flechas, no quería ver a los hombres ni de lejos y era la feminista de la familia.

Atenea o Minerva, nacida de un martillazo que Hefesto le dio a Zeus en la cabeza, salió medio guerrera, tenía los ojos verdes y era diosa de la sensatez y la sabiduría (no es casual que la clave del conocimiento se atribuyese a una mujer y no a un hombre). Otros parientes eran Vesta, que presidía el hogar familiar, Ceres, diosa de la agricultura, y Plutón, que gobernaba el mundo subterráneo y vivía bajo tierra, en plan topo. Mención aparte merecen Apolo, que era el guaperas de la familia y conducía una especie de Ferrari celeste, y Afrodita, o sea, nada menos que Venus: la diosa de la belleza y del amor, la Marilyn Monroe del Olimpo. Una señora espectacular, de las que paraban la circulación de las cuadrigas cuando salía a darse una vuelta por el mundo. La guapa entre las guapas. Y que nos viene de perlas para cerrar este episodio, porque en el siguiente veremos cómo ese mismo bellezón, al aceptar una manzana de manos de un simpático chaval llamado Paris, lió un pifostio considerable que acabaría llamándose Guerra de Troya. Con la que nuestra vieja Europa, por así decirlo, iba a entrar ya en serio en la Historia. 

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Algunas lecciones aprendidas en la hamaca

Una galería de libros y escritores que marcaron los veranos lectores del autor

La escritora británica Virginia Woolf, fotografiada en Londres, sin fecha exacta.
La escritora británica Virginia Woolf, fotografiada en Londres, sin fecha exacta.AF KK / ASSOCIATED PRESS

Desde aquellos largos veranos de la adolescencia en los que tumbado en la hamaca combatía el tedio leyendo, algunos autores han dejado un sello indeleble en mi memoria literaria. Reconozco haber recibido un aprendizaje insoslayable de Albert Camus, de quien, al principio, solo me atraía la imagen estética que proyectaba en las fotos: pero más allá de su gabardina de trinchera y del cigarrillo Gitanes que humeaba entre sus dedos lo que me sedujo fue el placer sin culpa frente al absurdo, como una pulsión del sol sobre la piel, que liberaba su tersa escritura. Lo imaginaba adolescente subido a los topes del tranvía bajando hacia las playas de Argel a pegarse un baño. O sentado en una terraza siguiendo con la mirada a las muchachas de faldas floreadas que pasaban por el bulevar. En el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura subrayó el compromiso moral del escritor: no estar nunca de parte de quienes hacen la historia sino de cuantos la sufren.

Joseph Conrad me enseñó que a la hora de embarcarse hay dos clases de marineros: los que lo hacen apesadumbrados porque dejan atrás mujer, hijos, amigos y placeres sedentarios y los que suben a bordo felices por haber logrado sacudirse de encima deudas, pendencias y falsas promesas de amor poniendo todo un océano por medio durante un largo tiempo. Conrad pertenecía a esta segunda clase de marineros. También como escritor era de los que sabía de lo que hablaba porque lo había vivido, gozado, sufrido, reído, llorado, todo de primera mano. Conrad no tiene una sola página ridícula.

En cambio, la lectura de Viaje al fin de la noche, de Celine, me llenó de dudas de las que aún no he logrado salir. La sensación de ruptura que daba la forma rota y desenfadada de escribir, su estética de la maldad puesta al servicio de un arrebatado nihilismo hizo estragos en las librerías. ¿Puede la dureza de corazón ser un excipiente de la belleza? ¿Puede el arte ser una eximente de la maldad de su creador? Lo ignoro todavía. Es bien sabido que el éxito unido al resentimiento suele generar una carga muy explosiva.

 

Virginia Woolf realizaba el mismo juego estético que ejercían sus amigos del Grupo de Bloomsbury, en ella mucho más arriesgado porque era su forma de romper el dogal que la ahogaba, una actitud radical que la convertiría en una bandera del feminismo, pese a que vivía rodeada de enfermeras y doncellas, de maletas y baúles de loneta para viajes y regresos, de fiestas e invitados. En aquel tiempo de moral victoriana vestir pantalones de hombre, ser sufragista, fumar en público cigarrillos egipcios, dar charlas en un círculo obrero siendo una señorita de alta sociedad y enamorarse de su amiga la poeta Vita Sackville-West, esposa de un lord, y vivir con ella una relación lésbica, fue para Virginia Woolf un juego, pero esta escritora comenzó a labrar una literatura en la que el tiempo se convertía en un fluido de la conciencia. Fue la primera en oír voces superpuestas, las mismas que vulneraban su mente. Y por eso ha pasado a la historia.

Leyendo a Scott Fitzgerald imaginaba que París era entonces un barrio con el que soñaban los seres privilegiados de Nueva York y la Costa Azul una proyección solar de París. La literatura de este escritor estaba llena de toldos blancos y azules, de sombreros flexibles y bañadores femeninos con rayas de avispa, pantalones de pliegues y chaquetas de color manteca. En ese espacio galopaban o navegaban a bordo de sí mismos Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, sin que para ellos las noches terminaran nunca; él siempre felizmente ebrio, ella frívola, inestable, bellísima e imaginativa. Al principio de la galopada era una de esas parejas rutilantes que al entrar en una fiesta hace que los músicos, llenos de admiración, paren la orquesta. Scott Fitzgerald consiguió describir con intensidad, gracia y maestría la pompa de jabón que se estableció en el aire de París y de Nueva York en el periodo de entreguerras dentro de la cual sonaba música de jazz, bailaban criaturas vanas, había grandes fiestas como la cima de todos los sueños y más allá un Martini, dos, tres y luego nada, la destrucción.

Este absurdo vital nada tenía que ver con el nihilismo poético, lleno de humor, de Samuel Beckett de quien supe que solo tenemos dos certezas: la de haber nacido y la de que tenemos que morir y que la vida no es más que un breve caos entre dos silencios eternos, una danza alucinante que nos vemos obligados a bailar, del mismo modo que el sol sale todos los días porque no tiene otra alternativa.

Y al final, para los días de lluvia en otoño de mi vida estaba Pessoa, en cualquiera de sus heterónimos, siempre Pessoa y sobre todo aquel viaje a Cascáis en tranvía o a Sintra en un Chevrolet imaginario donde recibió en el camino el beso volado de una niña que creía que era un príncipe el que pasaba. Estos son algunas lecciones aprendidas en aquella hamaca ya vieja que hoy está arrumbada en algún trastero.

MANUEL VICENT

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RECORDANDO A JOSÉ VASCONCELOS Y SU FILOSOFÍA CÓSMICA

VIDA, FILOSOFÍA Y OBRA DE JOSÉ VASCONCELOS

JOSÉ VASCONCELOS: Biografía, Obras, Frases, Aportes y más

Un día como hoy de 1959 murió José Vasconcelos, uno de los intelectuales más importantes en la historia de México. Vasconcelos es quizá el más importante filósofo en la historia de México y dejó un sistema completo, con una estética, ética y metafísica -todas éstas unidas a una visión política nacionalista-. Además, Vasconcelos fue un gran escritor y una figura pública central en el desarrollo de las instituciones culturales mexicanas; logró combinar una obra literaria y filosófica de alto vuelo con una obra pública cultural y social de enorme vitalidad: un hombre de acción en todos los sentidos, sin dejar de lado lo reflexivo, con una sed de infinito.

Se le recuerda a Vasconcelos por haber sido el primer Secretario de Educación Pública y rector de la UNAM, institución que lleva como lema una frase de Vasconcelos “Por mi raza hablará el espíritu [cósmico]”. Nacido en Oaxaca en 1882, fue pieza fundamental del famoso Ateneo de la Juventud que criticó al porfiriato y a la educación positivista y propuso, mejor, el pensamiento libre y filosófico (y no sólo científico y determinista). Vasconcelos alcanzó distintos cargos y fue en gran medida el “caudillo de la cultura” mexicana. Incluso se postuló a la presidencia en 1929, la cual perdió contra Pascual Ortiz Rubio, en una elección que despertó muchas acusaciones de fraude.

La vida de Vasconcelos, prócer incomparable del espíritu nacional, no transcurrió sin polémicas. Especialmente su afinidad y admiración por el fascismo, particularmente al italiano. Algo que podría percibirse como escandaloso y contradictorio, pues Vasconcelos defendió en su libro La raza cósmica, la supremacía del mestizaje, lejos de la “pureza aria”. Más allá de este tropiezo político, cabe mencionar que la atracción de Vasconcelos por el fascismo y por la Alemania de Hitler estaba predicada fundamentalmente en su visión nacionalista, de un despertar progresista, de la unidad e integración de un pueblo bajo un ideal filosófico (la misma razón en cierta medida por la que Heidegger se sintió atraído por el nazismo y mancilló toda su carrera).

La filosofía de Vasconcelos recibió numerosas influencias. Las más destacadas fueron probablemente Arthur Schopenhauer y Miguel de Unamuno, Henri Bergson, Nietzsche, Hegel y Pitágoras, sobre quien escribió un pequeño pero hermoso libro Pitágoras, una teoría del ritmoImportantemente, también, aunque no muy conocido, fue la influencia del budismo y el hinduismo en Vasconcelos. De hecho, Vasconcelos puede considerarse el primer indólogo u orientalista mexicano y uno de los primeros de toda Latinoamérica.  En 1921 escribió una obra muy amplia llamada Estudios indostánicos, en la que hace un recuento del budismo y el hinduismo. Vasconcelos se habría basado solamente en fuentes secundarias, la mayoría de ellas en lengua inglesa, para presentar las ideas de estas filosofía bajo su particular filtro. Un poco a la manera de Hegel en sus Lecturas sobre la filosofía de la religión, Vasconcelos entiende que el cristianismo es la cumbre religiosa del mundo, pero da valor a otras religiones como aportaciones a la evolución del pensamiento. A diferencia de Hegel, sin embargo, tiene el atisbo al menos de entender que el budismo no es un nihilismo. 

La obra literaria de mayor calidad de Vasconcelos es su autobiografía Ulises Criollouno de los grandes clásicos de las letras mexicanas. Segunda en importancia es  La Tormenta, una obra autobiográfica que narra su historia de amor proceloso con la famosa Adriana en medio de los acontecimientos de la Revolución. Su obra filosófica está resumida fundamentalmente en los libros: El monismo estético (1918), Tratado de metafísica (1929) Ética (1932) y Estética (1935), ésta última la más importante y una de las más destacadas en la historia de la filosofía latinoamericana. Vasconcelos busca integrar una estética a la metafísica y dirige su visión a un despertar cósmico, mesiánico y del pueblo, según lo expresa en La raza cósmica. Vasconcelos entiende la confluencia del espíritu de las diversas razas en lo que llama la quinta raza, la raza mestiza de América, la cual está llamada a integrar las diversas características y virtudes de las otras razas en un crisol y emerger como una nueva potencia, una raza cósmica. Vasconcelos fue un educador siempre y otorgó a la cultura un rol central en el despertar de la nación. Había que leer a Homero, a Lao-tse y a Nezahualcóyotl y de estas extrañas mezclas surgiría una nueva síntesis.

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La mariquita

El coleóptero se desplazaba por el autorretrato de Durero y, antes de desaparecer, me enseño cómo se mira un cuadro

La mariquita
‘Autorretrato’, de Alberto Durero (1498, Madrid, Museo del Prado).

A mi juicio no hay en el Museo del Prado una figura más vigorosa, arrogante y refinada que la de Alberto Durero, tal como aparece en su autorretrato. El otro día, mientras lo contemplaba obsesivamente sucedió un hecho singular. De pronto descubrí que por el borde superior del cuadro discurría una mariquita muy pequeña. Este hermoso coleóptero de caparazón rojo con pintas negras se detuvo en uno de los vértices del marco. Pensé que se precipitaría en el vacío, pero lejos de eso con cierta determinación bajó hacia la pintura y a través de la borla de la gorra de Durero se deslizó por su rubia cabellera pintada con infinitos puntos de oro hasta llegar al hombro de la figura. Los vivos colores de la mariquita no desdecían en absoluto de la suave tonalidad de la pintura y tampoco suponían un obstáculo para seguir contemplando excelsa belleza del autorretrato. Al contrario. Decidí seguir con la mirada su mismo camino como si la mariquita me indicara la forma de descubrir los secretos más íntimos de la textura de la tabla. Subió por el cuello de Durero y se adentró en la barba rubia, atravesó sus labios carnosos, escaló su prominente nariz y finalmente se detuvo en uno de sus ojos grises que la miraba de soslayo. Su forma minuciosa de avanzar me obligaba a fijarme en cada detalle de la pintura como nunca hasta entonces lo había hecho. La mariquita optó por bajar hasta el jubón del personaje, se deslizó por el cordón que le cruza el pecho, recorrió la cenefa dorada de la camisa y descendió hasta las manos enfundadas con guantes de cabritilla. Luego me obligó a leer la inscripción que aparece a la derecha del cuadro debajo del marco de la ventana. Dice: “1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años. A.D.” A través de la ventana se divisa un paisaje. Al llegar allí la mariquita misteriosamente desapareció después de enseñarme cómo se mira un cuadro.

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Sinéad O’Connor cuenta su insoportable verdad de una vez por todas

En su libro de memorias, ‘Remembranzas’ (que se publica en España el 21 de junio), la cantante detalla su inestable vida, desde los maltratos de su madre al ataque que sufrió por la industria musical pasando por sus últimos años en clínicas mentales

Sinéad O'Connor actuando en Holanda en 1989.
Sinéad O’Connor actuando en Holanda en 1989.MICHEL LINSSEN / REDFERNS

Los maltratos que sufrió Sinéad O’Connor cuando era niña por parte de su madre y que narra en sus memorias turban al lector. “Soy la niña que llora de miedo el último día antes de las vacaciones de verano. Tengo que fingir que he perdido el palo de hockey porque sé que si lo llevo a casa mi madre me golpeará con él todo el verano. Aunque tal vez prefiera el atizador de alfombras. Me hará desnudarme, me obligará a acostarme en el suelo y abrirme de piernas y brazos, a permitirme golpearme con el mango de la escoba en mis partes íntimas”.

Sinéad O’Connor (Glenageary, Condado de Dublín, 54 años) tenía comprometida esta semana una entrevista con este diario para hablar de Remembranzas. Escenas de una vida complicada, su libro de memorias que se publica en España el 21 de junio (Libros del Kultrum). Unos días antes la cita se suspende. “No está bien”, apuntan desde la editorial. A las pocas horas escribió un texto en su cuenta de Twitter informando de su retirada. “Este mensaje es para anunciar que ya no voy a hacer más giras y que me retiro de la industria de la música”. Jornadas después, dio marcha atrás: “Buenas noticias. Que se joda la retirada. Me retracto”.

Remembranzas viene a llenar un puñado de huecos cubiertos por especulaciones sobre la inestable vida de uno de los personajes más maleados de la industria cultural reciente. En estas páginas está su verdad, a veces dura de leer, que ella conoce mejor que nadie. Sí, se intentó suicidar cuando contaba 33 años, afectada, entre otras cosas, por la batalla para conseguir la custodia de sus dos primeros hijos (tiene cuatro). También confiesa su adicción a la marihuana, aunque ha probado casi todas las drogas: describe un día demencial con Dee Dee Ramone que empieza en el neoyorquino Hotel Chelsea cuando el bajista de The Ramones le invita a unos tripis.
Sinéad  O'Connor rompe la foto de Juan Pablo II en octubre de 1992 en el programa televisivo 'Saturday Night Live'.
Sinéad O’Connor rompe la foto de Juan Pablo II en octubre de 1992 en el programa televisivo ‘Saturday Night Live’. YVONNE HEMSEY / GETTY IMAGES

 

La cantante ajusta cuentas con algunos machos alfa del rock: “En su autobiografía, Anthony Kiedis [cantante de Red Hot Chili Peppers] confiesa que nos besamos. Eso nunca ocurrió. Dice que mantuvimos una especie de relación romántica. Sí, en sus sueños”. O se rebela ante la idea general de que el día que despedazó (en 1992) una imagen del papa Juan Pablo II en el programa Saturday Night Live supuso el detonante para tirar a la basura su hasta ese momento meteórica trayectoria. “Lo que hizo descarrilar mi carrera fue tener un disco en el número uno y romper la foto me devolvió al camino correcto. Tenía que volver a ganarme la vida actuando en directo. Porque he nacido para eso. No nací para ser una estrella del pop. Porque para eso hay que ser buena chica. No ser demasiado problemática”.

Sinéad O'Connor el día de su comunión en una imagen cedida por la cantante a la editorial.
Sinéad O’Connor el día de su comunión en una imagen cedida por la cantante a la editorial.

 

Puede que tenga razón la cantante irlandesa. O’Connor tenía 19 años cuando comenzó a conocer a los tiburones de la industria musical, que vieron muchas posibilidades en una chica con una voz que parecía salida de las profundidades de un alma lastimada. Ella no cantaba: entonaba salmos sanadores. Todos intuían que era una criatura malherida, pero nadie quiso echarle una manta por encima. Al revés: la intentaron encauzar. Le exigieron que se dejase el pelo largo, que se vistiese con faldas estrechas, que se mostrase sexi. Ella respondió poniéndose pantalones y rapándose. Y fue esa rebeldía, justo cuando comenzó su carrera, lo que en realidad provocó su descarrilamiento. Porque no se permite a alguien ingobernable en un mundo de controladores.

En muchas partes del libro la cantante muestra su desprecio por una industria musical a la que retrata de mezquina, capaz de presionarla para abortar cuando se quedó embarazada tres meses antes de lanzar su primer trabajo. O’Connor había tenido una infancia de palizas por parte de la madre. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía ocho años. El padre se quedó con la custodia de los cuatro hijos, pero Sinéad y John, su hermano menor, volvieron con la madre porque la echaban de menos. Durante siete años Sinéad sufrió abusos por parte de su madre. A los 14 ingresó en un “centro de rehabilitación para menores con problemas de conducta”. A los 15 se trasladó a un internado religioso. A los 17 se escapó.

Durante su infancia y adolescencia desarrolló una rebeldía a la vez que una profunda fragilidad. Cuando cumplió 18 su madre murió en un accidente de coche. Ya podía volar sin yugos. A mediados de los ochenta se metió a grabar su primer disco. La producción final no le gustó. Intentaron convencerla de que los arreglos celtas le harían vender más. No tragó: con solo 20 años se autoprodujo su primer álbum, The Lion and The Cobra (1987). El disco se coló entre los 30 más vendidos en Reino Unido y Estados Unidos. Pero el pelotazo llegó con el segundo, en 1990, I Do Not Want What I Haven’t Got, número uno en ventas y donde se incluye una canción por la que será recordada de por vida, Nothing Compares 2U, escrita por Prince. O’Connor escribe sobre su vida sin trampas dramáticas. Cuenta situaciones dolorosas, pero sin lagrimear. El lenguaje es seco y destila humor, sea del color que sea. A pesar de todos los abusos tiene palabras tiernas para su madre. “No pude dejar de pensar lo mucho que le habría gustado [a su madre] estar allí”, apunta cuando recibe un premio Grammy.

Kurt Cobain y Courtney Love muestran a su hija Frances Bean en compañía de Sinéad O'Connor en la ceremonia de los MTV Video Music Awards de 1993.
Kurt Cobain y Courtney Love muestran a su hija Frances Bean en compañía de Sinéad O’Connor en la ceremonia de los MTV Video Music Awards de 1993. KMAZUR / WIREIMAGE
La cantante repasa sus incomprendidas decisiones profesionales para un entorno que no acepta de buen grado las disensiones. Rechaza ir a recoger premios ante el enfado de la industria. “Soy una punk, en el sentido de que soy una gamberra, no una estrella del pop”, escribe. Uno de sus argumentos para no participar en ceremonias es denunciar los abusos a menores. Pero, “¿cómo se atreve esa pequeña advenediza irlandesa a asociar la música con el abuso a menores?”, narra refiriéndose a lo que pensaba el establishment musical. Cuenta que llegan a agredirla con un objeto punzante en una fiesta en casa del actor Eddie Murphy. El mundo contra ella. Pero no desfallece. Dedica 14 páginas a desglosar su encuentro en la casa de Prince, que, apunta, se salda con un acoso por parte del cantante. Ella logra escapar, pero la persigue con un coche hasta que la cantante logra que se marche al amenazarle con avisar a los vecinos.
En Londres, a finales de los ochenta, embarazada y con una camiseta que dice: "Usa condón". La imagen es de Kate Garner, cedida por Libros del Kultrum.
En Londres, a finales de los ochenta, embarazada y con una camiseta que dice: “Usa condón”. La imagen es de Kate Garner, cedida por Libros del Kultrum.
Se explaya con el incidente de la foto de Juan Pablo II. Afirma que lo hace para denunciar los abusos de la Iglesia. La imagen del Papa que rompe ante las cámaras pertenecía a su madre, devota. Cada decisión que toma en aquella época provoca rechazo. También entre compañeros de profesión. Frank Sinatra la llama “niña estúpida” por no querer que suene el himno de Estados Unidos antes de un concierto (”a menos que lo toque Jimi Hendrix todo himno plantea muchas y muy petrificantes asociaciones para los estirados del mundo”, indica), Madonna se burla de ella y asociaciones como la Liga Antidifamación convocan concentraciones para triturar sus discos. Algunas de aquellas decisiones de O’Connor adquieren otra perspectiva con el paso de los años. Como la más polémica, su denuncia de los abusos de la Iglesia encubiertos por la misma institución. En 2019 el papa Francisco puso fin al secreto pontificio sobre este espinoso tema. O’Connor se adelantó 27 años.

En la parte final de estas memorias describe su penosa situación de los últimos tiempos, con cuatro años recorriendo diversas instituciones mentales. Lo achaca a una histerectomía radical (extirpación de todo el aparato reproductor: útero, trompas, ovarios…) que desembocó “en una crisis nerviosa total” y que ella cree que el médico erró en el diagnóstico. En Remembranzas se habla poco de lo que pasó desde 1992 (solo comenta los discos grabados), ya que cuando su relato transcurría por ese año sufrió la crisis nerviosa de 2014. “Durante los cuatro años que tardé en recuperarme de la crisis no escribí nada más, y, para cuando me recuperé, era incapaz de recordar en gran medida todo lo que había ocurrido antes”, se justifica. Y añade sobre su situación entre 2014-2018: “Nadie que me conociera quería tener nada que ver conmigo. Estaba tan fuera de mí que todos me tenían miedo”.

Una de sus últimas apariciones en directo, en San Francisco, el 7 de febrero de 2020. Actúa con el hiyab después de convertirse al islam.
Una de sus últimas apariciones en directo, en San Francisco, el 7 de febrero de 2020. Actúa con el hiyab después de convertirse al islam. TIM MOSENFELDER / GETTY IMAGES

Confirma que sufre anorexia, agorafobia, que es fumadora compulsiva y denuncia que “siempre le están robando cosas”. Destaca que tiene cuatro hijos con cuatro padres diferentes. “Con uno de los cuales me casé. También me casé con otros tres hombres, pero ninguno de ellos es el padre de ninguno de mis hijos”. A pesar de toda esta familia, vive sola en su casa irlandesa. Siempre lleva el hiyab sobre la cabeza, ya que abrazó el islam en 2018. Desvela que tras cuatro años de inestabilidad, salió del hospital en 2018 con 8.000 dólares (6.500 euros) en el banco. Sus deseos ahora son editar un disco en enero de 2022 (que incluso ya tiene título, Veteran Dies Alone) e ir a la universidad para sacarse el título de auxiliar de enfermería.

Las memorias acaban con un epílogo/carta al padre, que todavía vive. En ella le exculpa tanto a él como a la madre de sus problemas mentales. Dice que nació con “una anomalía cerebral derivada del ADN de los O’Grady” (la rama materna), que se acentuó al sufrir un accidente con 11 años cuando esperaba en el andén del tren y un niño que viajaba en él abrió la puerta antes de que el vagón parara y golpeó violentamente en la cabeza de la cantante. Y concluye, con humor a pesar de todo: “Por lo tanto, aunque hubiera tenido por padres a san José y a la Virgen María y se hubiera criado en la Casa de la Pradera, tu hija seguiría estando más loca que una cabra y desquiciada como una regadera”.

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Una historia de Europa (III)

Una historia de Europa (III)

Luis M. Morales

En esto de empezar mencionando las civilizaciones orientales que influyeron en lo que después llamaríamos Europa, tocamos en anteriores episodios los palos de Mesopotamia y Egipto, aunque sobre los egipcios queda algún detalle a tener en cuenta. Con su escritura jeroglífica endiablada y sus pirámides misteriosas y hoy turísticas, buena parte de ese fascinante mundo de constructores de tumbas habría permanecido oculta para nosotros de no mediar dos acontecimientos culturales de campanillas. Uno fue el hallazgo en 1799 de la Piedra de Roseta; que, como su nombre indica, es una piedra grabada en griego, demótico y jeroglífico que sirvió para descifrar la escritura de los antiguos egipcios.

El otro gran momento, en 1922, fue el hallazgo de la cámara funeraria del faraón Tutankamon, que proyectó una extraordinaria luz sobre la historia del antiguo Egipto (prueba de la importancia que tuvo son las 18 páginas, nada menos, que siete años más tarde le dedicó la entonces fundamental enciclopedia Espasa). Aquel Egipto que hoy es menos misterioso de lo que fue, tuvo un papel importante en lo que poquito a poco, siglo a siglo, se convirtió en cultura del Mediterráneo y cuna de una civilización extensa y mestiza que a efectos de este relato podemos llamar europea; y por extensión, occidental. La primera Europa nació en realidad fuera de Europa: en ese Levante del que, entre muchas otras cosas, fueron viniendo la escritura, el comercio, los dioses, el aceite y el vino tinto. Y mientras en las brumas de los bosques continentales, poblados por hirsutos ceporros vestidos de pieles y brutos como la madre que los parió, se abrían paso muy despacio culturas locales menos refinadas y de horizontes técnicos, sociales e intelectuales más limitados (hasta los siglos VIII y VI antes de Cristo no empezó a utilizarse el hierro en el centro y norte de Europa), en aquel Mediterráneo Oriental, en el Egipto que estaba en contacto con los pueblos mesopotámicos y del Egeo, en torno al año 2100 a. C. ya podían leerse textos como Las amonestaciones, del que no se pierdan esto:“Los archivos han sido saqueados, los despachos públicos violados y las listas del censo destruidas. Los funcionarios son asesinados y sus documentos robados. Los pobres se han hecho dueños de cosas valiosas. Toda la ciudad dice: eliminemos a los poderosos. Las casas arden. Las joyas adornan los cuellos de los criados mientras las dueñas de las casas pasan hambre. Unos forajidos han despojado al país de la realeza. El rey ha sido secuestrado por el populacho”.

O sea que la modernidad, incluso revolucionaria, empezaba a aparecer de modo oficial, consignada por manos cultas y lúcidas en los primeros registros de la Historia. Aparecían las tempranas relaciones e incluso textos literarios que podemos considerar primeros bestsellers, como El cuento del campesino, las Instrucciones a Merikare (“Sé hábil en palabras. El poder del hombre está en el lenguaje. Un discurso es más poderoso que cualquier combate”) y el extraordinario El misántropo: “¿A quién hablaré hoy?Nadie se acuerda del pasado. Nadie devuelve el bien a quien ha sido bueno con él. La muerte está ante mí como cuando anhelas una casa propia tras haber estado prisionero muchos años”. Y lo que es todavía más importante, por el precedente que supuso: la religión establecida de modo oficial con sus arcanos y privilegios.

La clase sacerdotal adquirió una enorme influencia, los dioses fueron ya palabras mayores y el culto a los muertos y al Más Allá impregnó la vida local. Allí surgió también una de las más notables, si no primera, herejías de la Antigüedad: la del faraón Amenofis IV, que decidió cepillarse el gallinero de dioses egipcios para imponer el culto a uno nuevo y único: Atón, rey del universo, de quien el faraón (que se cambió el nombre por Akenatón) era hijo y encarnación torera en la tierra. La idea no fue original, pero sí lo fue su puesta en práctica por las bravas. Duró, todo hay que decirlo, mientras vivió ese faraón, porque a su muerte lo borraron hasta de los monumentos funerarios (los sacerdotes no le perdonaron haberlos dejado sin empleo). Sin embargo, la idea de un dios único y un monarca como su representante en la tierra siguió dando vueltas por ahí, y tendría un gran futuro aquí. Aunque de momento, y todavía, iban a pasar otras cosas interesantes que acabaron influyendo mucho en la historia de Europa. Una de ellas, que todavía nos pillaba lejos pero no tanto como parece, fue la lucha de los faraones contra un pueblo que emigraba desde Asia Menor: los pelest, también llamados filisteos. Que, rechazados por Egipto, se instalaron en un lugar de la costa mediterránea al que dieron su nombre: Palestina.

(Continuará)

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LA PRECIOSA INTERPRETACIÓN QUE HIZO FRANZ KAFKA SOBRE EL QUIJOTE

KAFKA LEYÓ EL QUIJOTE COMO NADIE ANTES LO HABÍA LEÍDO

La preciosa interpretación que hizo Franz Kafka sobre el Quijote

Hacía falta un hombre como Kafka para ver lo que nadie ve y producir la más genial y original interpretación de Don Quijote de la Mancha. Lo que define a Kafka es su mirada curiosa y silenciosa, su capacidad de soportar la tensión y de ver lo que nadie más ve (pues no pone la suficiente atención). Walter Benjamin escribió que no sabemos si Kafka rezaba, pero su capacidad de poner atención recordaba lo que había dicho Malebranche: “la atención es la plegaria natural del alma”. 

El pequeño cuento que a continuación compartimos fue titulado “La verdad sobre Sancho Panza”. Kafka admiraba profundamente el texto de Cervantes y produjo esta interpretación celebrada por Borges, pues constituye el punto exacto en el que la imaginación de estos dos escritores se encuentran, como los dos grandes genios de la literatura fantástica y de las interpretaciones alternativas de la literatura.

Al correr de los años, y gracias a una gran cantidad de novelas caballerescas y picarescas leídas en las horas vespertinas y nocturnas, Sancho Panza —quien por lo demás nunca se vanaglorió de ello— consiguió despistar de tal modo a su demonio —al que luego daría el nombre de Don Quijote—, que este acometió como barco sin remos las más locas hazañas, las cuales, no obstante, por falta de un objeto predestinado —que justamente hubiera debido ser Sancho Panza—, a nadie perjudicaron. Sancho Panza, un hombre libre, acompañó sereno a Don Quijote en sus andanzas, quizás por un cierto sentido de la responsabilidad, y obtuvo de ello una muy grande y útil diversión, hasta el fin de sus días.

El gran editor y escritor italiano Roberto Calasso analiza esta interpretación, que le parece la más bella que conoce:

Para Kafka, el verdadero y único protagonista no es Don Quijote, sino Sancho Panza. Este, atormentado por los demonios y para sobrevivir, tiene que inventarse a Don Quijote. Y lo más extraordinario es que, al final de las líneas que le dedica, Kafka dice que Sancho Panza es un hombre libre. Es la única vez que menciona la palabra libre. En esta transferencia de demonios, Kafka es como Sancho Panza.

Y ese es el punto esencial: Kafka se identifica secretamente con Sancho Panza. Él también ha creado toda su literatura, él como nadie más, para lidiar con sus demonios, para transformarlos o transferirlos. ¿Qué es la gran literatura sino una forma de transferir demonios o de capturar al Espíritu? La literatura de Kafka está poseída por estos demonios, algunos de ellos abstractos, y siempre con una dimensión metafísica. Don Quijote es el sueño mágico, el sueño curativo de Sancho Panza, de la misma manera que lo es Gregorio Samsa para Kafka o de una manera más enigmática y pesadillesca lo que le sucede a K en El Castillo y a Josef K en El proceso. Queda, sin embargo, la pregunta: ¿era Kafka un hombre libre?

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Agravios, desprecios, inquinas y otras virtudes literarias

Las entrevistas a personalidades de la cultura del siglo XX recogidas en ‘Retratos a medida’ rezuman, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana

Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 - 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.
Sorolla pinta un retrato del dramaturgo, guionista y productor de cine Jacinto Benavente (Madrid, 1866 – 1954) en 1917, cinco años antes de que el escritor recibiese el Premio Nobel de Literatura.LUIS R. MARÍN (FUNDACIÓN PABLO IGLESIAS)

 

En el pequeño entramado de calles del madrileño Barrio de las Letras convivían en el Siglo de Oro como vecinos, Tirso de Molina, Francisco de Quevedo, Lope de Vega, Góngora. Cervantes y Calderón de la Barca. No hay guía turístico que deje de explicar a los visitantes como nota característica de esos escritores, más allá de la magnitud de su obra, los insultos que se lanzaban, la inquina que se profesaban, el ingenio que utilizaban para zaherirse unos a otros. Quevedo odiaba a Góngora hasta el punto de comprar la casa donde vivía para desahuciarlo y regularmente le mandaba raciones de tocino para infamarle como judío converso y de su nariz hizo un soneto demoledor. Por su parte, Góngora se limitaba a llamarle cegato y patizambo. Lope era un triunfador y Cervantes un genio sin lectores, pero ambos se tenían unos celos muy consolidados. En esas callejuelas se respiraba entonces el aire viciado de la envidia y del resentimiento que no ha cesado a lo largo de la historia de toda la literatura española, en la que el éxito suele ir acompañado de la maledicencia y del escarnio. Cuanta más gloria más vilipendio, cuanto más talento más desprecio.

La Fundación del Banco Santander ha publicado el libro Retratos a medidaun conjunto de entrevistas a personalidades de la cultura española de la primera mitad del siglo XX en las que el alma de esta gente famosa rezuma, entre muchas virtudes excelsas, algunas curiosidades de la miseria humana. Un periodista le pregunta a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Y don Pío contesta:” Con ese tío yo no voy a ninguna parte”.

Un periodista le preguntó a Baroja: “¿Tuvo usted amistad con Unamuno?”. Contestó: ”Con ese tío yo no voy a ninguna parte.”

Resulta que un domingo lo citó en un café para charlar. Enseguida Unamuno tomó la palabra y sin dejarle abrir la boca ni pedirle consentimiento empezó a leerle entera su novela Amor y pedagogía, de cabo a rabo. Al salir muy aturdido del café se encontraron con Valle Inclán. “Los presenté ―dice Baroja―. Los dos eran igualmente de intolerantes y enseguida se pudieron a discutir. Íbamos los tres por la calle, ellos discutiendo a gritos y yo tratando de que no riñeran. Pero a los cien pasos me cansé de oírlos y los abandoné en una esquina, a punto de desafiarse”.

Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.
Ramón María del Valle-Inclán en su despacho en 1930.ALFONSO

Valle Inclán era un trolero, según Baroja. Una noche iban los dos por la calle y de repente, ya de madrugada, presenciaron una pelea a navaja entre dos tipos que acaban de salir de un garito de juego. Uno de ellos malherido comenzó a gritar y a oír los gritos acudieron los municipales quienes detuvieron al matón. Baroja y Valle presenciaron la reyerta sin poder hacer nada, pero Valle se inventó que fue él, como un héroe, quien con su propia y única mano desarmó al hombre de la navaja, lo asustó y lo prendió y a continuación con todo lujo de detalles escribió su hazaña en el periódico”. Y lo peor es que me ponía a mí de testigo” ―cuenta Baroja―. Pero yo conté la verdad de lo ocurrido y Valle se enfadó conmigo. En un banquete que le dimos al pintor Echevarría, a los postres Valle gritó: Baroja cree que la literatura es la fotografía. Eso lo decía por haberle pillado en la trola”.

Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista 'Caras y Caretas', Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.
Miguel de Unamuno en su destierro de Hendaya (Francia), junto con el enviado argentino de la revista ‘Caras y Caretas’, Juan José de Soyza Reilly, en abril de 1929.

La misma trampa literaria le echaba Baroja en cara a Galdós, quien escribía de muchos lugares donde no había estado nunca. Los describía sin verlos. Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras. “Hubo un tiempo ―dice Benavente― en que apenas había en España y en América escritor principiante o prestigioso que no se metiera conmigo o con mis obras. Meterse con mi teatro hacía intelectual a la gente. En las revistas y periódicos de la juventud literaria era de cajón meterse conmigo desde el primer número”. No obstante, en este caso no se produjo el hecho tan español de escribir a la Academia sueca para oponerse a que le dieran el Nobel de Literatura como hicieron con Echegaray, a quien en las tertulias lo denominaban el Gran Idiota. Hasta el punto de que Valle y sus amigos mandaron una carta solo con este insulto en el sobre sin más señas ni dirección y la carta llegó a su destino.

Puede que Galdós junto con Echegaray y Jacinto Benavente hayan sido los escritores más zaheridos en el panorama de nuestras letras

El ingenio de Juan Ramón Jiménez para inocular su mala baba contra los poetas de su generación incluso contra algunos de sus discípulos y admiradores era extraordinario. “Vengo de casa de Antonio Machado. Sobre un montón de libros y papeles depositados en una silla había un plato con dos huevos fritos”. Según su humor unas veces Juan Ramón decía que Machado se había sentado sobre los huevos fritos y otras veces no. Rubén Darío decía: Las novelas de Baroja tienen mucha miga. Se nota que ha sido panadero”. Baroja replicó:” Rubén Darío tiene muy buena pluma. Se nota que es indio”. Aunque hoy insultarse abiertamente ya no se lleva, se podría escribir la historia de la literatura española solo a través de los agravios, envidias, desprecios e inquinas. Y no por eso dejaría de ser admirable.

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Bertrand Russell y Confucio sobre la democracia

En el Monte Tai Confucio vio a una mujer que lloraba sobre una tumba. Había enterrado ahí a su suegro, a su esposo y a su hijo, muertos los tres en aquel paraje por un tigre. Confucio preguntó a la mujer por qué seguía viviendo en aquel paraje. La mujer respondió: “Porque aquí no hay gobierno opresor”. Confucio dijo : “Los gobiernos opresores son peor que los tigres”.

Con esta anécdota empieza Bertrand Russell su ensayo “La doma del poder” (1938). Sigue Russell:

“La protección de las minorías, parte esencial de la doma del poder”

* “El problema de la doma del poder es muy antiguo. Los taoístas lo juzgaron insoluble. Los confucianos confiaron en que cierta ética y algún entrenamiento de gobierno podrían dar a los poderosos moderación y benevolencia. Mientras, en Grecia, competían por imponerse la democracia, la oligarquía y la tiranía; la democracia trataba de limitar los abusos del poder, pero caía derrotada sin cesar víctima de la popularidad temporal o de algún demagogo. Platón, como Confucio, pensó que la solución era el gobierno de los sabios”.

* “El mundo ha probado la autocracia militar, la monarquía hereditaria, la oligarquía, la democracia y el poder de los Santos, la dictadura ejercida por Cromwell y revivida en nuestros días por Hitler y Stalin. Todo esto indica que nuestro problema de la doma del poder no se ha resuelto”.

 

* “Los méritos de la democracia son negativos: no garantiza el buen gobierno, pero evita ciertos males”.

* “La historia muestra que las minorías no son confiables para cuidar de los intereses de las mayorías”.

* “La vida social exige cierta imparcialidad. Y dado que en tantos asuntos la acción colectiva es indispensable, la única forma de imparcialidad en ellos es la regla de la mayoría”.

* “Es posible que la mayoría ejerza una tiranía brutal sobre una minoría… La protección de las minorías es parte esencial de la doma del poder”.

* “La separación de los poderes de Montesquieu, y todo el liberalismo inglés decimonónico, fueron pensados para evitar el ejercicio arbitrario del poder, [porque] la historia y la psicología muestran cuán temerario es esperar benevolencia de un poder irresponsable”.

* “Para triunfar y durar, la democracia exige un espíritu tolerante, no mucho odio, y poco amor por la violencia”. _

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POEMAS PARA ESTAR EN PIJAMA: LAS PALABRAS DE LOS SUEÑOS

QUÉ FASCINANTE ES ESE MOMENTO DONDE ESTAMOS MEDIO DORMIDAS, MEDIO DESPIERTAS. QUÉ PECULIAR ESE MOMENTO DONDE, SIN CONCIENCIA, NOS SALIMOS DE NOSOTRAS MISMAS.
Poemas para estar en Pijama: Las palabras de los sueñosSolía compartir pieza con mi hermana chica. Fue ella la primera persona que escuché hablar dormida, seguro que a ella le pasó lo mismo conmigo. Las dos somos durmientes parlanchinas. ¿Por qué hablamos mientras dormimos? Una vez le pregunté a mi sicóloga y me dijo que era la cabeza la que no se apagaba. Cuando soñamos, los músculos, la boca, las cuerdas vocales se encuentran inactivas, pero en la somniloquia estos se activan y trabajan para enunciar las palabras de los sueños. 

Y aunque al dormir nuestro cuerpo descansa, no dejamos de escuchar ni sentir olores y mucho menos se apaga el tacto. Por algo no es raro soñar que volamos: los pies no tocan el suelo, el cuerpo está horizontal (es casi una ecuación sensorial). 

Sin embargo, hay una diferencia importante entre el yo sintiente dormido y el yo sintiente despierto. Según Henri Bergson, el yo de los sueños es un yo relajado, que con delicadeza escoge entre las miles de sensaciones que le llegan y las ajusta de acuerdo a sus recuerdos, deseos e impresiones del día. Un contraste que podría sonar similar al poema Reposar, de Silvia Goldam:

el nombre no es mío es de ella en el fondo de su pie se agita el afuera y la familia que ella es dentro del aire oloroso piedra con piedra en la claridad del nosotros es pozo que toca su pérdida es niña que pasa en rincón que no sale es mujer que gana por herida es aire blandiendo lo sentido lo que no gravita es la cena es los hechos es el dedo que pone su mañana es la espalda en que ella corre es lo que la tumba. Juntar los cuerpos con lo grave. Reposar. 

Justo antes de rendirnos al sueño lo que nos rodea se disuelve, como si de pronto nos empapara una materialidad líquida. En su Breve disertación sobre el final, Anne Carson se pregunta por la diferencia entre la luz y la iluminación, y responde con un cuadro de Rembrandt:

Es una imagen de la tierra, del cielo y del Calvario. Cae un momento sobre ellos como lluvia, la placa se oscurece. Se oscurece. Rembrandt te despierta justo a tiempo para ver cómo la materia se tambalea hasta perder la forma.

“La materia se tambalea hasta perder la forma”, eso es justo lo que sucede antes de dormir. Luego, cuando ya caminamos por los sueños, podemos imaginarlo como el poema 17 en Árbol de Diana, de Alejandra Pizarnik:

Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por eso días sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta, se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y mis numerosos funerales. 

En sus memorias Luis Buñuel dice que si tuviera que elegir, preferiría pasar su vida durmiendo, porque las imágenes de los sueños lo fascinan. Se trata del placer de soñar. Es increíble imaginar (casi asusta) que cada noche millones y millones de imágenes aparecen en nuestras mentes cuando dormimos y que éstas se disuelven al despertar, dejando la tierra poblada de sueños perdidos. ¿Y cuántas palabras quedarán sin escuchar? Imposible llevar la cuenta. 

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