¿Qué se debe?

Nos inclinamos a creer que las calumnias políticas y las ‘fake news’ son cosa actual, un invento reciente. Lo cierto es que fue una práctica constante a partir del siglo XVIII

Qué se debe? | Opinión | EL PAÍS

Nos inclinamos a creer que las calumnias políticas y las fake news son cosa actual, un invento reciente. Lo cierto es que fue una práctica constante a partir del siglo XVIII a medida que se adensaba la nueva clase burguesa, centro y diana de todo engaño. Si ahora parece algo nuevo es tan sólo porque ha aparecido un nuevo tipo de ciudadano atontado que se cree las majaderías de internet. No es una práctica nueva, es una clase nueva.

Una de las más hermosas fake news que se pueda estudiar es la que promovió la Encyclopédie Méthodique, enorme producto de colosal influencia en todo Europa. En 1782 publicó un volumen de geografía donde apareció la maldita pregunta: “¿Qué se debe a España? Desde hace dos siglos, desde hace cuatro, desde hace seis, ¿qué ha hecho por Europa?”. Como es lógico, el texto era un amasijo de calumnias, informes tergiversados, juicios hipócritas y sobre todo falsedades. El problema es que donde más gente lo tomó al pie de la letra fue, naturalmente, en España. A partir de ese momento comienzan las dos greñas, la de los que la odian y la de quienes se creen obligados a defenderla. Así como las damas madrileñas se vistieron de Carmen (la de Mérimée) con perfecta candidez, así también aparecieron los “rancios” (defensores de España) y los “felones” (traidores afrancesados). Los dos bandos iniciaban la divisoria entre ilustrados y castizos, liberales y carlistones, las dos Españas en pugna que se dan de bastonazos hasta el día de hoy con Podemitas y Voxistas. Una plaga.

La historia entera y la aparición del primer diario insumiso español, El Censor, así como la figura sulfúrica de Forner, está en ¿Qué se debe a España?, de Francisco Uzcanga. Se lee mejor que una novela porque el autor es un literato de raza.

https://www.elboomeran.com/author/felix-de-azua/

1521. La conquista de los indios

Hernán Cortés | Real Academia de la Historia

En lo que llamamos “la Conquista de México” participaron unos 2 mil 100 españoles. Entre 1519 y 1521, apenas hubo en un mismo momento más de mil. Murieron en el intento seis de cada 10, proporción “mucho mayor que los que solían morir en campañas análogas de Europa”, precisa José-Juan López Portillo, autor de un ensayo sin desperdicio: “Cortés, el extranjero útil” (Nexos, septiembre 2019. https://bit.ly/3d6Txju).

Una proporción mucho menor, uno de cada 15, murió en el contingente de 6 mil españoles integrantes del ejército multiétnico de los Habsburgo que derrotó y capturó a Francisco I de Francia en los campos de Pavia, en 1525. PUBLICIDAD La pregunta obvia que suscitan estas cifras es: ¿cómo pudieron estos tan pocos y tan mortales aventureros conquistar México, es decir, la muy poblada y guerrera ciudad de Tenochtitlan, joya del llamado imperio mexica?

La pregunta interesante es cómo pudo Cortés crear esa federación La respuesta es simple: no pudieron. No fueron sus poderes bélicos, ni el supuesto terror sagrado que infundían con sus caballos y sus arcabuces, los factores que explican lo que llamamos la Conquista de México. Fue su capacidad de obtener aliados indios y de agruparlos en la causa antimexica, en una causa común que admite el nombre de “federación guerrera”. Esta federación, integrada en mayoría abrumadora por lo que llamamos indios, llevó a cabo lo que llamamos Conquista, es decir, la derrota del pueblo mexica y la caída de Tenochtitlan.

La pregunta interesante es cómo pudo Cortés crear esa federación. La respuesta al uso es que pudo hacerlo por su genio político, porque supo leer en los enigmas de aquel extraño mundo, absolutamente desconocido para él, la constante política clave: la opresión mexica y la disposición de los señoríos indígenas dominados por Tenochtitlan a rebelarse contra ella. Del genio político de Cortés no hay duda alguna, pero sobre el mecanismo que utilizó para ir agremiando señoríos a su federación guerrera, hay muchas confusiones todavía. José-Juan López Portillo ha descrito ese mecanismo. No tiene que ver tanto con el genio político de Cortés como con su capacidad de poner la violencia española al servicio de caciques que querían mantenerse en el poder o hacerse de él por la fuerza.

Héctor Aguilar Camín​

https://www.milenio.com/opinion/hector-aguilar-camin/dia-con-dia/1521-la-conquista-de-los-indios

Del republicanismo de ayer al de hoy

Jaime Pastor y Miguel Urban

En la imagen: Manifestantes republicanos muestran su alegría en la confluencia de las madrileñas calles de Alcalá y Gran Vía, el 14 de abril de 1931. En vídeo: las imágenes de las celebraciones de la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931. FOTO: EFE
En la imagen: Manifestantes republicanos muestran su alegría en la confluencia de las madrileñas calles de Alcalá y Gran Vía, el 14 de abril de 1931. En vídeo: las imágenes de las celebraciones de la proclamación de la Segunda República, el 14 de abril de 1931. FOTO: EFE

Este 14 de abril conmemoramos el 90 aniversario de la caída de la monarquía borbónica de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República. Un proceso que, como se sabe, fue el resultado de la victoria de las candidaturas republicano-socialistas en las principales ciudades durante las elecciones municipales realizadas dos días antes y, sobre todo, de la salida del pueblo a celebrar su triunfo en las calles de Eibar, Barcelona y, más tarde, Madrid y otras ciudades,  conduciendo así a la proclamación oficial de la República española en la capital del Estado a las ocho de la tarde.

Mucho se ha escrito sobre las enormes esperanzas que generó la Segunda República, sobre las conquistas que se fueron alcanzando, sobre las diferencias entre las diferentes fuerzas de la izquierda, pero también sobre los obstáculos que las derechas reaccionarias fueron interponiendo en los años posteriores, hasta conducir al levantamiento militar a guerra civil y la victoria del franquismo, apoyado por el nazismo alemán y el fascismo italiano.

No pretendemos en este artículo hacer un repaso de aquellos acontecimientos, sino reivindicar el hilo que unió aquella jornada con lo mejor de la tradición republicana que a lo largo del siglo XIX se fue extendiendo en nuestras tierras y que fue uniéndose a otros idearios como el federalista, el socialista, el libertario o el municipalista. La experiencia de la Primera República fue corta, debido al golpe militar que acabó con aquella para abrir paso a la Restauración borbónica pero, frente a la demonización que ha sufrido por parte de las derechas y la historiografía oficial, también estuvo llena de enseñanzas.

Hoy, el republicanismo recupera todo su sentido frente a una monarquía corrupta y heredera del franquismo y a un régimen lleno de grietas por todos lados. Encuestas como la promovida por la Plataforma de Medios Independientes hace ya unos meses han venido a confirmar que el rechazo a la monarquía sigue extendiéndose, no sólo en Catalunya y Euskadi sino también entre las personas menores de 45 años y las gentes de izquierda en general. Dentro del parlamento español son también significativas, aunque sean minoritarias, las fuerzas políticas que se declaran abiertamente republicanas y no renuncian a seguir exigiendo un juicio justo al monarca huido, Juan Carlos I, y la convocatoria de un referéndum sobre la forma de Estado. Sabemos sin embargo el miedo del establishment y de los partidos del régimen, incluido el PSOE, a someter a la monarquía al juicio y al debate público, conscientes de que, tras el fin del juancarlismo, abrir esos procesos podría poner al desnudo todo el lastre que este régimen ha heredado del franquismo y que en la Transición se quiso ocultar y, sobre todo, hacer olvidar.

Frente a la demofobia del régimen, tenemos que reconstruir hoy un nuevo republicanismo que, como escribimos en nuestro capítulo del libro que hemos coordinado, ¡Abajo la monarquía! Repúblicas, no sea una mera reivindicación nostálgica de las experiencias republicanas pasadas, sino que mire al futuro:  ha de reivindicar un republicanismo antioligárquico, basado en una democracia deliberativa y participativa, en la plurinacionalidad y el derecho a decidir de nuestros pueblos, laica, confederal, municipalistaecosocialista y feminista. Porque, ante la crisis civilizatoria global a la que estamos asistiendo, no podemos limitarnos a apostar por una república que se limite a sustituir la monarquía por la elección mediante sufragio universal de una jefatura del Estado para instalar un modelo presidencialista que mantenga intactos los pilares de este régimen y de la oligarquía que lo sustenta.

A pesar del agotamiento del ciclo abierto por el 15M hace casi diez años y del impasse en que se encuentra el movimiento soberanista catalán, a lo largo de las experiencias vividas por millones de personas en estas y otras movilizaciones de la última década, ese nuevo republicanismo ha ido manifestándose en cantidad de foros y espacios de debate y se han ido reflejando en propuestas que pudieran llegar a materializarse en procesos constituyentes democratizadores.  

También ha vuelto a aparecer como referente la experiencia del Pacto de San Sebastián que precedió a la proclamación de la Segunda República. Sin idealizarlo, ya que tuvo fuertes limitaciones por el mayor peso de fuerzas ajenas a la izquierda, pensamos, como se postula desde distintas revistas alternativas, que sería necesario ir creando las condiciones para un pacto confederal entre las fuerzas políticas y sociales republicanas que permita articular las luchas por venir.

Sabemos también que sólo podremos dar pasos adelante en ese camino si dedicamos todo el esfuerzo necesario para la reconstrucción de un tejido asociativo de diferentes organizaciones sociales, culturales y políticas que sean portadoras de un nuevo republicanismo en el que, como escribe David Fernández en el libro ¡Abajo el rey! Repúblicas, la palabra República no sea sólo una forma de estado, sino “sobre todo una cultura política democrática, una defensa del interés público y los bienes comunes y una forma de garantizar y compartir la igualdad entre todas y todos”. Además, estamos convencidos de que, si queremos evitar el riesgo de fragmentación de las luchas que desde abajo debemos impulsar y apoyar contra la agravación de las desigualdades de todo tipo y hacer frente a la amenaza que supone el ascenso del bloque de las derechas extremas, cualquier paso adelante hacia esa confluencia ayudaría a generar nuevas esperanzas de un cambio que sin duda ha de ser republicano.

En este camino, nuestro peor enemigo no es la incertidumbre del cambio, sino la resignación del “no se puede” que asegura la supervivencia del viejo régimen que nunca parece terminar de morir. El momento republicano debe entenderse como una ventana de oportunidades no sólo para detener la sangría de pérdida de derechos sino como un punto de inflexión histórico-político para garantizar nuevos derechos e inventar nuevas formas de democracia. Así, frente a quienes contemplan aterrados, desde arriba, la crisis socio-política como una época de decadencia y se esfuerzan en gritar “¡viva el rey!”, los y las de abajo deberíamos contemplar la escena, también en todo su dramatismo, como un momento impostergable para la recreación democrática, la redefinición de las lógicas de la representación y para la subversión de todas las reglas del sistema social que nos han conducido a tamaño desastre, agrupándonos bajo la consigna “¡abajo el rey! Repúblicas”. 

https://blogs.publico.es/tomar-partido

El arte de fracasar

El arte de fracasar
Faulkner sentía que fracasaba en cada novela que escribía. Especial

“Fracasar y luego volver a intentarlo. Eso es el éxito para mí”. Esta frase que soltó William Faulkner en una entrevista, en 1955, recuerda la famosa línea de Samuel Beckett: “inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Hablar del fracaso en el siglo XXI es anticlimático; las redes sociales, la auto exposición al alcance de cualquiera, crea el espejismo de que todos somos unos triunfadores. No se necesita ser muy espabilado para conseguir un minuto de gloria en Tik Tok, esa red ideada para que nadie sea un don nadie.

Las palabras “perdedor” y “fracasado” son un estigma que hoy nadie quiere llevar. Pero la realidad es que perdemos y fracasamos todo el tiempo, y que el éxito sólo llega, si es que lo hace, muy de vez en cuando.

William Faulkner, ese extraordinario escritor cuyo éxito lo llevó hasta las alturas del premio Nobel, sentía que fracasaba en cada novela que escribía: “uno nunca consigue contar la verdad según la ve. Lo intenta, y fracasa cada vez. Así que vuelve a intentarlo. Sabe que la siguiente vez tampoco será la buena, pero vuelve a probar…”

En esa misma entrevista, que está publicada en el libro León en el Jardín (Reino de Redonda, 2021), Faulkner declara: “Mi fracaso más espléndido fue El ruido y la furia, y ese libro es para mí el de más éxito, porque fue el mejor fracaso”.

El ruido y la furia, ese fracaso espléndido, es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura.

Gracias a su apego por el fracaso Faulkner nos dejó novelas monumentales. Y si se hubiera considerado un triunfador ¿qué nos habría dejado? Probablemente una obra menos contundente, porque su motor era la sensación de estar siempre fracasando.

Lo que Faulkner nos enseña es que el fracaso es más importante que el éxito, porque el éxito se agota en sí mismo y dentro del fracaso está siempre latente la posibilidad de triunfar. El fracaso está lleno de futuro y lo que hay más allá del éxito es el vacío. El vacío que la gente sensata vuelve a llenar de fracasos esplendorosos.

Jordi Soler

https://www.milenio.com/opinion/jordi-soler/melancolia-de-la-resistencia/

El hombre cuenta (I): desde su enfermedad, desde su nada

Víctor Gómez Pin: «La filosofía es el destino de la ciencia» - Jot Down Cultural Magazine

Para hacer perceptible lo reciente de la aparición del hombre, los físicos en ocasiones recurren a una trasposición de las etapas de la evolución del universo y el transcurso de una película de tres horas. Recordemos algunos datos aproximados:

El Universo “surgió” hace 13.500 millones de años, esa estrella que es el sol  data de 5.000 millones de años,  la Tierra se formó hace 4.500 millones de años. ¿Y la vida?  Hace 3.500 millones de años aparecen los primeros organismos unicelulares. Los primeros mamíferos aparecieron hace 300 millones  de años. Los homínidos datan aproximadamente de seis millones de años  y los humanos habitamos la tierra hace quizás 4 millones de años, aunque el llamado “homo habilis”,  aparece  hace sólo  2500 millones de años.

Vayamos ahora a la transposición a escala en la película de tres horas.  La vida aparecería treinta minutos antes del final, los animales únicamente cinco minutos. ¿Y los humanos? Sólo  serían  introducidos una fracción de segundo, tan ínfima que el espectador no se apercibiría de ello. Supongamos ahora que una catástrofe nos hiciera desaparecer, por ejemplo en el año tres mil. Nuestra presencia total  no habría superado esa mínima fracción de segundo. ¿Fracción insignificante? Poco a poco.

Piénsese que en ella habría tenido cabida desde  el transcurrir de la técnica, la ciencia, el arte la filosofía y… el cúmulo de interrogaciones y respuestas sobre lo que tiene significativo peso y lo que es in-significante. Por ejemplo, la pregunta  misma sobre si lo inconmensurable  del transcurso temporal desde la existencia del hombre en relación al conjunto de la historia  evolutiva tiene correspondencia en el peso a otorgar a ese momento final en relación al conjunto.

Pues sólo en esa ínfima fracción de segundo entra en escena  un hacedor de signos, un ser que otorga significado, o más bien significados múltiples  bajo un mismo signo, y sin cuya acción  obviamente todo carecería de significación. En esta fracción de segundo aparece  el ser que “da cuenta” remitiendo a principios asumidos como evidencias (base de la ciencia), mas también el ser que simplemente “cuenta”,  en todo caso el ser que  dirime, acota, muestra  la no confusión y así, entre otras cosas, marca  la diferencia entre lo enorme y lo diminuto, entre lo que tiende a infinito y lo que se aproxima a lo infinitesimal.

No hay forma de escapar a esta paradoja: el proceso que constituye el universo (es decir, la historia de la transformación de la energía) sólo aparece muy dilatado en razón de que un ser efímero, “desde su enfermedad, desde su nada”, estupefacto ante su entorno, se esfuerza por ordenarlo y contarlo a la vez que  persiste en conferirle un sentido, un ser que como el Spinoza de Borges  “desde su enfermedad, desde su nada/ sigue erigiendo a Dios con la palabra”.

https://www.elboomeran.com/author/victor-gomez-pin/

Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Prefacio. Palabras que queman, por Bertrand Visage

 

En primer lugar, conviene recordar que este libro que tiene en sus manos produjo, cuando se publicó por primera vez en 2001, el efecto de un meteoro deslumbrante y algo enigmático. Por un lado, nos parecía que emergía de un rincón del universo infinitamente lejano y desconocido, pero sobre todo, y esto es característico de los meteoros, el libro en cuestión tenía algo de performance imposible de repetir, sin futuro. Era un pedazo de carbón incandescente, estéril como un desierto, que acabaría extinguiéndose solo, dejándonos con la boca abierta. Nelly Arcan solo escribiría una novela; y, una vez publicada, de una forma u otra llevaría a cabo ese gesto que bulle entre las líneas de Puta: pasaría por encima de la barandilla de un balcón, clavaría un gancho en el techo, tendría un encuentro fatal, se atiborraría con algo.

Pero nos equivocamos, al menos en parte. Eso que presentíamos tardó un tiempo en suceder. Exactamente, ocho años: de septiembre de 2001, fecha de publicación de Putacuyo manuscrito había llegado a Seuil por correo, en febrero, con el nombre del registro civil Isabelle Fortier, a septiembre de 2009, la noche en que Nelly Arcan pone el punto final a todo tras las paredes de ladrillo de un edificio en Plateau-Mont-Royal, en Montreal, donde vivía sola con sus dos gatos siameses. Por cierto, ¿qué edad tiene en ese momento? ¿36 años o 38?

Nelly cambiaba mucho sus declaraciones, rehacía su biografía igual que remodelaba su cuerpo, su rostro. Animal perseguido que debe cambiar constantemente de envoltura para mantener a raya a sus depredadores. En esa época, asegura que ha dejado de prostituirse; es falso. Su “patrona” le saca pocos años. Ella y unas cuantas chicas más forman un grupito espectacular, muy norteamericano: hablan de temas insustanciales, se emborrachan a base de champán, se relacionan con hombres ricos. Nelly a veces pierde las llaves de su apartamento y duerme acurrucada en el felpudo de la entrada. ¿Dónde está Nelly en las derivas de Isabelle? ¿Quién es una, quién es la otra? Ahí radica el misterio: parecía un personaje de su propia historia, una de esas mujeres perdidas a las que tan cruelmente retratará en sus novelas posteriores, Loca À ciel ouvert.

Pero volvamos a la recepción del primer manuscrito. En Seuil, donde lo leyó por primera vez Françoise Blaise, que en esa época estaba a cargo de la literatura quebequesa, las reacciones oscilaron entre el estupor, el entusiasmo y la perplejidad. Lo que produjo un profundo impacto no fueron tanto los hechos relatados como el lenguaje en sí mismo. En cualquier caso, nunca habíamos leído nada parecido. Me pidieron que cogiera un avión ese mismo día y pasara el fin de semana en Montreal. Cuando llegué, hacía un frío polar. Nelly Arcan y yo nos reunimos en el vestíbulo de un gran hotel; le anuncié sin preámbulos que íbamos a publicarla, a firmar un contrato. Sin embargo, deseaba compartir con ella las preguntas que habían cruzado la mente de sus primeros lectores, y quería saber si se sentía capaz de escribir, por ejemplo, un prefacio en el que desvelara detalles de su persona, de su infancia, etcétera.

La mirada azul pálido que rehuía la mía no se enturbió, ni ante los cumplidos ni ante las reservas. Estaba dispuesta a ponerse manos a la obra de inmediato. De hecho, pocos días después llegó el prefacio. Era Nelly Arcan en estado puro: una auténtica pieza de literatura, sin duda, pero también una negativa rotunda y elegante a aportar ninguna de las respuestas deseadas…

“No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos […]. ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?”.

Al transcribir estas líneas, al volver a ver esa salmodia repetitiva y ese tempo tan característicos de Nelly Arcan, esa forma de caldear la oración “a trompicones”, me acuerdo de lo que decía algunas veces: “He leído poco, pero he leído bien. Básicamente, la Biblia y a Dostoievski. Y Los cantos de Maldoror.

Sus libros son cantos, ciertamente. Sobre todo, este. Es inútil buscar escenas de la vida de una prostituta. No hay narración, y muy pocas descripciones. Solo este planteamiento desgarrador: ¿por qué yo, una joven de clase media, buena estudiante, tímida, nacida en Lac-Mégantic, cerca de la frontera con Estados Unidos, rodeada de una madre deprimida, de un padre intolerante que creía en el diablo, de una hermana fantasmal (otro pacto con la verdad: esta hermana no existe), de un hermano marinero (aunque soy yo quien lo incluye porque, a diferencia de la hermana inventada, nunca se habla de él), por qué, decía, en cuanto llegué a la gran ciudad, al tiempo que me matriculaba en la universidad y escribía una tesis, por qué respondí a un anuncio en el que se buscaban escorts y me metí de lleno en este oficio que ya nunca quise dejar?

Afortunadamente, en Montreal conoce a un hombre que tendrá una influencia decisiva en su destino intelectual y que será una especie de tutor hasta el final. Patrick Cady es psicoanalista; ejerce en Outremont, la parte francófona y jasídica de la ciudad, y –esto no es banal–, paralelamente, se labra una carrera como escultor, utilizando materiales que trae de los confines de la civilización, huesos de ballena o piedras del Gran Norte canadiense.

Cuando va a verlo, le pide dos cosas: seguir una terapia y que la ayude con la escritura. Pero las primeras entrevistas ponen de manifiesto la envergadura de la tarea. Ella no abre la boca, luego le confía una docena de páginas escritas en un arrebato: es el comienzo de Puta. Comentario de Patrick Cady: “Si me está preguntando si esto puede ayudarla a progresar con la terapia, no tengo la más mínima idea, pero si quiere saber si estas páginas son las de un escritor, bueno, de eso estoy seguro”.*

Nunca dejará de llamarla Isabelle.

Era más poeta que escritora, con eso quiero decir que se ponía delante del ordenador y esperaba, con el ordenador apagado, como si una voz fuera a dictarle lo que tenía que escribir. Pero no soportaba quedarse en casa sola, así que esperaba en los cafés o incluso a veces en mi casa. La veía mirarse en la pantalla negra, a veces hasta una hora, de repente escribía algunas líneas o una página, luego la voz se callaba y volvía a sumirse en la espera.

El libro se publica y tiene un éxito considerable a ambos lados del Atlántico. Un éxito que la devora y la aterroriza. Las apariciones por televisión se multiplican, por lo general son desastrosas, tanto por la imagen que da como por el golpe que supone cada uno de estos fracasos. Por mucho que le expliquemos, ella siempre hace lo que quiere. Se comporta de manera insensata constantemente porque, en el fondo, no tiene la más mínima autoestima y no confía en su talento como escritora, prefiriendo refugiarse en la exhibición del único valor que le parece irrefutable: su cuerpo.

Pasan los años, todo se vuelve triste y violento. Su segundo libro aparece en 2004. Empieza a desagradar, a molestar. Para protegerla de sus demonios (y sus demonios frecuentan sobre todo los bares de Montreal), a Patrick Cady se le ocurre sacarla de allí, y le propone pasar unos meses en Francia. Primero, acude a una clínica psiquiátrica en Rambouillet. El recuerdo que deja allí es, digamos, desconcertante, pues pide que le envíen a su habitación los diez volúmenes que en ese momento había disponibles del Seminario de Lacan, y eso siembra el pánico entre el personal sanitario. Finalmente, ante su falta de cooperación, le piden que se marche; se instala entonces bajo el techo de su editor.

Nelly en el día a día.

Muda, concentrada, trabaja mucho. Sigue con su ritual de esperar frente a la pantalla negra del ordenador.

Por las mañanas, se prepara un capuchino del que hace un uso curioso. No lo prueba y, después de dejar que se enfríe, mete un dedo en la taza y empieza a dibujarse en el muslo arabescos cremosos, jeroglíficos, poemas improbables destinados solo a ella. Practica la misma caligrafía en los restaurantes, sobre los manteles de papel, alrededor de su plato.

En las calles de París, no soporta ver a los enamorados. En cuanto divisa a una pareja coqueteando o besándose, una cólera sorda la invade. Como una herida que se abre. Poco le falta para abofetearlos.

Es difícil evitar que su biografía lo invada todo, ya que se trata de una mujer que hizo del sufrimiento que padeció su único tema. Y que a menudo fue más allá de lo que estábamos preparados para oír:

“Sí, la vida me ha atravesado, no lo he soñado, esos hombres, miles de hombres, en mi cama, en mi boca…”.

El 24 de septiembre de 2009, al final de la jornada, Patrick Cady revisa su email antes de volver a casa y ve un correo firmado por Isabelle, agradeciéndole todo lo que ha hecho por ella. Comprende enseguida lo que significan esas palabras. Se abalanza sobre el teléfono para llamarla a casa. Demasiado tarde. Nelly Arcan ha sido trasladada al Hospital Universitario de Montreal, donde han intentado reanimarla, en vano; había entrado en parada cardiorrespiratoria durante el trayecto en ambulancia.

En el fragor de esta muerte y las controversias que le siguieron, las malas lenguas afirmarán que los textos que la hicieron famosa habían sido retocados, reescritos. Otra vez este desdoblamiento entre las dos Nelly, la falla que se abría entre la fuerza de sus visiones y su incapacidad para aceptarlas en público. Seamos claros: no hay una sola línea que no sea suya ni una palabra que se haya movido, ni en este libro ni en los siguientes.

Esta danza de guerra, este remolino furioso, estas frases en espiral que son como plataformas de lanzamiento. Esta sintaxis tan particular, con dislocaciones, vaivenes, síntesis sublimes, impropiedades, fulgores. La Biblia, Dostoievski, Lautréamont. A ve- ces le gustaba perderse en la abstracción filosófica; sin embargo, incluso esos pasajes que uno no está seguro de entender del todo tienen algo que hace que fluyan de modo natural.

Tan natural como una fuente a cien grados centígrados.

 

* Esta historia me la contó Nelly Arcan y luego me la confirmó Patrick Cady.

 

Puta, por Nelly Arcan

No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos, de definirlos adecuadamente ante Dios, y qué más quiere usted saber, que yo era completamente normal, tirando a buena en los estudios, que en ese mundo de católicos fervientes en el que crecí a los esquizofrénicos los mandaban con los sacerdotes para que los curaran con exorcismos, que la vida allí podía ser muy hermosa si una se contentaba con poco, si tenía fe? ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?

A veces, por la noche, sueño con mi colegio, vuelvo una y otra vez para examinarme de piano y siempre es igual, no encuentro el piano y a mi partitura le falta una página, vuelvo allí siendo consciente de que llevo años sin tocar una nota y de que encontrarme en esa situación a mi edad, como si nada, es ridículo, y algo me dice que sería preferible dar media vuelta para evitar la humillación de no ser capaz de tocar delante de la madre superiora, a la que claramente le importa un bledo que toque o no, porque ella siempre supo que yo jamás sería pianista, que jamás haría nada que no fuera tocar alguna escala de vez en cuando, y en esa escuelita de ladrillos rojos, donde cualquier carraspeo resonaba por todos los rincones, tenías que ponerte en fila para ir de una clase a otra, las más bajas delante y las más altas detrás, yo tenía que ser la más baja, no sé por qué pero esa era la consigna, ser la más baja para ser la primera de la fila, para no quedarme encajada en el medio, entre las más bajas y las más altas, y cuando llegaba septiembre y la hermana establecía el orden en que desfilaríamos durante el resto del año, yo doblaba las rodillas por debajo de mi vestido por si las moscas, porque aunque era baja no estaba segura de ser la ms baja y tenía que poner un poco de mi parte, reducir todavía más mi talla para garantizarme ese primer lugar, y además no me gustaban los adultos, una sola palabra suya bastaba para que me echara a llorar, y por eso solo quería tratar con sus barrigas, porque las barrigas no hablan, no preguntan nada, sobre todo las barrigas de las hermanas, esas pelotas redondas que sentías el impulso de hacer rebotar de un puñetazo. Y aunque ahora ya he superado esa necesidad de ser baja, durante varios años incluso llevé zapatos con plataforma para ser más alta, pero no demasiado, lo justo para mirar a mis clientes a la cara.

Ahora que lo pienso, tuve demasiadas madres, demasiados modelos de santurronas reducidas a un alias que a lo mejor no creían en ese Dios sediento de nombres, por lo menos no del todo, a lo mejor simplemente buscaban una excusa para alejarse de sus familias, para desvincularse del acto que las había traído al mundo, como si Dios no supiera que venían de ahí, de un padre y de una madre, como si Dios no pudiera ver que tras su Jeanne y su Anne intentaban esconder ese nombre inapropiado que sus padres habían elegido, tuve demasiadas madres de esas y muy poco de la mía, mi madre que no decía mi nombre porque tenía que dormir todo el tiempo, mi madre que, en su sueño, dejó que mi padre se encargara de mí.

Recuerdo la forma de su cuerpo bajo las sábanas y también la de su cabeza, que solo asomaba un poco, igual que un gato hecho un ovillo sobre la almohada, un despojo de madre que se iba aplanando lentamente, solo su pelo delataba su presencia, al diferenciarla de las sábanas con que se tapaba, y ese período del pelo duró unos años, puede que tres o cuatro, al menos eso creo, para mí se convirtió en el período de la Bella durmiente, mi madre se regalaba una vejez subterránea y yo ya no era una niña ni tampoco una adolescente, estaba suspendida en esa zona intermedia en la que el pelo empieza a cambiar de color, en la que en la pelusa dorada del pubis crecen sin avisar dos o tres vellos negros, y yo sabía que ella no estaba dormida del todo, sino solo a medias, se notaba por su rigidez bajo las sábanas demasiado azules, a demasiados cuadros, en esa habitación demasiado soleada, con cuatro grandes ventanas que rodeaban la cama y que lanzaban sobre su cabeza haces luminosos, rectilíneos, y dígame, ¿cómo se puede dormir mientras el sol te da en la cabeza?, y ¿para qué dejar que entre tanto sol en la habitación si estás durmiendo? Se notaba perfectamente que no dormía por su forma de moverse a sacudidas, porque de repente gemía por algún motivo extraño, oculto con ella bajo las sábanas.

Y luego estaba mi padre que no dormía y creía en Dios, es más, era lo único que hacía, creer en Dios, rezarle a Dios, hablar de Dios, vaticinar lo peor para todos y prepararse para el Juicio Final, censurar a la humanidad a la hora de las noticias durante la cena, el Tercer Mundo se muere de hambre, decía siempre, y mientras, aquí, qué vergüenza, vivimos con tantas comodidades, con tanta abundancia, así que estaba mi padre, a quien yo quería y que me quería, que me quería por dos, por tres, me quería tanto que la autoestima estaba de más, habría sido una ingrata considerando ese torrente que me llegaba del exterior, por suerte estaban Dios y el Tercer Mundo para protegerme de él, para canalizar su energía a otra parte, al espacio remoto del paraíso, y un domingo que estábamos en la iglesia, los dos sentados en un banco de madera, y mi madre en la cama, él y yo en un banco en primera fila mirando la luz del sol que atravesaba las vidrieras y caía en diagonal sobre el altar, en haces siempre igual de rectilíneos, me guardé la hostia en la mano en vez de tragármela, y acabó en mi bolsillo para acabar después en mi habitación, entre las páginas de un libro que escondía debajo de la cama, y cada noche abría el libro para asegurarme de que seguía allí, un redondelito blanco y frágil que yo sospechaba que no contenía nada en absoluto, por qué Dios se rebajaría a vivir ahí dentro, qué bajón, y el domingo siguiente, antes de salir para misa, le enseñé la hostia a mi padre para que fuera mi cómplice, papá, mira lo que he hecho, mira lo que no he hecho, y le juro a usted que casi me pega, es un sacrilegio me dijo, y ese día comprendí que mi sitio podía estar del lado de los hombres, esos a los que hay que censurar, ese día comprendí que allí era donde debía estar.

Y luego tengo una hermana, una hermana mayor a la que nunca conocí porque murió un año antes de que yo naciera, se llamaba Cynthia y nunca tuvo una personalidad como tal porque murió demasiado pequeña, en fin, eso es lo que mi padre ha dicho siempre, que con ocho meses no se puede tener una personalidad como tal, lleva tiempo desarrollar características propias, una forma particular de sonreír y de decir mamá, tienen que pasar por lo menos cuatro o cinco años para que la influencia de los padres empiece a apreciarse, para que te pongas a chillar en el patio del colegio, chillar igual que ellos para tener la última palabra, mi hermana está muerta desde hace siglos pero todavía flota sobre la mesa familiar, creció allí sin que nadie la mencionara nunca y se instaló en el silencio de nuestras comidas, ella es el Tercer Mundo de mi padre, mi hermana mayor que tomó el relevo de todo lo que yo no llegué a ser, la muerte le permitió tenerlo todo, posibilitó todos los futuros, sí, podría haber sido esto o lo otro, médica o cantante, la mujer más hermosa del pueblo, podría haber llegado a ser todo lo que quieras ya que murió muy joven, libre de cualquier marca que la definiera en un sentido u otro, muerta sin gustos ni actitudes, y si ella hubiera vivido yo no habría nacido, esa es la conclusión a la que no he tenido más remedio que llegar, que su muerte es la que me dio la vida, pero si por un milagro las dos hubiéramos sobrevivido al proyecto de mis padres de tener solo un hijo, seguro que me habría parecido a ella, habría sido como ella porque ella habría sido la mayor, porque un año es suficiente para establecer una jerarquía. Jamás hablo de Cynthia porque no hay nada que decir, pero uso su nombre como nombre de puta, y hay un motivo, y es que cada vez que un cliente me nombra, es a ella a quien llama de entre los muertos.

Luego está mi vida, la que no tiene nada que ver con todo esto, con mi madre, con mi padre o con mi hermana, hubo una adolescencia de amigas y de música, de penas de amor y de cortes de pelo a la última moda, de lloreras por el resultado y de miedo a tener esto demasiado grande o lo otro demasiado pequeño, o a que tu amiga fuera más guapa que tú, fueron diez años turbulentos que me llevaron hasta la edad adulta, luego llegaron la gran ciudad y la universidad. Por primera vez en mi vida, me encontré sola en un apartamento con una gata siamesa que mis padres me habían regalado para que no me sintiera sola, para que, supongo que eso pensaban, nos tuviéramos la una a la otra, compartiéramos cama y desarrolláramos una rutina, formáramos un ecosistema de caricias y pequeñas dependencias, ella era el único elemento estable en un universo cargado de novedades, su constancia soñolienta me hizo comprender que se podía sufrir por un exceso de posibilidades, por un exceso de transbordos en el metro, la gata se llamaba Zazou y tenía unos ojos azules que bizqueaban y por eso mismo parecían aún más azules, azules como los míos, Zazou, y yo le pegaba a la menor oportunidad porque siempre andaba por en medio, y mi padre se había encargado de poner un crucifijo en cada habitación del apartamento que antes había sido bendecido, es muy importante que los crucifijos estén bendecidos, decía, porque si no, corren el riesgo de vaciarse de Dios y de convertirse en armazones, demasiadas personas llevan la cruz sin creer en ella, llevan la cruz con un fin estético, porque hoy en día no se piensa más que en embellecer las cosas, los coches y la religión, y el motivo por el que mi padre colgó crucifijos en las paredes de mi apartamento fue sobre todo para asegurarse de que estaba vigilada y para que los visitantes supieran que él estaba allí, nada se dirá sin que yo lo oiga, nada se hará sin que yo lo vea, a través del cuerpo demacrado de Cristo, pero yo jamás comprendí que se pudiera tener por dios a un muerto.

Mi padre decía todo el tiempo que le horrorizaba la gran ciudad porque está llena de cosas censurables, las putas y los homosexuales, la gente rica y famosa, la economía que está en su mejor momento y la ley del más fuerte, lo desastroso e incomprensible que es todo, la cacofonía de las lenguas y de la arquitectura, el barro de la primavera y la fealdad de las construcciones modernas, y cómo puede ser que la fachada de una iglesia pueda hacer las veces de entrada de una universidad, preguntaba indignado como si yo tuviera algo que ver con eso, una iglesia mutilada como los crucifijos sin bendecir, vaciada de Dios, ¿y cómo se entiende que los pabellones de la universidad desemboquen en peep-shows, adónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso? Y es verdad, puede demostrarse empíricamente, la fachada de una iglesia da acceso al pabellón en el que yo tenía la mayoría de mis clases, una fachada conservada y restaurada en aras del patrimonio porque queda bien, y muchas ventanas de las aulas dan a bares donde hay bailarinas desnudas, a los neones rosas de la feminidad, me pasé clases enteras analizando al aluvión de trabajadoras del sexo, y menudo hallazgo esta apelación, en ella se aprecia el reconocimiento de los demás por el oficio más antiguo del mundo, por la más antigua de las funciones sociales, me encanta la idea de que se pueda trabajar el sexo como se trabaja una masa, que el placer sea una labor, que pueda extraerse de algo, que exija un esfuerzo y merezca un salario, restricciones, normas. Y para la mayoría de los estudiantes no había nada raro en esa cohabitación con las putas, eso es lo más chocante, uno se acostumbra rápido a las cosas cuando no puede escapar de ellas, cuando desbordan desde la otra acera para acabar inundando tus apuntes, pero esta proximidad tuvo un efecto en mí, hizo que quisiera pasarme a la otra acera, dígame, ¿cómo iba la teoría a tenerse en pie ante tantos placeres? De todas formas, nadie me conocía y la primavera estaba muy avanzada, la primavera siempre te empuja a actuar, te anima a ponerte la soga al cuello, se presentó la ocasión de quitarme la ropa de campo y yo la acepté encantada.

Prostituirme fue fácil porque siempre he sabido que pertenecía a los demás, a una comunidad que se encargaría de encontrarme un nombre, de regularizar mis entradas y salidas, de proporcionarme un amo que me dijera lo que tenía que hacer y cómo, lo que debía decir y callar, siempre he sabido ser la más pequeña, la más sexi, y para entonces ya trabajaba de camarera en un bar, las putas ya estaban a un lado y los clientes a otro, clientes que me ofrecían un poco más de propina de la necesaria a cambio de que les prestara un poco más de atención de la necesaria, y la ambigüedad se instaló poco a poco y de manera natural, ellos me utilizaron y yo los utilicé a ellos durante varios meses antes de decidirme a ir hacia lo que tanto me atraía, y si me paro a pensarlo, me parece que no tenía elección, que ya estaba destinada a ser puta, que ya era puta antes de serlo, me bastó con hojear el diario anglófono La Gazette para encontrar la página de las agencias de escorts, me bastó con coger el teléfono y marcar un número, el de la agencia más importante de Montreal, según decía el anuncio la agencia contrataba solo a las mejores escorts y admitía solo a la mejor clientela, es decir, que allí se encontraban las mujeres más jóvenes y los hombres más ricos, la riqueza de los hombres siempre ha combinado bien con la juventud de las mujeres, eso lo sabe todo el mundo, y como yo era muy joven me admitieron sin dudarlo, me sacaron de mi casa para meterme sin demora en una habitación donde recibí a cinco o seis clientes seguidos, las novatas son muy populares, me explicaron, ni siquiera hace falta que sean guapas, un solo día en aquella habitación me bastó para tener la sensación de llevar haciendo aquello toda mi vida. Envejecí de golpe, pero también gané mucho dinero, hice amigas con las que la complicidad era posible y hasta temible, porque su origen estaba en un odio común, el odio a los clientes, pero en cuanto salíamos del contexto de la prostitución volvíamos a ser mujeres normales, sociales, mujeres enemigas.

Y empecé a envejecer a toda velocidad, tenía que hacer algo para dejar de ponerme de rodillas ante aquella retahíla de clientes, en aquella habitación donde me pasaba todo el tiempo, así que empecé a hacer terapia con un hombre que no hablaba, y qué ocurrencia la de haber querido tumbarme allí, en un diván, considerando que me pasaba el día entero acostada en una cama con hombres que debían de tener su edad, hombres que habrían podido ser mi padre, y como aquel psicoanálisis no me llevaba a ninguna parte, como no conseguía hablar, amordazada por el silencio del hombre y por el miedo a no ser capaz de decir lo que tenía que decir, quise poner fin a la situación y escribir todo lo que me había callado durante tanto tiempo, decir por fin todo lo que se ocultaba tras mi necesidad de seducir, esa necesidad que no lograba superar y que me había lanzado al exceso de la prostitución, la necesidad de ser lo que los demás esperan de ti, y si mi necesidad de gustar prevalece cuando escribo, es porque es esencial envolver con palabras lo que está oculto y porque basta con que los demás lean unas cuantas palabras para que estas se conviertan en las palabras inadecuadas. Lo que debería haber atajado no hizo más que fortalecerse conforme escribía, el nudo que tenía que deshacer se fue apretando cada vez más hasta que llenó todo el espacio, y de ese nudo surgió la materia prima de mi escritura, inagotable y alienada, mi lucha por sobrevivir entre una madre que duerme y un padre que espera el fin del mundo.

Y por eso este libro está hecho entero de asociaciones, de ahí el machaqueo y la ausencia de progresión, de ahí su dimensión escandalosamente íntima. Las palabras solo tienen el espacio de mi cabeza para desfilar y no hay muchas, mi padre, mi madre y el fantasma de mi hermana, mis numerosos clientes, que tengo que reducir a un solo rabo para no perderme. Pero aunque apela a lo más íntimo que hay en mí, también tiene algo de universal, algo de arcaico y omnipresente, porque ¿acaso no nos sentimos todos atrapados por dos o tres figuras, por dos o tres tiranías que se combinan, se repiten y surgen por todas partes, justo donde no pintan nada, donde nadie las quiere?

A menudo me dicen que mi fobia a las mujeres es irritante, que siempre estoy con lo mismo, ¿por qué no me limito a sonreírles amablemente y a aplaudirles cada vez que consiguen que tantos hombres se empalmen, es decir, acaso no soy yo también una mujer, una puta, además, por qué no les doy una oportunidad? Lo admito, yo soy la prueba de que la misoginia no es solo cosa de hombres y si las llamo larvas, pitufinas, putas, es sobre todo porque me dan miedo, porque mis genitales no les interesan y no hay nada más que pueda ofrecerles, porque nunca aparecen sin amenazarme con ponerme en mi sitio, en medio de la fila, justo donde yo no quiero estar. Y si no me gusta lo que escriben las mujeres es porque cuando las leo tengo la impresión de estar oyéndome hablar, porque no consiguen distraerme de mí misma, puede que esté demasiado cerca de ellas para reconocerles algo que les sea propio y que no odie desde el primer momento, algo que no pueda asociar conmigo de entrada. Y luego las envidio por poder llamarse escritoras, me gustaría pensar que son todas iguales, pensar en ellas como pienso en mí, como pitufinas, como putas.

Pero no se preocupe usted por mí, escribiré hasta que crezca, hasta que alcance el nivel de esas a las que no me atrevo a leer.

 

Estos dos textos corresponden al prólogo y al inicio de Puta, el libro que, con traducción de Raquel Vicedo, acaba de publicar la editorial Pepitas de calabaza.

Portada

Baudelaire, 200 años de divina maldad

Cuando Jeanne Lemer le entregue esta carta, estaré muerto”. Trágico siempre, en vida y obra, Baudelaire anunciaba así su suicidio. No podía vivir, ni morir, a medias tintas. En su absolutos, reivindicaba sus pasiones y torbellinos.

“Me estoy matando porque ya no puedo vivir, porque la fatiga de conciliar el sueño y la fatiga de despertarme son insoportables para mí. Me mato porque me creo inmortal y lo espero”, afirmaba Baudelaire en su carta a Narcisse Ancelle, su notario.

Toques de histrionismo y torrente de un pesimismo reivindicativo, abatido a más no poder, se clavó un cuchillo.

Quizá fue el destino, desconocimiento de su propia anatomía, resistencia biológica o mera representación en busca de atención de su “Vénus Noire”, Jeanne Lemer, pero el suicidio no pasó de ser un intento fallido al que sobrevivió. Tenía 24 años, las pasiones en ebullición y mucho por decir y escandalizar.

Vivió 22 años más, los suficientes para poner de cabeza a las buenas conciencias parisinas y bruselenses. Terminaría matándolo ese bicho que desde los 20 años contrajo, de rimbombante nombre, llamado Treponema pallidum, la vulgar sífilis.

Este viernes se cumplen 200 años de su nacimiento en París, sin grandes homenajes ni recordatorios de lo que ha significado este “poeta maldito” para las letras no solo francesas, sino de la literatura mundial.

Y es que los franceses están ocupados en otros menesteres, al parecer. Por lo que el bicentenario de su nacimiento ha caído un poco en el olvido entre olas y más olas de una interminable mar de covid-19 o ante las conmemoraciones por los 150 años de La Comuna de París; o por Napoleón, que el próximo 5 de mayo cumplirá 200 años de muerto.

A finales de noviembre de 2017, en la Feria Internacional del Libro, Paul Auster definió el sino de Baudelaire al describir la admiración que el poeta francés tenía por Poe: “Constituía para él una figura heroica, el más puro ejemplo del escritor contemporáneo, el escritor como paria, como genio enfrentado a las restricciones de su propia sociedad”.

Y así fue —y así vivió— Baudelaire. Provocativo, retador y rebelde. Irrestricto defensor de la palabra y férreo combatiente de la censura ha sido para muchas generaciones de artistas, base y punta de lanza para la inspiración en libertad.

Y le gustaba provocar. En una carta a Paul Meurice se regodeaba por sus escándalos autoimpuestos y se burlaba de prensa y sociedad belgas:

“Aquí mismo me hago pasar por un agente de policía, por pederasta (yo mismo difundí el rumor y me creyeron), luego me hice pasar por un corrector de estilo de obras pornográficas enviado por París. Desesperado de que siempre me creyeran, propagué el rumor de que había matado a mi padre y acto seguido me lo había comido y que si, además, me habían dejado escaparme de Francia era por los servicios prestados a la policía. ¡Y me creyeron! Me siento cual pez que nada por las aguas de la deshonra”.

Hoy, se cumplen 200 años de su nacimiento. Casi desapercibidos en una timorata sociedad embelesada por lo ordinario de lo políticamente correcto y donde el escándalo es invocado como mero espectáculo de pasajero instante, sin substancia y desechable lascivia.

https://www.milenio.com/opinion/horacio-besson/de-tacticas-estrategias

Pintura de Baudelaire, por el artista canadiense Mathieu Laca (http://www.saatchiart.com/laca)

De “rojo de mierda” a “espagnol de merde”: el exilio francés de Josep Bartolí

‘Josep’, la película de animación dirigida por el dibujante francés Aurel, indaga en la vida del exiliado republicano Josep Bartolí, también dibujante, que vivió de primera mano los abusos de las autoridades francesas tras la contienda.

Josep Bartolí
Fotograma de la película de animación ‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Sucede que la Historia, a veces, atraviesa de lleno una biografía. Son vidas marcadas por un tiempo convulso que, con suerte, encuentran su particular redención en el arte. La vida del dibujante comunista Josep Bartolí es una de tantas vidas sacudidas por su tiempo, pero su obra la hizo única. Un testimonio del horror a carboncillo, una muestra más de la iniquidad de la que es capaz el ser humano. 

Exiliado español del franquismo que luchó contra el régimen desde Francia y cuyos pasos le llevaron a conocer a la mismísima Frida Kahlo, la vida de Josep Bartolí quedó plasmada en cientos de bosquejos. Su talento para el dibujo y su obsesión por retratar el drama de lo cotidiano, le convierten en testigo de excepción de un tiempo que ya no es, pero que tristemente aún reverbera en muchos discursos políticos.

Pero vayamos por partes. Febrero de 1939. La retirada. Más de 450.000 personas huyen de los embates franquistas por Catalunya y atraviesan los Pirineos a pie. Caminos inundados de hombres, mujeres y niños arrastrando ajuares bajo la lotería de una aviación y una marina al acecho. Anhelaban un refugio en el país vecino y se toparon con alambres de púas. Ni rastro de liberté, de egalité o de fraternité, campos de concentración y mandobles. Aquellos exiliados venían de ser “rojos de mierda” y se convertieron, una vez traspasada la frontera, en “espagnols de merde”.

Ahora un largometraje de animación dirigido por el dibujante de prensa Aurélien Froment ‘Aurel’ (Ardèche, 1980) y con guion de Jean-Louis Milesi, recupera aquella afrenta histórica, lo hace a través de la figura de Josep Bartolí (Barcelona, 1910 – Nueva York, 1995) y de su relación con el personaje de Serge, gendarme con el que traba amistad y que viene a representar esa otra Francia que sí prestó ayuda a los que huían del fascismo, conscientes quizá de que pronto serían ellos los que tendrían que plantarle cara.

El periplo de Bartolí tiene tintes épicos. Tras pasar por numerosos campos de concentración −Lamanère, Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Rivesaltes y Barcarès…−, consigue escapar a París ayudado por un capitán de la armada francesa. Sin embargo, la ocupación alemana le hará huir de nuevo hasta que es detenido por la Gestapo en Vichy. Finalmente, cuando iba a ser deportado al campo de concentración de Dachau, en manos nazis, escapa de nuevo arrojándose del tren en el que iba y, después de pasar por Marsella, Túnez y Casablanca consigue poner rumbo a México en 1943.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

El largometraje Josep (disponible en Filmin) indaga, a través de los bosquejos que dejó Bartolí y que sabiamente ha reinterpretado Aurel, en el trato inhumano que recibieron los exiliados españoles por las autoridades francesas. Una supuesta ‘acogida’ que en realidad consistió en encierros masivos, humillación, hambre, sed y frío. Campos de concentración que nunca fueron de refugiados y que consistían en hacinar a aquellos “extranjeros indeseables” en barracones inmundos. 

Un tableau vivant hecho de miseria y desesperación que Bartolí supo captar a través de sus dibujos. En ellos, reflejó el desprecio y el recelo con el que fueron recibidos por las autoridades del país vecino, no así por parte de los ciudadanos de a pie que, a través de campañas solidarias, se volcaron en brindar a los refugiados los víveres necesarios. 

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Llegado a México, Bartolí entra en contacto con Diego Rivera y Frida Kahlo, con quien mantendrá un romance que se alargó en el tiempo. Seguirá pintando, lo hará sin descanso, el arte como escapatoria pero también como testimonio de la ignominia de la que somos capaces los seres humanos. En el DF publicará sus dibujos bajo el título Campos de concentración (1939 – 194…), donde recopila algunos de sus dibujos en aquel infierno francés.

En el 46 emigrará a Nueva York donde comienza a trabajar dibujando decorados e ilustrando publicaciones de la época. Allí desarrolló buena parte de su carrera como pintor, una trayectoria ya inseparable de aquellos días a la intemperie, cuando el fascismo corría a sus anchas por toda Europa y había que tomarle las medidas, aunque apenas se dispusiera de un lapiz y una cuartilla.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN
https://www.publico.es/culturas

 

SIMONE WEIL SOBRE EL MAR (DISOLVIENDO LA IDENTIDAD)

LA FILOSOFÍA DEL AGUA Y LA ETERNIDAD DE SIMONE WEIL

Azar, un texto de Simone Weil

A continuación, una breve antología de los pensamiento de Simone Weil sobre el mar. Weil, como señala Roberto Calasso, fue una de las pocas pensadoras del siglo XX que defendieron la belleza como un sendero de conocimiento, fiel a su maestro Platón. 

El mar es la imagen móvil de la belleza, un espejo en el que el espíritu -el “soplo”- imprime movimiento y forma. La belleza es la luminosidad de la divinidad en el mundo; un fulgor que es a la vez una puerta o un puente (metaxy) hacia lo real. Lo real es aquello que está libre de la proyección de “la imaginación colmadora del vacío”; el alma sin apegarse a las cosas creadas, por lo que está abierta a ser atravesada por la luz de la gracia y ordenada por el lógos. Más aún, el sentido de la belleza -de la naturaleza misma- es seducirnos a un estado que trasciende su propia condición finita. Como en el mito de Perséfone:

 Es la trampa en que cayó Core. El perfume del narciso hacía sonreír al cielo entero, a la tierra toda y al oleaje del mar. Apenas la pobre joven hubo tendido la mano, cayó prisionera en la trampa. Había caído en manos del dios vivo. Cuando salió, había probado la granada que la ligaba para siempre. Ya no era virgen, era la esposa de Dios. […] La belleza del mundo es la entrada al laberinto[…] si no pierde el valor y continúa caminando, es seguro que llegará al centro del laberinto. Y allí Dios le espera para devorarle.

Weil encuentra también en el mar una imagen del ritmo y en el ritmo la posibilidad de adherirse a un movimiento infinito, cuya energía inagotable nace de la quietud y descansa en la acción sin esfuerzo.

 

La oscilación es bella en el mar.
Bach, música oscilante.
Mar, composición visible sobre múltiples escalas.
Ritmo, composición sobre múltiples escalas.

 

En la belleza, Weil encuentra una antídoto a la visión mecánica del materialismo tecnológico y de la sociedad secular (a la que compara con el Gran Animal que denuncia Platón en La república), la cual reduce el espíritu a un computo matemático: “En lo bello -por ejemplo, el mar, el cielo- hay algo irreductible. Como en el dolor físico. Lo mismo irreductible. Impenetrable para la inteligencia”.

El ser humano debe cultivar un estado de atención y asombro, de sensibilidad a lo bello. No es posible entrar en contacto con la realidad solamente a través de la inteligencia, sugiere Weil. Es necesario un estado de atención pasiva -o vacía- que se deja penetrar por el objeto. La visión como comunión con el fenómeno, cuya naturaleza es luz: “El único órgano de contacto con la existencia es la aceptación, el amor. Esto es así porque la belleza y la realidad son idénticas. Es porque la alegría pura y el sentimiento de realidad son idénticos”.

SIMONE WEIL SOBRE EL MAR (DISOLVIENDO LA IDENTIDAD)

La contemplación de la belleza es una fuente de alegría en tanto que es una orientación hacia el objeto y no el sujeto (y su reflexión obsesiva). La alegría es justamente esa plenitud donde desaparece eso que llamo “yo”: “Estoy feliz de que esté el sol o la luna sobre el mar, o una ciudad hermosa, o un ser humano admirable; no hay ‘yo’ en la plenitud de la alegría”.

Simone Weil tuvo su primer experiencia mística cuando visitó un pueblo pesquero en Portugal el día de la fiesta de su santo patrón: “Era ya de noche y la luna llena brillaba sobre el mar. Las mujeres de los pescadores recorrían en procesión los barcos, llevando velas y cantando lo que debían de ser himnos ancestrales de una tristeza que partía el corazón”. Weil encontraría aquí la imagen de la obediencia, de absoluta servidumbre a una fuerza o energía que trasciende a la propia voluntad. Y de aquí se desprende un modo de existencia o un arte de vida que consiste en no actuar sino en respuesta a lo necesario, imitando al mar y a las estrellas fijas:

La belleza del mundo nos advierte que la materia es merecedora de nuestro amor. En la belleza del mundo la necesidad se convierte en objeto de amor. Nada es tan bello como la gravedad en los pliegues fugaces de las olas del mar o en los casi eternos de las montañas. […] El mar no es menos bello a nuestros ojos porque sepamos que a veces los barcos zozobran. Por el contrario, resulta aún más bello. Si modificara el movimiento de sus olas para salvar a un barco, sería un ser dotado de discernimiento y capacidad de elección y no ese fluido perfectamente obediente a todas las presiones exteriores. Es esa obediencia perfecta la que constituye su belleza.

Imitar al agua y aprender a morir o, al menos, a dejarse ir: “Cuerpos flotantes en el agua; un cuerpo flota en el agua a la manera del agua; debes encontrar una equivalencia entre tú y el agua”. El agua es lo que disuelve la materia y en lo que se gesta el espíritu. A Weil le gusta citar el Evangelio de Juan que habla del nacimiento “del agua y del espíritu”. Es necesario morir para poder nacer a lo que realmente somos.

 

Y unos fragmentos de su poema “La Mer”, que copió en sus Cahiers:

Douce et docile mer, miroir d’obéissance,

Qui reçois et nous rends la clarté,

Mer au flots enchaînes,

Flots, flots enchaînes, miroir d’obéissance,

Qui reçois et nous rends la clarté,

Douce et docile mer…

(Dulce y dócil mar, espejo de obediencia,

que acoge y nos da la claridad

mar de olas encadenadas,

olas, olas encadenadas, espejo de obediencia,

que acoge y nos da la claridad

dulce y dócil mar…)

 

Para Weil el mar es la imagen de la materia que es movida por el espíritu, que es total obediencia, que responde suavemente a lo superior. Las olas encadenas están sometidas a los impulsos y designios de lo profundo. El mar es una “masa ofrecida al cielo”. Constantemente se ofrece a la divinidad y, en el mecerse de sus olas, se encadena con el ritmo del cielo a una sinfonía universal en la que todos podemos participar en la medida en la que nos volvemos, como la materia, pura obediencia al espíritu; como en un espejo, perfectos reflejos de la luz.

El universo se teje todos los días de nuevo; las olas del mar todas las noches tejen los pliegues de un vestido, dice Weil (es el vestido de la novia, la materia, que dice “sí” a lo divino). El mar es como los astros, cuyo poder se manifiesta sin esfuerzo (les astres au loin sans effort ont puissance). Todas las mañanas el mar colma el espacio, “y recibe y dona el regalo de la claridad” (Elle accueille et rend le don de la clarité.) En la superficie del mar un suave resplandor emerge (Un éclat léger se pose à la surface.) Esta es la luz creciente de donde viene la vida, el deseo y la energía ordenadora, eros y lógos.
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Najat y el ardor multicultural

“La imagen que mejor refleja la ansiedad, el frágil equilibrio, es la de una madre sola”, me dice Najat. Ella lo fue con 21 años. El padre desapareció. Y el cableado con su familia estaba demasiado arañado. Se llevaba al hijo a todas partes, transbordos y librerías. Como la pro­tagonista de su libro que relata: “Cuando la gente se daba cuenta de que no le hablaba en la lengua de mi madre se sentían decepcionados y me decían: ‘¡Qué pena perder una lengua!’. Y yo no me atrevía a contarles que para con­servar la lengua me hubiera tenido que quedar en el barrio, bien tapada. Lo único que conseguía explicarles era que las lenguas están vinculadas a las emociones, y que las mías hacía décadas que no estaban ligadas a la lengua de mi pueblo”.

A Najat la invitaban a mesas redondas como la mora integrada de la que se espera un discurso ejemplar que abrace lo mejor de los dos mundos, incluido el exotismo que nos gusta contemplar en los mercadillos ambulantes. La bien amada multiculturalidad que confieso que un día exalté con ignorancia. Pornografía étnica, en palabras de El Hachmi. Ella era la nota de color, la cuota para tranquilizar la conciencia. Nadie le preguntó qué papel quería desempeñar. Lo daban por hecho.

Es difícil manejar las intolerancias ajenas. Como las interpretaciones rigoristas del islam que obligan a las mujeres a cubrirse el pelo como forma de invisibilizarlas: abayas y burkas para borrar su silueta y cerrar el paso al demonio. Tampoco el feminismo es amigo de los tacones y el maquillaje, comentamos con Najat. “Sí, pero a nadie le dan una paliza por llevar tacones, y en cambio sí te la dan por quitarte el pañuelo”. Hoy, la palabra multiculturalidad se ha sustituido por diversidad . No solo es más amplia, sino que huye de la identificación de los términos cultura y origen . Porque la cultura no debería tener límites geográficos, y, además, siempre multiplica. Pero ocurre un fenómeno curioso: cuando se preparan especiales sobre el concepto de diversidad en los medios españoles, la suelen importar de Francia o Inglaterra, donde los autores parecen más chic que los autóctonos.

El extranjero siempre será extranjero. Queremos que adopte nuestros valores y costumbres, y a la vez que nos entretenga con su plus de singularidad. Pero lo seguimos viendo como el otro . El diálogo y la negociación de acuerdos son todavía estrategias políticas titubeantes, entorpecidas siempre por el ruido y la furia de la polémica reaccionaria. Más que preservar su cultura original , los que vienen de afuera quieren papeles, derechos como ciudadanos y un lugar donde trabajar y vivir en paz. Su libertad y su dignidad está por encima del choque cultural o por lo que entendemos por integración, que suele ser siempre sesgado. No solo ellos, también nosotros somos sujetos interactuantes en el intercambio de la diferencia.

Hay muy pocas Najat en España, y hacen falta. Ella aprendió a escribir gracias a una madre que no sabía leer pero era una gran narradora oral de la tradición bereber. Afirma que ese es el legado más importante que ha conservado de sus orígenes. Luego saltó en pértiga.

Najat y el ardor multicultural