Oriente

Selva de varia opinión: Los primeros hombres en Marte
En los días de vacaciones, ¿qué hacer con el tiempo? En las horas muertas, sin hacer nada, qué rápidas corren las sombras. Cada sol repetido es un cometa. Qué veloz pasa un día. Un día. Un siglo. De algún modo ya estás muerto. Todo seguirá igual, como antes de tu nacimiento. Nada es. En esa soledad acuden antiguas sombras de Oriente. Poemas de Li Po, los cuartetos de Omar Jayyam, el libro del Tao. Quiénes fueron. Qué importa. Hasta aquí llegaron sus escritos o sus enseñanzas, si más o menos fieles lo ignoramos. Recuerda, nos dicen, que vas a morir. La vida es corta. Vive tranquilo, sin ambiciones. Mira cómo se disuelve el humo. Bebe vino. ¿Para qué todo? ¿Qué somos? Existimos un momento y luego, nada. Estoy perplejo. Melancolía. Horas desiertas en lugares desiertos. Fugacidad de la vida. Vanidad de las cosas mortales. Valdés Leal. Quevedo. Lo barroco. Qohelet, Séneca y Gracián. Señores: la eternidad. 
         Otro amanecer que te sorprende dormido, en el campo, con la botella de vino vacía. Se acerca un ciervo para lamerte la mano. Eres la vergüenza de la gente. Eres el marginado, el loco, el borracho. No sirves, eres inútil. No eres productivo ni consumidor. Murmuran de tí cuando pasas. Eres huidizo. Ni los trabajos más ínfimos sabes hacer. No tienes familia. Grabas en las piedras una palabra: “Diógenes”
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‘Naúfragos del aire’. Tres poemas inéditos de Alicia López Latorre

La revista de poesía Santa Rabia Magazine presentó el pasado 21 de marzo, Día Mundial de la Poesía, en medio de toda el abatimiento e incertidumbre que al mundo asedia, tres textos inéditos de la talentosa poeta española Alicia López Latorre (1994, Jaén).

 

Atraída por los entresijos de las palabras, Alicia, filóloga y profesora de Lengua y Literatura, combina la docencia con sus estudios de doctorado en la Universidad de Granada y con la escritura.

En el próximo mes de abril de 2020 vería la luz La segunda puerta, con la editorial Sonámbulos, cuya aparición y presentación, debido a la pandemia del coronavirus, será postergada.

 

HABITACIÓN EN JAÉN
 
A Antonio J. Guzmán Díaz
 
¿Qué más da lo que pueda ser la realidad situada
fuera de mí, si me ha ayudado a vivir,     
a sentir que soy y lo que soy?     
           
CHARLES BAUDELAIRE        
 
Mientras el corazón de las plazuelas
gime en el más atroz de los silencios,
el calendario viste y desviste sus
días de identidad homogénea.
Mustia en la periferia del piano,
acariciando el nácar dadivoso,
la espalda quieres dar a las palabras
que pueblan los periódicos, la radio,
y piensas que quizás, al igual que los
acordes con que peinas la madrugada,
esta instantánea es solamente una
ficción fijada ante ojos indiscretos,
una ocurrencia de Edward Hopper
hecha en mil novecientos treinta y dos.
 
 
INSIGNIFICANCIA
 
A los milenarios
 
Por insignificante ante el misterio
que cierne sus placajes tan plomizos
sobre la candidez de tus mejillas,
tu ánimo se contrae como cabeza
de tortuga que, tímida o cobarde,
desde la soledad de una armadura
hecha de la osamenta de este mundo,
no cede sus escamas a un vacío
tan inhóspito como vulnerable.
 
 
NÁUFRAGOS DEL AIRE
 
A los ciudadanos en cuarentena
 
Retornará tu piel hacia otras cimas
lejos de tu vivienda, el alcohol,
el luto circundando las manzanas
y todos los abrazos que no has dado.
 
Olvidará la espera desolarte.
 
A toda fuerza rezas con ahínco:
a Dios, al universo, al azar
y a la administración; que no se ausenten
camas en hospitales, comida en los
mercados, esperanza para todos.
Mientras tanto, admiras la belleza
del médico que salva vidas,
del cajero que acepta tus monedas,
del artista que plasma su refugio,
del aire de Chipiona perfumada
por dádivas de los floristas.
Y en la aurora contemplas el vestigio
de los cuerpos que cada noche aplauden
pese al viento y al frío en los balcones
mientras la voz innata de sus manos
es el único atisbo de vida que
ocupa los paseos de un desierto
que siempre fue habitable.

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Las cosas como son

Si las artes fueran un lujo o un capricho para privilegiados, no habrían formado parte de todas las culturas humanas

Ópera de Puccini cancelada en Trieste a causa del Covid-19.
Ópera de Puccini cancelada en Trieste a causa del Covid-19. JACOPO LANDI NURPHOTO / GETTY IMAGES

 

Nada como el choque contra la inmisericorde realidad para poner a prueba la fortaleza y el sentido y hasta la razón de ser de las artes. En medio de la calamidad uno entiende instintivamente que ha de medir sus palabras, porque en estas circunstancias el oído ético y estético se afina hasta volverse doloroso, y detecta enseguida cualquier nota falsa, salida de tono, hasta el indicio más disimulado de irresponsabilidad o egocentrismo. No estamos para bromas. La indulgencia perezosa hacia la palabrería ahora da paso a lo que Ernest Hemingway llamaba an in-built bullshit detector: una especie de sismógrafo incrustado en uno mismo que salta y dispara su alarma ante la tontería halagadora y consentida, ante la impúdica simulación que usurpa el vocabulario de lo verdadero.

No son momentos para juegos de manos ni juegos de palabras. Como un cuerpo debilitado por la enfermedad, la conciencia sobrecogida rechaza impulsivamente lo que intuye como tóxico o como superfluo, lo que pueda provocarle una sobreestimulación estéril. Hay un mundo de diferencia entre el fervor y la fiebre. En épocas de abundancia nadie repara en el despilfarro; cuando se disfruta de un confort y seguridad en el porvenir, el desarreglo y el trastorno, la novedad neuróticamente renovada, pueden ofrecer simulacros de plenitud, y desde luego parece que alejan el peligro del tedio. Cualquier sospecha de lentitud o de gravedad se vuelve intolerable, cualquier paréntesis de inactividad o silencio.

Las artes se pueden permitir el lujo del ensimismamiento: porque nadie va a pedirles seriamente consuelo, sustento o refugio, las artes pueden consagrarse a los fuegos de artificio sin el menor peligro de que se les exija responsabilidad alguna. Los que se acerquen a ellas quedarán satisfechos si pueden confirmar su pedantería o su esnobismo. Los artistas recibirán el prestigio que conceden a cada momento los administradores ocultos de los valores de la moda: cuanto más abstrusos sean, más alejados de la vida real y de las cosas prácticas, de los trabajos de las manos, de las palabras de todos los días y las historias comunes, mayor será su prestigio.

Las artes ya no precisan reflejar el mundo ni medirse con él: su principal objeto son ellas mismas; su público es el de los especialistas y los enterados. Los artistas, si dicen algo, lo dicen en el lenguaje de los críticos y los teóricos del arte, que es un lenguaje tan cerrado que solo lo saben manejar y lo comprenden ellos mismos, y que no sirve para nombrar nada que esté fuera de su territorio acorazado. Los escritores escriben —mea culpa— sobre el proceso de su propia escritura. Las novelas tratan de escritores que se encuentran y se emborrachan con otros escritores en congresos internacionales o comarcales de literatura. El impulso hacia el ensimismamiento es tan poderoso, y tan universal, que hasta los programas del corazón tratan sobre los periodistas del corazón, y son ellos mismos los que ocupan con preferencia las portadas de sus revistas especializadas. Los directores de cine hacen películas sobre directores de cine obsesionados y angustiados por sus propias películas. Una fotógrafa tan canonizada como Cindy Sherman hace fotos cada vez de mayor tamaño y barroquismo de la propia Cindy Sherman.

La fotografía, como el periodismo o la novela, es un arte tan pegado a la realidad exterior y tan capacitado para retratarla que resiste muy mal, a mi juicio, cualquier tentativa de retorcimiento formal y de abierto narcisismo. La fotografía está hecha de las imágenes de la realidad igual que la novela lo está de las vidas comunes y de las palabras de todos los días. La nobleza literaria del periodismo, que puede no ser menos alta que la de la poesía o la novela, se cumple sobre todo cuando quien escribe da cuenta fehaciente, palabra por palabra, de lo que acaba de suceder, de lo que está sucediendo ahora mismo. Una gran parte de la prosa narrativa o reflexiva de los años treinta en España estaba tan enferma de retórica que algunas de las mejores páginas de aquel tiempo se encuentran en crónicas de Chaves Nogales, de Pla, de Elena Fortún, de Josefina Carabias.

Si el arte, la música, la poesía, las historias han ocupado un lugar de primacía en todas las sociedades humanas, al menos desde Chauvet y muy probablemente desde mucho antes, es porque han cumplido tareas fundamentales para la vida, para la supervivencia personal y colectiva. Si las artes fueran un lujo o un capricho para privilegiados, no habrían formado parte de todas las culturas humanas, en todas las épocas, en todos los lugares. Es en momentos de máxima gravedad cuando nos damos cuenta, cuando lo recordamos si lo supimos y se nos había olvidado. Necesitamos las artes para que nos expliquen el mundo y para que nos alejen del mundo, para saber lo más posible sobre la realidad inmediata y para escaparnos y consolarnos de ella.

Escucho una crónica en la radio sobre los médicos desbordados en un hospital, leo un ensayo en el periódico y me entero de los mecanismos de contagio del virus y hasta de su extraña naturaleza biológica. Pero un poco después, igual que he necesitado el alimento de la información, necesito también cobijarme temporalmente de ella, o asomarme a lo real a través de la perspectiva de una película o de una novela, o acogerme al consuelo, al efecto casi terapéutico de serenidad y armonía de una cierta música, a su afirmación del todo física y del todo espiritual de entusiasmo y arrebato. Músicas y músicos que en otras circunstancias he podido disfrutar ahora me inquietan o me perturban y tengo que detenerlas apenas han comenzado, porque ahora tengo una tolerancia muy baja para la agitación y la estridencia, que en este tiempo derivan rápidamente en angustia. En épocas de mucha confusión parece que la sensibilidad pide voces claras y nítidas y formas definidas, afirmaciones jubilosas de vitalidad, expresiones sobrias de la pesadumbre o del duelo. La efusión emocional está siempre muy cerca de una congoja en la que también cabe la alegría. Duke Ellington revela su parentesco con Bach y el júbilo de Mozart tiene veladuras de melancolía anticipada del paso del tiempo como las que lo estremecen a uno en las mejores canciones de los Beatles.

Pero todo esto es un privilegio. En los hospitales hay ancianos que mueren en soledad ahogados por la neumonía y médicos y enfermeras que trabajan hasta caer agotados y tienen que protegerse con bolsas de plástico por falta de material sanitario. Ahora mismo la tarea principal de la imaginación es abarcar la magnitud devoradora del desastre.

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DENISE GRIFFITH: POEMAS

DENISE GRIFFITH: POEMAS
Eufemismos
I
la poeta Idea Vilariño 
cuenta en su diario de juventud
que alguna vez
rescató a un pájaro de que muriera quemado
y finalmente
el pájaro volvió al fuego
no importa cuántas veces nos rescaten
siempre volvemos al fuego
lumínico error resulta lo decadente  
de caminar para atrás
o cambiar de camino
la arrogancia de la quietud facilita un tropezón
que sí es caída
¡quiero llamar!, se queja un niño en pleno siglo veintiuno
y golpea el teléfono público desconectado
ella también quiere llamar
piensa al verlo
quiere llamar al karma
para expresarle sus emociones negativas
y es complicado
II 
funciona como epígrafe
tu mirada
su enajenación
funciona como epitafio
tu amor es como el mar de noche
la seduce y absorbe
como el viejo robusto que le arroja comida a un perro callejero
pero hacia las vías del tren  
hay trenes que ella no ve venir
un bozal para cuando la muerte le muerde la mano
pide nada más
soltás la pelota
y ves hacia dónde se dispara
la libertad va tomando forma
con sigilo
un moretón entre tanto dolor
no se razona
es apenas un aderezo vistoso
tu juguete favorito
es
aquel que está 
roto  
¿de qué manera te quedás dormido?
¿de qué manera te sentís seguro?
del ritmo se desprende
la mecánica del olvido
III
es tan fácil como odiar esa escena
que los unirá eternamente
a lo que tuvieron
la condenaste a muerte el día de su cumpleaños
cuando la invitaste a viajar por la memorable Europa
le cuesta divorciarse de los eufemismos
amor no correspondido
es el perro que
espera al dueño
en la estación durante años
como ella te está esperando a vos
traducime eso, 
olvidé cómo se dice en español
animalito de mi corazón, 
en qué estás pensando
cuando gruñís
en qué estás pensando
cuando mordés
en qué estás pensando
ahora
¿fuegos artificiales?
 
Que sí
una mañana en la playa de Villa Gesell
vi algo bajo el mar entre las algas
mi papá lo señaló con emoción
es una cáscara de durazno, 
le dijo mi yo de seis años
y de cerca era un caracol naranja pálido
a diario
un deshielo cruje bajo mis pies
pero solo hay alquitrán 
tampoco necesito empaparme en 
conocimiento sobre x o y
interiorizarme sobre la zozobra
solo tomo un poco de helado de crema en la orilla 
y cuando siento un agua viva
sé que estoy a salvo   
encontré mi manera de sonreír
como aquella vez que mi papá lanzó una moneda para saber qué decisión tomar
y me dijo ¿qué querés que sea?
le dije que sí
y me dijo, entonces salió sí
Poemas de Carencia (Liberoamérica, 2019)
 
Denise Griffith (Buenos Aires, 1993) no solo es escritora, sino también editora en Liberoamérica (Argentina). Es estudiante avanzada de Traducción Literaria. En 2018, publicó con la editorial Escritor de la legua un poemario llamado Antojos de desorden y participó de la antología El gran libro de los perros de la editorial española Blackie Books (tirada de 20.000 ejemplares, que ya va por la segunda edición).  Escribe con frecuencia para la revista digital de Liberoamérica y para la página especializada en teatro GEOteatral.
http://www.revistaelhumo.com

LA SABIDURÍA DEL EMPERADOR FILÓSOFO MARCO AURELIO PARA ENFRENTAR EL COVID-19

LAS PALABRAS DE LOS ESTOICOS NUNCA HAN SIDO TAN ESENCIALES
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El estoicismo ha llegado a ser, para la conciencia popular, sinónimo de resiliencia y ecuanimidad. Más allá de que la filosofía estoica es mucho más rica y compleja que esto, nos encontramos en momentos donde dicha filosofía resulta sumamente indicada justo porque brinda herramientas filosóficas para enfrentar la adversidad sin derrumbarse, permitiendo incluso transformar el conflicto y la contrariedad en sabiduría y crecimiento.

La filosofía estoica es famosa, entre otras cosas, por tener entre sus más importantes exponentes a dos personas radicalmente diferentes, unidas por una misma visión: el esclavo Epicteto y el emperador Marco Aurelio. Este último, en sus Meditaciones, legó un importante tesoro de observaciones sobre los acontecimientos de la vida. Marco Aurelio vivió estoicamente en medio de guerras, poder, pestes, desgracias y demás. El filósofo emperador escribió de manera altamente relevante:

Una enfermedad como la peste sólo puede amenazar tu vida, pero el mal, el egoísmo, el orgullo, la hipocresía y el miedo, estas cosas atacan tu propia humanidad.

Para Marco Aurelio la vida no es sólo una marcha ciega hacia la muerte, sino que en esta existe un importantísimo componente moral y espiritual. Su visión está lejos del nihilismo, que supone que la muerte determina el aniquilamiento y destruye todo el quehacer humano. Existe un compromiso, un sentido y una participación existencial que trascienden al individuo, “la humanidad” o, en términos estoicos, el Logos o la inteligencia divina que se manifiesta en la naturaleza. Asimismo, la muerte es impotente frente a los valores auténticamente humanos.

En suma, la filosofía estoica parte de la premisa de que existe una dignidad esencial en la vida, una fuerza espiritual y un sentido cósmico que están libres de cambios y vicisitudes. Hay una confianza en el sentido del universo, en que el mundo está sostenido por un orden y un bien, más allá de las circunstancias adventicias. Esta visión es lo que permite desarrollar la famosa calma y la ecuanimidad estoicas. Marco Aurelio habla sobre esta fortaleza:

Sé fuerte como las rocas que las olas del mar no dejan de golpear: se mantienen firmes mientras que a sus pies la espuma se agita y desaparece. «¡Ah! Soy desdichado –dices– porque me ha ocurrido tal percance». Te equivocas. Por el contrario, tendrías que decir: «Estoy feliz porque, a pesar de esto que me ocurrió, estoy al abrigo del dolor y no me siento herido por el presente ni ansioso por el porvenir». Lo mismo podría sucederle a cualquier otra persona pero no cualquiera lo recibirá con la misma impasibilidad que tú. ¿Por qué, entonces, tiene que ser este accidente una desgracia y no un acontecimiento feliz? ¿De verdad puedes llamar desgracia a algo que en nada disminuye la naturaleza del ser humano? ¿O crees tú que haya una verdadera degradación de la naturaleza humana ahí donde no hay nada que sea contrario al destino de esta? ¡Y bien! ¡Tú conoces ese destino! Lo que acaba de suceder, ¿te impide ser justo, magnánimo, sobrio, razonable, sereno en tus juicios, modesto, libre y tener, en fin, todas aquellas virtudes que permiten a la naturaleza del ser humano conseguir sus propósitos? 

Marco Aurelio parece decirnos aquí que hay algo que ninguna adversidad –guerra, peste, pérdida– puede quitarnos: la conciencia o la facultad mental de transformar la experiencia, de resignificarla y de actuar de tal forma que podamos contribuir al espíritu humano. Todo lo demás lo podemos perder, pero la posibilidad de usar nuestra mente para darle sentido a la vida y encontrar la paz es inalienable.

Marco Aurelio y los estoicos eran conscientes de que para que la mente pudiera lograr esta fortaleza que le permite navegar la adversidad era fundamental hacer un trabajo de autoindagación y autoobservación. “Aquellos que no observan los movimientos de su propia mente necesariamente serán infelices”, dice en sus Meditaciones, y también: “Nada tiene tanto poder de expandir la mente como la habilidad de investigar sistemática y verdaderamente todo lo que se nos presenta en la vida”. 

Existe un entendimiento de que nuestra experiencia en el mundo depende de las cualidades de la mente, la cual puede cultivarse. Lo esencial para esto es no aferrarse al pasado o proyectar hacia el futuro, evitar el apego y la ansiedad. “Recuerda que el hombre vive sólo en el presente, en este instante fugaz; todo el resto de la vida ya se ha ido o aún no se ha revelado”. Esto, evidentemente, nos muestra una clara comprensión de la impermanencia similar a la que encontramos en el budismo. Marco Aurelio agrega: “Todo es efímero –y la fama y los famosos también–”.

Esta conciencia del cambio es esencial para poder vivir en paz con la realidad.

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Las Memorias de Pío Muriedas listas para julio

Un caleidoscopio intelectual. ‘Recuerdos de mis pasos perdidos’, biografía y evocación anárquica, está prologado por Fernando Savater con epílogo de Arrabal

Las Memorias de Pío Muriedas listas para julio
‘Barrio Pesquero’, uno de los escasos óleos que no recurren al retrato.

 

Un artista del siglo XVI que vivió en el XX». Este es el lema que preside la publicación de las Memorias de una de las personalidades culturales mas singulares que ha dado Cantabria: Pío Muriedas. ‘Recuerdos de mis pasos perdidos’ es el epígrafe de una obra de cerca de 300 páginas que recorre «un auténtico panorama de la intelectualidad del siglo XX». La obra se canalizará en junio y, si la actual situación lo permite, su salida a las librerías el 1 de julio estará precedida de una exposición en el Espacio Fraile y Blanco durante los meses de mayo y junio.

El libro recoge la biografía de Pío Muriedas (1903-1992) el principal recitador de poesía clásica que ha tenido España en la pasada centuria, y las memorias del también poeta, actor, pintor y dramaturgo. Las Memorias abarcan, por un lado, desde su juventud hasta 1960, publicadas en la prensa de Zaragoza en un orden anárquico al que ahora se ha tratado de ordenar por décadas.

Por otro lado, las Memorias se prolongan con los escritos a partir de esos años sesenta, redactadas en dos tomos, y escritas de una manera cronológica.

El archivo compilado por su hijo refiere cerca de 1.300 documentos entre cartas de intelectuales, poemas y fotografías

Pío Muriedas, que completó su polifacética actividad intelectual con pintura naif y la poesía, es autor de una obra pictórica calculada en más de trescientas obras. La que queda en manos de la familia es la base de la financiación de la publicación de sus memorias. Manuel Fernández Gochi, hijo de Pío, realizó la primera transcripción y resumen de las memorias y su ‘carta a mi padre’. Es el artífice de la exposición de óleos del artista que permitirá la edición del libro al inicio del verano.

Las Memorias están prologadas por el pensador y escritor Fernando Savater y cuentan con un epílogo del dramaturgo y escritor Fernando Arrabal. La obra contiene más de 170 fotografías y reproducciones en color de sus cuadros. Los contenidos contemplan también un apartado con los ‘poemas de Pío a María Luisa Gochi, su gran amor’, y capítulos donde los pintores retratan al rapsoda y los poetas glosan a Pío. Patrocinadores y colaboradores en la edición y los cuadros del propio Pío completan la obra. En paralelo al libro está prevista una edición limitada de cien ejemplares de una carpeta gráfica con seis láminas.

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Además de la próxima publicación Manuel Fernández ha impulsado un archivo documental sobre Pío Muriedas integrado por 1255 items entre cartas de intelectuales, poemas dedicados al intelectual santanderino, referencias de prensa, libros del propio autor y sobre él, fotografías, grabaciones, libretos de teatro, artículos, catálogos, tarjetones, autógrafos…entre otras muchas referencias.

Una personalidad irrepetible, idealista y creativo, que dedicó toda su vida a la poesía y la pintura. Las memorias reflejan ese caleidoscopio de su vida y trayectoria y en ellas queda reflejada la diversidad intelectual de quienes trató y la efervescencia e inquietud de determinadas épocas. En pintura especialmente el reconocimiento de los artistas se manifestó en retratos e iniciativas compartidas, de Miró a Quirós, de Cossío a Esteban de la Foz, Enrique Gran o Raba.

Una veintena de obras configuran la muestra prevista en Santander. El objetivo es que la venta de las piezas propicie la financiación del lanzamiento editorial (mil ejemplares) de las Memorias. Por ello se reproducirán los cuadros, motivo de la exposición, con la reseña de cada patrocinador al pie del cuadro adquirido.

En la nómina de colaboradores que han participado en la edición destaca el autor de ‘La infancia recuperada’, Fernando Savater, que mantuvo correspondencia con Pío en los años ochenta. El pintor cántabro Antonio Sedano, amigo íntimo de Pío, ha realizado las ilustraciones del libro. El periodista Jesús Pindado se ha encargado de la corrección literaria y, como amigo del rapsoda, le dedica un epílogo personal. Fernando Arrabal también estuvo vinculado a Pío a través de misivas entre los años cincuenta y setenta. Finalmente, Juan Gallego, desde Gijón, diseñador gráfico, se ha encargado de la maquetación del libro y de los preparativos de la muestra.

Reconocido por poetas, artistas e intelectuales, del santanderino Pío Fernández Cueto, seudónimo utilizado tras la guerra civil, se ha escrito mucho pero «no siempre con la objetividad necesaria, aunque queda para la historia un personaje irrepetible en estos tiempos de pragmatismo y de visión a corto plazo, donde la seguridad personal prevalece sobre los ideales». Los más grandes intelectuales del siglo XX quedaron asombrados y glosaron de una manera significativa la apuesta de este hombre, que dedicó todo su ser, a la poesía y la pintura. Desde el prisma de la literatura y la poesía glosaron la figura de Pío creadores como Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Jorge Guillén, Ramón Mª del Valle Inclán, Dámaso Alonso, Miguel Ángel Asturias, Camilo José Cela, Fernando Savater, Antonio Buero Vallejo… y una innumerable relación de lo más significativo de la intelectualidad española. En el escrito que introduce las memorias, desde esos recuerdos de juventud, Pío Muriedas de manera confesional y clara apunta la pretensión y el tono: «Puedo decir que yo he conocido lo que en realidad es la vida antes de los treinta años. Mi memoria no puede, a pesar de los esfuerzos, recordar con exactitud los sucesos de mi vida anterior. Vagamente, como entre tinieblas, a veces construyo algún pequeño suceso. Nací en Santander y mi madre era una cigarrera y mi padre un tramoyista en el Teatro Pereda. A los 30 años había pasado por América con la compañía de teatro de Margarita Xirgu y había viajado por toda España. Iré escribiendo estas memorias de una manera anárquica, en cierto modo como soy».

En la segunda parte de la escritura se incluye uno de los textos más emotivos con ocasión de la muerte de su compañera. «Hoy 5 de febrero de 1972, a las cinco de la tarde muere mi otro yo, mi amor, mi Mª Luisa. Si en realidad existiera Dios, allá me esperará impaciente para estar juntos, como siempre. Después de este sueño, que supone la vida, no hay otra cosa que una transformación de energía, y como he de ir a la misma fosa, allá nos fundiremos en la materia más amorosa y noble».

‘Recuerdo de mis pasos perdidos’, en palabras de Savater, es «un documento indispensable para entender la literatura del siglo XX». Una obra concebida como «unas Memorias de la aventura». Secretario General de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarias al servicio de la República en Santander (1936), participó en la guerra civil española como recitador y secretario de propaganda, y le acompañó Antonio Quirós pintando carteles y dibujos revolucionarios, participando en todos los frentes.

En la parte plástica más de medio centenar de pintores le retrataron, como quedará reflejado en el libro. El Espacio Cultural Fraile y Blanco acogerá más de una veintena de pinturas de Pío. Óleos sobre lienzo, tabla y cartón configuran principalmente este fondo dispuesto por la familia.

Como ya sucediera con la muestra de la Biblioteca Central, celebrada el pasado año, y el catálogo se pretende acercar su retrato a las nuevas generaciones. «De su polifacética labor intelectual destaca la creación poética y su denuncia de todo aquello que veía injusto y absurdo. Su actividad creativa se impulsó, especialmente, después de la muerte de su amor, María Luisa Gochi».

Otro de los ámbitos más atractivos del proyecto es la inclusión de diversas cartas fruto de su prolija correspondencia. La nómina de autores abarca todas las artes pero especialmente destaca Chillida, Vicente Aleixandre, Guillén, Pablo Serrano, el propio Arrabal y Jorge Oteiza.

El índice onomástico de la publicación incluirá más de un centenar de nombres, entre ellos, Alberti, Gerardo Diego, García Lorca, Ibarrola, Dolores Ibárruri, Miguel Labordeta, Mauro Muriedas, Pablo Neruda, Blas de Otero, o César Vallejo…

El Nobel Cela dejó escrita su sentencia sobre el recitador. «La zurra pasó y el Pío Fernández Cueto volvió a ser Pío Muriedas sufridor, cantor, pintor».

https://www.eldiariomontanes.es/culturas/

Poetas contra el virus en el Día Mundial de la Poesía

Siete poemas encargados por ABC para que las palabras iluminen esta hora en la que todos convivimos con el dolor y la incertidumbre que causa la pandemia

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«Un poeta debe ser más útil que ningún ciudadano de su tribu». Este verso de José Ángel Valente podría dar sentido al Día Mundial de la Poesía 2020, en el que las palabras deben conjurar todo su poder benéfico, porque el mundo está bajo una peligrosa pandemia.

Los versos deben dar consuelo y contagiar emoción, como siempre hicieron a lo largo de la historia, pero con más motivo. Porque toda España sale a las ventanas cada tarde y está un corazón detrás de cada rostro, está una historia personal que rebosa por los ojos abriendo los cristales. Pronto todos tendremos amigos o familiares afectados por la epidemia. Hay miedo y hay dolor. Los vecinos aplaudimos, mostramos con las manos cómo late una ciudad de palmas cuya música llega más lejos y más alto que las azoteas de nuestra incertidumbre. Y la cultura es la poesía que suena con ese pulso, corazón adentro.

Hemos pedido a un puñado de poetas que nos ayuden a llevar a los lectores un reflejo de todo eso. Hemos pedido unos versos de humanidad, sufrimiento y esperanza, porque también los poetas y los versos están confinados. Les hemos solicitado que liberen sus palabras por el balcón de ABC para llegar a los lectores, para convertir el periódico en la hoja volandera de sus voces y así llegar a ver todo lo que compartimos en el espejo de sus versos.

César Antonio Molina, Luis García Montero, Clara Janés, Loreto Sesma, Pablo García Casado, Fernando Beltrán y Diego Doncel han sido muy generosos, como puede leerse en estas páginas. Poemas inéditos, escritos pensando de manera solidaria en lo que todos estamos viviendo y en lo que todos vemos morir.

Aquí han reunido una terrible visión de las certidumbres que se desmoronan, el tesoro de la conciencia cultivada que ilumina esta mala hora, una escena de repartidor, una invocación al mar para un milagro, la cadena infinita del desvelo de los padres a los hijos y de los hijos a los padres, el aleteo del haiku sobre un árbol y un mendigo, o el asombro juvenil frente a la música de los balcones.

Sólo son palabras, sólo son poemas, pero déjenlos vivir en este día cerca de sus corazones. Y ya no preguntemos con Hölderlin: ¿Para qué poetas en tiempos de miseria?

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La libertad de los condicionales

.

Si alguna vez el miedo inevitable,

te cerrara los ojos,

procura cultivar en tu conciencia

algo digno de verse.

.

Si alguna vez la noche te persigue,

a lo largo del día,

piensa que cada sombra es un comienzo

y amanecer tan sólo una costumbre.

.

Si aprendes a vivir en las palabras,

llamarás a la puerta

de lo que ha sido tuyo en el silencio:

un todavía, un no, el humo blanco.

.

Si la desesperanza es lluvia y es ciudad,

prefiero caminar a ser ventana.

Bajo un paraguas busco

la libertad de los condicionales.

.

Luis García Montero

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.

Un país enfermo

.

¿Qué fueron de aquellos,

los mejores años de nuestra vida?

La melancolía es la pérdida de la

capacidad de amar.

Consuelo nombrando lo inconsolable.

Siempre hemos llorado sobre las antiguas ruinas,

y ahora ya sobre las nuestras propias. Esperanza,

siempre la esperanza engullendo nuestra desesperación.

Nuestros grandes debates teóricos, ahora

se consumen en la domesticidad.

Y los culpables del mal somos nosotros mismos

que hemos aullado para asustar a los ángeles pacientes.

¡Corramos! El viejo mundo se derrumba como las

fachadas en las películas mudas de Keaton.

¡Corramos sin a dónde! Incluso fuimos más ingenuos

que el Eclesiastés. ¡Ojalá pudiéramos purificarnos

con incienso!¡Querer volver a ser libres! ¡Querer volver

a ser uno mismo! Enfermamos porque somos

un pueblo que es un tormento para sí mismo.

¡Qué infortunio nuestro inconformismo!

Y ahora el Destino viene a hacerse un selfie

con nosotros. «¡Sonreid!», nos grita, pero aún nos

quedan más odios y ofensas que descargar.

¡Querer ser libres cuando lo éramos!

¡Querer ser felices cuando lo éramos!

Non é lo steso moriré che

parlare della morte.

¿Por qué inventamos desdichas mayores

que nuestras fortunas?

¿Qué fueron de aquellos,

los mejores años de nuestra vida?

.

. César Antonio Molina

. Poema escrito para este día y en

. las circunstancias que estamos viviendo

.

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.

.

Haikus

.

.

La primavera aquí,

epidemia del árbol.

Primeros brotes

…..

Los mendigos aún,

vacunados de todo,

estirando sus manos

….

Azules de Murillo.

Ahora entiendo la peste

de tu luz

….

Se cruzan en la acera

tapándose la boca.

Nadie miente

….

Los pulmones,

alas rotas del pecho,

se detienen de pronto

.

. Fernando Beltrán

.

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.

Monólogo ante el mar

.

¿Más allá de la terraza, el mar parece una reproducción del mar

en la página publicitaria de una agencia turística.

Es tan inmenso que ni siquiera tiene horizonte,

tan azul que ni siquiera resulta real,

está tan en calma que parece una imagen manipulada

por algún programa informático.

Lo veo desde esta cafetería donde te estoy esperando.

En el sitio de siempre.

Con el corazón demasiado oscuro y demasiado miserable.

Desde que te has ido, soy un ser a la deriva.

Converso contigo como una forma de conversar con mis fantasmas.

He descubierto dentro de mí otros hombres que nunca pensé tener,

otras dimensiones mías que me resultan ajenas.

He descubierto mi confusión.

El tiempo se deshace como dos cubos de hielo

en ese vaso de whisky del que nunca beberás.

El mundo es este cliente extranjero con una camisa

de flores al que ya nunca vas a poder oír.

Te esperamos todos en esta cafetería, en nuestra casa,

en los senderos que nos ha gustado pasear contigo.

Esperamos que hagas caer la costra de tus heridas,

que abandones el sudario sobre el polvo, que enciendas

tus cenizas y salgas a los focos del amanecer.

Por algún sitio vuelves pero es un sitio que ignoramos.

Demasiado débil tal vez, tan perdido como nosotros.

Tu cuerpo anda por el asfalto de la nada hasta aparecer en la lejanía.

Tu corazón camina por la memoria de nuestro corazón.

Tal vez solo seas eso: imágenes, sentimientos, sueños, un duelo interminable.

Con las manos vacías te hacemos vivir.

La naturaleza, tan cruel contigo, no debe ya parecerte estéril.

Te espero en esta cita frente a la playa, frente a los veranos.

El sol empieza a levantarse, es hora de resucitar.

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. Diego Doncel

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Corona de Amor

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A todos aquellos…

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Todavía te veo

acercándote a mi puerta

con tu mano mágica

pulcra y enguantada…

¿Qué me dejas

a un metro del umbral?

Garbanzos, zanahorias,

arroz…

Tu sonrisa escapa

a la máscara,

es más luminosa

que el arco iris.

Luego me llamas:

-Hay que hacerlo así- dices-;

Si necesitas más,

mañana más.

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Clara Janés

17 de marzo de 2020

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Mamas & papas

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Madres y padres atónitos y asustados delante de una ecografía. Madres y padres que midieron los metros cuadrados de la casa, que se mudaron a una más grande, hicieron obra y pintaron de azul el dormitorio. El mejor, el orientado al este. Madres y padres que sudaron cargando el maletero con el carro, el maxicosi, la minicuna, el esterilizador de biberones. Que compraron toallitas de culo en Prenatal, toallitas de jabón neutro con Aloe Vera, a cuatro euros el paquete de cien. Que contrataron detectives para obtener plaza en el Colegio del Sagrado Corazón de Jesús, que amenazaron al director con ir a la prensa y a los tribunales. Que escucharon con pavor que su hijo estaba cuatro puntos por debajo del percentil. Madres que cambiaron tacón por zapato plano, padres que guardaron en el trastero sus comics y sus revistas pornográficas. Que engordaron y envejecieron y se volvieron repugnantes para sí mismos, mientras su hijo crecía fuerte, limpio y brillante como una mañana de verano. Inglés, baloncesto, equitación, toda clase de artefactos electrónicos que él destrozaba, perdía o simplemente abandonaba en el fondo de las estanterías. Detrás de una colección de libros infantiles que nunca leerá, que donarán a Cáritas para otros niños que tampoco leerán. Madres y padres que confiaron ciega e inútilmente en el control parental de internet, que sufren los rigores de la moda juvenil, los pantalones estrechos, las camisetas, los tatuajes en el hombro, la nuca y el pubis. Que reiniciaron su actividad deportiva, ya sin ganas, con las rodillas rotas, la espalda doblada, que siguen con amarga obediencia los gritos del entrenador personal. Que duermen mal por las noches, que se levantan de madrugada y miran a su hijo dormir como un bebé, un tipo cuyos pies sobresalen ya de la cama. Madres y padres que hablan a las seis de la mañana de lo mismo que hablaron, treinta años antes, sus padres y sus madres. Que tampoco duermen a esta hora, pensando en ellos.

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. Pablo García Casado

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Tras la geometría de una puerta

se construye la muralla de la trinchera,

como ese renglón que indica

dónde empieza la siguiente historia.

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El tiempo se multiplica en las horas vacías,

la vida cambia en la exactitud del momento.

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Hoy alguien aprendió a ser,

además de padres,

malabaristas

y se dibujan imposibles del imaginario

en el hogar donde ayer solo éramos nómadas.

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La tierra seca no se riega con luz y lágrima

sino con la caricia del aplauso

y por eso las ventanas perfuman primaveras.

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Algunos besos se ponen a prueba

bajo la lumbre constante de un mismo techo,

las rutinas ya no suavizan el roce de los cuerpos

que ahora demuestran ser seda o cerilla.

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No sabemos nada del tacto

si pensamos que un abrazo

es cuestión de piel.

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La soledad entiende de los ecos del silencio,

la edad es la circunferencia de la vida

que siempre vuelve

al origen

por eso hoy mis manos también serán las tuyas.

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En la noche silenciada

alguien empieza a cantar

y al asomarme al balcón

sé que esas voces

algún día

volverán también a ser flores.

.

. Loreto Sesma

 

https://www.abc.es/cultura/

 

Un poema cada mañana para dar vidilla al Gran Encierro

          

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En aquel mundo de hace dos semanas, tan bestialmente distinto al de hoy, Marc Lacey, el editor de la sección de Nacional del New York Times, contó la nueva rutina que habían introducido en la primera reunión de la mañana: 

Antes de entrar en faena,
leer un poema.

Lo hacían porque sus reuniones editoriales pueden estar desbordadas de riadas y desastres naturales. A menudo cunde el desánimo por los escándalos políticos. Incluso puede haber muertos, tiroteos en supermercados y palizas de barrio. Estas conversaciones para decidir el contenido del periódico son el disparo de salida; el resto del día consiste en mirar esas tragedias de arriba abajo, darles vueltas y escudriñar hasta el último detalle de esas historias aciagas. 

Un bajón.

Por eso Lacey pensó que podía haber un modo de aliviar esto un poco. «Incorporamos un elemento a nuestras reuniones de la mañana con la intención de inspirarnos y aumentar nuestra creatividad antes de embarcarnos en otro largo día de editar noticias: leemos una poesía», escribe el editor, en un artículo titulado How Poetry Shakes Up the National Desk’s Morning Meetings (Cómo la poesía sacude las reuniones de la mañana de la sección de Nacional). 

Esta idea es extrapolable a cualquier situación. Por ejemplo, que un virus se haya convertido en una guerra mundial. También es extrapolable el poema. Pueden ser diez flexiones, un baile, una canción. Eso ya está ocurriendo: hay más música en los patios de vecinos y el volumen se ha venido arriba. 

Marc Lacey aprendió esta iniciativa de la profesora de Lengua del instituto de su hijo. Al principio de cada clase lee una poesía y los alumnos la escuchan en silencio. Les gusta tanto que lo han convertido en un hábito y si un día la maestra lo olvida, los estudiantes le piden lo que es suyo: ¡los versos! 

Cuenta el editor del New York Times que el día que propuso leer un poema antes de la reunión editorial, algunos miraron a otro lado. «¡OMG, such nonsense!», pensaría alguno. Pero a la editora de Fotografía y experta en Poesía, Morrigan McCarthy, le encantó el reto y leyó el primero.

«La magia de la poesía es que golpea tu mente con pensamientos sobre un tema de una forma inesperada. Esto es exactamente lo que queremos hacer en la sección de Nacional: buscar cada día formas interesantes e inteligentes de afrontar las historias más importantes del país», dice McCarthy en el artículo del New York Times

Poesía mañanera
Frida Kahlo, un icono de la superación

Es probable que mañana por la mañana no tengas una reunión de redacción con tus compañeros. Ni siquiera que los veas porque nuestro mundo de hoy, de ahora, de este mismísimo instante, es el Gran Encierro. Pero eso no es ningún impedimento. Aquí tienes un puñado de citas y poemas de personas muy inspiradoras a tu disposición. Puedes repartir una para cada mañana o pegarte el atracón.

Irene Vallejo, la bellísima voz del mundo clásico y autora de El infinito en un junco, te lee este haiku del maestro Chôsû:

Luna en el agua: 
rota una y otra vez,
y aún sigue ahí.

La doctora en Informática Luz Rello te dice esta frase «brutal», que es también el título de un libro de Juan Cruz: 

Cuando teníamos las respuestas
nos cambiaron las preguntas

El narrador y cuentacuentos Héctor Urién, en su voz teatral, te recita esta décima que escribió hace unos años. Algo que «brotó del alma»:

Echar la tarde contigo
no necesitar más nada
servirte como almohada
también de amante y de abrigo.
No cuidar de lo que digo
ni dónde pongo la mano;
ser simplemente un humano
feliz, libre y distraído
que si entró a la tarde herido
después de ti saldrá sano.

María Jesús Espinosa de los Monteros, directora de Podium Podcast y una de las mayores expertas en narración sonora de este país, te recita un poema de Manuel Alcántara. Uno de sus «favoritísimos», por su sencillez y «porque muestra bien lo poco que necesitamos para ser felices».

Le gustaban pocas cosas:
el alcohol y las ventanas,
el mar desde una colina,
el mar dentro de la playa,
el olor de los jazmines,
los libros de madrugada,
el sol, el pan de los pueblos, 
Quevedo, recordar África, 
las noches y los amigos,
el verano y tus pestañas.

Y el humorista Paco Calavera te suelta lo más serio que te van a decir hoy:

No te preguntes qué puede hacer tu país por ti.
Pregúntate cuánto hace que no te has lavado las manos.

Poesía mañanera
María de Médici, bailarina y mecenas de arte

Un poema cada mañana para dar vidilla al Gran Encierro


La cuesta de las comadres, por Juan Rulfo

La cuesta de las comadres, por Juan Rulfo

By Estrella del Oriente

Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

Borges: Entonces no le ha ido tan mal.

Rulfo: ¿Cómo así?

Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.

La cuesta de las comadres

Originalmente publicado en la revista América

Nº 55, febrero, 1948

(El llano en llamas, 1953)

        Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.

         Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casi todas las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.

         Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.

         Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos.

         El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro.

         El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin embargo, el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.

         Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos.

         Seguro eso pasó.

         La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes; pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.

         Así siguieron las cosas todavía después de que se murieron los Torricos.

         Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.

         Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se estaban acuclillados horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán. Sólo después supe que no pensaban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino: aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo hasta que se perdía entre los del cerro de la Media Luna.

         Yo nunca conocí a nadie que tuviera un alcance de vista como el de Remigio Torrico. Era tuerto. Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas , que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber que bultos se movían por el camino no había ninguna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto teniendo en quien recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo.

         Eran los días en que todo se ponía de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar en sus corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios. El viento que atravesaba los cerros era más frío que otras veces; pero, no se sabía por que, todos allí decían que hacía muy buen tiempo. Y uno oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Comadres.

         Luego volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces la gente se apuraba a esconder otra vez sus cosas. Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.

         Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban. Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé a robar a un arriero. Entonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguantaba más estirones. De eso me di cuenta.

         Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero, porque estaba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies. Después, porque no sabía adónde iba. De cualquier modo, allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas.

         Los Torricos me dijeron que no estaba lejos el lugar adonde íbamos. “En cosa de un cuarto de hora estamos allá”, me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó a oscurecer y cuando llegamos a donde estaba el arriero era ya alta la noche.

         El arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto, agazapado entre el zacatal. Entonces le dije eso a los Torricos. Les dije:

         —Ese que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo.

         —No, nada más ha de estar dormido —me dijeron ellos—. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber cansado de esperar y se durmió.

         Yo fui y le di una patada en las costillas para que despertara; pero el hombre siguió igual de tirante.

         —Está bien muerto —les volví a decir.

         —No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! —fue todo lo que me dijeron.

         Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los Torricos me venían siguiendo.

         Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la madrugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude saber si me seguían, hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros.

         De ese modo fue como supe qué cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentados junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres.

         A Remigio Torrico yo lo maté.

         Ya para entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno, pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.

         Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaban bien vacías de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores.

         Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.

         Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.

         —Ir ladereando no es bueno —me dijo después de mucho rato—. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga, porque yo he venido aquí a enderezarlas.

         Yo seguí remendando mi costal. Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arria trabajaba muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que decía:

         —A ti te estoy hablando —me gritó, ahora sí ya corajudo—. Bien sabes a lo que he venido.

         Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó aquello casi a boca de jarro”. Sin embargo, traté de verle la cara para saber de qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.

         Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.

         —Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste —me dijo—; pero era tan amigo mío mi hermano como tú y sólo por eso vine a verte, a ver cómo sacas en claro lo de la muerte de Odilón.

         Yo lo oía ya muy bien. Dejé a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa.

         Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.

         —Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas veces —siguió diciéndome—. Era algo duro de entendeder y le gustaba encararse con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo o qué fue lo que pasó. Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber sucedido.

         Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver…

         —Oye —me atajó el Torrico—, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer supe que te habías comprado una frazada.

         Y eso era cierto. Yo me había comprado una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros se debió a que tuve que llevarme al chivito chiquito allí metido, porque todavía no podía caminar como yo quería.

         —Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue —oí que me decía casi encima de mi cabeza.

         —De modo que fui yo? —le pregunté.

         —¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.

         La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.

         Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.

         Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.

         Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.

         Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

         Ya debía haber estado muerto cuando le dije:

         —Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.

         «Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.

         »Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»

         Eso le dije al difunto Remigio.

         Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.

         Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.

         De eso me acuerdo.

Juan Rulfo

https://revistaestrelladeloriente.blogspot.com

El ‘Decamerón’

La costumbre nos ha fragilizado de tal modo que todo lo que no sea vivir como hasta ahora nos parece inaceptable y nos rebelamos contra la realidad

El duomo de Florencia, visto desde un mirador.
El duomo de Florencia, visto desde un mirador. JENNIFER LORENZINI REUTERS

 

Al paso de la epidemia que, como un tsunami de pesadilla, está asolando el planeta desde su aparición en China, muchos son los que han recordado obras tanto cinematográficas como literarias que evocan o anticiparon lo que hoy está sucediendo en el mundo: La peste, de Albert Camus; Los novios, de Alessandro Manzoni; La peste escarlata, de Jack London; Diarios del año de la peste, de Daniel Defoe; El último hombre, de Mary Shelley, Némesis, de Philip Roth… Muy pocos, sin embargo, han recordado, al menos que yo haya leído, el Decamerón, de Bocaccio, cuya historia transcurre en medio de la epidemia de peste bubónica que diezmó a la población de Florencia en el año 1348. Posiblemente porque en el Decamerónno se abordan tanto los detalles de la enfermedad como la oportunidad que les brinda a sus protagonistas de llenar su tiempo de cuarentena, que pasan aislados en una casa de campo, de narraciones orales y de imaginación.

Recuerdo brevemente para aquellos que no lo hayan leído el argumento del Decamerón: diez florentinos —siete mujeres y tres hombres— deciden huir de su ciudad y refugiarse en una villa campestre mientras la peste siga azotando a la capital de los Médici. Durante los días que dura su reclusión, los personajes entretendrán el tiempo contándose historias por turno hasta completar las 101 que componen la obra de Bocaccio, pues en la introducción a la cuarta jornada este añade un relato más a los 10 de cada uno de ellos. Contra lo que cabría pensar, la mayoría de las historias que los protagonistas se cuentan unos a otros son de carácter festivo y erótico, sin rastro de temor ni de inquietud por lo que está sucediendo entretanto en Florencia. Bocaccio escribió el Decamerón cuando el Renacimiento se atisbaba en el horizonte y la humanidad dejaba atrás la Edad Media con su paisaje de oscuridad, Inquisiciones y pestes físicas y morales. La idea del carpe diem prima entre los protagonistas en lugar del ¿ubi sunt (los muertos)? medieval.

Cuento esto porque es exactamente lo contrario de lo que observo a mi alrededor en estos días de imprevista cuarentena a la que el coronavirus, la enfermedad que recorre el mundo, nos está obligando a los habitantes de Europa, un continente habituado desde hace décadas a vivir en seguridad y paz. La costumbre, que creíamos ya un derecho, nos ha fragilizado de tal modo que todo lo que no sea vivir como hasta ahora nos parece inaceptable, y nos rebelamos contra la realidad. De ahí el temor que se ha establecido en todos y de ahí las reacciones infantiles, de no aceptar lo que está ocurriendo, de muchas personas que, en lugar de colaborar a no difundir el miedo, contribuyen a su propagación a través de las redes sociales y de todos los medios a su alcance.

El ejemplo del Decamerón debería servirnos para que estos difíciles días, que pasarán, no tengo ninguna duda, como han pasado todos a lo largo de la historia, no se llenen de sombra y de inquietud, al contrario. Si para algo sirve la literatura (y quien dice la literatura dice el cine y cualquiera de las formas de creación y entretenimiento de las que disponemos hoy gracias a las tecnologías) es para encontrar consuelo en medio de la adversidad y para llenar de esperanza el tiempo como en aquella villa florentina de Bocaccio en la que la fantasía salvó a sus protagonistas del miedo.

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