MÁS ALLÁ DEL LABERINTO DE LA SOLEDAD: 10 LIBROS PARA ENTENDER EL MÉXICO CONTEMPORÁNEO

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ENTENDER A UN MEXICANO NO ES TAREA FÁCIL. INCLUSO ENTRE NOSOTROS MISMOS NO NOS ENTENDEMOS. AQUÍ TE PRESENTAMOS 10 LIBROS QUE TE AYUDARÁN A CONOCER UN POCO MÁS QUÉ ES LA ‘MEXICANIDAD’.

Sabemos que no hay un solo México, sino que existen muchos Méxicos que cohabitan en el mismo territorio, por lo que incluso entre mexicanos no nos entendemos. 

A continuación les presentamos 10 libros que creemos fundamentales para conocernos, saber de dónde venimos y acercarnos a algunas propuestas sobre a dónde vamos como país. Estos libros son muy variados, desde ensayos, novelas, hasta poesía.

 

1. Mirreynato. La otra desigualdad, Ricardo Raphael (2014)

En este libro, el analista político y académico Ricardo Raphael, describe una de las caras de un fenómeno social que no es nuevo, pero que hoy tiene las características propias del México contemporáneo: el “mirreynato”. 

En México, los “mirreyes” son personajes vanidosos, presumidos y ostentosos que viven en el privilegio. Son hijos de políticos y empresarios, miembros de alguna de las tres mil familias que perciben ingresos de hasta 80 mil pesos diarios (a diferencia de las más de tres millones de familias que viven con 21 pesos diarios).

Este libro es un análisis del México que abandonó el Nacionalismo Revolucionario, y de cómo el haber entrado a la globalización económica ha hecho que se desarrolle la meritocracia en los círculos de las clases altas y las élites políticas. 

Con fuentes como la Encuesta Nacional sobre la Discriminación (2012), películas o telenovelas, Ricardo Raphael nos habla del México contemporáneo en el que un fenómeno como la desigualdad se agudiza cada vez más. 

Encuentra el libro aquí.

Mirreynato. La otra desigualdad

 

2. Dolerse. Textos desde un país herido, Cristina Rivera Garza (2011)

Cristina Rivera Garza es escritora e historiadora, dueña de una de las prosas más originales de la literatura mexicana contemporánea.

Este libro es una recopilación de pequeños ensayos reunidos durante 10 años. Cada uno de ellos habla sobre los diferentes episodios del horror que se ha vivido en México desde principios del siglo XXI. 

Las muchas experiencias del dolor están siempre en primer plano. En los textos recopilados en este libro se trata el duelo y sus dos caras necesarias. Por un lado, el trabajo de duelo más íntimo y privado, y por otro, el duelo público en un país azotado por la violencia. El duelo público como un reconocimiento del dolor del otro especialmente en las coyunturas políticas de un país que sufre una mal llamada guerra contra el narcotráfico desde 2006. En palabras de la autora “la necesidad política de decir ‘tú me dueles’, de recorrer mi historia contigo, que eres mi país, desde la perspectiva única, aunque generalizada, de los que nos dolemos”. 

Dolerse. Textos desde un país herido

 

3. Se llamaba Elena Arizmendi, Gabriela Cano Ortega (2010)

Gabriela Cano es historiadora. El objetivo de este libro fue recuperar la vida de Elena Arizmendi más allá del romance que tuvo con José Vasconcelos. 

Arizmendi fue fundadora de la Liga de Mujeres de la Raza, la revista Feminismo Internacional y autora de la novela Vida incompleta/Ligeros apuntes sobre mujeres de la vida real. Además, fue también una persona muy cercana a Francisco I. Madero y a su esposa Sara, gracias a quienes conoció a José Vasconcelos. Con éste mantuvo una relación de cuatro años.

El feminismo de Elena afloró cuando se mudó a Nueva York y comenzó a discutir con las feministas norteamericanas sobre su racismo y radicalismo social.

A través de la reconstrucción de la biografía de Elena, Gabriela Cano retrata una época y el papel de las mujeres en ella: el tránsito del ideal femenino del siglo XIX a la discusión del incipiente feminismo en el México del siglo XX. 

Se llamaba Elena Arizmendi

 

4. La suerte de la consorte, Sara Sefchovich (2010)

¿Qué papel juega la primera dama en México? En esta recopilación histórica y sociológica, Sara Sefchovich relata la vida de las esposas de los gobernantes de México. Desde la primera virreina hasta Margarita Zavala. Este libro es un gran cruce entre la historia personal de estas mujeres, la historia de la vida con sus maridos y la historia nacional. La riqueza de este libro radica en que la historia de estas mujeres está perfectamente bien ubicada en cada época histórica y las condiciones que las obligaron a vivir cerca de las élites políticas mexicanas. 

Encuentra el libro aquí. 

La suerte de la consorte

 

5. Noticias del imperio, Fernando del Paso (1987)

Esta novela histórica trata sobre la Segunda Intervención Francesa en México y la instauración del Segundo Imperio Mexicano y la vida de la pareja de emperadores autrohúngaros. Está narrada en primera persona por la Emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano de Habsburgo. Dando cuenta de la locura en la que había estado sumida durante toda su vida. De manera paralela, corren las historias de las distintas partes del conflicto durante la intervención y que a su vez tienen diferentes escenarios como México, Francia, Alemania y Austria.  Es un profunda confrontación entre el idealismo europeo y la vida de la realeza de Maximiliano y Carlota, frente a la compleja realidad del México en sus primeros años de vida independiente. Con esta mirada prismática, Fernando del Paso elaboró un panorama donde se destacan vicios y virtudes de nuestra formación nacional que aun ahora se preservan.

Encuentra el libro aquí.

Noticias del imperio

 

6. Ángeles del abismo, Enrique Serna (2004)

La novela histórica de Enrique Serna trata sobre la historia de dos amantes en el México colonial que desafían la sociedad de castas y el poder de la Iglesia. Está inspirada en un proceso real de la Inquisición y es una reconstrucción del México colonial. Cristanta Cruz es una mujer criolla que ha fracasado como actriz, lo que la lleva a fingir arrebatos místicos. Tlacotzin es un indio cristianizado, pero que lucha por conservar la devoción por los dioses mexicas. Aunque la historia de los amantes es ficción, ésta está basada en dos personajes reales. Además, Enrique Serna logra adentrarnos a uno de los episodios más apasionantes de la historia de México. En esta novela encontramos el retrato de la Nueva España, el poder de la iglesia y los conflictos entre las distintas órdenes religiosas, los procesos de la Santa Inquisición y la lucha de resistencia de la población indígena. 

Encuentra el libro aquí.

Ángeles del abismo

 

7. Temporada de huracanes, Fernanda Melchor (2017)

Se encuentra un cuerpo en un pequeño canal de riego. Un cadáver más que no se sabe de dónde salió, ni quién cometió el asesinato. En esta novela los personajes están involucrados en el crimen organizado debido a la miseria y el abandono que la violencia en el país, y sobre todo en las zonas rurales, se ha ido agudizando desde 2006. En cada capítulo encontramos diferentes voces que nos hablan de lo que pasó el día en que encontraron el cadáver. Todas las historias son el pretexto de Fernanda Melchor para narrarnos la vida de un joven mexicano, que como muchos otros, no estudia, no encuentra trabajo, está educado en una cultura machista y que además, está al borde de la delincuencia. En la novela encontramos personajes como empresarios corruptos, policías que abusan de su poder y una adolescente embarazada.

Encuentra el libro aquí.

Temporada de huracanes

 

8. La nación desdibujada. México en trece ensayos, Claudio Lomnitz (2016)

Este libro contiene reunidos 13 ensayos sobre los problemas que enfrenta el México contemporáneo. Aquí encontraremos textos que reflexionan sobre sucesos importantes en la historia reciente del país. Por ejemplo, la entrada de México al neoliberalismo, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la transición a la democracia, la migración y el sismo de 1985. En esta recopilación de ensayos escritos entre 2002 y 2015, el antropólogo Claudio Lomnitz, “identifica la progresiva neoliberalización del país como una de las causas de la, aparentemente perpetua, crisis mexicana.” Es, sin duda, un libro para todos aquellos que deseen comprender las claves del México contemporáneo. 

Encuentra el libro aquí.

La nación desdibujada. México en trece ensayos

 

9. El futuro es hoy. Ideas radicales para México, Rafael Lemus comp. (2018)

En esta compilación de ensayos se exploran análisis y propuestas críticas desde la izquierda radical mexicana. Lo interesante es que ninguno de los autores de estos ensayos pertenece a partidos políticos o grupos de élite. Todos ellos son pertenececientes a un grupo de jóvenes académicos que se han cuestionado la coyuntura política previa a las elecciones del 2018. En este libro encontraremos temas sobre la desigualdad de género y el creciente número de feminicidios, los problemas medioambientales y la administración de las grandes ciudades, el mercado laboral y su distribución salarial, las comunidades indígenas y el concepto de ciudadanía, el incremento de la violencia en la última década, el debate de la legalización de las drogas y la transición a la democracia. Algunos de los autores incluidos son Yásnaya Elena Aguilar Gil, Gabriela Jáuregui, Javier Raya y Fernando Córdova Tapia. 

Encuentra el libro aquí.

El futuro es hoy

 

10. La sodomía en la Nueva España, Luis Felipe Fabre (2010)

A través de la poesía histórica Luis Felipe Fabre da cuenta de la persecución que la Santa Inquisición desató en contra de los homosexuales en la Nueva España durante el siglo XVII. Este poemario nos revela un episodio poco explorado de la historia novohispana, a través de fuentes históricas Fabre recrea el ambiente en el que la Iglesia tenía el lugar más alto en la jerarquía colonial. 

Encuentra el libro aquí.

MÁS ALLÁ DEL LABERINTO DE LA SOLEDAD: 10 LIBROS PARA ENTENDER EL MÉXICO CONTEMPORÁNEO

¿Has leído alguno de ellos? ¿Nos recomendarías algún otro en especial? Déjanos tus opiniones y recomendaciones en nuestra sección de comentarios.

 

También en Pijama Surf: 10 libros para entender ‘1994’, el documental sobre el año que cambió a México

 

Imagen de portada: Omar Balbuena

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Salvador Dalí, el gran científico que nunca recibió clases

Fotografía de un grafiti callejero que retrata a Salvador Dalí en Vitebsk, Bielorrusia. kavzov / shutterstock
Fotografía de un grafiti callejero que retrata a Salvador Dalí en Vitebsk, Bielorrusia. kavzov / shutterstock

 

Recordar a Salvador Dalí (1904-1989) es dar un paso más en la necesaria relación existente entre arte y ciencia. Desde su juventud, Dalí muestra interés en la ciencia y prueba de ello son los ejemplares de libros y revistas científicas que se encontraron en su biblioteca.

A pesar de ello, no tuvo una especial formación científica, aunque este interés sí que le permitió reconocer la importancia de la ciencia en la sociedad del siglo XX.

Sin más que observar algunos de los títulos de sus obras encontramos inmediatamente algunas referencias a la física: Idilio atómico y uránico melancólico (1945), Leda Atómica (1949) y también a la bioquímica, como en Paisaje de mariposas (El gran masturbador en un paisaje surrealista con ADN ) (1957), Galacidalacidesoxiribunucleicacid (Homenaje a Crick y Watson) (1963) o La estructura del ADN. Obra estereoscópica(1973). En otros casos, la relación con la ciencia no se encuentra únicamente en el título, sino que debemos ver la obra en sí.

La proporción áurea

Las matemáticas no quedan fuera de la obra de Salvador Dalí. De hecho, Leda Atómica contiene una composición basada en la proporción áurea, como también lo hace Taza gigante volando, con apéndice incomprensible de cinco metros de largo (1944).

Puede que detrás de este uso de las matemáticas y la razón áurea en la obra de Salvador Dalí estuviera su relación con Matila Ghyka, prolífico autor bastante obsesionado con el número áureo y que publicó varios libros sobre él. En cualquier caso, las matemáticas existentes en la obra de Dalí no se restringen a la composición.

Cubos y estructuras cúbicas

Dalí fue un apasionado de los cubos y la estructura cúbica. Lo demuestra en varios de sus cuadros: quizás el más importante y conocido es Crucifixion (Corpus Hypercubus) (1954), en el que representa a Jesús crucificado en un hipercubo. Nosotros vivimos en un espacio tridimensional y ese es el espacio donde nos movemos todos los días y donde “habitan” los cubos. Si bajásemos una dimensión en vez de estar en un espacio 3D estaríamos en un plano y todos podemos intuir que lo análogo al cubo tridimensional en el caso del plano (que es bidimensional) sería el cuadrado.

El hipercubo (o Teseracto) vuelve a ser un análogo, pero esta vez en un espacio con cuatro dimensiones. La figura que aparece en el cuadro sería el desarrollo tridimensional del hipercubo de dimensión 4. De este modo, Dalí representa a Jesús en una dimensión mayor. Sin embargo, María está llorando abajo, en la Tierra, donde se ve la sombra (bidimensional y representada en color granate en el cuadro) del hipercubo que forma la cruz. La comprensión de la cuarta dimensión llevó a Salvador Dalí a entablar una amistad y colaboración con el matemático Tomas Banchoff.

Un cuadro muy poco conocido

La marcada relación de Salvador Dalí con los cubos también se pone de manifiesto en el cuadro A propósito del «Discurso sobre la forma cúbica» de Juan de Herrera (1960). Juan de Herrera fue el arquitecto del monasterio de San Lorenzo del Escorial y fundador y primer director de la Academia de Matemáticas y Delineación, que más tarde se transformaría en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Este cuadro, bastante desconocido, tiene, además, una curiosidad combinatoria: en las caras del cubo descrito aparece representado en muchas direcciones el texto “Silo princeps fecit”, del mismo modo como aparece en la piedra laberíntica del Rey Silo de Santianes de Pravia, en Asturias.

¿Querría Dalí hacer una representación tridimensional de este acróstico? Quizás es esta la respuesta, pero también podría ser que quisiera dar un paso más allá y llevarlo al espacio de cuatro dimensiones, puesto que la forma en la que aparece “el cubo”, cuando se consideran las cadenas que están representadas en el cuadro, vemos que también es la representación de un hipercubo: no su desarrollo, sino su proyección, lo que en matemáticas conocemos como diagrama de Schlegel.

El logotipo de Chupa-Chups

Logo de Chupa Chups. Wikimedia Commons, CC BY-SA
Logo de Chupa Chups. Wikimedia Commons, CC BY-SA

Quizás una de las facetas más desconocidas de Salvador Dalí es la de diseñador del logotipo de la marca Chupa-Chups. En 1969, la compañía le pidió a Dalí que se encargara de mejorar la imagen de la marca y así lo hizo. El trabajo fue bueno, puesto que 50 años después sigue utilizándose el diseño que realizó, que está basado en la gráfica de la curva r=sen(4θ/3) en coordenadas polares. Si recordamos la imagen de la marca y vemos esta figura se puede entender mejor esta relación:

Hablar de Dalí y matemáticas nos lleva necesariamente a las ilusiones ópticas. Aunque todas ellas no sean estrictamente matemáticas, sí que podemos tener en cuenta las anamorfosis, que son deformaciones de imágenes que aparentemente son difíciles de interpretar pero que desde un punto de vista determinado cobran sentido.

Los que hayan visitado el Teatro-Museo de Dalí en Figueras recordarán Gala desnuda mirando el mar que a 18 metros aparece el presidente Lincoln (1975) o Rostro de Mae West utilizado como apartamento (1974). A estos podrían seguir algunas litografías diseñadas para verse reflejadas en un espejo cilíndrico, y que parece que se encuentran a la venta y pueden verse en esta página.

Como estas cosas cambian es mejor dar una referencia estable: pueden verse en el libro Masters of Deception, de Al Seckel (prologado por el matemático Douglas Hofstadter). Tampoco podemos olvidar, y es una referencia imprescindible, la colaboración que Salvador Dalí mantuvo con Walt Disney creando Destino, un corto iniciado en 1946, que no vio la luz hasta 2003 y que está repleto de ilusiones ópticas.

Otra referencia fundamental en la relación de Salvador Dalí con las matemáticas es el hecho de que conociese a Martin Gardner, la persona que durante más de 25 años publicó la columna de juegos matemáticos en la revista Scientific American. Cuenta Gardner que varias veces quedaron en Nueva York y que Dalí era lector de sus escritos y hablaban sobre ciencia y, en concreto, sobre ilusiones ópticas.

Del conejopato al cisnelefante

Hay una conocida ilusión, el conejopato, que según lo mires ves un conejo o un pato. Se puede encontrar haciendo una simple búsqueda en internet. Lo que no es tan simple es encontrar el cisnelefante, que fue creado por Dalí en Cisnes reflejando elefantes (1937). Según cuenta Gardner en su autobiografía, en una ocasión que iba a comer con Dalí llevaba un modelo en porcelana del conejopato y se lo regaló, con lo que le dio una idea para diseñar un cenicero cisnelefante que sirvió como regalo para los clientes de Air India en 1967.

Salvador Felipe Jacinto Dalí i Domènech, marqués de Dalí de Púbol, un personaje poliédrico o politópico (un politopo es el análogo al poliedro pero en dimensiones mayores que 3) del que nos queda mucho por hablar.

FERNANDO BLASCO

https://blogs.publico.es/otrasmiradas

Formas de la inmortalidad

Los poetas no solían ser tan lejanos a la gente, que los celebraba hasta en la muerte, igual que a los cantantes

Retrato de Carlos Gardel, en 1935.

El 24 de junio de 1935, Carlos Gardel murió calcinado dentro de un avión que buscaba despegar del aeropuerto de Medellín. Sus tangos contaban historias sentimentales, traiciones y desilusiones de amor, que calaron hondamente en el gusto popular. Así, su leyenda se prolongó más allá de su muerte, al punto que se contaba cómo había sobrevivido a las llamas, y, el rostro desfigurado, iba por los puertos cantando siempre con su voz incomparable, oculto bajo el ala gacha del sombrero. Era una manera de otorgarle la inmortalidad.

De su muerte había pruebas suficientes, pero cuando un personaje entra en el territorio del mito, sale derrotada la realidad. Enterrado en el cementerio de San Pedro en Medellín, ciudad que lo veneraba tanto como Buenos Aires, dos meses después el cadáver fue exhumado para ser llevado a Argentina, en un periplo primero por tierra, la mayor parte del trayecto en tren, un trecho por caminos de herradura, a lomo de mula, con estaciones en Caramanta, Marmato, Pereira, Cali, hasta ser embarcado en el puerto de Buenaventura, en el Pacífico.

El buque que transportaba el ataúd atravesó el canal de Panamá para alcanzar el Atlántico, y siguiendo una ruta inversa tocó puerto en Nueva York, donde fue velado una semana, y luego Río de Janeiro y Montevideo, para llegar a Buenos Aires el 5 de febrero de 1936. El funeral fue apoteósico, como correspondía, hasta ser sepultado en el cementerio de La Chacarita.

Pero dos décadas antes había habido otro viaje funerario igualmente memorable, el de Amado Nervo, muerto el 24 de mayo de 1919 en Montevideo. El transporte del cadáver se hizo en una corbeta de guerra argentina, escoltada hasta el puerto de Veracruz por barcos mexicanos, venezolanos, cubanos y brasileños. En cada puerto que tocaba se celebraban demostraciones de duelo popular, hasta que seis meses después, el 14 de noviembre, Nervo fue por fin sepultado en olor de multitudes en la Rotonda de los Hombres Ilustres del panteón de Dolores, los funerales encabezados por el presidente Venustiano Carranza.

No menos suntuosas habían sido las exequias de Rubén Darío, celebradas en León de Nicaragua en 1916. Su cuerpo fue velado durante siete días en distintos recintos de la ciudad, y enterrado en la catedral, al pie de la estatua de San Pablo, vestido de peplo griego y coronado de mirtos. Delante de la procesión fúnebre, las canéforas regaban pétalos de rosas sobre el empedrado de las calles donde ardían los cagajones de los caballos de tiro.

Los magnos funerales eran un tributo pagado a la poesía, que en los dorados tiempos del modernismo tenía su propia música colorida, sonora y vistosa, y de cuya matriz nacieron las letras de los boleros y los tangos; Agustín Lara, enterrado en México también con merecida pompa, y Alfredo Le Pera, el autor de las mejores letras de los tangos cantados por Gardel, fueron ambos poetas modernistas.

¿Cómo llegaba la poesía a las multitudes que rendían semejante culto a los poetas? Las tiradas de los libros de poemas eran limitadas, como aún lo siguen siendo; pero tenían espacio en los periódicos, y, sobre todo, se recitaban en las veladas literarias y en las aulas, porque el arte de la declamación, ahora ya en el olvido, era muy extendido. Las poesías entraban, pues, por el oído, por su virtud musical, igual que las canciones, y se aprendían de memoria gracias a la rima.

Pero poesías y letras de canciones iban por parejo. Le Pera desafió a Amado Nervo al reescribir el poema El día que me quieras, publicado en el libro El arquero Divino en 1919, y lo convirtió en la letra de uno de los tangos más célebres de Gardel, grabado en Nueva York 1934; y si se comparan ambos textos, la paráfrasis de Le Pera le saca ventaja al original.

Le Pera, lector de Rubén Darío, de Amado Nervo, de Leopoldo Lugones y de José Asunción Silva, fue el poeta de los tangos de Gardel, y se quedó a la sombra de la voz prodigiosa del “zorzal criollo”. Y como le tocó morir en el mismo accidente aéreo de Medellín, su nombre también entonces resultó opacado. Pero sin Le Pera no existiría Gardel.

La poesía modernista hereda su estética y sus decorados a las canciones que en las primeras décadas del siglo veinte se difunden por los discos y por la radio, y la devoción popular por los poetas pasa a los cantantes de boleros y tangos; una devoción que tiene su apoteosis a la hora de la muerte. Los funerales de Gardel, los funerales de Lara, “el músico poeta”; y también los de Pedro Infante y Jorge Negrete.

Y de allí el culto pasó a los héroes de la música de abrirse las venas, bien llamada “corta pulsos”, capaz de convertir la pasión amorosa en necrofilia, que lo diga sino el entierro de Julio Jaramillo, el rey de las sinfonolas, celebrado en Guayaquil en febrero de 1978, un carnaval fúnebre que duró tres días, y al que asistió una multitud frenética de doscientas mil personas.

Como se ve, los poetas no solían ser tan lejanos a la gente, que los celebraba hasta en la muerte, igual que a los cantantes.

Son formas de la inmortalidad.

Retrato de Carlos Gardel, en 1935. BETTMANN/CORBIS

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“La muerte de Dios” por Friedrich Nietzsche

 
La cita inspiró una ansiosa portada de la revista Time de 1966 y una franquicia de películas de predicación de 2016 que trabajó duro para inocular a los fieles contra las seductoras amenazas del ateísmo: “Dios está muerto”, escribió Friedrich Nietzsche en su libro de 1882 de aforismos incisivos, La Gaya Ciencia, e inconscientemente acuñó una frase ahora inseparable de las guerras culturales del siglo XX. Por supuesto, Nietzsche sabía que estaba lanzando un cóctel molotov a las guerras culturales de su tiempo, pero no explotó las cosas por puro placer. En cambio, su afirmación contundente estaba en el corazón de lo que Nietzsche veía como un problema tremendo y una realización necesaria.
"La muerte de Dios" por Friedrich Nietzsche

Para aclarar, Nietzsche nunca quiso decir que había habido algún tipo de dios sino que había muerto en la historia reciente. “Más bien”, escribe Scotty Hendricks “que nuestra idea de uno” se había convertido en una reliquia de una era pre-científica. El filósofo, “un ateo para su vida adulta”, no encontró lugar para la creencia cristiana en un mundo posterior a la Ilustración: “Europa ya no necesitaba a Dios como fuente de toda moralidad, valor u orden en el universo; la filosofía y la ciencia fueron capaces de hacer eso por nosotros”. Aceptar este hecho bruto puede imponer una pesada carga existencialista, ya que así como una fuerte filosofía y ética: el pensamiento teológico está profundamente arraigado en la filosofía y el lenguaje occidentales, o como escribió Nietzsche: “Me temo que no nos deshacemos de Dios porque todavía tenemos fe en la gramática”.

He aquí, el texto más significativo de Nietzsche, en relación a la muerte de dios….titulado “El loco” (Audio) 

 

Un naturalista metafísico comprometido , Nietzsche, sin embargo, vio que así como lo perseguía su estricta educación religiosa, incapaz de deshacerse fácilmente de las huellas del Dios cristiano, también lo hacía la civilización europea, particularmente la sociedad burguesa alemana que a menudo atacaba. “Dios esta muerto; pero dada la forma en que son las personas, puede que durante milenios haya cuevas en las que muestren su sombra. ¡Y nosotros también debemos derrotar su sombra también! ”. La“ sombra ”de Dios sigue nuestras ideas sobre la moralidad. Temiendo abandonar el pensamiento religioso, nos aferramos a él incluso en ausencia de religión. Nos preguntamos qué ocupará su lugar, excepto por el nihilismo generalizado y destructivo, una condición que Nietzsche temía inevitable.

Nietzsche incluso vio el discurso científico como perseguido por ideas de agencia divina. “Tengamos cuidado de decir que hay leyes en la naturaleza”, escribe en la Gaya Ciencia , “Solo hay necesidades: no hay nadie que mande, nadie que obedezca, nadie que transgreda. Una vez que sabe que no hay propósitos, también sabe que no hay accidente; porque solo contra un mundo de propósitos la palabra ‘accidente’ tiene un significado ”. Sin embargo, lejos de alejar la fuente del significado humano, Nietzsche busca liberar a sus lectores de la idea de que“ la muerte se opone a la vida ”, o que perder una creencia apreciada es una catástrofe.

Por el contrario,  pensó que la creencia en Dios nos hacía “criaturas cobardes, cobardes, sumisas” y profundamente libres. Él creía que seguiríamos siéndolo hasta que aceptamos nuestro lugar en la naturaleza, una hazaña fácil en una época tan impregnada de pensamiento divino. “¿Cuándo terminaremos con nuestra precaución y cuidado?”, Se preguntó Nietzsche, “¿Cuándo ya no nos oscurecerán todas estas sombras de Dios? ¿Cuándo tendremos una naturaleza completamente deificada? ¿Cuándo comenzaremos a naturalizar a la humanidad con un puro, ¿naturaleza recién descubierta, recién redimida?

Para Nietzsche, la masa de personas tal vez nunca lo haga. Se reserva su redención para “el tipo de personas que solo importan; Me refiero a lo heroico “. Al no convertirse en héroes, la gente común de la modernidad está destinada a seguir el camino del” último hombre “, escribe una figura, escribe Hendricks,” que vive una vida tranquila y confortable, sin pensar en la individualidad o el crecimiento personal. . ”Un consumidor pasivo. Podemos leer la filosofía de Nietzsche como un elitismo completo o como un llamado al lector al heroísmo personal. De cualquier manera, la ansiedad que aprovechó ha persistido durante 134 años y muestra pocas señales de disminuir para muchas personas. Para otros, la inexistencia de un ser supremo no tiene ningún efecto en su salud psicológica.

Para miles de millones de taoístas y budistas, por ejemplo, el problema nunca ha existido. Nietzsche sabía tal vez tanto sobre la religión oriental como sus contemporáneos, gran parte de su conocimiento contaminado por la visión pesimista de Arthur Schopenhauer sobre el budismo. “Comparado con la visión del mundo [de Schopenhauer]”, escribe Peter Abelson, “Lo cual es muy severo, el budismo parece casi alegre”. Nietzsche podría ser igualmente severo, a menudo como una cuestión de polémica, a menudo como una cuestión de humor, a veces descartando otros sistemas religiosos con un poco menos de desprecio que el cristianismo. Pero él resume uno de sus valores ateos clave en una supuesta cita del Buda: “¡No halagues a tus benefactores! Repita este dicho en una iglesia cristiana, y al instante despejará el aire de todo lo cristiano. ”Vivir sin creer en Dios, sugiere una y otra vez, es estar completamente libre de servidumbre y ser completamente responsable de uno mismo.

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Éxito y fracaso de la ficción

Buscamos en series o películas una interpretación de lo que pasa, la metáfora definitiva de la actualidad

DANIEL GASCÓN

Aspecto de una caseta en la Feria del Libro de Madrid.
Aspecto de una caseta en la Feria del Libro de Madrid. JAIME VILLANUEVA

Vivimos en una época de descrédito de la ficción. Las obras narrativas importan más por sus temas que por sus personajes o la habilidad con la que estén hechas. Las leemos y vemos como si fueran un comentario del asunto que está de moda esta semana. Las novelas se justifican por el tema y las películas son relevantes si dan munición en la guerra cultural: ha ocurrido con Érase una vez… en Hollywood, con Mujercitas, con Historia de un matrimonio.

Aunque una de las enseñanzas más duraderas del arte es que cualquier cosa es interesante y reveladora si se observa con atención, y que lo que parece menor puede ser mayor, predomina una lectura basada en el tema y centrada en los aspectos políticos. Para la crítica estadounidense Jessa Crispin esto facilita las cosas: si decidimos que una obra es importante podemos ahorrarnos la tarea más trabajosa de valorar si es buena o mala. El comentario cultural se hace a través de una lente política que permite abroncar a los demás, que es una cosa que siempre da gusto, pero ignora que una buena novela o una buena película tiene un elemento esencial de ambigüedad. Por eso, como decía Italo Calvino, un clásico es un libro que nunca se acaba de leer.

Aplicamos esa lectura chata y farisea a obras y autores del pasado, y a personas de otras épocas. Pico Iyer ha criticado esa tendencia presentista, o cronocentrista, que consiste en utilizar la opinión actual como un criterio sin matices. No podemos ser totalmente relativistas con respecto al pasado, pero tampoco deberíamos considerar que nuestros valores son absolutos o nos vuelven automáticamente superiores. Un poco de autoconciencia nos hace ver lo maleables que somos y la suerte que tenemos por vivir en tiempos tolerantes, esperar que las circunstancias no pongan a prueba nuestro temple moral y saber que las generaciones posteriores juzgarán bárbaras algunas de nuestras costumbres.

Son lecturas oportunistas, literales e inevitablemente empobrecedoras. Esa desconfianza en la ambigüedad de la ficción coexiste paradójicamente con la evidencia de la fuerza que tienen las ficciones en la vida cotidiana y con nuestra obsesión por el relato. Buscamos en series o películas una interpretación de lo que pasa, la metáfora definitiva de la actualidad, y sociedades avanzadas sucumben a mitos nostálgicos e ilusiones de grandeza, porque en el fondo, como decía Eliot, tampoco podemos soportar demasiada realidad.

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Miles Davis: “El silencio es el ruido más fuerte”

“Mi futuro empieza cuando me despierto todas las mañanas… Cada día encuentro algo creativo que hacer con mi vida”

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28 años de la muerte del considerado el compositor y líder de grupo más innovador en la música jazz (falleció el 28 de septiembre de 1991), Miles Davis permanece hoy como un ícono, celebrado por millones de amantes del género y por músicos en general, con un legado imperecedero. A diferencia de leyendas del jazz como Ella Fitzgerald o Louis Armstrong, quienes crecieron en medio de la pobreza y entregaron al mundo lo mejor de su arte después de torcerle el cuello a la desgracia, Miles Dewey Davis III, nacido el 26 de mayo de 1926 en Alton, Illinois, tuvo una vida más privilegiada.

Davis supo encarnar como nadie el espíritu frenético y vanguardista de Nueva York, donde vivió y triunfó como celebridad musical e ícono de estilo.

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Supo tocar con su trompeta las fibras más profundas del ser humano, reveló al mundo una nueva sensibilidad cuyos destellos estéticos evocan el auge del Renacimiento y su regreso al hombre como suprema fuente de creatividad. Guardadas las proporciones, eso fue exactamente lo que hizo Miles Davis a lo largo del siglo XX: concebir un sonido tan único, tan nítido y tan bello que se elevó desde lo más íntimo a lo más universal. Felicidades, maestro.

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 Si os apetece seguir navegando por el universo de Miles Davis, os recomendamos este artículo: Kind of Blue

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Naipes, autógrafos e invitaciones etílicas: mensajes del pasado escondidos en obras de arte

Los expertos en conservación de arte en ocasiones se topan con misivas de otra época. Pequeños hallazgos escondidos en esculturas y tallas de un tiempo pretérito capaces de rescatar unas migajas de ese vacío que es el paso del tiempo. 

Fragmento de una de las cartas halladas en 2008
Fragmento de una de las cartas halladas en 2008.- MUSEO DEL PRADO

JUAN LOSA

La obra de arte, más allá del puro deleite, es también un surtidor de anécdotas y sorpresas de otro tiempo. El espontáneo, ajeno por lo general a este tipo de revelaciones, se ha de conformar –que no es poco– con el gozo de la contemplación, paso previo a ese ligero escalofrío que produce la belleza. Pero hay otros placeres que, lamentablemente, están vetados al gran público.

Nos referimos, por ejemplo, a ese instante en el que varios conservadores del Museo Nacional del Prado movieron el pedestal que sustenta la escultura Carlos V dominando al el Furor (1551-1555), a cargo de Pompeo Leoni, y descubrieron en una cavidad del mismo unas cartas manuscritas ocultas durante casi un siglo.

Dos misivas que, a modo de gamberrada, varios porteros del Prado tuvieron a bien depositar, allá por el año 1923, bajo la imponente figura en bronce del Emperador. El hallazgo, que se produjo en 2008, pasó desapercibido en su día hasta que ahora la pinacoteca ha decidido rescatar estas curiosas epístolas y subirlas a su página web. Unas pocas líneas procedentes del pasado en las que un tal José Ramos Moreira se presenta y, con mucha sorna, nos indica qué hace con su vida y desde dónde nos escribe: «Ramos / portero en la actualidad. / Condenado. / Desde el infierno».

Como lo oyen, el bueno de Ramos, custodio de una de las puertas del museo en los años 20 tuvo a bien echarse unas risas con sus compañeros de fatigas aprovechando alguna operación de conservación o redistribución en el museo. En la carta, manuscrita a tinta, Ramos interpela al futuro consciente de que va camino del purgatorio y, de paso, desliza una suerte de lamento por su precariedad laboral: «Tres años de servicio cobrando 25 duritos al mes». Una situación de escasez que le ha obligado a dejar, muy a su pesar, el tabaco y los «mediochicos» de vino, afición esta última que evidencia conocer bien, pues nos ofrece un amplio listado de tabernas y tugurios donde honrar al dios Baco en las inmediaciones del museo y en las calles de Jesús y Moratín.

Ramos, del que se podría inferir que era lo que viene siendo un borrachín, concluye sus confesiones encomendando a sus interlocutores del futuro a la protección de Carlos V, junto a cuyos pinreles bronceados debió empalabrar las líneas que nos ocupan: «Que Carlos I y V os defienda de todo mal. Amén». La segunda nota, fechada como la anterior el 12 de diciembre de 1923, comparte con la de Ramos el tono de guasa y viene firmada por varios compañeros del susodicho, quienes no dudan en invitarnos (para ello no dudan en incluir junto a las cartas una perra gorda, acuñada en 1870 y todavía de curso legal en 1923) a «mediochicos de vino en la más próxima tasca, si así se denomina en vuestros días, por haber derrocado al mas grande que tubo [sic.] España y el que la ha hecho mas pequeña».

El cachondeo espacio-temporal de Ramos y sus compinches nos habla de un pasado más o menos remoto. Curiosamente, lo que aparentemente no deja de ser un pasatiempo inofensivo a cargo de unos subalternos que luchaban contra el tedio, consigue, un siglo después, arrancar unas migajas a ese vacío que se excava continuamente llamado tiempo, un modo de dejar algún surco, alguna huella, algún rastro. No es algo frecuente, pero estos hallazgos nos vinculan con lo que fuimos, con los anhelos de otro tiempo y nos ofrecen un espejo en el que mirarnos para comprender que no fuimos tan diferentes.

Entre las nalgas de Cristo

A lo largo de la historia del arte ha habido descubrimientos de todo tipo. Desde naipes, como los que se encontraron en el interior de El joven de Magdalensberg, del Kunsthistorisches Museum de Viena; hasta barajas enteras, como la que se extrajo tras el vaciado del Hércules Farnesio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Con todo, lo más habitual es encontrarse con información de la época o con rúbricas camufladas por parte del autor. Es el caso, por ejemplo, del escueto «Fco Buiza 1971» que tuvo a bien ocultar el escultor Francisco Buiza Fernández en un pliegue del Cristo de la Misericordia de la parroquia de San José Obrero de San Juan de Aznalfarache (Sevilla).

Pero quizá fue en 2017 cuando se encontró la cápsula del tiempo más impúdica de la historia. Quién podría sospechar que el pandero de un Cristo –en concreto el de Sotillo de la Ribera (Burgos)– escondería durante dos siglos y medio un par de pergaminos de piel de bovino escritos a mano por el capellán del Burgo de Osma, Joaquín Mínguez. En ellos, el religioso detalla a sus lectores del futuro una breve crónica de la época, llegando a enumerar sus juegos, modo de vida, tipo de caza y hasta las enfermedades más recurrentes.

También un tanto sacrílego es el hallazgo en la talla del Cristo de la Expiración de Cádiz de un pequeño manuscrito que venía a corroborar la autoría de José de Cirartegui, escultor tolosano nacido en 1755. Localizaciones insospechadas con las que los autores de la época –cuya individualidad ganaba enteros– reivindicaban su trabajo de cara a la posteridad.

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Ni pobre, ni feo, ni humilde, ni pacifista: la biografía que desmonta los grandes tópicos sobre Sócrates

Detalle de «La muerte de Sócrates», de Jacques-Louis David
Detalle de «La muerte de Sócrates», de Jacques-Louis David

El nuevo libro de Armand D’Angour, profesor de Estudios Clásicos en Oxford, explora los detalles menos conocidos de la vida de este ilustre griego y aporta una nueva mirada a su figura

Bruno Pardo Porto

La vida de Sócrates empieza por su muerte y avanza hacia atrás, como una nécora que se va restando años. Al menos así sucede en el caprichoso imaginario colectivo, donde el filósofo se conoce siempre a través de su episodio con la cicuta. Luego, si acaso, se bucea en su filosofía, que desarrolló durante su madurez, pero nunca, o casi nunca, se llega a sus orígenes. Tampoco en el mundillo académico. Nada extraño si tenemos en cuenta que casi todo lo que sabemos de él nos ha llegado a través de Platón Jenofonte, que eran mucho más jóvenes y lo trataron principalmente en su última década, cuando ya era viejo y feo. Así que al final, por resumir, no tenemos ni idea de cómo un hombre supuestamente de un estrato social más bien bajo («del más bajo de lo más bajo», escribió Nietzsche) llegó a convertirse en el pensador más importante de la Antigüedad.

En ese gran vacío histórico se sitúa «Sócrates enamorado» (Ariel), el nuevo libro de Armand D’Angour, profesor de Estudios Clásicos en Oxford, una suerte de biografía que, tirando del cruce de testimonios y de sus relaciones amistosas y eróticas, explora los detalles menos conocidos de este ilustre griego y derriba algunos tópicos que han acompañado su figura hasta nuestros días. Para empezar, D’Angour sostiene que este no era de una condición tan humilde como la que asumimos, sino que era el hijo de un «empresario» de la cantería y la mampostería relativamente rico y que creció en un entorno de la élite ateniense. Y al contrario de lo que se ha dicho, se educó con algunos de los «mejores profesores del momento», y su aspiración inicial era hacerse célebre en el campo de batalla por su heroísmo. No fue pacifista ni objetor de conciencia, y participó en varias batallas a lo largo de su existencia, en las que mostró una notable habilidad para el combate. Y sí: fue un joven atractivo que tuvo una vida sentimental bastante agitada y entretenida.

«Algunas estatuas del Sócrates de mediana edad lo muestran bastante guapo. Puede que siempre haya tenido rasgos muy marcados, como la nariz chata y los labios gruesos, pero uno puede tenerlos de joven sin ser “feo”, como el actor Rami Malek, tal vez», explica el investigador a ABC. La imagen de ese hombre poco agraciado, por ser generosos, proviene de «El banquete», de Platón, donde Alcibíades lo retrata como un sátiro y establece, así, el canon. La cuestión parece baladí, pero la belleza era una cuestión central en Grecia. Sin ella, quizás, no podría entenderse el relativo éxito amoroso y social de Sócrates, al que D’Angour da una importancia clave para entender su existencia y pensamiento. Y es que esta es, como sugiere el título del libro, la historia de un joven enamoradizo que terminó casándose con la sabiduría.

Antes de eso, Sócrates conoció el amor carnal y espiritual, masculino y femenino. En su historia hubo una mujer fundamental, que no fue Mirto, su primera esposa, ni Jantipo, la segunda, con las que tuvo un número variable de hijos, según las fuentes. No. Esta se llamaba Aspasia de Mileto, una maestra de la retórica y del amor que encandiló al mismísimo Pericles con su belleza y su intelecto, y que fue odiada y criticada con saña por su posición privilegiada y su influencia en el gobierno de la Atenas dorada. ¿Y por qué fue tan importante para el filósofo? Porque él, que presumía de su ignorancia, de ese «solo sé que no sé nada», afirmó, de acuerdo con «El banquete», conocer «la verdad de Eros». Ese conocimiento excepcional se lo atribuyó a una mujer concreta, que en el texto de Platón recibe el nombre de Diotima, pero que en realidad era otra, tal y como defiende D’Angour. Esta otra, claro, era Aspasia, a la que conoció con apenas veinte años.

«Creo que Aspasia jugó un papel importante en sus primeros años de vida. Y que Platón sabía que su “Diotima” ficticia se basaba en la Aspasia real. De ser así, al menos algunos aspectos de la doctrina de Diotima en “El banquete” podrían haberse basado en lo que Aspasia realmente enseñó, como la noción de que el amor debe considerarse como una escalera que va desde la pasión sexual individual a algo más elevado, ya sea el amor a la ciudad a la que uno pertenece o a las ideas», asegura el investigador. No debemos olvidarlo, insiste: la filosofía nunca fue otra cosa que el amor a la sabiduría.

Puede que él se enamorase de Aspasia, pero eso es algo que no podemos saber. Sea como fuere, la vida no le dio muchas oportunidades con ella. Poco después de cumplir veintitrés años, en el 447 a. C., tuvo que incorporarse a filas para la campaña de Beocia, en una misión capitaneada por Tólmides. Ahí conoce la guerra, con la que tendrá muchas más citas. En esas campañas muchos se sorprenden, además de por su resistencia física al frío y a la fatiga, por las muchas horas que pasa mirando al horizonte, en aparente estado de trance. Algunos estudios médicos de épocas recientes sugieren que podría padecer catalepsia, pero entonces el adjetivo que usaban para describirlo era «atopos», que significa «excéntrico» o «nada convencional».

Sócrates abandona poco a poco la idea de ser un héroe y se va entregando al cultivo del saber. Se casa con Mirto, pero luego se enamora perdidamente del bello Alcibíades, al que rescata de una muerte segura en la batalla de Potidea, una gesta por la que no pide ninguna condecoración. Ya entonces se sabía filósofo más que nada, aunque su experiencia bélica le marcó. «Sócrates demuestra un conocimiento íntimo de lo que significa ser un soldado en activo. Está claro que él hizo uso de sus experiencias personales para tratar de comprender la naturaleza del coraje y otros asuntos», subraya D’Angour. De hecho, insiste, su principal preocupación fue pensar y repensar cómo vivir la vida humana y definir sus conceptos clave, como el amor: así lo afirmó Aristóteles, remedando a Platón. En este sentido, la reconstrucción de su biografía, aunque llena de suposiciones y espacios en blanco, arroja luz sobre su filosofía, pues él también habló a través de sus actos.

En el 399 a.C., Sócrates fue condenado a muerte por sus ideas en contra de los dioses ancestrales y por corromper a los jóvenes atenienses. En la última página de «Sócrates enamorado», D’Angour escribe: «Lo que no puede negarse es que al morir cumple todas las aspiraciones del joven Sócrates, que puso todo su afán en convertirse en héroe y quiso aprender toda la verdad del amor. Porque al final fue por amor al conocimiento y la justicia por lo que murió Sócrates, un ejemplo moral e intelectual para la posteridad y el primer, y más grande, héroe que tuvo la filosofía». Pero más que morir, Sócrates se inmortalizó: por eso no dejamos de contar su historia empezando por el final.

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E khajni (Federico García Lorca en la lengua de los gitanos)

Federico García Lorca

E khajni (Federico García Lorca en la lengua de los gitanos)
Salvador Dalí y Federico García Lorca

Versos libres

De Federico García Lorca no es tan conocida su poesía en prosa. Al igual que José Martí, el revolucionario cubano de origen valenciano, y el escritor andaluz Juan Ramón Jiménez, bebió de la obra del poeta estadounidense Walt Whitman, pionero del verso libre y de la poesía comprometida socialmente, a quien Lorca incluso dedicó una oda sobre la represión que sufrían los homosexuales.

De esta inspiración y de su estrecha amistad con Salvador Dalí, nace La gallina, cuento surrealista en verso libre que podéis leer en castellano y traducido al romaní, la lengua de los gitanos, en Cuentos de Iberia.

La lírica de Whitman, Lorca o Martí tiene como objetivo dar voz a los silenciados. Y, como bien sabía el poeta granadino, pocas minorías han sido más reprimidas en nuestro país que el pueblo gitano. Lorca, pese a no pertenecer a la etnia gitana, empatizó con su sufrimiento e incomprensión. Al fin y al cabo, él también era perseguido.

Prueba de las dificultades que han sufrido los gitanos es que su idioma prácticamente ha desaparecido, pese a que ha aportado gran cantidad de léxico a las lenguas peninsulares (paripé, currar, chaval, molar, etc.). Por eso, poder leer este cuento en romaní es un pequeño milagro que hoy celebramos.

José A. López Camarillas, editor y profesor de literatura

Alexandre Queraltó, el traductor a la variedad kalderash, nos deja una serie de recomendaciones para seguir la lectura.

Normes de lectura

El romaní normalment s’escriu en alfabet llatí fent servir alguns valors i signes propis de les llengües eslaves del sud (txec, eslovè, croat,…). El valor de les lletres usades al text és:

č: com a cotxe

š: com a xàfec

ž: com a jugar

dž: com a metge

ř: es pot pronunciar com la r alemanya o francesa estàndard (Raus o Paris), o com una vibrant retroflexa (la punta de la llengua cap amunt i tocant cap enrere al paladar)

j: com a noia, veia

c: com a Montse, dits

x: com j castellana de juego

h: aspirada, com en anglès hello

g: sempre com a gat, no com a gent

v: interdental

ph, th, kh: consonants aspirades, l’aspiració és més forta que en anglès pin, tin i kin

E khajni

Sas ekh khajni ke dili sas. Phendjem ke dili sas, númaj inke sas maj dili. Kana čognilas la o cincári, našelas-tar. Kana pusavelas la i birovli našelas-tar. Te dandalelas la o liljáko našelas-tar.
Sa‘l khajnja daran le hulpjándar, núma kadja khajni kamelas te xan la ‘l húlpi. Ke dili sas kadja khajni. Nas ekh khajni, ekh dili sas.

Ande ‘l ivendale rača o šon le gavengo zorales del pélmi le khajnjan. Šaj t’ašunes kadale pélmi le droménde, thaj but asajmaske le. Našti le raša t’ačaren katar aven kadale pélmi, númaj o Del ačarel mišto, thaj vi le khajnja.

Trubul te žanen tume ke o Del si ekh živindi plajin. Si leste ekh mačangi morči thaj opral ekh birovljangi morči thaj opral ekh řindilaškengi morči, thaj opral ekh šupurlanongi morči, thaj opral ekh čermengi morči, thaj opral si leste ekh manušengi morči thaj opral vi ekh ljondarengi morči. Šaj te dikhen sóřo? Ápo sa kadale thaj pašal ekh khajnjangi morči. Númaj amari vortáka či žanelas kadja. But asaimasko lo kana dikhas sar laše si le khajnja. Sa le khajnja si lende kurúna, si lende bul, sa le khajnja keren anře. So ka mothon mange?

E dili khajni vuřicilas le anřen. Čačo lo ke le bašne sas drágo lake, sar si drágo le čače vastenge le manušenge kadale vucimáta katar e ceknída vaj o pusajmos la suvjáko. Númaj voj vuřicilas peske anřes. Sargodi naj khanči maj šukar ekhe anřestar!

Sóma ljan les andar le spikúrja, ínke tato lo, o anřo si o lašimos le mosko, e gropíca thaj o kan. E tati buka la nevja-muljaki. E fáca si. Či ačardjen les? Me ačardjem les. Kača mothol pe ande le džaponezicko paramiča, thaj vúni bigodjake ženja vi žanen les.

Či kamav te thav pártja le šuke šukarimaske le anřeske, númaj sóske sa e lúmja ašarel o vužimos le glindáko thaj o dragomos te tevelis amen an e čar, ápoj mišto lo ke me thav pártja ekhe anřeske protiv ekh dili khajni.

Ka mothav les: ekh khajni kaj si vortáka le manušengi. An ekh rjat, o šon delas pélmi le khajnjan. E márja thaj le harnevúrja thaj le stukúrja le angarenge sas len ekh řáza. Ekh řáza kaj e birovli xaljas sa le súlici le lumjáki. Khonik či sovelas. Le khajnja či řevdilas maj but. Lenge kurúni sas pherde brúma, thaj le žuvořja čogninas len p’e grópa le pélmengi.

Ekh bašno kerdja peski godži.

E dili khajni ferilas-pe.

O bašno kheldja trivar, númaj le bašne či žanen te nakhaven le suvja mišto.

Le kampáni pe le turnúrja bašle ke trubulas te bašen, thaj le dorjavúri, le našitórja kaj le khelitórja lolile thaj klopotisajle trivar. Dine-pe te maren-pen.

Godžaver bašno, dili khajni. Godžaver khajni, dilo bašno. Sa le duj godžaver, sa le duj dile. Bašno godžaver, khajni dili.

Marenas-pen, marenas-pen, sa e rjat. Thaj deš rača, thaj biš, thaj jekh berš, thaj deš berš, thaj sade jekh.

1934. Traducción de Alexandre Queraltó en 2018.

La gallina

Había una gallina que era idiota. He dicho idiota. Pero era más idiota todavía. Le picaba un mosquito y salía corriendo. Le picaba una avispa y salía corriendo. Le picaba un murciélago y salía corriendo.

Todas las gallinas temen a las zorras. Pero esta gallina quería ser devorada por ellas. Y es que la gallina era una idiota. No era una gallina. Era una idiota.

En las noches de invierno la luna de las aldeas da grandes bofetadas a las gallinas. Unas bofetadas que se sienten por las calles. Da mucha risa. Los curas no podrán comprender nunca por qué son estas bofetadas, pero Dios sí. Y las gallinas también.

Será menester que sepáis todos que Dios es un gran monte vivo. Tiene una piel de moscas y encima una piel de avispas y encima una piel de golondrinas y encima una piel de lagartos y encima una piel de lombrices y encima una piel de hombres y encima una piel de leopardos y todo. ¿Veis todo? Pues todo y además una piel de gallinas. Esto era lo que no sabía nuestra amiga.

¡Da risa considerar lo simpáticas que son las gallinas! Todas tienen cresta. Todas tienen culo. Todas ponen huevos. ¿Y qué me vais a decir?

La gallina idiota odiaba los huevos. Le gustaban los gallos, es cierto, como les gusta a las manos derechas de las personas esas picaduras de las zarzas o la iniciación del alfilerazo. Pero ella odiaba su propio huevo. Y sin embargo no hay nada más hermoso que un huevo.

Recién sacado de las espigas, todavía caliente, es la perfección de la boca, el párpado y el lóbulo de la oreja. La mejilla caliente de la que acaba de morir. Es el rostro. ¿No lo entendéis? Yo sí. Lo dicen los cuentos japoneses, y algunas mujeres ignorantes también lo saben.

No quiero defender la belleza enjuta del huevo, pero ya que todo el mundo alaba la pulcritud del espejo y la alegría de los que se revuelcan en la hierba, bien está que yo defienda un huevo contra una gallina idiota.

Lo voy a decir: una gallina amiga de los hombres.

Una noche, la luna estaba repartiendo bofetadas a las gallinas. El mar y los tejados y las carboneras tenían la misma luz. Una luz donde el abejorro hubiera recibido las flechas de todo el mundo. Nadie dormía. Las gallinas no podían más. Tenían las crestas llenas de escarcha y los piojitos tocaban sus campanillitas eléctricas por el hueco de las bofetadas.

Un gallo se decidió al fin.

La gallina idiota se defendía.

El gallo bailó tres veces pero los gallos no saben enhebrar bien las agujas.

Tocaron las campanas de las torres porque tenían que tocar, y los cauces y los corredores y los que juegan al gol se pusieron tres veces morados y tintineantes. Empezó la lucha.

Gallo listo. Gallina idiota. Gallina lista. Gallo idiota. Listos los dos. Los dos idiotas. Gallo listo. Gallina idiota.

Luchaban. Luchaban. Luchaban. Así toda la noche. Y diez. Y veinte. Y un año. Y diez. Y siempre.

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JACK KEROUAC SOBRE LA GENTILEZA (UNA CARTA A SU ESPOSA)

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En una misiva a quien fue su primera esposa, Kerouac explora algunos de los más básicos principios del budismo y habla de la gentileza, una de sus más esenciales virtudes.

Cuando el budismo germinó en la cabeza de Jack Kerouac, él no solamente se interesó en la meditación (hizo sus propias instrucciones para hacerlo): esta filosofía impregnó su escritura y pensamiento de forma irreversible y derivó en varios de sus más deslumbrantes escritos, como la novela Los vagabundos del dharma (1958). Otros grandes de esta época dorada del budismo en Occidente —segunda parte de la década de los 50 y principios de los 60— fueron John Cage, maestro del silencio, y el gran Alan Watts, considerado uno de los más prolíficos traductores del budismo zen.

Fue precisamente Watts quien alguna vez criticó el acercamiento de Kerouac al budismo, tachándolo de tener “siempre una sombra de demasiada auto referencialidad, demasiada subjetividad y demasiada estridencia para tener el sabor del zen”. Sin embargo, uno de los textos más íntimos del escritor beat pareciera escapar a esta sentencia. En una carta a su ex esposa Edie Kerouac Parker, escrita en enero de 1957 (una década después de que su matrimonio fue anulado),  expone varios de los principios del budismo de manera brillante, y cierra con un poema que expone a la gentileza como una de las cualidades fundamentales de la existencia.

Al inicio de su carta, Kerouac comparte a Edie algunas de las lecciones más valiosas que ha reunido:

Tengo muchas cosas que enseñarte ahora, en caso de que nos encontremos, a propósito del mensaje que se me transmitió bajo un pino en Carolina del Norte, en una fría noche de invierno, bajo la luz de la luna. Dijo que Nunca Pasa Nada, así que no te preocupes. Todo es como un sueño. Todo es éxtasis, adentro. Sólo que nosotros no lo sabemos, debido a nuestra mente pensante. Pero en nuestro verdadero estado de gozo esencial de la mente, sabemos que todo está bien para siempre y siempre y siempre. Cierra tus ojos, deja caer tus manos y los extremos de sus nervios, deja de respirar por tres segundos, escucha el silencio interior de la ilusión del mundo, y recordarás la lección que olvidaste, esa que te fue enseñada en vías lácteas inmensas de nebulosos mundos, mucho tiempo atrás y ni siquiera. Es una vasta entidad, única, despierta. Yo la llamo la eternidad dorada. Es perfecta.

En la introducción a esta carta, el que fue uno de los más brillantes artistas de la generación beat habla de ese tan necesario silencio, de la verdad única y de los riesgos que supone nuestra mente pensante, un ente que para el budismo nos aleja de La Verdad, pues nace de nuestro ego y se alimenta de un mundo ilusorio. Continúa haciendo referencia al vacío primordial, uno de los conceptos clave del budismo:

Nosotros nunca nacimos, nunca moriremos realmente. No tiene nada que ver con la idea imaginaria de un yo personal, de los otros yos, muchos yos por todas partes: el yo es una idea, una idea mortal. Lo que le pasa a todo es una sola cosa. Es un sueño ya acabado. No hay nada qué temer y nada de lo que alegrarse. Aprendí esto mirando a las montañas meses enteros. Ellas no muestran ninguna expresión, son como espacio vacío. ¿Crees que ese vacío de espacio alguna vez se derrumbará?  Las montañas se derrumbarán, pero el vacío del espacio, que es la esencia universal de la mente, la gran campana despertador, vacía y despierta, nunca se derrumbará porque nunca nació.

Para cerrar su carta,  escribió un poema tan simple como deslumbrante en el cual, entre otras cosas, conmina a quien fuera su pareja a ser gentil con todos, todo el tiempo, y habla de esta virtud, no como una forma de hacer el bien a otros, sino como una forma de felicidad para quien la ejerce —una lección imprescindible y atemporal:

El mundo que ves es sólo una película en tu mente.

Las piedras no la ven.

Bendice y siéntate.

Perdona y olvida.

Practica la gentileza todo el día hacia todo el mundo

y te darás cuenta de que estás

en el cielo ahora mismo.

Esa es la historia.

Ese es el mensaje.

Nadie lo entiende,

nadie escucha, todos están

corriendo como gallinas

descabezadas. Voy a tratar de enseñarlo pero será

en vano, es por eso que voy

a terminar en una cabaña

rezando y siendo

en calma y cantando

junto a mi estufa

haciendo panqueques.

Imagen: Dominio público

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