‘La mejor opción ‘, un relato breve de Pedro Martí

Pedro Martí nació en Vigo. Lleva escribiendo 20 de los 30 años que tiene. Nunca había publicado nada, tampoco lo había intentado. Nunca, hasta ahora que, para nuestra suerte, es colaborador de Cultura Inquieta.

Nos ha cedido otro estupendo relato inédito, ‘La mejor opción‘, para el disfrute de todos.

Con anterioridad hemos publicado dos relatos del mismo autor, ‘Insomnio‘ y ‘Sardinillas‘. Lecturas muy recomendables, opinamos.

 

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Foto: Letícia Pelissari | Unsplash

 

La mejor opción
Por Pedro Martí

 

Yo siempre he sido de fumar nada más despertarme, desde hace 20 años por lo menos. El primer cigarro fue a los 12, mi mejor amigo le robó uno a su madre y quedamos después de comer para fumarlo en su trastero. A mí me encantó, casi ni tosí y ya no me quise separar del tabaco. Mis padres me había dicho que me costaría respirar y me marearía, me sentí estafado y perdí el miedo. Supongo que por eso a los 15 llegó el primer porro, la primera borrachera a los 16 y a los 18 la primera raya. Ahora, a los 40, trato de llegar sobrio a la hora de comer; pero de eso no puedo culpar a mis padres, en cierto modo lo he elegido yo. Hoy casi seguro lo conseguiré. Acabo de despertarme sin que sonase el despertador y en mi mesilla hay un vaso de agua, cenicero, tabaco y mechero. Me meto un cigarro en la boca con el cuerpo aún debajo de las sábanas y esa primera calada, a las 11 de la mañana, me sabe como una victoria, aunque no lo entiendas aún.

Yo tenía un buen curro. De los 30 a los 35 la gente decía que parecía otro, que había madurado. Me sentía orgulloso, pero ahora creo que eso era parte del problema. Cobraba 1800 netos al mes y tenía 32 días de vacaciones. Era gerente y se me daba bien mi trabajo. Pero, ¿a costa de qué había conseguido todo eso?. Sólo tenía que pararme a pensar para hacerme esa pregunta, sin embargo, durante 5 años preferí no hacerlo, supongo que me sentía cómodo. Por fin integrado, por fin mis padres orgullosos. Tuvo que irse la luz durante más de un día entero para que me enterase de lo que estaba pasando. Después de que se me acabase la batería del móvil me quedé a oscuras, tumbado en el sofá, mirando al cielo sin estrellas de mi salón. No tenía ni linterna, ni velas, ¿para que las quería?. Y de pronto, después de varias horas dando vueltas dentro de mi cabeza, me di cuenta de lo del cigarro.

En la vida había soñado con conseguir un curro como aquel. No estoy preparado para ser jefe de nadie, no soporto mandar ni que me manden. Pero necesitaba pasta y pagaban bien. Mentí en el currículum y la carta de presentación con la esperanza de que no comprobasen nada. Y así fue, a los pocos días estaba disfrazado en el despacho de recursos humanos, sin piercings y con un precioso traje que pensaba devolver inmediatamente después de la entrevista.

Les causé muy buena impresión, básicamente dije todo lo contrario de lo que pienso durante 30 minutos. Me retorcí hasta parecer lo que ellos andaban buscando y funcionó. Estaba cerca de conseguirlo, el plan era seguir fingiendo hasta que me contratasen, y después aguantar lo máximo posible hasta que se dieran cuenta de que soy un farsante. Probablemente pronto empezaría a llegar tarde, incumplir plazos de entrega o, peor aún, acabase gritándole a algún capullo con despacho propio que se pasase de la raya. Mi reto era aguantar al menos 1 año.

El caso es que otra de las pruebas de selección era una especie de test psicológico de mas de cien preguntas. Eso si que me pilló a contra pié, pensé que era mi fin. Una cosa era falsificar un currículum, o causar una buena impresión durante media hora de entrevista; mucho más difícil me parecía engañar a un test hecho por psicólogos para pillar a pájaros como yo. Las preguntas eran de lo más absurdas, pero me concentré y analicé cada una, por muy estúpidas que pareciesen.

Una de ellas, la recuerdo perfectamente, decía lo siguiente:

23 – ¿Que es lo primero que haces por las mañanas?

a) Lavarte la cara
b) Ducharte
c) Lavarte los dientes
d) Desayunar

Y yo conseguí el trabajo gracias a dos cosas. La primera, darme cuenta de que debía seguir mintiendo. Como sabes, lo primero que hago al levantarme es fumar, a veces no me ducho, casi nunca desayuno y jamás me lavo la cara. Pero esa opción ni si quiera la contemplaba el test, afortunadamente.

La segunda fue saber que la opción correcta era la a). Por que sólo un loco, o un guarro, se lavaría los dientes antes de desayunar; la d) descartada. Si primero te duchas, puedes mancharte la camisa de mantequilla o mermelada desayunando. Además, muchos tenemos programada una cagada justo para después del último sorbo del primer café del día, y un gerente nunca cagaría después de ducharse, es muy poco eficiente llenar de mierda un ano recién lavado. Es claramente mejor, por tanto, desayunar primero y luego ducharse. Por último, no creo que quepa duda de que cualquier persona normal, madura y responsable, se lavaría la cara de mocos y legañas antes de sentarse a la mesa.

En cuanto a si, después de desayunar, debes cepillarte los dientes o ducharte primero, creo que da igual. Imagino que en esos pequeños detalles es dónde el gerente puede ejercer su libre albedrío. Supongo que mi razonamiento era acertado. De hecho conseguí el trabajo. Tan bien respondí aquellas preguntas sin sentido que, cuando ya llevaba un año en la empresa, la jefa de recursos humanos me confesó que el mío era el mejor test que habían visto nunca. Yo me sentí estúpidamente orgulloso.

Por Pedro Martí

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Tráeme tu amor

Tráeme tu amor

Por:

Charles Bukowski

Harry bajó las escaleras hacia el jardín. Muchos de los pacientes estaban allí afuera. Le habían dicho que Gloria, su mujer, estaba allí afuera. La vio sentada a una mesa, sola. Se acercó a ella en diagonal, de refilón por detrás. Dio la vuelta a la mesa y se sentó frente a ella. Gloria estaba sentada con la espalda muy recta y tenía la cara muy pálida. Le miró pero no le vio. Después le vio.

-¿Es usted el director?- le preguntó.
-¿El director de qué?
-El director de verosimilitud.
-No.

Estaba pálida, sus ojos eran pálidos, azul pálido.

-¿Cómo te encuentras, Gloria?

La mesa era de hierro, pintada de blanco, una que duraría siglos. Había un pequeño recipiente con flores en el centro, flores marchitas y muertas que colgaban de tallos blandos y tristes.

-Eres un follaputas, Harry. Te follas a las putas.
-Eso no es cierto, Gloria.
-¿Y también te lo chupan? ¿Te chupan el pito?
-Iba a traer a tu madre, Gloria, pero estaba en la cama con gripe.
-Esa vieja murciélago siempre está en la cama con algo… ¿Es usted el director?

Los demás pacientes estaban sentados junto a otras mesas o de pie, recostados contra los árboles, o tumbados en la hierba.
Estaban quietos y en silencio.

-¿Qué tal es la comida aquí, Gloria? ¿Tienes amigos?
-Horrible. Y no, follaputas.
-¿Quieres algo para leer? ¿Quieres que te traiga para leer?
Gloria no contestó. Entonces levantó la mano derecha, la miró, cerro el puño y se asestó un golpe en la nariz, muy fuerte. Harry se estiró por encima de la mesa y le cogió ambas manos.
-¡Gloria, por favor!

Ella empezó a llorar.
-¿Por qué no me has traído bombones?
-Pero Gloria, tú me dijiste que odiabas los bombones.

Las lágrimas le caían abundantemente.
-¡No odio los bombones! ¡Me encantan los bombones!
-No llores, Gloria, por favor… Te traeré bombones y todo lo que quieras… Escucha, he alquilado una habitación en un hotel, a un par de manzanas de aquí, sólo para estar cerca de ti.

Sus ojos pálidos se agrandaron.
-¿Una habitación de hotel? ¡Estarás ahí con una jodida puta! Estareís viendo juntos películas porno y tendréís un espejo de los que ocupan todo el techo!
-Estaré aquí un par de días, Gloria- dijo Harry dulcemente-. Te traeré todo lo que quieras.
-Tráeme tu amor, entonces-gritó-. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?
Algunos pacientes se volvieron y miraron.
-Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti más que yo.
-¿Quieres traerme bombones? Bueno, pues ¡métete los bombones por el culo!
Harry sacó una tarjeta de su cartera. Era del hotel. Se la dio.
-Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te permiten hacer llamadas? Si quieres cualquier cosa, sólo tienes que llamarme.
Gloria no contestó. Cogió la tarjeta y la dobló. Luego se agachó, se quitó un zapato, metió la tarjeta dentro y volvió a ponerse el zapato.

Entonces Harry vio al doctor Jensen que cruzaba el jardín hacia ellos. El doctor Jensen se acercó sonriendo y diciendo:

-Bueno, bueno, bueno…
-Hola, doctor Jensen -dijo Gloria, sin la menor emoción.
-Puedo sentarme? -preguntó el doctor.
-Claro -dijo Gloria.

El doctor era un hombre corpulento. Rezumaba peso, responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y espesas; eran gruesas y espesas. Querían deslizarse y desaparecer dentro de su boca redonda y húmeda pero la vida no se lo permitía.

El doctor miró a Gloria. El doctor miró a Harry.

-Bueno, bueno, bueno -dijo-. Estoy realmente satisfecho de los progresos que hemos hecho hasta el momento…
-Sí, doctor Jensen, justamente le estaba contando a Harry lo mucho más estable que me siento, cuánto me han ayudado las consultas y la terapia de grupo. Esto me ha librado de gran parte de mi furia irracional, de mi frustación inútil y de mucha autocompasión destructiva…
Gloria estaba sentada con las manos entrelazadas sobre la falda, sonriendo.

El doctor sonrió a Harry.

-Gloria ha experimentado una notable recuperación.
-Sí -dijo Harry-, lo he notado.
-Creo que será cuestión de sólo un poquito más de tiempo y Gloria volverá a estar en casa con usted, Harry.
-Doctor- preguntó Gloria-,¿puedo fumarme un cigarrillo?
-Por supuesto, mujer -dijo el doctor, a la vez que sacaba un paquete de cigarirllos exóticos y le daba un golpecito para sacar uno. Gloria lo cogió y el doctor alargó su encendedor dorado y lo accionó con el dedo. Gloria inhaló y soltó el humo.
-Tiene unas manos preciosas, dcotor Jensen -dijo ella.
-Ah, gracias, querida.
-Y una bondad que salva, una bondad que cura…
-Bueno, hacemos todo lo que podemos en este viejo edificio… -dijo suavemente el doctor Jensen-. Ahora, si me disculpan, tengo que hablar con algunos pacientes más.
Levantó con facilidad su copachón de la silla y se dirigió hacia una mesa donde otra mujer estaba visitando a otro hombre.
Gloria miró fijamente a Harry.
-¡Ese gordo cabrón! Se toma la mierda de las enfermeras para almorzar…
-Gloria, me ha encantado verte, pero he estado conduciendo muchas horas y necesito descansar. Y creo que el doctor tiene razón. He notado algunos progresos.
Ella se rió. Pero no era una risa alegre, era una risa teatral, como un papel memorizado.
-No he hecho ningún progreso en absoluto; de hecho, he retrocedido.
-Eso no es cierto, Gloria…
-Yo soy la paciente, cabeza-de-pescado. Yo soy la que mejor puede hacer un diagnóstico.
-¿Qué es eso de cabeza-de-pescado?
-¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza como un pescado?
-No.
-La próxima vez que te afeites, fíjate. Y ten cuidado de no cortarte las agallas.
-Me voy a marchar…, pero mañana volveré a visitarte.
-La próxima vez trae al director.
-¿Estás segura de que no quieres que te traiga nada?
-¡Lo que vas a hacer es volver a esa habitación del hotel a follarte a alguna puta!
-¿Y si te trajera un ejemplar de New York? A ti te gustaba esa revista…
-¡Métete New York por el culo, cabeza-de-pescado! ¡Y después puedes seguir con el TIME!
Harry se inclinó por encima de la mesa y le apretó la mano con la que se había golpeado la nariz.
-Mantén la enterza, sigue intentándolo. Pronto te pondrás bien…
Gloria no dio señal de haberle oído. Harry se levantó lentamente, se volvió y se encaminó hacia la escalera. Cuando había subido la mitad, se volvió y dijo adiós a Gloria con la mano. Ella siguió sentada, inmóvil.

Estaban a oscuras y todo iba bien, cuando sonó el teléfono. Harry siguió con lo suyo, pero el teléfono continuó sonando. Era muy molesto. Enseguida se le puso blanda.
-Mierda -dijo, y se quitó de encima. Encendió la lámpara y cogió el teléfono.
-Dígame?
Era Gloria.
-¿Te estás follando a alguna puta?
-Gloria, ¿te dejan telefonear a estas horas de la noche? ¿No te dan una píldora para dormir o algo?
-¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono?
-¿Tú no cagas nunca? Pues yo estaba a la mitad de una soberbia cagada, me has cogido justo a la mitad.
-Apuesto a que sí… ¿Vas a terminarla después de hablar conmigo?
-Gloria, es tu maldita paranoia extrema la que te ha conducido a donde estás.
-Cabeza-de-pescado, mi paranoia casi siempre ha sido el presagio de una verdad que iba a ocurrir.
-Oye, estás desvariando. Trata de dormir. Mañana iré a verte.
-¡Muy bien! ¡Cabeza-de-pescado, acaba de FOLLAR!
Gloria colgó.
Nan estaba en bata, sentada en el borde de la cama, y tenía un whisky con agua sobre la mesilla. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.
-Bueno -dijo-, ¿cómo está tu mujercita?
Harry se sirvió una copa y se sentó a su lado.
-Lo siento, Nan…
-¿Lo sientes por qué? ¿Por quién? ¿Por ella o por mí o por qué?
Harry vació su lingotazo de whisky.
-No hagamos un maldito melodrama de esto.
-¿Ah sí? Bien, ¿qué quieres que hagamos de esto? ¿Un simple revolcón en la hierba? ¿Quieres que volvamos a ello hasta que acabes o prefieres meterte en el cuarto de baño y cascártela?
Harry miró a Nan.
-¡Maldición! No te hagas la lista. Tú conocías la situación tan bien como yo. ¡Tú fuiste la que quiso venir conmigo!
-¡Pero es porque sabía que, si no venía, te traerías a alguna puta!
-Mierda – dijo Harry-, otra vez esa palabra.
-¿Qué palabra? ¿Qué palabra? -Nan vació su vaso y lo tiró contra la pared.
Harry fue hasta allí, recogió el vaso, volvió a llenarlo, se lo dio a Nan, luego llenó el suyo.
Nan bajó la mirada hacia su vaso, dio un trago, lo puso sobre la mesilla.
-¡La voy a llamar, se lo voy a contar todo!
-¡De eso ni hablar! Es una mujer enferma.
-¡Y tú eres un enfermo hijo de puta!

Justo en ese momento el teléfono sonó otra vez. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde Harry lo había dejado. Los dos saltaron de la cama hacia el teléfono. Al segundo timbrazo los dos estaban en el suelo, agarrando una parte del auricular cada uno. Giraron una y otra vez sobre la alfombra, respirando pesadamente, con las piernas y los brazos y los cuerpos en una desesperada yuxtaposición. Y así se reflejaban en el espejo que había en el techo de pared a pared.

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Las personas rotas lloran en cafés de chinos

imagen pluma firmas

SUSANA IGLESIAS

La soledad de las calles me recuerda una lámpara de aceite, 5 de mayo siempre fue más solitaria que Madero, llueve, un paseo nocturno para registrar los negocios que quedan aquí, el que hace esquina con Eje Central no quebrará. Cada vez más cortinas abajo, no sé si volverán a abrir. Todos adoptaron la modalidad “para llevar”, la situación ha mermado las ventas de esta calle, sobrevive el magnífico café La Blanca con la historia de la barra más grande de la ciudad, comida española y mexicana de enorme calidad, limpieza, amabilidad, precios justos, atención que jamás ha decaído, son una gran familia que espero sobreviva a este rompimiento con el mundo que conocimos. Dos sitios 24 horas han calmado durante varias décadas el hambre de los devotos de la noche: La Pagoda y El Popular, se rumora que el último, ubicado en el número 52 de la calle 5 de mayo, está al borde del colapso.En El Popular, fundado en 1948 por Luis Eing, puedes tomar chocolate oaxaqueño y comerte una enorme tampiqueña. Casi todos los negocios han tenido que incorporarse a las aplicaciones debido a la crisis, no debemos permitir que se extingan. Los chinos en México después de trabajar lavanderías se dedicaron a compartir con nosotros su gastronomía fundando los famosos “cafés de chinos” en los años 20; el té es la bebida base del oriente, incorporaron en México, de forma inteligente el café en sus menús, cocinaron la jícama con salsa agridulce, nosotros la comíamos cruda, nos mostaron su destreza en fideos y sopas calientes, no soy la única que se ha sentado en cualquier café de chinos para atestiguar la destreza con la que las meseras vierten el concentrado de café en un vaso de vidrio grueso, después la jarra metálica con leche caliente cae provocando una marea salvaje de espuma que nunca se derrama, en estos sitios puedes pedir enchiladas o un chop suey. Los panes en sus aparadores nunca faltan, qué sabor tan fuerte, te queda la boca llena de migajas y mantequilla, bisquets, besos, moños de piña que fusionan oriente con occidente, conchas de chocolate y vainilla, chocolatines, orejas, esponjosos panqués.

Nunca olvidaré el café de chinos que desapareció cuando fundaron ese Burger King en Madero, ahí terminé con alguien, al salir caminé hasta la Plaza Tolsá llorando, esta noche haré lo mismo, murió la niña que ya no tiene dónde esconderse, lloro por una vieja cicatriz abierta de ternura y lejanía, ¿sabías que las personas consideradas rotas también saben amar? Ahora sé quiénes no somos, ni seremos, la noche cerrará nuestros recuerdos para siempre, eres un dato falso en mi memoria, una bala en mi espalda, calle vacía, tristeza, aquellas luces encendidas en las ventanas de los edificios me recuerdan que alguien intenta alumbrarse. Me gustaría sentarme en un café de chinos a terminar aquella olvidada carta, gracias a estos lugares la ciudad no se desquicia del todo, la novela de amor que escribo tendré que inventarla, sin ti.

https://www.milenio.com/opinion/susana-iglesias/cronica

Es que somos muy pobres

Es que somos muy pobres

Por:

Juan Rulfo

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

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El amigo del agua, por Adolfo Bioy Casares

El amigo del agua, por Adolfo Bioy Casares

By Estrella del Oriente

El señor Algaroti vivía solo. Pasaba sus días entre pianos en venta (que por lo visto nadie compraba) en un local de la calle Bartolomé Mitre. A launa de la tarde y a las nueve de la noche, en una cocinita empotrada en la pared, preparaba el almuerzo y la cena que a su debido tiempo comía con desgano. A las once de la noche, en un cuarto sin ventanas, en los fondos del local, se acostaba en un catre, en el que dormía (o no) hasta las siete. A esa hora desayunaba con mate amargo y, poco después, limpiaba el local, se bañaba, se rasuraba, levantaba la cortina metálica de la vidriera y, sentado en un sillón, cuyo filoso respaldo se hundía dolorosamente en su columna vertebral, pasaba otro día a la espera de improbables clientes.

Acaso hubiera una ventaja en esta vida desocupada; acaso le diera tiempo al señor Algaroti para fijar la atención en cosas que para otros pasan inadvertidas; por ejemplo, en los murmullos del agua que cae de la canilla del lavatorio. La idea de que el agua estuviera formulando palabras le parecía, desde luego, absurda; no por ello dejo de poner atención y descubrió entonces que el agua le decía: ≪Gracias por escucharme≫. Sin poder creer lo que estaba oyendo, aún oyó estas palabras: ≪Quiero decirle algo que le será útil≫.

A cada rato, apoyado en el lavatorio, abría la canilla. Aconsejado por el agua, llevo, como en un sueño, una vida triunfal. Se cumplían sus deseos más descabellados; gano dinero en cantidades enormes. Fue un hombre mimado por la suerte. Una noche, en una fiesta, una muchacha locamente enamorada lo abrazo y cubrió de besos. El agua le previno: ≪Soy celosa. Tendrás que elegir entre esa mujer y yo≫. Se casó con la muchacha. El agua no volvió a hablarle.

Por una serie de equivocadas decisiones perdió todo lo que había ganado. Se hundió en la miseria. La mujer lo abandonó. Aunque por aquel tiempo ya se había cansado de ella, el señor Algaroti estuvo muy abatido. Se acordó entonces de su amiga y protectora el agua y, repetidas veces, la escucho en vano mientras caía de la canilla del lavatorio. Por fin llegó un día en que, esperanzado, creyó que el agua le hablaba. No se equivocó. Pudo oír que el agua le decía: ≪No te perdono lo que paso con esa mujer. Yo te previne que soy celosa. Esta es la última vez que te hablo≫.

Como estaba arruinado, quiso vender el local de la calle Bartolomé Mitre. No lo consiguió. Retomo, pues, la vida de antes. Paso los días esperando clientes que no llegaban, sentado entre pianos, en el sillón cuyo filoso respaldo se hundía en su columna vertebral. No niego que de vez en cuando se levantara, para ir hasta el lavatorio y escuchar inútilmente el agua que soltaba la canilla abierta.

Adolfo Bioy Casares

https://revistaestrelladeloriente.blogspot.com

La vida de un vagabundo

La vida de un vagabundo

Por Charles Bukowksi

Harry se despertó en su cama con resaca. Una resaca horrible.

—Mierda —dijo en voz baja.

Había un pequeño lavabo en la habitación.

Harry se levantó, alivió su estómago en el lavabo que después aclaró con agua del grifo, metió la cabeza debajo y bebió un poco de agua. Después se mojó la cara y se la secó con la camiseta que llevaba puesta.

Era el año 1943.

Harry cogió algunas prendas del suelo y comenzó a vestirse lentamente. Las persianas estaban echadas y todo estaba oscuro menos los lugares donde el sol se colaba por los trozos rotos de la persiana. Había dos ventanas. Un sitio distinguido.

Salió pasillo adelante rumbo al retrete, cerró la puerta con llave y se sentó. Era increíble que aún pudiese defecar. No había comido desde hacía varios días.

Dios mío, pensó, la gente tiene intestinos, boca, pulmones, orejas, ombligo, órganos sexuales y… pelo, poros, lengua, a veces dientes, y todo lo demás…, uñas, pestañas, dedos de los pies, rodillas, estómago…

Había algo muy fastidioso en todo eso. ¿Por qué nadie se quejaba?

Harry acabó con el áspero papel higiénico de la pensión. Seguro que las caseras se limpiaban con algo mejor. Todas aquellas caseras tan religiosas, con maridos muertos hace tiempo.

Se subió los pantalones, tiró de la cadena, salió de allí, bajó la escalera de la pensión y salió a la calle.

Eran las 11 de la mañana. Se dirigió hacia el sur. La resaca era brutal, pero no le importaba. Eso significaba que había estado en algún otro lugar, algún sitio bueno. Mientras iba andando encontró medio cigarrillo en el bolsillo de la camisa. Se detuvo, miró el extremo negro y aplastado, buscó una cerilla y luego intentó encenderlo. La llama no prendía. Siguió intentándolo. Después de la cuarta cerilla, que le quemó los dedos, consiguió dar una calada. Sintió náuseas, luego tosió. Notó que su estómago se estremecía.

Un coche se acercó lentamente. Estaba ocupado por cuatro muchachos jóvenes.

—¡EH, TÚ, VEJESTORIO! ¡MUÉRETE! —gritó uno de ellos a Harry.

Los otros se rieron. Después se fueron.

El cigarrillo de Harry seguía encendido. Dio otra calada. Brotó una bocanada de humo azul. Le gustaba aquella bocanada de humo azul.

Caminaba bajo el calor del sol pensando: «Voy andando y fumando un cigarrillo».

Harry caminó hasta llegar al parque que había frente a la biblioteca. Seguía chupando el cigarrillo. Entonces la colilla le quemó los dedos y la tiró a regañadientes. Entró en el parque y anduvo hasta encontrar un sitio entre una estatua y unos arbustos. Era una estatua de Beethoven. Y Beethoven estaba andando, con la cabeza gacha, las manos entrelazadas a la espalda, obviamente pensando en algo.

Harry se agachó y se tumbó sobre la hierba. La hierba recién cortada picaba bastante. Estaba puntiaguada, afilada, pero tenía un aroma agradable y limpio. El aroma de la paz.

Insectos diminutos comenzaron a pulular alrededor de su cara en círculos irregulares, cruzándose unos con otros pero sin chocar jamás.

Apenas eran unas partículas, pero eran unas partículas a la búsqueda de algo.

Harry levantó la mirada, a través de las partículas, hacia el cielo. El cielo estaba azul y endemoniadamente alto. Harry siguió mirando hacia arriba, al cielo, intentando sacar algo en claro. Pero Harry no sacó nada en claro. Ninguna sensación de eternidad, ni de Dios, ni siquiera del diablo. Pero uno tiene que encontrar primero a Dios para encontrar al diablo. Van en ese orden.

A Harry no le gustaban los pensamientos profundos. Los pensamientos profundos podían conducir a errores profundos.

Después pensó un poco en el suicidio. Tranquilamente. Como la mayoría de los hombres piensa en comprarse un par de zapatos nuevos. El problema principal del suicidio es la idea de que podría ser el comienzo de algo peor. Lo que él realmente necesitaba era una botella de cerveza helada, con la etiqueta un poco mojada y esas gotas frías tan hermosas sobre la superficie del vaso.

Harry comenzó a dormitar…, a ser despertado por el sonido de voces. Las voces de colegialas muy jóvenes. Se reían con risillas bobas.

¡Ohh, mirad!

¡Está dormido!

¿Le despertamos?

Harry entreabrió un poco los ojos bajo el sol, espiándolas a través de las pestañas. No estaba seguro de cuántas eran, pero vio sus vestidos llenos de colores: amarillos y rojos y verdes y azules.

¡Mirad, es precioso!

Soltaron unas risillas bobas, se rieron abiertamente, salieron corriendo.

Harry volvió a cerrar los ojos.

¿Qué había sido aquello?

Nunca le había pasado nada tan deliciosamente refrescante. Le habían llamado «precioso». ¡Qué amabilidad!

Pero no regresarían.

Se levantó y anduvo hasta el extremo del parque. Allí estaba la avenida. Encontró un banco y se sentó. Había otro vagabundo en el banco de al lado. Era mucho más viejo que Harry. El vagabundo tenía un aire pesado, oscuro y siniestro que a Harry le recordó a su padre.

No, pensó Harry, ¡qué desconsiderado soy!

El vagabundo echó una rápida mirada a Harry. El vagabundo tenía unos ojos minúsculos e inexpresivos.

Harry le sonrió levemente. El vagabundo miró hacia otro lado.

Entonces se oyó un ruido procedente de la avenida. Motores. Era un convoy del ejército. Una larga fila de camiones llenos de soldados. Rebosantes de soldados que iban allí como enlatados, colgando por los costados de los camiones. El mundo estaba en guerra.

El convoy se movía lentamente. Los soldados vieron a Harry sentado en el banco del parque y ahí empezó todo. Era una mezcla de silbidos, abucheos y sartas de palabrotas. Le estaban gritando a él.

—¡EH, TÚ, HIJO DE PUTA!

—¡DESERTOR!

Cuando uno de los camiones del convoy ya había pasado, el siguiente retomaba la cantinela.

—¡MUEVE EL CULO DE ESE BANCO!

—¡COBARDE!

—¡JODIDO MARICA!

—¡GALLINA!

Era un convoy muy largo y muy lento.

—¡VENGA, ÚNETE A NOSOTROS!

—¡NOSOTROS TE ENSEÑAREMOS A PELEAR, MAMARRACHO!

Los rostros eran blancos y marrones y negros, flores del odio.

Entonces el vagabundo viejo se levantó del banco y gritó a los del convoy:

—¡SE LO VOY A HACER PAGAR POR VOSOTROS, AMIGOS! ¡YO LUCHE EN LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL!

Los de los camiones se rieron y agitaron los brazos:

—¡HAZ QUE LO PAGUE, ABUELO!

—¡HAZLE VER LA LUZ!

Y el convoy desapareció.

Le habían tirado varias cosas a Harry: latas de cerveza vacías, latas de refrescos, naranjas, un plátano.

Harry se puso de pie, cogió el plátano, volvió a sentarse, lo peló y se lo comió. Estaba delicioso. Después encontró una naranja, la peló, masticó y se tragó la pulpa y el zumo. Encontró otra naranja y se la comió. Después encontró un encendedor que alguien había tirado o perdido. Lo encendió. Funcionaba.

Se dirigió hacia el vagabundo sentado en el banco, extendiendo el brazo en el que llevaba el encendedor.

—Eh, amigo, ¿tienes tabaco?

Los ojillos del vagabundo se volvieron rápidamente hacia Harry. No tenían vida, como si las pupilas les hubieran sido arrancadas. El labio inferior del vagabundo temblaba.

—Te gusta Hitler, ¿no? —dijo muy suavemente.

—Oye, amigo —dijo Harry—. ¿Por qué no nos vamos tú y yo por ahí? Puede que consigamos alguna copa.

Los ojos del vagabundo viejo se quedaron en blanco. Durante un rato lo único que Harry vio fueron los blancos globos oculares inyectados en sangre. Después los ojos volvieron a su sitio.

El vagabundo lo miró:

—¡Contigo… no!

—Muy bien —dijo Harry—, hasta la vista…

Los ojos del vagabundo viejo volvieron a ponerse en blanco y repitió lo mismo, sólo que esta vez más alto:

—¡CONTIGO… NO!

Harry salió lentamente del parque y fue calle arriba hacia su bar preferido. El bar siempre estaba allí. Harry echaba anclas en aquel bar. Era su único refugio. Era despiadado y exacto.

De camino, Harry pasó por un terreno baldío. Un grupo de hombres de mediana edad jugaba el béisbol. No estaban en forma. La mayoría tenía una barriga prominente, eran bajos de estatura y tenían grandes traseros, casi de mujer. Eran todos no aptos o demasiado viejos para ser llamados a filas.

Harry se detuvo y observó el juego. Muchos tiros fuera, lanzamientos absurdos, bateadores golpeados, errores, pelotas mal bateadas, pero seguían jugando. Casi como un rito, un deber. Y estaban furiosos. Lo que mejor les salía era la furia. La energía de su furia era lo que dominaba.

Harry se quedó mirando. Todo parecía inútil. Hasta la pelota parecía triste, botando aquí y allá inútilmente.

—Hola, Harry, ¿cómo es que no estás en el bar?

Era el viejo y flaco McDuff chupando su pipa. McDuff tenía alrededor de 62 años, siempre miraba hacia adelante, nunca te miraba a ti, pero de todas formas te veía desde detrás de aquellas gafas sin montura. Y siempre llevaba un traje negro y una corbata azul. Entraba en el bar todos los días alrededor de mediodía, se tomaba dos cervezas y luego se iba. No se le podía odiar y no se le podía querer. Era como un calendario o un portaplumas.

—Para allá voy —contestó Harry.

—Voy contigo —dijo McDuff.

Así que Harry se fue andando con el viejo y flaco McDuff, y el viejo y flaco McDuff iba chupando su pipa. McDuff siempre tenía encendida aquella pipa. McDuff era su pipa. ¿Por qué no?

Caminaban juntos sin hablar. No había nada que decir. Paraban en los semáforos. McDuff chupaba su pipa.

McDuff tenía dinero ahorrado. Nunca se había casado. Vivía en un apartamento de dos habitaciones y no hacía gran cosa. Bueno, leía los periódicos, pero sin demasiado interés. No era creyente. Pero no por falta de convicción, sino porque simplemente no se había preocupado de considerar ese aspecto de un modo u otro. Era como no ser republicano por no saber lo que es ser republicano. McDuff no era feliz ni desgraciado. Una vez se puso nervioso un instante, pareció que algo le preocupaba y durante unas décimas de segundo el terror se reflejó en sus ojos. Luego aquello pasó, rápidamente…, como una mosca que se hubiera posado… y luego saliese disparada hacia tierras más prometedoras.

Entonces llegaron al bar. Entraron.

El gentío habitual.

McDuff y Harry se sentaron en sus taburetes.

—Dos cervezas —canturreó al camarero el bueno de McDuff.

—¿Qué haces, Harry? —preguntó uno de los clientes del bar.

—Buscar, moverme y cagar —contestó Harry.

Lo sintió por McDuff. Nadie lo había saludado. McDuff era como un papel secante sobre una mesa de despacho. No impresionaba. A Harry lo veían porque era un vagabundo. Les hacía sentirse superiores. Necesitaban esa sensación. McDuff les hacía sentirse débiles y ellos ya eran débiles de por sí.

No pasaba nada importante. Todo el mundo estaba sentado frente a sus bebidas, mimándolas. Pocos tenían la suficiente imaginación como para emborracharse simplemente como una cuba.

Una insulsa tarde de sábado.

McDuff pidió su segunda cerveza y tuvo la amabilidad de invitar a Harry de nuevo.

La pipa de McDuff estaba roja por las seis horas que llevaba ardiendo sin parar.

Acabó su segunda cerveza y salió del bar, y entonces Harry se quedó allí sentado solo, con el resto de la tripulación.

Era un sábado lento, lento, pero Harry sabía que si se quedaba allí sin hacer nada el tiempo suficiente, lo lograría. Por supuesto, el sábado por la noche era el mejor momento para gorronear copas. Pero no tenía adonde ir hasta entonces. Harry tenía que evitar a la dueña de la pensión. Pagaba por semanas y llevaba nueve días de retraso.

El ambiente se puso terrible entre copa y copa. Lo único que buscaban los clientes era sentarse y estar en algún sitio. Reinaba una soledad general, un miedo suave y una necesidad de estar juntos y charlar un poco, eso les aliviaba. Todo lo que Harry necesitaba era algo de beber. Harry podía beber sin parar y aún seguía necesitando más, no existía suficiente bebida para satisfacerle. Pero los demás… sólo estaban allí sentados, interviniendo de vez en cuando se hablase de lo que se hablase.

La cerveza de Harry se estaba desbravando. Y el asunto consistía en no terminarla, porque entonces había que pagar otra y no tenía dinero. Tenía que tener paciencia y esperanza. Como buen gorrón profesional de copas, Harry conocía la primera regla: nunca pidas que te inviten. Para los demás la gracia consistía en que estuviera sediento. Si pedía que le invitaran les quitaba el placer de sentirse espléndidos.

Harry dejó deambular su mirada por el bar. Había cuatro o cinco clientes. No eran muchos y no eran gran cosa. Uno de los que no eran gran cosa era Monk Hamilton. La razón principal por la que Monk creía merecer la inmortalidad era que se comía seis huevos para desayunar. Todos los días. Pensaba que eso le hacía superior. Pensar no se le daba bien. Era enorme, casi tan ancho como alto, tenía unos ojos pálidos y despreocupados, de mirada fija, un cuello de roble y unas manos enormes, peludas y nudosas.

Monk estaba hablando con el camarero. Harry miraba una mosca que se estaba metiendo despacito en un cenicero mojado de cerveza que había frente a él. La mosca dio varias vueltas entre las colillas, se dio contra un cigarrillo borracho y entonces emitió un zumbido furioso, se elevó en línea recta hacia arriba, pareció luego que volaba hacia atrás y hacia la izquierda y después se esfumó.

Monk era limpiacristales. Sus ojos afables vieron a Harry. Sus gruesos labios se contrajeron en una sonrisa altanera. Cogió su botella, se acercó, se sentó en el taburete contiguo al de Harry.

—¿Qué haces, Harry?

—Estoy esperando a que llueva.

—¿Te apetece una cerveza?

—Estoy esperando a que llueva cerveza, Monk. Gracias.

Monk pidió dos cervezas. Las trajeron.

A Harry le gustaba beber la cerveza directamente de la botella. Monk vació parte de la suya dentro de un vaso.

—¿Necesitas trabajo, Harry?

—No he pensado en eso.

—Lo único que tienes que hacer es sostener la escalera. Necesitamos alguien que sostenga la escalera. Claro, no pagan tan bien como a los que están en lo alto, pero te dan algo. ¿Qué te parece?

Monk estaba bromeando. Monk creyó que Harry estaba demasiado jodido para darse cuenta.

—Déjame pensarlo un rato, Monk.

Monk miró a los otros clientes, puso de nuevo su sonrisa altanera, les guiñó un ojo y luego volvió a mirar a Harry.

—Oye, lo único que tienes que hacer es sostener derecha la escalera. Yo estaré arriba, limpiando las ventanas. Lo único que tienes que hacer es sostener derecha la escalera. No es muy difícil, ¿no?

—No tan difícil como muchas otras cosas, Monk.

—Entonces, ¿vas a hacerlo?

—Creo que no.

—¡Venga! ¿Por qué no pruebas una vez?

—No sé hacerlo, Monk.

Entonces todos se sintieron bien. Harry era su chico. El perfecto idiota.

Harry miró todas aquellas botellas de detrás de la barra. Todos aquellos buenos momentos esperando, toda aquella risa, toda aquella locura…, bourbon, whisky, vino, ginebra, vodka y todo lo demás. Sin embargo, aquellas botellas estaban allí, sin abrir. Era como una vida esperando ser vivida y que nadie quería.

—Oye —dijo Monk—, voy a ir a cortarme el pelo.

Harry sintió la gordura silenciosa de Monk. Monk había ganado algo en algún sitio. Se sentía tan bien como una llave que encaja en una cerradura que permite entrar en algún lugar.

—¿Por qué no vienes y te quedas conmigo mientras me cortan el pelo?

Harry no contestó.

Monk se inclinó acercándose:

—Pararemos a tomar una cerveza por el camino y después te invitaré a otra.

—Vamos…

Harry vació sin dificultad la botella dentro de su sed y puso la botella sobre la barra. Salió del bar siguiendo a Monk. Bajaron la calle juntos. Harry se sentía como un perro siguiendo a su amo. Y Monk estaba tranquilo, todo estaba funcionando, todo encajaba. Era su sábado libre e iba a cortarse el pelo.

Encontraron un bar y pararon. Era mucho más bonito y limpio que aquél en el que Harry solía pasarse las horas muertas. Monk pidió las cervezas.

¡Cómo estaba allí sentado! ¡Un superhombre! Y además, le gustaba sentirse así. Nunca había pensado en la muerte, por lo menos no en la suya.

Cuando estaban sentados uno junto al otro, Harry comprendió que había cometido un error: un trabajo de 8 a 5 hubiese sido menos penoso.

Monk tenía un lunar en el lado derecho de la cara, un lunar muy relajado, un lunar sin conciencia de sí mismo.

Harry observó cómo Monk levantaba su botella y chupaba de ella. Era algo que Monk hacía porque sí, como meterse el dedo en la nariz. No estaba realmente sediento de alcohol. Monk estaba simplemente allí sentado con su botella y había pagado para eso. Y el tiempo pasaba como la mierda río abajo.

Terminaron sus botellas y Monk le dijo algo al camarero y el camarero le contestó algo.

Entonces Harry salió del bar siguiendo a Monk. Iban juntos y Monk iba a cortarse el pelo.

Llegaron a la peluquería y entraron. No había ningún otro cliente. El peluquero conocía a Monk. Mientras Monk se encaramaba en su silla, se dijeron algo. El peluquero extendió la toalla y la cabeza de Monk surgió de allí dentro, con el lunar firme en la mejilla derecha, y dijo:

—Lo quiero corto alrededor de las orejas y no mucho por arriba.

Harry, desesperado por otra copa, cogió una revista, pasó algunas páginas e hizo como si tuviera interés en ella.

Entonces oyó a Monk hablar con el peluquero.

—Por cierto, Paul, éste es Harry. Harry, éste es Paul.

Paul y Harry y Monk.

Monk y Harry y Paul.

Harry, Monk, Paul.

—Oye, Monk —dijo Harry—, ¿qué tal si me voy a tomar otra cerveza mientras te cortan el pelo?

Los ojos de Monk se clavaron en Harry.

—No, nos beberemos una cerveza cuando yo termine aquí.

Luego sus ojos se clavaron en el espejo.

—No quites demasiado de encima de las orejas, Paul.

Mientras el mundo daba vueltas, Paul tijereteaba.

—¿Has ligado mucho, Monk?

—Nada, Paul.

—No me lo creo…

—Pues deberías creerlo, Paul.

—No es eso lo que he oído.

—¿Qué, por ejemplo?

—Que cuando Betsy Ross hizo aquella primera bandera, ¡las 13 estrellas no hubieran dado para envolverte la polla!

—¡Joder, Paul, eres demasiado!

Monk se rió. Su risa era como si se estuviesen cortando rebanadas de linóleum con un cuchillo mal afilado. O quizá era un grito de muerte.

De pronto, dejó de reírse.

—No me quites demasiado de arriba.

Harry dejó la revista y miró el suelo. La risa de linóleum se había convertido en un suelo de linóleum. Verde y azul, con diamantes púrpura. Un suelo antiguo. Algunas partes habían empezado a pelarse, dejando al descubierto el suelo marrón oscuro de debajo. A Harry le gustaba el marrón oscuro.

Empezó a contar: 3 sillones de peluquería, 5 sillas para esperar, 13 o 14 revistas. Un peluquero. Un cliente. Un… ¿qué?

Paul y Harry y Monk y el marrón oscuro.

Fuera pasaban los coches. Harry empezó a contarlos, paró. No hay que jugar con la locura, la locura no juega.

Más fácil era contar las copas en la mano: ninguna.

El tiempo sonaba como una campana muda.

Harry tomó conciencia de sus pies, de sus pies dentro de los zapatos, luego de los dedos… en los pies… dentro de los zapatos.

Movió los dedos de los pies. Su vida se consumía yendo hacia ninguna parte como si fuese un caracol que se arrastra hacia el fuego.

Las plantas echaban hojas, los antílopes levantaban la cabeza de la hierba, un carnicero de Birmingham levantaba el cuchillo y Harry estaba sentado esperando en una peluquería, con sus esperanzas puestas en una cerveza.

No tenía honor, nunca era su día.

Aquello siguió, transcurrió, siguió y por fin terminó. El final de la obra del sillón del peluquero. Paul giró a Monk para que pudiese verse en los espejos de detrás del sillón.

Harry odiaba las peluquerías. El giro final en el sillón, aquellos espejos, eran momentos de horror para él.

A Monk no le importaba.

Se miró. Estudió su imagen, su cara, su pelo, todo. Parecía admirar lo que veía. Entonces habló:

—Muy bien, Paul, pero ¿te importaría cortarme ahora un poquito más del lado izquierdo? ¿Y ves estos pelillos que salen por aquí? Deberías cortarlos.

—Oh, sí, Monk…, ahora mismo…

El peluquero volvió a girar a Monk y se concentró en los pelillos que se salían de su sitio.

Harry miró las tijeras. Había mucho clic-clic pero no cortaban casi nada.

Entonces Paul giró otra vez a Monk hacia los espejos.

Monk volvió a mirarse.

Una leve sonrisa le distorsionó el lado derecho de la boca. Luego en el lado izquierdo de la cara le apareció un ligero tic. Narcisismo con sólo una sombra de duda.

—Así está bien —dijo—, ahora está perfecto.

Paul cepilló a Monk con un cepillo pequeño. El pelo muerto caía hacia un mundo muerto.

Monk buscó en el bolsillo el dinero para pagar y la propina.

La transacción monetaria tintineó en la tarde muerta.

Después Harry y Monk fueron juntos calle abajo de regreso al bar.

—No hay nada como un corte de pelo —dijo Monk— para sentirse como un hombre nuevo.

Monk siempre llevaba camisas de trabajo azul pálido, remangadas para exhibir los bíceps. ¡Menudo tío! Ahora lo único que le faltaba era una hembra que le doblase los calzoncillos y las camisetas, que le enrollase los calcetines y los guardara en el cajón de la cómoda.

—Gracias por acompañarme, Harry.

—Vale, Monk…

—La próxima vez que vaya a cortarme el pelo me gustaría que me acompañaras.

—Quizá, Monk…

Monk iba andando junto al bordillo y fue como un sueño. Un sueño sensacionalista. Simplemente ocurrió. Harry no sabía de dónde había venido el impulso, pero lo permitió, simuló que tropezaba y empujó a Monk. Y Monk, como un pesado bloque de carne, cayó delante del autobús. El conductor pisó los frenos y se oyó un ruido sordo, no demasiado fuerte, pero un ruido sordo. Y allí estaba Monk sentado en la cuneta, con su corte de pelo, lunar, y todo. Y Harry bajó la mirada. Lo más extraño de todo aquello: la cartera de Monk estaba en la cuneta. Había saltado del bolsillo trasero de Monk por el impacto y allí estaba, en la cuneta. Sólo que no estaba plana sobre el suelo, se erguía como una pequeña pirámide.

Harry se agachó, la recogió, la puso en su bolsillo delantero. Estaba tibia y llena de gracia. Dios te salve, María.

Entonces Harry se inclinó sobre Monk.

—¿Monk? Monk…, ¿estás bien?

Monk no contestó. Pero Harry notó que respiraba y vio que no había sangre. Y de repente el rostro de Monk se volvió hermoso y elegante.

Está jodido, pensó Harry, y yo estoy jodido. Todos estamos jodidos sólo que de diferentes maneras. No hay verdad, no hay nada real, no hay nada.

Pero sí había algo. Había una multitud.

—¡Retírense! —dijo alguien—. ¡Denle aire!

Harry retrocedió. Retrocedió hasta meterse entre la multitud. Nadie le detuvo.

Iba andando hacia el sur. Oyó el lamento de la ambulancia, junto con el de su propia culpa.

Entonces, de pronto, la culpa desapareció. Como acaba una vieja guerra. Había que seguir adelante. Las cosas continuaban. Como las pulgas y las tortitas con caramelo.

Harry se precipitó dentro de un bar en el que no había reparado antes. Había un camarero en la barra. Había botellas. Estaba oscuro allí dentro. Pidió un whisky doble, lo bebió de un trago. La cartera de Monk estaba hinchada y espléndida. El viernes debía de ser día de paga. Harry sacó un billete, pidió otro whisky doble. Bebió la mitad de un trago, aguardó un minuto en homenaje a Monk y luego se bebió el resto. Por primera vez en mucho tiempo se sintió muy bien.

A última hora de la tarde Harry bajó andando hasta el Groton Steak House. Entró y se sentó en la barra. Nunca había entrado allí. Un hombre alto, delgado y anodino, con gorro de cocinero y delantal manchado, se acercó y se inclinó por encima de la barra. Necesitaba un afeitado y olía a aerosol contra cucarachas. Miró maliciosamente a Harry.

—¿Vienes por el TRABAJO? —preguntó.

¿Por qué demonios quieren todos ponerme a trabajar?, pensó Harry.

—No —contestó.

—Hay un puesto de friegaplatos. Cincuenta centavos la hora y, de vez en cuando, se le puede tocar el culo a Rita.

La camarera pasó a su lado. Harry le miró el culo.

—No, gracias. Lo que quiero ahora es una cerveza. Sin vaso. De cualquier marca.

El chef se le acercó aún más. Tenía unos pelos muy largos en los agujeros de la nariz, que provocaban una enorme intimidación, como una pesadilla fuera de programa.

—Oye, cabrón, ¿tienes dinero?

—Claro que tengo —dijo Harry.

El chef dudó un momento, luego se alejó, abrió la nevera y sacó una botella. La destapó, volvió a donde estaba Harry y la puso de un golpe frente a él.

Harry dio un buen trago, bajó suavemente la botella hasta la barra.

El chef seguía examinándolo. El chef no podía comprenderlo del todo.

—Ahora —dijo Harry—, quiero un bistec de solomillo, tirando a hecho, con patatas fritas y poca salsa. Y tráigame otra cerveza ahora mismo.

El chef se alzó amenazadoramente frente a él, como una nube furiosa, luego se largó, volvió a la nevera, repitió la acción que incluía llevar la botella y depositarla de un golpe sobre la barra.

Entonces el chef fue hacia la parrilla, lanzó un bistec encima.

Se levantó un velo de humo glorioso. A través de él, el chef miraba fijamente a Harry.

No sé por qué no le gusto, pensó Harry. Bueno, quizá necesite cortarme el pelo (quíteme bastante de todas partes, por favor) y afeitarme, quizá tenga la cara un poco magullada, pero llevo la ropa bastante limpia. Gastada, pero limpia. Probablemente estoy más limpio que el alcalde de esta puta ciudad.

La camarera se acercó. No tenía mal aspecto. No era nada del otro mundo, pero no estaba mal. Llevaba el pelo recogido hacia arriba, como revuelto y con unos rizos que le colgaban por los lados. Bonito.

Se inclinó por encima de la barra.

—¿Vas a quedarte de friegaplatos?

—Me gusta el sueldo pero no es mi tipo de trabajo.

—¿Cuál es tu tipo de trabajo?

—Soy arquitecto.

—Eres un comemierda —dijo, y se alejó.

Harry sabía que no era demasiado bueno entablando conversación. Se había dado cuenta de que cuanto menos hablaba, mejor se sentía la gente.

Harry se acabó las dos cervezas. Entonces llegó el bistec con patatas fritas. El chef depositó el plato de un golpe. El chef era un gran golpeador.

A Harry le parecía un milagro. Se puso a ello, cortando y masticando. Hacía un par de años que no comía un bistec. A medida que comía sentía cómo entraba en su cuerpo una fuerza nueva. Cuando no se come a menudo, eso resulta un gran acontecimiento.

Hasta su cerebro sonreía. Y su cuerpo parecía decir: gracias, gracias, gracias.

Entonces Harry acabó.

El chef aún seguía mirándolo fijamente.

—Muy bien —dijo Harry—, tráigame otro plato de lo mismo.

—¿Va a tomar otra vez lo mismo?

—Sí.

La mirada pasó de fija a feroz. El chef se alejó y lanzó otro bistec sobre la parrilla.

—Y tomaré otra cerveza, por favor. Ahora.

—¡RITA! —gritó el chef—. ¡DALE OTRA CERVEZA!

Rita se acercó con la cerveza.

—Para ser arquitecto —dijo—, le das mucho a la cerveza.

—Estoy planeando levantar algo.

—¡Ja, ja! ¡Cómo si pudieras…!

Harry se concentró en su cerveza. Luego se levantó y se fue al lavabo de caballeros. Cuando regresó se acabó la cerveza.

El chef salió y puso de un golpe el plato de bistec con patatas delante de Harry.

—El puesto sigue vacante si lo quieres.

Harry no contestó. Empezó a comer otra vez.

El chef volvió a la parrilla desde donde continuó mirando fijamente a Harry.

—Tienes derecho a dos comidas —dijo el chef— y a meter mano.

Harry estaba demasiado ocupado con el bistec con patatas para contestar. Seguía teniendo hambre. Cuando se es un vagabundo, y especialmente si se es bebedor, pueden pasar días y días sin que comas, muchas veces sin que sientas siquiera ganas, pero de pronto te ataca un hambre insoportable. Uno empieza a pensar en comérselo todo, cualquier cosa: ratones, mariposas, hojas, resguardos de la casa de empeños, periódicos, corchos, lo que sea.

Ahora, en plena faena del segundo bistec, el hambre de Harry continuaba allí. Las patatas fritas estaban fantásticas, crujientes, amarillas y calientes, parecidas a la luz del sol, una gloriosa y nutritiva luz solar que podía morderse. Y el bistec no era simplemente una rebanada de algún pobre bicho asesinado, era algo apasionante que alimentaba el cuerpo y el alma y el corazón, que iluminaba la mirada y hacía que el mundo no fuera tan difícil de soportar, o tan inhóspito. De momento la muerte no importaba.

Entonces acabó el segundo plato. Sólo quedó el hueso del bistec y, además, completamente limpio. El chef seguía mirándole.

—Me voy a comer otro —le dijo Harry al chef—. Otro bistec con patatas y otra cerveza, por favor.

—¡NO! —gritó el chef—. ¡VAS A PAGAR Y TE VAS A LARGAR A LA PUTA CALLE!

Dio la vuelta a la parrilla y se paró frente a Harry. Tenía una libreta en la mano. Garabateó furiosamente en la libreta. Luego tiró la cuenta en medio del plato sucio. Harry la cogió del plato.

Había otro cliente en el restaurante, un hombre muy redondo y rosado, con una cabeza grande, llena de pelos despeinados, teñidos de un castaño bastante desalentador. El hombre había consumido numerosas tazas de café mientras leía el periódico de la tarde.

Harry se puso de pie, sacó unos billetes, apartó dos y los puso cerca del plato.

Luego salió de allí.

El tráfico de las primeras horas de la noche comenzaba a llenar de coches la avenida. El sol se estaba poniendo a sus espaldas. Harry observó a los conductores de los coches. Parecían desgraciados. El mundo era desgraciado. La gente estaba en la oscuridad. La gente estaba aterrada y desilusionada. La gente había caído en las trampas. La gente estaba desesperada y a la defensiva. Se sentían como si estuvieran malgastando sus vidas. Y tenían razón.

Harry echó a andar. Se detuvo en un semáforo. Y en ese momento tuvo una sensación muy extraña. Le pareció que él era la única persona viva del mundo.

Cuando la luz se puso verde se olvidó completamente del asunto. Cruzó la calle hacia la otra acera y continuó caminando.

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El fin de algo – Ernst Hemingway

El fin de algo – Ernst Hemingway

Antes, Horton Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes estaba libre del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el patio. Desmantelaron el aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Horton Bay, un pueblo.

Las casas de un piso, la cantina, el almacén de la compañía, las oficinas del aserradero y el mismo aserradero quedaron desiertos en medio de la pantanosa pradera cubierta de serrín que se extendía a la orilla del lago.

Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque renacido, mientras remaban a lo largo de la costa. Estaban pescando en bote al borde del banco que partía repentinamente desde los bajíos arenosos hacia las negras aguas de doce pies de profundidad. Se dirigían al lugar más apropiado para colocar los sedales nocturnos que atraían a las truchas arcoiris.

-He aquí nuestra vieja ruina, Nick -dijo Marjorie.

Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre los árboles verdes.

-Allí está -expresó.

-¿Te acuerdas cuando estaba el aserradero? -preguntó Marjorie.

-Sí, me acuerdo.

-Parece más bien un castillo -opinó la muchacha.

Nick no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero, siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía.

-No están picando -dijo.

-No -respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban. No se distraía ni siquiera al hablar. Le gustaba pescar. Le gustaba mucho pescar con Nick.

Cerca del bote, una trucha enorme sacudió la superficie del agua. Nick remó fuerte con un solo remo, haciendo girar el bote para que el anzuelo pasase por donde se hallaba la trucha. Cuando asomó su espinazo, los peces que usaba como cebo saltaron en forma salvaje. Se desparramaron por la superficie como un puñado de municiones arrojadas al agua. Del otro lado de la embarcación saltó otra trucha, en busca del preciado alimento.

-Están comiendo -indicó Marjorie.

-Pero no van a picar -dijo Nick.

Volvió a dar la vuelta con el bote pasando entre los hambrientos peces, y se dirigió a la costa. Marjorie no recogió el sedal hasta que llegaron a la orilla.

Detuvieron la embarcación en la playa y Nick sacó un balde con percas vivas que nadaban en el agua del recipiente. Después cogió tres con las manos y les cortó la cabeza y las peló, mientras Marjorie introducía las manos en el balde. Finalmente sacó una perca y empezó a hacer lo mismo que Nick. Nick miró el pez de Marjorie.

-No es necesario arrancarle la aleta ventral -dijo-. Lo mismo sirve como cebo, pero es mejor que la tenga.

Enganchó las colas de las percas peladas en los dos anzuelos del sedal de cada caña. Había dos anzuelos colocados en una guía para cada caña. Marjorie, por su parte, remó hacia el banco arenoso. Sostenía el hilo entre los dientes y miraba a Nick, que estaba con la caña en la playa, mientras el sedal se desenrollaba.

-Ya está bien -gritó.

-¿Lo suelto? -dijo Marjorie, con el sedal en la mano.

-Claro. Suéltalo.

Marjorie dejó caer el hilo y miró cómo los cebos penetraban en el agua.

Luego volvió con el bote y se llevó el segundo sedal de la misma manera. A cada oportunidad, Nick colocó una pesada tabla haciendo cruz con el extremo de la caña para que no se moviera, y un trozo de madera más pequeño para formar el ángulo. Después devanó el sedal con lentitud hasta dejarlo tirante y establecer una línea recta desde donde el anzuelo descansaba sobre el fondo arenoso, y por último aseguró el carrete regulador. De este modo cuando alguna trucha se acercaba a comer, el hilo daba un tirón y el ruido del trinquete fijo indicaba su presencia.

Al principio, Marjorie avanzó lentamente para no mover el sedal, pero una vez que estuvo fuera de esa zona, remó con rapidez hacia la playa, acompañada por pequeñas olas. La muchacha salió del bote y Nick lo arrastró por la arena.

-¿Qué te pasa, Nick? -preguntó Marjorie.

-No sé -contestó este mientras juntaba leña para el fuego.

Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa. Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el humo hacia el lugar, por lo que extendió la manta entre el fuego y el lago.

Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick. Éste volvió enseguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero, inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes.

Marjorie abrió la cesta de la cena.

-No tengo ganas de comer -dijo Nick.

-Vamos, Nick. Come.

-Bueno.

Comieron sin decir nada, observando las dos cañas y el fuego reflejado en el agua.

-Esta noche va a haber luna -expresó Nick, que miraba hacia el otro lado de la bahía. Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Se dio cuenta de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colinas.

-Ya lo sé -dijo Marjorie con alegría.

-Tú lo sabes todo.

-¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor!

-No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Ese es el problema, y también lo sabes.

Marjorie no dijo nada.

-Te lo enseñado todo -continuó Nick-. No lo niegues. ¿Qué es lo que no sabes, entonces?

-¡Oh! ¡Cállate! Ahí viene la luna.

Se quedaron sentados sobre la manta, sin tocarse, observando cómo aparecía la luna.

-No tienes por qué decir tonterías -protestó Marjorie-. ¿Qué te ocurre en realidad?

-No sé.

-Por supuesto que lo sabes

-No. No sé.

-Anda. Dilo.

Nick miró la luna, que se empinaba encima de las colinas.

-Ya no me divierte esto.

Tenía miedo de mirar a la muchacha, pero la miró. Marjorie le daba la espalda. Siguió mirándola.

-Ya no me divierte. Nada. En absoluto.

Ella no dijo nada. Nick continuó:

-Me encuentro como si todo se hubiera ido al demonio en mi alma. No sé, Marge. No sé qué decir.

Todavía miraba la espalda de la mujer.

-¿Ya no te divierte el amor? -preguntó Marjorie.

-No.

Marjorie se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las manos.

-Voy a usar el bote -le dijo Marjorie-. Tú puedes volver a pie por el promontorio.

-Bueno -dijo Nick-. Espera, que iré a desatracar el bote.

-No hace falta -cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna.

Nick regresó y se acostó boca abajo, sobre la manta junto al fuego. Oyó el rítmico movimiento de los remos, mientras Marjorie se alejaba.

Permaneció allí largo rato. Estaba acostado cuando Bill apareció en el claro después de atravesar el bosque. Sintió que el recién llegado se acercaba al fuego. Pero Bill no lo tocó.

-¿Salió todo bien con ella? -preguntó Bill.

-Sí -contestó Nick sin abandonar su posición, con la cara pegada a la manta.

-¿Hubo una escena?

-No, no hubo ninguna escena.

-¿Cómo te sientes?

-¡Oh! ¡Vete, Bill! Vete por un rato.

Bill eligió un sándwich de la cesta y fue a echar un vistazo a las cañas.

                                                                      FIN

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Corrida de beneficencia (20)

El cariz que estaba tomando la tan cacareada corrida con ratas llevaba mi cabeza a tratar de salir de la pesadilla en la que estaba envuelto. Hablaba y escribía en pasado frente a mi deseo de hacerlo en presente. Tenía enormes ganas de incorporarme a esa nueva realidad que proclamaba mi gobernante, de integrarme en la legión de hormigas humanas. Procurarme la toalla, el bañador, la crema solar, las gafas, el transistor, el diario global albanés y el libro. Respetar la distancia social y darme un chapuzón como lo hacía mi padre cuando veraneábamos el siglo pasado en Santander.

Pero no podía por más que lo intentaba. ¿Qué me sucedía? Tenía la sensación de haber sido hipnotizado por alguien que ahora no lograba deshipnotizarme pese a que se lo rogaba y suplicaba. Me sentía como Woody Allen en La maldición del escorpión de jade. Bastaba una palabra, “corrida” en este caso, para que yo fuera directamente al farmobar, me tomara un par de somníferos, me metiera en la cama y al poco aterrizara en la madrileña Plaza de las Ventas.

Toda una tortuosa paradoja. Hasta ahora prefería escapar del pesado ambiente que había generado la pandemia y fantasear con recuerdos de la infancia y de la juventud desoyendo los consejos de Joseph-Marie McFarlane, mi exótico psicoanalista jamaicano. Por cierto que en los momentos de lucidez traté varias veces de ponerme en contacto con él por videollamada en las últimas veinticuatro horas, pero salía el contestador. ¡¿Dónde estaría el maldito mulato, aprendiz de Sigmund y Lacan?! Justo cuando más lo necesitaba.

En fin, mi otro yo se resistió a que abandonara el festival de ratomaquia. No tenía más vía que la de convertirme en improvisado cronista de un evento, digno por su objetivo benéfico pero que había sido contaminado por la crispación y el frentismo que vivía el país. Lo comprobé en la tele por la mañana siguiendo el debate parlamentario y lo atestiguaba esta tarde con el ambiente que se palpaba y el griterío que se escuchaba en las gradas. ¡Y aún no había empezado el espectáculo!

A eso de las seis de la calurosa tarde madrileña se anunció por los altavoces la llegada del rey Felipe VI. Hubo división de opiniones en el respetable, pero los silbidos se impusieron a los aplausos cuando  la mayoría de los espectadores se percataron que junto al monarca y mi gobernante entraba en el  palco su padre, el Emérito, muy envejecido, con rostro tenso y asustado y con la apoyatura de un bastón. Fue el hijo quien le ayudó a sentarse. Arreciaron los insultos contra él mientras que desde el tendido alto donde estaban los jóvenes con camiseta morada se gritaba “devuelve el maletín, juan carlín”. Los de verde replicaron inmediatamente acusándoles de “comunistas traidores”.

Por un momento pensé que la autoridad de la plaza, imagino que el comisario Romerales en persona, iba a comunicar la suspensión de la corrida en vista del giro que estaban tomando los acontecimientos. De nuevo por megafonía una voz masculina anunció que Marta Sánchez iba a interpretar el himno nacional en una versión compuesta por ella misma. Más pitos, aunque cuando apareció la atractiva cantante, embutida en un ceñido vestido color rojo pasión, resurgieron tímidamente los aplausos y algunos piropos. “Vuelvo a casa, a mi amada tierra” (división de opiniones), “Hoy te canto para decirte cuanto orgullo hay en mí” (pitos). “Grande España, a Dios le doy las gracia por nacer aquí y honrarte hasta el fin” (abucheo creciente). Cuando Marta, que aguantaba como buenamente podía el ruido, entonó la última estrofa -“Y si algún día no puedo volver, guárdame un sitio para descansar al fin”- la bronca ya fue monumental. Cayeron al albero almohadillas desde arriba y algunos claveles lanzados desde los tendidos bajos, que ella agradeció recogiéndolos y se marchó apresuradamente al ver que el panorama dibujaba una tarde de rayos y truenos.

Desde luego, pensé, el responsable o responsables del programa no habían sido hábiles al no prever que la interpretación del himno nacional iba a exacerbar los ánimos ya de por sí caldeados. Además, concluí que la presencia del Emérito, aun cuando le honraba su respaldo solidario a la causa benéfica de los comedores sociales, resultaba un desacierto. Era su primer acto público desde el escándalo de sus comisiones árabes y el dinero depositado en cuentas suizas, que tanto había irritado a la ciudadanía y golpeado seriamente a la Corona.

La música taurina acalló los gritos y los silbidos. La castañuela y el redoble de tambor de la famosa España cañí hizo que el respetable se olvidara de la crispación política y comenzara a aplaudir fuerte cuando se abrió el portalón del patio de toreros para que los tres diestros del cartel iniciaran el paseíllo. “Grandes”, “Campeones, “Guapa, guapísima, que te vas a comer al conducator”, se escuchaba desde el graderío. Seguramente eran voces de los entendidos taurinos más conservadores. Los de las camisetas, de derecha e izquierda, mezclaban el aplauso con el silbido. Pero también la risa con la lágrima emocionada que en algunos producía la música tan hispana.

Estaba obligado a narrar como improvisado cronista accidental el caminar de tres personas, que de toreros tenían poco, vestidos con trajes que casaban mal con los cánones clásicos del toreo. Si levantase la cabeza don José María de Cossío, el autor del mejor diccionario de tauromaquia en el mundo, pensé, se hubiese muerto del susto ante el vanguardismo, casticismo y belicosidad de los protagonistas del cartel.

A la izquierda marchaba Monaguillo, que por un momento había olvidado su misión de gurú monclovita, vestido con taleguilla y pantalón más que exóticos. El atuendo de color azul diplomático estaba moteado con dibujos de números, porcentajes y nombres de partidos políticos. Colegí que había pretendido destacar su primera función por excelencia, la de muñidor de encuestas para satisfacción o angustia de su superior. Descubrí que el conducator sonreía abiertamente por el uniforme escogido por su colaborador más inmediato y le comentaba algo al Rey. Con unas medias blanquiazules, el secretario de Estado había hecho un guiño al club txurdín de sus amores, la Real Sociedad, y a su ciudad natal.

En el medio desfilaba Isa, la presidenta madrileña. Iba disfrazada la política conservadora de pichi castizo, con gorra, chalequillo gris, camisa blanca y pantalón negro muy ajustado. Llevaba el pelo recogido en coleta y el rostro excesivamente maquillado. Sin embargo, este cronista confiesa que la encontró guapa y ella sentía que lo estaba ante la amplia sonrisa y el constante saludo con los brazos al público. Los de la camiseta morada comenzaron a gritarle “Ida, Ida”, jugando malevolamente con las iniciales de su nombre y apellidos. Desde diversos tendidos de sombra varios aficionados respondieron con aplausos y gritos de “guapísima” e “Isa, la mejor”.

Finalmente, a la derecha, rompiendo por completo todos los moldes taurinos caminaba con solemnidad y mirada desafiante Reconquisto, el líder de Vox. Finalmente había decidido no boicotear la corrida pese a que amenazó con no participar si no se lidiaba a las pobres ratas como si fueran toros y terminaran siendo matadas a espada y fuego de banderillas. El dirigente ultraderechista llevaba un jubón verde y pantalones de igual color. Me llamó la atención que a diferencia de sus compañeros, que calzaban finas zapatillas de rigor, él portaba unas gruesas botas con espuelas.

La música atronaba cuando los tres diestros con sus capas rosa y amarillo, conducidos por dos alguacilillos a caballo, y acompañados de sus cuadrillas -sólo reconocí al barbudo colaborador de Isa- se acercaron hasta el otro extremo de la plaza. Desde allí con sus capas sobre el hombro pero sin montera saludaron arriba al palco presidencial, donde estaban, además del comisario Romerales, el Rey, el Emérito, mi gobernante y la vicepresidenta primera, que vestía con traje campero y sombrero cordobés de su tierra. En el palco de la izquierda junto a los ministros del gobierno destacaba la figura de Vicedós, que se levantó al llegar los toreros al tiempo que movía las manos en señal de calma para acallar el griterío de los de la camiseta morada, que continuaban profiriendo gritos contra la monarquía. Cuando se hizo el silencio alguien lanzó un grito agudo: “¡¡Reconquisto, acaba con esas ratas apestosas de alcantarilla!!”. Vaya, musité, bien empezamos.

Por la megafonía la misma voz que había anunciado la llegada del Rey y la interpretación del himno nacional, explicó con detalle el programa y precisó que con el acuerdo de todas las partes intervinientes en la función, ésta no terminaría con la suerte de matar. Iba a ser una exhibición de toreo de salón entre los tres diestros y las ratas neoyorquinas, a las que presentó como investigadoras de la Columbia University ante la rechifla de la multitud. El festival, recordó el presentador, se ha montado para una noble causa, la de recoger fondos que ayuden a combatir las colas del hambre: “Señoras y señores, esperamos que disfruten de este espectáculo único de ratomaquia y que sepan guardar la compostura”.

Bosco Esteruelas

https://www.fronterad.com/autor/bosco-esteruelas/

Sale a la luz un relato inédito de Hemingway

«Pursuit As Happiness» se sitúa en un pueblo costero, y relata una historia con ecos claros de «El viejo y el mar»

Ernest Hemingway

Han pasado casi sesenta años desde la muerte de Ernest Hemingway y su obra no deja de crecer con la aparacición recurrente, aquí y allá, de cuentos desconocidos que llevan su firma. El último lo ha sacado a la luz «The New Yorker», y es una gran noticia para los lectores del norteamericano, pues se trata de un relato con ecos evidentes de una de sus grandes novelas, aunque en realidad es bastante corta: «El viejo y el mar».

«Pursuit As Happiness» se sitúa en un pueblo costero, en unos apacibles meses de veranos en los que el protagonista, Ernest, mata los días con sus amigos pescando marlines que luego regalan a los lugareños. En ese ambiente distendido, de paz, de días agradables y anchos, emerge del agua un enorme pez que se convierte en su obsesión: el marlín «más grande que jamás haya nadado en el océano».

«Cuando lo vimos, supimos lo grande que era. No podías decir que era aterrador. Pero fue increíble», escribe Hemingway. A partir de ahí relata la búsqueda obsesiva del pez, como en su gran novela, pues la pesca era una de sus obsesiones.

«En realidad, me resulta difícil clasificarlo como ficción o no ficción porque gran parte de la historia es autobiográfica, pero prefiero pensar en ella como ficción. Está cuidadosamente elaborado y se lee como una breve obra de ficción (…) Es posible que la historia se haya inspirado en un viaje de pesca en particular en el verano de 1933, cuando se desarrolla la historia, pero en mi opinión probablemente se inspiró en varias experiencias diferentes, a las cuales el autor ha agregado elementos ficticios que mejoran sobre la historia», ha explicado Seán Hemingway, nieto del escritor, en una entrevista con la revista neoyorquina.

Fue él, precisamente, el que se topó con el manuscrito mecanografiado cuando estaba revisando la Colección Ernest Hemingway en la Biblioteca y Museo John F. Kennedy en Boston. El sostiene que no es un borrador de «El viejo y el mar», sino una historia que complementa esta novela. De hecho, el cuento se incluirá en una nueva edición de ese libro que ya está preparando.

https://www.abc.es/cultura/libros

En breve

JLGM
Era tan buen poeta como Virgilio y no menos escrupuloso: antes de morir, pidió a sus amigos que quemaran sus manuscritos. Tuvo la mala suerte de que le hicieran caso.

Cuando el cura le preguntó si quería a aquella mujer como su legítima esposa, respondió: ¿Podría repetirme la pregunta?

Otro distraído: fue a echar una carta y, cerca ya de correos, advirtió que se le había olvidado salir de casa.

Le gustaban tanto las mujeres que nunca se casó: quería probarlas todas antes de decidirse por alguna.

A aquel tímido no hubo manera de santificarle. Cuando hacía un milagro, nadie se enteraba de que había sido él. Las sospechas eran muchas, pero ninguna pudo confirmarse.

Era un fantasma tan educado que siempre daba tres golpes en la pared antes de aparecer.

Quiso empezar una nueva vida y se mudó a una remota ciudad en la que no le conocía nadie, pero de pronto, al verse reflejado en un escaparate, se dio cuenta de que no había servido de nada ya que le había seguido su mayor enemigo.

Me dijeron que en la India vivía el hombre más sabio del mundo. Vendí todo lo que tenía y fui a buscarle. Cuando llegué, hacía poco que había muerto y me ofrecieron ocupar su lugar. Acepté, ¿qué remedio? No me quedaba dinero para volver a casa.

“¡Haz desaparecer a mi mujer!”, gritó el bromista para burlarse del mago. La mujer avergonzada fue luego a pedirle disculpas al camerino y desde entonces le acompaña a todas partes.

“¿Qué tengo que hacer para ser feliz?”, le pregunté al hombre más sabio del mundo. “Si lo supiera, no sería el más sabio del mundo, sería el más feliz”.

Judas, tras su traición, se largó al casino a jugarse las treinta monedas Tuvo tanta suerte que las multiplicó por cien. Y ese fue solo el principio de su fortuna. Lo del ahorcamiento no es más que una leyenda piadosa que hicieron correr los primeros cristianos para evitar el mal ejemplo.

Don Juan, ya viejo y solo, quiso dar una fiesta en la que reuniría a todas las mujeres a las que había amado. Se puso a hacer la lista y resulta que no recordaba ningún nombre, que todo era una confusión de senos, muslos, rubias y negras cabelleras. Entonces descubrió que no había amado a nadie. Y que por eso lo había pasado tan bien. Murió sonriente y feliz.