Ambiente

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Me costó coger una raba en ese bar de moda lleno de gente, estuve esquivando a la multitud todo el rato, unos intentaban agarrar un lugar en la barra y otros se hacían paso para llegar a los baños. Cuando consigues llegar a los servicios es una sorpresa, ¿estarán en condiciones higiénicas?, al final no importa si vas a hacer del uno o del dos, haces lo que te ocupa a pesar de todo. Regresas al lugar donde está tu gente entre empujones, entre gritos, conversaciones alocadas, con dificultades encontré mi cerveza y conviví con mi grupo, no escuchaba nada, entre la música y todo el mundo hablando al tope de decibelios. Solo pude alcanzar otra raba y tomarme mi último culito de cerveza en un ambiente cojonudo. Se me hace que me estoy volviendo viejo, pero que ricas las rabas.

J.A.P.

¡Solos!

Abandonamos la vivienda sin atrevernos a recoger nada, dejando a la viuda delante de su taza de café

JUAN JOSÉ MILLÁS

Un hombre se baña junto a una muñeca a la que considera su pareja.
Un hombre se baña junto a una muñeca a la que considera su pareja. BEHROUZ MEHRI AFP

Días después del fallecimiento de un amigo que vivía solo, su hermana me pidió que la ayudara a vaciar el piso. Temí que no hubieran ventilado la casa y que flotaran aún en el ambiente los olores de su intimidad, o que la pila de la cocina estuviera llena de cacharros, o que tropezáramos con ropa sucia en el cuarto de baño… Pero no podía negarme y allí fuimos. Nada más abrir la puerta y avanzar unos pasos nos dimos cuenta sin embargo de que había en la vivienda un orden insólito para un soltero. Todo estaba en su sitio, y no solo eso: la atmósfera era perfectamente respirable, como si hubieran colocado en algún lugar estratégico un ambientador de frutos rojos que se dejaba notar sin resultar agresivo.

La sorpresa surgió al llegar a la cocina, a cuya mesa apareció sentada una mujer rubia, en pijama de seda, delante de una taza de café. Tardamos un segundo en darnos cuenta de que se trataba de una muñeca de tamaño natural soberbiamente articulada, una réplica alucinante de un ser humano de verdad: el pelo, la textura de la piel, la boca, los ojos…, todo estaba dispuesto para el engaño. Nos encontrábamos ante una copia bellísima, pero al mismo tiempo algo siniestra. La hermana de mi amigo y yo permanecimos en silencio unos instantes. Luego ella dijo: “¿Pero qué es esto?”. “Su viuda”, aventuré yo. Me dieron ganas de saludarla de tan real que parecía, pero logré reprimirme para no parecer un loco.

Entonces me vinieron a la memoria las excusas que mi amigo ponía últimamente para no salir. Siempre estaba ocupado. Abandonamos la vivienda sin atrevernos a recoger nada, dejando a la viuda delante de su taza de café. Y allí sigue, creo, envejeciendo, ni siquiera sé cómo se llama, pobre. ¡Qué solos se quedan los vivos!

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El poeta

Era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías

JUAN JOSÉ MILLÁS

Entrada al baño de un restaurante.
Entrada al baño de un restaurante. GETTY IMAGES

Tras el postre, fui a orinar a los servicios del restaurante en el que había comido con mi amigo Ricardo. Al bajarme la cremallera, descubrí en el urinario una fotografía suya, de las de fotomatón. No tuve valor para meter la mano y retirarla, pero tampoco para desaguar sobre su imagen. Me reprimí, pues, y volví a la mesa, donde preferí no comentar lo sucedido. Nos tomamos el café y nos despedimos sin que por fortuna él hubiera hecho intención de acudir al lavabo.

Ya en casa, telefoneé a un amigo común que al relatarle el caso me dijo que era el mismo Ricardo el que iba abandonando su foto en los urinarios de los restaurantes y cafeterías del centro en una especie de maniobra autodestructiva que consideraba acorde con su condición de poeta maldito. Nunca tuvo vocación de poeta maldito, pero al haber fracasado como poeta a secas, albergaba la esperanza de triunfar de este modo. Tal vez la televisión, la radio o las redes sociales se hicieran eco de su campaña masoquista.

Durante los siguientes días visité por curiosidad los lavabos de los restaurantes y cafés frecuentados por escritores y periodistas y comprobé que en todos sus urinarios, sin excepción, había fotos de Ricardo, la mayoría deterioradas ya por las sucesivas rachas de orines que se habían vertido sobre ellas. Al final no pude reprimirlo y lo llamé para que cesara en aquella actitud que dañaba su imagen. Replicó que estaba dispuesto a cualquier cosa para que su poesía llegara a los lectores y que este sistema de hacerse famoso le parecía original. Solo necesitaba salir en uno o dos telediarios. Colgué apenado por él, por el mundo y por los telediarios. De momento no ha logrado convertirse en un poeta maldito, pero sigue siendo un maldito poeta.

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Interruptores

La pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, respondió

JUAN JOSÉ MILLÁS

Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera.
Un entrenador guía a un corredor ciego durante una carrera. PATRICIA ESTEVE

Érase una pareja de videntes que tuvieron una hija ciega a la que hicieron creer que los ciegos eran ellos y que ella veía. La cría compensó enseguida la supuesta carencia de sus padres con una agudeza fuera de lo común, pues resultó ser muy despierta y perspicaz. Cuando viajaban en el metro les indicaba la estación en la que se debían bajar y los ayudaba a diferenciar y escoger los alimentos en el supermercado. Les leía también la correspondencia del banco, así como las cartas que recibían de un pariente que vivía en Buenos Aires. Ellos, asombrados por las habilidades de la pequeña, se dejaban querer y utilizaban cada día menos el sentido de la vista.

Un día, al poco de cumplir los siete años, una compañera de colegio reveló a la niña que era ciega. “Los ciegos son mis padres”, dijo ella. “Eso es lo que te han hecho creer”, le respondió la amiga, “para que no sufrieras”. La niña no dijo nada en casa, pero empezó a observar el mundo desde esta perspectiva nueva. Comprendió que esos clics inexplicables que sonaban por las noches en el dormitorio o el pasillo eran los que hacían los interruptores de la luz. Un día se dejaron de escuchar porque los padres empezaron a moverse por la casa sin necesidad alguna de utilizar los ojos. Pero la niña, necesitada de esos sonidos, continuó encendiendo las luces al oscurecer ante la admiración del matrimonio.

De manera insensible, ella iba ocupando la dimensión visual de ellos mientras que ellos se trasladaban a la de ella. Cuando se hizo mayor, tuvo a su vez una hija vidente a la que hizo creer desde el principio que era ciega. En cierta ocasión, la pequeña preguntó a su madre en qué consistía ver. “En no tropezar”, le respondió. Y nunca se volvió a hablar del asunto.

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3 PARADOJAS METAFÍSICAS DE FRANZ KAFKA

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UNA MUESTRA DEL SIGNIFICADO DE LO “KAFKIANO”

Franz Kafka no sólo es uno de los grandes escritores de la historia; es, como casi ningún otro, una forma de mirar el mundo. Lo “kafkiano” no sólo es lo extraño e inquietante; es lo extraño e inquietante que tiene un fondo enigmático y metafísico. Como ha notado Roberto Calasso en su penetrante lectura de Kafka, el escritor checo escribió en la frontera entre lo inmanifiesto y lo manifiesto, entre el mundo de las potencias invisibles y el mundo visible. Todo en Kafka es un símbolo. Un símbolo de algo invisible que controla y castiga y por eso quizá sería mejor no buscarlo ni desearlo y, sin embargo, no podemos hacer otra cosa.

A continuación presentamos tres ejemplos tomados de El castilloEl proceso y sus Diarios, en los que Kafka muestra esta particular cosmovisión metafísica, entreverada por la culpa, el absurdo y la paradoja. 

I

“¿Qué estás esperando?”. “Algún trineo que me lleve”. “Por aquí no pasa ningún trineo”, dijo el hombre. “por aquí no hay tráfico”. “Sin embargo, es la calle que lleva al Castillo”, objetó K. “Aun así, aun así”, dijo el hombre con cierta inflexibilidad, “por aquí no hay tráfico”. 

(El castillo)

II

Es como si en alguna parte, en un claro del bosque sucediera el combate espiritual [el combate espiritual en torno al cual “todo gira”] […] Penetro en el bosque, no encuentro nada y enseguida, por debilidad, me apresuro a huir; con frecuencia, cuando abandono el bosque, huelo y creo oír el fragor de las armas de ese combate. Quizás las miradas de los combatientes me buscan a través de la oscuridad del bosque, pero yo sé muy poco acerca de ellos, y ese poco es engañoso.

(Diarios)

III

Un día, en uno de sus viajes, el peregrino se encontró una gran puerta abierta, con sólo un guardia a su lado, fiero e inmortal.

–Guardián, por favor, déjame pasar a través de la puerta.

–Lo siento peregrino, no puedo dejarte pasar.

El peregrino decidió esperar. Los minutos se convirtieron en horas, las horas en días, siempre preguntando lo mismo y obteniendo siempre la misma respuesta.

–Peregrino, más allá de esta puerta hay puertas infinitas con guardianes infinitos y aunque soy un guardián fuerte, apenas puedo mirar a los ojos del tercero que es mucho más poderoso que yo. Si te sientes valiente te reto a pasar, pero recuerda, es bajo tu propio riesgo.

Asustado, el peregrino siguió esperando mientras su vida pasaba. Intentó sobornar al guardián que siempre aceptaba sus regalos mientras le daba la misma respuesta:

–Acepto tus regalos para que pienses que intentaste todo para poder pasar.

El peregrino esperó. Pasaron las estaciones y se volvió viejo.

–Guardián, he pasado toda mi vida aquí, frente a esta puerta, y nunca vi a ninguna mujer, ningún hombre, ninguna clase de criatura intentar cruzarla, ¿puedes decirme por qué? ¿puedes decirme la razón?

El guardián fiero se dio cuenta de lo que pasaba.

–Peregrino, voy a cerrar la puerta y sólo entonces tendrás tu respuesta.

El guardián se acercó lentamente a la puerta y la cerró. Entonces se dio la vuelta hacia el peregrino y dijo:

–Escúchame, a donde vayas desde ahora recuerda esta puerta, y que esta puerta existió y estaba abierta sólo para ti, y con todo, nunca encontraste la fuerza para cruzarla.

Entonces así, en aquel momento de comprensión, el peregrino cerró sus ojos y murió.

(“Ante la Ley”, El proceso)

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12 cuentos de Gabriel García Márquez para leer en menos de una hora

Sin la influencia de su abuela, ‘Gabo’ no habría hecho historias tan increíbles que emanan pasión, sinceridad e interés en cada línea. Por eso, en este artículo te compartimos algunos de los mejores cuentos de Gabriel García Márquez.

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«Un niño de unos cinco años que ha perdido a su madre entre la muchedumbre de una feria se acerca a un agente de la policía y le pregunta: “¿No ha visto usted a una señora que anda sin un niño como yo?”». — “Un niño como yo”.  

Desde muy niño, curioso como solía ser, Gabriel García Márquez vivió en casa de sus abuelos maternos aventuras increíbles para un menor de dos años. Una de las anécdotas que recordaba el escritor era cuando su abuela, la mujer que llevaba el control de la familia, se sentaba a contarle historias. Mina, como él la llamaba, le contaba una infinidad de cuentos que llenaron su cabeza de supersticiones, frases y pasión, mismas que llevaría a sus libros para honrarla.

La mujer era tan apasionada de los cuentos y las historias que no había día en que García Márquez no le pidiera una nueva, misma que iba almacenando en su memoria con todo y el tono en que su abuela relataba, por ello, al crecer, Gabo gritaría por el mundo que «debía contar la historia como Mina lo hacía con las suyas, partiendo de aquella tarde en la que el niño es llevado por su abuelo para conocer el hielo».

Y lo cumplió. Márquez se mantuvo en una constante evolución, pero siempre manteniendo el relato de su abuela como voz primaria. Cuando él era un niño de 8 años, el abuelo falleció y la abuela perdió la vista, lo que lo obligó a volver a vivir con sus padres, sin olvidar jamás la manera tan cautivadora que su abuela tenía para relatar historias, misma que le transmitió y que, claro está, plasmó en los cuentos que escribió. Por eso, en este artículo te compartimos 12 de los mejores cuentos de Gabriel García Márquez que seguramente amarás tanto como el propio Gabo amó a su abuela.

“El cuento del gallo capón”

Un cuento que transcurre apenas en un párrafo y pareciera no tener final. “El cuento del gallo capón” no es más que la historia cíclica como metáfora de las relaciones: el amor, la amistad y la vida misma.

“El rastro de tu sangre en la nieve”

Una mujer que descubre la sangre al mismo tiempo que el placer sexual vive una aventura que dura algunos meses, pero que no te llevará más de 10 minutos leer y engancharte a la historia de Nena Daconte.

“El drama del desencantado”

¿Cansado de vivir? Quizás este cuento te ayude a entender que la vida sólo es una y si la abandonas ahora no hay manera de regresar. El detalle está en encontrar lo que te de satisfacción, al menos una vez.

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“Espantos de agosto”

¿Crees en fantasmas? Probablemente, luego de leer este cuento de no más de cinco minutos, pienses mejor las cosas al despertar cada mañana, no juegues con los muertos y tampoco te burles de ellos.

“La fotogenia del fantasma”

No todos los cuentos de fantasmas son macabros, éste por ejemplo es una manera de decirnos que hay que temerle mucho más a los vivos.

“La luz es como el agua”

¿Hasta dónde puede llegar la curiosidad de un niño? Quizá podría matar a toda una clase. Con unos cuantos párrafos, Gabo logra sumergirnos (literalmente) en su historia.

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“La muerte en Samarra”

Citando el viejo refrán “cuando te toca, aunque te quites y cuando no te toca, aunque te pongas”, Gabo maneja este pequeño relato, en el cual explica por qué no podemos huir de la muerte.

“La Santa”

¿Qué pasaría si tienes la prueba de que has hallado una santa y nadie quiere creerte? No dejas de insistir hasta que te alcance la muerte o que algo más interesante suceda, como Margarito, un hombre sin nada especial, salvo que tiene una santa en sus manos.

“Ladrón de sábado”

Un joven y apuesto ladrón entra a una casa donde sólo se encuentran Ana y su pequeña hija. Él las encañona, pero no se da cuenta de que los tres forman una bonita y feliz familia, misma que podría repetirse semana a semana, únicamente si ambos están de acuerdo.

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“Piensa en nosotros”

Un hombre que será fusilado tiembla de frío, mientras los guardias que le llevan a su final se preocupan más por sí mismos que por el pobre hombre. ¿Te suena similar a la individualidad en la que vivimos?

“Retinoblastoma”

Una niña ha quedado ciega luego de una operación de la que dependía su vida, desconcertada, asegura que no puede despertar. Si no lloras con este cuento, al menos sentirás una profunda desesperación.

“Un día de estos”

El poder fue siempre uno de los perores enemigos de Gabriel García Márquez, quien lo manifiesta en este cuento en el que un dentista y un alcalde son los protagonistas.

García Márquez supo plasmar el amor que sentía por su abuela con un lenguaje coloquial muy bien empleado. De este modo logra atrapar al lector. Él sabía cómo hacerlo para que nadie dejara su relato a la mitad y, a decir verdad, nadie quiere hacerlo. El autor era tan directo y sencillo que rara vez alguien podría decir que sus cuentos no emanaban la pasión que tanto presumía de su abuela o que no eran una lección para cualquier situación de la vida.

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Frenadol

Las cabezas de los seres humanos son trampas en las que se precipitan los pensamientos que circulan por el aire

JUAN JOSÉ MILLÁS

Frenadol
JAVIER SÁNCHEZ

En el bar en el que desayuno solía haber, al fondo de la barra, un hombre ensimismado y tuerto. Llegaba antes que yo, pedía un vaso de agua con gas y un café y a continuación se ensimismaba. Un martes que no apareció le pregunté al camarero por él. Dijo que vivía lejos del barrio. “Viene aquí”, añadió, “porque un día, al abrir una caja de Frenadol, salió de su interior una voz según la cual a lo largo de los próximos meses pasaría justo por ese punto de la barra donde se coloca, a eso de las nueve de la mañana, una idea importante que pretendía que cayera dentro de su cabeza”. Me extrañó que la voz hubiera sido tan precisa como para señalarle la estación del metro en la que se tenía que bajar, el nombre del establecimiento y hasta el taburete en el que debía sentarse, pues las voces, las mías al menos, no son tan concretas.

En cualquier caso, aprovechando que el hombre había faltado a la cita, ocupé su sitio y me ensimismé por si diera la casualidad de que la idea pasara ese día, y se colara en mi cabeza en vez de en la suya. Las cabezas de los seres humanos son trampas en las que se precipitan los pensamientos que circulan por el aire. Por lo general, no se recogen más que clichés, estereotipos, basurilla, en fin, pero de vez en cuando pican los juicios sintéticos a priori o la gravitación universal y has hecho la jornada.

Pasó un rato sin que mis neuronas detectaran nada de interés, pero luego se abrió la puerta y apareció el tuerto al que había quitado el sitio, que me miró con odio y se sentó donde solía hacerlo yo. Me quedé observándolo y en esto sonrió con satisfacción, como si la idea, de camino hacia mi cabeza, hubiera quedado atrapada en la suya. Y así debió de ser porque no ha vuelto por el bar.

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El cielo no queda lejos ni cerca de la tierra

Leer unos párrafos de amor a un árbol herido de muerte, que se desangra rodeado de vida, desentierra un recuerdo lejano

MANUEL JABOIS

Fui dándole besos a todos los árboles por una razón: si dejase uno sin besar, esa noche la pasaría llorando.
Fui dándole besos a todos los árboles por una razón: si dejase uno sin besar, esa noche la pasaría llorando. ÁNGELES LUCAS

De César Vallejo: “En realidad, el cielo no queda ni lejos ni cerca de la tierra. En realidad, la muerte no queda lejos ni cerca de la vida”. Y en el mismo librito Carnets, que publicó Interzona: “Cuando leo, parece que me miro en un espejo”. Lo envidio, si bien debía cuidar mucho los libros elegidos. Yo no me miro en un espejo cuando leo, hay que reemplazar el del baño y tengo la cámara del móvil estropeada, así que para saber de mí utilizo el ascensor, algo que por otra parte he hecho siempre; donde el vecino ve un ascensor yo veo un camerino: así empezó el Quijote. Cuando no salgo de casa, y eso pasa a menudo, paso muchas horas sin verme. Es un ejercicio estupendo, porque de este modo hay que palparse para envejecer. Siempre se aprende con las manos lo que no puede aprenderse con los ojos.

En Tierra de mujeres (Seix Barral), María Sánchez cuenta hacia el final de ese libro tan necesario cómo un día, con su padre, se sentaron los dos a descansar en un alcornoque muerto. “La hija se levanta, necesita tocar el corcho que nunca más se separará del árbol. No volverá a separarse del cuerpo, no habrá lugar para la regeneración. La envoltura se convierte en un ataúd para el propio árbol”. De repente marco la página y desentierro, como en una consulta, un recuerdo fresquísimo que no había tenido nunca. Se juntan varias cosas, la primera de ellas haber visto después de muchos años a mis primos lejanos Olga y José, y estar con sus padres, Chicho y La Nena, en una boda reciente. Son de O Seixal, la aldea que visitaba de niño con mi abuelo, los días de matanza do porco y los días que no. La segunda, leer esos párrafos de amor a un árbol herido de muerte, que se desangra rodeado de vida (“los pájaros anidan, los insectos se alimentan, las setas se aprovechan de la materia orgánica. Si alguna rama permanece seguirá siendo sombra, descanso, refugio. La vida siempre continúa, a pesar de la muerte”).

Aquel día yo jugaba al fútbol fuera de casa, solo, con una pelota verde. Uno de esos disparos dio en un árbol, y fui hacia él, le pedí perdón y le di un beso. Lo que pasó después fue que miré el árbol que estaba más cerca, me dio una pena inmensa que no sabría calificar, una clase de lástima que he arrastrado siempre, fui hacia él y le di otro beso. Y miré otro. Y otro. Fui dándoles besos (un besito, tampoco es que los morrease) a todos por una razón: si dejase uno sin besar, esa noche la pasaría llorando. En aquella época de piedad por las cosas del mundo y terrores nocturnos me pasaban esas cosas. Creía en el cielo y también creía que empezaba en la tierra.

Me gustaría contar que pasó cuando tenía 24 años, pero debía de tener ocho, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es la tristeza infantil de entonces que no solo tenía que ver con aquellos árboles sino con muñecos o juguetes, algo que no podía dejar atrás ni preferirlo a otra cosa, una sofisticada tristeza que reconozco en mi hijo, incapaz de decir que prefiere un animal a otro, un juguete a otro, porque reparte el afecto entre todos hasta obligarme a poner la misma cara que mi abuelo puso cuando me encontró con los labios pegajosos preparado para dedicar los siguientes años de mi vida a besar los bosques gallegos. La cara del adulto que distingue entre las misiones que sirven y las inservibles. Sin saber nunca si las está distinguiendo bien.

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El regreso

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos

Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida.
Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida. GETTY IMAGES

 

Mi amigo Enrique se compró unos zapatos el martes por la tarde y el miércoles por la mañana se murió sin llegar a estrenarlos. Ni siquiera los había sacado de la caja, que abandonó a los pies de la cama antes de acostarse. Eran de color crema y puntera alargada, elegantes y modernos, ingleses, diría yo, no sé muy bien por qué. La viuda decidió enterrarlo con ellos como para cumplir el último deseo de su marido del que tenía constancia. Lo amortajaron con un traje oscuro y una corbata cuyos tonos hacían juego con los calcetines. La verdad es que daba gusto verlo tan aseado. Los familiares y amigos que pasaban por el tanatorio destacaban, sin excepción, la calidad del calzado, que brillaba como un espejo y cuyas suelas no tenían un solo rasguño.

Pero ya a punto de cerrar el féretro para salir hacia el cementerio, la hija mayor se empeñó en quitarle los zapatos porque siendo nuevos, dijo, le harían daño. Al final yo mismo me acerqué corriendo a casa del fallecido a por unos mocasines viejos, que sustituimos por los recién comprados. Los deudos, no sabiendo qué hacer con los zapatos nuevos, me los regalaron a mí, que gastaba el mismo número. Acudí al entierro absurdamente con ellos en la mano y nada más llegar a casa me los probé. Me estaban como un guante.

Al día siguiente salí con ellos a la calle y tuve la impresión desde el primer momento de moverme entre difuntos. Fui a comprar el periódico y el quiosquero estaba muerto, aunque él no parecía consciente. Me dio un periódico cuyas noticias de primera página me parecieron dignas del más allá. Lo mismo me sucedió en la panadería donde adquirí una chapata agónica. Al llegar a casa y cambiarme de calzado me pareció que regresaba a la vida, lo que no me gustó.

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¿20.000 dólares por cien palabras? Este es el premio literario mejor dotado del mundo

El ganador de esta edición ha sido el estadounidense Devlin Elliott, productor teatral. Otros tres finalistas recibirán 2.000 dólares cada uno

Devlin Elliot, escritor, productor teatral neoyorquino y ganador del certamen Museo de la Palabra.
Devlin Elliot, escritor, productor teatral neoyorquino y ganador del certamen Museo de la Palabra.

 

¿Y si le dijeran que puede ganar 20.000 dólares (17.734,80 euros) por escribir menos de cien palabras? Este es el beneficio altruista que concede la Fundación César Egido Serrano, un proyecto privado que pertenece al filántropo español que da nombre a la institución, constituida el 25 de marzo de 2009, y que se encuentra en Quero, Toledo. Es el premio de un certamen internacional de microrrelatos (pueden enviarse en español, inglés, árabe y hebreo) bautizado como Museo de la Palabra, que lleva cinco ediciones batiendo todas las marcas conocidas. La que le ha hecho aparecer en el Libro Guinness de los récords es, precisamente, el convertirse en el concurso literario mejor dotado económicamente por palabra del mundo desde su primera edición. “Entonces fuimos a buscar a la ganadora a la selva de Brasil. Había escrito 18 palabras que todavía recuerdo”, expresa el octogenario presidente, quien recita, con voz renovada: “Llueve a cántaros y el gato se ha comido el último brillo que nos mantenía despiertos“. Menos de 20 vocablos que tocan a más de 1.100 dólares por palabra, si se hace la división. 

‘REFLECTIONS’

DEVLIN ELLIOTT

Estaba volviendo a casa cuando vi mi reflejo en la ventana de un bar concurrido; mi silueta se impuso sobre la de una mujer seductora canturreando sobre el micrófono, en el interior. Nunca me sentí tan solo mientras mi mirada retrocedía desde la cantante hasta mi rostro, mirándome de vuelta en la ventana. “¡Perdón!”, dijo un grupo de amigos mientras intentaban pasarme de largo. Sobresaltado, me giré para verles y les hice una seña: “Lo siento mucho, perdonadme”, mientras emprendí el camino en silencio. Momentos después, uno de ellos me tocó el hombro con una sonrisa e hizo un gesto: “¿Te vienes?”.

Traducción del relato original, en inglés.

Pero no es el dinero lo que le interesa a su fundador, quien mantiene: “el prestigio nos importa muy poco; a mí me gusta pensar que no toda esa gente se ha presentado por el dinero, sino por darle un homenaje a la solidaridad y por connivencia con nuestro mensaje”. La sede de la fundación está en el Museo de la Palabra, una casa palacio de corte cervantino, patrimonio afecto de aquellas personas que han hecho de la palabra su vida. “No es un sitio para visitar, porque la palabra no se puede visitar. No se visita como no se visita Google o Internet; uno entra. Es un espacio para hablar y escucharnos desde distintas ideologías”. Allí ha visto, “con alegría”, al embajador de Egipto y al de Israel sentados juntos a la mesa, dialogando sobre la palabra en términos pacíficos. En ocasiones, confiesa Egido Serrano, se pregunta si lo suyo es “una cosa meramente especulativa, de un buenismo extraño, o si sirve verdaderamente para algo”. “Yo creo que sí”, se autocontesta, “que medio mundo no pude haber escrito solo por el dinero”. Cada año, el tema de los relatos debe ir acorde con la línea de la fundación. En esta edición, la premisa fue “la palabra como herramienta de convivencia”.

De entre los 43.185 trabajos enviados desde 172 países repartidos por todos los continentes, solo uno ha resultado ganador: el microrrelato Reflections (un juego entre la reflexión y el reflejo) del estadounidense Devlin Elliott. Elliott es un escritor y productor teatral neoyorquino, cuyo trabajo fue nominado a los premios Tony por Ragtime, entre otras obras representadas en Broadway o Londres. Como escritor ha sido coautor de los libros infantiles Naughty Mabeljunto a su marido, el actor Nathan Lane (Modern Family). “Mi relato trata sobre la incomunicación humana. El protagonista de la historia está desesperado por ser parte de algo, por poder comunicarse a través del cristal”, explica. “Todos somos seres humanos divididos por líneas imaginarias entre continentes, pero unidos por una humanidad inherente a todos”. Sus relatos infantiles versan, a menudo, sobre esta falta de comunicación y, de hecho, algunos de sus personajes son niños con sordera. “Escribo porque en este mundo, y más en el momento convulso que atravesamos, es necesario dialogar”, explica, y prosigue: “La misión de César Egido es extraordinaria. Construye puentes que unen izquierda con derecha, positivo con negativo, creyentes con agnósticos, a través del poder y la magia de las palabras”.

De izquierda a derecha, las finalistas Noam Shalit y Tere de las Casas Mariaca, el presidente César Egido Serrano, el finalista Mohamed Haadash y el ganador Devlin Elliott.
De izquierda a derecha, las finalistas Noam Shalit y Tere de las Casas Mariaca, el presidente César Egido Serrano, el finalista Mohamed Haadash y el ganador Devlin Elliott.

Además del ganador, tres finalistas son premiados con accésits de 2.000 dólares (1.773,48 euros). Entre ellos destaca Tere de las Casas Mariaca, primera ciudadana mexicana en ganar este certamen con su relato en español El paso. De las Casas es escritora y cuentacuentos. No esperaba ganar después de haber comprobado que la pasada edición se habían presentado 35.609 relatos. Menos, cuando se anunció que este año habían recibido más de 40.000. “Doy gracias a Facebook porque me ayudo a resumir”, ríe. “Yo escribía relatos largos que publicaba en la red social y que luego relataba en centros de educación primaria; pero me di cuenta de que las personas le daban like (me gusta) sin leer el contenido, así que me lancé al formato micro”.

El jurado está formado por 23 catedráticos que seleccionan a los cuatro finalistas. En una segunda fase, 19 embajadores de diversos países ligados a la fundación eligen al ganador. El país del que más relatos se recibieron fue Argentina, con alrededor de 8.000 relatos, seguido de España y Estados Unidos. Por detrás se sitúan Venezuela, Egipto, México, Colombia, Nigeria, Australia y Brasil, aunque también ha habido gran participación de otros países como el Reino Unido, Canadá, la India, Marruecos, Chile, Perú, Sudáfrica, Cuba, Argelia, Israel, Ecuador, Uruguay, Irak, Siria, Alemania, Yemen, Arabia Saudí o Rusia.

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