Mientras un rostro sonría

Susana Iglesias: “Yo veo belleza en la decadencia”

MÁS OPINIONES IR A TODAS LAS OPINIONES IR A LAS COLUMNAS DE SUSANA IGLESIAS LAS CORTINAS DE LA VENTANA ESTÁN CERRADAS CON UNA FINALIDAD: QUE EL DOLOROSO EXTERIOR DESAPAREZCA. SIEMPRE ES DE NOCHE EN MI CASA, LA MÚSICA LO INUNDA TODO.

ME GUSTARÍA ESCRIBIRLES DE MI ÚLTIMA CAMINATA POR LA CIUDAD EN LA QUE ENTREVISTÉ A UN EMPLEADO DE GASOLINERA QUE NO TIENE MANO, EN EL PERÍMETRO DE FRAY SERVANDO, ESA ENTREVISTA DEBE ESPERAR. EL RECUERDO DE LAS PERSONAS RIENDO EN LAS CALLES, ES BRUMA. ANTE NOSOTROS SE ABRE UN PAISAJE DESIERTO QUE CONOCE DE SOLEDAD. HACE VARIOS DÍAS DESISTÍ DE LA INMENSA FILA DE UN SUPERMERCADO. APENAS HOY SALGO PARA BUSCAR ALGO DE COMER, ESTOY CANSADA DE VER LO MISMO EN MI PLATO. CAMINO TRES CALLES, NO ESTÁN VACÍAS, VISIBLEMENTE HA DISMINUIDO EL NÚMERO DE PERSONAS.

DESEO UN GIN-TONIC ACOMPAÑADO DE UN TACO DE MOLE CON SETAS, OTRO DE COLIFLOR Y FINALIZAR CON UNO DE HUAUZONTLE: PLANTA COMESTIBLE QUE CUANDO GOBERNABA EL EMPERADOR MOCTEZUMA ERA VITAL EN LA ALIMENTACIÓN DE NUESTROS ANCESTROS, SU VALOR ERA TAL QUE SE USABA PARA PAGAR TRIBUTO AL IMPERIO. SÓLO SE PUEDE COMER HUAUZONTLE EN LA CALLE DE BOLÍVAR EN EL ENTRAÑABLE SALÓN BACH UBICADO EN EL NÚMERO 17. ESTÁ CERRADO, QUÉ DESGRACIA. ANTONIO CHÁVEZ, MELÓMANO, CERCANO A UN PERSONAJE DE FITZGERALD, ES EL HOMBRE TRAS LA BARRA, SUS PÓCIMAS SON ADICTIVAS, ME HACEN SENTIR EN EL BATHTUB GIN DE NUEVA YORK.

TIENE ESTILO, LA MANO EXACTA PARA CONDUCIRTE A UN ESTADO CELESTIAL. COMIDA DE GRAN CALIDAD, LIMPIA, DELICADA, COCINA SU MADRE, EL CIERRE TEMPORAL ES UNA ENORME PÉRDIDA PARA LOS QUE BUSCAMOS UN BUEN LUGAR EN EL QUE ESTÁS PAGANDO LO QUE COMES Y BEBES DE FORMA JUSTA. YA NO QUEDAN MUCHOS SITIOS ASÍ EN EL CENTRO.

ANTONIO, HACE TIEMPO ME CONTÓ QUE LAS CÁMARAS SE ACTIVAN POR LA MADRUGADA, QUE REGISTRAN DESTELLOS, SE ACTIVAN LOS SENSORES DE HUMO Y LUZ. UNA VEZ MIENTRAS LIMPIABA SU BARRA, SE LE APARECIÓ UN HOMBRE PARA PEDIRLE UN NEGRONI, VOLTEÓ A  TOMAR UN VASO PARA SERVIRLO, AL REGRESAR LA VISTA, EL HOMBRE NO ESTABA. LO BUSCÓ, AL SUBIR SE DIO CUENTA QUE ESTABA CERRADA LA CORTINA DE LA ENTRADA, EL HOSTESS CENABA EN LA COCINA, HABÍA CERRADO VARIOS MINUTOS ANTES. AVANZO, DOBLO EN VENUSTIANO CARRANZA, EL LUGAR EN EL QUE COMO A VECES ESTÁ CERRADO. UN LETRERO INFORMA QUE DESDE HOY SOLO OFRECEN SERVICIO PARA LLEVAR.

LAS CARAS TRISTES DE LAS COCINERAS Y MESEROS QUE EMPAQUETAN TODO LENTAMENTE, ME ALERTAN. LOS QUE VIVEN AFUERA TIENEN MIEDO, NO TIENEN EL PRIVILEGIO DE TENER AHORROS, NI UN TRABAJO QUE LES ASEGURE AL MENOS TRES MESES DE SALARIO SIN TENER QUE PRESENTARSE AL TRABAJO. NO RECIBEN DESPENSAS COMO EN OTROS PAÍSES.

DESDE HACE VARIAS SEMANAS, ESTÁN AGOTADOS LOS CUBREBOCAS Y EL GEL ANTIBACTERIAL EN 90 POR CIENTO DE LAS FARMACIAS. A MI PASO, LOS GESTOS DE MIEDO E INCERTIDUMBRE ME HIEREN, ES INEVITABLE PENSAR QUE ALGUNOS VAN A PERDERLO TODO. TAL VEZ TENGO MIEDO, EL PAISAJE ES SOMBRÍO, SE DISUELVE COMO UN PAPEL CON LSD EN LA LENGUA.

ENGAÑADOS POR LA ESPERANZA. AQUELLOS QUE TRANSMITEN AMOR Y PAZ INTERIOR NO LO TIENEN, AQUELLOS QUE HABLAN DE AMOR SON LOS QUE ESTÁN LLENOS DE ODIO. EL TORCIDO Y EXAGERADO AMOR PROPIO HA DAÑADO GRAVEMENTE AL MUNDO. CONFÍA EN EL HOMBRE SILENCIOSO QUE TE OFRECE UNA MIRADA DE COMPRENSIÓN. NACIMOS INMERSOS EN ESTA LOCURA, NO SÉ CUÁNTOS SERÁN CAPACES DE SOPORTAR EL AISLAMIENTO SIN AHOGAR SUS PENSAMIENTOS EN PÍLDORAS O ALCOHOL, ¿CERRARÁN LOS PSIQUIÁTRICOS? ¿LOS HOSPITALES? ¿LOS HOMBRES LIBERARÁN A LAS AVES DE SUS JAULAS? YA NO TENEMOS HÉROES, HAN MUERTO EN LA BATALLA CONTRA EL ABURRIMIENTO IGUAL QUE LA ANARQUÍA. EL VIEJO QUE EMPAQUETA RAQUÍTICAS DESPENSAS SE IRÁ SIN CENAR ESTA NOCHE.

HACE CASI UN MES QUE ME DESPEDÍ DE ISRAEL EN MADERO, ESQUINA CON BOLÍVAR, BEBIMOS CERVEZA AQUEL DÍA TODA LA TARDE Y GRAN PARTE DE LA NOCHE, NOS METIMOS A UNA CANTINA CERCA DE FRAY SERVANDO. DESPUÉS CENAMOS PARA BAJARNOS EL DELIRIO DE AQUELLAS CERVEZAS, ANTES DE VERLO DESAPARECER POR LA CALLE, DIJO: “SERÁ LA ÚLTIMA NOCHE DE FIESTA EN MUCHO TIEMPO, PARA ALGUNOS SERÁ EL FINAL, PARA NOSOTROS UN NUEVO MUNDO”, NOS ABRAZAMOS, EL RECUERDO DE LA ÚLTIMA PERSONA QUE VI ES: UN ROSTRO SONRIENTE QUE LA MUERTE JAMÁS VENCERÁ. PIENSO EN SU MADRE, JOVITA, AMA LA VIDA, A SU HIJO, A SUS GATOS. SU VOZ ALEGRE CANTANDO HAY HORMIGAS EN EL BAÑO, JOHN, RESUENA EN MI CABEZA.

NO ES NUEVO EL ENCIERRO, CUANDO ERES UN SOLITARIO PUEDES VIVIR LARGAS TEMPORADAS FUERA DEL MUNDO. HE PASADO TODA LA TARDE ESCUCHANDO LAS SONATAS Y PARTITAS PARA VIOLÍN DE BACH, NO CREO EN DIOS, CUANDO LO ESCUCHO ME TRANSFORMO EN UNA SEÑORA CATÓLICA. LA PARTITA 2 EN RE MENOR ME HACE LLORAR. MAR ESTABA EN NUEVA YORK LA NOCHE QUE ESTALLÓ TODO, ESTUVE PREOCUPADA TODO EL TIEMPO POR ELLA. SE ENCONTRÓ CON UNA CIUDAD DESIERTA A SU LLEGADA, CON EL MIEDO DE UN SILENCIO MORTAL EN TIMES SQUARE, CON LA CUARENTENA A SU REGRESO.

ME GUSTARÍA ABRAZARLA, TOMAR UN TÉ CON ELLA, QUISIERA CRUZAR LA CIUDAD EN UN TAXI PARA ESCUCHAR SU VOZ. QUIERO IR AL SUR A VERTE UNOS SEGUNDOS. MI TEMOR MÁS GRANDE ES EL SONIDO DEL TELÉFONO EN EL SILENCIO DE ESTAS NOCHES ASESINAS. NO QUIERO IDENTIFICAR EL CUERPO DE UN AMIGO QUE SE INFECTÓ. LO QUE ME ATERRA POR LAS MAÑANAS ES ACEPTAR UNA VEZ  MÁS QUE TE HAS IDO. ALGUNAS MADRUGADAS IMAGINO QUE VUELVES, QUE ME DICES QUE NO IMPORTA EL PASADO, QUE LO OLVIDASTE Y TU “SÍ” ME DEVUELVE LA VIDA.

A VECES SOY MARLON BRANDO GRITÁNDOTE: “NO VUELVAS A DEJARME NUNCA”, SOY LA MUJER CON LA QUE TE CASASTE EN LAS VEGAS VESTIDO DE ELVIS, LA QUE SE ENTREGÓ POR COMPLETO A TI UNA NOCHE DE PLAYA CALIFORNIANA, LA QUE TE ESPERA CON LIMONADA DE VODKA CUANDO VUELVES DE HACER SURF, OTRAS NOCHES SOY LA ESCRITORA QUE HUYE, QUE BAJA LA CABEZA Y REGRESA A SHANGHAI.

CASI SIEMPRE SOY NADIE. YA NO ME DA MIEDO AMARTE ASÍ, TEMO QUE MI AMOR NO SOPORTE LAS HERIDAS QUE EN SILENCIO NOS HICIMOS SIN MALICIA. EN LA OSCURIDAD DE LOS BARES LOS AMANTES YA NO HABLAN, NI SE BESAN.

LOS CUBREBOCAS DETIENEN LAS PALABRAS. LLEVO MÁS DE 20 AÑOS SOLA. EN MI CABEZA AÚN VIVE ESTA CIUDAD, VIAJO POR ELLA EN MI RECÁMARA.

 

* ESCRITORA. AUTORA DE LA NOVELA SEÑORITA VODKA (TUSQUETS) HTTPS://WWW.MILENIO.COM/OPINION/SUSANA-IGLESIAS/CRONICA/MIENTRAS-UN-ROSTRO-SONRIA

Segundo invierno Así he vivido el Covid-19 en Vancouver

Un ilustrador y animador colombiano narra en este breve cómic su experiencia de la primavera canadiense en tiempos del Covid-19. Un lento recorrido por la calma desoladora de Vancouver y por sus reencuentros virtuales con Colombia y México.

separador
Coronavirus Vancouver 1

Llegué a Vancouver (British Columbia, Canadá) hace cinco años por una oferta de trabajo en series de animación norteamericanas. Soy tunjano, treinta y tantos. Dibujo, animo y me va bien, no me quejo. La manera de funcionar de la industria me da la oportunidad de ir y venir entre una y otra temporada de la serie en la que trabajo. Voy y vuelvo, por eso a veces me figura estar en Colombia (o en otra parte), por al menos un par de meses entre temporadas. Soy como un personaje en tránsito.

El viernes pasado terminé mi contrato más reciente y después de eso venía para mí una época de descompresión para zafarme de este último proyecto que me traía agotado. Esperaba la primavera como algo nuevo, a new season: un cambio de temporada y de estación. También una pausa, un respiro, un viaje. Pero esta es la vida que nos toca, tan imprecisa y tan espesa. Ahora me figura la llegada del coronavirus ‘atrapado’ en Canadá: sin planes, sin trabajo y sin respuestas.

Coronavirus Vancouver 1

Llegué muy tarde al supermercado. O eso creo. Aún así vine más temprano que muchas otras personas. Los estantes están todos repletos de incertidumbre, dos o tres tonterías y un par de latas de productos que en otro momento nadie se hubiera llevado. No es que odie la crema de brócoli, pero está muy lejos de los primeros lugares de mi top 10 de productos enlatados. Pero es lo que hay y ahí me tienen, reorganizando mi lista de prioridades que se desbarata y reordena a medida que pasan los días (o las horas).

Del supermercado a mi casa caben dos canciones. Tiempo que usualmente me da para cruzarme con personajes entre comunes y particulares de la fauna vancouverita: parejas de trotadores, ancianos con perros bonitos, hipsters con zapatos blancos de tía, jóvenes con tapetes de yoga. El nuevo set de personajes que vino con la pandemia, además de ser menor en cantidad, se deja ver con precaución y menos colorido: perro llevado por una chaqueta ancha con máscara quirúrgica, señora que se cambia de andén y trotador malacaroso.

Coronavirus Vancouver 1

Desde que vivo en Vancouver, extraño muy poco el tráfico intenso de Bogotá, pero en este nuevo estado, la tranquilidad se me hace ruidosa. La ciudad se siente temporalmente cerrada. Los restaurantes, las tiendas de segunda mano, los parques de juegos, los centros comunitarios, los colegios, los cafés, las veterinarias, los bares, los lugares de conciertos, todo hermética e indefinidamente clausurado de acuerdo con las políticas de seguridad nacional. Esa falta de movimiento le agrega una dosis de tristeza a la primavera que apenas arranca.

La última estación invernal fue terrible y larga, especialmente larga. El invierno arrancó brutalmente frío y remató con unos días lluviosos que se extendieron por varias semanas afectando la sanidad emocional de la ciudad. Se relevó la depresión del invierno por la angustia de una pandemia de primavera. From the winter blues to the spring of fear. Por eso todos estábamos tan ansiosos y tan pendientes de la primavera. Estábamos tan pero tan listos para recibirla que esta nueva situación se nos presenta, además de inesperada, como un rasguño al corazón de Vancouver. Y aunque la ciudad no entra aún en estado de cuarentena absoluto, y todavía se permite visitar contados lugares públicos mientras se mantenga un estricto distanciamiento de seis pies (como dos metros, supongo) esta primavera se siente, como un segundo invierno.

Sobre el ruido, no sé si siempre estuvieron ahí y yo solo los ignoraba, pero qué cantidad de helicópteros sobrevuelan la ciudad en estos días. Supongo que van y vienen del Vancouver General Hospital, quizás de las agencias de noticias. Desde donde vivo, a unas 6 canciones del hospital, los oigo en un horario sin orden: en las madrugadas, en las tardes, en las noches.

Pero solo estoy adivinando. Es que ni los veo, apenas los oigo. El perturbador sonido de la pandemia que opaca a las gaviotas y a los cuervos, lugares 1 y 2 del ‘top 10 de sonidos de Vancouver’.

Coronavirus Vancouver 1

Y bueno, mientras tanto, voy reactivando proyectos viejos, dibujando, pendiente de la familia que está en Colombia. También limpiando relaciones viejas, recuperando amistades que se habían desvanecido, fortaleciendo otras y haciendo llamadas que habían quedado pendientes. En esas llamadas me gusta que los silencios se hacen bonitos y necesarios. Bien bonitos y bien necesarios. Llenan (al menos un poco) los espacios por ahora tan vacíos, tan sin respuestas. No sé si mi estrategia sea la mejor, es más, no sé si haya una mejor estrategia, pero me ayuda a hacerle frente a toda la incertidumbre que me traje del supermercado. Bienvenida primavera, tristemente hermosa.

https://www.bacanika.com

Lee gratis los 100 mejores cuentos cortos de la literatura universal

Resultado de imagen de LEE 100 DE LOS MEJORES CUENTOS CORTOS DE LA LITERATURA UNIVERSAL

Los cuentos son historias cortas que hablan del humano, de animales, de cosas, del universo. Son ideales para leerlos en el camión, mientras esperas al terrible dentista o antes de dormir.

Preparamos una selección de cien cuentos que son indispensables para los amantes de las historias cortas. En esta lista encontrarás cuentos de Julio Cortázar, Murakami, Bukowski, de Rubem Fonseca, Nikolai Gogol y de muchos más. Hay gustos para todos; románticos, locos, sociales, históricos o de la miseria personal.

Te recomendamos le piques a cada link y dejes volar tu imaginación.

Lee gratis los 100 mejores cuentos cortos de la literatura universal

  1. A la deriva – Horacio Quiroga
  2. Aceite de perro – Ambrose Bierce
  3. Algunas peculiaridades de los ojos – Philip K. Dick
  4. Ante la ley – Franz Kafka
  5. Bartleby el escribiente – Herman Melville
  6. Bola de sebo – Guy de Mauppassant
  7. Casa tomada – Julio Cortázar
  8. Cómo se salvó Wang Fo – Marguerite Yourcenar
  9. Continuidad de los parques – Julio Cortázar
  10. Corazones solitarios – Rubem Fonseca
  11. Dejar a Matilde – Alberto Moravia
  12. Diles que no me maten – Juan Rulfo
  13. El ahogado más hermoso del mundo – Gabriel García Márquez
  14. El Aleph – Jorges Luis Borges
  15. El almohadón de plumas – Horacio Quiroga
  16. El artista del trapecio – Franz Kafka
  17. El banquete – Julio Ramón Ribeyro
  18. El barril amontillado – Edgar Allan Poe
  19. El capote – Nikolai Gogol
  20. El color que cayó del espacio – H.P. Lovecraft
  21. El corazón delator – Edgar Allan Poe
  22. El cuentista – Saki
  23. El cumpleaños de la infanta – Oscar Wilde
  24. El destino de un hombre – Mijail Sholojov
  25. El día no restituido – Giovanni Papini
  26. El diamante tan grande como el Ritz – Francis Scott Fitzgerald
  27. El episodio de Kugelmass – Woody Allen
  28. El escarabajo de oro – Edgar Allan Poe
  29. El extraño caso de Benjamin Button – Francis Scott Fitzgerald
  30. El fantasma de Canterville – Oscar Wilde
  31. El gato negro – Edgar Allan Poe
  32. El gigante egoísta – Oscar Wilde
  33. El golpe de gracia – Ambrose Bierce
  34. El guardagujas – Juan José Arreola
  35. El horla – Guy de Maupassannt
  36. El inmortal – Jorge Luis Borges
  37. El jorobadito – Roberto Arlt
  38. El nadador – John Cheever
  39. El perseguidor – Julio Cortázar
  40. El pirata de la costa – Francis Scott Fitzgerald
  41. El pozo y el péndulo – Edgar Allan Poe
  42. El príncipe feliz – Oscar Wilde
  43. El rastro de tu sangre en la nieve – Gabriel García Márquez
  44. El regalo de los reyes magos – O. Henry
  45. El ruido del trueno – Ray Bradbury
  46. El traje nuevo del emperador – Hans Christian Andersen
  47. En el bosque – Ryonuosuke Akutakawa
  48. En memoria de Paulina – Adolfo Bioy Casares
  49. Encender una hoguera – Jack London
  50. Enoch Soames – Max Beerbohm
  51. Esa mujer – Rodolfo Walsh
  52. Exilio – Edmond Hamilton
  53. Funes el memorioso – Jorge Luis Borges
  54. Harrison Bergeron – Kurt Vonnegut
  55. La caída de la casa de Usher – Edgar Allan Poe
  56. La capa – Dino Buzzati
  57. La casa inundada – Felisberto Hernández
  58. La colonia penitenciaria – Franz Kafka
  59. La condena – Franz Kafka
  60. La dama del perrito – Anton Chejov
  61. La gallina degollada – Horacio Quiroga
  62. La ley del talión – Yasutaka Tsutsui
  63. La llamada de Cthulhu – H.P. Lovecraft
  64. La lluvia de fuego – Leopoldo Lugones
  65. La lotería – Shirley Jackson
  66. La metamorfosis – Franz Kafka
  67. La noche boca arriba – Julio Cortázar
  68. La pata de mono – W.W. Jacobs
  69. La perla – Yukio Mishima
  70. La primera nevada – Julio Ramón Ribeyro
  71. La tempestad de nieve – Alexander Puchkin
  72. La tristeza – Anton Chejov
  73. La última pregunta – Isaac Asimov
  74. Las babas del diablo – Julio Cortázar
  75. Las nieves del Kilimajaro – Ernest Hemingway
  76. Las ruinas circulares – Jorge Luis Borges
  77. Los asesinatos de la Rue Morgue – Edgar Allan Poe
  78. Los asesinos – Ernest Hemigway
  79. Los muertos – James Joyce
  80. Los nueve billones de nombre de dios – Arthur C. Clarke
  81. Macario – Juan Rulfo
  82. Margarita o el poder de Farmacopea – Adolfo Bioy Casares
  83. Markheim – Robert Louis Stevenson
  84. Mecánica popular – Raymond Carver
  85. Misa de gallo – J.M. Machado de Assis
  86. Mr. Taylor – Augusto Monterroso
  87. No hay camino al paraiso – Charles Bukowski
  88. No oyes ladrar los perros – Juan Rulfo
  89. Parábola del trueque – Juan José Arreola
  90. Paseo nocturno – Rubem Fonseca
  91. Regreso a Babilonia – Francis Scott Fitzgerald
  92. Solo vine a hablar por teléfono – Gabriel García Márquez
  93. Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril – Haruki Murakami
  94. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius – Jorge Luis Borges
  95. Tobermory – Saki
  96. Un día perfecto para el pez plátano – J.D. Salinger
  97. Un marido sin vocación – Enrique Jardiel Poncela
  98. Una rosa para Emilia – William Faulkner
  99. Vecinos – Raymond Carver
  100. Vendrán lluvias suaves – Ray Bradbury

https://www.yaconic.com/

Conversaciones con leprosos

Resultado de imagen de lapida de sor juana ines

Pienso en Sor Juana Inés de la Cruz, su lápida afirma que murió el 17 de abril de 1695, ¿cómo será su medallón de carey, el rosario de plata? ¿Estará en buen estado el traje de gala con el que la enterraron? No he podido visitar sus restos, reposan en lo que afirman fue su celda en el ex Templo de San Jerónimo, su hermoso e invaluable medallón pertenece al pueblo mexicano, ¿será posible tocarlo? Qué fantasía más oscura tenerlo entre los dedos.
 
Arturo Romano Pacheco, primer antropólogo forense mexicano, en 1978, encontró los huesos de más de 250 monjas y entre ellos: la osamenta de Sor Juana, monja alucinada e iluminada de poesía que murió en su celda, sola, asolada por una epidemia. Guardamos miedos, emociones, nuestros comportamientos de especie primitiva resurgen, somos agresivos ante lo que nos amenaza de muerte.
 
No es la primera vez, epidemias terribles han azotado la ciudad y nuestro país desde antes del siglo XVI, plagas como las hambrientas langostas devorando todo a su paso, montones de cráneos en páramos desolados, la miseria del hambre, heladas, agua contaminada que acabó con especies, sequías e inundaciones mataron a nuestros ancestros antes de las epidemias que trajeron en sus barcos los hombres que provienen de un continente viejo y enfermo: Europa. Solo el colonizado lo romantiza creyéndolo más civilizado.
 
El gran tlatoani Moctezuma se mostró solidario, cesó el tributo que le rendía su pueblo. En el Códice Chimalpopoca se encuentra plasmada la gran hambruna de 1453, en el año Uno Conejo, Ce-Tóchtli, el soberano, abrió las trojes en las que guardaba su tributo para alimentar a los sobrevivientes, intentaron calmar el hambre, un gran éxodo ocurrió, algunos murieron en el camino, fue el castigo de sus dioses iracundos. Nuestra ciudad es un perro viejo y enfermo que nadie quiere eutanasiar porque el amor por su ritmo y personalidad es: entrañable.

Recordé el pasaje decimotercero de la Divina Comedia en el que Dante señala cómo son castigados los que son violentos contra la naturaleza y contra sí mismos, aunque no es el poeta para el que enciendo velas, me conmueve su gran acierto acerca de la condición humana. Ramas torcidas, tenebrosas, espinales venenosos que salen a la calle tosiendo, con las manos sucias, sin cubrebocas, sabiéndose infectados de alguna enfermedad respiratoria, esa es la apatía ante la vida, hordas criminales que creen que están de vacaciones, pasean en centros comerciales, librerías, cafés, parques, restaurantes, cines. Los han “liberado” por 40 días, están en los bares, despreocupados, lo único que parece importarles es la diversión. Algunos ya no son suicidas, son homicidas al arriesgar a los más vulnerables, su abuela o madre mayor de 60 años.

Dante dejó ante nosotros una reflexión, para él, la persona que atenta contra sí mismo, es una especie de asesino social malvado, he dado vueltas hasta entender que: la persona que atenta todo el tiempo contra sí mismo, es el que ensucia e infecta todo lo que le rodea, no solo se hunde, arrastra a los otros. Observa a esas personas en los supermercados acaparando los limpiadores que quedan, peleando por un gel antibacterial, por un paquete de toallas antivirus, almacenando latas, cerros de papel, dejando sin posibilidad de alcanzar algo para comer a los que cobran a fin de mes, aquellos que viven al día no pueden pagar ni siquiera 300 pesos de despensa, esa es la realidad del obrero mexicano, de la señora que limpia oficinas y casas, del desempleado, del señor que empaca tu cerro de cosas. Algunos miserables infecciosos logran salvarse infectando a los otros con su egoísmo y avaricia desmedida.

Estoy cerca de donde duerme ella eternamente, en el Callejón de San Jerónimo con una persona que no volveré a ver, detenerse en un tiempo precioso e imposible no es más que necedad.

Me ha invitado a beber un buen Syrah que trajo del sur de Francia y a mirar desde el balcón de una de sus múltiples propiedades, la ciudad. 

La noche está desierta, miramos la calle, aquí devoró cuerpos sanos una epidemia siglos atrás. Bebe despacio el vino como si no importara el mañana, es el engaño, nos mantiene a salvo, su mirada tiene la seguridad del que confía en el futuro. No lo sabe todavía, ya no tendrá tiempo para decir esas palabras que podrían unirnos, dirá otras y una madrugada resonarán en mi cabeza aunque mi memoria intente despojarse del recuerdo. Sostiene la copa con elegancia, la otra mano se mueve armoniosamente trazando una curva imaginaria. Camina descalzo, sus pies están bien cuidados, son largos, finos, pálidos, hace un poco de puntas, da un giro, la gracia del vaivén de ese cuerpo moviéndose con una canción de Miles Davis determina el rumbo de la epidémica noche. Se acerca a la mesa, toma la botella, sirviéndose más, después me ofrece su boca, la rechazo porque es demasiado tarde, no quiero volver atrás. Mete sus dedos entre mi cabello, me alejo. La duela cruje, da un paso brusco, ahora es un tigre que jadea atrapado en mi rechazo. Mi lengua sabe a higo, chocolate, a violetas recién cortadas, está enlutada de una dolorosa verdad que huele y sabe al río Ródano. La pregunta es una puerta de escape cuando se formula para huir.

—¿Por qué fue tan fácil pasar aquel tiempo mortal contigo?

—Porque no existían dudas ni pasado entre nosotros.

—Dudo del presente.

—Te siento cada vez más distante, ¿lo amas?

—Sí. Pienso en la enfermedad, mi corazón está  abierto en canal, qué enfermedad mortal es el amor.

—Todo enfermo añora la “salud”.

—¿Imaginas la epidemia de tifus en 1695?

Vilmente bebo rápido el vino, pienso en Sor Juana, escupo palabras atascadas de soberbia. Pido un taxi, huyo. Canto, el conductor mueve la cabeza, canta también. En los tiempos oscuros casi nadie se atreve, aun así, todos cantaremos sobre la noche silenciosa, elevaremos la voz sobre estos tiempos infecciosos, no lo digo yo, lo dicen los sobrevivientes. 

SUSANA IGLESIAS

 

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

 

https://www.milenio.com/opinion/

La cuesta de las comadres, por Juan Rulfo

La cuesta de las comadres, por Juan Rulfo

By Estrella del Oriente

Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

Borges: Entonces no le ha ido tan mal.

Rulfo: ¿Cómo así?

Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.

Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.

La cuesta de las comadres

Originalmente publicado en la revista América

Nº 55, febrero, 1948

(El llano en llamas, 1953)

        Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.

         Por otra parte, en la Cuesta de las Comadres, los Torricos no la llevaban bien con todo mundo. Seguido había desavenencias. Y si no es mucho decir, ellos eran allí los dueños de la tierra y de las casas que estaban encima de la tierra, con todo y que, cuando el reparto, la mayor parte de la Cuesta de las Comadres nos había tocado por igual a los sesenta que allí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo de monte, con una mezcalera nada más, pero donde estaban desperdigadas casi todas las casas. A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos. El coamil que yo trabajaba era también de ellos: de Odilón y Remigio Torrico, y la docena y media de lomas verdes que se veían allá abajo eran juntamente de ellos. No había por qué averiguar nada. Todo mundo sabía que así era.

         Sin embargo, de aquellos días a esta parte, la Cuesta de las Comadres se había ido deshabitando. De tiempo en tiempo, alguien se iba; atravesaba el guardaganado donde está el palo alto, y desaparecía entre los encinos y no volvía a aparecer ya nunca. Se iban, eso era todo.

         Y yo también hubiera ido de buena gana a asomarme a ver qué había tan atrás del monte que no dejaba volver a nadie; pero me gustaba el terrenito de la Cuesta, y además era buen amigo de los Torricos.

         El coamil donde yo sembraba todos los años un tantito de maíz para tener elotes, y otro tantito de frijol, quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza del Toro.

         El lugar no era feo; pero la tierra se hacía pegajosa desde que comenzaba a llover, y luego había un desparramadero de piedras duras y filosas como troncones que parecían crecer con el tiempo. Sin embargo, el maíz se pegaba bien y los elotes que allí se daban eran muy dulces. Los Torricos, que para todo lo que se comían necesitaban la sal de tequesquite, para mis elotes no, nunca buscaron ni hablaron de echarle tequesquite a mis elotes, que eran de los que se daban en Cabeza del Toro.

         Y con todo y eso, y con todo y que las lomas verdes de allá abajo eran mejores, la gente se fue acabando. No se iban para el lado de Zapotlán, sino por este otro rumbo, por donde llega a cada rato ese viento lleno del olor de los encinos y del ruido del monte. Se iban callados la boca, sin decir nada ni pelearse con nadie. Es seguro que les sobraban ganas de pelearse con los Torricos para desquitarse de todo el mal que les habían hecho; pero no tuvieron ánimos.

         Seguro eso pasó.

         La cosa es que todavía después de que murieron los Torricos nadie volvió más por aquí. Yo estuve esperando. Pero nadie regresó. Primero les cuidé sus casas; remendé los techos y les puse ramas a los agujeros de sus paredes; pero viendo que tardaban en regresar, las dejé por la paz. Los únicos que no dejaron nunca de venir fueron los aguaceros de mediados de año, y esos ventarrones que soplan en febrero y que le vuelan a uno la cobija a cada rato. De vez en cuando, también, venían los cuervos; volando muy bajito y graznando fuerte como si creyeran estar en algún lugar deshabitado.

         Así siguieron las cosas todavía después de que se murieron los Torricos.

         Antes, desde aquí, sentado donde ahora estoy, se veía claramente Zapotlán. En cualquier hora del día y de la noche podía verse la manchita blanca de Zapotlán allá lejos. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y, por más que el aire las mueve de un lado para otro, no dejan ver nada de nada.

         Me acuerdo de antes, cuando los Torricos venían a sentarse aquí también y se estaban acuclillados horas y horas hasta el oscurecer, mirando para allá sin cansarse, como si el lugar este les sacudiera sus pensamientos o el mitote de ir a pasearse a Zapotlán. Sólo después supe que no pensaban en eso. Únicamente se ponían a ver el camino: aquel ancho callejón arenoso que se podía seguir con la mirada desde el comienzo hasta que se perdía entre los del cerro de la Media Luna.

         Yo nunca conocí a nadie que tuviera un alcance de vista como el de Remigio Torrico. Era tuerto. Pero el ojo negro y medio cerrado que le quedaba parecía acercar tanto las cosas , que casi las traía junto a sus manos. Y de allí a saber que bultos se movían por el camino no había ninguna diferencia. Así, cuando su ojo se sentía a gusto teniendo en quien recargar la mirada, los dos se levantaban de su divisadero y desaparecían de la Cuesta de las Comadres por algún tiempo.

         Eran los días en que todo se ponía de otro modo aquí entre nosotros. La gente sacaba de las cuevas del monte sus animalitos y los traía a amarrar en sus corrales. Entonces se sabía que había borregos y guajolotes. Y era fácil ver cuántos montones de maíz y de calabazas amarillas amanecían asoleándose en los patios. El viento que atravesaba los cerros era más frío que otras veces; pero, no se sabía por que, todos allí decían que hacía muy buen tiempo. Y uno oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz en la Cuesta de las Comadres.

         Luego volvían los Torricos. Avisaban que venían desde antes que llegaran, porque sus perros salían a la carrera y no paraban de ladrar hasta encontrarlos. Y nada más por los ladridos todos calculaban la distancia y el rumbo por donde irían a llegar. Entonces la gente se apuraba a esconder otra vez sus cosas. Siempre fue así el miedo que traían los difuntos Torricos cada vez que regresaban a la Cuesta de las Comadres.

         Pero yo nunca llegué a tenerles miedo. Era buen amigo de los dos y a veces hubiera querido ser un poco menos viejo para meterme en los trabajos en que ellos andaban. Sin embargo, ya no servía yo para mucho. Me di cuenta aquella noche en que les ayudé a robar a un arriero. Entonces me di cuenta de que me faltaba algo. Como que la vida que yo tenía estaba ya muy desperdiciada y no aguantaba más estirones. De eso me di cuenta.

         Fue como a mediados de las aguas cuando los Torricos me convidaron para que les ayudara a traer unos tercios de azúcar. Yo iba un poco asustado. Primero, porque estaba cayendo una tormenta de esas en que el agua parece escarbarle a uno por debajo de los pies. Después, porque no sabía adónde iba. De cualquier modo, allí vi yo la señal de que no estaba hecho ya para andar en andanzas.

         Los Torricos me dijeron que no estaba lejos el lugar adonde íbamos. “En cosa de un cuarto de hora estamos allá”, me dijeron. Pero cuando alcanzamos el camino de la Media Luna comenzó a oscurecer y cuando llegamos a donde estaba el arriero era ya alta la noche.

         El arriero no se paró a ver quién venía. Seguramente estaba esperando a los Torricos y por eso no le llamó la atención vernos llegar. Eso pensé. Pero todo el rato que trajinamos de aquí para allá con los tercios de azúcar, el arriero se estuvo quieto, agazapado entre el zacatal. Entonces le dije eso a los Torricos. Les dije:

         —Ese que está allí tirado parece estar muerto o algo por el estilo.

         —No, nada más ha de estar dormido —me dijeron ellos—. Lo dejamos aquí cuidando, pero se ha de haber cansado de esperar y se durmió.

         Yo fui y le di una patada en las costillas para que despertara; pero el hombre siguió igual de tirante.

         —Está bien muerto —les volví a decir.

         —No, no te creas, nomás está tantito atarantado porque Odilón le dio con un leño en la cabeza, pero después se levantará. Ya verás que en cuanto salga el sol y sienta el calorcito, se levantará muy aprisa y se irá en seguida para su casa. ¡Agárrate ese tercio de allí y vámonos! —fue todo lo que me dijeron.

         Ya por último le di una última patada al muertito y sonó igual que si se la hubiera dado a un tronco seco. Luego me eché la carga al hombro y me vine por delante. Los Torricos me venían siguiendo.

         Los oí que cantaban durante largo rato, hasta que amaneció. Cuando amaneció dejé de oírlos. Ese aire que sopla tantito antes de la madrugada se llevó los gritos de su canción y ya no pude saber si me seguían, hasta que oí pasar por todos lados los ladridos encarrerados de sus perros.

         De ese modo fue como supe qué cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentados junto a mi casa de la Cuesta de las Comadres.

         A Remigio Torrico yo lo maté.

         Ya para entonces quedaba poca gente entre los ranchos. Primero se habían ido de uno en uno, pero los últimos casi se fueron en manada. Ganaron y se fueron, aprovechando la llegada de las heladas. En años pasados llegaron las heladas y acabaron con las siembras en una sola noche. Y este año también. Por eso se fueron. Creyeron seguramente que el año siguiente sería lo mismo y parece que ya no se sintieron con ganas de seguir soportando las calamidades del tiempo todos los años y la calamidad de los Torricos todo el tiempo.

         Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico, ya estaban bien vacías de gente la Cuesta de las Comadres y las lomas de los alrededores.

         Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.

         Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.

         —Ir ladereando no es bueno —me dijo después de mucho rato—. A mí me gustan las cosas derechas, y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga, porque yo he venido aquí a enderezarlas.

         Yo seguí remendando mi costal. Tenía puestos todos mis ojos en coserle los agujeros, y la aguja de arria trabajaba muy bien cuando la alumbraba la luz de la luna. Seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que decía:

         —A ti te estoy hablando —me gritó, ahora sí ya corajudo—. Bien sabes a lo que he venido.

         Me espanté un poco cuando se me acercó y me gritó aquello casi a boca de jarro”. Sin embargo, traté de verle la cara para saber de qué tamaño era su coraje y me le quedé mirando, como preguntándole a qué había venido.

         Eso sirvió. Ya más calmado se soltó diciendo que a la gente como yo había que agarrarla desprevenida.

         —Se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste —me dijo—; pero era tan amigo mío mi hermano como tú y sólo por eso vine a verte, a ver cómo sacas en claro lo de la muerte de Odilón.

         Yo lo oía ya muy bien. Dejé a un lado el costal y me quedé oyéndolo sin hacer otra cosa.

         Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.

         —Odilón y yo llegamos a pelearnos muchas veces —siguió diciéndome—. Era algo duro de entendeder y le gustaba encararse con todos, pero no pasaba de allí. Con unos cuantos golpes se calmaba. Y eso es lo que quiero saber: si te dijo algo, o te quiso quitar algo o qué fue lo que pasó. Pudo ser que te haya querido golpear y tú le madrugaste. Algo de eso ha de haber sucedido.

         Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver…

         —Oye —me atajó el Torrico—, Odilón llevaba ese día catorce pesos en la bolsa de la camisa. Cuando lo levanté, lo esculqué y no encontré esos catorce pesos. Luego ayer supe que te habías comprado una frazada.

         Y eso era cierto. Yo me había comprado una frazada. Vi que se venían muy aprisa los fríos y el gabán que yo tenía estaba ya todito hecho garras, por eso fui a Zapotlán a conseguir una frazada. Pero para eso había vendido el par de chivos que tenía, y no fue con los catorce pesos de Odilón con lo que la compré. Él podía ver que si el costal se había llenado de agujeros se debió a que tuve que llevarme al chivito chiquito allí metido, porque todavía no podía caminar como yo quería.

         —Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón, sea quien sea el que lo mató. Y yo sé quién fue —oí que me decía casi encima de mi cabeza.

         —De modo que fui yo? —le pregunté.

         —¿Y quién más? Odilón y yo éramos sinvergüenzas y lo que tú quieras, y no digo que no llegamos a matar a nadie; pero nunca lo hicimos por tan poco. Eso sí te lo digo a ti.

         La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.

         Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.

         Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.

         Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.

         Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

         Ya debía haber estado muerto cuando le dije:

         —Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.

         «Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.

         »Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»

         Eso le dije al difunto Remigio.

         Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.

         Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.

         De eso me acuerdo.

Juan Rulfo

https://revistaestrelladeloriente.blogspot.com

‘Parásitos’ (o los inesperados efectos colaterales de las cosas tristes)

Sentía que, a medida que las arrugas desaparecían, el mundo se transformaba en un lugar más prolijo

HOY ME DESPERTÉ temprano, desayuné, respondí e-mails, corrí, acaricié a las gatas en el sofá del living. Las persianas estaban bajas porque hacía calor, y la luz me recordó la que había en el vestíbulo fresco de la casa de mi abuela, en la ciudad donde nací. Después, saqué entradas para ir al cine, fui al cine, vi Parásitos, la película de Bong Joon-ho.
Es curioso el efecto del arte.

Parásitos es una película muy coreana. Eso, en mi diccionario, significa que es tersa y muy elegante y también un poco infectada y deforme, con momentos de perversidad tumorosa. Siempre me da miedo la perversidad de los directores coreanos: nunca se sabe hasta dónde pueden llegar, y pueden llegar muy lejos. El problema con sus películas no es tanto lo que se ve como lo que se siente al verlas. Es como contemplar una alfombra preciosa sabiendo que en cualquier momento puede levantarse como una lengua enferma y dejar al descubierto una superficie llena de gusanos, moscas y dientes podridos, una imagen que se meterá en los sueños y desovará escenas horrorosas de las que uno difícilmente pueda escapar. (¿Vieron Oldboy, de Park Chan-wook? Esa película vivió en mí durante semanas).

De todas maneras, no es eso lo que pasa con Parásitos. Es demasiado fina. Dickens con algo de la mugre decadente de Blade Runner, el clima asfixiante de Gattaca y la desazón del neorrealismo italiano. Y aunque la película es triste y hay en ella un jugueteo con miedos atávicos perturbadores, lo que pasó después fue una alquimia rara: salí del cine levitando.

Eran las tres de la tarde. Calor, cielo oceánico. Podría haber regresado a mi casa, pero caminé un rato evocando serenamente otros tiempos —el cine queda en el barrio en el que viví durante 20 años—, compré harina integral de centeno para hacer masa madre, bananas, una papaya. El aire, las frutas, los mercados, todo estaba cargado de felicidad. Caminé hasta que sentí ganas de regresar a casa, empezar a hacer la masa madre y salir al patio, regar las baldosas, caminar descalza sobre el agua fresca, cortar el pasto, podar los rosales, poner una reposera bajo los árboles y sentarme a leer una novela, amasar fideos mirando las enredaderas del muro, regar las plantas con la manguera, echar fertilizante, llamar a mi madre.
Pero no tengo ni patio ni pasto ni árboles ni enredadera ni muro ni manguera porque vivo en un departamento. Quinto piso. Y mi madre está muerta.

Así que al llegar a casa me puse a planchar. Planchar es una tarea de meditación. Pasar el metal caliente sobre la tela impoluta, ver cómo los pliegues desaparecen bajo la agresión controlada del calor extremo. Cuando era chica podía quedarme mucho rato mirando a mi abuela o a mi madre mientras planchaban. El planchado me parecía un acto de magia y de justicia: sentía que, a medida que las arrugas desaparecían, el mundo se transformaba en un lugar más prolijo, un sitio acaudalado en salud y buena fortuna, un lugar lleno de ríos. Que planchando se construían días buenos y tardes felices. Así que planché un juego de toallas y dos de sábanas y varias remeras. Al terminar ordené todo en los placares y sentí una satisfacción pampeana, fabulosa. Después preparé un té y, mientras jugaba con las gatas —con una caña y una tanza en cuya punta hay una pluma de pájaro que las vuelve locas—, llamé por teléfono al hombre con quien vivo, que no estaba en la ciudad, y luego a mi padre, con quien me reí un rato.

Al final del día coloqué la harina integral en un bol, agua —la había dejado en reposo durante algunas horas para que se evaporara el cloro—, e hice la primera mezcla para la masa madre. La preparación llevará varios días. Sólo la próxima semana podré hacer el primer pan.
Antes de ir al living y sentarme en el sofá a seguir leyendo una novela de 700 páginas —voy por la mitad, no quiero que termine— me di cuenta de que me sentía bien, como si a lo largo de todo el largo día hubiera sido habitada por un ciervo o por un Cadillac azul. Joseph Roth lo dijo mejor: “En aquel día milagroso, de todas partes surgía la salvación”.

 

Leila Guerriero

https://elpais.com

Rebelión nocturna

Resultado de imagen de susana iglesias milenio

SUSANA IGLESIAS

Observo la todavía impresionante avenida Paseo de la Reforma a pesar del horrible camellón de ¿jardineras? mal diseñadas que la afean. Las personas son pequeños insectos que corren a un destino marcado por el horror de una vida o trabajo mediocre, son bestias encerradas en trajes maltrechos y sudorosos, rostros maquillados por la desesperación de un labial con plomo que unas manos descuidadas guardan en la bolsa de mano desgastada por el uso diario. Me estremece mirar la avenida, es resultado del amor, uno profundo, tocado por la eternidad, manchado de genial locura, entrega, lujo desmedido. Es un diamante en este muladar de smog. Ustedes saben que Eje Central fue mi amor absoluto desde niña, la espina dorsal de noches turbulentas, animales, gloriosas, en las que fui asesinada tantas veces por la espalda, ¡aquellas piquera y sitios que ya no existen! Brindé con traidores, no lo olvido. Lo siento, desde hace meses le rindo absoluta fidelidad y amor a Reforma. Encontré a una mujer libre, dormía afuera del Cine Diana, de extraordinaria belleza derrotada, mirando con desesperación un punto sin referencia. Me contó las razones por las que estaba sola. Vestido verde viejo, sombrero negro, guantes de encaje rotos, medias negras con olor a orines, los bellos zapatos rojos de tacón-aguja, hechos jirones: porque lo invité a pasar, era un monstruo, aquí estoy, no tengo nada, solo a mí, ¿te gusta la historia de Maximiliano y Carlota? siéntate aquí conmigo. Escucho tus pasos, tienen esa elegancia de finos zapatos de hombre que no hacen ruido en la duela tipo parisina, son impredecibles, son monstruos que me devoran, no me interesa entender algunos sucesos. Es tiempo de aceptarlo: las personas simples me aburren. El solitario elige su compañía, no huye, ni la detesta. Su generosa e infinita soledad es un sitio seguro ante los depredadores oportunistas. Algunos seres están destinados a nunca arrancarse la máscara, con ella encajan en todos los sitios, son agradables, soportan lo indecible: rodearse de escoria con tal de no estar solos. Los que arrebatan, los que no saben dar, son transparentes para nosotros, conocemos su engaño, su gran mentira, sus miedos. El solitario selecciona con quien pasar el tiempo, casi nunca tiene motivos para despegarse de una apacible vida entre libros, champagne, la enorme y cómoda cama, aporrear a placer sus máquinas de escribir sin medir el tiempo, estar en el trance del subespacio creativo, sin límites.

Todavía no encuentro razón alguna para levantarme de la cama antes del mediodía, el amanecer es un privilegio para algunas personas, para mí no, es cuando regreso de la noche a mis sábanas negras y edredón tan blanco como la muerte. Si tuviera mi piano robado podría aporrrearlo sin piedad. Tuve un jardín, un hombre altísimo de espíritu, con un corazón asombroso, todavía me ama, me lo ha dicho hace unos días, mirábamos los libros heredados de su padre, esos que guarda en una vitrina europea que viajó en un barco. Paseo de la Emperatriz fue el primer nombre de lo que hoy conocemos como Paseo de la Reforma. El emperador Maximiliano de Habsburgo llegó a México en 1864, reinando un tiempo este país envuelto en llamas desde entonces,  nombró así la avenida que conectaba el Centro de la ciudad con el Castillo de Chapultepec en honor a su amada esposa Carlota. Un trazo fundamental en la historia arquitectónica de esta ciudad. Estaba rodeada por árboles, era despoblado. Juárez, el patriota juró expulsar al enemigo: los extranjeros, acabar con ellos. Tres años idílicos y tormentosos duró el imperio, Francia se retiró a tiempo, decidió no intervenir más, en el mes de junio de 1867 las tropas mexicanas arrestaron a Maximiliano, lo ejecutaron. Desde este sitio, Paseo de la Reforma se vuelve fuego, con esas luces desquiciadas que se parten en fragmentos intermitentes, anunciando el final de un proceso que me ha dejado exhausta. Puedo verlo todo, esa es la sensación que tengo, desde aquí puedo ver a mi diosa de hierro: la Torre Latinoamericana, más allá está Insurgentes, que se agita, los cuerpos apretados en bares aledaños a la zona. Tal vez en una terraza del modesto St. Regis Hotel está alguien que todavía no conozco, está recargado en la barra, esperándome, por ahora estoy en un lugar mucho más alto. Con un dolor inmenso lloro frente a la noche, me siento lejos de nosotros, tú lo decidiste, dueles, ¿para qué salir? Podríamos no salir de tu casa. Me conmueven los detalles excitantes de cuero y metal. Las enormes mesas de trabajo, algunas inmaculadas, otras caos: pintura, arcilla, rebabas de metal, pinceles, copas de vino con aguarrás, vasos de cristal cortado manchados de acrílico. Miramos un libro de Manet, nos detenemos en el cuadro de “La ejecución de Maximiliano”, pintado en 1868, los hombres que lo fusilan llevan uniforme galo, Miramón y Mejía acompañan al emperador, fieles hasta el último momento. El cuadro es una crítica a Napoleón que está representado en uno de esos hombres, revisa un fusil con indiferencia.

—¿Por qué le abriste tu casa desde la primera noche?

—Los solitarios ofrecemos nuestra mano sin pensarlo demasiado

—De la misma forma debes retirarla cuando te traicionan

—¿Eres otro solitario?

—A mí no me la ofreciste, te dejé en la puerta…

—Tuve miedo

—¿De mí?

—No, le temo al asombro.

—Las personas más hermosas, las personas grandes, están solas, son tan solitarias.

—Eso me dijo él una madrugada de abril del año pasado…

—Otro solitario.

Me pregunto quién eres realmente mientras el viento de una noche angustiante se abre sobre mi plexo solar. El encuentro contigo me parece previamente escrito. Sería fácil lanzarme, acabar con todo, un vuelo de noche extraordinario. No me interesa sumarme a la masa. Tal vez mis impulsos metafísicos están a la baja, no soy una mujer de existencia irreflexiva, no se confundan. Detuviste mi infernal caída, fui Fausto la noche que te conocí. Me traicionaron. La mejor de las vidas: una de inmensa soledad. Solitaria, solidaria. 

* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka (Tusquets)

https://www.milenio.com

Espanto

Mis conexiones neuronales me traían a la memoria sucesos que se encendían y se apagaban de forma caprichosa, como si alguien jugara con sus interruptores

Neuronas en cultivo en el Instituto de Neurociencias español.
Neuronas en cultivo en el Instituto de Neurociencias español. CSIC

 

Me desperté a las cuatro de la mañana y fingí que seguía dormido en la esperanza de que la mentira deviniera verdad (de día finjo con alguna frecuencia estar despierto y acabo despertándome). Pero el sueño, pese a permanecer con los ojos cerrados e imitar la respiración del estado de reposo, no volvió. Me asomé entonces a una ventana imaginaria que daba a mi cerebro para observar los fuegos artificiales que producían sus chispazos eléctricos. Con el primer chispazo apareció en mi mente la idea del coronavirus acompañada de imágenes de batas blancas y mascarillas sobre el rostro. Antes de que esa chispa se hubiera apagado, fue sustituida por la de Alfonso Alonso llorando en el telediario, que se extinguió de inmediato para ser sustituida por la de la vicepresidenta de Venezuela, que hacía unas declaraciones sin sonido. En un momento dado sonrió y le vi la fila de los dientes de arriba. Tras unos centelleos muy breves, que alumbraron, sin más, de forma sucesiva, los rostros de Cayetana Álvarez de Toledo y Carmen Calvo, apareció un anuncio de KIA. Se trataba de un modelo muy barato con siete años de garantía.

Mi pensamiento, en fin, si a esto puede llamársele pensamiento, saltaba como una pulga de un extremo a otro activando aleatoriamente diferentes zonas de mi masa encefálica. Intenté controlar esos saltos, conducirlos, lo que no logré. Escogía un asunto, pero en seguida, de manera insensible, mis conexiones neuronales me traían a la memoria, contra mi voluntad, sucesos de la vida cotidiana que se encendían y se apagaban de forma caprichosa, como si alguien jugara con sus interruptores. Cerré, espantado, la ventana imaginaria y volví, no sé cómo, a caer dormido. La vigilia de aquel martes no fue muy diferente.

https://elpais.com

Historias sobre el infinito o los atributos de la divinidad

Historias sobre el infinito o los atributos de la divinidad

La Inmortalidad

En un pueblo, para resolver las riñas los odios las rivalidades entre iguales, y desiguales, o para poner a prueba deportivamente el poderío de cada uno, o simplemente para divertirse poniendo a prueba cierta astucia, se decide que todos los habitantes se enfrentan en un definitivo torneo de damas. Los niños con los niños, los jóvenes con los jóvenes, los adultos con los adultos, los ancianos con los ancianos. Incluso aquellos que no podrían como los recién nacidos o algunos enfermos o los paralíticos, tienen a sus madres, sus parientes, los amigos, algún ser caritativo, o cruel, que juega por ellos o junto a ellos. El asunto es que los que pierden desaparecen.

Transcurren los días en esta comunidad ludópata, que en realidad podría ser cualquier comunidad o todas las comunidades juntas, y los habitantes se reducen. Unos (cada vez la mitad de la mitad) pasan a otra dimensión, aquella donde se cuentan los que ya no cuentan. Otros, vencen, permanecen, insisten en la continuidad de su existencia. Pronto se enfrentan los niños con los ancianos, los adultos con los inválidos, los sobrevivientes con los sobrevivientes. En un inicio la destreza en el juego se impone, pero luego surgen las aprehensiones, los temores, la ansiedad. No puede ser que uno gane siempre, ¿no? Con las victorias van creciendo dos sentimientos incontestables: la invencibilidad, que alimenta a una no nacida aún inmortalidad; y la angustia corrosiva de que ahora sí llego la hora del final.

El torneo podría seguir hasta el infinito, pero los habitantes no son infinitos. En algún momento quedará un solo ser victorioso. ¿Será una niña que se conduce sin emociones como una máquina cuando juega, y cuando no juega?, ¿será un hombre que juega suicidamente sin importarle un comino su propia vida?, ¿será un paralítico, cuya inteligencia ha compensado su escasez de movimientos? Podría ser cualquiera, no importa para el caso. Lo que importa es lo que va surgiendo durante el torneo, cuando, de mitad en mitad, se va reduciendo la masa de jugadores. Una docena de victorias son algo, dicen de cierta resiliencia. Luego son un ciento, y allí, calladamente o entre vítores, surge el respeto que intimida. Luego son miles o millones, y surge la veneración que distancia, que sitúa al victorioso en otra esfera. Surge la idea, como una llama que se enciende en las mentes, del que se impone a la desaparición, del que no muere, el inmortal. Sin embargo, al final sólo quedará uno o una, y nadie podrá atestiguar su perpetuidad o desaparición futura.

Es poco antes, en el conteo casi infinito que hacen los últimos testigos del número de victorias, que se alimenta vorazmente la idea de la inmortalidad. Es un cálculo, no de una vida que puede acabarse en cualquier momento (en un accidente automovilístico en un cáncer que devasta inmisericorde en la desgracia de un rayo fulminante), sino de alguien que no puede ser derrotado por otro. Es la ineficacia, la inutilidad, del poder humano sobre el último o la última que queda y que ha dejado de residir en lo humano.

Por FERNANDO RIVERA

https://sobrelarena.blogspot.com

PAMELA CUENCA: Cuentos

 

PAMELA CUENCA: Cuentos
Constelada (Shirley Andrade)

EL CORAZÓN NO ES DE PALMITO

Debería llamar a papá. Decirle que la luz no es mejor que la oscuridad, que ahí también hay instantes blancos que ciegan. Debería dejar de lado la tortura de saber que soy otra sombra. Mirar con profundidad, yo, aún que puedo. Tomar la mano del equilibrio mental y deshojarme al fin. 
Debería, también, dejar de coquetear con la muerte, pensar en otra cosa, pensar en la mirada de todos los que hemos sido condenados. Encontrarme contigo en el espejo, besar mi reflejo para besarte a ti. Asomar mi rostro al filo del precipicio y sentir miedo de caer. 
En esta cajita de cerillas vas a encontrarme, durmiendo junto a los conejitos blancos de los que te hablé. Debería decirte todas las cosas, duele guardarse las palabras y perforarse la garganta. Duele escuchar todas las voces del mundo en mi cabeza y no poder diferenciar la tuya.  Tenerte cerquita del pecho sin posibilidad de permanencia. La importancia de todas las cosas puede reducirse a tomar tu mano.
Si estiramos más la cuerda no se romperá, la nuestra siempre ha sido elástica, siempre volveremos al comienzo para chocar nuestros cuerpos. 
Que sí, que me niego mil veces frente al río. Que recuerdo todos nuestros instantes. Que pienso en papá, que no puedo evitar llorar en tu hombro, que no puedo evitar quererte querer. Que todas las no cosas son la no existencia de sabernos no cerca. Somos el charquito formado por la huella de un animal salvaje: hemos bebido de él y ahora los salvajes somos nosotros. 
El no abrazo eterno será el sentimiento que se le niega al mañana todos los días al salir el sol. 
1
La niña de los pernos es una oblata con brazos de tul. Aquí en medio de los gusanos carcome luces se duerme la última codorniz con huevos de plata. Un perno mal colocado hizo de la niña un agujero en torno de su capa y las golondrinas volaron a lugares lejanos con casitas de chocolate para los malos hombres. 
2
Contaba una leyenda que en los siglos pasados hubo una niña de ojos grises, manos robóticas y luces led en la boca, poseedora de pernos arcoíris buscaba entre las sombras a su pequeño hermano licuadora y soñaba con construir un mundo de cicatrices verdes y foquitos azules. Su vestido de lana era un acordeón que sonaba solo. Cajitas de caramelos para los hombres tristes. 
3
Mi casa es una jaula gigante, aquí los ratones astillan los pies de los infelices, mi casa es un agujero hondo, sin salida, con barrotes gruesos y nos ahogamos. Los pernos se oxidan de a poco y el olor a aceite quemado lo llena todo. Mi casa es un saco de hierbas para cobayos de luz. El hombre y el acordeón dejan caer la última canción y yo, niña, canto.
2
Yo encontré en la caja de pinturas el color más hermoso y me lo comí, tenía dentro de mis entrañas la hermosura brillante del color, la belleza de la tarde y de los arcoíris. Encontré en una caja de diamantes un lucero, lo miré y busqué en el espejo algo como el cielo, pero las nubes no vinieron a mí. Encontré en las casitas de muñecas las tenebrosas golondrinas con picos sangrantes y cuerpos de pulpo, encontré sangrando a la amapola y lloré porque siempre le tuve miedo a los silencios, a la ausencia, a las ventanas. Me encerré en esta caja de pinturas me devoré a mí misma. Me lastimé los dedos, me corté la piel tantas veces. Fui un ratoncito mirando a los conejos matarse entre sí. Fui el gato ciego que se acicalaba lentamente. Yo encontré una caja y la caja me envolvió. Me sobrepuse al temor de la oscuridad, de las mujeres de mantos negros, sin manos, con sus bocas entreabiertas que cazaban mariposas invisibles, me sobrepuse y corrí de nuevo al armario. Soy un cardo que espera, ya sin miedo, la llegada de las voces. 

Me he permitido soltar acuarelas en el mar, me he permitido pintar las olas con azules más intensos. Permití la existencia de un cuadro ligeramente balanceado en el piso. Este presagio irreparable es la ceguera de mis ojos. Conservo la oscuridad en los bolsillos: la ruptura del océano.  Me arrastraré persiguiendo la sombra evitando la tormenta que suplique un nombre. Disipar el terrible contexto de mi mano sobre tu pierna. Aquí, donde debería nacer la vida todo es desierto. No existe el camino a ninguna casa, mi vientre no albergará a ningún hijo. Aquí todo es muerte, la ausencia total de las decisiones. 
¿Recuerdas la noche siguiente del día que nació mi hermano, papá? Fuiste a verme en casa de mi abuela, me dijiste: ‘vamos a dar una vuelta, hija’ Yo te seguí, como he venido siguiendo tu sombra todos estos años.
Te estacionaste cerca a la Puerta de la Ciudad, y lloraste. Fue la primera vez que te vi llorar de verdad, que entendí tu tristeza, desde ese día guardo tus lágrimas en mi memoria: para recordar que el llanto existe cuando el amor no llega a ser suficiente. 
¿Recuerdas lo que me dijiste esa noche, papá? Tomaste mi mano y murmuraste que ningún momento se compara al día en que me compraste mi primer par de zapatos. Lloré, aún recuerdo tus ojos, mirándome. 
Ya no sé cuándo me miras, papá. Tus ojos se hicieron grises, se fueron perdiendo en una neblina demasiado espesa. Así que ahora cuando tu mirada perdida intenta buscarme yo recuerdo aquel día. Recuerdo tus ojos cafés y tu voz diciéndome: ‘hija, perdón’
Debo confesarte papá, nunca he podido perdonar a nadie, por eso mi corazón es una caja carcomida habitada por los monstruos que creíste matar bajo mi cama. Pero papá, antes de que la arena de los años y las pesadillas forme en mí un desierto, yo te perdoné. 
Siempre regreso a ese lugar, aunque no pueda regresar a ti, quisiera yo también ahora poder tomarte de la mano y… 
Papá, aunque la luz se rompa yo seré tus ojos.
BIOGRAFÍA
Pamela Cuenca, Loja, Ecuador, 1996. Ganadora del Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade con su obra inédita Los cubos que me habitan (Cuenca, 2017). 
Ha publicado avances de su futuro libro en las plaquetas: Ensayo de realidad virtual para un gato que despierta (Loja, 2017), Despersonalización de una máquina: futuro no inmediato (Ambato, 2017- Loja, 2017), El descanso de la nube roja (Loja, 2018). 
Algunos de sus poemas aparecen en: Antología Alma Adentro Mujeres Ecuatorianas Premiadas (Editorial El Conejo, Quito, 2018), Alas Púrpuras: Antología de resistencia y libertad (El Ángel Editor, Quito 2018) y en espacios como Revista Suridea de la CCE (Loja, 2013-2014), Revista El Faro (Loja, 2016-2018), Gaceta cultural República Sur (Cuenca, 2017), Anábasis (Perú, 2017), Cráneo de Pangea (Quito, 2017-2018), Habemus Poesía Loja (2017), Cromosoma Lunático (Loja, 2017), Digo.Palabra.Txt. (Venezuela, 2017), Le Miau Noir (España, 2017), Bartleby (Perú, 2017), Casapalabras (Quito, 2018). 
Entrevistada para la revista Rocinante Nro. 111 (Quito, 2018). Entrevista en El Telégrafo (Guayaquil, 2017). Entrevista en Diario El Tiempo (Cuenca, 2017). Entrevista en Diario El Mercurio (Cuenca, 2017). Entrevista para Ecotelpress (Loja, 2018).  
Ha sido invitada a encuentros nacionales como La Palabra Crece, Manta 2017, Bibliofrenia, Ambato 2017, IV Festival de Literatura y Artes Plásticas Riobamba 2017, Feria del Libro PUCE Quito 2017, Festival Lectura de un Kanibal Urbano, Quito 2018, Festival Otra Orilla Guayaquil- Durán 2018, Feria del Libro Ibarra 2018. Invitada nacional para la Feria Internacional del Libro y la Lectura, Quito 2018.
Directora y fundadora del I Festival de Poesía De Lirios Ambato 2017. Aparte de su actividad literaria ha trabajado como reportera en canales de televisión. Es coautora de un artículo de investigación publicado en Revista ComHumanitas de la Universidad de los Hemisferios (Quito, 2014). Fue miembro del Ballet Folclórico Internacional “AYMARA” durante tres años. 
Colaboración: Sara Montaño Escobar