Distancias

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SUSANA IGLESIAS

Estás lejos de la ciudad. Voy caminando, trato de entender por qué lloramos ante la desaparición de momentos que no podrán repetirse, ¿no regresar a un sitio perdido para siempre, significa avanzar? No tendremos más recuerdos. La calle Río Volga es pequeña, ubicada en la colonia Cuauhtémoc, nombrada así en honor al río más largo de Europa que nace en la meseta del Valdái, Rusia. Máximo Gorki un niño de 11 años abandona la casa de su abuelo para viajar a Ucrania, lleva su infancia envuelta en una capa de lana color azul marino, trabajó como cocinero en un barco que surcó cientos de veces el Volga; repaso pasajes de sus novelas en mi mente porque también ahí está mi infancia. Cada vez más solos, la otra noche eras una sombra en el sillón de cuero color sangre alumbrado con una vieja lámpara que enciendo tan solo para convencerme de tu ausencia, te llamo, responde la oscuridad y un llanto apagado por la decepción. Aquí estoy, en esta calle, me asomo a la vitrina de un café cerrado: El rincón de Vianca, aquí hace un año empecé a escribirte una carta que rompí ayer, ¿estarás triste porque la rompí? Estaré muy triste. No debo llamarte, arrojé mi teléfono desde un octavo piso mientras bebía vodka, prefiero romper cosas a romper personas, ya sé que te enojaba que hiciera pedazos los objetos, aunque jamás me viste hacerlo. Eres experto en cicatrizar con ron tus heridas, por las noches te gusta mirar las carreras de cangrejos en la arena, dibujas monstruos con una pequeña vara, las olas los borran, sus gestos de piedra y asombro se alejan con la espuma, imaginas que un día estarás por fin en una isla desierta porque te arrojaste de un barco en llamas, no hay forma de regresar, no quieres ser rescatado, mientras tengas una vara para dibujar en tu arena, existirás. Un trago voraz a tu ron, las estrellas te gritan algo que no entiendes, ya no les gritas, te cansaste de gritar, nadie te escuchaba, aunque no importe: te escuché aunque no hablaras.

Tengo una confesión: intento deshacerme de ti cada día, ¿cuál es la finalidad de amar envueltos en un traje quirúrgico y sobrio que nos protege de todo daño? No tiene sentido, es como besarse con un cubrebocas, es como sanitizar las vivencias más honestas, es apagarse por dentro, es morir. Estás completamente solo, trazas monstruos cada vez más grandes en la arena y te preguntas cómo es que lo has hecho tan bien durante tantos años, ya no necesitas a nadie, déjame, no quiero nada de ti, apártate, no te necesito, no vuelvas a buscarme, esas fueron tus últimas palabras y al recordarlas sé que sonríes, que no tienes ese gesto triste que amé en un tiempo que hoy, esta mañana, es confuso, lo que me unía a tu recuerdo desaparecerá. Imagino que ha cerrado el café en el que empecé aquella carta, no existe más, ¿qué haré cuando el St Regis se borre?, vagar por la ciudad, asomarme al café abandonado en la calle Río Volga, tal vez nuestros fantasmas estarán ahí en una mesa hablando, abrazados en su eterna oscuridad. 

https://www.milenio.com/opinion/susana-iglesias

[Extracciones] ¿Qué te sucede, belleza? de Legna Rodríguez Iglesias

[Extracciones] ¿Qué te sucede, belleza? de Legna Rodríguez Iglesias

Una pareja, un espacio privado con dimensiones de ciudad, un mundo que pareciera quebrarse a pesar de mantenerse iterando. Contenido en ¿Qué te sucede, belleza? (Los Libros de la Mujer Rota, 2020), «Estúpida» pareciera ser la imagen resultante de la recursividad a la que tornan dos amantes observados externamente a partir de un juego de espejos, grasa y polvo, cortesía de Legna Rodríguez Iglesias.


ESTÚPIDA

ESTA PARTE NO SE LEE

Imposible. Yo nunca nombraría a uno de mis personajes Miguel, o Sancho, o Esmérido, o Juliana, o Elizabet. ¿Qué clase de nombres son esos para llamar a unos tipos que ni siquiera pueden tomar un sartén por el mango? Yo por ejemplo, hiervo mi comida en una ollita, no necesito sartén.

ESTÚPIDA

Este cuento lo escribimos Fidel Carballea y yo juntos. Pero no revueltos. A cuatro manos, como se dice. Bueno sí, revueltos.

Abrí la puerta y era un cuarto de 5×6. Cinco kilómetros por seis kilómetros. Era una ciudad. Las casas eran personas. Habían dos casas nada más. Ella y él. Entré y la vi a ella comiéndose la carne de él. Dejándolo en carne viva. Así son los carnívoros. Pero él no soltaba sangre.

Creí en el mejoramiento humano y pensé pronto volverán a sus rutinas y él le dará una bofetada a ella por no saber cocinar, se comportarán como el par de imbéciles que siempre han sido y continuarán alargando algo que ni siquiera cuenta con probabilidades de que termine.

Pronto ella machacará bien los ajos y picará la cebolla excelentemente, aunque no comprenderá los secretos del sofrito. El sofrito es un misterio. Él se desesperará, le meterá el mango del sartén por la quijada para ver si ella aprende pero ella no aprenderá. Así son las imbéciles. Ella le gritará abusador, maricón, comepinga, hasta que se quede ronca. Pronto, muy pronto, él le cocerá la quijada en la máquina de coser con un carretel de hilo que se pudrió hace tiempo.

Punto tras punto hasta rematar su quijada. Lo lógico sería llevarla a una conducta de una traumatología por la abundante vascularización, aunque no se puede ser tan lógico en la vida.

Antes de que cante un gallo él se quejará de las inclemencias del tiempo y de las castraciones humanas. Pronto el viento soplará tan fuerte que todas las velas se apagarán, las copas se caerán del estante y se harán añicos. Así son las copas, se caen por cualquier cosa.

Antes de que se caiga la última copa ella tratará de consolarlo. Él se consolará y propondrá ir en busca de copas nuevas. Repinga, dirá ella, porque solo hay un triciclo. Él se montará en su triciclo, pedaleará hasta el complejo de tiendas que queda en el centro de la ciudad, a más de una hora de camino de la casa. Perfecto para ejercitar los músculos. Pronto se sentirá estafado por los precios de las copas de cristal de bacará.

Pronto pedaleará hasta otro complejo de tiendas que ofrece servicio de hospedaje diurno para pordioseros y locos. Porque tiene portales encantadores.

Antes de que cante un gallo ella comenzará a preocuparse, se aburrirá, y se hará un peinado de colmena rústica, como las mujercitas pin-up de la década del cuarenta.

Repinga, voy a barrer, dirá ella en el colmo de la preocupación.

Antes de que cante un gallo él encontrará mejores precios pero mala calidad en los productos. Insultado comprará las copas y maldecirá a las madres de los integrantes de la ADMON.

Regresará apurado sobre las tres ruedas. Lloverá por el camino y el cristal de las copas nuevas se empañará. Así son los perdedores.

Pronto llegará y se besarán y chocarán los dientes y también las copas y se divertirán dando copazos a diestra y siniestra.

Pronto debatirán nuevamente las reglas de la rutina.

Él acabará sintiendo asco por todo lo que está servido en las copas. Disimulará pero ya el vómito viene, viene.

Antes de que cante un gallo ella se halará los pelos, repinga, y se arrancará una verruga que toda su vida estuvo ahí, molestando.

Pronto trabajará en una fábrica, en un aeropuerto o en un combinado pesquero. Pronto le gustará otro licor, de menta, de plátano, de manzana. Licores hay para escoger. Entre sacudir las telarañas y cocinar, seguirá prefiriendo sacudir. Antes de que cante un gallo él descubrirá su aptitud para ser un agricultor pequeño en combinación con su aptitud para ser profesor de matemáticas. Así son los jóvenes talentos.

Pronto cambiarán de aire y se sentarán en la escalera de un museo de historia natural. Satisfechos. Ella estará plena de alegría mientras él querrá irse de inmediato a una zona donde haya menos tráfico. Repinga, cuando más contenta estaba. Nunca entrarán al museo ni se interesarán por la sala de niños fosilizados.

Andarán por un bulevar ridículo lleno de estatuas todas iguales. Ella se agachará a amarrarle los zapatos y él le dará un golpecito de gratitud, desbaratándole su peinado. Quítate, idiota.

Los atropellará un desfile de actividad social. Pronto él estará de acuerdo con la manifestación obrera, pero ella no estará de acuerdo.

Antes de que cante un gallo él se adentrará en la multitud, abandonándola.

Uno de los activistas tratará de embullarla a que desfile y ella preguntará: ¿es un chiste?

Su blusa de lentejuelas azules, su falda y sus zapatos altos combinarán estupendamente con el overol de mecánico y los zapatos de cordones de él.

Pronto, muy pronto, ella descubirá que habría sido mejor quedarse en casa.

Antes de que cante un gallo él estará nadando en sus aguas, como quien dice, sin acordarse de ella, quien necesitará una buena señal para no preocuparse más por él. Y pronto. Antes de que cante un gallo ella encontrará su herradura de la suerte y dirá repinga, lo que sucede conviene.

Pronto hablarán por teléfono desde cabinas distantes. Se pondrán de acuerdo para verse dentro de media hora en algún baño público del centro. Así son los enamorados.

Pronto se abrazarán porque están juntos otra vez. Ella no se enfurecerá por la desaparición de él. Repinga, pero no vuelvas a desaparecer.

Y antes de que cante un gallo él le partirá la boca por ser tan mal hablada.

Pronto discutirán por los avatares que se presentan cada día aunque siempre habrá un símbolo que los una. Así son los verdaderos amores.

Así me pasó a mí, que los amé a los dos.

Entré a la ciudad y vi las casas. Dos casas nada más. No delimité el espacio en ese preciso instante pero creo que eran 5×6. Cinco kilómetros por seis kilómetros. Los vi comiéndose uno a otro, amándose uno a otro. Y no lo aguanté. No lo resistí. Era una ciudad hermosa. Pero ninguno soltaba sangre.

[Extracciones] ¿Qué te sucede, belleza? de Legna Rodríguez Iglesias


Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984). Obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011 y el Premio Casa de las Américas, teatro, 2016. Su obra abarca diversos géneros. Poesía: Hilo+Hilo (Editorial Bokeh, 2015), Dame Spray (Hypermedia Ediciones, 2016), Chicle (ahora es cuando) (Editorial Letras Cubanas, 2016), Todo sobre papá (Ediciones Agridulce, 2016), Transtucé (Editorial Casa Vacía, 2017) y los sonetos de Miami Century Fox (Akashic Books, 2017; Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series). Narrativa: Las analfabetas (Editorial Bokeh, 2015), No sabe/no contesta (Ediciones La Palma, 2015), Mayonesa bien brillante (Hypermedia Ediciones, 2015), La mujer que compró el mundo (Los Libros de la Mujer Rota, 2017) y Mi novia preferida fue un bulldog francés (Alfaguara, 2017). Sus títulos más recientes son Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo (Liliputienses, 2019) y Título (Kenning Editions, 2020).

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Mañanas de domingo

En caída libre – El Perro Morao

Paso caminando al lado de unas terrazas, en la hora del vermuth o vermú o como se escriba. Mañana de domingo en un barrio de clase trabajadora: hay familias en las mesas, niños. En este momento todo es lujo, calma y voluptuosidad. Parece incluso que la vida es bella (ahora lo es). Estas dos horas de tertulia son lo mejor que puede ofrecer la vida a esta gente: el pueblo, la clase obrera o como se quiera llamar. Éstos por los que dice pelear la izquierda (yo no me fiaría nada) y a los quiere exprimir hasta el tuétano la derecha. Ellos no dirigen empresas, no son altos cargos, no tienen doctorados, ni estudios, ni prestigio. Son vidas oscuras. Nuestras vidas son los ríos… En las televisiones: fútbol o el deporte que toque. También tocan a misa, pero van muy pocos. Me da algo de pena Dios: se ha quedado sin fieles. Qué espejismo. Qué ilusión. El sol parece detenido (en realidad va a toda velocidad). Darán las tres de la tarde, quedarán desiertas las terrazas, pasará la tarde del día festivo. Y el lunes regresará para borrarles la sonrisa.

 

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Gran hurto

Foto autor

Soy Wanda Lopetegui, ladrona de bolsos. Los que me conocen aseguran que lo más femenino de mi comportamiento es el volcado, sobre la cama, del contenido de los bolsos recién sustraídos. Así no es de extrañar que cuando el botín resulte numeroso sea difícil establecer una relación entre contenidos y continentes. Sin embargo ayer, un documento, de tres hojas grapadas, fue fácil de relacionar, gracias al nombre y apellidos de una de las personas citadas, con uno de los DNI del botín, aunque no con otros objetos. El documento, de inusitado interés, iba a suponer un brusco y espectacular cambio de rumbo en mi existencia. 

“En Zaragoza, a quince de octubre de dos mil dos. Ante el notario XXX del Ilustre Colegio de esta Capital, comparece Doña Consuelo Balbín Gracia, Duquesa de La Peñaza, mayor de edad, viuda, vecina de Chodes (Zaragoza), Camino de la Cantera, 27, con DNI XX.XXX.XXX, para manifestar que es viuda de Don Pablo Sánchez de Espliego y Caracortada, fallecido en Toledo el día 15 de noviembre de dos mil uno y que ante la posibilidad de que pudiera fallecer o quedar incapacitada antes de que la transmisión de la herencia de su esposo quedara concluida, y no queriendo que su hija María Jesús, nacida el 16 de marzo de 1958, pudiera perjudicar a sus hermanos, declara, Doña Consuelo, que una de sus hijas, María Jesús, no es hija de su marido, Pablo Sánchez de Espliego y Caracortada, sino de Pedro Enrique de la Calle y Belío, diplomático, ya fallecido.”

Sin problemas, gracias al DNI me personé en el domicilio de María Jesús Sánchez de Espliego y Balbín para ofrecer mis servicios. Yo iba a ser la nieta del jornalero al que se le encargó echar en un muladar el cuerpo de la niña, fallecida a los tres días del parto, fruto de la ilícita relación entre Consuelo y Pedro Enrique, nacida meses antes que María Jesús. Mientras que ella, la injuriada, sería fruto legítimo, hija matrimonial, con todos los derechos, de Consuelo y Pablo, disuelta la relación adúltera al conocerse el primer embarazo, el ilegítimo. A cambio, pasarían a ser de mi propiedad Los Cabrales de la Cueva del Estiércol, El Rincón de la Cañada del Vasallo y El Hato de Tierra Muerta, todo en la provincia de Cuenca, y, también, algunas obras de arte, como un par de estampas de Goya y un Greuze moderadamente libertino. 

FRANCISCO FERRER LERÍN

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[Nuevo estilo de baile] Un cuento de Francisca Álamos

[Nuevo estilo de baile] Un cuento de Francisca Álamos

Ilustración: © Francisca Álamos

Lo normal: a un hombre se le mueren los seres queridos a lo largo de su vida. De distintas formas, por distintas causas. Como corresponde, nada de qué preocuparse. De pronto aparece una pregunta, una duda a perturbarlo todo.

Con este cuento de Francisca Álamos inauguramos «Un nuevo estilo de baile», sección destinada a mostrar el trabajo de narradorxs jóvenes e inéditxs.


Las formas de morir
(o del principio y fin de la existencia de las personas1)

La primera fue la abuela. Pero, para ser honestos, su muerte no le significó demasiada dificultad.

Por entonces vivían en Temuco. Él, sus padres y la abuela, en una casa fría y pequeña que calentaban con un montón de leña húmeda. Sobrevivían perfectamente en ese tiempo, allá en Temuco, recuerda. Sin embargo, de pronto la abuela. De pronto para la abuela los años, de pronto cada vez más vieja, más chamuscada, el cuerpo entero recubierto de una tela de pliegues, y la espalda, qué decir de esa espalda, insolente, echa curva buscando el suelo. Insolente nada, en realidad, nada más se estaría anticipando. Como sea, la abuela no fue problema. La abuela murió como corresponde. En un hospital, de una enfermedad que primero le cambió las palabras por mugidos y luego los mugidos por un tubo para respirar. Como corresponde, decía, aunque no se vaya a pensar que no le dio pena. Cómo no le iba a dar pena, qué tipo de nieto hubiese sido ese. Claro que cuando la abuela murió, allá en Temuco, lloró como lloran los niños, los nietos, a moco tendido. Y se habrá abrazado a su mamá. Y a su papá también, seguro, porque por entonces su papá aún no. Y claro que la echó de menos. Por algo muchas veces durante las semanas, meses y hasta un par de años después de su muerte, la de la abuela, despertó en mitad de la noche, sediento o sudoroso, o seguro de haber oído ruidos en la cocina, y cuando se levantó a buscar un vaso de agua o prepararse un té caliente, se encontró a la abuela en el living, muy así como si nada, bajo un mantón de lana escuchando la radio. Y entonces él se habrá quedado ahí mismo dormido, con la cabeza apoyada en las piernas de la vieja y el té caliente enfriándosele en la cocina. Claro que la echaba de menos. Pero, como decía, a pesar de todo eso, la muerte de la abuela no le significó gran problema. Al fin y al cabo, sabía entonces y sabe ahora que esa no era la abuela, esa era el fantasma de la abuela. Lo comprendía perfectamente. Cómo no iba a entender algo tan sencillo como eso, si la abuela había muerto como corresponde. Se podría decir, incluso, que simplemente murió de vieja. Como es natural.

Luego la cosa se pondría un poco más complicada. Quién sabe si por el curso de los acontecimientos, o nada más que porque la vida siempre se pone un poco más complicada con el paso de los años. Y lo de poco lo habrá agregado después, en realidad, con el paso del tiempo y su manual de supervivencia.

Para cuando ese luego, es decir, para cuando la cosa se complicó, habían dejado Temuco hace un par de años. Él, su madre y su padre, me refiero, porque recordemos que la abuela ya había muerto. Tenía veinte años, y también sobrevivían entonces, recuerda. Aunque la vida en Santiago no tenía leña húmeda, no era así de fácil, sobrevivían perfectamente en ese pequeño pero acogedor departamento en pleno centro, donde pasan las cosas. Piso 10, torre 12, remodelación San Borja. Cuando todo eso aún era la construcción de una promesa, no el otrosí de una sentencia. Y sin embargo de pronto. De pronto por las calles los años. Y en el pequeño departamento del centro no hay nada de acogedor en el ruido de las bombas, en los gritos que el tiempo, cruel pero eficiente, no demorará en convertir en el guion de una efeméride. De pronto su padre. No murió como corresponde, su padre. Por eso fue todo tanto más complicado. No tuvo fantasma su padre y por eso en vez de llanto, de llanto a moco tendido, todo, pero nunca llanto. Porque para llorar, para encontrarse con un fantasma viendo la tele, o en la
cocina, en las reuniones con los compañeros o incluso a plena luz del día, en una de tantas caminatas por la Alameda, su padre debió morir como corresponde. No murió como corresponde su padre. Por eso fue tanto más complicado.

Lo bueno de tanta miseria es que luego la cosa se pondría un poco más simple. Quién sabe si por el curso de los acontecimientos, o nada más que porque la vida siempre se pone un poco más simple con el paso del tiempo. Lo de poco, en realidad, lo agregará después. Es que al final uno se acostumbra a todo. Vulgarmente. Y con los años, el matrimonio, el trabajo en los edificios de gobierno, el café caliente a media tarde con los amigos, en algún sucucho del centro. En fin. Cuando él mismo tiene hijos grandes y su madre incluso bisnietos, es decir, cuando su propia madre podría bien morir como corresponde, ya ambos se acostumbraron a visitar en el cementerio al padre, ese sin cuerpo y sin fantasma. No por nada dice el manual que al que desapareció se le presume muerto.

El problema viene después, mucho más tarde. Cuando no sabe si la vida se puso más simple o más complicada. No porque de pronto empezaran a morir, a cuentagotas, los amigos, los compañeros de tantas batallas. No, eso también lo comprendía perfectamente.

El problema, realmente, llegó luego. Y el problema aún mayor es que ese luego es esta noche. Y no es que haya muerto esta noche. Marta, su mujer, digo. No. No murió esta noche, murió hace casi un mes. Mujer de 67 años, mediana estatura, peso normal, ojos castaños, pelo negro. Natural no. No el color del pelo. Sí la muerte. Sí todo lo demás. Los burócratas de funeraria, tan parecidos a los de gobierno, las misas, la tarde en el cementerio, las palabras sentidas de hijos y nietos en una capilla llena de gente. Todo como de costumbre, todo como corresponde. Pero sucede que esta tarde se encontró, de casualidad, cuando caminaba desde el café de vuelta hacia su oficina, con algún viejo amigo. Que en realidad si le hizo esas preguntas tan amigo no puede haber sido, pero las definiciones de ese tipo también se diluyen con el tiempo. Y el viejo amigo le hizo las preguntas de rigor. Por sus hijos, por sus nietos, por su madre. Aunque por ella le preguntara con decoro, porque todos saben que hace rato que su madre está en edad de morir como corresponde. También por su mujer, le preguntó el tipo, que si era un viejo amigo en realidad da lo mismo. Pero ni siquiera fue ese el problema esta tarde, porque de dudar entre si decirle o no la verdad, no lo dudó ni por un segundo. Tampoco fue el problema que el viejo amigo, el tipo, el muy hijo de puta que le hizo esa pregunta, no se conformara con saber eso. Que su mujer había muerto. Que había muerto hace casi un mes. Que sí, fue un golpe durísimo. Que los hijos destrozados. Que los nietos a moco tendido. El problema, realmente, vino cuando le preguntó de qué. Y no porque no supiera responder. Claro que le contestó, sin problema. Pero fue entonces cuando ya era demasiado tarde. Porque se escuchó como desde lejos, y su voz le sonó a hastío. Al chirrido de ventana oxidada. A grito de fantasma.

Y ahora, que han pasado horas desde ese encuentro y casi un mes desde la muerte de su mujer, y que llegó a su casa, totalmente a oscuras, encendió las luces, se sacó la chaqueta y la corbata, puso el agua a calentar y prendió la tele, como siempre, e intenta concentrarse en el hombre de la televisión, porque parece que habla algo importante, algo sobre política internacional, la crisis mundial, qué se yo. Ahora el chirrido adentro ese le impide escuchar atentamente. Le sube el volumen, incluso, pero, aun así, la tele le parece como un teatro mudo y el chirrido a esta altura se convirtió en algo realmente molesto. Es que de golpe se dio cuenta que lo que no entiende, lo que no sabe y lo tiene así, es si con la muerte de Marta la vida se puso más simple o más complicada, y por más que lo piensa, no logra responderse.

Pero intenta no desesperar. Baja el volumen de la televisión y va a la cocina a prepararse algo de comida y otro té. El té lo calma un poco y se vuelve a recostar en la cama, pero no pasan ni un par de minutos y se siente de nuevo con una inquietud que no logra comprender. Y como no entiende, porque si algo ha aprendido en la vida es a hacer lo que debe, va a buscar, una vez más, el manual. Luego vuelve a recostarse.

«Artículo 78. La persona termina en la muerte natural»2, lee en voz alta, como una madre que le canta a un niño una canción de cuna. Para apaciguarse.
«Artículo 80. Se presume muerto el individuo que ha desaparecido»3, continúa leyendo.

Las formas de morir son estrictamente dos, dice el manual. La abuela murió de muerte natural, piensa. Los amigos también. El padre murió de muerte presunta. De qué murió su mujer. Eso es lo que no logra responder, por eso no sabe si esta vez la vida se puso más simple o más complicada.

Cuerpo, hubo. Marta no es una muerta presunta. Él mismo fue quien la encontró, tirada sobre las baldosas del baño conyugal. Fantasma también. Pero con el fantasma es donde empieza a dudar. Es que no está realmente seguro de si el fantasma apareció antes o después de la muerte. Y el problema, entonces, comienza a ponerse realmente sesudo cuando, con nerviosismo, deja a un lado el libro azul marino y comienza en su cabeza a reconstruir los hechos.

Lo que sucedió es que el oxígeno y la sangre no llegaron al cerebro, y este lentamente se apagó, dejó de funcionar, como es natural. Eso, palabras más,
palabras menos, es lo que dijeron los médicos.

Pero ¿y antes de eso? Marta, así, con el cerebro a media máquina, pasó varios días en ese hospital. Y antes, Marta inconsciente en la camilla, que varios enfermeros transportan a toda prisa por el pasillo. Antes, Marta en una ambulancia, en otra camilla. Antes, Marta en el baño y él gritando, desesperado, a quienquiera que haya sido la pobre operadora que le respondió el teléfono. Antes, él en el ahogo que precede al grito y al llanto, cuando abre la puerta del baño y ahí está Marta, o el cuerpo de Marta, o el fantasma de Marta, ya no sabe, tendido sobre las baldosas. Antes, él en otro lado, en la oficina, como siempre, y Marta desparramada en el suelo aún se mueve un poco, en espasmos. Antes, Marta cae con estrépito. Antes, Marta se sostiene apenas, con ambas manos en el lavatorio y se mira al espejo. Hasta ahí, incluso hasta ahí, la vida con la muerte de Marta le parece que no se puso más complicada.

Y no quiere seguir hacia atrás. Porque sospecha que en el luego del atrás es donde comienza a dudar de si realmente no se puso la vida mucho más complicada. Y el parece también se lo agregará después. No con los años, porque tantos más no le van a quedar, pero sí con el olvido, la imperiosa necesidad de tapar del techo las goteras.

No quiere seguir hacia atrás, pero el chirrido ese lo hace por él sin siquiera preguntarle. Y cuando vuelve a abrir el libro y lee una vez más lo que en la vida leyó tantas veces. El chirrido se convierte en algo más. En algo parecido a la duda, luego a la desesperación. Un espasmo de certeza de que ha descubierto un vacío y algo debe hacer. Arreglarlo. Tapar el hueco. Porque la vida real, vacíos no aguanta.

Apaga la televisión y comienza a pasearse de un lado a otro, de una forma que cualquiera pensaría que está teniendo un ataque de histeria. Debe alertar a todo el mundo de este asunto gravísimo, lo antes posible. Primero piensa en llamar a sus amigos y compañeros, citarlos a una reunión ahora mismo. O mejor llamar a algún número del gobierno, debe haber algún número para emergencias de ese tipo, piensa. Pero de inmediato se arrepiente. Qué podría hacer una operadora cualquiera. Entonces se le ocurre, finalmente, una idea que lo convence. No sabe cómo demoró tanto. Lo que debe hacer es llamar directamente a los que se encargan de estos asuntos. No para nada tiene decenas de amigos en el congreso, alguno de ellos deberá escucharlo, enmendar el libro, hacerse cargo. Solo una vez con su celular en la mano se percata de que son pasadas las dos de la mañana y nadie va a contestarle a esa hora. Tendrá que esperar al día siguiente.

Va a buscar un vaso de agua, se toma las pastillas nocturnas, se recuesta en la cama y apaga la luz del velador. Está todo oscuro, silencioso todo, menos, aún, el chirrido ese. Esto no está bien, piensa. Alguien tiene que escucharlo. Alguien tiene que. Esto no está bien. Rápidamente lo invade el sueño y los ojos se le comienzan a cerrar. Esto es gravísimo. Esto no… Está a punto de quedarse definitivamente dormido, pero justo antes, antes de dormirse por completo, está casi seguro, siente a su lado el peso de Marta introduciéndose en la cama. No de su cuerpo, de su fantasma.

Y va hacia antes, hacia cuando Marta frente al espejo, en su boca todavía agua, en su mano todavía un frasco. La vida sí se puso más complicada. Está seguro.

Luego. Luego llegará la mañana, el día siguiente, el olvido. Y despertará tranquilo. Casi entusiasta de un nuevo día. Llegará una nueva ducha de agua bien caliente, la ropa de oficina, la corbata, el trabajo, el café a media tarde. La vida sin huecos y en calma. De manual.

Y cuando durante los próximos días, semanas, años, los tipos, que de nuevo le parecerán los amigos de siempre, le hagan la pregunta, él contestará: «De muerte natural. Murió de muerte natural».

De qué más va a haber muerto, se dirá a sí mismo, para sus adentros. Para donde ahora un gemido, una incomodidad, le hace una leve cosquilla en el pecho.

1 Nombre del Título II del Libro I del Código Civil de Chile. Libro «De las personas».
2 El artículo 78 se encuentra en el Libro I, Título II del Código Civil, ya mencionado. Dice este artículo: «La persona muere de muerte natural».
3 El artículo 80 se encuentra en el mismo libro y título mencionados. Dice este artículo: «Se presume muerto el individuo que ha desaparecido, ignorándose si vive, y verificándose las condiciones que van a expresarse».


Francisca Álamos (Santiago, 1990). Estudió Derecho en la Universidad de Chile y actualmente se dedica al derecho, a la ilustración y a la escritura. Ganó los Juegos Florales Gabriela Mistral 2017 en categoría cuento.

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Cuatro microrrelatos postconfinados

Opinión

1.- Te digo que no se trata de estar molesto. Ni siquiera de tener problemas que aparentan ser irresolubles. No se trata de un pasajero enfado por haber sido eliminados derechos que creíamos inalienables. Ni porque se nos han incorporado obligaciones que suponíamos superadas. Se trata de estar descorazonado, no porque las cosas no nos vayan bien, sino porque dentro de nuestras fronteras la luz se apaga. El problema actual ya no se ubica en la caída en sí, sino en la posibilidad de revertir la tendencia. Ya no es solo la economía la que está en un proceso de caída libre. Es la sociedad en general la que está bajo la acción del campo gravitatorio imperante. Y como la velocidad de la caída depende, tanto de la resistencia aerodinámica, como de la masa respecto a la aceleración de la gravedad, el destino puede parecer que está escrito si antes no lo remediamos. Así que, baja de una puñetera vez la basura, que algo empieza a oler mal.

2.- Buenas días. Les habla el comandante de la aeronave BF-500 de la compañía Planetarium. Les damos la bienvenida a este vuelo. En breve nos darán acceso a la pista para poder tomar rumbo a nuestro destino, al que llegaremos en seis horas y treinta y dos minutos desde el momento del despegue. La predicción meteorológica que nos han facilitado desde la torre de control del aeropuerto es que saldremos dejando un frente nuboso poco activo a nuestra derecha, para luego encontrar grandes claros en el resto del trayecto. Estaremos encantados de atenderles según sean sus requerimientos para que el viaje sea todo lo confortable que desean. Por último, solo una observación más: Gracias a la innovación tecnológica, toda la tripulación, incluidos los de cabina, estaremos teletrabajando por lo que, si desean algo, o bien lo cogen ustedes o nos mandan un mensaje. Feliz vuelo.

3.- Sabes que siempre te digo que la economía es una ciencia en donde se nos enseña a cómo distribuir los recursos, siempre escasos, de una forma eficiente y equitativa, alcanzando óptimos en donde ya nadie pueda mejorar sin que el resto empeore. Por ello, no se trata de justificar, sino que hay que entender el desasosiego, descontento, cabreo, hartazgo o como se le quiera denominar, de una ciudadanía que ha estado cumpliendo con sus obligaciones legales y administrativas a lo largo y ancho de toda su vida para que, ahora, se le diga que lo que hizo no fue suficiente y que, o se queda sin aquello a lo que tenía derecho, o si quieres algo más, le pasamos la factura. Ya no vale sólo con acostarse por las noches y pensar si se ha sido consecuente con cada uno de nuestros actos, sino de mirarse al espejo y no tener vergüenza de ver lo que allí aparece reflejado. Por ello, espero que mañana me ofrezcas media chocolatina y no te la zampes entera.

4.- Aún recuerdo con nitidez cuando se acudía a las urnas con la ideología como bandera, de forma que se delegaba con confianza en nuestros representantes públicos todos nuestros deseos, manteniendo la esperanza de que se volcarían en su consecución, con trabajo duro y honestidad. Pero pasan los lustros y aquí estamos, donde el “y tú más” es el eslogan preferido. Y, claro está, la sociedad se muestra perpleja. Y está perpleja porque atravesamos una nueva crisis existencial, mientras que se dedican a escarbar en la porquería buscando secretos del adversario. Ahora se vota con mucho pragmatismo, incluso tomando a la opción menos mala, en lugar de la preferida, por lo que las ventas de pinzas para la nariz se disparan, sabiendo que todas las promesas se basan en decir todo aquello que ahora nos suena bien. Por eso te digo que, al final, la democracia solo es la mitad más uno. Nada más.

José Miguel González Hernández

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Nueve excelentes libros de cuento

Nueve excelentes libros de cuento

Una selección que no te puedes perder.

Lo bueno si breve, dos veces bueno. Tal como decía el célebre escritor argentino Julio Cortázar:  “La novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knock-out.”

A continuación te dejamos una selección de grandes cuentos y cuentistas que no te puedes perder. 

Un siglo de cuentos rusos: De Pushkin a Chéjov 

Un siglo de cuentos rusos 

Conoce la obra de los cuentistas que marcaron el gran siglo de literatura rusa. Esta antología editada por Alba Editorial recoge los relatos de Pushkin, Chéjov, Gogol, Tolstoi y varios más. La lectura de Un siglo de cuentos rusos te ayudará a comprender cómo evolucionó este género en Rusia y cómo influyó al resto del mundo literario internacional. 

Cuentos completos de Valdimir Nabokov

Cuentos completos de Valdimir Nabokov

Del autor de grandes novelas como Lolita y Pálido fuego. Este volumen reunido por su hijo demuestra el virtuosismo literario de Vladimir Nabokov. Entre las temáticas recurrentes de sus relatos están los doppelgängers, la patria y el sufrimiento humano, Esta edición incluye las notas introductorias que el autor escribió para sus relatos, lo que permite al lector tener una visión más profunda sobre su proceso de creación.

Todas las cosmicómicas de Italo Calvino

Todas las cosmicómicas de Italo Calvino

Estas 12 narraciones breves de Calvino tuvieron el objetivo de aligerar los conceptos de la ciencia contemporánea. Escritas con un tono humorístico e imaginativo, las cosmicómicas responden a las preguntas más comunes de la existencia humana, como la creación del mundo, el inicio del universo y de la vida. Si aún no has leído a este autor imprescindible del siglo XX, ésta es tu oportunidad. 

Serpientes de plata y otros cuentos de Rainer Maria Rilke

Serpientes de plata y otros cuentos de Rainer Maria Rilke

El célebre autor austrohúngaro no destacó únicamente por su obra poética, sino también por su narrativa breve de gran originalidad y emotividad. A pesar de haber nacido en una época turbulenta y violenta, Rilke se dedicó a crear un trabajo literario que siempre desbordó belleza. 

Nueve cuentos malvados de Margaret Atwood

Nueve cuentos malvados de Margaret Atwood

Margaret es uno de los referentes de la literatura de anticipación, que según la autora canadiense es diferente a la ciencia ficción pura. Un claro ejemplo es su exitosa novela El cuento de la criada, una historia que se aleja de otras novelas de anticipación clásicas como Neuromante de William Gibson o De la tierra a la luna de Verne. En esta antología Atwood explora los efectos de la vejez, cada uno de los relatos narra con autenticidad cómo sucede el deterioro físico y mental del ser humano. 

Siete casas vacías de Samanta Schweblin

Siete casas vacías de Samanta Schweblin

Este volumen de relatos fue galardonado con el Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero en el año 2015. Las narraciones de Schweblin son, sin lugar a dudas, cuentos de terror sumamente realistas que borran la frontera entre el sueño y la vigilia, entre lo fantasmagórico y lo posible. Una vez terminada esta lectura verás cómo la cotidianidad, a ratos aburrida y monótona, se torna siniestra e incómoda.

El jorobadito de Roberto Arlt

El jorobadito de Roberto Arlt

El jorobadito apareció en el primer volúmen de cuentos del escritor argentino. El icónico personaje de esta narración refleja las principales características de la sociedad moderna que Arlt quería destacar: el aislamiento, la soledad, la hipocresía y la violencia.

Catedral de Raymond Carver

Catedral de Raymond Carver

Este relato corto es considerado una obra maestra de la narrativa contemporánea. Con una sorprendente economía de palabras Carver logra plasmar una historia rica en significados y revelaciones. Si no has leído nada de este maestro del “realismo sucio”, Catedral es un buen punto de partida. 

Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga

Cuentos de amor, de locura y de muerte de Horacio Quiroga

El almohadón de plumas es quizás el cuento más icónico de Horacio Quiroga, pieza incluida en esta antología escrita originalmente en 1917. Éste ejemplo marca la pauta temática del resto de los relatos e influyó a gran escala a toda una generación de escritores latinoamericanos.

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‘La mejor opción ‘, un relato breve de Pedro Martí

Pedro Martí nació en Vigo. Lleva escribiendo 20 de los 30 años que tiene. Nunca había publicado nada, tampoco lo había intentado. Nunca, hasta ahora que, para nuestra suerte, es colaborador de Cultura Inquieta.

Nos ha cedido otro estupendo relato inédito, ‘La mejor opción‘, para el disfrute de todos.

Con anterioridad hemos publicado dos relatos del mismo autor, ‘Insomnio‘ y ‘Sardinillas‘. Lecturas muy recomendables, opinamos.

 

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Foto: Letícia Pelissari | Unsplash

 

La mejor opción
Por Pedro Martí

 

Yo siempre he sido de fumar nada más despertarme, desde hace 20 años por lo menos. El primer cigarro fue a los 12, mi mejor amigo le robó uno a su madre y quedamos después de comer para fumarlo en su trastero. A mí me encantó, casi ni tosí y ya no me quise separar del tabaco. Mis padres me había dicho que me costaría respirar y me marearía, me sentí estafado y perdí el miedo. Supongo que por eso a los 15 llegó el primer porro, la primera borrachera a los 16 y a los 18 la primera raya. Ahora, a los 40, trato de llegar sobrio a la hora de comer; pero de eso no puedo culpar a mis padres, en cierto modo lo he elegido yo. Hoy casi seguro lo conseguiré. Acabo de despertarme sin que sonase el despertador y en mi mesilla hay un vaso de agua, cenicero, tabaco y mechero. Me meto un cigarro en la boca con el cuerpo aún debajo de las sábanas y esa primera calada, a las 11 de la mañana, me sabe como una victoria, aunque no lo entiendas aún.

Yo tenía un buen curro. De los 30 a los 35 la gente decía que parecía otro, que había madurado. Me sentía orgulloso, pero ahora creo que eso era parte del problema. Cobraba 1800 netos al mes y tenía 32 días de vacaciones. Era gerente y se me daba bien mi trabajo. Pero, ¿a costa de qué había conseguido todo eso?. Sólo tenía que pararme a pensar para hacerme esa pregunta, sin embargo, durante 5 años preferí no hacerlo, supongo que me sentía cómodo. Por fin integrado, por fin mis padres orgullosos. Tuvo que irse la luz durante más de un día entero para que me enterase de lo que estaba pasando. Después de que se me acabase la batería del móvil me quedé a oscuras, tumbado en el sofá, mirando al cielo sin estrellas de mi salón. No tenía ni linterna, ni velas, ¿para que las quería?. Y de pronto, después de varias horas dando vueltas dentro de mi cabeza, me di cuenta de lo del cigarro.

En la vida había soñado con conseguir un curro como aquel. No estoy preparado para ser jefe de nadie, no soporto mandar ni que me manden. Pero necesitaba pasta y pagaban bien. Mentí en el currículum y la carta de presentación con la esperanza de que no comprobasen nada. Y así fue, a los pocos días estaba disfrazado en el despacho de recursos humanos, sin piercings y con un precioso traje que pensaba devolver inmediatamente después de la entrevista.

Les causé muy buena impresión, básicamente dije todo lo contrario de lo que pienso durante 30 minutos. Me retorcí hasta parecer lo que ellos andaban buscando y funcionó. Estaba cerca de conseguirlo, el plan era seguir fingiendo hasta que me contratasen, y después aguantar lo máximo posible hasta que se dieran cuenta de que soy un farsante. Probablemente pronto empezaría a llegar tarde, incumplir plazos de entrega o, peor aún, acabase gritándole a algún capullo con despacho propio que se pasase de la raya. Mi reto era aguantar al menos 1 año.

El caso es que otra de las pruebas de selección era una especie de test psicológico de mas de cien preguntas. Eso si que me pilló a contra pié, pensé que era mi fin. Una cosa era falsificar un currículum, o causar una buena impresión durante media hora de entrevista; mucho más difícil me parecía engañar a un test hecho por psicólogos para pillar a pájaros como yo. Las preguntas eran de lo más absurdas, pero me concentré y analicé cada una, por muy estúpidas que pareciesen.

Una de ellas, la recuerdo perfectamente, decía lo siguiente:

23 – ¿Que es lo primero que haces por las mañanas?

a) Lavarte la cara
b) Ducharte
c) Lavarte los dientes
d) Desayunar

Y yo conseguí el trabajo gracias a dos cosas. La primera, darme cuenta de que debía seguir mintiendo. Como sabes, lo primero que hago al levantarme es fumar, a veces no me ducho, casi nunca desayuno y jamás me lavo la cara. Pero esa opción ni si quiera la contemplaba el test, afortunadamente.

La segunda fue saber que la opción correcta era la a). Por que sólo un loco, o un guarro, se lavaría los dientes antes de desayunar; la d) descartada. Si primero te duchas, puedes mancharte la camisa de mantequilla o mermelada desayunando. Además, muchos tenemos programada una cagada justo para después del último sorbo del primer café del día, y un gerente nunca cagaría después de ducharse, es muy poco eficiente llenar de mierda un ano recién lavado. Es claramente mejor, por tanto, desayunar primero y luego ducharse. Por último, no creo que quepa duda de que cualquier persona normal, madura y responsable, se lavaría la cara de mocos y legañas antes de sentarse a la mesa.

En cuanto a si, después de desayunar, debes cepillarte los dientes o ducharte primero, creo que da igual. Imagino que en esos pequeños detalles es dónde el gerente puede ejercer su libre albedrío. Supongo que mi razonamiento era acertado. De hecho conseguí el trabajo. Tan bien respondí aquellas preguntas sin sentido que, cuando ya llevaba un año en la empresa, la jefa de recursos humanos me confesó que el mío era el mejor test que habían visto nunca. Yo me sentí estúpidamente orgulloso.

Por Pedro Martí

https://culturainquieta.com/es/arte/literatura/item/16967

Tráeme tu amor

Tráeme tu amor

Por:

Charles Bukowski

Harry bajó las escaleras hacia el jardín. Muchos de los pacientes estaban allí afuera. Le habían dicho que Gloria, su mujer, estaba allí afuera. La vio sentada a una mesa, sola. Se acercó a ella en diagonal, de refilón por detrás. Dio la vuelta a la mesa y se sentó frente a ella. Gloria estaba sentada con la espalda muy recta y tenía la cara muy pálida. Le miró pero no le vio. Después le vio.

-¿Es usted el director?- le preguntó.
-¿El director de qué?
-El director de verosimilitud.
-No.

Estaba pálida, sus ojos eran pálidos, azul pálido.

-¿Cómo te encuentras, Gloria?

La mesa era de hierro, pintada de blanco, una que duraría siglos. Había un pequeño recipiente con flores en el centro, flores marchitas y muertas que colgaban de tallos blandos y tristes.

-Eres un follaputas, Harry. Te follas a las putas.
-Eso no es cierto, Gloria.
-¿Y también te lo chupan? ¿Te chupan el pito?
-Iba a traer a tu madre, Gloria, pero estaba en la cama con gripe.
-Esa vieja murciélago siempre está en la cama con algo… ¿Es usted el director?

Los demás pacientes estaban sentados junto a otras mesas o de pie, recostados contra los árboles, o tumbados en la hierba.
Estaban quietos y en silencio.

-¿Qué tal es la comida aquí, Gloria? ¿Tienes amigos?
-Horrible. Y no, follaputas.
-¿Quieres algo para leer? ¿Quieres que te traiga para leer?
Gloria no contestó. Entonces levantó la mano derecha, la miró, cerro el puño y se asestó un golpe en la nariz, muy fuerte. Harry se estiró por encima de la mesa y le cogió ambas manos.
-¡Gloria, por favor!

Ella empezó a llorar.
-¿Por qué no me has traído bombones?
-Pero Gloria, tú me dijiste que odiabas los bombones.

Las lágrimas le caían abundantemente.
-¡No odio los bombones! ¡Me encantan los bombones!
-No llores, Gloria, por favor… Te traeré bombones y todo lo que quieras… Escucha, he alquilado una habitación en un hotel, a un par de manzanas de aquí, sólo para estar cerca de ti.

Sus ojos pálidos se agrandaron.
-¿Una habitación de hotel? ¡Estarás ahí con una jodida puta! Estareís viendo juntos películas porno y tendréís un espejo de los que ocupan todo el techo!
-Estaré aquí un par de días, Gloria- dijo Harry dulcemente-. Te traeré todo lo que quieras.
-Tráeme tu amor, entonces-gritó-. ¿Por qué demonios no me traes tu amor?
Algunos pacientes se volvieron y miraron.
-Gloria, estoy seguro de que no hay nadie que se preocupe por ti más que yo.
-¿Quieres traerme bombones? Bueno, pues ¡métete los bombones por el culo!
Harry sacó una tarjeta de su cartera. Era del hotel. Se la dio.
-Quiero darte esto antes de que me olvide. ¿Te permiten hacer llamadas? Si quieres cualquier cosa, sólo tienes que llamarme.
Gloria no contestó. Cogió la tarjeta y la dobló. Luego se agachó, se quitó un zapato, metió la tarjeta dentro y volvió a ponerse el zapato.

Entonces Harry vio al doctor Jensen que cruzaba el jardín hacia ellos. El doctor Jensen se acercó sonriendo y diciendo:

-Bueno, bueno, bueno…
-Hola, doctor Jensen -dijo Gloria, sin la menor emoción.
-Puedo sentarme? -preguntó el doctor.
-Claro -dijo Gloria.

El doctor era un hombre corpulento. Rezumaba peso, responsabilidad y autoridad. Sus cejas parecían gruesas y espesas; eran gruesas y espesas. Querían deslizarse y desaparecer dentro de su boca redonda y húmeda pero la vida no se lo permitía.

El doctor miró a Gloria. El doctor miró a Harry.

-Bueno, bueno, bueno -dijo-. Estoy realmente satisfecho de los progresos que hemos hecho hasta el momento…
-Sí, doctor Jensen, justamente le estaba contando a Harry lo mucho más estable que me siento, cuánto me han ayudado las consultas y la terapia de grupo. Esto me ha librado de gran parte de mi furia irracional, de mi frustación inútil y de mucha autocompasión destructiva…
Gloria estaba sentada con las manos entrelazadas sobre la falda, sonriendo.

El doctor sonrió a Harry.

-Gloria ha experimentado una notable recuperación.
-Sí -dijo Harry-, lo he notado.
-Creo que será cuestión de sólo un poquito más de tiempo y Gloria volverá a estar en casa con usted, Harry.
-Doctor- preguntó Gloria-,¿puedo fumarme un cigarrillo?
-Por supuesto, mujer -dijo el doctor, a la vez que sacaba un paquete de cigarirllos exóticos y le daba un golpecito para sacar uno. Gloria lo cogió y el doctor alargó su encendedor dorado y lo accionó con el dedo. Gloria inhaló y soltó el humo.
-Tiene unas manos preciosas, dcotor Jensen -dijo ella.
-Ah, gracias, querida.
-Y una bondad que salva, una bondad que cura…
-Bueno, hacemos todo lo que podemos en este viejo edificio… -dijo suavemente el doctor Jensen-. Ahora, si me disculpan, tengo que hablar con algunos pacientes más.
Levantó con facilidad su copachón de la silla y se dirigió hacia una mesa donde otra mujer estaba visitando a otro hombre.
Gloria miró fijamente a Harry.
-¡Ese gordo cabrón! Se toma la mierda de las enfermeras para almorzar…
-Gloria, me ha encantado verte, pero he estado conduciendo muchas horas y necesito descansar. Y creo que el doctor tiene razón. He notado algunos progresos.
Ella se rió. Pero no era una risa alegre, era una risa teatral, como un papel memorizado.
-No he hecho ningún progreso en absoluto; de hecho, he retrocedido.
-Eso no es cierto, Gloria…
-Yo soy la paciente, cabeza-de-pescado. Yo soy la que mejor puede hacer un diagnóstico.
-¿Qué es eso de cabeza-de-pescado?
-¿Nadie te ha dicho nunca que tienes la cabeza como un pescado?
-No.
-La próxima vez que te afeites, fíjate. Y ten cuidado de no cortarte las agallas.
-Me voy a marchar…, pero mañana volveré a visitarte.
-La próxima vez trae al director.
-¿Estás segura de que no quieres que te traiga nada?
-¡Lo que vas a hacer es volver a esa habitación del hotel a follarte a alguna puta!
-¿Y si te trajera un ejemplar de New York? A ti te gustaba esa revista…
-¡Métete New York por el culo, cabeza-de-pescado! ¡Y después puedes seguir con el TIME!
Harry se inclinó por encima de la mesa y le apretó la mano con la que se había golpeado la nariz.
-Mantén la enterza, sigue intentándolo. Pronto te pondrás bien…
Gloria no dio señal de haberle oído. Harry se levantó lentamente, se volvió y se encaminó hacia la escalera. Cuando había subido la mitad, se volvió y dijo adiós a Gloria con la mano. Ella siguió sentada, inmóvil.

Estaban a oscuras y todo iba bien, cuando sonó el teléfono. Harry siguió con lo suyo, pero el teléfono continuó sonando. Era muy molesto. Enseguida se le puso blanda.
-Mierda -dijo, y se quitó de encima. Encendió la lámpara y cogió el teléfono.
-Dígame?
Era Gloria.
-¿Te estás follando a alguna puta?
-Gloria, ¿te dejan telefonear a estas horas de la noche? ¿No te dan una píldora para dormir o algo?
-¿Por qué has tardado tanto en coger el teléfono?
-¿Tú no cagas nunca? Pues yo estaba a la mitad de una soberbia cagada, me has cogido justo a la mitad.
-Apuesto a que sí… ¿Vas a terminarla después de hablar conmigo?
-Gloria, es tu maldita paranoia extrema la que te ha conducido a donde estás.
-Cabeza-de-pescado, mi paranoia casi siempre ha sido el presagio de una verdad que iba a ocurrir.
-Oye, estás desvariando. Trata de dormir. Mañana iré a verte.
-¡Muy bien! ¡Cabeza-de-pescado, acaba de FOLLAR!
Gloria colgó.
Nan estaba en bata, sentada en el borde de la cama, y tenía un whisky con agua sobre la mesilla. Encendió un cigarrillo y cruzó las piernas.
-Bueno -dijo-, ¿cómo está tu mujercita?
Harry se sirvió una copa y se sentó a su lado.
-Lo siento, Nan…
-¿Lo sientes por qué? ¿Por quién? ¿Por ella o por mí o por qué?
Harry vació su lingotazo de whisky.
-No hagamos un maldito melodrama de esto.
-¿Ah sí? Bien, ¿qué quieres que hagamos de esto? ¿Un simple revolcón en la hierba? ¿Quieres que volvamos a ello hasta que acabes o prefieres meterte en el cuarto de baño y cascártela?
Harry miró a Nan.
-¡Maldición! No te hagas la lista. Tú conocías la situación tan bien como yo. ¡Tú fuiste la que quiso venir conmigo!
-¡Pero es porque sabía que, si no venía, te traerías a alguna puta!
-Mierda – dijo Harry-, otra vez esa palabra.
-¿Qué palabra? ¿Qué palabra? -Nan vació su vaso y lo tiró contra la pared.
Harry fue hasta allí, recogió el vaso, volvió a llenarlo, se lo dio a Nan, luego llenó el suyo.
Nan bajó la mirada hacia su vaso, dio un trago, lo puso sobre la mesilla.
-¡La voy a llamar, se lo voy a contar todo!
-¡De eso ni hablar! Es una mujer enferma.
-¡Y tú eres un enfermo hijo de puta!

Justo en ese momento el teléfono sonó otra vez. Estaba en el suelo, en el centro de la habitación, donde Harry lo había dejado. Los dos saltaron de la cama hacia el teléfono. Al segundo timbrazo los dos estaban en el suelo, agarrando una parte del auricular cada uno. Giraron una y otra vez sobre la alfombra, respirando pesadamente, con las piernas y los brazos y los cuerpos en una desesperada yuxtaposición. Y así se reflejaban en el espejo que había en el techo de pared a pared.

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Las personas rotas lloran en cafés de chinos

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SUSANA IGLESIAS

La soledad de las calles me recuerda una lámpara de aceite, 5 de mayo siempre fue más solitaria que Madero, llueve, un paseo nocturno para registrar los negocios que quedan aquí, el que hace esquina con Eje Central no quebrará. Cada vez más cortinas abajo, no sé si volverán a abrir. Todos adoptaron la modalidad “para llevar”, la situación ha mermado las ventas de esta calle, sobrevive el magnífico café La Blanca con la historia de la barra más grande de la ciudad, comida española y mexicana de enorme calidad, limpieza, amabilidad, precios justos, atención que jamás ha decaído, son una gran familia que espero sobreviva a este rompimiento con el mundo que conocimos. Dos sitios 24 horas han calmado durante varias décadas el hambre de los devotos de la noche: La Pagoda y El Popular, se rumora que el último, ubicado en el número 52 de la calle 5 de mayo, está al borde del colapso.En El Popular, fundado en 1948 por Luis Eing, puedes tomar chocolate oaxaqueño y comerte una enorme tampiqueña. Casi todos los negocios han tenido que incorporarse a las aplicaciones debido a la crisis, no debemos permitir que se extingan. Los chinos en México después de trabajar lavanderías se dedicaron a compartir con nosotros su gastronomía fundando los famosos “cafés de chinos” en los años 20; el té es la bebida base del oriente, incorporaron en México, de forma inteligente el café en sus menús, cocinaron la jícama con salsa agridulce, nosotros la comíamos cruda, nos mostaron su destreza en fideos y sopas calientes, no soy la única que se ha sentado en cualquier café de chinos para atestiguar la destreza con la que las meseras vierten el concentrado de café en un vaso de vidrio grueso, después la jarra metálica con leche caliente cae provocando una marea salvaje de espuma que nunca se derrama, en estos sitios puedes pedir enchiladas o un chop suey. Los panes en sus aparadores nunca faltan, qué sabor tan fuerte, te queda la boca llena de migajas y mantequilla, bisquets, besos, moños de piña que fusionan oriente con occidente, conchas de chocolate y vainilla, chocolatines, orejas, esponjosos panqués.

Nunca olvidaré el café de chinos que desapareció cuando fundaron ese Burger King en Madero, ahí terminé con alguien, al salir caminé hasta la Plaza Tolsá llorando, esta noche haré lo mismo, murió la niña que ya no tiene dónde esconderse, lloro por una vieja cicatriz abierta de ternura y lejanía, ¿sabías que las personas consideradas rotas también saben amar? Ahora sé quiénes no somos, ni seremos, la noche cerrará nuestros recuerdos para siempre, eres un dato falso en mi memoria, una bala en mi espalda, calle vacía, tristeza, aquellas luces encendidas en las ventanas de los edificios me recuerdan que alguien intenta alumbrarse. Me gustaría sentarme en un café de chinos a terminar aquella olvidada carta, gracias a estos lugares la ciudad no se desquicia del todo, la novela de amor que escribo tendré que inventarla, sin ti.

https://www.milenio.com/opinion/susana-iglesias/cronica