Thomas Vinterberg: “Me di cuenta de cuántas cosas grandes se habían hecho en la historia por gente borracha”

El cineasta danés reflexiona en ‘Otra ronda’ sobre la manera en que bebemos alcohol, la felicidad o no que nos procura y la pérdida de curiosidad y de incentivos en la sociedad occidental. Aspira a los Oscar a la Mejor Dirección y a la Película de Habla no Inglesa.

El cineasta danés Thomas Vinterberg.
El cineasta danés Thomas Vinterberg.  BTEAM

El psicólogo Finn Skårderud, psiquiatra del Comité Olímpico Noruego, defiende la teoría de que el ser humano nace con un déficit de nivel de alcohol en sangre de 0,05%. Según su hipótesis, si cada día bebiéramos la cantidad de alcohol suficiente para corregir ese desequilibrio, rendiríamos mucho más y mejor. El danés Thomas Virterberg, una voz muy personal del cine europeo hoy, encontró en este ‘dudoso’ estudio la coartada perfecta para “celebrar el alcohol”. 

Otra ronda, ganadora de los Premios del Cine Europeo a la Mejor Película, Dirección y Actor (Mads Mikkelsen); aspirante a los Oscar a Dirección y Película en Lengua no Inglesa, y Premio al Mejor Actor en San Sebastián, entre otros muchos galardones, nació para festejar la liberación y la felicidad que nos proporciona el alcohol, y terminó siendo una auténtica celebración de la vida.

Con cuatro intérpretes –Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang y Lars Ranthe-insuperables, la película presenta a un grupo de profesores de mediana edad que deciden someterse al experimento sociológico que corrobore la teoría de Skårderud… e indagar un poco más allá. La película se va transformando, como los personajes, a medida que aumenta el nivel de alcohol en su sangre. De la primera felicidad, al desconcierto, los momentos amargos, la relación con los demás… hasta la decisión final. ‘Otra ronda’, además, denuncia la hipocresía de una sociedad que acepta el alcohol en las fiestas, pero criminaliza beber en soledad. 

¿El estudio sobre el alcohol en el que se basa la historia existe?

Sí existe un trabajo de un psiquiatra noruego, Finn Skårderud, aunque no se puede verificar. Mi idea es que la teoría está creada para generar polémica y habla más de la vida que de beber alcohol. Lo que trata de decir es que con uno o dos vasos de vino mejora la comunicación, la creatividad, el coraje, la alegría… El grado óptimo es eso, pero no es científico y es muy polémico. Supongo que el estudio está señalando algunas de las virtudes que perdemos con el tiempo en civilizaciones occidentales y sobre-seguras. 

¿La película nació a partir de esta teoría? 

Siendo sincero, esta película nació como una celebración del alcohol, porque me di cuenta de cuántas grandes cosas se habían hecho en la historia por gente borracha, los libros de Ernest Hemingway, las decisiones loquísimas de Churchill que cambiaron la historia mundial para siempre, como mandar 200.000 civiles a la guerra, y estoy seguro de que tomó esas decisiones mientras estaba borracho. Y me pregunté si las habría tomado si no hubiera estado borracho y empecé a pensar en lo que se escapa al control. Hay poco espacio para lo incontrolable. 

Entonces, ¿esta es una historia sobre la felicidad que nos da el descontrol? 

Creo que en la película se habla de cómo vivimos la vida, sí, de lo que no es controlable y de cómo lo gestionamos. Por ejemplo, enamorarse es incontrolable. Hay muchas cosas así en la vida, por eso quizás esta película. Asociamos la bebida con algo que nos hace sentir bien, que nos aporta felicidad. Así que ahí empezó todo, quería celebrar el alcohol, pero en seguida me di cuenta de que era importante también contar la historia de la tragedia detrás de eso. 

Mads Mikkelsen, en una escena de la película.
Mads Mikkelsen, en una escena de la película.  BTEAM

¿La inevitable soledad del bebedor?

Claro, la película es consciente de ello, por eso es interesante que el alcohol sea un líquido socialmente aceptado que eleva las artes, las decisiones políticas, el grado de las conversaciones, pero también mata gente, destruye familias… por eso es interesante. En realidad, la película habla de estar juntos, del amor, de compartir una situación desesperada en la vida… Pero lo más fascinantes es que el alcohol puede elevar a la gente y también matarla. El alcohol mata y, a pesar de todo, está completamente aceptado en la sociedad. El alcohol se acepta en fiestas, celebraciones, pero si una persona bebe mucho y bebe sola, no lo aceptamos igual, lo juzgamos… 

La película no juzga a los personas…

…Me dedico a la exploración, no juzgo nada, se trata de hacer preguntas, el espectador es el que debe buscar respuestas, en cada país se preguntarán cómo hablamos del alcohol y cómo bebemos. Nosotros seguimos bebiendo como vikingos. En las comidas de Navidad la anarquía está institucionalizada. Hoy, la situación de la pandemia es distinta en cada país y eso puede afectar, pero cada país tiene un problema con el alcohol particular y, al mismo tiempo, un deseo de beber. 

¿Cómo cree que sentirá la gente esta película, en medio de la pandemia?

En este mundo de muerte, de control y de contaminación, puede parecer un poco irrelevante, pero también puede ser, como ha pasado en Dinamarca, que la película sea una especie de revelación, un momento de libertad. Creo que este mundo necesita una borrachera colectiva. 

Al final, ¿la película no es tanto una celebración del alcohol como de la vida?

Sí, la película acabó siendo una celebración de la vida, espero. En este mundo necesitamos películas que celebren la vida. En un momento dado, en la vida te arriesgas a perder la curiosidad, la inspiración. Estos personajes hacen un esfuerzo de recuperarla. Tiene que haber un elemento en tu vida de riesgo, de recuperar la curiosidad por la vida, cuando llegas a una zona segura, en esta civilización occidental y, particularmente, en un país pequeño como el mío, el riesgo es caer en el aburrimiento, en la desilusión y cosas así. Los personajes se levantan contra eso. Pero al final la película es más personal que todo eso.

¿A qué se refiere?

Tuvimos la ambición de hacer esta película como una celebración, cuando la escribimos, pero luego sucedió una tragedia en mi vida. El cuarto día de rodaje perdí mi hija, entonces esta película se convirtió en una necesidad para mí. El sinsentido de todo era tan grande, y aún lo es en cierta forma, que si había una razón para hacer esta película, era insistir en la vida.

¿En algún momento los actores bebieron para interpretar a sus personajes?

Uno de los actores había entrado en Alcohólicos Anónimos, así que no debíamos tener alcohol en el set, era abstemio desde hacía solo unos meses. Por otro lado, los actores no pueden trabajar borrachos doce horas de rodaje, actuar borracho es muy difícil… en la pantalla todo es interpretación. Aunque, es verdad que al ensayar el comportamiento con los diferentes grados de alcohol, a veces bebían un poco. Buscábamos procedimientos para tratar de estar sobrios, para conocer el comportamiento si has bebido a partir de 0,8, 0,9 de alcohol, pero después la cosa se ponía explosiva, física.

Los cuatro actores principales.
Los cuatro actores principales.  BTEAM

¿Y cómo se prepararon para las escenas en que los personajes han bebido más?

Estuvimos viendo vídeos rusos para ambientarnos y nos dimos cuenta de que la película solo la podríamos hacer con actores no borrachos, así que les pedí que defendiesen un viaje emocional y que interpretaran personajes vulnerables.

¿Cuál es su relación con el alcohol?

Con 8 o 9 años mis padres me daban, en Grecia, a probar el vino. Estábamos en una zona de montaña y la verdad es que yo tenía la sensación de que volaba. Con 14 sí empecé a beber, vivíamos en una comuna y vivíamos cómo queríamos y hacíamos lo que queríamos. Recuerdo un día, con 16 años, que estaba borracho por la mañana y me sentía enamorado de la vida entera, fue un momento de libertad y felicidad. Siento cierta añoranza que no he querido reflejar en estos personajes.

Y ¿cómo piensa que bebe la juventud hoy?

La juventud no sé si cada vez bebe más, pero es interesante ver cómo viven hoy. Es interesante también ver ciertos estudios sobre la juventud y cómo se considera a sí misma. Se sienten mal, no atractivos, ven el futuro con temor, sienten mucha presión… les falta espacio para saber cómo controlar lo incontrolable. Tienen que aparecer como bien preparados constantemente. Ellos también necesitan dejarse ir, puede ser una reacción incluso saludable. 

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STAR TREK: ACID PARTY. LA OBRA MAESTRA DEL REMIX PSICODÉLICO

UNA JOYA DE LA MIXOLOGÍA ALUCINÓGENA.
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Cada tanto Internet o- esa cultura del remix, del sample, la parodia y la transposición memética- nos regala maravillas. Ya no ocurre seguido como antes, pero sigue pasando. Una obra que seguramente deberá considerarse como unas las obras maestras de ese anonimato que era parte de los orígenes de la Web, es Star Trek: Acid Party. Se trata de una pieza de 41 minutos en la que ocurre justo lo que describe: una fiesta de ácido lisérgico (o alguna otra sustancia similar) dentro del Enterprise-D. Eso es lo que sucede pero, como es fácil imaginar, las bifurcaciones -por no decir agujeros de conejo o de gusano- que eso implica son innumerables. Importantemente no es sólo una parodia en la que se despliegan efectos especiales y pirotecnia salvajemente, es una pieza bien pensada, por momentos con cierta tensión, que sabe explotar el lado humorístico y absurdo de la psicodelia, con cuidado y destreza estética.

Con el uso de puros efectos que no extrañarían de encontrarse en un video de los 80 o 90, como en los geniales sampleos de Electronic Broadcast System, fundamentalmente loops y distorsiones visuales, el usuario de Youtube Yew Syr (de quien no hay much más información salvo otros videos cortos en los que mezclan visuales con IDM) logra crear una trama inteligente aunque obviamente altamente onírica y no lineal, de experimentación y exploración cósmica. 

Parte del buen gusto y la finura de este usuario de YouTube puede constatarse con su selección musical. Una base importante de Pink Floyd, lo cual es una selección obvia pero que no es gratuita. Casi nunca Pink Floyd  ha embonado tan bien con imágenes, salvo combinado con el Mago de Oz, algo que no le pasa desapercibido a Yew Syr. Pero en los pasajes más contemplativos o radiantes, hay momentos de alta alcurnia ambiental, como Boards of Canada, Aphex Twin o Autechre, además de momentos lúdicos de hip hop y escenas donde encaja perfectamente el jazz de Miles Davies o el rock de Nine Inch Niles. De manera sobresaliente, la edición logra crear coreografías y momentos lúdicos de danza, dentro de esta fiesta lisérgica abordo de una nave intergaláctica.  Con toques de humor ligero en medio de cuestionamientos metafísico, Yew Syr ha creado una obra de culto para las huestes de internet. 

 

Imagen de portada: YouTube

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Un malestar sin poetas

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Robin Williams en “El club de los poetas muertos”
 Hubo un tiempo en el que la noción de esfuerzo se transmitía de padres a hijos. No hacían falta palabras; bastaban las manos callosas que subían el butano y los delantales gastados. Y aunque su sudor nos conmoviera, nada era capaz de herir la hermosura que íbamos hinchando a base de azúcar y ensueño. El amor estaba en el aire, ­pero también un destino digno: la promesa de que viviríamos mejor que nuestros padres pues se abría la puerta de un ascensor social hasta entonces bloqueado. España enfilaba su norte estrenando Seats, libertad y futuro.

“Quiero que encuentren su propio camino, en cualquier dirección: con estilo orgulloso, con estilo tonto, como sea”, decía el profesor Keating a sus alumnos en El club de los poetas muertos. También les recordaba que todos seremos alimento para los gusanos, por ello les alentaba a aprovechar el tiempo, a vivirlo abrazando lo extraordinario. Y aquel profesor interpretado por Robin Williams se subía a la mesa para explicar el punto de vista: pobres quienes no saben mirar las cosas de manera distinta. Los que entonces éramos jóvenes idealistas adoramos la película y leímos con más ferocidad a Whitman, Frost o Maria-Mercè Marçal, versos que nos liberaban del miedo a despeñarnos si pensábamos diferente, esa “desesperación silenciosa” que nombraba Thoreau. Nuestros profesores no se subían a un pupitre, pero nos abrían el hambre y la sed de conocimientos. La guerra estaba lejos. A nuestros veintitantos bombardearon Sarajevo, donde, como cuenta la escritora Dubravka Ugrešic en su deslumbrante ensayo La edad de la piel (Impedimenta), una niña que acabó en la sección psiquiátrica de un hospital respondía a la pregunta de los médicos “¿qué es lo que más miedo te da?”: “Las personas”.

Hoy, nuestros hijos, zetas y millennials , saben que vivirán peor que nosotros. La pandemia ha multiplicado la hilera de puertas impenetrables. Licenciados y con másters aspiran no más que a cronificar su estatus de becarios. Los gurús del mapa disforme de las nuevas leyes sociales no son ya poetas ni maestros, sino El Rubius o Kim Kardashian. Suelen identificar el éxito con la provocación y la vacuidad del postureo. Y se ven salpicados por la ola de cinismo que dificulta la principal máxima de la democracia: vernos como verdaderamente somos, mientras falsas verdades encienden la mecha del odio.

Las expectativas de los jóvenes son miserables, lo que les lleva a no sentir el mínimo apego por el sistema. Algunos acaban comprando argumentos populistas: radicalidad, violencia, rechazo de lo democrático. Se han acostumbrado a que vendedores disfrazados de coach desplacen a la autoridad intelectual y científica. Ahí está, por ejemplo, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele –39 años–, que gobierna el país con poder absoluto desde varias pantallas, incapaz de mantener una conversación de Estado sin mirar cien veces su teléfono.

El cambio de paradigma analógico/virtual ha supuesto el triunfo de una forma de entender el conocimiento que sigue la lógica de la fast food: facilidad y rapidez, satisfacción inmediata, nada productivo, ni una miga de beneficio. Y si a eso le sumamos el desplome de la espiritualidad –casi la mitad de quienes tienen entre 18 y 24 años no se identifica con ninguna fe–, se agiganta el vacío. Lo resumía el escritor Adam Zagajewski: “En general, lo grande no puede ser expresado. En cambio, lo pequeño sí: se puede intentar”.

El manto de la cultura ha dejado de protegerlos. Les ha fallado el principio de la retribución: no por mucho estudiar tendrán un lugar en la vida. Extraños de sí mismos, su desmotivación dificulta incluso la rebeldía. Pero no lo olvidemos, el malestar de los jóvenes violentos esconde el silencio herido de los pacíficos, que empiezan a temer más a los adultos que al fuego, como aquella niña de Sarajevo.

Joana Bonet, autor de El Boomeran(g)

¿VIVIMOS EN UNA SIMULACIÓN? ESTE NUEVO DOCUMENTAL DE RODNEY ASCHER OFRECE NUEVAS PERSPECTIVAS DE LA CUESTIÓN

¿ERES DE LOS QUE CREE QUE VIVIMOS EN UNA SIMULACIÓN? EL NUEVO DOCUMENTAL DE RODNEY ASCHER TE DARÁ MUCHO QUE PENSAR.
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Con Matrix (1999-2003), las hermanas Wachowski nos dieron una de las mejores trilogías del cine de las últimas décadas, en particular gracias a una de las idea centrales de la historia: que la realidad en una simulación (o fantasía) en la que los seres humanos vivimos sin darnos cuenta. Esta idea no es nueva, sin embargo, la trilogía de Matrix la acercó al gran público.

El nuevo documental de Rodney Ascher (director de Room 237, The Nightmare) explora dicha noción, desde otras perspectivas. A Glitch in the Matrix (Un fallo en la Matrix), tiene como principal hipótesis el hecho de que vivimos dentro de un mundo sintético, así como los humanos de la Matrix que vivían dentro de unos pequeños capullos conectados a una supercomputadora que inyectaba una ilusión en sus cerebros. 

En el documental se muestran entrevistas a personas con diferentes perspectivas sobre la teoría de la simulación: filósofos, periodistas y aficionados que creen fervientemente que vivimos dentro de una simulación.

Ascher también incluyó un extracto de una conferencia dada por Philip K. Dick en 1970. En esta conferencia, Dick, el gran maestro de la ciencia ficción, habla un poco sobre las teorías de realidades resbaladizas que plasmó en libros como El hombre en el castilloUbik o Fluyan mis lágrimas, dijo el policía. Ascher también ocupa numerosos fragmentos de la saga de Matrix para dar sustento y ejemplificar la hipótesis del documental. A pesar del uso de material de archivo, este documental también cuenta con animaciones propias para ilustrar diferentes historias, entre ellas, la anécdota de un joven que asesinó a sus padres porque estaba convencido de que estaba en la Matrix. 

Una de las grandes virtudes de A Glitch in the Matrix es que no toma partido, sino que le da autonomía plena al espectador de decidir qué creer. 

El nuevo documental de Rodney Ascher llegó a los cines y a las plataformas de streaming de Estados Unidos el pasado 5 de febrero, y en pantalla grande se estrenó en el Festival de Sundance recientemente.

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El final de la obra maestra

imagen pluma firmas

ARTURO PÉREZ-REVERTE

La vejez es que todo lo interesante que recuerdas haya ocurrido al menos hace veinte años, e incluso cuarenta. Pero, al menos, lo recuerdas. Pensaba en eso ayer, viendo de nuevo La dolce vita de Federico Fellini, que tuvo un enorme impacto entre la gente de mi generación; pero que, cuando la mencionas fuera de círculos cinéfilos o razonablemente cultos, suscita extrañeza o estupor. ¿La Dolchequé?, preguntan. Entonces dices que se trata de una obra maestra, y en las caras próximas comprendes que por la expresión obra maestra se entiende ahora otra cosa, efímera y con fecha de caducidad. Ocurre, sobre todo, con el cine y la literatura. Hoy se llama obra maestra a algo que llega, deslumbra, es comentadísimo en las redes sociales, y al poco tiempo, meses e incluso semanas, se hunde en el olvido. Se diluye con rapidez y queda como referente para unos pocos. Sin ser maestro de casi nadie.

Hay, naturalmente, novelas y películas que llegan en el momento adecuado pero envejecen mal, y es lógico que se queden a la deriva. Pero con otras cuyo valor sigue intacto ocurre lo mismo, pues se les niega la oportunidad de seguir vivas. Las obras maestras del cine y la televisión actuales las exigimos de usar y tirar, sin tiempo para que sedimenten y fragüen en nuestra inteligencia. Todo va tan rápido como el mundo dislocado en que vivimos. Si un espectador o un lector no están al día, si se mantienen ajenos a los cauces por donde todo circula a enorme velocidad, las grandes obras pierden el compás, desaparecen de su vista. Y si pasado su momento alguien llega a conocerlas y se entusiasma con ellas, puede ocurrir que ya no tenga a nadie con quien compartirlas.

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Es así, volviendo a La dolce vita, como lo que en el cine y la televisión llamamos clásico se aleja de nuestras vidas. Vivimos inmersos en una ultramodernidad acelerada y patológica, sometida al mínimo esfuerzo; y eso reduce nuestra memoria y nos dificulta interpretar el futuro. Reduce la facultad de reconocer y disfrutar muchas obras maestras que están por llegar, o las hace imposibles. Si la cultura reposada y sólida sirve para interpretar y generar más cultura, es evidente que la desmemoria o la ignorancia limitan esa facultad. Achatan y empobrecen.

Vemos así cómo las obras maestras del pasado se olvidan o desconocen, y las actuales pasan veloces, sin que las estudiemos lo suficiente para que nos nutran. Debido a la actual facilidad de acceso, pasamos de unas a otras a toda prisa, sin espacio para analizarlas y reflexionar; eso queda para aficionados y especialistas que poco tienen que ver con el gran público. Consideren, por ejemplo, cuánto tiempo se mantuvieron El Padrino, El señor de los anillos, E.T. o Tiburón con la consideración de obras maestras, y comparen con lo que el impacto de una buena historia audiovisual permanece ahora. Y no hablo de quien menciona o recuerda Twin Peaks, Los Soprano, Lost, Master & Commander o Mad Men, sino de obras de casi hoy mismo. A poco que se descuide, un espectador corre el riesgo de descubrir Juego de tronos, Día de lluvia en Nueva York, True detective, Justified o Sherlock, entusiasmarse con ellos, mirar alrededor y no encontrar a nadie con quién comentarlo.

Es éste un siglo que en memoria audiovisual da pocas oportunidades. El paso del tiempo y la moda, el bombardeo de nuevos productos, incluye continuas sentencias al olvido. Y combatirlo no es fácil. Sentar a un adolescente ante una pantalla para que conozca una obra maestra clásica parece empresa de titanes; pero a veces el resultado es sorprendente, y películas como Blade Runner, El gran azul o Los duelistas, series televisivas como The Wire, Deadwood o Hermanos de sangre, son acogidas con entusiasmo por cualquier chico medianamente culto a los diez minutos de visionado. Sin embargo, pocas veces damos a un joven esa oportunidad. Sobre todo, porque padres y educadores pertenecen, también ellos, a esas generaciones por la que todo pasa ya sin tiempo a asentarse, camino de ser rancio pasado. Del mismo modo que muchos museos tienen ya más carteles, videos y colorines que piezas expuestas, a fin de facilitar recorridos superficiales y rápidos, hasta Netflix y YouTube permiten ahora al espectador acelerar la velocidad de visionado para que se consuma con más prisa y pasemos a lo siguiente. No son ya las películas ni la televisión, sino el mundo donde deseamos estar; viviendo, mirando, consumiendo con enloquecida rapidez. Nos hemos vuelto tan superficiales y voraces que las obras maestras apenas generan discípulos, porque no les damos tiempo de tenerlos. Las olvidamos apenas empiezan a vivir. 

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Fellini de los prodigios

Selma Dell’Olio rescata en ‘Fellini de los espíritus’ la obsesión por lo misterioso de este genial cineasta, que buscó entre cartas de tarot, sesiones de espiritismo y experimentos con LSD, intentando desvelar el enigma de la vida.

Fellini de los prodigios
Una escena animada de ‘Fellini de los espíritus’.  A CONTRACORRIENTE FILMS

BEGOÑA PIÑA

Al inmenso Federico Fellini la realidad se le quedaba muy corta. Insípida, minúscula, estaba a la vista de todos. Al mago de Rímini nunca le bastó. Era lo otro, lo misterioso, las ensoñaciones, lo indescifrable, lo que excitaba su exuberante ingenio. Locamente enamorado de la vida, husmeó y rastreó el enigma de ésta entre cartas de tarot, sesiones de espiritismo, reuniones con videntes y experimentos con LSD. El día que arqueó violentamente la espalda hacia atrás sintiéndose poseído por quién sabe qué, Giuletta Masina decidió que hasta ahí había llegado la broma.

“Hablaba de sus viajes astrales como de cualquier otro viaje”, recuerda la legendaria productora María Cicogna, en uno de los testimonios que se reúnen en Fellini de los espíritus, la película de Selma Dell’Olio. Estrenado en Italia hace solo unos meses, en el año del centenario del cineasta, el filme llega ahora a España a bordo del tren en el que partió Moraldo, que se despidió de Guido –”Addio, Guido…”– con la voz del propio cineasta, sustituyendo en esos segundos a la del actor Franco Interlenghi (Los inútiles, 1953).

Santos con los que bailar

Ese tren en blanco y negro y el recuerdo del histórico funeral que le dedicó Italia arrancan este ‘otro’ viaje de Fellini, explorador del universo de lo oculto. “Sus fábulas, siempre nuevas y desbordantes de frescura, eran más reales que cualquier fotografía de la realidad”, dijo en la homilía aquel día el cardenal Achille Silvestrini, uno de los supuestos representantes en la Tierra de ese otro arcano, Dios, indescifrable para el artista.

“Un católico italiano como Fellini tiene todo un panteón de santos y de milagros con los que bailar”, dice Terry Gilliam en la película, en la que se recogen las palabras del propio cineasta confesando: “Ahora no sé lo que hay más allá, pero sé que hay algo”. Una convicción a la que le llevó Gustavo Rol, un personaje singular que influyó poderosamente en él con sus supuestas proezas milagrosas o paranormales, fenómenos que incendiaban el entusiasmo del genio de Rímini.

Sobre todo, sus sueños

El viaje, clave en la vida y la obra de Fellini; Giuletta Masina -a la que llamaba hasta quince veces al día-, la Iglesia –con la que tuvo sus más y sus menos, sobre todo con La dolve vita, el libro del I Ching, el psicoanálisis de Jung, sus sesiones con Erns Bernhard, los encuentros con el mencionado Gutavo Rol… y sus sueños, sobre todo sus sueños, y la música de Nino Rota dibujan el mapa de esta aventura.

“Yo creo que en su Libro de los sueños está una de las claves esenciales para conocer el arte de un genio como Fellini”, sentencia su amigo, el periodista, escritor e ilustrador Vincenzo Mollica. Un código felliniano que destilaba una humanidad descomunal, un talento único y una energía portentosa y que se adivina en ese libro, esos cuadernos en los que el maestro anotaba y dibujaba sus sueños al despertar y que se recogieron en dos volúmenes, en una edición obra de Rizzoli RCS en 2007

Fellini
El director italiano Federico Fellini.  ARCHIVO

Todas las voces

“Todas mis películas hablan de un viaje, un viaje real o soñado”, asegura Fellini en una entrevista recogida en esta película, en la que se subraya el deseo irrefrenable del cineasta a emprender siempre un nuevo viaje. No una huida de Italia –”Cuando estoy fuera, no entiendo nada”–, sino una aventura hacia esos universos desconocidos y apasionantes. En uno de sus rodajes, el artista de Rímini pasaba cada día por delante de la Plaza de San Pedro y, cada día, se detenía, observaba y especulaba con “todas las voces que han pasado por esta plaza, todo el misterio que encierra”.

Fellini de los espíritus solo se aproxima un poco a la figura inabarcable de este genio, pero desde las imágenes de sus películas, desde los recuerdos de sus amigos y colaboradores, y, por supuesto, desde fragmentos de sus propias declaraciones en entrevistas y encuentros públicos se contagia cierta vitalidad ansiosa por visitar otra vez todo su cine.

Fellini
Federico Fellini con Giulietta Masina.  ARCHIVO

Funerales de Estado

Federico Fellini “se rindió a la muerte”, como dice una de sus amigas en la película, el 31 de octubre de 1993. La Italia de Fellini le dedicó funerales de Estado. A la basílica de Santa Maria degli Angeli, construida sobre las ruinas de las termas de Diocleciano, acudieron el presidente de la República, Oscar Luigi Scalfaro; el del Senado, Giovanni Spadolini; el de la Cámara, Giorgio Napolitano… los romanos invadieron las calles… Y Roberto Benigni, seguramente, ese día volvió a preguntarse, como había hecho tres años antes en el cementerio de La voz de la luna y ante la mirada del maestro: “¿No podemos volver a encontrarnos?”.

Cinco meses después, una mujer que estaba ingresada en la clínica Columbus de Roma, donde pasó sus últimos días Giuletta Masina, le contó a ésta que había tenido un sueño. Federico Fellini había vuelto a buscar a su adorada Giuletta con un bebé en brazos (la pareja tuvo un hijo que murió al mes de nacer). Entonces ella se embarcó en ese ‘sueño’ con los espíritus de Fellini. Y volvieron a encontrarse.

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Una de los Beatles

Los componentes de Los Beatles, con Yoko Ono en el estudio de grabación.
Los componentes de Los Beatles, con Yoko Ono en el estudio de grabación.

 

De todas las cositas buenas que nos va a traer el 2021, hay una que me ilusiona especialmente. Dejo al margen la vacunación masiva del personal y el probable fin de la pandemia. Y dejo también al margen la posibilidad de que Andrea Levy se dé cuenta de que sus vídeos de cocina, en los que aparece más cocida que Massiel en Tómbola, son patéticos y deje de subirlos a las redes. Al fin y al cabo, si le pagamos entre todos un abultado sueldo público (casi cien mil euros), es TAMBIÉN para que no nos haga pasar vergüenza ajena.

Pero yo hablaba de Get Back, el esperadísssssimo (cuantas más eses, más prometedora la cosa) de Peter Jackson, sobre la grabación de Let it be, el elepé final de los Beatles. Que como todo el mundo sabe, no fue el último en grabarse, pues mientras se montaba la famosa peli del concierto en el tejado, los Beatles se metieron de nuevo en el estudio y crearon el magistral Abbey Road.

Hace unas semanas, el propio Jackson (el genio que dirigió El señor de los Anillos) filtró a la prensa algunas imágenes del documental, que resultan asombrosas. Linda Eastman, de jovial palique en el estudio con Yoko Ono. ¿Pero no se odiaban? John Lennon, en festivo baile con Paul McCartney, en mitad de una mezcla, como si estuvieran celebrando su primer nº 1. ¿Pero no fue su aborrecimiento mutuo lo que precipitó la ruptura? George Harrison, muerto de risa mientras boxea en broma con John Lennon. ¿Pero no se había pirado del estudio porque no aguantaba el crispado ambiente ni un minuto más?

¿Qué nos revelan todas estas imágenes inéditas? Que por muy mal que estuvieran las cosas entre ellos, no lo estaban tanto como llegamos a pensar tras ver la película Let it be. Y la demostración sonora y palpable de que aún había entre ellos una química formidable (al menos en lo musical) fue que después del supuesto álbum del mal rollo, fueron capaces de grabar su mejor disco, Abbey Road, el mítico elepé del paso de cebra, que tal vez sea el más redondo de toda la historia del rock.

Cartel de la película documental 'Get Back', de Peter Jackson.
Cartel de la película documental ‘Get Back’, de Peter Jackson.
La gente subestima la importancia que han tenido los Beatles en la historia de la música. No hablo solo de la música ligera, también de la música clásica.  Hay incluso compositores (españoles) que abominan de ellos y dicen que fueron veneno para la música.El compositor británico Howard Goodall (no perderse su documental sobre los Beatles en YouTube), se encarga de dejar las cosas claras: los Fab Four no solo no fueron veneno, sino que salvaron la música clásica. En los cincuenta y sesenta del siglo pasado, se abrió una brecha insalvable entre el público de música clásica y las nuevas vanguardias encabezadas por Pierre Boulez o Karlheinz Stockhausen. La gente se sentía agredida en los auditorios, por una música inconexa, aleatoria y disonante. Las salas de conciertos empezaron a vaciarse y cuantas más deserciones se producían, más insistían los modernitos en torturar al personal con sus creaciones. Leonard Bernstein decía en broma que era capaz de vaciar de invitados una fiesta con solo tocar treinta segundos de las Piano Variations de su maestro Aaron Copland. Ambos músicos eran capaces de componer música raruna, pero los dos comprendieron a tiempo que lo que el público busca en la música es sobre todo consuelo.

Hay unos cuantos esnobs, con Frasier y su hermano Niles a la cabeza, que se someterían al suplicio de las vanguardias por puro postureo. Por hacer caso de aquella famosa boutade de Arnold Schoenberg  de si es arte no es para todos y si es para todos, no es arte. Lo que olvidamos muchas veces es que Schoenberg también fue el autor de otra famosa frase, que está en las antípodas de la anterior. Aún queda mucha música hermosa por componer en Do Mayor.  Y uno se pregunta ¿y entonces, por qué no componerla?

Es lo que hicieron los Beatles, dice Goodall. Rescataron todas las técnicas musicales abandonadas por los compositores de vanguardia y las utilizaron en piezas de tres o cuatro minutos, sus propias canciones, donde hay modulaciones asombrosas, modos dóricos y mixolidios, cadencias plagales, contrapuntos a tres partes, clavecines dieciochescos, trompetas barrocas. Los Beatles no solo salvaron la música clásica, también hicieron lo mismo con el rock. Los cuatro acordes de Chuck Berry (tónica, dominante, subdominante, tónica), tríadas trilladas de tres notas nada más, que nunca abandonan la tonalidad de partida, se convierten en manos de los Beatles en sofisticados acordes de cuatro y cinco notas, que además de darle color y sabor a las canciones, las sacan de la tonalidad en puntos sorpresa, para explorar dominantes secundarias, el modo paralelo menor, etc. Son pequeñas joyas musicales que llevaron a Bernstein a decir que los consideraba los Schubert del Siglo XX.

Ah, por cierto: Get Back no está dedicada a Yoko. La letra no va de vuélvete a tu país, rompebandas de mierda. Get Back es una parodia del parlamentario ultraconservador británico Enoch Powell, que en los años sesenta avergonzaba a sus congéneres (como ahora hace Santiago Abascal con los españoles) con un discurso xenófobo contra los pakistaníes.

La película sale en agosto del año que viene. Van a ser meses y meses de ansiosa espera. Entre eso y que al no estar en grupo de riesgo, la vacuna no me toca hasta dentro de siglo y medio, este año se me va hacer más largo que una película de Garci.

Qué le vamos a hacer. Todo sea por los Beatles.

Ya saben, los Schubert del siglo XX.

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El ángel exterminador: la cuarentena y la fragilidad humana

La vida es misteriosa, incierta, fascinante, en ocasiones incoherente y expuesta a infinidad de interpretaciones y situaciones que se nos salen de las manos, Luis Buñuel partió de esta premisa, para la realización de una de sus películas más inquietantes y que describen de una manera precisa lo que ha sido el 2020 para la especie humana, El ángel exterminador.

Por Sandra P Medina

el angel exterminador 3

Fotograma de de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Lejos de adentrarse en los convencionalismos, la imaginación en extremo delirante de Buñuel, nos permite explorar las consecuencias de un enclaustramiento que va sacando a flote, lo más degradante y salvaje del ser humano, desde la perspectiva burguesa.

Rodada en México en blanco y negro se estrenó en 1962, durante el exilio de Buñuel en dicho país, a causa de la Guerra Civil española; el cineasta aragonés junto con Luis Alcoriza, escribieron un guion, que en un principio rotularon, Los náufragos de la calle Providencia, pero Buñuel recordó que su amigo José Bergamín, le había comentado sobre una obra teatro que quería titular, El ángel exterminador, nombre que Buñuel encontró extraordinario, así que le escribió a Bergamín para preguntarle sobre su obra, y éste le respondió que no había llevado a cabo el proyecto, además el título lo había sacado del Apocalipsis, y podía utilizarlo sin problema.

La película inicia con el primer plano de un letrero que dice “Calle de la Providencia” un barrio de la alta sociedad en México, luego ingresamos a una acogedora mansión donde la servidumbre esta atareada con los preparativos de una comida que se está por realizar, en cuanto terminan sus labores, les entra una necesidad inexplicable de abandonar la casa dejando solo a Julio (Claudio Brook) un rígido mayordomo, educado por los Jesuitas.

Paralelo a ello, entran en la casa sus dueños, el matrimonio Edmundo (Enrique Rambal) y Lucía Nobile (Lucy Gallardo) con un grupo de amigos con los que estaban disfrutando de una sesión de ópera de Donizzetti.

El preámbulo para ingresar en ese misterio que se empieza a apoderar del lugar, es cuando se repiten una serie de diálogos y situaciones.

Después de la cena, Los Nobile y sus invitados, entran al salón de estar para tomar unos tragos y escuchar una sonata de Paradisi, tocada en el piano por Blanca (Patricia Morelos). En el momento de partir a sus respectivos hogares, los visitantes se sienten impotentes para salir del salón (como esos ataques de pánico que se transforman en agorafobia y lo inhiben a uno para enfrentarse al mundo exterior) sin razón alguna, el sueño y el cansancio se apoderan de ellos y deciden quedarse a dormir en la mansión.

Al día siguiente, el mayordomo les lleva el desayuno, y también queda atrapado en el lugar. La situación se prolonga durante los días posteriores, y develará un interrogante con respecto a la convivencia y sus delgados hilos que se quiebran ante la desesperación. La vida en una mansión, se convierte en un “campamento de gitanos” como despectivamente lo dice uno de sus elitistas personajes.

En el exterior de la casa “declarada en cuarentena como si fuera una epidemia” se agolpa un grupo de personas y la policía, que intentan fallidamente entrar al aposento para liberar a los recluidos.Esa imposibilidad de satisfacer un deseo tan sencillo como salir del salón, ocurre a menudo en las películas de Buñuel, es el caso de La edad de oro (una pareja que quiere unirse pero no lo logra) y en Ese oscuro objeto del deseo (un hombre entrado en años que quiere satisfacer sus necesidades sexuales pero no puede) un pensamiento insignia en la obra de Buñuel, donde el encierro y la frustración, manifiestan su convicción de que la libertad es una quimera que se ve oprimida por las jerarquías sociales, la religión, la política y por qué no, el imponente subconsciente muy a fin con el surrealismo, que se encarga de estudiar las aterradoras capas de la mente, que se abren a través del mundo onírico, y en ocasiones nos limitan y aprisionan.

Las largas secuencias de El ángel exterminador así lo determinan, en un escenario claustrofóbico, cargado de claroscuros como en los sueños, que Gabriel Figueroa logró capturar con habilidad, dejando en evidencia el deterioro de una clase social, que por primera vez se ve privada para saciar sus necesidades más básicas.

 

el angel exterminador
Cartel original de El ángel exterminador. Dirigida por Luis Buñuel, 1966

Un juego kármico que Buñuel registró desde su crítica visión hacia la burguesía, la condición humana y la religión, tanto afuera como adentro, el desastre es inminente porque no tenemos autonomía de pensamiento, somos como “corderos” en fila cegados por las tendencias, la repetición de las masas, la inmediatez de leer solo el título de un artículo y no su contenido, y el temor de vernos rechazados por no lograr encajar en la frivolidad que reina en la deteriorada humanidad.

Buñuel, el visionario que debe estar desde algún lugar de La Vía Láctea tomándose un Dry Martini, mientras nos observa bajo su lente siendo partícipes de su propia creación, El ángel exterminador.

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“Mank”: Ser guionista en Hollywood

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Escribir un texto sobre una película como Mank de David Fincher es un reto. El filme arma un universo prismático complejo, con tantas piezas, personajes, acciones, tiempo, espacios y temas que da pena reducirlo a una sinopsis, la descripción de un relato y tema central y la interpretación de un mensaje. Así que me limitaré a señalar algunos aspectos que preparan al espectador a disfrutar de una experiencia fílmica original, un homenaje actual al cine de antaño y una reflexión profunda acerca del origen y la esencia de un proceso creativo y técnico que resulta en una película.

El filme Mank es “cine sobre cine”, una película en el contexto de los estudios de Hollywood en los años 30 del siglo pasado con una trama que describe el proceso de escritura del guión del genial filme de Orson Welles El ciudadano Kane (1941). Welles, el enfant terrible del teatro y la radio tenía 24 años y libertad absoluta para realizar películas cuando contrató a Herman J. Mankievicz, uno de los escritores y crítico de teatro más brillante, para escribir el guión. Como hijo de judíos alemanes Mankievicz, conocido – admirado y odiado – como Mank, había colaborado con los Hermanos Marx y coescrito guiones como El Mago de Oz, en cuyos créditos no fue incluido.

El filme Mank narra cómo Mankievicz (Gary Oldman), con una pierna enyesada después de un accidente de carro, se retira en una casa de campo para escribir el guión del filme de Orson Welles. Apoyado por una secretaria y una enfermera, el angustiado y alcohólico Mank trata de cumplir con el encargo de Orson Welles nutriendo el relato con sus recuerdos – en forma de extensos flash backs – del ambiente de los estudios de Hollywood, la competencia y la corrupción, la lucha política entre republicanos y demócratas por la gubernatura de California, la prohibición de sus filmes en la Alemania nazi y el poder del magnate de los medios William Randolph Hearst. Los personajes del cine y la política de los años treinta que dan vida a El ciudadano Kane, ponen a trabajar la memoria del espectador. La luminosidad de la imagen en blanco y negro, la exquisitez del diseño de arte y la calidad actoral profundizan la tragedia de Mank como guionista apreciado pero utilizado y menospreciado como una especie de “bufón de la corte” que puede decir la verdad pero termina humillado. Fincher termina el filme con la pelea entre Mank y Welles por el crédito de guionista. En 1942 los dos creadores fueron distinguidos con el premio Oscar a mejor guión original.

Más que un biopic o un filme sobre el Ciudadano Kane y la relación entre guionista y director, Mank es una película acerca del Hollywood de los años treinta, el cine como creación colectiva, el dinero y la política como poderes detrás del cine y la creación como proceso sanador.

 

Columna de opinión por: Annemarie Meier en Grupo Milenio

Jayne Mansfield y el mito de la rubia tonta

Jayne Mansfield y el mito de la rubia tonta

Hay un chiste famoso que relata un encuentro entre Marilyn Monroe y Albert Einstein: la rubia despampanante se acerca al genio de la Física y le dice que quiere acostarse con él para que engendren un hijo que herede la inteligencia de él y la belleza de ella. “Sí, querida” responde Einstein, “pero imagínese qué ocurriría si saliera al revés, es decir, con mi belleza y su inteligencia”. El chiste es gracioso, vale, pero falso de cabo a rabo, entre otras cosas porque Marilyn tenía un cociente de inteligencia de 165, superior incluso al del propio Einstein. No sólo era una lectora empedernida cuya cultura desmentía las frases que le obligaban a recitar en las películas (“Es música clásica, ¿verdad? Lo sé porque no cantan”) sino que su talento cinematográfico iba mucho más allá de su deslumbrante hermosura física y su maravillosa fotogenia. Billy Wilder dijo que dirigirla era un infierno pero también que fue la mejor actriz cómica con la que trabajó jamás, con un sentido innato del ritmo y del fraseo. John Huston, a pesar de los problemas que le dio durante el rodaje de Vidas rebeldes, definió así su arte: “No actuaba: quiero decir que no fingía las emociones. Era algo auténtico. Se metía hasta el fondo de sí misma, encontraba esa emoción y la hacía aflorar a la conciencia”. Huston añade que Jean-Paul Sartre, nada menos, la consideraba “la mejor actriz viva”.

Jayne Mansfield fue tres pueblos más allá por el camino de Marilyn, no evidentemente en cuanto a dotes interpretativas -de las que carecía casi por completo- sino en el sentido de exagerar y magnificar los reclamos carnales y las curvas de nivel hasta convertirse en su propia caricatura, una especie de orografía erótica, un dibujo animado repleto de ganchos sexuales, una pin-up de Alberto Vargas en carne y hueso. Sin embargo, al igual que Marilyn, de tonta no tenía un pelo: hablaba varios idiomas, tocaba el violín y el piano, estudió actuación y dramaturgia en la UCLA y en la Universidad de Texas, y se enorgullecía de poseer un cociente de inteligencia casi igual al de Marilyn. La idea de aprovechar sus formidables atributos físicos (largas piernas, vientre plano y un busto apabullante) para plasmar en la pantalla una encarnación de las fantasías masculinas fue una decisión consciente que tomó como atajo para conseguir fama y éxito. Lo primero lo logró plenamente, al asaltar el subconsciente de su época mediante carteles, portadas, aventuras amorosas y reportajes sensacionalistas; lo segundo se malogró en una carrera cinematográfica que fue despeñándose película a película, desde el declive continuo al socavón. En su vida privada muchas veces protagonizó en primera persona aquel triste comentario de Monroe: “Se acuestan con Marilyn, pero se despiertan conmigo”. El mito de la rubia tonta acabó por devorarlas a las dos a base de excesos, píldoras, alcohol, amantes demasiado famosos, relaciones peligrosas y simple mala suerte.

Jayne Mansfield y el mito de la rubia tonta

De todo esto y de muchas cosas más trata el documental Mansfield 66/67, obra de Todd Hughes y P. David Ebersole, que se estrenó en 2017 para conmemorar el cincuenta aniversario del fallecimiento de la actriz. Jayne Mansfield murió en 1967, con sólo 34 años, en un desgraciado accidente de tráfico que también segó la vida de su chófer y de su amante, el abogado Sam Brady, y en el que se salvaron milagrosamente sus tres hijos, que viajaban en el asiento trasero. La multitud de chismes, rumores y exageraciones que acompañaron la vida de la estrella culminaron en ese trágico punto final desde el que empezaron a circular las habladurías sobre que fue decapitada en el choque y de que el accidente fue causado por una maldición que le echó a Sam Brady el célebre satanista y Papa negro de Hollywood, Anton LaVey. El documental cuenta con invitados de lujo, como el director John Waters, que confiesa sin tapujos su admiración por Mansfield y la considera uno de los pilares fundamentales del camp. Waters quita hierro a muchos de los sambenitos, escándalos y maleficios arrojados sobre su persona, subrayando el ingenio de una mujer que siempre supo reírse de sí misma y que tenía como marca de fábrica, aparte del físico exuberante, una encantadora vocecilla y una risita seductora terminada en un hipido que anticipa a Chiquito de la Calzada.

Fuera de la pantalla, Mansfield protagonizó una revolución sexual en la que la mujer tomaba el mando de su cuerpo y de sus deseos, saltando de aventura en aventura y de amante en amante con una libertad que por aquel entonces sólo estaba reservada al macho de la especie. Normal que los mojigatos la tachasen de ninfómana, aunque una vez declaró que el hombre es el único animal que tiene dos patas y ocho manos. Nadie podía creer que una criatura tan seductora fuese al mismo tiempo tan divertida e inteligente, quizá porque nada resulta más perturbador para el ego masculino que una mujer hermosa con cerebro. Quizá por eso la mejor estrategia para Monroe y Mansfield consistió en hacerse pasar por tontas, una cantándole cumpleaños feliz a un presidente rijoso y otra fotografiándose entre candelabros y símbolos ocultistas junto al fundador de la iglesia de Satán. Lo más triste de todo es que Mansfield llevó su empeño por sustituir a Monroe en el pedestal de rubia de América hasta sus últimas consecuencias, a otro final made in Hollywood con una vida cortada en plena juventud y un automóvil destrozado en una cuneta.

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