Las monjas ‘calculadoras’ del Vaticano que llenaron el cielo de estrellas

MARTA MACHO-STADLER

Profesora de matemáticas, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Hermanas de la orden de Maria Bambina utilizando microscopios para revisar placas fotográficas. Observatorio del Vaticano.
Hermanas de la orden de Maria Bambina utilizando microscopios para revisar placas fotográficas. Observatorio del Vaticano.

 

La Carte du Ciel –el Mapa del Cielo– fue un proyecto astronómico internacional iniciado a finales del siglo XIX. Buscaba cartografiar e identificar las coordenadas astronómicas de millones de estrellas en la esfera celeste con el objetivo de alcanzar hasta aquellas de magnitudes aparentes 11 y 12.

El proyecto comenzó en 1887 impulsado por el Observatorio de París, dirigido en aquel momento por Amédée Mouchez, una de las primeras personas en percatarse del potencial de las técnicas fotográficas en el ámbito de la cartografía estelar (la astrofotografía). El proyecto fue abandonado en 1970, sin conseguir terminarlo. A pesar de ello, la publicación del Hipparcos Catalogue (ESA, 1997) reutilizó parte de este material fotográfico histórico.

Mouchez equipó el Observatorio de París con una montura ecuatorial doble provista con un telescopio compuesto por un objetivo fotográfico de 33 cm de diámetro y un objetivo visual de 19 cm de diámetro. Imaginó un proyecto en el que se tomarían 22 000 fotografías –en placas fotográficas– de todo el cielo. Unió a su proyecto a una veintena de grandes observatorios de todo el mundo, aunque no todos lograron completar su misión. A cada uno de ellos se le asignó una parte distinta del cielo, que debía fotografiarse con un instrumento idéntico al de París.

El trabajo se realizaba en dos etapas realizadas simultáneamente. En la primera, debían delimitarse con precisión las posiciones de varias estrellas de referencia. A partir de ellas se deducían las posiciones del resto de las estrellas observadas.

En la segunda etapa se producían las imágenes fotográficas. Estas se entregaban a “calculadoras” entrenadas para deducir la posición de las estrellas de cada placa en relación a las coordenadas de las estrellas de referencia incluidas en esa placa. En aquel momento el término “calculadora” aludía a las personas empleadas en realizar estos cálculos mecánicos. En la mayoría de los casos, eran mujeres. Con este sistema, se computaba la ascensión recta y la declinación de cada estrella observada.

Las coordenadas ecuatoriales: ascensión recta y declinación. Imagen: Francisco Javier Blanco González. Wikimedia Commons
Las coordenadas ecuatoriales: ascensión recta y declinación. Imagen: Francisco Javier Blanco González. Wikimedia Commons

Las “calculadoras” del Vaticano

En la mayoría de los casos, el nombre de estas “calculadoras” astronómicas se desconoce. Eran simples computistas entrenadas para realizar un trabajo mecánico y tedioso, pero que realizaban de manera muy diligente. Ellas observaban la posición de las estrellas a partir del material fotográfico que se les proporcionaba y calculaban las coordenadas precisas de esos astros. Esa labor, juzgada como una tarea secundaria, podía realizarla –a priori–cualquier persona sin formación previa. Pero, sin ellas, sin las “calculadoras”, este gigantesco proyecto, como otros tantos, no se podía realizar.

En 2016, de manera casual y entre unos documentos olvidados, el jesuita Sabino Maffeo –archivista y asistente del director del Observatorio del Vaticano– descubrió la identidad de las mujeres computistas del Observatorio del Vaticano: Emilia Ponzoni, Regina Colombo, Concetta Finardi y Luigia Panceri, cuatro hermanas de la orden de Maria Bambina, congregación que vivía cerca del Observatorio.

El Observatorio Vaticano se había unido al proyecto de la Carte du Ciel gracias al astrónomo y meteorólogo Francesco Denza, que convenció al papa León XIII del interés de la empresa. León XIII accedió a participar en el proyecto, en parte para acallar las acusaciones de oposición de la Iglesia a la ciencia.

Tras la muerte de Denza y León XIII, el proyecto se resintió. Al observar que el trabajo del Observatorio no funcionaba correctamente, el papa Pío X solicitó al arzobispo de Pisa, Pietro Maffi, que lo reorganizara. En 1906, el jesuita Johann Hagen –que había dirigido el Observatorio Universitario de Georgetown desde 1888 y estudioso de las estrellas variables– fue nombrado director del Observatorio Vaticano. Hagen visitó otros observatorios europeos y observó que, en algunos de ellos, eran mujeres las encargadas de observar las placas fotográficas y anotar las coordenadas precisas de las estrellas.

Tras escuchar las explicaciones de Hagen, Pietro Maffi pensó que este trabajo de cálculo de posiciones de estrellas podían realizarlo monjas. En julio de 1909, el arzobispo de Pisa envío una carta a la madre superiora de la orden de Maria Bambina, Angela Ghezzi. En esta misiva, Maffi comentaba que «necesitaba dos hermanas con visión normal, paciencia y predisposición al trabajo metódico y mecánico».

En 1910, a pesar del recelo inicial de la congregación –que consideraba que este encargo estaba demasiado alejado de su misión de caridad–, dos monjas comenzaron a colaborar con el Observatorio. Debido a la magnitud de la labor a realizar, se les unió una tercera y posteriormente una cuarta.

Entre los años 1910 y 1921, y con ayuda de microscopios para observar las placas fotográficas, las cuatro hermanas anotaron la localización y la luminosidad de 481 215 estrellas como parte del proyecto Carte du ciel.

Como agradecimiento a su minucioso trabajo, el papa Benedicto XV las recibió en una audiencia privada en 1920 y, ocho años más tarde, el papa Pío XI las condecoró con una medalla de plata.

Pero luego cayeron en el olvido.

Habrá quien piense que no tiene demasiada importancia poner nombre a las mujeres que aparecen observando, calculando y catalogando minuciosamente en la fotografía que abre este escrito. En mi opinión, sin ninguna duda merecen aparecer en la historia de la astronomía: sin su dedicación, el incompleto catálogo Carte du Ciel habría tenido muchas menos estrellas.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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El teorema del mosquito y la teoría de los eventos

MANUEL DE LEÓN RODRÍGUEZ

Profesor de Investigación del CSIC, Real Academia de Ciencias, Instituto de Ciencias Matemáticas (ICMAT-CSIC)

ANTONIO GÓMEZ CORRAL

Profesor del Departamento de Estadística e Investigación Operativa, Universidad Complutense de Madrid

El teorema del mosquito y la teoría de los eventos

Sir Ronald Ross descubrió el papel clave de los mosquitos en la transmisión de la malaria, por lo que obtuvo el premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1902. Menos conocidos son sus intentos de desarrollar lo que él llamó una “teoría de los eventos”.

Ross no debería haber sido el único en llevarse ese Nobel. Cuando volvió de la India, donde dio sus primeros pasos para entender la malaria, visitó en Londres al médico Patrick Manson, quien había descubierto cómo las filarias, unas lombrices parasitarias microscópicas, podían pasar a los mosquitos a través de la sangre que extraían de personas contagiadas.

Fue Manson quien dijo a Ross que los mosquitos podían contagiarse también de esta manera y transmitir las filarias. Esto sirvió como punto de partida para que Ross desarrollara su modelo de infección para la malaria, y su famosa ecuación (el teorema del mosquito) para controlar la enfermedad mediante el control de la población de mosquitos. Pero Ross tenía un punto débil: su preparación matemática, que había sido autodidacta. Esto le planteó muchas dificultades.

Uno de los integrantes de la expedición en 1901 a Sierra Leona de Ross para poner en práctica su teoría fue Anderson McKendrick, con quien debatió las matemáticas del modelo. McKendrick tuvo la fortuna de aliarse con William Kermack, más ducho en matemáticas, a causa de un hecho infausto.

Kermack era químico y en un experimento en su laboratorio una explosión fortuita le dejó ciego. En su estancia en el hospital, usando su enorme capacidad memorística, se hacía leer artículos y libros, en particular de matemáticas. Al darle el alta, pudo poner ese conocimiento al servicio de su trabajo en común con McKendrick, del que surgió el modelo SIR.

Pero Ross tenía en la cabeza teorías mucho más ambiciosas, lo que él denominó la “teoría de los eventos”. Tal y como explica Adam Kucharski en su reciente libro Las reglas del contagio, Ross pensaba que había dos tipos de eventos:

  1. Aquellos que afectan a un individuo de manera independiente. Por ejemplo, un accidente.
  2. Aquellos que dependen de lo que ya ha ocurrido a otros. Por ejemplo, una epidemia.

En el primer caso, la curva correspondiente tendrá un crecimiento en relación con la probabilidad de que ocurra ese evento. Su pendiente se irá suavizando porque el universo de individuos es reducido.

En el segundo caso, habrá un crecimiento rápido, exponencial (pensemos en una enfermedad contagiosa), hasta alcanzar una meseta cuando se alcance a toda la población susceptible. En este caso, la curva tendrá forma de S. Esta es justo la forma de la llamada “curva logística”, introducida por el matemático belga Pierre François Verhulst en 1838. Fue A.J. Lotka quién señaló la similitud de las ecuaciones de Ross con la ecuación logística en su libro Elements of Physical Biology de 1925.

Queriendo profundizar en estas ideas, y consciente de sus limitaciones con los números, Ross pidió ayuda a una matemática notable, Hilda Hudson, quien publicó su primer trabajo de investigación a los diez años en la revista Nature. En una serie de tres artículos publicados entre 1916 y 1917, desarrollaron lo que denominaron la “medida a priori del dolor” (“pathometry” en su acepción inglesa), también denominada por el propio Ross como “teoría de eventos” o “epidemiología constructiva”.

El primer artículo es debido solo a Ross (para los otros dos ya pudo contar con la ayuda de Hilda Hudson) y en su introducción se puede encontrar algo importante y de máxima actualidad:

“Es algo sorprendente que se haya hecho tan poco trabajo matemático sobre el tema de las epidemias y, de hecho, sobre la distribución de las enfermedades en general. El tema no solo es de importancia inmediata para la humanidad, sino que está fundamentalmente relacionado con los números, mientras que vastas masas de estadísticas han estado esperando durante mucho tiempo un examen adecuado. Pero, más aún, muchos y, de hecho, los principales problemas de la epidemiología de los que dependen en gran medida las medidas preventivas, como la tasa de infección, la frecuencia de los brotes y la pérdida de inmunidad, apenas pueden resolverse por ningún otro método que no sea el del análisis.”

Y continúa sus argumentos con:

“Por ejemplo, las enfermedades por infecciones pueden clasificarse en tres grupos: (1) enfermedades como la lepra, la tuberculosis y el cáncer, que fluctúan comparativamente poco de mes a mes, aunque pueden aumentar o disminuir lentamente en el curso de los años. (2) Enfermedades como el sarampión, la escarlatina, la malaria y la disentería, que, aunque están constantemente presentes en muchos países, se recrudecen en epidemias a intervalos frecuentes. (3) Enfermedades como la peste o el cólera, que desaparecen por completo después de períodos de epidemias agudas.”

La pregunta que formulada está hoy en el corazón de las hipótesis básicas e iniciales de cualquier modelo de epidemias:

“¿A qué se deben estas diferencias?”

Como recordó Paul E. M. Fine en 1975, probablemente estos artículos sean la mayor contribución desde la medicina tropical a la epidemiología contemporánea. Fine también analizó la reclamación de Ross sobre su prioridad en sus métodos, lo que es verdad. Es sin duda la primera aproximación al estudio de las epidemias a priori y no a posteriori, como habían hecho los investigadores hasta entonces.

Desgraciadamente, el estudio de Ross no continuaría adelante. Una de las razones se debió a que Hilda Hudson fuese reclutada en 1916 por el ejército británico para desarrollar modelos aeronáuticos con motivo de la Primera Guerra Mundial, por lo que sería galardonada con una Orden del Imperio Británico.

La segunda de las razones fue más decepcionante para un innovador: Ross tuvo que enfrentarse al desánimo que le produjo que las autoridades sanitarias ignoraran su trabajo.

Como cuenta Adam Kucharski en su libro, las ideas de Ross fueron décadas después no solo utilizadas en epidemiología, sino en otras áreas como la publicidad, las finanzas, la propagación de rumores, las redes sociales e internet. Ámbitos donde los brotes de enfermedades, de desinformación, de violencia, de contagio financiero y de relaciones personales se propagan o se desvanecen influidos por leyes aleatorias ocultas que tratan de ser sometidas por las matemáticas.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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¿Por qué las hormigas no se matan cuando caen desde muy alto pero nosotros sí?

La clave está, entre otras variables, en la llamada velocidad terminal

La suerte sonrió a la azafata yugoslava Vesna Vulovic el 26 de enero de 1972. Al día siguiente su imagen se convirtió en la portada de la mayoría de los rotativos internacionales, su hazaña consistió en sobrevivir a una caída, sin paracaídas, desde más de diez mil metros de altura –más de tres mil trescientos pies-.

En aquellos momentos tenía veintiún años y fue la única superviviente del vuelo 367 JAT -que realizaba el trayecto Estocolmo-Belgrado- después de que una bomba de maletín atravesara el compartimento de equipaje y derribara el avión.

Tras el suceso la auxiliar de vuelo sufrió fracturas de cráneo, vértebras, fémur, costillas y pelvis, lesiones que la provocaron una parálisis transitoria de los miembros inferiores.

Sin embargo, y en contra de todo pronóstico, tras un largo periodo de convalecencia pudo recuperarse por completo y la única secuela que le quedó de aquel terrible accidente fue una leve cojera.

Nuestra velocidad terminal es de 200 Km/h

Vesna aparece en el libro Guinness de los Records porque su caso fue realmente excepcional, ya que los seres humanos, como la mayoría de los animales de gran tamaño, somos incapaces de sobrevivir a caídas desde grandes alturas.

La gravedad hace que un objeto que cae al vacío tenga una aceleración constante de 9,81 m/seg^2, en otras palabras, un objeto cae 35,32 Km/h más rápido que el segundo anterior.

Si la caída se produce desde un avión, la resistencia del aire es cada vez mayor a medida que la velocidad de caída aumenta, hasta un punto en que es capaz de contrarrestarla y la velocidad se vuelve constante. En el momento en el que esto ocurre se dice que el objeto ha alcanzado la velocidad terminal.

Para el Homo sapiens la velocidad terminal de caída libre es de unos doscientos kilómetros a la hora, que se alcanza en menos de seis segundos –a unos 145 metros-. Si la caída es de pie o de cabeza es posible llegar a alcanzar los trescientos kilómetros por hora.

Parece evidente que si se incrementa la resistencia se necesita mayor energía para empujar el aire fuera de nuestro camino, un fenómeno que conocen muy bien los paracaidistas, que adoptan en sus descensos una posición de ardilla voladora (Pteomys volans), con el cuerpo extendido hacia afuera.

La velocidad terminal de la hormiga es de 6 Km/h

El tamaño y la forma son factores determinantes de la velocidad terminal. Galileo Galilei descubrió que cuando el ancho de un cuerpo se duplica, el área de su superficie se multiplica al cuadrado y el volumen al cubo. Esto se traduce en que cuanto mayor sea un objeto, menor será la relación entre su superficie y su volumen.

Los seres humanos tenemos una superficie relativamente pequeña en comparación con nuestro volumen, mientras que para los animales muy pequeños, como las hormigas, la gravedad es insignificante, ya que tienen una gran relación entre su superficie y su volumen.

Esto explica que para una hormiga la velocidad terminal sea de tan solo 6 Km/h, la cual se alcanza en una caída libre de dos metros de altura.

Por este motivo, a una hormiga «le da igual» caer desde dos metros y medio, que desde doscientos cincuenta metros ya que, en ambos casos, no llegará al suelo a más de seis kilómetros por hora.

La causa de la muerte no siempre es la misma

En un estudio, llevado a cabo por investigadores norteamericanos, entre las personas que se suicidaron al lanzarse desde el Golden Gate de San Francisco –la velocidad de impacto contra el agua es de 120 Km/h- se llegó a la conclusión de que las causas más frecuentes de exitus eran las contusiones pulmonares, la rotura cardiaca o de los grandes vasos sanguíneos, en la mayoría de los casos debido al impacto con una costilla fracturada.

Posteriormente, se realizó un estudio en Hamburgo (Alemania) que determinó que tres cuartas partes de las víctimas fallecían en los primeros segundos o minutos tras impactar con el suelo. El aterrizaje menos afortunado era el craneal, una postura que se produce en la mayoría de las precipitaciones bajas –inferiores a diez metros- o altas –superiores a los veinticinco-.

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La Luna se está oxidando y ahora ya saben por qué

Investigadores encuentran una explicación a un proceso que no debería ocurrir en un mundo sin oxígeno ni agua líquida

 

Marte es bien conocido como el planeta rojo, un tono oxidado que se debe al hierro de su superficie y al agua y el oxígeno que tuvo en el pasado. La Luna, sin aire, no debería oxidarse, pero los científicos se han llevado una sorpresa al comprobar que este proceso también ocurre en nuestro satélite. ¿Cómo puede pasar allí si supuestamente no contiene nada de oxígeno ni agua líquida?

El orbitador indio Chandrayaan-1descubrió hielo de agua y trazó un mapa de una variedad de minerales mientras estudiaba la superficie de la Luna en 2008. Los datos revelaron que los polos de la Luna tenían una composición muy diferente a la del resto. Shuai Li, de la Universidad de Hawái y autor principal del nuevo estudio, se fijó en esta discrepancia. Aunque la superficie lunar está llena de rocas ricas en hierro, se sorprendió al encontrar una coincidencia cercana con la firma espectral de la hematita. El mineral es una forma de óxido de hierro que se produce cuando el hierro se expone al oxígeno y al agua. Pero esto no ocurre en la Luna, así que Li se propuso resolver el misterio.

«Es muy desconcertante», dice Li. «La Luna es un entorno terrible para que se forme hematita», Al principio, «no lo creía del todo. No debería existir en base a las condiciones presentes en la Luna», reconoce Abigail Fraeman, científica del Centro de Propulsión a Reacción (JPL) de la NASA, que también ha participado en el estudio. Pero la hematita sí estaba ahí y había que encontrar una explicación.

Oxígeno de la Tierra

Para empezar, los investigadores creen que la fuente del oxígeno puede ser nuestro propio planeta. Aunque la Luna carece de atmósfera, alberga trazas de oxígeno que pueden haber viajado 385.000 km en la cola magnética de la Tierra. Ese descubrimiento encaja con los datos de Chandrayaan-1, que encontraron más hematita en el lado cercano de la Luna que mira hacia la Tierra que en el lado lejano. «Esto sugirió que el oxígeno de la Tierra podría estar impulsando la formación de hematita», dice Li. La Luna se ha estado alejando poco a poco de la Tierra durante miles de millones de años, por lo que también es posible que más oxígeno atravesara esta grieta cuando los dos estaban más cerca en el pasado antiguo.

Existe un pero. El viento solar, una corriente de partículas cargadas que fluye desde el Sol, bombardea la Tierra y la Luna con hidrógeno. Ese hidrógeno debería evitar que se produzca la oxidación en la Luna, que no tiene un un campo magnético que la proteja. Pero la cola magnética de la Tierra tiene un efecto mediador. Además de transportar oxígeno a la Luna desde nuestro planeta de origen, también bloquea más del 99% del viento solar durante ciertos períodos de la órbita de la Luna (específicamente, cuando está en la fase de luna llena). Eso abre ventanas ocasionales durante el ciclo lunar cuando se puede formar óxido.

Moléculas de agua

La tercera pieza del rompecabezas es el agua. Si bien la mayor parte de la Luna está completamente seca, se puede encontrar hielo de agua en los cráteres sombreados en su lado opuesto. Pero la hematita se detectó lejos de ese hielo. En cambio, el artículo se centra en las moléculas de agua que se encuentran en la superficie lunar. Li propone que las partículas de polvo que se mueven rápidamente y que azotan regularmente la Luna podrían liberar estas moléculas de agua transportadas por la superficie, mezclándolas con hierro en el suelo lunar. El calor de estos impactos podría aumentar la tasa de oxidación; las propias partículas de polvo también pueden llevar moléculas de agua, implantándolas en la superficie para que se mezclen con el hierro. En los momentos adecuados, es decir, cuando la Luna está protegida del viento solar y hay oxígeno presente, podría producirse una reacción química que induzca la oxidación.

Se necesitan más datos para determinar exactamente cómo interactúa el agua con la roca. Esos datos también podrían ayudar a explicar otro misterio: por qué también se están formando cantidades más pequeñas de hematita en el lado opuesto de la Luna, donde el oxígeno de la Tierra no debería poder alcanzarlo.

Fraeman cree que este modelo también puede explicar la hematita que se encuentra en otros cuerpos sin aire como los asteroides. Más de 50 años desde el aterrizaje del Apolo 11[Vea aquí el especial], la Luna vuelve a ser un destino importante. La NASA planea enviar docenas de nuevos instrumentos y experimentos tecnológicos para estudiar nuestro satélite a partir del próximo año, seguidos de misiones humanas a partir de 2024, todo como parte del programa Artemisa. Por todo ello, es posible que pronto podamos conocer más detalles de cómo la Luna se oxida.

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Reaparece una especie de perro cantor que se creía extinta en la naturaleza desde hace 50 años

Estos antiquísimos canes de Nueva Guinea son capaces de emitir sonidos armónicos que recuerdan al canto de la ballenas

Fotografía de un perro salvaje de las tierras altas en Indonesia

Hace miles de años, cuando los seres humanos todavía nos dedicábamos a cazar y recolectar frutos sin un lugar fijo al que llamar hogar, algunos lobos -quizás los más curiosos, amigables o hambrientos- se nos acercaron para no abandonarnos jamás. Sus descendientes son los perros de múltiples razas que hoy nos acompañan, producto de nuestras necesidades y caprichos. Sin embargo, algunos cánidos se han mantenido de forma muy similar a cómo eran sus primeros antepasados tras separarse de los lobos. Es el caso de los dingos australianos y de otra curiosa especie, el perro cantor de Nueva Guinea, que se creía prácticamente extinta en estado salvaje desde hace 5o años. Ahora, un grupo de científicos confirma en la revista PNAS que esos extraños canes, capaces de emitir sonidos únicos que recuerdan por su armonía al canto de los lobos o las ballenas, siguen vivos en la naturaleza.

La última vez que un perro cantor de Nueva Guinea fue visto en estado salvaje fue en la década de 1970. Después, los nativos han informado de numerosos avistamientos, pero sin verificación científica. En 2012, un guía de ecoturismo que llevaba a un cliente a las montañas de Papúa Occidental fotografió a un perro en una zona remota. No fue hasta 2016 que quince ejemplares fueron localizados y fotografiados cerca de Grasberg, la mina de oro más grande del mundo. Se creía que esos sigilosos animales eran p erros salvajes de las tierras altas, considerada otra especie aún más rara y antigua con la que se suponía los perros cantores estaban emparentados. Dos años más tarde, los científicos pudieron recoger muestras biológicas de tres de ellos para extraer su ADN.

Ese material genético fue comparado con el de los perros cantores que están en cautividad, de los que solo hay unos 200 o 300 ejemplares. La sorpresa fue mayúscula cuando los investigadores comprobaron que, a pesar de los diferentes nombres, se trataba de la misma especie.

Sin embargo, como explican las investigadores, los perros salvajes y los que están en cautividad no tienen genomas exactamente idénticos debido a su separación física durante varias décadas y la endogamia entre los perros cantores de Nueva Guinea cautivos. Precisamente, el descubrimiento puede ayudar a generar una verdadera población de perros cantores, preservando la raza original.

Aullidos inquietantes

Esta preservación resulta muy interesante para los científicos, ya que, como explica Ostrander, estos animales se separaron del resto de perros domésticos modernos mucho antes de que se definieran las razas y pueden representar «algunas de las formas más antiguas que adoptaron los perros cuando se separaron de sus antepasados los lobos».

Estos animales no solo arrojan luz sobre la evolución de los canes. Son capaces de producir sonidos agradables y armónicos con calidad tonal que podrían decirnos algo sobre las vocalizaciones humanas. «Exhiben aullidos tonales inquietantes, con modulaciones frecuentes dramáticas que no son características de ningún otro cánido. Los grupos a veces aúllan en armonías bien definidas», describen los investigadores. Para Ostrander, «sería interesante usar la secuencia de ADN para identificar los genes que lo controlan y ver qué hacen los mismos genes en los humanos».

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Lapis specularis, el cristal de los romanos

Este mineral fue conocido durante los dos primeros siglos del imperio romano como el Cristal de Hispania

Lapis specularis, el cristal de los romanos

En nuestra península tan sólo hay siete ciudades romanas que cuentan con un teatro, un anfiteatro y un circo, una de ellas es Segóbriga, ubicada en la provincia de Cuenca.

La razón por la que los descendientes de Rómulo y Remo le otorgaron esta excelencia gravitaba en torno a la existencia de unas minas próximas a la urbe, de las que se extraía el famoso lapis secularis.

El historiador Plinio señala en sus escritos que la riqueza de este mineral se encontraba no más allá de unos cien mil pasos –ciento cincuenta kilómetros- de la ciudad romana.

Se trata de un yeso selenítico que tiene la peculiaridad de presentarse en forma de placas translúcidas que se pueden cortar mediante una sencilla manipulación. Los cortadores de piedra (lapidarii), con la ayuda de un serrucho, eran capaces de exfoliarlo en planos naturales que, después de un sencillo tratamiento, se podían utilizar para construir ventanales, celosías y vidrieras.

Acristalamiento romano

El lapis specularis también se conoce como espejuelo porque cuando la luz natural incide sobre él se produce un brillo que recuerda a un espejo.

Esta característica mística, casi mágica, fue clave para iluminar y engalanar domus, edificios públicos y templos romanos. No hay que olvidar que las casas de aquella época tenían amplios patios interiores, que servían tanto para airear las dependencias como para iluminar las estancias, y unas ventanas exteriores muy pequeñas por donde apenas entraba la luz solar.

A la propiedad lumínica del yeso se añadían otras singularidades atractivas, como por ejemplo que es un buen aislante térmico y acústico, así como una resistencia superior a la del vidrio.

De Segóbriga a todo el orbe romano

El lapis specularis se encuentra bajo tierra encajonado en la piedra, por lo que hay que extraerlo y separarlo de ella, en su mayor parte en una piedra fósil que forma un bloque compacto.

Los bloques obtenidos en Segóbriga se cortaban, se separaban en láminas y se embalaban para ser transportados hasta Carthago-Nova por la vía Spartaria. Desde allí se trasladaban en naves mercantes y barcos lapidarios –que eran más lentos pero con mayor capacidad de carga- hasta todos los puertos del Imperio.

Una vez que llegaban a su destino las láminas se montaban en bastidores ajustables al tamaño de los vanos de las edificaciones. Los armazones eran habitualmente de madera, aunque también los había de cerámica y metal.

De esta forma, las minas de lapis specularis se convirtieron en un importante centro de control económico. Por este motivo no puede sorprendernos que las legiones romanas vigilasen con celo las minas conquenses.

Se cuenta que Tiberio, el segundo de los Césares, se hizo construir un invernadero con lapis specularis en la isla de Capri, para cultivar su cucurbitácea favorita, el pepino. Y es que al parecer no había ningún día del año en el que este alimento no estuviese presente en la mesa imperial.

Pero todo tiene su fin. El ocaso de este mineral llegó a finales del siglo II d. de C, cuando se consiguió fabricar un vidrio más barato que, a pesar de ser de peor calidad, derrumbó el negocio de las minas, las cuales terminaron siendo abandonadas.

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¿Vida en la atmósfera de Venus?

Un nuevo estudio propone un mecanismo fácilmente comprobable para averiguar si hay formas de vida en la atmósfera del planeta vecino

Algunos han llegado a proponer auténticos ecosistemas de criaturas flotantes en la atmósfera de Venus
Algunos han llegado a proponer auténticos ecosistemas de criaturas flotantes en la atmósfera de Venus

Hace miles de millones de años, cuando el Sistema Solar era aún muy joven, uno de sus planetas disfrutaba de un clima templado, con cielos azules y grandes cantidades de agua corriendo y formando mares y ríos por toda su superficie. Pero ese mundo privilegiado no era la Tierra, sino Venus. Estudios recientes apuntan que allí la vida habría podido desarrollarse por lo menos durante 3.000 millones de años.

Hoy, sin embargo, las cosas son muy diferentes. Es la Tierra la que dispone de agua en abundancia y goza de un rango de temperaturas que hacen posible el florecimiento de la vida, mientras que Venus se ha convertido en un auténtico horno, con temperaturas que alcanzan los 450 grados y una atmósfera venenosa formada principalmente por dióxido de carbono y nitrógeno. Un infierno para la vida tal y como la conocemos. Sin embargo, algo de ese antiguo esplendor podría haber sobrevivido lejos del suelo, en su atmósfera.

De hecho, a una altitud entre los 40 y los 60 km sobre la ardiente superficie, la atmósfera de Venus es la que más se parece a la de la Tierra en todo el Sistema Solar. Allí la presión del aire es muy similar a la terrestre y las temperaturas se mueven en un arco que va desde los cero a los 50 grados centígrados. Algo no apto para humanos, desde luego, pero sí, quizá, para otro tipo de criaturas.

Ya en 1967, Carl Sagan especulaba con la posibilidad de que ciertos microbios podrían sobrevivir fácilmente en esa franja atmosférica de Venus. Y un artículo de 2004 proponía que el azufre de la atmósfera podría ser utilizado por esos microbios como un medio para convertir la luz ultravioleta a otras longitudes de onda que permitirían incluso la fotosíntesis. En 2018, otro estudio llegó a plantear que las manchas oscuras que aparecen en la atmósfera venusina podrían ser algo parecido a las floraciones de algas que ocurren de forma rutinaria en los lagos y océanos de la Tierra.

Sin embargo, la mayoría de esos estudios concluyen que la vida microbiana de la atmósfera de Venus, si es que existe, tendría una esperanza de vida muy corta. De hecho, los microbios irían cayendo lentamente a través de las nubes hacia las capas inferiores, donde terminarían incinerados por el calor o aplastados por la presión atmosférica, mayor más cerca de la superficie.

Una posibilidad para la vida

Ahora, sin embargo, un equipo de investigadores dirigido por la astrobióloga Sara Seager sugiere en un artículo recién aparecido en Astrobiology que esos microbios podrían tener, después de todo, un ciclo de vida mucho más estable de lo que se pensaba. Uno que les permitiría, incluso, sobrevivir durante millones de años.

En su estudio, Seager y sus colegas exploran la posibilidad de que los microbios de Venus vivan en un ambiente líquido, en el interior de pequeñas gotas en suspensión en las nubes de la franja habitable. Pero a medida que el número de microbios aumente, la gravedad hará que las gotitas se asienten en la capa más caliente e inhabitable que hay justo bajo las nubes. Sin embargo, y a medida que las gotas se fueran evaporando, la capa inferior de neblina se iría convirtiendo en un auténtico depósito de “vida inactiva”. Más tarde, las corrientes ascendentes llevarían de forma regular a los microbios inactivos de nuevo a las nubes, donde se rehidratarían y volverían a activarse.

“Asumiendo que la vida debe residir en el interior de las gotas de las nubes -escriben los investigadores- resolvemos el enigma posterior de las gotas que se depositan gravitacionalmente y alcanzan regiones más calientes e inhabitables al proponer un ciclo de vida venusiano en el que un peso crítico, los microbios, se secan para convertirse en esporas cuando alcanzan la capa de neblina inferior, que llamamos depósito. Las esporas secas residirían allí hasta que algunas de ellas pudieran ser transportadas de regreso a las capas de nubes templadas y habitables, donde quedarían envueltas de nuevo en gotas de esas nubes y continuarían con el ciclo de vida”.

El gráfico muestra la capa "habitable" de la atmósfera de Venus (imagen superior) y el ciclo de vida propuesto por los investigadores (imagen inferior)
El gráfico muestra la capa “habitable” de la atmósfera de Venus (imagen superior) y el ciclo de vida propuesto por los investigadores (imagen inferior) – Seager et al, 2020

Un ejemplo en la Tierra

En la Tierra, muchos microorganismos pueden ser arrastrados a la atmósfera, donde se les ha encontrado viviendo a altitudes de más de 40 km. En nuestro planeta, además, existe un catálogo creciente de bacterias capaces de vivir en entornos increíblemente duros, desde las aguas termales de Yellowstone, los respiraderos hidrotermales del océano profundo o los entornos más ácidos y contaminados de todo el mundo.

De este modo, la posibilidad de vida en Venus se convierte, con este estudio, en una hipótesis que se puede comprobar. Según Sukrit Ranjan, coautor de la investigación, “vale la pena pensar seriamente en invertir los recursos necesarios para llevar a cabo esa prueba, como por ejemplo los que harían falta para traer de regreso a la Tierra una muestra de la atmósfera de Venus”. De ese modo, consideran los investigadores, podríamos salir definitivamente de dudas.

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Esto es lo que hay bajo las vendas de las momias animales de Egipto

Una nueva técnica de escaneo 3D ha permitido «desenrollar» el pasado de un gato, un pájaro y una serpiente momificados hace más de 2.000 años

Vista recerada en 3D del gato momificado

En el antiguo Egipto no solo se embalsamaba a los muertos: es ampliamente conocido que se hacía lo mismo con sus mascotas o animales de referencia, para que ellos, en calidad de representación de los dioses, les ayudaran en el viaje hacia el otro lado. También se sacrificaban animales como ofrenda de los vivos a las deidades, que se vendían en las puertas de los templos. Se calcula que existen unas 70.000 momias animales de más de 2.000 años de antigüedad. Precisamente el tiempo es lo que más preocupa a la hora de estudiarlos, ya que muchos análisis requieren del contacto directo con los restos o dañar las telas de lino en las que fueron envueltos. Sin embargo, las nuevas tecnologías están proporcionando novedosas herramientas que permiten desvelar cada vez más datos sin dañar las momias.

En esta línea se encuentra un reciente estudio del Centro de Egipto de la Universidad de Swansea, junto con las universidades de Cardiff y Leicester. Publicada en « Scientific Reports», la investigación desvela cómo utilizando escaneos 3D de alta resolución han encontrado detalles sin precedentes sobre la vida y muerte de un gato, un pájaro y una serpiente momificados.

Un pequeño gato y una serpiente muerta a latigazos

Si bien ya se conocían las especies de las momias, gracias al escaneo micro CT de rayos X, que genera imágenes en 3D con una resolución 100 veces mayor que una tomografía computarizada médica, los restos de los animales se pudieron analizar con un detalle extraordinario, hasta sus huesos y dientes más pequeños.

El equipo, utilizando equipos de micro CT -que se usan para obtener imágenes de estructuras internas de los materiales a microescala- en las instalaciones de Advanced Imaging of Materials (AIM) de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Swansea, se descubrieron varias cosas. Por ejemplo, se halló que el felino era un gato de unos cinco meses, tal y como indicaban sus pequeños dientes y el hueso de la mandíbula no desarrollado; por otro lado, la separación de las vértebras indicaba que seguramente había sido estrangulado.

Mandíbula inferior (mandíbula) y dientes del gatito momificado disecados digitalmente. Revela fracturas y primeros molares mandibulares no erupcionados (rojo) que indican que era un gatito en el momento de la muerte.
Mandíbula inferior (mandíbula) y dientes del gatito momificado disecados digitalmente. Revela fracturas y primeros molares mandibulares no erupcionados (rojo) que indican que era un gatito en el momento de la muerte. – Universidad de Swansea

Por su parte, el ave seguramente fuese un cernícalo común, ave de presa en Egipto. Algunos estudios indican que estos animales eran criados en cautividad para ser empleados como aves de cetrería. En cuanto a la serpiente, se trata de una cobra egipcia juvenil momificada (Naja haje). La evidencia de daño renal mostró que probablemente estuvo privada de agua durante su vida, desarrollando una forma de gota. Según muestran las fracturas óseas de la serpiente, el animal murió a causa de unos latigazos, si bien después le sometieron un procedimiento de «apertura de boca» durante la momificación. «Si este extremo es cierto, demuestra la primera evidencia de un comportamiento ritual complejo aplicado a una serpiente», afirman los autores.

Restos de la cobra
Restos de la cobra – Universidad de Swansea

Richard Johnston, de la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Swansea, quien dirigió la investigación, afirma: «Utilizando micro CT podemos realizar de forma eficaz una autopsia en estos animales, más de 2.000 años después de su muerte (…) Nuestro trabajo muestra cómo las herramientas pueden arrojar nueva luz sobre el pasado distante».

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El «primo» de la marihuana que viajó con Colón a América

El cáñamo, usado tradicionalmente como planta medicinal, se empleó en cuerdas, velas, ropas, Biblias, lámparas y como alimento durante la travesía al Nuevo Mundo

Es posible que los turistas no advertidos que pasean por las Ramblas de Barcelona no se detengan en las hojas que forman parte del fragmento central del monumento a Cristóbal Colon. Una escultura que fue diseñada para la Exposición de 1888 por Gaietá Buïgas (1851-1919). Las ramas representadas en la escultura en cuestión son de cáñamo.

La verdad es que la elección no pudo ser más acertada, ya que en los barcos del primer viaje colombino había, al menos, 80 toneladas de cáñamo en forma de redes, cuerdas, velas y otros útiles. De no haber sido por esta planta es muy posible que el marinero genovés no hubiese llegado al Nuevo Mundo.

El primo menos sexy de la marihuana

El cáñamo (Cannabis sativa) es una planta fácil de cultivar, de crecimiento rápido y productivo. En realidad, se trata de una variedad de cannabis con ciertas singularidades. Por una parte, produce fibras de excelente calidad y, por otra, contiene menos del 0.2% de tetrahidrocannabinol, el responsable del conocidísimo efecto psicoactivo del cannabis.

Su historia tiene unos 10.000 años de antigüedad. Los chinos fueron los primeros en cultivarla y emplearla con fines medicinales, sabemos que usaban sus raíces para disolver los coágulos de sangre y tratar algunos tipos de infecciones.

Dioscórides –médico personal del emperador Nerón– fue el farmacólogo más famoso de la antigüedad. Escribió un libro titulado «Materia medica» en donde compiló más de seiscientas plantas medicinales, entre las que incluyó el cáñamo.

Fue precisamente este galeno romano el que la bautizó con el nombre latino con el que la conocemos en la actualidad, al tiempo que recomendaba su utilización para calmar el dolor de oído y disminuir el apetito sexual.

Siglos después el médico árabe Avicena también lo incluyó en su conocido «Canon de la medicina», que fue durante años uno de los libros de texto más utilizados en las universidades europeas.

De la navegación al papel

A lo largo de la Historia el cáñamo ha disfrutado de un enorme protagonismo. Los griegos lo usaban para fabricar textiles, ropas y puentes. Entre los siglos seis y quince desempeñó un papel crucial en la navegación, ya que todos los barcos eran aparejados con cuerdas y velas de cáñamo.

En el siglo XIII adquirió un nuevo desempeño, la producción del papel. Fueron impresas en papel confeccionado con esta planta la Biblia de Gutenberg (1455) y la Declaración de la Independencia de Estados Unidos (1776), entre otras.

A todo esto, hay que sumar sus usos terapéuticos, el cáñamo se administró durante centurias como tónico relajante y analgésico durante el parto. Todas estas utilidades respaldaron que –en el siglo decimonónico– un tratado francés se refiriese al cáñamo como la planta más útil de la Historia de la Humanidad.

La planta que llevamos a América

Los hilos de los velámenes y las maromas de las carabelas colombinas estaban fabricados de cáñamo, así como la estopa que se colocaba entre los tablones antes de ser calafateados. Estas utilidades estaban respaldadas por la resistencia de la fibra al efecto del agua salada.

Pero el uso de esta planta no se limitaba a los aprestos, la ropa de los marineros también estaba realizada con fibra de cáñamo, el diario del capitán era de papel de cáñamo, así como la Biblia impresas que se llevaban a bordo. Las cuales se leían a la luz de lámparas, cómo no, de aceite de cáñamo.

Así mismo, en las bodegas de las embarcaciones había toneladas de semillas de cáñamo, que fueron usadas como alimento durante los meses que duró el viaje. No fue mala elección, ya que contienen una elevada cantidad de fibra y una alta concentración de lípidos. Estas semillas son ricas en ácido alfa-linolénico y ácidos grasos omega-3, cuya función protectora cardiovascular está más que demostrada.

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“En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país controle la pandemia”

El matemático especializado en análisis de brotes infecciosos publicó a comienzos de año Las reglas del contagio. Este libro, casi profético, explica cómo se transmiten las enfermedades, pero también las ideas, el pánico, la violencia, los memes, los bulos y hasta los cuentos de hadas. Hablamos con él aprovechando que el libro acaba de ser publicado en español.

“En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país controle la pandemia”
Pexels – Julio Perez

Autor: Sergio Ferrer.

Adam Kucharski (Reino Unido, 1986) perdió la capacidad de andar con tres años. El diagnóstico: síndrome de Guillain-Barré. Quizá por eso, aunque estudió matemáticas y fue becario en bancos londinenses, acabó por centrar su carrera en el análisis matemático de los brotes infecciosos.

En 2015 volvió a encontrarse con la enfermedad rara que había amenazado su vida de pequeño, esta vez en forma de brote en varias islas del Pacífico. El responsable era el —por entonces poco conocido— virus del zika, que acabaría por causar una epidemia en América. Kucharski se dedicó entonces a investigar la evolución de esta enfermedad y, posteriormente, la del ébola.

En Las reglas del contagio (Capitán Swing, 2020) Kucharski explica cómo se transmiten y extienden las enfermedades, pero asegura que estas normas van más allá de virus y bacterias. Violencia, crisis económicas, ideas, suicidio, felicidad, obesidad, pánico, bulos e incluso cuentos de hadas son susceptibles de seguir estos patrones.

El libro se publicó en inglés el 13 de febrero, justo el día en que Valencia registró la primera muerte por coronavirus en España aunque, por aquel entonces, nadie lo supiera. Hablamos con Kucharski sobre cómo se transmite la COVID-19… y cómo evitarlo conforme los países intenten volver a la normalidad.

¿Entendemos las reglas del contagio de la COVID-19?

Entendemos ciertos patrones en su crecimiento, sobre todo conforme los países relajan sus medidas y vemos rápidos estallidos. Aun así, quedan interrogantes sobre la transmisión, por ejemplo el papel de los niños y de la gente sin síntomas claros.

“Hemos visto países que han bajado hasta los diez casos diarios y ahora cuentan miles al día. Incluso si tienes al virus bajo control, enseguida puedes enfrentarte a una situación que requiera distanciamiento o confinamientos”

La regla del contagio más importante ahora mismo es lo rápido que podemos perder el control sobre los brotes. Hemos visto países que han bajado hasta los diez casos diarios y ahora cuentan miles al día. Incluso si tienes al virus bajo control, enseguida puedes enfrentarte a una situación que requiera distanciamiento o confinamientos.

Es crucial que encontremos formas de detener lo que está pasando y para ello vamos a necesitar innovar con mejores datos y respuestas. El gran cambio a partir de ahora será movernos desde reglas y tasas de crecimiento a escala poblacional a medidas de control mucho más locales.

Habla de la transmisión que “no podemos ver”. En ese sentido, ¿se parece la COVID-19 a una enfermedad de transmisión sexual que se extiende de manera silenciosa entre la población?

Desde un punto de vista teórico esa es, en gran parte, la razón por la que ha sido tan difícil de controlar. Con el SARS y la viruela la gente tenía síntomas claros cuando eran contagiosos, así que contener el brote era más directo si tenías recursos.

Como el coronavirus tiene transmisión antes de los síntomas, para cuando alguien aparece en el hospital la infección ya ha pasado a otras personas que pueden estar a punto de infectar a otras. En ese sentido comparte características con enfermedades como el sida, en las que puedes tener una gran transmisión sin detectar antes de darte cuenta de que hay un brote.

¿Cómo podemos saber la efectividad de las medidas de control?

Es muy difícil saber exactamente qué está teniendo qué efecto, pero podemos mirar lugares que han aplicado medidas en secuencias diferentes. Por ejemplo, en Alemania las mascarillas se introdujeron en distinto orden en algunas áreas y eso hizo posible estimar el efecto de que la gente las lleve. Lo mismo con los colegios, que están abriendo de distintas maneras en cada lugar. Será muy importante intentar aprender tanto como podamos de la variación que veamos entre países.

En otras palabras, estamos inmersos en un experimento global queramos o no.

Esencialmente, sí. Es un juego global de ensayo y error. Tenemos que entender las causas por las que algunos países relajaron las medidas demasiado pronto e intentar aprender lo más rápidamente posible cómo mejorar.

En su libro asegura que “en los análisis de los brotes, los momentos más importantes no suelen ser aquellos en los que tenemos razón. Son esas ocasiones en las que nos damos cuenta de que estábamos equivocados”. ¿Cuándo nos dimos cuenta de que estábamos equivocados con la COVID-19?

“Existe la idea de que los modelos matemáticos son bolas de cristal que pueden darnos todas las respuestas, cuando los investigadores los usamos para mirar un conjunto de posibilidades muy específico”

Hubo dos momentos muy importantes que cambiaron nuestra visión de un brote pequeño a un problema mucho mayor. Uno, al principio. Los números reportados en China eran bajos, pero por cómo se habían exportado a Tailandia y Japón supimos que estábamos frente a algo inusual. Otro, ese par de días de febrero en los que Italia reportó brotes a gran escala. Hasta entonces habían estado muy centrados en Asia, pero que la transmisión hubiera ocurrido tan ampliamente sin haber sido detectada sugirió que estábamos ante un problema muy grande.

Los investigadores que han intentado modelizar y predecir la evolución de la pandemia han sido muy criticados. ¿Cree que los medios y el público han sido justos?

Vemos titulares que dicen que los modelos están equivocados o son correctos, y esa no es la cuestión. Los modelos contestan preguntas muy concretas. Existe la idea de que son bolas de cristal que pueden darnos todas las respuestas, cuando los investigadores los usamos para mirar un conjunto de posibilidades muy específico, como qué pasa si no se toman medidas de control o cuál será la tasa de crecimiento en las siguientes semanas.

En su libro menciona la paradoja de los modelos en contextos como el efecto 2000 y la gripe de 2009. Si aciertan y son escuchados, la gente cree que han fallado y que son alarmistas.

Sí, se ven los modelos como una predicción meteorológica. Si eres pesimista sobre el tiempo eso no cambia el tiempo, pero si muestras las consecuencias de no hacer nada durante un brote y eso hace que la gente reaccione, entonces tu predicción original no será correcta. En muchos países de Europa poca gente se ha infectado, lo que indica que las medidas de control tuvieron un impacto, pero aun así hemos visto muchas muertes y grandes daños. Eso es consistente con el modelo que predice que, si no hubieras introducido medidas y hubieras permitido más infecciones, habríamos visto un número de fallecimientos mucho más alto.

Parte de ese momento en el que descubrimos que estábamos equivocados tuvo que ver con la falta de datos. ¿Qué pasó con los modelos para que al principio se pensara que esperar a la inmunidad de grupo era una opción?

La gran limitación inicial fue la falta de datos disponibles. En Europa muchos países no tenían ni idea de su número de casos. Cuando miramos los datos genéticos disponibles ahora, está claro que había transmisión sin detectar entre países a finales de febrero en Europa.

Aun así todavía no sabemos cuál es la estrategia apropiada. Entonces estaba muy claro que si los países se sentaban y no hacían nada sería un desastre. Si pones en marcha intervenciones muy fuertes, como los confinamientos, necesitas un plan para después, pero no está claro cuál es la solución a largo plazo para muchos países.

¿Todavía no tenemos una imagen completa?

Sí, muchos países no tienen una estrategia de salida y han relajado sus medidas para luego tener que reintroducirlas. Como todavía son susceptibles [no hay inmunidad de grupo], vamos a acabar en un ciclo en el que estas medidas son implantadas y relajadas repetidamente, quizás hasta que tengamos una vacuna.

“Necesitamos innovación para no repetir confinamientos de manera cíclica durante el próximo año”

¿Debe preocuparnos esta posibilidad?

Es preocupante cuando miramos lo rápido que ocurren estos estallidos. Si la vacuna no está disponible hasta dentro de uno o dos años, es demasiado tiempo adoptando medidas de control drásticas. Necesitamos innovación para no repetir confinamientos de manera cíclica durante el próximo año.

Si solo te centras en las infecciones, es muy fácil confinarse durante un año y acabar con la epidemia, o hacer un rastreo de contactos muy riguroso que identifique todos los casos. Pero existe una realidad en la que hay que implementar las estrategias teniendo en cuenta los efectos sociales y sanitarios de la restricción de movimientos. Si las medidas no son sostenibles, como ya estamos estamos viendo en varias partes del mundo, habrá un efecto dominó en el brote.

Pensaba preguntarle por la plaga de modelizadores aficionados que, sin experiencia en estos campos, ha intentado predecir la evolución de la pandemia. Sin embargo, en Las reglas del contagio menciona el caso de George Sugihara, un ecólogo de peces que aplicó con éxito su conocimiento al mundo de las finanzas. ¿Cuándo son útiles estos enfoques?

Siempre es bueno acercarse con ojos nuevos a un problema difícil. Si tienes una pregunta compleja puede ser muy útil tener gente que haya trabajado en problemas similares, aunque no sean especialistas en ese campo. El problema es cuando se tiene mucha seguridad sin haber leído lo básico. En este brote he visto a gente llegar con mucha confianza y caer en errores que se cometían hace 40 años y que no deberíamos repetir.

En su libro explica que el contagio es un proceso social y que en Italia la gente interactúa más que en Hong Kong. ¿Ha jugado esto un papel en la propagación del coronavirus?

“En este brote he visto a modelizadores llegar con mucha confianza y caer en errores que se cometían hace 40 años y que no deberíamos repetir”

Italia fue una de las áreas que antes se vieron afectadas en Europa y hemos pensado mucho en si hay diferencias sutiles en el comportamiento que hayan contribuido. Las interacciones sociales de Hong Kong son similares a las de Londres, pero aquí hemos visto brotes porque también es importante cómo la gente responde al brote. Por ejemplo, cuántos intentan reducir su riesgo de infección con mascarillas. Todo eso influye.

Asegura que las ideas también se rigen por estas reglas del contagio, pero que se extienden con gran lentitud. ¿Es esto un problema para la ciencia?

Algunas ideas en ciencia tienen problemas para difundirse tan rápido como deberían, en parte por razones políticas. También porque, como decía el físico Max Planck, “la ciencia avanza de funeral en funeral” y si alguien domina un campo puede ser difícil que emerjan nuevas ideas. Es un riesgo grande, sobre todo si tratas con una nueva amenaza como una pandemia en la que habrá pocas certezas.

¿Está la ciencia preparada para la urgencia que implica una pandemia?

Estamos mucho mejor que hace unos años, pero quedan retos porque la ciencia está diseñada para escribir un paper, publicarlo y progresar en tu carrera, no para responder y juntar evidencias con rapidez.

¿Deberíamos obsesionarnos menos con los datos brutos que ofrecen los medios?

Tenemos que ser cuidadosos a la hora de sobreinterpretar los datos porque no todos son recogidos y agregados de la misma forma conforme avanza la semana. Se puede montar un drama por un cambio de un día para otro, cuando puede que no refleje el brote subyacente.

También necesitamos centrarnos en qué datos son importantes para cada analizar cada situación. El número de reproducción es muy útil cuando tienes un brote grande con muchos casos porque te dice cómo está creciendo. Cuando son números pequeños a nivel local es mucho más importante saber dónde está ocurriendo la transmisión, cuánto estamos detectando y quién está en riesgo.

Comentaba antes que los datos llegan con cierto retraso, ¿cómo trabajar con ellos?

Los datos más fiables tardan más en llegar. Cuando tienes una epidemia en crecimiento, el número de casos puede no reflejar la transmisión real porque no recoge el número total y, en cualquier caso, son de infecciones que tuvieron lugar semanas antes. Lo más fiable son las hospitalizaciones y muertes, pero también reflejan eventos pasados y si intentas reaccionar basándote en eso estás muy por detrás de la situación.

“Tenemos que ser cuidadosos a la hora de sobreinterpretar los datos y centrarnos en los que son importantes para cada analizar cada situación”

Las reglas del contagio no va solo de enfermedades, sino también de cómo estas normas se aplican a la difusión de ideas, pánico, crisis económicas, violencia… En estos meses hemos visto otros ejemplos de contagio, por ejemplo de desinformación y bulos. ¿Podemos parar esa otra pandemia?

La pandemia va a prolongarse y tenemos que atacar la desinformación tanto como la propia enfermedad. Será importante controlar la información sobre qué deberíamos o no hacer, dónde estamos y qué pasa. No podemos deshacernos de cada mala información como no podemos identificar cada infección en el mundo. En su lugar tenemos que reducir cuánta gente está expuesta a esa información.

WhatsApp ha limitado el número de personas con las que se pueden compartir mensajes, lo que reduce la velocidad de transmisión: es muy similar a lo que estamos haciendo con el distanciamiento social porque si la gente no interacciona tan ampliamente es muy difícil que algo se extienda tan rápido.

También hemos visto plataformas que dan información fiable al buscar sobre coronavirus. Sabemos por las vacunas que es una forma muy poderosa de intervenir: si reduces la susceptibilidad la gente no estará expuesta, ya sea a un virus real o a desinformación, y no necesitas interrumpir sus interacciones.

¿Cómo cambiará la privacidad en el mundo poscoronavirus?

El balance entre privacidad y salud pública es muy importante. Si queremos controlar la infección tenemos que saber dónde está sucediendo y eso significa recoger buenos datos, más personales, porque el virus da poco tiempo para responder. Debemos conseguir la confianza de la población para asegurar que estas medidas son posibles.

Necesitamos muchos datos, pero ¿aceptarían los europeos medidas como las de Corea del Sur, donde recogen datos sin necesidad de autorización previa?

Es un equilibrio realmente difícil. Algunos países han hecho rastreos estrictos de móviles y tenemos la impresión de que eso no podría pasar en Europa, pero debemos elegir entre tener una colección de datos más detallada o tener confinamientos repetidos. Eso es lo que hay en juego.

Algunos tienen la sensación de que podemos volver a la normalidad, pero gran parte del éxito de los países asiáticos ha venido por los datos y por asegurarse de que la gente permanece en cuarentena. Si queremos eso, entonces tenemos que explicar lo que implica.

“El balance entre privacidad y salud pública es muy importante. Para controlar la infección tenemos que saber dónde está sucediendo y eso significa recoger datos más personales, porque el virus da poco tiempo para responder”

Ha insistido varias veces en la importancia de contar con buenos datos. ¿Han sido los gobiernos suficientemente transparentes en este sentido?

En cada brote hay grandes problemas con los datos, es parte de la vida del epidemiólogo. Hay muchos motivos por los que pueden ser malos. Si es una decisión de alguien, debe cambiarse. Si no se recolectaron, ya sea por error o motivos de organización, debemos hacerlo mejor en el futuro, pero también ser conscientes de que siempre vamos a tener una imagen incompleta con la que tomar decisiones.

Las reglas del contagio comienza hablando de la crisis financiera de 2008. La siguiente pandemia, ¿será económica?

Veremos contagio económico porque el mundo está muy interconectado. Necesitamos pensar en el efecto dominó que habrá si en seis meses el coronavirus está controlado en algunos países pero no en otros, cómo va a afectar a la capacidad de los países para seguir funcionando. Es un problema internacional. El nivel de infección de uno va a influir en lo que pase en la sociedad y la economía en más lugares.

La gran pregunta: ¿qué va a pasar en el futuro?

Es muy difícil decir cuántos casos o muertes veremos en los siguientes meses. Creo que algunos países no lograrán el control y puede que la acumulación de inmunidad sea la que termine el brote, con un gran impacto en la salud. Otros, con restricciones fronterizas y cierres muy estrictos mantendrán la infección muy baja. En medio año, el mundo se dividirá en dos mitades según lo bien que cada país esté controlando la pandemia.

“La polio y el sarampión tienen vacuna y han sido difíciles de erradicar. Creo que el coronavirus será una amenaza global para el futuro próximo”

Incluso cuando llegue la vacuna, ¿cuánto tiempo conviviremos con la pandemia?

Lo que suceda a continuación dependerá de lo buena que sea la vacuna. Lo ideal sería que fuera muy efectiva, pueda mantener la transmisión bajo control y podamos dársela a mucha gente en todo el mundo. En ese caso podríamos volver a la normalidad con bastante rapidez. Pero pienso que lo más probable es que necesitemos aplicar otras medidas. Puede que no sea posible dársela a todos los países y gente. La polio y el sarampión tienen vacuna y han sido difíciles de erradicar. Mi esperanza es que consigamos una vacuna que nos ayude a volver a la normalidad, pero creo que el coronavirus será una amenaza global para el futuro próximo.

Entonces, ¿la pandemia de COVID-19 cambiará el mundo para siempre?

Creo que dejará un impacto muy profundo en el mundo. Lo que pase el próximo año en cuanto a brotes y respuestas nacionales tendrá un efecto durante décadas.

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