NI LOS MURCIÉLAGOS (NI LOS CHINOS) SON LOS CAUSANTES DE LA PANDEMIA DE COVID-19

HASTA EL MOMENTO NO HAY EVIDENCIA SUFICIENTE PARA ATRIBUIR A UNA SOLA CAUSA EL CONTAGIO MASIVO DEL CORONAVIRUS CAUSANTE DE LA COVID-19; LA PANDEMIA ES UN FENÓMENO COMPLEJO QUE NO ADMITE EXPLICACIONES REDUCCIONISTAS (O PREJUICIOSAS)
Coronavirus de Wuhan: Murciélagos, la especie que ya sabíamos que traería  otra pandemia

Entre los varios efectos que la pandemia de covid-19 ha tenido en el imaginario colectivo, uno de los más peculiares fue la atribución (y aun podría decirse, la inculpación) que se hizo al principio a los murciélagos de ser los huéspedes del nuevo coronavirus, específicamente, los residentes en zonas del sureste de Asia. 

Ya desde el inicio de la pandemia, en no pocos medios de todo el mundo se difundió la idea de que el virus SARS-Cov-2 había pasado al ser humano luego de que algunas personas en las inmediaciones de la ciudad china de Wuhan comieran “sopa de murciélago”. 

Si bien la transmisión de virus u otros agentes patógenos de animales salvajes a seres humanos es un hecho comprobado (fenómeno que recibe el nombre técnico de zoonosis), en el caso del coronavirus no hay evidencia de que los murciélagos hayan sido los portadores originales. 

La hipótesis más extendida es que probablemente el contagio del virus a seres humanos ocurrió en el marco de las actividades del Mercado Huanan de Mariscos, ubicado en Wuhan y el cual es un mercado “húmedo” donde se comercia con animales vivos, algunos de ellos salvajes, es decir, sacados directamente de su hábitat natural para consumo humano.

En la hipótesis del mercado húmedo de Wuhan no se ha señalado hasta el momento un “culpable” específico. Se sospecha que el virus pasó de un animal a uno o varios seres humanos, pero no se sabe qué animal pudo ser. Además de los murciélagos, se ha especulado sobre la posibilidad de que el huésped “original” haya sido una serpiente, una civeta o un pangolín, animales que también se comercian en el lugar y que tienen un aprecio especial en ciertas ramas de la gastronomía china.

Cabe señalar que el consumo de carnes “exóticas” es una práctica que si bien es propia de la cultura china, está extendida en todo el mundo. Asimismo, el fenómeno de la zoonosis está asociado con la reducción de los hábitats naturales a causa de la actividad humana: zonas en donde antes se desarrollaba la vida “salvaje” o silvestre ahora están invadidas por campos de cultivo o de ganadería, zonas habitacionales e industriales y, en fin, por los seres humanos y sus industrias. En ese sentido, la devastación de los ecosistemas naturales tampoco es exclusiva de una cultura, sino que es común a toda la humanidad.

El conocimiento científico al respecto también indica que no hay un solo “culpable” de la transmisión del virus de un animal salvaje al ser humano. Como escribe el Dr. Antonio Guillén Servent del Instituto de Ecología del Gobierno de México, para que el SARS-Cov-2 haya podido pasar de un animal a un ser humano, la circulación del virus tuvo que darse en el marco de “una convivencia forzada de varias especies de animales con humanos”.

Es claro que hay al menos una postura frente a la pandemia de covid-19 que no tiene sustento: la idea de que puede encontrarse un único factor que la haya desencadenado. Dicho con otras palabras: ni los murciélagos, ni los pangolines, ni los consumidores de carnes exóticas (independientemente de su nacionalidad o pertenencia socioeconómica) pueden tomarse como la “causa primera”. En realidad, la pandemia es un fenómeno complejo que no admite una explicación reduccionista.

¿Por qué atribuir el “mal” a un murciélago cuando su actividad es fundamental para ciertos ecosistemas? 

Entre otros procesos naturales, los murciélagos tienen participación en la polinización de algunas plantas o el control de plagas que afectan a cultivos como el maíz, el cacao o el café, según señala el Dr. Rodrigo Medellín, investigador del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Considerar el hecho desde esa perspectiva también contribuye a no incurrir en prejuicios e ideas falsas sobre, por ejemplo, los murciélagos o las costumbres culturales de China u otras regiones del mundo.

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Ovnis: ya están aquí (de nuevo)

Un informe del Pentágono ha puesto otra vez de moda los extraterrestres en EE UU. Los astrofísicos recuerdan que no hay una sola prueba de su existencia y que, en todo caso, las posibilidades de que nos crucemos con ellos son remotísimas

Un grupo de visitantes en el museo dedicado a los ovnis en Roswell, Nuevo México, el 2 de julio.
Un grupo de visitantes en el museo dedicado a los ovnis en Roswell, Nuevo México, el 2 de julio.PATRICK T. FALLON / AFP

 

El pasado 25 de junio, la Dirección Nacional de Inteligencia de EE UU hizo público un informe atípico ansiosamente esperado: el estudio preliminar sobre Fenómenos Aéreos no Identificados (UAP por sus siglas en inglés), denominación que ahora se prefiere a la, por lo visto, ya anticuada de ovni. El estudio, en teoría, iba a revelar la explicación de 143 casos de objetos volantes extraños, presenciados exclusivamente por pilotos de la Marina o detectados por los radares de los cazas estadounidenses. Uno de ellos fue el descrito por el comandante David Fravor que, una tarde de noviembre de 2004 volaba por el océano Pacífico a más de 100 kilómetros de la costa Oeste de EE UU. Fravor divisó, según contó él mismo a The New York Timeslo que parecía una nave rara de 12 metros de largo, de forma ovoide y de color blanquecino que flotaba sobre el mar a una altura de unos 15 metros. El piloto comenzó a aproximarse a ella. Y el objeto pareció apercibirse y maniobró para elevarse, como si quisiera encontrarse con el caza estadounidense. Pero, a mitad de camino, “aceleró como nada que yo haya visto antes y se esfumó de una manera muy rara”, según explicó el piloto.

El estudio, de nueve páginas, incluye 18 casos especiales como el que describe Fravor, en el que los objetos voladores analizados ejecutan maniobras sin propulsión aparente o son capaces de acelerar con una destreza técnica desconocida para los ingenieros estadounidenses. De cualquier forma, el Pentágono solo apunta la causa concreta de uno solo de los 144 expedientes: un globo aerostático. Para el resto, según apunta, faltan datos, testimonios fiables y conclusiones.

En ningún momento, eso sí, menciona a los extraterrestres. Tampoco, deliberadamente, los descarta de forma expresa.

El informe es el resultado de un programa iniciado en 2007, llevado en secreto hasta que se filtró a la prensa en 2017, y que ha contado con 22 millones de dólares de presupuesto. El Gobierno de EE UU no investigaba oficialmente fenómenos aéreos extraños o avistamientos de posibles platillos volantes desde que en 1969 clausurara el famoso Proyecto Libro Azul, inaugurado en 1947 y que analizó más de 12.000 casos de probable presencia en la Tierra de objetos voladores para concluir, al final, que seguirle la pista a los ovnis no merecía más la pena. La revelación de la existencia de este moderno programa en 2017 y la reciente publicación del informe citado ha hecho que una fiebre por las excursiones de los extraterrestres se haya desatado en EE UU. Periódicos y programas de televisión serios se han hecho eco. La prestigiosa revista The New Yorker, por ejemplo, publicó el pasado 10 de mayo un largo artículo de 13.000 palabras titulado The UFO papers (Los papeles de los ovnis). Además, la pandemia ha acrecentado los casos de avistamientos de ciudadanos a pie de calle, según The National UFO Center, una página digital estadounidense encargada de recabar estos testimonios. La causa es simple: debido a que la gente está más en casa, tiene más tiempo de mirar tranquilamente al cielo. Además, hay declaraciones oficiales que han ayudado a alimentar el aparente misterio: John Brenan, exdirector de la CIA, al ser preguntado el año pasado sobre estos casos, contestó que responden a “algún tipo de fenómeno que es el resultado de algo que todavía no entendemos y que podría albergar algún tipo de actividad que alguien podría decir que constituye una diferente forma de vida”.

Captura de uno de los vídeos hechos públicos por el Pentágono el 27 de abril de 2020 en el que se pueden ver “fenómenos aéreos no identificados”.
Captura de uno de los vídeos hechos públicos por el Pentágono el 27 de abril de 2020 en el que se pueden ver “fenómenos aéreos no identificados”.MARINA DE EE UU

 

Para el astrofísico Javier Armentia, director del Planetario de Pamplona, todo esto obedece, en el fondo “a un tipo de folklore de lo maravilloso típicamente americano o, para ser más exactos, anglosajón”. Armentia recuerda que los avistamientos de ovnis en EE UU comenzaron en la década de los cuarenta. “Exactamente cuando se lanzó el Sputnik, cuando comenzó la carrera espacial. Se cambiaron los duendes, los espíritus y las hadas del siglo XIX por modernos extraterrestres interplanetarios, sabios y poderosos que vienen hasta aquí con un propósito benefactor. Hay quien quiere solo los misterios y no explicaciones. Estoy convencido de que todos esos avistamientos relatados en el informe del Pentágono responden a causas normales, aunque no fáciles de encontrar: un fallo en la lectura del sensor de infrarrojos, espejismos, equivocaciones técnicas… Eso lo respondería antes un experto en tecnología que un astrofísico. Lo que sí te puedo decir es que los que buscan extraterrestres no encuentran lo que hay, sino lo que van buscando, lo que quieren encontrar. Ese informe, a nosotros, los astrofísicos, nos deja indiferentes”.

“Tras 70 años de fenomenología, no se ha hallado ninguna evidencia de que los ovnis sean extraterrestres. Son simplemente un mito contemporáneo”

Vicente-Juan Ballester Olmos, de 72 años, lleva más 50 años investigando ovnis. Su interés se remonta a la adolescencia, a raíz de sus primeras lecturas sobre astronomía. Siempre ha combinado su trabajo en el departamento financiero de Ford España con su afición obsesiva de detective cazador de platillos volantes. Ha escrito 11 libros, cientos de artículos y ha investigado numerosos casos de ovnis en todo el mundo. Con los años, se ha ido deslizando desde el “tal vez haya extraterrestres” de la primera juventud a un escepticismo inamovible y maduro, fruto de sus concienzudas investigaciones. Fue la persona elegida por el Ejército del Aire en los años noventa para que les ayudara a analizar y a evaluar los 122 casos de posibles objetos voladores extraños ocurridos en España, desde 1962 a 1995, a fin de desclasificarlos. Él descubrió, por ejemplo, que los casos de posibles platillos volantes testimoniados por decenas de personas en Canarias entre 1976 y 1979 eran, en realidad, lanzamientos de misiles de prueba estadounidenses desde un submarino situado a 5.000 kilómetros de las islas. Cotejó las horas en las que los observadores habían visto las luces raras en el cielo y las comparó con documentos desclasificados del ejército estadounidense donde se consignaban estas maniobras militares y los lanzamientos. Y comprobó que las horas coincidían.

De los 122 casos españoles, Ballester Olmos ha resuelto 114 aportando una causa plausible. Los ocho restantes, según el investigador, son demasiado antiguos como para recabar ya la información necesaria y fiable. Este ufólogo considera que el informe estadounidense es muy pobre. “Tiene importancia histórica, pero me temo que deben evaluar mejor las apreciaciones de sus pilotos y, sobre todo, la fiabilidad de sus sensores de ultimísima generación instalados a bordo de sus aeronaves. Lo que dice un piloto no tiene que ir a misa. También los pilotos se equivocan, como cualquiera”, añade Este especialista recuerda: “Tras 70 años de fenomenología, no se ha hallado ninguna evidencia de que los ovnis sean extraterrestres. Son simplemente un mito contemporáneo”.

Pero entonces, ¿No hay nadie ahí fuera? Para consignar el número de planetas que se calcula que existen en el universo es necesario poner un 1 seguido de 22 ceros. Esto: 10000000000000000000000. ¿Todos están vacíos excepto el nuestro? Ya lo expresó Carl Sagan: “Que solo la Tierra esté habitada es un increíble desperdicio de espacio”. Carlos Briones, investigador en el Centro de Astrobiología, dependiente del CSIC y del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial, es autor del reciente libro ¿Estamos solos? En busca de otras vidas en el cosmos. Briones asegura que es muy probable que encontremos vida, incluso pronto e incluso en el Sistema Solar: “En Marte y, por ejemplo, en dos satélites de Júpiter en los que parece haber agua debajo de grandes capas de hielo”. El agua es un ingrediente esencial para cocinar la sopa biológica que transforme la química en vida. Otra cosa es que sea vida inteligente capaz de viajar y de comunicarse con otros planetas. Para que eso ocurriera en la Tierra se tuvieron que encadenar millones de millones de casualidades a lo largo de miles de millones de años, recuerda Briones. Entre otras cosas, que un asteroide se estampara contra nuestro planeta y extinguiera a los dinosaurios, dando así una oportunidad a los mamíferos.

Y si todo eso pasara también en alguno de esos remotos planetas, el viaje hasta aquí sería inconcebiblemente largo. Solo el diámetro de la Vía Láctea mide más de 100.000 años luz. Será muy difícil que nos encuentren en el espacio. Y también en el tiempo, como matiza el astrofísico René Duffard. El Big-Bang ocurrió hace 13.800 millones de años. Si ese primer momento primigenio fuera el primero de enero de un año hipotético, en el último segundo del último día de diciembre Colón llegaría a América. Los visitantes interestelares solo dispondrían de menos de un segundo para localizarnos, saber que existimos y hacernos saber que existen. Si hubieran llegado, pongamos, a finales de septiembre, solo habrían encontrado un planeta joven, hostil y vacío bombardeado incesantemente por meteoritos y estrellas. Si hubieran llegado en agosto no habrían encontrado ni la Tierra.

En un diálogo del escritor James Miller recogido en el libro de Briones, una mujer le pregunta al oráculo si estamos solos en el universo. El oráculo le responde que sí. Ella le replica:

– Entonces, ¿No hay vida ahí fuera?

– La hay. Ellos también están solos.

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Puestos a matar, la naturaleza es el líder

Fauci y la OMS presionan a Pekín para que facilite datos y acceso

Un murciélago.
Un murciélago.

Estos días hemos vuelto a hablar del origen del SARS-CoV-2, el coronavirus que causa la covid y ha puesto el mundo patas arriba. Cuando comparas su secuencia (gatacca…) con la de todos los coronavirus que se conocen, el más parecido es un coronavirus aislado de los murciélagos. Esto ya ocurrió con el SARS de 2003, con el ébola y con otros agentes patógenos. Los murciélagos se están ganando su mala fama a fuerza de evidencias. Una razón probable es el poderoso sistema inmune de esos mamíferos feos y oscuros, que les permite ser portadores de cualquier virus sin padecer la enfermedad ellos mismos. Pero no olvidemos tampoco lo que podríamos llamar la ley de Enjuanes, formulada por el virólogo Luis Enjuanes en la época del SARS: “los murciélagos son mamíferos, vuelan y muerden”. Un vector ideal, ¿no es cierto?

Al comparar secuencias genéticas, sin embargo, también se puede hacer un cálculo aproximado de cuánto divergen. Si la separación evolutiva entre dos virus es muy reciente, sus genomas serán muy parecidos. Si es más antigua, no lo serán tanto, y este es el caso del SARS-CoV-2, que su similitud con los coronavirus de murciélagos, al menos con los que han secuenciado hasta ahora, indica que los dos agentes infecciosos se escindieron en dos ramas independientes hace décadas. Este reloj evolutivo no es tan fiable como uno fabricado en Suiza, porque la tasa de mutación no depende solo del tiempo, y puede aumentar o disminuir según las circunstancias. Pero desde luego descarta un salto reciente y directo de murciélago a personas. De ahí la popularidad del escamoso pangolín, uno de los animales que se han propuesto como intermediarios en el salto a humanos, también bastante feo, por cierto. Esta hipótesis sigue viva, pero no ha podido comprobarse.

Anthony Fauci, el gran inmunólogo estadounidense y la única persona que se atrevió a enfrentarse a Donald Trump por su esotérica gestión pandémica, ha reactivado estos días la hipótesis de que el SARS-CoV-2 se escapara de un laboratorio de Wuhan, la ciudad china que fue el probable foco de la pandemia. Ese instituto investiga desde hace años en coronavirus de murciélagos, y la posibilidad del escape no se puede descartar. Pero no hay nuevos datos que alimenten esa idea, que ya avanzó hace meses la misión que la Organización Mundial de la Salud (OMS) envió a Wuhan justo para investigar el origen del virus. Se puede interpretar que tanto Fauci como la OMS tratan de presionar a Pekín para que facilite todos los datos y el acceso de científicos independientes a los laboratorios de Wuhan. En el pasado ha habido otros escapes, aunque de una naturaleza muy local y gestionable, nada comparable a esta pandemia. Pekín debe ser trasparente si quiere convencer al mundo.

Pese a todo, el poder de la madre naturaleza para generar el caos sigue siendo muy superior al de los científicos. La gripe española, que en realidad vino de un cuartel de Kansas, se dio a conocer en la primavera de 1918, pero no fue hasta la segunda ola de finales de ese año cuando alcanzó su espantosa letalidad, que mató a 50 millones de personas. Por entonces no se sabía ni lo que era un gen.

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De nuevo sobre la problemática “ciencia del hombre”

Cuatro problemas fundamentales de la ciencia, que podrían cambiar todo lo  que sabemos

Decimos: “el hombre es uno de los resultados de la evolución natural”. Si además añadimos: “no hay variables exteriores a la naturaleza que hayan intervenido en la emergencia del hombre”, entonces parece lícito afirmar: “el hombre es un mero ser natural”. Sin duda a lo largo de la historia se han avanzado hipótesis contrarias a esta reducción, y ello en base a inquietudes espirituales de elevadísima profundidad. Pero simplemente tales hipótesis no pueden entrar en juego cuando el marco de discusión es el científico. La ciencia, no lo olvidemos, tiene emblema en la física, y lo que da nombre a esta, su objetivo no es otro que la naturaleza (physis).

En base a la premisa de que el hombre es un ser meramente natural, en el radar de la ciencia (que tiene como objetivo explorar la naturaleza y hacerla inteligible) estaría el espectro del hombre. Y sin embargo es la propia ciencia, o al menos la reflexión sobre sus presupuestos de base, la que hace que surjan escrúpulos sobre el proyecto de una ciencia del hombre. Por ello vengo señalando que la naturalización del hombre (su reducción a potencial objeto de la ciencia natural) es algo problemático.

Tan indiscutible como que se da en el ser humano la disposición que caracteriza al espíritu científico, es el hecho de que la misma se inscribe en un marco previo: el hombre habla y entre las manifestaciones de la facultad de hablar se halla como un caso particular el hablar científicamente. Simplemente, la ciencia es un producto del lenguaje. Primero está el hablar y eventualmente este hablar llega a ser hablar como un matemático o en hablar como un científico. Y separo ambos aspectos en razón de que, aunque las descripciones de la ciencia se hayan revelado indisociables de la matemática, la esta última se da con independencia de la física, es decir, con independencia de la disciplina que es modelo mismo de la ciencia. Grandes civilizaciones en las cuales no se daba una concepción de la naturaleza que posibilitara la ciencia física, sí se daba ya un profundo conocimiento matemático. Se diría que la matemática (como barrunta Platón en el diálogo Menón) es mayormente inherente a las estructuras elementales del lenguaje que la ciencia de la naturaleza (habrá ocasión de retornar sobre este asunto).

Pero si el hablar que objetiviza aquello de lo que trata, el hablar que da cuenta de la la naturaleza, es sólo un modalidad del hablar, ¿cómo podría dar cuenta del ser que habla, del ser cuya propiedad singular es el hablar? Sostener que cabe dar cuenta científica del ser que habla, supone (explícita o implícitamente) dejar de considerar que la ciencia es un decir y que lo resaltado por la ciencia es algo dicho. Siendo anterior al decir, lo natural deviene vida, código, y en fin lenguaje.

Tenemos sin duda certeza de ser animales, y asimismo certeza de que hablamos. Pero no podremos nunca tener certeza alguna del origen del lenguaje, por razones que ya en su día puso de relieve el padre de la lingüística Ferdinand de Saussure, y que aquí he retomado desde un ángulo diferente que cabe expresar así: la ciencia sólo podría dar cuenta del lenguaje situándose ella misma fuera del lenguaje.

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El pensamiento quiere saber de sí mismo

Diez -o más- curiosidades sobre el cerebro humano

“Kaì ’éstin… nóesis noéseos noéseos” (“Y es un pensamiento del pensamiento del pensamiento” Aristóteles sobre el motor del cosmos)

Pese a los logros en la exploración y descripción, los científicos aceptan la perplejidad en la que siguen inmersos cuando se trata del cerebro humano, empezando por su origen, es decir, por las condiciones de posibilidad y necesidad de su aparición.

El intento de salir de la misma ha conducido a proyectos como el llamado Brain Initiative, apoyado en 2013 por el presidente Obama y que se presenta como el equivalente en el campo de las neurociencias de lo que el proyecto genoma humano ha sido en el campo de la genética. Una de las almas del mismo, el neuro-biólogo Rafael Yuste (universidad de Columbia y DIPC- Donostia International Physics Center) apuesta a que pronto la tecnología permitirá hacer un mapa del estado de nuestro cerebro, no sólo de lo que estamos percibiendo en acto, sino también de lo que estamos deseando o temiendo. El método es holístico, es decir, la intervención en las partes exige tener un trazado del Todo. El todo ni más ni menos que del cerebro…de ahí las exigencias deontológicas, que obligan a extremar las precaución, al menos en el contexto de la investigación académica: se empieza por penetrar en el cerebro de los animales para ver las causas de eventuales deficiencias en el comportamiento de los mismos, pero la finalidad es llegar a hacerlo en el de los humanos, entre otras cosas para intentar entender mecanismos como el Parkinson o el Alzheimer. Sin duda las máximas que motivan no siempre son tan encomiables. Yuste no ha dejado de poner en guardia sobre las posibles consecuencias negativas: utilización por grupos o estados a los que poco importa la medicina o el conocimiento, pues su objetivo es llegar a manipular el cerebro de los ciudadanos.

Si se piensa que en un cerebro humano en ocasiones están actuando simultáneamente alrededor de 90000 millones de neuronas, se entiende lo titánico del esfuerzo que exige quizás mayor colaboración interdisciplinar que la necesaria para establecer un mapa del universo. Así los neurólogos se apoyan hoy en la nano-tecnología, pero obviamente también en la ingeniería genética, la inteligencia artificial y otras disciplinas. La modalidad de funcionamiento sináptico que opera en el cerebro de los animales superiores posibilita que se den cosas tan prodigiosas como la percepción sensorial, y en el caso del animal humano, se añade el pensamiento racional. Y si una máquina como el “transistor de sinapsis”( a la que en otro momento hago referencia) fuera capaz de emular el funcionamiento del cerebro, estaría cercana la perspectiva de considerar que hemos dado lugar a entes que se nos aproximan. Sin embargo en lo esencial la perplejidad aún perdura.

Rafael Yuste admite que uno de los retos es llegar a saber lo que es un pensamiento. Cree que si se llega a saber cómo se forja un pensamiento se entenderá quizás qué es el cerebro humano. O sea: se admite que en el pensamiento reside esa misteriosa clave de nuestro ser que ya obsesionaba a Platón. La hipótesis es que el pensamiento (y con ello las emociones que en el hombre están vehiculadas por ideas, así el amor o el odio) es una propiedad emergente de las propiedades de las neuronas funcionando simultáneamente. Pero esta afirmación nos conduce a preguntarse qué se entiende por propiedades emergentes, pues veremos que las propiedades emergentes más interesantes, aquellas que John Searle califica como “de segundo orden”, son puestas en tela de juicio por múltiples filósofos, en primer lugar el propio Searle.

En el proyecto Brain se trabaja, como antes decía, con ratones, intentando trazar el mapa completo de su cerebro. Pero es más: no sólo se “lee” en el cerebro del ratón, sino que se “escribe” en el mismo, haciendo que el ratón reaccione a imágenes no presentes como si lo estuvieran. Desde un punto de vista estrictamente científico el recurso a este animal es muy indicado, pues el ratón tiene un alto grado de homología genética con el humano, así que todo lo que sepamos del cerebro del ratón tiene muchas probabilidades de ser útil con vistas al conocimiento de nuestro propio cerebro. Pero desde luego el conjunto de información así obtenida no bastará para explicar el comportamiento humano, y ello no sólo porque hay variables en el cerebro humano no presentes en el del ratón, sino también porque estas otras variables impregnan las que sí tenemos en común, perturbando hasta la deformación lo que de ellas cabe esperar. Una de estas variables es obviamente la facultad de lenguaje, que tiene un soporte genético pero que no se explica exclusivamente por la genética, es decir, no es posible objetivizarla plenamente, o sea, reducirla a objeto de ciencia.

Ya en 2009 el equipo de Svante Pääbo indujo en un ratón la mutación del gen FXP2 que se ha vinculado al lenguaje, con el resultado de que se alargaron las dendritas en algunas de las regiones de su cerebro y sobre todo que su vocalización empezó a emitir sonidos mayormente parecidos al llanto de los niños, de lo cual cabía extraer que en el pequeño animal se había dado una aproximación a las condiciones genéticas de posibilidad de las imágenes acústicas del lenguaje. ¿Significa ello que el ratón se había aproximado a la dimensión semántica del lenguaje? Sería osado aventurarlo. Ni ese ratón genéticamente modificado ni el chimpancé ni el bonobo hablan, aunque sean introducidos en un medio social en el que opera el lenguaje humano, mientras que el humano (salvo el caso de infortunada deficiencia) sólo dejará de hablar si se le excluye de tal medio, así el caso de los llamados niños salvajes.

La pregunta es reiterativa: ¿el mapa de variables que explican, por ejemplo, las deficiencias en el cerebro animal que son generadoras de una enfermedad, ¿es cualitativamente coincidente con el mapa de las variables que explican la deficiencia en el caso de los humanos? Y en general, el mapa total del cerebro humano ¿sólo varía en relación al ratón de la misma manera que el de este lo hace en relación al chimpancé? O aún: ¿la diferencia entre hombre y ratón o chimpancé es del mismo tipo que la que se da entre estos últimos? Y en definitiva ¿es el cerebro humano el cerebro de una animal entre otros animales?

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LOS TIBURONES REALIZAN LARGOS VIAJES MIGRATORIOS NAVEGANDO A TRAVÉS DE CAMPOS MAGNÉTICOS

TIBURONES MAGNÉTICOS SE MUEVEN POR LOS OCÉANOS
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Los tiburones son unos de los de los depredadores más temibles de la tierra, pero también son organismos sofisticados con una capacidad sensorial increíble.

Cuando se piensa en la capacidad de orientarse y viajar grandes distancias se suele pensar en las aves o en los salmones, pero los tiburones, específicamente los tiburones blancos (pero no únicamente) también logran realizar enormes trayectos. Según reporta National Geographic, algunos tiburones viajan desde Sudáfrica a Australia y de regreso.

Las proezas migratorias de los delfines ya eran conocidas, pero hasta hace poco no se sabía cómo las realizaban. Se barajó la posibilidad de que lo lograran a través de su prodigioso sentido de olfato, pero no es suficiente para atravesar estas largas distancias con una navegación precisa.

La solución al acertijo vino de parte del biólogo Brian Keller, quien trabaja para el National Oceanic and Atmospheric Administration de Estados Unidos. Keller probó la teoría de que los tiburones, como otras especies, incluyendo a las aves y las arañas, son capaces de usar los campos magnéticos de la tierra para desplazarse.

Los tiburones acceden a una especie de “mapa magnético” que le permite orientarse, emprender un viaje a aparearse y regresar a casa. Keller mostró en sus estudios que los tiburones tienen una especie de mapa sensorial que les permite saber a dónde ir. El artículo correspondiente a esta investigación, fue publicado el 6 de mayo de 2021 en la revista especializada Current Biology, y lo puedes encontrar en este enlace.

Para comprobar esto colocó a tiburones en un tanque y los expuso a diferentes campos magnéticos, lo cual les hizo nadar en diferentes direcciones, desorientándolos. Este mecanismo de navegación también ha sido encontrado en tortugas marinas.

Nuevos estudios buscarán indagar si los “mapas magnéticos” de los tiburones son algo aprendido o algo innato. Si el caso de los pájaros, que han sido más estudiados puede, ser un ejemplo, es probable que los mapas sean aprendidos. Pero de cualquier manera queda por entender el modo en el que los sensores eléctricos de los tiburones operan. 

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LA CÁMARA ANECOICA

Puede ser una imagen de una persona
“El compositor e investigador John Cage demostró que el silencio absoluto no existe en el planeta Tierra, pues comprobó que, por más que se aislase, acababa escuchando los sonidos que emitía su propio cuerpo.
No obstante, lo que sucede dentro de una cámara anecoica tiene mucha miga. En primer lugar, tus oídos se adaptarán al silencio. Poco después, en efecto, empezarás a oír los latidos de tu corazón, centrarás la atención en tu respiración e incluso llegarás a escuchar un gorgoteo en tu estómago.
Más tarde, intentarás levantarte y caminar, pero perderás el equilibrio, ya que nos orientamos a través del oído interno y, al no haber sonido, podrías perder la capacidad de desplazarte normalmente.
Por último, te sentarás y no podrás mantenerte así más de 15 minutos, pues al no existir estímulos auditivos externos (sólo los de tu propio cuerpo), el cerebro empezará a confundirse y a crear “sonidos” propios. Treinta minutos más tarde, en muchos casos, empezarás a tener alucinaciones y a delirar.
No podemos vivir sin sonido.
No podemos vivir sin música.”

HONGOS, ¿EL PLÁSTICO DEL FUTURO?

POR SU ELEVADA CAPACIDAD PARA DEGRADARSE NATURALMENTE, LOS HONGOS PODRÍAN SER LA BASE DE BIOMATERIALES QUE REEMPLACEN AL PLÁSTICO
Hongos, ¿el plástico del futuro?

Como es sabido, en nuestra época el uso del plástico se ha convertido en un problema no sólo ambiental, sino incluso de salud. Aunque, de inicio, los plásticos comenzaron por ser considerados una materia contaminante de importancia, que afectaba ecosistemas de todo tipo, ahora, debido a su uso excesivo y su descomposición gradual y lenta, se les ha detectado lo mismo en el agua de los océanos que en las montañas o en suelos agrícolas y de otro tipo, en todos los casos, teniendo como consecuencia el paso de micropartículas de plástico a organismos vivos como peces, animales terrestres y, por efecto de la cadena alimenticia, al ser humano, a la fecha no se sabe del todo bien con qué efectos sobre el bienestar del planeta y del ser humano.

Es claro que el plástico es uno de los materiales que tendría que ser reemplazado tan pronto como fuera posible en los distintos usos que tiene en la actividad humana. Y esta, claro, es parte de la dificultad, pues si el plástico es tan omnipresente –de verdad casi no hay ámbito de lo humano donde no se le encuentre– es porque se le considera sumamente efectivo para los propósitos más diversos. 

Y ese, sin duda, es el reto: ¿qué material podría reemplazar al plástico tal y como se usa actualmente y, al mismo tiempo, dejar de contaminar al planeta con los residuos dejados por éste?

Una alternativa que se ha explorado recientemente se encuentra, para sorpresa de muchos, en los hongos.

A la fecha, son varios los laboratorios, investigadores y empresas que han buscado la manera de desarrollar un biopolímero cuyo componente principal esté relacionado con los hongos de una manera importante. La idea de derivar un material a partir de hongos implica que el resultante sería altamente biodegradable y, por ende, su impacto ambiental sería bajísimo.

Entre los esfuerzos realizados, un denominador común es el uso de micelio como parte fundamental del biomaterial en cuestión. Micelio es el nombre que reciben las partes subterráneas de los hongos (que, de hecho, son la mayoría del cuerpo de éstos). 
El micelio es el conjunto de hifas que forman la parte vegetativa de un hongo. Por su acción en el subsuelo se le considera una especie de “reciclador” de la naturaleza, pues es capaz de descomponer materia que otros organismos no. En gran medida, el micelio de los hongos es el responsable de transformar productos como plástico, metales y otros en nutrientes para el medioambiente.

Como vemos, por sí solo el micelio tiene una cualidad sumamente atractiva para volverla parte de un material de uso humano, la cual es su facilidad para degradarse rápida y naturalmente, a diferencia del plástico, que puede tardar hasta mil años en descomponerse por completo.

Pero por si ello fuera poco, un rasgo sorprendente de los biomateriales derivados de éste es que no son fabricados, sino que literalmente crecen solos. La imagen a continuación es un ejemplo de Hæckels, una empresa de belleza y cuidado de la piel que utiliza bioempaques para sus productos.

HONGOS, ¿EL PLÁSTICO DEL FUTURO?

¿Será este el futuro de los empaques? ¿Y qué pensar de todas las otras actividades humanas donde el plástico se utiliza? Sin duda estas preguntas no son sencillas de responder, pero, al menos, es un tanto esperanzador que existan alternativas, personas decididas a desarrollarlas y otras a emplearlas.

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COMUNICACIÓN EN TIEMPO REAL CON SOÑADORES LÚCIDOS ABRE NUEVAS FRONTERAS EN EL ESTUDIO DE LA MENTE

FASCINANTES INNOVACIONES EN EL ESTUDIO DE LOS SUEÑOS LÚCIDOS
Comunicación en tiempo real con soñadores lúcidos abre nuevas fronteras en  el estudio de la mente

Los sueños han sido tradicionalmente la dimensión de la magia y el alma (o la psique), desde Homero hasta Freud. Pero en tiempos recientes, esta dimensión maravillosa está siendo estudiada por la neurociencia de maneras novedosas. Particularmente un tipo de sueño, el sueño lúcido, ha generado una especie de ola de interés en el último año, luego de que investigadores de la Universidad de Northwestern hicieran “contacto” en tiempo real con personas mientras soñaban.

De manera asombrosa, los individuos que participaron en este estudio fueron capaces de responder a las preguntas que les hicieron los científicos con movimientos faciales y realizar operaciones simples, probando además que estaban conscientes mientras soñaban (lo cual, cabe mencionar, no es algo que se hubiera puesto en duda). Este diálogo onírico entre investigadores y oneironautas ha abierto una puerta de investigación científica. 

Los sueños lúcidos han sido documentados desde hace mucho tiempo, pues ocurren de manera espontánea en muchas personas. Algunas culturas milenarias, como la tibetana, han desarrollado sofisticadas prácticas para despertar en el sueño y le han atribuido a estos sueños una dimensión espiritual. En el terreno de las ciencias occidentales, los sueños lúcidos empezaron a ser investigados apenas en el siglo XIX, siglo que vio la efervescencia de la parapsicología, la hipnosis, el mesmerismo y toda suerte de disciplinas relacionadas. Pero no fue sino hasta la década de los años setenta, en pleno siglo XX, que los sueños lúcidos fueron objeto de investigación más avanzada en términos del mainstream científico. El responsable de esto fue Stephen Laberge, de la Universidad de Stanford, quizá el más grande experto en la ciencia de los sueños lúcidos.

A partir del trabajo de Laberge y otros, se han popularizado diversas técnicas e incluso aparatos con los cuales la mayoría de la gente puede tener sueños lúcidos. Algunas personas, debido a un talento natural, por la práctica misma o incluso por ciertas patologías, son capaces de tener sueños lúcidos a voluntad. Este tipo de soñadores ha posibilitado la investigación citada anteriormente.

Existen reportes anecdóticos de que los sueños lúcidos pueden ayudar a sanar traumas, lidiar con pesadillas o simplemente reducir el estrés de la gente. El potencial terapéutico de estos sueños, sin embargo, ahora podrá ser estudiado con mayor profundidad y precisión, toda vez que los investigadores han logrado desarrollar una técnica para comunicarse con soñadores lúcidos.

El sistema de comunicación para tener “sueños interactivos”, ideado entre los soñadores en fase REM y los investigadores, podría permitir no sólo estudiar la función del sueño sino también la memoria y áreas inexploradas de la conciencia humana, que sigue siendo uno de los grandes misterios del universo. 

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El hombre cuenta (I): desde su enfermedad, desde su nada

Víctor Gómez Pin: «La filosofía es el destino de la ciencia» - Jot Down Cultural Magazine

Para hacer perceptible lo reciente de la aparición del hombre, los físicos en ocasiones recurren a una trasposición de las etapas de la evolución del universo y el transcurso de una película de tres horas. Recordemos algunos datos aproximados:

El Universo “surgió” hace 13.500 millones de años, esa estrella que es el sol  data de 5.000 millones de años,  la Tierra se formó hace 4.500 millones de años. ¿Y la vida?  Hace 3.500 millones de años aparecen los primeros organismos unicelulares. Los primeros mamíferos aparecieron hace 300 millones  de años. Los homínidos datan aproximadamente de seis millones de años  y los humanos habitamos la tierra hace quizás 4 millones de años, aunque el llamado “homo habilis”,  aparece  hace sólo  2500 millones de años.

Vayamos ahora a la transposición a escala en la película de tres horas.  La vida aparecería treinta minutos antes del final, los animales únicamente cinco minutos. ¿Y los humanos? Sólo  serían  introducidos una fracción de segundo, tan ínfima que el espectador no se apercibiría de ello. Supongamos ahora que una catástrofe nos hiciera desaparecer, por ejemplo en el año tres mil. Nuestra presencia total  no habría superado esa mínima fracción de segundo. ¿Fracción insignificante? Poco a poco.

Piénsese que en ella habría tenido cabida desde  el transcurrir de la técnica, la ciencia, el arte la filosofía y… el cúmulo de interrogaciones y respuestas sobre lo que tiene significativo peso y lo que es in-significante. Por ejemplo, la pregunta  misma sobre si lo inconmensurable  del transcurso temporal desde la existencia del hombre en relación al conjunto de la historia  evolutiva tiene correspondencia en el peso a otorgar a ese momento final en relación al conjunto.

Pues sólo en esa ínfima fracción de segundo entra en escena  un hacedor de signos, un ser que otorga significado, o más bien significados múltiples  bajo un mismo signo, y sin cuya acción  obviamente todo carecería de significación. En esta fracción de segundo aparece  el ser que “da cuenta” remitiendo a principios asumidos como evidencias (base de la ciencia), mas también el ser que simplemente “cuenta”,  en todo caso el ser que  dirime, acota, muestra  la no confusión y así, entre otras cosas, marca  la diferencia entre lo enorme y lo diminuto, entre lo que tiende a infinito y lo que se aproxima a lo infinitesimal.

No hay forma de escapar a esta paradoja: el proceso que constituye el universo (es decir, la historia de la transformación de la energía) sólo aparece muy dilatado en razón de que un ser efímero, “desde su enfermedad, desde su nada”, estupefacto ante su entorno, se esfuerza por ordenarlo y contarlo a la vez que  persiste en conferirle un sentido, un ser que como el Spinoza de Borges  “desde su enfermedad, desde su nada/ sigue erigiendo a Dios con la palabra”.

https://www.elboomeran.com/author/victor-gomez-pin/