¿Por qué los árboles de todo el mundo son cada vez más raquíticos?

El cambio climático provoca que los árboles sean más pequeños y más jóvenes, según un nuevo estudio

¿Por qué los árboles de todo el mundo son cada vez más raquíticos?

¿Será cada vez más difícil encontrar una buena sombra bajo las ramas? El cambio climático está provocando cambios innegables en el planeta, incluidos el tamaño y la edad de los árboles, según una nueva investigación publicada en la revista «Science». Los ejemplares, dicen los científicos, son cada vez más pequeños y jóvenes, lo que tiene amplios impactos en los ecosistemas globales.

Los investigadores, dirigidos por el Laboratorio Nacional del Noroeste del Pacífico (PNNL) del Departamento de Energía de EE. UU., creen que estas alteraciones, ocurridas durante el último siglo, son causadas por el aumento de la temperatura y del dióxido de carbono, y de la frecuencia y la gravedad de perturbaciones como incendios forestales, sequías, daños por el viento y otros enemigos naturales. Estos factores, combinados con la cosecha forestal, son los que han provocado una fuerte disminución en la edad y la estatura de los bosques.

Incendios y sequías

Según explican, los niveles más altos de dióxido de carbono en la atmósfera, que han aumentado drásticamente desde la Revolución Industrial, pueden aumentar la tasa de crecimiento de un árbol y la producción de semillas. Sin embargo, tal fertilización solo ocurre en bosques más jóvenes con abundantes nutrientes y agua. Esto no ocurre en la mayoría de los bosques del mundo, lo que reduce significativamente los beneficios del dióxido de carbono para los árboles.

Al mismo tiempo, el aumento de las temperaturas limita la fotosíntesis que da vida, lo que conduce a un menor crecimiento, una mayor mortalidad y una menor regeneración. Esta es una de las causas de que los árboles sean más bajos. Por su parte, las sequías, cuya frecuencia, duración y gravedad aumentarán a nivel mundial, pueden causar directamente la muerte del árbol o, indirectamente, conducir a la mortalidad por el ataque de insectos o patógenos.

Otros factores que alteran los bosques son los incendios forestales. No solo están aumentando, sino que en el futuro pueden ser más frecuentes de lo que han sido en los últimos 10.000 años en algunas regiones, según el estudio. El crecimiento de las plantas después de los incendios forestales puede ser lento o no suceder debido a las temperaturas elevadas. También han aumentado las plagas. El almacenamiento de carbono perdido por los insectos cada año es el mismo que la cantidad de carbono emitida por 5 millones de vehículos, según un estudio publicado el año pasado. Se espera que esto continúe con el calentamiento, junto con otras alteraciones como hongos y bacterias. En los trópicos, las enredaderas que usan otras plantas como estructuras huésped asfixian a los árboles hasta la muerte.

Finalmente, la tala para la industria ha reducido la cantidad de bosques y los bosques antiguos en todo el mundo. Cuando los bosques se restablecen en la tierra cosechada, los árboles son más pequeños y se reduce la biomasa.

Un planeta diferente

Todo esto paga una factura muy cara, ya que «implica la reducción de los bosques en su capacidad de almacenar carbono y cambios potencialmente grandes en la mezcla de especies que componen y habitan estos bosques», señala Tom Pugh, del Instituto de Investigación Forestal de Birmingham (BIFoR).

Y lo peor de todo, según concluyen los investigadores, es que es probable que esta tendencia continúe debido al calentamiento climático. Desafortunadamente, todos los factores relacionados con la mortalidad forestal aumentarán en frecuencia y severidad durante el próximo siglo, vaticinan los autores. Hacen una advertencia: «Un futuro planeta con menos bosques grandes y viejos será muy diferente de lo que nos hemos acostumbrado».

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Un enorme agujero en la capa de ozono causó una extinción masiva hace 360 millones de años

El mecanismo, no descrito hasta ahora, tiene importantes implicaciones para la situación actual de la vida en la Tierra

Un enorme agujero en la capa de ozono causó una extinción masiva ...

Hace 360 millones de años, un evento desconocido causó la rápida desaparición de gran parte de las plantas y las especies de agua dulce de la Tierra. Ahora, un equipo de investigadores de la universidad británica de Southampton ha descubierto que el “culpable” fue el colapso de la capa de ozono que protege nuestro planeta de la dañina radiación ultravioleta. El hallazgo, recién publicado en Science Advances, tiene profundas implicaciones para el mundo actual.

Durante la larga historia de la vida en la Tierra, se han producido varias grandes extinciones masivas. Hoy sabemos que una, la que acabó con los dinosaurios hace 66 millones de años, fue causada por el impacto de un meteorito. Otras, como la que tuvo lugar en el Pérmico hace 252 millones de años, se deben a enormes erupciones volcánicas masivas a escala continental.

Y ahora, este estudio demuestra que también un alto nivel de radiaciones ultravioleta puede colapsar los sistemas forestales y matar a muchas especies acuáticas, como los peces y los terápodos (nuestros lejanos antepasados), que vivieron en el período Devónico, hace 359 millones de años. En esta ocasión, pues, no hubo meteoritos ni erupciones, sino un gran agujero en la capa de ozono provocado por un súbito calentamiento global justo después de una intensa edad de hielo. ¿Les suena?

Resulta inevitable, de hecho, comparar aquella situación con la actual, y los investigadores sugieren en su estudio que en muy poco tiempo, la Tierra podría alcanzar temperaturas comparables, lo que posiblemente desencadenaría un evento similar.

Para su investigación, los científicos recolectaron muestras de rocas en las regiones polares montañosas del este de Groenlandia, que en aquellos tiempos formaban el lecho de un antiguo lago en el árido interior de un continente que incluía a las actuales Europa y América del Norte. El lago, en el hemisferio sur del planeta, pudo ser similar al actual lago Chad, en el borde del desierto del Sahara.

También se recogieron rocas de las montañas andinas sobre el lago Titicaca, en Bolivia. Esas muestras proceden del antiguo continente sur de Gondwana, que en el Devónico estaba más cerca del Polo Sur. De este modo, los investigadores obtuvieron pistas de lo que estaba sucediendo en aquél momento, tanto cerca del Polo Sur como en el ecuador.

Una vez en sus laboratorios, las rocas se disolvieron en ácido fluorhídrico, liberando así esporas de plantas microscópicas como helechos, conservadas en el interior de las rocas durante cientos de millones de años. Al microscopio, los científicos descubrieron que muchas de esas esporas tenían unas extrañas espinas en su superficie, una forma de responder a la radiación ultravioleta que dañaba su ADN. Además, muchas esporas tenían una suerte de “paredes” de pigmentación oscura, que los científicos consideran como una especie de “bronceado” protector ante el aumento de los rayos UV.

La conclusión fue que durante aquél periodo de rápido calentamiento global, la capa de ozono colapsó durante un tiempo, exponiendo a la vida del planeta a niveles dañinos de radiación ultravioleta y desencadenando un evento de extinción masiva tanto en tierra como en aguas poco profundas. El mortífero evento tuvo lugar hace 360 millones de años, en el límite que separa el Devónico del Carbonífero.

Así desapareció el ozono

Tras derretirse las capas de hielo, el clima se calentó rápidamente, y ese aumento de temperaturas empujó hasta la atmósfera superior elementos químicos capaces de destruir ozono, lo que causó un agujero que dejó entrar, durante varios miles de años, una gran cantidad de radiación ultravioleta.

John Marshall, de la Escuela de Ciencias del Océano y la Tierra de la Universidad de Southampton y director del estudio, explica que “el escudo de ozono desapareció durante un tiempo en este antiguo periodo, coincidiendo con un breve y rápido calentamiento de la Tierra. De forma natural, nuestra capa de ozono está siempre en un estado de flujo, creándose y perdiéndose constantemente, y hemos demostrado que eso también sucedió en el pasado y sin necesidad de un catalizador, como una erupción volcánica a escala continental”.

Durante la extinción, algunos tipos de plantas lograron sobrevivir, pero sus ciclos fueron alterándose gravemente a medida que el ecosistema forestal colapsaba. El entonces grupo dominante de peces blindados se extinguió por completo y los peces óseos que sobrevivieron, como los tiburones, se convirtieron a partir de entonces en los peces dominantes de nuestros ecosistemas.

Nuestros antepasados, afectados

La extinción, además, llegó en un momento clave para la evolución de nuestros propios antepasados, los terápodos. Los primeros terápodos, en efecto, fueron peces que evolucionaron para tener extremidades en lugar de aletas, gracias a las cuales pudieron dar sus primeros pasos fuera del agua. Se trataba de criaturas aún eminentemente acuáticas y cuyas extremidades tenían un gran número de dedos en manos y pies. La extinción redirigió su evolución, y los que sobrevivieron fueron los que mejor adaptados estaban a vivir fuera del agua. Criaturas ya totalmente terrestres y con el número de dedos de manos y pies reducido a cinco.

Para Marshall, estos hallazgos tienen una serie de sorprendentes implicaciones para la vida actual en la Tierra: “Las estimaciones actuales -asegura- sugieren que alcanzaremos temperaturas globales similares a las de hace 360 millones de años, con la posibilidad de que un colapso similar de la capa de ozono pudiera ocurrir nuevamente, exponiendo la superficie terrestre y la vida marina superficial a una radiación mortal. Eso nos llevaría del estado actual de cambio climático a una auténtica emergencia climática”.

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Descubren las señales de un paraíso perdido para animales y personas

La Llanura Paleo-Agujas, hoy sumergida bajo el océano, al sur de Sudáfrica, fue un refugio para los humanos en los que abundó la comida tanto en periodos glaciales como interglaciales

Representación de una comunidad en la Llanura Paleo-Agujas durante el Pleistoceno

Representación de una comunidad en la Llanura Paleo-Agujas durante el Pleistoceno – Universidad de Colorado en Denver

G.L.S.

Detectan la potente erupción volcánica que amenazó al mundo antiguo
Los humanos que sobrevivieron al supervolcán Toba mientras el mundo agonizaba
Descubren nuevos indicios de una enorme pluma de magma en el supervolcán de Yellowstone
No muy lejos del cabo de las Agujas, la porción más meridional de África, hay un importante yacimiento arqueológico a apenas 100 metros del mar: la Cueva de Blombos. En esta caverna, explorada desde comienzos de los noventa, se han encontrado herramientas de hueso, cuentas y piezas de ocre de hasta 80.000 años de antigüedad que constituyen un interesante testimonio de la edad de piedra. Las evidencias más antiguas tienen hasta 140.000 años y apuntan a la presencia de marisqueo y quizás pesca.

Se cree que a medida que el clima de la Tierra fue cambiando y atravesando periodos glaciales e interglaciales el océano avanzó y retrocedió, pero que la cueva volvió a ser ocupada una y otra vez. Pero, ¿realmente estuvo desocupada en algún momento? Un estudio que se ha publicado recientemente en « Quaternary Science Reviews», ha concluido que los alrededores de la Cueva de Blombos, que reciben el nombre de Llanura Paleo-Agujas (PAP, en inglés), en honor al cercano cabo de Agujas, tuvieron unas condiciones tan buenas, que el asentamiento probablemente estuvo ocupado de forma permanente y hasta los animales migratorios se establecieron allí. Es decir, en la zona existió un auténtico paraíso hoy totalmente perdido.

«La Llanura de Paleo-Agujas, cuando estaba expuesta, era un Serengueti del Sur y seguramente una de las costas más ricas del mundo», ha dicho en un comunicado Curtis Marean, director del estudio e investigador en la Universidad del Estado de Arizona (EE.UU.). «La confluencia única de comida procedente de la tierra y el mar cultivó las complejas culturas reveladas por el registro arqueológico y proporcionó un refugio para los humanos durante los ciclos glaciales que hicieron emerger la llanura y que convirtieron gran parte del resto del mundo en un lugar poco acogedor para la vida humana».

La que antes fue fértil llanura hoy está sumergida bajo las frías aguas, frente a la costa de Sudáfrica. Lo que hoy son cuevas a unos cuantos metros del mar, en otro tiempo fueron refugios desde los que se dominaban las llanuras recorridas por ríos, lagos y todo tipo de animales.

Representación de las vistas desde la Cueva de Blombos hace 200.000 años (a la izquierda) y hoy (a la derecha)
Representación de las vistas desde la Cueva de Blombos hace 200.000 años (a la izquierda) y hoy (a la derecha) – Erich Fisher
«Hubo una enorme franja de tierra delante de las cuevas», ha dicho Jamie Hodgkins, primera autora del trabajo e investigadora de la Universidad de Colorado en Denver. «Creemos que es probable que los humanos y los carnívoros cazaran allí a los animales que migraban del este al oeste por la llanura».

¿Migraban los animales?

Con la finalidad de comprobarlo, los investigadores recurrieron a un análisis que permite estimar los patrones de movilidad de los animales en la antigüedad, por su relación con la dieta: estudiaron el contenido en isótopos de carbono y oxígeno en el esmalte de dientes de antílopes y otros herbívoros hallados en la zona, hace unos 150.000 años. En teoría, los isótopos podrían indicar si los animales se movían del este al oeste, y viceversa, con el paso de las estaciones.

Después de analizar los dientes de 39 individuos, incluyendo alcéfalos, ñúes y gacelas saltarinas, descubrieron que los isótopos no evidenciaban la existencia de movimientos migratorios. Por ello, los investigadores han propuesto que las condiciones eran tan buenas que incluso los animales migratorios se quedaban allí de forma permanente.

Las llanuras, al sur de la actual costa, estaban dominadas por dos tipos de vegetación. Los análisis del esmalte permiten analizar si los animales se movieron de unas franjas a otras
Las llanuras, al sur de la actual costa, estaban dominadas por dos tipos de vegetación. Los análisis del esmalte permiten analizar si los animales se movieron de unas franjas a otras – Universidad de Colorado en Denver

 

Un auténtico paraíso

«Sabemos que un importante sistema de ríos alimentaba la costa extendida, por lo que los animales no tenían que migrar», ha dicho Hodgkins. «Era una gran localización, muy rica en recursos».

Si los herbívoros campaban a sus anchas por la Llanura Paleo-Agujas, es de esperar que tanto los carnívoros como los cazadores humanos también lo hicieran.

«Durante los periodos interglaciales, cuando la costa se acercaba a las cuevas, los humanos tenían marisco y otros recursos marinos», ha comentado Jamie Hodgkins. «Y cuando la costa se alejaba en periodos glaciales, los cazadores tenían acceso a un medio terrestre muy rico, y no necesitaban ser tan móviles con todos esos herbívoros vagando por la zona».

De hecho, anteriormente se han hallado pruebas de que hubo humanos en la zona hace 74.000 años, coincidiendo con la erupción del supervolcán Toba, que creó un «invierno nuclear» que duró seis años. Ahora han podido confirmar que esto fue posible gracias a los generosos recursos de esta porción de tierra situada al borde del mundo.

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Descubren cuál es el volcán más gigantesco de la Tierra

El volcán Pūhāhonu, a casi 1.000 kilómetros al noroeste de Honolulu, ha desbancado al Mauna Loa. Curiosamente, apenas sobresale del oceáno unas decenas de metros

Descubren cuál es el volcán más gigantesco de la Tierra

Probablemente al pensar en un volcán se imaginará un estratovolcán, como el Teide o el Vesubio, una montaña cónica formada por muy violentas erupciones. Pero la realidad es mucho más compleja: la mayor parte de la lava generada en el planeta se libera a través de fisuras sumergidas en el océano. Además, la inmensa mayoría de los volcanes de la Tierra está en el Anillo de Fuego del Pacífico, un costurón de 40.000 kilómetros de largo que recorre las cosas de América, Japón y Nueva Zelanda: Allí se acumulan 425 volcanes, el 75% de todos ellos, y ocurren el 90% de los terremotos.

Por eso, a la hora de identificar el mayor volcán de la Tierra no basta con fijarse en la montaña más alta: hay que tener muy en cuenta la parte que queda sumergida bajo el mar o incluso en el subsuelo. Por eso, un grupo de investigadores de la Universidad de Hawái en Manoa, Honolulu, ha podido identificar cuál es el volcán más enorme de la Tierra: se trata de Pūhāhonu, un volcán sumergido situado al noroeste del archipiélago de las Hawái, en Estados Unidos. Sus conclusiones se han publicado recientemente en « Earth and Planetary Science Letters».

«Nuevos datos batimétricos –de las profundidades– y los mapas de gravedad, así como cálculos más refinados sobre el volumen y los análisis de petrología –estudio de la composición de las rocas– muestran que el volcán Pūhāhonu es el mayor y el más caliente de la Tierra», han escrito los autores del estudio, dirigido por Michael O. García.

La tortuga que sale a respirar

Desde la superficie, Pūhāhonu no es muy espectacular. Quien navegue por sus cercanías, a 952 kilómetros al noroeste de Honolulu, solo verá dos islotes, que apenas se elevan 50 metros sobre el nivel del mar y en los que solo recalan las gaviotas y los seres que viven incrustrados en las rocas. Su humilde porte explica que su nombre signifique «tortuga emergiendo para respirar», en hawaiano.

La humilde cumbre del volcán Pūhāhonu, 952 kilómetros al noroeste de Honolulu, Hawái
La humilde cumbre del volcán Pūhāhonu, 952 kilómetros al noroeste de Honolulu, Hawái – NOAA

Pero en la oscuridad, bajo las aguas, se esconde la más monstruosa «panza» de magma que se haya observado hasta ahora en el planeta. Los análisis han revelado que su tamaño es casi dos veces superior al de Mauna Loa, otro volcán hawaiano que hasta ahora era considerado como el mayor de la Tierra y que se eleva casi nueve kilómetros sobre el suelo oceánico, más que el Monte Everest.

De hecho, los investigadores han situado el volumen de Pūhāhonu entre los 119.000 y los 177.000 kilómetros cúbicos, mientra que Mauna Loa tiene 74.000. Es decir, Pūhāhonu puede ser hasta dos veces mayor que el que hasta ahora se pensaba que era el mayor volcán.

Tan masivo que dobla la corteza

Pūhāhonu apenas sobresale «para respirar», pero sus raíces se adentran mucho en las profundidades. Los investigadores han concluido que solo el 30% de su volumen sobresale en el suelo marino, mientras que el resto está oculto más abajo. De hecho, han concluido que la masa del volcán es tan enorme que ha hundido la corteza terrestre unos cuantos kilómetros, en el curso de los 14 millones de años en los que se formó.

En rojo, la masiva acumulación de magma del volcán Pūhāhonu
En rojo, la masiva acumulación de magma del volcán Pūhāhonu – Michael O.Garcia et al. 2020

La presencia de olivino y otros minerales en algunas rocas sugiere, según los autores, que el magma de este volcán estaba muy caliente, a cerca de 1.700ºC, más que cualquier otro volcán hawaiano. Esto es una importante pista que indica cuál pudo ser el origen del Pūhāhonu.

El espectacular origen de Hawái

Para comprenderlo hay que situarle en su contexto. El archipiélago de Hawái forma parte de uno de los sistemas volcánicos más estudiados: la Cadena de montes submarinos Hawái-Emperador. Este sistema es resultado de un «punto caliente»: una zona donde una pluma mantélica, una especie de fisura por la que ascendieron materiales muy calientes del interior del planeta, fue atravesando la corteza terrestre y creando volcanes.

Curiosamente, mientras que la pluma estuvo más o menos en el mismo punto, la placa tectónica del Pacífico se fue moviendo, de forma que la pluma fue creando una cadena de montañas submarinas de 6.200 kilómetros de largo que van desde Hawái a las islas Aleutianas, cerca de la costa oriental de Rusia. Allí hay cuatro voclanes activos, dos dormidos y 123 extintos: la mayoría de ellos tiene el aspecto de atolones o montañas marinas.

Según lo que han observado estos investigadores, el magma alcanzó temperaturas que indican que el proceso que hizo nacer a Pūhāhonu ocurrió de una sola vez: una única «onda» de magma ascendió, aumentó el diámetro del núcleo de material y creó una capa aislante que aumentó más las temperaturas.

Una pluma de 2.000 kilómetros de profundidad

Los investigadores reconocen que la Cadena de montes submarinos Hawái-Emperador es uno de los lugares donde mejor se ha estudiado el efecto de una pluma mantélica sobre la superficie. Pero argumentan que todavía hoy se pueden seguir descubriendo interesantes detalles sobre esta parte tan relevante del planeta, para alcanzar «una comprensión más completa de la mecánica y la evolución térmica de las plumas del manto».

Se estima que la pluma de este punto caliente tiene de 500 a 600 kilómetros de ancho y hasta 2.000 kilómetros de profundidad. En sus 85 millones de años de actividad, ha creado unos 750.000 kilómetros cúbicos de roca. Una minúscula parte de ellos hoy es el mayor volcán de la Tierra: su nombre es Pūhāhonu.

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¿Cuál es la probabilidad de que exista vida inteligente en otros planetas?

Un estudio publicado en PNAS apoyado en matemáticas apoya la tesis de que la vida se extiende rápido, pero a menudo no desarrolla inteligencia

Las antenas del SKA Pathfinder australiano de CSIRO con la Vía Láctea por encima
Las antenas del SKA Pathfinder australiano de CSIRO con la Vía Láctea por encima – Alex Cherney / CSIRO

Los científicos llevan buscando vida en otros planetas desde hace décadas sin que hasta ahora haya habido confirmación. Pero una cosa es encontrar vida y otra muy distinta vida inteligente. Para hallar evidencia de esto último hay proyectos, como SETI, que se dedican a escudriñar el universo para encontrar signos, presentes o pasados de civilizaciones extraterrestres. Sin embargo, que las pruebas de que exista la vida en otros planetas pueden estar aquí mismo, en la Tierra. Al menos eso es lo que piensa el científico David Kipping, de la Universidad de Columbia (EE. UU.).

En un reciente artículo publicado en la revista «Proceedings of the National Academy of Sciences» (PNAS), el astrónomo intenta acotar las posibilidades de que aflore vida extraterrestre en

 base a estadística bayesiana: tomando como referencia cómo surgió la humanidad en nuestro planeta, intenta probar mediante las matemáticas si el mismo camino se podría dar en otras partes del cosmos. Y Kipping llega a la conclusión de que si bien la proliferación de seres orgánicos es muy probable, no lo es tanto que se desarrolle su inteligencia.

Cuatro posibles escenarios

«La técnica aplicada es similar a la de las apuestas», explica Kipping. «Fomenta la prueba repetida de nueva evidencia en contra de su oposición, en esencia un ciclo de retroalimentación positiva de refinar las estimaciones de probabilidad de un evento». Es decir, las probabilidades de que se repita un suceso dado de la misma forma varias veces. Para ello, el astrónomo tomó cuatro posibles escenarios: la vida es común y a menudo desarrolla inteligencia, la vida es rara pero a menudo desarrolla inteligencia, la vida es común y rara vez desarrolla inteligencia y, finalmente, la vida es rara y rara vez desarrolla inteligencia. Una cosa es que surja la vida y otra que lo haga en forma de civilización.

Para su análisis, Kipping retrocede en el tiempo unos 300 millones de años, momento en el que se formaron los océanos y arco temporal en el que los científicos señalan que muy probablemente surgieron los primeros organismos vivos (el llamado LUCA, el primer pariente del que derivaron todas las especies, incluido el ser humano). Según escribe el investigador, la proliferación orgánica tan pronta en términos geológicos proporciona una estadística de 9:1 o incluso superior.

«Si los planetas con condiciones similares y líneas de tiempo evolutivas a la Tierra son comunes, entonces el análisis sugiere que la vida debería tener pocos problemas para emerger espontáneamente en otros planetas», señalan en un comunicado desde la Universidad de Columbia. Pero la evolución de la inteligencia es otra cuestión.

Raras civilizaciones

Para que se diera la humanidad, primero se tuvo que dar la vida. Y que se diera de forma temprana en nuestro planeta puede ser un requisito previo para que después se dé la inteligencia: es decir, no solo que la vida se habra paso, sino que lo haga durante tanto tiempo que sea capaz de evolucionar hasta que surjan especies inteligentes, lo que sin duda tomará mucho más tiempo. «Un resultado clave aquí es que cuando uno compara los escenarios de vida inteligente versus los de vida común; el escenario de vida común es siempre al menos nueve veces más probable que el raro», explica Kipping. Y la proporción de que surja vida inteligente cae a 3:2.

Entonces, ¿volvería a emerger la vida inteligente en nuestro si reiniciásemos el reloj?: «La vida surgió en la Tierra dentro del primer quintil de su ventana habitable, pero una civilización tecnológica no floreció hasta el último (…) Si volvemos a jugar la historia de la Tierra, la aparición de inteligencia es en realidad algo improbable», afirma el investigador.

Aplicado a otros planetas, significa que si la escala de tiempo para la evolución de la inteligencia es muy lenta, entonces un inicio rápido de la vida es realmente necesario para que emerja una civilización, pero la proliferación de una civilización avanzada «no necesariamente significa que sea un proceso generalmente rápido», escribe. Es decir, el estudio rechaza que la idea de civilización avanzada aparezca de forma rápida, como sí puede ocurrir con la vida en general.

«Esto no es raro, ya que se tardó varios miles de millones de años para que surgiera la vida inteligente aquí». Así que Kipping sentencia: «La posibilidad de que la inteligencia sea extremadamente rara y de que la Tierra ‘haya tenido suerte’ sigue siendo bastante viable». Aún así, muchos investigadores señalan que la vida se ha podido abrir paso de otras muchas formas. Quién sabe si la inteligencia ha tomado el mismo camino en otras partes del universo.

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La ración K, la dieta de moda durante la Segunda Guerra Mundial

Un nutricionista asesoró al gobierno estadounidense para asegurar una correcta alimentación en el frente de batalla

Kit de desayuno de la ración K
Kit de desayuno de la ración K – Wikipedia

La alimentación durante la guerra es un tema verdaderamente apasionante, sobre el que se ha debatido poco y reflexionado menos. En las primeras guerras documentadas los ejércitos se despreocupaban totalmente de la alimentación de su ejército, y eran los propios combatientes los que se tenían que asegurar su manutención.

Este hecho propició anécdotas muy curiosas desde familias completas que acompañaban a la tropa, hasta verdaderos supermercados ambulantes -con centenares de animales y toneladas de productos agrícolas- que seguían a los ejércitos hasta el frente de batalla.

En 1775 el Congreso de Estados Unidos tomó cartas en el asunto y asignó raciones de comida al ejército según hombre y semana, toda una innovación. Durante la Guerra Civil americana (1861-1865) se asignó un personal específico para que preparase la comida y la repartiese entre las compañías.

A pesar de todos estos avances, no fue hasta 1902 cuando aparecieron los primeros cocineros militares y, ese mismo año, la marina norteamericana publicó un manual con cien recetas de cocina.

El siguiente gran salto se produjo en la Primera Guerra Mundial, las trincheras, el barro y la posible contaminación con gas hizo necesario que los soldados se aprovisionasen con comida enlatada y con productos deshidratados. Sabemos que en esa contienda el ejército estadounidense distribuía contenedores de medio centenar de kilogramos herméticamente sellados y con alimentos para una veintena de hombres.

Unidad de cena de la ración K
Unidad de cena de la ración K – Wikipedia

De la ración A a la K

Durante el periodo entreguerras aparecieron las primeras dietas militares. La ración A, compuesta en un setenta por ciento por carnes y vegetales y que debía servirse caliente; la ración B, muy similar pero con productos enlatados; o la ración D, pensada para el regimiento de caballería.

La ración D, a diferencia de las anteriores, contenía una ración de chocolate amargo, mantequilla de cacahuetes y azúcar. Por último, estaba la ración C que ofrecía una terna de menús “variados”: carne con judías verdes, carne con guisado de verduras y carne con picadillo de verduras.

Cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial, el Departamento de Guerra decidió renovar la alimentación militar y, para ello, contó con el asesoramiento de un nutricionista, que diseñó la conocida “ración K”.

La letra es la inicial del apellido del experto en nutrición: Ancel Keys, un estadounidense que acuñó el término “dieta mediterránea”. Fue un personaje inquieto. Durante su juventud se dedicó a los oficios más variados, desde minero hasta marino mercante, pasando por recogedor de guano de murciélago.

Más adelante se graduó en Ciencias políticas y económicas, y tan sólo tres años después hizo lo propio en zoología. Su primer doctorado no tardó en llegar y fue en oceanografía y biología marina. No contento con esto se doctoró por segunda vez en fisiología, por la Universidad de Cambridge. Dicho de otro modo, Keys no era médico.

Derroche de sibaritismo

Unidad de cena de la ración K
Unidad de cena de la ración K – Wikipedia

Su famosa ración estaba compuesta de: dos paquetes de galletas, cigarrillos, chicles, azúcar, café instantáneo y una llave para abrir conservas, las cuales podían ser de carne, huevos, fruta, queso, jugo de limón, naranja o uva.

Además, se incluía cerillas, papel higiénico, sal, chocolate, dulces, caramelos y tabletas para purificar el agua. Como curiosidad, las últimas comidas, además, contenían una cuchara de madera. En conjunto, la ración K aportaba unas tres mil calorías diarias.

En el desembarco de Normandía se decidió dar un toque gastronómico, y se elaboró una ración específica: galletas de la ración K, chocolate de la ración D, café soluble, caldo deshidratado, caramelos, barras de fruta, carne enlatada, goma de mascar y tablas multivitamínicas. Una exquisitez culinaria que, seguro, hizo las delicias de los estómagos más exigentes.

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Uber-ficción

La empresa de transporte tiene una división llamada Elevate dedicada a desarrollar taxis voladores

Fotograma de la película "El quinto elemento" (1997) de Luc Besson. rn rn
Fotograma de la película “El quinto elemento” (1997) de Luc Besson.
Cuando un intelectual habla de ciencia ficción, el topicazo suele ser encomiar la clarividencia de Julio Verne. A mí las predicciones de Verne siempre me han parecido una tabarra. Si los coches van ahora por tierra firme, los vehículos del futuro irán bajo el agua (20.000 leguas de viaje submarino) o por el espacio exterior (De la Tierra a la Luna), o incluso seguirán viajando por tierra pero con una velocidad portentosa (Dueño del mundo). Son meras extrapolaciones de lo que ya existía en tiempos de Verne, y la extrapolación es la trampa para futuristas por antonomasia.
 

A finales del siglo XIX, los extrapoladores predijeron que Londres amanecería en pocas décadas sepultado por estrato sobre estrato de excrementos de caballo. Su cálculo era técnicamente correcto, pero no predijeron la invención del automóvil. Cuando yo estaba en aquella edad difícil de las hormonas y los granos leía a Verne con voracidad, pero no por sus predicciones tecnológicas, sino porque eran maravillosas novelas de aventuras, y porque se metían con el geógrafo, que no daba ni una a la hora de aterrizar (Cinco semanas en globo).

 

En El quinto elemento, una película de Luc Besson estrenada hace 20 años, hay una secuencia de 10 minutos donde los coches vuelan en capas, a docenas de altitudes, entre los rascacielos de Manhattan. Bruce Willis borda el papel de su vida: un taxista neoyorquino. Mete el morro para salir del garaje, increpa a los conductores de al lado por inútiles y hace la del taxista, que se dice, para dar la vuelta en la Quinta Avenida de forma ágil e indebida, solo que a la altura del piso 70, con los coches volándole por todas partes. ¿Qué hay de esa predicción 20 años después?

Mucho. Uber, la empresa de transporte que encanta a los jóvenes y cabrea a los taxistas, tiene una división dedicada a desarrollar taxis voladores, llamada Elevate. Acaban de fichar nada menos que a Mark Moore, un destacado ingeniero de la NASA con 30 años de experiencia en el diseño de vehículos aéreos y espaciales. Fue Moore quien escribió el proyecto técnico que Uber publicó en octubre. Elevate tiene que superar aún un escollo formidable: que las actuales baterías de los coches eléctricos no llegan a la potencia necesaria para volar. Pero los optimistas tienden a ver eso como un mero problema técnico que alguien acabará resolviendo (y quizá patentando) más pronto que tarde.

Como de costumbre, sin embargo, El quinto elemento se quedó corto. En el enjambre de taxis aéreos del futuro no hará falta ningún Bruce Willis. Los humanos no seremos más que un paquete en esa secuencia memorable.

JAVIER SAMPEDRO

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Descubren por qué el polo norte magnético se mueve tan rápido hacia Siberia

Durante décadas, los científicos han tratado de averiguar las razones de este inexplicable desplazamiento. La respuesta está en una «guerra magnética» que se libra cerca del núcleo terrestre

Representación del campo magnético (en azul) y del núcleo (en naranja) de la Tierra
Representación del campo magnético (en azul) y del núcleo (en naranja) de la Tierra – ESA

Desde hace algunos años, cada vez más científicos se preguntan por qué el polo norte magnético (a no confundir con el polo norte geográfico), se está moviendo rápidamente hacia Siberia a razón de unos 50 km anuales. ¿Estamos quizá al principio de una inversión de polaridad, durante la que los polos norte y Sur (mágnéticos) intercambian sus posiciones?

Ahora, un equipo de investigadroes de la Universidad británica de Leeds cree haber dado con la solución al enigma. Según el análisis de 20 años de datos de satélites, la posición del polo norte magnético depende en gran parte de la titánica competencia entre dos lóbulos con diferente fuerza magnética en el límite que separa el núcleo del manto terrestre, justo debajo de Canadá. El hallazgo se acaba de publicar en « Nature Geoscience».

Un polo norte a la carrera

A diferencia de nuestro polo norte geográfico, que se encuentra en una ubicación fija, el norte magnético se mueve contínuamente de un sitio a otro. Este hecho se conoce desde que se midió por primera vez en 1831 y se comprobó, con el tiempo, cómo ese emplazamiento iba derivando lentamente, desde el Ártico canadiense hacia Siberia y a una velocidad media de 15 km por año.

Pero desde principios de la década de los 90 esa lenta deriva se ha convertido, inexplicablemente, en una especie de loca carrera, pasando a velocidades que oscilan entre los 50 y los 60 km anuales. Este súbito cambio de ritmo ha tenido, y tiene, consecuencias globales. De hecho, el Modelo Magnético mundial, en el que se basan, por ejemplo, los sistemas GPS de barcos y aviones o los mapas inteligentes de nuestros teléfonos, debe actualizarse contínuamente. De otro modo, tanto nosotros como los principales medios de transporte del mundo perderían, literalmente, el norte.

La dinamo del corazón de la Tierra

El campo magnético terrestre existe gracias a la rotación de un auténtico océano de hierro líquido (el núcleo externo) alrededor del núcleo sólido (también de hierro) de la Tierra. Igual que la dinamo de una bicicleta, todo ese hierro en movimiento crea corrientes eléctricas, que a su vez generan nuestro campo magnético.

Los modelos basados en mediciones desde el espacio han permitido a los científicos elaborar mapas globales de ese campo. Los cambios que sufre contínuamente, además, les ayudan a entender cómo se está moviendo el hierro líquido «ahí abajo».

Según Phil Livermore, primer firmante del artículo, «al analizar los mapas de campo magnético y cómo cambian con el tiempo, ahora podemos determinar que un cambio en el patrón de circulación del flujo debajo de Canadá ha causado un parche en el campo magnético que se estira en el borde del núcleo, en lo más profundo de la Tierra. Y eso ha debilitado el parche canadiense y ha provocado que el polo se desplace hacia Siberia».

El declive del parche canadiense

En otras palabras, históricamente el parche canadiense era el más fuerte en esta guerra, y por eso el polo norte magnético estaba centrado en Canadá. Pero en las últimas décadas, el parche canadiense se ha estirado y ha perdido fuerza frente al parche siberiano, que se ha fortalecido. Eso explica por qué el polo ha acelerado y ha abandonado repentinamente su posición histórica.

La gran pregunta, y esa no tiene aún respuesta, es si el polo terminará volviendo alguna vez a Canadá o si seguirá alejándose y desplazándose hacia el sur. Según Livermore, «los modelos del campo magnético sugieren que, por lo menos durante las próximas décadas, el polo seguirá desplazándose hacia Siberia. Sin embargo, y dado que la posición del polo está gobernada por este delicado equilibrio entre el parche canadiense y el siberiano, bastaría con un pequeño ajuste en el núcleo para enviar el polo de regreso a Canadá».

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Las bombas atómicas cambiaron el clima de la Tierra

Los ensayos nucleares realizados durante la Guerra Fría, entre 1962 y 1964, ionizaron partes de la atmósfera y promovieron las precipitaciones, al menos en algunas regiones

 

Según las cifras oficiales, las potencias nucleares han llevado a cabo más de 2.000 ensayos con armas atómicas, en desiertos, agujeros subterráneos, remotas islas o en mitad del espacio. En consecuencia, la fiebre del átomo en la Guerra Fría acabó contaminando el aire, la tierra y el agua del planeta. Solo en Estados Unidos las explosiones han provocado 11.000 muertes por cáncer (más que las producidas en Chernóbil, según UNSCEAR) y en todo el globo han dejado un rastro de elementos radioactivos que marca la era geológica en la que está el planeta: el Antropoceno.

Pero no solo eso. Un estudio que se acaba de publicar en la revista « Physical Review Letters» ha concluido que los ensayos atómicos cambiaron el funcionamiento de la atmósfera y los patrones de precipitaciones, incluso a miles de kilómetros de distancia del lugar donde ocurrieron las explosiones. Los autores del estudio, investigadores de las universidades de Reading, Bath y Bristol, en Reino Unido, han analizado cómo la carga eléctrica liberada por la radiación afectó a la formación de nubes de lluvia, lo que es interesante para comprender cómo la carga afecta a este fenómeno hoy en día.

«Al estudiar la radiación liberada por las pruebas de armas de la Guerra Fría, los investigadores de entonces aprendieron sobre los patrones de circulación atmosférica», ha dicho en un comunicado Giles Harrison, director del estudio y profesor de Física Atmosférica en la Universidad de Reading. «Ahora, hemos reutilizado estos datos para examinar el efecto sobre las precipitaciones».

Más carga eléctrica, más precipitaciones

Durante mucho tiempo se ha sospechado que la carga eléctrica modifica la forma como las gotas de agua caliente chocan y se combinan en la atmósfera, influyendo en el tamaño de las gotas y modulando las precipitaciones. Pero resultaba difícil poder demostrarlo.

Lluvia precipitándose desde una nube, en Gloucestershire, Reino Unido
Lluvia precipitándose desde una nube, en Gloucestershire, Reino Unido – Giles Harrison, Universidad de Reading

Aunque los ensayos nucleares de la Guerra Fría se realizaron en lugares remotos, como el desierto de Nevada, en Estados Unidos, o en lejanas islas del Pacífico o del Ártico, la contaminación radioactiva se extendió por la atmósfera, alcanzando todo el globo. Además, la radiactividad es capaz de ionizar el aire, liberando carga eléctrica.

Por eso motivo, los datos de los ensayos atómicos y los registros meteorológicos han permitido relacionar las precipitaciones y la presencia de carga eléctrica. En opinión de Giles Harrison, los ensayos nucleares «nos dan una forma única de estudiar cómo la carga eléctrica afecta a la lluvia».

Un 24% más de precipitaciones

Los científicos analizaron registros meteorológicos de los años 1962 a 1964 recogidos por el Observatorio de Lerwick, una estación de investigación situada en las Islas Shetland, en Escocia, en un lugar tan remoto que no estaba influido por otras fuentes de polución.

Compararon la información meteorológica de este observatorio con las pruebas nucleares y así descubrieron que cuando la carga eléctrica era superior, a causa de un ensayo nuclear, las nubes tendían a ser más gruesas y que había un 24% más de precipitaciones, por término medio.

Los investigadores están convencidos de que han aprendido sobre cómo la carga afecta a las nubes de lluvia y de que podrán comprender mejor otros importantes procesos meterológicos. Creen que estos conocimientos también pueden ayudar a investigar la geoingeniería de nubes, que pretende aliviar el efecto de las sequías o las inundaciones estimulando o dificultando la formación de nubes.

De hecho, el profesor Giles Harrison dirige un proyecto en los Emiratos Árabes Unidos para investigar cómo la carga eléctrica afecta a las nubes y al polvo, como parte del programa de Ciencia para la mejora de la Lluvia del país.

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El hielo de los glaciares ya registra señales del Covid-19

Investigadores afirman que en este mismo momento los grandes bloques de hielo recolectan evidencias físicas, químicas y biológicas de la pandemia

Glaciar de la Antártida

El planeta tiene sus propios mecanismos para grabar la historia: desde los troncos de los árboles a los estratos del suelo, hay muchos lugares donde se pueden hallar pistas del pasado, reciente y remoto, de la Tierra. Un claro ejemplo son los glaciares: estas inmesas moles de hielo guardan desde vida prehistórica a cambios en el agua de los océanos. Y, ahora mismo, es muy probable que estén grabando pistas sobre el impacto del Covid-19 que revelará importante información a generaciones futuras.

«Estos registros serán encerrados en el hielo y preservados así», explica Lonnie Thompson, profesora de ciencias de la tierra en la Universidad Estatal de Ohio y científica sénior en el Centro de Investigación Polar y Climática Byrd del estado de Ohio. «Y eso significa que dentro de 100 o 200 años, ese hielo mostrará todo lo que está en la atmósfera ahora, e informará a las generaciones futuras sobre lo que está sucediendo ahora».

Ya hay indicios de que la pandemia actual de Covid-19 está afectando la atmósfera de la Tierra: a medida que la gente se quedaba en casa, los niveles de dióxido de nitrógeno y dióxido de azufre cayeron sobre China y en gran parte de los Estados Unidos. Igual ocurrió en Europa. Esa disminución en los niveles de dióxido de nitrógeno y dióxido de azufre será evidente en los niveles de nitrato y sulfato en los núcleos de hielo que se recuperen por parte de futuros glaciólogos.

Núcleos de hielo, líneas de tiempo

Durante décadas, Thomson ha llevado a equipos de científicos a algunas de las áreas más remotas del mundo para perforar largas columnas de hielo glaciar, llamadas núcleos. La nieve y el hielo se forman cada año en los glaciares de todo el mundo. En las partes más frías del planeta, la nieve y el hielo no se derriten: todo se acumula año tras año, dejando un registro anual durante milenios.

Y este agua congelada no solo atrapa microbios, bacterias, virus, plantas e incluso animales; también preserva todo lo que hay en la atmósfera en el momento en que se forma. Eso significa que los núcleos actúan como una especie de línea de tiempo.

De la Peste Negra a la Revolución Industrial

Los núcleos de hielo muestran cambios ambientales, tanto naturales como inducidos por humanos. Muestran el inicio de la Revolución Industrial a fines de la década de 1700, y señalan el momento en que los humanos comenzaron a agregar químicos, como sulfato y nitrato, a la atmósfera y agregar plomo a la gasolina. Los núcleos de hielo también documentan la aprobación de la Ley de Aire Limpio en 1970, después de lo cual las concentraciones de sulfato atmosférico han disminuido.

Los núcleos también mostraron evidencias de la Peste Negra, una pandemia a mediados de 1300 que sigue siendo la más mortal en la historia humana registrada. En algunos glaciares, el hielo que se formó durante los años de la Peste contiene menos plomo que el hielo que se formó durante los años anteriores, probablemente porque las actividades de minería y fundición disminuyeron bruscamente durante ese tiempo, al igual que hoy, algunas actividades industriales se han detenido. También muestras desastres naturales que afectaron a los seres humanos, como una gran sequía que duró alrededor de 1345 a 1390. Como resultado, los lagos y otras aguas continentales se secaron y la composición química de la atmósfera cambió: menos humedad y más polvo.

«La sequía redujo el grosor de los anillos de los árboles, pero también aparece en los núcleos de hielo en China y en la capa de hielo de Quelccaya en los Andes del Perú a medida que disminuye el grosor de las capas de hielo anuales», dijo Thompson. «Y vemos niveles más altos de polvo mineral y cloruro y fluoruro, que se originan de la evaporación a medida que los lagos se secan».

Aún más interesante, los núcleos de hielo reunidos de diferentes lugares del mundo muestran cambios similares al mismo tiempo. Por ejemplo, el hielo del Huascarán en Perú y el hielo de la meseta tibetana en las montañas del Himalaya, así como el hielo del Kilimanjaro en África, muestran todos evidencia de una sequía hace alrededor de 4.200 años, la misma firma de cambios en el polvo, los productos químicos y niveles de isótopos, a medio mundo de distancia.

La historia en los núcleos, y de la humanidad cambiando el medio ambiente, ajustándose a esos cambios y lidiando con dificultades, o causando problemas y tratando de solucionarlos «puede recordarnos que hemos tratado problemas como la pandemia Covid-19 antes», afirma Thompson. «Sospecho que hay algunas lecciones aquí que serían útiles hoy».

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