Científicos reconstruyen 10.000 años de la historia de Roma escritos en el ADN

El análisis genético de 127 personas, enterradas en un periodo de tiempo de casi 12.000 años, ha revelado cómo cambió la población de la Ciudad Eterna

Roma experimentó dos grandes migraciones en la Antigüedad. En el momento de su fundación, sus habitantes eran muy similares a los que vivían en el Mediterráneo. En su caída, había recibido una importante influencia de Europa central

El Rapto de las Sabinas, representado en la imagen por Jacques-Louis David, es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma
El Rapto de las Sabinas, representado en la imagen por Jacques-Louis David, es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma – Jacques-Louis David

Gonzalo López Sánchez

El rapto de las Sabinas es un episodio mitológico que trata de explicar un capítulo de los orígenes de Roma, la Ciudad Eterna. Allí, los romanos capturan a las mujeres de la tribu de los sabinos, llegando a enfrentarse a las armas con sus esposos y padres. Parece que al mezclar su sangre con la de esta gente consiguen una parte del vigor con el que los romanos sentaron los pilares de un imperio que se extendió por tres continentes y que existió durante cerca de dos milenios, hasta la caída de Constantinopla, en 1453.

Pero ni la mitología ni la historia pueden explicar con precisión quiénes son exactamente los protagonistas de esta epopeya. ¿Quiénes vivieron en Roma, incluso antes de que se fundara la ciudad? ¿Cómo recibió la urbe a los pueblos incorporados al imperio, cuando este asentamiento alcanzó una población de un millón de habitantes? Ahora, un estudio que se acaba de publicar en la revista « Science» ha realizado un profundo estudio del ADN antiguo para revelar la procedencia de un sinfín de generaciones de romanos. Los autores han estudiado el material genético de 127 personas procedentes de 29 yacimientos y que engloban un periodo de más de 12.000 años.

«Esta es la primera vez en que una investigación de ADN antiguo se centra en Roma, y es la primera en estudiar los cambios ocurridos en esa metrópolis tan importante», ha explicado a ABC Ron Pinhasi, investigador de la Universidad de Viena (Austria) y coautor del estudio junto a científicos de las universidades de Stanford (EEUU) y Sapienza (Italia).

Los investigadores han recurrido a técnicas de secuenciación de próxima generación que permiten «leer» pequeños fragmentos de material genético, recuperados de los huesos de individuos enterrados hace muchos siglos, y hacer estudios de poblaciones. De esta forma, han podido comparar a los romanos con otros grupos pretéritos, y observar una serie de flujos de población importantes: en resumen, en Roma ocurrieron dos grandes migraciones muy antiguas y un número de cambios menos drásticos en épocas más recientes. Así han averiguado que, cuando este Estado estaba en su apogeo, los habitantes de Roma eran muy similares a las personas que hoy viven en la cuenca del Mediterráneo y en Oriente Medio.

«La forma como la demografía de la ciudad cambió está atada a los grandes cambios en la historia de Roma», ha explicado Pinhasi. «Por eso creo que nuestros resultados confirman las conclusiones de otros estudios históricos y arqueólógicos, pero los nuestros son los primeros que pueden resolver una pregunta: ¿Quién es la gente que está enterrada en los cementerios romanos?».

Los restos más antiguos, de hace 12.000 años

Para responder a esta pregunta hay que viajar hasta la cueva de «Grotta Continenza», en los Apeninos. Allí hay restos de tres cazadores-recolectores del Mesolítico, ocurrido hace 12.000 a 9.000 años, cuyo material genético permitió encontrar un gran cambio que coincidió con la introducción de la agricultura, el trigo, la cebada y el ganado en Italia.

Representación de bailarines y músicos etruscos, un pueblo que ocupó el norte y centro de Italia en la Antigüedad
Representación de bailarines y músicos etruscos, un pueblo que ocupó el norte y centro de Italia en la Antigüedad – Dominio público

Los análisis de estos restos y de individuos posteriores han mostrado que, al igual que ocurrió en otras zonas de Europa, los primeros granjeros tenían sus ancestros en Anatolia central, la actual Turquía, y el norte de Grecia. Además, parece ser que tenían un pequeño legado genético proveniente de los granjeros de la zona donde hoy está Irán y de los cazadores recolectores que vivían en el Cáucaso.

La segunda gran migración al área que ocupó Roma llegó con la Edad del Bronce, una época comprendida entre el 2.900 y el 900 aC. Los autores han sugerido que el desarrollo de la tecnología de transporte por tierra y mar permitieron la expansión de las colonias griegas, fenicias y púnicas así como el trasiego de caravanas desde las estepas del Ponto (Mar Negro) y del Mar Caspio. De esta forma, al acabar la Edad del Bronce y comenzar la del Hierro ya se puede observar en la región una composición genética diferente, en la que hay ancestros nómadas de las estepas.

La fundación de Roma

No hay una historia clara sobre la fundación de la ciudad de Roma, aunque esta suele situarse en el año 753 aC. Sea como sea, parece claro que, alrededor del siglo VIII aC Roma no era más que una ciudad-estado más de la península italiana, similar a otros asentamientos latinos y etruscos vecinos. Protegida al norte por los Alpes, su posición la situaba en el centro del Mediterráneo, un mar que con el tiempo los romanos dominaron y pasaron a llamar Mare Nostrum, y a través del cual extendieron su influencia y recibieron inmigrantes de todos los rincones.

La loba Luperca amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, la leyenda más difundida acerca de la fundación de Roma
La loba Luperca amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, la leyenda más difundida acerca de la fundación de Roma – Wikipedia

Aquella Roma temprana es un lugar donde se podían encontrar pruebas de un relevante intercambio cultural y comercial. Allí había mercancías exóticas, como el ámbar y el marfil, y referencias estéticas, como esfinges o leones, que evidenciaban el contacto con los navegantes del Mediterráneo. En esta ocasión, además, el análisis genéticos de nueve individuos revela una considerable diversidad, fruto de la mezcla de diversas poblaciones. Por eso, los autores concluyen que aquellos individuos ya tenían una apariencia que recordaba a los pueblos mediterráneos y europeos modernos.

«Diría que tenían el típico aspecto de una sociedad cosmopolita y diversa», ha explicado Pinhasi. «Tenían el aspecto de norteafricanos actuales y gente de Oriente medio, del sur y centro del Mediterráneo y, en algunos casos, de personas del norte de Europa».

La expansión del imperio

800 años después de su fundación, el Estado centrado en la ciudad del Tíber se había extendido por tres continentes: desde la actual Gran Bretaña, pasando por el norte de África y llegando a las actuales Siria, Jordania e Iraq. La capital alcanzó una población de un millón de habitantes y el imperio rondó un número situado entre los 50 y los 90 millones de almas.

Este enorme Estado estableció lazos comerciales con el norte de Europa, el África sub-sahariana y Asia. Y dentro de sus límites, el comercio, las camañas militares, las carreteras y la esclavitud llevaron a que existiera un importante trasiego de personas.

El imperio romano en el momento en que alcanzó su máxima extensión, en el año 117 dC, bajo el mandato de Trajano
El imperio romano en el momento en que alcanzó su máxima extensión, en el año 117 dC, bajo el mandato de Trajano

Los autores de este estudio han reconstruido la época de apogeo de Roma a partir del análisis genético de 48 individuos. Esto ha mostrado que los genes de la población de la ciudad fueron enriquecidos por inmigrantes procedentes del Mediterráneo oriental, coincidiendo con un momento en que allí hubo un exceso de población y se desarrollaron mega-ciudadades como Atenas, Antioquía o Alejandría. Esto coincide con la aparición de multitud de inscripciones en griego, arameo y hebreo, así como templos dedicados a deidades griegas, sirias o egipicias. Por cierto, algunos de los individuos analizados proceden de la necrópolis de Isola Sacra, donde se daba seputura a los habitantes de Portus Romae, el puerto principal de Roma. Según las inscripciones, muchos eran hombres de negocios y comerciantes.

Entre esas 48 personas analizadas los autores solo han encontrado dos con rasgos muy cercanos a los de pobladores del occidente del imperio romano, lo que les ha resultado sorprendente. En todo caso, han señalado como posible origen de la influencia genética occidental la influencia del flujo de esclavos posterior a grandes conquistas, como las de Escipión el Africano, en Cartago, o la de Julio César, en las Galias. También han señalado la importancia del comercio de vino, el garum (una salsa elaborada a partir de vísceras fermentadas de pescado), aceite de oliva o tintes, del norte de África, como posible foco de influencia occidental.

Finalmente, todas estas influencias occidentales y orientales llevaron a que la población de Roma fuera muy similar a los mediterráneos y habitantes de Oriente Medio actuales, como griegos, malteses, chipriotas o sirios.

La caída de Roma

La separación del imperio en dos mitades, la occidental y la oriental, la reorganización política y militar y la progresiva disolución de la mitad occidental dejaron también una huella en la demografía de Roma. Los habitantes más recientes estudiados en este estudio, un total de 24 personas, tienen una naturaleza genética más próxima a la de poblaciones actuales de Europa central.

«Este cambio puede haber surgido a causa de la reducción de contactos con el Mediterráneo oriental y el incremento del flujo de genes de Europa, todo ello facilitado por la drástica reducción de la población de Roma hasta menos de los 100.000 habibantes, como consecuencia de los conflictos y las epidemias», escriben los autores en el estudio.

Casco de caballería romana tardío, con influencias orientales
Casco de caballería romana tardío, con influencias orientales – Wikipedia

Finalmente, el imperio acabaría llevando su capital a Constantinopla, la actual Estambul, lo que transformó todavía más el flujo de mercancías y personas y la demografía de la antigua metrópolis.

Además, es posible que se produjera una importante llegada de población desde Europa central a causa de las campañas militares de visigodos y vándalos, en el siglo V, y el largo asentamiento de los lombardos en los siglos VI y VII.

Ya en la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, los investigadores han hallado una transición hacia un bagaje genético más similar al de Europa central y septentrional, gracias al análisis de los genes de 28 individuos. Según han concluido, estos pobladores eran similares a los que hoy viven en el centro de Italia, entre cuyos antepasados puede haber también lombardos de Hungría, sajones de la actual Gran Bretaña y vikingos de Suecia.

«Este cambio coincide con la formación de lazos cada vez más estrechos entre la Roma medieval y Europa», escriben los autores. De hecho, Roma quedó incorporada al Sacro Imperio Romano, que se extendió por Europa central y occidental. Además, los normandos se expandieron desde el norte de Francia y fundaron estados en Sicilia y el sur de la península italiana, incluso llegando a saquear Roma en el año 1084.

En suma, todo este incesante trasiego de personas muestra cómo Roma fue durante siglos una encrucijada entre Europa y el Mediterráneo. Quizás también recuerda las profundas raíces que tiene la actual «crisis migratoria» que afecta a Europa.

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La terrorífica historia de las hormigas caníbales atrapadas en un búnker nuclear

Fue descubierta en Polonia en 2013, pero cuando los investigadores volvieron observaron que la colonia se mantenía estable a pesar de que no se encontraron indicios de reproducción

Hormiga roja europea de la madera o Formica polyctena
Hormiga roja europea de la madera o Formica polyctena – Wikicommons

¿Cómo es posible sobrevivir en un viejo búnker de armas nucleares, atrapado, sin comida y con cientos de bocas hambrientas a tu alrededor? Eso es lo que se preguntaban los científicos que encontraron una colonia de hormigas rojas europeas de la madera (Formica polyctena) en una base nuclear subterránea en Polonia en 2010. El complejo fue abandonado a su suerte, lo que convirtió a sus dos habitaciones en lugares de descanso para los murciélagos en invierno. De hecho, el objetivo original de los científicos era monitorizar a estos mamíferos voladores, si bien la enorme cantidad de estos insectos en el lugar en los diferentes años que se acercaron al búnker abandonado les llamaron tanto la atención que intentaron encontrar la respuesta a lo que allí estaba ocurriendo.

La sorpresa fue que el número de hormigas se mantenía pese a que estaban atrapadas. En 2013 los investigadores contabilizaron un millón de obreras vivas, aunque a su alrededor había varios millones más muertas. Sin embargo, ni rastro de larvas o machos, lo que indicaba que no se estaban reproduciendo. ¿Qué ocurría entonces dentro de aquellos muros para que no descendiera la población e incluso creciera?

La colonia en el bunker en 2016
La colonia en el bunker en 2016 – Wojciech Stephan/Czechowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2016

Una tubería oxidada y el peso del hormiguero

No lo descubrieron hasta 2016. Se dio la circunstancia de que en el techo del búker había una tubería de ventilación oxidada que conectaba un hormiguero masivo construido justo encima con las instalaciones abandonadas. A medida que el metal se fue degradando y el hormiguero ganando peso -esta especie se caracteriza por crear colonias masivas de hasta varios metros de altura-, algunas galerías se vinieron abajo, por lo que las hormigas empezaron a caer al búnker, quedando atrapadas. Así es como la colonia del búnker iba ganando integrantes, a pesar de que no había comida y no se reproducían. «Las hormigas han construido un montículo de tierra, que han mantenido durante todo el año moldeándolo y manteniendo abiertas las entradas del nido. Pero está muy lejos de ser un colonia totalmente funcional», escribían en otro estudio en 2016.

El hormiguero de la superficie
El hormiguero de la superficie – Czechowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2016

Entonces, ¿cómo se mantenían aquellos insectos en aislamiento? Sin luz, con unas temperaturas muy bajas y sin ningún tipo de alimento, lo lógico serían que murieran pronto. Pero estos seres encontraron una solución: el canibalismo. A esta conclusión han llegado los investigadores en el nuevo estudio, que acaba de ser publicado en la revista « Journal of Hymenoptera Research».

El tubo de ventilación oxidado por el que caían las hormigas
El tubo de ventilación oxidado por el que caían las hormigas – Rutkowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2019

Ante la adversidad, canibalismo

El canibalismo era, lógicamente, el candidato más probable: aparte de algún ratón o murciélagos muertos de manera ocasional, el único alimento disponible eran sus congéneres. Además, se sabe que esta especie en particular consume sus propios muertos caídos durante las «guerras de hormigas» territoriales cuando la comida escasea.

Para confirmar esta corazonada, un equipo de investigadores recolectó cadáveres de hormigas del búnker y hallaron que la mayoría (en concreto, el 93% de los cuerpos examinadospresentaban agujeros y marcas de mordiscos. Los autores explican que estos son signos claros de consumo masivo, con prácticamente ningún otro organismo en el búnker capaz de hacer estas marcas.

Un final feliz

El puente de madera que une el búnker con la superficie
El puente de madera que une el búnker con la superficie – Rutkowski et al., Journal of Hymenoptera Research, 2019

«La supervivencia y el crecimiento de la colonia del búnker a través de los años, sin producir descendencia propia, fue posible debido al suministro continuo de nuevos trabajadores desde el nido superior y la acumulación de cadáveres», concluyeron los investigadores en su estudio. «Los cadáveres sirvieron como una fuente inagotable de alimentos que permitieron sustancialmente la supervivencia de las hormigas atrapadas en condiciones extremadamente desfavorables».

Y a pesar de que las hormigas han demostrado que pueden sobrevivir solas, el equipo instaló un paso de madera que conecta el fondo del búnker con el hormiguero. En cuatro meses todas los insectos habían abandonado las instalaciones abandonadas. Ya no hace falta que practiquen el canibalismo, solo tienen que subir por el «puente» para regresar a casa.

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Cómo la bomba atómica condicionó nuestra comprensión de la ciencia

Aunque ampliamente analizada desde diversas perspectivas políticas, científicas y militares, apenas ha recibido atención en lo que se refiere a su papel en la división del conocimiento en el mundo moderno entre Humanidades y Ciencias

«Baker Shot», ensayo atómico hecho por Estados Unidos en el atolón Bikini, en 1946
«Baker Shot», ensayo atómico hecho por Estados Unidos en el atolón Bikini, en 1946 – Archivo

Urko Gorriñobeaskoa

6 de agosto de 1945. El día se presenta como cualquier otro en la ciudad de Hiroshima, Japón. El cielo está despejado y varios ciudadanos de a pie se dirigen a cubrir sus puestos de trabajo. Hiroshima no es una ciudad grande, viven en ella unas 250.000 personas, pero su interés estratégico, industrial y militar es fundamental para el imperio nipón durante la guerra.

A las 8:15 de la mañana, hora local, el Enola Gay, un bombardero B-29 estadounidense, abre sus compuertas para dejar caer la Little Boy, una bomba de uranio-235 con un potencial explosivo equivalente a 13.000 toneladas de TNT, sobre el centro de la ciudad. 55 segundos después, el estallido de la bomba marcará un antes y un después en el devenir de la historia de las sociedades modernas y de la producción científica.

Aunque ampliamente analizada desde diversas perspectivas políticas, científicas y militares, la historia de la bomba atómica apenas ha recibido atención en lo que se refiere a su papel a la hora de configurar la manera misma en que entendemos la división del conocimiento en el mundo moderno.

La comprensión pública de la ciencia como disciplina de conocimiento especial y superior al resto de saberes, o lo que algunos autores han convenido en concebir como el problema de las Dos Culturas, cambiaría radicalmente tras la detonación de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Sin saberlo, aquella soleada mañana de verano Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, alteraría el curso de la cultura misma.

La historia de un debate histórico

Fue el 7 de mayo de 1959 cuando C. P. Snow subió al palco de la “Senate House” en la Universidad de Cambridge para pronunciar su conferencia “Las Dos Culturas y la Revolución Científica”.

En ella, Snow expuso una preocupación latente en varios círculos académicos de la sociedad británica de su época: la división radical entre las ciencias y las humanidades. Según el reconocido físico y novelista inglés, la sociedad intelectual inglesa estaba irremediablemente dividida entre científicos y humanistas, incluyendo entre estos últimos a historiadores, filósofos y literatos.

Afirmaba que los científicos, progresistas y librepensadores por naturaleza, se encontraban en constante pugna con los literatos, conservadores, individualistas y apartados de toda preocupación moral y social. Snow defendía que, para garantizar el futuro de la nación inglesa, era necesario establecer un sistema educativo en el que primasen los valores de libertad, progreso y comunidad propios de la ciencia, no aquellos valores egoístas y desarraigados de los literatos. En otras palabras, era necesaria una reforma cultural.

Uno puede sentirse un tanto sorprendido por las afirmaciones de Snow. ¿Tan poca cabida tenía la ciencia en la educación de su época? ¿Tan egoístas e individualistas eran los literatos? ¿La separación tajante entre las ciencias y las humanidades es tan clara como lo era para Snow?

Varios estudios históricos del problema han sugerido en los últimos años que la respuesta a estas preguntas es negativa. En primer lugar, hay que entender a Snow en su contexto, un contexto de posguerra y declinismo. Podríamos definir el declinismo como esa tendencia general a pensar que todo tiempo pasado fue mejor.

En el periodo concreto en que Snow pronunció su conferencia (que más tarde se convertiría en su aclamada obra Las Dos Culturas), el Reino Unido aún se estaba recuperando de los horrores y las pérdidas de la guerra. No sólo la economía del país se había visto gravemente afectada por los seis años de encarnizada e ininterrumpida lucha contra Alemania, Italia y Japón, sino también su propia capacidad de producción intelectual.

El Reino Unido, bastión de grandes autores como Shakespeare, Dickens Shelley, y de naturalistas como Darwin, no fue capaz de hacer frente a las grandes innovaciones técnicas, científicas y militares de naciones como Alemania, Estados Unidos o la URSS. Fue en parte esta situación la que provocó ese sentimiento de declinismo en varios de los intelectuales de la época, que consideraron que la hegemonía cultural de la literatura, el arte y la filosofía habían llevado a Gran Bretaña a convertirse en un país muy leído, pero inútil a la hora de enfrentarse a los retos que la nueva ciencia y las nuevas sociedades planteaban.

Al fin y al cabo, ¿cómo podrían enfrentarse a potencias que habían desarrollado la bomba de uranio si seguían recitando sonetos de Shakespeare en la escuela?

El nacimiento de un mito

Esta fue una de las múltiples razones por las que nació el mito de las Dos Culturas: el miedo a no ser capaz de equipararse técnica y científicamente a las grandes potencias protagonistas de la vigente Guerra Fría. El debate generado por Snow, y que ha llegado hasta nuestros días, acerca de la separación cuasi natural entre científicos y literatos, no queda exento de ser comprendido en un contexto ideológico, social y de declinismo más amplio.

Pero, ¿cuál es la importancia de todo esto? Podemos considerar que sólo advirtiendo la contingencia de este contexto, la historicidad de todos los factores que motivaron a Snow a plantear este problema, seremos capaces de desmontar la falsa dicotomía que existe a día de hoy entre las Dos Culturas.

Si somos capaces de ver que fueron la guerra, un cierto complejo de inferioridad y una actitud pesimista hacia la ciencia de su propia nación las que llevaron a Snow a plantear la división necesaria entre las ciencias y las humanidades, podremos ver que dicha división no es tan natural como parece.

Y, así, podremos quitarnos de una vez de la cabeza la ingenua y anticuada idea de que el progreso intelectual, la innovación cultural y el bienestar social sólo pueden darse desde las ciencias.

Urko Gorriñobeaskoa es doctorando en Historia y Filosofía de la Ciencia, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea. El artículo ha sido revisado por Ekai Txapartegi, profesor de filosofía, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation

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El hombre moderno surgió en lo que ahora es el desierto del Kalahari

Un estudio genético sitúa en Botsuana la evolución del Homo Sapiens durante sus primeros 70.000 años. 

Un grupo de bosquimanos del Kalahari, considerados la cuna del Homo Sapiens en un imagen sin fecha de la investigadora de la Universidad de Utah Polly Wiessner.-AFP
Un grupo de bosquimanos del Kalahari, considerados la cuna del Homo Sapiens en un imagen sin fecha de la investigadora de la Universidad de Utah Polly Wiessner.-AFP

MALEN RUIZ DE ELVIRA

La historia de la moderna evolución humana, la que dio lugar a nuestra especie, la única superviviente, empezó alrededor de un lago enorme hace unos 200.000 años en lo que ahora es el norte de Botsuana, una meca para los safaris. El lago empezó a disminuir de tamaño, dando lugar a grandes extensiones pantanosas con mucha vegetación en las que los humanos podían vivir en buenas condiciones y así lo hicieron durante unos 70.000 años. Todo este sugerente relato procede del último estudio genético sobre el origen del Homo Sapiens Sapiens que se publica y que indica, aunque no confirma del todo, que esta especie surgió allí para luego extenderse por todo el mundo.

Situar en el tiempo y en el espacio el origen de la humanidad moderna no ha resultado fácil, aunque su origen africano no está en duda desde el siglo pasado. Los fósiles humanos hallados hasta ahora parecen indicar que surgió en el este de África pero los estudios genéticos, además de otros datos, se inclinan porque fue más al sur. Ahora, Vanessa Hayes y sus colegas de varias instituciones científicas han completado con muestras de sangre de nuevos individuos el análisis de los genes mitocondriales de una población muy aislada históricamente al sur del río Zambeze, en Namibia y Sudáfrica, y los han combinado con datos climáticos y de otro tipo. “Con todos los datos obtenidos, proponemos que el origen de los humanos anatómicamente modernos está en el sur de África, y que ocuparon su tierra natal hasta las primeras migraciones humanas que parecen haber sido causadas por cambios climáticos regionales”, señalan los científicos, de Australia, Sudáfrica, Corea del Sur y Namibia en la revista Nature.

Los datos geológicos y arqueológicos muestran que esta tierra natal de la humanidad moderna albergó el mayor sistema lacustre de África, el lago Makgadikgadi. “Antes de la emergencia de los humanos modernos el lago había empezado a vaciarse debido a movimientos en las placas tectónicas subyacentes”, señala el geólogo Andy Moore. “Esto tuvo que crear una gran zona pantanosa, que se sabe que es uno de los ecosistemas más productivos para albergar vida”.

El cronograma o calendario que propone el nuevo estudio incluye un periodo de estabilidad ecológica de 70.000 años antes de iniciarse una oleada de migraciones a través de nuevos corredores verdes establecidos hace entre 130.000 y 110.000 años por el cambio del clima.

Comienzo de las grandes migraciones

“Los primeros migrantes fueron hacia el noreste y después una segunda migración se dirigió hacia el sudoeste”, explica Hayes. “Parte de la población permaneció en el territorio hasta ahora”. Sus descendientes se pueden encontrar todavía en la región, desde Namibia a Zimbabue. En cuanto a las migraciones, la que más medró fue la que se dirigió hacia el suroeste, según se desprende de los fósiles y herramientas halladas en la costa de Sudáfrica, señala el estudio. Esto se debió posiblemente los recursos marinos a los que tuvo acceso.

En la actualidad, la región del gran desierto del Kalahari que linda con la sabana-oasis del delta del Okavango y los salares de Makgadikgadi, ahora parque nacional, se extiende hacia Namibia por el oeste y Sudáfrica por el sur y es una de las más solicitadas para realizar safaris fotográficos. Este flujo constante de visitantes extranjeros podría considerarse a partir de ahora como una vuelta a casa, a sus orígenes remotos.

No es descartable que la zona pase a estar también muy solicitada por los paleontólogos en busca de fósiles más antiguos que los del este de África, aunque se sepa que las condiciones de preservación son desfavorables y hasta ahora no se haya encontrado ninguno.

Un estudio único

El australiano Instituto Garvan de Investigación Médica, donde trabaja Hayes, señala que este nuevo estudio es único porque combina las disciplinas de la genética, la geología y la física climática para reescribir nuestra historia más antigua.

Hayes lleva una década investigando las poblaciones khoe-san de la supuesta cuna de la humanidad moderna en Namibia y algunos de sus individuos han donado su sangre para el análisis genético, que ha dado lugar a dos genomas mitocondriales hasta ahora desconocidos. Ellas y sus colegas explican que han contado con todos los permisos oficiales y de comités de ética para este estudio, que no puede considerarse definitivo porque, basándose en la anatomía y no en la genética, recientemente se han presentado como de Homo Sapiens fósiles datados en más de 200.000 años de antigüedad, hallados en Grecia y en Marruecos.

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¿Qué es esta extraña burbuja de gelatina de tamaño humano hallada en Noruega?

Reciben el nombre de «blekksprutgeleball». En su interior se hallaron miles de esferas diminutas: huevos de calamar

Esta es la explicación a un extraño saco transparente encontrado flotando en las aguas profundas de Noruega
Esta es la explicación a un extraño saco transparente encontrado flotando en las aguas profundas de Noruega – YOUTUBE/RONALD RAASCH

Un grupo de buzos se encontraba en la costa occidental de Noruega cuando, de repente, apareció ante ellos una especie de burbuja de gelatina gigante, tan grande como un humano adulto. Y la sorpresa no acabó ahí: al acercarse puedieron ver cientos de diminutos huevos de calamar flotando en su interior. ¿Qué era aquella extraña forma?

En el vídeo, compartido por Ronald Raasch, un buzo del buque de investigación noruego REV Ocean, se puede ver el saco esférico rodeado por una membrana transparente, así como una masa oscura de forma alargada en su interior. Cuando el submarinista ilumina su interior, dentro aparecieron cientos de miles de esferas diminutas, «huevos de calamar», según explican en la descripción del vídeo.

La expedicion de REV encontró esta extraña masa mientras visitaba un naufragio de la Segunda Guerra Mundial, en Ørstafjorden, Noruega, ubicado a unos 200 metros de la costa. Estaban nadando de regresoa una profundidad de 17 metros cuando vieron pasar la burbuja.

«Blekksprutgeleball»

Raasch describió la burbuja como una «blekksprutgeleball» -algo así como «bola de gel de calamar» en noruego- cuando publicó el vídeo. Sin embargo, no es la primera vez que se avistan este tipo de estructuras: se han avistado docenas de manchas similares en aguas cercanas a Noruega, España, Francia e Italia, con informes que datan de hace 30 años, afirma Halldis Ringvold, investigador de Sea Snack Norway y líder de un programa que estudia este tipo de «sacos» llamado «Hughes Espheres».

Desde hace años, los científicos están intrigados acerca de estas burbujas, que son tan delicadas que es muy difícil acercarse y tomar muestras, según relata LiveScience. El ADN que se pudo extraer de cuatro de estos enormes «huevos» reveló que se trata de huevos pertenecientes al calamar de aleta corta del sur (Illex coindetii), también conocido como pota en España, un cefalópodo de diez tentáculos que vive a ambos lados de el Océano Atlántico. Soncarnívoros y muy voraces, ya que tienen un crecimiento muy acelerado, pues generalmente viven un año, y mueren después de desovar. Así, esta esfera sería del mismo tipo, si bien mucho más grande que las anteriores halladas, que apenas se acercaban al metro de diámetro.

Por otro lado, en cuanto a la masa oscura, los investigadores sospechan que se trata de tinta del calamar de la hembra, que la inyectó mientras construía la esfera. «Al final del vídeo, es posible ver los huevos de calamar reales. Son muy pequeños, redondos y transparentes», afirman.

Entre 50.000 y 200.000 huevos

Un huevo de calamar de aleta corta mide aproximadamente dos milímetros de diámetro cuando el embrión está listo para eclosionar, y las hembras producen entre 50.000 y 200.000 huevos, según SeaLifeBase, una base de datos de vida marina gestionada internacionalmente. El desarrollo embrionario generalmente tarda entre 10 y 14 días.

El calamar de aleta corta es parte del grupo Oegopsida, que se sabe que produce grandes sacos de huevos esféricos, afirma Ringvold. Pero para algunas especies de este grupo no se han hallado aún evidencias de este tipo de formaciones, por lo que «Huge Spheres» continúa recolectando fotos y vídeos de avistamientos de esferas, así como muestras de tejidos, para aprender más sobre estos esquivos animales.

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¿Para qué sirve enseñar a una rata a conducir?

Un experimento demuestra que las ratas que viven en ambientes con más estímulos son capaces de aprender más rápido una tarea compleja. El trabajo tiene implicaciones sobre neuroplasticidad y ayudará a estudiar enfermedades como el párkinson o la depresión.

¿Para qué sirve enseñar a las ratas a conducir?
¿Para qué sirve enseñar a las ratas a conducir? Kelly Lambert / Universidad de Ritchmond

El experimento en el que han enseñado a un grupo de ratas a conducir unos pequeños vehículos sobre ruedas, ha dado la vuelta al mundo. Realizado por el equipo de Kelly Lambert, en la Universidad de Ritchmond, y adelantado por la revista New Scientist, el trabajo ha dejado en nuestras retinas la imagen de un roedor desplazándose en el interior de una especie de cochecito cilíndrico con un destreza insospechada. Pero, ¿cuál es el propósito de una idea tan sorprendente?

Lambert es profesora de neurociencia del comportamiento y lo que trata de averiguar es cómo afecta el entorno a la capacidad de aprender de los roedores. Los resultados del experimento, publicados en la revista Behavioural Brain Research, indican que aquellas ratas que tuvieron un entorno más complejo aprendieron mucho más deprisaa dirigir el vehículo apoyando sus patas sobre un resorte interno para conseguir la recompensa que las que crecieron en jaulas sin apenas estímulos.

“Este trabajo de investigación revela que las ratas criadas en un ambiente complejo y enriquecido (en el que tengan objetos interesantes con los que interaccionar) aprendieron a conducir, pero aquellas ratas criadas en jaulas de laboratorio tuvieron problemas aprendiendo la tarea(suspendieron su prueba de conducción)”, asegura la investigadora. “Esto significa que el ambiente complejo llevó a una mayor flexibilidad del comportamiento y mayor plasticidad”.

“El ambiente complejo llevó a una mayor flexibilidad del comportamiento y mayor plasticidad”

Los vehículos fueron construidos con botes de plástico provistos de un pequeño motor y cuatro ruedas, además de una palanca de cobre que las ratas podían inclinar para elegir la dirección. Los investigadores colocaron las recompensas de fruta en lugares cada vez más alejados para observar si las ratas eran capaces de maniobrar para alcanzarlos. “Aprendieron a navegar su coche de manera específica y mediante patrones de movimiento de la palanca que nunca habían usado para alcanzar la recompensa”, explica Lambert en New Scientist. En total participaron 17 ratas en el experimento, once machos y seis hembras, y según los autores aquellas que aprendieron rápidamente la tarea parecían relajarse con la conducción.

Las ratas que aprendieron rápidamente la tarea parecían relajarse con la conducción

En su opinión, estos resultados demuestran que la neuroplasticidad de estos animales es mayor de lo que se pensaba hasta ahora y, lo más importante, que los estilos de vida desafiantes y dinámicos ofrecen ventajas para el aprendizaje. Además, con este resultado y con el diseño de nuevos experimentos con modelos específicos de enfermedades, esperan poder realizar nuevos experimentos que les ayuden a comprender cómo funcionan estos procesos cuando están afectadas por problemas como el párkinson o la depresión.

Referencia: Enriched Environment Exposure Accelerates Rodent Driving Skills (Behavioural Brain Research) DOI: 10.1016/j.bbr.2019.112309

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Cómo la vida en la Tierra resurgió de las cenizas de los dinosaurios

El hallazgo de miles de fósiles en Colorado (EE.UU.) muestra al detalle la expansión de los mamíferos tras la gran extinción de hace 66 millones de años

Carsioptychus coarctatus come plantas en un bosque 300.000 años después del asteroide que terminó con los dinosaurios
Carsioptychus coarctatus come plantas en un bosque 300.000 años después del asteroide que terminó con los dinosaurios – HHMI Tangled Bank Studios]

Judith de Jorge

Hace 66 millones de años, un meteorito de 10 km de diámetro con una fuerza equivalente a la de diez mil millones de bombas atómicas como la de Hiroshimase estrelló en lo que hoy es la provincia del Yucatán, en México, provocando una de las mayores catástrofes en la historia de la Tierra. El colosal impacto incendió los bosques, desencadenó un tsunami brutal y expulsó tanto azufre a la atmósfera que bloqueó la luz del Sol, lo que terminó con el 75% de la vida existente en todo el globo, incluidos los dinosaurios y cualquier mamífero más grande que una rata. La mitad de las especies de plantas también se extinguieron.

Taeniolabis
Taeniolabis – HHMI Tangled Bank Studios

Pero, ¿qué ocurrió después? ¿Cómo se recuperó el planeta de semejante golpe?El tiempo posterior a la hecatombe ha sido un misterio por los escasos restos encontrados. Pero gracias a uno de esos hallazgos que son el regalo de una vida para un paleontólogo, ahora podemos conocer los capítulos sucesivos. Tyler Lyson y Ian Miller, investigadores del Museo de Naturaleza y Ciencia de Denver (EE.UU.), descubrieron incrustado en las rocas de Corral Bluffs, en el centro de Colorado, un tesoro de miles de fósiles excepcionalmente bien preservados de animales y plantas del primer millón de años crítico después del asteroide. «Podrías pasar toda tu carrera sin hallar un solo cráneo de esa época. (Sin embargo) nosotros encontramos un cráneo cada 15 minutos», asegura Miller.

La expansión de los mamíferos

Los restos, extremadamente raros, muestran quiénes y cómo ocuparon el trono que dejaron libres los dinosaurios. En un estudio publicado en la revista «Science», los investigadores explican con un detalle exquisito cómo los mamíferos comenzaron a expandirse. «Todos los mamíferos modernos, incluidos los humanos, pueden rastrear sus orígenes hasta los primeros sobrevivientes del impacto», explica Lyson.

Según los investigadores, es la primera vez que los científicos han podido armar una imagen coherente de ese primer millón de años después del período cretácico. «Hemos podido juntar cuatro cosas clave: animales, plantas, temperatura y luego la línea de tiempo. Realmente, es la primera vez que vemos la recuperación de todo el ecosistema», afirma Lyson.

Los científicos recolectaron 37.000 granos de polen y esporas que ayudaron a fechar el lugar, una llanura de inundación. El trabajo reveló un marcador claro del impacto de los asteroides: un aumento en el crecimiento de los helechos, que prosperan en los entornos dañados. El yacimiento también incluye dos capas de cenizas de volcanes cercanos. La ceniza volcánica incluye minerales radioactivos cuya descomposición se puede usar como un reloj geocronológico preciso.

Toma aérea de los cráneos y mandíbulas fósiles de mamíferos recuperados en Corral Bluffs
Toma aérea de los cráneos y mandíbulas fósiles de mamíferos recuperados en Corral Bluffs – HHMI Tangled Bank Studios

El pastel de nueces

El registro confirma la devastación causada por el impacto. Especies de mamíferos del tamaño de un mapache habían invadido el lugar antes de la catástrofe, pero durante 1.000 años después solo unas pocas criaturas peludas de 600 gramos no más grandes que ratasdeambulaban por un mundo de helechos donde las plantas con flores, con sus nutritivas semillas y frutas, eran escasas.

Unos 100.000 años después, las especies de mamíferos ya se habían duplicado y recuperado el tamaño de un mapache. Estas criaturas, como el Carsioptychus, se alimentaron en los bosques de palmerasque reemplazaron a los helechos. «Es un mundo que está volviendo de una devastación total y absoluta», describe Miller.

Durante los siguientes 200.000 años, lo que el investigador llama el período de las palmeras dio paso al período del «pastel de nueces», cuando surgieron plantas parecidas a nogales. Entonces, nuevos mamíferos evolucionaron para aprovechar las nutritivas semillas. La diversidad de los mamíferos se triplicó y la mayor de las nuevas especies alcanzó los 25 kilogramos, el tamaño de un castor.

Loxolophus busca comida en los bosques dominados por palmeras 300.000 años después de la extinción de los dinosaurios
Loxolophus busca comida en los bosques dominados por palmeras 300.000 años después de la extinción de los dinosaurios – HHMI Tangled Bank Studios

La barra de proteínas

Un cráneo de vertebrado en la roca
Un cráneo de vertebrado en la roca – HHMI Tangled Bank Studios

Unos 700.000 años después comenzó el período de la «barra de proteínas». Surgieron las legumbres. Las vainas de guisantes fósiles recuperados en Colorado son las más antiguas de América del Norte descubiertas hasta la fecha. Los guisantes y frijoles proporcionaron un menú rico en proteínas que aumentó aún más el tamaño y la diversidad de los mamíferos. Ya eran animales notables que superaban los 50 kilos, 100 veces más grandes que los que sobrevivieron al asteroide. Los bosques también se recuperaron. Lo más asombroso, según los investigadores, es la rapidez con la que sucedió todo. Y la estrecha relación entre vegetación y fauna para que eso ocurriera.

El equipo también clasificó 6.000 hojas, contando cuántas especies en cada intervalo de tiempo tenían bordes lisos o dentados. Las especies de bordes lisos son más comunes en climas cálidos. El equipo concluyó que el sitio experimentó tres períodos de calentamiento. Estiman que durante el primero, justo después del impacto, las temperaturas aumentaron aproximadamente 5° C. Este período coincide con las erupciones volcánicas masivas de las escaleras del Decán en India, que podrían haber calentado la Tierra arrojando dióxido de carbono. «En cada período de calentamiento ves un cambio en las plantas y, posteriormente, cambios en los mamíferos», dice Lyson. Las conclusiones aparecen en un nuevo documental de la cadena NOVA.

La sexta extinción

Como explican en «Science», el registro también contiene un mensaje aleccionador sobre el futuro y la rapidez con que los ecosistemas podrían recuperarse de lo que ya llaman la sexta extinción masiva, impulsada por el ser humano. Incluso una recuperación que los geólogos consideran «rápida» llevó cientos de miles de años, y el mundo nunca fue el mismo. Gracias a este trabajo, «tenemos una visión más clara de cómo nuestro mundo moderno de mamíferos surgió de las cenizas de los dinosaurios», dice George Sparks, presidente del museo en Denver. «Espero que esta historia inspire a la gente, especialmente a las futuras generaciones, a seguir su curiosidad y contemplar las grandes preguntas que nuestro mundo nos presenta».

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¿Cuál fue el primer color del Universo?

Aunque todos imaginamos el Big Bang como un gran «fogonazo» de luz, en realidad no pasó exactamente así

Ilustración que muestra la evolución del Universo, desde el Big Bang, a la izquierda, hasta los tiempos modernos, a la derecha

El imaginario colectivo visualiza a menudo el Big Bang como un destello brillante de luz que aparece en un mar de oscuridad. Sin emabargo, esa no es una imagen precisa. El comienzo de todo no fue una explosión en el espacio vacío. El Big Bang era un espacio en expansión lleno de energía en sí mismo que acabó creando desde el parpadeo blanco azulado de las estrellas jóvenes, hasta el profundo resplandor rojo de las nubes de hidrógeno que podemos ver hoy. Y también lo que no podemos observar con nuestros ojos, como los destellos de rayos X y rayos gamma, las potentes ráfagas de radio y el tenue y siempre presente resplandor del fondo cósmico de microondas. El cosmos está lleno de colores visibles e invisibles, antiguos y nuevos. Pero, ¿cuál fue el primero de todos?

El universo comenzó hace 13.800 millones de años con el citadoBig Bang. En su primer momento, era más denso y caluroso de lo que jamás volvería a ser. De hecho, las temperaturas eran tan altas que la luz no existía. El cosmos tuvo que enfriarse 10 segundos para que aparecieran los fotones. A su vez, los protones y los neutrones se habían enfriado en los núcleos de hidrógeno y helio, y el espacio estaba lleno de un plasma de núcleos, electrones y fotones. «En ese momento, la temperatura del universo era de aproximadamente mil millones de grados Kelvin», explican en Phys.org haciéndose eco de «Universe Today».

Y ahí sí que había luz, pero no había color. Porque el color es algo que podemos ver, o al menos algún tipo de ojos podría ver. Durante la época de los fotones, las temperaturas eran tan altas que la luz no podía penetrar en el denso plasma. El color no aparecería hasta que los núcleos y los electrones se enfriaran lo suficiente como para unirse a los átomos, y eso aún tardó 380.000 años.

Una nube cósmica transparente

Para entonces, el universo observable era una nube cósmica transparente de hidrógeno y helio de 84 millones de años luz de diámetro. Todos los fotones formados en el Big Bang fueron libres de fluir a través del espacio y el tiempo al fin.

Esto es lo que ahora vemos como el fondo cósmico de microondas: el resplandor de la luz de una época en que finalmente se podía ver el universo. Durante miles de millones de años, el resplandor se ha enfriado hasta el punto de que ahora tiene una temperatura inferior a3 grados por encima del cero absoluto. Cuando apareció por primera vez, el universo era mucho más cálido, alrededor de 3.000 Kelvin. El universo primitivo estaba lleno de un brillo cálido y brillante.

La mejor imagen del fondo cósmico de microondas, los restos del Big Bang
La mejor imagen del fondo cósmico de microondas, los restos del Big Bang – ESA

El universo primitivo tenía una temperatura casi uniforme en todas partes, y su luz tenía una distribución de longitudes de onda conocida como cuerpo negro, que absorbe toda la luz y toda la energía radiante que incide sobre él. Un cuerpo negro de aproximadamente 3.000 K tendría un brillo naranja-blanco brillante, similar a la luz cálida de una bombilla vieja de 60 vatios.

Sin embargo, los humanos no podemos ver los colores con mucha precisión. Lo que percibimos depende no solo del color real de la luz, sino también de su brillo y de si nuestros ojos están adaptados a la oscuridad. Si pudiéramos volver al momento de esa primera luz, probablemente percibiríamos un resplandor naranja similar a la luz del fuego.

«Café con leche cósmico»

Durante los próximos cientos de millones de años, el tenue resplandor naranja se desvaneció y enrojeció a medida que el universo continuó expandiéndose y enfriándose. Finalmente, el universo se volvió a fundir a negro. Después de unos 400 millones de años, comenzaron a formarse las primeras estrellas brillantes de color blanco azulado, y apareció una nueva luz. A medida que aparecieron y evolucionaron las estrellas y las galaxias, el cosmos comenzó a adquirir un nuevo color.

Pantone «Cosmic Latte»
Pantone «Cosmic Latte» – NASA

En 2002, Karl Glazebrook Ivan Baldry calcularon en un estudio publicado en el «Astrophysical Journal» el color promedio de toda la luz que vemos hoy de las estrellas y galaxias para determinar el color actual del universo. Al principio pensaron que fue un « turquesa pálido», pero acabaron corrigiendo sus resultados al incorporar más datos y resultó ser un bronceado pálido similar al color del café con crema. Lo llamaron «Cosmic latte».

Pero incluso este color que ahora domina nuestro universo solo durará un tiempo. A medida que las grandes estrellas azules envejecen y mueren, solo permanecerá el brillo rojo intenso de las estrellas enanas. Finalmente, después de billones de años, incluso su luz se desvanecerá, y el universo se convertirá de nuevo en un mar negro sumiéndose en la oscuridad. Pero de momento, tenemos el «cosmic latte». Ya no verás igual un café con leche, ¿verdad?

Un color más preciso según el Laboratorio Max Planck de cómo fue el principio del universo visible
Un color más preciso según el Laboratorio Max Planck de cómo fue el principio del universo visible – Plack / IPAC

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Así podría haber llegado la vida de la Tierra hasta otros planetas

Objetos similares a Oumuamua o 2I/ Borisov podrían «exportar» la vida terrestre a toda la Vía Láctea e incluso más allá, hasta otras galaxias

Así podría haber llegado la vida de la Tierra hasta otros planetas

José Manuel Nieves

Durante más de un siglo, los defensores de la teoría de la Panspermia han argumentado que la vida podría extenderse por nuestra galaxia a través de cometas, asteroides, planetoides e incluso polvo espacial. Más recientemente, sin embargo, los científicos han empezado a pensar que este “método de distribución” podría no limitarse solo a los diferentes sistemas estelares de nuestra Vía Láctea, sino que podría extenderse mucho más allá, incluso a una escala intergaláctica.

Según la visión más extendida, los escombros lanzados al espacio por el impacto de cometas y asteroides contra un mundo habitado podrían viajar, en una suerte de carambola cósmica, hasta otros planetas y establecerse allí, extendiendo así la vida. Según muchos, esa habría podido ser, precisamente, la forma en que los primeros organismos vivientes llegaron a la Tierra.

Pero ahora, los astrónomos de la Universidad de Harvard Amir Siraj y Abraham Loeb examinan, en un estudio recién publicado en arXiv.org, los desafíos que ese sistema representa, y proponen una alternativa: objetos interestelares parecidos a Oumuamua o al más reciente 2I/ Borisov, que en vez de chocar pasaran “rozando” la Tierra, se impregnaran de microbios terrestres en su atmósfera y se los llevaran después al espacio profundo, a otros sistemas estelares de la Vía Láctea o incluso más allá, hasta galaxias distantes.

Basta con rozar

Según los dos investigadores, la versión tradicional de la Panspermia requiere que los impactos proporcionen a las rocas que salen despedidas (con su preciosa carga biológica a bordo) la energía suficiente para escapar primero del campo gravitacional de la Tierra, y después de la atracción gravitatoria del propio Sistema Solar. Algo que no resulta fácil. La roca en cuestión, en efecto, solo podría salir de nuestro planeta si fuera lanzada a una velocidad superior a los 11,2 km/s (que es la velocidad de escape de la Tierra), y necesitaría moverse mucho más rápido, a más de 42,1 km/s, para conseguir escapar del Sistema Solar.

Además, según explicó Siraj a la revista Universe Today “estos desechos a menudo son bastante pequeños y proporcionan escasa protección contra la letal radiación a la que se vería expuesto cualquier microbio durante su largo viaje espacial”.

Por eso, Siraj y Loeb decidieron averiguar si sería posible que cometas de largo periodo u objetos interestelares (del tipo de Oumuamua o 2I/ Borisov) propagaran la vida sin necesidad de tener que superar estos problemas. Para ello, bastaría con que estos objetos “rozaran” la Tierra, atravesando su atmósfera y recogiendo microbios, para salir despedidos después con su preciada carga a toda velocidad debido al efecto de “honda gravitacional”, una maniobra de aceleración muyutilizada por las naves terrestres de exploración desde hace décadas y que permitiría a esas rocas salir fácilmente del Sistema Solar.

Otra ventaja de estos objetos, mucho más grandes que las rocas que salen volando tras un impacto es, según explica Siraj, que su tamaño “permitiría que los microbios queden atrapados en las grietas y rincones y consigan así una protección sustancial contra la radiación, de forma que puedan estar vivos cuando encuentren otro sistema planetario”.

A 77 km de altitud

Ahora bien, ¿cuál es la probabilidad de que un objeto así roce realmente la Tierra?

Para responder a esa pregunta, los investigadores se basaron en las tasas observadas de cometas de largo periodo y objetos interestelares para calcular la cantidad de veces que algo así habría podido suceder en los cerca de 4.500 millones de años que tiene la vida terrestre. Y llegaron a la conclusión de que en todo ese tiempo aproximadamente entre uno y 10 cometas de periodo largo y entre uno y 50 objetos interestelares habrían podido acercarse lo suficiente como para “exportar” a otros lugares vida microbiana recolectada directamente de la atmósfera terrestre.

Estas cifras, sin embargo, son muy conservadoras, ya que solo tienen en cuenta a los objetos que hayan podido atravesar la atmósfera a una altura máxima de 77 km, que es el límite en el que los científicos han encontrado organismos vivos. Pero si la vida terrestre aún pudiera darse a una altura atmosférica un poco mayor, unos 100 km, entonces el número de posibles “eventos de exportación” se elevaría a más de 100.000.

Hasta otras galaxias

“Un aspecto emocionante de nuestro estudio -explica Siraj- es que proporciona un proceso concreto para expulsar del Sistema Solar grandes rocas cargadas de microbios de la Tierra. Los procesos dinámicos de estas rocas que quedan atrapados en otros sistemas planetarios han sido descritos anteriormente, por lo que este trabajo cierra el ciclo, en cierto sentido, para un proceso concreto por el cual la vida podría haber sido transferida de la Tierra a otros planetas”.

A partir de ahora, cuando un nuevo objeto interestelar como Oumamua o 21/ Borisov cruce a toda velocidad nuestro sistema solar, nos preguntaremos si está transportando vida a algún lejano planeta y si, de la misma forma, la vida de la Tierra puede haber llegado ya hasta otras estrellas, o incluso hasta otras galaxias. Desde luego, resultaría cuando menos irónico que, después de haber buscado vida extraterrestre durante tanto tiempo, termináramos descubriendo que esa vida procede del mismo mundo en que nacimos…

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Implantan recuerdos en el cerebro de un ave para enseñarle un nuevo canto

Mediante técnicas de optogenética, los investigadores manipularon la actividad neuronal de estos animales para comprender mejor cómo aprenden sus vocalizaciones.

El doctor Todd Roberts en su laboratorio
El doctor Todd Roberts en su laboratorio UTSW

Uno de los asuntos que más intriga a los neurocientíficos es el proceso por el cual los humanos aprendemos a hablar. Para estudiarlo se utilizan algunos modelos animales, como el diamante cebra (Taeniopygia guttata), un ave cantora cuyas crías escuchan a sus progenitores cantar y aprenden a replicar las canciones practicando miles de veces, algo parecido a lo que hacen los bebés cuando dicen sus primeras palabras. Tras identificar la red de neuronas que participa activamente en este proceso y comunica las regiones motora y auditiva de estos animales, el equipo del neurocientífico Todd Roberts se preguntó si sería posible intervenir en el proceso y conseguir que las aves aprendieran una canción sin que los padres se la enseñaran.

En un trabajo publicado este jueves en la revista Science, este grupo de investigadores del centro médico de la Universidad de Texas Southwestern describe una serie de experimentos que les ha permitido implantar recuerdos en el cerebro de los diamantes cebra que no habían tenido tutelaje de sus padres y controlar estas regiones paracondicionar la expresión de su canto. El proceso se ha realizado mediante técnicas de optogenética, que consisten en alterar genéticamente determinadas células diana, en este caso las neuronas de la región que se activa durante el aprendizaje de las vocalizaciones, para activarlas o inhibirlas mediante impulsos de luz. De este modo, mediante un dispositivo implantado en el cerebro del ave, los autores del trabajo consiguieron que las notas del canto duraran lo mismo que cada impulso de luz, modificando la forma en que lo aprendían.

“Los hallazgos nos han permitido implantar estos recuerdos en las aves y dirigirlas en el aprendizaje de su canto”

“Esta es la primera vez que hemos identificado estas regiones del cerebro que codifican recuerdos que afectan al comportamiento, esos recuerdos que nos guían cuando queremos imitar algo, ya sea hablar o tocar el piano”, explica Roberts. “Los hallazgos nos han permitido implantar estos recuerdos en las aves y dirigirlas en el aprendizaje de su canto”. Los investigadores reconocen que no son capaces de manipular aún el proceso completo, solo la duración de las sílabas, pero aspiran a poder modular otros aspectos como el tono o el orden en el que las aves emiten cada nota, con el objetivo de identificar los detalles que les llevan a aprender a vocalizar. “Si descubrimos estas otras rutas, podríamos enseñar hipotéticamente a una ave a cantar su canción si ninguna interacción con su padre”, asegura Roberts. “Pero aún estamos muy lejos de ser capaces de hacer eso”.

El laboratorio de Roberts está especializado en documentar cómo funciona el cerebro durante el aprendizaje vocal. Mapeando con detalle los procesos neuronales que intervienen, los investigadores no solo pretenden conocer mejor cómo aprendemos a hablar los humanos, sino identificar genes específicos que afectan estas áreas y que se expresan de manera anómala en pacientes con problemas de vocalización, incluidas algunas formas de autismo. “El cerebro humano y las rutas asociadas con el lenguaje y su expresión son muchísimo más complicadas que la circuitería de un ave de canto”, advierte Roberts. “Pero nuestra investigación aporta importantes pruebas sobre dónde tenemos que buscar para comprender mejor los desórdenes en el neurodesarrollo”.

Referencia: Inception of memories that guide vocal learning in the songbird (Science)

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