Gran Via

 Gran Via

Cuando en Madrid aún había gallinas, artesas en la ribera del Manzanares, zarzuelas y churrerías, se inventó la Gran Vía, una puñalada de luz al corazón del casticismo, una mano abierta al aire. La Gran Vía nos hizo libres; nació para ser Broadway, y significa lo mismo; degeneró en cabarés para estraperlistas y no fue lo que debió haber sido, la ciudadela de sueños luminosos aunque yo recuerdo a Ava Gardner tapando los boquetes del cielo.

En Semana Santa habrá una gran tarta con 100 velas en la calle que retrató Antonio López con luz apastelada, un poco Nueva York cagata con toque de rascacielos estalinista. Los comerciantes, los amigos de la Gran Vía, apagarán las 100 velas de una urbe o verdú, que dicen los gitanos, que vino al mundo en época de magnicidios.

El alcalde Gallardón cortó la cinta del aniversario con un christmas extraño, un texto de Ramón: «La Gran Vía es el escape progresivo del hombre montado sobre el alcotán valeroso, y los que le vimos nacer, nos guiamos por la vieja alegría para remontarla, un poco ciegos del tiempo». En principio no entendí el mensaje, aunque alguien sabio me explicó que era el vuelo de Madrid al Poniente, a la modernidad, para que las golondrinas pudieran torcer con alegría las esquinas.

La Gran Vía llegó a los noticieros en las navidades de 1959, en el momento en que Ike, vencedor de la Alemania nazi, la cruzó en coche descubierto, meses después de que Bahamontes ganara el Tour, el día que yo conocí a una yanqui con bragas de plata y pepitilla de oro. Madrid dejaba de ser poblachón, luz fuerte frente a sombra oscura, el cero y el ombligo de La colmena.

Siempre nos dieron el coñazo diciendo que mejor para la Península hubiera sido la capital en Lisboa o Barcelona. Borges mismo piensa que Madrid, fuera de la Plaza Mayor o del Viaducto no vale nada, porque la Puerta del Sol es bastante desdichada, y «la Gran Vía, bueno, es más o menos un sainete, en Madrid todo parece servicio doméstico». Eso no deja de ser una gilipollez, aunque lo dijera el genio.

Gran Via

Por Gran Vía pasea el espectro de Dos Passos, lencería cubierta de sangre, un millón de cadáveres, la resaca de los corresponsales, entre troteras y dólares cuando se cometían crímenes para dar coba. Amamos la Gran Vía babilónica, donde se vendían bocatas de nieve, entre maderos y puchantes, y nunca se sabía si el camello era Menéndez Pelayo. La calle nació cuando solo había 700 bugatas y los periódicos costaban una perra chica. La inauguró Canalejas, anticlerical con barba, bigote y chistera.

Después le dieron matarile en la Puerta del Sol.

Raul del Pozo/elmundo.es

La ciudad de México: mujer barbuda (y 2)

Para la prensa internacional, el D. F. se ha convertido en algo así como la mujer barbuda del circo; ejerce la elocuente fascinación del defecto: los reportajes hablan de la contaminación, la inseguridad, los temblores, las amenazas intestinales y el incierto folklor de nuestras salsas. Y sin embargo, no podemos romper el cordón umbilical con México (cuya posible etimología es “ombligo de la luna”). Lunáticos y edípicos, nos parecemos al Don Juan de Rake’s Progress, la ópera de Stravinski con libreto de Auden: acabamos enamorados de la mujer barbuda.

Juan Villororo · Mapas

En la ciudad de México la costumbre no se repite, se improvisa. Incluso la corteza terrestre confunde las épocas con inestable actitud. El terremoto de 1985 desconcertó a los expertos porque el subsuelo se movió como si ignorara las leyes de la física. Después de seis años de estudiar el enigma, el sismólogo Cinna Lomnitz llegó a la siguiente conclusión: en la mañana del 19 de septiembre de 1985, la ciudad de México fue un lago; las ondas sísmicas se desplazaron como olas.

Los aztecas fundaron su capital en un islote y ganaron terreno al agua. Los conquistadores españoles que habían hecho la guerra de Italia no vacilaron en comparar a Tenochtitlan con Venecia. La ciudad fue secada durante siglos y las calles surgieron del lecho de los ríos. En el casco urbano, el principal recuerdo lacustre son los edificios coloniales que se hunden como navíos a punto de naufragar.

La memoria del agua establece un vínculo con los orígenes. Desde el punto de vista sismológico, aún estamos en una cuenca navegable: nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

En un sitio donde la corteza terrestre responde a un pasado primigenio, ignorado por la superficie, no es de extrañar que las temporalidades se crucen. No hay forma de instalar líneas de teléfonos en el centro de la ciudad sin practicar una arqueología accidental. Aunque los técnicos no busquen otra cosa que un resquicio para sus cables de fibra óptica, encuentran puntas de obsidiana, noticias del mosaico indígena.

Pero hay comunicados más recientes de los antiguos pobladores del valle. De acuerdo con el Instituto Nacional Indigenista, en la actual Tenochtitlan cerca de dos millones de indios conservan sus usos y costumbres.

Juan Villororo · Mapas

Aunque toda metrópoli se erige contra la naturaleza, pocas han tenido la furia destructora de México D. F. Una vez anulada el agua, el horizonte de destrucción fue el cielo. El paisaje urbano está determinado por estas pérdidas fundamentales. Hace algunos años, al visitar una exposición de dibujos infantiles, comprobé que ningún niño usaba el azul para el cielo; sus crayones escogían otro matiz para la realidad: el café celeste.
Quien aterriza de noche en la ciudad de México siente que llega a una galaxia desordenada. Sin embargo, esa marea encendida, que ocupa el valle entero, sigue creciendo. Su lógica exige la expansión continua. ¿Hacia dónde puede proseguir? Todas las flechas apuntan hacia abajo. El subsuelo recorrido por el metro es nuestra última frontera. Más allá de los imperativos geológicos, esta dinámica tiene una fuerta carga simbólica. En la mitología prehispánica, la vida comienza y termina bajo la tierra.

Borges resumió en dos versos su atribulado fervor por Buenos Aires:  “No nos une el amor sino el espanto/ será por eso que la quiero tanto”. Los contradictorios placeres de la ciudad de México son de este tipo. A diario juramos abandonarla y a diario nos entregamos a su abrazo; es la irrenunciable compañía que merecemos. Que otros vivan en las ciudadelas del orden y el tránsito feliz. Nosotros exigimos el carácter complicado y la belleza ambigua de la mujer barbuda

Juan Villoro.

El ejemplo de los deportistas

El ejemplo de los deportistas
LAS únicas buenas noticias que últimamente recibimos los españoles vienen de nuestros deportistas. No sólo compiten con la elite mundial, sino también ganan, con lo que, al fin, dejamos atrás las «victorias morales» de antaño. Y por si ello fuera poco, ganan por clase, por técnica, por pegada, jugando mejor que sus adversarios, convirtiendo sus actuaciones en auténticas exhibiciones. Pierden también de vez en cuando, como es natural, pero lo hacen con elegancia y pundonor, habiéndose dejado en la cancha cuanto tenían dentro. En una palabra: que podemos estar orgullosos de ellos y de ellas, pues también hay mujeres entre las mejores en disciplinas donde hasta ahora ni siquiera aparecían.
Y es del fútbol, el deporte rey, de donde nos llegan las mayores alegrías -me refiero a la cantidad, no a la calidad, al haber otros deportes, el tenis, el baloncesto, el motorismo, donde también destacamos- y la racha de victorias de nuestra selección nacional es la mejor muestra. Nunca habíamos ganado tanto durante tanto tiempo, jugando, además, como los ángeles. Ya no son aquellas embestidas de «furia española» que nos dieron más fama que galardones. Es el suyo hoy un juego calculado y preciso, con la cabeza y los pies, en el que no faltan los ramalazos de fiereza cuando se hace necesario romper la resistencia del contrario hasta obligarle a buscar el balón en el fondo de su portería. Una armoniosa conjunción de defensas y delanteros, que a menudo intercambian sus papeles, alimentados por unos medios, que constituyen el corazón y los pulmones del equipo. En una palabra: que da gusto verles jugar, como ocurrió el miércoles frente a Francia. El Barcelona marcó un camino que los demás han seguido con éxito para todos.
Pero más grato aún es verles en los entrenamientos. Encanta contemplar la camaradería que reina entre ellos, las bromas que se gastan, las charlas que sostienen, la dedicación que aplican a preparar las jugadas de conjunto. El espíritu de equipo en suma. Catalanes, madrileños, valencianos, asturianos, manchegos, andaluces, canarios, dando lo mejor de ellos, que es mucho, para lograr la victoria de todos. Cediendo el balón al compañero mejor situado, alegrándose de los goles que marca con entusiasmo de chiquillos y disculpando sus errores, constituyen no ya un orgullo, sino un ejemplo para una nación y un Estado donde cada uno tira para sí sin preocuparse lo más mínimo de los demás ni darse cuenta de que eso nos lleva a la peor de las derrotas: a la desaparición. Y han tenido que ser, miren ustedes por dónde, unos jóvenes «que corren detrás de un balón en calzoncillos», como se definía a los futbolistas, quienes enseñen cómo se sale de una crisis a políticos, intelectuales, financieros, empresarios, trabajadores, artistas y periodistas. Gracias.
Jose Maria Carrascal/abc.es

El silencio

 El silencio

Abres un periódico cualquiera para decidir a qué cine vas y resulta que ponen a parir una película a toda página mientras que califican de obra maestra otra a la que apenas dedican un suelto. Lo mismo pasa cuando intentas resolver qué libro lees o con qué realidad te conmueves. ¿Cómo no preguntarse si estas tensiones se dan también en uno, es decir, si dedicamos más tiempo y energías a los asuntos que no nos interesan que a los que nos atañen? Del mismo modo que el periódico está compuesto de un número equis de páginas, nuestra vida tiene un número limitado de años. Si cada año fuera una página y analizáramos cuántos de los vividos hemos dedicado a la publicidad, cuántos a la política nacional o internacional, cuántos a los anuncios por palabras, cuántos a la cultura, a la economía, la opinión, los deportes, los pasatiempos, los sucesos, etcétera, el saldo sería probablemente desatinado también. El gusto por la desproporción forma parte de nuestra naturaleza, constituye una necesidad contra la que nada podemos hacer. Si repasas los suplementos literarios de los últimos 30 años, comprobarás que cada año se aplicó el calificativo de “obra maestra” a siete u ocho novelas de las publicadas, lo que arrojaría un saldo de más de 200 libros de lectura obligatoria. Quiere decirse que en tres décadas, y en un solo país, habríamos producido dos centenares de eneidas, de iliadas, de divinas comedias, de paraísos perdidos, de madames bovarys, de crímenes y castigos, de comedias humanas, de anas kareninas, de regentas… Quizá cuando uno llega al final del periódico (o al final de la vida) e incurre una vez más en los ecos de sociedad (habiéndose saltado a lo mejor las páginas de Cultura), quizá, decíamos, se pregunte si es preferible una necrológica corta y elogiosa o larga y reprobatoria. ¿Pero qué tal un poco de silencio?
Juan Jose Millas/elpais.es

La ciudad de México: mujer barbuda (1)

La ciudad de México: mujer barbuda (1)

En México Distrito Federal el paso del tiempo significa una desaforada multiplicación de la especie. Nací en 1956, cuando la ciudad tenía cuatro millones de habitantes, y ahora tiene unos 18 o 20. Aunque los conteos de población son inciertos, no hay duda de que somos demasiados. Estamos ante un fenómeno insólito: la metrópoli nómada. Sin movernos de sitio, hemos cambiado de ciudad; por convención seguimos hablando de “México, D.F.”, pero es obvio que el paisaje anda suelto y se transfigura en otro y otro.

Hace mucho que la naturaleza fue replegada hasta desaparecer de nuestra vista. El aeropuerto ya está en el centro y las tareas agropecuarias se ejercen en el único espacio disponible, las azoteas. Secamos el lago que definía la ciudad flotante de los aztecas, asfaltamos el valle entero, destruimos el cielo azul. ¿Por qué vivimos aquí? No nos retiene la ignorancia. Los capitalinos estamos muy al tanto de los horrores ecológicos (somos expertos en las ronchas que salen con la contaminación, la peligrosidad de los terremotos, las tasas de plomo en la sangre); sin embargo, en franco desacato de la evidencia, consideramos que ninguna de estas amenazas es para nosotros. ¡Bienvenidos a la cultura del postapocalipisis! En nuestra peculiar percepción del entorno juzgamos que somos el resultado (nunca el anuncio) de una tragedia. De ahí la vitalidad de un sitio al borde del colapso, cuyo mayor misterio es que funcione.

La ciudad de México: mujer barbuda (1)

Recorrer México D. F. depara sorpresas numerosas. Todos los días circulan bajo tierra cinco millones de usuarios del metro. Se trata de una ciudad alterna que prefigura el México por venir, donde la gente nacerá y crecerá en la cripta de los aztecas sin necesidad de salir a la intemperie. Hoy en día, los metronautas disponen de cafeterías, tiendas, exposiciones y cursos subterráneos. También cuentan con su propia patrona, la Virgen del Metro, que apareció por una filtración de agua en la estación Hidalgo, en 1997.

En la superficie circulan los taxis que se han rendido a la evidencia de la macrópolis y no saben adónde ir. Cuando el despistado pasajero da una dirección, el conductor confiesa su ignorancia y pide señas para llegar ahí: “Usted me dice por dónde”.

Cuando Günter Grass estuvo en México a principios de los años ochenta preguntó con rigor teutón: “¿cuántos habitantes tiene la ciudad?” El vértigo llegó con la respuesta que entonces se juzgaba apropiada: “entre l2 y l6 millones”. La diferencia, el margen de error, era del tamaño de Berlín Occidental, la ciudad donde vivía Grass.

Además las calles repiten sus nombres como si así pulieran la gloria de los héroes. Quien abra el popular plano de la capital conocido como Guía Roji encontrará 179 calles Zapata, 215 Juárez, 269 Hidalgo, lo cual basta para construir unas veinte urbes suficientemente patriotas. En nuestro mapa movedizo ni siquiera las estatuas son estables. El monumento ecuestre a Carlos IV ha ocupado tres lugares distintos al modo de un caballo de ajedrez.

Juan Villoro

¿Quienes somos en la red?

                                ¿Quienes somos en la red?

En el futuro todos seremos imbéciles. No me refiero a un deterioro de la especie, sino a la imagen colectiva que posiblemente dejará nuestra época. Si los arqueólogos del porvenir estudian nuestro comportamiento virtual, encontrarán una civilización del equívoco. Imaginemos que los libros desaparecen y las únicas pruebas de nuestro paso por la Tierra son los mensajes digitales. En ese horizonte sombrío, Wikipedia, Facebook y Twitter tendrían la importancia del Código Hammurabi, la piedra Rosetta y las inscripciones cuneiformes en el palacio de Nabucodonosor II.   

Sería gravísimo que los ciberarqueólogos fueran personas bienintencionadas, dispuestas a tomar en serio el vertedero virtual y suponer que nuestros chats y nuestros blogs transmiten verdades.

Las vidas reconstruidas a partir de Wikipedia serían muy poco ejemplares, por no decir calumniosas. Esa herramienta tribal incluye las ocurrencias de impulsivos enciclopedistas. A veces uno desearía que fueran ciertas (a mí me asignaron un consulado en Barcelona), pero casi siempre son dudosas. ¿Y qué decir de Facebook y Twitter, donde una persona se puede inscribir con el nombre de otra para despotricar hasta la abyección? Abundan los casos de comentaristas clonados por adversarios que los hacen opinar en la red lo contrario a lo que escriben en la realidad. ¿Y si sólo sobreviven en ese mundo al revés, como némesis de sí mismos, apoyando en la posteridad lo que detestaron en vida?

No hay identidad a salvo. Cualquiera puede suplantar a cualquiera. El resultado es el opuesto al del carnaval. Las máscaras venecianas permiten una rara sinceridad; al amparo de un disfraz, se puede decir lo que uno desea sin que eso resulte comprometedor. En cambio, en Facebook no te vuelves Yolanda para ser tú mismo sino para desprestigiarla a ella. Nunca la inexactitud había dejado tantos rastros.

Más allá de la pésima imagen que estamos construyendo para los arqueólogos futuros, la incontrolada red comienza a vulnerarnos. Sé de personas que han perdido amistades, romances y trabajos porque un usurpador escribió desastres en su nombre.

Juan Villoro

Dias robados: El peluquero reprimido

 

Dias robados: El peluquero reprimido
Fui trasquilado por falta de amor a la humanidad. Naturalmente, tardé en advertir que la rapada tenía causas morales. Todo empezó con la difícil tarea de encontrar en Barcelona una peluquería que no pareciera un laboratorio de nouvelle cuisine. En los locales con sillones de diseño, los pelos se transforman en fideos de dramática posmodernidad. La verdad sea dicha, me gustaría tener suficiente material para someterme a esa aventura, pero pertenezco a la especie rala que sale de la peluquería de moda sin otra distinción que sugerir que el corte se hizo con cortaúñas.

     En una esquina del Ensanche encontré la clásica peluquería simple: tubo de tres colores en la puerta, sillones giratorios de cuero, infinidad de frascos de plástico y fotos recortadas de revistas, con fantasiosos cortes de pelo que están ahí de adorno pero que nadie pide. Un hombre de unos setenta años barría el piso. Llevaba la filipina blanca de los barberos de antes, incapaces de bautizar su negocio como “Edoardo” o, peor aun, “D’ Edoardo”.

     Tal vez para demostrar que no está en posesión de un arma blanca, el hombre con tijeras no para de hablar. Cuando se limita a fumar mientras esculpe un copete en forma de budín, despierta toda clase de sospechas (en este axioma se basa la película El hombre que nunca estuvo ahí, de los hermanos Coen).

     El peluquero en cuestión pertenecía al modo canónico: activaba las tijeras aunque no cortara, como un tic para tomar impulso, y hablaba sin freno ni cansancio, a pesar de que uno de sus temas era precisamente el cansancio. Tres meses atrás, su socio había sido asaltado en una estación del metro y no quería volver al trabajo, abatido por la depresión. Él tenía que atender a todos los clientes. Había buscado un sustituto, pero no corren tiempos de gente de tijera. Me hizo ver que los negocios nuevos se llaman “estéticas”, como si ahí oficiaran teóricos hegelianos. Por contraste, comentó mientras me untaba la espuma de un jabón barato, los locales tradicionales deberían llamarse “éticas”.

     Durante tres meses, el hombre dedicó sus domingos a visitar a su socio. Caminaban en la playa en compañía de un perrito, hablaban de las décadas compartidas en un rectángulo de dos por cuatro hasta llegar al momento fatal: la boca del metro, el asalto, el temor a perderlo todo, el sinsentido de cortar pelo. Una desolación profunda trababa por dentro a su amigo y le impedía abrir tijeras.

     La depresión del socio acabó por deprimir a mi peluquero. Consultó a un psiquiatra y le recetaron ansiolíticos. Hablaba de su propio mal como si fuese un efecto secundario y llevadero de la depresión de su amigo.

     En las siguientes visitas se quejó del exceso de trabajo y volvió a hablar de su socio, cuya tristeza informe hacía que él tomara calmantes. No se asumía como enfermo. En su relato, había un paciente para dos enfermedades. Cuando el otro se curara, los ansiolíticos serían un frasco más en la repisa, semejante al spray de vetiver.

     Al cabo de unos meses conocí al segundo peluquero. Tenía la mandíbula cruzada por una cicatriz y arrastraba un pie. Me saludó de mal talante: dos clientes aguardaban turno. Los vio de reojo y dijo, con una mueca conciliadora: “No se preocupe: ésos tienen tan poco pelo como usted.” En unos minutos se ocupó de mí; cortaba de prisa y con algún descuido. Le pregunté por su socio. “Está de vacaciones”, contestó con una sonrisa oblicua, como si las vacaciones fueran el sobrenombre de un hospital, un manicomio o un cementerio. Miraba de modo curioso, tal vez concentrado en los pelos en las orejas, y hablaba sin cesar, en tono atropellado. No entendí o, mejor dicho, no quise entender lo que decía. Extrañé al otro peluquero cuya auténtica enfermedad era su socio.

     Me refugié en una revista de mujeres desnudas y escritores famosos. Fui absorbido por una prosa sensiblera; el autor luchaba contra las injusticias del planeta con aires de superhéroe. De cualquier forma, era suficientemente deplorable: lo pésimo magnetiza más que lo malo. Me perdí en la argumentación del articulista que salvaba al mundo. Cuando alcé la mirada, encontré en el espejo a una persona que se me parecía y venía de un campo de exterminio. El peluquero sonreía como si mi cráneo fuera su terapia. El asaltado había regresado a vengarse.

     Un artículo de Chesterton, “El barbero ortodoxo”, me hizo pensar en otra moral para la historia: “Antes de que alguien hable con autoridad de amar a la humanidad, insisto (e insisto con violencia) en que debe estar siempre agradecido de que su barbero trate de hablar con él. Su barbero es humanidad: que ame eso.” El barbero conversacional representa para Chesterton la primera frontera de la tolerancia. Si alguien es incapaz de oírlo divagar sobre el clima o la política, que no diga luego que se interesa en el Congo o el futuro de Japón.

Juan Villoro/letraslibres

Disidencias

Disidencias

La democracia es ese raro sistema que permite a los individuos expresar opiniones en contra del sistema y a favor de otros sistemas que no les permitirían el menor asomo de disidencia. La democracia es también ese sistema en el que podemos compatibilizar la denuncia de cualquier pequeño atropello a nuestras libertades con la defensa de dictaduras liberticidas. La democracia es ese sistema que me sirve en bandeja opiniones antidemocráticas que serían tachadas de traición a la patria si no fuera porque la democracia nos permite la veleidad de no ser patriotas, de no creer en nada. Ni en la democracia. No me considero una fundamentalista democrática; digamos que considero éste el más humano de los sistemas posibles. Ya es algo.

La democracia es a veces un sistema injusto y tontorrón, que pone micrófonos delante de un actor dispuesto a ofrecer la versión oficial de una dictadura e ignora a los que la padecen.

Aun así, prefiero vivir aquí. Prefiero vivir en un sistema en el que un individuo tiene el maldito derecho a difamar a un pobre obrero que tuvo la valentía de disentir de un Estado represivo. Era un traidor, dicen, un delincuente común, quizá un terrorista. Esas palabras me duelen físicamente, pero prefiero vivir en un sistema en el que pueden decirse. Es la forma de conocer a fondo al sujeto que las pronuncia.

Tal vez las declaraciones de Guillermo Toledo hayan conseguido convertir a alguno de sus compañeros de profesión en anticastristas. Hay mucha gente de la “cultura” que se siente incómoda viéndose representada siempre por los mismos. Para combatir esa molestia silenciosa les recomiendo que expresen su desacuerdo asumiendo un principio bien básico: las personas decentes anteponen los derechos humanos a las ideologías. Y, desde luego, convendría elegir a otros representantes para liderar causas humanitarias.

Elvira Lindo/elpais.es

el sueño americano y la pesadilla mexicana

el sueño americano y la pesadilla mexicana

Muchos mexicanos prefieren vivir ilegalmente en EUA con el latente riesgo de ser deportados o de que suceda un nuevo atentado terrorista, que pagar el costo de la disparidad económica y social que representa vivir en México.

¿Usted qué prefiere? ¿Estar destinado a andar a patín y en minibuses suicidas manejados por choferes modorros todo el día o tener la oportunidad de comprarse a tasas bajas y estables un carrito jalador que lo lleve a cualquier parte? 

¿Llenar el tanque de su carrito escogiendo la gasolina que más le convenza y a precios más baratos o tener que pagar gasolina más cara tan sólo por el impuesto a la soberanía nacional y la necedad que impera en México? 

¿Ganar 10 veces más salario que rinda más a cambio de sus servicios (aunque sea en calidad de ilegal) o intentar sobrevivir el mes con un minisueldo para cubrir el pago de su minicasa, su minicoche, sus minimuebles, su minitele, etc.? 

¿A poco no prefiere salir a correr al parque, sacar a pasear al perro, ir al cine con su novia o hacer las compras en el centro comercial sin el temor de que lo vayan a golpear o navajear a cambio de su cartera? 

¿Qué no preferiría estudiar en algún lugar donde sabe de antemano que, si se esfuerza y destaca a lo largo de su carrera, sin duda se topará al final de sus estudios con varios reclutadores que se pelearán porque estampe su firma en sus empresas? 

¿No le gustaría más una meritocracia llena de oportunidades para los mejores talentos jóvenes o experimentados que una compacracia donde impera el poder de los cuates y contactos? 

En resumidas cuentas, ¿Qué prefiere? ¿Un mejor nivel de vida así lo tachen de ilegal en otro lado o seguir en las mismas dentro de la ley a la mexicana? ¿El sueño americano o la pesadilla mexicana? 

La migración es un problema que ha ido creciendo de la mano de la brecha económica y social que nos separa a los mexicanos de EUA, esto no es ningún descubrimiento. Mientras haya oferta de mano de obra mexicana y demanda de indocumentados en EUA el problema no se va a terminar.

Quizá el fin del asunto podría llegar el día en que EUA se vuelva tan pobre como México, o bien, México se empareje con EUA. Yo sinceramente dudo que cualquiera de las 2 cosas llegue a pasar. 

Es común y corriente en México escuchar cómo casi todo mundo se refiere a la gente que decide emigrar ilegalmente a Estados Unidos con los nombres de braceros, mojados, indocumentados, paisanos y chicanos.

Hay quienes los miran con desprecio, los aborrecen por ser “prietitos”, los juzgan de burros perdedores, hacen negocio de su situación, se aprovechan de ellos y los tratan mal tan sólo por querer ejercer su derecho a un mejor nivel de vida. 

Esa gente que se ve obligada a cruzar el río Bravo, aguantar desiertos, dormir escondidos, pasar hambre, correr de la migra, adoptar una identidad nueva, entre muchos terrores más, es gente que lo único que quiere es algo que su propia tierra no les ha podido dar en años: prosperidad.

La mayoría de esas personas viven al margen de un mercado mexicano ineficiente que no los puede beneficiar mucho.

Ellos no son los grandes inversionistas, no pueden enojarse con el mercado provocando un estornudo de capitales, ocasionando una devaluación acelerada del peso, retirando grandes inversiones, cerrando plantas maquiladoras, etc.

Por lo general pertenecen a los estratos sociales más humildes y nadie los pela. Así que la única vía que tienen para expresarle a su país que no están de acuerdo con la condición a la que los han reducido, es por piernas.

Toda esta gente huye de la pesadilla en que vive en busca del sueño americano. Ellos saben que en México vivir así mata. 

Esta gente ha recibido sin lugar a dudas una patada histórica en el trasero de parte de EUA y también de México.

Hoy los estadounidenses no los quieren allá, sus rígidas políticas migratorias así lo expresan, y los mexicanos no los queremos aquí, nuestra inútil capacidad de crecimiento económico con estabilidad los expulsa automáticamente.

 Sin embargo, la contribución de estos paisanos ha sido subestimada a lo largo del tiempo. Habría que replantear si en verdad nadie los quiere. 

Para empezar, el estereotipo que tenemos del emigrante ha cambiado. Solamente 1 de cada 10 trabajadores mexicanos en EUA labora en la agricultura.

 Hoy la mayoría son absorbidos por el sector servicios. El 55% de los residentes mexicanos en EUA cuenta con un grado de escolaridad equivalente a secundaria completa o más. Así es que olvídese del rancherito que no sabe leer ni escribir.

 Los emigrantes han dejado de ser en su mayoría de origen rural y cada vez se integra más gente proveniente de las ciudades. Incluso se estima que cerca de 2 de cada 3 emigrantes tenían trabajo en México antes de partir a EUA.

 Así es que el problema migratorio tiene que ver, más allá de la falta de trabajo en México, con la ausencia de expectativas de prosperidad en este país. Aquel famoso “bienestar para la familia”. 

Si hablamos de EUA, es entendible en cierto modo que esta nación se queje de tener que integrar a toda esta gente cuando los estadounidenses no tienen la culpa de la irresponsabilidad histórica de los gobiernos mexicanos para atender a tanta gente olvidada.

Sin embargo no podemos negar el hecho de que la contribución laboral de los paisanos permitió en buena parte el sostenimiento del boom económico de esa nación a lo largo de la última década. 

Todos sabemos que los mexicanos llegan a EUA a hacer el trabajo sucio que los estadounidenses no están dispuestos a realizar.

Los salarios que se ofrecen por estas actividades en EUA reflejan la demanda que existe de manos aguantadoras que cubran esas posiciones.

Abundan los trabajadores domésticos, del campo, obreros, cocineros, meseros, jardineros, parrilleros, lavaplatos, mensajeros, barrenderos, mecánicos, nanas, etc.

Además los empleadores estadounidenses se aprovechan de la ventajosa situación de contratar a indocumentados, lo cual se traduce en mayores beneficios a menor costo: salarios bajos, ausencia de prestaciones legales, menores costos operativos, mayores utilidades para el negocio, precios de productos más competitivos, etc.

Así es que en este sentido, tal parece que los estadounidenses no le hacen tanto el feo a los inmigrantes.

 Más bien se benefician de mantenerlos fuera de la ley. 

También hay que considerar que la llegada de los inmigrantes mexicanos (de los cuales el 70% son jóvenes y adultos jóvenes, entre 15 y 44 años de edad) ha permitido el crecimiento de la población estadounidense, y por ende el de su economía, ante el estancamiento demográfico al que se enfrenta esa nación donde la pirámide de edades está invertida y dominada por gente que empieza a abandonar su periodo laboral productivo. 

Según datos del Consejo Nacional de Población (Conapo), en la década de los sesentas el flujo de emigrantes a EUA andaba entre los 26 mil y 29 mil mexicanos al año. Más de 30 años después ese flujo se ha desbordado 10 veces más llegando a los 300 mil mexicanos al año (legales e ilegales). 

En la actualidad se estima que en EUA habitan cerca de 8.5 millones de mexicanos de los cuales 3 millones son indocumentados.

 Si a este dato le agregamos los 13 millones de residentes estadounidenses de origen mexicano (descendencia de inmigrantes mexicanos), llegaremos a casi 22 millones de personas con sangre mexicana que radica en EUA.

Un mundo de gente que no puede ser despreciado por EUA ni en sentido económico ni político. Según calcula Standard & Poor´s el poder adquisitivo de esta enorme delegación mexicana rondó los 443 mil millones de dólares (mdd) en el año 2000 (más del 60% del PIB de todo México) y estima que al 2010 la cifra llegue a los 939 mil mdd.

 A este paso los mexicanos podrían convertirse en la minoría étnica más importante de EUA y dudo que a los políticos estadounidenses les pase este dato inadvertido. 

Ahora, viendo el lado mexicano, ¿Se imagina el horror social que sería de México (mayor del que ya tenemos, claro) si la delegación de los 22 millones se regresara de un día para otro al país? Si así como estamos la economía nacional está que ya no puede con tanto mexicano, ahora piense lo que sería con otro 20% más de los que ya estamos aquí…

 Definitivamente los niveles de delincuencia e inseguridad serían mayores, la pobreza estaría al tope, el sector informal se volvería tamaño jumbo, el gasto del gobierno alcanzaría menos de lo que hoy alcanza, el desempleo se dispararía mucho más, etc. 

Hoy pareciera que la fuga de los paisanos al otro lado nos beneficia y nos quita presiones sociales, económicas y laborales; sin embargo este espejismo se develará en unos 20 años cuando empecemos a pagar los platos rotos por no haber hecho hoy lo necesario para mantener a esa fuerza laboral joven dentro de nuestras fronteras.

En ese lapso seremos testigos del paso de una población mayoritariamente joven a una población envejecida.

Así es que con tanta gente huyendo del país, una población económicamente activa con tendencia a reducirse en el largo plazo y una trabazón de cambios estructurales necesarios para estimular la productividad del país que no sabemos como destrabar, tal parece que se avecina una inminente sequía económica y social en México. 

Por el momento y al corto plazo (como nos gusta vivir y pensar) muchas familias mexicanas se benefician de las remesas que reciben año con año de todos los paisanos que andan trabajando allá en EUA. Resulta que México ocupa el segundo lugar a nivel mundial como receptor de remesas familiares.

Recursos valorados en 8,895 mdd en el 2001 (o el 1.44% del PIB del año pasado). Nada más nos ganó la India con 11,000 mdd (o el 2.42% de su PIB). En Latinoamérica no hay quién nos gane, somos los campeones. Nos sigue El Salvador muy atrás con 1,751 mdd (que son vitales para su pequeña economía pues pesan más del 13% de su PIB). 

El impacto económico de las remesas no puede pasar inadvertido: Conapo estima que en la última década México recibió más de 45 mil mdd por concepto de remesas. Los 8,895 mdd recibidos en el 2001 representan el 69.5% del valor de las exportaciones petroleras de ese año.

Equivalen al 136% de los recursos captados por el turismo. O también representan el 36% del monto de la Inversión Extranjera Directa (IED) registrada el año pasado (24,730 mdd), tomando en cuenta que cerca de la mitad de esos recursos se debió a la adquisición de Banamex por Citigroup, una transacción que no se ve todos los días. 

Sin embargo, más allá de lo impactante que parezcan las cifras, sería bueno cuestionar si el costo de oportunidad de perder a tanta gente, a tantos talentos que se van del país en busca de menores obstáculos para acceder a educación, salud, seguridad y justicia; y mayores facilidades para vivir, trabajar, comerciar, producir, ahorrar, emprender, vale esos 8,900 mdd que hoy tanto “presumimos”.

No hay que olvidar que finalmente esas remesas que llegan al país en su mayoría llegan solamente a llenar barrigas, es difícil que esa gente con tantas necesidades básicas, piense siquiera en canalizar esos recursos al ahorro productivo. 

¿Cuánto potencial de crecimiento no podría generarse si todo esta gente que huye espantada de México pudiera contar con servicios públicos de calidad, con una educación competente, con un mercado laboral capaz de absorberlos, con leyes sencillas, con autoridades que respeten la libertad, las propiedades de todos y hagan valer los contratos, con bancos que hagan accesible el crédito a proyectos viables, etc. etc.? 

La contribución de tanta gente valiosa, sea cual sea la actividad que desempeñan, se está perdiendo por falta de confianza en este país. Y sin confianza en la economía no habrá crecimiento ni prosperidad nunca.

Como alguna vez diría Abel Quesada, caricaturista mexicano, “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Lic.Renato Blanco/gestiopolis.com

Chile tiembla

Chile tiembla

«Mamá, tranquila, ya pasó», dice la niña a su madre ante la magnitud 8,8 del terremoto. Pablo Neruda, telúrico, comparó el seísmo con el pateo de los caballos que llegaron cuando don Cristóbal el marinero puso los pies en el Nuevo Mundo. En el disco duro de la azotea tengo clarísimos recuerdos de Chile a pesar de mi mala memoria; más que recuerdos son sueños de una mañana fina y larga y gentil, como antes vio John Gunter, Chile colgado en la costa como una cuerda de campana llena de nudos, en una bandeja de nieve entre Los Andes y el Pacífico, entre viñas del cielo y cobre ardiente.

Veo el mapa tan estrecho, que se hizo para que Argentina no llegara al Pacífico, y tengo que pensar en una dieta para poder permanecer en ese mapa angosto, veo la sangre de un carabinero en un parque, veo todo mi siglo resumido en tres ciudades y tres nombres que relucen como el sol, Valparaíso de Allende, Parral de Neruda y San Carlos de Violeta Parra.

A Neruda nunca le conocí, tampoco a Allende, pero estuve en una tribuna debajo de él, a 10 metros, mientras pasaba un millón de chilenos pidiendo socialismo en libertad. Me viene a la cabeza la palabra larga y bella y me acuerdo del hábito malva de Violeta en la Candelaria, París 1962, y aquel estribillo «qué dirá el Santo Padre que vive en Roma, que le están degollando a su paloma»; ella cantaba mientras yo me comía las aceitunas que dejaban los clientes. Recuerdo lo incómodo que es estar sentado cerca de Allende y lo cálido que es ese país, hermano de verdad, donde los conquistadores extremeños se acojonaban más con los seísmos que con los araucanos, a pesar de que fueron los que ofrecieron más resistencia y pasaron a la épica.

Crucé Los Andes en compañía de Víctor Manuel, que iba a cantar a Santiago. Los motores del avión gruñeron en el espinazo de América y luego me sentí libre; enseguida descubrí ante el dorado vino que las morenas misteriosas hablaban como pajaritas de las nieves. Me sentí plenamente español porque aunque los héroes de la Araucana hicieron salvajadas, los chilenos no olvidan que les llevaron la viña y el castellano.

Estuve debajo de la tribuna de Allende en junio de 1971, cuando la VOP, un grupo ultraizquierdista, mató a Pérez Zujovic, ex ministro demócrata cristiano, responsable de una masacre. Era entonces la América insurrecta, el primer soviet en la paz, la nacionalización del cobre. Todo se fue al infierno. Para que fracase un sueño, además de la mano sucia de la CIA, es necesario un grupúsculo de paranoicos de ultraizquierda.

Chile siempre asaltado: otra vez le da en los ojos la herradura del jinete del Apocalipsis.

Raul del Pozo/elmundo.es