El arte de fracasar

El arte de fracasar
Faulkner sentía que fracasaba en cada novela que escribía. Especial

“Fracasar y luego volver a intentarlo. Eso es el éxito para mí”. Esta frase que soltó William Faulkner en una entrevista, en 1955, recuerda la famosa línea de Samuel Beckett: “inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”.

Hablar del fracaso en el siglo XXI es anticlimático; las redes sociales, la auto exposición al alcance de cualquiera, crea el espejismo de que todos somos unos triunfadores. No se necesita ser muy espabilado para conseguir un minuto de gloria en Tik Tok, esa red ideada para que nadie sea un don nadie.

Las palabras “perdedor” y “fracasado” son un estigma que hoy nadie quiere llevar. Pero la realidad es que perdemos y fracasamos todo el tiempo, y que el éxito sólo llega, si es que lo hace, muy de vez en cuando.

William Faulkner, ese extraordinario escritor cuyo éxito lo llevó hasta las alturas del premio Nobel, sentía que fracasaba en cada novela que escribía: “uno nunca consigue contar la verdad según la ve. Lo intenta, y fracasa cada vez. Así que vuelve a intentarlo. Sabe que la siguiente vez tampoco será la buena, pero vuelve a probar…”

En esa misma entrevista, que está publicada en el libro León en el Jardín (Reino de Redonda, 2021), Faulkner declara: “Mi fracaso más espléndido fue El ruido y la furia, y ese libro es para mí el de más éxito, porque fue el mejor fracaso”.

El ruido y la furia, ese fracaso espléndido, es uno de los libros más importantes de la historia de la literatura.

Gracias a su apego por el fracaso Faulkner nos dejó novelas monumentales. Y si se hubiera considerado un triunfador ¿qué nos habría dejado? Probablemente una obra menos contundente, porque su motor era la sensación de estar siempre fracasando.

Lo que Faulkner nos enseña es que el fracaso es más importante que el éxito, porque el éxito se agota en sí mismo y dentro del fracaso está siempre latente la posibilidad de triunfar. El fracaso está lleno de futuro y lo que hay más allá del éxito es el vacío. El vacío que la gente sensata vuelve a llenar de fracasos esplendorosos.

Jordi Soler

https://www.milenio.com/opinion/jordi-soler/melancolia-de-la-resistencia/

Confesiones inconfesables

Confesiones inconfesables

Algunas de las últimas series documentales centradas en el análisis de crímenes reales han cambiado la perspectiva del asesino hacia la víctima, de tal manera que apenas se percibe esa fascinación malsana por los depredadores humanos que elevaron a Jack el Destripador, Ed Gein o Charles Manson a la categoría de iconos culturales a los que se dedicaron libros, canciones y películas. En los últimos capítulos de Ted Bundy: Falling For a Killer, aparece la típica figura de la joven enamorada de un monstruo homicida, un tópico repetido desde aquellos lejanos años treinta en los que Peter Kürten, el Vampiro de Düsseldorf, recibía diariamente en su celda, en espera de la ejecución, docenas de cartas de mujeres pidiéndole matrimonio.

En la ficción, esa fascinación llegó al límite con el personaje de Hannibal Lecter, el despiadado caníbal de El silencio de los corderos, tan elegante y refinado que muchos espectadores confesaron que les hubiera encantado invitarlo a cenar sin comprender que ellos iban a ser el primer plato. Justo en el extremo opuesto de la balanza se encuentra la pareja homicida de Henry, retrato de un asesino, la brutal película de John McNaughton, que refleja las andanzas sanguinarias de Henry Lee Lucas y Ottis Toole por las carreteras desoladas de Estados Unidos. Con su incultura general, su falta de atractivo, sus pintas de paleto, su cociente intelectual por debajo de la media y sus dos dientes colgando, Henry era algo así como la antimateria de Ted Bundy, el atractivo, inteligente y bestial asesino que fue el principal modelo para Lecter. Y sin embargo, gracias a los periódicos, a los noticiarios y a la película de McNaughton, Henry Lee Lucas fue considerado durante mucho tiempo el asesino serial más prolífico de la historia de los Estados Unidos.

The Confession Killer, la modélica serie documental de Netflix, desmantela el mito de Henry Lee Lucas de una vez por todas con una colección de entrevistas y un caudal de información tan apabullante que se hace difícil pensar como alguna vez la justicia pudo creer que este hombre había cometido cientos y cientos de asesinatos. De hecho, es la justicia estadounidense la que sale retratada de esta historia como un auténtico circo de tres pistas que estuvo funcionando durante décadas, con un desprecio olímpico hacia las pruebas forenses, las declaraciones de testigos y los procedimientos más elementales de investigación policial.

Desde el momento en que, en mitad de un juicio por un doble asesinato, Henry Lee Lucas preguntó por los otros cientos de mujeres que había matado, el sheriff Jim Boutwell pensó que le había tocado la lotería y organizó una especie de tómbola nacional de crímenes sin resolver en la que cualquier comisario de cualquier rincón del país podía venir con un caso de homicidio pendiente y cargarlo a la cuenta de Henry, quien parecía encantado de añadir una nueva víctima a la lista y de que le invitaran a otro batido de fresa. Con el tiempo se organizó un cuadrante de fechas y lugares tan eficaz que un sheriff llamaba desde Wisconsin o Alabama o Maine y preguntaba si tal día de tal año estaba libre. Gracias a la vaguería, la corrupción o la imbecilidad de los agentes de la ley, Henry se convirtió en un auténtico estajanovista de la muerte, un proletario del asesinato capaz de recorrer mil o dos mil kilómetros en doce horas de una escena del crimen a la siguiente.

Henry confesaba porque era un mentiroso compulsivo y porque, mientras siguiera hablando, evitaba la pena de muerte, pero también porque le hacían caso por primera vez en su vida y lo trataban como a una celebridad. Lo verdaderamente imperdonable es la desfachatez de los policías que se prestaron al juego y que, por negligencia o por mala fe, le echaban una mano en los detalles, aunque hubieran pasado cinco, diez o doce años desde la fecha del crimen. Varios familiares objetaron la veracidad de sus confesiones, pero el espectáculo debía continuar y Boutwell y sus hombres no tardaron en echar tierra sobre el asunto. Diversos investigadores demostraron que, en muchos de los lugares en los que había confesado un asesinato, Henry estaba en el otro extremo del país, pagando una multa o detenido por algún otro delito. Una detective que llevaba tiempo sospechando de la farsa, se inventó un caso de homicidio, fue a ver a Henry y obtuvo una confesión completa. Más grave aún fue la intervención de un fiscal que cuestionó toda la investigación y cuya intromisión le costó la carrera.

La incertidumbre sobre la culpabilidad de Henry era tan manifiesta que en 1998 el entonces gobernador de Texas, George W. Bush, suspendió su condena a muerte por el célebre crimen de “Orange Socks” en Williamson County. Con el tiempo, gracias al desarrollo de las pruebas de ADN, fueron capturados unos veinte criminales exculpados por las confesiones de Henry Lee Lucas que habían escapado durante años a la justicia, aunque a día de hoy ni siquiera es posible evaluar la cantidad de asesinos impunes que quedaron en libertad gracias a la incompetencia manifiesta de las autoridades. Todo porque un sheriff de los Rangers, un montón de policías y un ejército de periodistas cayeron presos del embrujo del mal, embelesados por la atracción de un agujero negro inconcebible que resultó ser una trola con dos dientes colgando.

https://blogs.publico.es/davidtorres

La vacuna es un bien público mundial

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo
Varias personas reciben sus respectivas dosis de vacuna en el Wizink Center de Madrid. EFE/ Emilio Naranjo

Hay un cierto consenso en torno a que la pandemia actual permanecerá con nosotros durante mucho tiempo. Vamos a entrar en un periodo de pandemia intermitente cuyas características precisas todavía están por definirse. El juego entre nuestro sistema inmunitario y las mutaciones del virus no tiene reglas muy claras. Tendremos que vivir con la inseguridad, por espectaculares que sean los avances de las ciencias biomédicas contemporáneas. Sabemos pocas cosas con seguridad.

Sabemos que la recurrencia de pandemias está relacionada con el modelo de desarrollo y de consumo dominante, con los cambios climáticos asociados a este, con la contaminación de los mares y los ríos y con la deforestación de los bosques. Sabemos que la fase aguda de esta pandemia (posibilidad de contaminación grave) solo terminará cuando entre el 60% y el 70% de la población mundial esté inmunizada. Sabemos que esta tarea se ve obstaculizada por el agravamiento de las desigualdades sociales dentro de cada país y entre los distintos países, combinado con el hecho de que la gran industria farmacéutica (Big Pharma) no quiere renunciar a los derechos de patente sobre las vacunas. Las vacunas ya se consideran el nuevo oro líquido, sucediendo al oro líquido del siglo XX, el petróleo.

Sabemos que las políticas de Estado, la cohesión política en torno a la pandemia y el comportamiento de la ciudadanía son decisivos. El mayor o menor éxito depende de la combinación entre vigilancia epidemiológica, reducción del contagio a través de confinamientos, eficacia de la retaguardia hospitalaria, mejor conocimiento público sobre la pandemia y atención a vulnerabilidades especiales. Los errores, las negligencias e incluso los propósitos necrófilos por parte de algunos líderes políticos han dado lugar a formas de políticas de muerte por vía sanitaria que llamamos darwinismo social: la eliminación de grupos sociales desechables porque son viejos, porque son pobres o porque son discriminados por razones étnico-raciales o religiosas.

Por último, sabemos que el mundo europeo (y norteamericano) mostró en esta pandemia la misma arrogancia con la que ha tratado al mundo no europeo durante los últimos cinco siglos. Como cree que el mejor conocimiento técnico-científico proviene del mundo occidental, no ha querido aprender de la forma en que otros países del Sur Global han lidiado con epidemias y, específicamente, con este virus. Mucho antes de que los europeos se dieran cuenta de la importancia de la mascarilla, los chinos ya la consideraban de uso obligatorio. Por otro lado, debido a una mezcla tóxica de prejuicios y presiones de los lobbies al servicio de las grandes compañías farmacéuticas occidentales, la Unión Europea (UE), Estados Unidos y Canadá han recurrido exclusivamente a las vacunas producidas por estas empresas, con consecuencias por ahora impredecibles.

Además de todo esto, sabemos que existe una guerra geoestratégica vacunal muy mal disfrazada por llamamientos vacíos al bienestar y a la salud de la población mundial. Según la revista Nature del pasado 30 de marzo, el mundo necesita once mil millones de dosis de vacunas (sobre la base de dos dosis por persona) para lograr la inmunidad de grupo a escala mundial. Hasta finales de febrero, se confirmaron pedidos de unos 8.600 millones de dosis, de los cuales 6.000 millones estaban destinadas a los países ricos del Norte Global. Esto significa que los países empobrecidos, que representan el 80% de la población mundial, tendrán acceso a menos de una tercera parte de las vacunas disponibles. Esta injusticia vacunal es particularmente perversa porque, dada la comunicación global que caracteriza nuestro tiempo, nadie estará verdaderamente protegido hasta que el mundo entero esté protegido.

Además, cuanto más se tarde en lograr la inmunidad de grupo a escala global, mayor será la probabilidad de que las mutaciones del virus se vuelvan más peligrosas para la salud y más resistentes a las vacunas disponibles. Un estudio reciente, que reunió a 77 científicos de varios países del mundo, concluyó que dentro de un año o menos, las mutaciones del virus harán que la primera generación de vacunas sea ineficaz. Esto será tanto más probable cuanto más tiempo se tarde en vacunar a la población mundial. Ahora, según los cálculos de la People’s Vaccine Alliance, al ritmo actual, solo el 10% de la población de los países más pobres se vacunará a finales del próximo año. Más retrasos se traducirán en una mayor proliferación de noticias falsas, la infodemia, como la llama la OMS, que ha sido particularmente destructiva en África.

Existe consenso hoy en que una de las medidas más eficaces será la suspensión temporal de los derechos de propiedad intelectual sobre las patentes de vacunas contra la covid por parte de las grandes empresas farmacéuticas. Esta suspensión haría que la producción de vacunas fuese más global, más rápida y más barata. Y así, más rápidamente, se lograría la inmunidad de grupo global. Además de la justicia sanitaria que permitiría esta suspensión, existen otras buenas razones para defenderla. Por un lado, los derechos de patente se crearon para estimular la competencia en tiempos normales. Los tiempos de pandemia son tiempos excepcionales que, en lugar de competencia y rivalidad, requieren convergencia y solidaridad.

Por otro lado, las empresas farmacéuticas ya se han embolsado miles de millones de euros de dinero público a título de financiamiento para fomentar la investigación y el desarrollo más rápido de vacunas. Además, existen precedentes de suspensión de patentes, no solo en el caso de retrovirales para el control del VIH/sida, sino también en el caso de la penicilina durante la Segunda Guerra Mundial. Si estuviéramos en una guerra convencional, la producción y distribución de armas ciertamente no quedarían bajo el control de las empresas privadas que las producen. El Estado, desde luego, intervendría. No estamos en una guerra convencional, pero los daños que la pandemia hace a la vida y al bienestar de las poblaciones pueden resultar similares (casi tres millones de muertos hasta la fecha).

No es de extrañar, por tanto, que ahora exista una vasta coalición mundial de organizaciones no gubernamentales, Estados y agencias de la ONU a favor del reconocimiento de la vacuna (y de la salud en general) como un bien público y no como un negocio, y la consecuente suspensión temporal de los derechos de patente. Mucho más allá de las vacunas, este movimiento global incide en la lucha por el acceso de todos a la salud y por la transparencia y el control público de los fondos públicos involucrados en la producción de medicamentos y de vacunas.

A su vez, unos cien países, encabezados por la India y Sudáfrica, ya han solicitado a la Organización Mundial del Comercio que suspenda los derechos de patente relacionados con las vacunas. Entre estos países no se encuentran los países del Norte global. Por ello, la iniciativa de la Organización Mundial de la Salud de garantizar el acceso global a la vacuna (COVAX) está destinada al fracaso.

No olvidemos que, según datos del Corporate Europe Observatory, la Big Pharma gasta entre 15 y 17 millones de euros al año para presionar las decisiones de la Unión Europea, y que la industria farmacéutica en su conjunto cuenta con 175 grupos de presión en Bruselas trabajando para el mismo propósito. La escandalosa falta de transparencia en los contratos de vacunas es el resultado de esta presión. Si Portugal quisiera dar distinción y verdadera solidaridad cosmopolita a la actual presidencia del Consejo de la Unión Europea, tendría aquí un buen tema de protagonismo. Tanto más si otro portugués, el secretario general de la ONU, acaba de hacer un llamamiento a fin de considerar la salud como un bien público mundial.

Todo apunta a que, tanto en este ámbito como en otros, la UE seguirá renunciando a cualquier responsabilidad global. Con la intención de mantenerse pegada a las políticas globales de Estados Unidos, en este caso puede ser superada por los propios EE.UU. La administración Biden está considerando suspender la patente de una tecnología relevante para las vacunas desarrollada en 2016 por el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas.

https://blogs.publico.es/espejos-extranos/

Lecciones de los Walsh para la era de la desinformación y el odio

Roberto Herrscher - Direcrtor - Carrera de Periodismo. Universidad Alberto  Hurtado. | LinkedIn

Sin embargo, las cosas han mejorado en el último medio siglo. En los años setenta, en las dictaduras latinoamericanas los que levantaban la voz contra las injusticias eran secuestrados, torturados, desparecidos o marchaban al exilio; sus obras eran censuradas, sus libros quemados.

Hoy predominan las democracias y los derechos. Pero han surgido líderes autoritarios que mienten a destajo, intereses corporativos que ocultan crímenes y infantilizan los temas serios, voces poderosas que ocultan lo importante, privilegian lo banal e instalan el miedo al cambio y el odio a los distintos.

Ante los peligros actuales, me parece útil volver la vista a dos valientes textos argentinos de hace casi medio siglo que daban pistas sobre dos aspectos de la era de las dictaduras: el por qué se cometían los crímenes, y las condiciones culturales que los hicieron posibles.

Me refiero a la “Carta abierta a la Junta militar” del cronista y novelista Rodolfo Walsh y a “Desventuras en el país-jardín-de-infantes” de la poeta y cantautora María Elena Walsh, quienes compartían el mismo apellido sin ser parientes.

Para los periodistas y los intelectuales argentinos la carta abierta de Rodolfo Walsh condensa la valentía de enfrentar al poder, contar la verdad y el mal en la cara del tirano. El 25 de marzo de 1977, en el primer aniversario del golpe de Estado que instauró una dictadura militar (1976-83), Walsh salió a meter copias de su carta en distintos buzones de Buenos Aires para que llegara a los diarios porteños cuando un Grupo de Tareas de la Armada intentó secuestrarlo; él se defendió a balazos y fue abatido en plena calle.

La historia la cuentan los autores de sus dos biógrafías, Eduardo Jozami y Michael McCaughan. Se llevaron su cuerpo agonizante, y desde entonces Walsh es uno de los miles de desaparecidos argentinos. Ningún diario publicó su carta, pero hoy se enseña en las escuelas de periodismo y se cita como ejemplo de lucidez y valentía.

El texto detalla con datos y ejemplos los miles de secuestros, las torturas y asesinatos, la maquinaria de la muerte. Presenta fuentes con la precisión y el estilo que caracteriza la obra más conocida de Walsh, la pionera novela de no ficción Operación Masacre, publicada en 1957.

Pero, cuando parecía que nada podía ser peor que el horror que estaba desvelando, es cuando comienza la lección más útil para estos tiempos.

“Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren”, dice el autor en su carta. Las muertes y torturas son el medio; el objetivo es la transformación económica del país para quitar derechos a los trabajadores y beneficiar a las grandes fortunas. Ese es el para qué.

Dos años después de la carta, Clarín publicó un alegato mucho menos famoso pero igual de potente, y que considero que hoy debe leerse junto con la carta de Rodolfo: se trata de “Desventuras en el país-jardín-de-infantes”, de María Elena Walsh.
Lecciones de los Walsh para la era de la desinformación y el odio

Se trata de un divertido y firme argumento contra la censura de los medios, la prohibición de obras artísticas, la infantilización de todo un país. Dice María Elena Walsh en plena dictadura: “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir”.

Y termina así: “Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra”.

María Elena Walsh era la más querida autora de canciones y libros para niños del país, como cuentan las biografías de Alicia Dujovne y de Sergio Pujol. No podían desaparecerla. Pero apenas salió el artículo, sus canciones fueron prohibidas en la radio y la televisión y sus obras expurgadas de los colegios1.

Su artículo enfrenta al poder con ironía y humor, se centra en la censura cultural y denuncia la autocensura de la población, necesaria para el sostenimiento de cualquier régimen autoritario.

De estos dos textos, hoy convertidos en documentos de una época oscura, tenemos mucho que aprender y aplicar hoy: de la de Rodolfo Walsh, la importancia de investigar con denuedo y precisión los datos que el poder quiere esconder, combinar números con casos concretos que los acerquen y humanicen, y no quedarse en lo tenebroso de asesinatos y robos. Cuando el poder delinque es para obtener un fin: Walsh marcó el camino del “qué”, el “quién” y el “cómo” al “para qué”.

Los asesinatos de periodistas o de líderes ambientalistas, los pagos de empresas contratistas a políticos en paraísos fiscales, las maniobras ilegales para influir en la justicia que vemos en los diarios de hoy tienen una razón, un objetivo, una meta.

Y de la columna de María Elena Walsh, la importancia del humor inteligente, la ironía, la sutileza para hablar de la censura, la represión y el olvido de los oprimidos en su propia tragedia.

No todo es violencia explícita ni todo el mal viene de gobernantes, magnates y grupos armados: el “país-jardín-de-infantes” requiere de adultos que aceptan ser tratados como niños, y que delegan en el poder su capacidad de procesar verdades incómodas y realidades complejas, que se infantilizan poniendo una “descomunal goma de borrar” en sus propios cerebros.

El resultado de obedecer a demagogos autoritarios que simplifican la realidad se está viendo en el desastroso manejo de la pandemia y las vacunas a lo ancho del continente. Y la burla a los que piensan distinto con pueriles argumentos de matón de escuela primaria está llevando a la imposibilidad de escuchar los argumentos de los adversarios.

Las cartas de Rodolfo y de María Elena Walsh están dirigidas a nosotros, como si las estuvieran escribiendo hoy.

En la época de los crímenes sepultados por torrentes de banalidad, las fake news, el tuit facilón y el efímero influencer, hay muchos periodistas valientes y lúcidos, como Khashoggi y Breach, que enfrentan al poder, explican sus causas y sus efectos, y nos alertan, como los dos Walsh, del peligro de los países-cárcel y los países-jardín-de-infantes.

 

Este artículo fue publicado en The New York Times en español el 24 de marzo de 2021 y está en este link:

https://www.nytimes.com/es/2021/03/24/espanol/opinion/golpe-estado-argentina.html

Roberto Herrscher

https://www.elboomeran.com/roberto-herrscher

JAVIER SÁDABA

Filósofo. Miembro del Grupo de Pensamiento Laico, integrado por Nazanín Armanian, Francisco Delgdo Ruiz, Enrique J. Díez Gutiérez, Pedro López López, Rosa Regás Pagés, Javier Sádaba Garay, Waleed Saleh AlKhalifa y Ana María Vacas Rodríguez

Bolsonaro, Crivella, Silva: cada vez más poder para los evangélicos de  Brasil | Destacados | DW | 26.09.2018

Los llamados evangélicos evangelistas son una amplia rama del protestantismo y que tiene su inspiración en Lutero. Lutero rompe con Roma y, esa es su intención, intenta retornar a la pureza de los inicios frente a la supuesta corrupción del Vaticano. Si en Roma existe una cabeza, el Papa, que manda sobre el resto de los creyentes cristianos, el protestantismo se parece a un archipiélago con muchas islas, algunas de estas de nuevo subdivididas.

A pesar de sus diferencias internas, evangélicos y romanos se declaran cristianos puesto que tienen creencias básicas comunes. Por ejemplo, Jesús es el Hijo de Dios que nos redimirá del pecado y nos salvará en una vida futura feliz. Tales creencias las basan en unos libros sagrados, los evangelios, que estarían revelados por el mismo Dios. Es verdad que lo que está escrito en los citados evangelios los católicos lo toman de una manera más amplia y alegórica, mientras que los evangelistas se agarran a lo escrito como si el texto fuera en sí mismo divino. De ahí su fundamentalismo, su integrismo y su dogmatismo.

Los evangelistas, y dejando atrás su historia, se están extendiendo por el mundo de modo imparable. Las causas de dicha expansión son varias. Por citar algunas, el poder económico, con el que les es fácil penetrar en las capas populares más empobrecidas. Téngase en cuenta que su base reside en Estados Unidos. En este aguerrido, económicamente y militarmente, país, la mitad de la población es evangelista, con la cantidad de ramificaciones antes citada, como es el caso, y es un ejemplo, de los pentecostalistas o los metodistas. De ahí sale buena parte del dinero que se derramará después, en nombre de un Dios Salvador, a lo largo del mundo. Por otro lado, no habría que olvidar el decaimiento del catolicismo romano. El catolicismo se ha hecho viejo y le falta, además, el ardor proselitista que les sobra a los evangélicos. Nada extraño que allí en donde antes se profesaba la fe católica ahora tomen el relevo los evangélicos. Es este un fenómeno que se da en muchos grupos y movimientos. Una vez que las ideas y los ideales se hacen difusos la derrota se disimula con palabras, gestos o una simple liturgia. El evangélico, sin embargo, se emociona, canta, grita, reza en común con las manos unidas y forma, así, una comunidad enfebrecida que se lleva por delante lo que comienza a contemplarse como algo sin fuerza ni firmeza.

El evangelismo, lo dije ya, se extiende y avanza por todo el mundo. Fijémonos en la hasta ahora católica Latinoamérica. En Centroamérica, en donde pequeños pueblos que nadan en la pobreza sueñan con emigrar a Estados Unidos, los evangélicos arrasan y sobrepasan ya a otras religiones. El tristemente conocido Bolsonaro y su equipo de gobierno son fervorosamente evangélicos. No es de extrañar que allí la pandemia viral que padecemos globalmente sea una de las mayores y peor tratada. Y es que si ponerse de rodillas y rezar es más eficaz que la ciencia médica, entonces despidámonos de esta y todos a rezar. En México están en el gobierno y prácticamente en todos los países condicionan la política, dada la cantidad de evangélicos que existen. Solo en Colombia se cuentan más de cinco millones.

El principal problema no es solo su fe ciega, un problema sin duda para una persona racional y laica, sino la ideología que trasportan. Se oponen a la eutanasia y a la interrupción voluntaria del embarazo, colocan la magia por encima de la ciencia, apoyan con los votos o el dinero a los gobiernos más corruptos de derecha y extrema derecha. Y así podríamos continuar. Esa es la situación que atañe al resto de los países. En lugares como Arabia Saudí alientan la persecución de mujeres que tildan de brujas, y en otros países, todavía saliendo del limbo de una colonización que los ha hecho mantenerse en pañales, persiguen la homosexualidad, lo que llaman pornografía y todo aquello que huela a mínima modernidad. Y todo esto se propaga a los ojos de un mundo que parece no alterarse por este tipo de actitudes que van directamente al corazón de una sociedad laica. El evangelismo es un peligro en general. Todavía no ha entrado mucho en la sociedad española. Hay que estar atentos. Que nadie interprete lo dicho como una defensa del catolicismo. En absoluto. Lo que quiero decir es que no vendría mal conocer más de la historia de las religiones. Y que hay que enterarse y mirar a todos los lados para salvar al siempre necesario laicismo.

https://blogs.publico.es/dominiopublico

El hombre cuenta (I): desde su enfermedad, desde su nada

Víctor Gómez Pin: «La filosofía es el destino de la ciencia» - Jot Down Cultural Magazine

Para hacer perceptible lo reciente de la aparición del hombre, los físicos en ocasiones recurren a una trasposición de las etapas de la evolución del universo y el transcurso de una película de tres horas. Recordemos algunos datos aproximados:

El Universo “surgió” hace 13.500 millones de años, esa estrella que es el sol  data de 5.000 millones de años,  la Tierra se formó hace 4.500 millones de años. ¿Y la vida?  Hace 3.500 millones de años aparecen los primeros organismos unicelulares. Los primeros mamíferos aparecieron hace 300 millones  de años. Los homínidos datan aproximadamente de seis millones de años  y los humanos habitamos la tierra hace quizás 4 millones de años, aunque el llamado “homo habilis”,  aparece  hace sólo  2500 millones de años.

Vayamos ahora a la transposición a escala en la película de tres horas.  La vida aparecería treinta minutos antes del final, los animales únicamente cinco minutos. ¿Y los humanos? Sólo  serían  introducidos una fracción de segundo, tan ínfima que el espectador no se apercibiría de ello. Supongamos ahora que una catástrofe nos hiciera desaparecer, por ejemplo en el año tres mil. Nuestra presencia total  no habría superado esa mínima fracción de segundo. ¿Fracción insignificante? Poco a poco.

Piénsese que en ella habría tenido cabida desde  el transcurrir de la técnica, la ciencia, el arte la filosofía y… el cúmulo de interrogaciones y respuestas sobre lo que tiene significativo peso y lo que es in-significante. Por ejemplo, la pregunta  misma sobre si lo inconmensurable  del transcurso temporal desde la existencia del hombre en relación al conjunto de la historia  evolutiva tiene correspondencia en el peso a otorgar a ese momento final en relación al conjunto.

Pues sólo en esa ínfima fracción de segundo entra en escena  un hacedor de signos, un ser que otorga significado, o más bien significados múltiples  bajo un mismo signo, y sin cuya acción  obviamente todo carecería de significación. En esta fracción de segundo aparece  el ser que “da cuenta” remitiendo a principios asumidos como evidencias (base de la ciencia), mas también el ser que simplemente “cuenta”,  en todo caso el ser que  dirime, acota, muestra  la no confusión y así, entre otras cosas, marca  la diferencia entre lo enorme y lo diminuto, entre lo que tiende a infinito y lo que se aproxima a lo infinitesimal.

No hay forma de escapar a esta paradoja: el proceso que constituye el universo (es decir, la historia de la transformación de la energía) sólo aparece muy dilatado en razón de que un ser efímero, “desde su enfermedad, desde su nada”, estupefacto ante su entorno, se esfuerza por ordenarlo y contarlo a la vez que  persiste en conferirle un sentido, un ser que como el Spinoza de Borges  “desde su enfermedad, desde su nada/ sigue erigiendo a Dios con la palabra”.

https://www.elboomeran.com/author/victor-gomez-pin/

Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Puta. ¿Dónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso?

Prefacio. Palabras que queman, por Bertrand Visage

 

En primer lugar, conviene recordar que este libro que tiene en sus manos produjo, cuando se publicó por primera vez en 2001, el efecto de un meteoro deslumbrante y algo enigmático. Por un lado, nos parecía que emergía de un rincón del universo infinitamente lejano y desconocido, pero sobre todo, y esto es característico de los meteoros, el libro en cuestión tenía algo de performance imposible de repetir, sin futuro. Era un pedazo de carbón incandescente, estéril como un desierto, que acabaría extinguiéndose solo, dejándonos con la boca abierta. Nelly Arcan solo escribiría una novela; y, una vez publicada, de una forma u otra llevaría a cabo ese gesto que bulle entre las líneas de Puta: pasaría por encima de la barandilla de un balcón, clavaría un gancho en el techo, tendría un encuentro fatal, se atiborraría con algo.

Pero nos equivocamos, al menos en parte. Eso que presentíamos tardó un tiempo en suceder. Exactamente, ocho años: de septiembre de 2001, fecha de publicación de Putacuyo manuscrito había llegado a Seuil por correo, en febrero, con el nombre del registro civil Isabelle Fortier, a septiembre de 2009, la noche en que Nelly Arcan pone el punto final a todo tras las paredes de ladrillo de un edificio en Plateau-Mont-Royal, en Montreal, donde vivía sola con sus dos gatos siameses. Por cierto, ¿qué edad tiene en ese momento? ¿36 años o 38?

Nelly cambiaba mucho sus declaraciones, rehacía su biografía igual que remodelaba su cuerpo, su rostro. Animal perseguido que debe cambiar constantemente de envoltura para mantener a raya a sus depredadores. En esa época, asegura que ha dejado de prostituirse; es falso. Su “patrona” le saca pocos años. Ella y unas cuantas chicas más forman un grupito espectacular, muy norteamericano: hablan de temas insustanciales, se emborrachan a base de champán, se relacionan con hombres ricos. Nelly a veces pierde las llaves de su apartamento y duerme acurrucada en el felpudo de la entrada. ¿Dónde está Nelly en las derivas de Isabelle? ¿Quién es una, quién es la otra? Ahí radica el misterio: parecía un personaje de su propia historia, una de esas mujeres perdidas a las que tan cruelmente retratará en sus novelas posteriores, Loca À ciel ouvert.

Pero volvamos a la recepción del primer manuscrito. En Seuil, donde lo leyó por primera vez Françoise Blaise, que en esa época estaba a cargo de la literatura quebequesa, las reacciones oscilaron entre el estupor, el entusiasmo y la perplejidad. Lo que produjo un profundo impacto no fueron tanto los hechos relatados como el lenguaje en sí mismo. En cualquier caso, nunca habíamos leído nada parecido. Me pidieron que cogiera un avión ese mismo día y pasara el fin de semana en Montreal. Cuando llegué, hacía un frío polar. Nelly Arcan y yo nos reunimos en el vestíbulo de un gran hotel; le anuncié sin preámbulos que íbamos a publicarla, a firmar un contrato. Sin embargo, deseaba compartir con ella las preguntas que habían cruzado la mente de sus primeros lectores, y quería saber si se sentía capaz de escribir, por ejemplo, un prefacio en el que desvelara detalles de su persona, de su infancia, etcétera.

La mirada azul pálido que rehuía la mía no se enturbió, ni ante los cumplidos ni ante las reservas. Estaba dispuesta a ponerse manos a la obra de inmediato. De hecho, pocos días después llegó el prefacio. Era Nelly Arcan en estado puro: una auténtica pieza de literatura, sin duda, pero también una negativa rotunda y elegante a aportar ninguna de las respuestas deseadas…

“No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos […]. ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?”.

Al transcribir estas líneas, al volver a ver esa salmodia repetitiva y ese tempo tan característicos de Nelly Arcan, esa forma de caldear la oración “a trompicones”, me acuerdo de lo que decía algunas veces: “He leído poco, pero he leído bien. Básicamente, la Biblia y a Dostoievski. Y Los cantos de Maldoror.

Sus libros son cantos, ciertamente. Sobre todo, este. Es inútil buscar escenas de la vida de una prostituta. No hay narración, y muy pocas descripciones. Solo este planteamiento desgarrador: ¿por qué yo, una joven de clase media, buena estudiante, tímida, nacida en Lac-Mégantic, cerca de la frontera con Estados Unidos, rodeada de una madre deprimida, de un padre intolerante que creía en el diablo, de una hermana fantasmal (otro pacto con la verdad: esta hermana no existe), de un hermano marinero (aunque soy yo quien lo incluye porque, a diferencia de la hermana inventada, nunca se habla de él), por qué, decía, en cuanto llegué a la gran ciudad, al tiempo que me matriculaba en la universidad y escribía una tesis, por qué respondí a un anuncio en el que se buscaban escorts y me metí de lleno en este oficio que ya nunca quise dejar?

Afortunadamente, en Montreal conoce a un hombre que tendrá una influencia decisiva en su destino intelectual y que será una especie de tutor hasta el final. Patrick Cady es psicoanalista; ejerce en Outremont, la parte francófona y jasídica de la ciudad, y –esto no es banal–, paralelamente, se labra una carrera como escultor, utilizando materiales que trae de los confines de la civilización, huesos de ballena o piedras del Gran Norte canadiense.

Cuando va a verlo, le pide dos cosas: seguir una terapia y que la ayude con la escritura. Pero las primeras entrevistas ponen de manifiesto la envergadura de la tarea. Ella no abre la boca, luego le confía una docena de páginas escritas en un arrebato: es el comienzo de Puta. Comentario de Patrick Cady: “Si me está preguntando si esto puede ayudarla a progresar con la terapia, no tengo la más mínima idea, pero si quiere saber si estas páginas son las de un escritor, bueno, de eso estoy seguro”.*

Nunca dejará de llamarla Isabelle.

Era más poeta que escritora, con eso quiero decir que se ponía delante del ordenador y esperaba, con el ordenador apagado, como si una voz fuera a dictarle lo que tenía que escribir. Pero no soportaba quedarse en casa sola, así que esperaba en los cafés o incluso a veces en mi casa. La veía mirarse en la pantalla negra, a veces hasta una hora, de repente escribía algunas líneas o una página, luego la voz se callaba y volvía a sumirse en la espera.

El libro se publica y tiene un éxito considerable a ambos lados del Atlántico. Un éxito que la devora y la aterroriza. Las apariciones por televisión se multiplican, por lo general son desastrosas, tanto por la imagen que da como por el golpe que supone cada uno de estos fracasos. Por mucho que le expliquemos, ella siempre hace lo que quiere. Se comporta de manera insensata constantemente porque, en el fondo, no tiene la más mínima autoestima y no confía en su talento como escritora, prefiriendo refugiarse en la exhibición del único valor que le parece irrefutable: su cuerpo.

Pasan los años, todo se vuelve triste y violento. Su segundo libro aparece en 2004. Empieza a desagradar, a molestar. Para protegerla de sus demonios (y sus demonios frecuentan sobre todo los bares de Montreal), a Patrick Cady se le ocurre sacarla de allí, y le propone pasar unos meses en Francia. Primero, acude a una clínica psiquiátrica en Rambouillet. El recuerdo que deja allí es, digamos, desconcertante, pues pide que le envíen a su habitación los diez volúmenes que en ese momento había disponibles del Seminario de Lacan, y eso siembra el pánico entre el personal sanitario. Finalmente, ante su falta de cooperación, le piden que se marche; se instala entonces bajo el techo de su editor.

Nelly en el día a día.

Muda, concentrada, trabaja mucho. Sigue con su ritual de esperar frente a la pantalla negra del ordenador.

Por las mañanas, se prepara un capuchino del que hace un uso curioso. No lo prueba y, después de dejar que se enfríe, mete un dedo en la taza y empieza a dibujarse en el muslo arabescos cremosos, jeroglíficos, poemas improbables destinados solo a ella. Practica la misma caligrafía en los restaurantes, sobre los manteles de papel, alrededor de su plato.

En las calles de París, no soporta ver a los enamorados. En cuanto divisa a una pareja coqueteando o besándose, una cólera sorda la invade. Como una herida que se abre. Poco le falta para abofetearlos.

Es difícil evitar que su biografía lo invada todo, ya que se trata de una mujer que hizo del sufrimiento que padeció su único tema. Y que a menudo fue más allá de lo que estábamos preparados para oír:

“Sí, la vida me ha atravesado, no lo he soñado, esos hombres, miles de hombres, en mi cama, en mi boca…”.

El 24 de septiembre de 2009, al final de la jornada, Patrick Cady revisa su email antes de volver a casa y ve un correo firmado por Isabelle, agradeciéndole todo lo que ha hecho por ella. Comprende enseguida lo que significan esas palabras. Se abalanza sobre el teléfono para llamarla a casa. Demasiado tarde. Nelly Arcan ha sido trasladada al Hospital Universitario de Montreal, donde han intentado reanimarla, en vano; había entrado en parada cardiorrespiratoria durante el trayecto en ambulancia.

En el fragor de esta muerte y las controversias que le siguieron, las malas lenguas afirmarán que los textos que la hicieron famosa habían sido retocados, reescritos. Otra vez este desdoblamiento entre las dos Nelly, la falla que se abría entre la fuerza de sus visiones y su incapacidad para aceptarlas en público. Seamos claros: no hay una sola línea que no sea suya ni una palabra que se haya movido, ni en este libro ni en los siguientes.

Esta danza de guerra, este remolino furioso, estas frases en espiral que son como plataformas de lanzamiento. Esta sintaxis tan particular, con dislocaciones, vaivenes, síntesis sublimes, impropiedades, fulgores. La Biblia, Dostoievski, Lautréamont. A ve- ces le gustaba perderse en la abstracción filosófica; sin embargo, incluso esos pasajes que uno no está seguro de entender del todo tienen algo que hace que fluyan de modo natural.

Tan natural como una fuente a cien grados centígrados.

 

* Esta historia me la contó Nelly Arcan y luego me la confirmó Patrick Cady.

 

Puta, por Nelly Arcan

No tengo la costumbre de dirigirme a los demás cuando hablo, por eso no hay nada que pueda frenarme, además, ¿qué podría contarle a usted sin soliviantarle, que nací en un pueblo en el campo cerca de la frontera con Maine, que recibí una educación religiosa, que mis profesoras eran todas monjas, mujeres secas y fanáticas del sacrificio en el que habían convertido sus vidas, mujeres a las que tenía que llamar madre y que llevaban un nombre falso que habían elegido ellas mismas, como hermana Jeanne en vez de Julie, y hermana Anne en vez de Andrée, hermanas-madres que me enseñaron que los padres no son capaces de ponerles nombre a sus hijos, de definirlos adecuadamente ante Dios, y qué más quiere usted saber, que yo era completamente normal, tirando a buena en los estudios, que en ese mundo de católicos fervientes en el que crecí a los esquizofrénicos los mandaban con los sacerdotes para que los curaran con exorcismos, que la vida allí podía ser muy hermosa si una se contentaba con poco, si tenía fe? ¿Y qué más, que toqué el piano durante doce años y que, como todo el mundo, quise irme del campo para vivir en la ciudad, que desde entonces no he vuelto a tocar una sola nota y que acabé trabajando de camarera en un bar, que me hice puta para renegar de todo lo que hasta ese momento me había definido, para demostrarles a los demás que era posible estudiar, soñar con ser escritora, tener esperanza en el futuro y malgastar tu vida en todas partes al mismo tiempo, sacrificarte como se sacrificaban las hermanas de mi colegio para servir a su congregación?

A veces, por la noche, sueño con mi colegio, vuelvo una y otra vez para examinarme de piano y siempre es igual, no encuentro el piano y a mi partitura le falta una página, vuelvo allí siendo consciente de que llevo años sin tocar una nota y de que encontrarme en esa situación a mi edad, como si nada, es ridículo, y algo me dice que sería preferible dar media vuelta para evitar la humillación de no ser capaz de tocar delante de la madre superiora, a la que claramente le importa un bledo que toque o no, porque ella siempre supo que yo jamás sería pianista, que jamás haría nada que no fuera tocar alguna escala de vez en cuando, y en esa escuelita de ladrillos rojos, donde cualquier carraspeo resonaba por todos los rincones, tenías que ponerte en fila para ir de una clase a otra, las más bajas delante y las más altas detrás, yo tenía que ser la más baja, no sé por qué pero esa era la consigna, ser la más baja para ser la primera de la fila, para no quedarme encajada en el medio, entre las más bajas y las más altas, y cuando llegaba septiembre y la hermana establecía el orden en que desfilaríamos durante el resto del año, yo doblaba las rodillas por debajo de mi vestido por si las moscas, porque aunque era baja no estaba segura de ser la ms baja y tenía que poner un poco de mi parte, reducir todavía más mi talla para garantizarme ese primer lugar, y además no me gustaban los adultos, una sola palabra suya bastaba para que me echara a llorar, y por eso solo quería tratar con sus barrigas, porque las barrigas no hablan, no preguntan nada, sobre todo las barrigas de las hermanas, esas pelotas redondas que sentías el impulso de hacer rebotar de un puñetazo. Y aunque ahora ya he superado esa necesidad de ser baja, durante varios años incluso llevé zapatos con plataforma para ser más alta, pero no demasiado, lo justo para mirar a mis clientes a la cara.

Ahora que lo pienso, tuve demasiadas madres, demasiados modelos de santurronas reducidas a un alias que a lo mejor no creían en ese Dios sediento de nombres, por lo menos no del todo, a lo mejor simplemente buscaban una excusa para alejarse de sus familias, para desvincularse del acto que las había traído al mundo, como si Dios no supiera que venían de ahí, de un padre y de una madre, como si Dios no pudiera ver que tras su Jeanne y su Anne intentaban esconder ese nombre inapropiado que sus padres habían elegido, tuve demasiadas madres de esas y muy poco de la mía, mi madre que no decía mi nombre porque tenía que dormir todo el tiempo, mi madre que, en su sueño, dejó que mi padre se encargara de mí.

Recuerdo la forma de su cuerpo bajo las sábanas y también la de su cabeza, que solo asomaba un poco, igual que un gato hecho un ovillo sobre la almohada, un despojo de madre que se iba aplanando lentamente, solo su pelo delataba su presencia, al diferenciarla de las sábanas con que se tapaba, y ese período del pelo duró unos años, puede que tres o cuatro, al menos eso creo, para mí se convirtió en el período de la Bella durmiente, mi madre se regalaba una vejez subterránea y yo ya no era una niña ni tampoco una adolescente, estaba suspendida en esa zona intermedia en la que el pelo empieza a cambiar de color, en la que en la pelusa dorada del pubis crecen sin avisar dos o tres vellos negros, y yo sabía que ella no estaba dormida del todo, sino solo a medias, se notaba por su rigidez bajo las sábanas demasiado azules, a demasiados cuadros, en esa habitación demasiado soleada, con cuatro grandes ventanas que rodeaban la cama y que lanzaban sobre su cabeza haces luminosos, rectilíneos, y dígame, ¿cómo se puede dormir mientras el sol te da en la cabeza?, y ¿para qué dejar que entre tanto sol en la habitación si estás durmiendo? Se notaba perfectamente que no dormía por su forma de moverse a sacudidas, porque de repente gemía por algún motivo extraño, oculto con ella bajo las sábanas.

Y luego estaba mi padre que no dormía y creía en Dios, es más, era lo único que hacía, creer en Dios, rezarle a Dios, hablar de Dios, vaticinar lo peor para todos y prepararse para el Juicio Final, censurar a la humanidad a la hora de las noticias durante la cena, el Tercer Mundo se muere de hambre, decía siempre, y mientras, aquí, qué vergüenza, vivimos con tantas comodidades, con tanta abundancia, así que estaba mi padre, a quien yo quería y que me quería, que me quería por dos, por tres, me quería tanto que la autoestima estaba de más, habría sido una ingrata considerando ese torrente que me llegaba del exterior, por suerte estaban Dios y el Tercer Mundo para protegerme de él, para canalizar su energía a otra parte, al espacio remoto del paraíso, y un domingo que estábamos en la iglesia, los dos sentados en un banco de madera, y mi madre en la cama, él y yo en un banco en primera fila mirando la luz del sol que atravesaba las vidrieras y caía en diagonal sobre el altar, en haces siempre igual de rectilíneos, me guardé la hostia en la mano en vez de tragármela, y acabó en mi bolsillo para acabar después en mi habitación, entre las páginas de un libro que escondía debajo de la cama, y cada noche abría el libro para asegurarme de que seguía allí, un redondelito blanco y frágil que yo sospechaba que no contenía nada en absoluto, por qué Dios se rebajaría a vivir ahí dentro, qué bajón, y el domingo siguiente, antes de salir para misa, le enseñé la hostia a mi padre para que fuera mi cómplice, papá, mira lo que he hecho, mira lo que no he hecho, y le juro a usted que casi me pega, es un sacrilegio me dijo, y ese día comprendí que mi sitio podía estar del lado de los hombres, esos a los que hay que censurar, ese día comprendí que allí era donde debía estar.

Y luego tengo una hermana, una hermana mayor a la que nunca conocí porque murió un año antes de que yo naciera, se llamaba Cynthia y nunca tuvo una personalidad como tal porque murió demasiado pequeña, en fin, eso es lo que mi padre ha dicho siempre, que con ocho meses no se puede tener una personalidad como tal, lleva tiempo desarrollar características propias, una forma particular de sonreír y de decir mamá, tienen que pasar por lo menos cuatro o cinco años para que la influencia de los padres empiece a apreciarse, para que te pongas a chillar en el patio del colegio, chillar igual que ellos para tener la última palabra, mi hermana está muerta desde hace siglos pero todavía flota sobre la mesa familiar, creció allí sin que nadie la mencionara nunca y se instaló en el silencio de nuestras comidas, ella es el Tercer Mundo de mi padre, mi hermana mayor que tomó el relevo de todo lo que yo no llegué a ser, la muerte le permitió tenerlo todo, posibilitó todos los futuros, sí, podría haber sido esto o lo otro, médica o cantante, la mujer más hermosa del pueblo, podría haber llegado a ser todo lo que quieras ya que murió muy joven, libre de cualquier marca que la definiera en un sentido u otro, muerta sin gustos ni actitudes, y si ella hubiera vivido yo no habría nacido, esa es la conclusión a la que no he tenido más remedio que llegar, que su muerte es la que me dio la vida, pero si por un milagro las dos hubiéramos sobrevivido al proyecto de mis padres de tener solo un hijo, seguro que me habría parecido a ella, habría sido como ella porque ella habría sido la mayor, porque un año es suficiente para establecer una jerarquía. Jamás hablo de Cynthia porque no hay nada que decir, pero uso su nombre como nombre de puta, y hay un motivo, y es que cada vez que un cliente me nombra, es a ella a quien llama de entre los muertos.

Luego está mi vida, la que no tiene nada que ver con todo esto, con mi madre, con mi padre o con mi hermana, hubo una adolescencia de amigas y de música, de penas de amor y de cortes de pelo a la última moda, de lloreras por el resultado y de miedo a tener esto demasiado grande o lo otro demasiado pequeño, o a que tu amiga fuera más guapa que tú, fueron diez años turbulentos que me llevaron hasta la edad adulta, luego llegaron la gran ciudad y la universidad. Por primera vez en mi vida, me encontré sola en un apartamento con una gata siamesa que mis padres me habían regalado para que no me sintiera sola, para que, supongo que eso pensaban, nos tuviéramos la una a la otra, compartiéramos cama y desarrolláramos una rutina, formáramos un ecosistema de caricias y pequeñas dependencias, ella era el único elemento estable en un universo cargado de novedades, su constancia soñolienta me hizo comprender que se podía sufrir por un exceso de posibilidades, por un exceso de transbordos en el metro, la gata se llamaba Zazou y tenía unos ojos azules que bizqueaban y por eso mismo parecían aún más azules, azules como los míos, Zazou, y yo le pegaba a la menor oportunidad porque siempre andaba por en medio, y mi padre se había encargado de poner un crucifijo en cada habitación del apartamento que antes había sido bendecido, es muy importante que los crucifijos estén bendecidos, decía, porque si no, corren el riesgo de vaciarse de Dios y de convertirse en armazones, demasiadas personas llevan la cruz sin creer en ella, llevan la cruz con un fin estético, porque hoy en día no se piensa más que en embellecer las cosas, los coches y la religión, y el motivo por el que mi padre colgó crucifijos en las paredes de mi apartamento fue sobre todo para asegurarse de que estaba vigilada y para que los visitantes supieran que él estaba allí, nada se dirá sin que yo lo oiga, nada se hará sin que yo lo vea, a través del cuerpo demacrado de Cristo, pero yo jamás comprendí que se pudiera tener por dios a un muerto.

Mi padre decía todo el tiempo que le horrorizaba la gran ciudad porque está llena de cosas censurables, las putas y los homosexuales, la gente rica y famosa, la economía que está en su mejor momento y la ley del más fuerte, lo desastroso e incomprensible que es todo, la cacofonía de las lenguas y de la arquitectura, el barro de la primavera y la fealdad de las construcciones modernas, y cómo puede ser que la fachada de una iglesia pueda hacer las veces de entrada de una universidad, preguntaba indignado como si yo tuviera algo que ver con eso, una iglesia mutilada como los crucifijos sin bendecir, vaciada de Dios, ¿y cómo se entiende que los pabellones de la universidad desemboquen en peep-shows, adónde vamos a ir a parar si de la educación a la prostitución no hay más que un paso? Y es verdad, puede demostrarse empíricamente, la fachada de una iglesia da acceso al pabellón en el que yo tenía la mayoría de mis clases, una fachada conservada y restaurada en aras del patrimonio porque queda bien, y muchas ventanas de las aulas dan a bares donde hay bailarinas desnudas, a los neones rosas de la feminidad, me pasé clases enteras analizando al aluvión de trabajadoras del sexo, y menudo hallazgo esta apelación, en ella se aprecia el reconocimiento de los demás por el oficio más antiguo del mundo, por la más antigua de las funciones sociales, me encanta la idea de que se pueda trabajar el sexo como se trabaja una masa, que el placer sea una labor, que pueda extraerse de algo, que exija un esfuerzo y merezca un salario, restricciones, normas. Y para la mayoría de los estudiantes no había nada raro en esa cohabitación con las putas, eso es lo más chocante, uno se acostumbra rápido a las cosas cuando no puede escapar de ellas, cuando desbordan desde la otra acera para acabar inundando tus apuntes, pero esta proximidad tuvo un efecto en mí, hizo que quisiera pasarme a la otra acera, dígame, ¿cómo iba la teoría a tenerse en pie ante tantos placeres? De todas formas, nadie me conocía y la primavera estaba muy avanzada, la primavera siempre te empuja a actuar, te anima a ponerte la soga al cuello, se presentó la ocasión de quitarme la ropa de campo y yo la acepté encantada.

Prostituirme fue fácil porque siempre he sabido que pertenecía a los demás, a una comunidad que se encargaría de encontrarme un nombre, de regularizar mis entradas y salidas, de proporcionarme un amo que me dijera lo que tenía que hacer y cómo, lo que debía decir y callar, siempre he sabido ser la más pequeña, la más sexi, y para entonces ya trabajaba de camarera en un bar, las putas ya estaban a un lado y los clientes a otro, clientes que me ofrecían un poco más de propina de la necesaria a cambio de que les prestara un poco más de atención de la necesaria, y la ambigüedad se instaló poco a poco y de manera natural, ellos me utilizaron y yo los utilicé a ellos durante varios meses antes de decidirme a ir hacia lo que tanto me atraía, y si me paro a pensarlo, me parece que no tenía elección, que ya estaba destinada a ser puta, que ya era puta antes de serlo, me bastó con hojear el diario anglófono La Gazette para encontrar la página de las agencias de escorts, me bastó con coger el teléfono y marcar un número, el de la agencia más importante de Montreal, según decía el anuncio la agencia contrataba solo a las mejores escorts y admitía solo a la mejor clientela, es decir, que allí se encontraban las mujeres más jóvenes y los hombres más ricos, la riqueza de los hombres siempre ha combinado bien con la juventud de las mujeres, eso lo sabe todo el mundo, y como yo era muy joven me admitieron sin dudarlo, me sacaron de mi casa para meterme sin demora en una habitación donde recibí a cinco o seis clientes seguidos, las novatas son muy populares, me explicaron, ni siquiera hace falta que sean guapas, un solo día en aquella habitación me bastó para tener la sensación de llevar haciendo aquello toda mi vida. Envejecí de golpe, pero también gané mucho dinero, hice amigas con las que la complicidad era posible y hasta temible, porque su origen estaba en un odio común, el odio a los clientes, pero en cuanto salíamos del contexto de la prostitución volvíamos a ser mujeres normales, sociales, mujeres enemigas.

Y empecé a envejecer a toda velocidad, tenía que hacer algo para dejar de ponerme de rodillas ante aquella retahíla de clientes, en aquella habitación donde me pasaba todo el tiempo, así que empecé a hacer terapia con un hombre que no hablaba, y qué ocurrencia la de haber querido tumbarme allí, en un diván, considerando que me pasaba el día entero acostada en una cama con hombres que debían de tener su edad, hombres que habrían podido ser mi padre, y como aquel psicoanálisis no me llevaba a ninguna parte, como no conseguía hablar, amordazada por el silencio del hombre y por el miedo a no ser capaz de decir lo que tenía que decir, quise poner fin a la situación y escribir todo lo que me había callado durante tanto tiempo, decir por fin todo lo que se ocultaba tras mi necesidad de seducir, esa necesidad que no lograba superar y que me había lanzado al exceso de la prostitución, la necesidad de ser lo que los demás esperan de ti, y si mi necesidad de gustar prevalece cuando escribo, es porque es esencial envolver con palabras lo que está oculto y porque basta con que los demás lean unas cuantas palabras para que estas se conviertan en las palabras inadecuadas. Lo que debería haber atajado no hizo más que fortalecerse conforme escribía, el nudo que tenía que deshacer se fue apretando cada vez más hasta que llenó todo el espacio, y de ese nudo surgió la materia prima de mi escritura, inagotable y alienada, mi lucha por sobrevivir entre una madre que duerme y un padre que espera el fin del mundo.

Y por eso este libro está hecho entero de asociaciones, de ahí el machaqueo y la ausencia de progresión, de ahí su dimensión escandalosamente íntima. Las palabras solo tienen el espacio de mi cabeza para desfilar y no hay muchas, mi padre, mi madre y el fantasma de mi hermana, mis numerosos clientes, que tengo que reducir a un solo rabo para no perderme. Pero aunque apela a lo más íntimo que hay en mí, también tiene algo de universal, algo de arcaico y omnipresente, porque ¿acaso no nos sentimos todos atrapados por dos o tres figuras, por dos o tres tiranías que se combinan, se repiten y surgen por todas partes, justo donde no pintan nada, donde nadie las quiere?

A menudo me dicen que mi fobia a las mujeres es irritante, que siempre estoy con lo mismo, ¿por qué no me limito a sonreírles amablemente y a aplaudirles cada vez que consiguen que tantos hombres se empalmen, es decir, acaso no soy yo también una mujer, una puta, además, por qué no les doy una oportunidad? Lo admito, yo soy la prueba de que la misoginia no es solo cosa de hombres y si las llamo larvas, pitufinas, putas, es sobre todo porque me dan miedo, porque mis genitales no les interesan y no hay nada más que pueda ofrecerles, porque nunca aparecen sin amenazarme con ponerme en mi sitio, en medio de la fila, justo donde yo no quiero estar. Y si no me gusta lo que escriben las mujeres es porque cuando las leo tengo la impresión de estar oyéndome hablar, porque no consiguen distraerme de mí misma, puede que esté demasiado cerca de ellas para reconocerles algo que les sea propio y que no odie desde el primer momento, algo que no pueda asociar conmigo de entrada. Y luego las envidio por poder llamarse escritoras, me gustaría pensar que son todas iguales, pensar en ellas como pienso en mí, como pitufinas, como putas.

Pero no se preocupe usted por mí, escribiré hasta que crezca, hasta que alcance el nivel de esas a las que no me atrevo a leer.

 

Estos dos textos corresponden al prólogo y al inicio de Puta, el libro que, con traducción de Raquel Vicedo, acaba de publicar la editorial Pepitas de calabaza.

Portada

Baudelaire, 200 años de divina maldad

Cuando Jeanne Lemer le entregue esta carta, estaré muerto”. Trágico siempre, en vida y obra, Baudelaire anunciaba así su suicidio. No podía vivir, ni morir, a medias tintas. En su absolutos, reivindicaba sus pasiones y torbellinos.

“Me estoy matando porque ya no puedo vivir, porque la fatiga de conciliar el sueño y la fatiga de despertarme son insoportables para mí. Me mato porque me creo inmortal y lo espero”, afirmaba Baudelaire en su carta a Narcisse Ancelle, su notario.

Toques de histrionismo y torrente de un pesimismo reivindicativo, abatido a más no poder, se clavó un cuchillo.

Quizá fue el destino, desconocimiento de su propia anatomía, resistencia biológica o mera representación en busca de atención de su “Vénus Noire”, Jeanne Lemer, pero el suicidio no pasó de ser un intento fallido al que sobrevivió. Tenía 24 años, las pasiones en ebullición y mucho por decir y escandalizar.

Vivió 22 años más, los suficientes para poner de cabeza a las buenas conciencias parisinas y bruselenses. Terminaría matándolo ese bicho que desde los 20 años contrajo, de rimbombante nombre, llamado Treponema pallidum, la vulgar sífilis.

Este viernes se cumplen 200 años de su nacimiento en París, sin grandes homenajes ni recordatorios de lo que ha significado este “poeta maldito” para las letras no solo francesas, sino de la literatura mundial.

Y es que los franceses están ocupados en otros menesteres, al parecer. Por lo que el bicentenario de su nacimiento ha caído un poco en el olvido entre olas y más olas de una interminable mar de covid-19 o ante las conmemoraciones por los 150 años de La Comuna de París; o por Napoleón, que el próximo 5 de mayo cumplirá 200 años de muerto.

A finales de noviembre de 2017, en la Feria Internacional del Libro, Paul Auster definió el sino de Baudelaire al describir la admiración que el poeta francés tenía por Poe: “Constituía para él una figura heroica, el más puro ejemplo del escritor contemporáneo, el escritor como paria, como genio enfrentado a las restricciones de su propia sociedad”.

Y así fue —y así vivió— Baudelaire. Provocativo, retador y rebelde. Irrestricto defensor de la palabra y férreo combatiente de la censura ha sido para muchas generaciones de artistas, base y punta de lanza para la inspiración en libertad.

Y le gustaba provocar. En una carta a Paul Meurice se regodeaba por sus escándalos autoimpuestos y se burlaba de prensa y sociedad belgas:

“Aquí mismo me hago pasar por un agente de policía, por pederasta (yo mismo difundí el rumor y me creyeron), luego me hice pasar por un corrector de estilo de obras pornográficas enviado por París. Desesperado de que siempre me creyeran, propagué el rumor de que había matado a mi padre y acto seguido me lo había comido y que si, además, me habían dejado escaparme de Francia era por los servicios prestados a la policía. ¡Y me creyeron! Me siento cual pez que nada por las aguas de la deshonra”.

Hoy, se cumplen 200 años de su nacimiento. Casi desapercibidos en una timorata sociedad embelesada por lo ordinario de lo políticamente correcto y donde el escándalo es invocado como mero espectáculo de pasajero instante, sin substancia y desechable lascivia.

https://www.milenio.com/opinion/horacio-besson/de-tacticas-estrategias

Pintura de Baudelaire, por el artista canadiense Mathieu Laca (http://www.saatchiart.com/laca)

El huevo de la serpiente

El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la candidata a la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, asisten a un acto de precampaña en Vicálvaro. EFE/ Rodrigo Jiménez
El presidente de Vox, Santiago Abascal, y la candidata a la Comunidad de Madrid, Rocío Monasterio, asisten a un acto de precampaña en Vicálvaro. EFE/ Rodrigo Jiménez

Como el huevo de la serpiente, la amenaza fascista siempre la hemos tenido ahí aunque no le hiciéramos caso, pero lo sabíamos. Tras la muerte de Franco siguió ahí con Arias Navarro, con la matanza de Atocha, con los guerrilleros de Cristo Rey sembrando el pánico en el Rastro madrileño cada domingo… El único alivio era que en el Congreso solo tenían un representante: un exaltado notario llamado Blas Piñar. Manuel Fraga y sus seis primeros socios en Alianza Popular pusieron la bases para absorberlos, al fin y al cabo eran hermanos de leche, y cuando la UCD desapareció, se las ingenió para ir integrándolos poco a poco hasta conseguir que lo votaran a él tanto nostálgicos del franquismo como católicos apostólicos, romanos y herederos varios de las prebendas de la dictadura.

Cuando fracasó el golpe de Estado del 23F y llegaron las elecciones en octubre del 82, Fraga se aplicó en la recolección hasta el punto de multiplicar por cinco sus votantes, obtener más de 100 diputados y convertirse así en flamante jefe de la oposición al Gobierno de Felipe González. A partir del 89 Aznar amplió el espectro y continuó albergando en su seno a cualquier desaprensivo que pululara por ahí con veleidades fascistas. Así, el huevo de la serpiente pasó décadas hibernando entre sotanas, togas y uniformes, a pesar de que los socialistas le mantuvieron prácticamente todas sus privilegios a las castas supervivientes del franquismo. Modernizaron el ejército (un poquito), les dejaron la enseñanza y el adoctrinamiento religioso, que incluso contribuyeron a potenciar, y apenas metieron mano en el mundo de los tribunales.

El huevo de la serpiente estaba ahí, transparente, para que lo pudiera ver todo el que tuviera ojos en la cara. Unos se lo tomaban a broma, otros optábamos por no dramatizar y tendíamos a quitarle importancia, quizás porque pensábamos que iban de farol y que total, el PP le estaba haciendo a la democracia el favor de tenerlos controlados ¡Qué ingenuidad! Los franquistas y filonazis españoles, ellos y sus herederos, votaban PP mientras poco a poco lo iban colonizando. A sus pechos crecieron cachorros que habían mamado los modos y maneras que la dictadura dejó en nuestra vida cotidiana: la mujer con la pata quebrada y en casa, los homosexuales eran maricones y se utilizaba el término como insulto, los profesionales del humor llenaban la salas donde ridiculizaban a mariquitas, gangosos y minusválidos, estaba bien visto hablar mal de los gitanos, de los negros, llamar moros a los marroquíes o a los argelinos en plan despectivo…

Es verdad que existía otra España emergente, cada año más numerosa, que no tenía nada que ver con quienes se empeñaban en mirar solo por el retrovisor pero a tenor de los acontecimientos, parece claro que no hicimos suficientemente bien los deberes porque en los colegios se seguía predicando la intolerancia en nombre de la fe, en los cuarteles se continuaba demonizando a las izquierdas y en la judicatura encontraban en el terrorismo la coartada perfecta para mantener sus hábitos reaccionarios. Con el tiempo, aunque con desesperante lentitud y gracias a nuestra incorporación a Europa, el país se iba modernizando pero el huevo de la serpiente estaba ahí, en los armarios donde se guardaban los uniformes de la falange, en las homilías de curas y obispos que bramaban los domingos desde los púlpitos contra el aborto, el divorcio, el matrimonio homosexual…

Eran dos maneras de entender la vida completamente antagónicas, pero conseguíamos convivir más o menos en paz y que los años fueran pasando sin que la sangre llegara al río. A medida que en el Congreso de los Diputados se iban aprobando leyes que nos ponían en sintonía con el resto de Europa parecía que la derecha se civilizaba, pero era mentira. Hubo incluso un tiempo en el llegamos a jactarnos de que, mientras la ultraderecha había empezado a ocupar escaños en varios parlamentos europeos, en cambio en España éramos tan guais que habíamos conseguido sortear el peligro. Hasta que saltó la chispa y el huevo de la serpiente se abrió. Y empezó la pesadilla.

La crisis económica del 2008, la sentencia del Tribunal Constitucional modificando el Estatuto de Catalunya en 2010 y la victoria de Rajoy en 2011 lo complicaron todo. Dentro del Partido Popular surgieron serias discrepancias y un joven vasco apellidado Abascal, criado a los pechos de Esperanza Aguirre, dio el paso en 2013 y fundó un partido a la derecha de los populares. En el registro quedó bautizado como Vox, se presentaron a las elecciones europeas en 2014 con Aleix Vidal-Quadras, en su día también miembro del Partido Popular, y no obtuvieron escaño de puro milagro, pero ya habían puesto la primera piedra.

Como sobre el papel habían fracasado, continuamos ninguneándolos (sus antiguos colegas despreciándolos) mientras ellos iban ganando terreno y adeptos en proporción geométrica. El bipartidismo estaba acabándose, a la izquierda del PSOE, Podemos ganaba posiciones en los sondeos, los poderes fácticos se inventaban Ciudadanos, en Catalunya se complicaban las cosas… Total, que andábamos tan entretenidos que cuando vinimos a darnos cuenta la serpiente, ya fuera del huevo, no tardó en llenar de las plazas de toros de hooligans y los balcones de banderas de España. La confusión del momento les permitió jugar con los símbolos nacionales como si fueran patrimonio exclusivo de ellos y en diciembre del 18 dieron el primer aldabonazo: 12 diputados en el parlamento de Andalucía, donde empezaron a condicionar la gobernabilidad con imposiciones claramente en contra de los derechos humanos.

El resto es historia conocida, y al igual que ocurrió en la Alemania nazi y en la Italia de Mussolini, en ayuntamientos y autonomías empezó a votarlos mucha más gente de la que jamás hubiéramos podido imaginar hasta rematar con 52 puestos en el Congreso de los Diputados en noviembre del 19.

Asentados ya, empezaron a cambiar nombres de calles, destrozar versos a martillazos, arremeter contra las políticas de igualdad de género, la inmigración… El siguiente paso lo están dando sus cachorros y sus múltiples marcas blancas profanando murales feministas y estatuas de demócratas que fueron víctimas del golpe de estado del 36. A cara descubierta acosan, levantan el brazo mientras cantan el Cara al Sol, sabotean sedes LGTBI y de Unidas Podemos, colocan a sus puertas artefactos incendiarios y organizan presuntos mítines, como el de Vallecas el pasado miércoles, que son pura provocación.

No queda más remedio que dar la voz de alarma. Una voz de alarma firme y serena, pero alarma, porque si seguimos por el camino que vamos no nos espera nada bueno, máxime si hasta la candidata por el otrora moderado PP anda por las televisiones proclamando sin rubor que si te llaman fascista, estás en el lado bueno. ¡¡¡Alarmaa!!!

Muchos de los sepulcros blanqueados que ahora se rasgan las vestiduras haciéndose los escandalizados por esta deriva fascista son responsables directos de la situación en que nos encontramos. Lo que está ocurriendo en algunos países europeos no presagia nada bueno. Quien piense que aquí somos diferentes, que estamos blindados, que es una fiebre que acabará bajando se equivoca. A menos que utilicemos las elecciones madrileñas como una oportunidad única para frenarlos en seco.

Frenar a los filonazis en la Comunidad de Madrid, conseguir un gobierno de izquierdas y hacer que el PP se arrepienta de haber apostado por una deriva ultraderechista se ha convertido en la única posibilidad de parar el fascismo. Han llegado demasiado lejos, a pesar de que todo el tiempo estuvimos viendo crecer la serpiente dentro del huevo sin hacerle caso. Todavía puede ser peor, todavía hay más huevos pendientes de abrirse, ¿de verdad que no los vemos? ¿Lo vamos a consentir?

J.T.

https://blogs.publico.es/juan-tortosa/

De “rojo de mierda” a “espagnol de merde”: el exilio francés de Josep Bartolí

‘Josep’, la película de animación dirigida por el dibujante francés Aurel, indaga en la vida del exiliado republicano Josep Bartolí, también dibujante, que vivió de primera mano los abusos de las autoridades francesas tras la contienda.

Josep Bartolí
Fotograma de la película de animación ‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Sucede que la Historia, a veces, atraviesa de lleno una biografía. Son vidas marcadas por un tiempo convulso que, con suerte, encuentran su particular redención en el arte. La vida del dibujante comunista Josep Bartolí es una de tantas vidas sacudidas por su tiempo, pero su obra la hizo única. Un testimonio del horror a carboncillo, una muestra más de la iniquidad de la que es capaz el ser humano. 

Exiliado español del franquismo que luchó contra el régimen desde Francia y cuyos pasos le llevaron a conocer a la mismísima Frida Kahlo, la vida de Josep Bartolí quedó plasmada en cientos de bosquejos. Su talento para el dibujo y su obsesión por retratar el drama de lo cotidiano, le convierten en testigo de excepción de un tiempo que ya no es, pero que tristemente aún reverbera en muchos discursos políticos.

Pero vayamos por partes. Febrero de 1939. La retirada. Más de 450.000 personas huyen de los embates franquistas por Catalunya y atraviesan los Pirineos a pie. Caminos inundados de hombres, mujeres y niños arrastrando ajuares bajo la lotería de una aviación y una marina al acecho. Anhelaban un refugio en el país vecino y se toparon con alambres de púas. Ni rastro de liberté, de egalité o de fraternité, campos de concentración y mandobles. Aquellos exiliados venían de ser “rojos de mierda” y se convertieron, una vez traspasada la frontera, en “espagnols de merde”.

Ahora un largometraje de animación dirigido por el dibujante de prensa Aurélien Froment ‘Aurel’ (Ardèche, 1980) y con guion de Jean-Louis Milesi, recupera aquella afrenta histórica, lo hace a través de la figura de Josep Bartolí (Barcelona, 1910 – Nueva York, 1995) y de su relación con el personaje de Serge, gendarme con el que traba amistad y que viene a representar esa otra Francia que sí prestó ayuda a los que huían del fascismo, conscientes quizá de que pronto serían ellos los que tendrían que plantarle cara.

El periplo de Bartolí tiene tintes épicos. Tras pasar por numerosos campos de concentración −Lamanère, Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien, Rivesaltes y Barcarès…−, consigue escapar a París ayudado por un capitán de la armada francesa. Sin embargo, la ocupación alemana le hará huir de nuevo hasta que es detenido por la Gestapo en Vichy. Finalmente, cuando iba a ser deportado al campo de concentración de Dachau, en manos nazis, escapa de nuevo arrojándose del tren en el que iba y, después de pasar por Marsella, Túnez y Casablanca consigue poner rumbo a México en 1943.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

El largometraje Josep (disponible en Filmin) indaga, a través de los bosquejos que dejó Bartolí y que sabiamente ha reinterpretado Aurel, en el trato inhumano que recibieron los exiliados españoles por las autoridades francesas. Una supuesta ‘acogida’ que en realidad consistió en encierros masivos, humillación, hambre, sed y frío. Campos de concentración que nunca fueron de refugiados y que consistían en hacinar a aquellos “extranjeros indeseables” en barracones inmundos. 

Un tableau vivant hecho de miseria y desesperación que Bartolí supo captar a través de sus dibujos. En ellos, reflejó el desprecio y el recelo con el que fueron recibidos por las autoridades del país vecino, no así por parte de los ciudadanos de a pie que, a través de campañas solidarias, se volcaron en brindar a los refugiados los víveres necesarios. 

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN

Llegado a México, Bartolí entra en contacto con Diego Rivera y Frida Kahlo, con quien mantendrá un romance que se alargó en el tiempo. Seguirá pintando, lo hará sin descanso, el arte como escapatoria pero también como testimonio de la ignominia de la que somos capaces los seres humanos. En el DF publicará sus dibujos bajo el título Campos de concentración (1939 – 194…), donde recopila algunos de sus dibujos en aquel infierno francés.

En el 46 emigrará a Nueva York donde comienza a trabajar dibujando decorados e ilustrando publicaciones de la época. Allí desarrolló buena parte de su carrera como pintor, una trayectoria ya inseparable de aquellos días a la intemperie, cuando el fascismo corría a sus anchas por toda Europa y había que tomarle las medidas, aunque apenas se dispusiera de un lapiz y una cuartilla.

Josep Bartolí
‘Josep’, de Aurel.  FILMIN
https://www.publico.es/culturas