Como ahora

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Cuando los ordenadores sean tan pequeños que se puedan implantar detrás de una ceja, nos conectaremos a Internet en cualquier momento del día o de la noche y sin que nadie de los que nos rodean se dé cuenta. Así, estaremos en el sofá del salón, viendo aparentemente la tele, pero nuestro cerebro estará jugando con Google Earth, buscando quizá el barrio de una amante, localizando su casa, haciendo un zoom sobre su azotea o sobre la ventana de su dormitorio. Podrá uno ir en el autobús al tiempo que entra y sale de las páginas web preferidas u odiadas o lee la Wikipedia por orden alfabético. Bastará un ligero movimiento de la ceja, quizá un pensamiento, para navegar por la Red, pues la Red estará entonces dentro de nuestra cabeza. Parpadearemos y saldremos de una carpeta o de un archivo para meternos en otro sin que a nadie le sea posible revisar nuestro historial ni nuestros correos electrónicos ni nuestras direcciones digitales favoritas.

A lo mejor estará uno junto a su esposa, atendiendo aparentemente al telediario, pero sus neuronas permanecerán enganchadas a una página pornográfica en la que una chica está desnudándose para meterse en la ducha. Y será imposible saber en dónde se encuentra cada uno en realidad. El carnicero te dirá buenos días, buenas tardes o en qué puedo ayudarle, mientras por el interior de su cráneo desfilan imágenes que no podemos ni sospechar. En esa situación, el marido, excitado por lo que tiene dentro de la cabeza, pondrá la mano sobre el muslo de la esposa, excitada por lo que tiene dentro de la suya, pues los dos se habrán conectado a Internet mientras fingían escuchar a Ana Blanco, y así, cada uno con su página web preferida dentro de la bóveda craneal, se arrancarán la ropa y se revolcarán en el sofá y consumarán una cópula inesperada. O sea, todo exactamente.
Juan Jose Millas/elpais.com

Ahogarse en un vaso de agua

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Si uno se queja por las cosas buenas que le pasan, ¿qué queda entonces para las malas? Si problemas que tienen arreglo son vividos como catástrofes, ¿qué se puede esperar cuando debemos enfrentar situaciones límite cuya única salida es lo peor? Pero no hay caso, seguimos ahogándonos en vasos de agua y sobredimensionando tonterías.Vivir como una tragedia estresante el día de tu cumpleaños, por ejemplo. Sentir como una maldición gitana la fiesta tan temida, la depresión y las crisis de los números redondos: ¡Tengo treinta años y el pescado sin vender! El “pescado” puede ser una figura literaria que se traduce como “estoy estancado en un trabajo que odio y que no me rinde” o “no he podido formar una familia” o “he formado una familia espantosa” o “¿para cuándo me saco la lotería, largo todo y me voy a viajar por el Caribe?”. Volverse loco cuando el teléfono no para de sonar para recordarte la fecha de tu natalicio y comprobar que muchos de los que llaman no se acuerdan de uno en todo el año. ¿Y si la nena cumple quince? ¿Y si no quiere fiesta y prefiere un viaje a Cancún que no está dentro del presupuesto ni asaltando un banco? ¿Y las bodas de plata? ¿Y las de oro? ¿Y la falta de respeto de tus hijos hacia vos, que pasás a ser una radio antigua transmitiendo mensajes a los que nadie da la menor bolilla? ¿Y el nuevo embarazo sorpresa de tu mujer? ¿Y la infidelidad siempre sospechada y ahora confirmada de tu marido? ¿Y los embotellamientos provocados por manifestaciones, caos vehicular y calles rotas? ¿Y la pelea por el control remoto de la televisión? Ni hablar del terrible período de vacaciones de invierno, donde los malabares económicos y físicos de cumplir con Chiquititas, Barneys, Ratones Pérez, Cars, Piratas del Caribe más Disney sobre hielo y alguna joya nacional del arte infantil llegan a comerte el coco, la plata y la paciencia. ¿Y el veraneo? ¡Catástrofe nacional si no podemos acceder a él! ¡Tragedia familiar en puerta! ¡Amargas discusiones sobre las ventajas de alquilar una quinta por sobre las delicias de una playa! Por supuesto, hay que incluir las sorpresas de la balanza, que provocan crisis de nervios al comprobar que no entramos dentro de las prendas de vestir que datan del año pasado nomás y sentirse culpables de haber ingerido cantidades industriales de hidratos, sin olvidar la sensación de fracaso al mirar las bicicletas, cintas gimnásticas y demás adminículos que reposan bajo la cama.

Suegras espantosas, nueras insoportables, abuelos de mal carácter, jefes terroríficos, maestros y profesores temibles, porteros descuidados y chismosos, y el fútbol, pasión y, por eso mismo, tema álgido que puede destrozar amistades, forman parte de los “vasos de agua” en los que nos ahogamos permanentemente. Es lo mejor que nos puede ocurrir. Porque, mientras ésos sean los problemas grandes del diario vivir, hay indicios de que lo realmente importante está bien. Sólo cuando lleguen la enfermedad, la muerte, la guerra, el bombardeo, el misil explotando en la esquina de tu casa, la miseria que empuja a vivir en la calle sin jefe, sin trabajo, sin ropa que te entre o no te entre, sin escuela para quejarse de la mala maestra y sin verano ni Piratas del Caribe ni Chiquititas que valgan, comenzaremos a valorar lo que teníamos. No siempre se puede y no siempre se debe, pero algunas veces deberíamos pensar en los verdaderos dramas de la vida, de los que no estamos exentos los seres humanos sea cual sea nuestro origen social. Desde ese lugar es posible entender que la vida es otra cosa más que la fiesta de quince, el viaje de egresados, la balanza, el veraneo y las malas relaciones con suegras, maestros y alumnos.

Enrique Pinti

revista@lanacion.com. ar

Simone, niño y la fabrica de huesos

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Soy un hombre de hábitos. Sólo de esa manera podría funcionar una vida tan desordenada como la mía. Hábitos me levantan por la mañana cinco minutos antes de que suene el despertador; hábitos me llevan por la noche a la cama, o me conducen a la misma cantina, de preferencia a la misma mesa, a la misma silla, al mismo trago. Hábitos me llevan a los caldos de gallina y me hacen engordar con un ritmo de medio kilo al año. Mis hábitos me echan en cara quién soy y en quién me he convertido, y por ellos resucito cada vez que me doy por muerto.

Si me pidieran compararme con algo, sería una fábrica vieja. Una que funcione con motores de vapor. Sería un telar; una despepitadora de algodón o un torno. Fierro y vapor. Engranes, más fierros, leños, agua y carbón. Ritmo metódico de que las cosas se mueven y van. Y presión, mucha presión, de tantos caballos de fuerza que asustan al administrador de mi hipódromo. (Pobres caballos, pensaba de niño: quitarles la fuerza para jalar bandas o mover poleas. No sabía un carajo).

En la mañana, cuando despierto, me meto al baño sin siquiera despegar los ojos; abro la llave del agua y pongo la palma de la mano en espera de un chorro tibio. Salgo, tomo una bolsa de plástico y los perros me están esperando en la puerta. Esa escapada matinal a la calle permite a Simone y a Niño descansar de los banquetes que nos servimos de madrugada. A mí me deja medir el sol, la temperatura, el tono del cielo. Me deja saber si renací o si sigo deprimido. Por mis hábitos conozco que me gusta cuando me descubro deprimido, otra vez. Significa que el mundo no se arregló mientras dormía. Me hago la ilusión de un mundo que me necesita. Me da importancia. Esa pequeña caminata mañanera es como elevar el dedo ensalivado al aire, como lo hacían los apaches o los mohicanos. Casi siempre me trae noticias de nubarrones. Ese primer cariñito llevará la impronta del día.

Después de despertar, la fábrica vieja de hueso y piel se pone en marcha y mueve cosas. Las mismas cosas de ayer y de antier, las mueve. Soy Sísifo sin prisa: jalo y acomodo la silla; abro ejemplares de papel y los diez sitios web que reviso a diario; los recorro con un té y una pócima que me inventé: un poco de leche, avena cruda y papaya, con un molido perfecto que convierte el amasijo en una nata espesa que se niega a salir del vaso. Ése es el carbón de mis motores, digo. Me lo apuro. Con ese carbón y el vapor que anima mis músculos voy descubriendo el día, que no es diferente a otro y aún así está lleno de sorpresas. Los pobres de ayer ahora son más pobres; los políticos de ayer ahora son más ladrones e inmorales; los gobernantes de ayer se ceban más en su poder temporal y salpican, soberbios, con la baba que (no lo saben) los hace caer. Las iglesias de ayer predican hoy a un dios que no deja de darme miedo. Igual que ayer. Lo mismo, aunque más intenso.

Las rutinas del mundo me permiten conservar mis hábitos. Así regreso a casa, con esas noticias. Así me acerco a los perros de noche y los acaricio. Así abro el último libro y enciendo la televisión. Así me pongo a roncar. Y así espero que el día siguiente me salve de mí mismo, y de mis hábitos.

Hombres de hábitos. Los hábitos nos hacen funcionar. Este dormir roncando y nuestros huesos, fierros de fábrica vieja; este vapor que se esfuma en cuando mueve nuestros músculos; este traquetear los engranes de la vida se los debemos a los hábitos. Los hábitos mantienen nuestro mundo: un mundo que nos impone sus malos hábitos.

Alejandro Paez/eluniversal.com.mx

Verguenza nacional

CORRUPCION_DESBORDADA

En este articulo,  Antonio Gala se queja amargamente del lugar que ocupa España en la lista que publico Transparencia internacional, sobre la corrupcion. Como nos sentiremos los mexicanos…………………

TRANSPARENCY International ha presentado el Índice de Percepción de la Corrupción del 2009. Somalia resulta ser, aparte de otras aproximaciones atuneras, el país más corrupto del mundo. Pero lo más triste es que España, de los 180 investigados, es el 32, y de los 30 europeos, el 18: a la altura de Israel (dudosa compañía) y por debajo de Estonia, Eslovenia y Chipre, pequeños pero honrados. ¿No se nos caerá la cara de vergüenza? ¿Es sólo cuestión política o algo de nacimiento? ¿Tendremos que enrojecer todos (un poco sí que nos convendría) por la vergüenza de unos cuantos miles? ¿Hasta cuándo se va a culpar a la crisis de todos los delitos económicos, latrocinios y cuchipandas? ¿Quedará impune tanta delincuencia, tantos munícipes, tantos santitos, tantos administradores putrefactos, tantos hijos de puta? ¿No envidiaremos a Nueva Zelanda y Dinamarca, los menos corruptos? Yo sí desde luego. Y espero que unos cuantos millones más. ¿Por qué entonces no tirar por la borda a los otros? Que cada cual señale y acuse a los más próximos.

Articulo de Antonio Gala/elmundo.es

Mentirosos

Los_mentirosos

El otro día, viendo en un teatro madrileño el estupendo espectáculo del mago Anthony Blake, me puse a pensar en la naturaleza de la mentira. El mago, como el escritor, engaña con la complicidad del engañado; todos estamos dispuestos a ser momentáneamente embaucados para sentir emoción, para crear belleza. Estoy hablando de la mentira artística, y en ella hay más veracidad que en muchas verdades. Pero hay otro tipo de falsedades que pesan como el plomo y que no tienen nada que ver con la ficción poética.

Basta con asomarse a la televisión y asistir al áspero rifirrafe de la vida política para tener la desalentadora sensación de que en la España de hoy nadie dice la verdad ni aunque lo maten. Lamento criticar de nuevo a los políticos, porque meterse con ellos se está convirtiendo en un lugar común, en algo tan fácil como pegar a un niño; pero lo cierto es que, salvo excepciones, la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar, pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente, era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable. Y así, al contrario de lo que sucede en otros países, aquí a los embusteros no se les piden cuentas: el panorama político está lleno de individuos que han sido pillados con la trola en la boca y que siguen sus carreras tan campantes. O sea, que también en este caso somos engañados con nuestra complicidad, pero no para crear belleza, sino por aburrimiento y desidia cívica.
Articulo de Rosa Montero/elpais.es

La muerte en el telefono

telefono mesa-2El teléfono es un arma.

Bien, de acuerdo, no posee los caracteres para matar pero puede, sin embargo, efectivamente hacerlo. Los teléfonos fueron antes negros como también los coches, los trenes, las máquinas de escribir y las baterías de cocina. Todos ellos llegaban, en cuanto signos de progreso, envueltos en un aura misteriosa  y tan interesante como la muerte. Con el tiempo las baterías de cocina primero, a través del aluminio inoxidable, y los ordenadores y trenes después, con la brillante pintura metalizada, trataron de deslizarse en nuestras vidas en cuanto nuevas balas de velocidad peligrosa y estimuladora.

Las máquinas de escribir, como ahora los ordenadores, aceptaron al cabo casi cualquier color en señal de que la escritura dejaba de ser un asunto serio  para pasar al mundo del entretenimiento, el experimento y la diversión.

En general, de una idea trascendente de la vida se ha ido pasando a la preocupación por amenizar la existencia como un cine.

Por su parte, el teléfono se hace móvil en vez de fijo porque como la misma vida carece de un fijado fin en donde se apoyaba el juicio final y actuaba cimentado y con la máxima firmeza.

El juicio final como la misma Justicia del sistema  ha derivado en un móvil. Un juego movido por el poder, un móvil empujado por uno u otro interesado móvil. Quizá siempre fue aproximadamente así pero nunca resultó tan patente y asumido.

En los principios, la justicia fue incluso arbitraria pero en coherencia con el caprichoso arbitrio del poder absoluto. Era arbitraria como los árbitros en el campo de juego. Ahora, no obstante, es extensivamente  un juego del juego del poder, descarada en su volubilidad, su vaivén y cualquier otra peripecia propia de los juegos.

Finalmente, el teléfono, fijo o móvil, en unas u otras circunstancias, ha guardado en el interior de su sonido o su politono el carácter de un arma letal. Suena el teléfono y es, con frecuencia, un asunto intrascendente pero suena el teléfono y en la misma música puede hallarse la noticia funeral.  Jugar con los teléfonos es jugar con la muerte inscrita en su llamada, tratar con la muerte por escondida o enmascarada que parezca. Lo decisivo es que jamás abandona ese lugar. El timbre anida la muerte, mata, destroza, deshace la vida, la vuelve del revés. Ni siquiera el tren, tan gigantesco, es tan vilmente asesino.

Articulo de Vicente Verdu

No a los de mayoria

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Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales…

Desde hace meses se discute públicamente la posibilidad, para algunos la necesidad, de reducir el número de curules en ambas cámaras legislativas. La idea de quienes sostienen tal iniciativa es la de ahorrar dinero en el gasto público.

Digamos de entrada que tal propuesta es del todo cándida. Aun suprimiendo todas las curules, el ahorro logrado sería insignificante frente a la magnitud del déficit público. Son escalas diferentes. Mientras que el primero se mide en cientos de millones de pesos, el segundo es del orden de cientos de miles de millones.

En nombre de tan altruista plan de ahorro nacional hay quienes se inclinan por suprimir a las diputaciones plurinominales, es decir, en la Cámara de Diputados, 200 curules. Valiente ahorro. Ya me dirá usted. Pero las cosas son bastante más graves y atañen la médula misma del ejercicio y de la estructura democráticos.

“No a los plurinominales”: he ahí una consigna que se va abriendo camino y que nuestro periódico alberga, a través de Pedro Ferriz de Con, de manera destacada. Yo sostengo exactamente lo contrario: sí a los plurinominales y únicamente a los plurinominales. No a los diputados de mayoría. Tan clarito como eso.

Ya dije mi conclusión. Ahora, en reversa, me toca explicarla. La introducción relativamente reciente de las diputaciones plurinominales tuvo la intención de corregir un vicio flagrante en el sistema hasta entonces imperante, según el cual, si un candidato ganaba su distrito con 51% de los votos y su oponente obtenía 49%, ése 49 iba directamente a la basura y sus votantes no obtenían ningún tipo de representación parlamentaria.

Póngase pilas y piénselo así: suponga que hay tres distritos, A, B y C, cada uno con 100 electores, y que hay dos partidos: el RIP y el NAP. El distrito A lo gana el RIP 51 a 49 votos, en el B también gana el RIP, 51 a 49. En cambio el C lo gana el NAP 99 a 1. De esta manera, según el antiguo sistema de representación mayoritaria única, y al que no pocos quieren regresar hoy, el RIP obtiene dos diputados y el NAP uno solo. Pero resulta que el RIP obtuvo en total 51+51+1=103 votos, mientras que el NAP, con la mitad de diputados, obtuvo 49+49+99=197 votos, ¡Casi el doble que el partido “ganador”!

Es contra esta aberración de la aritmética democrática que se instauraron las diputaciones plurinominales. La idea es que la composición de las cámaras refleje de manera más fiel y justa la distribución de la opinión popular. Lo que pasa es que se hizo mal. Se quiso mantener, a toda costa, la figura del diputado por “mayoría relativa” y se conservó la circunscripción, por encima de los distritos y de los estados. Un galimatías inextricable.

Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales, sobre todo en los primeros lugares. Y era común que el diputado por mayoría perdiera la elección, pero uno o más de sus correligionarios ingresaran a la cámara como plurinominales.

Para la asignación de estos últimos se ideó un esquema absolutamente incomprensible para el ciudadano de a pie: que si los restos mayores y los restos menores, que si las cuotas asignadas permitían el número de plurinominales realmente obtenido o había que reducirlo debido al número “excesivo” de diputados de mayoría conquistados. Total, un berenjenal del que era imposible salir bien librado. Sólo apto para “técnicos” hiperespecializados. El resto de los mortales no tenemos más remedio que leer y acatar los resultados que nos son dictados.

La supresión de los plurinominales ciertamente suprime de tajo todo este merequetengue, y el misterio de la asignación se difumina, pero se cae en la paradoja inaceptable de hace rato, la de los tres distritos. Además, al haber una sola curul en juego por distrito, la lucha dentro de cada formación por obtenerla se convertiría en una auténtica carnicería, y los cambios de camiseta se darían al por mayor. Si de por sí.

La única solución razonable es, entonces, la de suprimir los diputados de mayoría. A cada sección electoral, sean distritos, estados o circunscripciones, se le asigna un cierto número de curules, proporcional al número de habitantes, y de tal manera que la suma de todas sea el número ideal de diputados. En cada una de estas secciones, cada uno de los partidos presenta una lista, una planilla, por la que votarán los electores.

Serán diputados los primeros de la lista, en número proporcional a los votos obtenidos. Tan sencillo como eso. Se acabaron los misterios y los enredos. Queda por determinar cómo evaluar los porcentajes. Cómo pasar de los números fraccionarios de éstos a los enteros de los candidatos. Es sencillo, por ejemplo, mediante la regla de Hont. Pero tendré que explicársela la próxima semana.

De momento, de manera contundente: Sí a los plurinominales.

Articulo de Marcelino Perello/exonline.com

Elogio a la fabada

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Es evidente que, como ya señalaban Néstor Luján y Juan Perucho, hoy no es posible relación alguna de la cocina asturiana sin empezar por la fabada, pero no es menos cierta la constatación de una cierta horizontalidad bretona y normanda que apunta Dionisio Pérez, Post Thebussem, y la definitiva universalidad que el plato ha logrado en el camino del pasado siglo. Sin embargo, y por extraño que pueda parecer, la fabada carece de historia más allá de ese límite. En todo caso, la fabada es lo más apropiado para el febrero loco y sus días crudos de invierno, de niebla y frío de la tierra; comida muy de hogar, para tomarla cerca del fuego de la chimenea
En los albores del siglo XX la fabada era aún gran desconocida y ausente de los recetarios naciones y aún asturianos. Prueba de ello son la nula mención en sus escritos del muy ilustrado gijonés Gaspar Melchor de Jovellanos y la no presencia en la larga obra novelística del mayor escritor asturiano, Leopoldo Alas, Clarín. Aún en un recetario anónimo y escrito a mano, que su autora mandó encuadernar en 1874, y que felizmente fue recuperado por la Biblioteca asturiana del Padre Patac, la fabada brilla por su ausencia. Parece que la primera referencia escrita es un anuncio publicado en el diario El Comercio, de Gijón, en 1884. Con motivo de la romería de Granda, una tal Justa la Bartola ofrece genuina fabada para que: “… los deseos del público tengan cumplida satisfacción”. Claro que una cosa es un nombre y otra quizá bien distinta una receta que se corresponda con el plato, y tal cosa no ocurrió hasta que la Condesa de Pardo Bazán dio a la imprenta su libro La cocina antigua, en el año de 1913.
La fabada, aunque tiene fundamentos canónicos, se percibe de diferentes formas. Para Néstor Luján es: “…uno de los grandes platos del Occidente cristiano”; para el novelista asturiano Armando Palacio Valdés no es ni tan siquiera comida; y según el periodista también astur Antón Rubín: “… consiste en un cerdo lanzado –así, con todo el poder que supone el hecho de lanzar- sobre unas fabes”. Del grado de cocción de éstas solo pude juzgar la guisandera que la atiende, pero quede constancia aquí del criterio de doña Emilia Pardo Bazán: “Más vale que las fabes de deshagan que encontrarlas duras”.
Si no tanto como sobre el huevo y la gallina, mucho se ha especulado respecto a si fue antes la fabada o el cassoulet. Respecto a este último, potaje también de judías secas y compaña de cerdo o pato, aunque también en versiones de perdiz y cordero, tres ciudades francesas se disputan su invención: Toulouse, Carcassonne y Castelnaudary. Aunque el gran Julio Camba, en La Casa de Lúculo, llegara a admitir una posible etimología a favor del famoso pot-au-feu, sus convicciones se derrumbaron cuando el político Melquiades Álvarez le invitó a una gloriosa fabada en su pueblo asturiano de Somió. El festín fue de tal envergadura, que Camba, tan políticamente díscolo y ambiguo, confiesa que estuvo a punto de afiliarse al Partido Reformista que aquel había fundado en 1912, y en el que dejaron rastro de militancia políticos y personajes de la talla de Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Sin ambages, Paco Ignacio Taibo, en su Breviario de la fabada, viene a poner ambas cosas y potajes en su sitio: “El cassoulet es una fiesta de fuegos artificiales. La fabada es una profesión de fe. El cassoulet es un alarde. La fabada es una verdad contenida en sí misma. El cassoulet es un invento francés. La fabada es un invento asturiano. El cassoulet es un invento pompier. La fabada es un bisonte pintado en una roca. El cassoulet es una fabada que se perdió el respeto”.

Fuente: un tal Miguel Angel en facebook

No al referendum

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Hay normas que se asumen por mayoría y principios que son intocables, así la mayoría diga misa. Vivimos en un país de (todavía) mayoría católica que, cuando fue unanimidad, negó la libertad religiosa con un argumento inmejorable: “No podemos igualar la verdad con el error”, un monumental sofisma porque quien define verdad y error son las mismas autoridades eclesiásticas que se asumen voceras de la verdad.

A otros nos parece una “verdad” aberrante ese monstruo de ira, venganza y egolatría que es el Dios judeo-cristiano-musulmán que nos aterroriza de niños. Podríamos presentar demandas millonarias contra esas iglesias por daño psicológico. Pero hace apenas dos siglos nos quemaban en la hoguera por decir la centésima parte; ahora nomás nos miran feo. Algo hizo la Ilustración con sus ideas libertarias: puedo arrancar los moños que ponen en mi propia casa quienes adornan la calle para que pase la virgen de Zapopan, una muñeca de mazacote muy fea, y afirmar que la de Guadalupe está tan mal pintada que tiene hombros de futbolista de americano y el chiquillo que le mira los calzones no tiene hombros.

¿Todas las ideas son respetables? Falso. Son respetables las respetables, las otras no. ¿Y cómo distinguimos unas de otras? Tenemos una guía construida con inteligencia, valor, cárcel, tortura y carnes chamuscadas: los derechos humanos.

No podrán sostener los relativistas culturales que todas las culturas tienen valores igualmente respetables. No: un pueblo indio en el que no puede asumir la alcaldía una mujer por ser mujer, aunque ganara sin discusión las elecciones, no merece defensa de tal infamia.

Hemos construido en Occidente un cimiento de valores intocables, entre los que se cuenta la libertad de religión, la de tránsito, la de trabajo, el laicismo del Estado por el que la policía persigue el delito, pero no el pecado; y, el más importante, la igualdad de todos ante la ley. No son temas que admitamos poner de nuevo a votación porque los hemos vuelto derechos humanos esenciales.

Tampoco las decisiones técnicas pueden ser motivo de votaciones, plebiscito o referéndum. En Guadalajara no existe un sistema de transporte colectivo digno de ese nombre. La tasa de homicidios por microbuses resulta más alta que los muertos en Pakistán por autos-bomba. El macrobús es una propuesta de bajo precio frente al metro, pero los microbuseros gritan en contra y, claro, exigen referéndum… de la calle afectada. Fácil.

En temas básicos no es admisible ejercer la mayoría para cancelar derechos de minorías… y de mayorías tan amplias como la de las mujeres: el matrimonio de homosexuales es simplemente la aplicación del principio de igualdad ante la ley; la eutanasia asistida es el derecho a dejar de sufrir cuando se ha entrado en la fase terminal de una enfermedad. La adopción de niños por parejas homosexuales se refiere a niños abandonados. Sin duda, la mejor opción para un niño es tener padre y madre, vivos, bien avenidos, cariñosos, que lo desearon, inteligentes y hasta ricos y guapos. Pero esos hijos no son sujetos de adopción, lo son los abandonados por la condena a los métodos preventivos del embarazo, y al aborto, que nadie, jamás, ha presentado como método para el control natal, sino como la última y desesperada opción de una mujer.

Y ¿cuál es la calidad moral de los jueces religiosos que combaten nuestros derechos humanos básicos? Olvidan que son los representantes en la Tierra de un Monstruo malicioso capaz de engañifas como ésta a sus pobres criaturas:

“Mirad, Adancito y Evita, de todo cuanto hay en la mesa podéis comer, pero de estas galleticas no comeréis”. Luego va y se esconde a espiar por un hoyito. Los niños muerden una galleta y la furia del Monstruo de Vanidad es tal que no se aplaca ni cortándoles las manitas para que sufran de por vida, ni con el sacrificio de cien toros. Exige la muerte de su propio Hijo, golpeado y torturado en una cruz, para aplacar su vanagloria paterna afrentada por una desobediencia ridícula. Un padre así, ahora, tendría muy merecida prisión perpetua. ¿Escuchar a los representantes terráqueos de esa abominación delirada por un pueblo de pastores ignorantes, olvidado entre Egipto y Babilonia?

Articulo de Luis Gonzalez de Alba/mileniodiario

El leon de la metro

leonNo sabremos nunca si el invento más fastuoso de la humanidad fue la rueda, la imprenta o el nuevo papel de arroz que desbarata al mundo. La imprenta pudo desasnar a muchos, internet a todos. El ingenio de Gutenberg fue recibido como la peste. Quedaron parados escribas, amanuenses, copistas y encuadernadores. Gutenberg, que acabó tieso a merced de la limosna de su prelado, vendía estampitas en la puerta de las iglesias; en realidad era un beato que intentó con sus tipos móviles ayudar al culto y estuvo a punto de destruir la religión, aunque como escribió después Voltaire no fueron los estampadores los que hicieron tiritar a Roma.

El Vaticano fue amenazado porque vendió indulgencias y porque insultaba a los hombres tratándoles como animales domésticos. El islam prohibió la imprenta; el catolicismo no pudo impedir que se encendieran las luces, antes de la electricidad.

Se vivió entonces lo mismo que se vive ahora, el terror ante la innovación. El mundo en que vivían se vino abajo, y surgió el Renacimiento.

La nueva imprenta de ratón, con su librería, su cinematógrafo, sus periódicos y discos gratuitos, se está cargando la industria cultural. Los bucaneros descargan todo lo que se crea y nadie sabe qué hacer. Una calcografía universal entra a cuchillo en los anaqueles, hace grabaciones ilegales en los estudios, todo tan gratis como el canto del jilguero en el alba. Hollywood demanda a las webs mientras la Metro Goldwyn Mayer y otras productoras están al borde de la quiebra. La compañía llegó a un acuerdo con YouTube para que pudieran pasar 4.000 películas, pero no fue suficiente. Tal vez dentro de unas semanas nadie podrá impedir que desde un móvil vea Lo que el viento se llevó, que en otro tiempo cautivó a 250 millones de personas.

Aquel león que nos fascinaba apenas sentarnos en el cine fue diseñado por Howard Dietz con el logotipo de su equipo de fútbol en la universidad. El primero y los cuatro siguientes contaron la historia de América y del mundo. Fue Louis B. Mayer el que inventó la propaganda en las salas de cine, y la Metro fue el NO-DO fantástico del imperialismo americano, el que nos hacía aplaudir cuando mataban a coreanos o a apaches. Durante el macartismo J. Edgar Hoover persiguió a los rojos, especialmente a miembros de la antigua Brigada Abraham Lincoln, y puso a la Metro a atizar la hoguera.

Billy Wilder quitó importancia a la caza de brujas: «De los 10 de Hollywood sólo dos tenían talento». De ese cuento apócrifo me he enterado este fin de semana leyendo el magnífico libro Las listas negras de Hollywood, de Rey-nold Humphreys, que me ha regalado el gran editor Manuel Fernández Cuesta.

Pero ahora el vampiro que hace de la Red su lecho y cambia riñones por virgos, va a esquilar al león.

Articulo de Raul del Pozo/elmundo .es