El perro y la cola

perro-cola¿Por qué no se puede ganar la guerra al narco? Por la misma razón que un perro no puede morderse la cola: son parte de un mismo cuerpo. El narcotráfico es una perversión del Estado, pero es tan parte de él como la cola del perro. Por eso cuando la furia de la cabeza y el hocico se van contra la cola del animal, ésta reacciona con el mismo ritmo e intensidad que su perseguidor. La cola se volvió incómoda, genera comezón, escozor, huele mal y, lo peor, ha ido pudriendo buena parte de la parte trasera del perro. Ya no la quiere, le estorba, le avergüenza, le incomoda, pero sólo el perro, desesperado, no se da cuenta de lo ridículo que resulta perseguirse la cola.

El narcotráfico en México nació al amparo de Estado, creció con la complicidad del Estado y se nutre de los elementos del Estado. En las Memorias (citadas por Diego Osorno en El cártel de Sinaloa, Grijalbo 2009) de quien fuera procurador de Sinaloa, Manuel Lazcano, apunta un recuerdo de los momentos en que comenzó a crecer el negocio de la drogas: “A mí no se me ha olvidado —dice— una frase que le oí al presidente Miguel Alemán. Eran las épocas en las cuales empezó todo esto, cuando el fenómeno se ramificaba y crecía y la gente involucrada empezaba a armarse. La idea era diáfana, clara, ilustrativa de la forma en que contemplaba el fenómeno: “Pues es que produce divisas. Que produce dividas”.

Esta complicidad expresada en términos comprensivos fue el discurso, con sus matices, de todos los presidentes de Alemán para acá. Había incluso cierta fascinación en el planteamiento de que México era sólo el trampolín y Estados Unidos la alberca. Así lo pensó la mafia gringa cuando el Bugsy Siegel vino a México en los años treinta a buscar quien sembrara amapola para producir opio, así lo vieron los primero exportadores de mariguana, y así lo veían los líderes del país.

La cola también es perro, dice el dicho, y entre más crecía la cola más se fortalecía el animal. Pero la cola no es una protuberancia que se pueda poner y quitar a gusto del animal. La cola no sólo es parte del perro sino una continuación de su columna vertebral, y comunicada a través de esta a la cabeza. Es decir, no podemos pensar en el narcotráfico sin su vinculación orgánica con el Estado. Los líderes del narcotráfico salieron de las filas del Estado y han sido protegidos, cómplices, socios de personajes del Estado. Cada año miles de militares, a quienes hemos dado como tarea principal combatir al narco, se cambian de bando. El más temido grupo delictivo de este país, Los Zetas, nacieron de las fuerzas especiales del Ejército y el general que aparentaba perseguirlos con más enjundia, Jesús Gutiérrez Rebollo, resultó ser parte de de un grupo de narcotraficantes. Las policías, federal, estatales y municipales, están y han estado directamente vinculadas el tráfico de drogas desde que este inició.

¿Por qué ahora hemos de confiar que el Ejército combatirá al narco? Porque no nos queda de otra, porque el Ejército es la institución de seguridad que depende directamente del Presidente. Pero si miembros de las fuerzas armadas han estado siempre involucrados con el tráfico de drogas, la posibilidad de que a finales del sexenio algunos de los encargados de librar la guerra contra el narco resulten ser parte de él es altísima. ¿Por qué hemos de confiar en la policía? O, peor aún, ¿por qué un policía ha de confiar en su jefe, o por qué un jefe de policía ha de confiar en su gobernador o su presidente municipal? ¿Quién es perro y quién cola? Esta desconfianza básica hace que la guerra al narco sea en realidad una guerra de miedos. El envío de drogas a Estados Unidos no se ha reducido y el consumo en México sigue al alza. ¿Qué ha ganado entonces la cabeza del perro en esta guerra? En un primer momento respeto. Logró también recuperar partes del perro que ya eran cola, esto es municipios donde el Estado había prácticamente desaparecido y caído en manos de las mafias del crimen organizado. También ganó autoestima y legitimidad, pero hoy el resto del perro está cansado de tratar de morderse la cola, de gastar su energía en perseguirse a sí mismo y con heridas que calan hondo.

La única opción que tenemos frente al mundo violento de las drogas es la legalización. Hacer que la cola se comporte como perro. Esa es la batalla que sigue, la que tenemos que dar en México. Hasta ahora hemos usado la cabeza sólo para ladrar y morder. Ya es hora de comenzar a usarla para pensar.

Diego Petersen/mileniodiario

Ultimo tango en Copenhague

cumbre

DICE Matías Vallés que desde que somos tan laicos no paramos de hablar de religión y que, en consecuencia, elegir entre un obispo y un laico se está poniendo difícil. Yo añadiría que con el obispo al menos uno sabe a qué atenerse. La Cumbre del Clima en Copenhague es lo más parecido que se haya visto al Concilio de Nicea, pero con el ecologismo galopante como dogma de fe. El flamante cardenal climático, Yvo de Boer, se declara partidario de vetar cualquier opinión disidente con el nuevo apocalipsis meteorológico, el cual no es más que una reedición del viejo con unas gotas del Arca de Noé y una pizca de catecismo maya. En cuanto al debate científico, nos lo podemos meter donde nos quepa.

La creencia de que el mundo va a peor es tan vieja que ha vuelto a ponerse de moda. Dicen los algoreros (neologismo acuñado de la fusión entre agorero y Al Gore) que el Polo Norte va a derretirse en cubitos, pero los fans del único premio Nobel a pedales olvidan que si los primos de los vikingos bautizaron Groenlandia como Greenland (tierra verde) hace unos pocos siglos, no sería sólo por un irrefrenable optimismo daltónico. En este viejo dado de cinco continentes y medio el hielo ha rodado lo suyo, se ha ido y ha vuelto por sus fueros muchas veces. Han caído meteoritos, se han extinguido especies, el oxígeno fue veneno primero y bendición después. Pensar que seremos capaces de acabar con el gran juego de la vida para siempre es tan imbécil y egocéntrico como pensar que somos el centro del universo. Como mucho, nos borraríamos a nosotros mismos y, la verdad, tampoco sería tan grave. Siempre quedarán las ratas.

Para que la semejanza entre obispos católicos y meteorólogos ptolemaicos sea perfecta, el Concilio de Copenhague ha financiado una campaña en contra de la prostitución donde se afirma uno de los credos esenciales del neoecologismo: «Sea sostenible, no compre sexo». En cuanto concepto abstracto, la sostenibilidad se parece mucho al misterio de la Santísima Trinidad sólo que sin Padre, sin Hijo y sin Espíritu Santo. Aplicado a este caso concreto, suponemos que con lo de sexo sostenible el cardenal De Boer se refiere a masturbarse con una sola mano. Pensando, a ser posible, en la piel blanca e inmaculada del oso polar porque, según el calendario maya, ir de putas también jode la capa de ozono.

Las putas, trabajadoras legales en Dinamarca, han decidido contraatacar y ofrecer sus servicios gratis a los congresistas, dos herejías inconcebibles para semejante caterva de savonarolas incompetentes, burócratas chupones y pelmas profesionales. La de trabajar y la de gratis.

David Torres/elmundo.es

La moda

desigual

No crean nada que relacione directa o indirectamente la moda con la situación económica o social. Las faldas no suben cuando la bolsa sube ni bajan cuando la bolsa baja. Estas señales no sirven sino para forzar una interpretación racional de un fenómeno tan arbitrario como es la moda. Toda moda es retro y toda moda se inspira en lo que antes fue fealdad. Convertir el pasado en presente y lo feo en hermoso es el desafío interior del mundo de la moda, su pugna intestina y continua en la que intervienen todos los factores propios de la sastrería que, como bien ha demostrado su  historia, constituye lo más libre y estrafalario que se pueda imaginar.

En la vida del vestido, las ropas llegan al principio para abrigar pero a continuación cada prenda establece sus principios. ¿Vuelven las hombreras? ¿Se llevan las botas? ¿Prima el color berenjena? Todo intento de asociar los factores de la moda con otros fenómenos de su entorno históricos suelen ser tan cursis como idiotas.  Si hay moda es precisamente gracias a que nadie es capaz de relacionarla ni predecirla y, por tanto,  puede mantener el alma de su temporada infinita: la novedad.

La Iglesia no entiende de sexo

priest_unfaithful
Los purpurados mexicanos no están solos, el cardenal Edward Egan, obispo de Bridgeport, EU, ocultó por años más de 12 mil folios de abusos sexuales contra menores cometidos por decenas de sacerdotes.

La Iglesia católica no entiende de sexo. De entrada, la Biblia nos dice con amor “creced y multiplicaos”. ¡Viva el sexo! Pero llegó San Pablo, se horrorizó del sexo y de ahí en adelante, entre prohibiciones y galimatías, la Iglesia ha dado tumbos por 20 siglos.

La razón por la que los sacerdotes católicos no pueden casarse es más terrenal que espiritual: sus bienes pasarían a poder de la viuda y mermarían la fortuna de la Iglesia. Por eso el celibato obligatorio es la primera regla “contra natura” impuesta a los sacerdotes sanos, aquellos con hormonas y sentimientos normales.

Las consecuencias de eso han sido desde siempre la abundancia de “sobrinos” de los sacerdotes, que “se parecen mucho a usted, padrecito”, y los abusos y las violaciones a niños y adolescentes, que han existido siempre, pero ahora se conocen con más detalle.

Los lamentables casos como el de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, o Nicolás Aguilar, Carlos López Valdés o Rafael Muñiz López, son sólo ejemplos, ya que según las estadísticas cerca del 30% de los 14 mil sacerdotes católicos que existen en México comete algún tipo de abuso sexual con su feligresía, y como la Iglesia no sabe qué hacer con el sexo, los prelados ocultan el asunto y muchos de estos pederastas siguen oficiando misa y administrando los sacramentos. Pero, además, con el mayor cinismo, el portavoz de la Conferencia del Episcopado Mexicano, Leopoldo González, tras la detención del sacerdote pederasta Rafael Muñiz, dijo: “Entre más humanos nos vean, más nos van a apreciar”. Sin comentarios.

Los purpurados mexicanos no están solos, el cardenal Edward Egan, obispo de Bridgeport, Estados Unidos, ocultó por años más de 12 mil folios de abusos sexuales de decenas de sacerdotes contra menores, hombres y mujeres, y con un desparpajo increíble, comentó: “No sé mucho de esos alegatos… parece cosa de abogados… pero es maravilloso pensar que hay cientos y cientos de sacerdotes y sólo algunos son acusados… y aun así no se les puede probar nada”. Sin comentarios.

Insisto, la Iglesia católica no entiende de sexo, y ahora tenemos las declaraciones del cardenal Javier Lozano Barragán, toluqueño, presidente emérito del Pontificio Consejo Pastoral para la Salud y que declaró: “Los transexuales y los homosexuales no entrarán nunca en el Reino de los Cielos, ya que todo lo que va contra la naturaleza ofende a Dios”.

Y yo pregunto: ¿los homosexuales no entrarán al cielo y los sacerdotes pederastas sí?

Ni hablar, la Iglesia no entiende de sexo, y la condena a quien tiene orientaciones sexuales diferentes no sólo es una idiotez sino una violación a los derechos humanos, así de simple.

La Iglesia debe reconocer que el sexo es bueno, es parte de nuestra naturaleza, y que las reglas que impone, en especial el celibato obligatorio, “van contra la naturaleza”, y esa es la razón por la que sacerdotes, monjas y demás se saltan las trancas, tienen hijos ocultos o abusan de los menores de edad.

No, la Iglesia no entiende de sexo, nunca entenderá.

Rafael Alvarez Cordero/excelsior.com

Orquideas

orquideas«Nunca, en toda mi vida, me ha interesado más un tema que este de las orquídeas», escribe Darwin en una carta el 13 de octubre de 1861. Cuenta que casi todas las partes de la flor están coadaptadas para la fertilización por los insectos, y son resultado de la selección natural. La orquídea, que es más sensible al tacto que cualquier nervio del cuerpo humano, y que era considerada, incluso por Darwin que era agnóstico, como la obra sublime de Dios, está intimidada.

Hay carneros mediáticos que se toman a broma todo eso del cambio climático como una nueva superstición de los progres de fortuna, pero los glaciares van errabundos por los mares y es verano en el invierno austral. Las más de 30.000 especies de orquídeas, música para los ojos, delicadeza hospitalizadas, hojas de amor sin escritura, ya no soportan el tostadero del globo, no resisten el solitrón. Encabezan, bajo la mirada planetaria de los alimoches, la lista de flores condenadas.

En México, las calaveritas, en Guatemala, las flores de la candelaria, en Cuzco, los pimpollos que se ponían en el cabello las vírgenes dedicadas al culto del sol, miles de orquídeas en sembrados y barbechos, en las riscas y en las vegas adelantan o retrasan la floración y se pudren.

«Las orquídeas no son ni para mayo ni para agosto», han escrito Marcos Gheiller y César Bedoya. El grito planetario aún no llega a los oídos de los gobernantes que sólo se acuerdan del ozono en las campañas electorales. Claro que muchos bucaneros de agua dulce viven de los criaderos de buitres y se dan muchos jornales a los que cuidan más de las aves migratorias que de las pateras, pero todo indica que a las glaciaciones sucederá la gehena del fuego y sólo sobrevivirán las cucarachas.

Ayer se presentó en Málaga Guía de campo de las orquídeas silvestres de Andalucía, de Manuel Becerra y Estrella Robles. Cuentan que esas plantas, que se asocian a los trópicos, sin embargo, florecen triunfalmente en Andalucía; también en la Serranía de Cuenca, entre los pétalos de piedra. No sabíamos de niños que las deslumbrantes flores de la Muela de San Felipe o del nacimiento del Río Cuervo, eran las gentiles orquídeas, tan bellas como mariposas que no volaran, de caprichosas y extrañas corolas.

La naturaleza dará la respuesta a los gobiernos del mundo, a la hipocresía política, como cuando Mao dio la orden de dejar China sin gorriones, ni ratas, ni moscas, y ocurrió algo extraordinario, cada vez había más chinos y menos gorriones, pero, después estallaron las epidemias y aumentó el hambre. La Madre Tierra se encabronó y escribió Neruda: «Cuando se fueron los enterradores, cantaron los pequeños enterrados, un trueno de gorriones pasó tronando por toda la tierra china. Era la voz de una tormenta planetaria».

Raul del Pozo/elmundo.es

¡Climagate!

ad_wwf_calentamiento_globalEl escándalo estuvo bien cronometrado: un mes antes de que comenzara la Conferencia de Cambio Climático de las Naciones Unidas en Copenhague, Dinamarca, unos hackers entraron a los servidores de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia, en Inglaterra. Extrajeron mil correos electrónicos y 2 mil documentos varios, que publicaron en internet.

¿Objetivo? “Demostrar” que los expertos en cambio climático manipulan datos, ocultan información, ridiculizan e insultan a sus contrincantes —los negacionistas del cambio climático— y evitan que publiquen sus argumentos.

Y en efecto: algunos documentos parecen mostrar este tipo de manipulaciones. Se está investigando para determinar si ha habido mala práctica científica. Si se confirma, habrá sanciones. También se revisan los datos publicados, para verificar que sean confiables.

Pero lo más probable es que se trate de una campaña de desprestigio encaminada a debilitar la postura del Panel Internacional sobre Cambio Climático, la ONU, la comunidad científica y los gobiernos que están discutiendo ahora mismo, en Copenhague, la urgencia de tomar medidas para disminuir las emisiones de gases de invernadero con el fin de atenuar, en lo posible, los daños que el calentamiento global está ya causando.

Y es que, para quien no sea especialista, exhibir los trapos sucios de los científicos en acción puede ser escandaloso. Frente a la imagen prístina e impoluta —pero falsa— de la ciencia como método infalible para descubrir verdades absolutas, ver a los investigadores como seres humanos con errores, envidias e intereses políticos es una buena manera de impugnar los resultados de sus investigaciones. Pero se olvida que la confiabilidad de dichos resultados no está dada por la personalidad de los científicos individuales, sino por un proceso colectivo, internacional y público de control de calidad muy difícil de manipular.

Es fácil desprestigiar inventando teorías de complot y exhibiendo datos aislados y fuera de contexto.

Pero, sin ignorar los altísimos costos económicos y políticos de modificar de nuestra industria, hacernos tontos ante el cambio climático es un riesgo completamente inadmisible.

Martin Bonfil Olivera

Un emo cronico en el pais de los emos

13-fondos-emos
Los apachurrados crónicos, los anarquistas, los emos y los existencialistas hemos dejado de ser rarezas de tiendas exquisitas. Este México deprimido y desencantado nos ha convertido en baratijas: ya en cualquier esquina te topas un desfile de cabizbajos; todos los temas conducen a los pucheros, a los nudos en la garganta. A las quejas. Y no es que me junte con puro corazón de pollo. Es simplemente que la moral nacional no anda con sus mejores trapos.

Para colmo, me he enterado de cierta cábala ranchera que habla de una revolución para 2010. Se citan con mucha lógica las fechas: en 1810, la Independencia; en 1910, la Revolución. Y en esa dinámica, en 2010 nos tocará volver a las armas. Por supuesto que no desestimo el agotamiento, el hartazgo y la desesperanza. El país no marcha nada bien, el mundo agrega angustia y las revoluciones nacen en callejones sin salida, como diría un famoso dramaturgo del siglo XX. Pero, oiga, si la más respetable rabieta de una sociedad cansada se alienta en onomásticos o cumpleaños, estamos jodidos. Yo que soy un romántico, animaría a los jóvenes a que griten y protesten por el porvenir maltrecho. Es más, les pediría que por lo menos parpadeen porque está en su naturaleza hacerlo. Pero si fuera un chamaco, me debatiría entre dos sopas: o estaría muy asustado por lo que veo (futuro más negro), o sería uno más entre esos miles de jóvenes que se asolean felices en las playas del caldo anestésico de tachas, raves, ácidos, redes sociales, mensajes de celular, anfetaminas y audífonos. (Miles y miles. Y no los critico ni los denuncio; en esta vida ya no fui un moralino. Lo dicen las estadísticas: miles y miles se bañan a diario en las olas químicas. El problema es que cada vez son más y con más ganas.)

Me encantaría meterme la mano a la bolsa y sacarme dos, tres manuales revolucionarios y decir: “¡Vámonos, camaradas! ¡Que la memoria sea nuestro enemigo!”, y luego disparar las primeras balas (más temprano que tarde y sin reposo, Silvio Rodríguez dixit) a lo que se mueva (aunque lo primero que se mueva sea mi propia mano) y acabar con los traidores. Esos tienen la culpa. Para nuestra fortuna siempre hay varios. Nunca nosotros, claro. Estar dormidos no se considera traición.

Vivir anestesiados es una decisión personal, y no lo digo con sarcasmo. El asunto es que no ayuda en tiempos de desolación.

A esos que piensan que la fecha justifica un levantamiento, les digo: qué flojera. Me parece igual a la nueva fiebre por los récords Guinness. No le ganamos a nadie en nivel educativo, en tecnología, ciencia, desarrollo humano o combate a la pobreza; en afianzamiento democrático, crecimiento, repartición de la riqueza o uso racional de recursos. Pero tenemos el arbolito de Navidad más grande del mundo; organizamos el baile a la Michael Jackson más concurrido y prolongado del mundo; hacemos la pista de hielo más grande del mundo, o la pizza o el pan de muerto más largos del mundo. Igual a levantarnos en armas por una fecha o por una cábala. Los “logros” idiotas que se hacen para el Guinness exponen ante los ojos internacionales que tenemos al hombre más rico del planeta y a 40 millones de pobres; que tenemos al narco más influyente del mundo y 15 mil muertos por la guerra equivocada; que tenemos una democracia cara y políticos como tumores llenos de pus. Sólo por decir.

Napoleón decía que en las revoluciones se conoce sólo a dos tipos de personas: las que las hacen, y las que se benefician de ellas. El Artemio Cruz de Carlos Fuentes nos deja lecciones sobre este respecto, y de tantas me he guardado una: que al final de una revuelta social, los vivarachos harán su club de privilegiados para pisar a los demás. El siglo XX, vasto en levantamientos, nos dejó apuntes que no debemos olvidar. Uno es que las revoluciones suenan lindas. Otro, que los jodidos (y los terceros en el conflicto) ponen las cuotas de sangre. Y uno más: que las revueltas acaban fortaleciendo al Estado, fuente original de los males.

Así que, amigos, para su revolución de 2010 no cuenten conmigo. Para la de un año después, sí. O ya veremos. No crean que estoy tan contento con este país en el que hasta los apachurrados crónicos nos vemos como bailarinas de can-can.

Alejandro Paez Varela

Identidades perversas

religionesUNA DE LAS grandes conquistas intelectuales de la civilización europea es la separación del ámbito religioso de la actividad política. Esa autonomía de las dos esferas implica que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones al margen de cuáles sean sus creencias religiosas. Dicho con otras palabras, la fe forma parte de la vida privada de los ciudadanos, aunque luego tenga consecuencias en las actitudes personales y en el voto.

Como señalaba Arcadi Espada la semana pasada en estas páginas, la religión musulmana no sólo no respeta la autonomía de la política, sino que, además, pretende imponerse incluso a los no creyentes. De ahí que sus símbolos políticos sean también religiosos, lo que no sucede en Occidente.

El gran invento de nuestra cultura es la noción de conciencia, por la cual cada individuo puede decidir lo que está bien y lo que está mal. La Iglesia católica reconoce la libertad de conciencia, aunque establece unas limitaciones para los creyentes.

La laicidad que impera en los Estados democráticos se basa en esta piedra angular que es la libertad de conciencia, por la cual ningún individuo puede imponer a otro sus convicciones.

En el mundo en el que vivimos, no sólo el Islam no acepta la libertad de conciencia, sino que, además, persisten multiples ideologías totalitarias de diverso signo, que anteponen una Weltanschaung -una visión del mundo- a la autonomía personal para decidir.

Una variante del totalitarismo y del integrismo religioso es el nacionalismo, que se caracteriza por la imposición de una identidad a los individuos. Esa identidad -sea étnica, histórica, lingüística o religiosa- es esencialmente excluyente, sirve para generar divisiones y para enfrentar unos individuos a otros.

Ya hemos visto las trágicas consecuencias del nacionalismo en las guerras de los Balcanes en los años 90. Yo mismo estuve en Bosnia, donde pude constatar el tremendo daño del fanatismo de serbios, croatas y musulmanes.

«Empecé a odiar a mis vecinos cuando Milosevic nos arengaba sobre la pureza de la raza serbia e instigaba la venganza contra los musulmanes y los croatas. Los políticos tuvieron la culpa», me comentó un anciano en un pueblo semidestruido, cerca de Mostar.

Al igual que el Islam, el nacionalismo tiene un componente místico y religioso por el que se intenta persuadir a un grupo de individuos de que hay unos vínculos que los hacen distintos a los demás. Quien no asume esa pauta, queda excluido de la comunidad nacional.

No faltará quien alegue que existen muchas personas que son nacionalistas y respetan las reglas de juego democrático. Es cierto, pero la esencia filosófica del nacionalismo es básicamente perversa, porque parte de la primacía de los valores colectivos sobre la elección individual. Eso se llama totalitarismo.

Pedro G. Cuartango

Metas y ambiciones

ist2_2231792-the-chosen-one
Todos tenemos metas y objetivos de vida. Algunos son materiales, otros espirituales y otros, una rara mezcla de materia y espíritu no en sus mejores versiones. Hay metas cuya concreción no depende de nosotros, sino de la suerte: ganar la lotería, por ejemplo. Hay otros objetivos que sólo dependen de nuestra propia búsqueda: formar una familia, establecer vínculos de afecto, crear un clima de armonía en nuestro ámbito doméstico y en el de trabajo. Hay propósitos insanos y desagradables, como pretender apoderarse de los bienes materiales y/o espirituales de los demás por envidia, mediocridad o inseguridad en nuestras propias virtudes. Hay también momentos de arrebato pasional en los que el ser humano no vacila en calumniar, complotar y hasta matar a los que obstaculizan el camino hacia el supuesto triunfo. Todo es resultado de nuestras bajezas y grandezas. Pero en el ámbito público, en el terreno donde la notoriedad masiva pasa a ser un factor preponderante, las cosas toman otro cariz. La ambición de poder por el poder mismo, por la sensualidad que encierra y por la sensación de omnipotencia que produce, es el motor que pone en marcha, con todo el ímpetu que la ambición puede tener, lo mejor y lo peor de la condición humana. Los matices que hacen esta batalla más o menos trágica son los que definen las profesiones y los ámbitos donde la lucha por el poder se desarrolla. No es lo mismo una pelea entre vedettes, actores, cantantes o futbolistas, con sus desplantes de mayor o menor popularidad, talento y convocatoria, que las lamentables disputas entre políticos y gobernantes con opositores y periodistas. Los primeros juegan en una feria de vanidades y egos que no modifica a las bases de una sociedad: solamente la distrae con sus chisporroteos de vanidad y “autobombo” y, más allá de no constituir un buen ejemplo a seguir, no dañan el destino de nadie excepto de ellos mismos. Pero cuando la lucha por el poder se efectúa entre la gente que rige o quiere regir los destinos de un país, ya es otro el cantar.

La historia mundial ha sido y es testigo de las cosas que las clases gobernantes han hecho y hacen por el poder.

Guerras de años y años atravesando siglos, épocas y grados de desarrollo han marcado a fuego a civilizaciones enteras. La religión, el petróleo, el oro, la pólvora, el dominio de nuevas tierras o las rutas marítimas del comercio han sido algunas de las excusas válidas para autorizar matanzas, invasiones y masacres ejecutadas por generales y lloradas por poetas. A veces, la sucesión por un trono real; otras, alguna complicación amorosa, pasional o simplemente sexual de algún monarca hizo rodar cabezas y habilitar cámaras de tortura, y dar inicio, así, a la catarata de hechos luctuosos que ensangrentaron regios terciopelos y alfombras mullidas.

La ambición de poder ha movido la historia para bien y para mal. Para bien, porque para conseguir sus fines egoístas algo hay que prometer, y en las sociedades democráticas (aunque sólo lo sean nominalmente) una parte de esas promesas tiene que concretarse so pena de perder el apoyo popular, y para mal, porque el precio que se le exige al pueblo por esas “promesas cumplidas” es altísimo y consiste en apañar e ignorar con vista gorda y memoria flaca atrocidades, desmanes, atropellos, corrupciones y excesos que la omnipotencia y los supuestos logros los llevan a cometer.

Por eso es extraño oír a tanto compatriota decir de tal o cual candidato/a: “El no necesita nada; lo tiene todo: fama, dinero, éxito, prestigio; lo que haga lo hará por nuestro bien, por pasar a la historia, por el bronce, así que yo lo voto tranquilo”. Nadie tiene todo cuando es un ambicioso de poder. Todos los actores soñamos con el Oscar, pero lo vemos tan lejano que ni nos molestamos en preparar el agradecimiento en inglés; los políticos, en cambio, ven el cetro presidencial tan cercano que avanzan hacia él como tanques de guerra y cuando lo obtienen y lo pierden harán todo para recuperarlo, emergerán de las tumbas del olvido, se pondrán pieles de indefenso cordero, apelarán a nuestra mala memoria e irán por su meta, que no siempre es la que nos conviene.

Enrique Pinti

Fantasmagosfera

alien

Ningún Alien nos asustó más que aquel de la primera película de la serie. Todavía me acuerdo la atmósfera del cine, los alientos contenidos, las caras de espanto que reflejaban el de la misma Teniente Ripley, devenida heroína gracias a la sola suerte de ser la última sobreviviente, la que logró expulsar al monstruo de la nave.

Pero, sobre todo, la que pudo verle la cara, ponerle nombre, saber a ciencia cierta a qué amenaza se enfrentaba.

Una vez conocido el rival, una vez que lo miramos frente a frente, ya nunca nada fue lo mismo. Ni la lucha, ni siquiera la eficacia de la película. Después de aterrorizarnos la adolescencia apoyado en todo lo que sugiere lo que no se ve, cuando Alien por fin tuvo su cara, se volvió poco más que una caricatura de sí mismo, algo que, creemos o queremos creer, podemos manejar, digerir y, sobre todo, combatir.

Para domesticar a los monstruos el hombre necesita definirlos y catalogarlos. Un atentado no alcanza entidad de tal hasta que alguien lo reivindique. Toda enfermedad precisa de un diagnóstico acertado. Una vez que le ponemos nombre al especimen -y mucho mejor si le podemos poner siempre el mismo-, podemos dormir tranquilos. Porque no es lo mismo un Casper que una presencia indeterminada debajo de una sábana. No es lo mismo un usuario anónimo que otro que acredite su identidad. Y esto lo sabe hasta el último de los ególatras que, a la hora de las travesuras, elige una máscara que lo anonimice, aún conciente de que su propio ego no le permitirá permanecer en las sombras sin poder adjudicarse las mieles de la hazaña.

Bienvenidos a la Fantasmagósfera.

rodrigofresan.blogspot.com