Politicos seriales

Politicos y Asesinos seriales: psicológicamente igualitos.

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¿Qué tienen en común personajes como George Bush y el sanguinario James Manson? ¿Y Bill Clinton y el estrangulador de Boston? Pues mucho más de lo que a simple vista podríamos intuir. Al menos eso es lo que se desprende de un estudio elaborado por la Asociación de Jefes de Policía de Estados Unidos (Nacop), que asegura que políticos y asesinos en serie comparten numerosos rasgos psicológicos y de personalidad.

Los criminales psicópatas son vanidosos, superficiales, mienten, no tienen remordimientos y no dudan en manipular sin miramientos a quienes les rodean para conseguir sus objetivos, “irónicamente, los mismos comportamientos que vemos cada día en los hombres y mujeres que ocupan los principales puestos de responsabilidad del país”, asegura Jim Kouri, vicepresidente de la Nacop y autor del informe.

Para llegar a esta conclusión, que muchos ya sospechaban, Kouri se ha pasado años buceando en los archivos de análisis del comportamiento de la Oficina Federal de Investigación (FBI), buscando los denominadores comunes que definían la personalidad de los asesinos múltiples y comparándola con la forma de actuar de los políticos.

Según Kouri, los representantes públicos, al igual que los criminales más violentos y metódicos, son capaces de poner en práctica cualquier estrategia, por poco ética que sea, para conseguir ver complacidas sus ansias de poder, sin tener en cuenta las consecuencias sociales, morales o incluso legales. Aunque, según afirma, sin llegar al asesinato, al menos de momento.

Impulsividad, irresponsabilidad o comportamiento parasitario

Entre los comportamientos habituales que Kouri ha podido observar entre la clase política destacan la impulsividad, la irresponsabilidad, un comportamiento parasitario y una carencia absoluta de objetivos vitales realistas.

“Este comportamiento les permite hacer lo que desean y cuando desean”, asegura Kouri en su informe, a la vez que asegura que “aunque muchos líderes políticos renegarán de la comparación con un asesino en serie, la mayor parte de los representantes electos comparten con ellos numerosas trazas de personalidad. Más de las que les gustaría”.

Las reacciones no se han hecho esperar. Miles de estadounidenses han aprovechado los foros de Internet para comentar la noticia y tomarle la revancha a su clase política, en la que los escándalos de todo tipo -sexuales, económicos, de tráfico de influencias- llegan a la prensa casi a diario.

“No me considero un genio, pero lo sabía desde hace años. Desde la primera vez que vi a Bill Clinton me pareció un sociópata y, aún así, todavía hay gente que no se ha dado cuenta. Ver el congreso de EE UU es como ver la escena del bar lleno de cazarrecompensas en La Guerra de las Galaxias”, escribía Bill Law, residente en Carolina del Sur, en el foro de la radio MyNorthwest.com.

Otro comentario anónimo iba aún más allá al decir que “nuestros políticos son simplemente asesinos en serie con gran habilidad para las relaciones públicas y un buen jefe de prensa”.

fuente:trinityeyes.wordexpress.com


La Revolucion si triunfo, por desgracia

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No, no es que la Revolución haya fracasado: nos va mal porque triunfó, se implantaron postulados que desde 1917 lastran al país, obstruyen vías de desarrollo y han adoctrinado generaciones de mexicanos en valores que son productores de pobreza y autocomplacencia. Se nos arrebató a los habitantes de carne y hueso la posesión del suelo y el subsuelo, y se entregaron a una entelequia, La Nación, en ninguna parte definida, pero en la práctica representada por el gobierno, o más claramente: por los políticos de turno en el poder. Un Estado corporativo, un régimen asistencial y una escolarización de raíz profundamente retrógrada, de fogosa oratoria revolucionaria, nos han tenido atados a un modelo mexicano reproductor de pobreza de generación en generación.

El sistema ejidal, como todas las colectivizaciones forzadas de la tierra, produjo hambre como en la URSS y en China. Allá murieron, aquí los campesinos tuvieron la bendición de una frontera de 3 mil kilómetros con Estados Unidos y escaparon.

El petróleo nos dio un sindicato de jeques árabes con diamantes en la nariz y un gobierno comodino incapaz de recaudar y administrar impuestos. El petróleo jamás ha sido de los mexicanos, es de los políticos de turno y de los charros sindicales.

De verdad, no se ve qué celebramos: la revolución de marras hizo pobres a los ricos sin enriquecer a los pobres, nos dio una camada de políticos que, a diferencia del empresario, no hicieron su capital invirtiendo y arriesgando en industrias que dieran empleos e incrementaran el producto nacional, sino robando dinero público; peor aún, nos construyeron esta ideología que mamamos en la escuela según la cual los ricos lo son porque roban al pueblo bueno, son, además, petulantes y sangrones; los pobres, en cambio, tienen por paradigma al Pedro Infante simpático, guapo y claridoso.

La Revolución nos dio un país de buenos y de malos. Pobres, indios y jóvenes son siempre buenos. Las maestras de un kínder tapatío sacan a los niños para bloquear una avenida en protesta por X, ya nadie recuerda qué, y tan frescas; los abusos no lo son cuando los cometen los buenos.

La ideología mamada de la Revolución desde la escuela primaria nos ha desvanecido la frontera entre el uso y el abuso. En la prensa hemos participado alegremente de ese deterioro en la convivencia civilizada. Los diputados creen que su fuero les permite mearse en la tribuna de la Cámara y pasarse los altos sin ser multados, y hay prensa que los defiende; los manifestantes se otorgan el derecho a bloquear avenidas y carreteras en protesta por los resultados de la guerra de Troya, los dueños de auto los suben a las banquetas, que no son para eso; publicamos que tanto peca el auto que gasta el pavimento (que fue hecho para rodar encima), como el chavo que rompe con su patineta una jardinera recién inaugurada (que no fue hecha para patinar) o le rompe el cráneo a un niño que se creía seguro.

Los electricistas que revendían electricidad arrojan sus autos contra policías que intentan liberar el flujo de una carretera y salen libres en dos días: nadie se escandaliza, no hay marchas ni discursos contra la impunidad. Como dijo un ex líder estudiantil a propósito de unos policías muertos por un grupo armado: “No nos hagamos, no eran más que chotas”.

¿Qué hacer con la Revolución? Sin lugar a dudas, emplearnos a fondo en sepultarla, derogar sus llamadas conquistas. Algunos puntos por mencionar en lo laboral:

1. Prohibir la cláusula de exclusión en los sindicatos, infamia por la que la charrería sindical puede exigir a la empresa el despido de un trabajador, casi siempre un opositor.

2. Prohibir el descuento automático de las cuotas sindicales por la empresa y su entrega a la dirección del sindicato. Las cuotas deben ser voluntarias.

3. Dejar en claro, una vez más, que podrá haber tantos sindicatos en una empresa como iniciativas tengan los empleados.

4. Eliminar las excepciones a la norma anti monopolio: los monopolios todos, públicos o privados, deben quedar prohibidos.

El Congreso tiene por tratar: recaudación fiscal eficiente, régimen de partidos insaciables, redefinir funciones del IFE, producción de energías, infantilismo de los estados frente a la federación… uf: tarea de legisladores romanos y tenemos ignorantes (e ignorantas, dice Fox asomando el pescuezo), retozo, alboroto, regocijo, picada de ojos entre niños y tirones a las trenzas de las niñas: eso nos gobierna.

fuente:mileniodiario

Pasarelas al cielo

_anorexiaALTAS, bellas, inaprensibles, las supermodelos viven la doble vida de las diosas de goma. Custodiadas por flashes de fotógrafo, pasan de puntillas por el cielo de las pasarelas, camino de taquillas adolescentes y portadas de revistas, para regresar paso a paso al vacío de sus vidas solitarias. Caminan sobre una gloria de papel, de palabras y pastillas, hasta un lecho de noches en blanco, prozac, vómitos y anorexia. Todo para acabar colgadas en un calendario, en la pared grasienta de un taller mecánico. O, como Lucy Gordon y Daul Kim, ahorcadas de una viga en un apartamento de lujo en París, girando sobre una nota de suicidio.

Igual que ellas, muchas otras acaban masticadas en la maquinaria feminicida de la moda, ese altar pagano al que entregan la salud, la sonrisa, el amor y la vida. Es el precio por alimentar un mundo de sueños y vanidad, al capricho de unos tipos cuyo ideal de belleza femenina está a mitad de camino entre una jirafa y Leonardo Di Caprio. Tipos a quienes ni siquiera les gustan las mujeres y que se complacen en exprimir las curvas de sus cuerpos hasta dejarlos transparentes y exhaustos, monstruos perfectos, perchas en dos patas, lánguidos esqueletos de uno ochenta y cuarenta kilos.

Hace poco, en un concurso de misses, descalificaron a una modelo colombiana, una auténtica hermosura, por exceso de culo. En realidad son los jueces que dictan semejantes normas quienes deberían revisar su sexualidad, salir del armario y dedicarse al diseño de langostinos o a la cría de gacelas. Forjar una mujer de cabellos celestiales, sin pechos y sin nalgas, sostenida por tobillos como hilos es una tarea de dioses, no de simples costureros con ínfulas de genio.

Siempre ha habido sacrificios humanos, criaturas que eran arrojadas al cráter de un volcán o a las que se les arrancaba el corazón vivas, pero nunca por un motivo tan burdo y tan trivial: una religión hecha de trapos. Como los patos cuidadosamente cebados hasta que les revienta el hígado, estas muchachas adelgazan hasta la tristeza, hasta que se les ve el alma a través de las costillas. En su carta de despedida, Daul Kim decía que uno de los días más felices de su vida fue uno en que logró dormir diez horas seguidas, sin sueños ni recuerdos.

El último desfile de Daul Kim y de Lucy Gordon tuvo lugar en soledad, en la intimidad más absoluta, en una pasarela que constaba de una silla, una cuerda y una viga en el techo. Bailarinas del más allá, se balancearon lejos de las cámaras y los aplausos, los brazos rectos, los pies desnudos, quizá para que no olvidáramos nunca esa ley gravitatoria de la moda que dice que lo más bello del cuerpo de una mujer son sus zapatos.

articulo de David Torres/elmundo.es

¿Navidad?

navidad_samCuando yo era pequeña, la Navidad empezaba el 22 de diciembre. El día de la lotería nos daban las vacaciones, y como al día siguiente no había clase, por la tarde nos íbamos al centro a ver las luces. Este año, ya llevan puestas casi un mes, y falta otro para que salga el gordo. El espectáculo de los esqueletos de acero repletos de bombillas apagadas que corona todas las perspectivas, me produce una misteriosa melancolía. No suelo añorar el país de mi infancia y, sin embargo, aquello era Navidad. Esto no sé lo que es.
Un signo de la era del consumo, supongo. Un indicio de prosperidad material, que sobrevive al rigor de la que hace un año iba a ser la peor crisis de la historia y ahora vaya usted a saber, porque nunca, que yo recuerde, los expertos han sido menos expertos, ni han sembrado tanto desconcierto. Una devaluación de la espiritualidad, claman quienes defienden que el espíritu humano no alienta fuera de los muros de los templos. Seguramente tienen razón, pero resulta paradójico que en una sociedad cada día más pagana -lo dicen ellos mismos, al proclamar que España se ha convertido en tierra de misiones-, una fiesta de origen religioso se dilate hasta dominar todo un trimestre de trivialidades.

Eso, la sensación de que navegamos sobre una cáscara, es lo más inquietante del virus navideño que desata cada año una epidemia más precoz que la anterior. La Navidad ha dejado de ser un compromiso de los católicos para convertirse en una pesadilla universal, una condena perpetua al villancico de la que, desde mediados de octubre, nadie puede escapar. Y, digo yo, si ya somos paganos, ¿no podríamos volver a la austeridad de cuando éramos creyentes? Lo que nos ahorráramos en diseñadores y cabalgatas podría reforzar el gasto social del Estado, mientras los expertos se ponen de acuerdo en el porvenir de la crisis economica.

articulo de Almudena grandes/elpais.es

Un futuro para Mexico

nexos

II. La prosperidad

Crecer

¿Qué hacer con nuestra economía? ¿Cómo desatar la prosperidad de México? Hemos pasado décadas construyendo programas, algunos de clase mundial para combatir la pobreza. Pero ni en los años de gobierno del PAN, ni en los anteriores del PRI nuestro país ha sido capaz de crear un ciclo largo de prosperidad que cambie su ingreso per cápita de las cifras de un país subdesarrollado a las de uno desarrollado.

¿Cómo abrir el cajón de la productividad y la riqueza? Hay acuerdo entre los expertos en que sólo se vuelven prósperos los países que se lo proponen explícitamente, que alinean sus instituciones y sus decisiones para ello. No hay mucho que inventar. Para crecer mucho hay que invertir mucho y ahorrar mucho. Hay, pues, que crear condiciones atractivas para la inversión y estímulos claros para el ahorro. Esto implica cambiar la meta nacional de combatir la pobreza a la meta nacional de crear riqueza (sin abandonar lo ganado en programas para la población más desprotegida).

La única manera de crear riqueza y empleo, de elevar el peso de la masa salarial en el producto interno bruto, de fomentar la movilidad social y crear la sociedad de clase media que anhelamos, consiste en abrir la economía a la inversión y la competencia global y nacional. Se trata de quitarle a una economía que podría crecer al 5% o 6% anual todas las trabas que lo impiden: crear una efectiva economía de mercado en sustitución de la economía intervenida por monopolios, empresas dominantes, oligopolios y poderes fácticos que nos caracteriza.

Los espacios de generación de riqueza que sustentan la prosperidad de las grandes economías del mundo se hallan capturados en México por empresas públicas monopólicas, por empresas privadas dominantes y por las redes de intereses asociados a ellas: sindicatos públicos y proveedores prebendados en el ámbito estatal; cadenas de negocio y rentas oligopólicas en el orden privado.

Las capturas estatales del mercado y sus regulaciones excesivas frenan la creación de riqueza en ámbitos fundamentales como la tierra, el agua, los bosques, el subsuelo mineral, la infraestructura, la electricidad, el petróleo. Las empresas privadas dominantes, y la pobre regulación de sus prácticas abusivas, frenan la competencia en escenarios también claves como las telecomunicaciones, los medios, la banca, el transporte, la construcción, la industria alimenticia, la banca, el comercio de menudeo. Acotar prácticas monopólicas —fijación de precios, cartelización, asignación de mercados en estos ámbitos— obliga a regular más y mejor, a realizar medidas emblemáticas, y a entregarle a la sociedad civil los instrumentos de acción antimonopólica como las acciones colectivas.

Abrir la economía en el ámbito público supone la deconstrucción de los monopolios estatales en todas las esferas, y centrar el esfuerzo de crecimiento en la infraestructura (en el sentido amplio, desde aeropuertos hasta WI-MAX), que tendrá un papel decisivo en la competitividad del país. Abrir la economía en el ámbito privado supone domar a los poderes fácticos, estatales y privados, económicos, sindicales, mediáticos y políticos, mediante particiones (break-ups), regulación, transparencia, competencia, ya no sólo en el frente de los bienes comerciables, como en el Tratado de Libre Comercio, sino también en los no-comerciables, sobre todo los servicios.

Otra razón central por la que la economía no crece es porque el crecimiento de la productividad se ha desplomado, respecto a Estados Unidos y también respecto a otros países de América Latina, no digamos de Asia. El problema no es que los mexicanos trabajemos o ahorremos menos que los demás países de América Latina. El problema es que el esfuerzo de nuestro ahorro y de nuestro trabajo rinde menos que en otros países. Si no aumentamos la productividad, no vamos a recuperar el terreno perdido con respecto al resto del mundo, ni vamos a crecer a tasas cercanas al 5% o 6%.

El estancamiento de la productividad, en especial de la productividad del trabajo, es lo que deprime el crecimiento de los salarios reales y limita el peso de la masa salarial en el PIB. Parte de ese estancamiento se debe a la falta de competencia. Otra parte deriva de que México tiene un mercado de trabajo particularmente distorsionado. El mercado de trabajo en México crea muchos empleos, pero muy pocos buenos empleos. Si no se quitan las trabas a la creación de empleos productivos, la mayor competencia no se reflejará en mayor productividad laboral, mayores salarios reales y un mayor peso de éstos en la riqueza nacional. A toro pasado puede decirse que uno de los grandes errores de Nafta fue una apuesta a la que la competencia externa en los mercados de bienes y servicios, por sí sola, sería suficiente para aumentar la productividad laboral y corregir las distorsiones en el mercado laboral.

Más de dos tercios de las empresas y más del 60% de los trabajadores del país son informales. En las empresas informales casi no hay capacitación laboral, adopción de tecnologías o innovación; esas empresas tampoco acceden al crédito de la banca comercial. Sobreviven porque evaden al SAT, al IMSS, al Infonavit y a casi todos, y para hacerlo mantienen tamaños muy pequeños (90% de las empresas tienen cinco o menos trabajadores). En la informalidad la productividad se estanca. El país no va a crecer sólo con el esfuerzo de un tercio de sus empresas y menos de la mitad de sus trabajadores.

Monopolios públicos, poderes fácticos, oligopolios privados
La agenda antimonopólica debe empezar por los únicos monopolios strictu sensu que existen en la República: los estatales, en particular de energía. La crisis abre la puerta para plantear una transformación radical de estas empresas y su apertura a la inversión privada, nacional y extranjera, minoritaria en ambas, pero suficiente para sujetarlas a reglas de transparencia y contabilidad internacionales (GAAP), derechos de accionistas minoritarios, fiscalización y vigilancia asociadas a la cotización en bolsa tanto en México como vía ADRs en Nueva York. Conviene recordar que es el caso de Petrobras desde 2001, el caso latinoamericano cuyo éxito celebra el mundo y miramos pasar sin tomar nota los mexicanos. La liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro ante la evidencia de su improductividad es un paso significativo en el rumbo correcto, pero está lejos aún de la transformación que se requiere. Un problema semejante de control y descontrol monopólico se presenta en los ámbitos de la salud, donde la tríada IMSS/ISSSTE/Secretaría de Salud es prestadora de servicios de salud casi única en el país, y en la educación, donde la red estatal atiende sin evaluación rigurosa ni competencia reguladora al 85% de los alumnos de educación básica.

El segundo tema estatal de la agenda antimonopólica se refiere a la relación del Estado con sus grandes sindicatos: maestros, electricistas, petroleros, burócratas federales y estatales, universidades públicas, trabajadores de la salud. Se trata, según como se hace la cuenta, de entre cuatro y 5.5 millones de trabajadores sujetos todos a un sindicalismo monopólico al que se pertenece no por elección sino porque los sindicatos son titulares únicos del contrato de trabajo. Éste incluye la cláusula de exclusión mediante la cual el sindicato puede exigir el despido del trabajador que no quiera pertenecer a él. La autoridad —la empresa pública, la dependencia, muchas universidades— retiene las cuotas sindicales, sin consultar a los trabajadores, entregándolas a las dirigencias sindicales, que la misma autoridad reconoce y legitima con la famosa toma de nota. Una medida clave contra este sindicalismo corporativo construido con la complicidad del Estado, sería suspender la retención de cuotas por el empleador gubernamental para volver a lo básico: que sean los trabajadores quienes individual y voluntariamente aporten sus cuotas a sus sindicatos. Además de restablecer la transparencia, la libertad y la democracia sindicales, esta medida cortaría el cordón umbilical que une al gobierno con el corporativismo. De mayor calado sería el fin de la cláusula de exclusión contenida en la Ley Federal del Trabajo, con la supresión de la diferencia entre sindicatos de apartado A (industria) y B (burócratas), así como el establecimiento de elecciones transparentes y la coexistencia de sindicatos en la misma empresa, como en Chile o Francia, eliminando asimismo la toma de nota.

Las redes sindicales del Estado son bastiones de atraso político por su falta de democracia interna y por su relación clientelar con las autoridades. Más que organizaciones gremiales, son fuerzas políticas sin cuyo acuerdo es prácticamente imposible transformar su sector. Y los sectores sumados de esos sindicatos son el corazón de la economía, del empleo y de la organización social mexicana. Su capacidad de encabezar los cambios es nula pero su capacidad de impedirlos es enorme. Hay un sindicato grande resistiendo cada una de las reformas grandes que requiere el país.

En el frente político, la agenda antimonopólica debe incorporar la apertura de las elecciones a candidatos independientes como opción ante el monopolio que detentan los partidos de la expresión electoral en México. Las candidaturas independientes acotan el monopolio de las nominaciones, abriéndolas a la sociedad. Parecen particularmente viables y necesarias en el ámbito local, donde el trayecto y el prestigio de un candidato puede suplir la falta de partido y vencer sin construir grandes aparatos. Parecen más difíciles de lanzar y sostener mientras mayor es el ámbito de sus pretensiones. Más allá de que puedan ganar o no sus elecciones, la sola presencia de candidatos independientes animaría el proceso con voces frescas, menos comprometidas con partidos e intereses previos, más capaces de inducir debates creativos y refrescar viejas agendas partidarias. Uno de los ejemplos contemporáneos más interesantes en esta materia reside en el éxito (ha rozado el 20% de la intención de voto) de la candidatura independiente de Marco Enríquez-Ominami en Chile, país con una tradición partidista mucho más arraigada que la nuestra. Después de 20 años de magníficos gobiernos de la Concertación, la ciudadanía se hartó de sus integrantes, sin dejarse convencer del todo por sus opositores. Enríquez-Ominami, joven diputado socialista con apellidos de doble abolengo político, buscó inscribirse en las primarias de la coalición de centro-izquierda; no lo dejaron, pero la ley chilena sí permite las candidaturas sin partido. Consiguió las firmas, y ha puesto en aprietos a la propia Concertación.

Desde el punto de vista empresarial, México es un país de cientos de miles de pequeñas empresas y un puñado de imperios corporativos con un dominio casi completo de su sector. Algunos de estos imperios son públicos, otros son privados. La propiedad no es lo esencial. El problema es la falta de competencia y de alternativas. El viejo sistema sobrevive perfectamente con empresas dominantes públicas o privadas. El grado de concentración del capital y de la actividad económica son elevados. Las 500 empresas mayores tienen ventas equivalentes al 80% del producto interno bruto. (En Estados Unidos, de acuerdo con Fortune, las 500 empresas más grandes en 2006 contribuyeron al 73.4% del PIB.) No hay espacio para nuevos tiradores. Lo dijo The Economist hace tres años: importar cemento, generar electricidad, buscar petróleo, poner una telefónica, abrir una tercera cadena de televisión o crear un banco competitivo (no vinculado a otra megaempresa) es prácticamente imposible en México.

Nadie se llama a engaño: no hay economía de mercado sin concentración del capital. Los marcos regulatorios, por rigurosos que sean, siempre son insuficientes. Si se quiere ir a la economía de mercado hay que ir también a la regulación del mercado. El reto fundamental en esta materia es dotar de autonomía y poderes a los entes regulatorios, empezando por la Comisión Federal de Competencia (Cofeco), para que ejerzan con efectividad sus funciones. Se requieren instituciones reguladoras con dientes, capaces de iniciar acciones legales con sus investigaciones a través de la Procuraduría General de la República.

El poder de los entes regulatorios debe incluir toda la gama de facultades y sanciones para acotar las prácticas monopólicas, pero no serán verdaderas autoridades mientras no tengan la facultad de plantear la partición de empresas dominantes para garantizar el reinicio de la competencia en los distintos sectores, como ha sucedido en distintos momentos en Francia, Alemania y Estados Unidos, o de abrir la entrada de nuevos actores en mercados cerrados en los hechos. La partición de empresas con presencia excesiva en el mercado es parte de la historia del capitalismo mundial, empezando con el desmantelamiento de la Standard Oil de John D. Rockefeller en 1911 en Estados Unidos, gracias a la Ley Sherman antitrust. No tendría por qué no ser un expediente de la protección de la competencia en México, donde distintas empresas controlan porcentajes muy altos de su mercado. La telefonía fija tiene una concentración del 81.4%, la telefonía móvil del 74%, las audiencias televisivas de 68%, la producción del cemento de 49%, el comercio al menudeo de 54%, la de harina de maíz industrializada de 93%, la industria cervecera de 62%. Tres bancos concentran el 61.4% del mercado.

La regulación fuerte y con sentido debe desplazar a la regulación torpe que no lo tiene. El Estado debe desmontar draconianamente la gigantesca red de regulaciones que ha construido en estos años, la maraña de trámites que hacen que el tiempo promedio de apertura de un negocio en México sea de 57 días mientras en Canadá es de máximo tres y en Estados Unidos de cuatro.

Sólo una economía de mercado fuerte, abierta, competitiva, antimonopólica, podrá crear la riqueza y los empleos que prometen huecamente candidatos y gobiernos; sólo una economía pujante y en crecimiento podrá dar a la mayoría de los mexicanos la cosa simple y fundamental que buscan y por la cual emigran por millones de sus pueblos a las ciudades y de su país al norte: un empleo con qué ganarse la vida, una oportunidad de mejora para él y su familia. Conviene subrayarlo: la masa salarial como parte del PIB no sólo no ha crecido, sino que ha descendido en los últimos 30 años: en 1980 se encontraba en 39%; hoy se ubica en 30%, sin duda en parte debido a la informalización del empleo, pero también al magro crecimiento formal.

Productividad, inversión y ahorro son las palancas de la creación de riqueza. Pero hay poco dinero de inversión en el mundo y no se concentra en México. México debe abrir sus negocios monopólicos y oligopólicos a la inversión de dentro y sobre todo de fuera de su territorio. Nada de esto es posible si el país no se va convenciendo de cuál es su lugar en el mundo, para que estos cambios y otros se anclen en el orden internacional y obtengan a la vez apoyo internacional. México no podrá arraigar sus reformas adentro y recibir apoyo de afuera, mientras no resuelva de qué afuera se trata.

nexos.com.mx

(continuara)

¿Por que los hombres van donde las putas?

Putas

En los burdeles todos vamos a mirar. Ellos, los cuerpos de las putas y yo, toda la escena.

Algunas veces, en mi adolescencia, visité burdeles con mis amigos. Recuerdo uno particularmente sórdido en el que había unas putas detrás de una vitrina en la que chorreaba agua y ellas simulaban bañarse. Estaban en esas cuando se fue la luz y las putas trataban de cubrirse, asumo que por frío y no por pudor. El plan de ir con amigos donde las putas dejó de ser atractivo durante muchos años, pero últimamente he vuelto.

Hay algo fascinante para una mujer que visita un burdel. Es penetrar en un mundo esencialmente masculino, donde las que no somos prostitutas estamos completamente fuera de lugar.

En los burdeles todos vamos a mirar. Ellos, los cuerpos de las putas y yo, toda la escena. Desde el strip-tease de la niña vestida de hawaiana o de soldado o de mujer galáctica hasta los negocios sexuales que se cierran frente a mis narices, luego de un baile erótico y mucho trago.

Cuando era más joven, pensaba que los burdeles eran sitios tristes donde los adolescentes eran desvirgados y los únicos adultos que seguían yendo lo hacían porque eran tan feos que necesitaban pagar por un polvo. Nada más lejano de la realidad que eso. Es cierto que van adolescentes, que van feos, que van viejos y perdedores. Pero también van tipos atractivos, tipos casados, tipos con experiencia, con novias, exitosos.

¿Por qué las putas ejercen esa fascinación entre los hombres? Lo habría comprendido antes, cuando las mujeres “bien” tenían que llegar vírgenes al matrimonio o dejaban que se las comieran a través de un huequito en la sábana o cuando el sexo era solo para procrear. ¿Pero ahora? Ahora que lo común es salir con un tipo y dárselo en la primera o la segunda cita, ahora que el sexo que no se paga también se consigue en cada esquina y sin ningún compromiso es cuando resulta imposible pensar que el negocio más antiguo del mundo siga siendo lucrativo.

Y sin embargo lo es. ¿Qué tienen ellas que no tengan el resto de las mujeres?

¿Será que ellas conocen posiciones sexuales ignoradas por el resto de las mortales? Según mis amigos, eso no es así. Hay mujeres que no son putas y que conocen el Kamasutra al derecho y al revés, literalmente. ¿Es tal vez porque las putas son más buenas? Puede ser cierto para algunos, cuyas parejas son gordas tristes que nunca han pisado un gimnasio. Sin embargo, hay mujeres que tienen unos cuerpos magníficos y aún así su novio prefiere dejarla una noche en la casa y largarse con sus amigos donde las putas.

La incógnita me lleva a sugerir ideas. Tal vez es porque a las putas se atreven a pedirles cosas que a las demás no. Les pueden cambiar el nombre para recrear el sexo con una ex novia. Las pueden poner en posiciones que a sus mujeres les molestarían, y que no necesariamente son raras (hay niñas que son incapaces de chupárselo a su novio). Pueden hacer tríos, si eso es lo que quieren. Satisfacer cualquier oscuro deseo o fetiche.

Otra idea que se me ocurre es que los hombres no tienen por qué fingir nada frente a una prostituta. No tienen que probarle que son un polvo maravilloso. No tienen que decirle que la aman y que quieren pasar el resto de la vida con ella para que se los dé. Nada. Simplemente es una transacción que se cierra y ya está. Ellas están ahí para dar placer y ellos, para recibirlo.

A lo mejor, simplemente les gusta lo prohibido. Lo sórdido. Escabullirse una noche a otra cama para acostarse con otra mujer sin necesidad de tener un romance que complique las cosas y que los ponga en problemas.

O tal vez, ellas sí entienden. Ellas callan y escuchan si el tipo quiere hablar. No les dan lata. No les montan escenas de celos. Siempre están dispuestas. Siempre están sonrientes. Siempre los adoran, así sea por cinco minutos.

Siendo así, tengo dos preguntas. ¿Alguno de ustedes me puede contar por qué prefieren a las putas? Y la segunda pregunta es: ¿por qué no existen prostitutos y burdeles para mujeres?

articulo de Lola en SoHo.com.co

Un futuro para Mexico

nexos

México debe romper con su pasado y mirar al futuro, nos dicen Jorge G. Castañeda y Héctor Aguilar Camín en este ensayo penetrante y provocativo sobre el momento de irresolución que vive el país. Atado a sus mitos, no toma un rumbo claro; joven en su democracia, duda en dar los pasos necesarios. Se agita sin moverse, discute sin decidir. Los problemas están a la vista, y el futuro, más cerca de lo que parece. La disyuntiva es clara: o lo abrazamos con fuerza o iremos hacia atrás

Lo que importa son las emociones subyacentes, la música de la que las ideas no son sino un libreto, a menudo de calidad muy inferior; y una vez que las emociones bajan, las ideas se secan, se vuelven doctrina, cuando no inocuos clichés. Cada época y cada país tiene su leyenda consentida, y regresa a ella en las buenas y en las malas.

Lewis Namier


I. El peso del pasado

México es preso de su historia. Ideas, sentimientos e intereses heredados le impiden moverse con rapidez al lugar que anhelan sus ciudadanos. La historia acumulada en la cabeza y en los sentimientos de la nación —en sus leyes, en sus instituciones, en sus hábitos y fantasías— obstruye su camino al futuro. Se ha dicho famosamente que los políticos suelen ser reos de las ideas de algún economista muerto. La vida pública de México es presa de las decisiones de algunos de sus presidentes muertos: esa herencia política de estatismo y corporativismo que llamamos “nacionalismo revolucionario”, al que una eficaz pedagogía pública volvió algo parecido a la identidad nacional, bajo el amparo de una sigla mítica —el PRI— que es a la vez un partido hoy minoritario, y una cultura política mayoritaria.

Esa herencia incluye tradiciones indesafiables: nacionalismo energético, congelación de la propiedad de la tierra y de las playas, sindicalismo monopólico, legalidad negociada, dirigismo estatal, “soberanismo” defensivo, corrupción consuetudinaria, patrimonialismo burocrático. Son soluciones y vicios que el país adquirió en distintos momentos de su historia: un coctel de otro tiempo, bien plantado en la conciencia publica, que se resiste a abandonar la escena, encarnado como está en hábitos públicos, intereses económicos y clientelas políticas que repiten viejas fórmulas porque defienden viejos intereses.

México ha perdido el paso: camina despacio, sobre todo en palacio. Parece un país de instituciones débiles, desdibujado en su identidad internacional: un gigante dormido, que luego se agita sin poderse mover. Los países, como las personas, necesitan identidad y propósito, un rumbo deseable: música de futuro. México ha perdido la tonada de la Revolución que le dio sentido simbólico y cohesión nacional durante décadas. El tiempo, los abusos, las crisis económicas limaron al punto de burla la narrativa de notas revolucionarias que durante las décadas de la hegemonía priista gobernó las creencias del país. Según aquella extensa partitura, el país venía de una gesta revolucionaria cuyos propósitos de democracia y justicia social seguían cumpliéndose siete décadas después de iniciado el movimiento que supuestamente constituía su origen. No había democracia ni justicia social, pero había una épica oficial que le daba sentido o legitimidad incluso a las aberraciones del régimen. Lemas y credos elementales de aquella narrativa siguen siendo la región límbica de la cultura política del país, un repertorio instintivo de certezas, propuestas y nostalgias públicas presente en la mayoría de los políticos profesionales, no sólo en los priistas.

Apenas había empezado la obertura que sustituiría al nacionalismo revolucionario, el salto a la modernidad de los noventa, cuando la triste trilogía del año 1994 —rebelión, magnicidios, crisis económica— destruyó la credibilidad del nuevo libreto. La democracia se quedó dueña de la escena. Fue un buen espectáculo rector que alcanzó su clímax en la alternancia del año 2000, pero a partir de entonces la escena empezó a quedarle grande. Nueve años después, la democracia parece una diva a la que se le terminaron los trucos. El puro libreto de la democracia, por naturaleza discordante, no basta para darle al país la narrativa de futuro que necesita.

Las elecciones de 2000 y 2006 hubieran podido constituir poderosas plumas para escribir esa nueva narrativa; se quedaron en referendos para evitar “males mayores”: la permanencia del PRI en la casa presidencial, y la llegada a ella de un candidato descrito como un peligro para México. El PRI salió de Los Pinos pero no del alma de México. Las estrategias vencedoras sirvieron para ganar, no para gobernar.

México ha pasado del autoritarismo irresponsable a la democracia improductiva, de la hegemonía de un partido a la fragmentación partidaria, del estatismo deficitario al mercantilismo oligárquico, de las reglas y los poderes no escritos de gobierno al imperio de los poderes fácticos, de la corrupción a la antigüita a la corrupción aggiornata. Es la hora del desencanto con la democracia por sus pobres resultados. Preocupa en la democracia mexicana la resignación que impone a sus gobiernos, el triunfo del reino de lo posible como sinónimo de estancamiento, incertidumbre, falta de rumbo nacional. Un país, se diría, al que le sobra pasado y le falta futuro. Hasta su discurso de septiembre pasado, en su famoso decálogo de intenciones de cambio, la única línea de futuro deseable lanzada desde el gobierno actual ha sido la lucha decidida y necesaria contra el crimen organizado. Produjo en buena parte la popularidad del presidente, pero no de su gobierno ni de su partido. Hace falta algo más que eso para sacar al país de su estancamiento anímico y político. Es necesaria una nueva épica nacional cuyo eje no puede ser sino el bienestar de las mayorías, la promesa de seguridad, empleo, educación, salud, movilidad y seguridad social: un horizonte de modernidad que ampare el surgimiento de sólidas y mayoritarias clases medias. Urge una épica de prosperidad, democracia y equidad, que no está trazada con claridad en ninguna parte.

México necesita salir de su pasado. Puede hacerlo por la vía democrática convirtiendo las elecciones de 2012, desde hoy, en un referendo sobre el futuro. Lo que sigue es una propuesta de futuro para ser debatida, ojalá vuelta programa y votada en 2012, de modo que las elecciones de ese año no sean sólo sobre personas y partidos, sino también sobre el país próspero, equitativo y democrático que quieren los mexicanos: una sociedad de clase media que se parezca, como una gota de agua, a las demás.

Para ponerse en ese camino, deben tomarse cuatro decisiones estratégicas: 1. Asumir los cambios que requiere la economía para crecer; 2. Decidir el lugar que se quiere ocupar en el mundo; 3. Universalizar los derechos y garantías sociales necesarios para construir una sociedad equitativa, donde más de las dos terceras partes de la misma vivan más o menos igual; 4. Hacer productiva la democracia mediante reformas institucionales que garanticen la seguridad de los ciudadanos y la fluidez de los cambios que requiere el país.

No tratamos de convencer sino de hablar claro para movilizar a la sociedad civil y a las elites nacionales —empresariales, sindicales, intelectuales, religiosas, tecnocráticas, y hasta políticas— para debatir estas ideas y cómo deben acompasarse y encadenarse, para formar un todo complejo, audaz y armonioso. De responder los partidos y candidatos a las preguntas pertinentes, el 2012 se transformará en un referendo sobre el programa del futuro. Nuestras respuestas preliminares, tentativas e incompletas, no constituyen una lista de buenos deseos. Obedecen a una coherencia interna cuya secuencia es la siguiente:

Para construir la sociedad de clase media que queremos, hay que crecer. Para crecer, hay que liberar la excepcional y legendaria vitalidad de la sociedad mexicana, quitándole los candados impuestos por la concentración de poderes fácticos de toda índole. Para obtener los recursos, las oportunidades y los mercados necesarios para desmantelar el viejo corporativismo mexicano hay que insertarse con ventaja en el mundo. Para asegurar que el crecimiento consiguiente se distribuya mejor que antes, hay que construir una red de protección social del siglo XXI para todos los mexicanos, y ofrecer una educación del siglo XXI para los niños y jóvenes. Para brindar a todos la seguridad pública sin la cual toda protección social es ilusa, hay que construir los aparatos de seguridad pertinentes. Y para tomar todas estas decisiones, hay que dotarnos de instituciones que permitan tomarlas.

La base social que aspira a mover esta agenda es clara: la creciente clase media mexicana, vieja y nueva, que requiere desesperadamente un horizonte de expansión. Las condiciones políticas para poner en práctica esas ideas son también claras: la existencia de una coalición que en el 2012 pueda identificarse con esta agenda, la plantee con transparencia al electorado, y lo convenza de ello. Sobre advertencia no habrá engaño, ni malentendidos: se ganará o se perderá para algo, no sólo porque sí.

Nexos.com.mx

(continuara)

Ciudadanos hartos

dubon

El ánimo nacional anda en horas bajas. Los mexicanos sobrellevamos una especie de gran depresión colectiva que se expresa en casi todos los ámbitos. Algunos espíritus sagaces denuncian el perverso regocijo que parecemos encontrar en la desgracia y quieren combatir, así, nuestra machacona reiteración de lo negativo. Es cierto: muchos de nosotros nos hemos convertido en auténticos agoreros del desastre y nos solazamos, con una oscura fascinación, en guardar un estado de disonancia permanente: nada está bien; nada se hace bien; el futuro es tan negro como las falencias del presente; el país va a la deriva; peor aún, México no tiene remedio.

Hay fundamento, encima, para este desánimo. Se sustenta no sólo en las frustraciones diarias y las adversidades sino en la constatación, paralela, de que nadie está haciendo nada por detener la caída al precipicio. Cualquier comentarista de la radio puede recitarnos, por la mañana, la aterradora cifra de los muertos en la batalla contra el crimen organizado o el cotidiano rosario de calamidades económicas, pero lo peor es que las malas noticias se enmarcan, siempre, en la inevitable reseña de las rebatiñas que protagoniza una clase política completamente disociada de los ciudadanos.

Cada día que pasa somos más corruptos, más pobres, más ignorantes y más incivilizados. Y, al mismo tiempo, cada día que pasa es una jornada perdida en el camino hacia un cambio que le urge a la nación y del que nadie se quiere responsabilizar realmente. Somos, así, menos competitivos que ayer, menos atractivos para la inversión extranjera, menos soberanos (muy pronto, tendremos que importar petróleo crudo, por no hablar de las gasolinas y los petroquímicos), menos modernos y menos seguros.

Las soluciones han sido planteadas de mil maneras. Para mayores señas, lean ustedes los ensayos que publica, este mes, la revista Nexos. Y pongan mucha atención, sobre todo, a otras advertencias que han lanzado personalidades de diferentes proveniencias como Macario Schettino, Jorge G. Castañeda, Jean Meyer, Enrique Krauze, Soledad Loaeza o Roger Bartra (por ahí, a este país no le vendría mal que lo gobernaran algunos intelectuales). El problema es que estas voces no encuentran un eco en los centros del poder. Pero tampoco son escuchados nuestros clamores de gente común cuando expresamos, por ejemplo, que ya no estamos de acuerdo con que en la Cámara Baja se apoltronen medio millar de diputados, que no queremos que los partidos políticos reciban tanto dinero, ni que las campañas electorales sean tan largas, ni que se gasten los fondos públicos de manera tan irresponsable y estúpida, etcétera, etcétera.

¿Nos escuchan, ellos, los que tienen en sus manos el poder de cambiar las cosas? No. Luego entonces ¿qué podemos hacer?

Esta pregunta nos confronta, de manera automática, con la exigencia, dirigida a nosotros los ciudadanos de a pie, de que seamos quienes propiciemos el cambio a través de una mayor participación en los asuntos públicos, una mayor conciencia de nuestros derechos y, desde luego, una mayor responsabilidad personal. Muy bien, me parece un programa muy excitante. La primerísima dificultad, sin embargo, es que estos esfuerzos de individuo virtuoso significan una carga desmedida para una persona particular. No basta, por lo que parece, con llevar una vida de bien sino que se nos exige la condición privilegiada del héroe. Miren ustedes: conozco a ciudadanos absolutamente ejemplares: honrados, cumplidores, respetuosos y trabajadores. ¿Y? Pues, que estas bondades no les sirven para maldita cosa. Al contrario: se someten a las durezas de la burocracia y pierden días enteros en un trámite cuando bastaba con untar la mano del empleado extorsionador; o llega un “inspector” y les clausura arbitrariamente el changarro por no ceder al chantaje. Un sistema podrido no premia a los justos. ¿Dónde están, entonces, los que van a cambiar las cosas “desde la base”? ¿Acaso cada individuo debe tener el temple y la heroica tenacidad de un señor Gallo, ése que llevó, por cuenta propia, a los asesinos de su hija ante la justicia? ¿Todas las mexicanas deben poseer la férrea voluntad y la valentía de la señora Wallace? ¿No hay lugar para que el Estado nos brinde seguridad, justicia y educación a partir de nuestra simple circunstancia de personas comunes y corrientes? Dicho en otras palabras ¿no bastaba con votar para que nos rindieran cuentas y dieran resultados?

Sí, ya votamos. Pero nadie nos escucha. Es perfectamente natural, entonces, que estemos hartos y descontentos.

Articulo de Roman Revueltas/mileniodiario.com/pintura de Lus G. Dubon

La dimension desconocida

La inmaculada percepción

Vianey Esquinca

inmaculada

Cada vez que se escuchan noticias sobre el trabajado legislativo de los diputados, los ciudadanos no dejan de preguntarse, ¿exactamente de qué planeta son estos individuos que ocupan 500 curules en la Cámara baja? ¿Quién los inventó? ¿Son producto de la imaginación de Alfred Hitchcock, Stephen King o Rod Serling? ¿Son acaso parte de algún experimento de seres superiores que están poniendo a prueba la paciencia de los mexicanos? Así que la Inmaculada, los expertos del Centro de Estudios Paranormales “Tim Burton” y estudiantes de la Universidad Interamericana para el Desarrollo, campus Tlalnepantla, se dieron a la tarea de descubrir qué pasaba en el recinto de San Lázaro.

El reporte de los resultados fue muy revelador: “Estamos viajando hacia a una dimensión distinta a la del mundo de la visión y del sonido, el reino sorprendente de la imaginación donde todo es posible: la dimensión desconocida de la Cámara de Diputados, un lugar donde el terror y la ciencia ficción se mezclan con la fantasía, el poder, los intereses y la incapacidad.”

De acuerdo con esta seria investigación, la dimensión podría haberse fabricado gracias a un ritual en el que se mezclaron una güija hecha con madera de un árbol del rancho de Vicente Fox, tres pelos de la barba de Diego Fernández de Ceballos, y sangre de un chiste sangrón de Ernesto Zedillo, todo unido a las doce de la noche de un reloj parlamentario. Mientras unos participantes entonaban un corrido revolucionario, otros gritaban: “Es un honor estar con Obrador” y, unos más, cantaban: “Desde el cielo una hermosa mañana, la Guadalupana, la Guadalupana”.

El resultado de ese aquelarre fue un lugar donde el tiempo es una materia elástica en la que se puede detener su curso normal para justificar trabajos retrasados y después cacaraquear que se sacó “en tiempo y forma” un Presupuesto de Egresos más feo que una operación estética con Valentina de Albornoz. Los investigadores descubrieron, además, que algunos diputados están tratando de vender la patente de ese “reloj parlamentario” tanto a conocidas casas relojeras como Patek Philippe y Omega como a los revendedores de Tepito.

En la Cámara de Diputados también se ubica una sucursal de La Zona del Silencio lo cual explica por qué cuando se les pide a los legisladores que justifiquen el porqué o cómo aprobaron una polémica ley, todos guardan silencio. Incluso hablan de que el recinto está embrujado y lleno de alushes, chaneques, tepocatas y chupacabras puesto que los impuestos se aprueban solos.

En lo profundo de esta dimensión existen los No-muertos, seres espeluznantes que deambulan sin voluntad propia, solamente balbuceando “en el mismo sentido que mis compañeros de bancada” o “lo que diga mi coordinador”. También se da el fenómeno de la usurpación de cuerpos, en el que se dice que varios diputados son poseídos por ánimas del más allá… de sus estados, para recibir instrucciones de los Enrique Peña Nieto, Fidel Herrera, o Marcelo Ebrard. Así, mientras la gente normal piensa que los diputados se están durmiendo, en realidad están en pleno ritual de posesión.

Los investigadores quedaron sorprendidos con un fenómeno muy extraño, el cambio de sexo. Se vieron a diputadas desaparecer y materializarse en diputados varones, de apellidos influyentes. Este fenómeno llamado juanitización, se caracteriza por emerger de lo oscurito con un espantoso tufo a suciedad y corrupción.

Han existido verdaderos aventureros que se han arriesgado, adentrándose a este portal de la dimensión desconocida, con ánimos de exorcizarlo, pero su alma es absorbida y al poco tiempo se dedican a levantar la mano para obtener viáticos interesantes o pagos extraordinarios.

Por todas estas características, el director de cine, Steven Spielberg, buscó a la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados para hacer una película de ciencia-ficción, pero para no variar los diputados no se pusieron de acuerdo, le cambiaron el guión por un argumento de los hermanos Almada y la superproducción terminó como refrito de telenovela del Canal de las Estrellas

excelsior.com

Fanatismos

Papa Benedicto 20081127_002

BENEDICTO XVI, que ahora sale cantando pop sacro, es cierto que no personifica el summun entre los sumos pontífices. De ellos ha habido para dar y tomar: de tercera y hasta de cuarta regional, si es que de eso hay. Aquí tuvimos uno en Peñíscola, también Benedicto, pero en sus trece, mientras danzaban por Europa otros tres o cuatro excomulgándose y poniéndose como pingos los unos a los otros. El fanatismo, cualquiera que sea, nace siempre armado: a Juan Pablo I se lo cargaron de un jicarazo; a Juan Pablo II se la armaron de un tiro en Roma y lo intentaron luego en Fátima; al presente, acaso no merezca la pena… Y, a principios del XIII, cuando la guerra santa entre católicos y albigenses, en el asalto a Béziers, le preguntaron los primeros al abad Almaria, que los acaudillaba, cómo distinguir a los herejes, y él, inspirado, contestó: «Matadlos a todos. Luego Dios se encargará de identificar a los suyos y llevarlos al cielo». A eso se llama fe ciega. Quizá excesiva. Qué hipócritas los que se echan encima las causas de Dios y luchan en su particular Armagedón para quedarse con los bienes y las tierras de los enemigos de su estilo de Dios… Y así seguimos. ¿O no?

Antonio Gala/elmundo.es