El Paraiso

eva-en-el-paraiso-24-x-40-sm

SIEMPRE me ha sorprendido qué detalladamente nos expone la Iglesia los tormentos del Infierno. No es sólo el llanto y el crujir de dientes, sino llamas, tridentes, tenazas, penas de daño y de sentido… «¿Cómo esa imaginación», me he preguntado siempre, «no alcanza nunca al cielo?» Los deleites celestiales no se enumeran. Se habla de la visión beatífica, y basta. Hasta el Dante aburre en el Paraíso, a pesar de deslumbrarlo con la luz de Beatriz, a quien amaba aquí, aquí, aquí… ¿Es que la salvación -¿de qué?- es inimaginable? ¿Por qué tal escasez de fantasía para las complacencias? Qué religión tan rara. El Islam es más explícito: para los varones, vírgenes entregadas; para las mujeres -eso espero- su revirginización… Hay un santo, sin embargo, poco conocido entre nosotros -san Leonardo de Porto Maurizio- que se define más: «Il Paradiso in cielo è il godere» -ya salió la palabra-, in terra è il soffrire.» En conclusión: para godere, como era imaginable, habremos de esperar queso de Philadelphia.

Antonio Gala/elmundo.es

Mexico vs. el resto

sudafrica

Ayer, cuando se efectuó el sorteo de los grupos para el Mundial de Sudáfrica 2010, México se puso nervioso de Tijuana a Chiapas. Y sí, aunque el futbol no es tema del agrado de todos, a los que sí dan alma, ciencia y sapiencia por el Tri —que son muchos—, les comenzaron a temblar las piernas. ¿A, B, C..? ¿En qué grupo estaría la Selección Nacional? Después de todo, ¿cuánto sudor estuvo en su frente mientras pedían que México calificara a la fiesta más grande del futbol? Valía la pena la temblorina.

Sabemos que la Selección Nacional ya está en el grupo A, junto con Francia, Uruguay y el país anfitrión, Sudáfrica. Y cuando lo supimos, ¡cómo nos cambió la perspectiva!

Por años, el nuestro ha sido un país que sueña en convertirse en campeón del mundo, en ser el número uno, el primero, el mejor y no sólo hablo de futbol.

Tenemos un larguísimo historial de eventos donde su razón de ser se centra en alcanzar un Récord Guiness. Nos gusta pues, sabernos con la enorme capacidad de alcanzar objetivos.

Nadie les quita el gusto a los 18 mil encuerados del Zócalo, nadie le arrebata a México ese lugar dentro de las listas de lo más… Inclusive, irónicamente, en ésas de cosas que no hablan bien del país, pero que dicen tanto de éste.

El sabor que me dejan todas estas anécdotas es el que México juegue el partido inaugural de la Copa del Mundo 2010. La Selección Mexicana de futbol tendrá más reflectores que nunca en su historia, los millones de ojos en el mundo —que seguirán este evento— estarán sobre los 11 jugadores y su director técnico, Javier Aguirre.

También estará la ilusión de los millones de mexicanos que creen y viven a través de su equipo.

Lo hemos visto, pareciera que el país se detiene y las cosas se olvidan cuando el futbol regala un par de victorias. Las calles, el Ángel y todo, se llenan de un sentimiento de logro que vía 11 personas se contagia a la población. México se deshace en llanto de alegría, porque deja de ser fantasía vernos como los mejores. Porque siempre hemos sido el país con tantas ganas y con tan pocas vías para canalizarla.

Dicen, yo no entiendo de futbol, que la tenemos fácil, que al menos llegamos a cuartos de final. Pienso de inmediato si el resto de los equipos del grupo pensarán lo mismo de nosotros. Eso se lo dejo a quienes saben.

No quiero imaginar que pasaría si la Selección Mexicana llega siquiera a la semifinal, la vida para muchos parecería resuelta, aunque los encabezados de los diarios no cambien el tono y el aire siga oliendo a desdén.

Pero nadie puede culparnos, en realidad, lo que la Selección representa para un país que recibe constantes golpes, ayuda al ánimo (guardando claro, toda proporción con el enajenamiento) y no por el futbol en sí, sino porque es una forma de llenarnos de ganas y no bajar la cabeza aun cuando aquellos que mandan hagan y deshagan a su antojo. Una vía simple de decirnos que hay algo, lo que sea, que bien canalizado genera lo que siempre hemos querido ser. Aunque por fortuna, el futbol y esa pasión que genera, no es la única alternativa para lograrlo.

Yuriria Sierra/mileniodiario

Marionetas

marioneta

Cualquier pensamiento, sentimiento, palabra o acción que realiza una persona viene precedido por un impulso eléctrico de las neuronas. Entre ese impulso y su manifestación exterior existe una fracción de tiempo que, por mínima que sea, es suficiente para que el resto de nuestro cuerpo se comporte como una marioneta. Robot es una palabra checa que significa esclavo. En el cerebro se agita el hilo adecuado e inmediatamente después uno piensa, siente, desea, habla, abre los ojos, cierra la boca, mueve las extremidades mecánicamente de forma articulada. Aunque el cerebro de cada individuo dirige su robot con una aparente libertad de movimientos, puede que en realidad no sea así, puesto que todos los cerebros humanos están de algún modo conectados a una sola red. La humanidad contemplada de forma unitaria consiste en una cantidad de miles de millones de muñecos colgados de esa red que bailan al mismo son sin salirse del pentagrama. Cualquier cosa que pienses, desees o hagas, en ese momento lo está pensando, deseando o realizando un número incalculable de seres con gestos semejantes accionados por un mismo impulso universal. Cualquier crimen que uno imagine, lo está cometiendo alguien en ese instante en algún lugar del planeta. Cualquier acto de heroísmo, de amor o de locura, por muy extraño que sea, lo está llevando a cabo una legión de gente al mismo tiempo. Este baile convulso de marionetas va desfilando hacia la muerte sin detenerse nunca. Se puede imaginar que el desfile lo abren los científicos y lo cierran los poetas. Los científicos tratan de vislumbrar en la oscuridad, que se extiende por delante, leves e inciertas esperanzas de felicidad. Por su parte, los poetas se alimentan del detritus que la humanidad va dejando atrás y tratan de transformar en belleza el estiércol de los sueños nunca realizados y también de todos los crímenes que han sido capaces de cometer las marionetas. Los esclavos nunca dejan de bailar ciegamente, camino del acantilado, bajo el látigo de clérigos fanáticos, de conductores mesiánicos del pueblo e incluso de simpáticos vendedores de peines. Nadie conoce el germen de ese impulso universal que mueve los hilos, pero sin la robótica no se entiende la libertad.

Manuel Vicent/elpais.es

El estigma o el desempleo

desempleo

TE DESDIBUJAS. Poco a poco. Te despides de ti y de los demás. Como si no estuvieras. Incapaz de definirte fuera de las fronteras entre las que te has movido hasta hoy. Ya no eres tú. Eres otro más triste, introvertido, incapaz de defenderse, de defenderte, de reírse a carcajadas, de respirar hondo, de hacer planes, de pensar en otra cosa, de valorar lo que tiene. Incapaz, en general. Porque no es que el trabajo dignifique, es que te sitúa en un rincón del mundo que reconoces como tuyo, donde eres, entre otras cosas, menos vulnerable. Tienes 50 años, y sales caro. Porque hay otros 100 con tu misma cualificación, sin experiencia y con muchas ganas, que cuestan la mitad. Por eso te vas, porque todo tu esfuerzo, tu entrega, las miles de horas extra, forman ya parte de un pasado que no interesa a nada ni a nadie. Ahora, menos es más.

Cada uno de esos desempleados se ha enamorado alguna vez. Tiene nombre, apellidos, más o menos recuerdos, y algún sueño guardado en la cartera. El trabajo refuerza la estabilidad emocional y paga las facturas. Sin él, casi todo se tambalea. La angustia y la ansiedad aparecen incluso antes de su ausencia. Porque un hombre desocupado lleva un estigma muy amargo en una sociedad hiperactiva, que se avergüenza del silencio, que vulnera sin justificaciones el ritmo del tiempo, que necesita correr siempre por delante de él. Un contexto que empuja a los ancianos porque entorpecen nuestra supuesta lucidez. Que se ríe impunemente de cualquier cosa. ¿De qué se ríen ustedes, señoras y señores, en el Congreso, ante los medios de comunicación, entre sus comisiones y sus pugnas sobre crucifijos y corrupción? ¿De qué se ríen? Controlen su sonrisa si no quieren herir a quien llora de rabia y no encuentra su respuesta por ningún lado. Rían en sus casas. Porque la risa pública puede clavarse en las entrañas de quien pierde su única vivienda, de quien cierra su empresa, de quien padece la impotencia de su propio fracaso, de quien no sabe cómo explicarle a sus hijos que esta Navidad, no habrá regalos. Disimulen. Que hay tiempo para todo. Guarden el entusiasmo para la intimidad, antes de que sea demasiado tarde.

La vida de nadie, o aquella película de Eduard Cortés basada en un caso real, la historia de un hombre que durante años mintió a su familia: inventó un trabajo que no existía, una ocupación falsa que le definía, ante el terror a decepcionar. Se descubrió el engaño y no lo pudo soportar. Mató a su mujer y a sus hijos.

Cayetana Guillen/elmundo.es

El crucifijo

abc

Los historiadores desmintieron que Juliano el Apóstata, el primero que prohibió el crucifijo en las escuelas, al ser herido con una jabalina, lanzó al cielo la sangre y dijo: «Venciste Galileo». Sin embargo, está verificado que Stalin, ex seminarista, que había preguntado con sarcasmo que cuántas divisiones tenía el Vaticano, después de pisotear los iconos, recibió al patriarca Sergio y reconoció: «No ha sido posible». Así que ningún ateo se marque faroles, aunque tampoco sea verdad aquello que nos contaban en la doctrina, que Voltaire, cuando agonizaba se comía su propia mierda y gritaba llamando a la gracia divina.

Ahora no es Azaña, con verruga y plomada, sino Joan Sardá, león rugiente, sonámbulo errante, el que ha visto la luz de los ateos en un autobús de Barcelona, entre las limousines donde iban las esposas y las mamás de los ladrones del tempo. Leyó: «El hombre ha creado a Dios a partir del miedo». El Satán separatista vino a Madrid con sus letanías, y convenció a la logia de Zapatero de que se votara a favor de la retirada del crucifijo de las escuelas.

En el 31, Azaña dijo que España había dejado de ser católica; unos años después los obispos ganaron la Cruzada. Ahora no han ido en plan comecuras, sino que se ha acatado una sentencia europea que dice que el crucifijo en la escuela pública supone una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y va contra la libertad de religión de los alumnos.

Hay que entender a los laicos. Para ellos el crucifijo simboliza el intento de implantar lo ilógico en las mentes de los niños, o meterles en la mollera cosas que no se justifican por la razón, como que la Tierra es plana, que los palos se convierten en serpientes, que la comida cae del cielo o que la gente puede caminar sobre las aguas. Escribió Robert G. Ingersoll: «Si un hombre quisiera seguir las enseñanzas del Viejo Testamento, sería un criminal». Bien está que pidan tolerancia los que en otro tiempo ordenaban a la Santa Inquisición que vigilara que las habitaciones tuvieran cerrojo por fuera y nada por dentro, para vigilar si se comía carne en los días de vigilia, es decir, las personas se comían unas a otras.

Se expulsó varias veces a los jesuitas, se calcinaron las iglesias y España no dejó de ser católica. Los españoles no estaban seguros de ser católicos, pero estaban completamente seguros de no ser mahometanos. La religión es, queramos o no, nuestra forma de razonar; según Navarro Valls, el cardenal de paisano, el humus de Occidente, también el culto a la llaga y el amor a los huesos de los muertos.

Además, los laicos españoles son unamunianos, en el sentido de que saben que Dios no les niega el consuelo del engaño.

Raul del Pozo/elmundo.es

Como ahora

andreus070900034

Cuando los ordenadores sean tan pequeños que se puedan implantar detrás de una ceja, nos conectaremos a Internet en cualquier momento del día o de la noche y sin que nadie de los que nos rodean se dé cuenta. Así, estaremos en el sofá del salón, viendo aparentemente la tele, pero nuestro cerebro estará jugando con Google Earth, buscando quizá el barrio de una amante, localizando su casa, haciendo un zoom sobre su azotea o sobre la ventana de su dormitorio. Podrá uno ir en el autobús al tiempo que entra y sale de las páginas web preferidas u odiadas o lee la Wikipedia por orden alfabético. Bastará un ligero movimiento de la ceja, quizá un pensamiento, para navegar por la Red, pues la Red estará entonces dentro de nuestra cabeza. Parpadearemos y saldremos de una carpeta o de un archivo para meternos en otro sin que a nadie le sea posible revisar nuestro historial ni nuestros correos electrónicos ni nuestras direcciones digitales favoritas.

A lo mejor estará uno junto a su esposa, atendiendo aparentemente al telediario, pero sus neuronas permanecerán enganchadas a una página pornográfica en la que una chica está desnudándose para meterse en la ducha. Y será imposible saber en dónde se encuentra cada uno en realidad. El carnicero te dirá buenos días, buenas tardes o en qué puedo ayudarle, mientras por el interior de su cráneo desfilan imágenes que no podemos ni sospechar. En esa situación, el marido, excitado por lo que tiene dentro de la cabeza, pondrá la mano sobre el muslo de la esposa, excitada por lo que tiene dentro de la suya, pues los dos se habrán conectado a Internet mientras fingían escuchar a Ana Blanco, y así, cada uno con su página web preferida dentro de la bóveda craneal, se arrancarán la ropa y se revolcarán en el sofá y consumarán una cópula inesperada. O sea, todo exactamente.
Juan Jose Millas/elpais.com

Ahogarse en un vaso de agua

6810943-md

Si uno se queja por las cosas buenas que le pasan, ¿qué queda entonces para las malas? Si problemas que tienen arreglo son vividos como catástrofes, ¿qué se puede esperar cuando debemos enfrentar situaciones límite cuya única salida es lo peor? Pero no hay caso, seguimos ahogándonos en vasos de agua y sobredimensionando tonterías.Vivir como una tragedia estresante el día de tu cumpleaños, por ejemplo. Sentir como una maldición gitana la fiesta tan temida, la depresión y las crisis de los números redondos: ¡Tengo treinta años y el pescado sin vender! El “pescado” puede ser una figura literaria que se traduce como “estoy estancado en un trabajo que odio y que no me rinde” o “no he podido formar una familia” o “he formado una familia espantosa” o “¿para cuándo me saco la lotería, largo todo y me voy a viajar por el Caribe?”. Volverse loco cuando el teléfono no para de sonar para recordarte la fecha de tu natalicio y comprobar que muchos de los que llaman no se acuerdan de uno en todo el año. ¿Y si la nena cumple quince? ¿Y si no quiere fiesta y prefiere un viaje a Cancún que no está dentro del presupuesto ni asaltando un banco? ¿Y las bodas de plata? ¿Y las de oro? ¿Y la falta de respeto de tus hijos hacia vos, que pasás a ser una radio antigua transmitiendo mensajes a los que nadie da la menor bolilla? ¿Y el nuevo embarazo sorpresa de tu mujer? ¿Y la infidelidad siempre sospechada y ahora confirmada de tu marido? ¿Y los embotellamientos provocados por manifestaciones, caos vehicular y calles rotas? ¿Y la pelea por el control remoto de la televisión? Ni hablar del terrible período de vacaciones de invierno, donde los malabares económicos y físicos de cumplir con Chiquititas, Barneys, Ratones Pérez, Cars, Piratas del Caribe más Disney sobre hielo y alguna joya nacional del arte infantil llegan a comerte el coco, la plata y la paciencia. ¿Y el veraneo? ¡Catástrofe nacional si no podemos acceder a él! ¡Tragedia familiar en puerta! ¡Amargas discusiones sobre las ventajas de alquilar una quinta por sobre las delicias de una playa! Por supuesto, hay que incluir las sorpresas de la balanza, que provocan crisis de nervios al comprobar que no entramos dentro de las prendas de vestir que datan del año pasado nomás y sentirse culpables de haber ingerido cantidades industriales de hidratos, sin olvidar la sensación de fracaso al mirar las bicicletas, cintas gimnásticas y demás adminículos que reposan bajo la cama.

Suegras espantosas, nueras insoportables, abuelos de mal carácter, jefes terroríficos, maestros y profesores temibles, porteros descuidados y chismosos, y el fútbol, pasión y, por eso mismo, tema álgido que puede destrozar amistades, forman parte de los “vasos de agua” en los que nos ahogamos permanentemente. Es lo mejor que nos puede ocurrir. Porque, mientras ésos sean los problemas grandes del diario vivir, hay indicios de que lo realmente importante está bien. Sólo cuando lleguen la enfermedad, la muerte, la guerra, el bombardeo, el misil explotando en la esquina de tu casa, la miseria que empuja a vivir en la calle sin jefe, sin trabajo, sin ropa que te entre o no te entre, sin escuela para quejarse de la mala maestra y sin verano ni Piratas del Caribe ni Chiquititas que valgan, comenzaremos a valorar lo que teníamos. No siempre se puede y no siempre se debe, pero algunas veces deberíamos pensar en los verdaderos dramas de la vida, de los que no estamos exentos los seres humanos sea cual sea nuestro origen social. Desde ese lugar es posible entender que la vida es otra cosa más que la fiesta de quince, el viaje de egresados, la balanza, el veraneo y las malas relaciones con suegras, maestros y alumnos.

Enrique Pinti

revista@lanacion.com. ar

Simone, niño y la fabrica de huesos

despertar-en-la-rutina

Soy un hombre de hábitos. Sólo de esa manera podría funcionar una vida tan desordenada como la mía. Hábitos me levantan por la mañana cinco minutos antes de que suene el despertador; hábitos me llevan por la noche a la cama, o me conducen a la misma cantina, de preferencia a la misma mesa, a la misma silla, al mismo trago. Hábitos me llevan a los caldos de gallina y me hacen engordar con un ritmo de medio kilo al año. Mis hábitos me echan en cara quién soy y en quién me he convertido, y por ellos resucito cada vez que me doy por muerto.

Si me pidieran compararme con algo, sería una fábrica vieja. Una que funcione con motores de vapor. Sería un telar; una despepitadora de algodón o un torno. Fierro y vapor. Engranes, más fierros, leños, agua y carbón. Ritmo metódico de que las cosas se mueven y van. Y presión, mucha presión, de tantos caballos de fuerza que asustan al administrador de mi hipódromo. (Pobres caballos, pensaba de niño: quitarles la fuerza para jalar bandas o mover poleas. No sabía un carajo).

En la mañana, cuando despierto, me meto al baño sin siquiera despegar los ojos; abro la llave del agua y pongo la palma de la mano en espera de un chorro tibio. Salgo, tomo una bolsa de plástico y los perros me están esperando en la puerta. Esa escapada matinal a la calle permite a Simone y a Niño descansar de los banquetes que nos servimos de madrugada. A mí me deja medir el sol, la temperatura, el tono del cielo. Me deja saber si renací o si sigo deprimido. Por mis hábitos conozco que me gusta cuando me descubro deprimido, otra vez. Significa que el mundo no se arregló mientras dormía. Me hago la ilusión de un mundo que me necesita. Me da importancia. Esa pequeña caminata mañanera es como elevar el dedo ensalivado al aire, como lo hacían los apaches o los mohicanos. Casi siempre me trae noticias de nubarrones. Ese primer cariñito llevará la impronta del día.

Después de despertar, la fábrica vieja de hueso y piel se pone en marcha y mueve cosas. Las mismas cosas de ayer y de antier, las mueve. Soy Sísifo sin prisa: jalo y acomodo la silla; abro ejemplares de papel y los diez sitios web que reviso a diario; los recorro con un té y una pócima que me inventé: un poco de leche, avena cruda y papaya, con un molido perfecto que convierte el amasijo en una nata espesa que se niega a salir del vaso. Ése es el carbón de mis motores, digo. Me lo apuro. Con ese carbón y el vapor que anima mis músculos voy descubriendo el día, que no es diferente a otro y aún así está lleno de sorpresas. Los pobres de ayer ahora son más pobres; los políticos de ayer ahora son más ladrones e inmorales; los gobernantes de ayer se ceban más en su poder temporal y salpican, soberbios, con la baba que (no lo saben) los hace caer. Las iglesias de ayer predican hoy a un dios que no deja de darme miedo. Igual que ayer. Lo mismo, aunque más intenso.

Las rutinas del mundo me permiten conservar mis hábitos. Así regreso a casa, con esas noticias. Así me acerco a los perros de noche y los acaricio. Así abro el último libro y enciendo la televisión. Así me pongo a roncar. Y así espero que el día siguiente me salve de mí mismo, y de mis hábitos.

Hombres de hábitos. Los hábitos nos hacen funcionar. Este dormir roncando y nuestros huesos, fierros de fábrica vieja; este vapor que se esfuma en cuando mueve nuestros músculos; este traquetear los engranes de la vida se los debemos a los hábitos. Los hábitos mantienen nuestro mundo: un mundo que nos impone sus malos hábitos.

Alejandro Paez/eluniversal.com.mx

Verguenza nacional

CORRUPCION_DESBORDADA

En este articulo,  Antonio Gala se queja amargamente del lugar que ocupa España en la lista que publico Transparencia internacional, sobre la corrupcion. Como nos sentiremos los mexicanos…………………

TRANSPARENCY International ha presentado el Índice de Percepción de la Corrupción del 2009. Somalia resulta ser, aparte de otras aproximaciones atuneras, el país más corrupto del mundo. Pero lo más triste es que España, de los 180 investigados, es el 32, y de los 30 europeos, el 18: a la altura de Israel (dudosa compañía) y por debajo de Estonia, Eslovenia y Chipre, pequeños pero honrados. ¿No se nos caerá la cara de vergüenza? ¿Es sólo cuestión política o algo de nacimiento? ¿Tendremos que enrojecer todos (un poco sí que nos convendría) por la vergüenza de unos cuantos miles? ¿Hasta cuándo se va a culpar a la crisis de todos los delitos económicos, latrocinios y cuchipandas? ¿Quedará impune tanta delincuencia, tantos munícipes, tantos santitos, tantos administradores putrefactos, tantos hijos de puta? ¿No envidiaremos a Nueva Zelanda y Dinamarca, los menos corruptos? Yo sí desde luego. Y espero que unos cuantos millones más. ¿Por qué entonces no tirar por la borda a los otros? Que cada cual señale y acuse a los más próximos.

Articulo de Antonio Gala/elmundo.es

Mentirosos

Los_mentirosos

El otro día, viendo en un teatro madrileño el estupendo espectáculo del mago Anthony Blake, me puse a pensar en la naturaleza de la mentira. El mago, como el escritor, engaña con la complicidad del engañado; todos estamos dispuestos a ser momentáneamente embaucados para sentir emoción, para crear belleza. Estoy hablando de la mentira artística, y en ella hay más veracidad que en muchas verdades. Pero hay otro tipo de falsedades que pesan como el plomo y que no tienen nada que ver con la ficción poética.

Basta con asomarse a la televisión y asistir al áspero rifirrafe de la vida política para tener la desalentadora sensación de que en la España de hoy nadie dice la verdad ni aunque lo maten. Lamento criticar de nuevo a los políticos, porque meterse con ellos se está convirtiendo en un lugar común, en algo tan fácil como pegar a un niño; pero lo cierto es que, salvo excepciones, la vida pública española ha adquirido un tono general de mentira estridente que resulta difícilmente soportable. Como suele suceder con los grandes falsarios, todos se acusan mutuamente de engañar, pero cuanto más alardean de honestidad, menos fiables resultan. Aristóteles decía que, para ser convincente, era mejor utilizar una mentira creíble que una verdad increíble. Pero aquí ya ni se molestan en ser buenos farsantes y sueltan sin pudor mentiras increíbles, porque de alguna manera parece que mentir no importa, que la sociedad se ha resignado a ello como si fuera algo inevitable. Y así, al contrario de lo que sucede en otros países, aquí a los embusteros no se les piden cuentas: el panorama político está lleno de individuos que han sido pillados con la trola en la boca y que siguen sus carreras tan campantes. O sea, que también en este caso somos engañados con nuestra complicidad, pero no para crear belleza, sino por aburrimiento y desidia cívica.
Articulo de Rosa Montero/elpais.es