Cómo el polvo de momia resultó ser idóneo para pintar la piel humana de forma realista

Cómo el polvo de momia resultó ser idóneo para pintar la piel humana de forma realista

SERGIO PARRA

Durante el siglo XVI, los pintores solían adquirir una sustancia oscura y macabra que les permitía pintar la piel humana en sus cuadros con más viveza que cualquier otro pigmento. Era la reducción en polvo de momias egipcias, cuyo contrabando se remonta en Occidente a los tiempos de as Cruzadas.

La llamaban “carnemonía”, por su origen tétrico, y su éxito fue aumentando a lo largo del tiempo, incluso comercializándose como fármaco para ingerir u oler, de forma parecida al tabaco.

Carnemonía

Giovanni Paolo Lomazzo, uno de los teóricos del arte más importantes del siglo XVI, sostenía que el polvo de momia molido era un excelente pigmento para pintar las sombras de la carne, quizá porque procedía de la misma carne, la de los antiguos egipcios.

Por eso no es extraño que la leyenda cuente que Tintoretto estuviera dispuesto a pagar más por un poco de este polvo que por el exclusivo lapislázuli, y que la magia de este pigmento le permitiría convertirse en un pintor inmortal.

Obtener el colo de la piel humana no es tarea fácil, tal y como explica Riccardo Falcinelli en su libro Cromorama:

Cuando se pinta una figura humana, lo más importante para construir una sombra creíble son las relaciones tonales que se instauran entre las zonas claras y las oscuras; debe parecer que los tonos oscuros retroceden y los luminosos avanzan hacia nosotros. Las sombras son básicamente un fenómento óptico que se puede obtener con cualquier pigmento que sea oscuro y terroso (…) pero están convencidos de que el preparado egipcio confiere a la pintura un mérito adicional, no visible en el cuadro, pero prodigioso.

La Libertad guiando al pueblo, la obra más famosa de Eugène Delacroix, es quizá una de las más famosas que se dice que se pintó con pigmentos de polvo de momia. La podéis ver a continuación

 Artistas Europeos Pintaron Con Momias Sus Obras Maestras 770x413

Con todo, muchos pintores han usado el marrón momia sin saber realmente que procedía de momias. Se cuenta, por ejemplo, que el escritor Rudyard Kipling charlaba con dos pintores prerrafaelitas en la década de 1980: su tío, Edward Burne Jones, y Lawrence Alma Tadema. Después que Alma Tadema informara a su colega que el marrón momia estaba hecho con momias, el horrorizado Burne Jones fue a buscar el tubo de pintura que tenía en su estudio y lo sepultó en el jardín.

Es probable que el uso de momias como pigmento derivara de un uso más inusual: como remedios. Desde los inicios de la época medieval, los europeos aplicaban e ingerían pócimas de momia para curar cualquier cosa, desde ataques epilépticos hasta padecimientos estomacales.

El uso de las momias con fines médicos fue fruto de una confusión lingüística. En la Antigüedad los persas comerciaban con betún, un líquido negro y viscoso al que se le atribuían propiedades saludables, y al que se conocía en su idioma como “mummia”. Cuando los mercaderes orientales contemplaron por vez primera la momias egipcias descubrieron con satisfacción que estaban recubiertas por betún, es decir, por “mummia”. Realmente las momias estaban revestidas con unas resinas especiales, bastante similares al betún, cuya función era mantener en buen estado la momificación.

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Las olvidadas armas biológicas de Vlad el Empalador, el verdadero Drácula, para aplastar a sus enemigos

La leyenda cuenta que disfrazó a decenas de sifilíticos con trajes turcos para que extendieran una plaga en el campamento turco de Mehmed II

Las olvidadas armas biológicas de Vlad el Empalador, el verdadero Drácula, para aplastar a sus enemigos

Manuel P. Villatoro

El Conde Drácula es un vampiro clásico en la literatura. Pocos habrá que no hayan oído hablar en alguna ocasión de la obra del escritor Bram Stoker. El personaje real que hay tras la leyenda es, sin embargo, más interesante si cabe. Vlad III, hijo del soberano del principado rumano de Valaquia, pasó a la historia como Tepes (traducido como «el empalador») por su obsesión por asesinar a sus enemigos clavándoles en una pica. Aunque era su método predilecto, tan real como eso es que -para aterrorizar a los turcos, que invadieron su reino en 1462– expuso los cadáveres de presos desollados y descompuestos frente a las tropas del sultán Mehmed II.

Su cruel imaginación le llevó también (según algunos autores) a enviar al campamento otomano a un grupo de infectados de sífilis lepra para que expandieran su mal entre el ejército enemigo.

Es difícil saber de dónde le venía a Vlad esa macabra imaginación. Aunque es probable que ese resentimiento naciera en 1442, año en el que su padre (apodado Dracul -demonio-) le envió (junto a su hermano Radu) a vivir bajo la tutela del sultán turco Murat II, entonces su aliados contra los húngaros. Con la ayuda de los musulmanes asesinó a su progenitor y logró hacerse con la poltrona de Valaquia en 1448. Pero su ambición le impidió mantenerse fiel y, poco después, se enfrentó a ellos durante más de una década. Durante ese tiempo demostró su barbarie al acabar, según se cree, con hasta 100.000 personas mediante el cruel empalamiento. Estas triste técnica le gustaba tanto que solía agasajar a los dignatarios extranjeros con grandes banquetes rodeados de cadáveres en picas.

Ataque biológico

Pero, aunque el empalamiento siempre fue el método de tortura y guerra psicológica preferido por Vlad III de Valaquia, no fue el único que puso en práctica. En las crónicas de la época (la mayoría, elaboradas después de su reinado, todo sea dicho) se afirma también que hervía a personas vivas y desollaba a cientos de sus víctimas para escarmiento público. Incluso se baraja la posibilidad de que fuera uno de los precursores de la misma guerra quimica que, a la postre, utilizarían los británicos contra los nativos americanos en el siglo XVIII e inauguraron de forma oficial los franceses -a gran escala- mediante los ataques con gas de cloro contra los búnkers enemigos en la Primera Guerra Mundial.

La presunta guerra biológica de Vlad III fue mucho más rudimentaria y se dio durante la guerra que mantuvo contra los invasores turcos en el siglo XV. Así lo afirma, al menos, el arqueólogo e investigador Matthew Beresford en una de sus primeras obras, «From Demons to Dracula: The Creation of the Modern Vampire Myth». En la misma (publicada en 2008 y replicada a la postre por otros tantos autores) se especifica que Draculea («hijo de Dracul», como también se le conocía) utilizó al pueblo valaco para tender una trampa a sus enemigos. «Usó a aquellos que estaban infectados con sífilis,tuberculosis o lepra, les vistió como otomanos y les ordenó que se internaran en los campamentos enemigos para infectarles», explica en la mencionada obra.

Las olvidadas armas biológicas de Vlad el Empalador, el verdadero Drácula, para aplastar a sus enemigos

En España, el historiador y periodista Jesús Hernández (autor del blog «¡Es la guerra!» y de una infinidad de libros sobre nuestro pasado) ha recogido también esta posibilidad en su obra «¡Es la guerra, las mejores anécdotas de la historia militar!». Según el experto, Vlad reunió a «tuberculososleprosossifilíticos y demás enfermos contagiosos que habitaban su reino», les proporcionó vestimentas turcas y «los infiltró tras las líneas enemigas» para que extendieran sus males. «Se les dijo que, por cada uno que muriese, ellos recibirían una recompensa», desvela. Aunque, para demostrar su éxito, estaban obligados a regresar con el turbante del soldado otomano fallecido.

¿Fue efectiva la treta? Según ambos expertos, es difícil saberlo. Aunque Beresford especifica que el problema de esta última técnica es que estas curiosas «bombas biológicas» deberían haber infectado a un número exagerado de soldados enemigos para que la diferencia fuese palpable. Además, si se hubiera producido un brote de una de esas enfermedades (destacando sobremanera la lepra) habría quedado constancia en los escritos por su importancia. En el caso de la sífilis la idea es todavía más extraña, ya que se puede convivir con ella años hasta que empieza a provocar problemas severos como ceguera parálisis. Aunque eso no impide que la rocambolesca idea fuese real y se llevase a cabo.

Ninguna de las referencias, eso sí, habla del año en el que se pudo producir esta mascarada. De lo que podemos estar seguros es de que una de las formas en las que se habría extendido la sífilis es mediante transmisión sexual. Así lo afirma el «Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades» en su página web: «Se puede contraer sífilis mediante el contacto directo con una llaga de sífilis durante las relaciones sexuales anales, vaginales u orales. Las llagas se pueden encontrar en el pene, la vagina, el ano, el recto o los labios y la boca. La sífilis también puede propagarse de una madre infectada a su bebé en gestación».

Mehmed II
Mehmed II

El medievalista Florin Curta (autor, entre otras tantas obras, de «Eastern Europe in the Middle Ages, 500-1300») no hizo referencia a esta posible táctica en una entrevista que trataba en profundidad la figura de Vlad en la revista especializada «Live Science». El experto sí hace referencia, por el contrario, a un episodio parecido en el que Vlad disfrazó a un grupo de sus más versados soldados como turcos para que penetraran en el campamento otomano y acabaran con la vida del sultán Mehmed II. No lo lograron, pero sí generaron un caos tal como para que los invasores se mataran entre ellos durante horas al considerar que sus compañeros eran unos traidores y habían traicionado a su líder.

En todo caso, este episodio parece una ironía. Y es que, se sospecha que el autor que creó Drácula (Bram Stoker) pudo morir aquejado de sífilis. Así lo sugirió su sobrino en una biografía sobre el escritor publicada en 1975; obra en la que explicaba que el certificado de defunción especificaba que la causa del fallecimiento pudo ser «ataxia locomotora de seis meses» (un eufemismo para no desvelar el verdadero nombre de la enfermedad de transmisión sexual a la prensa). No obstante, la verdad es que existe todavía cierta controversia en relación a las causas por las que abandonó este mundo.

Encerrado y asesinado

Vlad resistió, en primer término, la embestida turca mediante una mezcla de valor y guerra psicológica. El ejemplo más clamoroso de esta última se dio en 1462, cuando Mehmed II llegó hasta la ciudad de Targoviste en su avance hacia el corazón de Rumanía. En las cercanías de la urbe, a orillas del Danubio, se encontró con miles de estacas (las fuentes más exageradas afirman que unas 20.000) en la que había empalados otros tantos presos turcoshúngarosrumanos búlgaros. En los palos más altos había ubicado a los nobles. La visión de los cuervos comiendo la carne de los fallecidos estremeció a los invasores hasta tal punto que los cronistas dejaron constancia de la escena sin omitir detalle.

Ese mismo año, sin embargo, la aristocracia alzó hasta el poder a su hermano, Radu el Bello, como monarca de Valaquia. En ese punto comenzó una nueva guerra, ahora, contra uno de sus familiares. «En noviembre 1462, tras haber combatido contra su hermano y agotado sus recursos, fue arrestado por Matías Corvino [rey de Hungría]», explica Antonio Contreras en «De Vlad III, príncipe de Valaquia, a Vladislaus Szeklys, historia y leyenda». Pasó los siguientes años encarcelado.

Vlad Tepes
Vlad Tepes

Según Hernández, durante este tiempo no perdió su pasión por empalar, aunque lo hizo con los ratones y los pájaros que entraban en su celda. «Sin embargo, en 1475, el rey magiar consideró que, ante la amenaza turca, Vlad era más útil fuera que dentro de la prisión», añade el autor español. De esta forma, fue liberado para que se enfrentara, una vez más, a los otomanos.

Aunque logró detener, de nuevo, el avance otomano, Vlad fue traicionado en la Navidad de 1476 y asesinado, de forma presumible, por la espalda. En la actualidad se desconoce quién fue su verdugo, aunque se sospecha que habría sido enviado por el sultán. Su cuerpo sin vida fue enterrado en un convento cerca de Bucarest. «Aunque algunos lo consideran un héroe de la resistencia rumana frente a la expansión turca, de lo que no hay duda es de que, gracias a su desmedida crueldad, se ganó para siempre un lugar destacado en la historia de la infamia», añade el historiador español en su obra.

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País de crédulos

El espíritu crítico se le resiste a los mexicanos a pesar de haber sido defraudados una y otra vez

ANTONIO ORTUÑO

Un niño en un rancho de Chihuahua, al norte de México.
Un niño en un rancho de Chihuahua, al norte de México. CARLOS JASSO REUTERS

El escritor Jorge Ibargüengoitia recordaba que, en su juventud, cuando formaba parte de los scouts, recorrió durante una semana una brecha en la que él y sus compañeros debían abrirse paso a machetazos, aunque en el mapa oficial la ruta se encontraba marcada como una carretera entre Apatzingán y Zihuatanejo, en Guerrero. Pero no había tal carretera en la realidad. Reflexionaba Ibargüengoitia que la explicación de ese disparate quizá era que al elaborador del mapa lo había engatusado un funcionario. “¡Pero, ingeniero, si esa carretera ya está en proyecto! ¡Dela por hecha! Si no, su mapita se le queda anticuado recién salido de la imprenta”. Los mexicanos, como se ve, tenemos un largo historial de credulidad.

Somos una ciudadanía provista de una buena fe inmensa. Y aunque haya sido defraudada una y otra vez, el espíritu crítico se nos resiste. Confiamos y confiamos. Hemos dejado de creerles a algunos después de comulgar por años con sus ruedas de molino, sí, pero el precio ha sido creerles a otros que tenían listas sus propias ruedas.

Por promesas, eso sí, no quedamos. Quizá los lectores de cierta edad recordarán que el presidente José López Portillo aseguró que su Gobierno iba a “administrar la abundancia” (la que parecía que iba a producir el alza de los precios del petróleo en su época) y estableció en su Plan Nacional de Desarrollo que la economía, durante su sexenio, crecería a razón de 10 % anual. Pero la realidad es poco afecta a respaldar planes basados en coyunturas frágiles y sucedió algo muy diferente. Los precios del petróleo se derrumbaron, el crecimiento no llegó al 2 % anual y la inflación se disparó. Lo que hubo que administrar fue una crisis morrocotuda.

Así ha sucedido con los principales compromisos de nuestros políticos. Carlos Salinas prometió, a finales de los años ochenta, que su “modernización” nos sacaría del Tercer Mundo. Pero su periodo, se sabe, acabó entre asesinatos políticos y un levantamiento en Chiapas. Y la inestabilidad resultante propició el crack económico que le heredó a su sucesor, Ernesto Zedillo. Vicente Fox, por su lado, el primer presidente no surgido de las filas del PRI en decenios, prometió que resolvería en quince minutos el conflicto de Chiapas. Cosa que, como sabe cualquiera, no sucedió. Ni en quince minutos ni en seis años de gobierno. Tampoco se llegó a cristalizar el ambicioso acuerdo migratorio con EU y Canadá que tanto buscaba y tanto presumió.

Su sucesor, Felipe Calderón, hizo una campaña basada en el empleo, pero una vez en el cargo cambió de prioridades y se concentró en el tema de la seguridad. Prometió erradicar al crimen organizado. Pasó exactamente lo contrario: su estrategia de declarar la “guerra” estuvo directamente relacionada con el estallido de hiperviolencia que, a partir de su mandato, no ha dejado de crecer. Miles de muertos después, los grupos delictivos ahí siguen, tan campantes.

¿Y qué decir de las “reformas estructurales” que ofreció hacer Enrique Peña Nieto y que, otra vez, garantizarían la modernización del país? Su reforma educativa no fue sino un intento de imponer controles laborales a los sindicatos de maestros y solo provocó un conflicto social. Su reforma energética, con la que presuntamente bajarían los precios de los combustibles y los servicios de energía, funcionó tan bien que los precios subieron. Y, bueno, su compromiso de reformar la administración pública murió entre disculpas por los escándalos de tráfico de influencias, favoritismos y repentinas mansiones dejadas a precio de saldo por contratistas a altos funcionarios y al mismo Peña Nieto.

El actual presidente López Obrador también hizo una campaña basada en promesas: básicamente, remediar todos y cada uno de los males del país. La pobreza y la desigualdad, la hiperviolencia, la corrupción. Y bueno, a unos días de que se cumpla su primer año en el poder, no hay demasiados logros para presumir. El crecimiento se estancó (estamos en el cero estadístico), la violencia está fuera de control y hay más homicidios que nunca, las cifras de empleo no son buenas, menudean episodios que hablan muy mal de la renovación moral ofrecida (el expediente Bartlett, la gubernatura “alargada” de Baja California, el aumento de las asignaciones directas)… A pesar de ellos, todavía hay millones de personas en México que esperan que, ahora sí, todo mejore. Son los hijos y nietos de los que esperaron, en vano, que les cumplieran a ellos. Lo nuestro es la fe.

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El mayor crimen de la humanidad: la malaria

El mayor crimen de la humanidad: la malaria

SERGIO PARRA

La malaria es probablemente la enfermedad más letal para la humanidad. Es la única enfermedad, además, que encontramos en el grupo de las provocadas por protozoos, o parásitos.

En la actualidad, más de 800 millo nes de personas al año la contraen a partir de la picadura de un mosquito hembra del género Anopheles. Una vez la enfermedad entra en nuestro torrente sanguíneo, ataca a nuestro hígado, donde planeará el asalto a nuestro cuerpo para reproducirse.

Azote histórico

La malaria acaba con una vida cada 30 segundos. El 75 por ciento de las víctimas son niños de menos de cinco años de edad. A diferencia de la fiebre amarilla, la malaria se ceba en los jóvenes y en quienes tienen el sistema inmune debilitado. Las vacunas para la malaria están en desarrollo, pero no hay disponible todavía una vacuna completamente eficaz.

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Que fallezcamos de malaria, o que estemos más o menos enfermos tras ser invadidos por ella, dependerá de la cepa del virus de la malaria que hayamos contraído. Es posible infectarse de más de una especie a la vez, aunque por lo general la cepa más mortífera es la que supera a las demás.

En total, hay más de 450 tipos diferentes de parásitos de la malaria, inoculadas por 70 de las 480 especies de mosquito anófeles. Todos estos parásitos afectan a los animales de todo el mundo, pero solo cinco afectan a los humanos. Tal y acomo abunda en ello Timothy C. Winegard en su libro El mosquito. La historia de la lucha de la humanidad contra su depredador más letal:

Tres de dichas especies, P. knowlesi, P. ovale y P. malariae, además de ser muy raras, tienen una tasa de mortalidad comparativamente baja, o nula. P. knowlesi hizo en fecha reciente el salto zoonótico desde los macacos en el Sudeste Asiático, mientras que P. ovale y P. malariae, las menos comunes, ahora solo existen casi exclusivamente en África occidental. Podemos descartar que hayamos contraído una malaria provocada por estos tres parásitos, lo que nos deja con los contrincantes más peligroso y extendidos que lucha por la hegemonía de nuestra salud y nuestra vida: P. vivax y P. faciparum.

Plasmodium faciparum es un vampiro asesino en serie, responsable del 90 por ciento de las muertes debidas a la malaria en todo el mundo, 85 por ciento de las cuales actualmente se producen en África. Pero es que la malaria no solo supone, y ha supuesto a lo largo de la historia, un enorme coste humano. También ha acarreado un gigantesco coste económico.

Hoy se estima que la malaria endémica le cuesta a África aproximadamente entre 30.000 y 40.000 millones de dólares anuales de pérdidas en productos comerciales. El crecimiento económico en los países con malaria es entre el 1,3 por ciento y el 2,5 por ciento inferior a la media global ajustada. A lo largo de la época contemporánea posterior a la Segunda Guerra Mundial, esto equivale a un producto interior bruto (PIB) acumulado de un 35 por ciento inferior al que se hubiera obtenido sin presencia de la malaria.

La mortalidad debida a la malaria ha sido mayor que cualquier otra enfermedad en todo el mundo. Algunos informes de los asentamientos europeos en los trópicos reportan que más del 90% de muertes eran causadas por la malaria y otras enfermedades tropicales. A lo largo de la historia han vivido algo más de 108.000 millones de Homo sapiens. Podemos estimar que alrededor de 96.000 millones de personas han vivido antes de 1900. Y entre el año 8000 a.C. y el 1650 habrían vivido unos 85.000 millones. Una pesadilla que, aunque se haya reducido en gran parte, continúa existiendo en nuestro planeta.

En España la malaria fue conocida casi siempre con el nombre de “tercianas” o “fiebre terciana” (de 3 días) benigna causada por el Plasmodium vivax y en menor grado la fiebre terciana maligna causada por el Plasmodium falciparum y la fiebre de cuatro días causada por el Plasmodium malariae fueron endémicas hasta la mitad del siglo XX. En 1943 se diagnosticaron unos 400 000 casos y se registraron 1.307 muertes debidas a la malaria. El último caso autóctono se registró en mayo de 1961. En 1964, España fue declarada libre de malaria y recibió el certificado oficial de erradicación

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¿Por qué ya no contamos chistes?

Miguel Ángel Furones

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El chiste es el humor prêt-à-porter. La ocurrencia prestada que pasa de una persona a otra sin que ninguna de ellas la haya creado.

Es la gracia de los sosos. El ingenio de los aburridos. El motivo por el que esa gente sin imaginación cuenta chistes.

Solo existe una excusa para contar un buen chiste: que venga a cuento. Es decir, que se integre en una conversación y la realce haciéndola más divertida y memorable.

Pero lo cierto es que durante mucho tiempo el chiste jugó un buen papel. En especial, como mecanismo de escape en sociedades muy reprimidas. En Alemania se contaban chistes sobre Hitler; en Rusia sobre Stalin; en España sobre Franco.

También había chistes atrevidospicantesverdes o guarros (según el nivel) para contrarrestar la represión sexual dominante.

Con el declive de las grandes dictaduras y la llegada de la libertad sexual los chistes perdieron su razón de ser (ahora no se cuentan chistes sobre Iglesias, Torra o Casado). Daba la sensación de que el humor prestado había concluido y que el ingenio regresaría a su lugar de origen. Es decir, a la pluma de los comediantes.

No es casualidad que los Monty Python, en su famoso vídeo El chiste más gracioso del mundo, terminasen con la imagen de un monolito en la que se encuentra enterrado el último chiste que te mataba de risa.

Pero entonces, a modo de salvavidas, aparecieron los memes.

No me refiero a los memes que acuñara Richard Dawkins en su libro El gen egoísta sino a esos otros, mucho más prosaicos, que compartimos todos los días en las redes sociales.

Como en tantos otros temas, internet mata o resucita. En este caso, ha resucitado los chistes reencarnándolos en forma de vídeos, cómics, audios, textos y toda clase de imágenes caracterizados, fundamentalmente, por el hecho de ironizar con algún asunto reciente.

Pongamos un ejemplo: la exhumación de Franco de su tumba en el Valle de los Caídos. Si todavía viviéramos en la época de los chistes, estos jamás hubieran alcanzado la cantidad, inmediatez y difusión que hemos visto en las redes sociales. Unas redes que han regresado a la estructura tradicional de los chistes (pocos los crean, muchos los difunden), pero con unas magnitudes hasta ahora inimaginables.

La diferencia está en que los memes no se cuentan, tan solo se reenvían. Es decir, nuestra aportación consiste tan solo en presionar una tecla del smartphone.

Gracias a la enorme capacidad de transmisión de la tecnología digital, hemos pasado de la palabra objeto (el chiste) al objeto palabra (el meme). Pero pagando un precio por ello: ya no somos los actores del humor prestado.

Las redes sociales se han adueñado de muchas palabras cotidianas desnaturalizando con ello su significado anterior: amigos, seguir, gustar, compartir…

Veamos el caso de esta última: en las redes sociales no compartimos sino que repartimos un material que nos llega desde el cielo y al cielo regresa sin apenas afectarnos.

El chiste, con todas sus limitaciones de humor prestado, al menos sí se compartía, puesto que la única forma de transmitirlos era contándolos.

Pero el chiste ha muerto. Y con él una forma de humor popular (y muchas veces populachero) que nos servía de conexión, divertimento, medicina y terapia.

Que el último chiste, el que jamás quisieron contarnos los Monty Python, descanse en paz bajo las verdes praderas del monolito de Berkshire.

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Científicos reconstruyen 10.000 años de la historia de Roma escritos en el ADN

El análisis genético de 127 personas, enterradas en un periodo de tiempo de casi 12.000 años, ha revelado cómo cambió la población de la Ciudad Eterna

Roma experimentó dos grandes migraciones en la Antigüedad. En el momento de su fundación, sus habitantes eran muy similares a los que vivían en el Mediterráneo. En su caída, había recibido una importante influencia de Europa central

El Rapto de las Sabinas, representado en la imagen por Jacques-Louis David, es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma
El Rapto de las Sabinas, representado en la imagen por Jacques-Louis David, es un episodio mitológico que describe el secuestro de mujeres de la tribu de los sabinos por los fundadores de Roma – Jacques-Louis David

Gonzalo López Sánchez

El rapto de las Sabinas es un episodio mitológico que trata de explicar un capítulo de los orígenes de Roma, la Ciudad Eterna. Allí, los romanos capturan a las mujeres de la tribu de los sabinos, llegando a enfrentarse a las armas con sus esposos y padres. Parece que al mezclar su sangre con la de esta gente consiguen una parte del vigor con el que los romanos sentaron los pilares de un imperio que se extendió por tres continentes y que existió durante cerca de dos milenios, hasta la caída de Constantinopla, en 1453.

Pero ni la mitología ni la historia pueden explicar con precisión quiénes son exactamente los protagonistas de esta epopeya. ¿Quiénes vivieron en Roma, incluso antes de que se fundara la ciudad? ¿Cómo recibió la urbe a los pueblos incorporados al imperio, cuando este asentamiento alcanzó una población de un millón de habitantes? Ahora, un estudio que se acaba de publicar en la revista « Science» ha realizado un profundo estudio del ADN antiguo para revelar la procedencia de un sinfín de generaciones de romanos. Los autores han estudiado el material genético de 127 personas procedentes de 29 yacimientos y que engloban un periodo de más de 12.000 años.

«Esta es la primera vez en que una investigación de ADN antiguo se centra en Roma, y es la primera en estudiar los cambios ocurridos en esa metrópolis tan importante», ha explicado a ABC Ron Pinhasi, investigador de la Universidad de Viena (Austria) y coautor del estudio junto a científicos de las universidades de Stanford (EEUU) y Sapienza (Italia).

Los investigadores han recurrido a técnicas de secuenciación de próxima generación que permiten «leer» pequeños fragmentos de material genético, recuperados de los huesos de individuos enterrados hace muchos siglos, y hacer estudios de poblaciones. De esta forma, han podido comparar a los romanos con otros grupos pretéritos, y observar una serie de flujos de población importantes: en resumen, en Roma ocurrieron dos grandes migraciones muy antiguas y un número de cambios menos drásticos en épocas más recientes. Así han averiguado que, cuando este Estado estaba en su apogeo, los habitantes de Roma eran muy similares a las personas que hoy viven en la cuenca del Mediterráneo y en Oriente Medio.

«La forma como la demografía de la ciudad cambió está atada a los grandes cambios en la historia de Roma», ha explicado Pinhasi. «Por eso creo que nuestros resultados confirman las conclusiones de otros estudios históricos y arqueólógicos, pero los nuestros son los primeros que pueden resolver una pregunta: ¿Quién es la gente que está enterrada en los cementerios romanos?».

Los restos más antiguos, de hace 12.000 años

Para responder a esta pregunta hay que viajar hasta la cueva de «Grotta Continenza», en los Apeninos. Allí hay restos de tres cazadores-recolectores del Mesolítico, ocurrido hace 12.000 a 9.000 años, cuyo material genético permitió encontrar un gran cambio que coincidió con la introducción de la agricultura, el trigo, la cebada y el ganado en Italia.

Representación de bailarines y músicos etruscos, un pueblo que ocupó el norte y centro de Italia en la Antigüedad
Representación de bailarines y músicos etruscos, un pueblo que ocupó el norte y centro de Italia en la Antigüedad – Dominio público

Los análisis de estos restos y de individuos posteriores han mostrado que, al igual que ocurrió en otras zonas de Europa, los primeros granjeros tenían sus ancestros en Anatolia central, la actual Turquía, y el norte de Grecia. Además, parece ser que tenían un pequeño legado genético proveniente de los granjeros de la zona donde hoy está Irán y de los cazadores recolectores que vivían en el Cáucaso.

La segunda gran migración al área que ocupó Roma llegó con la Edad del Bronce, una época comprendida entre el 2.900 y el 900 aC. Los autores han sugerido que el desarrollo de la tecnología de transporte por tierra y mar permitieron la expansión de las colonias griegas, fenicias y púnicas así como el trasiego de caravanas desde las estepas del Ponto (Mar Negro) y del Mar Caspio. De esta forma, al acabar la Edad del Bronce y comenzar la del Hierro ya se puede observar en la región una composición genética diferente, en la que hay ancestros nómadas de las estepas.

La fundación de Roma

No hay una historia clara sobre la fundación de la ciudad de Roma, aunque esta suele situarse en el año 753 aC. Sea como sea, parece claro que, alrededor del siglo VIII aC Roma no era más que una ciudad-estado más de la península italiana, similar a otros asentamientos latinos y etruscos vecinos. Protegida al norte por los Alpes, su posición la situaba en el centro del Mediterráneo, un mar que con el tiempo los romanos dominaron y pasaron a llamar Mare Nostrum, y a través del cual extendieron su influencia y recibieron inmigrantes de todos los rincones.

La loba Luperca amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, la leyenda más difundida acerca de la fundación de Roma
La loba Luperca amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, la leyenda más difundida acerca de la fundación de Roma – Wikipedia

Aquella Roma temprana es un lugar donde se podían encontrar pruebas de un relevante intercambio cultural y comercial. Allí había mercancías exóticas, como el ámbar y el marfil, y referencias estéticas, como esfinges o leones, que evidenciaban el contacto con los navegantes del Mediterráneo. En esta ocasión, además, el análisis genéticos de nueve individuos revela una considerable diversidad, fruto de la mezcla de diversas poblaciones. Por eso, los autores concluyen que aquellos individuos ya tenían una apariencia que recordaba a los pueblos mediterráneos y europeos modernos.

«Diría que tenían el típico aspecto de una sociedad cosmopolita y diversa», ha explicado Pinhasi. «Tenían el aspecto de norteafricanos actuales y gente de Oriente medio, del sur y centro del Mediterráneo y, en algunos casos, de personas del norte de Europa».

La expansión del imperio

800 años después de su fundación, el Estado centrado en la ciudad del Tíber se había extendido por tres continentes: desde la actual Gran Bretaña, pasando por el norte de África y llegando a las actuales Siria, Jordania e Iraq. La capital alcanzó una población de un millón de habitantes y el imperio rondó un número situado entre los 50 y los 90 millones de almas.

Este enorme Estado estableció lazos comerciales con el norte de Europa, el África sub-sahariana y Asia. Y dentro de sus límites, el comercio, las camañas militares, las carreteras y la esclavitud llevaron a que existiera un importante trasiego de personas.

El imperio romano en el momento en que alcanzó su máxima extensión, en el año 117 dC, bajo el mandato de Trajano
El imperio romano en el momento en que alcanzó su máxima extensión, en el año 117 dC, bajo el mandato de Trajano

Los autores de este estudio han reconstruido la época de apogeo de Roma a partir del análisis genético de 48 individuos. Esto ha mostrado que los genes de la población de la ciudad fueron enriquecidos por inmigrantes procedentes del Mediterráneo oriental, coincidiendo con un momento en que allí hubo un exceso de población y se desarrollaron mega-ciudadades como Atenas, Antioquía o Alejandría. Esto coincide con la aparición de multitud de inscripciones en griego, arameo y hebreo, así como templos dedicados a deidades griegas, sirias o egipicias. Por cierto, algunos de los individuos analizados proceden de la necrópolis de Isola Sacra, donde se daba seputura a los habitantes de Portus Romae, el puerto principal de Roma. Según las inscripciones, muchos eran hombres de negocios y comerciantes.

Entre esas 48 personas analizadas los autores solo han encontrado dos con rasgos muy cercanos a los de pobladores del occidente del imperio romano, lo que les ha resultado sorprendente. En todo caso, han señalado como posible origen de la influencia genética occidental la influencia del flujo de esclavos posterior a grandes conquistas, como las de Escipión el Africano, en Cartago, o la de Julio César, en las Galias. También han señalado la importancia del comercio de vino, el garum (una salsa elaborada a partir de vísceras fermentadas de pescado), aceite de oliva o tintes, del norte de África, como posible foco de influencia occidental.

Finalmente, todas estas influencias occidentales y orientales llevaron a que la población de Roma fuera muy similar a los mediterráneos y habitantes de Oriente Medio actuales, como griegos, malteses, chipriotas o sirios.

La caída de Roma

La separación del imperio en dos mitades, la occidental y la oriental, la reorganización política y militar y la progresiva disolución de la mitad occidental dejaron también una huella en la demografía de Roma. Los habitantes más recientes estudiados en este estudio, un total de 24 personas, tienen una naturaleza genética más próxima a la de poblaciones actuales de Europa central.

«Este cambio puede haber surgido a causa de la reducción de contactos con el Mediterráneo oriental y el incremento del flujo de genes de Europa, todo ello facilitado por la drástica reducción de la población de Roma hasta menos de los 100.000 habibantes, como consecuencia de los conflictos y las epidemias», escriben los autores en el estudio.

Casco de caballería romana tardío, con influencias orientales
Casco de caballería romana tardío, con influencias orientales – Wikipedia

Finalmente, el imperio acabaría llevando su capital a Constantinopla, la actual Estambul, lo que transformó todavía más el flujo de mercancías y personas y la demografía de la antigua metrópolis.

Además, es posible que se produjera una importante llegada de población desde Europa central a causa de las campañas militares de visigodos y vándalos, en el siglo V, y el largo asentamiento de los lombardos en los siglos VI y VII.

Ya en la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna, los investigadores han hallado una transición hacia un bagaje genético más similar al de Europa central y septentrional, gracias al análisis de los genes de 28 individuos. Según han concluido, estos pobladores eran similares a los que hoy viven en el centro de Italia, entre cuyos antepasados puede haber también lombardos de Hungría, sajones de la actual Gran Bretaña y vikingos de Suecia.

«Este cambio coincide con la formación de lazos cada vez más estrechos entre la Roma medieval y Europa», escriben los autores. De hecho, Roma quedó incorporada al Sacro Imperio Romano, que se extendió por Europa central y occidental. Además, los normandos se expandieron desde el norte de Francia y fundaron estados en Sicilia y el sur de la península italiana, incluso llegando a saquear Roma en el año 1084.

En suma, todo este incesante trasiego de personas muestra cómo Roma fue durante siglos una encrucijada entre Europa y el Mediterráneo. Quizás también recuerda las profundas raíces que tiene la actual «crisis migratoria» que afecta a Europa.

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Buenísimas personas

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Javier Marías

Trump, Johnson, Salvini, Erdogan, Bolsonaro… Lo peor y más contradictorio es que ninguno de ellos tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos.OtrosGuardarEnviar por correoImprimir

SÍ, ES CURIOSO: basta con hablar del presente en pretérito indefinido o imperfecto, como si ya hubiera pasado y fuera historia, para ver con más nitidez nuestras imbecilidades, nuestra irracionalidad y nuestras abrumadoras contradicciones. Hace dos semanas terminé diciendo que las gentes de 2019 solían ser inclementes y sin embargo se creían todas buenísimas personas. Se lo creían al mismo tiempo que ensalzaban y votaban a individuos inequívocamente antipáticos, ruines, rastreros y que exhibían como un gran mérito su falta de compasión. Los estadounidenses eligieron como Presidente a un sujeto así, que añadía, a su inmoralidad connatural, ser un patán que jamás leía. Su elección se debió, en parte, a una extraña reacción contra las personas ilustradas, contra los expertos en algo y también contra los intelectuales, como si en América se hubiera producido una repentina “maoización” (hay que recordar que en los inicios de la revolución de Mao se ejecutó a muchos chinos solamente por llevar gafas, lo cual los hacía sospechosos de leer). Todos ellos fueron englobados en un término que se convirtió en uno de los mayores insultos de la segunda década del siglo XXI: “élites”, con su correspondiente adjetivo “elitistas”. Cualquiera que hubiera estudiado en serio, que hubiera adquirido conocimientos útiles (para salvar vidas o la Tierra, daba lo mismo), cualquiera que pensara más allá de los simplistas y cómodos lugares comunes de la época, se vio anatematizado como “élite”. Así que mucha gente decidió que era mejor ser gobernada por tontos y locos, eso sí, megalómanos, autoritarios y antidemocráticos todos. No sólo se hizo con el poder un ignorante como Trump, sino que alguien con saberes fingió no tenerlos, o quizá abjuró de ellos, para ser aclamado en Gran Bretaña. Ese país astuto, pragmático, civilizado, encumbró a Boris Johnson cuando éste se “trumpificó”, empezó a comportarse como un chulo majadero, a hablar como un fantoche y a prometer con malos modos conducir a su nación a la ruina. Entonces, insospechadamente, fue vitoreado.

Italia hizo algo parecido, sólo que los saberes de Salvini eran mucho más dudosos. Los que poseyera, en todo caso, los abandonó, y se dedicó a pasearse por su península sembrando el odio con la camisa abierta y una cruz bailándole en el seboso pecho (a veces manoseaba un rosario), a colgar en las redes vídeos de sus relaciones semisexuales y a lanzar diatribas contra los muertos de hambre del planeta. La grosería deliberada y el ánimo despiadado causaban furor entre sus compatriotas, que lo idolatraban, y a la vez, como he dicho, se creían buenísimas personas. Ignoro lo que se creían los turcos (me pillan lejos), pero votaban una y otra vez a un tiranuelo llamado Erdogan que detenía, encarcelaba y quizá torturaba a millares, y que en 2019 inició una repugnante ofensiva contra los kurdos, con el beneplácito de Trump. Esos kurdos acababan de ayudar decisivamente al mundo (y por lo tanto a Trump) a desmantelar el Daesh, una de las organizaciones más crueles de la historia y una amenaza gravísima para todos, árabes y no árabes. Con ese beneplácito, los Estados Unidos de hoy pasaron a engrosar la lista de países traicioneros, infames y desagradecidos, esos de los que cualquiera deberá apartarse para no sufrir su veneno, como enemigo o como aliado.

Las excelentes personas votaron en el Brasil a otro sujeto zafio e inmisericorde, Bolsonaro, que tenía a gala despreciar a los negros, a las mujeres y a los homosexuales, así como deforestar la Amazonia. También era un cristiano fanático, lo cual no le impedía recomendar a la población que se armara hasta los dientes. Muy cristianos eran asimismo (de boquilla al menos) los gobernantes de Hungría y Polonia, Orbán y Kaczynski, pero se comportaban exactamente igual que Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Putin en Rusia, anulando las libertades, la independencia de la justicia y emitiendo leyes antidemocráticas. Claro que Maduro, Ortega y Putin además daban órdenes para la desaparición de disidentes. En las Filipinas mandaba un homicida confeso (se jactaba de haberse cargado a dos o tres hombres) apellidado Duterte. Una vez al mando, ya no tuvo que mancharse: le bastó con dar carta blanca a sus policías para matar sin detención, juicio ni zarandajas latosas no sólo a los narcotraficantes, sino a los drogadictos.

Lo peor y más contradictorio es que ninguno de estos cabestros (salvo Ortega en su día) tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos por quienes se consideraban buenísimas personas, justas, rectas, “correctas”, compasivas y plagadas de virtudes. Y se consideraban, sobre todo, grandes patriotas, lo mismo que los independentistas catalanes, los post-etarras vascos y los dirigentes profranquistas de Vox. En aquella época fue asombroso que los mastuerzos más manifiestamente dañinos para sus respectivos conciudadanos fueran adorados por éstos. Huelga decir que no fue, ni de lejos, la primera vez en la historia que tuvo lugar tan espantoso fenómeno. Pero la gente de 2019 no solía acordarse de nada.

Quizá otro domingo retornaré al costumbrismo de estos tiempos, que, con ser temible, da menos miedo.

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Pronóstico

Puesto que fuimos tan idiotas y no hicimos nada para evitarlo, el desastre propio o la victoria del rival, que se veía venir, por fin ha llegado

MANUEL VICENT

Papeletas electorales preparadas para el 10-N en un colegio de Madrid.
Papeletas electorales preparadas para el 10-N en un colegio de Madrid. J.J. GUILLÉN EFE

Si ante la amenaza de cualquier calamidad se interrogara hoy al oráculo de Delfos, para acertar de lleno le bastaría con estas tres palabras: se veía venir. Se trata del pronóstico más científico que pueda hacerse sobre el futuro. Si los casquetes polares están a punto de licuarse por completo y se acerca el día en que nos vamos a despertar con el mar al pie de la cama, limítate a decir: se veía venir. Si los astrónomos afirman que se dirige a la Tierra un aerolito demoledor que puede partir en dos el planeta, encógete de hombros y di: se veía venir. Si de pronto el telediario da la noticia de que a ese presidente de color calabaza que hay en Estados Unidos un tirador de élite le ha volado la tapa de los sesos con un rifle adquirido en el supermercado de la esquina, te alegres o no, tu respuesta será: se veía venir. Por primera vez, después de 40 años de libertad, el sueño de la independencia de Cataluña arde dentro de unos contenedores de basura, nada glorioso por otra parte, porque las llamas que iluminan ese sueño imposible solo se alimentan de una suma de desechos, restos de pollo hormonado, compresas y pañales, cáscaras de huevo, frutas podridas y envases de cartón. Si ese fuego producto de la ira y la frustración se propaga y al final de esta quimera resulta que sobre la democracia calcinada los caballos del fascismo entran relinchando en el corazón del Estado, pon cara de lelo y exclama: se veía venir. Este domingo borrascoso de otoño, pisando las hojas amarillas, con la papeleta en la mano, los españoles vamos a ver el futuro en el hígado de las ocas, que son las urnas. Gane o pierda tu candidato, si alguien te pregunta ¿cómo lo ves?, puedes decir: puesto que fuimos tan idiotas y no hicimos nada para evitarlo, el desastre propio o la victoria del rival, que se veía venir, por fin ha llegado.

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Veinte años del estreno de ‘Los Soprano’, la serie que cambió las reglas de la televisión

Ha habido muchos después, y puede que quizá alguno antes, pero ninguno como Tony Soprano, ese personaje lleno de aristas y brutal al que David Chase nos enseñó a querer como personaje durante seis temporadas.

Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO
Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. HBO

MARÍA JOSÉ ARIAS

Han pasado 20 años desde que la doctora Melfi abriese la puerta de su consulta y dijese aquello de “¿Mr. Soprano?”, dirigiéndose al tipo de semblante adusto y complexión fuerte que estaba sentado en su sala de espera. Con ese gesto de adelante no solo le invitó a entrar en su consulta, sino a la casa de millones de espectadores que a partir de ese momento y semana tras semana se sentaron en sus sofás, como él en el diván, para conocer un poco más a ese mafioso que acudía a terapia y todo su mundo. [ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO CONTIENE ‘SPOILERS’]

Dos décadas después de aquello, cuando se lanza al aire la pregunta de cuál es la mejor serie de la historia de la televisión, Los Soprano sigue siendo la respuesta de muchos y se disputa el título con otras grandes como The Wire y El ala oeste de la Casa Blanca, que también celebra este año su veinte aniversario. En una época, la actual, en la que cada temporada se estrenan series memorables y sobresalientes, seguir figurando en los rankings siempre en las primeras posiciones es un mérito del que pocas pueden presumir. En el caso de la creada por David Chase eso se debe a infinidad de razones.

Producciones televisivas buenas siempre ha habido en todas las épocas, pero Los Soprano es única porque supuso un cambio en las reglas del juego, marcó un punto de inflexión. Nos descubrió que el protagonista no tenía por qué ser un tipo sin nada al que reprochar, que podía ser alguien trastornado en muchos sentidos, violento hasta ser capaz de matar con sus manos a alguien de su propia sangre al mismo tiempo que se presentaba como lo que él entendía como un buen padre y esposo y, pese a todo eso, conquistar al espectador. Ahora es habitual, pero entonces llegar a encariñarse con un personaje como Tony Soprano no era tan común. Él fue quien despejó el camino a los que vinieron después: Jimmy McNulty, Walter White, Don Draper… Seres humanos despreciables en muchos aspectos y grandes personajes.

Los Soprano fue importante, entre otras muchas cosas, por su planteamiento. Colocar a un mafioso en una posición tan vulnerable como la consulta de una psiquiatra nada más arrancar se vio como todo un atrevimiento por parte de Chase, pero también toda una declaración de intenciones. La que presentó aquel 10 de enero de 1999 no tenía intención alguna de ser una serie al uso, algo que se hubiese visto antes. Ni en el género mafioso ni en el del drama familiar, que de eso también hay mucho en Los Soprano. Lo prometió entonces con aquella primera escena tras unos títulos de crédito que son historia de la televisión y lo cumplió a lo largo de las seis temporadas en las que se desarrollo toda su psicología, su biografía familiar, vital y criminal y la de una nube de personajes que crecieron junto a él.

Tony Soprano es uno de los grandes antihéroes y protagonistas que han existido y existirán en la televisión, y el mérito hay que repartirlo entre quien le dio la vida en el papel y quien lo hizo delante de la cámara, James Gandolfini. Cuando hace seis años el actor fallecía a los 51 años en Roma, quedó patente que su nombre siempre viviría ligado al de su personaje. Interpretó a otros muchos más, todos ellos con ese talento que le caracterizaba, pero su muerte temprana le impidió dejar atrás la sombra de Tony Soprano. Se hicieron grandes mutuamente. Esa mirada algo triste de párpados perezosos, esa voz que se imponía al resto, ese magnetismo que desprendía y ese gesticular con las manos fueron parte del viaje que este mafioso de Nueva Jersey que decía dedicarse a la gestión de residuos hizo desde la consulta de una psiquiatra a un fundido a negro que no contentó a todos.

Porque Los Soprano también fue una de esas series en las que el final no satisfizo de manera unánime. Por suerte para Chase, el equipo de guionistas y todos los demás implicados, entonces Twitter era solo una aplicación en pañales sin los millones de usuarios que hoy en día acuden a poner el grito en el cielo cuando un desenlace no les gusta dando por hecho que ellos lo habrían escrito mejor. Que se lo digan a J. J. Abrams, Damon Lindelof, David Benioff, D. B. Weiss y tantos otros que han tenido que sufrir la ira de los tuiteros. Pero por mucho que no haya unanimidad, hay que reconocerle a su responsable que esa escena final fue tan valiente como lo fue la primera, coherente, memorable y mítica.

Más allá de Tony Soprano

Uno de los aspectos que más se le ha aplaudido siempre a esta serie es que no se lo jugase todo a la carta de un personaje principal tremendamente poderoso y potente, sino que arriesgó con las subtramas y dotó de vida y personalidad propia a todo el cartel de secundarios. Cada seguidor de Los Soprano tendrá el suyo propio, pero es más que probable que muchos de ellos coincidan en dos que contribuyeron a hacer más grande a Tony y que gozaron de líneas de texto y escenas gloriosas.

Uno de ellos fue Paulie Gualtieri (Tony Sirico). El otro, Chris Moltisanti (Michael Imperioli). Los dos queridos, respetados por el patriarca y con un final muy distinto pero igualmente épico. Desde la neblina de haber visto la serie hace mucho, Paulie surge como ese mafioso en chándal cuya fidelidad era indiscutible. El otro, como el sobrino que quiso volar y con el que Tony mostró su lado más humano, pero también esa bestia que llevaba dentro. Los dos juntos en la pantalla eran dinamita. Podrían haber tenido su propia serie y la habríamos visto.

Luego estaban esos personajes femeninos, cuidados y bien construidos que tanto importan para entender quién es Tony Soprano. Empezando por su madre y acabando por su psiquiatra. Livia Soprano (Nancy Marchand) era, como suele decirse, para echarla de comer a parte. Principal culpable de que su hijo fuese así, resultó ser una mujer cruel y desagradable que poco sabía del instinto maternal. Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) se desveló como mucho más que una doctora, como alguien capaz de hacer frente a alguien tan poderoso como quien se sentaba en su diván y, aunque a veces con miedo, llevar las riendas de su relación profesional/personal. Y entre medias de ambas, Carmela Soprano (Edie Falco), alejada del estereotipo de mujer del jefe que solo está ahí para ver, oír y callar. Carmela tenía mucho que decir, y lo dijo.

Ellas y ellos eran de la famiglia. Algunos por su relación de consanguinidad, otros por los lazos que unen el camino de dos personas cuando sus vidas se cruzan. Pero todos importantes en esa familia más grande que iba más allá de la mansión con piscina de la que cada mañana un tipo con una bata abierta, a pecho descubierto y medalla al cuello emergía para recoger el periódico. De escenas como esa está llena Los Soprano, una serie que además de sus personajes, sus tramas, su visión de la mafia de hoy en día, de la familia, de la lealtad, la traición y hasta la religión es recordada también por sus puros, sus atuendos chandaleros, sus joyas siempre a la vista, sus patos y sus platos. Porque en una serie con personajes de raíces italianas, la comida debía estar muy presente. Los mafiosos también comen y los de la serie de Chase lo hacían a menudo y abundantemente. Aunque a veces cometiesen el pecado de congelar y recalentar la pasta. Ni siquiera Los Soprano, en toda su grandeza, era perfecta al 100%. Nadie ni nada lo es.

El 10 de junio de 2007 se emitía el último capítulo, Made in America. La serie se iba a negro y comenzaba la leyenda, que pronto se verá acrecentada con el estreno en 2020 de The Many Saints of Newark, precuela cinematográfica en la que se verá a un joven Tony Soprano interpretado por el hijo de Gandolfini, Michael. En la primera imagen vista de esta nueva historia, además del parecido con su padre, en lo que todo el mundo se fijó al ser publicada es en que llevaba la medalla que acompañó a Tony durante las seis temporadas.

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Tranquilo

Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo

JUAN JOSÉ MILLÁS

Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?
Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien? GETTY IMAGES

Yo no soy como pienso. De hecho, pienso todo el rato cosas horribles, tan horribles que ni siquiera me atrevo a enumerarlas. Pero luego, en la realidad extramental, soy un tipo dócil, contemporizador, dispuesto a darle la razón a todo el mundo, no por cortesía, sino porque todo el mundo la tiene. Incluso cuando dicen disparates, llevan un poco de razón si piensas en lo que han sido sus vidas, de modo que asiento con la cabeza mientras imagino la forma de matarlos. Ese tipo que se encuentra en el extremo de la barra, consumiendo lentamente una cerveza, ¿estará dándole vueltas también al modo de acabar con alguien?

Me ha sentado algo mal, tengo el estómago revuelto. Intento, pese a ello, poner en marcha pensamientos misericordiosos. Ayer por la noche, en la tele, salió un anuncio según el cual, si enviabas un mensaje con la palabra “HAMBRE” a determinado número, dabas de comer durante varios días a un niño de algún lugar de África. Me quedé con el número, de modo que saco el móvil del bolsillo y ejecuto esa buena acción. Hago muy buenas acciones al cabo del día para contrarrestar los pensamientos horribles. Para disimular que soy un misántropo.

Cuando escuché por primera vez esta palabra, misántropo, y me enteré de su significado, pensé que eso era lo que me ocurría a mí, que odiaba a la humanidad, lo que significaba que me odiaba a mí mismo. Tengo muy mal concepto de mí mismo. Tal vez me comporto de forma amable con la gente para disimular la basura que llevo dentro. Me duele esa basura y me duele la humanidad, así que pongo otro mensaje con la palabra “HAMBRE” al número consabido y parece que me quedo más tranquilo. El tipo del extremo de la barra acaba de sacar su móvil, quizá para lo mismo que yo.

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