Revanchismo de genero

renachismo

Por la ventanilla del metro de Barcelona alcanzo a ver una valla concebida por el Ministerio de la Igualdad, creado por el Gobierno del señor Rodríguez Zapatero. En primer plano, una mujer joven y atractiva llamada Angie Cepeda luce unos preciosos pendientes de plata. Su mirada es diáfana y la complementa con una sonrisa displicente, quizá un punto altanera. El lema de la valla reza: “De todos los hombres que haya en mi vida ninguno será más que yo”.

¿Tienes problemas con tu hombre? Escúpele, cámbialo ya mismo por otro, acaba con él

Este feminismo resentido es más claro en las letras de las canciones

En un primer momento esta consigna cargada de insinuaciones y connotaciones -cosa lógica, si no, no sería tal- despierta mi alarma. Primero, parece afirmar que una mujer española contemporánea tiene (mejor dicho, el eslogan implica que ha de tener) muchos hombres; o da por sentado que ya los ha tenido, afirmación que, cuando menos, resulta discutible. Segundo, la redacción adultera un cliché, puesto que lo normal sería dar la sintaxis en pasado. Según los principios igualitaristas lo correcto habría sido: “De todos los hombres que hubo en mi vida ninguno fue más que yo”.

Redactada así, la afirmación habría sido consistente y hasta neutral pero, claro, no serviría al anhelo de revancha, que parece inevitable en cualquier referencia actual a la condición femenina. Por curiosidad busco en Internet la campaña y compruebo que el eslogan en boca de hombres no sugiere lo mismo. O sea que hay evidentes matices “de género”. ¿Qué es lo que resulta chocante aquí? Que parece jalear la guerra de sexos, como desde hace décadas hace el feminismo mal encarado, según la pauta de lo que Nietzsche llamaba “moral de la víctima”. He ahí la razón de mi alarma: la sola presunción de que un hombre pretenda ser más que una mujer; o que una mujer se declare superior a un hombre, es lo que este ministerio debería combatir sin dar lugar a equívocos.

Incurrir en feminismos implícitos de cualquier índole es una contradicción flagrante de la función para la que este Gobierno concibió el Ministerio de la Igualdad. Ninguna repartición pública debería alentar subrepticiamente a las mujeres a ser más que los hombres y, en este caso, parece claro que la consigna no sugiere la igualdad de los sexos sino que viene a recomendar que “ningún hombre ha de ser más que una mujer”; pero, como en semejante jerarquía elemental si no “eres más” necesariamente “eres menos”, las mujeres no tienen más remedio que pensar que Angie Cepeda, erigida en portavoz del Ministerio de la Igualdad, les aconseja imponerse a sus futuros hombres.

Ahora bien, las aberraciones de esta valla no son sólo sintácticas o connotativas o adverbiales. Se supone que estimula a las mujeres a no dejarse avasallar por sus hombres, pero lo que en verdad hace es recordar aquella escena memorable con que comienza la película Magnolia, en la que un espléndido Tom Cruise interpreta a un conferenciante que dicta lecciones llenas de entusiasmo y beligerancia ante un auditorio de “machos humillados” y los arenga con un:“Respect the cock!”. O sea: “¡Un respeto por la polla!”, que Cruise clama delante del enfebrecido grupo de hombrones que aplaude y vitorea todas y cada una de sus ocurrencias machistas.

No recuerdo mejor parodia y merecida trivialización del feminismo de revancha, realizada por un procedimiento muy simple: poner en boca de los odiados machistas los argumentos más tontos de las feministas.

El revanchismo “de género” es lo que ahora se airea y se difunde por innumerables medios públicos y privados y que, en un país vergonzantemente árabe y misógino como es España, no sólo bastardiza una cuestión -la relación entre hombres y mujeres- que es de una enorme complejidad, sino que subsidiariamente no ha hecho sino aumentar de forma alarmante la tasa anual de actos de violencia machista al lanzar a las mujeres al choque con machos ignorantes y brutales, hombres que -nunca olvidemos esto- han sido gestados, amamantados, criados y formados por mujeres. Bestias educadas por féminas, bárbaros que, más tarde o más temprano, caerán sobre ellas de forma implacable.

(Pongo “género” deliberadamente entre comillas porque después de leer lo que observa V.O. Quine a propósito del concepto en su Quiddities: An Intermitently Philosophical Dictionary [Cambridge, Mass.; Harvard University Press, 1989] no me atrevo a usar ese término sin las debidas reservas lógicas y de vocabulario).

El revanchismo “de género” (o sea, el resentimiento femenino) es un mal que se extiende imparable por todas partes. En el cine, por ejemplo, hace tiempo que está implantado: ¿qué otra cosa si no explica el éxito de aquella parábola semipublicitaria -como el resto de la filmografía de Ridley Scott- que fue Thelma y Louise?

Pero donde ese carácter resentido es más claro y elocuente es en las letras y en los videoclips de las canciones populares actuales. En este contexto el contraste con los antiguos modelos “de género” es harto evidente. Antaño, ante una ruptura o un desengaño los hombres solían -y aún suelen- llorar el amor fracasado, se emborrachaban para mitigar sus penas, se autocastigaban y se autodenigraban por sus faltas, su estupidez o su deslealtad y cantaban en tono elegiaco por la hembra perdida. Así ocurre en los tangos, en los boleros y las rancheras y en las conmovedoras canciones de Frank Sinatra o Billie Holliday.

Sin embargo, ante circunstancias parecidas, las mujeres actuales, que tan a menudo se identifican con una masculinidad imaginaria, no emulan la melancolía de los hombres sino que se calzan unas botas de caña alta, se atizan un atuendo de perdularia al estilo Madonna o un traje de leopardo y se retratan basureando sin piedad a potenciales amantes o pretendientes. Ni lloran ni piden perdón.

Hay ejemplos significativos en algunos videoclips de la frondosa discografía popular contemporánea: Shania Twain en That don’t impress me much, en pose de femme fatale, toda ella leopardo; Shakira, en una canción titulada significativamente La tortura, donde despacha las excusas del golfo Alejandro Sanz con un A otro perro con ese hueso; y en una tonadilla pegadiza de Julieta Venegas: Me voy…, donde la mexicana arroja a su ex enamorado al vacío mientras levanta vuelo en un globo y tararea en tono angelical: “Qué lástima, pero adiós, me despido de ti y me voy…”.

¿Tienes problemas con tu hombre? Escupe sobre él, maldice sus muertos, cámbialo ya mismo por otro, acaba con él; y si es preciso, tíralo por la ventana. No te cortes, que estás en tu derecho.

Lo dicho, tres nuevas canciones de esta guisa y la tasa mensual de asesinatos de mujeres acabará por triplicarse.

(¿No será este revanchismo resentido lo que ven venir con temor esos bárbaros islámicos..?).

Articulo de Enrique Lynch/elpais.es

El jardinero fiel

jrfernandezEl partido planteaba una emboscada, sin Ibrahimovic y Messi como titulares, Guardiola aceptaba la obligación de ganar al Real Madrid en Liga, antes que al Inter en Champions. Tomó la decisión en la cocina, cuando un resultado de grupo entre Rubin y Dynamo horneó un empate conveniente. Almacenó a los puntas lujosos y asumió que con Henry al frente, el árbitro no pitaría a favor cualquier jugada dudosa. Así que decidió confiar en Pedrito, un pequeño David que subido en los hombros de Busquets, se vuelve Goliat. A los nueve minutos el Barςa ya ganaba gracias a los trastornos mentales de Piqué. Un central que se siente Beckenbauer y se lo cree al salir del área. Con ese tipo de autoestima en el campo, Xavi e Iniesta volvieron ser una fuente inagotable de recursos naturales. La fruta del futbol volvió a crecer en el terreno de juego.

Con una jugada monárquica, sus compañeros coronaron a Pedrito al minuto 25 como Pedro el Grande. Cuando el Inter intentó salir al juego en el segundo tiempo, Mourinho se acordó que había puesto el candado dejando encerrado a su equipo con las llaves pegadas en la puerta. Sin escapatoria, el Inter abandonó el partido, Mourinho se quitó la corbata y pidió una chela. El triunfo es a la salud de Guardiola, el jardinero fiel del Nou Camp. Nadie cuida el césped de ese estadio mejor que él; un entrenador con vocación de misionero que debutó a otro mexicano en Champions.

Con el Barcelona despresurizado, la hipertensión se desata en el Bernabéu. Hoy debuta Cristiano con el Real Madrid, 60 días después con intereses acumulados. Jugará 30 minutos como prólogo del partido que le espera el próximo domingo en los jardines del tricampeón. Un campo donde siembran goles que crecen entre espinas.

articulo de jose ramon f. de quevedo/mileniodiario

¡Aguas!

crisis-financiera

¿Nueva crisis mundial en puerta?

La formación de una nueva burbuja económica global es el fantasma que recorre hoy los despachos oficiales y los análisis económicos. Los Nobel de Economía Paul Krugman y Joseph Stigliz la temen, el analista estrella de la firma RGE Nouriel Roubin opina que es un riesgo palpable y los gobiernos se persignan en silencio para que no vuelva a ocurrir.” Así afirma la cadena BBC en un análisis desde Londres publicado ayer, al dar cuenta que “los mercados financieros están otra vez de fiesta”, por lo que se teme una nueva crisis cuyo estallido “puede ser peor que en 2008”.

Desde marzo, “los mercados de valores y acciones no han dejado de subir, el precio del oro está en su zenit, el del petróleo se ha reubicado en unos 80 dólares mientras se multiplica el intercambio de derivados y otros instrumentos de alto riesgo. Hasta el mercado de la vivienda, cuna de la crisis de 2008, muestra una clara mejoría”.

La BBC cita también a Gillian Tett —una de las pocas periodistas que alertó sobre la pasada burbuja financiera—, del Financial Times: “Según un veterano del mundo financiero, la actividad especulativa se extiende a todo el frente financiero: bonos, mercados emergentes, commodities, propiedades. Este veterano se preguntaba si no era posible que la crisis de 2008 fuera un simple globo de ensayo de la que se viene ahora”.

“¿Pájaros de mal agüero o experimentados observadores que han visto demasiadas veces el mismo espectáculo?”, añade la BBC, que se abre a varios escenarios.

El optimista: la euforia puede indicar que el mundo ha salido de la parálisis que siguió al derrumbe de Lehman Brothers.

Pesimista o realista: el escenario actual tiene los ingredientes de toda burbuja. El crack del 29 es un ejemplo de los peligros enceguecedores del optimismo. Un año después de la brutal caída de las acciones en octubre de 1929, la euforia volvió a los mercados, que recuperaron 80% de los valores bursátiles. Poco después el valor de las acciones volvió a caer y en 1932 ocurrió el derrumbe. Los inversores perdieron hasta la ropa y la economía se hundió en un pantano. “Y lo único que salió de ese segundo capítulo de la crisis fue la II Guerra Mundial”, recordó la BBC.

Articulo de Irene selser/mileniodiario

Apocalipsis

guardiola

Cuando un jugador estornuda en el Nou Camp suben las apuestas. Hoy no sabemos quién será el peor rival del Barça durante la semana. Por mar llega el Inter, por tierra Real Madrid y por aire la Gripe A. El “Puerto del Triplete” enfrenta los próximos 7 días una invasión de magnitudes bíblicas. Mañana se juega las joyas de la corona europea vs Mourinho, que pasea por la ciudad con gabardina de Jack El Destripador. Una estampa dantesca, lleva puesto un traje para matar. Guardiola con un equipo maltratado por la brusquedad del Bilbao, espera el partido con el Tamiflu en la mano. Por primera vez desde que dirige al Barça, ganar es una cuestión de supervivencia. Al mismo tiempo, el mejor entrenador del mundo tiene la oportunidad para demostrar que su estilo es innegociable. Lo fácil sería dividir la pelota frente a Inter y al líder Real Madrid. Lo difícil y en estos casos una audacia, es jugar al futbol durante una semana apocalíptica como quiere hacerlo el Barcelona: recreándose ante la adversidad

articulo de jose ramon fernandez de quevedo;mileniodiario

Un futuro para Mexico

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II. La prosperidad

Crecer

¿Qué hacer con nuestra economía? ¿Cómo desatar la prosperidad de México? Hemos pasado décadas construyendo programas, algunos de clase mundial para combatir la pobreza. Pero ni en los años de gobierno del PAN, ni en los anteriores del PRI nuestro país ha sido capaz de crear un ciclo largo de prosperidad que cambie su ingreso per cápita de las cifras de un país subdesarrollado a las de uno desarrollado.

¿Cómo abrir el cajón de la productividad y la riqueza? Hay acuerdo entre los expertos en que sólo se vuelven prósperos los países que se lo proponen explícitamente, que alinean sus instituciones y sus decisiones para ello. No hay mucho que inventar. Para crecer mucho hay que invertir mucho y ahorrar mucho. Hay, pues, que crear condiciones atractivas para la inversión y estímulos claros para el ahorro. Esto implica cambiar la meta nacional de combatir la pobreza a la meta nacional de crear riqueza (sin abandonar lo ganado en programas para la población más desprotegida).

La única manera de crear riqueza y empleo, de elevar el peso de la masa salarial en el producto interno bruto, de fomentar la movilidad social y crear la sociedad de clase media que anhelamos, consiste en abrir la economía a la inversión y la competencia global y nacional. Se trata de quitarle a una economía que podría crecer al 5% o 6% anual todas las trabas que lo impiden: crear una efectiva economía de mercado en sustitución de la economía intervenida por monopolios, empresas dominantes, oligopolios y poderes fácticos que nos caracteriza.

Los espacios de generación de riqueza que sustentan la prosperidad de las grandes economías del mundo se hallan capturados en México por empresas públicas monopólicas, por empresas privadas dominantes y por las redes de intereses asociados a ellas: sindicatos públicos y proveedores prebendados en el ámbito estatal; cadenas de negocio y rentas oligopólicas en el orden privado.

Las capturas estatales del mercado y sus regulaciones excesivas frenan la creación de riqueza en ámbitos fundamentales como la tierra, el agua, los bosques, el subsuelo mineral, la infraestructura, la electricidad, el petróleo. Las empresas privadas dominantes, y la pobre regulación de sus prácticas abusivas, frenan la competencia en escenarios también claves como las telecomunicaciones, los medios, la banca, el transporte, la construcción, la industria alimenticia, la banca, el comercio de menudeo. Acotar prácticas monopólicas —fijación de precios, cartelización, asignación de mercados en estos ámbitos— obliga a regular más y mejor, a realizar medidas emblemáticas, y a entregarle a la sociedad civil los instrumentos de acción antimonopólica como las acciones colectivas.

Abrir la economía en el ámbito público supone la deconstrucción de los monopolios estatales en todas las esferas, y centrar el esfuerzo de crecimiento en la infraestructura (en el sentido amplio, desde aeropuertos hasta WI-MAX), que tendrá un papel decisivo en la competitividad del país. Abrir la economía en el ámbito privado supone domar a los poderes fácticos, estatales y privados, económicos, sindicales, mediáticos y políticos, mediante particiones (break-ups), regulación, transparencia, competencia, ya no sólo en el frente de los bienes comerciables, como en el Tratado de Libre Comercio, sino también en los no-comerciables, sobre todo los servicios.

Otra razón central por la que la economía no crece es porque el crecimiento de la productividad se ha desplomado, respecto a Estados Unidos y también respecto a otros países de América Latina, no digamos de Asia. El problema no es que los mexicanos trabajemos o ahorremos menos que los demás países de América Latina. El problema es que el esfuerzo de nuestro ahorro y de nuestro trabajo rinde menos que en otros países. Si no aumentamos la productividad, no vamos a recuperar el terreno perdido con respecto al resto del mundo, ni vamos a crecer a tasas cercanas al 5% o 6%.

El estancamiento de la productividad, en especial de la productividad del trabajo, es lo que deprime el crecimiento de los salarios reales y limita el peso de la masa salarial en el PIB. Parte de ese estancamiento se debe a la falta de competencia. Otra parte deriva de que México tiene un mercado de trabajo particularmente distorsionado. El mercado de trabajo en México crea muchos empleos, pero muy pocos buenos empleos. Si no se quitan las trabas a la creación de empleos productivos, la mayor competencia no se reflejará en mayor productividad laboral, mayores salarios reales y un mayor peso de éstos en la riqueza nacional. A toro pasado puede decirse que uno de los grandes errores de Nafta fue una apuesta a la que la competencia externa en los mercados de bienes y servicios, por sí sola, sería suficiente para aumentar la productividad laboral y corregir las distorsiones en el mercado laboral.

Más de dos tercios de las empresas y más del 60% de los trabajadores del país son informales. En las empresas informales casi no hay capacitación laboral, adopción de tecnologías o innovación; esas empresas tampoco acceden al crédito de la banca comercial. Sobreviven porque evaden al SAT, al IMSS, al Infonavit y a casi todos, y para hacerlo mantienen tamaños muy pequeños (90% de las empresas tienen cinco o menos trabajadores). En la informalidad la productividad se estanca. El país no va a crecer sólo con el esfuerzo de un tercio de sus empresas y menos de la mitad de sus trabajadores.

Monopolios públicos, poderes fácticos, oligopolios privados
La agenda antimonopólica debe empezar por los únicos monopolios strictu sensu que existen en la República: los estatales, en particular de energía. La crisis abre la puerta para plantear una transformación radical de estas empresas y su apertura a la inversión privada, nacional y extranjera, minoritaria en ambas, pero suficiente para sujetarlas a reglas de transparencia y contabilidad internacionales (GAAP), derechos de accionistas minoritarios, fiscalización y vigilancia asociadas a la cotización en bolsa tanto en México como vía ADRs en Nueva York. Conviene recordar que es el caso de Petrobras desde 2001, el caso latinoamericano cuyo éxito celebra el mundo y miramos pasar sin tomar nota los mexicanos. La liquidación de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro ante la evidencia de su improductividad es un paso significativo en el rumbo correcto, pero está lejos aún de la transformación que se requiere. Un problema semejante de control y descontrol monopólico se presenta en los ámbitos de la salud, donde la tríada IMSS/ISSSTE/Secretaría de Salud es prestadora de servicios de salud casi única en el país, y en la educación, donde la red estatal atiende sin evaluación rigurosa ni competencia reguladora al 85% de los alumnos de educación básica.

El segundo tema estatal de la agenda antimonopólica se refiere a la relación del Estado con sus grandes sindicatos: maestros, electricistas, petroleros, burócratas federales y estatales, universidades públicas, trabajadores de la salud. Se trata, según como se hace la cuenta, de entre cuatro y 5.5 millones de trabajadores sujetos todos a un sindicalismo monopólico al que se pertenece no por elección sino porque los sindicatos son titulares únicos del contrato de trabajo. Éste incluye la cláusula de exclusión mediante la cual el sindicato puede exigir el despido del trabajador que no quiera pertenecer a él. La autoridad —la empresa pública, la dependencia, muchas universidades— retiene las cuotas sindicales, sin consultar a los trabajadores, entregándolas a las dirigencias sindicales, que la misma autoridad reconoce y legitima con la famosa toma de nota. Una medida clave contra este sindicalismo corporativo construido con la complicidad del Estado, sería suspender la retención de cuotas por el empleador gubernamental para volver a lo básico: que sean los trabajadores quienes individual y voluntariamente aporten sus cuotas a sus sindicatos. Además de restablecer la transparencia, la libertad y la democracia sindicales, esta medida cortaría el cordón umbilical que une al gobierno con el corporativismo. De mayor calado sería el fin de la cláusula de exclusión contenida en la Ley Federal del Trabajo, con la supresión de la diferencia entre sindicatos de apartado A (industria) y B (burócratas), así como el establecimiento de elecciones transparentes y la coexistencia de sindicatos en la misma empresa, como en Chile o Francia, eliminando asimismo la toma de nota.

Las redes sindicales del Estado son bastiones de atraso político por su falta de democracia interna y por su relación clientelar con las autoridades. Más que organizaciones gremiales, son fuerzas políticas sin cuyo acuerdo es prácticamente imposible transformar su sector. Y los sectores sumados de esos sindicatos son el corazón de la economía, del empleo y de la organización social mexicana. Su capacidad de encabezar los cambios es nula pero su capacidad de impedirlos es enorme. Hay un sindicato grande resistiendo cada una de las reformas grandes que requiere el país.

En el frente político, la agenda antimonopólica debe incorporar la apertura de las elecciones a candidatos independientes como opción ante el monopolio que detentan los partidos de la expresión electoral en México. Las candidaturas independientes acotan el monopolio de las nominaciones, abriéndolas a la sociedad. Parecen particularmente viables y necesarias en el ámbito local, donde el trayecto y el prestigio de un candidato puede suplir la falta de partido y vencer sin construir grandes aparatos. Parecen más difíciles de lanzar y sostener mientras mayor es el ámbito de sus pretensiones. Más allá de que puedan ganar o no sus elecciones, la sola presencia de candidatos independientes animaría el proceso con voces frescas, menos comprometidas con partidos e intereses previos, más capaces de inducir debates creativos y refrescar viejas agendas partidarias. Uno de los ejemplos contemporáneos más interesantes en esta materia reside en el éxito (ha rozado el 20% de la intención de voto) de la candidatura independiente de Marco Enríquez-Ominami en Chile, país con una tradición partidista mucho más arraigada que la nuestra. Después de 20 años de magníficos gobiernos de la Concertación, la ciudadanía se hartó de sus integrantes, sin dejarse convencer del todo por sus opositores. Enríquez-Ominami, joven diputado socialista con apellidos de doble abolengo político, buscó inscribirse en las primarias de la coalición de centro-izquierda; no lo dejaron, pero la ley chilena sí permite las candidaturas sin partido. Consiguió las firmas, y ha puesto en aprietos a la propia Concertación.

Desde el punto de vista empresarial, México es un país de cientos de miles de pequeñas empresas y un puñado de imperios corporativos con un dominio casi completo de su sector. Algunos de estos imperios son públicos, otros son privados. La propiedad no es lo esencial. El problema es la falta de competencia y de alternativas. El viejo sistema sobrevive perfectamente con empresas dominantes públicas o privadas. El grado de concentración del capital y de la actividad económica son elevados. Las 500 empresas mayores tienen ventas equivalentes al 80% del producto interno bruto. (En Estados Unidos, de acuerdo con Fortune, las 500 empresas más grandes en 2006 contribuyeron al 73.4% del PIB.) No hay espacio para nuevos tiradores. Lo dijo The Economist hace tres años: importar cemento, generar electricidad, buscar petróleo, poner una telefónica, abrir una tercera cadena de televisión o crear un banco competitivo (no vinculado a otra megaempresa) es prácticamente imposible en México.

Nadie se llama a engaño: no hay economía de mercado sin concentración del capital. Los marcos regulatorios, por rigurosos que sean, siempre son insuficientes. Si se quiere ir a la economía de mercado hay que ir también a la regulación del mercado. El reto fundamental en esta materia es dotar de autonomía y poderes a los entes regulatorios, empezando por la Comisión Federal de Competencia (Cofeco), para que ejerzan con efectividad sus funciones. Se requieren instituciones reguladoras con dientes, capaces de iniciar acciones legales con sus investigaciones a través de la Procuraduría General de la República.

El poder de los entes regulatorios debe incluir toda la gama de facultades y sanciones para acotar las prácticas monopólicas, pero no serán verdaderas autoridades mientras no tengan la facultad de plantear la partición de empresas dominantes para garantizar el reinicio de la competencia en los distintos sectores, como ha sucedido en distintos momentos en Francia, Alemania y Estados Unidos, o de abrir la entrada de nuevos actores en mercados cerrados en los hechos. La partición de empresas con presencia excesiva en el mercado es parte de la historia del capitalismo mundial, empezando con el desmantelamiento de la Standard Oil de John D. Rockefeller en 1911 en Estados Unidos, gracias a la Ley Sherman antitrust. No tendría por qué no ser un expediente de la protección de la competencia en México, donde distintas empresas controlan porcentajes muy altos de su mercado. La telefonía fija tiene una concentración del 81.4%, la telefonía móvil del 74%, las audiencias televisivas de 68%, la producción del cemento de 49%, el comercio al menudeo de 54%, la de harina de maíz industrializada de 93%, la industria cervecera de 62%. Tres bancos concentran el 61.4% del mercado.

La regulación fuerte y con sentido debe desplazar a la regulación torpe que no lo tiene. El Estado debe desmontar draconianamente la gigantesca red de regulaciones que ha construido en estos años, la maraña de trámites que hacen que el tiempo promedio de apertura de un negocio en México sea de 57 días mientras en Canadá es de máximo tres y en Estados Unidos de cuatro.

Sólo una economía de mercado fuerte, abierta, competitiva, antimonopólica, podrá crear la riqueza y los empleos que prometen huecamente candidatos y gobiernos; sólo una economía pujante y en crecimiento podrá dar a la mayoría de los mexicanos la cosa simple y fundamental que buscan y por la cual emigran por millones de sus pueblos a las ciudades y de su país al norte: un empleo con qué ganarse la vida, una oportunidad de mejora para él y su familia. Conviene subrayarlo: la masa salarial como parte del PIB no sólo no ha crecido, sino que ha descendido en los últimos 30 años: en 1980 se encontraba en 39%; hoy se ubica en 30%, sin duda en parte debido a la informalización del empleo, pero también al magro crecimiento formal.

Productividad, inversión y ahorro son las palancas de la creación de riqueza. Pero hay poco dinero de inversión en el mundo y no se concentra en México. México debe abrir sus negocios monopólicos y oligopólicos a la inversión de dentro y sobre todo de fuera de su territorio. Nada de esto es posible si el país no se va convenciendo de cuál es su lugar en el mundo, para que estos cambios y otros se anclen en el orden internacional y obtengan a la vez apoyo internacional. México no podrá arraigar sus reformas adentro y recibir apoyo de afuera, mientras no resuelva de qué afuera se trata.

nexos.com.mx

(continuara)

Un futuro para Mexico

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México debe romper con su pasado y mirar al futuro, nos dicen Jorge G. Castañeda y Héctor Aguilar Camín en este ensayo penetrante y provocativo sobre el momento de irresolución que vive el país. Atado a sus mitos, no toma un rumbo claro; joven en su democracia, duda en dar los pasos necesarios. Se agita sin moverse, discute sin decidir. Los problemas están a la vista, y el futuro, más cerca de lo que parece. La disyuntiva es clara: o lo abrazamos con fuerza o iremos hacia atrás

Lo que importa son las emociones subyacentes, la música de la que las ideas no son sino un libreto, a menudo de calidad muy inferior; y una vez que las emociones bajan, las ideas se secan, se vuelven doctrina, cuando no inocuos clichés. Cada época y cada país tiene su leyenda consentida, y regresa a ella en las buenas y en las malas.

Lewis Namier


I. El peso del pasado

México es preso de su historia. Ideas, sentimientos e intereses heredados le impiden moverse con rapidez al lugar que anhelan sus ciudadanos. La historia acumulada en la cabeza y en los sentimientos de la nación —en sus leyes, en sus instituciones, en sus hábitos y fantasías— obstruye su camino al futuro. Se ha dicho famosamente que los políticos suelen ser reos de las ideas de algún economista muerto. La vida pública de México es presa de las decisiones de algunos de sus presidentes muertos: esa herencia política de estatismo y corporativismo que llamamos “nacionalismo revolucionario”, al que una eficaz pedagogía pública volvió algo parecido a la identidad nacional, bajo el amparo de una sigla mítica —el PRI— que es a la vez un partido hoy minoritario, y una cultura política mayoritaria.

Esa herencia incluye tradiciones indesafiables: nacionalismo energético, congelación de la propiedad de la tierra y de las playas, sindicalismo monopólico, legalidad negociada, dirigismo estatal, “soberanismo” defensivo, corrupción consuetudinaria, patrimonialismo burocrático. Son soluciones y vicios que el país adquirió en distintos momentos de su historia: un coctel de otro tiempo, bien plantado en la conciencia publica, que se resiste a abandonar la escena, encarnado como está en hábitos públicos, intereses económicos y clientelas políticas que repiten viejas fórmulas porque defienden viejos intereses.

México ha perdido el paso: camina despacio, sobre todo en palacio. Parece un país de instituciones débiles, desdibujado en su identidad internacional: un gigante dormido, que luego se agita sin poderse mover. Los países, como las personas, necesitan identidad y propósito, un rumbo deseable: música de futuro. México ha perdido la tonada de la Revolución que le dio sentido simbólico y cohesión nacional durante décadas. El tiempo, los abusos, las crisis económicas limaron al punto de burla la narrativa de notas revolucionarias que durante las décadas de la hegemonía priista gobernó las creencias del país. Según aquella extensa partitura, el país venía de una gesta revolucionaria cuyos propósitos de democracia y justicia social seguían cumpliéndose siete décadas después de iniciado el movimiento que supuestamente constituía su origen. No había democracia ni justicia social, pero había una épica oficial que le daba sentido o legitimidad incluso a las aberraciones del régimen. Lemas y credos elementales de aquella narrativa siguen siendo la región límbica de la cultura política del país, un repertorio instintivo de certezas, propuestas y nostalgias públicas presente en la mayoría de los políticos profesionales, no sólo en los priistas.

Apenas había empezado la obertura que sustituiría al nacionalismo revolucionario, el salto a la modernidad de los noventa, cuando la triste trilogía del año 1994 —rebelión, magnicidios, crisis económica— destruyó la credibilidad del nuevo libreto. La democracia se quedó dueña de la escena. Fue un buen espectáculo rector que alcanzó su clímax en la alternancia del año 2000, pero a partir de entonces la escena empezó a quedarle grande. Nueve años después, la democracia parece una diva a la que se le terminaron los trucos. El puro libreto de la democracia, por naturaleza discordante, no basta para darle al país la narrativa de futuro que necesita.

Las elecciones de 2000 y 2006 hubieran podido constituir poderosas plumas para escribir esa nueva narrativa; se quedaron en referendos para evitar “males mayores”: la permanencia del PRI en la casa presidencial, y la llegada a ella de un candidato descrito como un peligro para México. El PRI salió de Los Pinos pero no del alma de México. Las estrategias vencedoras sirvieron para ganar, no para gobernar.

México ha pasado del autoritarismo irresponsable a la democracia improductiva, de la hegemonía de un partido a la fragmentación partidaria, del estatismo deficitario al mercantilismo oligárquico, de las reglas y los poderes no escritos de gobierno al imperio de los poderes fácticos, de la corrupción a la antigüita a la corrupción aggiornata. Es la hora del desencanto con la democracia por sus pobres resultados. Preocupa en la democracia mexicana la resignación que impone a sus gobiernos, el triunfo del reino de lo posible como sinónimo de estancamiento, incertidumbre, falta de rumbo nacional. Un país, se diría, al que le sobra pasado y le falta futuro. Hasta su discurso de septiembre pasado, en su famoso decálogo de intenciones de cambio, la única línea de futuro deseable lanzada desde el gobierno actual ha sido la lucha decidida y necesaria contra el crimen organizado. Produjo en buena parte la popularidad del presidente, pero no de su gobierno ni de su partido. Hace falta algo más que eso para sacar al país de su estancamiento anímico y político. Es necesaria una nueva épica nacional cuyo eje no puede ser sino el bienestar de las mayorías, la promesa de seguridad, empleo, educación, salud, movilidad y seguridad social: un horizonte de modernidad que ampare el surgimiento de sólidas y mayoritarias clases medias. Urge una épica de prosperidad, democracia y equidad, que no está trazada con claridad en ninguna parte.

México necesita salir de su pasado. Puede hacerlo por la vía democrática convirtiendo las elecciones de 2012, desde hoy, en un referendo sobre el futuro. Lo que sigue es una propuesta de futuro para ser debatida, ojalá vuelta programa y votada en 2012, de modo que las elecciones de ese año no sean sólo sobre personas y partidos, sino también sobre el país próspero, equitativo y democrático que quieren los mexicanos: una sociedad de clase media que se parezca, como una gota de agua, a las demás.

Para ponerse en ese camino, deben tomarse cuatro decisiones estratégicas: 1. Asumir los cambios que requiere la economía para crecer; 2. Decidir el lugar que se quiere ocupar en el mundo; 3. Universalizar los derechos y garantías sociales necesarios para construir una sociedad equitativa, donde más de las dos terceras partes de la misma vivan más o menos igual; 4. Hacer productiva la democracia mediante reformas institucionales que garanticen la seguridad de los ciudadanos y la fluidez de los cambios que requiere el país.

No tratamos de convencer sino de hablar claro para movilizar a la sociedad civil y a las elites nacionales —empresariales, sindicales, intelectuales, religiosas, tecnocráticas, y hasta políticas— para debatir estas ideas y cómo deben acompasarse y encadenarse, para formar un todo complejo, audaz y armonioso. De responder los partidos y candidatos a las preguntas pertinentes, el 2012 se transformará en un referendo sobre el programa del futuro. Nuestras respuestas preliminares, tentativas e incompletas, no constituyen una lista de buenos deseos. Obedecen a una coherencia interna cuya secuencia es la siguiente:

Para construir la sociedad de clase media que queremos, hay que crecer. Para crecer, hay que liberar la excepcional y legendaria vitalidad de la sociedad mexicana, quitándole los candados impuestos por la concentración de poderes fácticos de toda índole. Para obtener los recursos, las oportunidades y los mercados necesarios para desmantelar el viejo corporativismo mexicano hay que insertarse con ventaja en el mundo. Para asegurar que el crecimiento consiguiente se distribuya mejor que antes, hay que construir una red de protección social del siglo XXI para todos los mexicanos, y ofrecer una educación del siglo XXI para los niños y jóvenes. Para brindar a todos la seguridad pública sin la cual toda protección social es ilusa, hay que construir los aparatos de seguridad pertinentes. Y para tomar todas estas decisiones, hay que dotarnos de instituciones que permitan tomarlas.

La base social que aspira a mover esta agenda es clara: la creciente clase media mexicana, vieja y nueva, que requiere desesperadamente un horizonte de expansión. Las condiciones políticas para poner en práctica esas ideas son también claras: la existencia de una coalición que en el 2012 pueda identificarse con esta agenda, la plantee con transparencia al electorado, y lo convenza de ello. Sobre advertencia no habrá engaño, ni malentendidos: se ganará o se perderá para algo, no sólo porque sí.

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(continuara)

El presupuesto de Herodes

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A mí francamente me da igual si el PAN está muy ofendido con el PRI por el tema del presupuesto, si los gobernadores del PRI son una mafia o si la Ciudad de México va a ser el patito feo del proximo año.

Lo que quiero es que este país funcione, que todos volvamos a vivir en paz y que usted y yo progresemos.

Tan barato es este asunto del presupuesto como la manera como la mayoría de los medios de comunicación la han manejado.

Por un lado está el amarradero de navajas entre la figura del Presidente de la República, los diputados y los senadores, como si se tratara de enemigos.

Si Felipe Calderón dice una cosa, vamos con los diputados que no son del PAN para ver qué opinan. ¡Por supuesto que van a decir una barbaridad! ¡Son de otros partidos!

Y si no la dicen, los reporteros, o los obligan a decirla o les arman pleito con los miembros de su partido por traidores. Cualquier parecido con un chisme del TV Notas es mera coincidencia.

No, pero espérese. Esto es nada más por un lado. Por el otro, si en un mismo partido se da el debate, ¡ah, no!, es un partido que se está desmembrando.

Vamos a confrontar a los que piensan diferente y platiquemos con personalidades de otros partidos para que entre todos se acaben de hundir.

Si los gobernadores se benefician: malditos gobernadores, están bloqueando al presidente. Si el presidente se sale con la suya: maldito presidente, está poniéndole obstáculos a los gobernadores.

Si los políticos despilfarran, son malos porque despilfarran. Si no, son malos porque no están a la altura de los políticos de otros países.

El caso es que México siempre es tierra de nadie, ninguna de nuestras instituciones vale la pena, todos nuestros partidos son un asco y que Dios nos agarre confesados porque cada año es peor.

No sé usted pero yo ya me cansé. ¿Cuál es la idea? ¿Informar? ¿Escandalizar? ¿Juzgar? ¿Jugar?

Hagamos memoria. ¿Cuántas veces, en años anteriores, fáciles o difíciles, usted se enteraba a detalle de la administración del presupuesto anual de egresos de la Federación?

¿Cuántas veces, durante la administración de estos recursos, usted escuchaba tantas versiones tan encontradas sobre este tema y se alegraba, se enojaba, se asustaba o se deprimía?

¿Le pasó con López Portillo? ¿Le pasó con Miguel de la Madrid, con Carlos Salinas de Gortari, con Ernesto Zedillo o con Vicente Fox?

¿Y qué sucedió? ¿Se acabó el mundo? ¿Los estados dejaron de tener dinero? ¿La Federación colapsó? ¿Terminó la pobreza? ¿Murieron las universidades?

Lo que está pasando es un abuso. Sí. ¿Y cuándo no ha sido así? ¿Y cuándo la totalidad de las partes han estado de acuerdo con el manejo del presupuesto federal? ¿Cuándo?

Es una bendición que usted y yo tengamos acceso a tanta información en este momento histórico pero yo creo que, a ambos lados de los medios, tenemos que aprender a manejar este cúmulo de palabras, imágenes y sonidos.

¿Por qué? Porque nada más estamos haciendo corajes, nada más nos estamos quedando con las emociones. Está pasando todo, pero no está pasando nada.

Se habla mucho de que urge hacer reformas estructurales en el gobierno, en los partidos, en los negocios y en la vida. Pero, ¿y en los medios?

El periodismo a estas alturas del siglo XXI no se puede seguir manejando como se manejaba hace 15, 30 o 100 años. Aunque hay muchas cosas que parecen no haber cambiado, vivimos en otra realidad.

Y sí, así como la medicina siempre será la medicina, el periodismo siempre será el periodismo, pero yo creo que los mecanismos a través de los cuales se eligen y se comparten las notas se tienen que modificar.

¿Para qué? Para que provoquen algo más que un berrinche, para que vuelvan al origen de todo esto que es darle herramientas a un público para que sepa cómo moverse, para que pueda tomar mejores decisiones, para que pueda vivir mejor.

¿Qué herramientas ha obtenido usted últimamente de todo lo que ha visto en los medios tradicionales o no tradicionales?

¿De qué le ha servido, por ejemplo, el manejo informativo que se le ha dado a la administración del presupuesto federal del próximo año?

¿Se imagina lo diferente que hubiera sido todo si esta nota se hubiera manejado de otra manera? La pregunta es: cuál. ¿De qué otra manera?

Ahí está el reto. En encontrar nuevas maneras.

articulodealvarocueva/mileniodiario

Ciudadanos hartos

dubon

El ánimo nacional anda en horas bajas. Los mexicanos sobrellevamos una especie de gran depresión colectiva que se expresa en casi todos los ámbitos. Algunos espíritus sagaces denuncian el perverso regocijo que parecemos encontrar en la desgracia y quieren combatir, así, nuestra machacona reiteración de lo negativo. Es cierto: muchos de nosotros nos hemos convertido en auténticos agoreros del desastre y nos solazamos, con una oscura fascinación, en guardar un estado de disonancia permanente: nada está bien; nada se hace bien; el futuro es tan negro como las falencias del presente; el país va a la deriva; peor aún, México no tiene remedio.

Hay fundamento, encima, para este desánimo. Se sustenta no sólo en las frustraciones diarias y las adversidades sino en la constatación, paralela, de que nadie está haciendo nada por detener la caída al precipicio. Cualquier comentarista de la radio puede recitarnos, por la mañana, la aterradora cifra de los muertos en la batalla contra el crimen organizado o el cotidiano rosario de calamidades económicas, pero lo peor es que las malas noticias se enmarcan, siempre, en la inevitable reseña de las rebatiñas que protagoniza una clase política completamente disociada de los ciudadanos.

Cada día que pasa somos más corruptos, más pobres, más ignorantes y más incivilizados. Y, al mismo tiempo, cada día que pasa es una jornada perdida en el camino hacia un cambio que le urge a la nación y del que nadie se quiere responsabilizar realmente. Somos, así, menos competitivos que ayer, menos atractivos para la inversión extranjera, menos soberanos (muy pronto, tendremos que importar petróleo crudo, por no hablar de las gasolinas y los petroquímicos), menos modernos y menos seguros.

Las soluciones han sido planteadas de mil maneras. Para mayores señas, lean ustedes los ensayos que publica, este mes, la revista Nexos. Y pongan mucha atención, sobre todo, a otras advertencias que han lanzado personalidades de diferentes proveniencias como Macario Schettino, Jorge G. Castañeda, Jean Meyer, Enrique Krauze, Soledad Loaeza o Roger Bartra (por ahí, a este país no le vendría mal que lo gobernaran algunos intelectuales). El problema es que estas voces no encuentran un eco en los centros del poder. Pero tampoco son escuchados nuestros clamores de gente común cuando expresamos, por ejemplo, que ya no estamos de acuerdo con que en la Cámara Baja se apoltronen medio millar de diputados, que no queremos que los partidos políticos reciban tanto dinero, ni que las campañas electorales sean tan largas, ni que se gasten los fondos públicos de manera tan irresponsable y estúpida, etcétera, etcétera.

¿Nos escuchan, ellos, los que tienen en sus manos el poder de cambiar las cosas? No. Luego entonces ¿qué podemos hacer?

Esta pregunta nos confronta, de manera automática, con la exigencia, dirigida a nosotros los ciudadanos de a pie, de que seamos quienes propiciemos el cambio a través de una mayor participación en los asuntos públicos, una mayor conciencia de nuestros derechos y, desde luego, una mayor responsabilidad personal. Muy bien, me parece un programa muy excitante. La primerísima dificultad, sin embargo, es que estos esfuerzos de individuo virtuoso significan una carga desmedida para una persona particular. No basta, por lo que parece, con llevar una vida de bien sino que se nos exige la condición privilegiada del héroe. Miren ustedes: conozco a ciudadanos absolutamente ejemplares: honrados, cumplidores, respetuosos y trabajadores. ¿Y? Pues, que estas bondades no les sirven para maldita cosa. Al contrario: se someten a las durezas de la burocracia y pierden días enteros en un trámite cuando bastaba con untar la mano del empleado extorsionador; o llega un “inspector” y les clausura arbitrariamente el changarro por no ceder al chantaje. Un sistema podrido no premia a los justos. ¿Dónde están, entonces, los que van a cambiar las cosas “desde la base”? ¿Acaso cada individuo debe tener el temple y la heroica tenacidad de un señor Gallo, ése que llevó, por cuenta propia, a los asesinos de su hija ante la justicia? ¿Todas las mexicanas deben poseer la férrea voluntad y la valentía de la señora Wallace? ¿No hay lugar para que el Estado nos brinde seguridad, justicia y educación a partir de nuestra simple circunstancia de personas comunes y corrientes? Dicho en otras palabras ¿no bastaba con votar para que nos rindieran cuentas y dieran resultados?

Sí, ya votamos. Pero nadie nos escucha. Es perfectamente natural, entonces, que estemos hartos y descontentos.

Articulo de Roman Revueltas/mileniodiario.com/pintura de Lus G. Dubon

Que nadie se sorprenda

estallido

Han pasado ya unos días desde la aprobación de uno de los paquetes económicos más lesivos para el pueblo mexicano y, lamentablemente, las consecuencias lógicas han comenzado a sentirse con mayor intensidad.

El presupuesto es el resultado de una lastimosa política económica gubernamental que los talentosos especialistas de la administración de Felipe Calderón, coludidos con los no menos inteligentes legisladores, ven como la única solución para remendar, en lo inmediato, su falta de perspectivas para sacar al país de la más grave crisis por la que se ha atravesado desde hace varias décadas.

Porque no hay que ser un genio para darse cuenta de que hay un ánimo pusilánime en las altas esferas políticas para enfrentar y tratar de encontrar soluciones de fondo a esta recesión que se ahondará en 2010.

No hay que ser especialista para entender que las políticas puramente recaudatorias, aun cuando desahoguen un poco las mermadas arcas gubernamentales, tienden claramente a estrangular a la población, cuyas clase media y media baja están cada vez más jodidas, pues en ellas se apoya totalmente el aparato del Estado para sostener sus conocidos excesos y su aparatosa y cara estructura.

Por eso no es de sorprender que haya muchas voces que advierten sobre las posibilidades de un estallido social en México. Por más que desde el gobierno haya una campaña mediática en la que se asegura que todo mejorará y que 2010 será un año de recuperación, la verdad dista mucho de ser tan prometedora.

Hasta Cuauhtémoc Cárdenas salió ya a decir que no hay riesgo de estallido social. La pregunta es con qué autoridad moral, Cárdenas puede afirmar eso, cuando es bien sabido que el ingeniero, desde su penthouse de Polanco, no tiene el pulso ni el conocimiento de la amplia mayoría que va malviviendo al día.

A quienes hay que escuchar ya han hablado y coinciden en lo mismo, estamos a un tris de entrar en un torbellino cuya única salida es el estallido social.

Tampoco se trata de hacer conjeturas abstractas, el tema está de sobra documentado por historiadores y sociólogos que conocen perfectamente los síntomas, y cual médicos saben que si no se aplican los medicamentos adecuados, la infección no se detendrá y hará que el paciente caiga gravemente enfermo, sobre todo cuando el especialista que lo atiende no está capacitado para entender la naturaleza de la enfermedad, y mucho menos para recetar el fármaco adecuado para curarlo.

Hasta ahora han hecho oídos sordos de las repetidas advertencias que la Iglesia ha lanzado en este sentido, y si hay alguien autorizado para hablar del tema son los ministros de culto, por su cercanía con los ciudadanos más vulnerables. Y qué decir del rector de la UNAM, José Narro, quien terció sobre este tema, y hasta el mismo titular de la Sedesol, Ernesto Cordero, quien tuvo un resbalón y saliendo del discurso oficial reconoció que la posibilidad de un estallido es “un tema que preocupa a todos los gobiernos”.

Así que si todo sigue igual, con las ineptitudes políticas y económicas de costumbre, nadie debe sorprenderse ante la cada vez más desoladora posibilidad de un estallido social en serio.

articulo de Francisco Garduño/mileniodiario

Insostenible

Vaca3

Parece haberse extinguido la especie de los científicos, periodistas e incluso primos que negaban el cambio climático. Ahora estamos en la fase de las grandes alternativas: “No niegues nada, pero no hagas nada”. Muchos de los antiguos negacionistas se dedican a la difusión entusiasta de “falsos amigos” lingüísticos, tan nocivos como los gases de efecto invernadero. Cuando te hablan de “crecimiento sostenible” hay que traducirlo ya por “crecimiento simultáneo”, una de las teorías mágicas del neoliberalismo: cómo incrementar el negocio aumentando y disminuyendo a un tiempo las emisiones. Ahí entra el truco del mercado de carbono, ese cambalache llamado también comercio de emisiones. Puede comprarse el derecho a la contaminación sostenible. Esa parece ser la componenda, ensayada en el pacto de Kyoto, que quieren desenvolver las grandes corporaciones y gobiernos timoratos. Otra estafa del capitalismo mágico es equiparar lo desigual. Para entendernos, el as Camps y la copiloto Barberá podrían adquirir los derechos anuales de emisión de metano de una honrada vaca cántabra para poder soltar sospechosos gases efusivos por el tubo del flamante Ferrari. El escritor Flaubert confesó en una carta al ruso Turgueniev: “Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda no deja de golpear sus muros, y amenaza con tirarla abajo”. En lugar de inquietarse, hay magnates que desde la altura de la torre de marfil, se frotan las manos ante semejante marea. Empiezas por el comercio de gases de invernadero, y acabas creando un mercado internacional de escrúpulos. Mientras el lobby nuclear refuerza su campaña, vendiéndonos la nueva generación de reactores como fábricas de chocolate, en puntos de la costa italiana se van descubriendo barcos cargados de residuos radiactivos y hundidos por los servicios de limpieza de la mafia. Cuanto más cara sea la mierda, más negocio. Es la criminalidad sostenible.

Articulo de Manuel Rivas/elpais.es