Verguenza nacional

CORRUPCION_DESBORDADA

En este articulo,  Antonio Gala se queja amargamente del lugar que ocupa España en la lista que publico Transparencia internacional, sobre la corrupcion. Como nos sentiremos los mexicanos…………………

TRANSPARENCY International ha presentado el Índice de Percepción de la Corrupción del 2009. Somalia resulta ser, aparte de otras aproximaciones atuneras, el país más corrupto del mundo. Pero lo más triste es que España, de los 180 investigados, es el 32, y de los 30 europeos, el 18: a la altura de Israel (dudosa compañía) y por debajo de Estonia, Eslovenia y Chipre, pequeños pero honrados. ¿No se nos caerá la cara de vergüenza? ¿Es sólo cuestión política o algo de nacimiento? ¿Tendremos que enrojecer todos (un poco sí que nos convendría) por la vergüenza de unos cuantos miles? ¿Hasta cuándo se va a culpar a la crisis de todos los delitos económicos, latrocinios y cuchipandas? ¿Quedará impune tanta delincuencia, tantos munícipes, tantos santitos, tantos administradores putrefactos, tantos hijos de puta? ¿No envidiaremos a Nueva Zelanda y Dinamarca, los menos corruptos? Yo sí desde luego. Y espero que unos cuantos millones más. ¿Por qué entonces no tirar por la borda a los otros? Que cada cual señale y acuse a los más próximos.

Articulo de Antonio Gala/elmundo.es

Tarde o temprano

José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco ama el cambio perpetuo y trata de variar segundo a segundo para que la vida no sea una piedra. Está dispuesto, además, a morir por 10 lugares, varias personas y tres o cuatro ríos de México. Ganó ayer el Premio Cervantes porque ha narrado esas pasiones y la crónica de medio siglo en un español puro, de resonancia universal, con un sillón en la academia y otro en el medio de la calle.

Su obra, unas 800 páginas recogidas por el Fondo de Cultura Económica, incluye novelas, cuentos, ensayos, traducciones, periodismo, trabajos de edición y poesía.

Este último José Emilio, el poeta, fue el primero en aparecer en Hispanoamérica, en los años 50. Hoy, en una revista, mañana, en un suplemento literario, integrado en una misma banda de jóvenes inéditos que se llamaban Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, Salvador Elizondo, Sergio Galindo, Eduardo Elizalde, Juan Vicente Melo, Vicente Leñero y Juan García Ponce.

Ese fue el que, ya en en la década de los 60, tenía que estar en todas las antologías de México y del continente, aunque él anduviera por Estados Unidos, Inglaterra y España en el planeta disperso de las universidades en un proceso que resultó decisivo para su formación como hombre de letras.

En Buenos Aires y Lima, en Bogotá y en La Habana, en Santiago y Montevideo, se hablaba de la poesía de José Emilio Pacheco. Se conocían sus versos y se admiraban porque estaban hechos con el dominio de las formas clásicas y modernas, permitían que se tocara la emoción, y la lucidez y la inteligencia del autor se quedaban detrás del poema sin estropear la ilusión o el sueño.

Nadie quiere secuestrar a Pacheco como representante exclusivo de la sociedad internacional de poetas, versificadores y sus anexos. El mexicano, a mi modo de ver, sin quitarse del todo el traje de poeta, tiene una obra importante en otros dominios. En la franja de las novelas y los cuentos, un hombre como Fernando del Paso, opina que Pacheco es «un gran prosista que representa la mexicanidad».

Es un experto en Jorge Luis Borges, traductor de Oscar Wilde y de Tennessee Williams, especialista en literatura mexicana del siglo XIX y autor de una columna periodística legendaria que se llama Inventario. Tiene abierto en la tierra un expediente de persona buena y humilde, pero eso no valoran los jurados.

En las carpetas de quienes examinaron las candidaturas, donde estaban también Ricardo Piglia y Nicanor Parra, tiene que haber tenido una fuerza particular la revisión de los poemas reflexivos, amargos, irónicos, a veces tristes, que aparecen en libros como Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Los trabajos del mar y Siglo pasado.

El Cervantes, ya lo dijo Juan Gelman, ayuda pero no escribe por uno. Pacheco, su vecino en el Distrito Federal, lo sabe bien. Anunció que tiene en una gaveta una novela sobre la Revolución Mexicana, pero que no la terminará ahora porque viene el centenario y lo acusarían de oportunismo.

Guarda otras historias que sacará poco a poco. No se va a dejar vencer por los premios y los homenajes un hombre que vivió y registró en su literatura asuntos muy graves de su país y del mundo, y lo hizo siempre -sobre todo en la poesía- entregado a la fiesta sobrecogedora de la creación.

Estoy seguro que en México y en otros puntos de América se celebra este premio como en la casa de José Emilio. No importa que sea verdad que haya cumplido 70 años y que le den ahora el premio Cervantes. Allá se le va a querer siempre como el jovenazo afable y prometedor, de lentes, que iba a todas partes con unas chamarretas rústicas y azules.

El poeta que escribiría: «A mí sólo me importa/ el testimonio/ del momento que pasa/ las palabras/ que dicta en su fluir/ el tiempo en vuelo».

Articulo de Raul Rivero/elmundo.es

No a los de mayoria

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Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales…

Desde hace meses se discute públicamente la posibilidad, para algunos la necesidad, de reducir el número de curules en ambas cámaras legislativas. La idea de quienes sostienen tal iniciativa es la de ahorrar dinero en el gasto público.

Digamos de entrada que tal propuesta es del todo cándida. Aun suprimiendo todas las curules, el ahorro logrado sería insignificante frente a la magnitud del déficit público. Son escalas diferentes. Mientras que el primero se mide en cientos de millones de pesos, el segundo es del orden de cientos de miles de millones.

En nombre de tan altruista plan de ahorro nacional hay quienes se inclinan por suprimir a las diputaciones plurinominales, es decir, en la Cámara de Diputados, 200 curules. Valiente ahorro. Ya me dirá usted. Pero las cosas son bastante más graves y atañen la médula misma del ejercicio y de la estructura democráticos.

“No a los plurinominales”: he ahí una consigna que se va abriendo camino y que nuestro periódico alberga, a través de Pedro Ferriz de Con, de manera destacada. Yo sostengo exactamente lo contrario: sí a los plurinominales y únicamente a los plurinominales. No a los diputados de mayoría. Tan clarito como eso.

Ya dije mi conclusión. Ahora, en reversa, me toca explicarla. La introducción relativamente reciente de las diputaciones plurinominales tuvo la intención de corregir un vicio flagrante en el sistema hasta entonces imperante, según el cual, si un candidato ganaba su distrito con 51% de los votos y su oponente obtenía 49%, ése 49 iba directamente a la basura y sus votantes no obtenían ningún tipo de representación parlamentaria.

Póngase pilas y piénselo así: suponga que hay tres distritos, A, B y C, cada uno con 100 electores, y que hay dos partidos: el RIP y el NAP. El distrito A lo gana el RIP 51 a 49 votos, en el B también gana el RIP, 51 a 49. En cambio el C lo gana el NAP 99 a 1. De esta manera, según el antiguo sistema de representación mayoritaria única, y al que no pocos quieren regresar hoy, el RIP obtiene dos diputados y el NAP uno solo. Pero resulta que el RIP obtuvo en total 51+51+1=103 votos, mientras que el NAP, con la mitad de diputados, obtuvo 49+49+99=197 votos, ¡Casi el doble que el partido “ganador”!

Es contra esta aberración de la aritmética democrática que se instauraron las diputaciones plurinominales. La idea es que la composición de las cámaras refleje de manera más fiel y justa la distribución de la opinión popular. Lo que pasa es que se hizo mal. Se quiso mantener, a toda costa, la figura del diputado por “mayoría relativa” y se conservó la circunscripción, por encima de los distritos y de los estados. Un galimatías inextricable.

Los diputados plurinominales vinieron a ser de consolación, un poco de segunda, digamos; aunque tienen los mismos derechos, obligaciones y dietas que los de mayoría. Se llegó a la paradoja de que el camino más corto hacia San Lázaro pasaba por las listas plurinominales, sobre todo en los primeros lugares. Y era común que el diputado por mayoría perdiera la elección, pero uno o más de sus correligionarios ingresaran a la cámara como plurinominales.

Para la asignación de estos últimos se ideó un esquema absolutamente incomprensible para el ciudadano de a pie: que si los restos mayores y los restos menores, que si las cuotas asignadas permitían el número de plurinominales realmente obtenido o había que reducirlo debido al número “excesivo” de diputados de mayoría conquistados. Total, un berenjenal del que era imposible salir bien librado. Sólo apto para “técnicos” hiperespecializados. El resto de los mortales no tenemos más remedio que leer y acatar los resultados que nos son dictados.

La supresión de los plurinominales ciertamente suprime de tajo todo este merequetengue, y el misterio de la asignación se difumina, pero se cae en la paradoja inaceptable de hace rato, la de los tres distritos. Además, al haber una sola curul en juego por distrito, la lucha dentro de cada formación por obtenerla se convertiría en una auténtica carnicería, y los cambios de camiseta se darían al por mayor. Si de por sí.

La única solución razonable es, entonces, la de suprimir los diputados de mayoría. A cada sección electoral, sean distritos, estados o circunscripciones, se le asigna un cierto número de curules, proporcional al número de habitantes, y de tal manera que la suma de todas sea el número ideal de diputados. En cada una de estas secciones, cada uno de los partidos presenta una lista, una planilla, por la que votarán los electores.

Serán diputados los primeros de la lista, en número proporcional a los votos obtenidos. Tan sencillo como eso. Se acabaron los misterios y los enredos. Queda por determinar cómo evaluar los porcentajes. Cómo pasar de los números fraccionarios de éstos a los enteros de los candidatos. Es sencillo, por ejemplo, mediante la regla de Hont. Pero tendré que explicársela la próxima semana.

De momento, de manera contundente: Sí a los plurinominales.

Articulo de Marcelino Perello/exonline.com

Ni modo

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Felipe Calderón cumple mañana medio sexenio en la Presidencia de la República, mismo de ninguneo al noticiero de radio con más auditorio en el país.

Con una sola excepción el 4 de diciembre de 2007, la oficina de prensa de Los Pinos ha ignorado las solicitudes de entrevista presentadas formalmente durante estos tres años sin merecer siquiera un acuse de recibo.

La extraña actitud ante un informativo independiente va más allá del caso aislado para reflejar, eso es lo trascendente, una actitud del jefe del Poder Ejecutivo ante los medios. Cualquier ciudadano es libre de aceptar o rechazar un encuentro con determinado periodista. Pero el señor Calderón no es cualquier ciudadano, es quien ostenta el cargo de Presidente, aunque a veces se olvide de eso, y debe actuar como tal y recordar que lo que es parejo no es chipotudo.

Desde el año pasado, mes tras mes, la empresa Ibope y trimestralmente la agencia Ipsos Bimsa coinciden en ubicar al noticiero De 1 A 3, de Radio Centro, como el más oído en la República, triplicando una de ellas el número de oyentes del colocado en segundo lugar. El fenómeno atrajo hacia la faja horaria del mediodía el público que hacía de la del desayuno la de mayor rating, cambiando una costumbre que duró 80 años.

Este nivel de auditorio se ha logrado a pesar (aunque algún perverso piense que precisamente por eso) de la ausencia de entrevistas presidenciales. El programa privilegia a taxistas, a escritores, a actores sin presupuesto, a quejosos sin tribuna, a mexicanos marginados de los medios electrónicos de comunicación. Se prefiere la queja de un paria al autoelogio del poderoso, sea político, rico o famoso. No está en la puja por el que decide y ordena, no tiene agencia de relaciones públicas, ni revista cultural, ni oficina de asesoría política, ni vende su espacio disfrazándolo de noticia para facturar servicios.

Entonces, ¿qué pasa? Se prefiere a noticieros que compensan su poco auditorio con su máximo acatamiento de las instrucciones. Max Hermoso de Mendoza hace galopar a sus 12 caganchitos, ensayándoles cabriolas y algún par de coces para hacernos creer que deciden por sí mismos. El carrusel ya es de dominio público y en esa medida se ha hecho ineficaz como instrumento de gobierno. Recuérdense los recientes chiflidos y abucheos al señor Calderón en el estadio de Torreón. Puede haber otros tres motivos de la inquina oficial.

Primero. Ese noticiero abrió sus micrófonos a Andrés Manuel López Obrador cuando iba a ser desaforado, cuando fue candidato a la presidencia, cuando luchó contra el polémico triunfo de Calderón, cuando pidió el recuento voto por voto y casilla por casilla, cuando se proclamó presidente legítimo y cuando, apestado por la televisión y medios que de ella emanan, no ha tenido dónde hablar. No se trata de compartir su opinión, se trata de darle oportunidad de expresarla. Lo seguiremos haciendo con él y con quien coincida en su circunstancia.

Segundo. El director del noticiero manifestó públicamente que votaría, como votó, por Juan Ramón de la Fuente para Presidente de la República, no obstante su falta de registro como candidato. Protestó así contra una ley absurda, hecha por paleros enchufados entonces y ahora en los presupuestos oficiales, que da el monopolio del voto y las candidaturas a los partidos políticos, privando a los ciudadanos del derecho constitucional de votar por quien mejor les parezca. El señor Calderón, nada menos que él y sus tres años de desbarajuste, me dan la razón. Estoy cierto sin la menor duda, con base en sus antecedentes y en su labor al frente de la universidad más importante de habla española, de que el ex rector lo hubiera hecho mejor. Lástima.

Tercero. Que el periodista que dirige De 1 a 3 le caiga gordo a alguien en Los Pinos. Esa sería la única razón inteligente y justa, ante la cual ni llorar es bueno.

Podemos agregar que en ese programa se apoyó el voto nulo en las elecciones de medio sexenio. Fue para repudiar la ley electoral pero debe haber influido en el resultado de la votación desastrosa para el partido en el no poder desde hace nueve años, aunque esa votación nula haya sido mínima en la avalancha de ciudadanos que no necesitan más estímulos, les basta estar hasta el gorro.

Antes de que los clásicos me pregunten qué jabón me patrocina, admito que a la mitad del camino me encuentro de pronto en una selva oscura.

No se ve una Beatriz que nos conduzca. Y cuando hablo de Beatriz hablo de la de Dante, no la de don Felipe.

El vaso medio vacío o medio lleno. Felicidades porque se fue una mitad o porque sólo queda la mitad.

Vosotros, los que entráis aquí, perded toda esperanza.

Fuente:eluniversal.com.mx

No al referendum

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Hay normas que se asumen por mayoría y principios que son intocables, así la mayoría diga misa. Vivimos en un país de (todavía) mayoría católica que, cuando fue unanimidad, negó la libertad religiosa con un argumento inmejorable: “No podemos igualar la verdad con el error”, un monumental sofisma porque quien define verdad y error son las mismas autoridades eclesiásticas que se asumen voceras de la verdad.

A otros nos parece una “verdad” aberrante ese monstruo de ira, venganza y egolatría que es el Dios judeo-cristiano-musulmán que nos aterroriza de niños. Podríamos presentar demandas millonarias contra esas iglesias por daño psicológico. Pero hace apenas dos siglos nos quemaban en la hoguera por decir la centésima parte; ahora nomás nos miran feo. Algo hizo la Ilustración con sus ideas libertarias: puedo arrancar los moños que ponen en mi propia casa quienes adornan la calle para que pase la virgen de Zapopan, una muñeca de mazacote muy fea, y afirmar que la de Guadalupe está tan mal pintada que tiene hombros de futbolista de americano y el chiquillo que le mira los calzones no tiene hombros.

¿Todas las ideas son respetables? Falso. Son respetables las respetables, las otras no. ¿Y cómo distinguimos unas de otras? Tenemos una guía construida con inteligencia, valor, cárcel, tortura y carnes chamuscadas: los derechos humanos.

No podrán sostener los relativistas culturales que todas las culturas tienen valores igualmente respetables. No: un pueblo indio en el que no puede asumir la alcaldía una mujer por ser mujer, aunque ganara sin discusión las elecciones, no merece defensa de tal infamia.

Hemos construido en Occidente un cimiento de valores intocables, entre los que se cuenta la libertad de religión, la de tránsito, la de trabajo, el laicismo del Estado por el que la policía persigue el delito, pero no el pecado; y, el más importante, la igualdad de todos ante la ley. No son temas que admitamos poner de nuevo a votación porque los hemos vuelto derechos humanos esenciales.

Tampoco las decisiones técnicas pueden ser motivo de votaciones, plebiscito o referéndum. En Guadalajara no existe un sistema de transporte colectivo digno de ese nombre. La tasa de homicidios por microbuses resulta más alta que los muertos en Pakistán por autos-bomba. El macrobús es una propuesta de bajo precio frente al metro, pero los microbuseros gritan en contra y, claro, exigen referéndum… de la calle afectada. Fácil.

En temas básicos no es admisible ejercer la mayoría para cancelar derechos de minorías… y de mayorías tan amplias como la de las mujeres: el matrimonio de homosexuales es simplemente la aplicación del principio de igualdad ante la ley; la eutanasia asistida es el derecho a dejar de sufrir cuando se ha entrado en la fase terminal de una enfermedad. La adopción de niños por parejas homosexuales se refiere a niños abandonados. Sin duda, la mejor opción para un niño es tener padre y madre, vivos, bien avenidos, cariñosos, que lo desearon, inteligentes y hasta ricos y guapos. Pero esos hijos no son sujetos de adopción, lo son los abandonados por la condena a los métodos preventivos del embarazo, y al aborto, que nadie, jamás, ha presentado como método para el control natal, sino como la última y desesperada opción de una mujer.

Y ¿cuál es la calidad moral de los jueces religiosos que combaten nuestros derechos humanos básicos? Olvidan que son los representantes en la Tierra de un Monstruo malicioso capaz de engañifas como ésta a sus pobres criaturas:

“Mirad, Adancito y Evita, de todo cuanto hay en la mesa podéis comer, pero de estas galleticas no comeréis”. Luego va y se esconde a espiar por un hoyito. Los niños muerden una galleta y la furia del Monstruo de Vanidad es tal que no se aplaca ni cortándoles las manitas para que sufran de por vida, ni con el sacrificio de cien toros. Exige la muerte de su propio Hijo, golpeado y torturado en una cruz, para aplacar su vanagloria paterna afrentada por una desobediencia ridícula. Un padre así, ahora, tendría muy merecida prisión perpetua. ¿Escuchar a los representantes terráqueos de esa abominación delirada por un pueblo de pastores ignorantes, olvidado entre Egipto y Babilonia?

Articulo de Luis Gonzalez de Alba/mileniodiario

El leon de la metro

leonNo sabremos nunca si el invento más fastuoso de la humanidad fue la rueda, la imprenta o el nuevo papel de arroz que desbarata al mundo. La imprenta pudo desasnar a muchos, internet a todos. El ingenio de Gutenberg fue recibido como la peste. Quedaron parados escribas, amanuenses, copistas y encuadernadores. Gutenberg, que acabó tieso a merced de la limosna de su prelado, vendía estampitas en la puerta de las iglesias; en realidad era un beato que intentó con sus tipos móviles ayudar al culto y estuvo a punto de destruir la religión, aunque como escribió después Voltaire no fueron los estampadores los que hicieron tiritar a Roma.

El Vaticano fue amenazado porque vendió indulgencias y porque insultaba a los hombres tratándoles como animales domésticos. El islam prohibió la imprenta; el catolicismo no pudo impedir que se encendieran las luces, antes de la electricidad.

Se vivió entonces lo mismo que se vive ahora, el terror ante la innovación. El mundo en que vivían se vino abajo, y surgió el Renacimiento.

La nueva imprenta de ratón, con su librería, su cinematógrafo, sus periódicos y discos gratuitos, se está cargando la industria cultural. Los bucaneros descargan todo lo que se crea y nadie sabe qué hacer. Una calcografía universal entra a cuchillo en los anaqueles, hace grabaciones ilegales en los estudios, todo tan gratis como el canto del jilguero en el alba. Hollywood demanda a las webs mientras la Metro Goldwyn Mayer y otras productoras están al borde de la quiebra. La compañía llegó a un acuerdo con YouTube para que pudieran pasar 4.000 películas, pero no fue suficiente. Tal vez dentro de unas semanas nadie podrá impedir que desde un móvil vea Lo que el viento se llevó, que en otro tiempo cautivó a 250 millones de personas.

Aquel león que nos fascinaba apenas sentarnos en el cine fue diseñado por Howard Dietz con el logotipo de su equipo de fútbol en la universidad. El primero y los cuatro siguientes contaron la historia de América y del mundo. Fue Louis B. Mayer el que inventó la propaganda en las salas de cine, y la Metro fue el NO-DO fantástico del imperialismo americano, el que nos hacía aplaudir cuando mataban a coreanos o a apaches. Durante el macartismo J. Edgar Hoover persiguió a los rojos, especialmente a miembros de la antigua Brigada Abraham Lincoln, y puso a la Metro a atizar la hoguera.

Billy Wilder quitó importancia a la caza de brujas: «De los 10 de Hollywood sólo dos tenían talento». De ese cuento apócrifo me he enterado este fin de semana leyendo el magnífico libro Las listas negras de Hollywood, de Rey-nold Humphreys, que me ha regalado el gran editor Manuel Fernández Cuesta.

Pero ahora el vampiro que hace de la Red su lecho y cambia riñones por virgos, va a esquilar al león.

Articulo de Raul del Pozo/elmundo .es

Un futuro para Mexico

nexos

VI. Democracia

El empate democrático
La democracia mexicana se parece más que nunca al diseño constitucional que la rige, pero es una democracia paralítica. No produce los bienes que se esperaban de ella. Gobierna pero no transforma al país. La Constitución dice que el régimen político de México es el de una República representativa, democrática y federal. Más que nunca antes en nuestra historia tenemos un régimen político democrático y representativo, con división de poderes y altos rangos de autonomía de los gobiernos estatales. La paradoja consiste en que haber cerrado la brecha entre el régimen político real y el régimen político legal no ha redundado en un gobierno más eficaz, sino en un gobierno más competido, sujeto a más límites y controles, más ineficaz, impregnado de una ética pública de lo posible que se parece más a la resignación que al realismo.

Por un lado, se ha hecho presente el poder del Congreso. Desde 1997 nuestra democracia produce gobiernos divididos: el partido que gana la mayoría en las elecciones presidenciales carece de mayoría en el Congreso. Nuestro régimen democrático no otorga mandatos ni da poderes para cumplirlos a los gobiernos que elige. Es un régimen presidencial disminuido. Un Congreso eterna y estructuralmente desprovisto de una mayoría del partido gobernante es el peor obstáculo que pueda encontrar un régimen presidencial. El poder legislativo se vuelve un poder adversario, capaz de bloquear al gobierno, pero no de conducirlo. Nuestra oposición —la que sea— bloquea más de lo que construye.

Por otro lado, se ha hecho presente el poder judicial. La debilidad mayor de nuestra democracia es que se asienta sobre un débil imperio de la ley. En cuanto los distintos poderes pueden competir libremente entre sí, emerge la Suprema Corte como un árbitro con poder no sólo en el ámbito de sus tareas constitucionales, sino en todos. El espacio de arbitraje de la Suprema Corte se multiplica. Vuelve a legislar sobre las muchas ambigüedades de la Constitución, y a resolver asuntos de leyes secundarias que la contradicen y le son remitidas para que las armonice. Por la Corte han pasado en los últimos tiempos más querellas de consecuencia política y visibilidad pública que en toda su historia, lo mismo si se trata de una controversia constitucional sobre el poder de veto del presidente al Congreso, que de peticiones de amparo fiscal, del ultraje a una periodista, de la negativa a un ciudadano que reclama sus derechos constitucionales a una candidatura independiente, o de los presos de la masacre de Acteal de 1997.

La democracia ha hecho aparecer con fuerza extraordinaria los poderes legislativo y judicial en el escenario de un poder ejecutivo disminuido. Se han hecho presentes también los poderes del pacto federal previstos en las leyes. Nunca ha sido tan grande la autonomía de los gobiernos estatales. Un gobernador hábil tiene hoy más poder sobre su estado que el que tiene el presidente sobre el país. Esta autonomía, sin embargo, no añade fortalezas al Estado democrático. Los gobiernos locales son eslabones débiles de la organización política nacional porque no cumplen con las tareas esenciales del Estado democrático: primero, no cobran impuestos ni rinden cuentas; segundo, no aplican la ley ni garantizan la seguridad de sus ciudadanos.

He aquí un régimen político incuestionablemente democrático y representativo, con una efectiva división de poderes y un pacto federal de altas autonomías locales. He aquí a la vez un Estado débil, que no aplica la ley, cuya división de poderes se acerca al divisionismo, y cuyo federalismo tiene algo de feuderalismo. Todo ello en el marco de un régimen político que no produce mayorías claras y vive inmerso en un empate perpetuo, que sin embargo no produce ingobernabilidad.

México no padece crisis constitucionales o fracturas del régimen político, no está en riesgo de rebeliones o golpes de Estado. Goza de una clara estabilidad política aun en medio de los picos de violencia que lo sacuden. No sufrimos de una crisis de gobernabilidad política, sino de gobernabilidad transformadora. Nos faltan gobiernos capaces de dar pasos claros en la construcción del país democrático, próspero y equitativo que buscamos; de terminar de construir la sociedad de clase media inacabada que somos.

Seguridad
Que la inseguridad pública no ponga en riesgo la estabilidad política fundamental del Estado no quiere decir que no represente su problema número uno. Se confunden en este ámbito dos órdenes distintos del problema de seguridad que aqueja a la República: el orden de la seguridad ciudadana y el orden del combate al narcotráfico. Obviamente se encuentran vinculados, pero no se sobreponen, ni son asimilables uno al otro.

La seguridad ciudadana de todos los días, la seguridad fundamental que debe proveer un Estado, presenta fragilidades estructurales. Unas vienen de años atrás, como el anquilosamiento de las instancias de procuración y administración de justicia. Pero el tema de las policías y de la seguridad pública local domina el paisaje. Es la inseguridad que altera la vida cotidiana de la sociedad, la inseguridad de los delitos del fuero común: el homicidio, el robo, el secuestro, la violencia familiar y social.
Son todos responsabilidad de los gobiernos locales, los eslabones débiles de la seguridad pública de México, los responsables de que en México sólo se castiguen en promedio cinco de cada cien homicidios dolosos, pues la persecución de los homicidios no es una facultad federal sino local. Son los responsables, también, de la penetración del crimen organizado en sus policías e instituciones de seguridad. Los han dejado entrar. De ahí la cantidad de policías locales intervenidas por la federación por su complicidad con el narcotráfico. De ahí, también, la ocupación silenciosa de ciudades fundamentales del país por los barones del crimen organizado. Es urgente un nuevo reparto de responsabilidades entre los estados y el Estado a propósito de la seguridad, enfrentando sobre todo la impunidad en los delitos hoy ubicados en el fuero común, los que más afectan al ciudadano en su vida diaria.

Se puede dar un nuevo giro a la política de seguridad interna del país, impulsando la creación de una policía nacional única, sustituta de las policías estatales y municipales, unificando los códigos penales de los estados, federalizando buena parte de los delitos hoy subsumidos bajo el fuero común. Abundan los ejemplos internacionales, unos más pertinentes que otros: Chile, Colombia, Canadá (salvo Ontario y Quebec). Ya se ha avanzado en ese camino: desde 1998 existe una policía federal en México; desde 2007 una academia policíaca federal; hace poco el gobierno propuso formalmente sustituir a las policías municipales con policías estatales.
Cada día son más los gobernadores que en privado confiesan su preferencia por entregarle la seguridad a la federación, a sabiendas de que implicaría quedarse sin policías. Y cada día son más los militares que reconocen, también en privado, que las policías locales no les provocan ninguna confianza. En los estados de capital dominante, como Yucatán, Nuevo León, Tlaxcala, Aguascalientes, Zacatecas, por sólo mencionar a algunos, “estadualizar” a las policías municipales es sencillo, si no es que ya se ha hecho; el siguiente paso, en esos mismos estados, consiste en federalizar a los policías ministeriales, mediante un mecanismo de entrada voluntaria: los gobernadores que así lo deseen, adelante; los que no, no. Algunos preferirán mantener la estructura actual, pero coordinarla bien, depurarla y equilibrarla; otros, no. Lo que parece imposible es limpiar las centenas de cuerpos policíacos estatales y municipales corruptos, más de 300 mil efectivos, con menos de 20 mil policías federales operacionales honestos, suponiendo que lo sean.

Ante la preocupación de que una policía nacional única se torne un monstruo represor descontrolado y autoritario, existe un antídoto, deseable y necesario en sí mismo, pero justificado además por la necesidad de despolitizar las tareas de seguridad, hasta donde es posible hacerlo. Convendría transformar a la Secretaría de Gobernación en un Ministerio del Interior que tutele a la Policía Nacional, tanto preventiva como investigativa, y al CISEN, pero sin tareas políticas. No se puede pedir un nombramiento por completo apolítico, pero puede dársele en la práctica un carácter esencialmente de seguridad, como sucede en muchos países de América Latina y de Europa. De esta manera, tanto la Policía Nacional como el Ministerio del Interior quedarían sujetos a la rendición de cuentas con el Congreso, pero a la vez despojados de funciones políticas. Las funciones políticas de la actual Secretaría de Gobernación serían trasladas, como ya se intentó, a la Oficina de la Presidencia o a una Jefatura de la Casa Civil, como le llaman los brasileños, un “chief of staff” según los americanos.

Cuando de manera gradual se avance en la construcción de este andamiaje institucional, podría también rediseñarse la estrategia de combate al narcotráfico, emprendiendo un debate nacional serio sobre las diversas opciones, desde la tregua tácita hasta la guerra frontal con una cooperación estadunidense cuantitativa y cualitativamente mayor, dentro de un esquema amplio de seguridad regional de América del Norte, con tres facetas: primero, atacar no las causas —el tráfico en sí mismo— sino los daños colaterales del narcotráfico, a saber, la violencia entre narcos, los secuestros, el derecho de piso, la penetración de las estructuras políticas, la venta de estupefacientes a niños, el daño a la salud de los adictos. Se trata de un enfoque de reducción del daño, tanto en lo individual como en lo nacional. Segundo, despenalizar en México, de manera acompasada con Estados Unidos, gradual y por segmentos, el consumo de drogas. Tercero, concentrar los esfuerzos militares y policíacos en el sellamiento del sur del país, como se viene proponiendo desde 1998, y especialmente en el Istmo de Tehuantepec, como se viene discutiendo desde 2004, y como en principio ya lo resolvió el actual gobierno, sin anunciarlo todavía.


Gobernabilidad

¿Cómo producir mayorías, inyectarle competencia y abrir el régimen de partidos, darle más poder a los votantes, fortalecer al Estado para que no sólo administre sino también gobierne, y no sólo gobierne sino también transforme?

Se trata de dotar al país de un Estado que modernice y decida, que permita la eclosión de mayorías, que no dependa del consenso, que sirva para dirimir desacuerdos, no para desvanecerlos. Sin un conjunto mínimo de reformas institucionales, las demás son imposibles. No hay verdades absolutas, soluciones milagrosas, ni recetas perfectas en materia institucional o electoral. Todo es experimentación, imperfecciones, ajustes constantes, rectificaciones y volver a empezar. Sin embargo, entre quienes desean cambiar las cosas ha comenzado a surgir un acuerdo tácito, en ocasiones explícito, de lo que es preciso hacer. Creemos que son necesarias tres reformas fundamentales:
1. Para producir mayorías claras: la segunda vuelta presidencial y la supresión de la cláusula de sobrerrepresentación en elecciones legislativas; 2. Para darle poder a los votantes y abrir el régimen de partidos: reelección consecutiva y candidaturas independientes; 3. Para un poder ejecutivo con iniciativa: la figura del referendo, poderes de veto, de decreto y establecimiento de “leyes guillotina” de obligatoria resolución por el Congreso. Esta lista no es exhaustiva, pero aspirar a un esquema completo equivale a vivir sin ninguno; aquí sí, la totalidad deseable es el enemigo mortal de las partes suficientes, por ahora.

Construir mayorías
Es imprescindible diseñar un sistema que promueva, aunque no imponga, la conformación de mayorías unipartidistas o de coalición previa en el Congreso. En un sistema de tres partidos, como es el nuestro hoy, y como amenaza con permanecer durante años, no es una tarea sencilla. Algunos analistas con experiencia real de gobierno y conocedores de las mejores prácticas en otros países han sugerido la eliminación de la llamada cláusula de sobrerrepresentación (fijada hoy en 8%) como solución. Es una buena idea. Suprimirla permitiría —aunque no lo aseguraría— que un partido que obtuviera 41% del voto en elecciones legislativas, por ejemplo, alcanzara una mayoría absoluta de diputaciones.

Otra alternativa es la segunda vuelta legislativa: encierra un enorme efecto amplificador de mayorías relativas, pero tiende a borrar del mapa legislativo al tercer partido en liza, casi siempre el PRD, desde 1991. Se puede instaurar o no en función de cómo se quiera generar mayorías legislativas. También se pueden hacer concurrentes o ligeramente escalonadas las elecciones legislativas y la segunda vuelta presidencial, de modo que la polarización de ésta arrastre a las legislativas hacia la formación de mayorías en el Congreso.

La segunda vuelta en la elección presidencial parece imprescindible, como lo ha admitido el secretario de Gobernación. Los números son elocuentes: en 1994 Ernesto Zedillo obtuvo 50% del voto, Vicente Fox 43% en el 2000, y Felipe Calderón 35% en 2006. El próximo presidente debiera darse de santos si alcanza un 32% en 2012. México no puede ser gobernado por un presidente elegido por menos de una tercera parte del electorado. La segunda vuelta obliga a alianzas, pues sólo pasan los dos primeros contendientes, los demás negocian su apoyo programático, de personas y cargos, entre una y otra vueltas. Por eso y para garantizar un amplio mandato, casi todos los países con régimen presidencial (en América Latina y Francia, por ejemplo) han establecido este mecanismo. La alianza forzada en segunda vuelta de rivales en la primera es común en todas las democracias; no es más ni menos artificial que otras alianzas, pero es más transparente. La ciudadanía desconfía de la capacidad de la clase política de construir alianzas. Por eso hay que inducirlas —o imponerlas— a través de mecanismos electorales.

Abrir el régimen de partidos
La segunda transformación institucional consiste en la reelección consecutiva de diputados y senadores, junto con la disminución del número de legisladores plurinominales, haciéndolas accesibles sólo para partidos que superen un umbral determinado de curules de mayoría y más del 4% o 5% de los votos. Que no exista reelección consecutiva de diputados y senadores da poder a los partidos, no a los votantes. Quien ha ganado una elección de mayoría no puede volver a aspirar a ella al terminar su mandato; voltea hacia su padrino político o a la dirigencia de su partido, no hacia sus votantes, para conseguir su siguiente empleo.

Las debilidades de la reelección consecutiva son conocidas. Tiende a crear oligarquías de ganadores que se perpetúan en el puesto y a crear políticos pragmáticos que atienden a la voluntad o el capricho de sus electores más que a las necesidades estratégicas del país. Cada decisión importante en el Congreso se vuelve una negociación de interminables condicionamientos locales que los legisladores buscan lograr para conservar la adhesión de sus votantes. Pero las ventajas de la reelección son absolutas en cuanto a trasladar el poder sobre la decisión de quién gobierna a los votantes de carne y hueso, de cada ciudad y cada pueblo, con sus peculiares necesidades. La generación de oligarquías legislativas puede acotarse limitando el número de elecciones consecutivas a que es posible aspirar: la famosa limitación de mandatos. Y dichas oligarquías encierran una ventaja que nadie puede negar: acaban formando un contingente de congresistas de carrera que son un seguro antídoto contra la improvisación, la novatez y la simple ignorancia legislativa.

Hemos hablado antes de la conveniencia de las candidaturas independientes. Reiteramos aquí su pertinencia.

Fortalecer la presidencia
La tercera reforma consiste en fortalecer a la presidencia democrática, a diferencia del ejecutivo omnipotente pero autoritario de antaño, y del presidente democrático pero débil de ahora. Su primer ingrediente estriba en el referendo para modificar la Constitución, para tratados internacionales, o para leyes secundarias de trascendencia nacional, figura ya existente para la atracción por la Suprema Corte, por ejemplo. De nuevo, no es una panacea (no existen en la política), pero conforma la solución menos mala inventada por otros países para permitirle al presidente llevar los grandes asuntos nacionales directamente al país. Es un instrumento típico de todas las democracias (salvo Estados Unidos) más o menos maduras que la nuestra, con mayor o menor nivel educativo, y con el riesgo implícito de que un buen remedio sea también utilizado para fines perversos. Pero por algo será que todos los países recurren a ellos.

Cuatro cambios adicionales, claves aunque de un calado diferente, serían suficientes para devolver al ejecutivo algo del poder que necesita para recobrar la iniciativa, en relación con el Congreso. El primero reside en concederle claros poderes de veto parcial o total sobre leyes venidas de la alianza mayoritaria del Congreso. El segundo consiste en otorgarle mayores poderes de decreto para situaciones de emergencia, desde una crisis inesperada de influenza, hasta una contracción económica igualmente inesperada. La tercera implica brindarle al ejecutivo la facultad de enviar al Congreso un número mínimo (dos, por ejemplo) de leyes al año, bajo el criterio de la llamada afirmativa ficta o leyes guillotina, según el cual dichas leyes deben ser revisadas a más tardar en dos periodos de sesiones de la legislatura, pasados los cuales entran en vigor. Por último, reviste particular importancia la redefinición constitucional de quién debe sustituir al presidente en caso de ausencia absoluta. El artículo constitucional que lo prevé actualmente es un galimatías indigno de ninguna Constitución.

(continuara)

Lideres ocultos

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Lo normal, ante la contemplación del mundo que ha ido formándose  en internet, es que pese a la aparición de tantas webs distintas, tantas tribus en torno a un interés especial, no ha surgido la egregia figura de diferentes  líderes. ¿Es así? Parecería que, de una manera totalmente impensada, la utopía del anarquismo habría venido a aterrizar en el ciberespacio. Sin embargo, como era fácil de sospechar, no todos los partícipes aceptan mansamente la situación horizontal y descuidan obtener rendimiento alguno de esa masa o esa potencial clientela. De hecho, así como ya abundan hasta la saturación los libros sobre cómo hacer amigos e influir sobre los demás en pubs y oficinas, también una serie de manuales recientes se dedican a instruir sobre cómo liderar los espacios de la Red. Esto vale para obtener rendimientos en el comercio y en la política pero sirve, en realidad, para casi cualquier cosa que se relacione con los efectos de acumular poder. ¿O es que se había creído que la potencial de la red no significaba más que una energía técnica, abstracta, curiosa y entretenida?

Articulo de Vicente Verdu

Jose Tomas…..y todos los demas

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José Tomás torea hoy en la Plaza México. Pocas oportunidades tenemos para ver la aventura de un hombre entregado a la pasión de su vida mientras miles lo observan. Pocas oportunidades de ver a un hombre haciéndonos la vida mientras juega con la muerte.

No estamos ante el tremendista, que busca ser revolcado, corneado, para hacer brotar suspiros. No. Estamos ante un artista, un hombre que hace del peligro plástica, del arte un juego peligroso, y que a la estática la convierte en estética. Estamos pues, ante el artista.

De purísima y oro concebido,
Prófugo de la muerte y el olvido…

El caso es que Tomás, en el paseo,
parece Apolo, Lucifer, Orfeo…

El viejo refrán dice que para ser torero, primero hay que parecerlo. En el caso de José Tomás sólo se trata de lo que se conoce como torero, es en la acepción entera, un matador de toros. Verlo torear no sólo es el espectáculo de la creación del artista en el momento preciso, es también ver al animal que crece en su bravura e impone su presencia.

¿Cómo ganarle sitio al peligro? ¿Cómo acortarlo? Tomás acorta la distancia con la muerte hasta lo indecible. No sabemos si respira porque nos corta el aliento mientras se acerca, lento, al abismo de la muerte. Y es ahí donde transforma el alarido en silencio, el suspiro en un olé que la garganta no puede contener.

Mirándose por dentro, hace el paseo, hace el paseo
sabiéndose delfín, obispo, reo…
Cúchares, Lagartijo, dios, Cagancho,
Quijote en vena, Pocapena Sancho,
quiero decir, Tomás, que necesito
tu gambito de dama, pan bendito,
pobrecito quien vaya por delante,
tercio de quites, Belzebú mediante

Hay que festejar que hoy es domingo, y que será, verdaderamente, nuestro día de Acción de Gracias, porque cuando se junta el arte con la sangre y la arena, es que no hay mejor domingo y hoy, seguramente, Tomás nos lo hará pasar en grande.

Son tres toros, tres, nada más para él, nada más para nosotros.

¡Vamos al toro, vamos al torero!

A la hora de fundar la primavera
te cambio mi bombín por tu montera,
tus cicatrices por mis vanidades,
mis meretrices por tus soledades.

*Versos de Joaquín Sabina del poema “De purísima y oro”, que sirve de prólogo al libro José Tomás, serenata de un amanecer de editorial Lunwerg.

Articulo de Juan Ignacio Zavala/milenio diario

Un futuro para Mexico

nexos

V. Educación
La expansión de la escolaridad mexicana ha sido una hazaña cuantitativa, pero una “catástrofe silenciosa” en el aspecto cualitativo (Gilberto Guevara Niebla, 1992). La pregunta mayor de la educación sigue vigente: ¿educar, para qué? ¿Qué y cómo debe aprender la gente? No ha sido respondida con claridad. La gente debe aprender en la escuela lo que necesita para resolver su vida. En el México joven y subcalificado de principios del siglo XXI esto significa, en primer término, aprender lo que necesita para obtener un empleo. Y aún mejor: para crearlo.

Esto implica conectar la educación a la vida práctica. La dinámica burocrática separó a las escuelas de las necesidades del país. Gobierno y magisterio pusieron la educación básica fuera de toda forma de auscultación pública o evaluación ciudadana. La educación superior padeció una separación semejante, mediante el mito de la autonomía de las universidades públicas, que las volvió tan celosas de la intromisión externa como poco flexibles a las demandas del mundo exterior. El resultado ha sido un sistema de educación pública por su mayor parte ajeno a las necesidades prácticas del educando y de la sociedad. Hay que devolver la educación a la sociedad, hacerla útil para ella y, por lo tanto, para el educando. La educación debe restablecer sus vínculos con la vida práctica, asumir su misión como instrumento de supervivencia y movilidad social.

Quizá la noción que debe regir nuestra educación en el futuro es lo que los pedagogos llaman pertinencia: aquello cuyo aprendizaje es funcional para ayudar al educando no a acumular conocimientos sino a resolver su vida. Significa que los niños pasen más días al mes y más horas al día en la escuela y sean equipados por la sociedad para aprender, dotándolos, en su casa y en la escuela, de los instrumentos indispensables: hardware, software, brainware, conectividad e interacción entre ellos. La educación debe ser una cuidadosa incubadora de lo que el país y la sociedad necesitan, no de lo que los educadores y los burócratas saben enseñar. Los educadores deben reeducarse en las necesidades y los instrumentos del mundo que los rodea, para que sus alumnos puedan sacar de ellos la educación que necesitan. Maestros, antenas y computadoras para todas las escuelas y todos los niños, pero también escuelas, antenas y computadoras para todos los maestros, sin olvidar la lingua franca de la aldea global interactiva: el inglés.

La solución no vendrá, no podrá venir, sólo del Estado. Tendrá que salir también de la comunidad. Si los ciudadanos quieren mejores escuelas tendrán que pagar más impuestos. Si el gobierno quiere convencer a los ciudadanos de que paguen más impuestos para sus escuelas, tendrá que dejarlos entrar a ver cómo se gastan esos impuestos y a evaluar si las escuelas sirven o no. La Ley Federal de Educación, vigente desde 1992, prevé la existencia de consejos de participación en la escuela pública. Pero en pocas escuelas funcionan. Hay que quitar los diques burocráticos para que esos consejos se vuelvan focos dinamizadores de la escuela y poner fin al monopolio de facto que autoridades y maestros ejercen sobre ese espacio del que los padres de familia fueron expulsados en los años treinta del siglo pasado por razones ideológicas: para evitar que a través de su catolicismo mayoritario pudiera filtrarse a la escuela la influencia de la Iglesia. Hay que abrir también la posibilidad de que las comunidades financien directamente sus escuelas, cubran con sus propios recursos lo que los presupuestos públicos no alcanzan a cubrir.

El instrumento para todo esto ha de ser un sistema de evaluación con consecuencias, que premie, castigue y corrija. Esto supone tres cosas, hasta ahora inaceptables para el magisterio nacional y para las burocracias educativas. La primera, someterse a una evaluación pública en su desempeño, maestro por maestro, escuela por escuela. La segunda, sujetar el aumento en los ingresos de los maestros y de los presupuestos de las escuelas a los índices de mejora educativa. Tercero, dar a los padres la oportunidad de escoger la escuela donde quieren enviar a sus hijos según su rendimiento educativo. Nada de esto es posible hoy, ni siquiera planteable. Por eso la educación mexicana empeora en lugar de mejorar: no hay costos inmediatos. No hay gritos ni mantas en el aula de clase.

(continuara)