El leon de la metro

leonNo sabremos nunca si el invento más fastuoso de la humanidad fue la rueda, la imprenta o el nuevo papel de arroz que desbarata al mundo. La imprenta pudo desasnar a muchos, internet a todos. El ingenio de Gutenberg fue recibido como la peste. Quedaron parados escribas, amanuenses, copistas y encuadernadores. Gutenberg, que acabó tieso a merced de la limosna de su prelado, vendía estampitas en la puerta de las iglesias; en realidad era un beato que intentó con sus tipos móviles ayudar al culto y estuvo a punto de destruir la religión, aunque como escribió después Voltaire no fueron los estampadores los que hicieron tiritar a Roma.

El Vaticano fue amenazado porque vendió indulgencias y porque insultaba a los hombres tratándoles como animales domésticos. El islam prohibió la imprenta; el catolicismo no pudo impedir que se encendieran las luces, antes de la electricidad.

Se vivió entonces lo mismo que se vive ahora, el terror ante la innovación. El mundo en que vivían se vino abajo, y surgió el Renacimiento.

La nueva imprenta de ratón, con su librería, su cinematógrafo, sus periódicos y discos gratuitos, se está cargando la industria cultural. Los bucaneros descargan todo lo que se crea y nadie sabe qué hacer. Una calcografía universal entra a cuchillo en los anaqueles, hace grabaciones ilegales en los estudios, todo tan gratis como el canto del jilguero en el alba. Hollywood demanda a las webs mientras la Metro Goldwyn Mayer y otras productoras están al borde de la quiebra. La compañía llegó a un acuerdo con YouTube para que pudieran pasar 4.000 películas, pero no fue suficiente. Tal vez dentro de unas semanas nadie podrá impedir que desde un móvil vea Lo que el viento se llevó, que en otro tiempo cautivó a 250 millones de personas.

Aquel león que nos fascinaba apenas sentarnos en el cine fue diseñado por Howard Dietz con el logotipo de su equipo de fútbol en la universidad. El primero y los cuatro siguientes contaron la historia de América y del mundo. Fue Louis B. Mayer el que inventó la propaganda en las salas de cine, y la Metro fue el NO-DO fantástico del imperialismo americano, el que nos hacía aplaudir cuando mataban a coreanos o a apaches. Durante el macartismo J. Edgar Hoover persiguió a los rojos, especialmente a miembros de la antigua Brigada Abraham Lincoln, y puso a la Metro a atizar la hoguera.

Billy Wilder quitó importancia a la caza de brujas: «De los 10 de Hollywood sólo dos tenían talento». De ese cuento apócrifo me he enterado este fin de semana leyendo el magnífico libro Las listas negras de Hollywood, de Rey-nold Humphreys, que me ha regalado el gran editor Manuel Fernández Cuesta.

Pero ahora el vampiro que hace de la Red su lecho y cambia riñones por virgos, va a esquilar al león.

Articulo de Raul del Pozo/elmundo .es

Un futuro para Mexico

nexos

VI. Democracia

El empate democrático
La democracia mexicana se parece más que nunca al diseño constitucional que la rige, pero es una democracia paralítica. No produce los bienes que se esperaban de ella. Gobierna pero no transforma al país. La Constitución dice que el régimen político de México es el de una República representativa, democrática y federal. Más que nunca antes en nuestra historia tenemos un régimen político democrático y representativo, con división de poderes y altos rangos de autonomía de los gobiernos estatales. La paradoja consiste en que haber cerrado la brecha entre el régimen político real y el régimen político legal no ha redundado en un gobierno más eficaz, sino en un gobierno más competido, sujeto a más límites y controles, más ineficaz, impregnado de una ética pública de lo posible que se parece más a la resignación que al realismo.

Por un lado, se ha hecho presente el poder del Congreso. Desde 1997 nuestra democracia produce gobiernos divididos: el partido que gana la mayoría en las elecciones presidenciales carece de mayoría en el Congreso. Nuestro régimen democrático no otorga mandatos ni da poderes para cumplirlos a los gobiernos que elige. Es un régimen presidencial disminuido. Un Congreso eterna y estructuralmente desprovisto de una mayoría del partido gobernante es el peor obstáculo que pueda encontrar un régimen presidencial. El poder legislativo se vuelve un poder adversario, capaz de bloquear al gobierno, pero no de conducirlo. Nuestra oposición —la que sea— bloquea más de lo que construye.

Por otro lado, se ha hecho presente el poder judicial. La debilidad mayor de nuestra democracia es que se asienta sobre un débil imperio de la ley. En cuanto los distintos poderes pueden competir libremente entre sí, emerge la Suprema Corte como un árbitro con poder no sólo en el ámbito de sus tareas constitucionales, sino en todos. El espacio de arbitraje de la Suprema Corte se multiplica. Vuelve a legislar sobre las muchas ambigüedades de la Constitución, y a resolver asuntos de leyes secundarias que la contradicen y le son remitidas para que las armonice. Por la Corte han pasado en los últimos tiempos más querellas de consecuencia política y visibilidad pública que en toda su historia, lo mismo si se trata de una controversia constitucional sobre el poder de veto del presidente al Congreso, que de peticiones de amparo fiscal, del ultraje a una periodista, de la negativa a un ciudadano que reclama sus derechos constitucionales a una candidatura independiente, o de los presos de la masacre de Acteal de 1997.

La democracia ha hecho aparecer con fuerza extraordinaria los poderes legislativo y judicial en el escenario de un poder ejecutivo disminuido. Se han hecho presentes también los poderes del pacto federal previstos en las leyes. Nunca ha sido tan grande la autonomía de los gobiernos estatales. Un gobernador hábil tiene hoy más poder sobre su estado que el que tiene el presidente sobre el país. Esta autonomía, sin embargo, no añade fortalezas al Estado democrático. Los gobiernos locales son eslabones débiles de la organización política nacional porque no cumplen con las tareas esenciales del Estado democrático: primero, no cobran impuestos ni rinden cuentas; segundo, no aplican la ley ni garantizan la seguridad de sus ciudadanos.

He aquí un régimen político incuestionablemente democrático y representativo, con una efectiva división de poderes y un pacto federal de altas autonomías locales. He aquí a la vez un Estado débil, que no aplica la ley, cuya división de poderes se acerca al divisionismo, y cuyo federalismo tiene algo de feuderalismo. Todo ello en el marco de un régimen político que no produce mayorías claras y vive inmerso en un empate perpetuo, que sin embargo no produce ingobernabilidad.

México no padece crisis constitucionales o fracturas del régimen político, no está en riesgo de rebeliones o golpes de Estado. Goza de una clara estabilidad política aun en medio de los picos de violencia que lo sacuden. No sufrimos de una crisis de gobernabilidad política, sino de gobernabilidad transformadora. Nos faltan gobiernos capaces de dar pasos claros en la construcción del país democrático, próspero y equitativo que buscamos; de terminar de construir la sociedad de clase media inacabada que somos.

Seguridad
Que la inseguridad pública no ponga en riesgo la estabilidad política fundamental del Estado no quiere decir que no represente su problema número uno. Se confunden en este ámbito dos órdenes distintos del problema de seguridad que aqueja a la República: el orden de la seguridad ciudadana y el orden del combate al narcotráfico. Obviamente se encuentran vinculados, pero no se sobreponen, ni son asimilables uno al otro.

La seguridad ciudadana de todos los días, la seguridad fundamental que debe proveer un Estado, presenta fragilidades estructurales. Unas vienen de años atrás, como el anquilosamiento de las instancias de procuración y administración de justicia. Pero el tema de las policías y de la seguridad pública local domina el paisaje. Es la inseguridad que altera la vida cotidiana de la sociedad, la inseguridad de los delitos del fuero común: el homicidio, el robo, el secuestro, la violencia familiar y social.
Son todos responsabilidad de los gobiernos locales, los eslabones débiles de la seguridad pública de México, los responsables de que en México sólo se castiguen en promedio cinco de cada cien homicidios dolosos, pues la persecución de los homicidios no es una facultad federal sino local. Son los responsables, también, de la penetración del crimen organizado en sus policías e instituciones de seguridad. Los han dejado entrar. De ahí la cantidad de policías locales intervenidas por la federación por su complicidad con el narcotráfico. De ahí, también, la ocupación silenciosa de ciudades fundamentales del país por los barones del crimen organizado. Es urgente un nuevo reparto de responsabilidades entre los estados y el Estado a propósito de la seguridad, enfrentando sobre todo la impunidad en los delitos hoy ubicados en el fuero común, los que más afectan al ciudadano en su vida diaria.

Se puede dar un nuevo giro a la política de seguridad interna del país, impulsando la creación de una policía nacional única, sustituta de las policías estatales y municipales, unificando los códigos penales de los estados, federalizando buena parte de los delitos hoy subsumidos bajo el fuero común. Abundan los ejemplos internacionales, unos más pertinentes que otros: Chile, Colombia, Canadá (salvo Ontario y Quebec). Ya se ha avanzado en ese camino: desde 1998 existe una policía federal en México; desde 2007 una academia policíaca federal; hace poco el gobierno propuso formalmente sustituir a las policías municipales con policías estatales.
Cada día son más los gobernadores que en privado confiesan su preferencia por entregarle la seguridad a la federación, a sabiendas de que implicaría quedarse sin policías. Y cada día son más los militares que reconocen, también en privado, que las policías locales no les provocan ninguna confianza. En los estados de capital dominante, como Yucatán, Nuevo León, Tlaxcala, Aguascalientes, Zacatecas, por sólo mencionar a algunos, “estadualizar” a las policías municipales es sencillo, si no es que ya se ha hecho; el siguiente paso, en esos mismos estados, consiste en federalizar a los policías ministeriales, mediante un mecanismo de entrada voluntaria: los gobernadores que así lo deseen, adelante; los que no, no. Algunos preferirán mantener la estructura actual, pero coordinarla bien, depurarla y equilibrarla; otros, no. Lo que parece imposible es limpiar las centenas de cuerpos policíacos estatales y municipales corruptos, más de 300 mil efectivos, con menos de 20 mil policías federales operacionales honestos, suponiendo que lo sean.

Ante la preocupación de que una policía nacional única se torne un monstruo represor descontrolado y autoritario, existe un antídoto, deseable y necesario en sí mismo, pero justificado además por la necesidad de despolitizar las tareas de seguridad, hasta donde es posible hacerlo. Convendría transformar a la Secretaría de Gobernación en un Ministerio del Interior que tutele a la Policía Nacional, tanto preventiva como investigativa, y al CISEN, pero sin tareas políticas. No se puede pedir un nombramiento por completo apolítico, pero puede dársele en la práctica un carácter esencialmente de seguridad, como sucede en muchos países de América Latina y de Europa. De esta manera, tanto la Policía Nacional como el Ministerio del Interior quedarían sujetos a la rendición de cuentas con el Congreso, pero a la vez despojados de funciones políticas. Las funciones políticas de la actual Secretaría de Gobernación serían trasladas, como ya se intentó, a la Oficina de la Presidencia o a una Jefatura de la Casa Civil, como le llaman los brasileños, un “chief of staff” según los americanos.

Cuando de manera gradual se avance en la construcción de este andamiaje institucional, podría también rediseñarse la estrategia de combate al narcotráfico, emprendiendo un debate nacional serio sobre las diversas opciones, desde la tregua tácita hasta la guerra frontal con una cooperación estadunidense cuantitativa y cualitativamente mayor, dentro de un esquema amplio de seguridad regional de América del Norte, con tres facetas: primero, atacar no las causas —el tráfico en sí mismo— sino los daños colaterales del narcotráfico, a saber, la violencia entre narcos, los secuestros, el derecho de piso, la penetración de las estructuras políticas, la venta de estupefacientes a niños, el daño a la salud de los adictos. Se trata de un enfoque de reducción del daño, tanto en lo individual como en lo nacional. Segundo, despenalizar en México, de manera acompasada con Estados Unidos, gradual y por segmentos, el consumo de drogas. Tercero, concentrar los esfuerzos militares y policíacos en el sellamiento del sur del país, como se viene proponiendo desde 1998, y especialmente en el Istmo de Tehuantepec, como se viene discutiendo desde 2004, y como en principio ya lo resolvió el actual gobierno, sin anunciarlo todavía.


Gobernabilidad

¿Cómo producir mayorías, inyectarle competencia y abrir el régimen de partidos, darle más poder a los votantes, fortalecer al Estado para que no sólo administre sino también gobierne, y no sólo gobierne sino también transforme?

Se trata de dotar al país de un Estado que modernice y decida, que permita la eclosión de mayorías, que no dependa del consenso, que sirva para dirimir desacuerdos, no para desvanecerlos. Sin un conjunto mínimo de reformas institucionales, las demás son imposibles. No hay verdades absolutas, soluciones milagrosas, ni recetas perfectas en materia institucional o electoral. Todo es experimentación, imperfecciones, ajustes constantes, rectificaciones y volver a empezar. Sin embargo, entre quienes desean cambiar las cosas ha comenzado a surgir un acuerdo tácito, en ocasiones explícito, de lo que es preciso hacer. Creemos que son necesarias tres reformas fundamentales:
1. Para producir mayorías claras: la segunda vuelta presidencial y la supresión de la cláusula de sobrerrepresentación en elecciones legislativas; 2. Para darle poder a los votantes y abrir el régimen de partidos: reelección consecutiva y candidaturas independientes; 3. Para un poder ejecutivo con iniciativa: la figura del referendo, poderes de veto, de decreto y establecimiento de “leyes guillotina” de obligatoria resolución por el Congreso. Esta lista no es exhaustiva, pero aspirar a un esquema completo equivale a vivir sin ninguno; aquí sí, la totalidad deseable es el enemigo mortal de las partes suficientes, por ahora.

Construir mayorías
Es imprescindible diseñar un sistema que promueva, aunque no imponga, la conformación de mayorías unipartidistas o de coalición previa en el Congreso. En un sistema de tres partidos, como es el nuestro hoy, y como amenaza con permanecer durante años, no es una tarea sencilla. Algunos analistas con experiencia real de gobierno y conocedores de las mejores prácticas en otros países han sugerido la eliminación de la llamada cláusula de sobrerrepresentación (fijada hoy en 8%) como solución. Es una buena idea. Suprimirla permitiría —aunque no lo aseguraría— que un partido que obtuviera 41% del voto en elecciones legislativas, por ejemplo, alcanzara una mayoría absoluta de diputaciones.

Otra alternativa es la segunda vuelta legislativa: encierra un enorme efecto amplificador de mayorías relativas, pero tiende a borrar del mapa legislativo al tercer partido en liza, casi siempre el PRD, desde 1991. Se puede instaurar o no en función de cómo se quiera generar mayorías legislativas. También se pueden hacer concurrentes o ligeramente escalonadas las elecciones legislativas y la segunda vuelta presidencial, de modo que la polarización de ésta arrastre a las legislativas hacia la formación de mayorías en el Congreso.

La segunda vuelta en la elección presidencial parece imprescindible, como lo ha admitido el secretario de Gobernación. Los números son elocuentes: en 1994 Ernesto Zedillo obtuvo 50% del voto, Vicente Fox 43% en el 2000, y Felipe Calderón 35% en 2006. El próximo presidente debiera darse de santos si alcanza un 32% en 2012. México no puede ser gobernado por un presidente elegido por menos de una tercera parte del electorado. La segunda vuelta obliga a alianzas, pues sólo pasan los dos primeros contendientes, los demás negocian su apoyo programático, de personas y cargos, entre una y otra vueltas. Por eso y para garantizar un amplio mandato, casi todos los países con régimen presidencial (en América Latina y Francia, por ejemplo) han establecido este mecanismo. La alianza forzada en segunda vuelta de rivales en la primera es común en todas las democracias; no es más ni menos artificial que otras alianzas, pero es más transparente. La ciudadanía desconfía de la capacidad de la clase política de construir alianzas. Por eso hay que inducirlas —o imponerlas— a través de mecanismos electorales.

Abrir el régimen de partidos
La segunda transformación institucional consiste en la reelección consecutiva de diputados y senadores, junto con la disminución del número de legisladores plurinominales, haciéndolas accesibles sólo para partidos que superen un umbral determinado de curules de mayoría y más del 4% o 5% de los votos. Que no exista reelección consecutiva de diputados y senadores da poder a los partidos, no a los votantes. Quien ha ganado una elección de mayoría no puede volver a aspirar a ella al terminar su mandato; voltea hacia su padrino político o a la dirigencia de su partido, no hacia sus votantes, para conseguir su siguiente empleo.

Las debilidades de la reelección consecutiva son conocidas. Tiende a crear oligarquías de ganadores que se perpetúan en el puesto y a crear políticos pragmáticos que atienden a la voluntad o el capricho de sus electores más que a las necesidades estratégicas del país. Cada decisión importante en el Congreso se vuelve una negociación de interminables condicionamientos locales que los legisladores buscan lograr para conservar la adhesión de sus votantes. Pero las ventajas de la reelección son absolutas en cuanto a trasladar el poder sobre la decisión de quién gobierna a los votantes de carne y hueso, de cada ciudad y cada pueblo, con sus peculiares necesidades. La generación de oligarquías legislativas puede acotarse limitando el número de elecciones consecutivas a que es posible aspirar: la famosa limitación de mandatos. Y dichas oligarquías encierran una ventaja que nadie puede negar: acaban formando un contingente de congresistas de carrera que son un seguro antídoto contra la improvisación, la novatez y la simple ignorancia legislativa.

Hemos hablado antes de la conveniencia de las candidaturas independientes. Reiteramos aquí su pertinencia.

Fortalecer la presidencia
La tercera reforma consiste en fortalecer a la presidencia democrática, a diferencia del ejecutivo omnipotente pero autoritario de antaño, y del presidente democrático pero débil de ahora. Su primer ingrediente estriba en el referendo para modificar la Constitución, para tratados internacionales, o para leyes secundarias de trascendencia nacional, figura ya existente para la atracción por la Suprema Corte, por ejemplo. De nuevo, no es una panacea (no existen en la política), pero conforma la solución menos mala inventada por otros países para permitirle al presidente llevar los grandes asuntos nacionales directamente al país. Es un instrumento típico de todas las democracias (salvo Estados Unidos) más o menos maduras que la nuestra, con mayor o menor nivel educativo, y con el riesgo implícito de que un buen remedio sea también utilizado para fines perversos. Pero por algo será que todos los países recurren a ellos.

Cuatro cambios adicionales, claves aunque de un calado diferente, serían suficientes para devolver al ejecutivo algo del poder que necesita para recobrar la iniciativa, en relación con el Congreso. El primero reside en concederle claros poderes de veto parcial o total sobre leyes venidas de la alianza mayoritaria del Congreso. El segundo consiste en otorgarle mayores poderes de decreto para situaciones de emergencia, desde una crisis inesperada de influenza, hasta una contracción económica igualmente inesperada. La tercera implica brindarle al ejecutivo la facultad de enviar al Congreso un número mínimo (dos, por ejemplo) de leyes al año, bajo el criterio de la llamada afirmativa ficta o leyes guillotina, según el cual dichas leyes deben ser revisadas a más tardar en dos periodos de sesiones de la legislatura, pasados los cuales entran en vigor. Por último, reviste particular importancia la redefinición constitucional de quién debe sustituir al presidente en caso de ausencia absoluta. El artículo constitucional que lo prevé actualmente es un galimatías indigno de ninguna Constitución.

(continuara)

Lideres ocultos

lideres


Lo normal, ante la contemplación del mundo que ha ido formándose  en internet, es que pese a la aparición de tantas webs distintas, tantas tribus en torno a un interés especial, no ha surgido la egregia figura de diferentes  líderes. ¿Es así? Parecería que, de una manera totalmente impensada, la utopía del anarquismo habría venido a aterrizar en el ciberespacio. Sin embargo, como era fácil de sospechar, no todos los partícipes aceptan mansamente la situación horizontal y descuidan obtener rendimiento alguno de esa masa o esa potencial clientela. De hecho, así como ya abundan hasta la saturación los libros sobre cómo hacer amigos e influir sobre los demás en pubs y oficinas, también una serie de manuales recientes se dedican a instruir sobre cómo liderar los espacios de la Red. Esto vale para obtener rendimientos en el comercio y en la política pero sirve, en realidad, para casi cualquier cosa que se relacione con los efectos de acumular poder. ¿O es que se había creído que la potencial de la red no significaba más que una energía técnica, abstracta, curiosa y entretenida?

Articulo de Vicente Verdu

Jose Tomas…..y todos los demas

jose_tomas

José Tomás torea hoy en la Plaza México. Pocas oportunidades tenemos para ver la aventura de un hombre entregado a la pasión de su vida mientras miles lo observan. Pocas oportunidades de ver a un hombre haciéndonos la vida mientras juega con la muerte.

No estamos ante el tremendista, que busca ser revolcado, corneado, para hacer brotar suspiros. No. Estamos ante un artista, un hombre que hace del peligro plástica, del arte un juego peligroso, y que a la estática la convierte en estética. Estamos pues, ante el artista.

De purísima y oro concebido,
Prófugo de la muerte y el olvido…

El caso es que Tomás, en el paseo,
parece Apolo, Lucifer, Orfeo…

El viejo refrán dice que para ser torero, primero hay que parecerlo. En el caso de José Tomás sólo se trata de lo que se conoce como torero, es en la acepción entera, un matador de toros. Verlo torear no sólo es el espectáculo de la creación del artista en el momento preciso, es también ver al animal que crece en su bravura e impone su presencia.

¿Cómo ganarle sitio al peligro? ¿Cómo acortarlo? Tomás acorta la distancia con la muerte hasta lo indecible. No sabemos si respira porque nos corta el aliento mientras se acerca, lento, al abismo de la muerte. Y es ahí donde transforma el alarido en silencio, el suspiro en un olé que la garganta no puede contener.

Mirándose por dentro, hace el paseo, hace el paseo
sabiéndose delfín, obispo, reo…
Cúchares, Lagartijo, dios, Cagancho,
Quijote en vena, Pocapena Sancho,
quiero decir, Tomás, que necesito
tu gambito de dama, pan bendito,
pobrecito quien vaya por delante,
tercio de quites, Belzebú mediante

Hay que festejar que hoy es domingo, y que será, verdaderamente, nuestro día de Acción de Gracias, porque cuando se junta el arte con la sangre y la arena, es que no hay mejor domingo y hoy, seguramente, Tomás nos lo hará pasar en grande.

Son tres toros, tres, nada más para él, nada más para nosotros.

¡Vamos al toro, vamos al torero!

A la hora de fundar la primavera
te cambio mi bombín por tu montera,
tus cicatrices por mis vanidades,
mis meretrices por tus soledades.

*Versos de Joaquín Sabina del poema “De purísima y oro”, que sirve de prólogo al libro José Tomás, serenata de un amanecer de editorial Lunwerg.

Articulo de Juan Ignacio Zavala/milenio diario

Un futuro para Mexico

nexos

V. Educación
La expansión de la escolaridad mexicana ha sido una hazaña cuantitativa, pero una “catástrofe silenciosa” en el aspecto cualitativo (Gilberto Guevara Niebla, 1992). La pregunta mayor de la educación sigue vigente: ¿educar, para qué? ¿Qué y cómo debe aprender la gente? No ha sido respondida con claridad. La gente debe aprender en la escuela lo que necesita para resolver su vida. En el México joven y subcalificado de principios del siglo XXI esto significa, en primer término, aprender lo que necesita para obtener un empleo. Y aún mejor: para crearlo.

Esto implica conectar la educación a la vida práctica. La dinámica burocrática separó a las escuelas de las necesidades del país. Gobierno y magisterio pusieron la educación básica fuera de toda forma de auscultación pública o evaluación ciudadana. La educación superior padeció una separación semejante, mediante el mito de la autonomía de las universidades públicas, que las volvió tan celosas de la intromisión externa como poco flexibles a las demandas del mundo exterior. El resultado ha sido un sistema de educación pública por su mayor parte ajeno a las necesidades prácticas del educando y de la sociedad. Hay que devolver la educación a la sociedad, hacerla útil para ella y, por lo tanto, para el educando. La educación debe restablecer sus vínculos con la vida práctica, asumir su misión como instrumento de supervivencia y movilidad social.

Quizá la noción que debe regir nuestra educación en el futuro es lo que los pedagogos llaman pertinencia: aquello cuyo aprendizaje es funcional para ayudar al educando no a acumular conocimientos sino a resolver su vida. Significa que los niños pasen más días al mes y más horas al día en la escuela y sean equipados por la sociedad para aprender, dotándolos, en su casa y en la escuela, de los instrumentos indispensables: hardware, software, brainware, conectividad e interacción entre ellos. La educación debe ser una cuidadosa incubadora de lo que el país y la sociedad necesitan, no de lo que los educadores y los burócratas saben enseñar. Los educadores deben reeducarse en las necesidades y los instrumentos del mundo que los rodea, para que sus alumnos puedan sacar de ellos la educación que necesitan. Maestros, antenas y computadoras para todas las escuelas y todos los niños, pero también escuelas, antenas y computadoras para todos los maestros, sin olvidar la lingua franca de la aldea global interactiva: el inglés.

La solución no vendrá, no podrá venir, sólo del Estado. Tendrá que salir también de la comunidad. Si los ciudadanos quieren mejores escuelas tendrán que pagar más impuestos. Si el gobierno quiere convencer a los ciudadanos de que paguen más impuestos para sus escuelas, tendrá que dejarlos entrar a ver cómo se gastan esos impuestos y a evaluar si las escuelas sirven o no. La Ley Federal de Educación, vigente desde 1992, prevé la existencia de consejos de participación en la escuela pública. Pero en pocas escuelas funcionan. Hay que quitar los diques burocráticos para que esos consejos se vuelvan focos dinamizadores de la escuela y poner fin al monopolio de facto que autoridades y maestros ejercen sobre ese espacio del que los padres de familia fueron expulsados en los años treinta del siglo pasado por razones ideológicas: para evitar que a través de su catolicismo mayoritario pudiera filtrarse a la escuela la influencia de la Iglesia. Hay que abrir también la posibilidad de que las comunidades financien directamente sus escuelas, cubran con sus propios recursos lo que los presupuestos públicos no alcanzan a cubrir.

El instrumento para todo esto ha de ser un sistema de evaluación con consecuencias, que premie, castigue y corrija. Esto supone tres cosas, hasta ahora inaceptables para el magisterio nacional y para las burocracias educativas. La primera, someterse a una evaluación pública en su desempeño, maestro por maestro, escuela por escuela. La segunda, sujetar el aumento en los ingresos de los maestros y de los presupuestos de las escuelas a los índices de mejora educativa. Tercero, dar a los padres la oportunidad de escoger la escuela donde quieren enviar a sus hijos según su rendimiento educativo. Nada de esto es posible hoy, ni siquiera planteable. Por eso la educación mexicana empeora en lugar de mejorar: no hay costos inmediatos. No hay gritos ni mantas en el aula de clase.

(continuara)

Mezcal

En el origen…el Mezcal Gusto Histórico

mezcal-bebida-370_611332

En México hay tantos gustos históricos y mezcales tradicionales como regiones y pueblos mezcaleros existen; mezcales con aromas y sabores únicos y específicos, resultado de sus peculiares formas de elaboración, de su entorno ecológico y de la construcción de sus propios gustos y normas gastronómicas. Estos mezcales son reconocidos por los miembros de las comunidades donde se elaboran; aquéllos que no sean reconocidos como propios por los habitantes de esas comunidades y que, además, se les quiera hacer pasar como legítimos y originarios de las mismas, serán considerados falsos y no serán consumidos.

Por tanto, aromas y sabores constituyen la prueba de fuego de que un mezcal sí es tradicional, que sí representa un gusto histórico específico y la gastronomía de su población o región. Y es así por una sencilla razón: aromas y sabores son resultado de un complejo y vasto conocimiento y proceso de elaboración que incluye magueyes, aguas, leñas, piedras, tierra, fuego, clima, aire, microorganismos, instrumentos y herramientas de procesamiento, paladares extraordinariamente formados y sazón de los maestros mezcaleros, así como las normas tradicionales que establecen los requisitos que deben reunir las materias primas y la forma correcta de llevar a cabo los distintos procesos de la producción.

Por tanto, estos gustos históricos constituyen un patrimonio cultural invaluable que debemos preservar. Para ello, es necesario conocer la tradición mezcalera y respetar a quienes la encarnan: los maestros mezcaleros y las poblaciones de las que ellos son parte, así como las reglas tradicionales que han construido a través de su historia. A promover esta tradición dirigen sus esfuerzos: 1) la logia de los mezcólatras, agrupación dedicada a saborear exclusivamente mezcales tradicionales en distintos bares y restaurantes de México; y 2) el Boletín BiblioMezcalófilo, cuyos textos tratan sobre esta temática. Puede hacerse contacto con ambos en: info@mezcalestradicionales.com.mx

tio cornr/mezcales/mileniodiario


A proposito del PAN en Guanajuato

¡Que chingue el PAN!
¡Que chingue el PAN!

En el estado de Guanajuato, asi como en otros 17 estados panistas y priistas, las mujeres no deben abortar, so pena de carcel, no importa si el feto, del tamaño de un frijol, es el producto de una violacion. La unica razon que se me ocurre, es que quieren perpetuar su propia raza retrograda, cuantos mas abortos, menos panistas. La semana pasada retiraron de todas las farmacias del estado las famosas pastillas del dia despues, alegaron que estaban en mal estado. Las empresas farmaceuticas, que no son santas de mi devocion, desmitieron esta aseveracion y comentaron que les prohibieron resurtir el producto. A los homosexuales los traen jodidos, en muchos municipios han prohibido las minifaldas a las trabajadoras del estado. ¿Que sigue?…..la castracion en masa, la ablacion del clitoris, los cinturones de castidad……

¡Ah que panistas!,¡ son mas cerrados que el coño de una muñeca!.

A continuacion, un texto de mis filosofos favoritos, a proposito de los idiotas panistas.

La religion y el sexo

La actitud de la religión cristiana ante el sexo es tan morbosa y antinatural que sólo puede comprenderse si la relacionamos con la enfermedad que atacó el mundo civilizado cuando decayó el Imperio Romano. A veces se oye comentar que el cristianismo ha mejorado la condición de las mujeres; está es una de las tergiversaciones de la historia más groseras que puedan hacerse. En una sociedad que considera de la máxima importancia que las mujeres sigan a rajatabla un código moral muy estricto, es muy difícil que puedan disfrutar de una posición tolerable. Los sacerdotes han considerado siempre a la mujer como la tentadora, la inspiradora de deseos impuros.

La enseñanza tradicional de la Iglesia ha sido y sigue siendo que la castidad es lo mejor, aunque para quienes esto les resulte imposible dejan la posibilidad del matrimonio, porque “más vale casarse que abrasarse”, como brutalmente afirma San Pablo. Haciendo indisoluble el matrimonio e imposibilitando todo conocimiento del Ars Amandi, la Iglesia logró que la única forma de sexualidad permitida fuera dolorosa, en vez de placentera. La oposición al control de la natalidad parece obedecer al mismo motivo: si una mujer tiene un hijo por año hasta que muere agotada, no es esperable que vaya a encontrar mucho placer en el matrimonio.

El concepto de pecado, tal como lo presenta la ética cristiana, provoca un enorme daño: ofrece a la gente una vía de escape para su sadismo considerada legítima e incluso noble. Pongamos como ejemplo el asunto de la prevención de la sífilis. Se sabe que si se toman algunas precauciones el peligro de contraer la enfermedad es mínimo; sin embargo, los cristianos se oponen a la difusión de estos conocimientos médicos porque sostienen que los pecadores deben ser castigados. Mantienen su actitud hasta tal punto que están dispuestos a que el castigo se extienda a las esposas y a los hijos de los pecadores. Actualmente hay en el mundo muchos miles de niños con sífilis congénita que nunca deberían haber nacido, de no haber sido por ese deseo de los cristianos de ver castigados a los pecadores. No comprendo como este tipo de doctrinas promotoras de la más diabólica crueldad pueden ser consideradas moralmente beneficiosas.

La actitud de los cristianos respecto al conocimiento de los temas sexuales es sumamente peligrosa para el bienestar humano. Toda persona que considere esta cuestión sin prejuicios sabe que la ignorancia artificial  impuesta por los cristianos ortodoxos a los jóvenes es extremadamente dañina para su salud física y mental; además, la mayoría de los niños, cuya única posibilidad es informarse mediante conversaciones indecentes, acaba  considerando la sexualidad como algo malo y ridículo. No se puede defender que ningún tipo de conocimiento sea indeseable; por eso, yo no pondría ninguna barrera a la libre adquisición de información sexual. Es probable que una persona actúe con menos prudencia cuando se mantiene en la ignorancia que cuando está instruida, por lo cual es absurdo despertar en los jóvenes una sensación de pecado cuando muestran su curiosidad natural acerca de un asunto tan importante.

A todos los jóvenes, por ejemplo, les interesan los trenes. Vamos a suponer que se les dice que ese interés por los trenes es malo; imaginemos que se les venda los ojos cada vez que se encuentran en un tren o en una estación de ferrocarril; supongamos que se impide que se mencione la palabra “tren” en su presencia, y se crea un misterio impenetrable en torno a los medios de transporte. El resultado no sería hacer que disminuyera su interés por ellos, sino muy por el contrario, los trenes les atraerían más aún, pero con la morbosa sensación del pecado y de lo indecente. Todo muchacho de inteligencia despierta podría llegar a convertirse de ese modo en un neuroasténico. Esto es lo que ocurre con la sexualidad, pero como el sexo es mucho más interesante que los trenes el resultado es aún peor. Casi todos los adultos que pertenecen a una comunidad cristiana tienen alguna enfermedad nerviosa que es el resultado del tabú que imperaba en torno al sexo cuando eran niños o adolescentes. Este sentimiento de pecado que les fue implantado artificialmente es una de las causas de la crueldad, la timidez y la estupidez que muestran en etapas posteriores de la vida. No existe ningún motivo racional para impedir a ningún niño que se iinforme de los asuntos que le interesan, sean sexuales o de cualquier otro tipo. No tendremos jamás una población sana hasta que esto no se lleve a la práctica, lo cual es imposible mientras las Iglesias dominen la política educativa.

Es evidente que las doctrinas fundamentales del cristianismo exigen un elevado grado de perversión ética antes de poder ser aceptadas. El mundo, según nos dicen, fue creado por un Dios que es a la vez bueno y omnipotente. Un Dios que antes de crear el mundo previó todo el dolor y la miseria que iba a contener y que, por tanto, es responsable de ello. Es inútil pensar que el dolor del mundo se debe al pecado; esto simplemente no es cierto, ya que el pecado no produce ni las inundaciones ni las erupciones volcánicas, y aún cuando fuera verdad no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar a un hijo sabiendo que iba a ser un maniaco violento, yo sería el responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que iban a cometer los seres humanos, y a pesar de todo decidió crearlos, Él es el responsable de las consecuencias negativas que han traído los pecados humanos. Lo que dicen habitualmente los cristianos es que el sufrimiento es un medio para purificarse del pecado, y que por tanto el sufrimiento es bueno. Esto es, evidentemente, una racionalización del sadismo, y en todo caso es un argumento muy pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a la sala para niños de algún hospital para que presenciara los sufrimientos que padecen allí, y luego le pediría que insistiera en su idea de que esos niños merecen sufrir. Para poder afirmar algo así, un hombre tiene que destruir todo sentimiento de piedad y de compasión, haciéndose, en suma, tan cruel como el Dios en el que cree. Nadie que piense que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien puede tener intactos sus valores éticos, porque siempre está tratando de hallar escusas para el dolor y la miseria.

Texto de Bertrand Russell

La pobreza como espectaculo

Pobreza en MéxicoLo sucedido anteayer en un centro de convenciones de la Ciudad de México; el impúdico e indignante manejo de la miseria como espectáculo, la conversión del sufrimiento de millones de mexicanos en instrumento de destape, en pasarela política multimedia de Ernesto Cordero, flamante delfín del PAN y de Felipe Calderón, me obligan a mirar de nuevo hacia lo que sucede en nuestro país.

Escribo teniendo frente a mí la fotografía del titular de Sedesol, del nuevo showman, del nuevo rock star del calderonismo, caminando, del “tamaño de una tortilla” dice la misma nota del diario Reforma, ante una enorme pantalla donde se proyectan imágenes, también gigantescas y de ahí la comparación con la tortilla, de mexicanos en situación de pobreza alimentaria.

Lo hago después de leer, además, como el cronista describe la manera en que, frente a los ricos, los poderosos, los influyentes del país Ernesto Cordero fue adquiriendo paulatinamente, consciente de su propia importancia, mayor seguridad, mayor control del escenario.

Escribo imaginando cómo fue que su desempeño actoral puso tan de buen humor a su jefe, a su padrino, que éste, pese a lo que le aconsejan sus asesores, se decidió a utilizar los mismos recursos técnicos para su discurso.

Escribo con indignación y rabia. Nadie debería tener derecho a exhibir así impunemente la pobreza; a lucirla para su propio beneficio político de esa manera; a producir ese lamentable aséptico y monumental tour tecnológico-cinematográfico por la tragedia ajena.

Esas familias, esos niños, esas mujeres que fueron exhibidos, que fueron utilizados por Cordero como telón de fondo, como recurso melodramático, como apoyo para sus gráficas y sus paseos, tendrían que poder defenderse ante tan cínica y terrible explotación de su imagen.

¿Con qué cara nos viene este señor a hablar del incremento alarmante de las cifras de miseria extrema en este país, pavoneándose (con Steve Jobs presentando una nueva computadora lo compara el cronista de Reforma) en un escenario en el que, para su lucimiento, se han gastado millones de pesos del erario público?

¿Cuántas familias, de esas que en este sexenio ingresaron a la miseria y durante cuánto tiempo se alimentarían con lo gastado en ese espectáculo?

¿Cómo se atreven Cordero y Calderón a convocar de esta manera a una cruzada contra la pobreza?

¿Cómo pueden ser capaces de hacer de esta tragedia nacional un show?

¿Es que no tienen recato alguno?

¿Es que son a tal grado rehenes de su hacedores de imagen; de esos charlatanes de tiempo completo que medran impunemente con la hacienda pública?

¿Es que acaso no se dan cuenta que de asuntos tan graves y tan delicados debe hablarse con enorme seriedad y que la pobreza extrema no necesita, para ser presentada correctamente, de recursos escénicos y propagandísticos, sino de austeridad republicana, de compromisos reales y eficientes con aquellos que sufren ese terrible flagelo?

La miseria de millones de mexicanos es una atentado contra su dignidad, contra su propia naturaleza humana. Con eso no se juega, con eso no se lucra políticamente y menos cuando se es corresponsable de esa tragedia.

Porque por más que Felipe Calderón y Ernesto Cordero quieran escurrir el bulto. Por más que quieran hoy culpar de sus desaciertos en la conducción económica del país a factores externos, a la tan llevada y traída crisis mundial ante la cual no han sabido siquiera reaccionar, el hecho es que son ellos, junto con los priistas, ante los cuales hoy doblan la cerviz y a los cuales, en el marco de su estrategia de precomposición electoral, culpan de todo, quienes han provocado esta debacle.

“Tres largos años” faltan para que termine, “haiga sido como haiga sido”, Felipe Calderón su sexenio. Sólo ahora voltea a ver a los pobres. Apenas hace unas semanas los utilizó, presentando las nuevas estadísticas de la miseria, para promover la aprobación de su paquete económico.

Vuelve hoy, de nuevo, a la carga, explotando sus imágenes, exhibiendo la tragedia, sólo para enmarcar la presentación en sociedad de su candidato presidencial. De un hombre: Ernesto Cordero, que, a juzgar por el espectáculo del miércoles pasado, ha demostrado tener más ambición que sensibilidad, más tablas que prudencia, más hambre de poder que respeto a quienes tienen hambre de verdad.

Articulo de Epigmenio Ibarra/mileniodiario

Barcelona-Madrid

barca-madrid

Pasado mañana el Nou Camp escupirá fuego azul y grana porque se enfrentan el Real Madrid y el Barcelona. El partido se podrá ver en la televisión y 50 cines. Tendrá la emoción de siempre, o más, porque provocará cierta lectura simbólica en el instante en que los políticos catalanes, sus periódicos, sus radios, embriagados por el éxtasis del naufragio, temen que se esté urdiendo un cerrojazo institucional contra su nación. Todo ocurre unas semanas después de que esposaran a dos padres de la patria catalana, que cuanto más se sacrificaban por su nación, más dinero ingresaban en las Islas Caimán. Que los patriotas de aquí y de allá afanen es lo común, más grave aún sería que incumplieran las leyes.

Escribió Manuel Vázquez Montalbán, poco antes de morirse, que España, en vez de ser una nación de naciones, parece un manicomio de manicomios donde los catalanes se sienten polacos. No habló de que la manía persecutoria se extiende a los españoles, que se sienten tan centralistas como los aztecas. Somos grillados contra sonacas. «¿Soy un polaco? -se preguntaba Manolo-. Mi abuelo paterno era un cantero gallego; el materno, un murciano guardia de la porra al que le salió una hija separatista y anarquista. Tengo raíces en toda España. Sus gentes son mi gente».

Desde los años 90 hasta ahora, la patología se ha agravado, el frenopático se ha ampliado no porque la nación catalana sea posible sino porque, como pasó en las colonias, los criollos constitucionalistas han empuñado la senyera estelada. Para que Cataluña sea una nación sólo falta un papeleo que aún hay que gestionar en Madrid. Tiene que aprobar el Estatuto el Tribunal Constitucional. Los pactos políticos se han agotado y si los catalanes quieren ser una nación, no les queda otro camino que la revuelta. Que no esperen esta vez que el toro cornee al borrico.

Jordi Pujol, grandilocuente y teatral, dijo hace unos días, para agitar a las masas, que los catalanes acatarán el Estatuto no para acatar la ley sino porque, si no lo hacen, enviarán a la Guardia Civil. Que no se haga ilusiones: el Gobierno no enviará a la Guardia Civil. Ni siquiera va a gritar la gente «bote al bote, polaco el que no bote». Ya saben que el Real Madrid no son los tercios de Flandes sino una pandilla de mercenarios que se fichan con cheque, al servicio de las televisiones y las multinacionales.

La España plural hace mucho que capó al caballo de Espartero, el que hace 200 años lanzó desde Montjuïc 1.014 bombas sobre Barcelona, cuando el consorte era el primer pajillero de la corte. Así que ni Rosa de Fuego ni Ciudad de las Bombas. Ya hemos castrado al caballo del Espartero y hemos borrado las fechas rojas de los aniversarios.

Hagan ustedes su independencia, no esperen que les sigamos ayudando nosotros.

Articulo de Raul del Pozo/elmundo.es