La debilidad del poderoso Presidente

Todo indica que el Presidente saldrá fortalecido de las decisivas elecciones intermedias que se celebrarán este verano, lo cual haría aún más preeminente su peso en lo que resta del sexenio. Por un lado, los sondeos señalan que Morena, el partido en el poder, arrasará en las gubernaturas (tiene pronóstico favorable en 13 de las 15 que estarán en disputa) y hay pocas dudas de que mantendrá la mayoría en el Congreso (resta saber si conseguirá la mayoría calificada, que le permite cambios constitucionales, o solo la mayoría simple, que le obligaría a negociarlos).

Los otros factores de poder poco a poco se han alineado o han sido neutralizados: el Ejército se ha convertido en aliado privilegiado; el Poder Judicial se encuentra a la defensiva y la Suprema Corte pendula hacia el obradorismo; el gobierno de Biden, que podía ser un contrapeso, súbitamente ha perdido un poco de capacidad de negociación frente a la crisis política doméstica que ha generado la migración centroamericana, donde México juega un papel estratégico; los empresarios están desunidos y un tanto atemorizados por una política fiscal punitiva en la que muchos de ellos tienen un pasado vulnerable; los partidos de oposición, lejos de recuperarse de la debacle de 2018 parecen estar aún más debilitados. Y tan importante como todo lo anterior: el Presidente mantiene su popularidad intacta a pesar de la pandemia, los escándalos, la propaganda adversa y el calamitoso año que hemos vivido.
En suma, la escena pública es, en gran medida, la de un solo hombre. No obstante, al mismo tiempo se trata de un hombre cada vez más imposibilitado de sacar adelante su ambicioso proyecto: instaurar un régimen capaz de provocar un cambio sustantivo en la vida de los más pobres. El Presidente buscaba crear las condiciones para un mejor reparto de la riqueza pero sin violencia, sin expropiaciones radicales y sin despojar de la suya a los sectores acomodados. Quería hacerlo, sí, suprimiendo las malas prácticas y acotando al empresariado crecido parasitariamente a la sombra del poder público. Pero en ningún momento se planteó, ni se ha planteado, una redistribución de la riqueza quitándole a unos para dárselo a otros. Ni siquiera se concibió una reforma fiscal más progresiva, como se hace en Europa, para gravar al gran capital en beneficio de los de abajo.

Siendo así, la única posibilidad de mejorar la dotación que se llevan los que menos tienen residía en aumentar la riqueza. Una parte saldría del combate a la corrupción, pero otra tendría que ser resultado de una nueva expansión económica. El Presidente realmente creía que el país iba a crecer tan pronto como se estimulara el poder adquisitivo de los sectores populares.  La propuesta económica del gobierno al arrancar el sexenio no era mala y ciertamente era más justa. Buscaba reactivar el mercado a través de enormes transferencias sociales capaces de incrementar el ingreso de los sectores populares y, por ende, la demanda. Se trataba de una medida de justicia social, pero también una manera de incentivar la expansión productiva del sector empresarial. A ese estímulo a la inversión privada se agregaría un clima favorable mediante finanzas públicas sanas, inflación contenida, impuestos estables y una moneda sólida. Su Tren Maya o su proyecto de inversión en el Istmo intentaban convertirse en detonantes puntuales para paliar la falta de inversión en regiones marginales.

Ese era el plan. La pandemia barrió con él. Nunca sabremos cuál habría sido el impacto real de la propuesta económica de la 4T. Nada resiste un tsunami capaz de desplomar la producción de esa manera. Con o sin López Obrador, y allí están tasas similares de países europeos más sólidos, el desplome habría sido brutal. La caída de 9 por ciento del PIB no sorprende de una economía tan sensible al turismo, al petróleo, al intercambio comercial y tan afectada por la presencia del sector informal. La crispación entre las élites, durante y posterior a la pandemia, hizo el resto. 

El poder político y el poder económico no pudieron ponerse de acuerdo para convenir una tregua o para encontrarse a medio camino. Ambos se han atrincherado cada uno en sus propias fortalezas: López Obrador se ha hecho políticamente más fuerte; por su parte, los empresarios han dado un paso atrás y han asumido una actitud más pasiva, algunos por precaución, otros por irritación. 

Lo cierto es que la atonía económica que estamos viviendo amordaza en la práctica a los ambiciosos y bienintencionados planes del Presidente. Hoy las enormes transferencias sociales son más un tema de bienestar y de ética social; sirven apenas para paliar la miseria, pero distan de ser un factor de reanimación capaz de impulsar a la economía. Quizá lo habrían sido en otras condiciones. Hoy hay más pobres que en 2018.

En este momento todo el poder del Presidente resulta incapaz para insuflar en la economía los niveles de inversión y creación de empleos que se necesitan para activar a las regiones deprimidas y sacar de la pobreza a los sectores abatidos. No hay manera de crecer sin inversión, de la misma forma que no se puede cosechar sin haber sembrado; y tanto la inversión pública como la privada tienen dos años deprimidas y sin un cambio significativo a la vista.

Frente a esta situación el Presidente parece decidido a cambiar lo que sí puede, es decir, lo que sus poderes políticos ampliados le permiten: la estructura jurídica e institucional para instaurar un régimen menos inclinado a las élites. De allí su insistencia en los cambios constitucionales o en entregar al Ejército los beneficios futuros de obras de infraestructura para evitar su privatización. No puede imponer al empresariado un mandato para que invierta o genere empleos, pero puede dictaminar salarios mínimos más altos y mejores prestaciones para que sean efectivas cuando tales empleos vuelvan a crearse.

Nos esperan tres años complicados. Un Presidente fuerte en lo político y maniatado en lo económico decidido a conseguir, aunque sea a tirones y jalones, un andamiaje institucional más justo para los mexicanos empobrecidos. Resultados sustantivos en la vida diaria de todos ellos serán escasos. No es poca cosa, pero se queda corta con respecto a las expectativas. En 2024 veremos el encontronazo de aquellos que quieran revertir los cambios para deshacer este andamiaje y aquellos que deseen aterrizarlos bajo condiciones más favorables. Pero esa es otra historia. _

Jorge Zepeda Patterson

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Aznar y Rajoy, presidentes don nadie

Aznar y Rajoy, presidentes don nadieLas declaraciones de José Mª Aznar y Mariano Rajoy en la Audiencia Nacional retrataron a dos presidentes del Partido Popular (PP) que pintaban más bien poco en el partido. Según sus testimonios, no ordenaron prácticamente nada, no tuvieron conocimiento de cuanto pasaba dentro del partido y por no hacer, ni siquiera agradecían a los donantes de peso –grande empresarios- sus detalles con la formación política. Rajoy, incluso, negó conocer quiénes eran los grandes donantes, fueran legales o no, del PP. Unos don nadie, vaya.

La gran diferencia entre Aznar y el resto de los comparecientes, incluido Rajoy, es que él no niega la existencia de los papeles de Bárcenas, sino que alega desconocimiento de los mismos. Aznar afirmó que “no he conocido ninguna contabilidad B del PP, solo he conocido la contabilidad oficial”, a pesar de que dicha contabilidad B ya ha sido ratificada por el Tribunal Supremo (TS). Rajoy, por su parte, se alineó con el discurso negacionista del resto de altos cargos, negando incluso lo que el TS ya ha demostrado, lo que sin duda no ayuda a su veracidad.

Por desconocer y no tomar parte, Rajoy afirmó no haber participado ni siquiera en la decisión de reformar la sede del PP en Génova, a pesar de que su coste fue millonario, de los que según la investigación 1,5 millones de euros se habrían pagado en negro. Sí admitió, al menos, la consulta de su compra en 2006, que ascendió a 37 millones de euros.

“Yo estaba en los grandes temas, en los temas políticos”, afirmó Rajoy, sin importarle cuánto y de dónde llegaba el dinero para las campañas electorales, algunas de las cuales, como confirmó la sentencia de Gürtel, se financiaron ilegalmente. El PP que dibujaron tanto Aznar como Rajoy es un partido cuyo rumbo no dependía de ellos, en el que se autorretrataron como peleles donde eran teledirigidos por otros poderes internos que desconocen o, incluso, no recuerdan.

Tras el tono chulesco y retador de Aznar no había más que la cobardía de quien miente, ocultándose tras una mascarilla que no tenía ninguna justificación al encontrarse sólo en casa. Hasta en eso mintió quien fue capaz de ver armas de destrucción masiva en Irak a miles de kilómetros de distancia y fue incapaz de ver los sobres con dinero B que circulaban delante de sus narices: aseguró llevar mascarillas porque él siempre respeta las normas y recomendaciones sanitarias –que no dictan tal medida-, a pesar de que en pleno confinamiento violó el estado de alarma viajando hasta su segunda residencia en Málaga.

La actitud de Aznar fue la del niño repelente y desafiante que replica a sus mayores creyendo saberlo todo cuando, en realidad, su estulticia lo deja en ridículo. Quiso adoptar una postura ofensiva, rozando la esquizofrenia paranoide como si los abogados de la acusación popular le interrogaran por ser ultraconservador cuando, en realidad, lo hacían por haber sido presidente de un partido en el que la corrupción campaba a sus anchas durante su mandato.

Ante estas pataletas pueriles, el juez tuvo que atizarle varios cogotazos dialécticos, callándole literalmente la boca e indicándole lo irrelevante de sus comentarios. Por patinar, hasta patinó Aznar mostrando su ignorancia de los procesos judiciales al creer que no tenía que rendir cuentas ante la Fiscalía o la Abogacía del Estado.

Como cabía esperar, Aznar negó todo, hasta el testimonio del exdiputado del PP Jaime Ignacio del Burgo al asegurar que fue él  quien ordenó pagar sobresueldos en metálico durante años al al consejero navarro Calixto Ayesa. Ordenar pagos “no entraba dentro de mis competencias, de mis funciones ni de mis responsabilidades”, sostuvo.

La altanería de Aznar mostró su verdadera naturaleza, afirmando no sólo desconocer qué hicieron sus sucesores sino, además, no importarle nada, a pesar que lleva años queriendo seguir metiendo mano en el PP y ha mostrado su apoyo participando activamente en actos de partido. En definitiva, Aznar hace ahora con su propio partido lo que ha hecho siempre con la democracia: utilizarla cuando conviene a sus intereses y, cuando no, sacúdirsela de encima.

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La misma derecha que odia a las mujeres

La misma derecha que condenó a muerte a tantos ancianos en las residencias dando órdenes de no derivarlos a hospitales sin que les temblara su pulso, un pulso, de momento, presuntamente asesino; la misma derecha que usa pornográficamente a las víctimas del terrorismo y que considera que las víctimas de Franco no son víctimas porque se lo merecían; la misma derecha que le dice a los parados que se jodan y a los enfermos mentales que se vayan al médico; la misma derecha que se gastó millones de hospitales que luego privatizó y que tuvieron como paradójica conclusión que se redujeron el número total de camas; la misma derecha que le cubrió las espaldas y el bolsillo al rey Emérito; la misma derecha que le dio licencia a Villarejo para que robara, mintiera, amenazara, lesionara o creara pruebas falsas contra los adversarios políticos; la misma derecha condenada por corrupción, es decir, por robarle dinero a la España que tanto dicen querer; la misma derecha que tiene a tantos dirigentes en la cárcel por ladrones; la misma derecha que hace trampas inmobiliarias, que falsifica licencias y que no paga a los trabajadores de sus obras; la misma derecha que ha pretendido controlar a la judicatura pateando la Constitución y que ha destruido pruebas obstruyendo el trabajo de la justicia; la misma derecha que han comprado otra vez a tránsfugas, esta vez, a diferencia del Tamayazo, a la vista de todo el mundo; la misma derecha que convoca elecciones en día laborable a ver si los trabajadores no votan; la misma derecha que se ha quedado dinero de la ayuda al desarrollo, de la visita del Papa, de colegios, de la alimentación de los niños o del agua que bebemos, es la misma derecha que desarrolla todos los días su violencia política contra las mujeres de Podemos.

Esta derecha inmoral y criminal no reconoce la valía de las mujeres que hacen política en la izquierda. Las atacan a ver si les hacen daño, si golpean a su círculo afectivo, si debilitan su compromiso. Porque toda la estrategia del PP con las mujeres de Podemos solo busca eso: hacer daño

Esta derecha inmoral y criminal no reconoce la valía de las mujeres que hacen política en la izquierda. Esa derecha lleva el mismo ADN que el que llevaban los que rapaban a las mujeres por ser republicanas, por ser combativas mujeres de mineros en huelga o, simplemente, por ser dignas. Por eso, esta derecha dicen “Señora Ministro” pensando que son divertidos, o usan sus vidas privadas para intentar descalificar sus tareas en puestos de responsabilidad. A ver si les hacen daño, si golpean a su círculo afectivo, si debilitan su compromiso.

Porque toda la estrategia del PP con las mujeres de Podemos solo busca eso: hacer daño.

Esta derecha nauseabunda es celebrada tristemente por otras mujeres en los medios de comunicación. Les puede más sus intereses económicos que su solidaridad de género. Aunque ese comportamiento vejatorio es el que está detrás de la violencia de género, de los asesinatos, de las agresiones.

Para esa derecha nauseabunda, la violencia de género no existe, así que las asesinadas por sus parejas, las torturadas por sus parejas, las enloquecidas por sus parejas, que se jodan.

Esta derecha no quiere aceptar la libertad de las mujeres de Podemos para hacer su vida, para destacar en los estudios, en sus trabajos, para ejercer la representación política, para hacer con su cuerpo lo que les venga en gana, para no pedir permiso al párroco para desear, para poner su cuerpo para frenar un desahucio, para parar a esa patronal que esclaviza a inmigrantes en el campo, para detener a los que quieren hacer de Madrid un laboratorio de la extrema derecha del siglo XXI.

Cada vez que un político del PP intenta descalificar a una mujer de Podemos negándoles su derecho y su libertad a hacer política mencionando su vida privada, están ayudando a empujar el cuchillo, el gatillo, la maza que luego en manos de locos quita la vida a las mujeres.

Esa extrema derecha con oído musical para la guerra civil, miente, se mete en la vida privada, construye bulos, repite insidias, saca todo el repertorio del machismo en vigor desde el franquismo con el único fin de intentar negar el derecho de las mujeres libres a hacer política.

Cada vez que un político del PP intenta descalificar a una mujer de Podemos negándoles su derecho y su libertad a hacer política mencionando su vida privada, están ayudando a empujar el cuchillo, el gatillo, la maza que luego en manos de locos quita la vida a las mujeres.

En la guerra de Irak, los políticos de la derecha ya fueron cómplices de asesinato. Parece que se encuentran a gusto en ese papel.

Mujeres: vuestro voto, de momento, vale igual que el de los hombres.

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La gran brecha del mundo

Como cualquier migrante, africanas y africanos vienen a Europa no porque quieran, sino para vivir mejor

           

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Cualquier migración tiene un punto de crueldad, de desarraigo. Te vas de tu pueblo porque te echan o porque crees que en otro vivirás mejor. Pero, sobre todo, te vas porque tu lugar de origen no te ofrece la posibilidad de desarrollarte personalmente, empezando por un trabajo digno. Atrás quedarían los derechos al entorno o a la familia, en caso de que fuesen derechos reconocidos.

YO ARRIESGO

Muchas personas de cualquier parte de África, hartas de sufrir lo que el mundo hace con su país, deciden que basta ya. Que arriesgan. Que quieren otra vida. De cada 18 personas que intentan cruzar el Mediterráneo, una muere ahogada, según datos de Open Arms. En total, más de 33.000 desde 1993.

El 90% sufre violencia sexual, física o psicológica. Aunque es difícil generalizar, cada uno de los entre 25 y 30 embarcados en una patera puede llegar a pagar unos 2.000 euros por el traslado marítimo. El patrón puede cobrar hasta 5.000 euros.

emigración africana
Alejandro Carnicero – Shutterstock

Un traficante de 27 años, cauto pero entusiasmado con el negocio, declaraba a La Vanguardia haber ganado unos 70.000 con seis pateras en dos meses. Tiene que darle 10.000 euros a su contacto policial y 200 por cliente a su agente comercial, que le busca pasajeros. Dice que si Europa le paga, él deja el negocio.

La emigración africana no es lo que parece. Más de la mitad de las personas que salen de su entorno lo hacen a otro país africano, no a Europa

MOUSSA

Pero no todas las personas llegan en patera. Moussa vino en avión con la documentación de una persona fallecida. Con enviarle a su madre en Senegal 250 euros para comida —para mucho más no le alcanza— ya cumple parte de su objetivo.

Lo que más le cuesta es convencerles, cuando visita a su familia, de que aquí la vida es dura, que se trabaja mucho y se cobra poco. Aun así, le compensa porque, tras 10 años entre nosotros, tiene ocupación, nuevos amigos y está orgulloso de pagar aquí sus impuestos. Somos parte de su vida y él de la nuestra.

DE DÓNDE VIENEN

La emigración africana no es lo que parece. Más de la mitad de las personas que salen de su entorno lo hacen a otro país africano, no a Europa. Y si no contamos el Magreb, la cifra asciende al 75%, ya que los países al norte del Sáhara tienen más vínculos con Europa, además de la propia proximidad geográfica. Solo el 14% de los emigrantes transcontinentales son africanos. 17 millones viven en Europa, una cifra muy parecida, por ejemplo, a la de europeos que viven en norteamérica.

De ellos, solo cuatro nacieron al sur del Sáhara y residen, sobre todo, en las antiguas metrópolis: más de 1 millón en Reino Unido, casi otro en Francia. Entre esos dos países, en Italia y en Portugal viven tres cuartas partes de las personas nacidas al sur del gran desierto. Las cifras oficiales estiman que entraron a España en embarcaciones precarias unas 110.000 personas en los últimos 6 años, casi la mitad en 2018.

POLIZONES

A ellas hay que unir los que se arriesgan a aprovechar el viaje de un carguero o petrolero. En 2004 el mercante Wisteria, de bandera panameña y tripulación coreana, tiró al mar a cuatro senegaleses. Intentaron juzgar al capitán, pero el hecho de que todo ocurriera en aguas internacionales pesó más que los cuatro asesinatos.

Casi le sucede lo mismo a Mamadou Diouf, que vino desde Dakar. Gracias al chivatazo de una ONG portuguesa que lo había detectado en su escala de Lisboa, lo localizaron en Galicia, donde lo acogieron tras escapar del buque, hace más de 20 años. Como otros muchos, envía dinero a su familia mientras trabaja en lo que puede (incluidas las duras temporadas de la fruta en el oriente peninsular), duerme en contenedores y cobra bajo mínimos.

Vienen para progresar personalmente y ayudar a sus familias, como cualquier emigrante del mundo. Irlandeses, españoles, portugueses e italianos lo hicieron siempre

EL EFECTO LLAMADA

El desarrollo de ciertas zonas del continente, lejos de suponer un freno a la emigración, resulta un estímulo. El mayor conocimiento del mundo hace que muchas personas jóvenes (la media de edad africana es de 19 años) deseen compartir algunos de los estándares de calidad de vida del norte.

Efectivamente, hay un efecto llamada, pero no lo provocan los barcos que los rescatan en el mar, como dicen algunas autoridades europeas para no apoyar a Open Arms y otras organizaciones. El efecto llamada es previo.

La televisión y las redes sociales, ese exhibicionismo europeo del hedonismo y la vida fácil. «Vemos cómo se vive aquí y queremos compartir esta vida», dice Moussa, lleno de razón y de dignidad. La mayoría de la gente viene a encontrarse con familiares que ya viven entre nosotros o con algún contacto de su entorno.

La gran brecha del mundo
Sonia Bonet – Shutterstock

LAS MÁS EDUCADAS

Las personas africanas que vienen a Europa suelen ser las alfabetizadas. La media está en tres años más de escolarización que el resto de sus compatriotas. En general, las más pobres se desplazan a otros lugares dentro del continente, a grandes ciudades o a lugares de interés agrícola. Achim Steiner, de Naciones Unidas, explica que «pese a los avances, el desarrollo de África es desigual y no lo suficientemente rápido como para satisfacer las aspiraciones de la gente».

Vienen para progresar personalmente y ayudar a sus familias, como cualquier emigrante del mundo. Irlandeses, españoles, portugueses e italianos lo hicieron siempre. «¿Qué clase de padre sería si no pudiese pagar alimentos, salud y educación a mi hija y a mi mujer?», se pregunta Yerima en un estudio del Programa ONU para el Desarrollo.

NOSOTROS, CIEGOS SOBRE ÁFRICA

Los medios de comunicación nos trasladan una imagen naïf, muy superficial y llena de negatividad de ese continente. Guerras, hambre, pobreza, epidemias y safaris. A eso se reduce el menú informativo occidental. Nada para compensar el gran drama de pateras, cayucos, rescates y catástrofes naturales. Ni pizca de vida cotidiana, poco de llamar a la gente por su nombre ni enseñar sus calles o sus ciudades, a no ser que hayan sido pasto de alguna tragedia. Hay quien llama a esto miserabilismo.

STROMAE Y LA CRUELDAD

Ni un solo contenido cool con protagonistas africanos. Excepto cuando alguien se hace millonario jugando al fútbol, por ejemplo. O cuando algún cantante triunfa en Occidente.

Stromae es un icono belga del culto e ilustrado pop francófono y del diseño gráfico y textil. Hijo de un arquitecto ruandés al que mataron en África cuando el cantante tenía 9 años. A él dedicó Papaoutai en 2013, tema que resultó un gran éxito internacional. En 2016 Charlie Hebdo publicó una portada con el cantante rodeado de un cuerpo descuartizado, preguntándose «¿Dónde está mi padre?».

Los graciosillos culturetas parisinos se burlaban así del cantante, en una demostración de burdo eurocentrismo. La revista perdió buena parte de la simpatía ganada tras el terrible atentado que la hizo famosa en todo el mundo. Y los fans, a uno de los grandes, pues tras esa portada Stromae se retiró y todavía se espera su regreso.

LAS ARMAS DE LA METRÓPOLI

En las últimas décadas se fraguan al sur del Mediterráneo las acciones de Occidente para perpetuar el viejo colonialismo. Francia sigue controlando las monedas de la mayor parte de sus antiguas colonias centroafricanas, como reafirmó en diciembre su Asamblea Nacional.

Guerras con trasfondo económico, como las de Somalia o Chad. Acciones más espectaculares, como la que acaba con Libia, en guerra civil desde 2014, el país más próspero del continente. Siria proporciona al Mediterráneo su éxodo de refugiados, motivación común para tantas personas africanas. Como Yemen, frente a Somalia, que se considera ya el mayor desastre humanitario del mundo. Allí, Occidente respalda a Arabia Saudí ante una supuesta influencia iraní.

La gran brecha del mundo
Mike Dotta – Shutterstock

ESPERANZA

El actual proceso de empoderamiento africano cristaliza en sentimientos antifranceses y antioccidentales cada vez más patentes, pero nadie logra revertir la situación, trufada de neocolonialismo, neoliberalismo e influencia china, tras décadas de intentos de autogestión económica liquidados desde Occidente a través de golpes de Estado o diplomacia económica.

Algunas personas tienen cierta esperanza en el proceso abierto del mercado común africano, el conocido como Tratado de Libre Comercio Africano (AfCFTA), en vigor desde principios de este año, con la vista puesta en los 1.200 millones de africanos y con un PIB de 3,4 billones de dólares. El tiempo dirá si contribuye al desarrollo real o continuará arrastrando las herencias coloniales.

DEUDA, PRODUCTIVIDAD, MERCADOS

De momento, un buque europeo pesca en un día frente a Senegal lo que 50 de sus tradicionales cayucos pescaban en un mes. Francia alimenta con uranio nigeriano el 40% de sus centrales nucleares. Las plantaciones de tomates se desmantelaron porque los europeos son más baratos, subvencionados por la UE.

El mercado del algodón bajó considerablemente gracias a la competencia norteamericana, que subsidia a sus productores. Los 46 países africanos más renqueantes dedican a pagar su deuda el 7,6% de su PIB, y a sanidad el 1,8.

«Se habla del Mediterráneo, pero poco del desierto, donde también se queda mucha gente»

SANI LADAN

Camerunés de 26 años. Cuando llegó aquí cayó en manos de una ONG que lo derivó hacia la agricultura intensiva del sureste español, una zona que aprovecha la desesperación de los emigrantes y los invita a trabajar por poco dinero. Sani no se resignó y hoy estudia relaciones internacionales en la universidad. Es un reputado y recomendable comentarista de la realidad africana.

 UN LÍDER DE OPINIÓN

Este jóven, de verbo fácil y gran capacidad persuasiva, salió con 18 años de su país natal. Cruzó el Sáhara, donde tuvieron que enterrar en las arenas del desierto a un compañero de expedición: «Se habla del Mediterráneo, pero poco del desierto, donde también se queda mucha gente». Argelia, Marruecos, Melilla, Ceuta, ese fue su itinerario desde casa.

Ladan tenía trabajo en Camerún, su familia podía mantenerlo, pero quería seguir estudiando. Pudo hacerlo con el apoyo de su nueva gente de Córdoba. Eso sí, tras rechazar convertirse en un paria agrícola por cuatro perras. Hoy representa el espíritu de África para sus seguidores en las redes, la dignidad del migrante. Una energía positiva, crítica y audaz.

EL TARAJAL, EL MEDITERRÁNEO

Ladan entró en España nadando por la playa de El Tarajal; después de aquello, tuvo la fortuna de dar con Cruz Roja. No tuvieron la misma suerte Yves, Samba, Daouda, Armand, Luc, Roger, Larios, Youssouf, Ousmane, Feita, Jeannot, Oumarou, Blaise y otra persona que continúa sin identificar, anónima. Sus cuerpos quedaron para siempre bajo las olas de Ceuta.

56 funcionarios españoles, siguiendo las órdenes del entonces ministro del interior, Jorge Fernández Díaz, dispararon 145 balas de goma y 5 botes de humo. Quince se ahogaron. Se salvaron otras 23. Ocurrió a las 7,40 horas del 6 de febrero de 2014.

En el extremo oeste del Mediterráneo se situó para cada uno de ellos el punto final de su sueño, que coincidió con el punto final de su vida.

Emigración africana en el Mediterráneo: la gran brecha del mundo (yorokobu.es)

Lo que los medios españoles no nos dicen sobre la pandemia

Profesor de Health & Public Policy en The School of Public Health y en The Johns Hopkins University. También es Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, por la Universitat Pompeu Fabra. 

Una consecuencia de haber vivido un largo exilio en varios países (Suecia, Reino Unido y EEUU) es que tengo por costumbre leer (en este orden) prensa sueca, británica, estadounidense y española cada mañana. Y me preocupan los graves déficits de cobertura informativa que existen en nuestro país. Ni que decir tiene que hay programas interesantes en algunas cadenas de televisión y que algunos periodistas son profesionales de gran valía. Pero, además de que la mayoría de los grandes medios tienen un sesgo conservador, su cobertura informativa es limitada, al menos en términos comparativos con la prensa de otros países que conozco y cuyos medios escritos leo cada mañana. Soy consciente de que esta declaración puede contribuir a que continúe estando vetado en los principales medios españoles, ya que no es la primera vez que hago estos comentarios. Pero hay que explicar por qué las encuestas confirman que los medios de información españoles están entre los que cuentan con menor confianza y apoyo popular en la Europa Occidental. Según el Digital News Report 2020 de Reuters Institute, que pregunta a los ciudadanos de numerosos países sobre si pueden “confiar en la mayoría de noticias la mayoría de las veces”, España queda por debajo de la media de los países que conformaban la UE-15 (a excepción de Luxemburgo, que no presenta datos).

El gran silencio mediático sobre las consecuencias de mantener las patentes de las vacunas anti COVID-19 durante la pandemia

Hago esta observación a raíz de la cobertura informativa de la pandemia y el retraso existente en la provisión de vacunas hoy en la Unión Europea, retraso que es incluso mucho más acentuado en buena parte de los países en vías de desarrollo a nivel mundial. Hay actualmente un gran debate en los principales medios de información del continente europeo sobre por qué hoy uno de los mayores problemas existentes en el control de la pandemia de COVID-19 es la escasez de vacunas contra tal enfermedad. Y, paradójicamente, este gran debate es de los temas más silenciados por los medios españoles. Una de las razones de este silencio ensordecedor parece ser que tal déficit de vacunas muestra claramente la incompatibilidad del modus operandi económico y empresarial actualmente dominante en el mundo occidental con la urgente y necesaria vacunación de la población mundial. Veamos los datos.

Hoy, el dominio a nivel global de los sectores farmacéuticos privados responsables de la producción y distribución de estas vacunas anti COVID-19 (cuyo objetivo principal es la optimización de sus beneficios empresariales, que están alcanzando dimensiones sin precedentes) y su lucha para defender las patentes de sus fórmulas para producirlas (que han sido altamente subsidiadas con fondos públicos) son responsables de que no haya vacunas suficientes para todo el mundo. De ahí se deriva la propuesta hecha por gran número de asociaciones científicas de profesionales de salud pública, de suspender las patentes mientras dure la pandemia permitiendo a muchísimos países fabricarlas y no tener que estar esperando durante años (aproximadamente hasta 2024) a que les lleguen las vacunas monopolizadas por tales empresas farmacéuticas, tal y como se prevé que ocurra de mantenerse las patentes.

Debería terminarse con el monopolio de producción de vacunas que está enlenteciendo la producción y distribución de vacunas

Ni que decir tiene que las empresas productoras de las principales vacunas señalan que son las únicas capaces de producirlas y distribuirlas, alegando que son ellas las que tienen el conocimiento, las materias primas y los medios de transporte necesarios. Ahora bien, cada uno de tales argumentos ha sido respondido con evidencia y claridad por instituciones y asociaciones, demostrando su falsedad. En realidad, la mayoría del conocimiento científico básico sobre el cual tales vacunas se han desarrollado ha sido financiado con dinero público como he señalado y mostrado en artículos anteriores (“Por qué la Unión Europea tiene un grave problema de falta de vacunas“, Público, 10.03.21; “Sabemos cómo controlar la pandemia, pero los dogmas neoliberales dificultan hacerlo“, Público, 25.02.21; “Cómo los dogmas neoliberales están obstaculizando la resolución de la pandemia“, Público, 03.02.21).

Esto ha sido reconocido incluso por el director general de la International Federation of Pharmaceutical Manufacturers and Associations, Thomas Cueni, que escribió en un reciente artículo publicado en The New York Times el 10.12.20, “Es cierto que sin los fondos públicos de agencias como la US Biomedical Advanced Research and Development Authority o el Ministerio de Educación e Investigación del gobierno federal alemán, las multinacionales farmacéuticas podrían no haber desarrollado las vacunas contra el COVID-19 tal como lo han hecho”. Es más, han sido los gobiernos los que, como compradores de las vacunas, eliminaron cualquier riesgo de falta de demanda del producto, habiéndose alcanzado, con el COVID-19, el mayor número de infecciones que jamás haya habido en un año por cualquier otra enfermedad infecciosa: 121.319.246 personas.

Otro argumento utilizado es la escasez de materias primas, que limita las posibilidades de expansión de su producción. Médicos Sin Fronteras ha documentado la falta de credibilidad de este argumento, siendo prueba de ello el propio comportamiento de los tres productores más importantes de las vacunas COVID-19, que han aumentado espectacularmente su producción en respuesta al crecimiento tan notable de la demanda. Y un tanto igual en cuanto a la ausencia del equipamiento de transporte que, incluso Pfizer, ha admitido que puede reducirse y simplificarse significativamente, habiéndose desarrollado un sistema de mantenimiento y refrigeración mucho más sencillo.

El control de la pandemia en los países desarrollados requiere, para ser eficaz, que se controle también a nivel mundial. La aparición constante de variantes del coronavirus muestra la gran urgencia de la solidaridad internacional, permitiendo a los países que tengan la capacidad y recursos para fabricar tales vacunas (y otros elementos necesarios) que lo hagan. Los costos de las vacunas en tiempos de pandemia no deberían estar condicionadas por las leyes del mercado ni por los intereses particulares de lucro. Dar el poder a corporaciones privadas de determinar los destinos de las poblaciones, secuestra a la humanidad a los designios particulares de tales empresas. En una guerra mundial contra el virus (que está ganando este último), no se puede dejar la producción y distribución del armamento (vacunas y otro material),  en manos del afán de lucro y de las leyes del mercado.

El ignorado debate en el Parlamento Europeo

Este debate ha llegado ya al Parlamento Europeo, sin que los medios españoles hayan prácticamente informado sobre ello. 115 eurodiputados y eurodiputadas han propuesto a la Comisión Europea y a los Estados miembros del ADPIC (el Acuerdo sobre los aspectos de los Derechos de la Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio) que en la reunión del Consejo General de la Organización Mundial del Comercio apoyen la medida que permita a todos los países producir vacunas mediante su propia industria farmacéutica, acabando con la actual monopolización de su producción por parte de un número reducido de empresas farmacéuticas (establecidas en el mundo occidental, en general, y en EEUU y la Unión Europea, en particular) que se sirven de la propiedad privada de los medios de producción de tales vacunas para impedir su difusión. Sin lugar a duda, la suspensión de estas patentes no reduciría la producción de vacunas en EEUU y en la UE, sino que la aumentaría tanto en esta parte del mundo como en el resto, sin ningún perjuicio para las poblaciones en los países desarrollados (que también tienen, por cierto, gran escasez de vacunas).

Esta suspensión del copyright durante la duración de la pandemia permitiría que muchas empresas manufactureras, tanto en EEUU como en la UE, así como en otros países desarrollaos y en vías de desarrollo pudieran producir y distribuir estas vacunas. Esta propuesta ha sido liderada por de los partidos que integran la Izquierda Europea (GUE/NGL) y apoyada por los partidos verdes (The Greens/EFA) y un amplio abanico de parlamentarios progresistas de otras sensibilidades políticas, incluyendo partidos socialistas. No apoyando tal medida encontramos, ya sea absteniéndose o votando en contra, a partidos de centroderecha (liberales), derecha (conservadores) y ultraderecha que anteponen la defensa de los beneficios empresariales a la vida de las clases populares de sus propios países y de los países en vías de desarrollo. Este debate, que debería estar en la primera página de los rotativos, no aparece ni en la última. Una excepción (a aplaudir) fue el programa del 14 de marzo último de Jordi Évole en la Sexta.

El debate de Évole en La Sexta

La importancia de este debate sobre las patentes apareció indirectamente en el reciente programa de Jordi Évole, emitido el domingo 14 de marzo, en el que entrevistó a Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias y la persona del Ministerio de Sanidad responsable de informar a la población sobre la situación de la pandemia y las medidas adoptadas por el gobierno español. Antes de comentar lo ocurrido durante el programa, siento la necesidad de hacer algunas observaciones personales. Una es que me gustan los programas de Évole (ya antes de que me entrevistara a raíz de mi activa participación en el 15M, y al que considero una de las pocas voces críticas en el panorama mediático español). También me gustó que intentara tocar este tema, invitando a una enfermera que trabaja en Mozambique como coordinadora de Médicos del Mundo, Neus Peracaula, la cual indicó la necesidad precisamente de anular las patentes. Quiero aclarar también que valoro positivamente la labor realizada por el Sr. Simón en el Ministerio de Sanidad, pero no me satisfizo su ambivalencia frente a la propuesta de la Sra. Peracaula. Un experto en salud pública de tan merecido prestigio como el Sr. Simón debería apoyar sin ninguna reserva la medida propuesta por una enfermera que estaba viendo morir a su gente por todas partes en un país muy pobre. Y, por cierto, añado también que las mascarillas han sido siempre útiles y han protegido también al que las utiliza, y no solo a los demás. Évole estaba en lo cierto cuando acusó tanto a la OMS como al Ministerio de Sanidad del gobierno español de haber infravalorado la utilidad de las mascarillas para, posiblemente, calmar a la población al no haber suficientes al inicio de la pandemia. La versión vertida por la OMS, por el Ministerio de Sanidad y por Fernando Simón al inicio de la pandemia (que las mascarillas tenían escaso valor para la población), fue un error, y así se debería reconocer. La evidencia científica en este sentido no deja lugar a dudas, y muchas instituciones, incluyendo The Johns Hopkins University, ya indicaron que el principal medio de transmisión del coronavirus era el aéreo, y que las mascarillas protegían tanto a las personas que las utilizaban como a las demás. Celebro que el Ministerio y el Sr. Simón hayan cambiado de opinión y que, en general, hayan tomado las medidas que se requerían en respuesta a la pandemia. El gran problema fue el fin del estado de alarma, cuando se disparó en Madrid y en Catalunya, cuyos gobiernos no fueron suficientemente sensibles o competentes, responsables del enorme incremento de las infecciones. De nuevo, la crispación política, alentada por los medios, demonizó al gobierno de coalición de izquierdas, contribuyendo al empeoramiento de la situación. Se debería analizar los medios no solo por sus silencios ensordecedores, sino también por sus estridencias y ánimo de crispar la vida política del país, convirtiendo la política en un espectáculo, como hacen muchas cadenas de televisión, empobreciendo así la democracia española. En realidad, tengo plena fe en la población española y estoy seguro de que la gran mayoría favorecerían el anteponer el bien común (facilitando una producción masiva de vacunas anti COVID-19, eliminando provisionalmente el monopolio que garantizan las patentes durante la pandemia) a costa de disminuir los enormes beneficios empresariales de un número reducido de empresas farmacéuticas productoras de tales vacunas que además se han beneficiado de abundantes fondos públicos, es decir, de fondos obtenidos por los autoridades públicas de la mayoría de la ciudadanía.

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Se dispara la tasa de incidencia de caspa en la derecha

Se dispara la tasa de incidencia de caspa en la derecha
Miembros de la asociación Derecho a Morir Dignamente se concentran en la Puerta del Sol a favor de la aprobación de la ley de eutanasia este jueves en el Congreso. — Chema Moya / EFE

Ayer España vivió otro día histórico: la aprobación de la Ley de Eutanasia. Son pasos como éste los que ponen una baldosa más en el camino hacia esa democracia plena que, por mucho que partes interesadas vendan, aún no hemos alcanzado. Y en este proceso de fortalecimiento de las libertades civiles, vemos cómo la tasa de incidencia de caspa en la derecha, de su sectarismo retrógrado, se ha disparado.

Hay muchas más cosas que les unen que que les separen. PP y Vox comparten ADN porque han sido engendrados de la misma manera. Por eso, su concepción de la libertad se hereda generación tras generación. Defienden tanto la libertad que quieren obligar a su propia descendencia a desconocer la diversidad sexual, que quieren hacernos comulgar a todos y todas con sus ritos y con su lenguaje bastardo -que no neolenguaje-, que pretenden imponer su modelo de familia…

Tan adalides de la libertad son, como vimos ayer, que pretenden privar a las personas de morir dignamente y cuando así lo deseen, condenándolas a la desesperanza, al dolor, a la depresión continua en una nebulosa de fármacos y opiáceos… Así es la derecha… en la que, cómo no, hemos de incluir a la Iglesia católica, cuya tasa de incidencia de decrepitud, de tufo rancio y nauseabundo también alcanza cotas muy elevadas. Su anclaje en el pasado, en ese estilo de vida contrario a su propio catecismo, su gusto por los placeres mundanos alcanzando la degeneración, por la riqueza y los lujos… harían que las propias imágenes de los pasos/tronos que no saldrán en esta Semana Santa quisiera echar a correr haciéndoles un corte de mangas.

PP, Vox y la Iglesia nos quieren condenar. El derecho a morir dignamente tan sólo es una libertad más de la que nos quieren privar. Pretenden reflejar su autoritarismo en quienes sí promueven libertades reales, pensando quizá que pueda llegar a ser contagioso. Presentan la ley de eutanasia como si ésta obligara a suicidarse, como si fuera un cheque en blanco para quienes quieran quitarse de en medio a personas enfermas dependientes.

Nada más lejos de la realidad y, por mucho que mientan a la opinión pública, por mucho que hagan perder el tiempo al Tribunal Constitucional, como ya hicieron con la ley de matrimonio de personas del mismo sexo (de la que luego bien que se han beneficiado), no conseguirán revertir el avance de la democracia ayer en España.

Quizás todos ellos, PP, Vox e Iglesia católica, anoche tuvieron que tirar de cilicio para no terminar haciendo lo que hacen siempre: contradecir sus palabras con sus hechos. Por nosotros y nosotras no será: pueden seguir sufriendo y morir indignamente tanto como quieran… como todos y todas. Eso es libertad, la mejor vacuna contra la pandemia que la derecha lleva siglos padeciendo.

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El problema con los bienintencionados

Por su parte, a quienes no les parecen aceptables tales augurios les basta consultar a la otra prensa o a las redes sociales propicias a la 4T para blindarse con la cotidiana descripción que hace el Presidente de la manera en que está salvando al país de la bancarrota moral en el que nos lo dejaron. Las dos versiones poseen datos de sobra para apuntalar sus argumentos y adjetivos para descontar a los de los contrarios.

Para un observador recién llegado que de buena fe intentara averiguar qué está pasando, le resultaría evidente que en ambos lados los dados están cargados. En la versión pesimista, el principal diario “de oposición” publica una gráfica por países sobre la recuperación económica tras la pandemia bajo el título “Es México colero en reactivar PIB”, aunque la gráfica para demostrarlo ubica al país a la mitad de la tabla. Editores decididos a que la realidad no les eche a perder un “buen” titular. 

Del otro lado, a ese mismo observador le resultará difícil asimilar las afirmaciones del Presidente, quien datos en mano presume que la estrategia mexicana para la adquisición y aplicación de vacunas es ejemplar. Salvo que en la tabla que expone para demostrar que México está por encima de muchos países (mayormente de África) se observan casi todos los de América Latina por encima del suyo. Este miércoles México aparecía con 3.51 por ciento de su población vacunada al menos con una dosis; el promedio de América del Sur era 5.53 por ciento.

Desde luego puedo entender que lo que se está jugando en México en este momento es un intento de cambio de régimen y no solo acciones de gobierno sobre las que se puede estar de acuerdo o en desacuerdo, como era el caso en cualquier otro sexenio. El propio Presidente ha dicho que está haciendo todo lo necesario para conseguir que tal cambio se vuelva irreversible. Esto explicaría en parte la virulencia de los que intentan impedirlo y la vehemencia de los que buscan coronarlo. Para los primeros, se trata del desmantelamiento de buena parte del andamiaje institucional que se construyó en las últimas décadas; para los segundos, la posibilidad de modificar las prácticas e inercias instaladas en la vida pública a favor de los privilegiados y en detrimento de los más necesitados. Cada uno de los dos bandos está convencido de que su lucha es en beneficio del país en su conjunto. Pero cada vez es más evidente que el país de uno no es el país del otro.

Hay un país en el que habita entre 30 y 40 por ciento de la población, para la cual las cosas han marchado aceptablemente bien, aunque con mucho por corregir. Es el país representado por José Antonio Meade y Ricardo Anaya en las últimas elecciones presidenciales. Para ellos la modernización quizá no fue idílica, pero consiguió libertades públicas y prosperidad entre las clases medias, y una considerable riqueza entre las clases altas. Se acepta que las élites se habían desbocado en excesos y derroches, y tocaba introducir ajustes y moderaciones, pero nada que pusiera en riesgo lo que estos sectores habían conseguido. Se asumía que, con tales ajustes, la prosperidad podría llegar al resto de la población aún no beneficiada. Desde esta perspectiva no es de extrañar la actitud de alarma o franca irritación que provoca el gobierno al poner en peligro esa relativa bonanza a cambio de lo que consideran un salto al vacío.

Para los que habitan el otro país las cosas son aún más categóricas. Lejos de verse arrastrados a la modernidad prometida, la mitad o poco más de la población creció en rabia e indignación; simple y sencillamente no pudieron entrar al país de los otros y nada lo ilustra mejor que el continuo crecimiento de la población que trabaja en el sector informal (56 por ciento actualmente). A López Obrador no le ha costado ningún trabajo hacerles ver que en el fondo no se trata de dos países, uno al que la va bien y otro al que le va mal, sino de un mismo país profundamente desigual. Peor aún, uno en el que la prosperidad de unos se ha alimentado de la miseria de los otros.

Se dirá que más allá de estas visiones encontradas hay una realidad tangible que debería ser el criterio indisputable para zanjar el debate: estadísticas contundentes que están más allá de cualquier polémica. No es tan fácil. Estadísticas hay para todos los gustos, como bien nos lo hacen saber cada mañana unos y otros. Unos esgrimen una moneda firme y finanzas públicas aceptables, los otros aseguran que solo es cuestión de tiempo para que el peso y el erario se desplomen, y contraatacan con datos sobre la caída de la inversión y el crecimiento; es la pandemia, se defienden los amloístas, y explican que más importante que los montos en la inversión privada es asegurar que la poca o mucha que exista no se edifique sobre el abuso, la especulación y la expoliación de recursos de la nación. Ese tipo de inversión provoca más daños que beneficios.

Y salvo que las cosas mejoren milagrosamente o empeoren radicalmente a tal punto que le den la razón a uno u otro, cosa poco probable en lo que resta del sexenio, el interminable desencuentro de argumentos y datos se mantendrá entre gritos y sombrerazos cada vez más indignados en ambas graderías. El problema es que la crispación no solo es un estado de ánimo; con un detonante impredecible puede derivar en una desestabilización económica y social en la que perdamos todos.

A estas alturas, lo único que puede ayudar a impedir que estas dos visiones acarreen un mal mayor es la ética. Si cada una de las dos partes se considera moralmente superior a la otra, tendrían que comenzar a demostrarlo en la argumentación misma, en el debate que no recurra a la estigmatización, a la manipulación de una gráfica o a la descontextualización interesada de un dato aislado. Unos se consideran la gente “de bien” que busca impedir el triunfo de la sinrazón; otros intentan modificar el régimen para hacerlo más justo, socialmente menos inmoral. Pero han ido al combate dejando atrás toda consideración ética de cara al adversario hasta construir una arena en la que la disputa busca descalificar y destruir, no convencer o mucho menos entender. Ambos tendrían que darse cuenta de que no solo son los argumentos sino la manera de esgrimirlos lo que determina la autoridad moral de quien lo emite. Y en ese sentido, las dos fuerzas dejan mucho que desear: prometen un México mejor, pero lo están empeorando.

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La ceguera ideológica y el miedo

imagen pluma firmas

Las y los mexicanos votamos por un cambio de régimen; es decir, por el establecimiento —después de décadas de fraudes, corrupción, autoritarismo y simulación— de una verdadera democracia.   

El Presidente lo sabe, a eso nos convocó en el 2018, a eso ha de atenerse hasta que, en 2024, abandone el cargo para el que lo elegimos.  

Todo lo demás son patrañas inventadas por intelectuales orgánicos, periodistas y “expertos” en mercadotecnia política y guerra sucia. Campañas diseñadas para sembrar el miedo y engañar incautos, y que hoy se han comprado como verdades inamovibles las élites de la derecha en nuestro país.   

Esta ceguera ideológica de los conservadores —que convenientemente se creen sus propias mentiras—, su decisión de no negociar nada ni aceptar las reglas de la democracia, me lleva a recordar un episodio que —a mi juicio— significó un punto de inflexión en la historia de nuestro continente.  

Ocurrió en noviembre de 1989. La guerrilla salvadoreña, empeñada en una ofensiva sobre la capital, abandonó las posiciones que ocupaba en los barrios populares y tomó la zona más rica de San Salvador.

Las dos torres del hotel Sheraton cayeron en sus manos; en una de ellas se hospedaban 12 marines armados hasta los dientes que se atrincheraron en el piso dos, al final del corredor. La planta baja, los pisos tres y cuatro, y la azotea quedaron en poder de los insurgentes. 

Las fuerzas gubernamentales cercaron el hotel mientras efectivos de una fuerza helitransportada del ejército de EU intentaban un desembarco.   

Yo llegué tarde y como, ahí donde hay muchos periodistas no hay noticia, busqué un atajo. Un fotógrafo del New York Times y yo logramos entrar a la torre donde estaban los marines.  

El grito de “Para atrás o disparo”, seguido de “Somos de la embajada americana”, nos hizo retroceder al entrar al 2º piso. Luego de una conversación a gritos, los marines permitieron que, sin cámara, ni camisa y con las manos en alto, me acercara. No intentarían moverse, ni dispararían —me dijeron— si la guerrilla hacía lo mismo. Otro tanto nos aseveró el comandante rebelde. Se estableció una tregua de la que informamos al salir del hotel.   

En Washington, mientras tanto, un representante del FMLN entregaba en el Departamento de Estado un fax en el que la guerrilla planteaba la urgencia de un diálogo. 

“No negociamos con terroristas la liberación de rehenes”, fue la respuesta. “Ni somos terroristas ni ellos son rehenes, no queremos nada a cambio; solo que se los lleven”, replicó la guerrilla.  

Los Estados Unidos terminaron por entender que, incluso con la izquierda armada, se puede hablar. La venda ideológica de los inventores del anticomunismo se vino abajo y abrió, por fin, las puertas para que, tras una negociación, llegaran la paz y la democracia.  

“El miedo ciega”, dice José Saramago; miedo tenían los norteamericanos a un monstruo que ellos habían inventado. Miedo tienen los conservadores.   

Un miedo anacrónico y cerval que les impide jugársela en buena lid y apostar a los votos. Miedo que les hace convertir al adversario en un enemigo al que es preciso aplastar; justo como hacen las tiranías a las que tanto dicen temer pero a las que son tan afectos.

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Y el macho se hizo beta

El todavía vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias, durante una nueva sesión de control al Gobierno, este miércoles, en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal

O sea, que Pablo Iglesias se ha tenido que quedar más a gusto que un linfocito bombeado por un corazón enamorado. Me hacen mucha gracia nuestros descolocados tertulianos, que se ven muy enfadados con este enroque ofensivo de rey. Pero es que parece que Pablo Iglesias fue engendrado y educado para enfadar tertulianos: no recuerdo ningún político con esa capacidad para concitar animadversiones. Hay incluso quien interpreta su maniobra como un reconocimiento de fracaso, cuando este profesor de torpe aliño indumentario ha conseguido que un partido con solo seis años de existencia alcanzara la vicepresidencia del Gobierno del país. Vaya fracaso.

Dos circunstancias me ponen cachondo de la candidatura de Iglesias a la presidencia madrileña. La primera es kármica, pues Iglesias se lanza a conquistar los predios del renegado ex podemita Íñigo Errejón, su ex amigo del alma, y a los miembros de Más Madrid se les han puesto las terminaciones nerviosas como un manojo de margaritas azotadas por el vendaval. Mónica García, candidata errejonista, hablaba de ataque de testosterona cual un Eduardo Inda o un Francisco Marhuenda cualquiera. La verdad es que sí hacen falta huevos para dejar una vicepresidencia y encabezar la candidatura de un partido que, según las encuestas, corre incluso el peligro de desparecer de la Asamblea madrileñí. Pero la valentía no tiene tanto que ver con la testosterona. No es propio de un macho alfa dejar el pedestal del olimpo político para meterse en el fango autonómico de la capital, donde sabe que no ganará las elecciones ni siquiera al PSOE de Ángel Gabilondo, ese agradable y aburrido antipolítico con cara de estar acostumbrado a que nadie recuerde su nombre.

La segunda circunstancia que me pone, en este inesperado avatar, es el hecho de que Iglesias ceda el testigo del liderazgo podemita no solo a una mujer, sino a una mujer que le va a hacer mucha sombra. Yolanda Díaz, con todos mis respetos, parece sacada del epitafio que Lord Byron dedicó a su perro Boatswain: “Un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. La gallega, tan brillante como Iglesias, disimula mucho mejor sus vanidades y egolatrías. Y eso la hace mucho menos vulnerable a la máquina de fango mediático que, con toda seguridad, en breve empezará a arrojarle mierda.

Uno pensaba ya desde hace tiempo que Podemos necesitaba un cambio de liderazgo, y que éste tendría que ser asumido por una mujer. Simple cuestión de coherencia y compromiso. Y de pragmatismo: Podemos va a ser mucho más fuerte con una mujer en el cartel, pues así se entenderá mejor como movimiento y como partido. El hiperliderazgo de Pablo Iglesias empezaba a ser dañino para los morados. A base de basura mediática, se ha conseguido que muchos españoles odien de manera casi irracional (o sin casi) al Coletas, al Moños, al macho alfa (le llaman macho alfa porque le conocieron dos novias: hay algo de síndrome del castrati entre los que utilizan esta descalificación facilona).

Lo cual que Pablo Iglesias se retira de la primera línea, y uno no puede dejar de sentir agradecimiento por lo que ha hecho durante estos años: ha cambiado de forma radical el decurso de la política española, tan emputecida por la corruptela incesante del bipartidismo. Y ahora, que había alcanzado el gobierno, se lanza a una nueva aventura incierta o más que incierta. Escucho poco la palabra generosidad, pero es la palabra que a mí me sale.

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El Presidente puede dormir tranquilo

Las batallas electorales suelen sacar la peor parte de los partidos políticos. Por un lado, constituye el momento del ansiado reparto entre los cuadros y simpatizantes, que disputan con el cuchillo entre los dientes las insuficientes posiciones para los muchos aspirantes. Por otro, con el resultado de los comicios los partidos se están jugando la vida misma, lo cual significa que la necesidad de ganar desplaza cualquier otra consideración política de mediano plazo o ética de cualquier plazo.

La candidatura al gobierno de Guerrero de Félix Salgado Macedonio por parte de Morena es un desenlace ominoso, pero ciertamente constituye un capítulo más de los muchos que estaremos viendo en las próximas semanas, a juzgar por lo que está sucediendo con las listas para las plurinominales.

Y es que ni PRI, PAN o PRD lo están haciendo mucho mejor. Lejos de lavarse la cara están proponiendo miembros de los mismos grupos que los llevaron a la crisis en la que están metidos. En el PRI se han repartido las posiciones claves entre el círculo inmediato de la familia y allegados a Alejandro Moreno, su presidente, quien lejos de refrescar las filas, las conciencias o los programas del viejo partido, parece más interesado en sacar provecho político para los suyos antes de que el barco termine de hundirse. Rubén Moreira y su esposa, el clan de los Murat, el hijo de Gamboa, acaparan, junto a los familiares y colaboradores de Moreno, las posiciones con mayores posibilidades de triunfo. 

En el PAN basta decir que estas posiciones las han acaparado Margarita Zavala, Santiago Creel, Cecilia Romero o Gabriel Quadri dejando para mejor ocasión las promesas de incorporar nuevos líderes procedentes de la sociedad civil. En el caso del PRD, ni siquiera se hicieron esas promesas; hace tiempo que los llamados Chuchos y sus aliados no sueltan ninguna posibilidad de escaño o curul, única razón de ser de ese partido. 

El problema de fondo para todos los partidos de oposición es que están atrapados en un permanente círculo vicioso. Asumen que deben ir con rostros conocidos para tener alguna oportunidad en los comicios, pero a su vez tales rostros resultan incapaces de atraer votos adicionales a los círculos cerrados que, de cualquier modo, votarían por ellos. Para su desgracia, las mayorías están en otro lado. Siendo así, PRI y PAN carecen de todo atractivo para el grueso de los votantes porque lo único que pueden garantizar es el viejo estado de cosas que, justamente, generó el descontento que trajo al poder a López Obrador. Habría que insistir en que mientras el PRI y el PAN no tengan propuestas viables y creíbles frente a la corrupción, la injusticia social o la inseguridad pública, sus victorias serán marginales. Pese a todas las críticas o desaciertos que puedan achacarse a la 4T, la agenda del lopezobradorismo sigue siendo más atractiva para los que ven al país desde el agravio y la precariedad.

Habría que reconocer que el único en la oposición que está intentado hacer algo diferente o, por lo menos, algo más allá que solo criticar a López Obrador, es Ricardo Anaya. Pero ojalá lo hubiera hecho mejor. La gira del ex candidato presidencial para descubrir el “México profundo” ha sido motivo de chunga en las redes sociales. Una burla que se ha ganado a pulso, habría que añadir, porque lo ha convertido en un espectáculo frívolo y no en una incursión seria o reflexiva para conocer una realidad que no era la suya.

A propósito de los “reportes” que el ex líder panista suele mostrar de su inmersión social, este lunes Alejandro Páez se preguntaba: ¿Qué tiene Anaya que no conecta?, y anticipaba que descubrirlo está lejos de ser un acertijo y requiere poco esfuerzo.

“Se trata de giras preelectorales (busca ser candidato en 2024) para decir: ‘Miren, miren, qué jodidos están los mexicanos’. Porque fue diputado e impulsó las reformas a Enrique Peña Nieto. Porque fue panista cuando los doce años de Felipe Calderón y Vicente Fox. El ‘me da coraje ver tanta pobreza’ lo hace ver como si hubiera estado en coma toda su vida; aislado de este país y de sus dolencias. Hace ver que no tiene ni idea de dónde viene tanta miseria o que, de plano, es un extranjero en su propio país: hasta los turistas convencionales saben a qué vienen y qué esperar si rentan un auto y echan a andar por carretera. O, bueno, más directos: esos paseos por tierra, donde Anaya parece descubrir la pobreza hacen recordar cuando viajaba (o viaja) cada fin de semana a Atlanta para ver a su familia, que vivía (o vive) en una casa junto a un lago para que los niños fueran (o van, todavía) a la High Meadows School”.

Lo cierto es que si esa es la oposición que enfrenta el lopezobradorismo, el Presidente bien podría descansar (y darnos un descanso) de la frenética defensa en la que está empeñado día tras día. Los titulares de la prensa o las columnas que tanto lo irritan no han hecho mella en el grueso de sus simpatizantes, y dudo que lo que hasta ahora hemos visto de la oposición vaya a tener un impacto significativo entre los votantes. ¿Dónde están los nuevos líderes?, ¿las propuestas frescas?, ¿la construcción de expectativas distintas? Si lo único novedoso en el panorama es la incursión de Diego Fernández de Cevallos en las redes sociales, además de la ya mencionada gira antropológica de Ricardo Anaya, el Presidente puede dormir tranquilo. Bueno, es un decir, él mismo se hará cargo, como en el caso del movimiento feminista o la candidatura de Félix Salgado, de provocar sus propias tormentas. Pero ese es otro tema.

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