La transformación de México / 1a parte

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Ni las élites ni sus profetas en los medios tienen ningún interés en debatir. Con los inquisidores, los defensores de la fe revelada, con sus dogmas y misterios, es imposible discutir. No reconocen las evidencias cuando se les ponen enfrente, no tienen más argumentos que el odio y el resentimiento; más armas que la calumnia, la descalificación y la mentira.

Quieren de nuevo los privilegios que perdieron, el poder que no supieron mantener, del que abusaron y se sirvieron a su antojo. La democracia era para ellos una coartada que les servía en tanto les garantizara el acceso al botín. Hoy la misma les estorba y acarician la idea de una ruptura del orden constitucional.

Les sobran dinero y medios, pero siguen hablando de un país inexistente, en el que supuestamente había paz, democracia, justicia y progreso, como si la inmensa mayoría de las y los mexicanos que sufrimos las consecuencias de la violencia, la impunidad y el saqueo hubiéramos perdido la memoria.

Hace dos años escribí sobre el enorme y raro privilegio de haber experimentado en el curso de mi vida, dos victorias históricas. La del pueblo salvadoreño, que tras 12 años de guerra sin cuartel, tuvo la valentía y el coraje de conquistar la paz en la mesa de negociación, y la de otro pueblo, el mío, el mexicano, que tras décadas de lucha civil, de fraudes electorales, salió masivamente a votar y a poner fin, pacíficamente, a uno de los regímenes autoritarios más represivos, más corruptos y longevos de la historia moderna. De esta segunda victoria, de la que con otras y otros 30 millones de mexicanos fui protagonista, quiero escribir.

Reafirmo que no he de soltar a Felipe Calderón hasta que lo agarren, ni dejaré de señalar a aquellos columnistas y presentadores de radio y Tv a los que el viejo régimen pagaba por callar y ordenaba qué decir, esos que hoy simulan ser “críticos imparciales”… pero aún en medio de su griterío, quiero hablar de lo logrado, de cómo con la pandemia se aceleró el proceso de transformación de México y de cómo, al caerse en pedazos el mundo en que vivíamos, tenemos hoy la oportunidad de hacerlo más justo, más digno, más amable.

Hablemos, antes que nada, de cómo el sistema de salud pública de México, que hicieron pedazos un atajo de gobernantes y funcionarios corruptos, contratistas y proveedores venales, se recompone a una velocidad inaudita.

La consigna del régimen neoliberal era desmontar la salud pública, privatizarla y en el proceso terminar de saquear al erario. Hospitales a medio construir, sin médicos ni enfermeras, sin camas ni equipos, fueron inaugurados para la prensa y de inmediato abandonados en los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Millones de mexicanas y mexicanos de los sectores más empobrecidos fueron abandonados a su suerte. Sin un cambio de régimen, la pandemia hubiera significado el exterminio de amplias capas de la población.

No fue así. No será así. Más de 45 mil profesionales de la salud, —contratados en un lapso de solo dos meses y que se suman a los médicos y enfermeras que ya estaban en servicio— atienden hoy la emergencia en 846 hospitales. Las medidas de mitigación permitieron reducir el ritmo de contagios. La expansión hospitalaria impidió que aquí (como sí ocurrió en Italia, España, Estados Unidos y otros países) fuera necesario decidir quién se salvaba y quién no. De esto escribiré, después de visitar los hospitales y hablar con las y los médicos y enfermeras, la próxima semana.

EPIGMENIO IBARRA

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El virus de la guerra

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Pablo Sánchez Parada 

 

Si hace semanas fuimos capaces de entender el alarmismo y el miedo debido al covid-19, ¿qué nos impide entender a quien escapa de la guerra? ¿Qué nos frena para poder empatizar con quien tiene que mandar a sus hijos a Europa para que luego el “primer mundo” les trate como delincuentes?

Hagamos un ejercicio de reflexión. Recuerda cuando hace escasos tres meses la gente asaltaba los supermercados y llenaba sus carros de comida y productos que ni si quiera necesitaban -o podían comerse antes de que caducaran- por miedo al covid-19. Había una desinformación respecto al virus tan extendida que pensábamos (o queríamos pensar) que pasaría en unas pocas semanas. Pero, ¿y si el virus esta vez fuera distinto? ¿Y si intentamos imaginar un virus diferente? Uno al que comúnmente llamamos “guerra”.

Si hace semanas fuimos capaces de entender que el alarmismo vaciara las estanterías de los supermercados; el miedo estuviera instalado en nuestros cuerpos de forma permanente, no sólo por nosotros sino también por las personas a las que queremos, y el país se encontrara al borde del colapso, ¿qué nos impide entender que quien escapa de la guerra con lo puesto quiera tener una vida digna? Si fuimos capaces de todo aquello ¿qué nos frena ahora para poder empatizar con quien tiene que mandar a sus hijos a Europa para que luego el “primer mundo” les trate como delincuentes?

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada
Niña en un asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Ahora imaginemos lo siguiente: imagina a un niño que conozcas. Ponle cara, nombre, edad y una actividad favorita. Le encanta ir al colegio y cada día te cuenta que de mayor quiere ser algo distinto. Bombero, médico, mecánico o director de teatro. Imagina ahora cómo juega con sus amigos del barrio, cómo crece y cómo, a fin de cuentas, tiene una vida normal. Pero estas aspiraciones, sueños e ilusiones se ven truncadas por el virus de la guerra. Un virus que, aparte de quitarte la vida, te fuerza a irte de tu casa, a alejarte de tus padres y familia, a sufrir abusos en el camino y de quien supuestamente defiende los Derechos Humanos a capa y espada dentro de sus fronteras. Un virus que te impregna y te convierte en delincuente a ojos de aquellos que se manifiestan por el racismo institucional en Minnesota, pero que cuando sucede en su propio territorio apartan la mirada.

Aquellas personas que pudieron huir de la guerra en Siria -porque los hay que no- ahora están en cientos de campos y asentamientos esparcidos por los países vecinos. El Líbano, con una extensión tres veces menor a la de Cataluña, alberga más de 1,5 millones de refugiados sirios. Son decenas de asentamientos los que recorren este pequeño país, llenos de casas de madera y plástico que se inundan cuando hay fuertes lluvias, pero que en verano se calientan de manera descontrolada. Largos caminos con cientos de casas a los lados hacen del lugar un mar de plástico en el que viven miles de familias sin solución alguna. Letrinas que se atascan, basura que se acumula e infancias que se arruinan con el paso del tiempo. Aquel niño que estaba encantado de poder ser bombero algún día ahora corre por los caminos llenos de barro con zapatos ajustados y una camiseta rota. ¿Por qué? Por haber nacido en otra parte del mundo.

Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada
Asentamientos de refugiados en el Líbano, en el distrito de Zahle. Fotografía: Pablo Sánchez Parada

Las condiciones en las que viven son un desafío. Seamos realistas, no hay organización capaz de arreglar tantas vidas destrozadas, pero sí hay muchas que hacen a esos millones de refugiados menos números y más humanos. Es aquí donde entramos nosotros: The Health Impact, una organización que nace para proporcionar educación en materia sanitaria a los miles de refugiados que viven en asentamientos y cuyas condiciones propician la transmisión de enfermedades o la aparición de problemas de salud. Todos recordamos los vídeos en los que se nos enseñaba cómo había que lavarse las manos correctamente, cómo frenar contagios… ¿qué nos hace pensar que un niño que lleva años sin recibir ningún tipo de educación conoce cómo evitar enfermedades de la piel, tratar pequeños cortes o temas relacionados con la salud? Según ACNUR son más de la mitad de los niños (de 3 a 18 años) los que no tienen acceso a una educación en el país.

Conocer cómo prevenir contagios y enfermedades aquí puede ahorrar dinero a quien apenas tiene para comer. Insisto: saber cómo evitar contagios mientras vives hacinado en condiciones de pobreza absoluta puede impedir una masacre. En eso consistiría nuestro trabajo, principalmente. Dar las herramientas y empoderar a las familias para que puedan sufrir menos de lo que ya lo hacen. Este sencillo proyecto que queremos llevar a cabo está lastrado por la falta de financiación. En tiempos tan económicamente inestables los aportes a proyectos sociales disminuyen y, cómo siempre, los pobres son los que acaban pagando. Es necesario revertirlo.

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Nueva misma normalidad

Nueva misma normalidad
Un camarero lleva su pedido a unos clientes a una de las terrazas del Puerto Olímpico de Barcelona. / EFE

La nueva normalidad inunda todos los medios de comunicación. La previa fue insufrible, pero la cobertura una vez que ha arrancado es asfixiante. Detrás de esa nomenclatura, si se da un paso atrás, es sencillo constatar que no han cambiado tantas cosas, no al menos, para afrontar este escenario inédito. A estas alturas imagino que ya son pocas las personas que continúan defendiendo que de esta crisis saldríamos mejor: no hay cifra ni estadística que respalde tal afirmación.

Saldremos con mayores tasas de desempleo, mayor endeudamiento, un aumento de la desigualdad y la miseria, una caída del PIB… Todo eso se recoge en el concepto de “nueva normalidad”, que en realidad fue acuñado por la agencia Bloomberg tras las crisis de 2008 y que ahora, por tanto, debería ser la “nueva-nueva normalidad”. Como sucedió entonces, volvemos a tropezar con las mismas piedras.

¿Cuáles son las armas que utilizamos para abordar el panorama post Covid-19? Las mismas de siempre, turismo, ladrillo y obra pública, todo ello aderezado de inyección económica a sectores como el del automóvil. Si miramos al escenario político, ¿qué ha cambiado? Nada. Las brechas, los enfrentamientos y la bajeza dialéctica se han visto incrementadas, utilizando la mentira y la manipulación para desorientar a la opinión pública. Una sociedad, por otro lado, que reclama unidad de los partidos mientras a pie de calle -y de redes sociales- se tiran los trastos a la cabeza.

Se viven diferentes realidades paralelas absolutamente estancas, de manera que al tiempo que una parte de la población planifica sus vacaciones, otra ni siquiera tiene un mendrugo de pan que llevarse a la boca; mientras una parte convierte en noticia otro griterío de un programa de telebasura, otra vuelve a caer víctima de la explotación con dinero B y sin Seguridad Social. Escuchar estos días a personas hablar de angustia y traumas cuando se han pasado todo el confinamiento viendo teleseries en sus hogares con aireacondicionado y conectando por videoconferencia mientras brindaban con vino es obsceno.

Son realidades que no se tocan entre sí, que conviven alejándose cada día más, porque el segmento más pobre crece y cae cada día más profundo. Imagino que del mismo modo que esta nueva normalidad nos oculta el rostro con mascarilla, esa misma mascarilla oculta el verdadero rostro del país. Esas realidades forman parte de una tendencia que no ha cambiado, más bien se acelerado, y a la que el concepto de ‘nueva normalidad’ le queda grande.

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AMLO como catarsis o ¿por qué se pelea el Presidente?

JORGE ZEPEDA PATTERSON

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El covid-19 carece de una ventana de atención a clientes donde la gente pueda ir a quejarse por las muchas desventuras que ha provocado. Para eso sirven las autoridades. Justo o injusto, los mandatarios de cada país canalizan los miedos, frustración y dolor ante las pérdidas; en ese sentido, Andrés Manuel López Obrador lo está haciendo de maravilla.

El Presidente mexicano se ha convertido en pluma de vomitar de buena parte de las clases medias y altas. Lo que circula en Facebook, Twitter o WhatsApp llevaría a concluir que ese hombre es responsable de cada una de las muertes, los desempleos, la violencia intrafamiliar y las penurias económicas por las que ahora pasamos.

El linchamiento mediático del líder de gobierno como resultado de la pandemia, insisto, también se da en otros países, aunque en la mayoría de ellos no alcanza esta intensidad. La peculiaridad de México es que su Presidente, a diferencia de sus colegas, no intenta mitigar las críticas o ignorarlas; por el contrario, parece encontrar solaz en incitarlas.

La obsesiva dedicación de muchos mexicanos a demostrar que el origen de nuestros pesares reside en Palacio Nacional empata con la obsesiva dedicación del Presidente a mostrar que sus adversarios, los conservadores, son la fuente de todos los males. Las redes sociales se han convertido en el diván psicológico en el que muchos pueden desahogar cotidianamente la rabia y frustración ante el estado de cosas. Para AMLO su diván son las Mañaneras, una sesión de dos horas diarias, buena parte de ellas dedicadas a devolver golpes y a inventar nuevos adversarios.

De a 7 a 9 de la mañana el Presidente hace, con nombre y apellido, el recuento de infamias cometidas en contra de su gobierno; responde a los ataques y abre nuevos frentes (Iberdrola, el Conapred, el ex rey de España o el diario El País en los dos últimos días). En las siguientes 22 horas las redes sociales, las columnas políticas y los espacios radiofónicos examinan, extraen consecuencias, ridiculizan y/o distorsionan lo dicho y hecho por el Presidente. Al día siguiente el ciclo se repite.

Si el desahogo es una experiencia necesaria para la salud y el equilibrio emocional, México tendría que alcanzar muy pronto una envidiable armonía. Obviamente no va a ser así. Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir o purificar al espectador de sus propias bajas pasiones al verlas proyectadas en los personajes. En ese sentido, AMLO es el perfecto villano para 30 por ciento o 40 por ciento de los ciudadanos que lo repudian; “gracias a él” viven en esa tragedia depuradora.

El problema es que como van las cosas nuestra polarización puede durar todo un sexenio y así no hay catarsis que valga. En lugar de una experiencia purificadora se convierte en un modo de vida intoxicado. Una cosa es llorar para desahogar una pena o estallar para liberar la rabia acumulada, otra vivir para el plañidero o ser prisioneros de la cólera enquistada.

Para los actores políticos y mediáticos de los que nos alimentamos vivir en la catarsis no es un problema porque ese es su medio de vida. Destinar las horas a cuestionar las giras geográficas o los giros idiomáticos del Presidente, sus decálogos franciscanos o sus zapatos desgastados, sus peculiares evocaciones históricas o sus guayaberas mal cortadas es redituable porque los convierte en celebridades gracias al apetito de un público ávido de alimentar su obsesión. Tampoco parece ser un problema para el Presidente quien, por algún extraño motivo, ha llegado a la conclusión de que entre más intensa y malsana sea la crítica de sus adversarios más certeza tiene él de estar en el curso correcto.

Hace tiempo, al fundar un diario en Guadalajara, un periodista curtido me dijo que si después de un año la clase política nos veía con buenos ojos significaría que algo estábamos haciendo mal. Aunque no lo racionalice así, me parece que el Presidente ha llegado a una conclusión parecida.

Durante mucho tiempo creí que en algún momento el Presidente rectificaría e invocaría a una verdadera concordia, como lo hizo en su discurso de apertura. Pero cada vez resulta más evidente que él concibe el cambio social como una cruzada a contrapelo de los intereses creados. La intensidad de la resistencia por parte de sus adversarios y personeros le confirma que está consiguiendo sus propósitos. Y cuando sus políticas sociales y actos de gobierno no consiguen generar ese ruido, él se asegura de obtenerlo con la siguiente provocación. Decálogos gandhianos, sorteos caprichosos e interpelaciones a la corona española pareciera que están destinados a su base social, pero en realidad van dirigidos a sus rivales. La indignación de éstos es lo que está destinado a su base social. La polémica lo legitima, es su combustible, de la misma manera que lo es para los medios, influencers y comentocracia que viven de ella. Un círculo interminable.

Pero no debería ser así para el resto de la población. Comprarse ese pleito como si fuera la vida en ello, convertirlo en motivo de fractura en el seno familiar, excusa para el pesimismo paralizante o justificación para las desgracias de nuestro entorno, significa sacar las cosas de perspectiva y disminuye nuestra propia capacidad para resolver lo que está en nuestras manos. Cometeríamos un error en tomar la estridencia del debate público como reflejo de la realidad misma.

No, al país no se lo está llevando la desgracia, no más de lo que habría de esperarse de una tragedia mundial de esta magnitud. El sistema de salud ha resistido, las cadenas alimenticias siguieron abasteciendo durante la parálisis, impuestos y tarifas no subieron ni subirán, el peso y la inflación están contenidos, no se ha comprometido el futuro contrayendo deudas, no hay represión política. La economía de México caerá este año como las del resto del mundo, con el agravante de que somos un país petrolero y turístico, pero ya habrá tiempo de hacer saldos y balances de la recuperación. El mayor peligro que vivimos fue que, al ser una sociedad tan desigual y con el México de abajo prendida de alfileres, el desastre se convirtiera en estallido social. El gobierno lo ha evitado con una narrativa poderosa a favor de los pobres y una transferencia económica enorme en apoyos a los necesitados.

Incluso para el 30 por ciento que lo abomina, AMLO no lo está haciendo tan mal, aunque él intente convencernos de lo contrario.

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Eugenesia

Un anciano residente en un geriátrico de la Comunidad de Madrid. REUTERS/Susana Vera
Un anciano residente en un geriátrico de la Comunidad de Madrid. REUTERS/Susana Vera

 

Andaba dándole vueltas al asunto hasta que este martes 9 de junio oí la palabra. Era en el programa Hora25 de la Cadena SER, conducido por Pepa Bueno. Hablaba Xavier Vidal-Folch: “Hay una diferencia entre el error y el horror (…) y esto se llama eugenesia”. Se refería a la gestión de las residencias de ancianos por parte del Gobierno de la Comunidad de Madrid, presidido por Isabel Díaz Ayuso (PP). Eugenesia.

Según el diccionario de la RAE:

eugenesia

Del fr. eugénésie, y este del gr. εὖ eû ‘bien’ y -génésie ‘-génesis’.

  1. f. Med. Estudio y aplicación de las leyes biológicas de la herencia orientados al perfeccionamiento de la especie humana.

El horror al que hacía referencia el periodista.

Entre los días 18 y 25 de marzo, el Gobierno de Díaz Ayuso envió a los centros sociosanitarios públicos de la Comunidad de Madrid un protocolo a seguir en el caso de los enfermos y enfermas de las residencias de mayores madrileñas. En dichos documentos (el periódico Infolibre los ofrece AQUÍ completos) se detallan los criterios para prohibir el traslado de pacientes a los hospitales. A los hospitales públicos, según ha publicado este jueves día 11 El País, porque la prohibición no se aplicó en el caso de los mayores que pagan un seguro privado de salud. La idea de “prohibir el traslado de pacientes a los hospitales” no admite razonamientos. El horror no admite argumentos.

El documento redactado y enviado por el Gobierno madrileño, firmado por el entonces director general de Coordinación Socio Sanitaria, Carlos Mur, no solo detalla minuciosamente qué enfermos y enfermas no pueden ser trasladados al hospital. Por si la infamia no quedara clara, la nombra: “CRITERIOS DE EXCLUSIÓN”. Así lo firman, mayúsculas incluidas.

O sea, la Administración pública, el Gobierno madrileño, se permite prohibir a una parte de la población la posibilidad de ir al hospital, de recibir atención médica. A una parte de la población que está enferma, en riesgo de muerte. Exactamente significa esto: tú sí puedes vivir, tú debes morir. Ni más ni menos.

Llamo a Vidal-Folch. Quiero que me desarrolle más su consideración de eugenesia. Probablemente me quiero sentir acompañada. El horror requiere amparo. “Quizás no se trata de un plan deliberado, no existe un plan de solución final”, explica el periodista, “pero esa actuación sí tiene unos efectos prácticos, conduce a ese tipo de resultados”.

Ese tipo de resultados es la muerte de miles de ancianos y ancianas a los que se negó explícitamente el auxilio, a quienes se dejó morir. Se dictaron normas, se impusieron, para que no recibieran atención médica. Y en esa decisión no mediaron criterios médicos, sino administrativos. “Se debía llevar a todos los enfermos a los hospitales, ¡a todos!”, exclama Vidal-Folch al otro lado del teléfono, “y son los médicos quienes deben tomar decisiones, lo terrible es que lo hayan hecho funcionarios”.

Efectivamente, durante esta pandemia, en Madrid, un grupo de políticos y funcionarios han decidido en Madrid quién puede y quién no puede seguir viviendo.

“CRITERIOS DE EXCLUSIÓN”

La revisión del Juramento hipocrático resultante de la Declaración de Ginebra incluye el siguiente compromiso jurado: “No permitir que consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad, credo, origen étnico, sexo, nacionalidad, afiliación política, raza, orientación sexual, clase social o cualquier otro factor se interpongan entre mis deberes y mi paciente”. Todo médico debe respetarla, es decir, no puede tener en cuenta “consideraciones de edad, enfermedad o incapacidad” a la hora de salvar vidas. Dichas consideraciones, exactamente esas, son las que el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso especifica como CRITERIOS DE EXCLUSIÓN a la hora de impedir salvar la vida de los enfermos y enfermas de las residencias de mayores de la Comunidad de Madrid. ¿Con qué criterios? ¿Con qué autoridad? ¿Movidos por qué tipo de bestialidad?

Esta bestialidad:

Se procederá a derivar al hospital a los pacientes que NO tengan las siguientes características, serían CRITERIOS DE EXCLUSIÓN:
Pacientes en situación de final de vida subsidiarios de cuidados paliativos
Pacientes con criterios de terminalidad oncológica, de enfermedades de órgano avanzada.
Pacientes con criterios de terminalidad neurodegenerativa (GDS de 7).
Deterioro funcional severo (definidos por Barthel <25)
Deterioro funcional grave (Barthel 25-40) más deterioro cognitivo moderado (GDS 5): lo ideal sería visita / atención en la propia residencia.

Un equipo de personas con cargos públicos se reunió un día. Una vez reunidas, seleccionaron entre toda la población bajo su gobierno a un grupo determinado. Detallaron qué grupo exactamente. Lo describieron, aislaron a esas personas y detallaron por escrito sus características. Acto seguido, decidieron que no merecían recibir la atención médica necesaria para salvar sus vidas, o sea decidieron que se les dejara morir. Así lo ordenaron. Y le pusieron nombre. Lo llamaron CRITERIOS DE EXLUSIÓN.

Las palabras retratan lo que somos y nuestras acciones. A menudo las cubrimos de remiendos con voluntad idiota de disfraz. Basta con desnudarlas. En este caso, quienes escribieron CRITERIOS DE EXCLUSIÓN ni siquiera se tomaron la molestia. Tres palabras en cueros, heladas, colocadas una detrás de otra con la crueldad del tirano frente al primer escalofrío de la víctima. En esas tres palabras cabe el retrato de nuestro espanto, y el de su barbarie.

“Aunque la Administración no sea directamente responsable”, retoma Xavier Vidal-Folch, “objetivamente es su responsabilidad que esas muertes hayan sucedido”. Responsabilidad objetiva de la Administración pública, se llama. Y, sin embargo, ¿no es directamente responsable? Aquel grupo de cargos políticos y públicos, cuando se sentaron y retrataron a aquellos a quienes no se prestaría atención sanitaria, aquellos y aquellas a quienes se dejaría morir, ¿no son directamente responsables? ¿No sabían, acaso, cuál iba a ser el resultado de su decisión, de la orden que dictaban? Probablemente, en su siniestra determinación no hicieron explícita la idea de “perfeccionamiento de la especie”, pero consideraron que las personas sanas merecían vivir y otras enfermas, no; que, entre las personas enfermas, las jóvenes merecían vivir y las ancianas, no; que, entre las personas ancianas enfermas, las que podían pagarse la atención sanitaria merecían vivir y las que dependían de la Sanidad pública, no.

Y nosotros, nosotras, ¿cuál es nuestro lugar en todo esto? ¿Qué papel juega nuestra tibia protesta, nuestro pequeño silencio ofendido?

El pasado martes 9 de junio, el periodista Xavier Vidal-Folch pronunció la palabra EUGENESIA. Al igual que CRITERIOS DE EXCLUSIÓN, no necesitó decorarla, disfrazarla, edulcorarla. Aquí consta.

Desde el 8 de marzo, cuando comenzó el recuento en Madrid, hasta el pasado 5 de junio, se calcula que han muerto 5.986 ancianos y ancianas en las residencias madrileñas. De ellos, 1.253 tienen confirmada la COVID19 por PCR. Los otros 4.733 padecían síntomas compatibles.

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¿Cómo ha transformado el covid-19 al crimen organizado? (1 de 3 partes)

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FABIÁN MEDINA

“El crimen organizado
no es nada menos que

una guerra de guerrillas
contra la sociedad”
Lyndon B. Johnson

Frente al aislamiento y confinamiento social que ha impuesto la cuarentena global por el covid-19, la delincuencia organizada transnacional se ha adaptado con rapidez a las nuevas circunstancias y desarrollado nuevas formas de operar.

Diversos expertos han comenzado a reportar cómo el tráfico de drogas se esconde ahora en insumos médicos y en la venta al menudeo mediante entregas a domicilio, por internet o redes sociales; o cómo la gran demanda de equipo especializado de salud ha estimulado el fraude y sustitutos que no reúnen los estándares clínicos.

Pero también se han identificado varios delincuentes detenidos en cárceles que han adquirido el virus, como en El Salvador o Colombia, donde las pandillas y cárteles temen que disminuyan sus filas debido al encierro de bandas rivales en las mismas celdas, o al contagio en áreas pobres de alta propagación. En México se reporta la muerte de uno de los líderes de Los Zetas en la cárcel de Puente Grande, donde casi 100 prisioneros han resultado positivos. Sin embargo, diversos estudios reconocen que el virus no eliminará a los delincuentes; por el contrario, es más probable la pronta reconfiguración de nuevos liderazgos criminales.

Curiosamente, Wuhan, cuna de la pandemia, es también el lugar de origen de opioides como el fentanilo. La disminución del comercio marítimo y aéreo se refleja ya en la reducción de la oferta de precursores chinos —en medio de una persistente demanda, aún en confinamiento— lo que ha llevado a un incremento de precios entre 20 y 30 por ciento en algunos casos y a la caída de otros hasta el 50 por ciento, pero también a nuevas mezclas con sustancias más baratas y letales.

Entre los primeros estudios sobre la reestructuración de la delincuencia organizada a partir de la propagación del virus destaca uno de Interpol que, con base en sus programas sobre ciberdelincuencia, crimen organizado y nuevas tendencias delictivas, publicó en marzo un alerta por falsificación de medicamentos y firmó en mayo un acuerdo con la Organización Mundial de Aduanas para el rastreo de armas mediante iARMS.

Asimismo, Europol publicó en abril un informe del crimen pospandemia, y en mayo otro sobre el mercado de drogas en la Unión Europea; y el Programa de Asistencia Contra el Crimen Transnacional Organizado en Latinoamérica de la Unión Europea en abril y mayo realizó un análisis de la afectación del covid-19 al crimen organizado mundial, en colaboración con la Guardia Civil española, la Policía Nacional francesa y los Carabineros de Italia.

Finalmente, destaca la Iniciativa Global Contra la Delincuencia Organizada Transnacional #covidcrimewatch —una red de más de 500 expertos alrededor del mundo—, que elaboró dos diagnósticos en marzo y mayo de 2020, así como uno especializado sobre el tráfico de droga, también en mayo.

En ellos, se analiza la evolución de los mercados criminales y se identifican las principales tendencias para la gobernanza y seguridad pública mundial, y, en particular, las diversas referencias sobre la evolución de la delincuencia organizada en México, que se esbozarán a continuación.

Un primer cambio identifica actividades del crimen organizado que se han visto limitadas por el distanciamiento físico y cierre de fronteras —como es el transporte de droga con “mulas” o la trata de personas—, a la vez que el cierre de bares, restaurantes y burdeles ha desviado las extorsiones y préstamos a otras zonas y a los hogares. Sin embargo, se estima que estas actividades no tardarán mucho en reestructurarse bajo formas novedosas de trabajo, con disputas sobre nuevas rutas de tráfico ilícito, y un consecuente aumento de la violencia.

En el caso de México, la Iniciativa Global señala que si bien los homicidios cayeron del promedio nacional de 81 a 54 por día al iniciar la cuarentena, la tasa volvió rápidamente a niveles anteriores.

En cuanto a la producción de drogas por parte de los cárteles mexicanos para el mercado estadunidense, ante la dificultad de importar precursores chinos, la metanfetamina cristalina y el letal fentanilo no han escapado al aumento de precios y a la disminución de su pureza. No obstante, esta situación no ha impedido su comercialización, como es el reciente intento de dos pasajeros arrestados en el aeropuerto de Tijuana con 47 kilos de metanfetaminas y la distribución de fentanilo utilizando el servicio postal de EU.

Asimismo, tanto la Iniciativa #covidcrimewatch como Interpol estiman que la reducción de las exportaciones de China —principal fuente mundial de falsificaciones y comercio ilícito de drogas y precursores químicos— ha afectado los ingresos de los grupos criminales en todo el mundo, lo que puede propiciar la búsqueda de fuentes alternativas.

En este contexto, se señala que la caída del empleo y nivel de vida derivado de prolongadas cuarentenas podría fomentar el contrabando como una opción de actividad económica. Al mismo tiempo, se advierte una nueva demanda de drogas ilícitas, correlacionada con los daños a la salud mental que provoca el encierro, muchas veces en condiciones de hacinamiento.

Tal es el caso de las drogas sintéticas, cuyo mercado ha aumentado en países como Reino Unido, España, Irlanda y Malasia, donde se reparte al menudeo —desde ketamina y éxtasis hasta cocaína y mariguana—, en entregas de comida en bicicleta o moto, por lo que Interpol ya expidió una “notificación morada” a sus 194 países miembros.

Respecto a su producción, si bien las drogas sintéticas tienen su origen principalmente en el este y sureste asiático, además de China, junto con la cafeína y la efedrina, la Iniciativa destaca a México como un principal productor de pseudoefedrina. No obstante, sea en polvo, tableta o cristal, todas las drogas sintéticas requieren de precursores químicos producidos en China.

Por su parte, Europol y el Observatorio Europeo de Drogas dan cuenta de una nueva técnica de distribución de droga llamada dead drops (gotas muertas) que ya empieza a usarse en Moldavia, Ucrania, Estonia, Bélgica, Reino Unido, España y Finlandia. El intercambio se lleva a cabo por medio de comunicaciones encriptadas como TelegramWicker y Signal, y el ocultamiento de la droga para su entrega en sitios cuya localización digital se envía contra pago con criptomonedas.

En este nuevo reacomodo se han identificado un incremento de la violencia entre bandas criminales —incluso en países como Suecia, Francia, Finlandia y Dinamarca—, además de la delincuencia por parte de adictos y nuevas formas de distribución y técnicas para lavar ganancias. En otros casos, diversos estudios han detectado una ampliación de actividades delictivas que afectan también a México. (Continuará…)

* Jefe de Oficina del secretario Marcelo Ebrard

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Amloista con derecho a disentir

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JORGE ZEPEDA PATTERSON

Acontrapelo de la opinión de muchos lectores, sostengo que el gobierno del presidente y agitador Andrés Manuel López Obrador está cambiando, para bien, aspectos fundamentales de la vida pública en México. No sé si al final tales cambios califiquen como una Cuarta Transformación como él presume (al nivel de la Independencia, la Reforma o la Revolución de 1910), pero no tengo dudas de que este sexenio está enderezando distorsiones y excesos de un sistema que había llegado al límite por su corrupción, por su fracaso frente al crimen organizado y por el abandono de buena parte de la población y de las regiones que no eran funcionales a la economía de mercado. Al final, las mayorías desdeñadas cobraron la factura a los partidos gobernantes, PRI y PAN, y llevaron a Palacio Nacional a un líder político que les prometió cambiar las cosas.

Y a eso se ha dedicado López Obrador entre el llanto y el crujir de dientes de los muchos que no están de acuerdo con sus banderas o con su peculiar manera de llevarlas a cabo, que no es lo mismo, aunque se parece.

Lo cierto es que más allá de las controvertidas provocaciones, la cuestionable sobreexposición del Presidente y sus métodos, está en proceso un cambio en lo que verdaderamente importa. Un rápido recuento: transferencia masiva de recursos a los sectores sociales más desprotegidos; proyectos de inversión pública al abandonado sureste del país; modificación del sistema de salud para intentar asegurar medicinas y atención médica universal; combate a fondo de la evasión fiscal por vez primera en México; investigación bancaria del lavado de dinero; embate contra el robo de combustibles en gasoductos; revisión de contratos leoninos en obras públicas, medicinas, industria eléctrica y petroquímica; fin del gasto suntuario de la clase política y austeridad en las finanzas públicas; restricciones al endeudamiento del sector oficial.

En suma, el gobierno intenta cumplir la agenda social y política con la que se comprometió, lo hace sin represión política frente a los que manifiestan su oposición y sin someter al erario a deudas futuras. Algo que no podríamos decir de los gobiernos anteriores. Una revolución social sin violencia, con estabilidad y responsabilidad financiera.

Entiendo que las polémicas pinceladas con las que nos regala cada semana secuestran la atención del público, pero habría que observar que detrás de este tinglado la agenda descrita arriba avanza de manera inexorable. El presidente parece divertirse con los fuegos artificiales y las pasiones encontradas que producen sus rifas de avión sin avión o la exhibición de documentos apócrifos de presuntos complotistas.

En otro momento habría que abordar si tal tendencia a la provocación responde a un rasgo de carácter o a un cálculo político. Pero haríamos muy mal en creer que otras decisiones importantes son una ocurrencia. Cuando negó a los empresarios un paquete de apoyo ante la tragedia económica provocada por la pandemia, fue señalado como un gobernante irresponsable y artífice de la destrucción del aparato productivo. En realidad, AMLO actuó con absoluto apego a la agenda que lo llevó a Palacio: primero, encarar la emergencia sin recurrir a ingresos extra o endeudamiento para no comprometer el futuro de las siguientes generaciones y, segundo, volcar lo poco o mucho que se tenga a paliar los efectos de la crisis entre los que menos tienen. El resultado es un programa de 307 mil millones de pesos a créditos populares en lo que resta del año y un aceleramiento de los cuantiosos subsidios a adultos mayores, personas discapacitadas, jóvenes y mujeres en insolvencia. El Inegi señaló hace unos días que 12 millones de personas habían perdido temporalmente el empleo como resultado de la pandemia. Pero solo 2 millones eran del sector formal, es decir aquellos a los que el presidente se rehusó a ayudar, según los empresarios. Los otros 10 millones pertenecían al sector informal, grupo poblacional al que van dirigidos los apoyos del gobierno. En total, presidencia estima que la derrama de recursos llega de manera directa al 70% de los hogares mexicanos, justamente los menos afluentes.

Nada asegura que habrán de conseguirse las metas que persigue AMLO. En algunas se ha avanzado, en otras, como la inseguridad pública, hasta ahora el efecto es nulo. Pero ciertamente el presidente no ha escatimado energía o voluntad política.

Esto no quiere decir que coincida siempre con su gobierno y mucho menos que esté dispuesto a renunciar a mi derecho a disentir, como él lo pide. En los últimos días ha dicho que ya basta de simulaciones y que no hay más que de dos sopas, se está a favor de la transformación o se está en contra de ella.

En esta formulación hay un aspecto comprensible y otro aberrante, en mi opinión. Por un lado, es cierto que muchos se dicen partidarios de favorecer a los pobres y mejorar la justicia social, pero se la pasan descalificando al proyecto de cambio con cualquier pretexto. Es a ellos a los que AMLO parecería decirles: quítate la máscara y confiesa que en realidad no estás de acuerdo con un cambio social. Eso puedo entenderlo. De allí la cita que suele hacer de Melchor Ocampo: “Los liberales moderados no son más que conservadores más despiertos”.

Pero hay otra interpretación, esa sí intransitable: pensar que el apoyo al cambio que propone la 4T debe significar una sumisión ciega a todos los actos del gobierno que la encabeza. Hay que insistir que López Obrador y su movimiento son la expresión política de una causa más vasta; el abandono en que se tenía al México de abajo y el reclamo para que esa injusticia se modifique. Por mérito propio y circunstancias históricas, AMLO encabeza esta reivindicación, pero eso no lo hace infalible, ni convierte en traición la crítica puntual de los desaciertos o insuficiencias. Por el contrario, los señalamientos desde la congruencia o incongruencia con sus propios objetivos, es un insumo indispensable para todo gobernante. Estoy a favor de la transformación de México que se encuentra en curso, pero rechazo que en ella solo puedan caber conservadores (abiertos o simulados) por un lado y progresistas sumisos, por el otro. El país de justicia e inclusión al que aspira la 4T tendría que aceptar la disensión sin que sea tachada de traición.

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La conjura de las élites II

EPIGMENIO IBARRA

Epigmenio responde ante acusación de realizar video de "Niña Bien"
Ya tienen plan —por fin—, pero siguen encabronadísimos y son, además, muy cobardes. Su objetivo es impedir que Andrés Manuel López Obrador termine el periodo presidencial para el que fue electo y, antes, arrebatar a Morena, su partido, el Congreso para revertir las reformas a la Constitución resultado del esfuerzo legislativo de la 4ª Transformación.

Vienen por todo, pero, tras apenas darse a conocer el documento madre del llamado Bloque Opositor Amplio, algunas de las más destacadas figuras mencionadas en el mismo se echaron a correr y se deslindaron de inmediato.

Aunque moderaron su lenguaje en el documento dado a conocer este martes, lo cierto es que la mentira, el insulto y la calumnia saturan su discurso cotidiano. Odian a Andrés Manuel López Obrador. Lo desprecian tanto, que nos consideran fanáticos o imbéciles a las y los que apoyamos su presidencia. Como los inquisidores, desde su altísimo sitial nos consideran “relapsos y diminutos”, carne para la hoguera, seres inferiores incapaces de comprender que López Obrador (por el que 30 millones de mexicanas y mexicanos votamos) es en realidad un tirano —pese a que no mueve un dedo para impedir que se expresen y organicen como les da la gana—, un político que encarna sus peores pesadillas, que revive en ellos el más rancio y anacrónico anticomunismo.

Desde su afectada superioridad nos tildan de ignorantes; somos el “rebaño” al que el “círculo rojo” debe conducir. Es el suyo un discurso preñado de racismo. Nos tratan con profundo desdén y pasan en un instante de los argumentos supuestamente sustentados con datos a los más feroces y procaces insultos. No confían en el pueblo. El suyo es un llamado explícito a las élites, a las mujeres y hombres “educados y superiores”, para organizarse a fin de “rescatar” —como tantos movimientos inspirados en el fascismo— a México y reconducir al populacho a la senda de la verdad que solo a ellos les ha sido revelada.

Hablan del México de ayer como si de pronto todas y todos padeciéramos amnesia y no hubiéramos sufrido por la corrupción y las malas mañas de los gobiernos del PRI y el PAN, y no hubiéramos visto amenazada nuestra integridad personal, nuestro patrimonio, nuestro futuro y el de nuestras hijas e hijos. López Obrador vino a terminar con un país idílico donde, según ellos, imperaban la justicia, el progreso y la libertad. Consideran que Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto fueron próceres bajo cuyo mando la patria floreció, paladines de la libertad de expresión, gobernantes que no cayeron jamás en la tentación autoritaria y con los que no hubo ni masacres, ni abusos, ni saqueos. Todo con ellos —según el discurso del nuevo movimiento opositor— fue mejor.

En sus filas, según se lee en el documento, están todos los partidos, las más importantes cámaras empresariales, grandes empresas nacionales y extranjeras, las más connotadas figuras del periodismo convencional mexicano, así como Vicente Fox Quezada y Felipe Calderón Hinojosa. Tienen pues empresarios, políticos, medios convencionales y aparatos de bots capaces de saturar las redes sociales con mentiras y campañas de difamación y odio; manejan, además, una organización francamente golpista y les sobra el dinero. Solo les falta pueblo, pero eso no les preocupa, porque piensan que ya encontrarán la manera de que su “verdad” sea abrazada por las masas que, bajo su conducción, volverán al redil y apoyarán la restauración del viejo régimen.

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Diplomacia de ‘trolls’

La pandemia está siendo el catalizador final de la estrategia china, pero dentro del Gobierno no todos la comparten

Un hombre pasa junto a un cartel que representa al presidente chino Xi Jinping en Pekín (China), el pasado 02 de junio.
Un hombre pasa junto a un cartel que representa al presidente chino Xi Jinping en Pekín (China), el pasado 02 de junio.WU HONG / EFE

 

Donald Trump no se caracteriza por su moderación ni por su elegancia. Siempre se ha explayado en Twitter contra China. Desde que empezó la pandemia, le han seguido otros miembros de su Gobierno, enzarzándose con sus homólogos en Pekín. Unos y otros han alimentado las teorías de la conspiración sobre el origen del virus. Siguieron atacándose mutuamente por Hong Kong. A raíz de las protestas por la muerte del afroamericano George Floyd, se comportan más como trolls de Internet que como servidores públicos. En Trump esta conducta no chirría, pero en los chinos sí.

La poesía siempre ha sido una base de la diplomacia china. Están acostumbrados a mentar a los clásicos, algo más propio de un Obama que de un Trump. El pasado diciembre en Bruselas, el ministro de Exteriores, Wang Yi, dio un discurso sobre cómo ven ellos la reciprocidad que les pide Europa. Citó a Su Shi, el gran poeta e intelectual de la dinastía Song del Norte. Como ninguno de sus oyentes lo habría reconocido, se limitó a decir que era un “antiguo poema chino”.

Los chinos juegan con ventaja: comprenden perfectamente a los occidentales. Han leído nuestros libros, manejan nuestras referencias, el humor y el sarcasmo en inglés. Por si fuera poco, su adversario es especialmente inculto. Donald Trump maneja un vocabulario similar al de un niño de cinco años, reconoce sin reparo que no confía en la ciencia y todos sus colaboradores sensatos han sido cesados o han dimitido.

Para la propaganda del Partido Comunista chino, Trump ha sido un regalo del cielo. Es impetuoso, ineficaz, trae de cabeza a los líderes europeos y a muchos compañeros del Partido Republicano. Eso no hace más que reforzar a Xi Jinping. El líder chino, en el poder desde 2012, lleva toda la vida formándose. Tiene detrás una maquinaria descomunal que lo pinta como un visionario. Desde Mao no se veía semejante culto a la personalidad. Tampoco tanta censura y represión de la disidencia.

Lo que parece un órdago de la diplomacia china tiene un recorrido detrás. Con Deng Xiaoping, la máxima hacia el exterior era tao guang yang hui: mantener un perfil bajo, no mostrar enseguida lo que uno sabe. Con Xi se ha virado hacia el fen fa you wei: trabajar duro, influir en los países que les interesan. Desde 2017, una treintena de Embajadas chinas, consulados y diplomáticos han abierto cuentas en Twitter y Facebook, censurados en China. Se les llama los wolf warriors, como los soldados de una saga de acción estilo Rambo, por sus comentarios nacionalistas asertivos.

La pandemia está siendo el catalizador final de esa estrategia, pero dentro del Gobierno chino no todos la comparten. Algunos creen que no vale todo y que es mejor no hacerle el juego a Trump de perseguir la confrontación antes de las elecciones. Parece que los moderados van perdiendo.

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La gran pregunta sigue en el aire: ¿cuál es la verdadera letalidad de la covid?

Aunque no se sabrá hasta el final de la pandemia, este valor escurridizo será la clave para conocer la virulencia real del coronavirus y ha generado una gran controversia entre los científicos.

La gran pregunta sigue en el aire: ¿cuál es la verdadera letalidad de la covid?

La gran pregunta sigue en el aire: ¿cuál es la verdadera letalidad de la covid? Pixabay

El 17 de marzo de 2020, con la pandemia sacudiendo con dureza a países como Italia y España y en plena expansión por Estados Unidos, el reputado científico de la Universidad de Stanford, John Ioannidis, aseguró que “la covid-19, bautizada como “la pandemia del siglo”, podía ser también “el mayor fiasco del siglo”. En un polémico artículo publicado en Statnews, el investigador, considerado como uno de los popes de la “medicina basada en evidencias”, aseguraba que la letalidad de la covid parecía similar a la de la gripe estacional y que paralizar el mundo sin tener suficientes pruebas era totalmente irracional y podía tener más costes que beneficios. “Es como si un elefante atacado por un gato doméstico salta accidentalmente de un precipicio y se mata por intentar evitarlo”, escribió.

Basándose en los datos del crucero Diamond Princess, Ioannidis estimaba que la letalidad por caso confirmado (CFR) del virus era de un 0,3% y que a lo sumo causaría unas 10.000 muertes en Estados Unidos. Dos meses después, la cifra oficial de fallecidos en el país va camino de superar los 110.000 y la reputación de Ioannidis se ha visto seriamente dañada, por las sospechas de que posteriormente utilizó datos sesgados para llevar razón en sus predicciones, además de caer en un posible conflicto de intereses. Al mismo tiempo, los que se oponían a la estrategia de confinamiento y aseguraban que lo mejor era esperar a crear inmunidad de grupo han reconocido que se equivocaron, incluido el epidemiólogo que diseñó la estrategia de Suecia, Anders Tegnell, quien ha admitido que su país cometió un error al evitar el confinamiento que les ha conducido a una de las mayores tasas de letalidad por número de habitantes del mundo.

Aún así, la pregunta sobre cómo de letal es la covid sigue estando encima de la mesa. Para entender la discusión hay que distinguir entre los dos valores que se miden, la tasa letalidad por caso confirmado (CFR) y la letalidad por caso infectado (IFR). El primer valor es siempre más alto porque indica cuántas personas mueren entre aquellas que has podido diagnosticar, mientras que el segundo, el que los expertos toman como referencia para comprender la verdadera virulencia de una enfermedad, incluye las muertes sobre el total de casos infectados, incluidos aquellos que no presentaron síntomas y pasaron bajo el radar para el sistema. Este detalle es importante, porque en función del número de asintomáticos que existan, la letalidad del virus será mayor o menor.

¿Muy letal o no tan letal?

El debate está abierto porque, aunque haya visto su reputación dañada, Ioannidis sigue publicando sus trabajos y defendiendo que la enfermedad es muy poco letal entre la población general y que a quienes afecta verdaderamente es a los mayores de 70 años y a grupos de población vulnerables, por lo que la estrategia óptima habría sido protegerlos solo a ellos. En su artículo más reciente, publicado en Boston Review, el investigador se reafirma en sus convicciones y asegura que “está claro que los números son mucho más bajos de lo que se temía al principio”. Para reforzar su posición, Ioannidis se remite a las cifras actualizadas recientemente por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de EEUU (CDC), cuya “mejor estimación” de la IFR es del 0,26%. Esta posición ha sido ampliamente recogida por los medios conservadores de EEUU y de otros países para defender que las medidas de confinamiento han sido un exceso y que la respuesta a esta pandemia ha sido “exagerada”.

La revisión más reciente sitúa la tasa de letalidad por infectados (IFR) en el 0,66%

Sin embargo, buena parte de la comunidad científica cree que la cifra de la CDC está muy por debajo de la letalidad real. Algunos epidemiólogos acusan a la CDC de estar alterando estas cifras por intereses políticos y calculando la letalidad sin tener en cuenta los peores escenarios, como es el caso de Nueva York, donde la letalidad IFR está en torno al 0.92%. Uno de los más críticos ha sido el australiano Gideon Meyerowitz-Katz, que ha estado siguiendo la letalidad en todo el mundo y cuya revisión más reciente de los mejores estudios sitúa la tasa de letalidad por infectados (IFR) en el 0,66%(un trabajo anterior lo situaba en el 0,74%).

El prestigioso John Ioannidis apareció en un documental conspiranoico retirado por YouTube

El prestigioso John Ioannidis apareció en un documental conspiranoico retirado por YouTube Montaje a partir de capturas de YouTube

La letalidad varía en función de la virulencia con que ha afectado la pandemia a los países y del número de casos que se han podido detectar. En el caso de Italia el IFR es del 1,3% y en España es del 1,1%, mientras que la OMS habla de un rango entre el 0,3 y el 1% . El dato de España es especialmente valioso porque se deduce del estudio nacional de seroprevalencia (ENE-Covid) sobre una población de 60.000 personas, el más completo realizado en el mundo y una referencia para todos los expertos internacionales. Según este estudio, solo un 5% de la población española se infectó con el virus y un tercio de ellos fueron asintomáticos. Otros test poblacionales más pequeños, como el realizado a 4000 personas en Indiana, Estados Unidos (sobre una población de 188000 personas), arrojan un 3% de seroprevalencia, con un 45% de asintomáticos. En este caso, además, la letalidad IFR es del 0,58%, lejos de los peores escenarios que se temían al principio, pero también del 0,1% de letalidad de la gripe.

Un enorme rompecabezas

¿Por qué hay estas diferencias en la letalidad según se mida y quién tiene razón en esta disputa? “Hay varios factores que pueden ser importantes para explicar las diferencias”, explica Alberto García-Basteiro, epidemiólogo de ISGlobal. “Hay que asegurarse de que todos los estudios utilizaron los mismos kits serológicos, ya que la sensibilidad y especificidad varían. Y por otro lado sabemos que hay una proporción de gente que no desarrolla anticuerpos a pesar de haber tenido PCR positiva, lo que podría contribuir, si no se tiene en cuenta, a sobreestimar la letalidad”. En resumen, el valor de la letalidad IFR está sujeto a muchos factores, desde cómo golpeó el virus en tu región, a cómo estaba preparado para responder un sistema de salud local (lo cual puede hacer que sobrevivan más o menos pacientes) y a cuántos eres capaz de detectar, incluidos los asintomáticos, que te pueden distorsionar la medición. El metaestudio más reciente establece que hay alrededor de un 40% de asintomáticos, aunque en la variedad de escenarios se ha registrado una horquilla que va del 16 al 80% observado en algunos cruceros), lo que habla a las claras del alto grado de incertidumbre.

El metaestudio más reciente establece que hay alrededor de un 40% de asintomáticos

Sobre los test serológicos, además del alto número de falsos negativos y positivos, cabe una última duda que podría cambiar las conclusiones sobre la letalidad del virus. ¿Y si los test serológicos nos están dando un resultado engañoso y hay una parte aún mayor de asintomáticos y leves que aún no hemos detectado? En un trabajo preliminar (preprint), la investigadora Isabel Rodríguez-Barraquer, de la Universidad de California, apunta que la mayoría de test utilizados para los estudios se seroprevalencia de SARS-CoV-2 han sido calibrados a partir de muestras de pacientes de los hospitales, con una carga de anticuerpos mucho mayor, de modo que puede que una parte importante de las personas que han pasado la enfermedad de modo muy leve o asintomática quizá no son detectados (no dan positivo en las pruebas). Esto iría en consonancia con los trabajos publicados en Corea del Sur sobre posibles reinfecciones, donde se vio que la carga de anticuerpos bajaba con el tiempo en muchos pacientes y en otros no existía, aunque podrían estar protegidos contra el virus por inmunidad celular (linfocitos) en lugar de humoral (anticuerpos).

Posturas enrocadas

Con todos estos elementos encima de la mesa, aún queda mucho camino para conocer cuál es la verdadera tasa de letalidad del coronavirus. Sea cual sea esta, el debate sobre si se “sobrereaccionó” a la pandemia parece bastante zanjado por los hechos, aunque Ioannidis se enroque en su posición contra el resto de sus colegas. En un intercambio de artículos muy interesante en la revista Boston Review, el filósofo de la medicina Jonathan Fuller señalaba el choque entre dos visiones científicas – la más teórica y analítica de la medicina basada en las evidencias y la más pegada al terreno que tiene que tomar decisiones para salvar vidas. En un escenario de pandemia, en el que el virus se propaga a toda velocidad y te colapsa los sistemas sanitarios, respondía el epidemiólogo de Harvard Marc Lipsitch, “la acción no puede esperar a tener un nivel de buena evidencia que obtienes de un experimento aleatorizado y controlado”.

El debate sobre si se “sobrereaccionó” a la pandemia parece bastante zanjado por los hechos

Por su parte, Ioannidis, que admite ahora con la boca pequeña que la posibilidad de que murieran miles de personas justificaba los cierres, se defiende advirtiendo contra las posibles consecuencia de prorrogar medidas demasiado extremas que provoquen más daños a la larga, en la sociedad y en otros enfermos crónicos que la propia pandemia. Es como cuando haces la reanimación cardiopulmonar a un paciente, argumenta. Es la respuesta inmediata y necesaria en un primer momento, pero si continúas reanimando sin saber lo que le pasa de verdad, puede que termines causando más daños. Sobre el debate de fondo sobre la peligrosidad de la enfermedad en sí misma, es difícil llegar a una conclusión por ahora y puede que ambas posiciones tengan una parte de razón. Por un lado ha sido y es una enfermedad terrible, que ha matado a cientos de miles de personas, colapsó nuestros sistemas y amenaza con volver a hacerlo. Y por otro lado “no fue para tanto”, en el sentido de que no es la más terrible de las enfermedades que nos podrían afectar como sociedad. Así que más vale que aprendamos de los errores y que lo hagamos ya.

Referencias y más info: Models v. Evidence (J. Fuller), Good Science Is Good Science (Marc Lipsitch) | The Totality of the Evidence (John Ioannidis) | From Pandemic Facts to Pandemic Policies (J. Fuller)

https://www.vozpopuli.com