La elección que podría tronar a Estados Unidos

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HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

Le preguntan: “Gane , pierda o empate, ¿se compromete hoy a una transmisión pacífica del poder después de las elecciones?”

“Vamos a ver qué pasa”, contesta Donald Trump. “Las boletas son un desastre. Los demócratas lo saben mejor que nadie. Y no va a haber una transmisión, va a haber una continuidad”.

La prensa estadunidense ha empezado a documentar la estrategia de Trump para cuestionar las elecciones de noviembre, sumirlas en un pantano de acusaciones de fraude y jugar sus cartas en una batalla legal de recuentos donde los votos reales hayan dejado de importar.

La pieza periodística que está en todas las manos, aunque no la única, es la escrita por Barton Gellman para The Atlantic (https://bit.ly/3j12wTT).

Gellman obtuvo de un consejero legal de Trump la descripción del corazón de la estrategia del presidente. Es esta: “Si el resultado de la noche de la elección cambia por votos que se cuentan después del día de la elección, tienes los ingredientes básicos para un tormentón (shitstorm) ”.

Lo que crea el espacio para ese enredo es que buena parte de la elección será por correo, debido a la pandemia. El procedimiento puede dar lugar a una enorme cantidad de pequeñas irregularidades, como que estén mal las firmas o las direcciones de los votantes, y a un retraso en el conteo.

El retraso puede llevar el resultado a un berenjenal de querellas legales cuya consecuencia puede ser que no haya un resultado, sino un litigio. El riesgo es que haya un impasse parecido al que obligó al recuento de Florida en la elección de Bush vs. Gore del año 2000, pero ahora en muchos de los estados de la Unión.

Un mecanismo sería, según dijeron asesores de Trump a Gellman, saltarse los resultados de la elección, alegando fraude, en estados competidos donde los republicanos tengan la mayoría y designar ahí electores pro Trump.

“La pandemia, un presidente temerario, el diluvio de votos por correo, un servicio postal destruido, renovados esfuerzos para anular votos y una carretada de alegatos jurídicos, pueden vencer la resquebrajada maquinaria electoral estadunidense “.

Todo esto en la democracia más antigua y orgullosamente funcional del mundo. Aquí arriba.

hector.aguilarcamin@milenio.com

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Estrecho de Taiwán: la crisis que se avecina

Un avión de caza ligero de la Fuerza Aérea de Taiwán, Indigenous Defence Fighter (IDF, en español 'caza de defensa autóctono') y misiles de crucero aire-tierra Wan Chien, en la Base de la Fuerza Aérea de Makung en la isla de Penghu, en la costa taiwanesa. REUTERS / Yimou Lee
Un avión de caza ligero de la Fuerza Aérea de Taiwán, Indigenous Defence Fighter (IDF, en español ‘caza de defensa autóctono’) y misiles de crucero aire-tierra Wan Chien, en la Base de la Fuerza Aérea de Makung en la isla de Penghu, en la costa taiwanesa. REUTERS / Yimou Lee

 

Ausente de los grandes titulares, la escalada de tensión en el Estrecho de Taiwán sigue su curso de forma imparable. Las incursiones militares de China continental a modo de advertencia a las autoridades de Taipéi se suceden una tras otra. Beijing no quiere aparentar debilidad ante las acciones de EEUU, cada vez más intrusivas en el diferendo bilateral, y sube proporcionalmente el listón de sus acciones.

El debate sobre la reforma constitucional, en sus inicios en Taipéi, amenaza con otra crisis a medio plazo. La Carta Magna vigente, con siete enmiendas a sus cuestas, es de 1946, lo cual refleja, en cierta medida, la magnitud histórica del problema. Tras el final de la II Guerra Mundial, China recuperó el control de Taiwán, convertida en una colonia de Japón desde la firma del Tratado de Shimonoseki en 1895. Si en la isla no se refugiaran las tropas derrotadas del nacionalista Kuomintang, probablemente, hoy sería parte indiscutible de la República Popular, que prolongó sus bombardeos durante años. La Constitución que el KMT se llevó del continente preceptúa aun que la República de China representa a toda China, aunque, en realidad, desde 1949 no va más allá de la línea media del Estrecho. Pero para el PCCh acomodar esa realidad en el marco constitucional representaría un casus belli.

Las probabilidades de un empeoramiento de las no relaciones entre Beijing y Taipéi cotizan al alza. Tras repetir victoria en enero de este año, al soberanismo representado por Tsai In-wen le quedan por delante cuatro años de obstinación frente al hostigamiento del continente, cada vez más alejado de las tácticas prioritariamente seductoras del pasado inmediato. Pero cuanto más blande la espalda, la empatía con la sociedad taiwanesa se resiente; y lo que es peor, amenaza con quebrar la posibilidad de una alternancia más favorable a sus intereses al actuar como detonante del consenso en el nacionalismo panchino representado por su viejo enemigo, el KMT. En consecuencia, la expectativa de un horizonte gubernamental soberanista durante varias legislaturas provoca nerviosismo y en algunos alienta el vaticinio de la inevitabilidad de medidas más audaces que podrían llegar, en el peor de los escenarios, al conflicto armado.

EEUU, valedor de Taipéi, tiene mucho que decir en esto. Y tras la llegada de Trump ha abanderado el abandono de cualquier atisbo de ambigüedad. Considerado antaño por el general Douglas MacArthur como un portaaviones insumergible, hoy la isla viene al pelo a la estrategia del Indo-Pacífico, ideada para frenar la emergencia de China y asegurar la preservación de la hegemonía estadounidense en el área. Washington no solo promueve decisiones legislativas abiertamente ofensivas para los intereses de China, elevando el perfil de sus intercambios a todos los niveles, sino que moviliza a su flota en la región para contrarrestar la presencia militar china o incrementa de forma significativa sus ventas de armas a la isla exigiéndole el incremento de sus gastos militares, que el año próximo podrían superar el 10 por ciento del presupuesto.

Puede que de ganar Biden el próximo noviembre la situación afloje, pero solo “puede”. La nueva policía hacia Taiwán ha gozado estos años de un alto nivel de consenso bipartidista. En el supuesto de continuidad de Trump, esta tendencia podría reforzarse y con ello el peligro de que la situación se desborde, llegando incluso a la confrontación grave. Algunos republicanos sueñan incluso con reanudar los lazos diplomáticos formales con Taiwán. No cabe duda que Trump iría más lejos en su apoyo al soberanismo. Por su parte, Wang Yang, el número cuatro de la jerarquía china, aseguró este fin de semana en Xiamen que “depender de los extranjeros solo traerá riesgos inasumibles para Taiwán”.

En la gestión del problema de Taiwán, tras convertir la reunificación en la cara B del éxito de la modernización, el PCCh se juega buena parte de su credibilidad ante la sociedad china. En las ocasiones en que el presidente Xi Jinping se refirió a ese asunto dejó entrever la urgencia de hallar una solución, pacífica o no, que garantice la reunificación, no el actual statu quo, que equivaldría a una eternización. La fecha límite sería 2049, cuando se celebrará el primer centenario de la fundación de la República Popular. En una situación tan volátil como la que se vive actualmente en todo el mundo, con incertidumbres por doquier y signos de acusaba inestabilidad en actores significativos del sistema internacional, sucumbir a la tentación del atizamiento irresponsable de las tensiones o del recurso al uso de la fuerza, representa un riesgo que importa prevenir con urgente anticipación.

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La oposición desenfrenada

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EPIGMENIO IBARRA

Siguen encabronadísimos y peor se van a poner conforme pase el tiempo. Pensaron que lo de cambiar de régimen era solo una promesa de campaña. La alucinación de un iluminado, de un personaje al que ridiculizaron, al que despreciaron, al que bautizaron como el “mesías tropical”. No atinan a entender cómo y por qué los aplastó en las urnas y ya en Palacio Nacional avanza —a pesar de todo— en el proceso de transformación del país.

Confiaron en que el aparato del Estado seguiría marchando tal y como funcionó durante tres generaciones, y que terminaría por aplastar los sueños de ese al que —vaya delirio— siguen considerando solo un loco.

Creyeron que Andrés Manuel López Obrador se daría por vencido y terminaría pactando con ellos para sobrevivir. Los empresarios lo imaginaron rendido a sus pies; los medios, pidiéndoles misericordia; los intelectuales, solicitándoles consejo; los partidos opositores, suplicando tregua; los ex presidentes, implorando perdón.

Les fallaron a todos sus pronósticos y ahora no quieren esperar ni siquiera a la consulta sobre la revocación de mandato para quitárselo de encima. Les urge callarlo, sacarlo de Palacio cuanto antes, perseguirlo, juzgarlo, encarcelarlo, acabarlo para siempre.

Es una oposición sin pies ni cabeza, pero desenfrenada, enfurecida, que ha perdido por completo las formas, que no tiene la menor intención de respetar los tiempos que marca la ley y los procesos democráticos. El odio que sienten, el miedo que tienen los uniforma. Igual habla el intelectual que el fanático religioso. De la misma manera lanza improperios e insultos contra el gobierno la señora educada que el más lépero.

No tienen otra propuesta que el caos, nada prometen salvo la fractura del orden constitucional y de la paz social. Por la división de la nación apuestan los que se dicen federalistas. El rencor y el encono fomentan quienes rasgan sus vestiduras por el clima de polarización imperante. Creen que en la democracia como en el autoritarismo deben reinar el silencio y la sumisión.

Hasta los juristas y los académicos se equivocan. Ellos, que saben cómo operan los tiempos en los tribunales, andan diciendo que lo de Emilio Lozoya es solo circo, por más que en el mundo entero se sepa que lo de Odebrecht en México es una bomba de tiempo cuyo estallido alcanzará a Enrique Peña Nieto.

Lo mismo sucede con el caso de Genaro García Luna; los expertos en seguridad, esos que hacen sesudos análisis sobre el narco y la guerra, se han convencido de que el poderoso ex secretario de Seguridad se inmolará solo y no arrastrará a Felipe Calderón Hinojosa en su caída.

También la mentira los hermana. Ellos las inventan y, como el perro mordiéndose la cola, ellos mismos se las creen. A sus desplegados, a sus titulares en la prensa, como a sus tiendas de campaña vacías, se los lleva el viento. Aunque sean solo un puñado y atenten contra la voluntad mayoritaria expresada en las urnas, acampan donde quieren. Y dicen lo que les da la gana, lo que no se atrevieron a decir cuando gobernaban el PRI o el PAN, pero no soportan que el Presidente les diga sus verdades cuando mienten.

De crispación social hablan los que a causa de la pérdida de privilegios y prebendas o, peor aún, atenazados por la posibilidad de ser llevados a juicio tienen los nervios crispados. Se les vino el mundo —su mundo— abajo. Tienen la oportunidad de recuperarlo, pero refrenados. En las urnas y por las buenas tendrá que ser.

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Un país de indignados

“A dos años de Gobierno el tiempo del diagnóstico ya pasó, ahora se necesita un líder capaz de convocar a propios y extraños a abrir

Un país de indignados

Un Presidente que da rienda suelta a su indignación indignando a sus contrarios terminará entrampado en la polarización. Foto: Presidencia vía Cuartoscuro.

Imposible saber si la rijosidad de López Obrador es por diseño o es producto de su temperamento. ¿Cálculo político o rasgo de personalidad? ¿Se trata de una combinación de ambas? Quizá las andanadas de cada día en contra de sus adversarios sean producto de su carácter y de una trayectoria de opositor de tantos años, pero también de la creencia de que su belicosidad sirve a sus propios intereses de alguna manera. Lo cierto es que el Presidente dedica buena parte de cada mañanera a denostar al neoliberalismo, a los regímenes anteriores, a los intelectuales orgánicos que lo critican, a los empresarios y exfuncionarios corruptos, a la prensa adversa y especialmente al diario Reforma.

Hay quienes consideran que el Presidente sale beneficiado de esta cruzada implacable suya en contra de todo y todos los que no están a favor de los pobres. Y sí, sin duda denunciar la corrupción o los excesos de los expresidentes, descalificar a sus críticos con adjetivos llamativos, subir a la picota a los adversarios “del pueblo” hacen a López Obrador más popular entre los suyos. Pero también lo hace más impopular entre los que no lo son. Su categórico planteamiento: “si no estás con la 4T estás en contra de ella” es un llamado que obligaría a todos los mexicanos a decantarse. Sin duda eso galvaniza e intensifica el fervor de sus partidarios y les obliga a cerrar filas; pero cerrar filas también conduce a cerrárselas a los que no sean incondicionales. ¿Qué sucede con aquellos que están de acuerdo con algunos aspectos de su Gobierno pero no con otros?

Muchos mexicanos están encantados con un Presidente capaz de exhibir los trapos sucios de los poderosos que hasta ahora habían actuado impunemente. Si los tiempos no son propicios para que la 4T cumpla cabalmente las expectativas populares, al menos puede darles la satisfacción de hablar desde los resentimientos y exasperación de los muchos que durante décadas han sido víctimas. No han dejado de serlo, pero se están dando el gusto de que sean señalados con el dedo aquellos a los que consideran sus victimarios.

En ese sentido la belicosidad del Presidente podría ser también un estrategia calculada. Mientras fustigue a los “enemigos del pueblo” tendrá el apoyo de las mayorías que se siente reivindicadas, al menos verbalmente. Una consulta popular sobre la posibilidad de un juicio a los expresidentes puede no tener un sentido jurídico, pero tiene una lógica política impecable: genera el entusiasmo de aquellos que a lo largo de los sexenios percibieron la manera en que se gobernó a favor de los de arriba, lo cual no es poca cosa.

Al corto plazo la estrategia rinde frutos siempre y cuando el Presidente lleve bien el saldo de sumas y restas. Pierde el favor de los moderados, pero aumenta el fervor de sus simpatizantes. Supongo que en sus propias encuestas y sondeos AMLO asume que el balance sigue siendo positivo. Sin embargo, al mediano y largo plazo tal estrategia entraña un peligro mayor. La polarización que resulta podría provocar una inestabilidad intolerable. Sostener su popularidad mediante la crispación política puede traducirse en una multiplicación de los focos de conflicto. Lo mismo que propicia un aumento del fervor de los suyos provoca la frustración creciente de los que no están de acuerdo con él. Y la frustración y la molestia, aguijoneada por las provocaciones del Presidente, pueden conducir a la exasperación movilizante.

Hay mucho de manipulación en la toma de presas o en el bloqueo de vías férreas, y ciertamente hay agendas impresentables en las protestas de grupos que han perdido privilegios (Antorcha Campesina, por ejemplo), pero también es cierto que cada vez hay más personas enojadas, convencidas de que la razón de su enojo es legitima. Una cosa es una desaprobación de 40 por ciento entre la población y otra muy distinta que dentro de ese 40 por ciento muchos estén cada vez más enfurecidos. Son cifras que no modifican los resultados electorales y no ponen en riesgo el dominio de Morena, pero potencialmente pueden condenar al país al estancamiento y, eventualmente, a la ingobernabilidad. Las mujeres que se encadenan y toman por tiempo indefinido a la CNDH o los agricultores que paran una presa pasando por encima de la Guardia Nacional responden a reivindicaciones puntuales (familiares desaparecidos y agua, respectivamente), pero detrás de esa exigencia, alimentada sin duda por otras agendas, hay un contexto de descontento con el estado actual de los asuntos públicos y el convencimiento de que el diálogo u otras vías políticas carecen de sentido. Cuando mucha gente comienza a pensar así suelen proliferar las rupturas del tejido social. Caminos tomados, casetas de autopistas incautadas, invasiones y parálisis. Estos días se informó que el costo del bloqueo de vías férreas en Michoacán ascendía a más de 100 millones de pesos, en detrimento de la agricultura y la industria regional. Aún mayor ha sido el daño provocado por las protestas yaquis en las carreteras y gasoductos de Sonora. Por desgracia da la sensación de que esto apenas comienza.

Cada vez que el Presidente exhibe como ejemplo para el mundo su estrategia contra la pandemia o sostiene que el suyo es el mejor Gobierno, acusando de corruptos a los que no piensen igual, provoca dos cosas: entusiasmo en los conversos e indignación en quienes lo desaprueban. Una indignación que, en la medida en que crezca, habrá de engancharse a la primera reivindicación que le pase por enfrente y conducirá a una acción de protesta.

En lo personal estoy convencido de la necesidad de un Gobierno que vea por los pobres y combata los excesos y privilegios de las élites y en ese sentido volvería a votar por López Obrador. Pero es desesperante ver al Presidente de la esperanza dedicado cada mañana a quejarse de sus adversarios, a lamentarse de la portada de un periódico, a demostrar que ha sido tan criticado como Madero, a devolver los golpes y desacreditar a sus críticos. A dos años de Gobierno el tiempo del diagnóstico ya pasó, ahora se necesita un líder capaz de convocar a propios y extraños a abrir nuevos caminos, a sumar voluntades y no a dividirlas, a convencer para vencer resistencias, no ha quejarse de ellas. Un Presidente que da rienda suelta a su indignación indignando a sus contrarios terminará entrampado en la polarización. Nos estamos convirtiendo en un país de indignados, sea cual sea el bando, y eso está a un paso de la inestabilidad.

Jorge Zepeda Patterson

https://www.sinembargo.mx/

Libertad de expresión y censura

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ÁLVARO CUEVA

Tampoco me llama la atención que toda la prensa mexicana, que todos los canales de televisión, que todas las estaciones de radio y que todas las redes sociales, todas, tomen el tema y lo conviertan en la noticia del momento.

Están en su perfecto derecho de amar o de odiar a Andrés Manuel López Obrador y de publicar o de no publicar esto y más.

Lo que me sorprende, me asusta y me llama la atención es que para hacerlo utilicen conceptos como el de “libertad de expresión” y “censura”.

Tan sencillo que sería decir: “no estoy de acuerdo con las estrategias de comunicación de AMLO”, “me quedé sin chamba por culpa de las decisiones de su administración” o “ya no puedo publicar porque ya no estoy recibiendo los apoyos del gobierno”.

Queridos amigos: entre gitanos no nos leemos las cartas. Todos sabemos que la libertad de expresión y la censura son otra cosa y que decenas de amadísimos colegas han perdido la vida defendiendo su derecho a decir lo que piensan.

Tratar de justificar una inconformidad con estas palabras no sólo es una contradicción, es algo que ustedes, por el altísimo nivel que representan, no se merecen. Por favor, no lo hagan. No lo hagan así.

Por eso las nuevas generaciones hablan de libertad de expresión y de censura para defenderse cuando se les cuestiona por estar difundiendo mensajes de odio o por estar haciendo barbaridades que luego quedan grabadas en las cámaras de seguridad o en las de los celulares.

Yo sé que están muy molestos, pero tal vez valdría la pena que, como todos los mexicanos, cada uno en su contexto, enfriaran la cabeza y ubicaran con más claridad sus ideas y sus emociones.

Yo no puedo hablar por muchos de ustedes porque me muevo en otro universo, pero en mi mundo todos, absolutamente todos, nos la estamos pasando mal.

Los que no estamos siendo despedidos de la forma más humillante y grosera, estamos cobrando menos, recibimos puras faltas de respeto o nos quedamos sin espacios.

¿Y qué creen? La culpa no es ni de Andrés Manuel López Obrador, ni de la Cuarta Transformación, pero tampoco de los presidentes anteriores o de la corrupción. Esto es mucho más complejo de lo que parece.

Los invito, con mucho respeto y cariño, a que busquen, por ejemplo, lo que acaba de pasar en el evento “Periodismo, medios y tecnología. Tendencias y predicciones para 2021” que un destacado grupo de colegas de todo el continente hicieron el 17 de septiembre en el Penta Virtual Center.

Ellos no se estaban quejando del ataque de los políticos que, como ustedes saben, es una tendencia mundial.

Ellos, como yo, estaban alarmados por la obsolescencia del modelo de nuestros medios de comunicación, basado en la venta de publicidad.

¿Por qué? Porque eso ya no aplica. Y si ya no aplica, ya no entra dinero. Y si ya no entra dinero, nos quedamos sin trabajo.

Y si nos quedamos sin trabajo, ¿quién va a hacer el periodismo profesional? ¿Qué va a pasar con el periodismo profesional?

Por favor pónganle pausa a sus rencores y asústense. ¿Sí entienden que lo de hoy es la fragmentación, no de las audiencias, de la atención de las audiencias? ¡De la atención de las audiencias! ¿Y no les da miedo?

¿Cómo vamos a atender eso? ¿Con revistas como las que se hacían en 1968? ¿Con textos como los que se escribían en 1989? ¿Con programas de televisión como los que se proponían en 2006?

El problema ya no es que no tengamos suficiente espacio para publicar, para crear, para producir. El problema es que con los algoritmos que ahora rigen la vida de todos, nadie va a encontrar nuestro trabajo en 2021.

¿Por qué no los veo preocupados? ¿Por qué no los veo haciendo algo?

Y no les he dicho ni la décima parte de lo que me quita el sueño, de lo que se dijo en ese evento y que nadie quiere discutir en este país.

¿Le sigo? No, es más cómodo echarle la culpa de todo al presidente, permitir que la vanidad nos ciegue e instalarnos en la nostalgia. ¿A poco no?

https://www.milenio.com/opinion/alvaro-cueva/ojo-por-ojo

Peligrosa consulta

Si López Obrador tiene pruebas de delitos cometidos por cinco exmandatarios, que las ponga en conocimiento de la justicia. Sin consultar. Es su deber como presidente

Andrés Manuel López Obrador durante su conferencia de prensa matutina, en Palacio Nacional en Ciudad de México.
Andrés Manuel López Obrador durante su conferencia de prensa matutina, en Palacio Nacional en Ciudad de México.PRESIDENCIA / EFE

 

La decisión del presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, de realizar una consulta para que los ciudadanos aprueben si se debe o no juzgar a los cinco mandatarios que gobernaron México entre 1988 y 2018 si han cometido algún delito no solo no tiene precedente en el mundo occidental, sino que abre una profunda grieta en el Estado de derecho. El manejo político de la iniciativa pone en entredicho el respeto a la independencia del poder judicial, de la que tanto ha carecido el país norteamericano y que el propio López Obrador se comprometió a devolver.

El brete es político porque caben pocas dudas jurídicas sobre su imposible encaje legal: en una democracia, es la justicia —jueces y fiscales— la que toma esa decisión. No el poder ejecutivo ni el legislativo ni las votaciones populares. La maniobra, también política, de López Obrador es tan electoralista —se celebraría el mismo día que los comicios locales de 2021— como innecesaria para alguien que llegó al poder con un apoyo abrumador y cuya gestión goza de un gran respaldo entre la población. El presidente ha insistido en que, si por él fuera, no iniciaría ningún proceso contra sus antecesores. Pero al mismo tiempo ha jugueteado con la idea de forma permanente y finalmente la ha puesto en marcha. La inmensa mayoría de los mexicanos, según todas las encuestas, incluida una reciente de este periódico, desea que se juzgue a los expresidentes en caso de que hayan cometido algún delito. Decidir eso es tarea exclusiva de la justicia, cuya independencia López Obrador socava al apuntar a “zonas grises del marco legal” que, en su opinión, hacen necesaria la consulta.

Los cinco expresidentes a los que López Obrador ha decidido citar con nombre y apellidos en su pregunta no tienen procesos judiciales abiertos. Las acusaciones que les lanzó el mandatario en la solicitud de la consulta ni tienen relación entre sí ni está claro que sean delitos. Si así fuera, y dado que hay leyes y mecanismos para castigarlos, no hay ningún motivo para consultar y sí para que la justicia haga su trabajo sin presiones de ningún tipo. Si López Obrador tiene pruebas de delitos cometidos por los exmandatarios, que las ponga en conocimiento de la justicia, y que éstos sean juzgados. Sin consultar. Es su deber como presidente.

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No es lo mismo estar en guerra que remar juntos: la importancia de las metáforas sobre covid-19

LAURA FILARDO-LLAMAS

Profesora de Lingüística Inglesa, Universidad de Valladolid

Shutterstock / wacomka
Shutterstock / wacomka

 

La llegada de la pandemia de la COVID-19 ha supuesto para los lingüistas una inagotable fuente de datos para el análisis. Hemos estudiado no sólo la aparición de nuevas palabras para describir esta realidad, sino también los distintos usos y excesos retóricos que han caracterizado la comunicación política sobre la pandemia.

Entre ellos, el uso de la metáfora bélica ha sido particularmente relevante, con políticos como Emanuel MacronPedro SánchezBoris Johnson o Donald Trump describiendo la pandemia como una guerra contra un enemigo invisible.

Este tipo de usos discursivos muestra la importancia de la metáfora. No sólo porque son mecanismos cognitivos que permiten comprender y explicar la realidad, con frecuencia aludiendo a experiencias personales o colectivas con las que se pueden establecer paralelismos. Sino también porque la elección de una u otra metáfora también permite interpretar la realidad de distinta manera.

No más metáforas bélicas

Ante la proliferación de discursos que se basaban en el marco de la guerra, en Twitter surge la iniciativa #Reframecovid en la que un grupo internacional de lingüistas responde al llamamiento de la lingüista navarra Inés Olza. En una base de datos en abierto se recogen y proponen alternativas al lenguaje de la guerra.

La misma preocupación por el uso de metáforas bélicas se observa también en prensa. Proliferan artículos de opinión y divulgación que, si bien explican que las metáforas bélicas pueden ser persuasivas al enfatizar la urgencia y necesidad de actuar contra el virus, advierten de que su uso puede ser también peligroso. También en el discurso político surgen voces, como la del Presidente de Alemania, que comienzan a negar el marco bélico y explicar que la pandemia “no es una guerra“.

Metáforas distintas para distintos aspectos de la pandemia

Como mecanismos cognitivos, la utilización de una u otra metáfora conlleva un proceso de conceptualización en el que se enfatizan determinados aspectos de la realidad. Se pueden encontrar distintas metáforas en función del aspecto de la pandemia al que nos estemos refiriendo, como por ejemplo el virus o la ciudadanía.

Un artículo en el blog de la lingüista Brigitte Norlich recopila distintas metáforas para hablar de la COVID-19, y reflexiona sobre los aspectos que se enfatizan en cada una de ellas.

Por ejemplo, al principio de la pandemia se pudieron ver varios vídeos e imágenes en redes que explicaban la transmisión del virus como un dominó cayendopelotas de ping pong moviéndose sin control, o cerillas que se queman por la proximidad del contacto entre ellas. Este tipo de metáforas, fundamentalmente visuales, permitieron explicar la necesidad de mantener la distancia física entre personas, así como de quedarse en casa para parar la expansión del virus.

Alternativas: brillantina y lotería

Hay metáforas, como la equiparación entre el virus y la brillantina, que pueden contribuir también a enfatizar la capacidad de expansión del virus.

Para mostrar la aleatoriedad con la que se contagia el coronavirus, en estos últimos meses se han visto explicaciones basadas en el juego. Por ejemplo, la del epidemiólogo Nacho de Blas, que describe la Covid-19 como una lotería.

Dicha aleatoriedad y la importancia de los actos individuales subyacen también a la reciente campaña del Ministerio de Sanidad #Estonoesunjuego, que niega el marco lúdico para concienciar a la población más joven. Esta negación, junto con una voz en solitario cantando una rifa infantil y la sucesión de imágenes que construyen una narrativa del virus basada en la causa/botellón-efecto/enfermedad, han generado una serie de críticas que dudan de la efectividad de esta propuesta metafórica.

Estudios previos confirman esta crítica, y explican que los mensajes que se centran en las consecuencias negativas de la falta de una acción son menos efectivos. Particularmente cuando no hay una motivación previa por parte de la audiencia para procesar ese mensaje.

Desastres naturales y léxico marítimo

Los desastres naturales se han evocado también como marcos en los que encuadrar la pandemia. Por ejemplo, la palabra tsunami destaca la rapidez y la fuerza con la que se propaga el virus.

El uso del léxico marítimo permite, también, establecer diferencias entre las distintas fases de la pandemia, descritas como olas o tsunamis. Enfatizan la variación entre el número de contagios en distintos momentos, así como la virulencia de la carga vírica.

De igual modo, este marco permite conceptualizar la importancia de la acción colectiva: como la referencia a remar juntos del papa Francisco.

¿Olas o fuego?

El análisis de las múltiples viñetas dibujadas por el ilustrador iraní Alireza Pakdel muestra cómo a través de esta conceptualización metafórica se pueden enfatizar diferentes aspectos de la enfermedad y la acción social: la importancia de utilizar mascarillala necesidad de quedarse en casa para contener el virus, o el rol de los trabajadores esenciales.

A pesar de la fuerza visual de esta metáfora, a lo largo de la pandemia se han podido leer críticas a la descripción del virus como una ola. Algunos epidemiólogos han preferido la metáfora del fuego para explicar que la enfermedad “no se ha acabado de extinguir”.

La lingüista Elena Semino aboga también por la evocación del marco del fuego que permite explicar no sólo el proceso de propagación del virus sino otros aspectos de la gestión de la pandemia, como la necesidad de una actuación rápida y urgente, la rapidez de los contagios, las distintas fases de evolución, o la importancia de los trabajadores sanitarios.

Las metáforas activan emociones

El tratamiento discursivo de la pandemia ha potenciado estudios y reflexiones sobre las metáforas utilizadas tanto en el lenguaje público como en la cultura popular.

Análisis previos sobre los efectos psicológicos de la metáfora muestran que la activación de distintos marcos conlleva diferencias de razonamiento y por tanto puede contribuir a justificar distintos aspectos de la realidad, algo que se ve también influido por los distintos contextos comunicativos.

Reflexionar de manera crítica sobre la descripción metafórica de la COVID-19 nos sirve para valorar la capacidad movilizadora de la metáfora. También para entender la relación entre esta última y las emociones activadas por diferentes usos retóricos en distintos contextos y ante diferentes evoluciones de la pandemia.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

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¿Por qué la vida no es una prioridad?

Pixabay.

Observo con mucho interés cómo personas, parejas, grupos, deciden abandonar este tipo de vida que llevamos para recluirse en sus adentros. No se trata, como empiezan a decir algunos, algunas, de respuestas egoístas a una realidad cada vez más erizada. No se trata de juzgar. Todo esto que sucede acaba de empezar a suceder, creo que solo es el comienzo de algo, ni siquiera sé qué me parece. Sencillamente observo. Son personas que van retirándose de una lucha que les parece inútil, que no da frutos, que no es revolucionaria, por así decirlo, para refugiarse en una forma propia de lucha, una forma de habitar el mundo que se les antoja más ética, que les satisface de otro modo. Bajan el ritmo, saltan del tren, reducen drásticamente el consumo, eligen los alimentos, deciden manejar el tiempo, su tiempo. Y creen que la suma de muchos optando por ese modo de vida será transformadora.

Se trata de la vida.

Ayer se hizo pública una denuncia contra el Gobierno de tres organizaciones que luchan por el interés público, la ecología y los derechos humanos: Oxfam Intermón, Ecologistas en Acción y Greenpeace. Son tres bestias de la organización no gubernamental. Han denunciado al Gobierno de España ante el Tribunal Supremo porque no va a cumplir lo pactado en los acuerdos de París respecto a las agresiones contra la vida, o sea, contra el medio ambiente.

Cuando hace unos pocos meses nos recluyeron en nuestras casas por el COVID, cundió la práctica de elaborar pan, pastas, alimentos. De repente, al detener el ritmo frenético que esta sociedad, o sea la economía, nos impone, volvimos a lo sustancial. El alimento es sustancial. Por lo tanto, son esenciales la tierra, el clima, la tormenta, la sequía, la temperatura de los mares, la ausencia de hielo.

Escribir sobre estos asuntos no consiste en reflejar algo abstracto llamado, por ejemplo, ecología. Se llama pobreza, hambre, migración, dinero, depredación. Sí, eso, depredación. Y muerte.

Nos cuesta hablar de la muerte en términos individuales, íntimos, familiares. Pero todavía nos resistimos más a tratar el asunto de cómo nosotras, nosotros, participamos en la muerte cotidianamente. No solo en la de seres vivos más allá del ser humano, sino la muerte del futuro de nuestra propia especie. Qué ignorancia.

La comunidad científica advierte que, en pocos años, no será posible la vida en este planeta. Esta frase, repetida desde hace años, pierde toda validez en tanto en cuanto los términos que maneja resultan inabarcables. Pese a que al detenernos nos lanzamos a elaborar pan, ha bastado retomar el ritmo de “lo actual” para olvidar la irrupción de lo importante. Nuestra vida destruye. Destruye la vida. De eso se trata.

Se trata de la vida.

Basta leer el informe publicado por las tres ONGs anteriormente citadas para comprender cómo un gobierno, sea del color que sea, puede postergar las decisiones sobre este asunto, incluso despreciarlas, por razones de aquello que se considera prioridades. Y sin embargo, no hay mayor prioridad que tener salud, pero vamos más allá: no hay mayor prioridad que vivir y que nos sobrevivan.

Si te dicen que el 90 por ciento de los glaciares del Pirineo han desaparecido ya, como así es, puede que el dato te quede tan grande o tan lejos que lo rechaces por no abarcarlo. Pero afecta a lo que comes, y lo que comes es esencial. Afecta a la agricultura, a la ganadería, a los ríos y los campos, a los mares, a tu forma de vida y el futuro de los tuyos.

Se trata de la vida.

Después de décadas tratando los asuntos del dinero, del techo, del coche, de la primera, segunda, tercera residencia, de la moda, de los bienes de consumo, de la tecnología, nos hemos convertido en seres que, corriendo, corriendo, han olvidado que antes que todo eso están el aire, el agua y el alimento. La vida está.

Entonces es cuando observo cómo personas, parejas, grupos, deciden abandonar este tipo de vida que llevamos para recluirse en sus adentros. Sus adentros no son las vísceras o una especie de espuria espiritualidad, sino otra forma de enfrentar los días, uno tras otro, que tienen para vivir. Suelen ser personas cultas, blancas, ricas, que se lo pueden permitir: arquitectas, ingenieros, escritoras, editores, artistas… Se bajan de este tren enloquecido sobre raíles de políticas idiotas para reencontrarse con la tierra, aquello con lo que nos topamos cuando se nos concede un respiro. Hacer pan.

Ahí reside mi dolor al ver cómo este asunto va ganando espacio y quiénes se pueden permitir el lujo de habitarlo. ¿Por qué no se convierte, como en su tiempo fue la defensa de lo público, en un asunto de interés común? ¿Por qué la vida no es una prioridad?

De ahí que celebre la denuncia de las tres organizaciones contra el Gobierno de España. No solo por lo referente al futuro de la especie, de cualquier especie. Sino porque aquellos, aquellas que puedan permitírselo saltarán de este tren frenético para caer en un campo donde la reflexión es posible y también la sensación de que existe otra forma, más ética, más enriquecedora, menos miserable de habitar el mundo. Sin colaborar en la muerte.

Ah, pero ¿y el resto?

El resto de los ciudadanos, de las ciudadanas, la inmensa mayoría depende de que los gobiernos, representantes de la población, pueda o no permitirse el lujo de saltar del tren, participe de una revolución imprescindible. O sea, que ese salto no sea fruto de una decisión individual, exclusiva, sino de una acción colectiva, social. Política.

CRISTINA FALLARÁS

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Ni facha ni fascista ni nazi

Manifestación de la ultraderecha en el centro de Madrid. EFE
Manifestación de la ultraderecha en el centro de Madrid. EFE

Es una cuestión filológica que demuestra lo cultivada y sensible que es la derecha española. Vamos por partes. Si en este país llamas facha a un tío que dice y hace cosas fachas, se te enfada muchísimo. Si le dices fascista a otro que hace y dice cosas fascistas, se encorajina enormemente.  Y si nombras nazi a aquel que dice y hace cosas nazis, se pone como una hidra. No sé por qué tanto se avergüenzan de adjetivos que tan certeramente los definen. Todos sabemos que, en la intimidad, se sienten muy orgullosos de lo que son, se tatúan cruces gamadas en el culo, asesinan a hostias a un negro de 16 años amparados en la complicidad grupal o violan niñas en manada porque ellos son muy machos, y ellas, las que los justifican cual Rocío Monasterio, también.

Yo, como soy muy respetuoso con las delicadas sensibilidades de nuestros fachas, fascistas y nazis, no voy a utilizar estos epítetos para caracterizarlos. Ahora sí, esto me va a obligar a improvisar neologismos como un loco cortazariano o ramoniano, con los riesgos que el neologismo conlleva en España, tan poco dada a los avances tecnológicos, culturales y éticos.

Pongamos un caso. Si Isabel Díaz Ayuso, señorita Pepis de la Comunidad de Madrid, nos asegura en sede parlamentaria que “los contagios por Covid se están produciendo por el modo de vida que tiene nuestra inmigración”, debemos solapar las ganas de llamarla facha, fascista o nazi. Tampoco la palabra racista está muy bien tirada, pues evoca muy hedorosamente los antecitados términos. Se me ocurre usar blancata. Los blancatas, por ejemplo, serían los que llaman negratas a los negros. Los que dicen que un mantero hace más daños a la economía del país que los infinitos Rodrigo Rato que han emergido de entre sus genovesas filas y han adornado de charme nuestras moquetas durante años, antes de irse a repartir stylo a las cárceles del país. Lo de blancata no es muy brillante, lo reconozco. Pero al menos me exime de llamar facha, fascista o nazi a Isabel Díaz Ayuso. Y no veáis la satisfacción literaria que me produce no herir la delicada sensibilidad de tan principal dama.

Pongamos como segundo ejemplo el de Pablo Casado, que justifica el saltarse el precepto constitucional (o sea, que se salta la Constitución) de renovar los altos órganos judiciales aduciendo que no reconoce la legitimidad de un gobierno salido de las urnas porque un sector de ese gobierno quiere quitar las distinciones y privilegios a nuestro baladroncete rey emérito.

Lo que nos viene a decir el masterizado líder del Partido Popular es que no acata el mandato democrático del pueblo español. Pero tampoco has de llamarle facha ni fascista ni nazi, pues sale haciendo pucheritos en La Sexta y siembra de congoja la tranquilidad de los hogares españoles. ¿Y si lo llamamos juancarlócrata? Él se quedaría encantado, pues verse arrodillado ante tan eximio corrupto y corruptor coronado es cosa que pone mucho a nuestro jefe de la oposición (no alimentéis esos malos pensamientos ante la genuflexa imagen, pornógrafos sicalípticos).

Cuando yo era joven, feliz e indocumentado, me tocó en numerosas ocasiones tratar con el fundador de Alianza Popular, Manuel Fraga, el padre político de toda esta fauna de no fachas, no fascistas y no nazis. Hasta una vez me entregó un premio literario, el padre fundador, y hube de cenar con él en la misma mesa para gran regocijo de mis neuronas.

El caso es que a Fraga le encorajinaba sobremanera que lo llamaran fascista por sus papelones como eterno valet, ministro y embajador de Francisco Franco. Eso a pesar de que la Xunta que presidía llegó a subvencionar un libro que negaba el holocausto judío de Hitler, por ejemplo. Hebreíllos a la mar. El caso es que el Movimiento Nacional que tanto llenaba la boca al de Villalba nace de las ideas de aquel iluminado y algo hortera José Antonio Primo de Rivera que prologa con admiración la obra El fascio de Benito Mussolini, y se inspira en ella para diseñar la estructura represora del estado franquista. Pero no se os ocurra llamar fascista a Mussolini ni a José Antonio ni a Franco, pues le daría un patatús a aquel joven y orgulloso falangista que fue un tal José María Aznar, cuyos escritos juvenales de exaltación del fascismo aun salpican nuestras hemerotecas.

Paro aquí, que como siga me voy a jartar de escupir tanto neologismo. Y, ahora que me doy cuenta, ni los fachas ni los fascistas ni los nazis se lo merecen.

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El abuelo, el tío, el amigo de los papás, papá

Pixabay.
Pixabay.

 

El abuelo, sí el abuelo. Cuando la lleva al parque, cuando la ayuda a subir las escaleras del tobogán, ahí abajo. El abuelo en la casa del pueblo o en la de la playa. El abuelo que le da las buenas noches. El abuelo que es bueno, que es el padre de mamá o de papá, que es el que manda, con su genio, con su ternura para la niña, Mi nieta favorita. Y al abuelo hay que obedecerle, como al tío.

Las pinzas de los cangrejos en el sueño empapan la almohada y la llenan de algas que apestan y los pelos duros de las arañas trepan por los muslos flacos.

Las braguitas en las rodillas.

 

El 35,4% de las mujeres que han sufrido violencia sexual en España no lo denuncia porque “era menor/era una niña”. Es la razón principal de las mujeres para no denunciar. Está por delante de cualquier otra (vegüenza, miedo al agresor, desconocimiento, porque aún no ha terminado la violencia, por ser extranjera…).

 

Y el amigo de los papás, en la casa del pueblo o de la playa, sentada en sus rodillas, sí, el amigo de los papás, que es el que más mola, el que tiene el barco, o el que nos lleva a la playa. En la cocina, el amigo de los papás, que es el que prepara y sirve los cócteles, el que dice Pero qué guapa te has puesto. Ni se le ocurriría decirle algo a los papás (¿qué, además, decirles qué?), encima que la invita a pescar.

Dicen que las ortigas escuecen. Un campo de ortigas dentro de la cabeza sin sueños. El temblor, saber que tras las ortigas está la casa de la bruja, el ogro, el lobo y todas las bestias ortiga del mundo.

¿Dónde ha quedado el bañador?

 

El 40,2% de las mujeres que no denuncian violación en España es porque “era menor/era una niña”. Se trata de la segunda razón principal, solo una décima (40,3%) por detrás de las que afirman no haberlo hecho “por vergüenza, apuro, porque no quería que nadie lo supiera”.

 

Y el papá de la mejor amiga. Hoy te quedarás a dormir en casa de Laura. El papá de Laura que al fin y al cabo es otro papá y a los papás hay que obedecerles, como a los abuelos, como a los tíos, como a los profesores, como a los entrenadores, como a los curas. El papá de Laura, que la ha visto crecer, y solo faltaría perder la amistad de la mejor amiga por las cosas que pasan y que no son del colegio ni de jugar.

Piensa en cristales rotos, piensa en cristales rotos, piensa en cristales rotos, rompe una botella. De la grieta negra que se abre allá por la noche, la que no tiene fondo, sale un vapor que hace llorar.

El top que aún no tiene nada que sujetar.

En el caso de las violaciones, el porcentaje de mujeres que han sido violadas por un desconocido en España es de sólo el 18,8%, lo que implica que la mayor parte de las violaciones son de hombres que la mujer conocía de forma previa a la agresión.

Y papá, claro, papá, que es el que la cuida, el que la acuna, el que siempre ha estado ahí para tomarle la temperatura. A la hora de dar las buenas noches, a la hora de salir de la bañera, a la hora de la hora de papá. Papá que es quien se preocupa de que todo vaya bien, de los deberes y las notas, de que se porte bien en cada momento. Papá, que es a quien hay que obedecer por encima de todo.

Si te muerde un tiburón te arranca un brazo y luego puede morderte otro tiburón y te arranca otro brazo y una no puede nadar con dos muñones, pero cómo va a conocer ella la palabra muñón, tan de mayores.

 

En España, el 40,4% de las mujeres declara haber sido acosada alguna vez: 8.240.537 mujeres. Una de cada cuatro violadas no lo contó a nadie en su entorno cercano.

 

Parece que la chavala nos ha salido muy puta, parece que bebe, sus amigos se drogan, y ella también debe de drogarse, seguro, mírala qué pinta lleva, no hay que le hable, a esta no la recuperamos. No hay explicación para todo eso, no dé de dónde nos ha salido… ¿Por qué tiene que pasarnos esto justo a nosotros?

 

En España, el 27% de las violadas han consumido sustancias para afrontarlo. El 80% lo sufre más de una vez.

 

La Macroencuesta que acaba de presentar la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género (Ministerio de Igualdad) retrata una sociedad gravemente enferma. Entren AQUÍ en el documento completo y echen una ojeada. Hasta que no quieran seguir sabiendo. Y entonces, sigan.

Tras leerla entera varias veces, las niñas emergen sobre esa montaña en descomposición como frutos heridos por dagas herrumbrosas, caídos y vueltos a sajar.

CRISTINA FALLARÁS

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