¿De qué hablamos cuando hablamos de López Obrador?

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JORGE ZEPEDA PATTERSON

Y pese a esta sobreexposición, el Presidente es un misterio, aun cuando todos creamos que le hemos tomado la medida. Y esto es así porque la concepción que la mayoría tenemos de él se alimenta de las estampas y los clichés a través de los cuales hemos acuñado eso que llamamos AMLO. Populista, trasnochado, provinciano, anacrónico, ignorante, caprichoso, vengativo, belicoso, una amenaza para México, según sus detractores; luchador infatigable, sabio, justo, incorruptible, conocedor profundo del alma mexicana, líder espiritual, según sus seguidores.

Para nuestra desgracia es todo lo anterior de manera fragmentaria, lo cual lo convierte en un hombre en cierta forma indefinible. Un haz de contradicciones, una suma de ambigüedades expresadas siempre de manera categórica. Tenemos, pues, una verdadera paradoja en Palacio Nacional: es profundamente desconfiado de la iniciativa privada y un estatista convencido, pero está dedicado a adelgazar al Estado; un nacionalista a ultranza genuinamente convertido en amigo de Trump, el denostador de los mexicanos; un hombre progresista arraigado en el pasado; un luchador social que rechaza cualquier camino que no sea la democracia, empeñado en debilitar a los órganos democráticos; un fiero opositor de los neoliberales pero en materia de finanzas públicas más ortodoxo que los neoliberales; un permanente rijoso que pregona abrazos en lugar de balazos; un hombre inflexible en sus ideas que repudia todo acto de represión; un intransigente que nunca pierde la paciencia; un amante de la naturaleza obsesionado con las energías más contaminantes.

Frente a esta compilación de contradicciones, los mexicanos hemos creado un López Obrador en nuestra cabeza a modo y forma de nuestra concepción del mundo o de nuestros intereses. Y cada cual hemos podido encontrar en la realidad los fragmentos que mejor acomodan a nuestra visión. El problema es que en cuanto intentamos ampliar nuestra perspectiva e incluir otros fragmentos, si es que deseamos ser honestos, nuestro esquema se hace trizas.

No, no es Chávez ni Maduro por más que intenten convencernos quienes lo repudian y desearían que AMLO inflara la burocracia, propiciara el endeudamiento o incurriera en una narrativa antiimperialista para justificar la estampita que han creado, pero no es así. Tampoco es un hombre de izquierda, pese a lo que hubiéramos querido los críticos del antiguo régimen, como queda demostrado, entre otras cosas, por su desdén a la agenda feminista o a la ambientalista y por el extraño apego a Trump (que, todo indica, va más allá de una actitud pragmática).

López Obrador es lo que es. Un hombre que pone en juego sus virtudes y defectos para cumplir lo que concibe como un mandato histórico: encabezar las reivindicaciones del México sumergido, acabar con la corrupción de los de arriba y propiciar el bienestar de los ignorados y oprimidos. Una noción que puede sonar anacrónica y simplista en los barrios acomodados y en los centros financieros de Paseo de la Reforma, pero urgente y obvia en la sierra de Oaxaca o la línea 5 del Metro en la Ciudad de México.

AMLO es tan complejo y variopinto como el pueblo ignorado y oprimido a nombre del cual gobierna. Porque si nosotros hemos hecho una construcción de López Obrador, él también lo ha hecho de lo que llama “pueblo”, una entidad a la que él que representa y en la cual se funde porque él “ya no se pertenece”.

Y de estas dos ambigüedades está hecho el sexenio o las percepciones del sexenio. El AMLO acartonado y parcializado que los mexicanos hemos construido y el pueblo infalible, sabio y admirable que solo existe en su cabeza. Su idea cosificada de pueblo se ha mantenido a pesar de las golpes de realidad que el Presidente ha querido ignorar: los abucheos populares cuando los ha habido, las matanzas entre indígenas, los linchamientos absurdos y salvajes, los bloqueos de vías y los saqueos de almacenes, el fracaso de sus exhortos para no entregarse al crimen organizado, el desdén a sus abrazos no balazos, la persistencia de la corrupción también entre los de abajo pese a sus reiterados anuncios de que esto ya había cambiado.

Y con todo, frente a los mandatarios anteriores que decían gobernar para todos los mexicanos y en realidad lo hacían para los suyos, ya de por sí privilegiados, prefiero un Presidente que gobierna para los empobrecidos, idealizados o no. A tirones y jalones, entre exabruptos y provocaciones, plagado de negros en el arroz y embates innecesarios y desgastantes por el estilo presidencial, lo cierto es que está en marcha un proceso de cambio real. Podría ser mejor, de otra manera o más amplio, pero es el que hay y difícilmente habrá otro distinto, porque está hecho a la imagen de este hombre fragmentado, tozudo y contradictorio. Y sin embargo, allí está: el combate a la corrupción es real, el gasto suntuario y privilegiado de la clase política está desapareciendo, la evasión fiscal de los poderosos se acota por vez primera, la transferencia real a los sectores oprimidos está en proceso, la atención al sureste abandonado que no existía, la transparencia y la rendición de cuentas desconocidas para Peña Nieto, el extinguido chayote destinado a la prensa, la infraestructura de salud que pese a recibirla desmantelada ha resistido una pandemia.

Más allá de los clichés reduccionistas que intentan hacerse una idea de un López Obrador inaprensible, el Presidente opera un cambio de régimen más para bien que para mal, a veces a pesar de sí mismo o de la idea de sí mismo que los mexicanos hemos construido.

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Que viene el lobo

Que viene el lobo

Hace poco más de un año, Ali Soufan advertía que el mayor peligro que veía ahora mismo en Occidente es el auge de la ultraderecha, un término que personalmente no le gusta: él prefiere hablar de “neonazis”. Musulmán de origen libanés, Soufan era uno de los pocos agentes del FBI que a mediados de los 90 no sólo estaba empeñado en perseguir a Osama Bin Laden sino que alertó sobre los riesgos de subestimar a Al Qaeda. Nadie le hizo mucho caso,  ni tampoco a su jefe, John P. O’Neill, hasta que sendos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas. Incluso entonces, poco después del 11 de septiembre, criticó duramente la deriva militarista de la política exterior estadounidense y la segunda invasión de Irak, un desastre geoestratégico que no hizo más que desestabilizar por completo Oriente Medio y echar más leña al fuego del terrorismo islámico.

Hoy día Soufan y otros expertos en terrorismo internacional contemplan impotentes cómo se repite la misma historia de “que viene el lobo”, pero con la ultraderecha en lugar del islamismo radical. En septiembre de 2019, Soufan declaró ante el Comité de Seguridad Nacional del Congreso de EE UU que el corazón del extremismo supremacista blanco estaba en Rusia y en Ucrania, y que era allí mismo, en Ucrania, donde se estaba fraguando un campo de pruebas para futuros actos terroristas así como alianzas entre grupos paramilitares rusos y estadounidenses. Las estadísticas le han dado la razón, ya que en los últimos cinco años el terrorismo de signo neonazi ha aumentado más de un 300% en todo el mundo.

Lo más curioso, sin embargo, no es sólo que los organismos pertinentes no hayan hecho mucho caso a estos avisos, sino que la prensa internacional apenas ha prestado atención a atentados de marcado talante xenófobo, como el sucedido en Hanau el pasado febrero, que costó la vida a diez personas, o el desmantelamiento de una célula neonazi que planeaba una ola de atentados contra mezquitas y centros islámicos en Alemania, imitando la matanza de Christchurch, en Nueva Zelanda, donde murieron más de medio centenar de musulmanes. De momento, por suerte, no a mucha gente les suenan los nombres de Atomwaffen Division, Rise Above Movement, la Legión Imperial o el Batallón Azvov. Mejor seguir pensando que son bandas de black metal.

Sin salir de Alemania, el pasado mayo saltó la noticia de la detención de un miembro del KSK, las Fuerzas Especiales del Ejército, que escondía un arsenal de armas, explosivos y municiones en un jardín de su casa, además de banderas y artículos de propaganda nazi. Era el último de una serie de escándalos relacionados con este grupo de élite de las fuerzas armadas alemanas, que incluían robo de material del ejército y proyectos de atentados terroristas contra destacados dirigentes políticos. Este mismo martes, la ministra germana de Defensa, Annegret Kramp-Karrembauer, anunció un plan de medidas para combatir el extremismo de derechas en el KSK, una de las cuales consiste en la disolución de una de las dos compañías en activo, es decir, la mitad de los efectivos de las Fuerzas Especiales.

A finales de 2014, algunos oficiales del Ejército de Tierra español alertaron de la existencia de grupúsculos de ideología ultraderechista entre sus filas mientras Rubalcaba recordaba (en relación al bestial asesinato en 2007 de Carlos Palomino en el metro de Madrid a manos de Josué Estébanez, un joven soldado) la cantidad de neonazis que aún vestían uniforme y la necesidad de una limpieza a fondo. Sin embargo, hemos visto suficientes ejemplos de parafernalia franquista y fascista entre miembros de la policía y las fuerzas armadas como para ir poniendo las barbas a remojar. Sin ir más lejos, el autor de la parodia de ejecución a tiro limpio contra el presidente Sánchez y diversos miembros del Ejecutivo resultó ser un ex militar. Josué Estébanez, el asesino de Carlos Palomino, es idolatrado hoy por grupos neonazis de todo el mundo y Brenton Tarrant, el genocida de Nueva Zelanda, escribió su nombre en el fusil a modo de invocación antes de la matanza en Christchurch. No dirán que no estábamos advertidos.

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El Rey en las Tres Mil Viviendas

Los reyes visitan las Tres Mil Viviendas, uno de los barrios más ...

La gira autonómica que ha diseñado la Casa Real para demostrar lo implicado que está el jefe del Estado en la reconstrucción nacional y lo ajeno que es a los chanchullos comisionistas de su emérito padre hace hoy una breve escala en el Polígono Sur de Sevilla, el barrio más marginal del país, paraíso de la pobreza extrema, del desempleo, del tráfico de drogas y del analfabetismo. Posiblemente, Felipe VI quiere comprobar de primera mano si la leche y el aceite de oliva virgen extra que pidió comprar a la nobleza para que a los desfavorecidos no les faltara de nada llegó a su destino. El Rey está con el pueblo. Que a nadie le quepa duda.

A cuenta de la visita, los de Adelante Sevilla le han pedido que se quede allí a vivir unos meses en vista de que su mero anuncio ha tenido efectos milagrosos. Brigadas de limpieza se han afanado en barrer y adecentar las calles, se ha dado una mano de pintura al centro cívico que iba a visitar para tapar sus desconchones y, al parecer, los vales de ayuda a las familias sin recursos han vuelto a circular echando órdagos a la penuria. A falta de la campechanía de su antecesor, llega el Rey con panes bajo uno de sus brazos, que siempre le ha de quedar otro libre para agitarlo y saludar a los agradecidos súbditos de las Tres Mil Viviendas.

La petición se ha visto como un ironía, como una demagogia propia de rojos con muy mala follá, cuando en realidad es el mejor consejo que se le puede dar a la monarquía en estos momentos de desprestigio y zozobra. Deje Su Enormidad el palacio y pise la puta calle, que es donde la gente libra su combate diario con la vida. Experimente las angustias de los tipos normales que no pueden renunciar a ninguna herencia porque nada tienen que heredar. Sepa lo que es vivir en lugares donde las generaciones se pierden una tras otra, donde las drogas son las primeras golosinas de los niños y donde las crisis nunca llegan de repente porque ya pusieron tiendas. Hágase presente en estos camaranchones de las grandes ciudades en el que las personas son los desperdicios, los desechos que ni siquiera merecen la atención de la Policía en sus rondas diarias.

Lugares como estos sí que merecen discursos solemnes como aquel del 3 de octubre. Allí, que no hay ley porque nadie se atreve a imponerla, sí que es pertinente proclamar que es responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y la vigencia del Estado de Derecho. Allí sí que hay una fractura territorial, y otra económica y moral. Allí sí que es necesario la estabilidad, el entendimiento y la concordia. Allí, y en los Pajaritos, y en el Príncipe, y en la Cañada Real, y en el Cerro de los Palos es donde se defiende la unidad de España.

Como veinte años no es nada y 17 es aún menos, nuestro borbónico timonel debería recordar que ya estuvo en el Polígono Sur en una de esas ocasionales duchas frías con las que la monarquía se da sus baños de realidad. Si hace el ejercicio comprobará que nada ha cambiado, que todo sigue exactamente como lo dejó, que es una puñetera vergüenza que las administraciones se hayan encogido de hombros tras sus reiterados fracasos y que tengan que ser algunas asociaciones, hermandades y parroquias las que intenten rescatar de la marginalidad a sus miles de habitantes. Los reyes han de tener memoria y no cuentas numeradas en Suiza.

Sí, sería bueno que el jefe del Estado, si no seis meses, pasara al menos unas cortas vacaciones en la miseria de los demás para saber lo que vale un peine y una papelina, para entender que la vida no es fácil y,  para muchos, es la sempiterna historia de una escalera donde el tiempo, que es un cabrón con pintas, se ha detenido sin remedio. No lo hará porque luego tenía prevista una visita al Real Alcázar, el primer palacio que tenía a mano, sin tener que disimular que las friegas de hidrogel con las que pasará página no son resultado del asco sino del cumplimiento estricto de la recomendaciones sanitarias.

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La mejor noticia del año

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BÁRBARA ANDERSON

Este 1 de julio se pone en marcha el T-MEC, el nuevo (o mejor dicho actualizado) tratado de libre comercio entre México, Canadá y Estados Unidos. Y ésta es, sin duda, la mejor noticia de negocios, finanzas y economía que tendremos en este fatal 2020 que estamos transitando.

Enterrado el viejo TLCAN, el miércoles comenzaremos a navegar una nueva alianza que sigue siendo el mayor bloque comercial del mundo, un triunvirato que representa 27.6% del PIB mundial y mueve 15% del comercio con un mascarón de proa (como es EU) que sigue siendo la mayor y más consumidora economía mundial.

“Viendo como está el mundo hoy, y México también, esta es la única buena noticia en varios años. No va a resolver todos los problemas, porque aún hay decisiones que generan incertidumbre, pero solo el comercio que tenemos con EU sobrepasa los 600 mil mdd al año”, me confirma Juan Carlos Baker, ex subsecretario de Comercio Exterior de la SE y quien llevó toda la negociación de este tratado que duró 15 meses.

Y si bien el TLC sorteó todo tipo de embates (desde xenofóbicos por parte de Trump, dos elecciones presidenciales, amenazas de caravanas migrantes versus aranceles, un muro fronterizo y hasta un inminente juicio político del presidente de EU) nunca estuvo en consideración en ninguna de las decenas de reuniones y paneles de nada relacionado con cierre de fronteras sanitarias o de picos de contagio: jamás se tuvo en cuenta el escenario de una pandemia.

“Nunca pensamos que algo así pudiera suceder, que una enfermedad parara a 70% del mundo. En esta nueva dimensión comercial, le correspondería a México proponer un capítulo dentro del tratado que hable de cooperación dentro una contingencia como esta o de otras epidemias que puedan venir”, dice Baker. ¿Y por qué debe ser una avanzada mexicana? Porque somos el país que más se beneficia del T-MEC, en el que pesa más este acuerdo en su economía. Las exportaciones que tenemos dentro del tratado equivalen a 65% de nuestro PIB, mientras en el caso de EU es solo 12% y para Canadá significa 40% de su PIB.

Para poner en contexto, EU es el destino de 81% de nuestras exportaciones, para Canadá es 13% y nosotros representamos 14% de las exportaciones de EU, un mercado más enfocado al mercado doméstico que al internacional.

Sin duda somos la economía más pequeña de los tres: el PIB de EU ronda 21 billones de dólares, Canadá 1.7 y el nuestro es de 1.3 billones. Además, EU es el número uno en IED en nuestro país, una oportunidad que puede crecer de cara a la ‘nueva normalidad’ comercial. “La epidemia hizo evidente el peso y la profundidad de las cadenas de suministros en el T-MEC. Hay un cambio en la mentalidad del político estadunidense respecto al comercio mundial, sin importar el partido: se han vuelto más proteccionistas y las empresas verán difícil la inversión en ese país optando vender a la mayor economía del mundo desde México”, agrega Baker.

*Nota importante: todas las cifras son precovid-19.

barbara.anderson@milenio.com
@ba_anderson

El Orgullo, la covid-19 y la regularización

David Kirby, enfermo de SIDA, agoniza en los brazos de su padre. Foto: La piedad de Oliviero Toscani para Benetton (1992) / Therese Frare.
David Kirby, enfermo de SIDA, agoniza en los brazos de su padre. Foto: La piedad de Oliviero Toscani para Benetton (1992) / Therese Frare.

Empieza la semana del Orgullo 2020 en todo el mundo. La Guardia Civil española ha decidido apoyar esta semana incluyendo la bandera arco iris en su perfil de Twitter, cosa que ha generado un debate intenso en dicha plataforma. De entre los comentarios de varios tipos hay uno recurrente aludiendo al homenaje que desde 2010 se lleva a cabo cada 27 de junio a las víctimas del terrorismo; algunas personas estiman que deberían haber puesto una bandera o un crespón en homenaje a las personas fallecidas en ese marco en lugar de la bandera de colores. 

Sin, por supuesto, quitarle un ápice de importancia a las muertes por terrorismo, hay que recordar que la bandera multicolor arropa a uno de los colectivos que más fallecidos acumula en circunstancias de absoluta indefensión. A parte de todas aquellas provocadas por agresiones fóbicas, si nos remontamos a principios de los 80, este colectivo fue el más afectado por una de las peores pandemias mundiales que ha sufrido nuestra sociedad contemporánea: el SIDA. Durante los primeros años del virus VIH, cuando todavía era un absoluto desconocido, la comunidad LGTBIQ, principalmente gays y transexuales, empezaron a enfermar y a morir con cifras que iban creciendo de forma alarmante. La popular serie POSE que se estrenó en HBO hace dos años, recuerda lo que ahora parece un pasado lejano pero que todavía es demasiado reciente. Las personas que vivieron el despertar del SIDA recordarán cómo la pandemia pasó de ser “un castigo divino” para un colectivo concreto a convertirse en un problema generalizado y de orden mundial. Lo que no te mata te hace más fuerte, y desgraciadamente la enfermedad forzó muchas salidas del armario, como la del mítico actor Rock Hudson, generando también un intenso debate sobre el tema de la sexualidad y finalmente una fuerte corriente reactiva de empatía hacia el colectivo LGTBIQ. Se encontró una cura y el SIDA ha pasado a ser un recuerdo que principalmente azota a las poblaciones más desfavorecidas de África, lo que a las personas occidentales nos queda muy lejos como para seguir teniéndole tanto miedo. 

Casi cuarenta años más tarde estamos inmersos en la segunda gran pandemia mundial, la covid-19. Aunque todavía estamos bajo shock asimilando la posible magnitud de lo que está sucediendo, el corona parece un virus con un inicio más plural. No ha faltado un primer sector más desfavorecido a priori, el de las personas más mayores, de las que ciertas administraciones y población desenfadada parecen estar dispuestas a prescindir. Sin embargo, ya sabemos que la covid-19 no ha hecho más que empezar y es posible que nos depare sorpresas desagradables, como sucedió con el SIDA, rompiendo nuestra barrera de confort y afectando, incluso matando, a gente mucho más joven, incluso a los niños que ahora parecen relativamente inmunes. 

Este paralelismo, que sorprendemente no se ha citado lo suficiente, debería hacernos reflexionar. La historia no se repite pero rima. Si en mitad de una pandemia tan brutal como la actual no somos capaces de unir fuerzas y hacer aflorar lo más amoroso de nuestra condición humana, no solo perderemos muchas vidas sino que las que queden vivirán muchísimo peor. Todos los esfuerzos deberían estar puestos ahora en cuidar a quienes nos rodean, independientemente de quienes sean. No deberíamos aceptar que ningún colectivo tuviera que volver a pasar en solitario el miedo y el horror de ver cómo sus partes enferman y mueren ante la indiferencia social.

De todos los colectivos que hay en nuestro país, aparte de las personas mayores, uno de los potencialmente más vulnerables al nuevo virus son los inmigrantes que se encuentran en una situación administrativa irregular en España. Entorno a 400.000 personas, según el reciente informe de la Fundación porCausa, que durante la cuarentena tuvieron que dejar sus trabajos forzosamente irregulares y se encerraron en casa, miedosas de salir a calle y que un control rutinario pusiera en evidencia su carencia de papeles. Esto no debería de ser así. Todas las personas de nuestro país deberían tener una situación regular. Asegurar esto debería ser una prioridad colectiva. 

Puede que este hilo parezca un poco enrevesado, pero no es así. El Orgullo es el momento de un colectivo que ha sufrido y sigue sufriendo mucho. Pero también es un grito más amplio que reivindica sociedades inclusivas, empáticas y abiertas: todas somos iguales pero absolutamente diferentes. El Orgullo nos debería hacer mejores, recordándonos que en la diversidad y el amor encontramos siempre las herramientas más poderosas para vencer colectivamente a la adversidad. Ojala esta semana ayude a recordar de dónde venimos y qué es lo que no queremos, ojalá nos vuelva un poco más generosas a todas personas, porque tenemos por delante un largo camino de sobresaltos e incertidumbre. Aplacando el miedo, admirando la diferencia y aprendiendo de ella, cargándonos de respeto y humildad, perduraremos un poco mas y viviremos mucho mejor.

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La nueva normalidad: una mirada LGTBI

Filósofo del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra y miembro del colectivo Homes Transitant

Dos personas se abrazan antes de inciar una marcha para comenzar el mes del orgullo LGBTQ y defender la bicicleta como medio de transporte en Madrid. REUTERS / Susana Vera
Dos personas se abrazan antes de inciar una marcha para comenzar el mes del orgullo LGBTQ y defender la bicicleta como medio de transporte en Madrid. REUTERS / Susana Vera

En la década de 1980 Jean-Yves Leloup y algunos de sus colegas acuñaron el término normosis en referencia al conjunto de valores, conceptos y hábitos aceptados socialmente, pero que pueden tener consecuencias negativas, patológicas e incluso letales. En la antigua Roma la plebe se reunía para ver combatir a los gladiadores hasta la muerte; la Europa tardomedieval quemó a brujas y herejes por contradecir los preceptos de la Iglesia católica; la modernidad occidental legitimó la esclavitud, la colonización, el desarrollismo económico y el trabajo infantil. Todos estos fenómenos se consideraban normales y en cierto sentido aún lo son, solo que perviven bajo otra forma y en otro contexto. Las democracias “tolerantes” y “maduras” que celebra el liberalismo reconocen la igualdad de unos a costa de la desigualdad de otros, de quienes se distinguen por su condición inferior y degradada y que, en palabras de Boaventura de Sousa, viven sometidos a formas de fascismo social: mujeres, indígenas, gitanos, migrantes sin papeles, afroamericanos, miembros de la comunidad LGTBI, entre otros grupos.

Desde hace tiempo vivimos en una normosis basada en la globalización del cuerpo masculino, blanco, burgués, heterosexual, sano y atlético como estándar normativo. Se trata, en realidad, de una heteronormosis que rechaza y estigmatiza lo que considera social y moralmente insostenible. Esta normalidad sexual y afectiva es en buena medida la responsable de que en muchos lugares las experiencias no heteronormativas todavía estén criminalizadas y patologizadas (medicalización de identidades, electroconvulsiones, castración terapéutica, pseudoterapias de conversión, etc.).

Una de las ilusiones colectivas que la heteronormosis produce es la creencia de que las personas LGTBI hoy en día apenas sufren discriminación o violencia, dadas las conquistas legales que en las últimas décadas se han logrado en el ámbito de la ciudadanía íntima y sexual (matrimonio igualitario, adopción homoparental, leyes de identidad de género, etc.). Si bien cierto que en determinados contextos la diversidad sexual y de género ya no se asocia automáticamente con una condición enferma o degenerada, no lo es menos que dichos contextos constituyen pequeños oasis de protección y reconocimiento amenazados a consecuencia del recrudecimiento global de la extrema derecha.

No obstante, la historia muestra cómo a pesar de las mentiras e imposiciones heteronormativas las experiencias marginales LGTBI nos ponen en contacto con otras experiencias legítimas de vida. Son experiencias perseguidas durante siglos por lógicas de normalización y exterminio, pero también experiencias portadoras de saberes, de memorias y de luchas que denuncian la violencia, el desprecio y la injusticia que la normalidad genera y la obligan a ir más allá de sus límites para exigir nuevas condiciones de inclusión y reivindicar el ejercicio de nuevos derechos.

Como se viene anunciado a lo largo de los últimos días, hemos llegado a la nueva normalidad resultante de la pandemia del coronavirus. ¿Qué puede aportar el movimiento LGTBI a esta nueva normalidad repleta de mascarillas obligatorias, lavado frecuente de manos, incertidumbre y distancias interpersonales? Aprendamos de otras experiencias y no dejemos que la nueva normalidad se reduzca a efectos profilácticos y otras medidas de prevención sanitaria (imprescindibles, por otro lado), como ocurrió con la pandemia del virus del VIH y el sida. Desde que en 1981 se detectara el primer caso de sida, han muerto 40 millones de personas en todo el mundo por infección de VIH y cada año se suman un millón, de las cuales dos tercios viven en África. Han pasado casi 40 años y todavía no hay una vacuna definitiva. Entonces nadie gritó “este virus lo paramos unidos”. Hoy estamos gestionando la pandemia del coronavirus (que ya cuenta con más de 480.000 muertes a escala mundial), como si ética, cultural y políticamente no hubiéramos aprendido prácticamente nada.

En el colectivo LGTBI la pandemia del VIH tuvo efectos más allá de tomar conciencia de la importancia de la salud sexual. Además de la estigmatización y la exclusión social de los afectados, la pandemia generó miedo e incertidumbre, como ahora. Pero también afinó la sensibilidad ética de las personas, poniéndolas en contacto con lo esencial de la vida. Desde el sida nada ha sido igual para el colectivo LGTBI. ¿Qué puede aportar la perspectiva LGTBI postsida a la realidad pandémica actual? Apuntamos aquí tres elementos, todos con la intencionalidad última de que la nueva normalidad no se convierta en una nueva normosis.

La primera aportación consiste en concebir el amor como valor relacional fuera del ámbito privado. Como observó agudamente Grete Meisel-Hess, la humanidad contemporánea es pobre en potencial amoroso. Ciertamente, el amor, más allá del paradigma patriarcal romántico, es un sentimiento y un valor capaz de estructurar las vidas personales con éxito (generar bienestar, plenitud…), pero también puede hacer lo propio en las relaciones no privadas. El amor puede (y debería) ser un valor ético y político transformador a reclamar también en las esferas públicas y desde las esferas políticas. Bajo la estela de Kate Millet, necesitamos politizar la afectividad amorosa y extenderla más allá del ámbito íntimo y privado. Este es un desafío fundamental de la perspectiva feminista y LGTBI a la normosis heteropatriarcal que persiste en la nueva normalidad.

La segunda aportación es la apuesta por una diversidad sexual y de género no normativa. En el ámbito del análisis de género y afectivo el movimiento LGTBI se ha sumado a la lucha feminista contra el binomio hombre/mujer como una construcción cultural de género productora de estereotipos, roles, prejuicios, valores y actitudes que relegan, marginan y matan a las mujeres. En este sentido, las luchas LGTBI han incorporado el binomio hetero/homo, que hace lo mismo con quienes transgreden las expresiones de género normativas. La libertad sexual y afectiva y el libre desarrollo de la personalidad implican necesariamente hacer emerger no solo los micromachismos, sino también los heteromicromachismos y denunciar que, más allá de sus especificidades, la violencia contra las mujeres y la violencia contra las personas LGTBI comparten la misma raíz. Las luchas feministas y las luchas LGTBI deberían ir de la mano. Los feminismos, la teoría queer y el movimiento LGTBI son respuestas emancipadoras a la desigualdad estructural generada por el patriarcado y el heterosexismo.

La tercera aportación es la hermandad de la especie humana como fuente de solidaridad universal. Las pandemias hacen aflorar un sentimiento solidaridad, así como la imperiosa necesidad de globalidad. La hermandad es un deber con el otro, base de todas las expresiones de solidaridad universal. Muchos de los retos estructurales y coyunturales a los que hoy se enfrenta la humanidad (la pobreza, el cambio climático, las pandemias…) tienen unas raíces y/o unas consecuencias globales que solo pueden resolverse desde la solidaridad y la internacionalización de los derechos y las libertades.

La pandemia del VIH/sida reactivó precisamente la preocupación por la necesaria internacionalización de derechos. Actualmente la LGTBIfobia institucional sigue considerando la homosexualidad un delito en 72 países del mundo. La conquista de los derechos sexuales y afectivos no será completa hasta que toda persona pueda vivir libremente su condición sexual y su identidad de género en cualquier rincón del planeta, sin temor a ser perseguido o ejecutado. Esta tarea ya ha sido incorporada en el objetivo 3 de la Agenda 2030, que también se ha marcado el objetivo de acabar con la pandemia de VIH ese mismo año. Del mismo modo, la solidaridad también forma parte del plan ONUSIDA2020, que en el punto 6 apuesta por una respuesta centrada en la comunidad. La nueva normalidad debería servir para multiplicar por mil todo esto, y priorizar lo que es clarísima y humanamente urgente.

Ciertamente, normalidad nunca fue un concepto inclusivo para los colectivos LGTBI. Las prácticas del movimiento para desmantelar las estructuras sexogenéricas que les roban sus cuerpos, sus identidades y sus afectos siempre fueron la resistencia, la disidencia y la transgresión. Las personas LGTBI nunca fueron normales en sentido normativo, y tal vez este debería ser su mayor orgullo, no aceptar normalidades conformistas y sedantes. No resulta extraña, en este sentido, la condena de la normalidad que hace Hermann Hesse cuando afirma que “en la naturaleza no hay nada tan malo, salvaje y cruel como la gente normal”.

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El Día del Orgullo Rey

El Día del Orgullo Rey

Resulta una curiosa coincidencia que los reyes Felipe y Letizia hayan decidido empezar su gira por la España biodiversa poco antes de la celebración del Día del Orgullo Gay, paralelismo que puede dar lugar a confusiones de todo tipo, incluyendo vistosos cruces de banderas. Quizá los expertos de la Casa Real traten de enviar un mensaje con el fin de que los monárquicos de toda la vida salgan de una vez del armario y puedan expresar en voz alta su amor por la corona. Ya se sabe lo perseguidos que están los monárquicos en este país, y la monarquía no digamos, que todos los días el desayuno trae incluida una noticia sobre la terrible conspiración contra los borbones jaleada por la fiscalía suiza y la prensa extranjera. Al fin y al cabo, no hay nada malo en creer que la jefatura del Estado viene instaurada por línea hereditaria, exclusivamente a través de genes masculinos, como creen muchos otros ciudadanos europeos, asiáticos y africanos desde que el mundo es mundo y la Tierra plana, otra creencia que últimamente también cuenta con un montón de adeptos.

En su visita a Mallorca, los reyes recibieron a diversos colectivos, empezando por el gremio hotelero, con lo que el protocolo se fue transformando en un control de daños en medio de una zona catastrófica. La idea es animar a los turistas reacios a regresar al archipiélago balear, epicentro de las vacaciones de la familia real española desde mucho tiempo atrás, aunque teniendo en cuenta el riesgo implícito en el turismo británico y la facilidad de contagio en los aviones, a lo mejor no resulta tan buena idea. En su baño de masas en el paseo del Arenal los reyes fueron a cara descubierta, sin mascarilla, para que la gente pudiera reconocerlos aunque fuese de lejos, sin confundirlos con el séquito ni los guardaespaldas, y para demostrarle al coronavirus que la corona estaba primero.

Mallorca y los reyes también aparecían, hace poco más de una semana, a toda página en el principal periódico británico, The Times, donde el corresponsal inglés definía a la familia real española como “un clan” y abría su reportaje con el cinematográfico titular “Sexo, mentiras y cuentas bancarias suizas”. Los lectores ingleses podían deleitar su vista entre cacerías de elefantes, regatas con jeques árabes, cuentas multimillonarias en el extranjero, comisiones sin tributo fiscal, cuernos multinacionales y una amante de alquiler con apellido filosófico que denuncia una campaña de acoso contra ella y sus hijos llevada a cabo por los servicios secretos y azuzada por la Casa Real española. Y no salió lo del medio millón de euros de la luna de miel de Felipe y Letizia pagada en dinero negro porque la noticia saltó esta semana, una lástima.

Es imposible que los british, acostumbrados a los sosos escándalos palaciegos y los rutinarios vaivenes de la monarquía inglesa, se resistan a semejante anzuelo. No hay color. De hecho, no nos extrañaría lo más mínimo que muchos de ellos renuncien a la nacionalidad británica y reclamen la ciudadanía española en un Brexin por las bravas. Al emplear la corona española de reclamo turístico, podía aprovecharse también la figura del rey emérito, que no saben ya qué hacer con él, y utilizarlo como monumento histórico de visita obligada, al estilo del marqués de Leguineche al final de Patrimonio nacional, sentado en una sala del palacio para que los extranjeros le hagan fotos y contemplen cómo disfruta de la vida un auténtico monarca. Con mucho orgullo, qué pasa.

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El boicot de AMLO contra la 4T

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El gobierno de Andrés Manuel López Obrador, contra lo que muchos piensan, constituye un intento para apuntalar un sistema que se encuentra agotado y urgido de medidas correctivas que, de no tomarse, podrían desestabilizarlo. La corrupción, el descrédito de su clase política por los excesos, la desigualdad social, sectorial y regional, y los niveles de criminalidad habían llegado al punto de que la exasperación por parte del México desatendido podía provocar brotes de explosión social. Las muestras las vemos todos los días: linchamientos, bloqueos de las vías públicas, guardias autoarmadas, saqueos, justicia por mano propia y un largo etcétera. Llamaradas puntuales, aunque cada vez más frecuentes, síntoma de que algo más grave se está cocinando en el subsuelo de la inconformidad social.

Frente a este tipo de situaciones la historia suele ofrecer dos opciones, reformar el sistema o reprimir (además de una tercera: revolución, cada vez más improbable en un mundo tan globalizado e interdependiente). Las elecciones de 2018 ofrecieron la posibilidad de incurrir en la primera. El sector más descontento pudo expresar política y democráticamente su insatisfacción. López Obrador es la respuesta a esta manifestación y su gobierno constituye la reforma que el sistema estaría necesitando, aunque no lo supiera y muchos no la desearan.

El cambio propuesto por el gobierno de la Cuarta Transformación está centrado en una serie de políticas públicas encaminadas a acotar la desigualdad social y regional, abatir la corrupción y ensayar otra estrategia contra la inseguridad sin trastocar las relaciones con Estados Unidos, sin provocar endeudamiento público, privatizaciones o ensanchamiento del Estado, sin represión política o policiaca, sin incremento en los impuestos o la inflación. Más allá de la narrativa radical que unos y otros se han echado en cara, en realidad lo que hemos vivido en dos años es un intento de reforma social orientado a paliar los excesos sin desestabilizar el edificio económico y social.

Desde luego que un régimen de contención, dieta y ejercicios no es algo que todos desean, e incluso los que están dispuestos a asumirlo pueden diferir sobre la modalidad e intensidad del cambio.

Consciente de ello, al tomar posesión López Obrador hizo un llamado a todos los ciudadanos, particularmente al tercio más próspero, para hacer un alto al camino de crecimiento a ultranza y atender a los pobres por el bien de México en su conjunto. Y justo es lo que ha puesto en marcha. El combate a la corrupción, el saneamiento de las finanzas públicas empezando por la recaudación de impuestos, el fin de los excesos en el gasto suntuario, los proyectos de inversión en el sureste empobrecido, el aumento sustancial del salario mínimo y sobre todo la enorme transferencia directa de recursos a los necesitados han sido medidas destinadas a mitigar el descontento social y la precariedad de los desesperados. Tan es así que, antes del coronavirus, los indicadores habían comenzado a mostrar por primera vez en lustros, un mejoramiento del poder adquisitivo real de las clases populares.

Mirado sin apasionamientos, el gobierno de la 4T habría sido el régimen de dieta y ejercicio que el sistema necesitaba luego de los excesos y desequilibrios de los últimos años. Podría no ser placentero, de la misma manera que no lo es cualquier disciplina que nos somete a privaciones desacostumbradas, pero resultaba indispensable para no incurrir en enfermedades mayores.

Por desgracia, el responsable de aplicar ese régimen perdió de vista su propia convocatoria. Poco a poco se fue alejando del jefe de Estado de ese primer momento, capaz de concitar el interés del México de arriba para ayudar al de abajo, hasta devenir en un instigador de la confrontación entre los dos Méxicos. O, para seguir la metáfora del gimnasio, en un entrenador que en lugar de motivar al usuario a esforzarse lo cubrió de denuestos implacables sobre su gordura y malos hábitos.

En la práctica, la rijosidad del Presidente al confrontar a los dos Méxicos ha convertido en rivales a sectores que pudieron ser aliados o por lo menos testigos pasivos de su estrategia de reformas. Era complicado, pero muy factible convencer a los otros poderes fácticos sobre la conveniencia de introducir un poco de autodisciplina en aras de conseguir un país más sano. Ahora, en cambio, amplios y poderosos sectores de la población se declaran adversarios y se disponen a convertirse en un obstáculo de las reformas de AMLO.

Lo anterior se traduce en malas noticias para los pobres. Después de todo, 75 por ciento de la actividad económica depende de la inversión privada nacional y extranjera, buena parte de la cual cada vez se muestra más preocupada y desactivada por la actitud del mandatario.

Hay en el Presidente una pulsión inexplicable que lo lleva a convertirse en un boicoteador de su propio proyecto. Su temible imprecación “mi pecho no es bodega”, esgrimida varias veces a la semana como justificación, suele ser un desahogo de alguna frustración procedente quizá de su largo calvario como opositor, pero invariablemente termina dinamitando puentes con otros actores sociales; y, en esa medida, socavando el piso del jefe de Estado que desea sumar esfuerzos para su cruzada.

Hay en López Obrador un impulso autogratificante que lo lleva al revanchismo y a convertirse en lo que sus rivales de siempre habían profetizado. Nunca estuve de acuerdo con el calificativo de “mesías tropical” que le endilgó Enrique Krauze, ¿pero qué replicar frente a los decálogos morales que le ha dado por recetarnos, en un absurdo afán de convertirse en una especie de guía espiritual de una comunidad que lo eligió tan solo como responsable político?, ¿por qué enemistar de manera gratuita a feministas, a gremios profesionales, a medios de comunicación, a activistas, a sectores sociales, a gobiernos extranjeros, empresarios y otros? Razones existen, por supuesto, pero manera de enfrentarlas sin ponerlos en su contra, también.

Hay en el Presidente una fe conmovedora en el pueblo mexicano y un conocimiento profundo del subsuelo que hemos ignorado. Haber llegado al poder para intentar un cambio es una oportunidad histórica única y una necesidad urgente. ¿Por qué boicotearla? ¿vocación al fracaso?, ¿deseo de inmolarse?, ¿fractura de personalidad? ¿simple y llana soberbia?

En suma, ¿por qué boicotea López Obrador su propio proyecto?

https://www.milenio.com/opinion/jorge-zepeda-patterson

Life is a mystery

Collage: Shalini Arias
Collage: Shalini Arias

Hoy se cumple un mes del asesinato de George Floyd, acontecimiento que ha hecho que el mundo dejara por un momento de hablar del COVID-19 y reflexionara sobre el racismo

 

Hodei Ontoria 

Si en algo tenía razón Madonna es que la vida es un misterio y no deja a nadie indiferente. Hoy se cumple un mes desde el asesinato de George Floyd a manos de un policía estadounidense. El racismo golpeó con fuerza a la puerta de todas nuestras casas. Las televisiones y redes sociales se incendiaron horas antes que las ciudades norteamericanas en señal de protesta y condena por el asesinato. El mundo dejó de hablar de la COVID-19 y se paralizó durante días, acongojado, y sin parar de ver el vídeo una y otra vez la última frase de Floyd “No puedo respirar” (“I can’t breathe”) se quedaba como un eco dentro de nuestra cabeza.

Personalidades de todo el mundo se sumaron a las distintas iniciativas y condena del racismo. Esta condena no es nueva, se ha repetido durante décadas incluso en formato pop. Hace más de 30 años el vídeo de Like a Prayer de Madonna fue publicado causando un tremendo revuelo en todo el mundo, sobre todo en las sociedades más religiosas. Si bien la letra de la canción trata sobre el amor cristiano, Madonna a través del vídeo denunciaba el racismo institucionalizado aún hoy presente. Ante el asesinato de una mujer a manos de un grupo de supremacistas blancos, un joven afroamericano es testigo y no duda en correr en ayuda de la mujer; al llegar, la Policía lo detiene por el asesinato porque era negro, fin de la historia. La escena en la que la ambición rubia canta con tres cruces ardiendo detrás, símbolo del Ku Klux Klan, no es más que una forma de protesta que, si bien a pesar del escándalo surgido y del éxito en igual o mayor medida, 30 años después sigue estando de vanguardia lejos de haberse quedado antiguo e innecesario.

Para aquellos a los que el tema de Madonna les parezca antiguo y no lo hayan bailado nunca, hay otro ejemplo más reciente: Born This Way de Lady Gaga. Aunque el tema de la canción estuviera más centrado en apoyo a la comunidad LGTBIQ+, la canción se proclamó como un himno a la igualdad y a la aceptación de uno mismo y al prójimo tal y como es. El mensaje se extrapola por antonomasia a todos los colectivos y minorías: “no te escondas en el arrepentimiento, sólo ámate a tí misma y listo, estoy en el camino correcto, nací de esta manera”, dice la canción. Apenas 9 años después, muchos de los que han cantado y bailado la canción defienden la actuación del policía. A la vista está que no todos entendieron la canción y el propio significado de la vida.

Si las películas, las canciones, la literatura y la pintura crean moldes en nuestra sociedad, ¿dónde hemos fallado? Hace 30 años la cantante más influyente de la historia de la música, en el momento de mayor éxito de su carrera, denunció los abusos y la criminalización contra la comunidad afroamericana, y años antes otros cantantes lo hicieron también. El racismo vive como una serpiente venenosa, rapta camuflado sin que nadie lo vea esperando a su próxima víctima, y en cuanto ve la oportunidad correcta asoma la cabeza, lo justo para causar daño, y vuelve a su guarida. El racismo está presente en todo el sistema, que brilla de blanco puro, la ausencia de la pluralidad de etnias reina en los puestos de poder es evidente, sin embargo, aún hay colectivos y partidos políticos que niegan la evidencia, y uno se pregunta: ¿cuántas Nina Simone, Aretha Franklin, Gloria Gaynor, Stevie Wonder, Tracy Chapman, Prince, Michael Jackson, Tina Turner, Whitney Houston, Usher, Houston, Alicia Keys, Beyoncé… hacen falta para que de verdad demos un paso al frente?

Durante este mes se ha podido ver a una sociedad global, aún dolida por las millones de muertes por coronavirus, unirse contra el racismo, contra un sistema que discrimina según el color de la piel. Tanto es así que la música a favor de la igualdad con un claro discurso antirracista viene de la mano de blancos y una vez más, la comunidad afroamericana queda un paso por detrás.  Por primera vez en décadas se ha creado una unión a favor del cambio, la sociedad grita por un cambio global sin precedentes. ¿Llegaremos a verlo? Los más optimistas albergan esperanzas para que el asesinato de George Floyd no haya sido en vano y sirva para que ningún ciudadano más sea criminalizado y ejecutado por su fenotipo.

https://blogs.publico.es/conmde

La transformación de México / 1a parte

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Ni las élites ni sus profetas en los medios tienen ningún interés en debatir. Con los inquisidores, los defensores de la fe revelada, con sus dogmas y misterios, es imposible discutir. No reconocen las evidencias cuando se les ponen enfrente, no tienen más argumentos que el odio y el resentimiento; más armas que la calumnia, la descalificación y la mentira.

Quieren de nuevo los privilegios que perdieron, el poder que no supieron mantener, del que abusaron y se sirvieron a su antojo. La democracia era para ellos una coartada que les servía en tanto les garantizara el acceso al botín. Hoy la misma les estorba y acarician la idea de una ruptura del orden constitucional.

Les sobran dinero y medios, pero siguen hablando de un país inexistente, en el que supuestamente había paz, democracia, justicia y progreso, como si la inmensa mayoría de las y los mexicanos que sufrimos las consecuencias de la violencia, la impunidad y el saqueo hubiéramos perdido la memoria.

Hace dos años escribí sobre el enorme y raro privilegio de haber experimentado en el curso de mi vida, dos victorias históricas. La del pueblo salvadoreño, que tras 12 años de guerra sin cuartel, tuvo la valentía y el coraje de conquistar la paz en la mesa de negociación, y la de otro pueblo, el mío, el mexicano, que tras décadas de lucha civil, de fraudes electorales, salió masivamente a votar y a poner fin, pacíficamente, a uno de los regímenes autoritarios más represivos, más corruptos y longevos de la historia moderna. De esta segunda victoria, de la que con otras y otros 30 millones de mexicanos fui protagonista, quiero escribir.

Reafirmo que no he de soltar a Felipe Calderón hasta que lo agarren, ni dejaré de señalar a aquellos columnistas y presentadores de radio y Tv a los que el viejo régimen pagaba por callar y ordenaba qué decir, esos que hoy simulan ser “críticos imparciales”… pero aún en medio de su griterío, quiero hablar de lo logrado, de cómo con la pandemia se aceleró el proceso de transformación de México y de cómo, al caerse en pedazos el mundo en que vivíamos, tenemos hoy la oportunidad de hacerlo más justo, más digno, más amable.

Hablemos, antes que nada, de cómo el sistema de salud pública de México, que hicieron pedazos un atajo de gobernantes y funcionarios corruptos, contratistas y proveedores venales, se recompone a una velocidad inaudita.

La consigna del régimen neoliberal era desmontar la salud pública, privatizarla y en el proceso terminar de saquear al erario. Hospitales a medio construir, sin médicos ni enfermeras, sin camas ni equipos, fueron inaugurados para la prensa y de inmediato abandonados en los sexenios de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Millones de mexicanas y mexicanos de los sectores más empobrecidos fueron abandonados a su suerte. Sin un cambio de régimen, la pandemia hubiera significado el exterminio de amplias capas de la población.

No fue así. No será así. Más de 45 mil profesionales de la salud, —contratados en un lapso de solo dos meses y que se suman a los médicos y enfermeras que ya estaban en servicio— atienden hoy la emergencia en 846 hospitales. Las medidas de mitigación permitieron reducir el ritmo de contagios. La expansión hospitalaria impidió que aquí (como sí ocurrió en Italia, España, Estados Unidos y otros países) fuera necesario decidir quién se salvaba y quién no. De esto escribiré, después de visitar los hospitales y hablar con las y los médicos y enfermeras, la próxima semana.

EPIGMENIO IBARRA

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