Evo, los motivos de AMLO

No está claro si más allá de la admiración y la solidaridad, López Obrador observa algún paralelismo en las metas, los métodos y, por qué no, la personalidad del expresidente boliviano

JORGE ZEPEDA PATTERSON

Evo Morales durante su llegada al aeropuerto de Ciudad de México, este martes.
Evo Morales durante su llegada al aeropuerto de Ciudad de México, este martes. JAIR CABRERA TORRES DPA

Tardará en asentarse la polvareda que ha dejado en México el controvertido asilo político y el azaroso traslado del ahora expresidente Evo Morales desde Bolivia. Entre otras cosas porque pone fin o constituye una excepción a una de las obsesiones del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador: “la mejor política exterior es la política interior”. El presidente parecía decidido a ignorar toda controversia multilateral, toda crisis política internacional o regional que no involucrara directamente a México. Simple y sencillamente había decidido que no tenía tiempo para gastar en algo que de cualquier manera nunca le había interesado mucho. Delegó en su dinámico canciller, Marcelo Ebrard, todo lo que tuviera que ver con lo que pasara fuera de las fronteras a riesgo incluso de aislarse de sus colegas del resto del mundo.

¿Qué razones le impulsan ahora a convertirse en un protagonista inesperado en el escenario latinoamericano? ¿Qué le lleva a intervenir en una coyuntura sin relación directa con su amada 4T, sabiendo que tendrá consecuencias geopolíticas inevitables? Y las tendrá; no solo porque sentará un precedente para crisis políticas posteriores en otros países del continente, sino también porque esta intervención confronta directamente las posiciones del Gobierno de Trump en lo referente a asuntos hemisféricos, algo que México deseaba evitar a toda costa. Evo Morales ha dicho que seguirá su lucha política y ahora mismo sus simpatizantes protestan en las calles bolivianas. El exiliado será un huésped incómodo, una espina en la relación entre algodones que López Obrador cultivaba entre Palacio Nacional y la Casa Blanca.

¿Por qué el cambio? En mi opinión tiene que ver con pulsiones más bien personales.

Un compañero de la Casa del Estudiante Tabasqueño, donde López Obrador vivió recién llegado a la Ciudad de México lo recuerda como un joven retraído, descolocado en la vida capitalina. Quería ser beisbolista profesional y la carrera de Ciencias Políticas en la UNAM lo tenía desencantado, los 19 años transcurridos en su querido Tabasco no lo habían preparado para los modos y quehaceres chilangos. En ocasiones no acudía a clases y prefería encerrarse en su cuarto. El 11 de septiembre de 1973 cambió todo. Se pasó días pegado a la radio siguiendo de cerca el golpe de Estado en contra de Salvador Allende. “Andrés Manuel se tomó como algo personal la muerte de Allende”, dice su ex condiscípulo. Escribió en la pizarra del comedor “Viva Chile” y arengó a sus compañeros sobre la injusticia cometida. A partir de ese momento se involucró de lleno en los estudios y comenzó a integrarse al mundillo político y cultural de los alrededores de la UNAM, con sus peñas y sus canciones de protesta, a las librerías y los picnics improvisados en el campus universitario.

Muy probablemente la renuncia de Evo Morales a instancias de los militares y la trayectoria personal del líder boliviano disparan en López Obrador una indignación personal y una pulsión irresistible que empata con aquel momento fundante hace ya casi medio siglo.

Por lo demás, de todas las experiencias recientes de gobiernos populares en América Latina el de Evo Morales es el que más respeto le merece a López Obrador. El perfil sobrio y modesto del ahora exiliado, los logros de su Gobierno a favor de los más desprotegidos y los antecedentes indígenas de Morales lo convierten en un admirado compañero de lucha. La primera responsabilidad política de López Obrador fue como delegado en Tabasco del Instituto Nacional Indigenista, una tarea que a los 24 años él asumió como un apostolado, yéndose a vivir a la Chontalpa. Habitó en una choza entre ellos y se empapó en las causas, usos y costumbres de las comunidades indígenas.

No está claro si más allá de la admiración y la solidaridad, López Obrador observa algún paralelismo en las metas, los métodos y, por qué no, la personalidad de Evo Morales. De ser el caso, es decir que el mexicano asuma la experiencia del boliviano como una suerte de espejo, habría que rescatar dos lecciones y poner la propia barba a remojar. Primero, que los indudables logros de Morales quedaron terriblemente empañados por su intento anticonstitucional de reelegirse tras casi 14 años en el Gobierno. Y segundo, que fue el ejército, un poder invariablemente aliado y respetuoso del presidente a lo largo de esos años, el que le obligó a retirarse. Un tema que debería despertar reflexiones en Palacio Nacional. Pero esa es otra historia.

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Por qué la ultraderecha está creciendo en España

El presidente de Vox, Santiago Abascal, con el secretario general del partido ultraderechista, Javier Ortega Smith, y su portavoz parlamentario, Iván Espinosa de los Monteros, en una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal
El presidente de Vox, Santiago Abascal, con el secretario general del partido ultraderechista, Javier Ortega Smith, y su portavoz parlamentario, Iván Espinosa de los Monteros, en una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados. EFE/Mariscal

Vicenç Navarro
Catedrático Emérito de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universitat Pompeu Fabra

Qué está pasando en España

Dos fenómenos han estado ocurriendo en los últimos diez años en España, y que han generado las condiciones para que se dieran los resultados de las elecciones del pasado domingo, incluyendo el gran crecimiento de Vox (la ultraderecha española de raíces franquistas).  Uno es el tema nacional (también llamado territorial), que se ha centrado en el conflicto entre el Estado central, por un lado, y el movimiento independentista catalán, por el otro. Este conflicto ha polarizado el panorama político español y ha centrado la mayor parte de la atención mediática del país durante el período electoral. Las tensiones derivadas de tal conflicto han facilitado el crecimiento de las bases electorales de ambos movimientos nacionalistas, el españolista borbónico, por un lado, y el secesionista catalán, por el otro. La sentencia del Tribunal Supremo impuesta a los líderes independentistas encarcelados, que se dio a conocer días antes de las elecciones ha sido un factor determinante en el aumento de tales tensiones, que han beneficiado a los nacionalismos extremos de sentidos opuestos.

El otro gran tema ha sido la enorme crisis social, sin precedentes en el período democrático, que ha afectado muy negativamente el bienestar de las clases populares, cuyo nivel de vida es hoy menor que el que tenía antes de que se iniciara la Gran RecesiónEsta crisis ha sido causada, en parte, por los partidos gobernantes en España y, en Catalunya, por el gobierno nacionalista (hoy secesionista) catalán de la Generalitat de Catalunya que, mientras que en las calles se enfrentaban enarbolando banderas (la borbónica, por parte del Estado español, y la estelada por parte de la Generalitat de Catalunya), en los corredores del poder aprobaban e imponían las mismas políticas neoliberales, tales como las reformas laborales (que empoderaron al mundo empresarial a costa de debilitar a la clase trabajadora) y los recortes del Estado del Bienestar (que dañaron de una manera muy significativa la calidad de vida de las clases populares).

El surgimiento del populismo ultraderechista y los costes de la desmemoria histórica

Esta última crisis, sin embargo, ha sido ignorada o silenciada por los partidos gobernantes, tanto en las Cortes españolas como en el Parlament de Catalunya. Pero su existencia e imposición por parte del establishment político-mediático español y catalán ha generado –como era predecible y algunos así lo advertimos- un enfado popular, generándose un sentimiento anti-clase política -que podría haberse resumido bajo el lema “que se vayan todos”- del cual la versión más conservadora (y que mira al pasado para su inspiración) es Vox, que se ha presentado en los medios como el “vencedor” de las elecciones. El pasado inspirador de Vox es nada menos que la dictadura fascista liderada por el General Franco, cuya cultura permanece ampliamente extendida en España, pues no ha habido un intento creíble por parte del Estado español de corregir la historia sesgada de España durante el período democrático. Hay que recordar que la transición hacia el Estado democrático actual no supuso una ruptura con el Estado dictatorial anterior, sino una transformación que dejó poco cambiados muchos aparatos del Estado y su cultura, que había sustituido al republicano (y el cual ha sido “demonizado” incluso por sectores de las izquierdas).  De ahí que la expansión de Vox y su mensaje antiestablishment fuera predecible. Andalucía había dado la señal de aviso. Y este movimiento de nostalgia fascista se extenderá incluso más, pues los factores que lo causaron persisten. Vox es el partido que ha utilizado más las banderas – la borbónica, signo de la visión jacobina basada en la capital del Reino, que conlleva una visión nacionalista que niega su diversidad y plurinacionalidad- para ocultar su extremismo económico, lo cual ha sido fácil, pues el debate electoral no se centró en el tema social y económico (que casi nunca apareció) sino en el nacional. En realidad, Vox sí que habló de la crisis social, presentándose a sí mismo como un PARTIDO PATRIÓTICO Y SOCIAL, denunciando al establishment político-mediático español, por haber causado la enorme crisis. De ahí su atractivo para sectores de las clases populares que han sido perjudicadas por las políticas públicas impuestas por los partidos gobernantes.

Esta protesta antiestablishment incluye un rechazo y hostilidad hacia el lenguaje políticamente correcto de dicho establishment, mostrando su racismo y machismo que moviliza a sectores populares que atribuyen su mala situación a la inmigración y al supuesto favoritismo del Estado a los inmigrantes, a las mujeres y a “otros”. Sin embargo, a este racismo y machismo hay que añadir también otra característica definitoria de tal partido: su clasismo, pues es un instrumento extremista al servicio de importantes intereses financieros y económicos españoles que ejercen gran influencia sobre sectores importantes del Estado español. Vox concentra las dimensiones más extremistas de las derechas españolas (que siempre han estado más sesgadas hacia la derecha que sus partidos homólogos en Europa). Su antisocialismo y anticomunismo es su ADN, pues el origen del fascismo fue precisamente la eliminación de cualquier forma de progresismo. Tanto el nazismo en Alemania como el fascismo italiano fueron establecidos (y apoyados por grandes intereses económicos y financieros alemanes e italianos) para parar a las izquierdas. Y un tanto igual ha ocurrido en España. La alternativa a Podemos soñada por el establishment político-mediático era Ciudadanos (como dijo el presidente del Banc Sabadell, Josep Oliu: “Necesitamos un Podemos de derechas”). Tal partido resultó ser incapaz para parar a las izquierdas. Es por ello que ha sido sustituido por una versión más dura, Vox, con unas propuestas -tanto en el área económica y social como en el área identitaria y nacional- que son una versión extrema de las de Ciudadanos. En este aspecto, es interesante subrayar que, en Barcelona, donde Vox consiguió más apoyo, fue en el distrito más pudiente de la ciudad, Sarrià-Sant Gervasi, y en el distrito más pobre, Nou Barris (que tiene un gran número inmigrantes). Los intereses económicos priman en el apoyo de las clases pudientes a Vox. Los problemas de precariedad laboral, desempleo, bajos salarios y, en definitiva, de bajón de nivel de vida, junto a los discursos que señalan a los inmigrantes como una amenaza, explican el apoyo a Vox. El nacionalismo extremo excluyente es un elemento clave para atraer a las clases populares que están perdiendo su identidad en el mundo globalizado. En este sentido, sus semejanzas con el trumpismo en EEUU son muy notables. El lenguaje antiestablishment de ”que se vayan todos”, de antigobierno, nacionalismo extremo y anti-inmigración es común en aquella formación política. Como ocurre con el trumpismo en EEUU, la base electoral de Vox incluye los extremos, desde sectores muy pudientes (a los cuales favorecen con sus políticas ultraneoliberales) a sectores muy pobres, siendo estos últimos los sectores más olvidados por parte del establishment político-mediático, claramente perjudicados por las políticas de globalización, incluyendo inmigración.

Las políticas económicas y sociales reaccionarias de Vox

Es extraordinario que en la mayoría de entrevistas a los dirigentes de Vox apenas han aparecido sus propuestas económicas y sociales. Sus dirigentes reproducen meras generalidades –como también hace Trump- sin especificar sus medidas, que sí que pueden verse, sin embargo, en sus programas, aun cuando estas estén en un nivel muy rudimentario. Estas están en la línea liberal de las derechas que se autodefinen como centroderecha: PP; o de centro, C’s. Representan el neoliberalismo radical de la economía y el desmantelamiento del Estado del bienestar. En cuanto al gasto público, proponen anular completamente el déficit y la deuda pública (medida extrema de la que, por otro lado, piden también los otros partidos en intensidades más moderadas). Quieren, con ello, impulsar un cambio radical dentro de un proyecto que los otros partidos de derecha comparten. Tal objetivo se conseguiría a través de unos recortes del gasto público muy notables que reducirían todavía más los insuficientes recursos del Estado del bienestar, y que dañarían enormemente a las clases populares.

Esta medida iría acompañada de una reducción de impuestos, que se justifica subrayando que la escasa capacidad adquisitiva de los trabajadores se debe primordialmente a la supuestamente excesiva carga fiscal. Bajarían los impuestos a todas las personas de todos los niveles de rentaLos más beneficiados serían los que ingresan más de 60.000 euros anuales, que pasarían de pagar el 45% actual a un 30%, así como las rentas empresariales con una reducción muy notable del impuesto de sociedades, que pasaría del 25% al 22%, eliminando a la vez los impuestos de sucesiones y de propiedad.

Son favorables también a la privatización de los servicios públicos, así como una desregulación masiva de aquellas normas que interfieren con la libertad del mercado. También están a favor de la privatización y dualización por clase social de los servicios públicos del Estado del bienestar, tales como la sanidad y la educación. Un tanto igual en cuanto a las transferencias públicas, como las pensiones, proponiendo la privatización de buena parte de tales transferencias, como ya propuso la escuela ultraliberal de Chicago en Chile, siendo aplicadas por el General Pinochet, al cual asesoraron. Tales políticas han sido también propuestas, por cierto, por el economista ultraliberal, el independentista Sala i Martín, economista promovido por los medios de comunicación del gobierno independentista catalán, TV3 y Catalunya Ràdio. Crearían así un sistema dual de pensiones, favorecedor de las pensiones privadas (con bonificaciones fiscales), incluyendo toda la vida laboral para calcular la pensión de jubilación (en lugar de los últimos años trabajados). Tales medidas se han aplicado en Chile y fueron una de las razones de que esté habiendo una revuelta popular. Vox también propone la recentralización de numerosas competencias autonómicas, tales como la sanidad, la educación y la justicia, eliminado gran número de competencias locales.

No es solo racista y sexista. Es también clasista ¿Quién se beneficiaría de la subida de Vox?

La evidencia es abrumadora en el sentido de que la aplicación de tales políticas beneficiaría muy marcadamente a las rentas de capital y del mundo empresarial, así como a las rentas superiores a costa de un gran descenso de las rentas de la clase trabajadora y de las clases populares. Es la máxima expresión del poder de clase en la lucha de clases que define en gran medida la realidad existente (y ocultada) en España.

En este aspecto, su visión no es solo racista y sexista, sino también clasista (punto que parece olvidado por los portavoces progresistas que priorizan sistemáticamente la denuncia a la discriminación de género y raza, olvidándose de la discriminación por clase social). Vox es la máxima expresión del poder de la clase dominante. Su nacionalismo extremo, basado en una concepción de superioridad nacional, su autoritarismo antidemocrático y chauvinista, y su anti-progresismo tienen un marcado componente clasista, a favor –por supuesto- de la clase dominanteEsto es lo que representaba el fascismo español y esto es lo que representan ahora sus herederos.

La “supuesta victoria de Vox”

La noticia que ocupó mayor espacio mediático en el día de las elecciones fue el gran crecimiento de Vox, alcanzando un número de escaños (52) que le da gran capacidad de influencia en las Cortes españolas, y que refuerza, dentro del bloque de las derechas, el tono agresivo de las políticas represivas del Estado en el tema nacional y promueve todavía más las medidas ultraliberales en el tema económico-social.

No hay que ignorar, sin embargo, que, como he indicado en varias ocasiones, una de las causas de tal supuesta victoria fue el clima de enfado que existe en este país hacia el establishment político-mediático y hacia la clase política. Pero, además de ello, hubo otros dos factores que contribuyeron en gran medida. Uno es el sistema electoral sesgado a fin de favorecer a las fuerzas conservadoras y, el otro factor, es la división y atomización de las izquierdas que ha caracterizado históricamente a las fuerzas progresistas del país (habiendo sido una de las causas de su derrota frente al golpe fascista de 1936).

El sistema electoral poco representativo

Vox consiguió menos votos que la suma de los votos obtenidos por Unidas Podemos y sus confluencias y Más País. Vox obtuvo 3.640.000 votos, 34.000 votos menos que Unidas Podemos y sus confluencias y Más País juntos (3.674.000 votos). Unidas Podemos y sus confluencias consiguieron 3.097.000 votos, y Más País 577.000. En cambio, el número de escaños para UP y confluencias y Más País fue de 38 en total (35 para UP y confluencias y 3 para Más País), un número mucho menor a los 52 escaños obtenidos por Vox. En realidad, un dato poco conocido es que, sumando todos los votos a partidos de izquierda (incluyendo aquellos que no consiguieron representación parlamentaria) el número total de votos es mucho mayor que el total de los votos a las derechas. En las elecciones anteriores (28-A) fueron 1,1 millones de votos más, número que descendió a 964.000 debido a que la abstención fue mayor entre las izquierdas que entre las derechas. Hay miles y miles de votos de izquierda que no tienen representación parlamentaria, lo cual daña a las izquierdas. El hecho de que un nuevo partido, Más País, se presentara en 18 provincias, sacando escaños en solo dos de ellas, significó no solo una pérdida de tales escaños, sino que perjudicó y penalizó a los otros partidos de izquierda con representación parlamentaria al dividir el voto. En Comú Podem perdió un escaño debido a la transferencia de lealtades a Más País que no consiguieron ningún escaño.

De ahí que la gran división y atomización de las izquierdas han sido muy negativas para las fuerzas progresistas, y muy en especial para las izquierdas. Su causa es la limitadísima proporcionalidad del sistema electoral españolEl principio democrático de que cada voto vale lo mismo se viola en la ley española. En realidad, si hubiera sido un sistema proporcional (es decir, que el número de escaños fuera proporcional al número de votos obtenidos en el conjunto del Estado) y sin barrera electoral, la diferencia de escaños entre las derechas y las izquierdas sería mayor, pasando las izquierdas de 180 a 182 escaños, y las derechas de 170 a 168. Dentro de las izquierdas, el PSOE bajaría de 120 a 98 escaños (22 menos) y Unidas Podemos subiría de 35 a 45; los demás ganadores de la izquierda serían Más País, que pasaría de 3 a 8 escaños; la CUP, que pasaría de 2 a 4 escaños; BNG pasaría de 1 a 2; y el PACMA accedería al Congreso con 4 escaños, junto con Recortes Cero-GV, PUM+J y ARA-MÉS-ESQUERRA, que entrarían con un escaño cada uno.  Es decir, que no solo las izquierdas ganarían paso frente a las derechas, sino que las izquierdas a la izquierda del PSOE ganarían peso dentro del bloque de las izquierdas.

La escasa (por no decir nula) recuperación de la memoria histórica explica que se desconozca que la ley electoral española tiene sus orígenes en la aprobación de los principios de tal ley electoral por parte de la Asamblea Nacional (el órgano fascista que dirigía la vida política del régimen dictatorial) y que exigía que se aceptara por el nuevo régimen democrático como condición de que tal Asamblea desapareciera. Y aun cuando hubo cambios en las Cortes españolas democráticas, se mantuvieron intactos los principios de tal ley (consecuencia del enorme poder de las derechas en el nuevo Estado que no fue una ruptura sino una modificación del régimen anterior). Tal sesgo conservador explica también que cuando el gobierno de derechas nacionalista catalán (el pujolismo) tuvo oportunidad de cambiarla, no lo hizo (puesto que también le favorecía).

El gran potencial de expansión Vox: la mayor amenaza a la democracia

Existe un gran potencial de expansión de Vox porque el sentimiento antiestablishment de “que se vayan todos” se va extendiendo en España, donde no ha habido un cambio notable de la cultura dominante (de escasa sensibilidad democrática), que siempre ha utilizado el patriotismo como manera de defender una estructura profundamente clasista y conservadora. De ahí que la alternativa a este populismo antidemocrático sea restablecer la alianza antifascista que fue exitosa en la moción de censura al gobierno Rajoy y que es esencial para el progreso de España. Tal alianza debería ser el resultado de la colaboración de las fuerzas de izquierdas con los nacionalismos “periféricos”, dentro de un marco que mantenga la plurinacionalidad en la que la unidad sea fruto de la voluntad popular de cada una de las naciones y pueblos que la constituyen, como así constó durante la resistencia antifascista, declarando que la democracia actual se considera continuadora de la que existió durante la II República, denunciando la dictadura y el daño que sus herederos hicieron -y han continuado haciendo- a las clases populares de este país.

VICENÇ NAVARRO

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Golpe de Estado de manual en Bolivia

Golpe de Estado de manual en Bolivia
Evo Morales se marchó forzosamente de la presidencia tras el golpe de Estado vivido en Bolivia. / Europa Press

Bolivia ha sufrido un golpe de Estado de manual: El presidente del Gobierno obligado a dejar el poder por el ejército. A pesar de ello, buena parte de la Comunidad Internacional y sus medios de comunicación están maquillando lo que es un auténtico atentado a la justicia social. Se habla únicamente de «renuncia de Evo Morales» en lugar de golpe de Estado. En juego, la posición geoestratégica de Bolivia y sus abundantes recursos naturales que Morales nacionalizó en interés del país.

Los números avalan a Morales: consiguió reducir el índice de pobreza en un 25% y la pobreza extrema en un 23%. Mientras, la economía de Bolivia fue una de las que experimentó mayor crecimiento en Sudamérica, rondando el 5%. Los segmentos de la población olvidados se vieron reconocidos, viendo como el analfabetismo descendía de tasas cercanas al 15% al actual 2,4%, algo que nunca ha interesado a la derecha, pues una población formada e informada es una sociedad que cuestiona y no acata sin más. Las poblaciones indígenas adquirieron mayor relevancia, con una de las mayores revalorizaciones culturales jamás vistas en el continente y un empoderamiento de la mujer en todos los planos (políticos, económico, laboral…).

Nada de eso parece ahora importar. Con el pretexto de un supuesto fraude electoral se está justificando y maquillando el golpe de Estado, en el que no se han llegado a ver los tanques en las calles porque Morales ha optado por irse antes de ver un baño de sangre. A pesar de su marcha, las tropelías de quienes lo han expulsado se están viendo en las calles, en la casa de Morales asaltada y destrozada…

Existían mecanismos democráticos para afrontar ese supuesto fraude electoral. De hecho, el propio Morales impulsó una auditoría por parte de la Organización de Estados Americanos (OEA) que, en un primer informe, avaló el mandato de Morales. Posteriormente se cambió el dictamen y, con todo, recomendó la repetición electoral, algo a lo que el presidente depuesto no se negó. Quienes en realidad se negaron fueron la oposición y la más que probable mano negra de EEUU que se esconde detrás. A fin de cuentas, el golpe de Estado en Bolivia es muy similar al vivido hace años en Ucrania.

Bolivia posee muchos recursos naturales cuya explotación fue nacionalizada por Morales. Imaginen lo que eso supone para el neoliberalismo, para ese capitalismo depredador que no duda en oprimir a los más débiles para seguir enriqueciéndose. La nacionalización de los hidrocarburos en 2006 por parte de Morales fue un soplo de aire fresco para las políticas sociales en el país, para impulsar una redistribución de la riqueza que escoció demasiado a las alimañas neoliberales.

Sin embargo, el interés en Bolivia de quienes han arruinado o están arruinando países con títeres de las derecha como Mauricio Macri (Argentina), Lenin Moreno (Ecuador), Sebastián Piñera (Chile) o Jair Bolsonaro (Brasil) no se centra únicamente en los hidrocarburos; también en la mayor reserva de litio del mundo, algo crucial en pleno auge de las baterías para vehículos eléctricos y todo tipo de dispositivos electrónicos. No se pueden olvidar, además, las enormes reservas de agua dulce con que cuenta Bolivia.

El exilio de Morales a México y el golpe de Estado en Bolivia es un atentado a la democracia ante lo cual la Comunidad Internacional no está respondiendo convenientemente, literalmente achantada por las represalias arancelarias del paranoico Donald Trump. Los países que callan y no condenan, los que abiertamente apoyan y los involucrados en el golpe son cómplices de la tragedia que ahora se vive en el país, con un vacío de poder que quienes perpetraron el atentado tenían perfectamente planeado, con objeto de sembrar un caos que con Morales no existía para, después, encumbrar a un depredador neoliberal como salva patria de postín.

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Ciudadanos desaparece en 11 comunidades, cuatro partidos entran al Congreso y otros datos del 10-N

Vox gana por primera vez en una comunidad autónoma

resultados elecciones

E. SÁNCHEZ J. RUBIO 10 NOV 2019 – 17:38 CST

El PSOE gana las elecciones, Vox se convierte en la tercera fuerza política en España y los posibles acuerdos entre partidos están todavía más difíciles que en abril. Estos son los principales titulares que dejan las elecciones generales, pero hay otros datos interesantes que se desprenden del recuento.

1. El partido ganador nunca ha tenido tan pocos escaños

La victoria de Pedro Sánchez, con 120 escaños y el 28% de los votos, es la más endeble en unas elecciones generales. Cae por debajo del mínimo -hasta ahora- que marcaron tanto el PSOE en abril como el PP de Mariano Rajoy en 2015: 123 escaños.

2. Ciudadanos desaparece en 11 comunidades autónomas

En abril, Ciudadanos consiguió escaños en todas las comunidades autónomas, con la excepción del País Vasco (en Navarra estaba integrado en Navarra Suma). En estas elecciones, el partido de Albert Rivera ha perdido sus diputados en 11 de ellas: Aragón, Asturias, Baleares, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Galicia, La Rioja y Murcia. Solo mantiene representación en cuatro autonomías: Andalucía, Cataluña, Comunidad Valenciana y Comunidad de Madrid.

3. Vox vence por primera vez en una comunidad autónoma

Vox ha ganado las elecciones en la Región de Murcia. Es la primera vez que el partido de Santiago Abascal es la fuerza más votada en una comunidad autónoma. Vox ha conseguido tres escaños, los mismos que PP y PSOE, pero tiene más votos. Este partido también ha ganado el único escaño de Ceuta.

Ciudadanos desaparece en 11 comunidades, cuatro partidos entran al Congreso y otros datos del 10-N

 4. Provincias que cambian de color

El PSOE ha ganado en 32 provincias, frente a las 39 en las que se impuso en abril. El PP ha recuperado la primera posición en A Coruña, Zamora, Segovia, Palencia y Cantabria. Vox adelanta a los socialistas en Murcia. En Teruel, donde también ganaron los socialistas en abril, el primer puesto es para Teruel Existe. También cambia el partido más votado en Ceuta, donde Vox ha superado al PSOE. En total, siete provincias han cambiado de color.

5. Unidas Podemos y Más País, ¿mejor juntos o separados?

Unidas Podemos y sus confluencias tienen 35 escaños, siete menos que en abril. El partido de Íñigo Errejón (que se presentaba junto a Compromís) se ha quedado en tres diputados. Con esos escaños, Unidas Podemos y Más País suman 38 escaños, cuatro menos que los 42 del partido de Pablo Iglesias el 28-A.

Si miramos los votos, la suma de los dos partidos es de 3.651.000 con el 99% escrutado. Son unos 300.000 votos menos que los que obtuvieron Unidas Podemos y Compromís el 28 de abril. Y un dato curioso: a pesar de que la suma de Unidas Podemos y Más País tiene 34.000 votos más que Vox en toda España, el partido de Santiago Abascal tiene 14 diputados más.

6. PACMA, el partido sin escaño con más votos

Una vez más, PACMA es la formación que más votos consigue sin obtener ni un escaño. El partido animalista ha obtenido unos 226.469 votos, 100.000 menos que en las elecciones de abril. PACMA tiene 11 veces más votos que Teruel Existe, el partido de todos los que consiguen escaño con menos número de papeletas (19.696).

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7. Entran cuatro partidos nuevos al Congreso

Hay varios partidos nuevos en el Congreso. Más País suma tres diputados, contando el de Més Compromís en la Comunidad Valenciana. También consigue representación Teruel Existe, que suma un congresista, y la CUP, con dos. Regresa BNG, que tuvo representación entre 1996 y 2015. Sus más de 115.000 votos le han valido un escaño por A Coruña. Ninguna de estas formaciones llega al 5% de los votos, así que no tendrán grupo propio en el Congreso.

8. Caras conocidas sin asiento en las Cámaras

La caída de Ciudadanos deja a personajes muy populares de la política española sin escaño. Juan Carlos Girauta, líder de la lista de Ciudadanos por Toledo, no consigue plaza en el Congreso. En el PP, Mari Mar Blanco, líder de la lista por Álava, también se queda fuera. Además, el resultado popular en la provincia de Huelva ha dejado a Juan José Cortés sin asiento en el Senado. Por parte de Más País, Carolina Bescansa, cabeza de lista de A Coruña, no vuelve al Congreso.

9. Los independentistas catalanes, más fuertes que nunca

Los partidos nacionalistas catalanes tienen más diputados que nunca, superando el récord que marcaron el 28 de abril. La suma de ERC (13 escaños), Junts per Catalunya (8) y la CUP (2) conforma 23 escaños, uno más que el 28-A sin la CUP. Aun así, los partidos independentistas siguen sin conseguir el 50% de los votos en Cataluña.

Ya que estás aquí…

… El PSOE ha vuelta a ganar, pero no cumple las expectativas que se había marcado.

… Los populares pasan de 66 a 88 escaños, aunque el partido de Santiago Abascal le supera en Murcia y cuatro provincias andaluzas.

… Albert Rivera ha convocado un congreso extraordinario de su partido por la debacle electoral, después de que su formación haya perdido 47 escaños y más de dos millones y medio de votos.

… Consulta aquí los resultados al detalle, a nivel nacional, autonómico, provincial y municipal.

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Buenísimas personas

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Javier Marías

Trump, Johnson, Salvini, Erdogan, Bolsonaro… Lo peor y más contradictorio es que ninguno de ellos tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos.OtrosGuardarEnviar por correoImprimir

SÍ, ES CURIOSO: basta con hablar del presente en pretérito indefinido o imperfecto, como si ya hubiera pasado y fuera historia, para ver con más nitidez nuestras imbecilidades, nuestra irracionalidad y nuestras abrumadoras contradicciones. Hace dos semanas terminé diciendo que las gentes de 2019 solían ser inclementes y sin embargo se creían todas buenísimas personas. Se lo creían al mismo tiempo que ensalzaban y votaban a individuos inequívocamente antipáticos, ruines, rastreros y que exhibían como un gran mérito su falta de compasión. Los estadounidenses eligieron como Presidente a un sujeto así, que añadía, a su inmoralidad connatural, ser un patán que jamás leía. Su elección se debió, en parte, a una extraña reacción contra las personas ilustradas, contra los expertos en algo y también contra los intelectuales, como si en América se hubiera producido una repentina “maoización” (hay que recordar que en los inicios de la revolución de Mao se ejecutó a muchos chinos solamente por llevar gafas, lo cual los hacía sospechosos de leer). Todos ellos fueron englobados en un término que se convirtió en uno de los mayores insultos de la segunda década del siglo XXI: “élites”, con su correspondiente adjetivo “elitistas”. Cualquiera que hubiera estudiado en serio, que hubiera adquirido conocimientos útiles (para salvar vidas o la Tierra, daba lo mismo), cualquiera que pensara más allá de los simplistas y cómodos lugares comunes de la época, se vio anatematizado como “élite”. Así que mucha gente decidió que era mejor ser gobernada por tontos y locos, eso sí, megalómanos, autoritarios y antidemocráticos todos. No sólo se hizo con el poder un ignorante como Trump, sino que alguien con saberes fingió no tenerlos, o quizá abjuró de ellos, para ser aclamado en Gran Bretaña. Ese país astuto, pragmático, civilizado, encumbró a Boris Johnson cuando éste se “trumpificó”, empezó a comportarse como un chulo majadero, a hablar como un fantoche y a prometer con malos modos conducir a su nación a la ruina. Entonces, insospechadamente, fue vitoreado.

Italia hizo algo parecido, sólo que los saberes de Salvini eran mucho más dudosos. Los que poseyera, en todo caso, los abandonó, y se dedicó a pasearse por su península sembrando el odio con la camisa abierta y una cruz bailándole en el seboso pecho (a veces manoseaba un rosario), a colgar en las redes vídeos de sus relaciones semisexuales y a lanzar diatribas contra los muertos de hambre del planeta. La grosería deliberada y el ánimo despiadado causaban furor entre sus compatriotas, que lo idolatraban, y a la vez, como he dicho, se creían buenísimas personas. Ignoro lo que se creían los turcos (me pillan lejos), pero votaban una y otra vez a un tiranuelo llamado Erdogan que detenía, encarcelaba y quizá torturaba a millares, y que en 2019 inició una repugnante ofensiva contra los kurdos, con el beneplácito de Trump. Esos kurdos acababan de ayudar decisivamente al mundo (y por lo tanto a Trump) a desmantelar el Daesh, una de las organizaciones más crueles de la historia y una amenaza gravísima para todos, árabes y no árabes. Con ese beneplácito, los Estados Unidos de hoy pasaron a engrosar la lista de países traicioneros, infames y desagradecidos, esos de los que cualquiera deberá apartarse para no sufrir su veneno, como enemigo o como aliado.

Las excelentes personas votaron en el Brasil a otro sujeto zafio e inmisericorde, Bolsonaro, que tenía a gala despreciar a los negros, a las mujeres y a los homosexuales, así como deforestar la Amazonia. También era un cristiano fanático, lo cual no le impedía recomendar a la población que se armara hasta los dientes. Muy cristianos eran asimismo (de boquilla al menos) los gobernantes de Hungría y Polonia, Orbán y Kaczynski, pero se comportaban exactamente igual que Maduro en Venezuela, Ortega en Nicaragua y Putin en Rusia, anulando las libertades, la independencia de la justicia y emitiendo leyes antidemocráticas. Claro que Maduro, Ortega y Putin además daban órdenes para la desaparición de disidentes. En las Filipinas mandaba un homicida confeso (se jactaba de haberse cargado a dos o tres hombres) apellidado Duterte. Una vez al mando, ya no tuvo que mancharse: le bastó con dar carta blanca a sus policías para matar sin detención, juicio ni zarandajas latosas no sólo a los narcotraficantes, sino a los drogadictos.

Lo peor y más contradictorio es que ninguno de estos cabestros (salvo Ortega en su día) tomó el poder por la fuerza, sino que fueron elegidos por quienes se consideraban buenísimas personas, justas, rectas, “correctas”, compasivas y plagadas de virtudes. Y se consideraban, sobre todo, grandes patriotas, lo mismo que los independentistas catalanes, los post-etarras vascos y los dirigentes profranquistas de Vox. En aquella época fue asombroso que los mastuerzos más manifiestamente dañinos para sus respectivos conciudadanos fueran adorados por éstos. Huelga decir que no fue, ni de lejos, la primera vez en la historia que tuvo lugar tan espantoso fenómeno. Pero la gente de 2019 no solía acordarse de nada.

Quizá otro domingo retornaré al costumbrismo de estos tiempos, que, con ser temible, da menos miedo.

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‘Joker’ o las máscaras del descontento

Joaquin Phoenix como el Joker. Warner Bros
Joaquin Phoenix como el Joker. Warner Bros

Joker, la película galardonada con el León de Oro en Venecia y que fue la Perla sorpresa del Zinemaldia de 2019, ha resultado ser una cinta muy polémica por poner encima de la mesa temas muy complejos. El filme plantea problemas de gran calado, que desafortunadamente son muy actuales, como por ejemplo la soledad y el engaño, los trastornos mentales y la confusión del mundo real con el imaginario, las noticias falsas y el fingimiento continuo, el desprecio hacia lo diferente y los estallidos de violencia social.

Durante dos horas nos hace meternos en la piel del personaje y experimentar su inquietante desazón, acompañados de una excelente banda sonora. Repasemos algunas de las cuestiones que sugiere.

Precariedad y malestar social

Una subida en el precio del combustible o en el billete de metro pueden ser las gotas que desbordan los vasos del descontento, provocando repentinas revueltas, como testimonian lo sucedido en Francia con el movimiento de los chalecos amarillos o en ese Chile que merced al golpe de Pinochet sirvió como laboratorio a la economía ultra-neoliberal expandida luego por doquier.

Corren malos tiempos para las expectativas de los más jóvenes, condenados en general a vivir peor que sus padres y a sufrir las imposiciones de un mercado laboral cuya inherente precariedad les hurta hacer planes vitales como el emanciparse o tener hijos.

Todo ello hace que la tasa de natalidad merme, mientras que los avances médicos propician un progresivo envejecimiento de la población. Una bomba de relojería que la más insignificante chispa puede activar en cualquier momento.

La confusión de la realidad con el mundo virtual

En Joker, un antihéroe inspirado en los cómics de Batman, sin habérselo propuesto para nada, se convierte en el detonante de una violenta insurrección social y cosecha emuladores que le idolatran, al salir en televisión cometiendo un asesinato ante las cámaras.

La urbe donde vive tal personaje se parece mucho al Nueva York de Taxi Driver y por desgracia también a cualquiera de las grandes ciudades europeas, pobladas por gentes que desconfían de cuanto no sea homogéneo y con una empatía que brilla por su ausencia. Entre otras cosas porque se tiende a confundir la realidad con el mundo digital.

Resulta llamativo que, al presenciar una u otra desgracia, algunas veces en lugar de auxiliar a las víctimas, la reacción instintiva sea sacar el móvil para grabarlo y subirlo a las redes, por no mencionar que a veces dicha grabación es la motivación misma del incidente.

El éxito de los antihéroes

Pensemos en el éxito cosechado por La casa de papel, una serie donde los ladrones echan un pulso al sistema y se ven aclamados por la multitud, en la estela del mito de Robin Hood, cuando distribuyen entre los transeúntes una parte del dinero robado con gran ingenio y audacia.

Fotograma de la serie La Casa de Papel. Netflix
Fotograma de la serie La Casa de Papel. Netflix

Los integrantes de la banda del Profesor utilizan unas máscaras dalinianas que nos recuerdan a las adoptadas por el movimiento Anonymous y, por lo tanto, a la máscara utilizada en la película V de Vendetta. El descontento social se deja seducir fácilmente por quienes pueden hacer frente al poder establecido. Especialmente, cuando en principio rehúyen causar daño, como sería el caso real de aquellos piratas informáticos que aciertan a desvalijar grandes consorcios empresariales tocando unas cuantas teclas.

Los caudillos desde la óptica de Cassirer

Lo malo es que tales personajes de ficción no suelen tener sus correlatos entre la gente real y ese descontento social se ve capitalizado por los demagogos, tal como Ernst Cassirer nos hace ver de modo magistral en El mito del Estado, a propósito del ascenso de Hitler al poder.

Obviamente, su diagnóstico no conoce fronteras geográficas ni barreras temporales, porque los caudillos no dejan de proliferar cuando se degradan las condiciones económicas y los derechos más elementales hacen mutis por el foro junto al bienestar social.

Cuando el anhelo de caudillaje alcanza una fuerza imparable y se desvanece toda esperanza de cumplir los anhelos colectivos por una vía ordinaria –señala Cassirer–, ese deseo se personifica bajo una forma concreta, política e individual. Los vínculos anteriores de la sociedad –tales como la ley, la justicia o la constitución— se invalidan y sólo resta el poder místico del caudillo, cuya autoridad se impone como la suprema ley.

La demagogia de toda supremacía

Quienes apuntalan ese tipo de liderazgos devienen taumaturgos que administran ese credo como maestros de la propaganda política y saben acuñar nuevas palabras o trastocar el significado de las antiguas para emplearlas como palabras mágicas destinadas a estimular determinadas emociones.

El hábil empleo de tales palabras mágicas acaba desfigurando la realidad y sus mentiras o bulos terminan imponiéndose a la más palmaria evidencia de los hechos.

Por supuesto se buscan unos cuantos chivos expiatorios para endosarles el origen de todos los males. En un momento dado pueden ser los judíos y en otro los masones, los rojos, los homosexuales, los foráneos o cuanto sea diverso en uno u otro aspecto, colectivos a los que se despoja por completo de su humanidad para cosificarlos desde una perspectiva supremacista, tras la cual se oculta normalmente algún complejo de inferioridad individual o colectivo.

El pensar por cuenta propia preconizado por Kant

Desde luego, la mejor vacuna contra el virus del totalitarismo practicado por los partidarios de una u otra supremacía es lo que propone Kant en ¿Qué es la Ilustración?: aprender a pensar por cuenta propia, sin ceder nunca esa responsabilidad a los tutores que muy voluntariamente se propongan hacer tal cosa por nosotros, puesto que la libertad no es un don, sino la más ardua tarea que nos podemos proponer.

En medio de las grandes crisis político-sociales, “da la impresión”, advierte Kant en El conflicto de las facultades, “de que la gente anhelara encontrar una suerte de adivino, un hechicero familiarizado con lo sobrenatural. Si alguien es lo bastante osado como para hacerse pasar por taumaturgo, este puede acabar conquistando a la masa y hacerle abandonar con desprecio el bando de la filosofía, la cual debe oponerse públicamente a tales taumaturgos para desmentir esa fuerza mágica que se les atribuye de un modo supersticioso y rebatir las observancias ligadas a ella”.


Este artículo ha sido publicado originalmente en The Conversation

ROBERTO R. ARAMAYO

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/

No hables de Vox

DAVID TORRES

Resulta curioso comprobar cómo Vox ha ido creciendo igual que esos tumores malignos que empiezan con un picor y concluyen con una autopsia. Así, mientras se iban dejando para mañana y para pasado mañana las visitas al médico y los remedios preventivos, ya ni siquiera hay tiempo para una cura de urgencia. Empezaron al estilo del afilador o del tapicero, con varios señores voceando repugnantes consignas xenófobas, homófobas y machistas, ellos solos con un megáfono en mitad de la plaza del pueblo. Nadie les hacía mucho caso porque al fin y al cabo eran sus opiniones, y hasta daban pena los pobres, comprando siempre la bandera más gorda y haciéndoles la competencia a los monos de Gibraltar.

No hables de Vox

El problema, claro, es que sus opiniones no van de subir los impuestos o bajarlos, de privatizar la sanidad o dejarla como está, sino de criminalizar colectivos por motivos de sexo, religión, lugar de nacimiento o color de piel; de banalizar la violencia de género; de rescindir derechos fundamentales y de restituir conductas medievales y retrógradas. Como si eso de que todos los seres humanos nacen libres e iguales fuese algo discutible, como si fuese igual de válido decir que un homosexual tiene derecho a vivir libremente, que decir que más le vale meterse dentro de un armario, o de un sagrario, en caso de que lleve sotana.

Mientras voceaban estas y otras repulsivas opiniones por el megáfono primero, por radios, televisiones y periódicos después, se nos aconsejó que lo mejor era no hacerles caso. Mirar para otro lado, cultivar la sordera. Ladra, ladra, chucho, que no te escucho. De manera que, en vez de pararle los pies y ponerlo en su sitio, el animalito fue creciendo hasta ocupar veintitantos escaños en el Congreso. En lugar de establecer una línea de defensa y discutir una por una sus patrañas, nos tapábamos los oídos. Se nos dijo que la estrategia más eficaz era la del avestruz, hincar la cabeza en tierra y dejar que ellos mismos se cansaran de decir tonterías. Grave error, porque son incansables, porque a cada patraña sucede una mayor, y a cada tontería, una bandera española más enorme con el que tapar vergüenzas, escándalos y agujeros intelectuales. Para qué iban a necesitar argumentos, si tenían un megáfono.

Abascal se permitió el lujo de no acudir al primer debate, donde ejerció de convidado de piedra, y repitió la jugada la noche del lunes con barba, pantalones y traje, disfrazado de hombre invisible. Los demás candidatos seguían con la misma táctica, fustigándolo con el látigo de la indiferencia y haciendo como que no existía. Para qué discutirle, por ejemplo, que las manadas de violadores están compuestas en un 70% de extranjeros, si el porcentaje se lo acababa de inventar y no hay mayor experto mundial en manadas que él. En contraposición a los monos de Gibraltar, que se pasan el día rascándose el sobaco, hemos imitado sutilmente la sabiduría de los monos zen: no oigas a Vox, no veas a Vox, no hables de Vox. Y a fuerza de sabiduría, de taparnos la boca, los oídos y los ojos, de repente hemos descubierto a King Kong en medio de la habitación, dándose golpes de pecho y a punto de regresar a la selva.

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El arte del crimen de Estado

Cada uno de los avances en Arabia Saudí tiene su coste, en detenciones y en represión

LLUÍS BASSETS

El príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, en una imagen de archivo.
El príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, en una imagen de archivo. MANDEL NGAN AFP

Si cabe imaginar el asesinato como unas de las bellas artes, al estilo de Thomas de Quincey, también cabría considerar como tal al crimen de Estado. Caín y Calígula, como puntos de partida de una curva de progreso, en la que la especie humana, como en tantas otras cosas, no ha cesado en sus avances técnicos e incluso artísticos. Pudo parecer que el siglo XX había alcanzado las cumbres de la perfección en este negro capítulo. Lenin, Stalin y Mao Zedong, Hitler, Mussolini y Franco, en distintos y variados grados, como fundadores unos y emuladores otros, destacan como criminales insuperables, algunos en número y capacidad industrial, otros en refinamiento y en crueldad, todos en su desalmado desprecio por la vida y la dignidad de las personas.

Nada más lejos. El siglo XXI también está realizando su particular aportación al perfeccionamiento del uso de los poderes públicos como instrumento para el crimen, el robo, el chantaje y el asesinato, aunque no es fácil localizar y destacar a los artistas más genuinos del género. Hay regímenes malhechores, como Venezuela, Cuba, Irán o Corea del Norte, que se esconden incluso bajo la mediocridad para pasar desapercibidos en sus actividades criminales. No es el caso de Arabia Saudí, que brilla como si de un auténtico régimen totalitario del siglo XX se tratara. El mayor exportador de petróleo proporciona noticias frescas cada día y todas significativas respecto a su carrera criminal, unas por su truculencia y otras por su capacidad para embellecerla. En el caso saudí, un crimen de Estado como el asesinato del periodista Jamal Khashoggi sirve incluso como señuelo para desviar la atención de sus numerosas actividades como Estado criminal.

Lo explica muy bien el informe que acaba de publicar Human Rights Watch bajo el irónico título de Los costes de los cambios. Bajo la batuta de hierro del príncipe Mohamed bin Salmán, el país se está reformando a toda velocidad. Ahora va a salir a bolsa Aramco, la empresa de bandera de extracción de petróleo. El Lazio y la Juventus jugarán la Supercopa italiana en Riad, por primera vez con mujeres en las gradas. La población femenina ya puede conducir y viajar al extranjero sin permiso masculino. Y se levantan las prohibiciones sobre los espectáculos, el cine y en el entretenimiento.

Pero no es una perestroika del desierto, porque cada uno de los avances tiene su coste, en detenciones y en represión. Incluso la salida a bolsa, dirigida exclusivamente a capitales saudíes, servirá para culminar la expropiación de haberes iniciada hace dos años con la detención de 200 millonarios y miembros de la familia real en un hotel de lujo en Riad, convertido en cárcel. Bin Salmán ha eliminado a todos sus rivales dentro del clan y está expropiando a los saudíes más ricos, obligándoles ahora a invertir en la petrolera nacional. Como su padrino Donald Trump, tiene instintos disruptivos, es decir, revolucionarios. La suya es una revolución desde arriba, sin populacho, pero la sangre corre como si fuera desde abajo.

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Para que no voten sólo los incondicionales

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Javier Marías

El problema de estas elecciones: si no acuden a las urnas más que los incondicionales de cada formación, serán ellos los que decidan por nosotros.

ASÍ QUE AQUÍ estamos de vuelta, a los seis meses de las últimas elecciones, que, gracias a la incompetencia y la mala fe de nuestros políticos, no sirvieron para lo que debían: tener algún Gobierno que durara lo previsto, unos cuatro años. Lo insólito es que, tras el fracaso, el elenco sea el mismo sin apenas variación. Se ha añadido un peronista convencido, Errejón, al que aún no se le alcanza que todos los largos males de la Argentina tienen su origen en el General Perón, amigo y protegido de Franco, quien lo obsequió hasta con una calle en Madrid. En este 10 de noviembre nada, absolutamente nada, nos puede incitar a votar. Si ya en abril se hacía casi imposible optar por un partido, ahora todavía más. ¿Qué se hace en este caso?

El PSOE sigue tan entontecido y fofo como en la última década, exhibiendo como mayor hazaña desde la moción de censura de 2018 el traslado de una momia cuyo destino le trae al fresco a la mayoría de la población. Por lo demás, pende sobre él la amenaza de la corrupción de los ERE. Mayores y más numerosas son las causas por corrupción que aún se ciernen sobre el PP. Ya fue condenado en una de ellas y eso le costó la gobernación. Las bases —es incomprensible que las bases de todos los partidos escojan a menudo lo peor— otorgaron la jefatura a Casado, un discípulo y entusiasta de Aznar que se hizo más derechista de lo que ya lo era Rajoy, y en consecuencia obtuvo para su partido los resultados más escuálidos de su historia. Da lo mismo: ahí permanece Casado, que ahora intenta parecer más centrista que entonces, con poco éxito de momento. Claro que en la tarea lo ha ayudado enormemente el que se tenía por partido “moderado” o “bisagra”, Ciudadanos. El caso de esta formación será estudiado: con unos votos considerables hace seis meses, ha hecho lo indecible para perderlos, cabrear a sus electores (no muy firmes ni incondicionales) y de paso a una gran cantidad de españoles, que desearon con claridad lo siguiente: que Ciudadanos pactara con el PSOE, poniendo freno a sus tonterías mayores. Hasta el Financial Times se lo aconsejó. De haber eso ocurrido, nos habríamos ahorrado insoportables meses de toma y daca entre Podemos y el PSOE y esta nueva convocatoria. Habríamos tenido un Gobierno lleno de defectos y dificultades, desde luego, pero más o menos equilibrado y “normal”, como el de tantos países europeos. Tras su obcecación y su viraje furioso a la derecha, Rivera quedará como uno de los políticos más tontos del siglo, en la innoble compañía de Artur Mas y David Cameron. Los tres han sido magistrales a la hora de torpedearse a sí mismos. Como Rivera no gobernaba, las consecuencias de su cazurrería serán menos graves, eso sí.

Traer a colación a Artur Mas es oportuno, aunque ahora no compita. Convocó elecciones autonómicas anticipadas para fortalecerse, y se debilitó hasta tal punto que, al poco, una formación lunática y marginal como la CUP lo obligó a renunciar a su cargo de President. Entonces nombró a dedo a Puigdemont para sustituirlo, el cual, a su vez, nombró a dedo a Torra cuando se fugó. Es decir, un bobo nocivo nombró a un bobo dañino mayor, y éste a otro bobo perjudicial aún mayor. A los dos últimos Presidents de la Generalitat no los ha elegido nadie, son el títere de un calamitoso y el títere del títere. Pero como los cargos tienen más peso que las personas que los ocupan —como si estuviéramos en tiempos de los emperadores romanos más trastornados, de Calígula a Nerón—, el títere mandó y el títere del títere manda, o se deja mandar a distancia por el primer títere desquiciado y mantenido por el erario. Aunque sea sabido que los títeres se desmadejan y caen al primer manotazo de los matones, una parte de los catalanes, que siempre fueron astutos y laboriosos, realistas y excelente jugadores de póker, aplauden hechizados a sus peleles parasitarios y han roto la baraja, instalándose en el territorio de las hadas (maléficas), con la gran complicidad de Esquerra RC.

De Podemos y de Vox poco hay que hablar. El primer partido está en manos de una pareja narcisista, como lo era la que formaron Juan Domingo y Evita Perón. Ya sólo cabe observar, con curiosidad, la magnitud de la ambición de sus dirigentes. En cuanto al segundo, es sólo una caricatura acartonada del franquismo que conocimos en persona quienes contamos cierta edad. Yo lo padecí durante veinticuatro años, suficientes para reconocer al instante el tufo y las arengas lerdas de aquella dictadura. Habrá gente que quiera volver a ella, porque masoquistas existen en todas partes. Pero la mayoría de los españoles, por suerte, no parecen dispuestos a someterse de nuevo a ningún Sade grotesco, iletrado y barato.

Salvo los incondicionales de cada formación, ninguno queremos ir a votar otra vez a una galería de inútiles y avariciosos, de megalómanos y enajenados. He ahí el problema: si no votan más que los incondicionales, serán ellos los que decidan por nosotros. Ellos auparon a estos candidatos y nos los impusieron. Y lo cierto es que, aunque luego presuman, los políticos, cuando sacan buenos resultados, saben que los votos son prestados y no gobiernan sólo para los suyos. Eso ya sería un enorme avance en estos tiempos tribales, tanto si lo ven ustedes ahora como si no. 

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