El procés de Luis Enrique

El procés de Luis Enrique
El entrenador de la selección española, Luis Enrique.- EFE

Anda este país tan fracturado en lo político/sentimental que al parecer ni siquiera estamos de acuerdo con la selección española, pues el pasado barcelonista de Luis Enrique despierta los más básicos instintos de nuestros catalanófobos eximios. O sea, que hasta hay gente en España que quiere que España pierda, y eso que el seleccionador ni siquiera es catalán. Son los misterios de nuestra irracionalidad, que lleva siglos sin querer admitir que hay vida inteligente más allá de la plaza de toros de las Ventas.

Con esto de la catalanofobia y el fútbol hemos vivido episodios bastante desternillantes. Cuando nuestra selección fue gloriosa y campeona hace una década escasa, nuestros viejos periódicos y nuevas televisiones montaron un gran pollo porque el cerebro catalán del equipo, Xavi Hernández, se doblaba las medias del uniforme para así ocultar la bandera española.

El debate sobre las medias antiespañolas del tarraconense incendió tertulias y kioskos. Los afrentados habituales bramaron contra el barcelonista por antiespañol. Los patriotas corrieron aterrados a comprar más pulseritas con la bandera del aguilucho.

Cuentan los periódicos deportivos de la época, o sea, de hace un rato, que el asunto fue debatido hasta en la federación, y que los compañeros de Xavi Hernández le pedían que aclarara públicamente la secreta razón por la que se arremangaba las medias. El a por ellos es muchas veces un simple a por nosotros canibalesco y suicida.

Finalmente, el fino futbolista se avino a desvelar ante la patria la secreta razón que le impelía a doblar las medias ocultando así la sacrosanta bandera española. Dijo que era paticorto, y que siempre se doblaba las medias, también en el Barcelona, porque le estilizaba la figura.

Esto del patriotismo nos incita a unos debates bastante absurdos, incluso en ese hermoso absurdo llamado fútbol. Otro barcelonista, Gerard Piqué, era sistemáticamente silbado por su propia afición, la de nuestra selección, no por doblarse las medias, sino por expresar su apoyo a un referéndum sobre la independencia catalana.

Al final, quizá harto de tanto pito, Piqué decidió abandonar la selección. No porque se hubiera hecho viejo. Sigue siendo un gran central en el Barcelona. Y los que apreciamos el buen fútbol lo echamos de menos en la selección. Pero en este país está todo tan enrarecido que hasta a asuntos tan baladís como el fútbol llevamos nuestro guerracivilismo.

Luis Enrique es el Pablo Iglesias del fútbol. Hay que odiarlo por vocación, aunque no se lo merezca. Lo mismo sucedía con Pep Guardiola, de quien por tener más de treinta palabras de vocabulario y no ocultar sus simpatías políticas decían que meaba colonia. Aquí hay que oler a sudor, como Camacho: “vamos que nos vamos”, y eso como titánico esfuerzo gramatical.

Ahora que de la mano del odiado Luis Enrique la selección española ha llegado a cuartos de final, éxito innegable para un cuadro algo bisoño y sin estrellas, nos toca enfrentarnos a Suiza. Teniendo en cuenta dónde guardan la pasta nuestros más elevados próceres patrióticos, no sería de extrañar que la mayor parte de los españoles nos pusiéramos a animar a los suizos. Pues no hay nada más patrióticamente español que esconder una cuenta opaca borbónica o pepera en Suiza.

Con el tiempo uno se va dando cuenta de que los más antipatriotas suelen ser los patrioteros, esos que dibujan fronteras ideológicas con sus filias y fobias veleidosas y desmeditadas. Que lo manchan todo, desde los modelos de convivencia hasta asuntos tan poco principales como el juego de la pelotita. Son los odiadores profesionales, que hoy tienen sus ojos puestos sobre Catalunya y los catalanes como mañana los pueden poner sobre ti. Yo me consuelo pensando en Serrat y tarareando que entre esos tipos y yo hay algo personal.

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