CADA MIRLO DESARROLLA SU PROPIA CANCIÓN Y, CUANDO LA COMPLETA, LA REPITE TODA LA VIDA

LOS MIRLOS NO COPIAN LO QUE LOS RODEA. DESARROLLAN UN CANTO INDIVIDUAL ÚNICO QUE ES, ADEMÁS, UNO DE LOS MÁS BELLOS
Cada mirlo desarrolla su propia canción y, cuando la completa, la repite  toda la vida

 

El canto de las aves es una de las cosas más agradables de la vida, símbolo de la naturaleza y los ciclos de la vida. Y entre la enorme variedad de cantos que la naturaleza provee, uno de los más especiales es el del mirlo.

El mirlo es un ave que se encuentra en Europa, Asia y África del Norte (aunque ha sido introducido a otras partes del mundo, como Sudamérica). Se le identifica fundamentalmente con Europa, donde ha sido celebrado en la poesía y la cultura popular por la belleza de su canto (un ejemplo de esto es la canción “Blackbird” de los Beatles). 

Además, es el ave nacional de Suecia, lugar donde abunda.

El plumaje del macho es negro, y tiene un pico amarillo. Ciertamente no es el ave más espectacular en cuestiones de plumaje, pero el canto melodioso y constante del macho lo hace un ave singular. Los mirlos pueden empezar a cantar desde enero, según el clima, pero cantan sobre todo en la primavera, de marzo a junio. Su canto tiene la función de establecer territorio pero también tiene un fin reproductivo, y se incrementa cuando las hembras están en periodo fértil. 

Los mirlos destacan entre las aves cantoras por desarrollar un canto único que, una vez terminado, repiten toda la vida. Mientras que muchas otras aves imitan lo que las rodea, los mirlos exploran el sonido y crean cantos que tienen su propio sello. Ningún mirlo canta como otro. Su timbre ha sido descrito como “líquido, con un ligero roce”, dado a la cierta improvisación y disonancia que caracteriza al gran arte. Ello no significa que los mirlos canten fuera de tono, pues tienen una notable afinación y una fina melodía. Estos pájaros cantan al amanecer y al atardecer siguiendo los horarios del sol y evolucionan con el tiempo a melodías más elaboradas.

La empresa del mirlo de encontrar su canto, “su propia voz”, ha sido vista como una metáfora de lo que también habría de hacer un individuo.  

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