Tiempos creativos

Tiempo para la creatividad, Opinión | Control Publicidad

Si algo caracteriza a nuestras sociedades es la explosión de creatividad. Aunque apareció en el ámbito del arte hace más de tres siglos, incorporando desde entonces cada vez más actividades y cuestionando todas sus convenciones, la creatividad ha terminado desembarcando en ámbitos muy distintos, pues se habla de ella desde un punto de vista económico, sociológico, político o psicológico y ha entrado en los debates sobre las clases sociales, la ciudad, la industria, la educación y los movimientos sociales entre otros asuntos. Ahora bien ¿qué caracteriza a tan preciada y solicitada actividad?

Pongamos que tiene que ver con la aparición de algo nuevo, por lo tanto, imprevisto, impulsado por la actividad de cualquier clase de agente individual o colectivo. Por lo tanto, de la actividad creativa, no puede resultar sino la claudicación, tanto de las ciencias, encargadas de conceder sentido, como de las políticas, responsables de proporcionar cierto orden. En efecto, si entre las dos hacen asumibles el mundo trayendo sentido, reduciendo la incertidumbre, facilitando la previsión y proporcionando cierta organización, un acto de creatividad, por el hecho de producir una novedad imprevista (e inadmisible), pone precisamente en el foco de su reflexión aquello a lo que la ciencia y la política nunca pueden llegar. La creatividad tiene entonces que ver con lo imposible y la única manera de que cualquier tipo de conocimiento esté a su altura es que reconozca su propia finitud y admita que no sabe. Lo mismo podría aconsejarse a la política.

En este sentido, es muy diferente de la innovación, siempre planeada y dirigida a ciertas metas ya decididas o enmarcadas de antemano en términos de utilidad, las más de las veces económica. Aunque desde Roma hasta los inicios de la Modernidad, pasando por el Cristianismo, la innovación siempre tuvo connotaciones negativas, por asociarse, respectivamente, a cambios de costumbres, revoluciones políticas y herejías religiosas, todas ellas imposibles de aceptar, desde mediados del siglo XIX el término pasó a referirse a cambios tecnológicos y científicos positivamente connotados, pero perdiendo su relación con lo extraño, pues se le adjudicó la responsabilidad de introducir cosas útiles en el mundo. Con este nuevo y más práctico sentido, saltó a la economía de la mano de Schumpeter cuando estudió los procesos de “destrucción creadora”, en los que, además de sepultarse lo viejo, intervienen emprendimientos que traen consigo cambios en los procesos productivos y en los propios productos. El problema es que, en nuestros días, la innovación ya está absolutamente desvinculada de lo extraño (en el sentido de inquietante), pues cada vez resulta más solicitada por su capacidad para aportar utilidades ¿Es posible que la creatividad haya aparecido para recuperar la relación original de la innovación con lo imposible? Seguramente

En tanto que imprevisible e interruptora del curso ordinario de las cosas, la creatividad parece tener parentesco con otro concepto, el riesgo, también muy común en las ciencias sociales y política contemporáneas. De hecho, ambas nociones entran en tales escenarios más o menos al mismo tiempo. Por un lado, la creatividad, que ya venía haciendo saltar por los aires todas las artes y manifiestos artísticos desde el siglo XIX, tras las revueltas de finales de los años 60 desembarcó en la arena política y se incorporó al management e incluso a la economía. Por otro lado, que la sociedad sea productora de riesgos es algo que comienza a considerarse en los 70 con los debates sobre si son la bomba poblacional o el modo de producción los responsables de llevar el planeta al límite de sus posibilidades, así como con la aparición de catástrofes ecológicas cada vez más devastadoras y la publicación de mediciones sobre la falta de ozono, el exceso de CO2, la lluvia ácida, el calentamiento global, etc. Luego, en los años 80, se reflexionará sobre las situaciones sociales de riesgo e incertidumbre causadas por la retirada del Estado del Bienestar y la nueva gestión neoliberal de la crisis. Pero es que, también en esa época, es cuando, en el ámbito económico, los riesgos comienzan a ser ampliamente desregulados y pasan a ocupar un lugar fundamental tanto en la gestión financiera como en la reflexión económica en general. Por otro lado, igualmente en esos años aumenta la preocupación por los riesgos psíquicos, a la par que se amplía el abanico de psicoterapias o psicofármacos, y las listas de enfermedades mentales recogidas por los sucesivos DSM, cada vez más discutibles (caso de la orientación sexual al principio y la transexualidad o “disforia de género” más tarde), no han cesado de aumentar. Finalmente, no deberíamos olvidar el enorme interés que en esta época despierta la cibernética, nacida en medios militares y aplicada inicialmente a sistemas artificiales, pero luego extendida a lo social, pues es una especie de epistemología total que, según l@s amig@s de Tiqqun, tiene como objetivo gobernar lo ingobernable y gestionar lo impredecible, en lugar de destruirlo, como se hacía antaño, por lo que la noción de riesgo es también aquí capital.

Pero más importante que la coincidencia en su aparecer es el hecho de que ambas nociones, el riesgo y la creatividad, parecen designar lo mismo, aunque valorado de forma diferente. En principio, en términos generales, el riesgo parece hacer referencia a la probabilidad de que algo temido, que podemos denominar peligro, ocurra. Para combatir esa ocurrencia se utilizan distintos dispositivos de previsión y aseguramiento que se basan en la fiabilidad y que tienen por propósito reducir la incertidumbre. Entre dichos dispositivos no sólo están los científicos, como el cálculo de probabilidades, pues también hay que incluir las leyes, como el principio de precaución, incorporado a la legislación europea con el Tratado de Maastricht. La creatividad, por su parte, tiene que ver, como ya se ha dicho, con la aparición de algo nuevo que también se caracteriza por ser improbable. La única diferencia es que el riesgo se teme, exige precaución y hay que reducirlo, mientras que la creatividad se demanda, provoca adoración y hay que aumentarla. Los discursos o narraciones no expertas, aunque utilicen otras gramáticas y diccionarios, mantendrán los mismos afectos de temor y atracción, así que sólo tales afectos permiten distinguir realmente el riesgo de la creatividad.

Sin embargo, también esta diferencia es discutible, pues tanto los estudiosos como los gestores de los riesgos reconocen que éstos tienen propiedades positivas, ya que han permitido la aparición de nuevas ideologías y cambiado la agenda de los gobernantes, lo que, sin duda, ha enriquecido y hecho más complejo el sistema político. En el ámbito económico también los riesgos, en concreto los “esperados”, que se miden con precisión y se cubren con reservas específicas, al contrario de lo que ocurre con los “inesperados”, han permitido la aparición de un abanico de actividades que procuran un beneficio directamente proporcional al riesgo que exigen. Finalmente, en la esfera del ocio, más exactamente en la diversión, las actividades que comportan cierto riesgo son cada vez más solicitadas. Por lo tanto, el riesgo tiene un carácter ambivalente pues se teme a la vez que atrae. Con la creatividad ocurre lo mismo. Si bien es cierto que cada vez se solicita más, no lo es menos que igualmente se la teme e incluso que hay serios intentos de protegerse contra ella a base de normativas, reglamentos y jerarquías que pretenden tenerlo todo bien atado y previsto, tanto en los campos económico y educativo, más reacios de lo que aparentan a la novedad, como, sobre todo, en el político y administrativo, mucho más tímidos a la hora de relajar sus respectivas estructuras y principios para permitir que aparezca. Así que tanto la creatividad como el riesgo atraen a la vez y al mismo tiempo que se temen. Por eso, al lúcido verso de Hölderlin, “allá donde está el peligro crece también lo que salva”, sería necesario añadir que “allá donde está lo que salva crece también el peligro”.

Puesto que la creatividad y el riesgo hacen referencia a lo improbable y tienen un carácter ambivalente, ya que atraen a la vez que se temen, cabría preguntarse si, en realidad, no son la misma cosa. La antropóloga Mary Douglas opinaría así. En efecto, si bien las sociedades primitivas y antiguas se mantienen estables y previsibles a base de reglas y tabúes que buscan conjurar la ambigüedad y ambivalencia para garantizar así la continuidad del sistema de distinciones que sostienen el orden, no es menos cierto que en lo indistinto exterior a dicho orden reside una potencia benéfica para lo social, pues es capaz de permitir el cambio y la transformación. La indistinción de lo bueno-malo y de lo positivo-negativo se relaciona con lo sagrado y los sistemas de distinciones morales o diferenciaciones funcionales con lo profano. Pero más importante es subrayar que estas sociedades saben convivir con la ambigüedad.

En el caso de las sociedades modernas desaparece esta virtud pues la evaluación de los peligros, riesgos y seguridades ha sido definida de un modo muy exigente y dando la espalda a lo sagrado. Según Jünger, el responsable de esto es el burgués, ya que, llevado por un antiquísimo “afán de seguridad” (el más alto de sus valores), se ha dedicado a “obturar el espacio vital” para impedir que lo elemental, lo irracional y lo inmoral irrumpan. La situación ideal de seguridad que su progreso aspira a alcanzar consiste en que el mundo esté dominado por la razón, la cual deberá no sólo aminorar las fuentes de lo peligroso sino también, en última instancia, secarlas. Y esto en relación tanto a los peligros naturales como a los peligros políticos interiores y exteriores e incluso a los peligros de la propia vida privada. No obstante, el plan burgués de ordenación del mundo ha tenido efectos perversos pues, según Jünger, “en igual proporción que el orden sabe expulsar de sí el peligro, en esta misma medida tórnase éste más amenazador y mortal”. La forma que adquiere el retorno de esas fuerzas indómitas de lo natural, social, político y subjetivo es la “anarquía”. Añade Jünger que ese retorno de lo expulsado ha de dar lugar, una vez que se tome conciencia de su procedencia, a unos órdenes nuevos en los que esté incluido “lo extraordinario”. Unos órdenes que, como ocurría las sociedades antiguas y primitivas, permitan la convivencia de la vida y el peligro.

Por eso no debe extrañar que frente a las tentativas de purificación de la vida y ante el temor generado por los riesgos, se convoque a la creatividad y el propio riesgo resulte también atractivo. Es como si una fuerza latente e imposible de frenar quisiera recuperar y re-ligar lo que el orden profano había decidido no sólo separar, sino también sepultar e invisibilizar. Esa fuerza religante tenía y tiene que ver con lo sagrado. Por ello, la creatividad y el riesgo son dos de los nombres que hoy se utilizan para referirse a la actividad que desde tiempo inmemorial se ha entendido que genera lo sagrado, en tanto que origen y fundamento último de lo social. Esto quiere también decir que la preocupación por el riesgo y la creatividad, es el modo como la sociedad de nuestra época reflexiona sobre su base o fundamento sagrado. Lo que ya resulta más difícil de decidir es si tal gesto está protagonizado por la propia sociedad (instituida), que ha decidido sincerarse con su razón de ser, o si es un mandato de lo social (instituyente) para corregir la desastrosa deriva de nuestra sociedad. Francamente, hay muy pocas razones para creer que la sociedad sea capaz de lo primero. Lo prueba el hecho de que cuando su principal saber, la ciencia, llevada de la mano por la sociedad, tan ávida de incorporar nuevo socius a su orden, llega hasta los umbrales en los que lo instituido se desvanece y emerge, entre otras cosas, la creatividad, tiene serios problemas para mantenerse en pie.

https://blogs.publico.es/juegos-sin-reglas

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