Tan a gustito

Ayuso y Casado en un bar en Móstoles. (EFE)
O séase que los hosteleros que hicieron campaña a favor de Isabel Díaz Ayuso con carteles explícitos en los bares pidiendo el voto al Partido Popular, ahora quieren desvotar a Isabel Díaz Ayuso porque el alcalde de Madrid, fiel escudero de la dama, manda quitar las terrazas nada más haber contado el último voto. Si es que no saben con quién se juegan el bote.

Como tras el cierre de terrazas en Madrid se conoce que vamos a sufrir menos cirrosis, esta medida viene acompañada del despido de dos mil sanitarios en la comunidad y el inevitable cierre de una cuarentena de centros de salud. En resumen, que los madrileños, al final, han votado emborracharse en casa y morirse en casa, que es donde se está más a gustito. Con el solo problema de que no hay dios que se pague una casa en Madrid, así que estamos abocados a hacer botellón, dormir y morir debajo de un puente. No se alarme el lector, pues nos acercamos al verano y debajo de los puentes de Madrid se va a estar, también, muy a gustito.

Claro que dentro de poco nos van a desalojar de los puentes, dado que seguramente de aquí a unos días se licitarán nuevas autopistas que recorrerán el centro de Madrid camino de la libertad, pero eso tampoco es gran problema, pues qué mejor hogar para el obrero que la memoria de haber votado a Isabel Díaz Ayuso, y con eso ya no hay quien necesite pan y techo.

Uno, que lleva ya unos cientos de años habitando en Madrid, a veces sospecha que los capitalinos estamos siendo sujeto de una especie de experimento mengueleniano consistente en comprobar hasta qué punto puede soportar el demócrata las más altas cotas de mendacidad y lujuria neoliberal sin que le implosione el cráneo. Al contrario que su predecesora, la hasta ahora inigualable Esperanza Aguirre, que se escribía unos folietes en campaña y nos decía que ese era su programa electoral, Isabel Díaz Ayuso ha arrasado en estas elecciones con una hoja en blanco. No se le puede negar que el gesto es ecológico, y que con el ahorro de papel ha crecido un arbolito en la Amazonía.

Se dice mucho en los debates de Sálvame y en los más sesudos foros de nuestro pensamiento, o sea, las tertulias, que la ciudadanía está muy desencantada de la clase política. Y yo creo que es al revés. Que es la clase política la que se ha desencantado de la ciudadanía, del votante, y nos van colocando los más extravagantes y desquiciados personajes como carteles electorales para ver hasta dónde podemos aguantar. Ya dije que sospecho ser un experimento mengueliano.

Está de moda desde hace años definir como pensamiento líquido el estado mental de la humanidad, cuando en Madrid hemos inaugurado la política líquida con mucha más hondura: la de la cervecita como sinónimo de libertad. Sin embargo, nuestros baristas ven que ahora, tras haber votado tanta libertad, les quitan las terracitas y a nosotros las cervezas. Mayor traición ético/etílica no se puede concebir. Pero da igual. Como los ratones enjaulados, corremos ufanos en nuestra rueda de la libertad, con el único paisaje de esta distópica monotonía trumpiana y ayusista en la que habitamos. Los machadianos campos de Castilla son una rave al lado de esta extraña cotidianeidad. Pero seguimos tan a gustito. Una caña, camarero.

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