Signos en fuga: Moliner y Gabo

Luis M. Morales

La memoria lingüística es la principal herramienta de la creación literaria, porque un escritor que olvida o ignora la palabra precisa para expresar una idea cae sin remedio en la vaguedad o en el galimatías. Los diccionarios de sinónimos no sirven de mucho en esa búsqueda, porque toda afinidad entre vocablos tiene un carácter parcial. Resignarse a la aproximación semántica por no haber alcanzado la exactitud empobrece el estilo tanto como las cacofonías y la falta de ritmo. A veces nos esforzamos en vano por recordar palabras que nunca existieron, pero cuando eso sucede, lo que falla no es la memoria sino la morfología de la frase. Los filólogos con mala memoria tampoco pueden realizar con acierto su principal tarea: custodiar el vínculo entre significantes y significados, cada vez más amenazado por la banalidad mediática y la demagogia populista. Sin una memoria colectiva que defienda el recto sentido de las palabras, la incomunicación entre adversarios ideológicos desemboca en una pugna visceral donde siempre se impone la ley del más fuerte o del más gritón. Preservar ese acervo es la mejor arma contra la tergiversación sistemática del lenguaje que busca divorciar a los miembros de una comunidad.

En apariencia, la gimnasia del intelecto es una de las mejores vacunas contra el síndrome de Alzheimer, la demencia senil o la arterioesclerosis cerebral, los nombres científicos de la amnesia crónica. Pero a finales del siglo XX y principios del XXI, la lengua española sufrió dos arteras mutilaciones que refutan o relativizan la utilidad de esa profilaxis, pues nadie las puede atribuir a la pereza mental de sus víctimas: la desmemoria progresiva de María Moliner, la benemérita autora del Diccionario de uso del español, el mejor de nuestro idioma, y la trágica pérdida del lenguaje que García Márquez padeció al final de su vida, tras haberla presagiado en Cien años de soledad.

El caso de María Moliner ha sido llevado a escena en El diccionario, una estupenda pieza teatral de Manuel Calzada Pérez, reestrenada hace poco en el teatro Héctor Mendoza de Coyoacán. Aguda y conmovedora reflexión sobre el eclipse de la memoria, la obra narra la heroica lucha solitaria de María Moliner por librar a nuestro idioma de los agujeros negros que introdujo en su léxico la Real Academia de la Lengua Española durante la dictadura franquista. El mayor mérito de Moliner no fue acumular una enorme cantidad de información sobre el español hablado en ambas orillas del Atlántico, sino redefinir palabras como “dictador” o “libertad”, adulteradas por el ideario fascista de la Academia, y evitar círculos viciosos entre palabras afines. La formidable depuración emprendida por Moliner la convierte, sin exagerar, en una figura de la talla de Antonio Nebrija, el autor de la primera gramática de la lengua castellana. Cuando empezaba a corregir la segunda edición de su diccionario, que dejó perplejo al mundo cultural de habla hispana, la gran filóloga comenzó a padecer lagunas mentales, que se fueron agravando con el paso de los años hasta inutilizarla por completo. En la obra de Calzada Pérez, una conmovedora metáfora escénica, el derrumbe paulatino de una pared formada con fichas de trabajo, representa su inexorable hundimiento en las sombras.

Mientras veía caer ese muro de fichas blancas recordé los empeños de Aureliano Buendía por escribir los nombres de las cosas y las ideas cuando azota a Macondo la peste del insomnio y después, la peste del olvido. Obligado a fabricar una “máquina de la memoria” compuesta por más de 14 mil fichas, con la que podría repasar cada mañana la totalidad de sus conocimientos, Aureliano teme, sin embargo, que también ese tesoro verbal “habría de fugarse sin remedio cuando olvidara los valores de la letra escrita”. Por una cruel paradoja, García Márquez fue perdiendo esos valores a partir de 2005, el primer año de su vida adulta en que no pudo escribir una sola línea, porque a diferencia de Aureliano, cuando las palabras lo abandonaron él no tuvo un brujo Melquíades que lo librara del maleficio. Si cualquier enfermo de Alzheimer se angustia al percibir su irremisible retorno a los balbuceos de la primera infancia, ¿cómo habrá sido esa tortura para un genio de la seducción verbal, con una aguda sensibilidad para modular el ritmo de la prosa? El incendio de esa selva tropical es quizá la devastación más terrible que ha padecido el ecosistema de nuestra lengua. Si la amnesia total aniquilara de golpe la lucidez, el sufrimiento de quienes la sufren sería menos desolador. Pero los dioses han querido, tal vez por falta de empatía con el género humano, que las mentes mejor amuebladas de las letras hispánicas asistan a su lenta demolición y ni siquiera puedan nombrarla.

https://www.milenio.com/opinion/enrique-serna/con-pelos-senales

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