Proust

Por el camino de Swann – Marcel Proust – Blogs de Culturamas

Aquí lanza Gil algunos subrayados de “Unos amores de Swann”, parte dos del primero de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, viejas cápsulas del tiempo que fueron esperanzas y ahora son cenizas. Vengan, sombras. Gil cerraba la puerta de la semana y mientras caminaba sobre la duela de cedro blanco llegó al viejo puerto de Marcel Proust y En busca del tiempo perdido, aquellos siete tomos legendarios. Gil sacó del entrepaño el primero: Por el camino de Swann en la traducción, aún la más legible, debida a Consuelo Berges (Alianza Editorial, 1979). De esa catedral, a Gil siempre le gustó la parte dos del primer tomo: “Unos amores de Swann”. Tomó el ejemplar y encontró no sin estupor unos subrayados. En la edición francesa, los subrayados variaban, pero no tanto. Aquí lanza Gil viejas cápsulas del tiempo que fueron esperanzas y ahora son cenizas. Vengan, sombras.

*** Así ocurre con nuestro pasado. Es trabajo perdido el querer evocarlo, e inútiles todos los afanes de nuestra inteligencia. Se oculta fuera de sus dominios y de su alcance, en un objeto material (en la sensación que ese objeto material nos daría) que no sospechamos. Y del azar depende que nos encontremos con ese objeto antes de que nos llegue la muerte, o que no le encontremos nunca.

*** Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman magdalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba. Y él me convirtió las vicisitudes de la vida en indiferentes, sus desastres en inofensivos y su brevedad en ilusoria, todo del mismo modo que opera el amor, llenándose de una esencia preciosa; pero mejor dicho, esa esencia no es que estuviera en mí es que era yo mismo. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal.

*** Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo.

*** Un día nos inquieta un sueño, pero un sueño más claro que los que tenemos dormidos, y que nos durará más en el recuerdo, entonces desencadena en nuestro seno, por una hora, todas las dichas y desventuras posibles, de esas que en la vida tardaríamos muchos años en conocer unas cuantas, y las más intensas de las cuales se nos escaparían, porque la lentitud con que se producen nos impide percibirlas (así cambia nuestro corazón en la vida, y éste es el más amargo de los dolores; pero un dolor que sólo sentimos en la lectura e imaginativamente; porque en la realidad se nos va mudando el corazón lo mismo que se producen ciertos fenómenos de la naturaleza, es decir, con tal lentitud que aunque podamos darnos cuenta de cada uno de sus distintos estados sucesivos, en cambio se nos escapa la sensación misma de la mudanza).

*** Luego, una hora después de despertarse, mientras daba instrucciones al peluquero para que su peinado no se deshiciera con el traqueteo del tren, se volvió a acordar de su sueño; vio, tan cerca como los sentía antes, el cutis pálido de Odette, las mejillas secas, las facciones descompuestas, los ojos cansados, todo aquello que, en el curso de sucesivas ternuras que convirtieron su duradero amor a Odette en un largo olvido de la imagen primera que de ella tuvo, había ido dejando de notar desde los primeros días en sus relaciones, y cuya sensación exacta fue a buscar, sin duda, su memoria mientras estaba durmiendo. Y con esa ironía intermitente que le volvía en cuanto ya no se sentía desgraciado y que rebajaba el nivel de su moralidad, se dijo para sí: ¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!”.

*** Como todos los viernes de pandemia, Gil toma la copa consigo mismo. Mientras dejaba caer una breve catarata ámbar en el vaso corto, repitió unas frases de Juan Gabriel Vásquez: “Somos mundos independientes flotando en su propia órbita”. 

Gil s’en va

Gil Gamés

https://www.milenio.com/opinion/gil-games/uno-hasta-el-fondo

 

Deja un comentario