Pablo Casado, traidor, inconfeso y mártir

Pablo Casado, traidor, inconfeso y mártir
Pablo Casado, en su visita al stand de Ceuta de Fitur. EFE/Chema Moya

Las relaciones entre los reinos de España y Marruecos siempre han sido delicadas, por decir algo, y equívocas, por decir algo más. Los adjetivos podrían multiplicarse apenas se repara en el largo y complicado currículum de sangre que fue dejando el ejército español en la antigua colonia africana; las diversas matanzas que tapizaron las luchas por la independencia; la repugnante tiranía que alentó Franco al otro lado del Mediterráneo como espejo de la suya propia; la guerra de Sidi-Ifni, vista por el régimen como un motín de desharrapados, pero que en realidad contaba con el apoyo directo del gobierno marroquí; el triste y criminal olvido del pueblo saharaui. Es una historia de traiciones y engaños, un divorcio de décadas con abrazos de fogueo y puñaladas por la espalda, una cicatriz que nunca acaba de cerrarse.

En realidad, la crónica del desencuentro hispánico con el Magreb se remonta a mucho antes de la proclamación del protectorado e incluso a la fundación de Ceuta: más o menos hacia mayo del 711, cuando el conde don Julián y el obispo Oppas ayudaron al desembarco de las tropas de Tarik ben Yizad en Algeciras durante el preámbulo de la invasión musulmana de la península. Fue la primera traición de las muchas que tuvieron lugar, en uno y otro bando, durante la conquista, la reconquista y lo que te rondaré, morena. De manera que en esto, como en tantas otras cosas, Pablo Casado resulta un visigodo de tomo y lomo, digno descendiente histórico del conde don Julián y fiel seguidor de una estrategia política que se rige por el principio de “los enemigos de mi país son mis amigos”.

Hace cosa de una semana, Casado se reunió con el ministro de Agricultura y Pesca marroquí y con el secretario general del partido ultranacionalista Istiqla, partidario de la anexión inmediata de Ceuta y Melilla a Marruecos. Lo hizo por vía telemática, así que no necesitó ponerse mascarilla, aunque habría sido fantástico que se disfrazara de tuareg o de Lawrence de Arabia para añadir un muñequito más a la colección: el Casado científico, el Casado pastor, el Casado agricultor, el Casado panadero, el Casado estudiante, el Casado criador de cerdos. En cuestión de unos días, seguramente gracias a su particular sentido del patriotismo, España tenía una catástrofe humanitaria de las gordas montada ante la valla de Ceuta.

No hay que sorprenderse, una vez visto el historial de felonías cometidas por Casado, el cual incluye las críticas que lanzó en Bruselas el pasado octubre al compromiso con la democracia del gobierno de Sánchez o el voto en contra del PP para las ayudas a España del fondo anticrisis de la UE el pasado julio. Y tampoco hay que darle muchas vueltas, teniendo en cuenta que la actuación del jefe de la oposición en la crisis del coronavirus ha consistido básicamente en ponerse del lado del coronavirus.

Son gente que presume mucho de patriota, pero a menudo su patriotismo se reduce a gritar mucho y a llevar una banderita impresa en el reloj, otra en la muñeca y otra en la mascarilla, más que nada por si salen a dar un paseo y sin querer acaban en Andorra o a Suiza, para que sepan que son españoles. Mucho cuidado con esos exhibicionistas del estilo de Abascal y Casado que llevan la patria por fuera, a la vista de todo el mundo, como los calzoncillos de Superman. Ya dijo Umbral que se van “a pegar gritos patrióticos, como si la patria no fuera una cosa evidente y de todos los días”. A la que te descuidas, se bajan al moro y te hacen un conde don Julián.

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